En Desmotivaciones desde:
13.10.2010

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Cuando cumples años - es un año mas y otro menos
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Arriba: Mi serie Favorita - Abajo: Mi Programa Favorito y... ¿Sabias que la audiencia subió en
un 7& y5% en el último trimestre?
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El hombre de negro - No usa papel higiénico, usa papel de lija
puntos 12 | votos: 12
¡No quiero! ): -
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PORQUE TU TAMBIÉN - has tirado la cuchara a la basura y el yogur al fragadero

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Vivo en  un pais - hasta donde el mas inteligente se vende
puntos 9 | votos: 9
Que el dinero no da la felicidad, - dámelo que quiero ser triste.
puntos 13 | votos: 13
A veces las apariencias, - Simplemente, engañan
puntos 8 | votos: 10
-¿Tenemos tiempo?  - Damas y caballeros, tengo en mi mano una lista de los 10 mejores de
esta noche, los 10 mejores nombres que le habría puesto a mi camión
si el cretino de Ted no lo hubiera devuelto:
Número 10: el Trolepolv
9: la Furgoteta
8: el Ford Desflorer
7: el Masturbo Diese
6: el Polvo S80
5: el Wolkswagen Golfa
4: el Citroen Sexo
3: el Autokiki
2: el Follovolumen
y el número 1 que le habría puesto a mi camión si el cretino de Ted
no lo hubiera devuelto esta noche: Chevy del 69.
puntos 21 | votos: 21
-Al menos yo no llevo los  - pantalones al revés

puntos 18 | votos: 18
True story -
puntos 14 | votos: 16
quien no lo hizo -
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Nicolás Flamel - Dumbledore había convencido a Harry de que no buscara otra vez el
espejo de Oesed, y
durante el resto de las vacaciones de Navidad la capa invisible
permaneció doblada en el
fondo de su baúl. Harry deseaba poder olvidar lo que había visto en
el espejo, pero no
pudo. Comenzó a tener pesadillas. Una y otra vez, soñaba que sus
padres desaparecían
en un rayo de luz verde, mientras una voz aguda se reía.
—¿Te das cuenta? Dumbledore tenía razón. Ese espejo te puede
volver loco —dijo
Ron, cuando Harry le contó sus sueños.
Hermione, que volvió el día anterior al comienzo de las clases,
consideró las cosas
de otra manera. Estaba dividida entre el horror de la idea de Harry
vagando por el
colegio tres noches seguidas («¡Si Filch te hubiera atrapado!») y
desilusionada porque
finalmente no hubieran descubierto quién era Nicolás Flamel.
Ya casi habían abandonado la esperanza de descubrir a Flamel en un
libro de la
biblioteca, aunque Harry estaba seguro de haber leído el nombre en
algún lado. Cuando
empezaron las clases, volvieron a buscar en los libros durante diez
minutos durante los
recreos. Harry tenía menos tiempo que ellos, porque los
entrenamientos de quidditch
habían comenzado también.
Wood los hacia trabajar más duramente que nunca. Ni siquiera la
lluvia constante
que había reemplazado a la nieve podía doblegar su ánimo. Los
Weasley se quejaban de
que Wood se había convertido en un fanático, pero Harry estaba de
acuerdo con Wood.
Si ganaban el próximo partido contra Hufflepuff, podrían alcanzar a
Slytherin en el
campeonato de las casas, por primera vez en siete años. Además de
que deseaba ganar;
Harry descubrió que tenía menos pesadillas cuando estaba cansado por
el ejercicio.
Entonces, durante un entrenamiento en un día especialmente húmedo y
lleno de
barro, Wood les dio una mala noticia. Se había enfadado mucho con los
Weasley, que se
tiraban en picado y fingían caerse de las escobas.
—¡Dejad de hacer tonterías! —gritó—. ¡Ésas son exactamente
las cosas que nos
harán perder el partido! ¡Esta vez el árbitro será Snape, y
buscará cualquier excusa para
quitar puntos a Gryffindor!
George Weasley, al oír esas palabras, casi se cayó de verdad de su
escoba.
—¿Snape va a ser el árbitro? —Escupió un puñado de barro—.
¿Cuándo ha sido
árbitro en un partido de quidditch? No será imparcial, si nosotros
podemos sobrepasar a
Slytherin.
El resto del equipo se acercó a George para quejarse.
—No es culpa mía —dijo Wood—. Lo que tenemos que hacer es estar
seguros de
jugar limpio, así no le daremos excusa a Snape para marcarnos faltas.
Todo aquello estaba muy bien, pensó Harry; pero él tenía otra
razón para no querer
estar cerca de Snape mientras jugaba a quidditch.
Los demás jugadores se quedaron, como siempre, para charlar entre
ellos al
finalizar el entrenamiento, pero Harry se dirigió directamente a la
sala común de
Gryffindor; donde encontró a Ron y Hermione jugando al ajedrez. El
ajedrez era la
única cosa a la que Hermione había perdido, algo que Harry y Ron
consideraban muy
beneficioso para ella.
—No me hables durante un momento —dijo Ron, cuando Harry se sentó
al lado—.
Necesito concen... —vio el rostro de Harry—. ¿Qué te sucede?
Tienes una cara terrible.
En tono bajo, para que nadie más los oyera, Harry les explicó el
súbito y siniestro
deseo de Snape de ser árbitro de quidditch.
—No juegues —dijo de inmediato Hermione.
—Diles que estás enfermo —añadió Ron.
—Finge que se te ha roto una pierna —sugirió Hermione.
—Rómpete una pierna de verdad —dijo Ron.
—No puedo —dijo Harry—. No hay un buscador suplente. Si no
juego, Gryffindor
tampoco puede jugar.
En aquel momento Neville cayó en la sala común. Nadie se explicó
cómo se las
había arreglado para pasar por el agujero del retrato, porque sus
piernas estaban pegadas
juntas, con lo que reconocieron de inmediato el Maleficio de las
Piernas Unidas. Había
tenido que ir saltando todo el camino hasta la torre Gryffindor.
Todos empezaron a reírse, salvo Hermione, que se puso de pie e hizo
el
contramaleficio. Las piernas de Neville se separaron y pudo ponerse de
pie, temblando.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Hermione, ayudándolo a sentarse
junto a Harry y
Ron.
—Malfoy —respondió Neville temblando—. Lo encontré fuera de la
biblioteca.
Dijo que estaba buscando a alguien para practicarlo.
—¡Ve a hablar con la profesora McGonagall! —lo instó
Hermione—. ¡Acúsalo!
Neville negó con la cabeza.
—No quiero tener más problemas —murmuró.
—¡Tienes que hacerle frente, Neville! —dijo Ron—. Está
acostumbrado a llevarse
a todo el mundo por delante, pero ésa no es una razón para echarse
al suelo a su paso y
hacerle las cosas más fáciles.
—No es necesario que me digas que no soy lo bastante valiente para
pertenecer a
Gryffindor; eso ya me lo dice Malfoy —dijo Neville, atragantándose.
Harry buscó en los bolsillos de su túnica y sacó una rana de
chocolate, la última de
la caja que Hermione le había regalado para Navidad. Se la dio a
Neville, que parecía
estar a punto de llorar.
—Tu vales por doce Malfoys —dijo Harry—. ¿Acaso no te eligió
para Gryffindor
el Sombrero Seleccionador? ¿Y dónde está Malfoy? En la apestosa
Slytherin.
Neville dejó escapar una débil sonrisa, mientras desenvolvía el
chocolate.
—Gracias, Harry.. Creo que me voy a la cama... ¿Quieres el cromo?
Tú los
coleccionas, ¿no?
Mientras Neville se alejaba, Harry miró el cromo de los Magos
Famosos.
—Dumbledore otra vez —dijo— Él fue el primero que...
Bufó. Miró fijamente la parte de atrás de la tarjeta. Luego
levantó la vista hacia
Ron y Hermione.
—¡Lo encontré! —susurró—. ¡Encontré a Flamel! Os dije que
había leído ese
nombre antes. Lo leí en el tren, viniendo hacia aquí. Escuchad lo
que dice: «El profesor
Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso
Grindelwald,
en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre
de dragón ¡y por
su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel!».
Hermione dio un salto. No estaba tan excitada desde que le dieron la
nota de su
primer trabajo.
—¡Esperad aquí! —dijo, y se lanzó por la escalera hacia el
dormitorio de las
chicas. Harry y Ron casi no tuvieron tiempo de intercambiar una mirada
de asombro y
ya estaba allí de nuevo, con un enorme libro entre los brazos.
—¡Nunca pensé en buscar aquí! —susurró excitada—. Lo saqué
de la biblioteca
hace semanas, para tener algo ligero para leer.
—¿Ligero? —dijo Ron, pero Hermione le dijo que esperara, que
tenía que buscar
algo y comenzó a dar la vuelta a las páginas, enloquecida,
murmurando para sí misma.
Al fin encontró lo que buscaba.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía!
—¿Podemos hablar ahora? —dijo Ron con malhumor. Hermione hizo
caso omiso
de él.
—Nicolás Flamel —susurró con tono teatral— es el único
descubridor conocido de
la Piedra Filosofal.
Aquello no tuvo el efecto que ella esperaba.
—¿La qué? —dijeron Harry y Ron.
—¡Oh, no lo entiendo! ¿No sabéis leer? Mirad, leed aquí. Empujó
el libro hacia
ellos, y Harry y Ron leyeron:
El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el
descubrimiento de la
Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes
asombrosos. La
piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce
el
Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe.
Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a través de los siglos,
pero la
única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolás
Flamel, el
notable alquimista y amante de la ópera. El señor Flamel, que
cumplió
seiscientos sesenta y cinco años el año pasado, lleva una vida
tranquila en
Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).
—¿Veis? —dijo Hermione, cuando Harry y Ron terminaron—. El
perro debe de
estar custodiando la Piedra Filosofal de Flamel. Seguro que le pidió
a Dumbledore que
se la guardase, porque son amigos y porque debe de saber que alguien
la busca. ¡Por eso
quiso que sacaran la Piedra de Gringotts!
—¡Una piedra que convierte en oro y hace que uno nunca muera!
—dijo Harry—.
¡No es raro que Snape la busque! Cualquiera la querría.
—Y no es raro que no pudiéramos encontrar a Flamel en ese Estudio
del reciente
desarrollo de la hechicería —dijo Ron—. Él no es exactamente
reciente si tiene
seiscientos sesenta y cinco años, ¿verdad?
A la mañana siguiente, en la clase de Defensa Contra las Artes
Oscuras, mientras
copiaban las diferentes formas de tratar las mordeduras de hombre
lobo, Harry y Ron
seguían discutiendo qué harían con la Piedra Filosofal si tuvieran
una. Hasta que Ron
dijo que él se compraría su propio equipo de quidditch y Harry
recordó el partido en que
tendría a Snape de árbitro.
—Jugaré —informó a Ron y Hermione—. Si no lo hago, todos los
Slytherins
pensarán que tengo miedo de enfrentarme con Snape. Les voy a
demostrar... les voy a
borrar la sonrisa de la cara si ganamos.
—Siempre y cuando no te borren a ti del terreno de juego —dijo
Hermione.
Sin embargo, a medida que se acercaba el día del partido, Harry se
ponía más nervioso,
pese a todo lo que le había dicho a sus amigos. El resto del equipo
tampoco estaba
demasiado tranquilo. La idea de alcanzar a Slytherin en el torneo de
la casa era
maravillosa, nadie lo había conseguido en siete años, pero
¿podrían hacerlo con aquel
árbitro tan parcial?
Harry no sabía si se lo imaginaba o no, pero veía a Snape por todas
partes. Por
momentos, hasta se preguntaba si Snape no lo estaría siguiendo para
atraparlo. Las
clases de Pociones se convirtieron en torturas semanales para Harry,
por la forma en que
lo trataba Snape. ¿Era posible que Snape supiera que ellos habían
averiguado lo de la
Piedra Filosofal? Harry no se imaginaba cómo podía saberlo... aunque
algunas veces
tenía la horrible sensación de que Snape podía leer los
pensamientos.
Harry supo, cuando le desearon suerte en la puerta de los vestuarios,
la tarde siguiente,
que Ron y Hermione se preguntaban si volverían a verlo con vida.
Aquello no era lo que
uno llamaría reconfortante. Harry casi no oyó las palabras de Wood,
mientras se ponía
la túnica de quidditch y cogía su Nimbus 2.000.
Ron y Hermione, entre tanto, encontraron un sitio en las gradas, cerca
de Neville,
que no podía entender por qué estaban tan preocupados, ni por qué
llevaban sus varitas
al partido. Lo que Harry no sabía era que Ron y Hermione habían
estado practicando en
secreto el Maleficio de las Piernas Unidas. Se les ocurrió la idea
cuando Malfoy lo
utilizó con Neville, y estaban listos para utilizarlo con Snape, si
daba alguna señal de
querer hacer daño a Harry
—No te olvides, es locomotor mortis —murmuró Hermione, mientras
Ron
deslizaba su varita en la manga de la túnica.
—Ya lo sé —respondió enfadado—. No me des la lata.
Mientras tanto, en el vestuario, Wood había llevado aparte a Harry
—No quiero presionarte, Potter; pero si alguna vez necesitamos que
se capture en
seguida la snitch, es ahora. Necesitamos terminar el partido antes de
que Snape pueda
favorecer demasiado a Hufflepuff.
—¡Todo el colegio está allí fuera! —dijo Fred Weasley, espiando
a través de la
puerta—. Hasta... ¡Vaya, Dumbledore ha venido al partido!
El corazón de Harry dio un brinco.
—¿Dumbledore? —dijo, corriendo hasta la puerta para asegurarse.
Fred tenía
razón. Aquella barba plateada era inconfundible.
Harry tenía ganas de reírse a carcajadas, del alivio que sentía.
Estaba a salvo. No
había forma de que Snape se animara a hacerle algo si Dumbledore
estaba mirando.
Tal vez por eso Snape parecía tan enfadado mientras los equipos
desfilaban por el
terreno de juego, algo que Ron también notó.
—Nunca vi a Snape con esa cara de malo —dijo a Hermione—. Mira,
ya salen.
¡Eh!
Alguien había golpeado a Ron en la parte de atrás de la cabeza. Era
Malfoy.
—Oh, perdón, Weasley, no te había visto.
Malfoy sonrió burlonamente a Crabbe y Goyle.
—Me pregunto cuánto tiempo durará Potter en su escoba esta vez.
¿Alguien quiere
apostar? ¿Qué me dices, Weasley?
Ron no le respondió: Snape acababa de pitar un penalti a favor de
Hufflepuff,
porque George Weasley le había tirado una bludger. Hermione, que
tenía los dedos
cruzados sobre la falda, observaba sin cesar a Harry, que circulaba
sobre el juego como
un halcón, buscando la snitch.
—¿Sabéis por qué creo que eligen a la gente para la casa de
Gryffindor? —dijo
Malfoy en voz alta unos minutos más tarde, mientras Snape daba otro
penalti a
Hufflepuff, sin ningún motivo—. Es gente a la que le tienen
lástima. Por ejemplo, está
Potter; que no tiene padres, luego los Weasley, que no tienen
dinero... Y tú,
Longbottom, que no tienes cerebro.
Neville se puso rojo y se volvió en su asiento para encararse con
Malfoy
—Yo valgo por doce como tú, Malfoy —tartamudeó.
Malfoy, Crabbe y Goyle estallaron en carcajadas, pero Ron, sin quitar
los ojos del
partido, intervino.
—Así se habla, Neville.
—Longbottom, si tu cerebro fuera de oro serías más pobre que
Weasley, y con eso
te digo todo.
La preocupación por Harry estaba a punto de acabar con los nervios de
Ron.
—Te prevengo, Malfoy... Una palabra más...
—¡Ron! —dijo de pronto Hermione—. ¡Harry...!
—¿Qué? ¿Dónde?
Harry había salido en un espectacular vuelo, que arrancó gritos de
asombro y vivas
entre los espectadores. Hermione se puso de pie, con los dedos
cruzados en la boca,
mientras Harry se lanzaba velozmente hacia el campo, como una bala.
—Tenéis suerte, Weasley, es evidente que Potter ha visto alguna
moneda en el
campo —dijo Malfoy
Ron estalló. Antes de que Malfoy supiera lo que estaba pasando, Ron
estaba
encima de él, tirándolo al suelo. Neville vaciló, pero luego se
encaramó al respaldo de
su silla para ayudar.
—¡Vamos, Harry! —gritaba Hermione, subiéndose al asiento para
ver bien a
Harry, sin darse cuenta de que Malfoy y Ron rodaban bajo su asiento y
sin oír los gritos
y golpes de Neville, Crabbe y Goyle.
En el aire, Snape puso en marcha su escoba justo a tiempo para ver
algo escarlata
que pasaba a su lado, y que no chocó con él por sólo unos
centímetros. Al momento
siguiente Harry subía con el brazo levantado en gesto de triunfo y la
mano apretando la
snitch.
Las tribunas bullían. Aquello era un récord, nadie recordaba que se
hubiera
atrapado tan rápido la snitch.
—¡Ron! ¡Ron! ¿Dónde estás? ¡El partido ha terminado! ¡Hemos
ganado!
¡Gryffindor es el primero! —Hermione bailaba en su asiento y se
abrazaba con Parvati
Patil, de la fila de delante.
Harry saltó de su escoba, a centímetros del suelo. No podía
creerlo. Lo había
conseguido... El partido había terminado y apenas había durado cinco
minutos. Mientras
los de Gryffindor se acercaban al terreno de juego, vio que Snape
aterrizaba cerca, con
el rostro blanco y los labios tirantes. Entonces Harry sintió una
mano en su hombro y, al
darse la vuelta, se encontró con el rostro sonriente de Dumbledore.
—Bien hecho —dijo Dumbledore en voz baja, para que sólo Harry lo
oyera—.
Muy bueno que no buscaras ese espejo... que te mantuvieras ocupado...
excelente...
Snape escupió con amargura en el suelo.
Un rato después, Harry salió del vestuario para dejar su Nimbus
2.000 en la escobera.
No recordaba haberse sentido tan contento. Había hecho algo de lo que
podía sentirse
orgulloso. Ya nadie podría decir que era sólo un nombre célebre. El
aire del anochecer
nunca había sido tan dulce. Anduvo por la hierba húmeda, reviviendo
la última hora en
su mente, en una feliz nebulosa: los Gryffindors corriendo para
llevarlo en andas, Ron y
Hermione en la distancia, saltando como locos, Ron vitoreando en medio
de una gran
hemorragia nasal...
Harry llegó a la cabaña. Se apoyó contra la puerta de madera y
miró hacia
Hogwarts, cuyas ventanas despedían un brillo rojizo en la puesta del
sol. Gryffindor a la
cabeza. Él lo había hecho, le había demostrado a Snape...
Y hablando de Snape.
Una figura encapuchada bajó sigilosamente los escalones delanteros
del castillo.
Era evidente que no quería ser visto dirigiéndose a toda prisa hacia
el bosque prohibido.
La victoria se apagó en la mente de Harry mientras observaba.
Reconoció a la figura
que se alejaba. Era Snape, escabulléndose en el bosque, mientras
todos estaban en la
cena... ¿Qué sucedía?
Harry saltó sobre su Nimbus 2.000 y se elevó. Deslizándose
silenciosamente sobre
el castillo, vio a Snape entrando en el bosque. Lo siguió.
Los árboles eran tan espesos que no podía ver adónde había ido
Snape. Voló en
círculos, cada vez más bajos, rozando las copas de los árboles,
hasta que oyó voces. Se
deslizó hacia allí y se detuvo sin ruido, sobre un haya.
Con cuidado se detuvo en una rama, sujetando su escoba y tratando de
ver a través
de las hojas.
Abajo, en un espacio despejado y sombrío, vio a Snape. Pero no estaba
solo.
Quirrell también estaba allí. Harry no podía verle la cara, pero
tartamudeaba como
nunca. Harry se esforzó por oír lo que decían.
—... n-no sé p-por qué querías ver-verme j-justo a-aquí, de
entre t-todos los llugares,
Severus...
—Oh, pensé que íbamos a mantener esto en privado —dijo Snape con
voz
gélida—. Después de todo, los alumnos no deben saber nada sobre la
Piedra Filosofal.
Harry se inclinó hacia delante. Quirrell tartamudeaba algo y Snape lo
interrumpió.
—¿Ya has averiguado cómo burlar a esa bestia de Hagrid?
—P-p-pero Severus, y-yo...
—Tú no querrás que yo sea tu enemigo, Quirrell —dijo Snape,
dando un paso
hacia él.
—Y-yo no s-sé qué...
—Tú sabes perfectamente bien lo que quiero decir.
Una lechuza dejó escapar un grito y Harry casi se cae del árbol. Se
enderezó a
tiempo para oír a Snape decir:
—... tu pequeña parte del abracadabra. Estoy esperando.
—P-pero y-yo no...
—Muy bien —lo interrumpió Snape—. Vamos a tener otra pequeña
charla muy
pronto, cuando hayas tenido tiempo de pensar y decidir dónde están
tus lealtades.
Se echó la capa sobre la cabeza y se alejó del claro. Ya estaba casi
oscuro, pero
Harry pudo ver a Quirrell inmóvil, como si estuviera petrificado.
—¿Harry, dónde estabas? —preguntó Hermione con voz aguda.
—¡Ganamos! ¡Ganamos! ¡Ganamos! —gritaba Ron al tiempo que daba
palmadas a
Harry en la espalda—. ¡Y yo le puse un ojo negro a Malfoy y Neville
trató de vencer a
Crabbe y Goyle él solo! Todavía está inconsciente, pero la señora
Pomfrey dice que se
pondrá bien. Todos te están esperando en la sala común, vamos a
celebrar una fiesta,
Fred y George robaron unos pasteles y otras cosas de la cocina...
—Ahora eso no importa —dijo Harry sin aliento—. Vamos a buscar
una habitación
vacía, ya veréis cuando oigáis esto...
Se aseguró de que Peeves no estuviera dentro antes de cerrar la
puerta, y entonces
les contó lo que había visto y oído.
—Así que teníamos razón, es la Piedra Filosofal y Snape trata de
obligar a Quirrell
a que lo ayude a conseguirla. Le preguntó si sabía cómo pasar ante
Fluffy y dijo algo
sobre el «abracadabra» de Quirrell... Eso significa que hay otras
cosas custodiando la
Piedra, además de Fluffy, probablemente cantidades de hechizos, y
Quirrell puede haber
hecho algunos encantamientos anti-Artes Oscuras que Snape necesita
romper...
—¿Quieres decir que la Piedra estará segura mientras Quirrell se
oponga a Snape?
—preguntó alarmada Hermione.
—En ese caso no durará mucho —dijo Ron.
puntos -5 | votos: 15
El espejo de Oesed - Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts
se descubrió
cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente
congelado y los gemelos
Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que
siguieran a
Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante. Las
pocas lechuzas que
habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el
correo tuvieron que
quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra
vez.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras
que la sala
común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas
encendidas, los pasillos,
llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento
cruel golpeaba las
ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor
Snape, abajo en las
mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía
mantenerse lo más
cerca posible de sus calderos calientes.
—Me da mucha lástima —dijo Draco Malfoy, en una de las clases de
Pociones—
toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en
Hogwarts, porque no los
quieren en sus casas.
Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry. Crabbe y Goyle
lanzaron risitas
burlonas. Harry, que estaba pesando polvo de espinas de pez león, no
les hizo caso.
Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más
desagradable que nunca.
Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que
todos se rieran
diciendo que un sapo conuna gran boca podía reemplazar a Harry como
buscador. Pero
entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gracioso, porque
estaban muy
impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su
escoba. Así que
Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry por no
tener una familia
apropiada.
Era verdad que Harry no iría a Privet Drive para las fiestas. La
profesora
McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los
alumnos que iban a
quedarse allí para Navidad, y Harry puso su nombre de inmediato. Y no
se sentía triste,
ya que probablemente ésa sería la mejor Navidad de su vida. Ron y
sus hermanos
también se quedaban, porque el señor y la señora Weasley se
marchaban a Rumania, a
visitar a Charles.
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones,
encontraron
un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies
aparecían por
debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba
detrás de él.
—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, metiendo la
cabeza entre las
ramas.
—No, va todo bien. Gracias, Ron.
—¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de
Malfoy llegó
desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra,
Weasley? Supongo que
quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de
Hagrid debe de
parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.
Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de
las escaleras.
—¡WEASLEY!
Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.
—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sacando su gran
cabeza peluda
por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.
—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hogwarts, Hagrid
—dijo Snape
con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y
agradece que no
sean más. Y ahora marchaos todos.
Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.
—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de
Malfoy—.
Uno de estos días lo atraparé...
—Los detesto a los dos —añadió Harry—. A Malfoy y a Snape.
—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Hagrid—. Os
voy a decir qué
haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.
Así que los tres siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor,
donde la
profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la
decoración.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo
colgaban de las
paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos
por el lugar,
algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de
velas.
—¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —preguntó
Hagrid.
—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuerda... Harry,
Ron, nos queda
media hora para el almuerzo, deberíamos ir a la biblioteca.
—Sí, claro, tienes razón —dijo Ron, obligándose a apartar la
vista del profesor
Flitwick, que sacaba burbujas doradas de su varita, para ponerlas en
las ramas del árbol
nuevo.
—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la
puerta—. ¿Justo
antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?
—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harry—. Desde que
mencionaste a
Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.
—¿Qué? —Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo
dije... No os
metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.
—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo
—dijo Hermione.
—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Harry—. Ya
hemos buscado en
miles de libros y no hemos podido encontrar nada... Si nos das una
pista... Yo sé que leí
su nombre en algún lado.
—No voy a deciros nada —dijo Hagrid con firmeza.
—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros —dijo Ron. Dejaron a
Hagrid
malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le
escapó,
porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar
Snape? El problema
era la dificultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel
para figurar en un
libro. No estaba en Grandes magos del siglo XX, ni en Notables nombres
de la magia de
nuestro tiempo; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la
magia moderna
ni en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además,
por supuesto,
estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de
estantes, cientos de
estrechas filas...
Hermione sacó una lista de títulos y temas que había decidido
investigar; mientras
Ron se paseaba entre una fila de libros y los sacaba al azar. Harry se
acercó a la Sección
Prohibida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por
desgracia, hacía falta
un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los
libros de aquella
sección, y sabía que no iba a conseguirlo. Allí estaban los libros
con la poderosa Magia
del Lado Oscuro, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían
los alumnos
mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes
Oscuras.
—¿Qué estás buscando, muchacho?
—Nada —respondió Harry.
La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.
—Entonces, mejor que te vayas. ¡Vamos, fuera!
Harry salió de la biblioteca, deseando haber sido más rápido en
inventarse algo. Él,
Ron y Hermione se habían puesto de acuerdo en que era mejor no
consultar a la señora
Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo,
pero no podían
arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.
Harry los esperó en el pasillo, para ver si los otros habían
encontrado algo, pero no
tenía muchas esperanzas. Después de todo, buscaban sólo desde
hacía quince días y en
los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontraran
nada. Lo que
realmente necesitaban era una buena investigación, sin la señora
Pince pegada a sus
nucas.
Cinco minutos más tarde, Ron y Hermione aparecieron negando con la
cabeza. Se
marcharon a almorzar.
—Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? —dijo
Hermione—. Si
encontráis algo, enviadme una lechuza.
—Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel
—dijo Ron—.
Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.
—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respondió Hermione.
Cuando comenzaron las vacaciones, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo
para pensar en
Flamel. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho
más vacía que de
costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al
fuego. Se quedaban
comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan,
buñuelos,
melcochas) y planeaban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy
divertidas, pero
imposibles de llevar a cabo.
Ron también comenzó a enseñar a Harry a jugar al ajedrez mágico.
Era igual que el
de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía
muy parecido a
dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y
estaba gastado.
Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia,
en este caso a su
abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una
desventaja. Ron las
conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que
quería.
Harry jugó con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado, y
las piezas no
confiaron en él. Él todavía no era muy buen jugador, y las piezas
le daban distintos
consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a
mí. ¿No ves el
caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo».
En la víspera de Navidad, Harry se fue a la cama, deseoso de que
llegara el día
siguiente, pensando en toda la diversión y comida que lo aguardaban,
pero sin esperar
ningún regalo. Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo
primero que vio fue
unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Feliz Navidad! —lo saludó medio dormido Ron, mientras Harry
saltaba de la
cama y se ponía la bata.
—Para ti también —contestó Harry—. ¡Mira esto! ¡Me han
enviado regalos!
—¿Qué esperabas, nabos? —dijo Ron, volviéndose hacia sus
propios paquetes, que
eran más numerosos que los de Harry
Harry cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en
papel de embalar
y tenía escrito: «Para Harry de Hagrid». Contenía una flauta de
madera, toscamente
trabajada. Era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la
flauta emitió un
sonido parecido al canto de la lechuza.
El segundo, muy pequeño, contenía una nota.
«Recibimos tu mensaje y te mandamos tu regalo de Navidad. De tío
Vernon y tía
Petunia.» Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.
—Qué detalle —comentó Harry.
Ron estaba fascinado con los cincuenta peniques.
—¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?
—Puedes quedarte con ella —dijo Harry, riendo ante el placer de
Ron—. Hagrid,
mis tíos... ¿Quién me ha enviado éste?
—Creo que sé de quién es ése —dijo Ron, algo rojo y señalando
un paquete
deforme—. Mi madre. Le dije que creías que nadie te regalaría nada
y.. oh, no
—gruñó—, te ha hecho un jersey Weasley.
Harry abrió el paquete y encontró un jersey tejido a mano, grueso y
color verde
esmeralda, y una gran caja de pastel de chocolate casero.
—Cada año nos teje un jersey —dijo Ron, desenvolviendo su
paquete— y el mío
siempre es rojo oscuro.
—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry probando el
pastel, que era
delicioso.
El siguiente regalo también tenía golosinas, una gran caja de ranas
de chocolate, de
parte de Hermione.
Le quedaba el último. Harry lo cogió y notó que era muy ligero. Lo
desenvolvió.
Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se
quedó brillando.
Ron bufó.
—Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca, dejando caer la
caja de grageas
de todos los sabores, regalo de Hermione—. Si es lo que pienso, es
algo verdaderamente
raro y valioso.
—¿Qué es?
Harry cogió el género brillante y plateado. El tocarlo producía una
sensación
extraña, como si fuera agua convertida en tejido.
—Es una capa invisible —dijo Ron, con una expresión de temor
reverencial—.
Estoy seguro... Pruébatela.
Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron lanzó un grito.
—¡Lo es! ¡Mira abajo!
Harry se miró los pies, pero ya no estaban. Se dirigió al espejo.
Efectivamente: su
reflejo lo miraba, pero sólo su cabeza suspendida en el aire, porque
su cuerpo era
totalmente invisible. Se puso la capa sobre la cabeza y su imagen
desapareció por
completo.
—¡Hay una nota! —dijo de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!
Harry se quitó la capa y cogió la nota. La caligrafía, fina y llena
de curvas, era
desconocida para él. Decía:
Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te
sea
devuelto. Utilízalo bien.
Una muy Feliz Navidad para ti.
No tenía firma. Harry contempló la nota. Ron admiraba la capa.
—Yo daría cualquier cosa por tener una —dijo— Lo que sea.
¿Qué te sucede?
—Nada —dijo Harry Se sentía muy extraño. ¿Quién le había
enviado la capa?
¿Realmente había pertenecido a su padre?
Antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se
abrió de golpe
y Fred y George Weasley entraron. Harry escondió rápidamente la
capa. No se sentía
con ganas de compartirla con nadie más.
—¡Feliz Navidad!
—¡Eh, mira! ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley!
Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el
otro con la G.
—El de Harry es mejor que el nuestro —dijo Fred cogiendo el jersey
de Harry—.
Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.
—¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? —quiso saber George—.
Vamos,
pruébatelo, son bonitos y abrigan.
—Detesto el rojo oscuro —se quejó Ron, mientras se lo pasaba por
la cabeza.
—No tenéis la inicial en los vuestros —observó George—.
Supongo que ella
piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no
somos
estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.
—¿Qué es todo ese ruido?
Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de
desaprobación.
Era evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino,
porque también
tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
—¡P de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos
puesto, hasta
Harry tiene uno.
—Yo... no... quiero —dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos
le metían el
jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
—Y hoy no te sentarás con los prefectos —dijo George—. La
Navidad es para
pasarla en familia.
Cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos
sujetos por el
jersey.
Harry no había celebrado en su vida una comida de Navidad como
aquélla. Un centenar
de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas
de guisantes con
mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de
moras, y muchos
huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. Estos fantásticos
huevos no tenían nada
que ver con los flojos artículos de los muggles, que Dudley
habitualmente compraba, ni
con juguetitos de plástico ni gorritos de papel. Harry tiró uno al
suelo y no sólo hizo
¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una
nube azul, mientras del
interior salían una gorra de contraalmirante y varios ratones
blancos, vivos. En la Mesa
Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un
bonete
floreado, y se reía de un chiste del profesor Flitwick.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Percy
casi se rompió
un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le
tocó. Harry
observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más
vino, hasta que
finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para
sorpresa de Harry, ella
se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.
Cuando Harry finalmente se levantó de la mesa, estaba cargado de
cosas de las
sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no
estallaban, un juego de
Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Los
ratones blancos
habían desaparecido, y Harry tuvo el horrible presentimiento de que
iban a terminar
siendo la cena de Navidad de la Señora Norris.
Harry y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla
de bolas de
nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes,
regresaron a la sala común
de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Harry estrenó su
nuevo ajedrez y
perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría
perdido de aquella
manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho
borracho y pastel de
Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían
hacer otra cosa que
irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados y observaron a
Percy, que perseguía
a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado
su insignia de
prefecto.
Fue el mejor día de Navidad de Harry. Sin embargo, algo daba vueltas
en un rincón
de su mente. En cuanto se metió en la cama, pudo pensar libremente en
ello: la capa
invisible y quién se la había enviado.
Ron, ahíto de pavo y pastel y sin ningún misterio que lo preocupara,
se quedó
dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Harry se inclinó a
un lado de la cama
y sacó la capa.
De su padre... Aquello había sido de su padre. Dejó que el género
corriera por sus
manos, más suave que la seda, ligero como el aire. «Utilízalo
bien», decía la nota.
Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se envolvió en la
capa. Miró
hacia abajo y vio sólo la luz de la luna y las sombras. Era una
sensación muy curiosa.
«Utilízalo bien.»
De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo
Hogwarts estaba
abierto para él. Mientras estaba allí, en la oscuridad y el
silencio, la excitación se
apoderó de él. Podía ir a cualquier lado con ella, a cualquier
lado, y Filch nunca lo
sabría.
Ron gruñó entre sueños. ¿Debía despertarlo? Algo lo detuvo. La
capa de su padre...
Sintió que aquella vez (la primera vez) quería utilizarla solo.
Salió cautelosamente del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la
sala común y pasó
por el agujero del retrato.
—¿Quién está ahí? —chilló la Dama Gorda. Harry no dijo nada.
Anduvo
rápidamente por el pasillo.
¿Adónde iría? De pronto se detuvo, con el corazón palpitante, y
pensó. Y entonces
lo supo. La Sección Prohibida de la biblioteca. Iba a poder leer todo
lo que quisiera,
para descubrir quién era Flamel. Se ajustó la capa y se dirigió
hacia allí.
La biblioteca estaba oscura y fantasmal. Harry encendió una lámpara
para ver la
fila de libros. La lámpara parecía flotar sola en el aire y hasta el
mismo Harry, que
sentía su brazo llevándola, tenía miedo.
La Sección Prohibida estaba justo en el fondo de la biblioteca.
Pasando con
cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás,
Harry levantó la
lámpara para leer los títulos.
No le decían mucho. Las letras doradas formaban palabras en lenguajes
que Harry
no conocía. Algunos no tenían títulos. Un libro tenía una mancha
negra que parecía
sangre. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca. Tal vez se lo
estaba imaginando, tal
vez no, pero le pareció que un murmullo salía de los libros, como si
supieran que había
alguien que no debía estar allí.
Tenía que empezar por algún lado. Dejó la lámpara con cuidado en
el suelo y miró
en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó
la atención un
volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era
muy pesado y,
balanceándolo sobre sus rodillas, lo abrió.
Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El libro
gritaba! Harry lo cerró
de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda,
ininterrumpida. Retrocedió y
chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó
pasos que se acercaban
por el pasillo, metió el volumen en el estante y salió corriendo.
Pasó al lado de Filch
casi en la puerta, y los ojos del celador; muy abiertos, miraron a
través de Harry. El
chico se agachó, pasó por debajo del brazo de Filch y siguió por el
pasillo, con los
aullidos del libro resonando en sus oídos.
Se detuvo de pronto frente a unas armaduras. Había estado tan ocupado
en escapar
de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez
era porque estaba
oscuro, pero no reconoció el lugar donde estaba. Había armaduras
cerca de la cocina,
eso lo sabía, pero debía de estar cinco pisos más arriba.
—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien
andaba dando
vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la
Sección Prohibida.
Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch debía de
conocer un atajo para
llegar a donde él estaba, porque el murmullo de su voz se acercaba
cada vez más y, para
su horror, el que le contestaba era Snape.
—¿La Sección Prohibida? Bueno, no pueden estar lejos, ya los
atraparemos.
Harry se quedó petrificado, mientras Filch y Snape se acercaban. No
podían verlo,
por supuesto, pero el pasillo era estrecho y, si se acercaban mucho,
iban a chocar contra
él. La capa no ocultaba su materialidad.
Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la izquierda había
una puerta
entreabierta. Era su única esperanza. Se deslizó, conteniendo la
respiración y tratando
de no hacer ruido. Para su alivio, entró en la habitación sin que lo
notaran. Pasaron por
delante de él y Harry se apoyó contra la pared, respirando
profundamente, mientras
escuchaba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca.
Transcurrieron
unos pocos segundos antes de que se fijara en la habitación que lo
había ocultado.
Parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupitres
amontonados contra las
paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de
enfrente... Había algo que
parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo
de en medio.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy
trabajado,
apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción
grabada en la
parte superior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
Ya no oía ni a Filch ni a Snape, y Harry no tenía tanto miedo. Se
acercó al espejo,
deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente
a él.
Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar. Giró en
redondo. El corazón
le latía más furiosamente que cuando el libro había gritado...
Porque no sólo se había
visto en el espejo, sino que había mucha gente detrás de él.
Pero la habitación estaba vacía. Respirando agitadamente, volvió a
mirar el espejo.
Allí estaba él, reflejado, blanco y con mirada de miedo y allí,
reflejados detrás de
él, había al menos otros diez. Harry miró por encima del hombro,
pero no había nadie
allí. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación
llena de gente
invisible y la trampa del espejo era que los reflejaba, invisibles o
no?
Miró otra vez al espejo. Una mujer, justo detrás de su reflejo, le
sonreía y agitaba la
mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pasaba. Si ella
estaba realmente allí,
debía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca... Pero sólo
sintió aire: ella y los
otros existían sólo en el espejo.
Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos...
«Sus ojos son
como los míos», pensó Harry, acercándose un poco más al espejo.
Verde brillante,
exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba
llorando, sonriendo y
llorando al mismo tiempo. El hombre alto, delgado y de pelo negro que
estaba al lado
de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy
desordenado. Y se
le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry.
Harry estaba tan cerca del espejo que su nariz casi tocaba su reflejo.
—¿Mamá? —susurró—. ¿Papá?
Entonces lo miraron, sonriendo. Y lentamente, Harry fue observando los
rostros de
las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos,
otras narices como la
suya, incluso un hombre pequeño que parecía tener las mismas
rodillas nudosas de
Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida.
Los Potter sonrieron y agitaron las manos, y Harry permaneció
mirándolos
anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara
poder pasar al
otro lado y alcanzarlos. En su interior sentía un poderoso dolor,
mitad alegría y mitad
tristeza terrible.
No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se desvanecían y
Harry miraba y
miraba, hasta que un ruido lejano lo hizo volver a la realidad. No
podía quedarse allí,
tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartó los ojos
de los de su madre y
susurró: «Volveré». Salió apresuradamente de la habitación.
—Podías haberme despertado —dijo malhumorado Ron.
—Puedes venir esta noche. Yo voy a volver; quiero enseñarte el
espejo.
—Me gustaría ver a tu madre y a tu padre —dijo Ron con interés.
—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Podrás
enseñarme a tus
otros hermanos y a todos.
—Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. Ven a mi casa este
verano. De todos
modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que
no encontraste a
Flamel. ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes
nada?
Harry no podía comer. Había visto a sus padres y los vería otra vez
aquella noche.
Casi se había olvidado de Flamel. Ya no le parecía tan importante.
¿A quién le
importaba lo que custodiaba el perro de tres cabezas? ¿Y qué más
daba si Snape lo
robaba?
—¿Estás bien? —preguntó Ron—. Te veo raro.
Lo que Harry más temía era no poder encontrar la habitación del
espejo. Aquella noche,
con Ron también cubierto por la capa, tuvieron que andar con más
lentitud. Trataron de
repetir el camino de Harry desde la biblioteca, vagando por oscuros
pasillos durante casi
una hora.
—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.
—¡No! —susurró Harry—. Sé que está por aquí.
Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en
dirección
opuesta, pero no vieron a nadie más.
Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harry
divisó la pareja
de armaduras.
—Es allí... justo allí... ¡sí!
Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hombros y corrió
al espejo.
Allí estaban. Su madre y su padre sonrieron felices al verlo.
—¿Ves? —murmuró Harry.
—No puedo ver nada.
—¡Mira! Míralos a todos... Son muchos...
—Sólo puedo verte a ti.
—Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.
Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espejo ya no
podía ver a su
familia, sólo a Ron con su pijama de colores.
Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.
—¡Mírame! —dijo.
—¿Puedes ver a toda tu familia contigo?
—No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy
delegado!
—¿Cómo?
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la
copa de la casa
y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!
Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a
Harry.
—¿Crees que este espejo muestra el futuro?
—¿Cómo puede ser? Si toda mi familia está muerta... déjame mirar
de nuevo...
—Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.
—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso
de interesante?
Quiero ver a mis padres.
—No me empujes.
Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían
dado cuenta de
que hablaban en voz alta.
—¡Rápido!
Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la
Señora Norris
aparecieron en la puerta. Ron y Harry permanecieron inmóviles, los
dos pensando lo
mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció
una eternidad, la
gata dio la vuelta y se marchó.
—No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que
nos ha oído.
Vamos.
Y Ron empujó a Harry para que salieran de la habitación.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana siguiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?
—No... ve tú...
—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvas esta
noche.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento y, de todos modos, ya
has tenido
muchos encuentros. Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando
por ahí ¿Qué
importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocas con
algo?
—Pareces Hermione.
—Te lo digo en serio, Harry, no vayas
Pero Harry sólo tenía un pensamiento en su mente, volver a mirar en
el espejo. Y
Ron no lo detendría.
La tercera noche encontró el camino más rápidamente que las veces
anteriores. Andaba
más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba
haciendo ruido, pero
no se encontró con nadie.
Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de
sus abuelos lo
saludaba muy contento. Harry se dejó caer al suelo para sentarse
frente al espejo. Nadie
iba a impedir que pasara la noche con su familia. Nadie.
Excepto...
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?
Harry sintió como si se le helaran las entrañas. Miró para atrás.
Sentado en un
pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore.
Harry debió de
haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar
hasta el espejo que
no había notado su presencia.
—No... no lo había visto, señor.
—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible
—dijo Dumbledore,
y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—. Entonces
—continuó Dumbledore,
bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como
cientos antes que tú,
has descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—No sabía que se llamaba así, señor.
—Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?
—Bueno... me mostró a mi familia y...
—Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán.
—¿Cómo lo sabe...?
—No necesito una capa para ser invisible —dijo amablemente
Dumbledore—. Y
ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a
todos nosotros?
Harry negó con la cabeza.
—Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede
utilizar el espejo de
Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá
exactamente como es. ¿Eso
te ayuda?
Harry pensó. Luego dijo lentamente:
—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que queramos...
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni
menos que el
más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que
nunca conociste a tu
familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido
sobrepasado por sus
hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este
espejo no nos dará
conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto,
fascinados por lo
que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es
real o siquiera
posible.
Continuó:
—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido
que no lo
busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar
preparado. No es bueno
dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo.
Ahora ¿por que no te
pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?
Harry se puso de pie.
—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?
—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledore—. Sin
embargo, puedes
hacerme una pregunta más.
—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?
—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.
Harry lo miró asombrado.
—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dumbledore—.
Ha pasado otra
Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue
insistiendo en regalarme
libros.
En cuanto Harry estuvo de nuevo en su cama, se le ocurrió pensar que
tal vez
Dumbledore no había sido sincero. Pero es que, pensó mientras sacaba
a Scabbers de su
almohada, había sido una pregunta muy personal.
puntos 6 | votos: 16
Quidditch - Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se volvió muy frío.
Las montañas
cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago
parecía de acero
congelado. Cada mañana, el parque aparecía cubierto de escarcha. Por
las ventanas de
arriba veían a Hagrid descongelando las escobas en el campo de
quidditch, enfundado
en un enorme abrigo de piel de topo, guantes de pelo de conejo y
enormes botas de piel
de castor.
Iba a comenzar la temporada de quidditch. Aquel sábado, Harry
jugaría su primer
partido, después de semanas de entrenamiento: Gryffindor contra
Slytherin. Si
Gryffindor ganaba, pasarían a ser segundos en el campeonato de las
casas.
Casi nadie había visto jugar a Harry, porque Wood había decidido que
sería su
arma secreta. Harry también debía mantenerlo en secreto. Pero la
noticia de que iba a
jugar como buscador se había filtrado, y Harry no sabía qué era
peor: que le dijeran que
lo haría muy bien o que sería un desastre.
Era realmente una suerte que Harry tuviera a Hermione como amiga. No
sabía
cómo habría terminado todos sus deberes sin la ayuda de ella, con
todo el entrenamiento
de quidditch que Wood le exigía. La niña también le había prestado
Quidditch a través
de los tiempos, que resultó ser un libro muy interesante.
Harry se enteró de que había setecientas formas de cometer una falta
y de que todas
se habían consignado durante los Mundiales de 1473; que los
buscadores eran
habitualmente los jugadores más pequeños y veloces, y que los
accidentes más graves
les sucedían a ellos; que, aunque la gente no moría jugando al
quidditch, se sabía de
árbitros que habían desaparecido, para reaparecer meses después en
el desierto del
Sahara.
Hermione se había vuelto un poco más flexible en lo que se refería
a quebrantar las
reglas, desde que Harry y Ron la salvaron del monstruo, y era mucho
más agradable. El
día anterior al primer partido de Harry los tres estaban fuera, en el
patio helado, durante
un recreo, y la muchacha había hecho aparecer un brillante fuego
azul, que podían llevar
con ellos, en un frasco de mermelada. Estaban de espaldas al fuego
para calentarse
cuando Snape cruzó el patio. De inmediato, Harry se dio cuenta de que
Snape cojeaba.
Los tres chicos se apiñaron para tapar el fuego, ya que no estaban
seguros de que
aquello estuviera permitido. Por desgracia, algo en sus rostros
culpables hizo detener a
Snape. Se dio la vuelta, arrastrando la pierna. No había visto el
fuego, pero parecía
buscar una razón para regañarlos.
—¿Qué tienes ahí, Potter?
Era el libro sobre quidditch. Harry se lo enseñó.
—Los libros de la biblioteca no pueden sacarse fuera del colegio
—dijo Snape—.
Dámelo. Cinco puntos menos para Gryffindor.
—Seguro que se ha inventado esa regla —murmuró Harry con furia,
mientras
Snape se alejaba cojeando—. Me pregunto qué le pasa en la pierna.
—No sé, pero espero que le duela mucho —dijo Ron con amargura.
En la sala común de Gryffindor había mucho ruido aquella noche.
Harry, Ron y
Hermione estaban sentados juntos, cerca de la ventana. Hermione estaba
repasando los
deberes de Harry y Ron sobre Encantamientos. Nunca los dejaba copiar
(«¿cómo vais a
aprender?»), pero si le pedían que revisara los trabajos les
explicaba las respuestas
correctas.
Harry se sentía inquieto. Quería recuperar su libro sobre quidditch,
para mantener
la mente ocupada y no estar nervioso por el partido del día
siguiente. ¿Por qué iba a
temer a Snape? Se puso de pie y dijo a Ron y Hermione que le
preguntaría a Snape si
podía devolverle el libro.
—Yo no lo haría —dijeron al mismo tiempo, pero Harry pensaba que
Snape no se
iba a negar, si había otros profesores presentes.
Bajó a la sala de profesores y llamó. No hubo respuesta. Llamó otra
vez. Nada.
¿Tal vez Snape había dejado el libro allí? Valía la pena
intentarlo. Empujó un poco
la puerta, miró antes de entrar... y sus ojos captaron una escena
horrible.
Snape y Filch estaban allí, solos. Snape tenía la túnica levantada
por encima de las
rodillas. Una de sus piernas estaba magullada y llena de sangre. Filch
le estaba
alcanzando unas vendas.
—Esa cosa maldita... —decía Snape—. ¿Cómo puede uno vigilar a
tres cabezas al
mismo tiempo?
Harry intentó cerrar la puerta sin hacer ruido, pero...
—¡POTTER!
El rostro de Snape estaba crispado de furia y dejó caer su túnica
rápidamente, para
ocultar la pierna herida. Harry tragó saliva.
—Me preguntaba si me podía devolver mi libro —dijo.
—¡FUERA! ¡FUERA DE AQUÍ!
Harry se fue, antes de que Snape pudiera quitarle puntos para
Gryffindor. Subió
corriendo la escalera.
—¿Lo has conseguido? —preguntó Ron, cuando se reunió con
ellos—. ¿Qué ha
pasado?
Entre susurros, Harry les contó lo que había visto.
—¿Sabéis lo que quiere decir? —terminó sin aliento—. ¡Que
trató de pasar por
donde estaba el perro de tres cabezas, en Halloween! Allí se dirigía
cuando lo vimos...
¡Iba a buscar lo que sea que tengan guardado allí! ¡Y apuesto mi
escoba a que fue él
quien dejó entrar al monstruo, para distraer la atención!
Hermione tenía los ojos muy abiertos.
—No, no puede ser —dijo—. Sé que no es muy bueno, pero no iba a
tratar de robar
algo que Dumbledore está custodiando.
—De verdad, Hermione, tú crees que todos los profesores son santos
o algo
parecido —dijo enfadado Ron—. Yo estoy con Harry. Creo que Snape
es capaz de
cualquier cosa. Pero ¿qué busca? ¿Qué es lo que guarda el perro?
Harry se fue a la cama con aquellas preguntas dando vueltas en su
cabeza. Neville
roncaba con fuerza, pero Harry no podía dormir. Trató de no pensar
en nada (necesitaba
dormir; debía hacerlo, tenía su primer partido de quidditch en pocas
horas) pero la
expresión de la cara de Snape cuando Harry vio su pierna era difícil
de olvidar.
La mañana siguiente amaneció muy brillante y fría. El Gran Comedor
estaba inundado
por el delicioso aroma de las salchichas fritas y las alegres charlas
de todos, que
esperaban un buen partido de quidditch.
—Tienes que comer algo para el desayuno.
—No quiero nada.
—Aunque sea un pedazo de tostada —suplicó Hermione.
—No tengo hambre.
Harry se sentía muy mal. En cualquier momento echaría a andar hacia
el terreno de
juego.
—Harry, necesitas fuerza —dijo Seamus Finnigan—. Los únicos que
el otro equipo
marca son los buscadores.
—Gracias, Seamus —respondió Harry, observando cómo llenaba de
salsa de
tomate sus salchichas.
A las once de la mañana, todo el colegio parecía estar reunido
alrededor del campo
de quidditch. Muchos alumnos tenían prismáticos. Los asientos
podían elevarse pero,
incluso así, a veces era difícil ver lo que estaba sucediendo.
Ron y Hermione se reunieron con Seamus y Dean en la grada más alta.
Para darle
una sorpresa a Harry, habían transformado en pancarta una de las
sábanas que Scabbers
había estropeado. Decía: «Potter; presidente», y Dean, que
dibujaba bien, había trazado
un gran león de Gryffindor. Luego Hermione había realizado un
pequeño hechizo y la
pintura brillaba, cambiando de color.
Mientras tanto, en los vestuarios, Harry y el resto del equipo se
estaban cambiando
para ponerse las túnicas color escarlata de quidditch (Slytherin
jugaba de verde).
Wood se aclaró la garganta para pedir silencio.
—Bueno, chicos —dijo.
—Y chicas —añadió la cazadora Angelina Johnson.
—Y chicas —dijo Wood—. Éste es...
—El grande —dijo Fred Weasley
—El que estábamos esperando —dijo George.
—Nos sabemos de memoria el discurso de Oliver —dijo Fred a
Harry—.
Estábamos en el equipo el año pasado.
—Callaos los dos —ordenó Wood—. Éste es el mejor equipo que
Gryffindor ha
tenido en muchos años. Y vamos a ganar.
Les lanzó una mirada que parecía decir: «Si no...».
—Bien. Ya es la hora. Buena suerte a todos.
Harry siguió a Fred y George fuera del vestuario y, esperando que las
rodillas no le
temblaran, pisó el terreno de juego entre vítores y aplausos.
La señora Hooch hacía de árbitro. Estaba en el centro del campo,
esperando a los
dos equipos, con su escoba en la mano.
—Bien, quiero un partido limpio y sin problemas, por parte de todos
—dijo cuando
estuvieron reunidos a su alrededor.
Harry notó que parecía dirigirse especialmente al capitán de
Slytherin, Marcus
Flint, un muchacho de quinto año. Le pareció que tenía un cierto
parentesco con el trol
gigante. Con el rabillo del ojo, vio el estandarte brillando sobre la
muchedumbre:
«Potter; presidente». Se le aceleró el corazón. Se sintió más
valiente.
—Montad en vuestras escobas, por favor.
Harry subió a su Nimbus 2.000.
La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata. Quince
escobas se
elevaron, alto, muy alto en el aire. Y estaban muy lejos.
—Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de
Gryffindor... Qué
excelente cazadora es esta joven y, a propósito, también es muy
guapa...
—¡JORDAN!
—Lo siento, profesora.
El amigo de los gemelos Weasley, Lee Jordan, era el comentarista del
partido,
vigilado muy de cerca por la profesora McGonagall.
—Y realmente golpea bien, un buen pase a Alicia Spinnet, el gran
descubrimiento
de Oliver Wood, ya que el año pasado estaba en reserva... Otra vez
Johnson y.. No,
Slytherin ha cogido la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint
se apodera de la
quaffle y allá va... Flint vuela como un águila... está a punto
de... no, lo detiene una
excelente jugada del guardián Wood de Gryffindor y Gryffindor tiene
la quaffle... Aquí
está la cazadora Katie Bell de Gryffindor; buen vuelo rodeando a
Flint, vuelve a
elevarse del terreno de juego y.. ¡Aaayyyy!, eso ha tenido que
dolerle, un golpe de
bludger en la nuca... La quaffle en poder de Slytherin... Adrian Pucey
cogiendo
velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger,
enviada por Fred o
George Weasley, no sé cuál de los dos... bonita jugada del golpeador
de Gryffindor, y
Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo libre y allá
va, realmente vuela,
evita una bludger, los postes de gol están ahí... vamos, ahora
Angelina... el guardián
Bletchley se lanza... no llega... ¡GOL DE GRYFFINDOR!
Los gritos de los de Gryffindor llenaron el aire frío, junto con los
silbidos y
quejidos de Slytherin.
—Venga, dejadme sitio.
—¡Hagrid!
Ron y Hermione se juntaron para dejarle espacio a Hagrid.
—Estaba mirando desde mi cabaña —dijo Hagrid, enseñando el largo
par de
binoculares que le colgaban del cuello—. Pero no es lo mismo que
estar con toda la
gente. Todavía no hay señales de la snitch, ¿no?
—No —dijo Ron—. Harry todavía no tiene mucho que hacer.
—Mantenerse fuera de los problemas ya es algo —dijo Hagrid,
cogiendo sus
binoculares y fijándolos en la manchita que era Harry.
Por encima de ellos, Harry volaba sobre el juego, esperando alguna
señal de la
snitch. Eso era parte del plan que tenían con Wood.
—Manténte apartado hasta que veas la snitch —le había dicho
Wood—. No
queremos que ataques antes de que tengas que hacerlo.
Cuando Angelina anotó un punto, Harry dio unas volteretas para
aflojar la tensión,
y volvió a vigilar la llegada de la snitch. En un momento vio un
resplandor dorado, pero
era el reflejo del reloj de uno de los gemelos Weasley; en otro, una
bludger decidió
perseguirlo, como si fuera una bala de cañón, pero Harry la esquivó
y Fred Weasley
salió a atraparla.
—¿Está todo bien, Harry? —tuvo tiempo de gritarle, mientras
lanzaba la bludger
con furia hacia Marcus Flint.
—Slytherin toma posesión —decía Lee Jordan—. El cazador Pucey
esquiva dos
bludgers, a los dos Weasley y al cazador Bell, y acelera... esperen un
momento... ¿No es
la snitch?
Un murmullo recorrió la multitud, mientras Adrian Pucey dejaba caer
la quaffle,
demasiado ocupado en mirar por encima del hombro el relámpago dorado,
que había
pasado al lado de su oreja izquierda.
Harry la vio. En un arrebato de excitación se lanzó hacia abajo,
detrás del destello
dorado. El buscador de Slytherin, Terence Higgs, también la había
visto. Nariz con
nariz, se lanzaron hacia la snitch... Todos los cazadores parecían
haber olvidado lo que
debían hacer y estaban suspendidos en el aire para mirar.
Harry era más veloz que Higgs. Podía ver la pequeña pelota,
agitando sus alas,
volando hacia delante. Aumentó su velocidad y..
¡PUM! Un rugido de furia resonó desde los Gryffindors de las
tribunas... Marcus
Flint había cerrado el paso de Harry, para desviarle la dirección de
la escoba, y éste se
aferraba para no caer.
—¡Falta! —gritaron los Gryffindors.
La señora Hooch le gritó enfadada a Flint, y luego ordenó tiro
libre para
Gryffindor; en el poste de gol. Pero con toda la confusión, la snitch
dorada, como era de
esperar, había vuelto a desaparecer.
Abajo en las tribunas, Dean Thomas gritaba.
—¡Eh, árbitro! ¡Tarjeta roja!
—Esto no es el fútbol, Dean —le recordó Ron—. No se puede
echar a los
jugadores en quidditch... ¿Y qué es una tarjeta roja?
Pero Hagrid estaba de parte de Dean.
—Deberían cambiar las reglas. Flint ha podido derribar a Harry en
el aire.
A Lee Jordan le costaba ser imparcial.
—Entonces... después de esta obvia y desagradable trampa...
—¡Jordan! —lo regañó la profesora McGonagall.
—Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta...
—¡Jordan, no digas que no te aviso...!
—Muy bien, muy bien. Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa
que le
podría suceder a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para
Gryffindor; la coge
Spinnet, que tira, no sucede nada, y continúa el juego, Gryffindor
todavía en posesión
de la pelota.
Cuando Harry esquivó otra bludger, que pasó peligrosamente cerca de
su cabeza,
ocurrió. Su escoba dio una súbita y aterradora sacudida. Durante un
segundo pensó que
iba a caer. Se aferró con fuerza a la escoba con ambas manos y con
las rodillas. Nunca
había experimentado nada semejante.
Sucedió de nuevo. Era como si la escoba intentara derribarlo. Pero
las Nimbus
2.000 no decidían súbitamente tirar a sus jinetes. Harry trató de
dirigirse hacia los
postes de Gryffindor para decirle a Wood que pidiera una suspensión
del partido, y
entonces se dio cuenta de que su escoba estaba completamente fuera de
control. No
podía dar la vuelta. No podía dirigirla de ninguna manera. Iba en
zigzag por el aire y, de
vez en cuando, daba violentas sacudidas que casi lo hacían caer.
Lee seguía comentando el partido.
—Slytherin en posesión... Flint con la quaffle... la pasa a
Spinnet, que la pasa a
Bell... una bludger le da con fuerza en la cara, espero que le rompa
la nariz (era una
broma, profesora), Slytherin anota un tanto, oh, no...
Los de Slytherin vitoreaban. Nadie parecía haberse dado cuenta de la
conducta
extraña de la escoba de Harry Lo llevaba cada vez más alto, lejos
del juego,
sacudiéndose y retorciéndose.
—No sé qué está haciendo Harry —murmuró Hagrid. Miró con los
binoculares—.
Si no lo conociera bien, diría que ha perdido el control de su
escoba... pero no puede
ser...
De pronto, la gente comenzó a señalar hacia Harry por encima de las
gradas. Su
escoba había comenzado a dar vueltas y él apenas podía sujetarse.
Entonces la multitud
jadeó. La escoba de Harry dio un salto feroz y Harry quedó colgando,
sujeto sólo con
una mano.
—¿Le sucedió algo cuando Flint le cerró el paso? —susurró
Seamus.
—No puede ser —dijo Hagrid, con voz temblorosa—. Nada puede
interferir en una
escoba, excepto la poderosa magia tenebrosa... Ningún chico le puede
hacer eso a una
Nimbus 2.000.
Ante esas palabras, Hermione cogió los binoculares de Hagrid, pero en
lugar de
enfocar a Harry comenzó a buscar frenéticamente entre la multitud.
—¿Qué haces? —gimió Ron, con el rostro grisáceo.
—Lo sabía —resopló Hermione—. Snape... Mira.
Ron cogió los binoculares. Snape estaba en el centro de las tribunas
frente a ellos.
Tenía los ojos clavados en Harry y murmuraba algo sin detenerse.
—Está haciendo algo... Mal de ojo a la escoba —dijo Hermione.
—¿Qué podemos hacer?
—Déjamelo a mí.
Antes de que Ron pudiera decir nada más, Hermione había
desaparecido. Ron
volvió a enfocar a Harry. La escoba vibraba tanto que era casi
imposible que pudiera
seguir colgado durante mucho más tiempo. Todos miraban aterrorizados,
mientras los
Weasley volaban hacía él, tratando de poner a salvo a Harry en una
de las escobas. Pero
aquello fue peor: cada vez que se le acercaban, la escoba saltaba más
alto. Se dejaron
caer y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de
atraparlo si caía.
Marcus Flint cogió la quaffle y marcó cinco tantos sin que nadie lo
advirtiera.
—Vamos, Hermione —murmuraba desesperado Ron.
Hermione había cruzado las gradas hacia donde se encontraba Snape y
en aquel
momento corría por la fila de abajo. Ni se detuvo para disculparse
cuando atropelló al
profesor Quirrell y, cuando llegó donde estaba Snape, se agachó,
sacó su varita y
susurró unas pocas y bien elegidas palabras.
Unas llamas azules salieron de su varita y saltaron a la túnica de
Snape. El profesor
tardó unos treinta segundos en darse cuenta de que se incendiaba. Un
súbito aullido le
indicó a la chica que había hecho su trabajo. Atrajo el fuego, lo
guardó en un frasco
dentro de su bolsillo y se alejó gateando por la tribuna. Snape nunca
sabría lo que le
había sucedido.
Fue suficiente. Allí arriba, súbitamente, Harry pudo subir de nuevo
a su escoba.
—¡Neville, ya puedes mirar! —dijo Ron. Neville había estado
llorando dentro de la
chaqueta de Hagrid aquellos últimos cinco minutos.
Harry iba a toda velocidad hacia el terreno de juego cuando vieron que
se llevaba la
mano a la boca, como si fuera a marearse. Tosió y algo dorado cayó
en su mano.
—¡Tengo la snitch! —gritó, agitándola sobre su cabeza; el
partido terminó en una
confusión total.
—No es que la haya atrapado, es que casi se la traga —todavía
gritaba Flint veinte
minutos más tarde. Pero aquello no cambió nada. Harry no había
faltado a ninguna regla
y Lee Jordan seguía proclamando alegremente el resultado. Gryffindor
había ganado por
ciento setenta puntos a sesenta. Pero Harry no oía nada. Tomaba una
taza de té fuerte,
en la cabaña de Hagrid, con Ron y Hermione.
—Era Snape —explicaba Ron—. Hermione y yo lo vimos. Estaba
maldiciendo tu
escoba. Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima.
—Tonterías —dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo
que había
sucedido—. ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?
Harry, Ron y Hermione se miraron, preguntándose qué le iban a decir.
Harry
decidió contarle la verdad.
—Descubrimos algo sobre él —dijo a Hagrid—. Trató de pasar
ante ese perro de
tres cabezas, en Halloween. Y el perro lo mordió. Nosotros pensamos
que trataba de
robar lo que ese perro está guardando.
Hagrid dejó caer la tetera.
—¿Qué sabéis de Fluffy? —dijo.
—¿Fluffy?
—Ajá... Es mío... Se lo compré a un griego que conocí en el bar
el año pasado... y
se lo presté a Dumbledore para guardar...
—¿Sí? —dijo Harry con nerviosismo.
—Bueno, no me preguntéis más —dijo con rudeza Hagrid—. Es un
secreto.
—Pero Snape trató de robarlo.
—Tonterías —repitió Hagrid—. Snape es un profesor de Hogwarts,
nunca haría
algo así.
—Entonces ¿por qué trató de matar a Harry? —gritó Hermione.
Los acontecimientos de aquel día parecían haber cambiado su idea
sobre Snape.
—Yo conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid. Lo he leído todo
sobre ellos.
¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!
—Os digo que estáis equivocados —dijo ofuscado Hagrid—. No sé
por qué la
escoba de Harry reaccionó de esa manera. .. ¡Pero Snape no iba a
tratar de matar a un
alumno! Ahora, escuchadme los tres, os estáis metiendo en cosas que
no os conciernen
y eso es peligroso. Olvidaos de ese perro y olvidad lo que está
vigilando. En eso sólo
tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolás Flamel...
—¡Ah! —dijo Harry—. Entonces hay alguien llamado Nicolás
Flamel que está
involucrado en esto, ¿no?
Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo.

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puntos 27 | votos: 27
Moriré... - pero primera descubriré quien es su mujer !
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Yo te diría que - eres la persona más inteligente pero... existe Belén Esteban
puntos 13 | votos: 13
La piedra - es el único mineral que tropieza dos veces con el mismo hombre.
puntos 11 | votos: 11
No aguanto un segundo  - Mas escuchando esa ridicula cancion!

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No tengo ideas para carteles - imaginense cualquier cosa en lo blanco y ponganlo en los comentarios
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Si por cada cartel Walt_k -                              ganara dinero                            
      como lo verias                        como se veria
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- Friday Friday - - I know bitch.
- ...
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Pues yo - A mi wifi le pongo contraseña
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Joder... - Quantum of sol hace.

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Motiva/Desmotiva - Que lo que me haya enseñado que la amistad es lo mas importante, y
que el logro mas grande es superarme a mi mismo, haya sido este chico.
Gracias Naruto!
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Mezclar axe, kh7  - y heral hessences, y desencader una orgía
a nivel mundial.
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Not bad -
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Homer y su complejo... - de inferioridad
puntos 12 | votos: 14
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puntos 16 | votos: 20
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Transformar tu pc a una MAC - Lo estas haciendo mal...
puntos 9 | votos: 11
No tengo nada en contra de Dios, - lo que no soporto es a su club de fans.
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Llorar esta muy visto - Mejor , sonrie =)
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Porque yo también... - me quedaré en la cola con los demás

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Oh,Kent - La gente se inventa continuamente estadísticas con tal de demostrar
cualquier cosa...y eso lo sabe el 14 % de la gente
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Si las chonis fueran ladrillos, - mi instituto sería un castillo.
puntos 16 | votos: 16
¿Sabíais que - el 60% de a gente se inventa estadísticas para parecer interesantes?
puntos 14 | votos: 14
Ya nunca - le volveras a ver igual
puntos 9 | votos: 11
Y ya esta - y esa es la noticia





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