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12.05.2013

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Océano Pacífico - ¡¡LOS COJONES¡¡
puntos -4 | votos: 6
SOY DANNAFANS - ¿ ALGUN PROBLEMA ?
puntos 3 | votos: 3
A veces, cambiar - es la única forma de encontrarse a sí mismo.
puntos -4 | votos: 22
Oigan, y perry.... - -Pos perriando......xD
puntos 8 | votos: 8
De todas las heridas que tuve, - Fuiste la más hermosa.

puntos 5 | votos: 5
Esa bella sensacion - cuando te das cuenta que eres imparable.
puntos 4 | votos: 4
Dicen que los ojos - Son las ventanas del alma
puntos 6 | votos: 10
Vivo en un cuento de hadas... - ...& no me arrepiento de NADA
puntos 15 | votos: 15
Me he vuelto... - ajen@ al dolor...
ajen@ al amor...
ajen@ a este mundo....
puntos 10 | votos: 10
Mi forma de ser depende - en gran parte con quién esté y de cómo me traten.

puntos 14 | votos: 14
Ironía de la vida #12 -  Solo cuando te acostumbras a aceptar que no te quiere, te das cuenta de lo contrario.
puntos 10 | votos: 12
¿Quien sera la mas bonita? - y claro la mejor asecinando zoombies
puntos 23 | votos: 23
La muerte es un agujero negro - que absorbe toda la luz que tiene alrededor y lo deja todo vacío
puntos 12 | votos: 12
-Oye pepe, - ¿no viste donde deje mi bolsa?
puntos 4 | votos: 4
Desmotiva que - Los hombres cuentan aventuras que no han tenido...
Las mujeres tienen aventuras que nunca contaran...

puntos 6 | votos: 6
El que ríe el ultimo - ríe mejor
puntos 7 | votos: 7
Una familia unida - es lo más importante en la vida
puntos 10 | votos: 10
Mi vida - no se rige por los estándares propuestos para ella.
puntos 5 | votos: 5
La triste realidad -
puntos 10 | votos: 10
- Nunca había visto tantas estrellas... - - ¿En serio? ¿No hay estrellas donde vives?
- De donde yo vengo hay tanta luz por la noche que no puedes verlas.
- Vaya... Debe de ser precioso, tener tanta luz, aún sin ser de día...
- Al contrario. Es muy triste.
- ¿Por qué?
- Porque cuando creces rodeado de luz, vives con miedo a la oscuridad, 
en lugar de admirar su belleza.

puntos 3 | votos: 3
El extraño - H.P. Lovecraft - Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y
tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas
solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias
a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de
enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas
retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el
aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me
siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá,
hacia el otro.

No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible,
lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada
sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se
percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones
muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y
quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera
brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por
encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba
el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en
ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco
menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo.
Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no
puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa
viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos.
Supongo que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido
asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de
una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido,
marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de
grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de
piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más
reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos
libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos
esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien
había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar
en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente,
ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a
verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o
pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo
poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y
mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en
los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado
allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del
bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se
hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores,
de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no
fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún
cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz
se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos
suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por
encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por
fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era
vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber
contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra
hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante,
trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi
peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso,
inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su
mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la
lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que
me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable
y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no
llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia
abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y
en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna
ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué
altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas
por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza
tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza
o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la
oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e
inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de
cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que
finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla
cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta
con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance.
Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y
más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya
que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana
de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el
piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me
deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no
volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía
exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída,
pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese
necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas
ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en
busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el
cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero
ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias
estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de
inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué
extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan
inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos
tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual
colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las
extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero
haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí
hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás
conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el
extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la
puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su
esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes,
salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar
recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí
rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en
eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad
tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando
llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero
que no quise trasponer por temor a precipitarme desde la increíble
altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de
lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes
podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las
extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama
en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en
esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles
vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al
mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en
compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y
sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel
brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la
senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por
aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese
frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de
momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi
experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a
ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o
qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias;
sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi
avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas
veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para
internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna
ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una
senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido
río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un
puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que
aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras,
enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante
familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades.
Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo
bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían
nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el
máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de
esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más
alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré
al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que
departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz
humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas
caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos
recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente
iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de
esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en
venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras
reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar
el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y
súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y
arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El
desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios
sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían
enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a
ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose
contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las
numerosas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez
más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar
pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera.
A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una
de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento
del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación,
similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé
a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y
último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó
casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que,
por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión
en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era
un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y
detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud
y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz
desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por
siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había
dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude
ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una
repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus
enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me
estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil
esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo
romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin
nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que
los miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible
objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de
levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que
el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el
intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y,
bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo
adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa,
cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco
menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para
detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de
pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo
extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el
viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en
mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá
del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el
cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación
que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de
los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese
bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo
que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en
un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel
edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente
a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y
descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de
piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo
castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones
y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las
catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de
Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la
luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para
mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la
Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad
agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy
un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son
hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa
cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí
mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.
puntos 48 | votos: 48
Confía y te harán daño, - desconfía y te lo harás tú mismo.
puntos 5 | votos: 5
Contigo mi soledad - se siente acompañada.
puntos 11 | votos: 13
cada dia que pasa... - mas enamorada estoy de el...
puntos 24 | votos: 24
Que la razón es un invento más. -

puntos 13 | votos: 19
A veces una persona no tiene que - amarse a sí misma para amar a otras personas, a veces primero
necesita ser amada para luego amarse a sí misma.
puntos 26 | votos: 30
Cuando por fin recibes la paga, - y la gastas en tonterías que querías.
puntos 33 | votos: 35
Cuando no te obligan - a hacer algo que no te gusta, la culpa es tuya por dejarte llevar
puntos 60 | votos: 60
Llegar a ser libre por un segundo - y hacer de tu vida la más irreconocible.
puntos 8 | votos: 10
Esos padres y sus bromas eternas -

puntos 17 | votos: 17
Sabías que... - el ojo es el único órgano que no crece.
puntos 8 | votos: 8
¿Infantil yo? - Muere, pium pium!
puntos 4 | votos: 4
Descubrimientos con amigos, - que no cambiarías por nada.
puntos 19 | votos: 21
¡Feliz día de la madre Jun_sensual! -
puntos 18 | votos: 18
Hasta el mas valiente de nosotros - tiene miedo de si mismo

puntos 6 | votos: 8
Cuando el autobús - va a 50 km/h mientras tu mente va a mil
puntos 14 | votos: 14
Por esas veces - cuando suena una canción que nos gusta y sentimos la necesidad que cantarla.
puntos 10 | votos: 10
Consejos para ser feliz# 1 - Si la sociedad te margina por intentar ser diferente, 
ignórala y se diferente; ellos morirán todos iguales, 
tu lo harás siendo feliz.
puntos 12 | votos: 14
La gente llora, - no porque sean débiles, sino porque han estado siendo fuertes por mucho tiempo
puntos 5 | votos: 7
Encontrar un cuaderno viejo - encontrar una frase como esta agua de piña agua de coco si tu no me
quieres pues yo tampoco y pensar que era lo que nos pasaba por la
cabeza en esos momentos.

puntos -5 | votos: 11
Hubiera perdonado tu orgullo - si no hubieses herido el mio
puntos 7 | votos: 7
La manera más interesante - de vivir la vida es pensando que será contada en un libro.
puntos 4 | votos: 4
Estar solo - tiene su lado bueno.
puntos 4 | votos: 4
Es como la gravedad. - Tu centro cambia. De pronto no es la tierra la que te sujeta. Harías
cualquier cosa por ella, serias lo que ella necesitara. Un amigo, un
hermano, un protector.
puntos 3 | votos: 3
El amor - El amor es como los fantasmas, todo el mundo habla de él pero pocos lo han visto.

puntos 4 | votos: 4
Vive la vida, - disfruta el momento y a la mierda con lo que diga el resto.
puntos 13 | votos: 13
Esas ganas de gritar - como un loco, cuando nada va bien
puntos 6 | votos: 6
Que mi única cárcel - Sea una sonrisa
puntos 2 | votos: 2
Las canciones - Un elefante se balanceaba y Nadie me quiere todos me odian tienen
el mismo ritmo; lo se te cambie la vida.
puntos 4 | votos: 4
Mostrarnos como somos - o seguir fingiendo tener humanidad?





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