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14.04.2014

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GeekVeterano Nivel 3

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LIV - Todo es mejor con música de fondo. Más fácil. Eso es todo lo que he
sacado en claro de las películas románticas, de los dramas y de los
videoclips. Todo es diferente cuando suena algo que te dice
exactamente cómo sentirte.

Quizá no estaba ahí todo el tiempo, quizá no era perfecto, pero era
justificable. Me parecía justificable. Y no tenía quejas, cómo
podría tenerlas si aunque casi nunca estuviese era como un paraguas.
Si algo pasaba, él siempre estaba allí. Y llegué a desear que
jamás jamás jamás parase de llover. 
 
Parecía justificable hasta que dejó de parecerlo, hasta que un día
se hizo de día y me prometí no volver a ver salir el sol con
lágrimas en los ojos y la casa vacía esperando a que decidieras
llenarla. Ni siquiera das la cara. Me llamas y me dices que lo
sientes. Solo quiero que la culpa te consuma vivo lentamente, quiero
que te ahogues en cada mísero pensamiento que se te pase por la
cabeza. Quiero que llores dondequiera que vayas cuando te vas tan
lejos que ni siquiera recuerdo cómo era escucharte. 
 
He estado triste por tanto tiempo que a veces ni siquiera consigo
recordar las razones. A veces ni siquiera identifico cuál del resto
de sentimientos paralelos es el que experimento. Ojalá hubiese un
truco. Mientras tanto estoy demasiado ocupada pasando horas enteras
tirada en el suelo del salón, preguntándome cómo o por qué. Nada
concreto, solo cómo o por qué. Y a veces las respuestas se
entremezclan. A veces me duermo antes. Entonces acabo llorando en el
mármol mirando al balcón. 

Yo estaba despierta de madrugada y al ver que te habías ido me
pregunté si era esto lo que yo solía amar de ti. Encendí la luz de
la mesa de noche y me senté en la cama. Con dudas, echando de menos
entre cuatro paredes, dudando de qué estarás haciendo. Cambias
tanto. ¿Es así como solía amarte?. 
 
Definitivamente sería más fácil si sonase algo que me dijese cómo
debo sentirme.
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LIII - Se me pasan infinitas cosas por la cabeza y yo no soy capaz de retener
ninguna, como que van a más velocidad de la que nunca he visto antes
delante de mí.

Creo que huele a incienso, pero no del todo. Más bien huele como una
mezcla de incienso y el clásico olor que tienen los hospitales a...
Esterilidad. A desinfección, a limpieza. A nada concreto. Me dice que
pase y me siente, así que lo hago, pero es incómodo. Tengo frío.
Delante de mí, un señor que me conoce de hace muy poco tiempo me
sonríe y yo también a él, pero por dentro no quiero hacerlo. Por
dentro quiero darle las gracias por haberme dicho que viniese, decirle
que no me hace falta, levantarme y cerrar la puerta tras de mí. No va
a pasar, no soy así.

Me ha hecho preguntas sobre anoche. No sé. Ni me acuerdo mucho, ni
quiero hablarlo, ni quiero pensar. Que qué siento. Pues verá, siento
estar aquí. Aquí... aquí. Me refiero aquí. Es interpretable. Ahora
mismo siento estar aquí, en consulta, pero es provisional. Aquí, en
vida, es algo más atemporal. Seguramente no lo entiende. Y me ha
dicho que sí, claro, como siempre, pero no. No lo entiende. Y sé que
no lo hace porque me pregunta por qué todo para mí es así, y si lo
entendiese sabría que no puedo explicarlo. Que se me pasan un millón
de cosas por la cabeza en el minuto que me paso callado con los ojos
muy abiertos y que tampoco sé ir nombrando todo eso. Es
prácticamente inexplicable, difícil de definir. Sucede como en un
flashback rápido de las películas en el que solo hay un fondo blanco
y pasan un montón de imágenes, las percibes y tu cerebro se queda
con ellas, pero ves demasiadas y cada una te llama más la atención
que la anterior, así que las vas olvidando. Y cuando llegas al final,
quieres hacer una reconstrucción de todo lo que acabas de pensar pero
solo se te queda un borrón gris. Como si hubieses escrito a lápiz y
borrado lo mismo ciento veinte veces. Sabes que has pensado en muchas
cosas, pero en qué. Creo que acabo de definirlo, aunque no del todo.
A veces así se siente pensar. La mayoría del tiempo que estoy solo. 

 ¿Qué ha pasado con ella?. Yo qué sé. Ni quiero hablarlo, ni
quiero pensar, ni sé si lo recuerdo, ni creo que le importe, ni creo
que me ayude. Ni siquiera creo que ella sea algo, o que esté
siquiera. Creo que sería lo mismo, eso es lo que creo. Creo que se
piensa que puede ayudarme, cuando realmente no puede. No pienso en
ello. ¿Por qué?. Pues porque cuando lo hago llego a la conclusión
de que coexisto con ella pero a la vez existo al margen. Soy una cosa
y soy real y soy tangible y parece que existo cuando me mira. Pero
cuando llega la hora del día en el que no puedo verle los ojos,
también soy, pero diferente. Y a la vez igual que siempre. 

De verdad, tengo mucho frío aquí dentro. No me parece que esté
atendiendo a lo que digo, más bien me parece que está tan centrado
en buscar una explicación que ni siquiera escucha lo poco que estoy
dispuesto a contarle. Constantemente me pregunta por qué he hecho las
cosas que he hecho, pero es ilógico. Porque no quiero estar aquí. El
aquí atemporal. Pierde el tiempo, lo pierde. No quiero ver manchas
de tinta, no quiero hacer tests de inteligencia. No quiero hablar
sobre mi infancia, ni sobre mis amigos. Ni sobre no saber mantener a
ninguno. No quiero hablar sobre mi constante rechazo a hablar sobre
mí, ni sobre mi dificultad para intimar con otra persona. No quiero
hablar sobre ella. Ni sobre lo que pasó anoche. 

Solo hay silencio ahora. Debo aparentar como un fantasma ahí sentado,
quieto, blanquísimo, callado y manteniendo la mirada. Mantener la
mirada es la única cosa que se me da bien de manera innata. Sonríe y
es más bien una mueca, dice que hemos acabado, que ya me puedo ir. Yo
sé sonreír enteramente, también con los ojos y que quede natural.
Son años de experiencia. Me ha dicho que ha sido enriquecedor, que
hasta la próxima vez que nos citemos. Lo que él diga, no sé. Yo no
pienso volver.
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LII - Le he llamado y he colgado justo después de que cogiese el teléfono,
como que para mí es suficiente con saber que sigue vivo. Y he seguido
a mis asuntos.

Es cada veinte segundos
que encuentro nuevas formas
de echarme la culpa, la carga
o la bronca.
Es cada veinte segundos
que suena una nota.

Es cada veinte segundos
que me sorprendo.
Que me extraño,
que me compadezco:
porque dentro de veinte segundos
no estaré esperándolo
de nuevo.

Es cada veinte segundos
que pienso que no habrán otros veinte.
Que serán los últimos que escuche,
o que no me sorprenderán
si sí que vienen.

Es cada veinte segundos
que me acongoja una y otra nota,
que me hace querer estar sorda.
Cada veinte segundos pido al mundo
ser cualquier otra cosa.

Es curioso: no cualquiera
entiende el miedo de los veinte segundos.
El miedo de lo que es por sí solo,
aparentemente inofensivo.
No todo el mundo escucha
la terrorífica melodía que suena
como de fin, como de pena:
si agrupas seguidas las notas que truenan
cada veinte segundos.

He tirado el teléfono. Nadie lo entiende, pero no te volveré a
escuchar jamás.
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LI - Me gusta alardear de cosas banales como haberme olvidado de ti.
Delante de absolutamente nadie, solo yo mismo frente al espejo. 

Cada cierto tiempo me encuentro en el mismo punto del salón pensando
en cómo la luz naranja en mis paredes ahora dura eternamente, como
que la tarde se ha parado aquí. Solo para ti. Y acabo de pie mirando
a un punto fijo, doblando la misma manta que tan empalagosamente huele
a tu colonia.

El otro día, antes de dormir, tuve muchas ganas de hablar contigo
sobre la muerte. En realidad, tenía muchas ganas de escucharte decir
que no te gustaría que yo muriera. Tenía ganas de fantasear con la
vida, irónicamente. Contigo hablándome de la vida. No.

Es cierto que ya no te quiero. Es eso lo que apunto en mi diario cada
noche, es eso lo que se lee en cada pie de página desde el tres de
octubre del año pasado. Puede parecer que intento convencerme, pero
solo me lo estoy recordando.
 
El otro día, antes de dormir, soñé contigo despierto. No te deseaba
ni te echaba de menos, solo fue una imagen improvisada de ti. Y por un
momento deseé que no acabase nunca.
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L - ¿Mi revolución? En teoría también era quererle. 
 
Pero bueno, ya sabéis: que todo suicida está enamorado de un puente.
Y me parecía precioso hasta darme cuenta de que el puente puede ser
otra persona. Me besaba como si fuese a recoger los escombros luego.
Pero eso nunca pasa, me dijo. Y luego nunca pasa. Así que te
encoges de hombros, te das la vuelta y haces como que no te han vuelto
a usar. 
 
Y cuando por fin encuentres el único lugar en el que la lluvia ya no
empapa, te enviará un mensaje desde la otra punta del mundo. Desde
allí donde las nubes no cubren el cielo y los neones no están rotos,
donde no conocen la decadencia. Y suspiras, suspiras porque no tienes
licencia de armas.
 
¿Por qué, si lloras porque te han tirado, la gente te pone la pierna
después de levantarte? ¿Por qué te llevan al cielo si luego piensan
soltarte? 
 
Entonces, de repente, saltas. Y te preguntas por qué crees que es esa
tu única opción, pero no hay respuesta. Y de fondo escuchas gritos
pidiéndote que, por favor, pares de caer. Que pares de caer. Que,
después de todo, después de que hayas estado al borde mil veces y el
viento te haya empujado en esa dirección, después de que te hayan
dado palmaditas en la espalda para saltar, pares de caer. Que pares de
caer. Por ti mismo. 
 
Miras arriba, y arriba está muy lejos. Y muy roto. ¿Dónde dejó de
importarme lo bien para importarme lo mucho? Calidad antes que
cantidad, decía mi madre. Y perdí ambas al entrar al casino. Jamás
me permitiré de nuevo que me cieguen las luces, ni aunque llegue
navidad. 
 
¿Mi revolución? En teoría también era quererle. Justo entre mi
intención de mantenerme con vida y tener ganas de vivirla. Mi
revolución era yo, yo misma, solo para él. 
 
La revolución fue él, él mismo, justo dentro de mí. Y por dentro
ya no soy a prueba de balas.

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XLIX - Eh, escucha. 
 
El reloj marca las 23:52. Tal como ves, no hay nada exacto. Estoy
detrás de una ventana intentando encontrarte, pero la lluvia apenas
me permite distinguir de dónde vienen las luces que veo esta noche.
He parado el coche. Tengo un mensaje tuyo, pero no uno cualquiera: el
último que me has mandado, aún sin leer. Y casi que temo hacerlo,
porque puedo imaginar lo que me dices. 
 
Marca las 23:56. Llevo ropa oscura. Estoy parado en un lado de la
carretera, aunque justo dentro de la autopista. Los coches pasan muy
rápido y muy cerca de mí, pero no tanto como lo hace el tiempo.
Parece que te escribo a ti, pero en realidad no sé para quién lo
hago... ¿Para ti? ¿Para el resto? ¿Para mí mismo? Esto acabará en
manos de quien no sabe tu nombre, inevitablemente. Qué desgracia para
ellos, porque vamos a llevarnos con nosotros un nombre que jamás
sonará tan potente en el recuerdo de otros. 
 
Marca las 00:18. Y llegado este punto te preguntarás qué importancia
tiene la hora. Mucha, en realidad. Porque refleja el tiempo que me
toma escribir cada parte. Es cada vez más difícil abrirme a... La
situación, imagino. Parece que avanzo muy lento, pero para mí todo
ha ocurrido tan rápido desde que diste aquel portazo en mi piso
anoche. A estas alturas no sé qué hacer, no sé qué preguntas
hacerme. La lluvia sigue sin dejarme ver más que las luces, pero me
estoy planteando si realmente necesito algo más que eso. Y supongo
que no. De luces ha ido este último día, así que les habré cogido
cariño, con ese led del móvil parpadeando por tu mensaje cada
segundo... 
 
Reloj digital, y 00:41. Vestido de oscuro, autopista, no estás.
Parecen haber pasado mil años desde que no estás. Te echo de menos,
quizá debí decirlo antes. Y tras todo esto te preguntarás por qué
estoy escribiendo, si no he dicho nada. Tienes razón. Pero me da la
sensación de que he dicho más de lo que realmente queda reflejado
con palabras, ¿o no es así? Si estuvieras aquí no habría
preguntas. Solo respuestas. Quizá a susurros, quizá a gritos. Pero
conmigo, respuestas. Te echo de menos, ¿no es esa la clave de todo?
Te echo de menos, te echo de menos, te echo de menos. 
 
01:21. Coche parado, vestido oscuro, autopista, no estás, he leído
tu mensaje. No estás. No estás. No estás. Y estoy abriendo la
puerta. Sí, en medio de la autopista. He tirado mi móvil lejos, y no
he querido ver hacia dónde. Me tumbo en la carretera, estoy acostado.
No estás. No sé, no estás. A quién le importa esto ahora. Te echo
de menos. 
 
01:49. Autopista. Asfalto. Lluvia torrencial. Nada. 
¿Lo escuchas? 
Adiós.
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XLVIII - Algún día me casaré con otro hombre y te invitaré a la boda,
ansiosa por verte llegar ese mismo día. Me vas a saludar, yo a
sonreírte y haremos lo que debamos. Dejándolo pasar. Yo, casarme;
tú, mirar. 
 
Y cuando celebrando nos encontremos por el pasillo, casi a propósito,
rozaremos. Pedirás perdón y te miraré fijamente. ¿Perdón por
esto o por el resto de nuestra vida? y vas a esquivarme la mirada.
Porque es así como jugamos, así seguiremos jugando para siempre. Con
miradas hacia otra dirección, sonrisas que no pertenecen a nadie y
palabras en el aire que nadie consigue ordenar. Con el tiempo
suicidándose, porque nosotros nos negamos a matarlo. Y silencio. 
 
Algún día me verás rodear el cuello de otro hombre con los brazos y
sentirás como que ya no te importa mientras te preguntas qué hace de
invitado una persona que ya no está en mi vida. Y yo te miraré a ti
mientras lo abrazo y el viento se lleva el vestido que a ti tanto te
gusta aunque no te hayas atrevido a decírmelo. Porque hay muchas
cosas que no te atreviste a hacer por mí, también. 
 
Algún día me casaré con otro hombre y te invitaré a la boda, me
acercaré y te susurraré al oído: Pudiste ser tú.
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XLVII - Que suene tu nombre en una iglesia
y que, de cualquier manera
ya no sea tu nombre.
Porque, al fin y al cabo, 
tú ya no eres tú. 
Y vivir ya no es vivir. 
 
Que griten un nombre
frente a una lápida 
y no signifique nada. 
Quizá ni lo reconozcas.
 
Que oigas cómo te llaman
desde lejos, donde solo hay un eco
y no mires atrás 
porque ese sonido no tiene sentido, 
ya no es nada de ti. 
 
Porque no estás. 
 
Que entre oscuridades
y neones vaya gente, 
grupos, amigos, 
conocidos, quizá
hablando sobre alguien 
que crees recordar quién es
pero no enteramente:
porque no existe ya. 
 
Que no vuelvan a sonar
las consonantes y vocales
de nuevo juntas, en el mismo
orden, de la misma manera. 
Que si, quizá lo hicieran 
ya no fuese nada. 
 
Que en las fotos les suene tu cara
pero nunca nada más 
y nunca nada más, 
nunca nada más 
porque no estás. 
 
Ahora tu nombre
suena como un cántico, 
un mantra; algo a lo que aferrarse
mientras lo gritan frente a tu lápida.
O lo lloran. O lo lamentan. 
Todo cuando ya no estas.
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XLVI - Ojalá nunca nadie vuelva a llevarme al cielo si luego piensa
soltarme. 
 
Hoy me pregunto cómo es que los epitafios se eligen tan a la ligera,
o no se eligen. Lo único que queda de ti cuando te vas, lo único que
ven de ti cuando van a visitarte. 

Yo a ella la conocí porque hablaba de epitafios como quien habla de
su artista favorito, y era todo poesía. Cariño. Todo lo que yo no
sabía ser. Y era preciosa de cualquier forma. Y me quería. Y le
gustaban las cosas inteligibles, como yo. Por eso le escribí un día
algo, aunque fuese más largo que un epitafio y tuviese menos sentido
que nosotros:
 
Si supiese lo que deseo
me lo acercaría a la boca. 
Pero no lo sé. 
 
Tormenta       Tormenta
a las dos de la mañana
se apaga la mente. 
Y solo una tormenta
recorre con nosotros
una carretera de fuego. 
 
Ruido de agua antes de caer,
y tormenta         tormenta:
el último ruido que escuchará 
el mundo. 
 
Tormenta         Tormenta
Soy pálido, poderoso:
como un Dios muerto;
dios caído en el barro, 
sin creyentes, no promesas, 
nada de martillos en la mano. 
 
Descríbeme el atardecer
más bonito que hayas visto
y procura que no haya tormenta
que yo cierro los ojos
e imagino. 
 
Tormenta         Tormenta
pero recuerdame como de memoria, 
como que te sabes cada esquina
o que me has visto las pecas.
 
Y por último abrázame pronto
pronto, pronto, pronto
así: como en menos de dos años. 
Pero pronto, pronto, pronto
tan pronto como cese la tormenta.
 
Y me responde tal cual, con una sonrisa. Ojalá un día me diga dónde
esconde lo que esconde tras lo que hace. O lo que piensa. La quiero de
vuelta. Porque solo ella me ha hecho comprender que pasamos media vida
buscando nuestra alma gemela cuando, quizá, pudimos solo haber
sobrevivido nosotros. Como es el caso. 
 
De cualquier manera, aprendí todo de ella. Se diría que aprendí
arte del arte mismo. Y de él guardé su epitafio, porque nunca jamás
el arte se mostró tan unido a mí:
 
«Morir de amor
es un dolor asumible.
 
Lo insoportable es resucitar solo.»
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XLV - Su vida siempre pendía de un hilo. 

Ha huído
con los ojos abiertos
y las manos atadas:
y la ha alcanzado el hambre, 
la impotencia, el abandono, 
y la han tirado al suelo. 
Y nunca, jamás, 
nunca se ha sobrepuesto
a tales sentimientos. 
 
Se ha tumbado
esperando una señal
de quizá cualquiera. 
De cualquiera, quizá. 
Y se ha dejado morir
en un columpio 
a las tres de la mañana
sin la luz de 
siquiera 
sus ojos. 
 
Se ha tocado la piel
como si fuese un violín
intentando recordar
que es eso lo que se siente 
al ser libre. O feliz. 
O no. 
Porque eso ella no lo sabe,
y no quiere hablar de ello. 
 
Ha saboreado el césped 
en algún lugar
entre casa y la colina. 
No sé qué colina. 
Cualquier colina. 
Pero muy lejos. 
Y después de descubrir
que era artificial
ha vuelto. 
Con lágrimas en los ojos, 
a alguna parte. 
Pero no a casa. 
Porque no sabe dónde está, 
qué es, 
y aún así no sabría volver. 
 
Se ha tropezado
gateando. 
Se ha tropezado
g a t e a n d o. 
Porque quizá, 
no sé, 
no creo que necesite explicación 
algo tan vano, tan simple, 
aunque ello signifique tanto.
Porque, al fin y al cabo, 
sabemos lo que pasa
y se ha tropezado
y ha perdido las fuerzas
y ha acabado en el suelo
y ha dejado de intentarlo
gateando. 
Nada dice más. 
 
Y ha desaparecido 
de hacia donde huyó, 
incluso. 
Y nadie consigue encontrarla
ni en casa, 
(que no se sabe dónde es
o quién es) 
ni en la colina, 
ni en el columpio, 
ni en el suelo
porque ya no lo roza. 
 
Porque la última vez
que existió, 
pendía. 
De algo más que un hilo.

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XLIV - Dicen las malas lenguas
que ella no muere de amor:
que es portadora sana. 
 
Dicen las malas lenguas
que se llamaba Charlotte. 
Lo aprendimos por las malas. 

Dicen, en sí, las mujeres, 
que parecía muy delicada.
 
Que me pregunto qué coño sabrán 
de delicadeza
si jamás la han tenido entre sus brazos. 
 
¿Matarías por mí?, me preguntó. 
Como si lo realmente increíble 
no fuese más bien
si viviría por ella. 
 
Y a su pregunta le he traído rosas,
porque llevamos flores a los muertos. 
Nadie dijo que tuviesen que ser personas. 
 
(Y sé que no lo entiendes, 
es eso lo que espero) 
 
Dicen las malas lenguas
que jamás caía enferma.
Eso es para las humanas. 

Dicen las malas lenguas
que ella no muere de amor:
que más bien mata.
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XLIII - Entonces me doy la vuelta para marcharme y me abraza, como diciendo
que no me deja ir. Y yo le devuelvo el abrazo, como si de verdad le
hubiese pedido permiso. 
Y me voy. 
Me voy porque tengo que hacerlo. 

Me fui. 
 
Sigo pensando que si estuviesemos juntos sería todavía diciembre. Y
ojalá. Encuentro quien se queja de lo rápido que pasan los días, y
no le conocen. Le van a hablar de tiempo a un reloj. 

Imagínate, ¿y si un día te miras al espejo —nos miramos— y
solo queda uno de nosotros? Y nos reímos, como que no iba a pasar,
como que a la primavera no la arrasa más tarde el otoño. Y dejé de
fumar por verte para demostrarte que yo solito puedo caer en los
vicios.
 
Me fui. 
 
Y a la pregunta ¿Y ahora qué?, me he levantado sin decir nada,
acercándome a la nevera, y le he traído una cerveza más.
Porque sé que si intento pasar página voy a romperla.
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XLII - Recogió sus maletas
y se fue. 
 
Y los escalones
jamás fueron tan altos
(ni que yo recuerde, tantos). 
 
Tardé dos estaciones en encontrarla:
sí, se me hizo invierno
entre trenes y pasaje olvidado. 
 
Mirando atrás por si volvía
un día de estos, de noche, 
a hurtadillas. 
Esperando encontrarme
en el sofá. 
Donde ella cree que esperaría. 
 
Estúpido. 
 
Ella lo sabía:
yo no sirvo para esperar. 
Me dejo las uñas en la piel
de aquellos que creen ya no tenerla.  
 
Jamás me arrastré tanto
por el mismo suelo 
que había encerado. 
Y lo sentí como un cáctus:
 
Por favor, vuelve
donde la nieve se acumule 
en algo más que cadáveres
que yacen, sin esperanza, en el asfalto.
Y que, sin embargo, se mueven.
 
Vuelve donde los diciembres
duelen menos: que es en casa.
Arropados por todo el calor
que nos falta.
Yo te calentaré las manos,
caliéntame tú el alma.
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XLI - ¡Primero la revolución,
y luego, la poesía!,
solía gritar.
Y para mí estuvo muy claro:
revolución y poesía son lo mismo
cuando se trata de hablar sobre ella.
 
Aún estoy aprendiendo,
pero vengo a solucionaros la vida:
Amor es pedir perdón por pecados
que aún no has cometido.
Amor es pedir perdón
por pecados que no son siquiera tuyos.
 
Querido quienquiera que seas:
no estoy tan vacío como parece,
simplemente he entendido que, al final,
quien se queda...
Somos solo nosotros
con ganas de más.
 
Solía decirme:
Esperar es llevar rosas
donde aún no ha muerto nadie.
Pues espérame,
espérame.
Espérame fuerte,
sencillo,
bonito.
Puedes esperarme siempre:
no has de comprar flores,
la rosa eres tú.
(Y, por suerte,
no sabes que estoy muerto por dentro.
No aún.)
puntos 8 | votos: 8
XL - Todas las historias de amor
son historias de fantasmas.
No lo digo yo, lo dice la vida,
lo dice todo el que no aguanta.
 
Y os voy a contar. 
 
Solía dormir abrazado a ella, y juré que esa iba a ser la droga de
la que no podría desintoxicarme jamás. Solía dormir abrazado a ella
y, al menos para mí, acabó significando todo aquello que se supone
que debí haber encontrado para ser feliz en mi vida. Acabó
significando que, igual, yo era una de todas esas cosas por las que
ella se decidía a dormirse por las noches sin importar lo que hubiese
pasado durante el día. Solía dormir abrazado a ella por las noches,
y no sabría explicar si me gustaba más eso o las mañanas en las que
se despertaba y me contaba lo que había soñado. Durante el día, me
preguntaba varias veces de si me acordaba para asegurarse de que no
estaba medio dormido cuando me lo contaba.
 
Y de repente un día todo cambia. 
 
Solía dormir abrazado a ella por las noches. Solía, sí, solía.
Solía hacerlo antes de su accidente. Solía dormir abrazado a ella
por las noches, solía dormirme oyendo cómo respiraba: muy
pequeñito, muy lento, muy tranquilo. Todo lo contrario a como se
encuentra mi cabeza hoy por hoy: muy amplia pero vacía, muy
acelerada, muy nerviosa. Sigo acordándome de sus costumbres antes de
dormir, de sus cuéntame qué tal tu día para acabar durmiéndose a
medias. Me encantaría poder decirle que a día de hoy, a mi parecer,
aún la abrazo. A ella y a todos sus recuerdos, sus cachitos. Me
encantaría poder decirle que me sigo acordando de muchos de sus
sueños.
 
Os lo repito:
Todas las historias de amor
son historias de fantasmas.
No lo digo yo, lo dice la vida,
lo dice todo el que no aguanta.
 
Lo dice todo el que no duerme,
todo el que se calla.

puntos 9 | votos: 9
XXXIX - Hoy por fin he olvidado
el camino a tu nueva casa.
Ojalá olvidara cómo localizarte,
ojalá simplemente olvidara.
 
Si algún día tengo una hija
espero poder acabar
agarrándola de las muñecas;
susurrándole que yo
no pasé hambre en ninguna guerra:
pero te perdí. 
 
Y me parece excusa suficiente.
 
Si me preguntas qué haré hoy
seguramente diga que la tonta.
Y permíteme decirte que
si es amor no debería ser un columpio
para acabar sirviéndote de soga.
 
Esto va por ti, por mí, porque
s i e m p r e
tuvieses la última palabra:
Puedo escribirte.
Dime qué coño hay que envidiarle
a los poetas.
 
Hoy por fin he olvidado
el camino del cementerio.
Y he sentido un pinchazo
como una vacuna que duele,
pero no cura.
puntos 9 | votos: 9
XXXVIII - Una vez más, como siempre,
he vuelto a acercarme a ella.
Una vez más, como siempre,
vuelve a ser toda mi paranoia.
 
Estoy loco por ti, le dije,
y me miró.
Como confesando que ella
no había cometido ese delito.
 
No puedes esperar nada de mí,
soltó.
Y yo no esperaba nada.
Y se convirtió en todo. 
 
Todo lo que hago desde entonces
es esperar.
El verbo favorito de la tristeza.
El acto más estúpido de los enamorados.
 
No es tan difícil, pensé.
Solo lo es tanto como verte con otro.
Solo lo es tanto como verte ir.
 
Es algo difícil, concluí.
Como explicarle a una rosa
que es bonita.
Aunque pinche, ya no huela
y esté marchita.
 
Debería dejar de hablar con fotos,
debería dejar de visitar el cementerio.
La vida es más triste desde que no estás,
la vida es más triste cuando no te tengo.
puntos 12 | votos: 12
XXXVII - Puede que sean las siete.
De la mañana o de la noche.
¿Es que a alguien le importa?
 
Está todo frío. Como cuando se fue.
¿Es que a alguien le preocupa
si es hora de dormir o despertarse?
 
Es hora de buscarte, me habría dicho.
Eso fue hace solo dos horas,
cuando ni por asomo imaginaba
que se me iría tanto tiempo en tres palabras.
 
(De fondo se oye una carcajada
y rompe a llorar)
 
Alguien más acaba de entender
que quien ríe el último
llora más que el otro.
 
Me estoy yendo, para variar,
de mi vida y la del resto de personas.
Hace tiempo descubrí que andar
hacia donde no sabes, solo alarga las horas.
 
Es por ello que me estoy yendo,
para variar.
Pero esta vez me escondo en el sofá.
 
Uno oscuro, para nada suave,
y me mantengo.
Y no me muevo. 
 
Y estoy ahí, bajo un montón
de mantas sucias
por recuerdos menos limpios aún.
 
A veces abro los ojos y no recuerdo
si son las siete de la mañana
o de la noche. 
 
Si está frío o solo triste,
si te fuiste o te dejé escapar.
Si dormiré durante esta noche
o si dormiré alguna vez más. 
 
Eso sí: nunca me pregunto
si es hora de buscarte.
De buscarte, son todas;
de encontrarte no son jamás.
puntos 10 | votos: 10
XXXVI - Una vez más, como siempre,
he vuelto a acercarme a ella.
Una vez más, como siempre,
vuelve a ser toda mi paranoia.
 
Estoy loco por ti, le dije,
y me miró.
Como confesando que ella
no había cometido ese delito.
 
No puedes esperar nada de mí,
soltó.
Y yo no esperaba nada.
Y se convirtió en todo. 
 
Todo lo que hago desde entonces
es esperar.
El verbo favorito de la tristeza.
El acto más estúpido de los enamorados.
 
No es tan difícil, pensé.
Solo lo es tanto como verte con otro.
Solo lo es tanto como verte ir.
 
Es algo difícil, concluí.
Como explicarle a una rosa
que es bonita.
Aunque pinche, ya no huela
y esté marchita.
 
Debería dejar de hablar con fotos,
debería dejar de visitar el cementerio.
La vida es más triste desde que no estás,
la vida es más triste cuando no te tengo.
puntos 12 | votos: 12
XXXV - Siempre me he preguntado:
si la vida es puta,
¿cómo es que me cobra, incluso,
cuando no solicito sus servicios?

Y, además,
siempre he querido saber:
¿qué es lo que pasa
si no me quiero como amiga?
 
Llevo toda la vida empeñada
en buscar algo que, como siempre,
pudo no haber existido nunca.
Pudo no haberme esperado jamás.
 
Supongo que a veces
buscamos un alma gemela
sin recordar que pudimos
solo sobrevivir nosotros.
 
Pese a todo,
sé que, si existo,
es únicamente porque me escribe.
Tiene que existir.

Si no fuese así
preferiría olvidar cómo escribir
a escribir que ya no hay nada.
 
Y si ocurriese, como siempre,
que lo que jamás quise imaginar,
pasa...
 
Espero que se vuelva de todo
menos el típico café
que no me tomo por las mañanas.

puntos 7 | votos: 7
XXXIV - Desearía haberte conocido
cuando era un niño.
Cuando todo ese miedo,
ese condicionamiento
por tantas veces haber fracasado
no estuviese.
 
Desearía haberte conocido
cuando era un niño.
Cuando no importaba el tiempo,
solo las veces que elegías
estar conmigo.

Deseé mil veces haberte conocido
cuando era un niño.
Cuando éramos solo cajas de colores
no tan huecas como imaginábamos.

Ojalá haber deseado conocerte
cuando ya no deseara conocerte
en otro momento mas en el que lo hice.
Con mis miedos, con consecuencias...

... Con todo lo que hizo de mí
lo que tu quieres.
Con todo lo que hizo de ti
lo que yo necesito.
puntos 9 | votos: 9
XXXIII - Estábamos total,
completa,
absolutamente enamorados
y fue tan total,
completa
 y absolutamente desastroso,
que seguíamos estándolo.
Pero lejos.
 
Y decían que estábamos juntos,
pero no revueltos.
 
Llevaba pegado al corazón:
A palabras necias:
amores sordos,
amantes ciegos
y yo era muda.
 
Quizá tuviera algo que ver.
O nada, yo qué sé.

Pienso que a veces
al único que abarca la soledad
es al que decide no quedarse.
Se lo dije:
Si ojo por ojo,
mi vida por la tuya.
Y es mi última oferta.
 
Y se fue como ignorando
que me llevaba hasta en las ojeras.
Se fue como dejándose la vida atrás,
como ofreciéndola como recompensa
al volver a encontrarle.
puntos 11 | votos: 13
XXXII - Me gustaría poder contarte
que me he vuelto egoísta con quien te ve
y te deja ir. 
Con quien no te lleva en su sangre,
su alma, su vida.
 
Me gustaría poder decir
que te olvidé.
Dibujarte uno de tantos portazos
que diste en mi corazón
al marcharte.
 
Adoraría que pudieses entender
que cada vez que me lees
no te tiro una indirecta.
Que si siempre hablo sobre irse
es porque opino que te estás quedando mucho.
 
Ojalá.
Algo.
Y ya está.
Ojalá todas las cosas del mundo.
Y por cosas, tú. 

Desearía.
Poder contarte que te olvidé.
Que pudieses entender
que te estás quedando demasiado
en mi cabeza.
puntos 13 | votos: 13
XXXI - Sí tengo cara de haber roto un plato
y de haber matado a una hormiga.
Y de pocos amigos.
Y de pena. Y de niña.
 
Tengo cara de decepción.
De decepcionar.
De derrotada, de derrotar.
De no saber jugar al Póker.
 
Cara de no haber venido a mi entierro.
 
Cara de haberme plantado
en el altar
solo para ver una flor
en un monumento.

Tengo cara de darla
antes de que a alguien se le olvide
que a una bala perdida
tuvieron que dispararla antes.
 
Y abandonarla después.
puntos 15 | votos: 15
XXX - II - Seguramente un día
—una vez me dijo—
dejaremos de ser
porque dejarás de estar.

¿Acaso deja una rosa
de ser una rosa
por estar marchita?
Pregunté. Y me tapé los ojos.

Y por un momento
deseé de verdad una respuesta.
Ella solo me abrazó. Fría. 
Triste. Era un océano.
El mediterráneo, pensé.

...Y no sabría explicar por qué.

La vida dura dos minutos.
Tres. Cuatro. Rara vez nueve.
Depende de la canción
que te recuerde a ella.

Seguramente pronto
—escupió en otra ocasión—
me abandones como siempre
y me olvides como nunca.

¿Acaso olvida un poeta
alguno de sus versos
aunque los abandone?
Pregunté. Y no esperé respuesta.

Siempre vuelve a mejorarlos,
respondió.
Y me quedé de piedra.

Era un dragón. Un fantasma.
Una noche de invierno.
Se volvió como pasar
el día entero en el cementerio.

La vida es llorar.
Reír. Volar. Decepcionarte.
Depende de la película
que le asignes a su existencia.

puntos 23 | votos: 23
XXX - Seguramente un día
—una vez me dijo—
dejaremos de ser
porque dejarás de estar.
 
¿Acaso deja una rosa
de ser una rosa
por estar marchita?
Pregunté. Y me tapé los ojos.

Y por un momento
deseé de verdad una respuesta.
Ella solo me abrazó. Fría. 
Triste. Era un océano.
El mediterráneo, pensé.
 
No sabría explicar por qué.

La vida dura dos minutos.
Tres. Cuatro. Rara vez nueve.
Depende de la canción
que te recuerde a ella.
puntos 7 | votos: 7
XXIX - Díganle que he muerto, 
que me he ido.
Que he perdido el norte, el sur,
el este y hasta el sentido. 

Díganle que perdí las ganas,
el valor, el rumbo, la guerra...
Perdí hasta su cariño
y es lo que más me aterra.

Díganle que qué sé yo,
que me falta hasta cordura. 
Díganle que duelo más
de lo que dolerá la sutura
que irá creando en su corazón
aprendiendo a hacer más caso a la razón.

Díganle que lo quería, 
que lo sigo queriendo, 
que la vida se me escapa
y detrás de él va corriendo.

¡Díganle que me la llevo!
¡Me la llevo de la mano!
Díganle que si veo que puedo
la tiraré por un barranco.

Díganle que seguiré vagando
más con ansia que con prisa
de Sol en Sol, por los ríos
hasta que cesen las risas.

¡La vida no es otro cuento
ni una actuación improvisada!
¡La vida no es otra historieta
de J. K. Rowling 
ni luchamos con la magia!

La vida es verle ir, 
dejarle atrás,
marcharse. 
Vida es tener que partir,
tener que disculparme. 

¡Díganle que me he muerto!
¡Díganle que me he matado!
¡Díganle que, como juré,
me he acabado suicidando!
puntos 11 | votos: 11
XXVIII - Llueve. O no.
Pero ojalá lo hiciera.
Y me aferro. Cómo no.
Como una planta a la tierra.
 
Me marchito. Es normal.
Siempre pasa en noviembre.
Los corazones se agrietan.
Tu colonia ya no huele.
 
Sentir ya no nos duele.
Ignorarnos es lo de siempre.
¿Olvidar?
¿Pasará algún nueve?
 
Recuerda aquel nueve de noviembre.
Ojalá no nos deje.
 
Si es que vivo por algo,
ojalá me maten con ello.
Si es que vivo por alguien,
ojalá deje de dispararme aquí adentro.
 
Tacho despedidas de la lista.
Espero a que caigan hojas
y no personas.

Lo agarraré como diciendo
No te vayas.
Me soltará como afirmando
Ya no eres mía.
 
Te agarras a alguien como nunca
para perderlo igual que siempre.
puntos 9 | votos: 9
XXVII - Hay veces, momentos,
un parón súbito en tu vida:
miras todo lo que te rodea
y nada es ya como antes.

Todo lo que no pudo ser,
lo que no quiso ser,
lo que fue y no debió
vuelve a tu mente.
 
¿Aquella cena?
Ella no fue.
¿Aquel trabajo?
Lo dejaste.
 
Debieras estar en otra parte,
haciendo cosas que desconoces
pero sabes que están sucediendo.
A otro.
 
Te sientes extraño
en ti mismo.
No como antes,
no como mañana.
 
Debieras atreverte a ser
todo ese que desconoces,
ese que está sucediendo
cada vez que renuncias a todo.
puntos 7 | votos: 7
XXVI - ...
Te quiero.
 
Ya sé que termino igual todos los mensajes,
pero es que me da pánico que se te olvide.
 
Que entre distancias y cosas nuevas
crezca una pregunta ahí adentro.
Que un día te tomes un café en a saber dónde
y dudes.
 
Porque no hay nada más peligroso
y humano
que una duda.

Así que, por si acaso:
Te quiero.
(Solo estoy tomando mis medidas)

puntos 10 | votos: 10
XXV - Somos los lobos que no aullan a la Luna
y mariposas que no forman ciclones
al otro lado del mundo.
 
Somos heridos sin sanar,
tiritas sin despegar.
Un silencio como respuesta
a un Te quiero, mamá.
 
Y seremos un infierno sin congelar,
otro psicópata que no logra matar.
El Póngame otra, camarero
de algún suicida en un bar.
 
Intentamos ser la vida que no nos dieron
y fuimos la canción que no nos cantaron.
Y me inventé el nombre de muchas personas
a lo largo de toda mi vida
como Abandono.
 
Hoy abandono.
Pero de verdad,
no como esas veces
en las que se acaba
silbando el nombre de una
en la cama de otra.
puntos 11 | votos: 11
XXIV - Mi vida destrozada,
¡Mi vida destrozada!
Y le pregunto a la niebla
¿Quién recogerá este estropicio?.

Escribe sobre precipicios
al caer.
 
Podré volar
o volarme la cabeza.
Y podré el fondo tocar
antes que gane la pereza.
Ganaré, ya lo verás. 
Una muerte más,
mamá.

Y me haré fénix de estos restos.

Hubieron cachos, papá,
no cenizas.
Pero me haré fénix de estas vidas.
No las quemé,
pero las consumía.

Me juzgaron por líneas, hermano,
ahora juzgame por desgracias
y da gracias que no vivo.
Me apartaron por acciones, amigo.
Ahora por terror.

Y mi amor me alejó por vacío,
y al vacío he caído...
Lo veo todas las noches en el espejo
donde jamás, jamás,
jamás volverá a abrazarme.

Esperándolo me miro
y me pregunto...:
¿Quién recogerá este estropicio?.
puntos 8 | votos: 8
XXIII - Me preguntaron:
¿Cómo te sientes?
y no sé si respondí.

Puedo decirte la verdad, si quieres.

La verdad es que querer(te)
me parece sobornar al destino
para que crea en nosotros.
 
Me he quedado
como si hubiéramos huído
de aquello que ayer abrazábamos
con todas nuestras fuerzas;
como cuando ella se fue.
 
No sé si lo recuerdas.
 
Hay que estar muy triste
—pensé—
para comer de madrugada.
Y yo llevo ya
más de media caja
de cereales.
 
Y un suspiro
que ha venido a estancarse
a mis costillas.
 
Creo que eso respondí.

Yo la quería
como se quiere no estar solo
el día de año nuevo.
Como se quiere a un cachorro
que acaban de regalarte.
 
Siempre me leen con pena
cuando escribo con rabia.
Y sueno con nostalgia
en mentes llenas de tristeza.
 
El amor es como un niño
estirando los brazos
para que el monstruo de su armario
lo pueda cargar.
 
Si hubiese llevado un diario del dolor
la única anotación habría sido
una palabra:
yo
 o ella. 
 
A la que pregunté:
¿Cómo te sientes?
y no supo regresar.
puntos 6 | votos: 6
XXII - Dejé de entender el tiempo
cuando se me hicieron
casi nueve minutos
los veinte segundos
que duró la ida.

Se largó en barco el amor de mi vida.

No quisiera hablar
de suicidios,
de dejarse ir,
ni de dejarse la piel
en lo que viene a ser
que se marche.
 
Nunca he sabido hacer nada para que no se escape.
 
No me regala rosas
desde que le dije
que escribo sobre ellas.
O rodeada de ellas.
Qué sé yo. 
 
He odiado las confesiones desde entonces.
 
Ahogarse en rosas
es esperar que alguien baile en ellas
y acabe tropezándose contigo.
 Es jugar a no ser sin alguien más.
 
... Le escribí. Y jamás jugó conmigo.
 
Escribo por dolor al arte
y por pena de las vistas
que hay desde ahí arriba;
desde las pupilas de otra,
para nada tan afortunadas
como las mías.
 
Qué injusticia que escriba tanto y le abrace tan poco.
 
No soy de confesiones
pero ahí va una:
Puedo vivir sin ti,
pero no quiero.
Y necesito entenderlo,
de verdad que lo necesito,
pero eso sí que no lo puedo.
 
Me he dejado caer donde los lobos no a aúllan a la luna.
Donde no buscan un cuerpo perdido.
puntos 13 | votos: 13
XXI - Saltó.
(Yo nunca lo haría)

Me dejó una nota
siete veces reescrita:
Hay quien a veces te abraza
y te convierte en un puerto.
Y hay quien es como tú:
quien atraca,
pero no necesariamente
en barco.
 
Y me encontré una carta
hecha una bola
tras el sillón.
Justo como estoy yo,
pero encima de la cama
y sin ningún borrón.
 
La poesía no me parece tan bonita
desde que no leo un poema suyo
lleno de marcas de lápiz
justo detrás de cada letra.

Y la vida no me parece tan bonita
desde que saltar conlleva algo más
que jugar en una cama elástica
y al terminar volver a tener los pies
en la tierra.
 
Aunque ella nunca los tuviera.

Le dejé una estúpida nota
que jamás leería:
Estoy al lado del radiador
esperando a que vuelvas,
y por muy cerca que me quede
no noto calor que me envuelva.
 
Y sé, amor mío,
que es de las estupideces
por las que te fuiste.
Pero me resulta una metáfora
de nuestro amor
incomprensible,
casi admirable:
 
Está roto, ¿lo recuerdas?
Yo me sigo acordando.
Y aunque sé que no me dará calor
sigo esperando,
porque sé que está ahí
y que algún día estará dispuesto
a hacerme sentir en compañía.
 
(A veces releo y ni yo entiendo
lo que te escribo.
Pero eso siempre me da igual
porque está como quería:
lleno de marcas de lápiz
justo detrás de cada letra.)

puntos 12 | votos: 12
XX - Me he quedado en el sillón
por si acaso ella regrese.
Lo coloqué en el recibidor,
no vaya a ser que no me encuentre.
 
Anoche se fue y no volvió.
La llamé, pero no me lo cogió.
Esta mañana había un mesaje,
pero me pareció demasiado tarde.
 
Anoche le dije que la quería,
pero no hizo puto caso.
Quizá fuese mío el error...
No puede oír si se ha largado.

Anoche esperé.
Y os contaré un secreto:
Las personas no llegan
como las estaciones del año.
 
 Esta mañana...
Esta mañana no hice nada.
Pero esperad...

Esperad, sigo aquí tirado
mientras oigo subir las escaleras.
Y juraría que ahora
llaman a la puerta.

Quisiera abrir,
pero no puedo.
Sinceramente,
ojalá no sea ella.
 
¡Ya lo sé!
¡No me miréis!
¡Ya sé lo que dije!
Veréis...

Me quedé en el sillón
por si acaso ella regresaba.
Lo coloqué en el recibidor,
no fuera a ser que no me encontrara.

Anoche se fue y no volvió.
La llamé, pero no me lo cogió.
Le dejé un mensaje:
Te esperarán, pero no seré yo.
 
Sí, me he quedado en el sillón
por si acaso ella regrese.
Pero ojalá no tenga llave
y no se tope con la muerte.
puntos 10 | votos: 10
IX - Qué dirán si digo
que la vida me parece
otra de esas putas que no saben
si ignorar que pasas
o asomarse a la ventanilla
de tu coche.
 
Qué pensarán si digo
que al pasar siempre piso
el acelerador,
no vaya a ser que alguna
me pegue algo
o con algo.
 
Que sabemos ya lo fuerte que golpea.
 
Qué dirán si confieso
que ella era mi vida,
pero dudo de si puta...
 
La llamaban Acuarela,
porque eso parecía
su maquillaje cuando lloraba.
Porque eso era:
una obra de arte
a acuarelas pintada.
 
Juntos...
Juntos podíamos ser
Nothing Else Matters
sonando a toda hostia
mientras vosotros, celosos,
pedíais que bajásemos el volumen.
 
Pero no pudo ser,
no quiso ser.
 
Y perdonadme si me río
mientras pienso
en qué dirán si publico
que una vez pregunté la hora
y dijo: Tú tranquilo,
nunca se nos hará tarde.

Pero me veis aquí:
esperando por otro tren,
que se me han escapado varios.

Solo se me ocurrió enamorarme
de una obra de arte
que hice mi vida
y dudó entre si pasar,
quedarse, irse,
asomarse
o volver
(porque juraría que
  en realidad ni estuvo).

Es por ello que al dudar,
ella; mi vida, me recordó
a otra de esas putas que no saben
si ignorar que pasas
u ofrecerte su existencia de mierda.
puntos 10 | votos: 10
XIII - Preguntan:
¿Y si un trozo de madera
descubre que es un violín?,
e intento aplicármelo,
lo intento.
Y luego lo pienso:
Yo jamás podré ser arte.
 
Siempre he sido yo,
yo mismo, solo para ti.
Pero cuando dices
Te querré para siempre
solo me suena a una amenaza
y me retumban los oídos.
 
Te repito, corazón:
Hacer borrón sí,
pero no me cuentes otra nueva.
Todo se repite, 
todo se derrite. 
Y si no lo entiendes es solo
que no quieres hacerlo.

El amor es deshojar un cáctus:
ilógico, imposible.
Pero creerás que vas a conseguirlo
si alguien se empeña
en que puedes hacerlo
con su ayuda.

Llevo tratando de deshojar un cáctus
quinientos setenta y siete días,
siete horas y cincuenta y siete
minutos.
Y os lo afirmo:
el siete no es el número
de la suerte.
 
Estoy deseando salir
del amor
para salir
de cualquier otra parte.
Porque huír es correr,
te alejes de lo que te alejes;
jugártela,
responda lo que te responda.
 
Siempre he sido yo,
yo mismo, solo para ti.
Pero cuando dices
Me quedaré contigo
me imagino a un 
guardaespaldas
con chaqueta y un fusil.

(Y lo siento, cariño,
pero no pienso arriesgarme
a intentar escapar
y que me retumben los oídos)
puntos 11 | votos: 11
XII - Esta noche se brinda
por el vigésimo tercer capítulo
de la vida.
Esta noche se brinda
por lo que no alcanzaremos jamás.

Llevo todo el lienzo
que ha sido mi existencia
intentando pintarme unas alas.
Y resulta que para volar
lo que hay que tener son cojones.
 
Y hay que joderse.

Yo me enamoré como aquel
que no sabe qué coño hacer
con su vida,
pero que pensó
que la otra persona sabría.

(Resultó que tampoco,
pero lo llevamos bien)

A ver, no fuimos felices;
fuimos la felicidad
de la mano. 
Lo que ni siquiera me importa
que llegue o no a entender el resto.
 
Hacía ya tiempo que no estaba.
Ella, quiero decir.
Y me sentía invisible,
porque puedes llegar
a no existir
si no te miran los ojos
que tú quisieras.
 
Y nunca entenderéis
lo triste que resulta decir:
Me voy, ahí te quedas
cuando quien había
ya se había marchado.

(Y no poder alzar el vuelo lejos
porque, hay que joderse:
no tienes cojones)
puntos 12 | votos: 12
XI - Parecía estropeársenos el amor
como lo que se estropea
de tanto usarlo
cuando en realidad
ni se estropea,
 solo se queda sin pilas.

Llevaba tiempo sin besarla
por llevar el mismo 
sin verla.
Y llevo tiempo sin recordarle
que mi color favorito depende
del color con que se pinte
los labios cada día.

Y me perdonaréis,
pero nunca he sabido
si duele más
el para siempre
o un hasta nunca. 

Sé que dejó una nota:
Me voy para siempre,
hasta nunca.
Y se fue como ignorando
que me llevaba colgando 
de las ojeras
aunque me haya quedado
(colgando del balcón).

puntos 12 | votos: 12
X - Cuando el tiempo nos lleve
y sea nuestra cama el único mar,
cuando el cielo no truene...
Allí estará nuestro hogar.

Cuando esa niña no llore
y tampoco a ti te vea llorar,
cuando en tus brazos me enrede...
Solo allí iré a parar.
 
Cuando la oscuridad no nos ambiente
y la luz no se digne a venirte a animar,
cuando el suicidio algo jure para mal...
Te iré a salvar.

Cuando el viento no nos bese
y el césped no se deje abrazar,
cuando preguntes dónde estás...
Me verás caer una vez más.

Y cuando el Infierno se hiele,
y el Cielo arda envuelto en mal,
cuando el Limbo no me anhele...
¡Me iré a matar!
puntos 9 | votos: 9
IX - Epitafio para corazones rotos:
Amor de locos
no es amar con locura,
pero amamos con locura
gracias a estar locos.
 
Aguanto las vueltas de la vida
mientras ella se marea en un carrusel.
Y no la quiero, es cierto,
pero qué más podría hacer.
 
Ella estaba loca,
loca de remate.
Y era guapa,
guapa de cojones.

Y nos preguntábamos siempre
qué coño hacíamos,
que no éramos otra de esas constelaciones
que se inventa uno.
 
Éramos un puente de sus ojos a mis ojos. 
Y no sé, no sé de nada de él,
solamente que se cae cuando hay
más de dos personas abrazándose.
puntos 9 | votos: 9
VIII - No sé de mitología
ni de poetas de libro
y recital.
Sé de historias que no
se cuentan. De palabras
que no se pronuncian.

Sé de mí y de las rosas
que se marchitan sin
haberse abierto antes.
Sé de notas de suicidio
sin suicidio. 
Sé de matarse y no irse
o volver.

Sé de mí, de ti,
de cosas sin importancia.
Sé de suplicar un golpe más
por seguir recibiendo algo
de alguien.

Soy quien escribe bazofia,
a quien lees creyendo
que te salvará de la vida
o de la muerte.
Que qué más da,
si son lo mismo.
 
Soy quien sabe tonterías
y no sabe lo que es,
pero desde luego que no soy
quien podría salvarte la vida.
puntos 9 | votos: 9
VII - Escribe el eco sobre el eco,
y las máquinas de escribir
sobre funerales y la falta de tinta
en otra de esas tristes
máquinas de escribir.
 
Escribo yo, no sobre mí.
¡Eso sería una estupidez!
Escribo yo, sobre ella,
aunque cuente todo lo mío.
¡Y sigue siendo estúpido!

¡Como que el eco escriba
sobre el eco!
O las máquinas de escribir lloren
por esas tristes máquinas
 de escribir.

Cariño, asómate,
que las ventanas están
siempre abiertas para ti.
Que no es una ametralladora
lo que suena por aquí.
 
¡Que soy yo escribiendo
otra vez al porvenir!
 
Escribo yo, no sobre mí,
y si lo hago bien no es gracias a ti.
¿Acaso agradece el eco al eco
o las máquinas de escribir
al resto de esas tristes máquinas
de escribir?
 
Recuerda que vivimos
donde la luna se tiñe de rojo
pero nunca nadie derrama 
ni una gota de sangre
por miedo a los olores.
 
Recuerda que sigo escribiéndote.
Que escribo yo, no sobre mí.
Que si lo hago bien no es gracias a ti.
Y que por dentro soy lúgubre
con paredes de colores.
puntos 11 | votos: 11
VI - Hace no demasiado,
no demasiado lejos, 
encontramos una casa.
Y unos muebles.
Y un trastero.
 
Y una máquina de escribir,
que ya no usan por miedo a quebrarse.
Y en un cajón está todo lo bello
que no aprenderán a domesticar nunca.
 
Había tinta seca desparramada
que me recordó a mí
por unos instantes. 
Y un lapicero
que comía historias
y no las escupía
por amor al arte.
 
Había un árbol
con el tronco pintado de negro,
salpicado de sangre, pintura
y lágrimas que se perdieron por el camino.
Y recuerdo haber pensado
que todo aquello era como el cielo
por la noche, cuando hay estrellas
que sí lloran.

Y cuando salí, vi a un hombre
hablando con su amigo
de haberse matado en alguna curva,
aclarando que había sido
la de la sonrisa de ella.
 
Y aquello me hizo recordar
que yo también me maté en alguien,
pero en una recta
y por exceso de velocidad.

puntos 9 | votos: 9
V - Ella era poesía
y él el poeta
que la recitó
treinta y dos veces
antes de morir.
 
Treinta y dos veces.
Las treinta y dos
de maneras diferentes.
Susurrando a ratos.
Suspirando en ocasiones.

Ya veis: 
treinta y pocas veces,
treinta y pocos momentos
en que pedirle
que no se fuese.
 
Él, poeta.
De esos de hora
y pico
para párrafo
y poco.

De parar para tocarse
si(n) hace(r) falta
pero no para tocar
en algún que otro portal
por culpa de las disculpas
que olvidó dar.
 
Ella, poesía.
De la que te deja
vacío
al acabar
y nadie recordarla.
Al desaparecer
tras treinta y dos pasos.
puntos 7 | votos: 7
IV - Pasa a recoger los pinceles
que mi vida es otro lienzo
y voy a enseñarte a pintar
con acuarelas.
¡Al más puro estilo lúgubre!
Con colores fríos
o contigo.
 
Pasa de dibujar sonrisas
con esa pintura color asfalto,
dibújame tres líneas 
y un corazón
para jugar al tiro al arco.
 
Podemos pincharnos en vena
hasta aguarrás
si nos viene en gana.
Y dibujar...
Qué sé yo.
Una ventana.
Tirarnos.
 
Hacer, con el pincel,
que nieve hasta confeti.
Que la gente llore,
grite,
se desgarre
y piense en ti
al ver tanto colorín
pintado con acuarelas
al más puro estilo lúgubre.
puntos 9 | votos: 9
III - La vida es dura
y bella.
¡Perdón!
Quise decir ella.
Bella no,
bella nunca.
Ella sí:
respirándole en la nuca
como si fuese
viento helado,
o el silencio
que nunca se rompe
aunque se oiga un corazón
latir.
 
Juró no volver a ser
otra de esas sirenas
a las que la gente teme
y ama.
Olvidaba haber sido un día
una cruel pena
atada al mar.
 
Se prometió no volver
a intentar estrangular
su reflejo.
Y se cayó,
se ahogó en un lago.
Uno bonito, por cierto.
 
La echo de menos...
La echo de menos.
Y no os cuento desde cuándo,
que me robáis mi juramento.
Solo yo recordaré 
cómo había sido quererte,
perderte, intentar olvidarte
y durante cuánto tiempo.
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II - Eran sus mejillas
terrazas.
Terrazas a las que vas
a pintar.
O a morir.
O a ambas cosas.
No necesariamente
en ese orden...
Ni siquiera una tras otra.
 
Terraza.
Porche de sus ojeras;
otro lugar abandonado.
Vemos al Sol abandonarnos.
Todo allá, en la cima,
tan arriba como Dios.
Pero real, os lo juro. 
Y mejor.
Mucho mejor.
 
Era una terraza,
una terraza sin flores.
Estaba allí, te repito.
Allí donde no solíamos
asomarnos;
desde donde escribía
sobre las alturas
sin haberlas probado.
 
Y ante mi vida,
en la terraza:
otro párrafo de mierda.
Mi vida: ella,
aunque no estuviera cuerda.
Ninguno leíamos, por cierto.
No leíamos basura.
La vida es dura.
O ella.
 
O quizá fuese duro
intentar atrapar unas estrellas
desde la terraza
 (de sus mejillas).
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I - No pienso hablaros del Cielo
ni de cómo lo dejaba en bandeja.
Ni del Infierno asemejado
al número de su apartamento.
 
No pienso mirar atrás
a ver arder las nubes. 
No pienso quedarme
a ver explotar el compás
que jamás había llevado.
 
No pienso tocar el picaporte
ni siquiera para cerrar
de un portazo
como no pienso volver
tocando en la puerta
como en tu corazón.
 
No pienso.
No pienso hacerlo.
Pero pienso.
Pienso todo el día.
 
¿Y sabéis qué pienso
sobre la Luna?
 Pienso que es increíble
que a estas alturas
de la vida
aún se apropie
de su belleza
en cada noche.
 
(Pero no se lo digáis; que ni lo piense)





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