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14.09.2013

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GeekVeterano Nivel 3

puntos 12 | votos: 12
Mensaje vacío. - He descreído del destino caprichoso
y heme dejado caer en aquel sendero
que al Olimpo con saña y esmero
le niega su encuentro a mis ojos.

Mas cuando encuentra en mí la mente
aquel espacio que yo dejo
cuando miro nada y en nada pienso,
en ese momento, ¡solo en ese!

que desvaría loca mi frente
como si un gusano en suelo yermo
quisiera clavarse, hundirse entero
desenfrenado sobre mis sienes.

¡Es en ese momento, solo en ese!
que en mí yo te siento
como la Luna va siguiendo
a aquel, que caminando la mira fijamente.

*

Con el frío que en diciembre
apaga despiadado vuestras luces
que aún así seducen
como el paño cubriendo a Selene.

Que sois misterio que la envuelve
cual si en caja dorada os ciñerais inútiles,
siendo de madera, cristianas cruces,
o como si barro seco fueseis.

Mas os quito de enfrente
para alejar vuestra leve lumbre
Y poder ver, siempre tan dulce,
la cara blanca de mi Selene.

El mensaje

Zafiros helados, rosas quejándose.
Colores opacos.
Quemaduras.
Zafiros turquesa, lirios truncados.
Ese xilófono tocando
La Reina... Hipnotizado.

Si andas por tus obras, desde el principio,
das veintitrés pasos al futuro,
y recuerdas cuando digo
que en ella había un mensaje oculto:

Has de volver a este escrito
con más duda que gusto,
que en donde he hablado de zafiros
en las primeras de cada una se encuentra oculto.
puntos 7 | votos: 7
La fiesta azul - En la calle un coche se detenía.

-¡Papá, papá!, llegó el tío Jorge.

Los pájaros con su gorjear hacían lucir más brillante al sol.

-Déjale pasar hijo, dile que se siente, que ya lo atiendo.

Los pasos del niño hacían eco en el pasillo de paredes blancas. Las
fotografías seguían con su mirada aquella carrera.

-¡Tío, tanto tiempo!, papá dijo que te sientes, que no tardarán en
venir los demás invitados.

-¿Ahora está solo tu padre?- La mirada animada y alegre se acercaba
al niño al compás de las rodillas flexionándose frente a él.

-Sí, está solo. ¿Los primos han venido?-

-¿Nadie le está ayudando?, no, tus primos vendrán luego. Iré a
ayudar a tu padre, toma, ve a comprarte algo a la tienda- El billete
se ondulaba por el viento que entraba por la puerta aún abierta.

El niño, alegre, acompañado por el trinar de los pájaros, saltando
en una especie de danza, con sus pantaloncillos cortos color marrón
tragando aquellas finas piernas débiles y con raspones en la rodilla.
Ya de vuelta, con una bolsa repleta de caramelos, y un zumo de los que
tanto les gustaba, vio la calle llena de autos, al fin los invitados
habían llegado.

Todos los coches eran azules, todos vestían de azul. Las cintas
amarillas bailaban con la brisa, quizás emocionadas por el trinar de
los pájaros.
puntos 5 | votos: 9
Y yo que creo en karmas - Un haz de luz ciñe mi cuerpo y me siento volar; el suelo se hace
cielo y da giros por sobre mi cabeza. Despierto a no sé que hora,
sigue lloviendo como anoche, en que el condenado trueno despertó a mi
hijo, y tuve que quedarme hasta las tantas meciéndolo en mis brazos:
Porqué me he hecho este tatuaje, y este otro.

Abro la ventana y olvido lo ruidosa que es, Rocío se mueve entre las
frazadas, como pronosticando su despertar suavemente para que no me
pille desprevenido: Es tan hermosa. Se merece más.

Aquel sueño apenas ronda por mi mente. Pedazos ilegibles de algo que
no me importa. Tengo cosas más importantes que pensar, maldita
cabeza. Debo pagar la luz, comprar el almuerzo, ir a lo de Manolo.
Quizás hoy necesite de mi ayuda, y quizá me pague lo que me debe de
la jornada anterior.

El suelo está frío; mi piel se eriza rogando que me coloque los
zapatos, mis tan fieles zapatos. Me coloco la camiseta, que parece
estar forjada en hielo, y que se derrite al tocar mi torso: Espero que
Manolo tenga algún trabajo para mí.

La campera, que se supone es hermética, se empapa en minutos. No hay
un alma en las calles, más que algún perro en desgracia. Llego a la
tienda, Manolo mira al horizonte, quizá para no verme a la cara: 
No, no tiene ningún trabajo.

Miro en mi billetera, algo húmeda, y me percato de lo mal que estoy.
Con solo diez euros para usar, el dinero para pagar el recibo de la
luz luce tentador, mas no lo toco: Hoy comeremos pasta, con esa salsa
tan rica que solo Rocío sabe hacer.

El ambiente se llena de aromas y sonidos, la cebolla con su dulzor, mi
hijo con sus berrinches, las pastas hirviendo en la olla, mi mujer
riendo con mis cuentos absurdos: Ojala durara por siempre.

Las luces se apagan, la ventana deja claridad para que nos veamos las
caras de asombro. Corremos al unísono hacia el imán de la nevera y
vemos la fecha límite del pago.

Salgo enfadado conmigo mismo, me acerco a la oficina de gestiones, a
tres cuadras de mi casa, pero me rebotan, ya que los pagos vencidos
solo se pueden solventar en la oficina central: 
¡Y yo que creo en karmas!...

Subo al autobús, y a unas cuadras me doy cuenta que tengo el dinero
para pagar la deuda, no así para pagar la multa por demora.
Refunfuñando me bajo, resignado a dormir sin luz esta noche. Al pasar
por la tienda de Manolo, decido comprar la cena, mas no encuentro la
billetera en mis bolsillos: Esto no me puede estar pasando.

Recorro todo el trayecto desde donde me bajé hasta la tienda, y no
está. Una ira colérica invade mi cuerpo. ¡Antes estaba tan bien!,
no hacía bien las cosas y sin embargo estaba mejor que hoy. Decido
correr hasta casa, coger la navaja, y volver a ser quien era.

La lluvia se detiene, el cielo está anochecido, y a lo lejos alguien
se va, la única persona en la calle. Me acerco con cautela, haciendo
el mejor uso de mis conocimientos. No se percata de mí hasta el
último momento en que corro hacia él: Estoy decidido a hacerlo.

Lo tiro al suelo, le pido el móvil y la cartera. Me dice cosas que no
entiendo, creo que se está quedando conmigo, me da más rabia aún y
le golpeo la cara con todas mis fuerzas. Cae al suelo y cuando estoy a
punto de fijarme en sus bolsillos, se levanta e incrusta mi navaja en
su espalda. Mi cara de sorpresa se desfigura cuando veo como la sangre
se propaga por el suelo como una sobra fantasmal: ¡Qué he hecho!

Comienzo a correr. Las lágrimas bailan hasta mi sien. Tiro la navaja,
y corro, y corro sin parar. Una luz se deja entrever por el rabillo
del ojo. Siento el impacto del metal en mi lado izquierdo, y vuelo; el
suelo se hace cielo y el cielo suelo: Y yo… que creo en karmas.
puntos 10 | votos: 10
Carta al aire - Hace un par de semanas, de noche, vi tu abrigo negro entre las
personas, en la calle que lleva a la estatua. La gente no me dejaba
paso, te lo prometo, porque sino podría haber llegado hacia ti, y
eso, déjame decirte, es imposible.
Al día siguiente de aquel, te volví a encontrar; salías de la
tienda de los ancianos que no pueden ni verme, porque les devolví
aquella caja de té que estaba abierta (Tonto de mí que no me fijé
antes de comprarla). Si hubieras estado en otra tienda, quizás
entraba a saludarte.
Hace tres días te crucé de nuevo en aquella calle que lleva a la
estatua ultrajada por pintadas de chavales que quieren ser leídos,
pero que cuyas letras distorsionadas por la moda de sus curvas
callejeras, no dejan espacio a la comprensión. No te detuve. Iba a
hacerlo, pero hiciste una sonrisa al aire mientras leías algo de tu
móvil, que me detuvo en seco. Sonreías enamorada…
¡Hoy te he visto!, mas hoy nada me detuvo, hoy te saludé, pero no
eras tú. Ahora que lo pienso, ninguna de las cuatro mujeres eras tú.
puntos 3 | votos: 3
Héroe - Mi cama, luego del instituto, era mi plataforma para soñar. A veces
me imaginaba salvando a una bella mujer, o a un niño ahogándose,
incluso a un perro de ser atropellado. Actos heroicos, dignos de una
prosa épica, lo cierto es que cuando pude ser heroico, no aproveché
el momento.
El instituto, mi segunda cama, lugar de sueños con nombre. Los
matones eran los villanos, Izaro era la princesa a salvar.

¡Izaro!, la chica más bella que el planeta verá jamás, blanca como
el retoño de alguna flor que no existe; su cabello era castaño,
cobrizo si el sol lo iluminaba; sus ojos desbordaban curiosidad,
grandes como estrellas; y sus pecas, danzando de manera aleatoria por
su rostro, concentrándose a la vera de su fina nariz. ¡Su nombre!,
tan único como ella.

Los villanos eran tres, acosadores, los típicos de cada clase, solo
existían para esparcir la peste. Se metían con Izaro por su nobleza,
ella defendía a los que sufrían del su acoso.
Nunca tuve que lidiar con ellos, no se interesaban en mi. No es que
sea rudo, o amigable, es que no parezco un pez herido al que los
tiburones desearían devorar.

Jamás había hablado con Izaro, y dudo que recordara mi nombre
siquiera, pero yo la amaba con una fuerza descomunal, como si unas
cadenas atadas a mi tórax me aferraran a ella, cadenas de cristal
imposibles de romper.
La primera vez que la hablé fue una tarde, el profesor me había
enviado a buscar el televisor a la sala de audiovisual, y quizás fue
el destino o un azar perfecto, pero allí estaba, en el suelo sentada,
sollozando:
- ¿Te sucede algo? - musité
- Me robaron el móvil, mis padres me matarán - dijo ahogando sus
sollozos
- ¿Quién ha sido? - dije, esta vez con más fuerza y confianza
- Brandon, le avisé al preceptor, pero me dijo que las reglas dicen
que el colegio no se hace cargo de robos, además está prohibido
traer móvil-
- Yo te lo conseguiré - Dije sin pensar. Brandon era el líder de los
matones.

Llegué a la puerta del aula, me detuve un momento para preparar mi
rostro de furia, y entré yendo directo donde Brandon. Me detuve justo
delante de él, su mueca era de asombro:
- ¡Dame el móvil de Izaro! - Me sentía muy bien
- ¿Qué dices?, ¿De qué móvil hablas? - Me respondió, con una
sonrisa en la cara
- ¡Si no me lo das, no respondo de mi! - Todo parecía posible
Al momento de decir eso, Brandon se levantó y acercó su cara a la
mía:
- ¿Qué harás?, ¿pegarme? - Sus dos amigos echaron a reír.
- Eso... Y mucho más - Ni yo podía creer que dije eso.
Brandon sonrió, volvió a su asiento, se sentó.
- No tengo ningún móvil, pero lo que sí tengo es una paliza como
una montaña esperándote fuera - Lo dijo con tanta tranquilidad, que
parecía imposible.
En ese momento entró el preceptor, e hizo una seña con la cabeza,
que entendí, me senté. Entró Izaro, y se llevó a Brandon. El
profesor entró luego y la clase siguió como siempre.

Llegó la hora de salir, estaba bajando las escaleras, y los vi. Los
tres matones esperando al final de las escaleras, cuando llegué
abajo, para mi sorpresa no me detuvieron. Seguí adelante, y cuando
volteé aún extrañado... Habían detenido a Izaro, y la estaban
llevando a la plaza que estaba a un lado del establecimiento, los
cobardes.
Sin pensar mucho me volví:
- ¿Qué le hacéis? - Mi rabia era notable.
- Tú no te metas, que ya habrá para ti también -
Al momento de decir eso, le pegó con el puño en el estómago a
Izaro, la locura se apoderó de mi. Le pegué con todas mis fuerzas en
la nunca, lo que hizo que sus dos amigos vinieran a por mi en
milésimas de segundos, cayéndome con 4 puños que iban y venían a
mi cara. Caí desplomado, cuando reaccioné y pude ponerme de pie,
estaban pegando a Izaro. Comencé a correr, pero por primera vez no
huía, iba a mi casa, para buscar el arma de mi padre.

Llegué, saqué la caja de debajo de la cama de mis padres, pillé la
32 corta, la cargué, y salí en busca de esos cabrones. Cuando
llegué a la plaza, seguían allí, sometiendo a Izaro, y nadie hacía
nada. Me acerqué escondiendo el arma:
- ¿Vienes a por más?, hay que ser tonto - Dijo Brandon con su
típica sonrisa.
- Sí, por eso... y mucho más -

Saqué el arma, apunté a Brandon y disparé dos veces al pecho, uno
de sus amigos que se acercaba por la izquierda para pegarme antes de
ver el arma, corrió hacia mi e hizo que el tercer disparo no diera en
Brandon. Cuando logré que me suelte, le disparé dos veces. Me
levanté victorioso, con una mueca de seguridad nunca antes vista en
mi.
Saqué el arma, apunté a Brandon y disparé dos veces al pecho, uno
de sus amigos que se acercaba por la izquierda para pegarme antes de
ver el arma, corrió hacia mi e hizo que el tercer disparo no diera en
Brandon. Cuando logré que me suelte, le disparé dos veces. Me
levanté victorioso, con una mueca de seguridad nunca antes vista en
mi.
Pero toda esa gloria y felicidad desapareció, Izaro yacía recostada
en un charco de sangre, un gran charco de sangre que emanaba de su
pecho. Sentía que el mundo temblaba, que se quebraba debajo de mis
pies. En ese momento lo comprendí, yo era un villano... Apunté el
arma a mi cabeza, miré por ultima vez a Izaro y a las cadenas de
cristal ahora teñidas de rojo, e hice el único acto heroico de mi
vida, maté al villano, porque eso hacen los héroes, ¿Verdad?...

puntos 6 | votos: 6
Los aviones caen - La noche llegó a su cita, ella aún yace recostada en la nieve,
mirando al cielo con los ojos vidriosos, buscando parpadear en
cualquier momento. La estrella más luminosa -que no es una estrella,
mi padre me lo enseñó hace mucho- se refleja en su retina. No solo
se reflejaba, se duplicaba, y cada copia repite el recorrido que hace
la primera.
La miro, recostado a su lado, deseando que cada gota de lágrima
salada que recorre mi rostro fuese un minuto más de vida para ella...
o uno menos para mi. No puedo verla tan quieta, ¿quién me dirá que
nos
rescatarán en cualquier momento?, 
quién me convencerá de lo imposible.
Yo le dije a mamá que ir en avión no era buena idea, los aviones
estallan, caen, como en las películas, pero quién le hace caso a los
miedos infantiles de un niño... mi madre no. Pero no me
malinterpretéis, es... era la mejor madre del mundo, sé que muchos
niños repiten eso, pero la mía sí que era la mejor del mundo. En el
barrio ella ganó un concurso a la mejor mamá, eso no lo gana
cualquier madre, solo ella que yo recuerde.
Ella se casó con papá... papá... él trabajaba de chófer en un
Taxi, mamá venía del sur buscando trabajo a Soria, y cuando papá la
vio se enamoró, supongo que notó que era la mejor madre del mundo,
es fácil darse cuenta... Se casaron, y al poco tiempo me tuvieron a
mi. Ahora que recuerdo, cuando tenía seis años me prometieron que
tendría un hermanito, pero nunca cumplieron, 
y ahora... no se puede, creo.
Les costaba mucho pagar el piso, la comida, la canguro, y los papeles
que pasan por debajo de la puerta cada mes. Entonces le pidieron ayuda
a mi tío Axel, que no es mi tío real, pero le digo así porque lo
quería mucho. Cada vez que iba a casa hacía trucos de magia,
cambiaba el agua de color, la hacía brillar, revivía insectos. 
Mi tío era científico, dijo que ayudaría a mis padres, pero que
primero le dieran un préstamo con todo lo que tenían. Era para uno
de sus experimentos raros. Incluso para mi, que soy un niño, y en ese
momento lo era aún más, negar el préstamo me pareció la mejor
opción, pero no pensaron lo mismo mis padres.
Hicieron el préstamo, se endeudaron con mucha gente, solo comíamos
al mediodía para no aumentar los gastos.
Un día helado, a la mañana, tocaron al timbre, le acompañó el
silencio y luego el llanto de mi madre y las risas de mi padre. 
Entraron a mi habitación:
-¡Nos vamos a Alemania hijo!- No estoy seguro si quien lo dijo fue
papá o mamá, quizás ambos, en coro.
-Nos vamos en avión mañana- Dijo mi tío mientras entraba, con traje
y un perfume que impregnaba mi nariz.
El experimento que mis padres habían ayudado a financiar funcionó, a
mi tío le habían comprado los derechos del invento, le habían
pagado un adelanto, y debía ir a Alemania a cerrar el trato. Él no
se olvidó de mis padres y les invitó a ir, ¡en un Jet privado!
Esa noche me sentía nervioso, nunca había volado, tenía planeado no
dormir pero mi madre me dejó claro que no se me ocurriese hacerlo,
como solo la mejor mamá podría hacerlo: 
-Si no despiertas mañana, nos vamos... y... ¿quién te hará el Cola
Cao?Sonreí.
-Mamá, los aviones estallan, se caen, ya sabes, como en las pelis- 
-Hijo, son exactamente eso, películas... Venga, a dormir, que mañana
tenemos un día largo-
Fue en lo único que se equivocó en toda su vida, incluso la mejor
mamá del mundo no es perfecta.
El día llegó a su cita, y nosotros a la nuestra, en el aeródromo de
Garray, entramos al avión... Y el resto, ya no importa mucho.
Luego de una hora, el avión comenzó a vibrar, a silbar, se oía el
metal rechinar. Me sentía sofocado, se me taparon los oídos, me
latía la cabeza... Y la explosión, parecía que el mundo entero
había detonado. Luego recuerdo nieve, mucha nieve y pedazos del
avión por todas partes, mi madre viniendo a mí, 
con ese maldito trozo de metal en su abdomen...
Buscamos, os prometo que buscamos mucho, pero no encontramos a nadie,
ni a papá, ni al tío, ni al piloto. Solo habían pedazos del avión
y nieve, frío, árboles sin ramas, más nieve... Así es como debe
lucir el infierno, como Alemania en invierno.
Como supondréis mi mamá no llegó muy lejos con su herida, el frío
tampoco ayudaba mucho, y no teníamos abrigos para ponernos. Me pidió
que siga sin ella, ¡pero no podía!, la quiero mucho, mucho
muchísimo. Se recostó en el suelo, mirando al cielo, la noche
llegaba a su cita. Lo ultimo que dijo fue -No te preocupes, ya sabes
hacerte los Cola Cao solo- Luego su sonrisa se desdibujó del
rostro...
Y aquí estoy, mirándola, sus ojos reflejan a la estrella más
luminosa, que no es una estr. . . ¿Papá?.
puntos 6 | votos: 6
¡Es ella! - En las moradas lineas hierve el rojo vino; 
En la rosa carne, el chasquido corto del lenguaje,
que miente una vez más estar mohíno,
No por heridas, que arañazos del ramaje.

Un anillo plateado, mas no de plata,
se dibuja sisando luz del cielo,
el castaño de su agraciada casta
sirve al cuello cual pardo velo.

Merma como un susto de pueblo,
su pálida gracia, puede ser cantada
por el mismísimo dios de los senderos
como si su belleza fuere tonada.

Y no es nada que toque una mano,
nada que respire del campo su éter,
no hiere con sus pasos el verde manto,
solo vive, también muere, en mi mente.
puntos 8 | votos: 8
Luces - La noche se congelaba a lo alto, en un tono que no se definía entre
negro o cárdeno, y que hacía de techo para aquel muchacho. Quizás
había huido de su casa, o puede que jamás llegase a ella, pero allí
estaba, a la orilla del mar, sentado a la vera de un mustio barranco,
con la única compañía de su fiel bicicleta. 
Miraba con la cabeza inclinada hacia arriba, 
con la mirada perdida en unos peculiares brillos.
Las luces que fácil se confundían con las demás estrellas, no
habían pasado desapercibidas ante los ojos atentos del joven, que se
clavaron a ellas y siguieron las siluetas 
que dibujaban sobre el firmamento.
La curiosidad inocente del muchacho tampoco pasó desapercibida, y
esas estrellas danzantes  que al principio eran tenues, comenzaron a
brillar y centellear, y colorearse.
La mirada sorprendida del joven se declinó al temor, cuando aquellas
luces, tardas pero directas, comenzaron a aproximarse al barranco. Una
sensación absorta se apoderó de él, mas no era por el temor,
sino por la belleza que emanaban las lumbres,
ahora a unos metros de distancia.
A tan corto trecho, él podía ver su aspecto, enormes esferas que
parecían estar forjadas en plata, y una nube fúlgida que las tupía
a su derredor, la cual brillaba más que un sol de ocaso, con colores
que parecían no haberse descubierto aún.
De la más grande de ellas, una puerta se abrió, dejando salir un
aura blanca marfil, y una plancha plateada cual lengua metálica, que
unía la esfera con el extremo del barranco. Una voz dulce, que
denotaba más a un coro de mujeres que a una voz única, acompañaba
la salida de un esbelto cuerpo que vestía una túnica blanca. El
muchacho al verle quedó fascinado, era una mujer con ojos café, el
semblante parecía emanar perfumes visibles, 
y sus labios nombraban al pecado mismo:
-Vamos Edgaan, noble ser terreo, he pasado mucho tiempo buscándote-
Dijeron aquellos labios que fijo miraba el muchacho, tan perdido en
esos labios estaba, que no se preguntó cómo aquella mujer sabía su
nombre.
Ella comenzó a caminar de regreso a la esfera, con esos pies pulcros
y descalzos, sobre la lengua plateada. Edgaan sin titubear caminó
lento, acercándose poco a poco al ápice del barranco, oliendo los
aromas melosos de la dama; mirando lujurioso la figura de aquella; 
pensando en nada.
La mujer desapareció en el humo blanco marfil, y pronto lo hizo él.
La esfera engulló a la lengua metálica, y centelleando colores
inimaginables, se perdió en la negrura del cielo.
Mientras tanto la noche era negra, o quizás cárdena, la bicicleta se
enfriaba a la orilla del barranco. Y abajo, entre las rocas marinas,
un cuerpo joven parecía danzar estridente por el choque de las
olas…
puntos 5 | votos: 5
Mi llegada al pueblo - Me gustaría deciros que soy yo el que está describiendo estos
sucesos, que yo viví todo esto. Pero teniendo en cuenta lo que os
contaré, es inteligente que creáis que soy un simple personaje de
ficción, y que la historia la ha inventado el autor en una noche de
mal sueño.
Era una tarde del verano pasado, yo había vuelto a mi pueblo luego de
seis años fuera, años que parecían eternos sin los torrenillos de
la yaya, el chirrido de la puerta principal, o el perro que ladraba a
todo lo que se movía, ahora ya fallecido. El día de mi llegada, no
avisé que vendría. Caminé por ese amplio jardín, más descuidado
de lo que recordaba, y llamé a la puerta. Mientras acomodaba como
podía mi cabello, una niña me sorprendió por detrás -¿A quién
busca?-. A pesar de haberla visto en fotos, me costó entender que esa
niña era mi hermana pequeña, parecía un ángel, con sus rizos
castaños y esas pecas que ya se vislumbraban apenas cuando era una
bebé. Me quedé atónito, mis ojos comenzaron a lagrimear, y ese fue
más que motivo para que ella se pusiera nerviosa, yo al notar sus
nervios exclamé:
 -¡Brisda!, soy yo, tu hermano, Isaías-, relajó sus hombros.
-Sabía que vendrías, Furfi me lo dijo-.
-¿Furfi?- Se abre la puerta principal con su chirrido
característico, -SÍ, Furfi, su amigo imaginario- dijo una voz casi
tan gastada como hermosa, la voz incomparable de una madre, -¡Mamá!-
grité, dejando salir una voz quebrada, como la de un niño que ve a
su madre luego de perderla en el supermercado. Ella correspondió a mi
abrazo con uno más fuerte aún, y desde ese momento, el mejor día de
mi vida comenzó, caminé cada trozo del pueblo, visité a viejos
amigos, eché unas partidas en el billar de siempre y con los ebrios
de media tarde hablando de política, me sentía años años más
joven, el único viaje en el tiempo que podéis afirmar que fue real.
Toda la familia se había vuelto a adaptar a mi presencia, mi
padrastro Edgar parecía haber cambiado, su personalidad era más
pasiva y amena. Y mi hermano Maximilano había madurado bastante, ya
era todo un hombre, elocuente al hablar, de postura firme. Debía
admitirlo, ya no era el puberto pueblerino que había dejado atrás.
Siempre que podía me preguntaba sobre aquellos lares en los que
había estado:
-¿Cómo es la comida allá?-
-Está bien, pero no hay como la de mamá- Mi madre sonríe mientras
mira el noticiero.
-Anda, eso lo dices para quedar bien, ¿Y qué hay de las mujeres?-
-A montones, no daba a basto- Dije, cuando por dentro sabía que, más
que alguna noche, no tuve mucha suerte.
-Oye, ¿Vamos a dar una vuelta por el campo como cuando niños?- La
nostalgia superó mi pereza.
- Venga, coge a Brisda y vamos-
Subí a Brisda a mis hombros y comenzamos la caminata. Los arboles a
cada lado del camino nos hacían sombra, que era de agrado por la
calurosa tarde que acontecía. Mi hermano cantaba una y otra vez
...Borrando de mi memoria traiciones y demás..., a lo que yo le
seguía con una frase que inventaba en el momento, para que Brisda me
corrigiese con un rotundo ¡Así no es!, y yo me hiciese el
confundido. No recuerdo cuantas veces repetimos lo mismo, pero eso
hizo nuestra caminata muy corta, y en menos de lo que esperabamos, ya
nos encontrábamos frente al campo. Casa de animales mitológicos que
inventaba de niño para asustar a mi hermano, casa también de las
mayores fantasías jamás contadas, de cazadores y soldados. Al entrar
se abrió nuevamente ese paraíso, mientras más miraba ese lugar tan
conocido por mi retina, más grande se hacía ese mundo dentro del
mundo. El corte que se hizo Tomás, el beso que le di a Evelyn, aunque
todos dicen que ella me lo dio a mi. Recordaba todo esto cuando la
dulce voz de Brisda cortó mi concentración:
-Yo ya he estado aquí, Furfi me trajo- Recordé que era su amigo
imaginario.
-No habrás venido hasta aquí tú sola, ¿Verdad?-
-Que no, que me ha traído Furfi- Iba a seguir ahondando en el tema,
pero Maximilano me interrumpe:
-Déjala, es siempre así, se inventa cosas. Anda, vamos al arroyo-
Me sentí más tentado por la oferta de Maxi, y fui colina abajo de la
mano con Brisda. Cogimos unas piedras de la orilla y comenzamos una
competencia de quién golpeaba la roca que sobresalía del agua. Más
pronto que tarde, el sol cayó, y lo que era un caluroso día, se
convirtió en el inicio de una noche, un cielo azul deseando ser
negro. Nos estábamos disponiendo para tomar rumbo hacia casa, cuando
Brisda se detiene y sonríe mirando hacia unos matorrales:
-Ahí estás Furfi, ven y saluda a mis hermanos- Miré hacia los
matorrales y no vi absolutamente nada.
-Venga Bris, vamos que se hace tarde- Dije impaciente.
-Furfi no me hagas esto, quiero que ellos crean en ti también- A los
segundos de que ella dijera esas palabras, los arbustos comenzaron a
moverse de manera suave.
Mis sentidos se exaltaron, al igual que los de mi hermano, que bajó
su mano y cogió un palo del suelo. Yo cerré mi puño derecho y
esperé que lo que fuese que iba a salir de allí saliera, mientras
empujaba a Brisda detrás mía con la mano izquierda:
-No te asustes Isaías, es Furfi, no te hará daño-
-¡Sal de allí!, ¡Somos dos, pringado!- Grité, con el fin de
asustarle si era una persona, o de hacer notar que estábamos si era
algún perro.
Cuando esa cosa consiguió salir de manera abrupta de los arbustos ya
poco visibles por la oscuridad, llevó nuestro miedo al pico más alto
para que luego baje lentamente al notar que era un ciervo:
-¡Un ciervo!- Exclamó Maxi, con una risa segura, quizás para calmar
su propio susto.
-¡Vete, vete!- Le grité al ciervo, mientras pateaba una roca del
suelo hacia él, la cual le pegó en el pecho, pero no se movió,
quedo quieto completamente, sin mover su cabeza, o incluso sus orejas.
-Hola furfi, ellos son mi hermano Isaías y Maxi- Dijo Brisda sin el
menor de los miedos, mientras intentaba soltarse de mi mano izquierda,
que con tanto recelo la sostenía.
Se quedó mirando hacía donde yo estaba, helado, con una mirada que
parecía humana, y su gran tamaño no ayudaba en mucho. Tras unos
segundos pensando, y recordando alguna que otra película, susurré
-Camina despacio hacia arriba y no le des la espalda-, a lo que Maxi
asintió con la cabeza. Subí en mis brazos a Brisda, que no dejaba de
decir que ese animal era Furfi y que no nos haría daño. El ciervo no
nos siguió, pero no dejó de mirarnos durante toda nuestra lenta
huida.
Llegamos a casa, y le contamos a nuestra madre lo sucedido, y el mal
comportamiento que había tenido nuestra hermana. Mi sorpresa aumentó
cuando toda la familia comenzó a contar que algunas noches se veía a
un ciervo quieto en medio de la calle, al frente de casa. Esa noche
tuve pesadillas en las que el protagonista principal era este animal,
pero con el particular detalle de que tenía alas, una negras,
disparejas y corroídas alas. Podría haber sido la peor noche de mi
vida, de no ser por las siguientes. Cada día las pesadillas eran
peores, el realismo que llegaban a tener nunca lo había sentido con
ningún sueño.
Una noche, desperté por una de estas pesadillas, y me encontré a
Brisda al lado de mi cama:
-Has soñado con Furfi otra vez, es porque está enfadado contigo por
alejarme de él- Yo quedé helado, esa sensación de no querer creer
en fantasías, pero que lo que diga una niña de 7 años sea lo más
lógico, jamás me había sentido así.
-Vale Bris, cuéntame más sobre tu amigo- Dije mientras me levantaba
a encender la luz.
-Él es mi amigo desde hace dos años, ¡Es genial!, en los sueños me
lleva volando por encima de las nubes-
-¿Sueñas con él?, ¿Qué más hacéis en estos sueños?-
-Visitamos a pequeños duendes que viven en una cueva, él se los
come, es muy divertido. Además me ha dicho que yo también tendré
mis alas cuando sea el momento-
Un escalofrío inevitable se apoderó de mi, pero mantuve la
compostura, y seguí preguntando:
-¿Te dijo su nombre real?, ¿Cuándo tendrás tus alas?, ¿Cómo le
conociste?- Mis nervios eran evidentes, Y Brisda lo notó.
-No te preocupes, cuando lo vea le diré que te deje en paz-
En ese momento apareció mi madre, con su pijama blanco -¿Qué
hacéis despiertos a estas horas?, Brisda, a la cama ya-, mi hermana
se levantó y se dirigió a su habitación, pero antes de salir por la
puerta dijo: -Su nombre real es Furfur- A lo que mi madre interrumpe
dirigiéndose a mi:
-Isaías hijo, te ves fatal, ¿Te está costando acostumbrarte?, dime
qué te sucede- Con una voz dulce como solo una madre puede decir las
cosas.
-No mamá, estoy algo cansado, eso es todo. Creo que necesito
despejarme un poco, ir a la ciudad-
-Vale hijo, pero ahora duerme un poco, ya mañana tendrás tiempo-
Esa noche la pasé sin pegar ojo, pensando solo en un nombre: Furfur.
Esto no podía estar pasándome, confiando de las palabras de una
niña imaginativa, pero aún así sabiendo que había algo de cierto
en sus palabras.
Apenas amaneció me preparé un café amargo, cogí prestado el auto
de Maximiliano, una Ford F100, cliché del pueblerino, y emprendí
viaje a la ciudad, que estaba a treinta minutos. Al llegar, la ciudad
ya no era una ciudad, sino un pueblo grande, quizás efecto de haber
vivido en una megalópolis por seis años. Pero mi móvil pillaba
señal y eso era más que suficiente. Me detuve a un lado, y le
pregunté al primero que pasó:
-¿Hay algún Cibercafé por aquí?-
-Claro, sobre esta avenida hay una- dijo sonriendo muy amable.
Me costó, pero la vi, un almacén de mala muerte, en una esquina,
atendido por una mujer muy bella, pero que perdía todos sus encantos
al hablar. Pedí un café y me dispuse a investigar sobre este amigo
de Brisda, lo cual no fue muy difícil, ya que con solo poner su
nombre en el buscador mi rostro se transformó de  una nada cansada y
con párpados caídos a una masa de músculos contraídos por el
horror. Un demonio...
Salí tan rápido como pude de ese cibercafé, decidido a volver al
pueblo y acabar con esto de una vez y por todas. Cuando llegaba a la
entrada del pueblo vi a mi padrastro Edgar, y recordé que él tenía
una Winchester que siempre mostraba con orgullo. Se la pedí prestada
sin mucho titubeo, y sin pedir más explicación subió a la Ford
-Acelera, la tengo en casa-, quizá porque vio mi cara de
desesperación, o porque sabía algo más.
Una vez con el arma, y armados además con cuchillos, fuimos directo
al campo donde le había visto antes. Sigilosamente bajamos la colina,
y nos sentamos a esperarle, los minutos pasaban para dejar paso a las
horas. No recuerdo a ciencia cierta cuánto tiempo le esperamos, pero
comenzaba a anochecer cuando escuchamos chapoteos que venían de una
de las orillas del arroyo. Era el ciervo, Furfur, jamás olvidaría su
mirada, se detuvo y al notar nuestras intenciones comenzó a correr
hacia nosotros. Sin dudar un momento disparé directo a su cabeza,
pero eso no le detuvo, efectué el segundo disparo y cayó desplomado
al suelo, aunque siguió por varios metros por efecto de la inercia.
El golpe de gracia lo hizo Edgar, el cual cortó la cabeza de este
ser. Para estar seguro de que esto se hubiera acabado, eché gasolina
al cuerpo y le hice arder.
Caminamos victoriosos hasta casa, pero esa sensación de haber salvado
el día se esfumó al ver la cara pálida y sollozante de Brisda, que
intentaba escapar delas manos de Maxi, quien intentaba contener su
llanto:
-¡¿Porqué le has matado?!, ¡Asesino!- No comprendía cómo lo supo
tan rápido.
-Él era un demonio, quería arruinar nuestras vidas- Dije muy
confiado de mi heroísmo.
-¡Te odio Isaías!, ¡Ya no eres más mi hermano!-
En ese momento sentí furia, porque era una niña, no comprendía lo
que yo había hecho por ella. Pero los días pasaban y ella no dejaba
de llorar, no comía, tampoco dormía. Intenté pedirle perdón en
varias ocasiones, pero parecía que yo no existía para ella.
Habían pasado ya seis días desde la muerte de Furfur, eran las
cuatro de la mañana, Brisda ya no sollozaba, y como era un sonido
común ya, me pareció extraño. Me levanté y me dirigí a su
habitación, que era la contigua a la mía. Ella ya no estaba en su
cama, y mientras miraba el vacío entre las sábanas, el sonido de un
fuerte aleteo entraba por la ventana abierta. Corrí para divisar qué
era, pero no vi nada más que la luna tapada por las nubes, y las
siluetas de los árboles dibujadas en negro. -¡Mamá!- grité, esta
vez con un tono diferente al primer día de visita. Mientras escuchaba
a todos subir las escaleras, cogí un trozo de papel que se encontraba
en la cama de Brisda. Al darlo vuelta lo vi, era su letra, torpe pero
inocente letra. No te preocupes, te perdono, ahora Furfur y yo vamos
a comer duendes.
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Un día de veintidós horas - Estoy durmiendo en el asfalto mientras llueve, veo a lo lejos a una
persona correr, puede ser mi hermano. Despierto a las 08:32 luego de
ese largo sueño, pero corto en el recuerdo, y el primer pensamiento
del día: ¿Llueve?.
Abro mi ventana, la luminosidad gris aturde mis ojos y genera ese
dolor característico. Sin esperarlo, una gota de agua helada cae
sobre mi rostro: Sí, llueve.
Recuerdo que el sueño era más largo, pero solo queda ese fragmento,
mi hermano, quisiera que esté en este mundo, el real.
Mi pie izquierdo se sorprende por el frío del suelo, y mis manos
acarician sin que yo lo piense mi nuca: ¿Ella habrá leído mis
mensajes?.
Me levanto con pocas ganas de la cama, la dejo atrás mientras me
acerco a la puerta blanca que tan conocida la tengo ya, en un
movimiento milimétrico y sin error, enciendo la luz y me encamino al
lavabo: ¿De qué iba el sueño?.
Lavo mi cara, y el agua helada me despabila, la toalla me acaricia y
neutraliza el frío. 
Camino hacia el ordenador, lo enciendo y mientras espero busco los
cigarros: Juraría que estaban en el escritorio. Los encuentro debajo
de un gorro de lana negro, el cual no recuerdo quien me regaló, pero
que aprecio en estos días.
El ordenador inicia sesión, abro la página y voy directamente a los
mensajes: Me respondió. 
Caen cenizas en el escritorio, pienso dónde estará el cenicero
mientras busco en mi léxico una palabra apropiada para describir mi
demencia, pero no la consigo, y el escrito se descarta.
El ambiente se torna pesado por el humo del cigarro, me levanto de la
silla y abro completamente la ventana: Dulce aroma el de la tierra
húmeda.
Necesito escribir algo, busco mi piano favorito en youtube, y leo sus
carteles, esperando que la musa me acaricie como lo hizo esa toalla
hace una hora.
Ella se conecta por varios minutos y luego se va. No comenta ni vota,
simplemente aparece y desaparece sin dejar rastro de su llegada:
¿Qué habrá hecho?, ¿Habrá notado el frío del suelo?.
Se me ocurre algo para escribir:  No te diviso, no te resguardo, no
te espero, no soy real ahora, solo existo cuando te conectas, y
desaparezco con esa luz verde....
Me doy cuenta de que lo que escribo no tiene sentido si no soy yo el
que lo lee, desisto y borro todo: No sirvo para esto.
Un viento trae desde la ventana el olor de una flor que no se digna a
morir a pesar de la estación. Y con ese perfume viene la nostalgia de
mi niñez: Debería visitar a la familia.
Ella se conecta nuevamente, y a los pocos minutos sube un cartel que
me deja pensando, como todos sus carteles: Que mente prodigiosa, que
suerte la mía al poder leerla.
Del cigarro solo queda la colilla, que aún sostengo sin razón
alguna. La tiro a la papelera y apago el ordenador: Largo día me
espera.
22:00, me cayó pesada la cena, así que decido salir a caminar por la
plaza, el asfalto está húmedo aún, y el clima se resiente por la
pasada tormenta: Ella es del norte, hacia donde estoy caminando, cada
paso me acerca más.
Una persona camina detrás mía haciendo estremecer los charcos de
agua, me coge del abrigo y me tira al suelo, pide desaforado mi
cartera y el móvil: No tengo esas cosas conmigo, pero... ¿Cómo
hacerle entender si no puedo?. Intento gesticular y vocalizar lo mejor
posible, pero no comprende nada de lo que digo. Me golpea en la cara,
y me deja desorientado, intento ponerme de pie, pero incrusta su
navaja en mi espalda. Rápidamente mis fuerzas desaparecen, y mi cara
golpea el asfalto húmedo, pero ya no por la lluvia, sino por mi
sangre: Parece que este día solo tendrá veintidós horas para mi.

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Recuerdos de una tormenta - Sigue la lluvia,
está fuera de mi, sigue.
Imposible de detener, fuera,
sin piedad cae, siempre fuera.

Imperfecta, y fuera de mi,
cae con firmeza, decora.
y con ella mi infancia,
y con ella caigo yo.

mi padre, la calle
mi padre, el viento,
yo y las gotas, cayendo.
recuerdo, lluvia añeja.

Tierra húmeda,
no me supera, no la supero,
en el esmero déjame
en el pasado, aquí.

Hay algo, no se qué,
caes y caigo, agua inerte,
pero tan viva en mi,
tan sensible te recuerdo.

Tu vida, corta gota,
llueves fuera, ahora en mi,
lluvia vieja y seca,
llueve en mi, lluvia eterna.

No hay certeza, lo sé,
como se queda se va.
No te huyas tormenta,
no te seques o moriré.

El agua mi recuerdo,
y sigue lloviendo,
Se quiere ir, pero me espera,
mil lluvias: Ojos, mente, afuera.

Añeja en mi recuerdo,
no eres la misma, ni lo serás.
Lejana en mi, me cuesta verte,
tan cerca en mi ventana.

Si te vas no rogaré,
es imposible detenerte.
Gracias por llevarme,
vuelve, vieja lluvia inerte.
puntos 7 | votos: 7
Lazos de grafema - Cómo he caminado, sin ser yo,
cómo fui quien ahora soy.
Sincope de vigor adolescente,
en tu mirada, en la mía también.

Hay algo más real, lo hay, lo sé.
Cómo ser tú, siendo yo no puedo ser,
no lo valgo, no lo sé, no puedo ser yo.

Quiero verme, y que me veas, o verte.
Pero no puedo ser, sin ser real,
No soy real, ni soy yo, o soy tú.

Me miras y te miro, o me miro,
cómo hablar sin ser tú, pero de ti,
cómo ser yo, sin hablar de ti.

No lo tengo claro, soy yo contigo,
eres tú sin mi, y quiero ser tú.

Pero tú no eres, sino soy yo,
o eso pienso, seré yo cuando no estés,
o serás tú cuando no esté,
el tiempo morirá, sin saber quien soy.

Soy tú, lo sé, lo eres y lo soy.
O eso quiero ser: Tú y yo, mi realidad.
puntos 7 | votos: 7
Luna en danza - Como he de notarte en la penumbra,
sonrisa hiriente de lo que desconozco,
luna joven sobre telares rojos,
protegida por una gris armadura.

No he de notarte, sino soñar que lo hago,
cuan lejana la realidad de tu donosura,
danzando vas joven Luna:
Entre castillos viejos y anchos.

Una angosta calle quiebra el paraje
y ciñe una casa de tejas bermejo,
lejos, un perro quiebra el silencio,
dejando volar un ladrido tajante.

De un recio turquesa a un opaco negro,
metamorfosis de tu llegada,
un paño estrellado tapiza el cielo,
y regalas poco a poco tu mirada.

Quise saber de ti,
qué paisaje te esconde,
quizás una ciudad senil,
o un campo de Hayas y Robles.

Mientras caminas por el empedrado
un piano danza contigo,
y la montaña tan lejana,
la única que te hace de abrigo.

Sigues tu humilde camino, 
mundo gris, sin energía
recuerdos de infancia perdida,
dejando volar una mueca por descuido.

Yo lengua romance,
tú lengua perdida,
yo sensación de avance,
tú de ligera huida.

Paseas en tu búsqueda,
cual Pyrene reencarnada,
no hay sendero tan largo,
ni búsqueda tan basta.

Porqué en negro y blanco, si con el gris alcanza.

El piano se difumina, y con él mi musa,
morirá, como la Dedalera que cortaste.
puntos 20 | votos: 20
Lo amargo del momento - se hace puro en el recuerdo.



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