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Al otro lado de la vida -
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Al otro lado de la vida -
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Al otro lado de la vida 1x173 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
1 de octubre de 2008

Hacía mucho tiempo que había amanecido cuando Marion se levantó de
la bañera. Fue el gran rayo de luz que entraba por la pequeña
ventana enrejada el que le dio fuerzas y ánimo para hacerlo. Le
dolían todos los huesos por haber pasado tanto tiempo en una
posición tan incómoda sin moverse. No obstante, pese a no haber
dormido más que un par de horas antes que el niño se escapase de su
lado, no tenía sueño. Estiró los brazos tanto como pudo y soltó
todo el aire de los pulmones. Ahora no era miedo lo que tenía, sino
ansiedad. Ansiedad por no saber qué encontraría al salir del baño,
pues antes o después tenía que hacerlo. De nuevo se volvió a
repetir la pregunta que llevaba formulándose desde hacía horas.
¿Salgo?
	Se subió en la taza cerrada del váter y miró por la ventana,
apartando ligeramente la hortera cortina de encaje. Desde ahí se
veía parte del jardín lateral y la siempre antiestética medianera
del vecino de al lado. Tan solo utilizaba la casa un par de semanas en
verano, y para cuando empezó todo el movimiento en Olah, él ya
hacía cerca de un mes que se había ido. Todo lo demás parecía en
regla, tal cual recordaba haberlo visto la última vez. No había
rastro alguno de infectados, aunque ella sabía que eso no significaba
nada.
	Tragó saliva de nuevo, y después de cerca de una hora atreviéndose
para luego echarse atrás, cada vez más nerviosa y avergonzada, se
acabó armando de valor y quitó el seguro de la puerta. La abrió
lentamente, con el corazón en un puño. Apenas se había formado una
rendija de un centímetro que echó el primer vistazo. Desde ahí solo
veía una pared y otra puerta cerrada. Abrió un poco más la puerta,
lo justo para sacar medio cuerpo y mirar alrededor. Al otro lado del
pasillo parecían no haber ido, pues todo estaba intacto, incluso el
jarrón que compró su padre en la tienda de antigüedades del barrio
chino haría cerca de un año. Miró al otro lado; su ángulo de
visión no le permitía ver más que un trozo de chimenea y la mitad
del equipo de música, pero ahí sí se notaban los estragos de la
batalla. Desde donde estaba no podía ver el salón, de modo que
salió del baño.
	Una vez fuera pensó en coger algo para defenderse, pero enseguida
rechazó esa posibilidad, pues estaba más que segura que aún
teniéndolo no sabría que hacer con ello si acabase necesitándolo.
Al cruzar el arco que unía el pasillo con el salón, tuvo que
llevarse las manos a la boca para evitar una exclamación de miedo y
asco. No entendía cómo un niño tan pequeño había podido soltar
tantísima sangre. La había por todos lados, incluso vio salpicaduras
en el techo, que estaba a más de tres metros del suelo. Caminó
nerviosa, mirando a todos lados al mismo tiempo, evitando pisar con
los pies descalzos ni una sola gota de toda esa sangre. Si bien era
cierto que no había rastro alguno de infectados, eso no la
tranquilizó en absoluto. Pasó junto a la mesa del comedor sin
prestarle atención, alertada por lo que había al otro lado.
	Tuvo que aguantarse una arcada cuando vio el cuerpo despedazado del
muchacho repartido por todo el suelo. Estaba desnudo y tenía
múltiples heridas de mordiscos y desgarros por todo el cuerpo. Le
faltaba una pierna, ambas manos y gran parte del torso, pero lo que
más la sorprendió fue el hecho que también carecía de cabeza. Se
preguntó cómo diablos se las habrían ingeniado para separar la
cabeza del cuerpo, pero sobre todo, dónde había ido a parar ésta en
el proceso. Entonces cayó en algo que le hizo perder todo el interés
en lo que estaba mirando: la puerta.
	La puerta seguía abierta de par en par, igual que la dejase el niño
la noche anterior. Por ella entraba un enorme chorro de luz matutina.
Desde ahí se podía ver el cadáver calcinado del container que
había estado ardiendo hasta hacía pocas horas. Se acercó, sorteando
las salpicaduras de sangre, y la cerró a toda prisa. Una vez lo hizo,
se quedó unos segundos mirando la superficie de madera,
preguntándose si al cerrarla había acabado de una vez por todas con
el problema, o si por el contrario lo que había hecho era encerrarse
con algún infectado en un fortín del que era tan difícil salir como
entrar. De todas maneras, dio un par de vueltas a la llave y echó
todos los pestillos.
	Se iba a dar media vuelta cuando vio algo que había junto a la
puerta; se agachó para cogerlo. Era el osito de peluche. Se le había
caído de las manos con la primera embestida y había tenido la suerte
de librarse de la sangre. Era una de las pocas cosas del salón que no
estaba salpicada del rojo líquido. Lo sostuvo con una mano,
acariciándolo con la otra, y dio media vuelta. Estaba desandando el
camino que había hecho para seguir registrando la casa, cuando se
fijó en la mesa del comedor. Esta vez no pudo evitar una
exclamación.
	Se llevó las manos a la boca cuando le sobrevino otra arcada, esta
vez más intensa que la anterior. Era la cabeza del muchacho. Por un
motivo que no alcanzaba a comprender, la cabeza había llegado hasta
ahí arriba, y parecía mirarla. Estaba ladeada, apoyada en la única
oreja que le quedaba, pues la otra había servido de alimento a su
madre. Marion dejó caer el osito, que después de rebotar en el
suelo, acabó sobre una gran mancha de sangre, con el morro y las
patas empapadas. Salió corriendo de vuelta al baño, pisando la
sangre del suelo sin importarle, sin llegar a perder el equilibrio.
Volvió al baño en el que había pasado las últimas doce horas,
abrió la taza del váter y vomitó todo lo que había comido el día
anterior.
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Al otro lado de la vida 1x172 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Iluminados a contraluz por el contenedor en llamas que se veía en
segundo plano, Marion no fue capaz de distinguir el color de sus ojos.
Sin embargo, su aspecto desaliñado, y la pose inclinada y dejada de
sus hombros, la inquietaron considerablemente. La madre del chico
enseguida se abalanzó hacia él, como pretendiendo abrazarle. Marion
dudaba mucho que esas fueran sus verdaderas intenciones. Los que la
acompañaban tampoco perdieron ocasión de entrar a la casa a toda
prisa. Marion se dio media vuelta, olvidándose por completo de la
criatura. Ahora la prioridad era salvar el cuello, el suyo propio. De
lo contrario les cogerían a los dos, para él ya era tarde.
Estaba demasiado lejos de la puerta de la cocina, de modo que si
trataba de volver al sótano, acabarían por cogerla a mitad de
camino. Eran demasiado rápidos. No le quedó otra alternativa que
correr hacia el otro extremo del salón, en dirección a la primera
puerta que había. Saltó por encima del sillón de cuero donde su
padre solía sentarse a fumar y leer la prensa todas las mañanas, y
abrió a toda prisa la puerta. Le pisaban los talones, al menos un par
de ellos. El resto se entretenían con el muchacho. Sin perder un
instante se metió dentro de esa habitación y trató de atraer la
puerta hacia sí, para impedir que ninguno de los infectados entrasen
con ella.
	El primer golpe en la puerta impidió que la cerrase del todo, cuando
ya prácticamente podía saborear el éxito. Marion dio un segundo
empujón, ayudándose del hombro, pero una mano enemiga quedó trabada
entre el marco y la hoja de la puerta, y no consiguió encajarla. La
asustada muchacha no veía prácticamente nada, y eso aún la ponía
más nerviosa. Nunca había temido a la oscuridad, pero esa noche
haría una excepción. La poca luz que recibía venía de la porción
de puerta que seguía abierta. Lo que sí notó fue el gélido tacto
de los dedos de ese indeseable acariciando la piel del dorso de su
mano. Asqueada hasta límites insospechables, sacó fuerzas de donde
no las tenía, y sin saber cómo consiguió empujar el brazo fuera,
librándose por los pelos de un mordisco que hubiera resultado fatal,
para cerrar definitivamente la puerta y echar el seguro en la más
absoluta oscuridad.
	Los golpes en la puerta se repitieron una y otra vez, cada vez más
fuertes, haciendo gruñir los goznes y crujir la madera, acompañados
de los incomprensibles gritos de los infectados en plena noche. Marion
estaba segura que todo ese jaleo acabaría por atraer a más y más
infectados, y que eso significaría su fin. Dio un par de pasos
atrás, presa del pánico, prácticamente segura que no tardarían ni
diez segundos en echar la puerta abajo al paso que iban. Dio con los
gemelos en algo duro, y paró en seco. Tanteó un poco con las manos y
al descubrir que era la taza cerrada del váter de la planta baja, se
sentó, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar y rezar en
voz baja, mientras le temblaba la mandíbula.
	No paraba de pedir que dejaran de dar golpes en la puerta, sin saber
siquiera a quién se lo pedía, y cuando eso ocurrió finalmente,
llegó hasta a dudar de la coincidencia. No lo entendía. Ellos
sabían que ella estaba dentro, y su fuerza era más que suficiente
para echar la puerta abajo, con algo de paciencia. Sin embargo los
golpes cesaron tan rápido como habían comenzado, y eso le permitió
escuchar más allá, algo más calmada dentro de las circunstancias.
Ahora podía escuchar los gruñidos y los gritos de los infectados,
pero también se oían los llantos y los gritos de pánico y dolor del
infante que su incompetencia como canguro había arrojado a una muerte
segura. No tardaron mucho en extinguirse, al igual que la vida del
niño.
	En la más absoluta oscuridad, tuvo que sufrir la condena de escuchar
como se repartían el banquete, cómo hundían sus dientes en la
tierna y jugosa carne de ese pobre infeliz, cómo desgarraban su carne
y se peleaban por la mejor parte, cómo extinguían la vida de ese
pobre inocente sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Los
escuchó gruñir con la boca llena, los escuchó golpearle contra el
suelo una y otra vez para desfogarse de Dios sabe qué. La agonía
duró cerca de media hora, mientras temblaba de pies a cabeza, tiempo
durante el cual ella no movió ni un músculo, por miedo a que
volviesen a emprenderla contra la puerta y ella acabase teniendo el
mismo destino que el del muchacho.
	Pasado ese tiempo, el revuelo que se había formado en el salón de
su casa se fue apaciguando, hasta que, poco a poco, la sala terminó
por quedar en silencio. No obstante, ella no se aventuró a salir.
Aunque no los oyera, ellos podían seguir ahí, y no sería ella quien
fuera a comprobarlo. Por la televisión se había oído hasta la
saciedad, incluso en boca de su propio padre, que los infectados
buscaban lugares resguardados donde pasar el día, y con la cantidad
de gente que había entrado ahí, raro sería si ninguno de ellos
estaba reposando la cena en el sofá. Lo que sí hizo, una vez el
silencio era absoluto, solo roto por el canto de algún que otro
pájaro nocturno, fue coger un par de toallas de las grandes, con gran
dificultad pues no veía absolutamente nada, temiendo en todo momento
tirar algo y alertar a algún infectado, y las colocó en la bañera.
Todavía con los ojos vidriosos y el corazón latiéndole a toda
velocidad en el pecho, se metió en la bañera y se tumbó sobre las
toallas. La improvisada cama le pareció hasta cómoda, dadas las
circunstancias. Llegó hasta a taparse, pese a que no hacía frío,
para pasar ahí la noche. No obstante, no consiguió dormir ni un solo
minuto.

puntos 3 | votos: 13
Al otro lado de la vida 1x171 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Lo primero que hizo nada más entrar fue darle un par de vueltas a la
llave en la cerradura desde dentro; no quería más sorpresas; no
podía permitirse más estupideces si quería seguir con vida. El
niño revisó el sótano de arriba abajo, primero bastante emocionado,
luego algo más inquieto y desanimado. Abrió incluso la puerta del
baño en la inútil búsqueda de su madre. Marion le miraba desde
detrás de la mesa de billar. Había llegado a convertirse en una
pequeña experta en ese juego, con la enorme cantidad de tiempo libre
de la que había dispuesto para practicar, pues era una de las pocas
cosas entretenidas que tenía en casa para las que no hacía falta
tener electricidad. Cogió una bola y la hizo rodar por el tapete de
terciopelo rojo.
	Miró al chico, sintiéndose algo mal por haberle mentido. No tardó
en convencerse que no había tenido otra opción, que esa era la
única manera de hacerle entrar en el sótano, el único sitio donde
estarían realmente seguros. El crío acabó dándose por vencido en
su infructuosa búsqueda, y acabó dirigiéndose a ella. ¿Y mami? La
miraba con los ojos tristes, de nuevo algo humedecidos, amenazadores
de un nuevo llanto. Pero en ellos no parecía haber rencor, tan solo
pesar y cansancio, y tal vez algo de impaciencia. Marion se acercó a
él, forzando una tonta sonrisa en la boca, y le ofreció la bolsa con
los ositos de goma, sin mediar palabra. Una vez la cogió, le dio la
espalda, avergonzada, sintiéndose impotente, repitiéndose una y otra
vez que ella no había pedido hacerse cargo de él, que ella no
debería haber asumido una responsabilidad tan grande.
Para sorpresa de Marion, la oscuridad que empezó a reinar en el
sótano a medida que el sol se escondía en el horizonte no solo no
puso más nervioso al chiquillo, sino que le hizo tranquilizarse
considerablemente. La siguiente media hora la pasó preguntando una y
otra vez por su madre, pero poco después acabó olvidándose de eso y
lloriqueó un poco más, tan solo gimoteando sin alzar mucho la voz,
para suerte de Marion, antes de caer rendido. Al parecer, su día
había sido realmente ajetreado, y el muchacho estaba demasiado
cansado para seguir dando guerra.
	Marion lo acostó en la cama que ella llevaba utilizando desde hacía
ya más de dos semanas, y acabó tumbándose a su lado, cuando el
niño finalmente cayó en los brazos de Morfeo. A esas alturas ya se
había puesto definitivamente el sol, y en la calle comenzó a oírse
el jaleo propio de todas las noches. Al igual que lo hicieran un grupo
de borrachos en el mundo previo a la catástrofe, de vez en cuando
aparecían grupos de infectados, por alguna razón desconocida no
solían ir solos, y se liaban a gruñir y pelearse entre ellos,
golpeando parte del mobiliario urbano, furiosos por no encontrar nadie
ni nada que echarse a la boca. Esa noche no fue distinta, pero por
fortuna los ruidos no fueron suficientes para despertar al muchacho,
que dormía profundamente a pierna suelta en la cama. Incluso ella no
tardó mucho en conciliar el sueño, acostada junto al niño; estaba
ya demasiado acostumbrada a hacerlo en esas condiciones.

Marion despertó rozando la medianoche. Tanteó a su lado, pero para
su sorpresa, comprobó que no había nadie a su lado. No tardó en
darse cuenta que veía, no demasiado, pero veía. Ella no recordaba
haber dejado nada encendido, principalmente porque ya no le quedaba
nada por encender, y los mecheros los tenía en los pantalones que
había tirado sobre la mesa de billar antes de irse a dormir. Sin
embargo, fue capaz de distinguir la silueta del muchacho en lo alto de
las escaleras. 
La luz entraba por los ventanucos que había a su espalda; al parecer
alguien había prendido fuego al contenedor que había en medio de la
calle, pues desde su posición se intuían las llamas rojizas
iluminando la negra noche. El chico ya había conseguido girar la
llave, no sin intentarlo durante largo rato antes que ella despertase,
y ahora abría la puerta del sótano, solo Dios sabría con qué
intenciones.
	Marion se levantó apresurada de la cama y corrió hacia él tanto
como pudo, vestida tan solo por la ropa interior y una cara camiseta
de tirantes que era tan corta que mostraba el piercing de su ombligo.
Para cuando llegó, el pequeño ya había cruzado la puerta y había
llegado al salón después de abrir también la de la cocina. Pensó
en gritar para alertarle, para exigirle que volviese con ella, pero no
podía permitirse el lujo de hacer todavía más ruido del que ya
había hecho él, no a esas horas de la noche. El corazón volvió a
amenazar con salírsele del pecho, y la congoja apunto estuvo de
hacerla estallar en mil pedazos cuando al cruzar el umbral de la
puerta de la cocina comprobó que el crío iba directo hacia la puerta
de entrada, puerta que Marion enseguida recordó haber dejado sin el
seguro puesto.
MARION – ¡No lo hagas!
	Ahora ya no había tiempo para andarse con cuidado, ya parecía ser
tarde para todo. El grito de Marion no hizo cambiar el parecer del
chaval, al que le faltó tiempo para girar el pomo de la puerta y
dejarla abierta de par en par después de empujarla apresuradamente.
Marion iba lanzada hacia él, pero dio un frenazo en seco que casi le
hace caer de bruces al suelo cuando vio la puerta abierta. Tras ella
había al menos seis personas. Parecían soldados en formación,
amenazantes pese a estar desarmados, quietos, expectantes. La más
cercana a la puerta era una mujer cinco o seis años mayor que ella. 
¡MAMI! Si no lo hubiera tenido de espaldas, Marion hubiera visto una
amplia sonrisa en la cara del muchacho. El niño finalmente había
encontrado a su madre.
puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x170 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Marion cerró la puerta de un empujón y se dirigió apresurada hacia
el crío, que corría dando voces por el salón hacia las escaleras,
sin parar de llamar a su madre. Al parecer, quien quiera que fuese el
que le había abandonado ahí, el mismo que había golpeado la puerta
instantes antes, le había asegurado al muchacho que ahí dentro se
encontraba su madre. Consiguió cogerle de la mano que tenía libre
cuando había subido los cinco primeros peldaños. Él la miró
boquiabierto; ella no fue capaz de reconocerle. Estaba segura que no
era el hijo de ninguno de sus vecinos. El niño, que a duras penas
tendría tres o cuatro años, trató de zafarse de la mano de Marion,
pero ésta se la apretó más fuerte, para evitar perderle de vista.
MARION – Tu madre no está aquí.
	¿¡Mami!? El niño trató nuevamente de librarse de las garras de
Marion. Ésta empezó a ponerse realmente nerviosa. Ella lo atrajo
consigo hasta el salón, y caminó con él hacia la cocina, donde se
encontraba la entrada al sótano. La luz que entraba por las ventanas
era ya muy escasa, y habiendo habido luna nueva la jornada anterior,
la noche se presentaba muy negra. El niño se ayudaba de la otra mano,
pero sin soltar el peluche, para tratar de conseguir que Marion le
soltase. Prácticamente lo llevaba a rastras. Gimoteaba y no paraba de
quejarse en voz alta. Marion estaba a punto de perder la paciencia. Si
no dejaba de hacer ruido acabaría por atraer a quien no era
bienvenido. Llegó un momento en el que desesperó. Nunca había
tratado con niños pequeños, y no era precisamente una ilustrada en
los tratos sociales. No era más que una niña bien, una niña mimada
a la que se lo habían dado todo masticado, y ahora que todo dependía
de ella, eso la sobrepasaba. 
MARION – ¡Tranquilízate, ¿quieres?!
	Marion le gritó, y eso fue lo único que consiguió serenarle. Se
quedó mirándola, con los ojos humedecidos y los mocos asomándole
por la nariz.
MARION – ¿Cómo te llamas?
	El niño no respondió. Se limitó a mirarla, ahora algo asustado.
Ella no le soltaba.
MARION – Yo soy Marion, y esta noche la vas a pasar aquí conmigo.
Así que hazte a la idea, y deja ya de…
	Marion dejó la frase incompleta. El crío no merecía ese trato.
Simplemente estaba asustado ¿Quién no lo estaba esos días? Él no
la entendió. A duras penas sabía decir media docena de palabras, era
demasiado joven. Sin embargo, la expresión enfadada de su cara, el
tono de su voz y lo fuerte que le estaba cogiendo del brazo, sin
contar la angustia por no haber encontrado a su madre ahí dentro,
fueron demasiado para su pequeña cabecita, y empezó a llorar.
Empezó a llorar, haciendo aún más ruido del que había hecho
gritando al tratar de encontrar a su madre ahí dentro, y Marion
empezó a desesperar.
	El muchacho, llorando con lagrimones y con una burbuja saliéndole de
la nariz, pegó una patada a Marion, y dio otro fuerte tirón para
desembarazarse de su mano. Esta vez la pilló desprevenida, pues
hacía un rato que no ofrecía resistencia, y lo consiguió. Corrió
lejos de ella, hacia la puerta por la que había entrado, y hubiera
podido abrirla con total facilidad si Marion no se le hubiera
adelantado.
MARION – ¿Qué haces, loco? ¡No puedes salir a la calle!
	Esta vez le costó algo más calmarse, a ella misma. Lo cogió en
brazos como pudo y mientras él pataleaba lo llevó a la cocina, y
cerró la puerta. La entrada trasera de la cocina, la que daba al
patio de la parte de atrás, estaba reforzada por el otro lado, de
modo que nadie podría abrirla, ni por dentro ni por fuera; la
ventana, fortificada con una reja que dejaba unos huecos de poco menos
de un centímetro. Marion dejó al muchacho en un extremo de la
cocina, junto a la entrada al sótano, y empezó a rebuscar por los
cajones. El niño trató de abrir la puerta trasera, pero al girar el
pomo, la puerta no se inmutó. No obstante, él no perdió la
esperanza y siguió tirando.
	Marion empezó a rebuscar por los cajones y los armarios, hasta que
encontró lo que buscaba. Recordaba haber guardado aquella bolsa llena
de ositos de goma la última vez que vio a su madre antes que partiese
para no volver. Pensó que ese sería el mejor chantaje para el niño,
que si le ofrecía ese dulce manjar, tal vez consiguiera
tranquilizarle un poco. Él la miraba de reojo, mientras seguía
luchando por abrir la puerta soldada al marco, con una expresión en
la cara idéntica a la que hubiera tenido si la persona que estuviera
con él fuera un infectado dispuesto a comérselo.
MARION – Esa puerta está rota. No va.
	El crío la miró, y se paró en seco. No eran sus palabras las que
habían conseguido ese efecto, sino los ositos de goma que ella
sostenía en la bolsa que tenía en la mano. El muchacho hacía más
de dos semanas que no probaba el dulce, y ese manjar se le antojó
como un cielo abierto.
MARION – Quieres, ¿verdad?
	El niño seguía mirándola, respiraba agitadamente por la boca. Los
mocos habían caído por sus fosas nasales ya ahora pendían de su
nariz. Al menos ahora ya no lloraba.
MARION – Me tienes que prometer que no volverás a gritar, ¿vale?
Tú no haces ruido y yo te doy las chucherías.
	El muchacho no movió un músculo, siquiera pestañeó. Pero como
estaba en silencio, ella se dio por satisfecha. Agarró una servilleta
de papel y se acercó a él. Le limpió los mocos y acto seguido le
ofreció la bolsa de los ositos de goma. Él comenzó a devorarlos con
pasión; ella se preguntó cómo podía masticarlos tan rápido con
esos dientes tan pequeños.
	Marion abrió la puerta del sótano y suspiró. Una vez ahí abajo
sólo recibirían la luz de dos diminutos ventanucos horizontales que
había en el muro que daba al sur, a lado y lado de la puerta de
entrada a la mansión. Eso hasta que el sol se pusiese
definitivamente, para lo que no faltaría ni media hora. Sin velas ni
linternas con las que alumbrar, sólo le quedaba la luz de un par de
mecheros que llevaba encima para poder ver algo, y estaba segura que
solo con eso no podría controlar a ese inquieto niño.
	Fuera como fuese, no tenía alternativa. Se acercó al niño y se
arrodilló para estar a su altura. Él no paraba de comer dulces, y la
miraba de reojo, incomodado por su presencia. Marion respiró hondo.
MARION – Ahora tenemos que bajar ahí.
	La mujer señaló la puerta del sótano. Desde donde estaban no se
podía ver más que una escalera que conducía a la más absoluta
oscuridad. En esta ocasión el niño pareció entenderla, y negó con
la cabeza, los carrillos hinchados llenos de ositos de goma.
MARION – Tenemos que entrar ahí. Porque fuera hay hombres malos, y
si estamos ahí abajo, no nos verán. Venga, acompáñame. Por favor.
	Marion trató de cogerle la mano para llevárselo ahí abajo, pero
él la apartó rápidamente. No estaba dispuesto a ir ahí abajo por
nada del mundo. La única heredera de la familia Cuesta pensó en
algo, en algo que resultaría efectivo para hacer bajar al niño. En
un primer momento le pareció muy cruel, pero al mirar otra vez por la
ventana, con el sol tan bajo, no vio otra alternativa. No había
tiempo que perder.
MARION – Tu mami está ahí dentro.
	¡Mami! Al crío le cambió la cara de un instante al otro. Llegó
hasta a dejar caer la bolsa de los dulces antes de salir corriendo
hacia la puerta del sótano, y bajó corriendo las escaleras, con una
inmensa sonrisa en la cara. Marion le miraba, consternada. Cogió la
bolsa de los ositos, por si las moscas, y le siguió.
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Al otro lado de la vida 1x169 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Marion estaba tumbada boca arriba en el sofá del salón. La luz
anaranjada del ocaso se filtraba casi horizontal por las cristaleras,
a través de las cortinas y de la reja metálica, dibujando en el
suelo una malla que siempre le recordaba a una cárcel. Eso era en lo
que se había convertido su casa las últimas semanas, y ella era la
única prisionera; los infectados del exterior, sus carceleros. Pronto
llegaría la noche, pronto tendría que volver a esconderse en el
sótano, a escuchar impotente los ruidos de los infectados en los
alrededores, rezando aún sin ser creyente porque no tratasen de
entrar en la casa.
	Habían pasado más de dos semanas desde la muerte de su padre. Ella
prefería creer que había muerto, pues lo contrario resultaría
demasiado doloroso y traumático. Aquella calurosa tarde de verano,
los instaladores que estaban en casa con ella cuando lo vio todo en
riguroso directo por televisión, fueron muy afables con ella,
tratando de tranquilizarla, pues la ansiedad casi le había hecho
perder el conocimiento. Estuvieron con ella hasta casi entrada la
noche, apoyándola por turnos mientras el otro acababa el trabajo.
Ella enfocó toda su impotencia y su ira contra ellos, pero aún así
estuvieron a su lado en ese momento tan difícil. Fue al acercarse la
noche cuando tuvieron que dejarla sola. No podían aventurarse a salir
caído el sol, ya no sólo por el toque de queda, sino por el peligro
que ello entrañaría, por mucho que los soldados siguieran haciendo
sus rondas.
	Pero de eso hacía ya mucho tiempo, ahora las cosas eran muy
distintas, peores en cualquier caso. Hacía más de cinco días que no
había visto pasar ninguna patrulla por las calles. Desconocía el
motivo, pero la respuesta se volvía más evidente cuando, algunas
noches, subía al desván del segundo piso y miraba la calle. Su
barrio solía ser un barrio muy poco concurrido. De hecho, seguía
siéndolo durante el día, donde rara vez se veía vagar algún
despistado, siempre buscando la sombra. Pero por las noches todo
cambiaba. Las calles se volvían ruidosas, llenas de perturbados que
aparecían por ráfagas intermitentes, como las olas en el mar,
sembrando el pánico, buscando carne fresca pero sin encontrarla, por
fortuna para ella.
	Había perdido la cuenta del tiempo que hacía que había dejado de
tener electricidad. Para esos entonces ya se le habían acabado todas
las velas, y las pilas de las linternas, y había acabado optando por
limitarse a dormir durante la noche, sobre la cama plegable que había
bajado al sótano, que era el lugar donde más segura se sentía, pese
a que Carlos y Mikhail habían convertido la casa en una fortaleza
impenetrable. El gas y el agua también habían quedado en el olvido,
pero afortunadamente su casa disponía de un pozo particular, con
acceso desde el sótano, con reserva suficiente para varios meses,
para una sola persona. También tenía más de una tonelada de comida
en la despensa, el último presente de su padre antes de abandonarla
para siempre.
	En definitiva, tenía todo cuanto necesitaba para subsistir ahí
dentro durante una larga temporada, sobre todo si racionaba los bienes
de los que disponía, cosa que no hacía. Pero aún así, no pasaba ni
un minuto sin fantasear con la idea de abandonar la casa. Se sentía
prisionera ahí dentro, más a cada hora que pasaba. Y esa
desagradable sensación luchaba por acabar con sus nervios. Se sentía
acorralada, encerrada entre esas cuatro paredes, pese a saber que
podía abrir la puerta cuando le viniese en gana. Pero no se atrevía,
ni en pleno mediodía cuando la probabilidad de encontrarse con
alguien no deseado era realmente baja. Era porque tenía miedo, y el
miedo era mucho más grande que todo lo demás. Temía acabar como
había acabado su padre, era lo que más temía en el mundo en ese
momento. Prefería quitarse la vida antes que acabar de ese modo, y
por ese motivo seguía ahí dentro.
	Estaba quedándose traspuesta en el sofá, pensando en qué habría
sido de sus amigos. Todos habían abandonado la ciudad a principios de
mes, cada cual a un extremo del globo, en busca de un lugar más
seguro. Se preguntaba si ellos habrían corrido más suerte que ella,
si la epidemia no se había extendido a esas alturas por todo el
mundo. Pero no tenía modo alguno de saberlo. Ella también hubiera
querido alejarse todo lo que hubiera podido de España, pero su padre
estaba casado con su trabajo, y se negó en redondo. Él decía,
apoyándose en los informes que recibía día a día en los estudios
donde trabajaba, que el problema estaba prácticamente solucionado,
que sería cuestión de tiempo que todo volviese a la normalidad. Nada
más lejos de la realidad.
	Había llegado a quedarse dormida, cuando unos golpes la despertaron.
En un primer momento no supo dónde estaba, y se asustó al ver que ya
era prácticamente de noche. Los ruidos persistieron unos segundos
más. Era el sonido de unos nudillos golpeando la puerta de entrada.
El timbre ya no funcionaba. Marion se levantó sobresaltada. El
corazón le latía a mil por hora en el pecho, incluso produciéndole
cierto malestar, por lo intenso de su nerviosismo. Los golpes cesaron.
Entonces escuchó un ruido de pasos apresurados alejándose de ahí.
	Agarró el atizador que había en una especie de paragüero junto a
la chimenea antes de acercarse temblorosa y asustada a la puerta de
entrada. Tragó saliva y echó un vistazo por la mirilla. Gran parte
de su congoja se disipó al comprobar que ahí no había nadie. Lo
único que se veía era una porción de su jardín, algo ajado por la
ausencia de cuidados, ya que el jardinero hacía mucho que no pasaba
por ahí, y al otro lado la calle vacía, muerta. Algo más relajada,
se dio media vuelta. Se disponía a encerrarse en el sótano, cuando
escuchó una voz infantil.
	¿Mami? Marion tragó saliva y aguzó el oído. ¿Mamiiiiii? No
llegó a pensárselo dos veces. Si lo hubiera hecho, jamás hubiera
abierto la puerta. Apoyó el atizador en la pared, y le quitó el
seguro a la puerta. Giró el pomo y la abrió lentamente, hacia sí.
Pese a que ya lo había deducido, su sorpresa fue mayúscula al ver en
el umbral de la puerta a un niño, un niño muy pequeño, aunque
suficientemente grande para tenerse en pie y preguntar por su madre,
ahí, mirándola fijamente con sus diminutos penetrantes ojos
marrones. El pequeñajo tenía los ojos enrojecidos por el llanto,
aunque ahora parecía bastante más relajado. Sostenía en su mano
izquierda un osito de peluche al que le faltaba un ojo. Sin que ella
tuviera ocasión de reaccionar, el muchacho entró en la casa a toda
prisa, gritando una y otra vez ¡Mamiiii, mamiiiiii!
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Al otro lado de la vida 1x168 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Cuando Marion volvió al salón, el programa de su padre ya había
vuelto de la publicidad. No llegaba a acostumbrarse a eso, pues hasta
esos días, rara era la vez que un corte publicitario en el canal
siete durase menos de diez minutos, y menos durante el programa de su
padre. Estaba acompañado de un hombre adulto de prominentes entradas,
junto a una camilla en la que había una mujer joven, atada. Aquél
hombre estaba hablando, y su padre le miraba interesado, pero sin
perder de vista a la mujer de la camilla. Decía algo sobre la visión
de los infectados cuando su padre le cortó. En ese momento volvió a
sonar de fondo el tedioso taladro, y Marion agarró de nuevo el mando
a distancia, y subió el volumen.
	Marion empezó a morderse las uñas. Acercó un poco más la cara a
la pantalla para ver cómo su padre se acercaba a la mujer de la
camilla y abría lentamente uno de sus ojos. La cámara mostró muy de
cerca un ojo de un intenso color bermellón. Se alejó un poco y
mostró como ese ojo, totalmente dilatado, se clavaba en el padre de
la joven. Marion lo miraba con la boca entreabierta, el corazón
latiéndole a mil por hora. Eusebio soltó el párpado, asustado, pero
el ojo se mantuvo abierto por si solo, al igual que ya lo estaba el
otro. Lo siguiente pasó muy rápido, pero el cámara no perdió
detalle.
	El invitado salió por piernas, cuando la infectada empezó a
agitarse violentamente en la camilla, deshaciéndose con excesiva
facilidad de una de las correas que hasta el momento parecían
irrompibles, mientras no paraba de gritar en un idioma incomprensible.
Su mano izquierda consiguió agarrar de la corbata a Eusebio antes que
éste tuviera ocasión de huir. Lo atrajo hacia sí con gran
virulencia y velocidad, y hundió sus dientes en la carne del
presentador, a la altura de la clavícula. La sangre no tardó en
hacerse la protagonista. La imagen hizo un primer plano a la cabeza y
el cuello del presentador, mostrando la zona de la garganta, de donde
no paraba de manar sangre, y a un Eusebio con los ojos perdidos, a
punto de perder también el conocimiento. El grito de Marion lo
inundó todo, incluso quitándole protagonismo al taladro de Carlos.
Un segundo después se hizo el silencio en la sala.
	Marion observaba horrorizada cómo su padre se conseguía zafar de
una vez por todas de la incansable infectada y caía al suelo,
retorciéndose de dolor, sujetándose la herida de la que no paraba de
salir sangre a borbotones. El cámara, lejos de ir en su ayuda, se
esforzó en coger un mejor plano, eso si, alejándose paso a paso del
peligro. Los ojos de Marion se nublaron por el llanto, y gritó de
nuevo al ver cómo dos de los hombres que esa misma mañana le habían
dado los buenos días antes de acompañar a su padre a los estudios
del canal siete, aparecían en escena para acribillar a balazos a la
mujer que ahora ya no gritaba, pues tenía la boca ocupada en masticar
con ansiedad el trozo de carne que le había sustraído a su víctima,
mientras seguía agitándose en la camilla.
	En ese momento Carlos y Mikhail llegaron al salón donde Marion
luchaba por sobrellevar tal cúmulo de emociones. Los disparos dejaron
el suelo y gran parte del decorado del programa salpicado de sangre,
pero consiguieron que la infectada perdiese la vida, así como gran
parte del cráneo y lo que éste contenía. Para esos entonces el
presentador ya había perdido demasiada sangre, y estaba inconsciente,
a las puertas de la muerte. Uno de ellos gritó al otro y señaló a
Eusebio, que yacía boca arriba en el suelo, para acto seguido agarrar
la camilla por uno de los extremos y llevársela fuera del encuadre de
la cámara. Después de intercambiar unas palabras con su compañero,
el otro guardaespaldas se arrodilló junto al ya cadáver de Eusebio,
y trató de encontrarle el pulso, sin conseguirlo. Superado por la
situación, miró al cámara y le gritó, levantando un brazo y con
las venas del cuello hinchadas, que dejase de grabar de una vez por
todas.
	Ese descuido, al perder de vista a Eusebio por un momento, le costó
la vida. Eusebio, que tan solo un instante antes había perdido el
pulso, tuvo un espasmo en todo el cuerpo, como un latigazo de
electricidad que le devolvió a la vida. Pese a la distancia, se pudo
ver el intenso color rojo del que se habían teñido sus ojos.
Todavía sin levantarse, se irguió ligeramente y vomitó gran
cantidad de sangre sobre la cara de quien había tratado de ayudarle.
Entonces se levantó a toda prisa, con una agilidad impropia de su
edad y su estado físico, para agarrarle de los hombros y comenzar a
zarandearle de un lado a otro, tratando de acabar con su vida. Eusebio
fue más rápido en su propósito que el guardaespaldas en el suyo de
desenfundar su pistola para deshacerse de quien no tardó en matarle a
fuerza de golpes. No se molestó en morderle.
	La cámara se cayó al suelo, y centró la imagen, algo desenfocada,
en la parte donde empezaban las gradas vacías. No pasó nada durante
un momento, pero tras unos pocos segundos se vio al cámara corriendo.
Era el guardaespaldas quien le perseguía, y por bien que llevaba
mucha ventaja y no le hubiera alcanzado, frenó en seco. Miró a un
lado y a otro a tiempo de verse rodeado por el guardaespaldas a un
lado y por Eusebio al otro. Se le tiraron los dos encima, le hicieron
caer al suelo con un fuerte golpe, y comenzaron a golpearle y a
morderle. La última imagen que se vio fue la de Eusebio, con las
manos bañadas en sangre, sacando un trozo de intestino del estómago
desgarrado del cámara, a la vez que gritaba con lo que parecía una
macabra sonrisa en la cara, demostrando que había salido victorioso.
	Entonces, la imagen de la pantalla se sustituyó por un texto blanco
en un fondo azul, que rezaba: “Estamos solucionando unos problemas
técnicos, enseguida retomaremos la programación habitual, gracias
por su atención”.
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Al otro lado de la vida 1x167 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Desde el salón se oían martillazos y un incansable taladro que
obligó a Marion a subir el volumen de la televisión por enésima
vez. Su padre le había dicho esa mañana, antes de partir en aquél
coche plagado de guardaespaldas armados hasta los dientes, que esa
tarde no podía perderse su programa, pues sería el mayor bombazo que
había hecho jamás. Por mucho que ella insistió, él se negó a
explicarle por qué, y ahora le picaba enormemente la curiosidad. Vio
a su padre en parte risueño y nervioso, en parte asustado, resultaba
intrigante cuanto menos. Pero de eso hacía ya muchas horas.
	El ruido del taladro paró por un momento, dándole a Marion una
falsa sensación de confort, y no fue hasta que se aventuró a bajar
de nuevo el volumen, que el taladro volvió a sonar, ahora hasta con
mayor contundencia. Aquel hombre, el único que parecía saber hablar
español de los dos, le había dicho que una vez acabasen, la única
manera de entrar y salir de la casa, al menos por la planta baja,
sería utilizando la puerta principal, aprovechando que era blindada.
Asegurarían la puerta trasera, la balconera del patio lateral y las
ocho ventanas que había en la planta baja. Hasta el momento no se
había tenido noticia de que un infectado hubiera escalado un
edificio.
	Marion vio a su padre dar paso a publicidad en aquella gigantesca
televisión LCD, y aprovechó para acercarse a sus invitados. Una
buena anfitriona les hubiera acercado unas latas de fría cerveza para
hacer más llevadero el trabajo aquella calurosa tarde de verano, pero
ella no era una buena anfitriona. Cruzó la cocina hasta llegar a la
puerta trasera de la casa, que había junto a una ventana que ahora
lucía un enrejado metálico por el que a duras penas cabía un dedo.
La puerta estaba abierta, y por ella salía un robusto cable que
estaba enchufado en una toma que había junto al microondas. Ellos
estaban fuera; Marion salió. 
Cuando Carlos la vio salir paró el taladro, y el ensordecedor ruido
cesó por un momento. La chica miró lo que estaban haciendo, y
empezó a dudar seriamente que su padre hubiese dado el visto bueno a
eso. Estaban perforando la obra vista con una enorme broca, para luego
colocar una fuerte malla metálica cuyo tamaño siquiera coincidía
con lo que había que tapar. Por un momento vio a su padre poniendo el
grito en el cielo al ver mancillada la mansión que tanto esfuerzo le
había costado conseguir. Se acercó a Carlos; éste se cambió el
pesado taladro de mano.
MARION – ¿Esto es lo que os ha dicho mi padre que hagáis?
	Carlos notó cierta tirantez en las palabras.
CARLOS – Tal y como te vamos a dejar esto, te puedo asegurar que
aquí no va a entrar ni Dios. A no ser que los infectados aprendan a
utilizar la dinamita, aquí dentro vas a estar completamente segura.
La sonrisa parecía perpetua en la cara de ese hombre. Marion no
acababa de estar convencida de lo que veía.
MARION – ¿Podéis hacer menos ruido? No me estoy enterando de nada.
CARLOS – Ostia, perdona. Ahora le pongo el silenciador al taladro.
	Carlos se acercó el taladro que llevaba en la mano a la cara, e hizo
ver que presionaba un botón. Ella le miraba con expresión seria en
la cara, y el ceño ligeramente fruncido. La camiseta se le había
ladeado y ahora mostraba un hombro desnudo, y el tirante de un
sujetador rojo. Él la miraba con una ligera sonrisa en la cara. Echó
todo el aire y prosiguió, sin perder el buen humor.
CARLOS – La verdad es que no podemos hacer menos ruido. Lo siento.
Pero ahora mismo acabaremos con esto, y nos iremos a las ventanas del
otro lado. Desde ahí seguramente lo escucharás todo más bajo.
MARION – Y… ¿Tenéis para mucho?
CARLOS – A este paso, en cuestión de una hora, hora y media lo
sumo, creo que podemos tenerlo. Lo único que hay que hacer es
asegurar todos los puntos flacos, y tampoco hay demasiados.
MARION – Bueno, pues… hasta… luego.
CARLOS – A tus órdenes.
	El hombre hizo una tonta reverencia. Marion se dio media vuelta y
volvió por donde había venido. Carlos admiró sus nalgas a medida
que se alejaba, y al darse cuenta que su compañero estaba haciendo lo
mismo, ambos rieron a carcajada limpia. De fondo se escuchó la sirena
de lo que parecía una ambulancia. Sus mentes consiguieron incluso
pasarla por alto; esos días era tan frecuente oír sirenas cada dos
por tres, que uno acababa por dejar de escucharlas. Carlos se miró el
taladro que llevaba en la mano, y respiró hondo. Se secó el sudor de
la frente con la manga del brazo contrario del uniforme, y colocó la
broca sobre otra de las marcas que Mikhail había hecho sobre el
ladrillo. Presionó el botón y sujetó con fuerza la herramienta,
notando vibrar sus músculos.
	Llevaría no más de diez segundos perforando la dura cerámica,
cuando creyó oír algo de fondo. Paró el taladro y aguzó el oído.
Mikhail también paró de hacer lo que estaba haciendo, para cruzar su
mirada con la suya; él también parecía haber oído algo. Quedaron
en silencio un instante, y ese algo no tardó en repetirse. Era un
grito horrorizado, a pleno pulmón; un grito femenino que provenía
del salón de aquella pequeña mansión. No se lo pensaron dos veces,
y corrieron hacia ahí. Carlos tuvo tiempo incluso de coger una llave
inglesa de la caja de herramientas antes de partir en socorro de
aquella jovenzuela.
	Cuando llegaron al salón, enseguida aminoraron el paso, extrañados.
Ambos la miraron. Estaba sentada en el sofá, igual que cuando la
habían dejado hacía ya más de media hora. Todo en el salón
parecía en regla, pero ella no paraba de llorar y gritar
desesperadamente, abrazada a un gran cojín de terciopelo negro.
Cuando Carlos miró a la pantalla de televisión, tuvo que alejar la
vista, asqueado por lo que mostraba. Fue entonces cuando comprendió
lo que le ocurría a Marion.

puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x166 - V. CARLOS Y MARION

Extraña sucesión de coincidencias


Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Afuera en la calle, la testaruda alarma de un lujoso coche llevaba
sonando desde hacía más de diez minutos. Su dueño había abandonado
la ciudad hacía ya varios días, y los vecinos no se aventurarían a
salir a la calle por mucho que les molestase. A decir verdad, tampoco
había muchos vecinos escuchándola, pues la mayoría habían
abandonado el país en busca de un lugar más seguro. Marion estaba
tumbada en el sofá del salón, viendo la televisión. Acababa de
abrir una tarrina de helado de chocolate, y estaba rebañando la tapa
con la cuchara cuando escuchó el timbre de la puerta.	
	No esperaba visita alguna. Empezó a asustarse. Los últimos días
había habido varios saqueos y robos en las casas cercanas, en esa
urbanización de lujo, y desde entonces había temido que ella pudiese
ser la siguiente. Su padre estaba la mayor parte del tiempo fuera de
casa, por motivos de trabajo, y desde que su madre se separase de él,
cinco años atrás, para irse a vivir a Roma con su nuevo ligue,
pasaba la mayor parte del tiempo sola en casa. No tuvo tiempo de
seguir pensando, cuando el timbre volvió a sonar, esta vez con mayor
insistencia. Quienquiera que hubiese al otro lado de la puerta,
parecía tener algo de prisa.
	Tragó saliva y puso los pies, calzados tan solo por unos calcetines
rosas, en el suelo. Se acercó lentamente a la puerta, tratando de no
hacer ruido, sin darse cuenta que el sonido de la tele estaba tan alto
que cualquiera podría oírlo desde el patio frontal. Llegó a la
robusta puerta de madera y acercó el ojo a la mirilla. Echó a un
lado el pequeño círculo metálico y vio a dos hombres apostados en
el porche de entrada. El más joven, un hombre moreno de unos treinta
años, que llevaba un cigarro en la boca, acercó de nuevo el dedo al
timbre y volvió a hacerlo sonar, dejándolo presionado varios
segundos, ya algo impaciente. Ambos iban vestidos con un uniforme de
trabajo que tenía un símbolo idéntico al que se podía ver en el
lateral de la furgoneta que habían dejado aparcada en la entrada.
CARLOS – ¿¡Hay alguien ahí dentro!?
Estaba comentando algo con su compañero, que parecía provenir de
algún país del este de Europa, y entonces Marion abrió la puerta.
Carlos se quedó helado al verla. Esperaba ver a un hombre entrado en
edad, y para su sorpresa, tras la puerta lo que había era una
delgaducha mujercita, de poco más de veinticinco años, vestida tan
solo por una camiseta de su padre, que le iba enorme, y los
pantaloncitos cortos del pijama. Su negra y ligeramente ondulada
melena caía sobre los hombros, y sus ojos azules se cruzaron con los
de él. Por un momento ambos se quedaron sin palabras, pero Carlos
enseguida tomó la iniciativa.
CARLOS – ¿Es aquí la casa de…
	Sacó un papel del bolsillo de su uniforme de trabajo, y leyó algo
que tenía escrito.
CARLOS – …Eusebio Cuesta?
MARION – Aquí es. ¿Vosotros quienes sois?
CARLOS – Venimos a instalar el sistema de seguridad. Tu… ¿padre?
	Marion le miraba con el ceño fruncido, pero no decía nada. Ni
siquiera asintió.
CARLOS – ¿Tu padre no está en casa?
MARION – Está trabajando.
Por la calle cruzó un jeep del ejército lleno de soldados; estaba
haciendo la ronda por la zona, asegurándose que ningún infectado
rondase por la vía pública. Resultaba escalofriante ver con tanta
frecuencia personas armadas por todos lados, pero más valía que
fuese así. En esos días todavía existía cierta sensación de
seguridad. Claro que ésta desaparecía al llegar la noche. La noche
siempre resultaba aterradora. 
CARLOS – Hubiéramos llamado antes de venir, pero… No hay manera
de encontrar un maldito teléfono que funcione. Ni fijo, ni móvil…
MARION – Tendríais que haber venido hace cerca de una semana.
CARLOS – No te puedes hacer a la idea del trabajo que hemos
tenido… la última semana. Y todavía tenemos muchísimo por hacer.
¿Podemos pasar?
MARION – Bueno, va, entrad. Pero no hagáis mucho ruido.
CARLOS – Si… señora.
	Carlos le dijo algo a su compañero Mikhail, y éste se dirigió a la
furgoneta, para descargar el material que necesitaban. Tiró el
cigarro a medias al suelo, y lo pisó para apagarlo. Acompañó a
Marion a dentro de la casa, y se sorprendió enormemente al ver la
increíble opulencia que manaba por todos lados. Al parecer el dueño
de la casa había sido cazador, pues una de las paredes del enorme
salón, la de la chimenea de piedra, estaba salpicada por doquier de
cabezas disecadas de animales. Había un par de toros, un reno y un
alce entre otras, pero sin duda lo que más llamaba la atención era
un león africano adulto, que parecía seguirle con la mirada a medida
que se acercaba al centro, de donde emergía una gigantesca escalera
de mármol.
CARLOS – No hemos traído el sistema de cámaras y detectores de
movimiento.
En la cara de la joven mujer se podía leer un gran interrogante.
Carlos esperó de nuevo que ella le dijese algo, y al ver que eso no
ocurriría, continuó.
CARLOS – Dicen que en menos de una semana nos quedaremos sin
electricidad, de modo que resultaría inútil. Además, el sistema de
seguridad lo que hace es avisar a la comisaría, y la comisaría ya no
atiende a esos avisos…  
Marion le miraba con atención, pero parecía no estar enterándose de
nada.
CARLOS – Ya lo hablamos con tu padre. Lo que haremos será asegurar
las ventanas y las puertas de la planta baja, tenemos todo el material
aquí en la furgoneta.
MARION – ¿Yo tengo que hacer algo?
CARLOS – Mmm… no. En principio no.
MARION – Entonces me voy a ver la tele, está a punto de empezar el
programa de mi padre.
	Carlos subió los hombros en señal de indiferencia, y Marion se
dirigió de vuelta al sofá de donde se acababa de levantar. Cogió la
tarrina de helado, que ya había empezado a derretirse por los bordes,
metió un dedo y rebañó el lateral, llevándose consigo parte del
frío y dulce manjar, para acto seguido llevárselo a la boca. Él se
la quedó mirando un momento, con la boca ligeramente abierta, pero en
cuanto ella le devolvió la mirada, enseguida salió de su
ensimismamiento y se puso manos a la obra.
puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x165 - Programa especial del canal 7: Cara a cara con el enemigo
13 de septiembre de 2008

La imagen muestra el logotipo de una conocida marca de refrescos. Una
amable voz femenina incita al telespectador a adquirir su producto. De
nuevo aparece el símbolo de la cadena, acompañado de una pegadiza
musiquita. Acto seguido se puede ver de nuevo el plató del programa
del conocidísimo presentador Eusebio Cuesta. Durante más de seis
años ha sido líder de audiencia en su franja horaria, ofreciendo
tarde a tarde las noticias más impactantes, y el morbo más
desenfadado, al cargo del programa bautizado con su mismo nombre. El
cámara evita mostrar las gradas del público, pues están vacías. Un
plano muestra al conductor del programa sentado a la izquierda de su
mesa, y a un señor de unos cincuenta años a su lado, en un cómodo
sofá beige.
EUSEBIO – Bienvenidos de nuevo a este su programa. Esta tarde nos
acompañan dos invitados de excepción. A mi derecha se encuentra
Andrés Gordillo, jefe de medicina del hospital universitario de La
Paz. Muy buenas tardes, Andrés.
ANDRÉS – Buenas tardes.
EUSEBIO – Ante todo agradecerle su presencia en nuestro programa.
Más ahora con los días que corren…
ANDRÉS – A ustedes por haberme invitado. 
EUSEBIO – Nuestro segundo invitado es alguien más… ¿Cómo lo
diría?… Mejor véanlo ustedes mismos. Por favor, compañeros, haced
pasar a nuestro segundo invitado.
	La cámara muestra de nuevo un plano general del plató, y va
acercándose lentamente hacia su extremo izquierdo, donde se abren
unas grandes puertas semitransparentes. Tras las puertas aparecen dos
hombres fornidos, con unos auriculares provistos de micrófonos,
empujando una camilla. Sobre dicha camilla hay una gran sábana blanca
que oculta lo que parece una persona extendida cuan larga es. Cuando
la camilla se encuentra bien iluminada en la parte derecha del plató,
quienes la transportaban abandonan la escena.
EUSEBIO – Acompáñeme, si es tan amable.
ANDRÉS – Por supuesto.
Eusebio y Andrés se acercan a la camilla. El presentador mira de
reojo fuera del encuadre de la cámara, esperando que alguien que la
imagen no muestra le de el visto bueno. Acto seguido asiente con la
cabeza y agarra uno de los extremos de la sábana. Se nota que está
nervioso, y pese a que la temperatura del plató es la adecuada, se
pueden apreciar perlas de sudor en su frente. Le tiemblan las piernas
por primera vez desde que empezó a trabajar en televisión. Esta es
sin duda la experiencia más difícil con la que ha tenido que lidiar
en sus más de mil programas en directo.
EUSEBIO – Andrés ha venido a hablarnos de las conclusiones a las
que ha llegado el exhaustivo estudio que sus colegas del hospital de
La Paz y él han hecho a propósito del virus que ha afectado ya a
cerca del cinco por ciento de la población mundial, y de cómo éste
afecta al ser humano. Y como para nosotros, su información es lo más
importante, hemos traído al plató al invitado que mejor nos puede
hacer entender todos los entresijos de esta trágica epidemia. 
	Eusebio estira fuertemente de la sábana, y muestra al mundo la
macabra imagen de una mujer atada de pies y manos por robustas correas
a esa camilla. Está boca arriba, vestida con el atuendo propio de un
enfermo de hospital. De hecho eso es lo que había sido hasta la noche
anterior, cuando perdió la vida, aquejada de la misma rara enfermedad
que el resto de pacientes del hospital de La Paz, uno de los pocos que
todavía seguían abiertos en el país. 
Se trataba de una mujer rumana, a la que no se le conocían parientes
ni amigos que la pudiesen echar en falta. Nadie dispuesto a
denunciarles por exhibirla: el exponente perfecto para su exposición
en público. Cuando los compañeros del programa de Eusebio se
pusieron en contacto con el doctor Gordillo y le suplicaron que
trajese a un infectado a la televisión, con el fin de hacer más
entendible la exposición de su estudio, Andrés se negó en redondo.
Fueron muchas las discusiones al respecto, hasta que el doctor acabó
por ceder, pensando ingenuamente que la información era mucho más
importante que cualquier prejuicio moral.
Ahora se arrepentía de lo que había hecho. Viéndose junto a aquél
presentador sensacionalista, ávido de morbo, mostrando el lado más
oscuro del ser humano encarnado en aquella desgraciada mujer, sintió
ganas de echarse atrás. Pero ya era tarde para eso. Eusebio, por su
parte, había recobrado la calma al ver a la rumana. Parecía
totalmente inofensiva, ahí quietecita, perfectamente vestida y
aseada, con los ojos cerrados, y el pecho moviéndose lentamente al
ritmo de su respiración. Nada del mundo podía hacerle pensar quién
había detrás de esa dulce fachada.
EUSEBIO – Se trata de una mujer que tristemente ha sido contagiada
por el virus. Pero que nadie tema, porque está completamente sedada.
Y bien doctor, para empezar, me gustaría que explicase a nuestros
telespectadores cuales son los rasgos que nos permitirán diferenciar
a una persona contagiada por el virus, de una que no lo esté.
ANDRÉS – Aparentemente son iguales que nosotros, de hecho… lo
son. El rasgo principal que les diferencia de los sanos, es su actitud
abiertamente violenta y dañina. Por una razón que a día de hoy se
nos escapa de las manos, todos los infectados, sin excepción alguna,
adquieren una actitud totalmente violenta para con las personas que no
lo están. Aunque también es cierto que los últimos días se han
detectado casos de ataques entre infectados, principalmente en
disputas por… a… alimento, por una víctima que…
EUSEBIO – Yo más bien me refería a los aspectos físicos que
delatan a un contagiado, los rasgos característicos que puedan ayudar
a los espectadores para saber que realmente están frente a una
persona que ha pasado al otro lado.
ANDRÉS – En ese aspecto resulta mucho más difícil la
diferenciación, pues es prácticamente inexistente. Si bien es cierto
que los infectados más… antiguos muestran la piel más pálida, en
ocasiones reseca y cuarteada, y unas ojeras más marcadas, a primer
golpe de vista, lo único que les diferencia de alguien sano es su
mirada.
EUSEBIO – ¿A qué se refiere?
ANDRÉS – Son más bien sus ojos. En el momento en el que el
infectado aquejado de la enfermedad necesariamente mortal que provoca
el virus, hace su transición por la muerte durante unos minutos, o
segundos, según el caso, los ojos se le encharcan de sangre, y
adquieren un vivo color rojo, que les impide ver con total claridad
cuando la luz es muy intensa. Creemos que es por eso por lo que
prefieren dormir durante el día, para despertarse cuando cae el sol.
El resultado de los estudios que hemos hecho a más de dos docenas de
afectados, demuestran que además de lo mencionado, los infectados
adquieren una extraordinaria capacidad para ver en la oscuridad
prácticamente absoluta.
EUSEBIO – ¿Podemos verlo?
	Andrés mira a Eusebio, pero él no espera a su respuesta para
proceder. Sin que tenga ocasión de decir nada, uno de los cámaras se
acerca a la camilla, mientras Andrés, ahora algo más asustado,
acerca su dedo índice al ojo izquierdo de la mujer rumana. Traga
saliva, y se asegura que se esté cogiendo un buen primer plano del
ojo de la infectada, antes de abrirlo. En los hogares de cientos de
asustados ciudadanos se comprueba en directo cómo Eusebio abre el ojo
de la infectada, mostrando el enfermizo color de la sangre, y una
pupila totalmente dilatada que, sin previo aviso, se clava en la cara
de Eusebio. Éste,  con una aguda exclamación, suelta a toda prisa el
párpado, que se mantiene abierto.
puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x164 - Bucle de emisión del canal 5
12 de septiembre de 2008

El canal 5 hacía varias horas que había dejado de emitir con
reporteros en directo. Seguía emitiendo, y lo haría mientras hubiese
alguien dispuesto a verles, pero lo que emitían no era más que un
bucle de imágenes, acompañadas por música clásica. Debajo de las
imágenes, se podía leer una línea de texto que repetía incansable
los centros de refugiados habilitados en las ciudades más afectadas
por la epidemia. En ese momento sonaba de fondo el Canon de Pachelbel.
La imagen que se podía ver en la pantalla mostraba una formación de
aviones de guerra dejando caer bombas sobre una ciudad todavía
habitada. La grabación parecía estar tomada desde otro de los
aviones, y centró la imagen en el terreno devastado por los
proyectiles. Afortunadamente, lo único que se escuchaba era la
música de fondo, de modo que los espectadores no pudieron oír los
gritos de júbilo de quienes estaban perpetrando esa masacre. Con la
bella estampa del sol en el horizonte y las llamas y la nube de humo
presentes en pleno centro de Tzefiráh, la imagen hizo un fundido a
negro para dar paso a otra escena. En esta ocasión se pudo ver una
grabación casera, desde un balcón particular. Mostraba la calle de
un pueblo pequeño. Había al menos doce infectados caminando a sus
anchas por ella. La cámara estaba enfocando a los infectados cuando
algo le hizo girar bruscamente al otro extremo de la calle. Por ahí
se acercaba un todoterreno que iría al menos a cien kilómetros por
hora, en pleno centro. Se llevó por delante a cuatro de los
infectados, partiéndoles el espinazo y los órganos internos. Uno de
ellos quedó enganchado al parachoques y se alejó de la escena con el
todoterreno. Los demás infectados trataron de seguirle, pero iba
demasiado rápido; enseguida se perdió de nuevo al girar otra
esquina. El cámara enfocó a uno de los que había atropellado el
conductor. Se retorcía en el suelo. Tenía las dos piernas con las
rodillas giradas hacia atrás en una posición imposible, pero no
obstante trataba de levantarse, sin conseguirlo, mientras un borbotón
de sangre salía de entre sus labios. De nuevo hubo un fundido a negro
y la imagen se sustituyó por la de lo que parecía otro anónimo
amateur grabando, pero en esta ocasión desde dentro de un coche, con
la ventanilla subida. El vehículo estaba parado en mitad de la calle.
El cámara enfocó a un balcón, desde donde se veía a un hombre
agitando los brazos. Otro montón de curiosos por la calle y de
vecinos en los demás balcones observaban con igual desconcierto la
escena. De un momento a otro una lluvia de cristales azotó el cuerpo
de ese hombre, ataviado con una bata, todavía con las zapatillas de
andar por casa. Una mujer en camisón, presumiblemente su esposa, se
abalanzó contra él, y al perder el equilibrio en la embestida, ambos
se precipitaron al vacío. La mujer trató de agarrarse a la
barandilla del balcón para no caer, pero el peso del hombre, bastante
rollizo, la atrajo consigo en la caída. Los cuatro pisos fueron
suficientes para acabar con la vida del hombre, de un fuerte golpe en
la cabeza. Sin embargo la mujer se levantó desde donde había caído,
como si nada le hubiera pasado, e hincó los dientes en el cuello del
que fuera su esposo. Los curiosos de la calle corrieron despavoridos
en todas direcciones, alejándose de esa macabra escena. El cámara no
dejó de filmar cómo esa mujer bebía la sangre que manaba de la
yugular de ese pobre hombre, pero el coche enseguida se puso en marcha
y se alejó demasiado como para poder seguir filmando. De nuevo un
fundido a negro. El Canon de Pachelbel fue sustituido por la sonata de
Luz de Luna, de Beethoven. La imagen se sustituyó por la de otra
calle, de otra ciudad anónima. Había docenas de voluntarios
recogiendo cadáveres y arrastrándolos por las axilas hacia una gran
montaña de cuerpos sin vida que no tardaron en prender fuego. La
imagen de la pira humana se prolongó durante unos segundos, mientras
el cámara daba una vuelta de trescientos sesenta grados, para
conseguir una imagen de la misma desde todos los ángulos. Ahora se
podía ver un camión de bomberos. Había un par de ellos sosteniendo
una gran manguera, enfocándola hacia un grupo de rebeldes que se
dirigía desde el otro extremo de la calle hacia donde estaban ellos.
Se cortó mucho antes de mostrar el trágico desenlace. Un nuevo
fundido a negro sustituyó la imagen por la de otro coche de bomberos,
en esta ocasión en una zona más periférica de la ciudad. Estaba
trabajando en la extinción del incendio de una gran mansión de las
afueras, cuando una persona en llamas salió por la puerta principal.
Uno de los bomberos se acercó a toda velocidad al hombre de fuego, y
lo roció con un extintor que soltaba una especie de polvo blanco. No
había conseguido extinguir el fuego del todo, cuando el hombre,
todavía medio en llamas, se abalanzó contra él y le agarró del
cuello. Tuvo tiempo de reventarle el cráneo a base de golpes contra
el duro asfalto antes que uno de sus compañeros se acercase a
ayudarle. En ese momento, la imagen cambió de nuevo. Otra vez se
trataba de una grabación casera desde un balcón particular. Lo que
ahora se veía era un grupo de unas once personas sanas corriendo por
la calle, perseguidas por una niña de entre ocho y diez años. La
niña tenía los brazos elevados, y por la expresión de su cara,
parecía estar gritando a viva voz, exigiendo que dejasen de huir.
Solo fueron unos pocos segundos; enseguida cambió la imagen. En esta
nueva escena no había rastro alguno de infectados. Lo que se mostraba
era una tienda con los escaparates hechos trizas en el suelo, de la
que no paraban de entrar y salir personas. No era una tienda de
alimentos, ni de suministros necesarios, era una tienda de
electrodomésticos, y lo que más se veía, era a gente saliendo de la
tienda con enormes televisores de plasma, y una pícara sonrisa en la
boca. En ese momento sonaba el Bolero de Rabel. La escena del saqueo
se prolongó unos segundos más, para dar paso a una imagen con un
zoom excesivo, vibrante por la falta de pulso del cámara, que
mostraba a un hombre en un parque comiéndose lo que parecía una
paloma muerta. La misma grabación se movía rápidamente, mareando al
espectador y se centraba en lo que parecía la parte trasera de una
ambulancia. Los operarios de la ambulancia miraban sorprendidos a unos
metros de la misma, fumando un cigarro, como la bolsa negra de
cadáveres que habían dejado colocada sobre la camilla, a las puertas
del vehículo, se agitaba nerviosamente. Se retorcía una y otra vez,
hasta que finalmente cayó al suelo.
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x163 - Emisión en prime time de la noche, canal internacional
	11 de septiembre de 2008

Un presentador joven con una bonita corbata rosa, que sustituye al
habitual de la cadena, se dirige a los oyentes. Tiene la frente
salpicada de perlas de sudor, gira nerviosamente un bolígrafo en la
mano derecha, y no para de tragar saliva. Es la primera vez que habla
frente a una cámara en directo; la gran mayoría de los profesionales
del gremio han desertado al verse en peligro. Tal como puede, va
leyendo el telepronter, mientras le tiemblan las piernas.
PRESENTADOR – Nos siguen llegando noticias de disturbios en toda la
zona noreste y centro del país, así como focos cada vez más
generalizados en el centro del continente americano, el centro de
Asia, toda Australia y el norte y centro de África. Si en su zona no
detecta ninguna actividad, quédese en casa, cierre las puertas y
asegure las ventanas así como cualquier punto débil por el que
pudieran acceder los violentos. No traten de ponerse en contacto con
sus seres queridos, no abandonen sus casas, y bajo ningún concepto se
enfrenten a ellos. El virus ha dotado de una fuerza y una resistencia
sobrehumanas a los afectados, por lo que resultan prácticamente
invulnerables. Somos conscientes que lo que vamos a decir puede herir
los sentimientos de los telespectadores, pero es nuestro deber el de
informar, y mucho más ahora, cuando hay tanto en juego. Si tuvieran
que enfrentarse a ellos, recuerden que sus únicos puntos débiles son
la cabeza y el corazón; esa es la única manera de acabar con ellos.
Pero incluso cuando los den por muertos, la única manera de asegurar
que no volverán a atacarles es mediante la incineración del cadáver
o de la separación de la cabeza del resto del cuerpo. Su naturaleza
violenta les obliga a comer carne fresca con mucha frecuencia, si bien
es cierto que el ayuno no les debilita en absoluto. Los afectados por
el virus parecen tener muy poca o nula capacidad de razonamiento. Aún
conservan algunas habilidades básicas, como el uso de instrumentos
rudimentarios, pero no se dejen engañar. Reconocerán que no se trata
de una persona sana al ver sus ojos enfermizamente rojos, la manera
tan característica cómo se mueven, con lentitud y pasividad en
estado de calma, y con rapidez y nerviosismo en estado de alerta. Por
una razón aún desconocida, no se atacan entre ellos. Recientes
estudios afirman que eso es debido a que sus tejidos están
impregnados de un característico olor a corrupción de la carne, que
hace que no deseen alimentarse de sus semejantes, a diferencia de la
nuestra, saludable. Aún no está confirmado oficialmente, pero se
cree que la infección proviene del agua. Un estudio reciente
demuestra que la propagación cronológica del virus encuentra un
paralelismo increíble con el curso del río Máyin, que cruza a
Sheol, que es donde empezó todo. Por ese motivo les invitamos a que
sólo beban agua embotellada con fecha previa al 30 de agosto de este
año. Un reciente estudio del centro médico Ventromed asegura que el
virus es potencialmente peligroso para el 90% de la población, siendo
el 10% restante inmune al mismo. Se ruega encarecidamente a los
enfermos que permanezcan en sus casas, tanto por su propia seguridad
como por la de sus vecinos. De igual modo les diremos que los
familiares de los enfermos deben inmovilizarles de pies y manos para
evitar daños mayores. La mayoría de los hospitales del país han
cerrado sus puertas, y los que aún siguen abiertos están colapsados
y no pueden atender más enfermos. El número de desaparecidos
asciende a los cinco millones y medio, y el número de víctimas
resulta imposible de determinar…
El presentador queda en silencio un momento, mira a un rotulador
fluorescente que hay sobre la mesa, asiente ligeramente con la cabeza,
y mira de nuevo a cámara.
PRESENTADOR – Acabamos de recibir la noticia que en Estados Unidos
ha habido una explosión atómica en una de las zonas más afectadas
por el virus. El centro de la ciudad de Des Moines, Iowa, es ahora un
gran cráter humeante de cerca de un kilómetro de diámetro. ¿Si? Me
informan que el número de bajas asciende a los treinta mil
habitantes, muchos de los cuales eran civiles, y… La radiación
podría acabar con la vida de más del doble. Todavía se desconoce si
se trata de un ataque de radicales islamistas, lo que tendría cierto
sentido cuando hoy se cumple el séptimo aniversario de los atentados
de las torres gemelas, aunque todo apunta que se trata de un
desesperado intento del propio gobierno por contener la infección que
en la última semana se ha extendido docenas de kilómetros, afectando
a más de siete estados. Tenemos imágenes.
	El plano sustituye la imagen del presentador de la corbata por una
fotografía estática, a todo color, sacada de satélite, que muestra
un gran círculo entre marrón y negruzco, alrededor de lo que parece
una ciudad. Acto seguido la imagen se sustituye de nuevo por una
grabación amateur que muestra desde una azotea la imagen de las
calles de un pueblo aparentemente abandonado. Es de día. El cámara
enfoca a una mujer joven que camina por la calle. Acerca la imagen y
se puede comprobar que le falta el brazo derecho, y que va desnuda de
cintura para arriba, con el cuerpo lleno de heridas y manchado de
sangre. En la parte inferior derecha de la imagen se puede observar la
fecha y la hora en un amarillo chillón. De repente la imagen tiembla
considerablemente y la cámara enfoca alternativamente el cielo
nublado y el suelo de la terraza. Enseguida se estabiliza la imagen y
se centra en una gran nube de polvo y fuego que se observa en el
horizonte. Se oyen de fondo dos voces hablando en inglés, repitiendo
una y otra vez exclamaciones de sorpresa. El fuego de la explosión da
paso a una gran nube de humo que adquiere la forma de un hongo. El
zoom se encarga de acercar y pixelar la imagen, mostrando con mayor
claridad el desastre que se acaba de producir en la ciudad vecina.
puntos 12 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x162 - Emisión de sobremesa del canal 3, especial informativo
	9 de septiembre de 2008

PRESENTADOR – … que los hospitales están llenos hasta rebosar, y
es paradójicamente ahí donde se concentran últimamente la mayoría
de los actos violentos. Las salas de espera de cientos de hospitales,
como pueden observar en las imágenes, se han convertido en un
auténtico infierno. Efectivos del ejército, en coalición con el
resto de fuerzas de seguridad del estado, están trabajando
exhaustivamente para evitar nuevos actos de violencia, pero ésta se
ha extendido tanto, que resulta imposible para los servicios de
rescate responder con eficacia. Muchas personas, en vista de la
situación, han tomado la iniciativa de defenderse por sí mismas, al
ver que la policía local y las brigadas de bomberos están totalmente
colapsadas. Un numeroso grupo de civiles en Sheol ha tomado la ley por
su mano, y ha comenzado a suplantar el trabajo de quienes deberían
salvaguardar su seguridad. No obstante, sus métodos son bastante
menos ortodoxos, y están provocando verdaderas masacres, acabando con
las vidas de docenas de infectados por el virus, del que por ahora se
desconoce cura alguna. Los servicios sociales y civiles han sido
suspendidos de manera provisional en la mayor parte del país; existen
docenas de comunidades pequeñas que se han quedado sin teléfono,
muchas carecen hasta de electricidad, y algunas no tienen ni gas ni
agua. El restablecimiento de estos servicios, al igual que del
ferroviario y el de los aeropuertos, se ve muy lejano. Los
científicos no dan abasto tratando de hallar una explicación al
fenómeno. A día de hoy aún se desconoce el foco de la infección
del virus, pero las hipótesis que se barajan incluyen especulaciones
basadas en fluctuaciones de la capa de ozono, un ataque con armas
químicas por parte de países de oriente próximo, los efectos de
algún organismo venido del espacio, e incluso de una posible extraña
mutación del fármaco ЯЭGENЄR. Según altos mandos de la iglesia
católica, se trata del día del juicio final… ¿Si? Me comentan que
mi compañero Juan Macías se encuentra en uno de los depósitos de
recogida que hay a las afueras de Sheol. Como ya saben, desde que se
decretó el toque de queda, los ayuntamientos de la zona han tomado el
acuerdo de incinerar en plena calle a todos los cadáveres víctimas
de la oleada de violencia, para evitar la propagación del virus,
además de otras muchas infecciones que pudiera producir la
descomposición de los cuerpos ya sin vida. Como pueden observar, mi
compañero se encuentra en uno de esos puntos clave, donde en escasos
minutos se va a proceder a la eliminación de docenas de cadáveres.
Juan, ¿cual es el ambiente que se respira ahí donde te encuentras?
REPORTERO – Muy buenas tardes, Pablo. El ambiente está realmente
caldeado aquí. Los voluntarios están ultimando los preparativos para
la incineración de un total de ciento cuarenta y siete cadáveres, y
les puedo asegurar que el olor es insoportable. A mi lado se encuentra
Felipe Negrete, honorable alcalde de la ciudad de Sheol. Buenas
tardes, señor Alcalde.
ALCALDE – Buenas tardes.
REPORTERO – Cuéntenos ¿De qué modo se tomó la difícil decisión
de incinerar los cuerpos?
ALCALDE – Como todos sabéis, los últimos días la situación se ha
vuelto realmente difícil aquí. Las calles dejaron de ser seguras
hace más de una semana, y fruto del arduo trabajo de los cuerpos de
seguridad del estado, las calles empezaron a llenarse de los cuerpos
de muchos de los que fueron abatidos, así como muchas de las
víctimas de los violentos. En primera instancia se decidió llevar
los cadáveres al pabellón municipal, pero a medida que el número
crecía, esa alternativa resultó inviable, y altamente insalubre.
Además, como sabrán, muchos de los considerados muertos despertaron
entre los demás cadáveres y atacaron a varios agentes y voluntarios.
La solución que se tomó, además de decretar el toque de queda para
todos los ciudadanos, fue la de deshacernos de todos esos cadáveres,
después de identificarlos, evidentemente. El primer día se
habilitaron doce fosas comunes repartidas en la periferia de la
ciudad, así como en los terrenos adyacentes del viejo cementerio,
pero el trabajo era demasiado lento y peligroso para los trabajadores,
de modo que se optó por una solución mucho más rápida y efectiva.
Con la quema de los cadáveres, evitamos la propagación del virus y
demás enfermedades, y tenemos la certeza que ninguno de los
cadáveres que hayan sido procesados despertará de nuevo. Como usted
bien dice, fue una decisión muy difícil, pues todos los fallecidos
son vecinos del pueblo, padres, madres, hermanos… Ninguno de
nosotros hubiera deseado jamás tener que llegar a este extremo, pero
coincidirán conmigo en que es la manera óptima de sobrellevar este
problema, dadas las circunstancias.
REPORTERO – Estamos todos de acuerdo con usted, señor alcalde. Y
díganos… ¿cuánto tiempo cree que se prolongará esta situación?
ALCALDE – Solo Dios sabe la respuesta a esa pregunta, amigo. Lo que
sí le puedo decir es que en la actualidad los cuerpos de seguridad
del estado ya tienen totalmente controlada la situación, y cada vez
es menor la cantidad de afectados por el virus que rondan por las
calles, gracias a las periódicas barridas del territorio que llevan
haciendo desde la última semana. Desde aquí quiero agradecer el
enorme esfuerzo que están haciendo, arriesgando sus propias vidas, en
pro del final de esta amarga pesadilla.
REPORTERO – Muchas gracias, señor Alcalde.
ALCALDE – A usted.
REPORTERO – Como pueden observar… Me voy a alejar un poco. Ahora
mismo se está procediendo a encender la pila de cadáveres. Fíjense
que se han colocado en el centro de la glorieta para evitar la posible
propagación del fuego, y que hay un grupo de bomberos preparado por
si cualquier cosa saliera mal. Les puedo asegurar que aquí el calor
es espantoso. Bueno, con esta trágica imagen, que resume sin palabras
lo que está ocurriendo en riguroso directo, devuelvo la conexión a
los estudios centrales. 
PRESENTADOR – Muchas gracias, Juan. Bueno, pues como les contaba, un
reciente estudio del centro médico +Health de Iowa, afirma que…

puntos 1 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x161 - CRONOLOGÍA DEL ÉXODO: Parte cuarta

Epidemia


Emisión matutina del canal 6, especial informativo
	9 de septiembre de 2008

La tensión se mascaba en el ambiente. Por esos entonces la situación
estaba ya bastante descontrolada en las calles. Los trabajadores del
estudio deseaban estar en sus casas, con sus familias, más ahora que
se había decretado el toque de queda. Sin embargo, seguían ahí. En
parte porque les amenazaban con despedirles, cosa que ya habían hecho
con una cuarta parte del equipo, y en parte porque querían poder
seguir informando al mundo hasta el último momento. Todavía muchos
seguían al pie del cañón, pero con la cabeza muy lejos de ahí.
La presentadora Rosa Domingo se disponía a entrevistar a un
antropólogo de fama mundial, con el fin de tratar de entender algo
más sobre a qué se estaban enfrentando. El plató estaba preparado,
pero todavía rondaban de un lado a otro algunos de los trabajadores,
ultimando los detalles antes de empezar la grabación. Entrevistadora
y entrevistado estaban sentados en cómodos sillones de cuero blanco,
y tras ellos había una enorme pantalla, que no paraba de emitir
imágenes de los disturbios de los últimos días en varios puntos del
globo. 
Una maquilladora dio los últimos retoques a la frente del invitado;
alguien le llamó la atención y enseguida se puso al otro lado de las
cámaras. Esa grabación ocuparía el 13% de la programación de la
cadena los siguientes días, cuando los contenidos dejarían de
emitirse en directo, para pasar a emitir un bucle de los mismos, una y
otra vez durante cinco días, hasta que la cadena, ya abandonada a su
suerte, se quedase sin electricidad con la que seguir transmitiendo
imágenes que ya nadie vería. Alguien gritó “¡Estamos en el
aire!”, y entonces los murmullos cesaron de repente.
ROSA – Esta mañana nos acompaña Miguel Sastre, eminente
antropólogo, que nos hablará sobre sus impresiones al respecto de la
oleada de violencia que nos acompaña desde los últimos días. Buenos
días, Miguel.
MIGUEL  – Buenos días…
ROSA – Hace unos meses usted publicó un libro en el que hacía un
estudio exhaustivo sobre la violencia entre diferentes grupos
sociales, la violencia de género, y sobre determinadas enfermedades
mentales que volvían violentos a… los enfermos.
MIGUEL  – Si…
ROSA – Dígame, ¿Cómo interpreta usted los actos violentos que se
vienen produciendo los últimos días?
MIGUEL  – Bien… En este caso, yo no englobaría estos sucesos en
ningún caso de los que el hombre ha tenido constancia hasta el
momento. Lo que les ocurre a los afectados es algo mucho más…
visceral. 
ROSA – ¿Quiere decir que se trata de un caso totalmente… nuevo?
MIGUEL – Absolutamente. Ese tipo de violencia solo es comparable a
los efectos del veneno de unas extrañísimas setas tropicales de
Suramérica, pero incluso en esos casos, las reacciones no son tan
destructivas, ni hay accesos de canibalismo entre ellos. Los…
infectados, de ese extraño virus, pierden por completo el control de
sus actos, se vuelven extremadamente violentos. Parecen obtener algún
tipo de placer al hacer daño, puesto que pese a mostrar tendencias
caníbales, la mayoría de las veces se limitan a matar, por puro
placer, y una vez lo han hecho, abandonan a su víctima, dispuestos a
encontrar otra.
ROSA – Recientes estudios demuestran que esa actitud es un hecho
fisiológico provocado por el virus, y que por lo tanto, podría
encontrarse una cura.
MIGUEL – La doctora Lea Martín, como todos sabrán, asocia ese
comportamiento a los altísimos niveles de adrenalina que el virus
genera continuamente. Los centros Kusuri de Japón publicaron ayer un
estudio que demuestra que eliminando por completo la adrenalina del
organismo de una persona afectada, su naturaleza violenta se mantiene
intacta. Mi opinión, es que el virus corrompe la sangre, que es por
donde se propaga, y ésta a todo el cuerpo. Sea lo que sea que lleve
dentro, no creo que exista cura alguna.
ROSA – No parece muy optimista.
MIGUEL  – A día de hoy no creo que haya motivos para serlo.
ROSA – Bueno… En lo que respecta a la capacidad de razonamiento de
los afectados… Usted gusta de llamarlos infectados, aunque tal vez
sería mejor llamarles z…
MIGUEL  – ¡No!
ROSA – ¿Cómo dice?
MIGUEL  – No le tolero que utilice ese término. Se viene oyendo
demasiado por los medios últimamente, y de verdad, me enfurece.
ROSA – En cierto modo… los que los llaman así tienen parte de
razón, ¿no cree?
MIGUEL  – En absoluto. Por el amor de Dios, ellos son personas igual
que usted y que yo, y están vivos, igual que usted y que yo. Lo
único que les diferencia de nosotros es que han abandonado el
raciocinio, y se dejan llevar por el más puro instinto.
ROSA – Pero… ya no son personas.
MIGUEL  – ¿Usted no ha perdido a nadie los últimos días verdad?
ROSA – No estamos aquí para hablar de mi vida.
MIGUEL  – Es más. En el sentido estricto de la palabra, está de
más llamarles así porque en el virus no hay rastro alguno de
tetrodotoxina. Y alejándonos del sentido literal de la palabra,
todavía está más fuera de lugar llamarles de ese modo. Por el amor
de Dios, son… enfermos.
ROSA – Lo que resulta innegable es que son muertos vivientes, ¿no
es cierto?
MIGUEL  – Lo son, tanto como lo sería una persona a la que se ha
devuelto el latido del corazón mediante un masaje cardíaco. De
hecho, es algo muy parecido a eso, una fuerte descarga, lo que provoca
el virus en el cuerpo de los infectados, cuyos corazones dejan de
latir durante unos minutos. Según su teoría, mi madre, que ha
superado un infarto, es una muerta viviente.
ROSA – No saque las cosas de quicio.
MIGUEL  – No creo que un debate sobre cómo debemos o no llamarles
sea lo que nos deba ocupar esta mañana. Yo prefiero llamarles
infectados. O enfermos. Al fin y al cabo, es un virus, no muy
diferente al de la gripe, el que les afecta. Si usted es más feliz
llamándoles de ese modo tan… peliculero, allá usted, pero le
invitaría que no lo hiciera en lo que dure esta entrevista.
ROSA – Si… Bueno, volviendo al tema que nos ocupa... En lo que
respecta a la capacidad de razonamiento…
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x160 - Supermercado IFAI, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Zoe se quedó algo incómoda cuando dejó de ver a Morgan y a
Bárbara. Se alejó de la entrada y se acercó a Christian. Él
parecía bastante más tranquilo. Estaba empezando a asumir su nuevo
lugar en el mundo, y por bien que no le gustase, parecía amoldarse.
El recuerdo de su madre seguía atormentándole por momentos, pero
ahora se trataba de un dolor más profundo, un dolor asumido como
irreversible, que debería perdurar en su memoria, pero que no
debería hacerle flaquear en un futuro. Ahora había otra cosa que le
rondaba por la cabeza.
	Zoe vio el fardo de billetes que sostenía el chico. Los toqueteaba y
los contaba una y otra vez, maravillado por su color, por su textura,
pero sobre todo por el hecho que carecían de valor. Jamás antes en
su vida había visto tal cantidad de dinero junta. Había llegado a
recolectar dieciséis mil ochocientos euros de la habitación 14 de
aquel viejo motel de carretera. Lo había hecho en un descuido de sus
compañeros, mientras éstos acababan de desayunar, alegando que se
dirigía al baño. Se había colado en la habitación,
sorprendiéndose al ver el cadáver de aquel pobre infeliz. Había
agarrado unos cuantos billetes, sin saber porqué, de hecho todavía
no sabía el motivo, y había vuelto al comedor.
ZOE – ¿Qué harás con eso?
CHRISTIAN – No sé, comprarme algo caro... Si te portas bien, te
haré un regalo.
	Zoe arrugó el morro, y le sacó la lengua.
ZOE – Idiota. No creo que encontrases ninguna tienda abierta.
CHRISTIAN – Ya se me ocurrirá algo.
ZOE – Seguro.
	La niña le obsequió con una nueva mirada de burla, y se alejó unos
pasos del furgón. El parking estaba desierto, a excepción de
aquellos pocos coches abandonados, ninguno de los cuales ocupaba una
plaza de aparcamiento concreta. Miró a la carretera más allá, a
unos apartamentos que había al otro lado, a las naves que había
alrededor; no había ni un alma. Las hojas de los árboles se mecían
tranquilamente con la brisa matutina, iluminadas por el astro rey. 
Se quedó mirando una altísima chimenea que se veía desde el lateral
del supermercado, en el mismo lugar donde se encontraba aquel autobús
escolar abandonado. Se estaba preguntando para qué serviría esa
chimenea tan grande, cuando creyó ver algo moverse en la parte
trasera del autobús. Fijó los ojos en el cristal, del que pendía el
cartel de transporte escolar con aquellos dos curiosos personajes que
ella por un momento creyó inspirados en ella misma y en Bárbara.
Llevaba las cortinas echadas, pero de nuevo vio algo moverse en su
interior; una sombra.
ZOE – ¡Chris!
	Christian levantó la mirada de los billetes, y echó un vistazo a la
niña, aburrido por la espera. Zoe le instó a que se acercara
haciéndole gestos con las manos. Guardó los billetes en una cartera
que había robado a un muerto, y ésta en el pantalón. Saltó de la
parte trasera del furgón y se acercó a la niña, algo hastiado.
CHRISTIAN – ¿Qué pasa ahora?
ZOE – Mira ahí.
	Christian siguió la dirección que le indicaba el índice de Zoe y
clavó su mirada en la parte trasera del autobús. Dejó pasar unos
segundos antes de replicar.
CHRISTIAN – Yo no veo nada.
	Zoe se quedó mirando; en efecto, ahí no se veía nada más que una
cortina echada. Empezó a impacientarse. Estaba segura que había
visto algo, pero ahora estaba quedando como una paranoica a ojos de su
compañero de viaje, y eso le daba mucha rabia.
ZOE – He visto cómo se movía algo ahí dentro.
CHRISTIAN – Bah, te lo habrás imaginado.
	Zoe se enfadó y dio un pisotón en el suelo, con los carrillos
hinchados.
ZOE – Que no, en serio. Creo que hay uno ahí dentro.
	Ambos se quedaron mirando un momento más. Entonces vieron algo. La
cortina se movió, y por un segundo apareció la silueta de una mano
apoyada en el cristal. Acto seguido la mano se apartó de nuevo y la
cortina volvió a quedar quieta.
CHRISTIAN – Hostia es verdad.
ZOE – Hay que llamar a los… a Bárbara y Morgan.
	Zoe se dirigió corriendo hacia la entrada del supermercado y gritó
en silencio para llamar la atención de los mayores. Christian se
quedó en el mismo sitio donde estaba, tratando de volver a ver
moverse lo que quiera que hubiese ahí dentro. Sintió algo de miedo
al pensar que podía tratarse de un infectado. Antes de darse cuenta,
Morgan y Bárbara aparecieron tras las puertas de entrada; Zoe les
guiaba hacia donde estaba Christian. 
ZOE – Es ahí, en el autobús. Hay alguien ahí dentro.
Los cuatro se quedaron uno al lado del otro, mirando la parte trasera
del autobús. En esta ocasión los cuatro consiguieron ver un brazo
restregarse contra el cristal. Luego desapareció. No necesitaron
aguzar el oído para, acto seguido, escuchar un grito proveniente de
ese mismo lugar. Se miraron unos a otros. Un nuevo grito, más
parecido a un gemido lastimero, rompió de nuevo el silencio del
parking del supermercado. Ahora se veían al menos dos siluetas
moviéndose en los asientos traseros del autobús.
MORGAN – Quedaos aquí, voy a ver qué pasa ahí dentro.
	Morgan comprobó por enésima vez que llevaba la escopeta cargada, y
se dirigió al autobús. Los demás hicieron caso omiso de su
advertencia, y le siguieron de cerca. Pasaron de largo por la parte
trasera, sin dejar de mirar ni escuchar lo que parecía una pelea
entre infectados, o entre un infectado y uno que en breve pasaría al
otro lado. Fuera lo que fuese que estuviese ocurriendo ahí dentro, se
estaba volviendo más intenso por momentos.
	Al llegar a la puerta lateral reparó en algo que no había visto de
entrada. Una motocicleta descansaba junto a la puerta, que enseguida
destrabó haciendo uso del sistema de emergencia. Con la escopeta por
delante, subió las escaleras y se giró rápidamente hacia los
asientos traseros. De entrada no fue capaz de discernir lo que ahí
estaba aconteciendo, y una vez lo hizo, deseó no haber entrado. 
Los gritos y gemidos cesaron al instante. Carlos y Marion se giraron
hacia él, tan sorprendidos como él mismo. En ese momento entraron
los demás. Bárbara tapó los ojos a Zoe para que no viera lo que
hasta escasos momentos había sido una acalorada escena de sexo.
Marion, totalmente desnuda, se quitó de encima de Carlos y se tapó
como pudo con la ropa que habían desperdigado por los asientos.
Carlos mostró una amplia sonrisa en la boca. Agarró la ropa interior
y se la comenzó a poner, sin apartar la vista del policía.
CARLOS – Baja eso, amigo. Que las carga el diablo.
puntos 2 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x159 - Supermercado IFAI, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Morgan y Bárbara encendieron las linternas al mismo tiempo. Ella
echó un último vistazo a Zoe antes de sumergirse en la oscuridad del
supermercado. Pasaron a través de un par de puertas acristaladas
automáticas, que yacían hechas trocitos en el suelo, y comenzaron a
inspeccionar el lugar. Un extraño olor reinaba en el ambiente. Ambos
trataron de convencerse que se trataba simplemente de comida podrida,
pero no las tenían todas consigo. Morgan gritó para llamar la
atención de cualquiera que estuviese entre esas cuatro paredes. Ambos
se quedaron en silencio esperando una respuesta que jamás llegó. De
alguna manera, los dos sabían que pasaría, aunque no tuvieran
motivos para ello.
	Los primeros estantes que vieron estaban vacíos en su mayoría, al
menos de comida, parte de la cual descansaba sucia y reseca en el
suelo, junto a sus envases rotos y un buen puñado de cajas. Cruzaron
por varios pasillos, iluminando las baldas. En algunas todavía
quedaba algún que otro artículo olvidado, pero la mayoría estaban
totalmente vacías; de lo que si estaban seguros era de que con lo que
ahí había no podrían cumplir su objetivo. Continuaron el camino
junto a la línea de cajas, hasta llegar a otro pasillo que a
diferencia del resto, parecía intacto. Era el pasillo de los
productos higiénicos. Al parecer la lejía y el líquido
limpiacristales no habían acabado de convencer a los anteriores
saqueadores. 
Llegaron al otro extremo de la tienda, y Morgan apuntó con la
linterna a una puerta que había más allá de la línea de cajas.
Gritó de nuevo con idéntico resultado, y se dirigieron hacia ahí,
pasando de largo la primera caja. Era la zona de empleados. Entraron y
vieron la puerta abierta de un baño al frente, y una puerta metálica
cerrada a conciencia al lado; la oficina. Estaban en un pasillo con
otras dos puertas en las que pendía un rudimentario cartel de papel
que rezaba “solo empleados”. El policía no se molestó en ir más
allá. Esa parte del supermercado con toda seguridad no contendría
nada útil que llevarse, y si hubiera habido alguien ahí dentro, ya
habría dado señales de vida a esas alturas.
Desanduvieron sus pasos hasta volver al último pasillo. Morgan
reparó en un enorme portón de metal que había en el muro de la
derecha. Lo enfocó curioso con la linterna. El portón parecía pesar
más de una tonelada; se veía robusto e impenetrable. Enfocó de
nuevo el pasillo en el que se encontraba. Ahí también había volado
prácticamente todo. Las neveras y los congeladores ofrecían el mismo
aspecto. Sólo lo que no era comestible y las cosas inútiles como la
levadura y el vinagre habían conseguido salvarse del multitudinario
saqueo al que había sido sometido el establecimiento.
Bárbara se aventuraba a entrar en ese pasillo cuando Morgan le llamó
la atención. Le ofreció su linterna y le dijo que le iluminase
mientras él trataba de abrir aquel enorme portón metálico. Bárbara
pensó que sería una estupidez, que no serviría de nada, pero
conociéndole, se limitó a asentir. Morgan se arremangó las mangas
de la camisa y agarró la puerta por una hendidura que tenía en su
parte izquierda. Respiró hondo y tiró con toda su fuerza hacia el
lado. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado. La puerta
corrió sobre sus rieles sin ofrecer resistencia alguna, y ambos
pudieron ver docenas de palés repletos de todo tipo de cosas,
iluminados por unos grandes lucernarios que había en el techo.
La profesora se acercó rápido, mientras Morgan trababa la puerta con
algo que encontró junto a la entrada. Tuvo que llevarse una mano a la
nariz al recibir la bofetada de hedor que manaba de ahí. Se giró
para ver que junto a la puerta había un par de enormes cajas de
patatas y demás verdura en otros palés a su lado. Estaban todas
completamente podridas. Morgan repitió el ritual del grito, pero en
esta ocasión con una tímida sonrisa en la boca. Habían conseguido
lo que se proponían. Recuperó su linterna y enfocó en todas
direcciones. 
Al parecer, los anteriores saqueadores se habían conformado con lo
que había en la tienda. Esa puerta cerrada había infundido
suficiente respeto para que no se molestaran en tratar de abrirla,
para fortuna de quienes venían a robar ahora. Había palés de todo
tipo, la mayoría ordenados por sus distintos géneros. No harían
gran cosa con los de papel de cocina, pero los de agua y comida en
conserva serían su salvación. Era como un paraíso y hasta llegaron
a fantasear con quedarse ahí a pasar un tiempo; esa puerta resultaba
más que suficiente para evitar que entrase nadie que no estuviera
invitado, y ahí había comida para los cuatro, para los próximos
meses, si no años. 
Morgan se acercó a un traspalé eléctrico que había junto a una
verja abierta que separaba en dos el almacén, y giró la llave del
contacto. Unas lucecitas se encendieron en el panel de mandos, y el
pesado aparato emitió un agradable zumbido. Morgan sabía utilizarlo,
y lo arrastró unos metros, hasta pinchar con maña un palé que
tenía al menos una tonelada de todo tipo de alimentos envasados, la
gran mayoría en conserva. Lo estaba elevando para llevárselo hacia
la entrada y comenzar a descargarlo en el furgón, cuando creyeron
oír una voz proveniente precisamente de ahí.
El policía soltó lo que llevaba entre manos en ese preciso instante.
Ambos guardaron silencio, y escucharon de nuevo la voz. Era Zoe, y
recitaba sus nombres, algo más bajo de lo que era de esperar, pero
suficientemente claro. No parecía especialmente asustada, pero sí
tener bastante prisa por que le prestaran atención. Morgan se dio
media vuelta como alma que lleva el diablo, y corrió hacia la
entrada, con la escopeta en alto. Bárbara le miró un instante,
sintiéndose orgullosa por su reacción, y corrió tras él,
balanceando la pistola en su mano. Vio a Zoe iluminada por la luz del
exterior, al final de la segunda puerta automática, agitando las
manos para que se acercaran, con una mueca de preocupación en la
cara.
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Al otro lado de la vida 1x158 - Hostal de carretera, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

El agudo timbre de un despertador hizo que Bárbara y Zoe se
despertaran sobresaltadas. A ambas les costó un momento reaccionar,
darse cuenta de dónde estaban, y acto seguido, parar ese ruido
infernal. Zoe se restregaba un ojo con la mano mientras bostezaba,
sentada en su cama, ataviada con aquella camiseta que le iba enorme.
Bárbara se vestía con la ropa que había dejado sobre la mesilla de
noche, donde también descansaba su automática. 
La luz del sol se filtraba por la cortina, y al otro lado, los
pájaros cantaban alegremente a la mañana. La profesora acabó de
vestirse y se asomó a la ventana, apartando ligeramente la cortina.
La calle seguía igual que la última vez que ella la viese: desierta.
Empezaba a dudar que en ese pueblo hubiera infectados. Dejó a Zoe en
la habitación y se dirigió a la de los varones. Al abrir la puerta
vio que ambos seguían durmiendo, y con un comentario amistoso les
despertó y les invitó a desayunar en el comedor que había en la
planta de abajo. Morgan gruñó algo que nadie alcanzó a descifrar, y
se tapó la cabeza con la almohada. Christian le dio los buenos días.
A los diez minutos, todos se encontraban en el humilde comedor. Aquél
lugar parecía tener más de cien años. Después de revisar la cocina
y la alacena, y encontrársela absolutamente vacía, optaron por echar
mano de lo que Bárbara había traído consigo en su inseparable pero
ya bastante vacía mochila; esa misma mañana irían a un supermercado
en busca de provisiones. Desayunaron bien fuerte, y esta vez no
recogieron nada de lo que habían ensuciado, antes de irse. Sin perder
más tiempo, volvieron al vestíbulo, y ahora con algo más de reparo,
abandonaron el motel.
El aparcamiento estaba ocupado tan solo por el furgón policial. Esta
vez dejaron a Morgan solo al frente. Los demás ocuparon sus asientos
en la parte trasera, y partieron de nuevo. Morgan guió despacio el
coche por las afueras, en busca de un supermercado que había visto
junto a una zona industrial cuando venían de la estación de
servicio. De camino vio a un hombre colgado del cuello a una farola.
Se había atado una soga al cuello y pendía un metro del asfalto, ya
sin vida. Le faltaban los pantalones y la ropa interior, y al parecer
los infectados habían dado buena cuenta de él, ya que le habían
comido los pies y las piernas hasta la altura de las rodillas. Incluso
algún desaprensivo le había arrancado los genitales. Bajo su cuerpo
había una gran mancha de sangre, ya reseca, pero ni rastro de las
extremidades que le faltaban. Morgan se alegró que nadie más tuviera
que presenciar eso, y enseguida llegó al supermercado.
Se trataba de una de las franquicias de la cadena IFAI. Morgan
recordaba haber visitado en numerosas ocasiones la tienda de Sheol con
su mujer, y dudaba mucho que los saqueadores hubieran arrasado con
todo. Guió el vehículo hacia dentro del parking particular, donde
también se encontraron con un autobús escolar y un par de coches
abandonados. Lo dejó encarado hacia la salida, con la parte trasera
mirando a una gran abertura que tenía la persiana metálica, y giró
de nuevo la llave del contacto, maravillado al no haber encontrado de
nuevo a absolutamente nadie por las calles. Esa falsa sensación de
seguridad iba acrecentándose en su interior, y pese a que sabía que
eso no era bueno, no podía evitar sentirse mejor. Le daba la
impresión que tratasen de ofrecerle una tregua.
Al parecer un coche se había estampado contra la persiana, varias
veces, hasta dejarla como estaba ahora. La abertura era bastante
grande. Eso les daría la seguridad de que podrían entrar sin
problemas, aún con la incertidumbre de si quien había hecho ese
destrozo no se lo había llevado todo consigo. Morgan enseguida
desechó esa posibilidad, pues harían falta más de cinco trailers
para acabar con las existencias. Echó un vistazo alrededor para
asegurarse que no tenían compañía, y acto seguido abrió el portón
para que los demás le ayudasen a subir al furgón todo cuanto
necesitarían.
Cuando Christian vio donde estaban, un escalofrío recorrió su
espalda. Se encontraban de cara a la zona de los carros, donde a duras
penas faltaría media docena de ellos. Desde ahí se veía el enorme
cartel que promocionaba el nombre del supermercado. Agitó la cabeza
para alejar esos fantasmas de su cabeza. En ese momento Morgan salía
del interior del furgón con las tres linternas que tenían. Se
acercó al chico, con una tímida sonrisa en su cara, y le puso una
mano en el hombro al tiempo que le entregaba una de las linternas.
MORGAN – Que ironía… ¿No?
	A Christian el corazón le dio un vuelco. No había tenido ocasión
de digerir esas palabras, y empezó a pensar que Morgan conocía su
pasado. Pero era imposible; él no le había contado a nadie el motivo
por el que le habían metido en prisión. Apenas tuvo tiempo de
responder; Morgan se le adelantó.
CHRISTIAN – ¿Eh?
MORGAN – Que de vueltas da la vida. Hace cuatro días estabas en
prisión por robar un supermercado, y hoy has venido a robar a otro,
con un policía que en vez de detenerte, te va a ayudar a llevarte
más cosas.
	Christian se tranquilizó sobremanera al escuchar al policía. Había
malinterpretado sus palabras. Forzó una tímida sonrisa.
CHRISTIAN – Si…	
	Morgan se apartó de él y se dirigió al resto.
MORGAN – A ver. Esto lleva abierto a saber cuanto tiempo, y dentro
está oscuro. Y todos sabemos a quienes les gustan los sitios oscuros
para pasar el día. ¿Estamos? Yo iré delante. Bárbara, tú
acompáñame, y vosotros dos quedaos aquí junto a la puerta del
furgón. Cualquier cosa, pegáis un grito para avisarnos y os
encerráis otra vez ahí detrás. ¿Entendido?
	Los tres asintieron al unísono. Christian se sentó en el suelo de
la parte trasera del furgón, y estiró los brazos. Zoe se quedó
junto a la puerta por la que habían entrado los adultos, algo
nerviosa y dubitativa. Les vio encender las linternas y escuchó unas
voces, para enseguida acabar perdiéndoles de vista entre la penumbra
del interior del supermercado.
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Al otro lado de la vida 1x157 - Hostal de carretera, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Zoe se despertó a medianoche. Bárbara estaba dormida en la cama que
había a su lado. De la habitación contigua venía el leve susurro
del ronquido de Morgan. Pero había algo más; un sonido que no fue
capaz de descifrar de entrada, que provenía de la puerta que daba al
pasillo. Aún algo adormilada, se levantó de la cama y se dirigió
descalza hacia la puerta. Tenía necesidad de ir al servicio a hacer
pipí, por bien que la noche anterior Bárbara le había insistido en
que fuera si lo creía necesario, a lo que ella se había negado,
alegando que no tenía ganas. Pero ahora si que las tenía.
	Al abrir la puerta un ruido la sobresaltó y dio un traspiés hacia
atrás, asustada. Christian le puso una mano en la boca, para que no
gritase. Cuando estuvo seguro que no lo haría, se la quitó, para
limpiarse las lágrimas con la manga de la camiseta. Sorbió los mocos
y miró a la muchacha, que le observaba con el ceño fruncido, entre
la penumbra. La luna parecía querer emerger de nuevo de entre las
tinieblas, y su luz daba algo de claridad a la noche estrellada,
permitiendo al chico ver a Zoe. Llevaba puesta una camiseta que le iba
prácticamente el doble de grande. Lucía la marca de la herida que se
había hecho en la rodilla, pero ya no llevaba la venda, y sus piernas
desnudas, al igual que sus pies, le daban aún más aspecto de niña
pequeña.
CHRISTIAN – ¿Qué haces despierta a estas horas?
ZOE – Tengo que ir al lavabo.
CHRISTIAN – ¿Y no puedes esperar a mañana por la mañana?
ZOE – No.
	Christian esbozó una sonrisa, en silencio. No había conseguido
dormirse. En gran medida porque no podía quitarse de la cabeza la
imagen de su madre, aunque los ronquidos de Morgan también tenían
parte de culpa. Durante el día resultaba más llevadero, pues siempre
había algo en lo que ocupar la cabeza, pero cuando su única
compañía era la soledad y el silencio, todos esos recuerdos brotaban
para hacerle revivir de nuevo todo el sufrimiento que había acumulado
en tan poco tiempo. Había salido de su habitación, unos minutos
antes que la niña, y se había quedado mirando por la ventana, viendo
pasar a más de un infectado errante que caminaba por la carretera
desierta en busca de algo que echarse a la boca. Sorbió de nuevo los
mocos. No quería parecer débil frente a Zoe. 
ZOE – No pienses en eso.
CHRISTIAN – ¿Eh?
ZOE – No sirve de nada. No harás que vuelva.
	Christian frunció el entrecejo. Lo último que necesitaba en ese
momento era un sermón, y mucho menos de alguien ocho años menor que
él.
CHRISTIAN – ¿No tenías que ir al baño?
ZOE – Si.
CHRISTIAN – Pues venga, que te acompaño.
ZOE – Puedo ir sola.
CHRISTIAN – Pero yo quiero acompañarte.
ZOE – Pero...
CHRISTIAN – Me quedaré fuera, junto a la puerta, no voy a entrar
contigo.
	Zoe dudó por un momento, pero acabó cediendo.
ZOE – Bueno, vale. Como quieras.
	Christian cogió la linterna que había dejado sobre el antepecho de
la ventana y se avanzó. Con Zoe a la retaguardia se dirigieron hacia
el otro extremo del pasillo. Cuando estuvieron a una distancia
prudencial, donde la oscuridad era casi absoluta, Christian encendió
la linterna y enfocó al suelo, tamizando la luz con las dos manos,
consiguiendo un extraño juego de luces y sombras. No era prudente que
les vieran desde fuera. Caminaron bien juntos hasta la puerta del
baño, y Christian la abrió, sorprendido al ver que no gruñía como
el resto. El baño carecía de ventana, de modo que después de cerrar
la puerta, apartó sus dedos de la linterna y el haz de luz iluminó
por completo el cuarto, rebotando por los espejos.
	Tan solo había un par de lavamanos y dos puertas, cada cual con un
rústico cartel indicando el sexo de quien debiera entrar. Cedió la
linterna a la muchacha, y se quedó en la zona común. Se miró en el
espejo, y comprobó cuan ajado lucía su rostro. Llegó a ver la fea
cicatriz que tenía sobre la oreja, sus ya enormes ojeras y el aspecto
demacrado y consumido que lucía. Pero enseguida se extinguió la luz
tras la puerta del baño femenino, y le envolvió la más absoluta
oscuridad.
	Escuchó los pasos de Zoe, y cómo se abría otra puerta. Enseguida
oyó la inconfundible tonadilla del choque del pipí en el agua.
Aunque sabía que no debía temer a nada ahí dentro, el encontrarse
con tal oscuridad le hizo tener miedo. Era verdad que estaba asustado
mucho antes, pero el no poder ver ni un metro alrededor de donde se
encontraba, le hacía sentirse aún más indefenso. Zoe estaba
tardando más de la cuenta, tiempo después de haber acabado, y
Christian empezó a impacientarse. Para cuando quiso darse cuenta
escuchó de nuevo el gruñido de la puerta. Un leve hilillo de luz se
filtró por debajo de la siguiente, que enseguida se abrió.
ZOE – No hay agua.
CHRISTIAN – No me extraña.
ZOE – Pero no he podido tirar de la cadena.
CHRISTIAN – ¿Que más da eso ahora? Vámonos a dormir ya.
	Zoe asintió, y le entregó la linterna a su compañero. Tal como
habían entrado, salieron, y apagaron la linterna al acercarse de
nuevo a la ventana. Zoe se encaramó a ella, de puntillas, y miró la
calle desierta. Se había levantado algo más de viento y el ruido se
filtraba por las rendijas donde la ventana cerraba mal, produciendo un
ruido incómodo. Morgan ya no roncaba. Christian se colocó junto a la
niña, y miró también por la ventana. 
En la calle, junto a un alcorque donde compartían espacio un pino, un
rosal y un puñado de malas hierbas, había un hombre en pijama.
Caminaba encorvado, mirando nervioso en derredor, como si escuchara
voces provenientes de todas las direcciones. Aunque a esa distancia
era prácticamente imposible determinarlo, ambos concluyeron que se
trataba de uno de ellos. Las noches eran suyas, y ninguno de los dos
tenía intención alguna de privarles de eso.
CHRISTIAN – ¿Y esto va a ser siempre así?
ZOE – ¿El que?
CHRISTIAN – Toda esta mierda.
	Zoe levantó la mirada para cruzarla con la de Christian, pero él
miraba al hombre que deambulaba por la calle, que ahora rebuscaba
entre la tierra que había bajo el rosal. Al parecer había encontrado
algo que llevarse a la boca.
ZOE – Espero que no…
	Se quedaron un rato más observándole, en silencio, hasta que se
cansó de rebuscar entre la tierra, y continuó su camino al otro lado
de la calle. Cruzó finalmente una esquina y le perdieron de vista.
Quedaron un rato más en silencio, en el que Morgan aprovechó para
volver a roncar, algo más fuerte que antes.
CHRISTIAN – Será mejor que nos vayamos a la cama.
ZOE – Si. Yo tengo sueño.
	Se apartaron de la ventana, y cada cual se dirigió a la puerta de su
dormitorio.
CHRISTIAN – Buenas noches.
ZOE – Buenas… noches.
	Zoe se adentró en su habitación, algo contrariada. Christian hizo
lo propio en la suya. En menos de diez minutos, ambos habían caído
rendidos.

puntos 3 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x156 - Hostal de carretera, Midbar Norte
3 de octubre de 2008

BÁRBARA – Al menos... habrá camas donde dormir.
MORGAN – Más que suficiente.
	Morgan giró la llave en el contacto, extinguiendo la vida del motor.
Bárbara y él salieron del furgón, y los chicos enseguida se
reunieron con ellos. Se había levantado algo de viento, y en el suelo
se arremolinaron unas cuantas hojas caídas de los árboles cercanos.
El lugar parecía llevar olvidado mucho tiempo, más incluso que
tiempo hacía que el virus había azotado al país. Al parecer
carecía de nombre, pues lo único que vieron antes de acercarse a la
entrada fueron unos grandes neones, apagados, que decían MOTEL, bajo
los cuales se indicaba que había plazas libres donde aparcar.
	La puerta estaba entreabierta, lo que no gustó a ninguno de los
presentes. Incluso Zoe sostenía el revólver por debajo de la tela de
su vestido nuevo. La puerta gruñó en sus goznes cuando Morgan la
empujó. La ausencia de luz eléctrica jugaba en su contra, pero la
que se filtraba por las ventanas, pese a las cortinas de encaje, era
suficiente para ver que el vestíbulo, con la diminuta recepción,
estaba también en regla. Fue la paz que manaba del lugar, más
acogedor que tétrico dadas las circunstancias, la que les hizo caer
en la cuenta que la entrada también estaba despejada. En los tiempos
que corrían, raro era ver una calle en la que los infectados no
hubieran dejado su huella, ya fuera por un cubo de basura volcado, una
mancha sospechosa en el suelo, o directamente un cadáver a medio
comer en mitad de la calle. Pero ahí fuera todo estaba en regla. 
	Morgan gritó a pleno pulmón para asegurarse que no hubiera nadie
ahí dentro, para bien o para mal. Al no recibir más que silencio
como respuesta, cerró la puerta. La recepción disponía de unos
folletos que invitaban a visitar los principales enclaves turísticos
de Midbar, además de una libreta en la que se podía leer el nombre
de los últimos huéspedes, y un teléfono que todos ignoraron. Al
otro lado del mostrador había una estantería en forma de colmena que
contenía las llaves de veinte de las veintiuna habitaciones de las
que disponía el motel. Morgan agarró un par de ellas e invitó a sus
compañeros a que le siguieran; él siempre iba a la avanzadilla.
	Cruzaron una puerta de madera que tenía la parte baja muy desgastada
y más clara que el resto, y se encontraron en un largo pasillo. Al
fondo había una ventana con una planta seca en su antepecho. A ambos
lados se disponían las habitaciones de la planta baja, todas
cerradas. Junto a la entrada, unas escaleras que les llevarían a la
planta piso, y a su lado la puerta del lavabo común de la planta
baja. Sin saber aún muy bien por qué, Morgan se dirigió a las
escaleras, y gritó de nuevo el recurrente “¿¡Hola!?”, con
idéntico resultado. Se había percatado que faltaba la llave de la
puerta número 14, y algo en su interior le decía que debía
dirigirse hacia ahí. 
	La vieja escalera también gruñó cuando la pisaron para acceder a
la primera planta. Una vez arriba, se encontraron con un pasillo
idéntico al de abajo, solo que éste tenía una de las puertas
entreabiertas. Morgan no necesitó acercarse para saber que se trataba
de la número 14. Antes de dirigirse hacia ahí, comprobó por
enésima vez que tenía la escopeta cargada. Desde que empezase esa
pesadilla, se había vuelto enfermizamente maniático con eso, y
aunque sabía que lo estaba, porque no hacía ni un minuto que lo
había mirado, tuvo que volver a comprobarlo. Se tocó el costado para
asegurarse que también tenía munición de reserva. Los demás se
limitaban a seguirle en fila india, en el más absoluto silencio.
	Empujó la puerta con el cañón de la escopeta, y tuvo que apartar
la cara ante la vaharada de hedor que manó del interior de la
habitación. Morgan se preguntó si jamás tendría la sangre fría
necesaria para hacer lo que había hecho ese hombre. Había optado por
el mismo destino que el de su mujer, y eso le devolvió todos esos
malos recuerdos, como una bofetada. Iluminado por la luz que entraba
por la ventana, tenía los ojos abiertos, mirando a una gran mancha de
humedad del techo. Su muñeca izquierda lucía un corte limpio, y la
moqueta del suelo tenía una gran mancha negruzca, ya reseca, que daba
fe de que se había desangrado. Era un hombre más joven que él,
bastante delgado y con barba de varios días. Estaba sentado en una
mecedora.
	Pero sin duda no era su cadáver lo que más llamaba la atención.
Por toda la habitación, como si de una explosión se hubiera tratado,
había cientos de billetes de quinientos, doscientos y cien euros. Los
había por todo el suelo. Los más cercanos al brazo del cadáver
manchados de sangre; los había también sobre la cama, dentro de las
estanterías, junto a la puerta… Morgan puso el brazo como barrera
para que nadie entrara; nadie más necesitaba ver eso. Todos vieron el
dinero desperdigado por el suelo, pero ninguno alcanzó a ver quien
fuera su dueño. 
	Antes de cerrar para irse de nuevo, Morgan reparó en un cenicero que
había sobre la mesa, junto a la cómoda. Tenía un puro a medio
consumir, un puro excepcionalmente caro. Al lado del cenicero se
encontraba la caja de madera de la que aquel hombre lo había sacado,
a la que tan solo le faltaba uno. También había un mechero de a
euro. Morgan anduvo sobre los billetes y agarró uno de los puros de
la caja. Se lo mostró al muerto, como pidiéndole permiso. Acto
seguido se agachó y cogió un billete de quinientos euros del suelo,
para luego prenderlo con el mechero, y utilizarlo de mecha para
encender el puro. Bárbara, desoyendo la orden de Morgan, se aventuró
a entrar, y le pilló agitando el billete a medio consumir, que
enseguida arrojó al suelo.
BÁRBARA – ¿Qué haces?
MORGAN – Siempre quise saber lo que se siente.
BÁRBARA – Anda, déjate de tonterías. Vámonos de aquí, este
sitio me da escalofríos.
	Morgan dio una larga calada, notando el humo entrar en sus pulmones,
y enseguida volvió donde los demás. Las llaves que había cogido
eran del último piso, y ahí fue donde fueron a parar. Las dos
últimas habitaciones del pasillo, junto a la recurrente ventana.
Cuatro camas en total. Morgan y Christian ocuparon la habitación de
la izquierda. Bárbara y Zoe, la de la derecha, la que había junto a
la ventana del pasillo. Después de comprobar que todo estaba en regla
ahí dentro, cenaron y charlaron un rato, antes de irse a dormir.
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Al otro lado de la vida 1x155 - Carretera interurbana S-56
3 de octubre de 2008

Por una razón que ninguno de ellos alcanzó a comprender más
adelante, recogieron todo lo que habían utilizado para comer en aquel
merendero abandonado a la sombra de los altos pinos. Bárbara sacó
una bolsa de plástico, una de las que había cogido en la tienda en
la que conociera a Zoe en un tiempo que parecía ya muy lejano, y
guardó las latas vacías de refresco y los envases de las conservas,
ayudada de sus compañeros. Mirándola de nuevo, la mochila parecía
bastante vacía; no era tan pesada como en un principio, y aún con lo
que llevaba Morgan, habiendo cuatro bocas que alimentar no tardarían
mucho en agotar las existencias. Sobre todo era el agua lo que más
rápido había desaparecido.
	Abandonaron el merendero de piedra bien entrada la tarde, pero aún
con bastantes horas de luz por delante. Enseguida llegarían a Midbar,
y una vez ahí, pasarían la noche en algún refugio improvisado. Si
tenían suerte, saquearían un supermercado con el fin de restaurar
sus existencias. Ahora que tenían toda la parte trasera del furgón
por llenar, podrían acumular comida para varios meses sin ningún
tipo de problemas, en gran medida por el espacio del que disponían,
pero sobre todo por el hecho que era gratis. Además, el depósito del
furgón empezaba a flaquear, aún cuando Morgan había vaciado el
contenido de la garrafa de repuesto que había traído consigo.
	Con la lista de buenos propósitos en la cabeza, Morgan se puso de
nuevo tras el volante, y prosiguieron la marcha. Todos sabían que en
un núcleo de población era más probable tener compañía, sin
embargo necesitaban acercarse ni que fuera a las afueras, donde se
concentraban los grandes supermercados y estaciones de servicio. En
cuanto consiguieran todo cuanto pretendían tomar prestado, ya no
habría necesidad alguna de acercarse a un pueblo o ciudad en mucho
tiempo. Debían correr ese riesgo. De todos modos, siempre que no
anduvieran por las calles de noche y no armaran mucho jaleo, no
tendrían por qué tener problemas. Y si eso ocurría, con tal de
acelerar debería haber suficiente.
	Vieron pasar de largo el indicador que les decía que ya se
encontraban dentro del municipio. Morgan era el único que había
estado en Midbar anteriormente; el resto solo habían oído hablar de
él. El conductor tuvo que aminorar la marcha al acercarse a un paso
de peatones, por culpa de uno de aquellos dichosos resaltos. En
tiempos, él había sido un gran defensor de esa medida, pues las
estadísticas decían que disminuían considerablemente las muertes
por atropello en los pasos que disponían de ellos. Ahora, no solo
eran inútiles, sino que en una huída a toda velocidad, podrían
llegar a resultar un verdadero problema. Pasaron junto al imponente
edificio nuevo de la estación, con aquella fachada tan moderna, que
tantas críticas había cosechado los últimos meses. Ahora la gran
cúpula resultaba igual de imponente, pero algo más tétrica, ya que
solo iluminaba el espacio vacío, muerto, seguramente refugio de
infectados.
	Morgan se acercó a la primera estación de servicio que encontró en
las afueras, y aparcó el furgón junto a las puertas acristaladas de
la tienda contigua. Los surtidores parecían no funcionar. Le dijo a
Bárbara que esperase, y pisó tierra firme. Se acercó al cristal
para ver el interior. Estaba todo en silencio, tranquilo. Demasiado.
Trató de forzar la puerta, y al ver que no cedía, la golpeó con la
culata de la escopeta. Se apartó para no recibir la lluvia de
cristales que precedieron al golpe, y acto seguido entró por la
abertura que había hecho.
	Ahí dentro todo estaba tranquilo. Incluso una capa de polvo cubría
los estantes. Era realmente pequeña, con espacio para poco más que
la caja, unas pocas garrafas con gasoil, diesel, líquido refrigerante
y demás. Había también una pequeña nevera que aún contenía
algunos refrescos, e incluso algunos estantes con comida basura, pero
prefirió no aventurarse a coger nada de ahí; no era a eso a lo que
había venido. Cruzó el mostrador y abrió la puerta de la
trastienda, siempre con la escopeta por delante.
	La pequeña habitación tenía una ventana enrejada por la que
entraba suficiente luz para poder ver los repuestos de prácticamente
todo cuanto había en la diminuta tienda. Al menos habría dos docenas
de garrafas de 25 litros de gasolina. Mucho más de lo que
necesitaban. Sin pensárselo dos veces, agarró una de ellas y no sin
dificultad la llevó hacia la entrada. Bárbara y los chicos estaban
esperándole ahí. Christian se empeñó en ayudarle a subirla al
furgón, y aunque Morgan se negó en un principio, alegando que el
chico no debería estar del todo recuperado, acabó cediendo ante su
insistencia. Entre ellos dos y Bárbara subieron al furgón más de
doscientos litros de gasolina.
	Sin mayor demora, pues ya habían hecho todo cuanto habían venido a
hacer, ocuparon de nuevo sus asientos, y Morgan les sacó de la
gasolinera. Al hacerlo recordó a los chicos con los que se había
encontrado aquella mañana, los que habían acabado con la gasolinera
Amoco, arrasando la casa de Christian y llevándose por delante medio
Sheol. Durante un momento pensó que tal vez hubiera sido más
prudente quedarse en las proximidades de la zona del incendio. Si
todos los infectados habían huido en desbandada, lo más seguro
sería pensar que esa parte estaría vacía a esas alturas. Pero ya
era tarde para eso. Su objetivo era otro, aún no sabía cual, aunque
creía intuirlo, pero de lo que estaba seguro, es que estaba muy lejos
de Sheol.
	Siguió conduciendo por la carretera desierta, ahora encontrando
algún que otro coche todavía bien aparcado en su plaza. En un primer
momento tuvo la intención de pararse en algún supermercado para
acabar de recoger todos los suministros que habían acordado, pero
prefirió no tentar a la suerte. Aunque todavía no se había puesto
el sol, también era cierto que había infectados madrugadores, de
modo que fijó el destino en un lugar donde pasar la noche. Habían
discutido la posibilidad de hacerlo en la parte trasera del furgón,
como hicieran la jornada anterior, pero Morgan se negó. Decía que
había tenido mucha suerte de poder arrancar sin atraer a ninguno de
esos indeseables, y que no tenía intención de tentar de nuevo a la
suerte.
	No muy lejos de donde habían robado la gasolina, encontraron un
pequeño hostal de carretera. Aún no se podía decir que hubieran
entrado en Midbar. Morgan guió el furgón hacia el aparcamiento del
hostal. Parecía bastante humilde, pero resultaba suficientemente
acogedor para decidirse por él. Sobre todo teniendo en cuenta que el
tiempo jugaba en su contra. El aparcamiento estaba vacío, al igual
que todo cuanto habían encontrado desde que abandonaran el
campamento. 
Tanto Morgan como Bárbara, que eran los únicos que habían visto
todo desde la cabina de la furgoneta, se sorprendieron de ese hecho, y
se lo hicieron saber al otro. Ambos estaban inquietos por no haber
visto ni un solo infectado por el camino. Aunque sus vidas fueran
nocturnas, siempre había alguno que paseaba sin rumbo por las calles,
ajeno a todo. O alguno durmiendo bajo un puente, junto a un muro o a
la sombra de un árbol. Pero a medida que se acercaban a Midbar, su
omnipresencia parecía quedar en entredicho. Ahí no había ni un
alma; al parecer, estaba todo desierto.
puntos 2 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x154 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

De vuelta a la carpa de las mesas, Bárbara se tranquilizó bastante.
No quería hablar con nadie de lo ocurrido, y aunque sabía que era
una estupidez, recogió la pajarita de papel. Los demás actuaron como
si no hubiera pasado nada; no querían meter el dedo en la herida, y
como cada cual tenía sus propias tribulaciones con las que lidiar,
prefirieron dejarlo estar. Bárbara observó de nuevo la pajarita, y
trató de convencerse que había sido su subconsciente el que la
había engañado. La mancha parecía azul, y dejaba un surco similar
al de la tinta. De cualquier modo, nada podía verificarle ni negarle
que se tratase de la obra de su hermano mayor, y la posibilidad de que
así fuera era tan ínfima que lo dejó correr.
El café ya estaba prácticamente frío cuando se lo acabaron;
rondaría el mediodía.
OLGA – ¿No os queréis quedar, ni que sea unos días?
MORGAN – Todavía tenemos mucho camino por recorrer.
OLGA – Pero… todos los sitios estarán por un igual. No creo que
importe donde vayáis. A no ser que tengáis un barco o un
helicóptero con el que ir… no se, a una isla desierta o algo.
	Morgan la miró desafiante. Podía o no tener razón, pero le
molestaba que lo dijera tan abiertamente. Entonces cayó en la cuenta
de algo, y frunció el entrecejo. Se le había encendido una lucecita
en la cabeza, guiada por las descabelladas palabras de la muchacha, y
necesitaría tiempo para digerirlo. Ella parecía la mar de tranquila.
Del mismo modo que no le importaba que se quedaran, tampoco lo hacía
el que se fuesen. Ella lo único que quería era cuidar de su hermano,
y mezclarse con extraños, por amables que aparentasen ser, no formaba
parte de sus objetivos. Además, tampoco quería alejarse de la tumba
de su padre, del último nexo que les quedaba con el mundo previo a la
hecatombe.
OLGA – ¿Queréis quedaros a comer, por lo menos?
	Morgan miró a Bárbara. Como ellos eran los adultos, en cierto modo
los padres postizos de los dos chicos, se veía en la obligación de
contar con su aprobación para cierto tipo de cosas, al menos para las
menos relevantes. Ella estaba todavía demasiado embelesada mirando la
pajarita; ni tan siquiera había escuchado el ofrecimiento de Olga.
Christian, que tenía todavía algo de hambre, sin duda herencia de su
largo período de ayuno, tampoco dijo nada. Por alguna razón a él
tampoco le agradaba ese lugar; se sentía incómodo, inseguro. Tenía
la sensación que de un momento a otro aparecería un infectado tras
una lona y le pegaría un mordisco a cualquiera de los presentes.
Después de la historia que les había contado Olga, y con la colina
de los muertos tan cercana, prefería alejarse de ahí cuanto antes.
MORGAN – Creo que será mejor que partamos de nuevo. Las horas de
sol valen su precio en oro, y ya hemos perdido mucho tiempo.
OLGA – Aquí hay electricidad para mucho rato, y comida de sobra,
otra cosa no, pero comida y agua…
MORGAN – No insistas.
OLGA – Bueno, como queráis. Si en algún momento necesitáis
volver, lo más seguro es que nos encontréis aquí.
MORGAN – Bueno está.
	Morgan se levantó de su asiento. Bárbara se guardó la pajarita en
el bolsillo del pantalón y se levantó también, al tiempo que
Christian le daba dos besos de despedida a Olga. La chica les
agradeció nuevamente que la hubieran ayudado. Zoe levantó la mirada
y se acercó de nuevo a los mayores, al igual que hizo Gustavo. La
despedida fue corta y algo incómoda. Bárbara luchaba por quitarse de
la cabeza la idea que había nacido en ella al ver aquella maldita
pajarita, pero todavía se encontraba algo desubicada. Tal como
habían llegado, subieron de nuevo al furgón y bajo la atenta mirada
de aquellos muchachos huérfanos, retomaron el camino que habían
dejado un par de horas antes.
	Bárbara ocupó nuevamente el asiento del copiloto. Zoe y Christian
estaban en la parte trasera. Enseguida dejaron atrás el campamento.
El camino estaba totalmente despejado de coches y de infectados.
Morgan se preguntó a dónde habrían ido a parar los que habían
arrasado con el campamento. Confió que no hubieran ido a Midbar, pues
con toda seguridad tendrían que pasar ahí la noche. El silencio se
hizo más latente cuanto más tiempo pasaba. Bárbara se limitaba a
mirar por la ventana, con la mente ocupada en sus cosas. Morgan le
echó un vistazo, para volver la vista de nuevo a la carretera.
MORGAN – ¿Me vas a contar ahora a que vino todo lo de antes?
	Bárbara le miró por un momento; acto seguido miró el salpicadero.
Ocultaba con la mano derecha la pajarita de papel.
BÁRBARA – Un verano, cuando era pequeña, mi hermano aprendió a
hacer pajaritas de papel. Tenía la costumbre de dibujarles una
sonrisa y unos ojos. Yo nunca llegué a aprender, aunque él trató de
enseñarme. Lo que hacía era regalarme las que él hacía. Una tarde,
volviendo del parque con mi madre, me encontré más de dos docenas de
pajaritas en mi cuarto. Estaban por todas partes; en el suelo, sobre
la cama, en la mesa, las estanterías… Todas tenían la misma
sonrisa y los mismos ojos.
	Bárbara abrió la mano en la que tenía la pajarita, y la miró.
BÁRBARA – Vi esto en una de las mesas, y creí que la había hecho
él…
Morgan la miró un momento.
MORGAN – Pero esa no tiene nada dibujado.
BÁRBARA – Me dio la impresión que tenía una mancha de tinta. Con
lo que llovió podría haberse corrido.
MORGAN – ¿Pero tú sabes dónde está tu hermano?
	Bárbara cerró de nuevo la mano, y centró la vista de nuevo en el
salpicadero. Respiró hondo.
BÁRBARA – Está muerto. Igual que todos.
	El silencio se apoderó de nuevo del furgón. Morgan prefirió no
insistir más en el tema, pues veía que le afectaba, y por su parte
no tenía ni necesidad ni curiosidad por indagar más. De modo que
continuaron su camino. Parecían seguir al sol, que tenían en frente,
por la carretera desierta. El cielo estaba totalmente despejado, de un
azul intenso; no se había percatado de la tragedia que había azotado
al planeta, y lucía bello y esplendoroso, ajeno a todo.
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x153 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

OLGA – Tenemos todo lo que necesitamos, y este sitio… al menos es
más seguro que la ciudad… Por lo menos ya lo conocemos.
	Morgan dedujo que también tendría algo que ver el que no se
quisieran alejar de su padre. Tenía pensado pedirles que les
acompañaran, más por compromiso que por voluntad, pero eso le acabó
de convencer que no hacía falta.
MORGAN – Entonces supongo que está de más que os pregunte si
queréis venir con nosotros.
OLGA – ¿Dónde vais?
MORGAN – Nos dirigimos al sur, en busca de un lugar seguro.
OLGA – ¿Pero a donde? ¿A un lugar concreto o… más a la
aventura?
	Morgan miró sus penetrantes ojos marrones. El silencio le
respondió.
OLGA – Entonces no. No, pero no me malinterpretes. De verdad que
agradezco que me lo propongas, de verdad, pero no me quiero arriesgar
a nada, teniendo que cuidar de éste.
	Gustavo ya se había distraído otra vez, y jugaba con Zoe cerca del
centro de comunicaciones. Bárbara les miraba, maravillada al ver a
Zoe como una niña, por primera vez desde que la conoció. Ahí veía
a dos críos despreocupados jugando, dos niños a los que el recuerdo
de la muerte trágica de sus padres no les atormentaba, al menos no en
ese preciso momento. Esa imagen le trajo a la mente memorias que
todavía eran muy duras de recordar. Su mirada se dirigía de vuelta a
donde estaba la conversación, pero no pudo evitar ver algo sobre otra
de las mesas que había en el comedero. Frunció el entrecejo y el
corazón empezó a latirle a toda velocidad.
	Olvidó todo lo demás, dejando a Morgan y Olga hablando solos, y
ante la mirada curiosa de Christian, se dirigió a toda prisa a la
otra mesa. Al llegar, sus suposiciones tomaron forma de una manera
demasiado dolorosa. Tragó saliva, todavía sin poder creerse lo que
estaba viendo, y posó su mano derecha sobre la pajarita de papel. El
agua de la lluvia había echado buena cuenta de ella, pero todavía
podía intuirse un borrón de tinta en la parte de arriba. Lo que
rondaba por su cabeza era estúpido, estúpido e ingenuo, ingenuo e
imposible. No obstante, no pudo evitar llorar.
	La repentina excitación de la profesora había llamado la atención
de los demás, y había hecho cortar repentinamente la conversación
de sobremesa. Todos vieron cómo se daba media vuelta, con los ojos
bañados en lágrimas, sin comprender qué era lo que pasaba por su
cabeza. Vieron como corría entre sollozos y desaparecía tras una de
las grandes lonas verdes, en dirección a la misma colina que había
conseguido ponerle los pelos de punta poco antes. Olga preguntó a
Morgan si comprendía a qué venía eso; Morgan negó con la cabeza.
Christian mostró su igual desconcierto. Hasta los niños dejaron de
jugar, para quedarse expectantes.
	Bárbara corrió hacia la colina que hacía las veces de cementerio.
La alcanzó enseguida, y comenzó a mirar los cuerpos muertos,
agujereados y mutilados, que ahí había. Se hizo paso entre la
muchedumbre, observando una a una las caras desencajadas y frías de
los que habían perdido la batalla. A cada segundo que pasaba, la
ansiedad que notaba se volvía más y más latente, pues entre esas
caras no se encontraba la que ella estaba buscando, por bien que lo
último que hubiera deseado en la vida fuera encontrarla.
	Desde ahí el montón parecía más pequeño de lo que había pensado
al verlo desde la parte baja; enseguida lo cubrió, zigzagueando de un
lado al otro. No tardó mucho en llegar a lo más alto, después de
haber mirado concienzudamente más de siete docenas de rostros
extintos, todos absolutamente desconocidos y anónimos para ella. Ahí
arriba se veía un montículo de tierra que había sido movida
recientemente. El montículo tenía el tamaño y la forma de una
persona, y sobre él había u na rudimentaria cruz hecha con dos
tablas de madera. En una de ellas se podía leer el nombre del padre
de aquellos muchachos.
	Ahora se sentía aún más estúpida e idiota que antes. Se había
prometido no volver a pensar en eso. Creía que tenía asumido ese
capítulo de su vida, pero al parecer los cimientos en los que se
basaba su aparente fortaleza se encontraban en arenas movedizas. Echó
un rápido vistazo alrededor, registrando de nuevo las facciones de
personas a las que ya había mirado, sin saber apenas cómo había
llegado ahí. Entonces vio como Olga y Morgan se acercaban donde ella.
Morgan parecía enfadado, pero ella sabía que en el fondo estaba algo
preocupado.
MORGAN – ¿Se puede saber qué bicho te ha picado a ti?
	Bárbara le miró, con los ojos ya secos; las mejillas refrescadas
por las lágrimas que hacía tan poco las habían surcado. Bárbara se
volcó hacia Olga.
BÁRBARA – ¿Aquí no están todos, verdad?
OLGA – ¿Eh?
	Bárbara respiró hondo.
BÁRBARA – Los refugiados. Habrá algunos que consiguieran escapar,
¿no?
OLGA – Bueno… Si, los soldados. Se fueron enseguida, con los
jeeps, y tampoco te creas que todos. Muchos de ellos están aquí.
BÁRBARA – ¿Y ciudadanos, gente normal?
OLGA – Uy, lo dudo mucho. Nosotros nos salvamos por los pelos.
Había demasiados infectados, y salían por todas partes. 
BÁRBARA – Pero alguno pudo haber escapado, ¿no?
	La respuesta era un no contundente. Para cualquiera que hubiera
presenciado aquella masacre, la sola idea de que alguien pudiera
escapar de ahí sin recibir un mordisco era poco menos que un
disparate. Sin embargo Olga miró en los ojos de Bárbara, y le
ofreció lo que parecía estar pidiendo a gritos.
OLGA – Si, supongo que si.
	Un escalofrío recorrió la espalda de Bárbara.
MORGAN – ¿Bárbara, hay algo que nos quieras contar?
	La profesora ignoró a Morgan; Olga le resultaba más útil en esos
momentos. Christian, seguido de cerca por los niños, subía la colina
para reunirse con ellos. 
BÁRBARA – ¿Recuerdas a un hombre de unos cincuenta años, alto
como yo, con el pelo corto, moreno, con muchas entradas, y con bigote?
	Olga se sentía incómoda. Creía saber lo que rondaba por la cabeza
de Bárbara, al menos a grandes rasgos, pero no podía ofrecerle la
respuesta que ella deseaba oír.
OLGA – Aquí había mucha gente.
	Bárbara se enfadó consigo misma por no haber cogido la foto que
había encontrado en la escuela. Si la tuviera ahora entre las manos,
se la podría enseñar a Olga, y tal vez ella pudiera darle alguna
respuesta. Entonces cayó en la cuenta que estaba haciendo el
estúpido. Su hermano estaba muerto, ella lo sabía de buena fuente.
Negarse a eso no haría más que empeorar las cosas; lo acababa de
comprobar. Esa pajarita la podría haber hecho cualquiera. Como bien
decía Olga, ahí había mucha gente. Lo que ella creyó era la tinta
corrida de lo que en tiempos fuera un ojo y una tonta sonrisa en la
cabeza de papel, con toda seguridad no fuera más que parte de la
suciedad que había esparcida por la mesa. Esa explicación tenía
mucho más sentido que la rocambolesca falacia que su corazón le
había obligado a creer durante unos minutos.
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Al otro lado de la vida 1x152 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

De vuelta al campamento Olga les invitó a sentarse en las sillas que
había en el comedor, y se dirigió a otra de las carpas pequeñas que
no habían llegado a revisar. Zoe y Gustavo se habían alejado un poco
y jugaban con una pelota de fútbol a la sombra de un pino. Bárbara,
Morgan y Christian se habían sentado en uno de los bancos que había
al lado de la gran mesa central, y esperaban pacientes la vuelta de su
anfitriona, siempre con un ojo oteando el perímetro, y el arma
preparada para cualquier imprevisto. De todos modos, ese paraje
parecía muy tranquilo, más desde ahí que no podían ver la colina
de los cadáveres.
	En cuestión de cinco minutos, Olga apareció tras una lona,
sosteniendo una cafetera humeante con una mano, y una bandeja con
pastas y unos vasos de plástico con la otra. Al parecer había tenido
tiempo de asearse un poco y lucía el pelo recogido en una coleta, las
manos limpias y una muda nueva, seguramente procedente del mismo lugar
que el vestido que se había apropiado Zoe, cuya dueña descansaba en
aquella espeluznante colina. Se acercó a ellos sin perder la sonrisa
de la cara, y de un grito hizo acercarse a su hermano, pues creía que
se encontraba demasiado lejos. El chico acató la orden en seguida, y
Zoe le siguió. 
A la sombra de los pinos y resguardados del viento por una de las
lonas, que se mecía con suavidad en ocho de sus soportes, Olga
repartió los vasos y los llenó de café, dejando la bandeja a mano
de todos. Zoe y Gustavo tomaron buena cuenta de ella. En seguida se
sentó con los visitantes, y dejaron pasar unos segundos más para
saborear la paz que se vivía ahí, lejos de la ciudad, aunque por
motivos muy diferentes a los que se podrían alegar en los buenos
tiempos. Morgan agarró una palmerita y le pegó un mordisco.
MORGAN – Estoy esperando.
OLGA – Si… ¿Te refieres a lo de la colina? Aunque será mejor que
empiece por el principio, ¿No?
MORGAN – Como prefieras.
OLGA – No os contaré gran cosa que no sepáis ya. En Midbar las
cosas se pusieron imposibles a mitades del mes pasado. Porque ya es
octubre, ¿no?
	Se miraron los unos a los otros, sin atreverse a responder. A esas
alturas, todos habían perdido la noción del tiempo, pues éste
carecía ya de importancia. Lo único que importaba era si era de día
o de noche, y para saber eso, no necesitaban relojes ni calendarios.
OLGA – Supongo que eso ya no importa. Fueron los soldados, no la
policía. Iban en grandes jeeps, casa por casa, recogiendo a los
supervivientes, y trayéndolos aquí. Decían que Midbar ya no era un
lugar seguro, y cualquiera podría haberlo jurado al asomarse por las
ventanas, sobre todo por las noches. El caso es que desalojaron a
media ciudad y nos trajeron aquí. La otra media estaba tirada por los
suelos de las calles, o andando por ellas…
	Olga tuvo un escalofrío, se llevó el vaso de café a los labios y
dio un sorbo corto.
OLGA – Esto parecía la salvación, desde luego. Teníamos donde
dormir, comida y agua a discreción y centinelas en todos lados
preparados para cualquier imprevisto. Estábamos aquí con nuestro
padre…
	Gustavo miró a Olga, ella le devolvió la mirada; había perdido la
sonrisa. No obstante, era una mujer fuerte.
OLGA – Todo fue bien, hasta anteayer. Habían aparecido antes, sobre
todo por la noche, pero los soldados se habían encargado de ellos sin
problemas. Escuchábamos disparos, y eso en vez de asustarnos nos
hacía sentirnos más seguros. Pero anteayer… Todavía no era de
noche. Estábamos acabando de comer, y algunos estaban echando la
siesta en los dormitorios. Fue horrible. Venían en estampida, al
menos habría… me atrevería a decir que había por lo menos mil.
Vinieron sin avisar, nadie se lo esperaba y echaron abajo las vallas
por varios puntos. Reinó el más absoluto caos; la gente corría para
salvar sus vidas, y los soldados no daban abasto. Empezaron a disparar
a discreción, sin mirar a quien. Nosotros nos refugiamos en la copa
de ese roble.
	Todos miraron el mismo roble del que ahora pendía la cuerda que
había sacado a Olga de aquel agujero. Tanto Bárbara como Morgan
asociaban la estampida de la que hablaba Olga a la que ellos mismos
habían tenido que esquivar después de la explosión de la gasolinera
Amoco. Les extrañaba que hubieran podido llegar tan lejos en tan poco
tiempo, pero tratándose de quienes se trataba, ya nada les
sorprendía.
OLGA – Estábamos juntos, pero habíamos perdido a nuestro padre.
Desde ahí vimos como los infectados se hacían con todo, como mataban
a la mitad de la gente. Los soldados acabaron cogiendo sus jeeps y
huyeron, los muy… cobardes, dejando tirados a los civiles. Tal como
vinieron, lo barrieron todo, llevándose por delante todo lo que se
encontraron, y desaparecieron. Nosotros pasamos la noche en el árbol,
por si acaso, y no bajamos hasta ayer por la mañana. En el campamento
ya no quedaba nadie, estábamos nosotros solos… y los muertos que
habéis visto en aquella colina.
	Gustavo se acercó a su hermana, y ésta le sostuvo la mano con
ternura.
OLGA – Uno de ellos era nuestro padre. No lo habían matado los
infectados, lo habían hecho las balas de esos… hijos de puta. Lo
mataron como a un perro. Aunque entre eso y acabar infectado, me quedo
con eso.
	Morgan miró a Christian. Christian le devolvió la mirada
entrecerrando los ojos y arrugando la frente. Acto seguido todos la
miraron en silencio, elogiando su entereza. El hermano parecía algo
más abatido, ahora.
OLGA – Le llevamos arriba de la colina y lo enterramos como Dios
manda. Luego vimos al resto de los que habían caído, y decidimos
llevarles ahí también. No pudimos enterrarlos a todos, pero si nos
queremos quedar en el campamento, no nos apetecía estar rodeados de
ellos. Así que nos pasamos toda la tarde llevándolos ahí. Creo que
ya no nos queda ninguno.
MORGAN – ¿Hacia donde fueron?
	Olga señaló en una dirección. Coincidía con la que llevaban los
infectados que huyeron del incendio de Sheol, y por fortuna no era el
sur, de modo que sus planes no se veían truncados.
MORGAN – ¿Y qué tenéis pensado hacer ahora?
OLGA – Seguir juntos, aquí, el tiempo que haga falta.

puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x151 - Colina junto al campamento de refugiados, afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

Pasaron junto al macabro lienzo de cadáveres con la impresión que
más de uno les estaba mirando. Pero no era así; todos y cada uno de
ellos estaban más que muertos, y buena fe de ello daban las moscas
que había por doquier, muchas de las cuales habían puesto sus huevos
en la carne magullada, ahora festín de robustos gusanitos que
retozaban felizmente en la abundancia, surgiendo de las heridas, las
narices y las bocas abiertas de muchos de ellos. El olor resultaba
cada vez más insoportable, pero el chico les guió más allá de los
muertos, hasta alcanzar un viejo roble.
	¡Gus! Una voz femenina sonó en el desolador paraje, para sorpresa
de los presentes. Gustavo se paró frente a una zona en la que se
había desprendido la tierra, todavía bastante llena de barro, a la
sombra del gran árbol, y los que le seguían no tardaron en
alcanzarle. 
GUSTAVO – ¡Estoy aquí, Olga! ¡Traigo ayuda!
	Cuando finalmente llegaron al lugar de los hechos, Gustavo ya les
miraba con impaciencia. Vieron a una chica de unos veinte años, tal
vez incluso menos, igual de sucia que el muchacho. Christian se
esforzó por eliminar de su cabeza la imagen que había visto por
internet de una lucha femenina en el barro; ella parecía una de las
contrincantes. La chica les miró desde su posición, con una amplia
sonrisa en la boca. Se encontraba en medio de un gran socavón cuyas
paredes eran tan empinadas y estaban tan embarradas que resultaba
imposible de escalar. Daban fe de ello las marcas que había por
muchas de las paredes, que demostraban como se había escurrido una y
otra vez al intentar subir.
OLGA – ¡Hola! ¡Siento no poder darles la mano!
BÁRBARA – ¿¡Qué te ha pasado!?
OLGA – ¡Me caí, y ahora no puedo subir!
MORGAN – ¡¿Cuánto tiempo llevas ahí?!
OLGA – ¡Poco! ¡Apenas un par de horas!
MORGAN – ¡No te muevas que iremos a buscar algo con lo que sacarte!
OLGA – ¡Tranquilo, no voy a ir a ninguna parte!
	Morgan se sintió estúpido, pero no pudo evitar esbozar una leve
sonrisa. Le gustaba sentirse útil, y ver a alguien en problemas al
que poder ayudar siempre le subía el ego. Se acercó a Christian y al
joven salvaje y les dijo que le acompañaran a buscar alguna cuerda
con la que pudieran ayudar a subir a Olga de ahí. Bárbara y Zoe se
quedaron con la chica, a una distancia prudencial de la pendiente,
para no sumarse a ella, mientras los varones volvían al campamento.
OLGA – ¡¿Por qué habéis vuelto?!
BÁRBARA – ¡¿Cómo que vuelto?!
OLGA – ¡¿No erais refugiados de aquí?!
BÁRBARA – ¡Que va! ¡Nosotros venimos de Sheol!
OLGA – ¡¿Y qué tal está Sheol?!
BÁRBARA – ¡Digamos que… no es lo que era!
OLGA – ¡Pues entonces igual que Midbar!
BÁRBARA – ¡Yo soy Bárbara, ella es Zoe!
OLGA – ¡Encantada! ¡Yo me llamo Olga! ¡A mi hermano Gus ya le
conocéis!
BÁRBARA – ¡Si… algo así!
	Para cuando quisieron darse cuenta, Morgan y compañía ya estaban de
vuelta. El policía sostenía una gran cuerda verde, del mismo verde
de las lonas que cubrían las carpas del campamento. Los dos chicos le
seguían, en sendos costados, como guardaespaldas. Sin mediar palabra
Morgan agarró un extremo de la cuerda y lo ató fuertemente al tronco
del roble, preguntándose por qué motivo no había hecho Gustavo eso
antes. Cuando estuvo satisfecho del nudo, agarró el otro extremo de
la cuerda y lo arrojó a aquella gran zanja, dejándolo cerca de la
chica, que enseguida lo agarró. Morgan le dijo algo a Christian y a
Bárbara, y los tres sostuvieron con fuerza la cuerda.
MORGAN – ¡¿Dale un par de vueltas a la cuerda en una de las manos
y agárrate con fuerza, vale?!
OLGA – ¡Vale!
	Olga acató la orden del policía y se acercó al principio de la
cuesta. Por arriba la cuerda ya estaba tensa y empezaron a elevarla.
Al principio resultó muy fácil e incluso divertido, pero Olga no
tardó mucho en resbalarse con el lodo y darse de bruces contra el
barro. Quedó suspendida un momento pero enseguida soltó la cuerda,
que empezaba a hacerle daño en la mano. Lo intentaron un par de veces
más antes de darse por vencidos.
OLGA – ¡Lo siento! ¡Es más difícil de lo que parece!
MORGAN – ¡Tranquila! ¡Hagamos otra cosa, átate la cuerda al
torso, por debajo de las axilas, y te arrastramos hacia arriba, ya no
te vendrá de mancharte un poco más!
OLGA – ¡Si que es verdad que me hace falta una ducha!
	La muchacha se ató la cuerda tal como se lo había dicho Morgan, y
se sentó en el suelo, de espaldas a la pendiente embarrada. La fuerza
de quienes tiraban de la cuerda fue más que suficiente para hacerla
llegar arriba en un abrir y cerrar de ojos. Una vez se encontró en lo
más alto, siempre después de alejarse del borde, Olga comenzó a
desatarse la cuerda, cuando su hermano la placó con un gran abrazo
que casi la tira al suelo. Ambos muchachos estuvieron hablando a solas
unos momentos, en voz baja, Dios sabe de qué, y enseguida se
reunieron con los visitantes. Olga se acercó a Morgan con una amplia
sonrisa en la boca, impropia de los tiempos que corrían.
OLGA – Muchísimas gracias, de verdad. Sin vuestra ayuda todavía
estaría ahí abajo. Y gracias por cuidar del enano.
	Olga trató de acariciar la cabeza del chico, pero solo consiguió
mancharla aún más de barro. Éste se apartó, y le dio un codazo
amistoso.
MORGAN – ¿Alguien me puede contar qué es todo eso?
	Morgan señaló la plantación de cadáveres que había a su lado.
OLGA – Esos… esos son los demás refugiados que había con
nosotros en el campamento. Al menos una parte de ellos.
MORGAN – ¿Qué fue lo que pasó con el resto?
OLGA – Es una larga historia. Si queréis vamos al campamento y os
la cuento. Tenemos café. ¡Café caliente!
MORGAN – Esa es una oferta que no puedo rechazar.
puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x150 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

Zoe se refugió detrás de Christian, sin llegar a rozarle, pero
utilizándole de escudo ante la visita hostil que acababan de recibir.
Christian la miró, arrugó un poco la frente y volvió la cara al
muchacho que había tras la puerta. Parecía sacado del libro de la
selva. Apenas tendría catorce años, pero su aspecto asalvajado le
hacía parecer aún más joven. Su corta melena negra alborotada y
sucia, sus pantalones cortos tan manchados de barro que no dejaban
averiguar cual era su color, la camiseta rasgada e igualmente llena de
lodo fresco y el hecho que le faltara un zapato, daban aún más
credibilidad a su amenaza. Sin embargo, Morgan parecía bastante
tranquilo, pese a ser encañonado a menos de tres metros.
MORGAN – Si quieres intimidarnos, sería mejor que las cargases
antes.
El chico miró las pistolas, sin comprender a qué se refería. 
MORGAN – ¿No ves que no tienen cargador ninguna de las dos?
Volvió a mirarlas, y entonces comprobó que el policía estaba en lo
cierto. Acto seguido las bajó, más asustado que nunca, y salió
corriendo en dirección contraria, dejando caer las inútiles armas en
su frenética huída. Los cuatro se quedaron mirando al cazador
cazado, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
GUSTAVO – ¡No dispares, por favor!
	Morgan y Bárbara cruzaron las miradas por un momento, antes de salir
en su busca. El chico corría como las balas, y enseguida desapareció
tras otra de las carpas, una que estaba vacía por dentro. Sus
perseguidores insistían en que no huyese, alegando que no había nada
de lo que preocuparse, que no le harían daño. Él hizo caso omiso.
Bárbara llegó antes que Morgan al otro lado. Cuando el policía la
alcanzó, ambos se quedaron parados. El muchacho había desaparecido.
	El policía y la profesora dieron un rodeo por la zona, tratando de
averiguar por donde se había metido el chico. Pasaron varios minutos,
hasta el punto que concluyeron en que sería inútil seguir buscando,
pues ya había tenido tiempo para llegar muy lejos al paso que iba.
Entonces, escucharon un estornudo. Desde ahí podían ver a Zoe y a
Christian en la puerta del inservible centro de comunicaciones. No
habían llegado a salir en ningún momento, y no era ninguno de ellos
quien había estornudado. Morgan aguzó el oído y miró en la
dirección en la que creía que había venido.
	Ahí no había más que una de las robustas barras metálicas que
sostenían la carpa, junto a una gran lona de plástico verde, y una
especie de baúl de mimbre bastante ajado por la intemperie. Morgan
señaló con la cabeza el baúl; Bárbara asintió con la cabeza.
Ambos se dirigieron hacia ahí, tratando de hacer el menor ruido
posible, y cuando lo alcanzaron, fue Morgan quien agarró la tapa, y
la abrió de un tirón.
	El chico soltó un grito de sorpresa y pánico que quedó grabado en
los tímpanos de quienes le habían encontrado. Se levantó de un
salto, pues estaba hecho un ovillo ahí dentro, y trató de huir
nuevamente. Esta vez Morgan fue más rápido y le agarró de la
muñeca, impidiendo que fuese a ninguna parte. El chico trató de
zafarse dando un par de tirones, pero Morgan era mucho más fuerte.
Trató de levantarse sin conseguirlo, e incluso optó por morder el
brazo del policía, pero éste le apartó la cara sosteniéndole la
frente. Para entonces ya había empezado a llorar, y no paraba de
agitarse, totalmente fuera de sí.
MORGAN – Tranquilízate, por el amor de Dios.
GUSTAVO – No me hagas daño, por favor.
BÁRBARA – Nadie te va a hacer daño.
	El chico se les quedó mirando, con los ojos vidriosos, y se
tranquilizó un poco. Se limpió las lágrimas con el dorso del brazo
que le quedaba libre.
MORGAN – Ahora te voy a soltar.
	Gustavo asintió, tragando saliva. Morgan le soltó y el chico se
quedó quieto. Ante la mirada de sus captores, salió del baúl de
mimbre, y se les quedó mirando, asustado a la par que avergonzado.
Zoe y Christian aparecieron tras la lona verde, igualmente curiosos y
extrañados. Unos segundos de silencio hicieron aún más incómoda la
situación para el morador del devastado campamento.
BÁRBARA – ¿Nos puedes contar lo que ha pasado aquí?
	El muchacho se puso a llorar de nuevo. Bárbara trató de
tranquilizarle, pero al acercarle la mano al hombro, éste la apartó
con rapidez.
BÁRBARA – Si no nos dices qué te pasa no podremos ayudarte.
GUSTAVO – ¡Es mi hermana!
	Bárbara le miró sorprendida. Por su cabeza circularon docenas de
ideas. Sin saber cómo, todas acababan con la imagen de una muchacha
semejante a ese pequeño salvaje, pero infectada, corriendo tras él
para matarle. Eso explicaría muchas cosas.
BÁRBARA – ¿Qué le ocurre a tu hermana?
GUSTAVO – ¡Está atrapada! Yo no…
	Sorbió los mocos y volvió a limpiarse las lágrimas con el
antebrazo, que con lo sucio que estaba de barro, no hizo más que
mancharle aún más la cara. 
BÁRBARA – ¿Dónde está tu hermana?
	El muchacho señaló en dirección a la carpa del dormitorio; sin
embargo se refería a un lugar al otro lado de la misma. Un extraño
brillo se apoderó de sus ojos. Bárbara miró a Morgan y éste
asintió con la cabeza. 
MORGAN – Vayamos a ver…
	El chico se alejó de ellos nuevamente, pero esta vez no huía, sino
que les guiaba hacia el lugar donde al parecer se encontraba su
hermana. Le siguieron al trote y al pasar al otro lado de la carpa de
las camas, pudieron ver el dantesco espectáculo que las enormes lonas
verde oliva les habían impedido ver la primera vez que pasaron por
ahí. Al otro lado de una valla metálica que tenía más de cinco
metros caídos sobre el suelo, a unos cien metros del refugio, se
erguía una pequeña colina. 
Sobre la colina había un manto uniforme de cadáveres, que cubrían
todo el terreno en más de quinientos metros cuadrados, ocupando todo
el suelo. La imagen resultaba aún más espeluznante al ver cómo
todos y cada uno de ellos estaban en la misma posición, mirando al
cielo, hombro contra hombro, boca arriba en el suelo, como en una
extraña formación casi perfecta. El chico les instó a continuar,
pues quienes le seguían se habían quedado horrorizados y habían
detenido su marcha. Aún atónitos por el desagradable espectáculo,
siguieron al muchacho, sin dejar de mirar la sábana de muerte a la
que se dirigían.
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Al otro lado de la vida 1x149 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

El lugar parecía tranquilo. Morgan guió el vehículo hacia la
entrada del campamento, pasando por encima de una de las dos puertas,
que yacía volcada en el suelo. Él y Bárbara miraron a su alrededor
algo desconfiados, con el coche en marcha a muy poca velocidad. Aquel
lugar se veía aún más muerto y abandonado que Sheol y Etzel.
Parecía más bien la instantánea del momento del más absoluto caos,
a la que únicamente faltaban los refugiados. Estaba todo silencioso,
vacío y desordenado. Morgan guió el furgón al extremo de la gran
explanada alrededor de la cual se organizaban todas aquellas
improvisadas estancias y paró el motor.
BÁRBARA – ¿Qué crees que haya podido pasar?
MORGAN – No lo sé. Me extraña mucho que no haya nadie. Por esta
zona no creo que haya apenas infectados, estamos todavía muy lejos de
Midbar.
BÁRBARA – ¿Salimos?
MORGAN – Salgamos, ni que sea para asegurarnos que no hay nadie.
¿Tienes la pistola?
	Bárbara mostró su automática a Morgan, mientras éste agarraba su
escopeta.
MORGAN – En marcha.
	Salieron del furgón, mirando las grandes carpas que había por
doquier, todas acompañadas de enormes focos de luz, todos apagados.
Fueron hacia la parte trasera del furgón. Zoe y Christian se les
unieron. Todos juntos, caminaron hacia la primera de las carpas. Cada
cual sostenía con fuerza su arma, incluso Christian, que se había
adueñado de una robusta rama de madera que encontró en el suelo nada
más salir del furgón. Se trataba de un enorme dormitorio. Tenía
más de dos docenas de literas de metal, y alrededor de cien juegos de
colchones y colchonetas con sábanas, repartidos irregularmente por el
suelo. Todos vacíos; todos sin hacer. Al acercarse un poco más
pudieron comprobar que había manchas de sangre por el suelo y por
varias de las sábanas.
	Christian y Morgan se separaron del grupo y comenzaron a investigar
por su cuenta en la gran carpa. Había objetos personales por doquier;
docenas de maletas y ropa junto a las improvisadas camas. Gafas,
relojes, mochilas, paraguas, zapatos, e incluso  paquetes de pañales
y biberones. De lo único que no había rastro era de los dueños de
todo eso. Zoe no se separaba de Bárbara. Llevaba su arma guardada en
el compartimiento de su ya ajado vestido rosa, y miraba a su alrededor
con desconfianza y miedo. El aspecto caótico del lugar, sumado al
hecho que había señales de violencia e incluso sangre en muchos
sitios, denotaba que habían sido sorprendidos en plena noche.
ZOE – No me gusta este sitio. ¿Por qué no nos vamos?
BÁRBARA – Miremos a ver si queda alguien, y si no, nos iremos.
Aquí no hacemos nada.
	Zoe no respondió, se limitó a mirarla. No las tenía todas consigo.
Bárbara se acercó a una de las maletas abiertas, y comenzó a hurgar
en su interior. Zoe seguía a su lado, agarrándose el codo con la
mano contraria, sin dejar de mirar en todas direcciones. Del otro lado
de la carpa, junto a la entrada, Morgan les llamó la atención.
Christian se le había unido. Desde ahí Bárbara y Zoe pudieron ver
las siluetas de los dos varones a contraluz.
MORGAN – ¡Vamos a echar un vistazo por ahí fuera, nos vemos en la
furgoneta en cinco minutos!
BÁRBARA – ¡Vale!
	Las chicas se quedaron en la carpa dormitorio, mientras los chicos
salieron de la misma, y se dirigieron a otra, algo más pequeña. Esa
todavía estaba a medio construir, y la mitad de las lonas pendían
sujetas solo por un lado o directamente habían volado. Parecía el
comedero de un camping; tres larguísimas mesas de más de quince
metros, con platos y cubiertos desperdigados por encima, aunque
también había por el suelo. La mayoría estaban llenos de agua; al
parecer ahí también había llegado la tormenta. Desde ahí Christian
creyó oír algo, y llamó la atención de Morgan, que enseguida
coincidió con el chico.
	Al alejarse de la zona de las mesas, oyeron con mayor claridad lo que
parecía el ronroneo de un motor. Se disponían a dar media vuelta
para avisar a las chicas, cuando las vieron acercarse a donde estaban
ellos, al otro extremo de la explanada central donde descansaba el
furgón. Zoe se había mudado. Lucía otro vestido prácticamente
idéntico al que llevaba puesto hasta entonces, solo que de un color
verde pálido. Lo único que no había cambiado era la cinta de su
muñeca y el vendaje de su rodilla. Se la veía algo más animada que
antes de abandonar el furgón.
	De nuevo el grupo al completo se dirigió hacia la fuente del sonido.
Provenía de otra carpa, una que pese a ser mucho más pequeña,
parecía más segura. Tenía una puerta metálica entreabierta, y al
abrirla del todo pudieron comprobar de dónde venía el sonido. Esa
sala parecía un pequeño centro de comunicaciones. El ruido lo hacía
un generador portátil a gasolina que había junto a la puerta. Una
estación de radio y unos cuantos monitores, todos apagados, sobre
frías mesas metálicas, amén de varias estanterías prácticamente
vacías o con utensilios ya inútiles era todo cuanto había ahí
dentro.
	Morgan se acercó sin perder un momento a la estación de radio y
trató de encenderla. Ese modelo tenía una cobertura muy extensa, y
tal vez pudieran comunicarse con algún otro grupo de supervivientes.
Se puso unos cascos y dejó la escopeta sobre una de las mesas. Se
pasó un rato toqueteando botones y comprobando la fuente de
alimentación, pero no hubo manera. Esa radio había pasado a mejor
vida, como al parecer todo en ese campamento. No se molestó en
comprobar el resto de equipamiento, pues no hubiera servido de nada,
de modo que invitó a sus compañeros a abandonar el centro de
comunicaciones.
	Zoe y Christian estaban mirando el contenido de las estanterías en
busca de algo interesante. Bárbara se disponía a salir por la
puerta, cuando algo le hizo detenerse. No dijo nada, y se limitó a
dar un par de pasos atrás con las manos levemente levantadas y los
ojos desorbitados. Morgan levantó la escopeta y corrió a reunirse
con ella, esperándose lo peor. Al llegar a la puerta se quedó igual
de sorprendido que su compañera. Sin soltar la escopeta frunció el
ceño, y se quedó mirando a ese muchacho. Llevaba una pistola en cada
mano; con una apuntaba a Bárbara y con la otra le apuntaba a él.
GUSTAVO – ¡No se muevan!
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Al otro lado de la vida 1x148 - Carretera interurbana S-56
3 de octubre de 2008

Esa mañana parecía especialmente tranquila. En la parte trasera del
furgón los chicos veían pasar las nubes y alguna que otra farola
apagada por los pequeños ventanucos, mientras notaban en sus traseros
el traqueteo de las ruedas contra la calzada. Zoe y Christian
compartían asiento en el mismo banco, al igual que compartían el
más absoluto silencio. La niña detestaba tener que estar junto a ese
chico raquítico, y el chico detestaba tener que compartir el espacio
con la personificación de su mayor error. Había pasado un día desde
que la conociera, pero no podía sacarse de la cabeza la imagen de
Jéssica al ver a Zoe, por mucho que no se pareciesen en absoluto. Por
ello se mostraba hostil con ella, y no facilitaba en absoluto ningún
acercamiento. 
Desde la carretera, alejados de cualquier núcleo de población, las
cosas se veían desde otro ángulo. Bárbara pudo vislumbrar por un
momento cual sería la vida que tendría ocasión de vivir en el mundo
que le había tocado. Hasta entonces no había tenido ocasión ni
necesidad de planteárselo, pues estaba demasiado asustada y dolida
para ello, pero ahora, desde ese asiento, viendo pasar los campos de
cultivo y las ya inútiles señales de tráfico, vio una vida muy
diferente a la que tenía planeada antes de la catástrofe.
Radicalmente diferente, pues todo lo que tenía hasta el momento se lo
había llevado el viento. No obstante, todavía miraba al futuro con
optimismo, y era la compañía la que le ayudaba a seguir adelante. Se
miró de nuevo el brazo derecho; no fue capaz de encontrar lo que
buscaba.
	Morgan también tuvo ocasión de reflexionar. Jamás lo admitiría,
pero se encontraba bien con sus compañeros de viaje. Tal vez fuera
porque estaba demasiado acostumbrado a cuidar de gente y ahora que se
había quedado sin trabajo, la nueva situación le acercaba un poco a
lo que fuera su vida en tiempos. Estaba seguro que le sacarían de
quicio una y otra vez, y que tendría que estar pendiente de ellos
prácticamente todo el tiempo, pero al igual que Bárbara, la
compañía le hacía más fuerte. Había podido saborear lo que era la
soledad, y al compararla con lo que ahora tenía, se sintió
afortunado.
	Hacía ya un rato que habían abandonado el límite municipal de
Etzel, cuando se cruzaron con un coche que iba a toda velocidad.
Apenas tuvieron ocasión de ver que se trataba de un coche deportivo
carísimo, seguramente saqueado de un concesionario. Morgan calculó
que iría a unos 230 kilómetros por hora. Pasó junto a ellos visto y
no visto, al otro lado de la mediana, pero Morgan estaba seguro de que
les había visto. Al parecer eso no fue motivo suficiente para parar,
pues no frenó ni un ápice. Morgan sí aminoró un poco la marcha,
algo descolocado, ya que no se esperaba ver a nadie más en el camino.
Bárbara le miró, mostrando su idéntico desconcierto, y sin mediar
palabra, continuaron su camino.
	Vieron algún que otro coche abandonado en la cuneta, pero ninguna
señal de vida, de ningún tipo. Bárbara comenzó a mirar el
salpicadero, hasta que encontró lo que buscaba. Compartió con Morgan
su hallazgo y apretó el botón. Aparentemente no pasó nada, pero
cuando preguntó a los chicos si las luces estaban encendidas, ambos
respondieron con un sonoro si. Ante la nueva perspectiva, Zoe empezó
a leer uno de los libros que había cogido de la escuela. Christian,
por su parte, sacó una lata de refresco de la mochila de Bárbara y
se la fue bebiendo con tranquilidad. Todavía notaba los estragos que
le habían dejado el tiempo que permaneció en ayunas, y por bien que
empezaba a recuperarse, sentía la necesidad de beber y comer más de
lo habitual.
	Bárbara encendió la radio, y comenzó a girar el dial en busca de
algo. Cruzó la FM de un extremo a otro sin encontrar más que
estática. Idéntico resultado con la AM; ni una triste sintonía con
música clásica, que aunque detestaba, hubiera dejado puesta de buen
gusto. La apagó. Al levantar la vista del salpicadero, vio frente a
sí un enorme cartel que pendía atado por tres de sus cuatro esquinas
a una señal indicativa ahora ilegible. La cuarta esquina ondeaba al
viento, pero eso no impidió que leyese lo que decía: CAMPAMENTO DE
REFUGIADOS MIDBAR OESTE: 10 Km. Abajo, en letras algo más pequeñas,
ponía: El ministerio de defensa vela por su seguridad. Todo ello
aderezado con el escudo real. Bárbara y Morgan cruzaron las miradas
un momento.
BÁRBARA – ¿Crees que siga en pie?
MORGAN – No sé que decirte. No lo creo, la verdad. Nosotros éramos
un grupo muy grande y muy preparado, y acabamos… No lo sé,
Bárbara.
BÁRBARA – ¿Te parece que…?
MORGAN – Si, si claro. Estamos buscando un lugar seguro en el que
quedarnos, si ese es uno, no hay más que hablar.
BÁRBARA – Ojalá siga en pie y podamos acabar de una vez por todas
de huir.
MORGAN – Yo no me haría muchas ilusiones.
BÁRBARA – No, no me las hago, créeme. Yo ya no espero nada. Si
viene, bienvenido sea, pero no te preocupes que no me ilusionaré.
MORGAN – La ilusión es para los ilusos.
BÁRBARA – Me gustaría que todo esto acabase cuanto antes, pero por
Zoe. Y el chico. Son demasiado jóvenes para pasar por todo esto.
MORGAN – Nadie está preparado para esto, da igual la edad que
tengan.
BÁRBARA – Si pero… Como que sabe peor, si son jóvenes. Nosotros
hemos tenido una vida… mejor. Ellos apenas han tenido oportunidad de
saborear la suya.
MORGAN – No sé la tuya, pero mi vida tampoco era un cuento de
hadas.
BÁRBARA – Ni la mía, créeme, pero…
MORGAN – Si te entiendo, pero es lo que nos ha tocado. Nosotros por
lo menos estamos entre los buenos, ¿verdad?
	Morgan miró a Bárbara, la entonación lo decía todo.
BÁRBARA – No traté de engañarte, te lo juro.
MORGAN – Yo no he dicho eso.
BÁRBARA – Ya, pero…
MORGAN – Pero ahora estás bien, ¿verdad?
BÁRBARA – Si… Supongo que solo fue el susto.
MORGAN – Pues me alegro. No me gustaría tener que encargarme de la
niña.
	Bárbara miró al policía. Sabía que no sentía lo que decía, que
sólo lo hacía por mantener la imagen que se había forjado.
BÁRBARA – ¿Cuánto calculas que tardaremos en llegar?
MORGAN – Cinco o diez minutos, si no encontramos sorpresas en la
carretera.
BÁRBARA – Dios no lo quiera.
MORGAN – Si Dios no lo hubiera querido, no estaríamos donde
estamos.
	Morgan cambió de marcha. Bárbara miró por el retrovisor.
BÁRBARA – ¿Tú crees?
	Morgan la miró, pero ella no se giró.
MORGAN – Lo hacía, hasta hace un mes. Si Dios existiera realmente,
no permitiría tal cantidad de sufrimiento.
BÁRBARA – Quizá se vengara por todo el mal que habíamos hecho.
MORGAN – No, este no es su estilo. Y tú, ¿eres creyente?
BÁRBARA – No.
	De nuevo la cabina quedó en silencio, y siguió así hasta que
recorrieron los diez kilómetros que les separaban de la porción de
terreno donde se había asentado el campamento de refugiados que
anunciaba la señal que habían visto hacía tan poco. De nuevo se
miraron el uno al otro, y después de respirar hondo y cruzar los
dedos metafóricamente, se dirigieron hacia la entrada del campamento.
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Al otro lado de la vida 1x147 - Cerca del límite municipal de Etzel
3 de octubre de 2008

La noche anterior les había costado mucho conciliar el sueño. En
parte porque el suelo era muy duro y empezaba a hacer algo de frío.
También tuvo su parte de culpa la horda de asesinos caníbales dando
voces y golpes al otro lado del portón. Bárbara y Zoe fueron las
primeras en dormirse; estaban muy cansadas. Morgan fue el tercero en
caer en los brazos de Morfeo, con los suyos rodeando la escopeta. Para
entonces los ruidos eran menos frecuentes, ya que muchos de los
infectados se habían distraído. Christian fue el que más tardó en
dormirse. En su cabeza no paraba de rondar la imagen de su madre, y
tuvo que luchar fuertemente por no volver a derrumbarse. Estuvo
sollozando durante cerca de una hora, recordando los buenos tiempos,
sintiendo lo irónico que resultaba que su primera noche en libertad
la pasara encerrado en un lugar del que no podía salir. 
Morgan fue el primero en despertar aquella fría mañana de otoño.
Después de un gran bostezo, vio a sus tres compañeros de viaje
tumbados a su alrededor. Ninguno de ellos roncaba. Según decía
Sofía, él si lo hacía, la mayoría de las noches. Cerró los ojos
con fuerza y agitó la cabeza para alejar de ella los recuerdos que no
podían hacerle más que daño. Agarró la escopeta que yacía a su
lado, y comprobó por enésima vez que estaba cargada. Desde fuera tan
solo llegaba el sonido del trinar de los pájaros. Se asomó por el
pequeño ventanuco enrejado que había en la parte alta del lateral de
esa pequeña estancia. Desde ahí solo se veía el sol emergiendo del
horizonte, parte de la barricada de coches de policía y el cuerpo de
la mujer sin cabeza; todo indicaba que el peligro había pasado.
No tenía prisa alguna, pero también carecía de paciencia, de modo
que no se lo pensó dos veces. Si no compartía con nadie su
intención de abandonar ese improvisado refugio, nadie discutiría con
él si era o no buena idea. Fue hacia el otro extremo, sorteando los
cuerpos de Zoe y Christian, y llegó a la puerta en medio de otro gran
bostezo. Le quitó el seguro, y sujetó la palanca que abriría la
puerta. Miró de nuevo a sus compañeros y respiró hondo antes de
girar la palanca de metal que hacía las veces de pomo.
El intenso color rojo del amanecer le golpeó los ojos, obligándole a
entrecerrarlos. Le costó unos segundos amoldarse a la luz del
exterior, segundos en los que comprobó que todo estaba en regla; ahí
fuera ya no había nadie. De todos modos no quiso confiarse. Saltó a
tierra firme y cerró el portón tras él, tan silenciosamente que
ninguno de los que había dentro se despertó. Desde ahí sólo se
veían el cuerpo de la mujer chamuscada, y el del policía, retorcido
en el suelo, muerto definitivamente. Al verle no supo si era su
imaginación jugándole una mala pasada, pero recordaba haberle visto
algo más lejos que donde estaba ahora.
Caminó hacia el lateral del furgón, viendo las marcas de sangre que
habían dejado los infectados al golpear la carrocería, y al girar la
esquina vio a tres de ellos a la sombra del vehículo. Le costó
evitar un grito de exclamación, pero supo contenerse. Al igual que
Christian y las chicas, esos infectados estaban durmiendo. Dormían
plácidamente a la sombra del furgón. Al notar la pestilente
fragancia que manaba de sus cuerpos se culpó por no haberse dado
cuenta antes. Armándose de valor, y siempre apuntándoles con la
escopeta, pasó entre ellos, tratando de hacer el menor ruido posible,
hasta que alcanzó la cabina que él mismo había dejado abierta.
Las llaves estaban puestas, y nada podía salir mal. Ocupó su
asiento, y cerró tras de sí tan lentamente que la puerta quedó
encajada, pero sin llegar a cerrarse del todo; sería suficiente.
Tragó saliva y giró la llave en el contacto, haciendo que el motor
rugiese, atentando contra el sueño de quienes le rodeaban. El
vehículo estaba frío y durante un momento hizo el amago de no
arrancar, pero acabó optando por no hacerle esa jugarreta. No podía
tener tanta mala suerte seguida con los coches. Mirando por el
retrovisor vio menguar a los infectados a medida que se alejaba, y
cuando estuvo a una distancia prudencial, apretó el claxon con la
palma de la mano abierta y una leve sonrisa en la cara.
Desde la rejilla que le unía al dormitorio escuchó las exclamaciones
de sorpresa de sus compañeros. Desde el retrovisor vio levantarse a
los infectados y correr tras él; jamás podrían alcanzarle. Cuando
llegó a una zona suficientemente aislada y segura, paró el furgón,
lo dejó en punto muerto y se dirigió de vuelta a la parte trasera.
Ahí le estaban esperando los tres, con cara de dormidos, con una
mezcla de sorpresa y el malestar propio del que le ha tocado madrugar,
pues aunque ninguno de ellos lo sabía ni le importaba, eran las siete
y media de la mañana.
CHRISTIAN – ¿Cuándo has salido?
MORGAN – Ahora mismo. Estabais todos durmiendo.
CHRISTIAN – ¡Que tío!
BÁRBARA – ¿Ya se habían ido todos?
MORGAN – Aún quedaban unos pocos alrededor.
BÁRBARA – ¿Entonces? ¿Qué has hecho?
MORGAN – Estaban dormidos, igual que vosotros.
ZOE – ¿Puedo ir delante?
	Morgan miró a Bárbara. Para él, ella era la madre de la niña,
aunque sabía que no era así. Bárbara miró a Zoe, y se agachó un
poco para estar a su nivel.
BÁRBARA – Será mejor que te quedes detrás. Delante iré yo con
Morgan, si no te…
	Se refería a Christian. Éste salió enseguida de su ensimismamiento
y negó con la cabeza, mostrando su conformidad.
ZOE – Podemos ir los tres.
BÁRBARA – No hay sitio para tres ahí delante.
ZOE – Pero yo quiero ir delante.
BÁRBARA – Zoe, cariño, detrás estarás segura. Aquí delante es
más peligroso.
ZOE – Ya pero…
BÁRBARA – Además no estarás sola, Chris estará contigo,
tendréis muchas cosas de las que hablar.
	Zoe sintió la necesidad de decir que quería ir delante precisamente
para no estar con Christian, pero se mordió la lengua.
ZOE – Vale.
	Su cara decía todo lo contrario que su boca. Bárbara tenía ya
mucha experiencia lidiando con niños, y sabía que Zoe estaba
resentida. No había obtenido lo que quería y ahora le estaba
haciendo chantaje, de modo que jugó la carta que le tocaba.
BÁRBARA – No te enfades. Va, que luego iremos a una heladería, y
te dejaré que pidas el cucurucho más grande que haya.
	Zoe la miraba, seria, con los carrillos hinchados. Bárbara posó sus
dos índices en los carrillos de la niña, obligándola a soltar todo
el aire haciendo un ruido cómico. La niña no pudo evitar reírse, y
Bárbara le besó en la frente mientras le mesaba con suavidad el
pelo. Esa niña había llenado el hueco que tenía en su interior
mucho antes de que empezase toda esa pesadilla, y de qué manera.
Ahora más que nunca estaba segura que si la perdía, ella iría
detrás. Sin perder mucho más tiempo, cada cual se dirigió a su
lugar, los jóvenes atrás y los adultos delante, y el furgón
prosiguió su marcha, como si nada hubiera pasado.

puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x146 - Cerca del límite municipal de Etzel
2 de octubre de 2008

Morgan aceleró tanto como se lo permitió el furgón, y alcanzó
rozando los cien kilómetros por hora el lugar que escasos segundos
antes había abandonado. El cuerpo del policía que perseguía a
Bárbara se quedó empotrado en el parachoques cuando Morgan le
arrolló; acompañó al vehículo unos metros y tras el frenazo y el
volantazo que dio el conductor, acabó por salir despedido hacia la
cuneta, rodando por el suelo embarrado por la lluvia que había cesado
hacía tan poco. Le partió la espalda, ambas piernas y un brazo,
amén de la parte trasera del cráneo y numerosos órganos internos.
No obstante, todavía tuvo agallas para arrastrarse unos metros,
vomitando sangre y balbuceando una especie de maldición antes de
quedar inmóvil en el suelo.
	Bárbara se quedó petrificada en el sitio, viendo cómo Morgan
acercaba el furgón hacia donde ella estaba. Fue entonces cuando se
dio cuenta que tenía más compañía. A los tres que ya la seguían,
se sumaron otros dos que parecían haber aparecido de la nada.
Aparentemente, la única vía libre era la que Morgan había recorrido
para volver a por ella. En cuanto el coche se paró, Christian salió
de él a toda velocidad, desoyendo los gritos de Morgan. Si le
hubieran preguntado más adelante por qué lo hizo, no hubiera sabido
responder. El caso es que Bárbara parecía necesitar ayuda, y él se
limitó a ir dónde ella, sin tener muy claro qué iba a hacer cuando
se encontrasen.
	Morgan, totalmente ofuscado, viendo cada vez más cerca un desenlace
muy poco optimista, no tuvo otra alternativa que salir también del
coche, dejando las llaves puestas y la puerta abierta. Ahora era él
el único que tenía un arma cargada; no podía abandonarles a su
suerte, por mucho que lo merecieran. Vio al chico corriendo hacia
Bárbara, que venía en su dirección. Pensó que debería haber
parado más cerca de ella, haberla ido a buscar; ya era tarde para
eso. Para cuando la mujer alcanzó el furgón, estaban ya demasiado
cerca.
	Morgan se aseguró que tenía la escopeta cargada, y disparó contra
el primero de los infectados que se acercó más de la cuenta. Lo
hacía mientras gritaba a viva voz a sus compañeros que se dirigieran
a la cabina del furgón, prometiéndoles que enseguida estaría con
ellos. Acataron enseguida su orden, pero otro infectado había sido
más rápido que ellos. No era más que un niño, apenas le sacaría
un par de años a Zoe, pero les intimidó lo suficiente como para
volver donde Morgan. Tras el primer disparo, que erró, tres
infectados más aparecieron al otro lado de la barricada de coches
patrulla; al parecer se habían congregado bastantes al otro lado.
	Morgan consiguió disparar a la pierna del chico que había detrás
del furgón, haciéndole caer al suelo. Se dio media vuelta y disparó
a un banquero que todavía lucía el traje de los negocios, ya algo
deteriorado. Podría conseguir mantenerlos a raya un poco más, hasta
que se le acabasen los cartuchos, pero entonces… La cabina ya no
parecía segura, pues otros tantos se acercaban peligrosamente por esa
parte, y tanto Bárbara como Christian se encontraban a su vera,
sintiéndose estúpidos e impotentes. De repente se abrieron las
puertas traseras del furgón, y el cansado rostro de Zoe, con los ojos
enrojecidos por el llanto, se les antojó el de un ángel.
ZOE – ¡Rápido, dentro!
	Christian fue el primero en hacerlo, de un salto, sin pensárselo dos
veces. Bárbara le acompañó, ayudándose del brazo amigo del joven.
Morgan se acercó de espaldas, sosteniendo la escopeta. Sabía que no
tenía alternativa; había demasiados y estaban demasiado cerca como
para acabar con todos. Volver a la cabina, por ahora, era casi tan
temerario como liarse a golpes con ellos, de modo que acabó entrando,
todavía resistiéndose a asumir ese final. Cerró de un portazo nada
más entrar, y solo un par de segundos de calma les separaron de la
locura que les acompañaría durante las siguientes horas.
	Golpes y gritos, exigiendo que salieran cuanto antes, para poder
acabar lo que habían empezado. Parecían más nerviosos y furiosos
que nunca, a tenor de la verborrea que salía de sus bocas. Todos los
sonidos carecían de coherencia, no obstante se podía leer la rabia y
la frustración en esos delirantes vocablos. Llegaron a congregarse
más de una docena, todos por la parte trasera y los laterales,
dejando de lado la cabina; sabían muy bien qué hacían ahí.
	Christian se sentó en el suelo, tratando de acomodar sus ojos a la
escasez de luz. Creía recordar que durante su viaje hacia la prisión
había unas luces encendidas ahí dentro. Supuso que el interruptor
estaría al otro lado de la robusta capa de metal que les separaba de
la muerte. La falta de iluminación era ahora lo último que le
preocupaba. Volvió a pensar en su madre, pero de otro modo. Recordó
las palabras de Zoe, y durante un instante se preguntó si tenía
razón. Si su madre no había tenido que vivir todo eso, tal vez
hubiera sido afortunada.
	Zoe por su parte, no podía parar de llorar. Sorbía los mocos y
notaba las lágrimas caer por sus mejillas. Bárbara vio la herida en
la rodilla de la niña, y enseguida comprendió el motivo de su
llanto. Esa niña había demostrado poder cargarse a un hombre sin
pestañear, pero si veía su propia sangre, no podía evitar llorar
como un bebé. Bárbara se preguntó si era el olor de la sangre lo
que les hacía seguir golpeando la carrocería del vehículo. No
estaba segura de ello, pero no creía estar muy desencaminada. Morgan
estaba furioso. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, estaba
realmente enfadado.
MORGAN – ¿¡En qué demonios pensabas!?
BÁRBARA – ¿Eh?
MORGAN – ¡Casi haces que nos maten a todos! ¿¡Por qué saliste!?
BÁRBARA – Pensé que necesitabais ayuda, salí a…
MORGAN – Cuando necesite tu ayuda te lo haré saber. Mientras tanto,
haz el favor de preocuparte de ti misma.
	Bárbara le miró. Estaba demasiado cansada para discutir.
MORGAN – Y tú igual.
	Christian trató de mirarle entre la penumbra, pero ese hombre era
demasiado oscuro.
CHRISTIAN – Yo…
MORGAN – Tú nada. Dios mío, esto no es un juego. Os podrían haber
matado, ¿es que no os dais cuenta?
	El chico iba a decir algo, cuando notó la mano de Bárbara
posándose sobre su antebrazo; no valía la pena. Tuvieron que
escuchar simultáneamente la retahíla de Morgan culpándoles por su
imprudencia y los alocados golpes y gritos de los infectados que les
esperaban fuera. Al cabo de los minutos Morgan se cansó, y se sentó
al otro extremo de esa pequeña sala, dándoles la espalda. 
Acompañados por la tenue luz que se filtraba casi horizontal por los
barrotes, pasaron ahí el resto de la tarde, hasta que ésta dio paso
a la noche, que alteró aún más a los infectados que les
acompañaban incondicionalmente. Cenaron a la luz de las velas y
Bárbara se encargó de limpiar y vendar la herida de Zoe. Aunque
tenían suficiente comida y agua para pasar bien los próximos días,
todos estaban tensos y nerviosos. Ahí estarían seguros; nadie
podría alcanzarles, ni siquiera una persona sana, ya que habían
cerrado desde dentro. Si bien era cierto que nadie podría entrar, si
las cosas seguían así, tampoco nadie se atrevería a salir…
puntos 11 | votos: 13
Al otro lado de la vida 1x145 - Cerca del límite municipal de Etzel
2 de octubre de 2008

CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
MORGAN – Está infectado.
	Christian miró al policía infectado. Acababa de darse cuenta que
tenía visita y se acercaba a ellos, sin prisa.
CHRISTIAN – ¿Cómo lo sabes?
MORGAN – Lo sé, simplemente lo sé.
CHRISTIAN – ¿Qué vamos a hacer?
	Morgan miró al chico, y volvió a mirar al policía; cada vez estaba
más cerca. No tardó en reconocerle. Trabajaban en la misma
comisaría, y lo habría visto docenas de veces por los pasillos.
Desconocía su nombre y dudaba que lo hubiese podido reconocer si no
hubiera lucido el uniforme. Durante un momento tuvo que reprimir el
impulso de salir del coche, para ir a por él, para acabar con su
infame existencia y permitir descansar a la persona que fue en vida.
Afortunadamente supo contener el instinto. En los últimos tiempos
había conseguido aprender a sopesar los pros y los contras, y ahí
solo había contras.
MORGAN – Nos vamos.
	Morgan se disponía a poner de nuevo en marcha el furgón, escuchando
como un lejano eco dos voces femeninas que no paraban de increparles,
igualmente desconcertadas. En ese momento un fuerte golpe sacudió el
vehículo por su parte derecha. Una figura sacada de la más macabra
pesadilla golpeó el cristal de la puerta derecha de la cabina.
Christian saltó a un lado como activado por un resorte al ver a
aquella mujer negruzca manchar con sus manos sanguinolentas y sucias
el cristal. Había aparecido de la nada.
	Se trataba de una mujer, una mujer entrada en años, aunque resultaba
difícil concretarlo, dado su lamentable aspecto. Estaba literalmente
quemada de pies a cabeza. Tenía quemaduras en la totalidad de su
cuerpo desnudo, llagas sangrantes por doquier que aún le hacían
parecer más aterradora. A cada golpe que daba en el cristal, que por
otra parte parecía que no fuese a durar mucho, dejaba en la fría
superficie restos de sangrante piel quemada. Christian, presa del
pánico, se apartó tanto como pudo, clavando su espalda en el cambio
de marchas, impidiendo a Morgan poner en marcha el vehículo.
	El policía infectado se acercaba cada vez más, y los gritos tanto
de la mujer chamuscada como de Christian acabaron por desconcertar a
las chicas, que desde ahí atrás no alcanzaban a comprender qué
estaba pasando. Morgan trató de apartar al chico de ahí para salir
cuanto antes de esa pesadilla, pero el muchacho no atendía a
palabras, y cada vez se metía más encima de Morgan, impidiéndole a
duras penas alcanzar el volante. Nada de lo que gritó ni los codazos
que le propinó sirvieron para mucho. Morgan respiró hondo, y tras el
último golpe de la mujer en el cristal, tomó una decisión. De lo
contrario lo rompería y aún acabarían peor las cosas.
	Cuando Christian vio bajarse el cristal de la ventanilla de su puerta
creyó que Morgan había perdido el juicio. La mujer se sorprendió en
un primer momento, y quedó algo aturdida, pero cuando la ventanilla
se encajó en la puerta, dejando abierto por completo ese agujero
rectangular, volvió de nuevo a la carga y trató de meterse en el
interior a pegarse el festín de su vida. Tristemente para ella, el
disparo que Morgan le propinó entre ceja y ceja con su incondicional
escopeta hizo fracasar su plan.
	La mujer cayó de espaldas al suelo, derramando sangre y masa
cerebral por doquier, lejos del coche que afortunadamente se libró de
la salpicadura. Tal como bajó, la ventanilla volvió a elevarse hasta
encajarse de nuevo en su lugar, aunque un poco más sucia. Christian
miró a Morgan. Lo tenía a un palmo de su cara. Jamás hubiera podido
imaginarse algo así, y al verlo tan de cerca, casi se mea en los
pantalones. La boca le temblaba y se le habían escapado un par de
lágrimas de puro pánico. Al ver la expresión furiosa en la cara del
policía, se asustó aún más.
MORGAN – ¡Ahora haz el puto favor de volver a tu sitio!
¿¡Estamos!?
	Ninguno de los dos se había dado cuenta que los gritos de la parte
trasera del furgón habían cesado. Christian ocupó de nuevo su
asiento, tembloroso y asustado. Miró cabizbajo y avergonzado a Morgan
mientras éste ponía en marcha el coche, todavía a tiempo de evitar
que el policía infectado les alcanzase. Al parecer todo se había
quedado en poco más que un susto. Ahora tan solo tenían que dar
media vuelta y alejarse de ahí tanto como pudiesen. Ya habría tiempo
de buscar una vía alternativa; las había a patadas. Christian había
conseguido olvidar lo de su madre por completo; esa nueva sensación
le había copado y ahora solo podía pensar en cuanto tiempo pasaría
antes que volviera a ocurrir, una y otra vez, hasta que en una de
ellas ellos fueran los vencidos. Morgan, por su parte, estaba más
tranquilo, orgulloso del trabajo bien hecho. Además había aprendido
la lección: no era buena idea parar el coche. No habrían recorrido
ni cien metros cuando Christian reparó en algo al mirar por el
retrovisor.
CHRISTIAN – ¡Vuelve!
MORGAN – ¿Eh? ¡¿Pero tú estás loco?!
CHRISTIAN – ¡Es Bárbara, la has dejado atrás!
	Morgan miró por el retrovisor y también la vio. Había salido con
su pistola al escuchar los gritos de Chris, dispuesta a echar una
mano. Había cerrado el portón dejando a Zoe a salvo, y para cuando
quiso darse cuenta éste ya se había ido, abandonándola a su suerte.
Estaba junto al cadáver de la mujer abrasada. Sostenía con las dos
manos la pistola, y en ese momento disparó al pecho del policía, que
se encontraba a escasos diez metros de ella. Uno de los balazos
impactó en su torso, pero no fue suficiente para pararle. Morgan fue
capaz de comprobar como otros tres infectados aparecían tras la
pequeña colina que había al otro lado de la barricada, alertados por
el ruido de los gritos y los disparos, dispuestos a ser comensales en
el banquete en el que se había convertido la mujer rubia.
El hombre negro no tuvo alternativa. Un rápido volantazo, que hizo
que Zoe se cayera de su asiento y se golpeara la rodilla contra un
duro trozo de metal, hizo que el furgón diese media vuelta en la
carretera. Acto seguido aceleró de vuelta al lugar del siniestro,
donde Bárbara había agotado inútilmente el cargador de su arma,
atinando tan solo tres balas, dos en el pecho y una en el omóplato
del agente. Ahora corría en dirección contraria, ignorando que no
eran una sino cuatro personas las que le seguían.
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Al otro lado de la vida 1x144 - Entrada de la escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

Cuando salieron los cuatro de nuevo por la puerta del vestíbulo,
pudieron ver cómo las últimas gotas de lluvia caían sobre el suelo
mojado del paseo que les separaba del portón de acceso. Se les había
hecho un poco tarde y no dispondrían más que de unas pocas horas
para proseguir su camino. Bárbara se sentía algo rara al dejar de
nuevo la escuela. Todavía recordaba cómo lo había hecho la vez
anterior, después que uno de esos perturbados se metiera y sembrase
el caos entre las aulas. No había sido más que un susto, pues los
policías vinieron enseguida y le echaron, pero fue suficiente para
clausurar la escuela, al parecer para siempre.
	Brillante por la lluvia, el furgón les invitaba a entrar,
mostrándose impenetrable, asegurándoles la protección que tanto
necesitaban en los días que corrían. Morgan abrió de nuevo el
portón, no sin antes asegurarse que el perímetro era seguro.
Christian ya había ocupado su asiento de copiloto en la cabina del
vehículo. Bárbara y Zoe hacían lo propio en la parte trasera del
mismo, en la que habían metido todas las provisiones que tenían, una
caja llena de material de oficina bajo el pretexto del nunca se sabe,
y unos cuantos libros infantiles que Bárbara le había mostrado a Zoe
y la niña había aceptado de buen grado.
	Las damas ocuparon sus asientos después de asegurar la puerta. De
nuevo en penumbra tuvieron ocasión de reflexionar sobre todo lo que
había pasado en tan poco tiempo. Bárbara se sentía extraña. Ya no
temía estar infectada, había llegado a asumir que no lo estaba.
Había visto en varias ocasiones cómo era la vida previa a la
metamorfosis de una persona infectada, y ella… simplemente no lo
estaba. Existía otra posibilidad, era consciente de ello desde el
primer momento, pero su cabeza se esforzaba por eludirla; resultaba
demasiado dolorosa. De todos modos, cada vez ganaba más fuerza la
idea que para su gran fortuna, aquel simio jamás había llegado a
infectarla, que aquel episodio no había sido más que un susto, un
toque de atención que, por otra parte, le permitió ver la vida desde
otra óptica.
	Zoe, por su parte, acariciaba la cinta de su muñeca, escudándose en
la penumbra para que su compañera en la oscuridad no leyese la
expresión triste de su cara. Morgan y Bárbara  se estaban portando
muy bien con ella; eran buenas personas, y no permitirían que nada le
pasara. Pero esos no eran sus padres. Al ver el terror en la cara del
chico nuevo al conocer la noticia de la muerte de su madre, habían
revivido en ella los recuerdos funestos de la muerte de los suyos. Por
ello había actuado de ese modo con él, sorprendiéndose a si misma.
Los últimos días había conseguido sobreponerse bastante, pero
todavía les echaba de menos demasiado como para decir que estaba
curada. Dios, era demasiado pequeña para asimilar todo eso,
suficiente estaba haciendo ya. Al otro lado del metal Morgan ocupó su
asiento y finalmente abandonaron el recinto.
	Christian observaba aún sin creerlo todo lo que había a su
alrededor. Ni en la peor de sus pesadillas hubiera podido prever que
la ciudad en la que había pasado tantas horas de su vida tuviera ese
final tan triste. Las calles estaban desiertas, increíblemente
descuidadas y vacías. De vez en cuando se veía algún que otro
cuerpo inerte en el suelo, al que ni la fuerza de la lluvia había
conseguido quitar la marca roja de la muerte a su alrededor. Se le
erizó el vello de los brazos y sintió un escalofrío. No quería ni
imaginarse cómo lucirían esas calles cuando dejasen de estar
vacías. Después de unos minutos, se animó a hablar con Morgan, ni
que fuera para apartar de su mente la recurrente imagen de la
fotografía en la que salían él y su madre el día de su
cumpleaños.
CHRISTIAN – ¿Por qué al sur, exactamente?
	Morgan miró al chico. Estaba cansado y no le apetecía hablar. Sin
embargo la pregunta le hizo reflexionar, básicamente porque
desconocía la respuesta. Remontándose al pasado recordó el momento
en el que decidió partir de Sheol, y el motivo por el que lo hizo.
Quería alejarse todo lo que pudiera del lugar que tantos malos
recuerdos le traía; alejar de su mente la imagen de su esposa muerta
en la bañera que le atormentaba noche y día. No podía seguir
viviendo ahí, y aquel coche caído del cielo fue la señal definitiva
que le impulsó a dar el paso. Pero… ¿por qué el sur? Tal vez
porque el sur era el lugar donde secretamente había decidido pasar
sus últimos días con Sofía cuando se jubilase, tal vez porque su
padre había sido pescador toda la vida y quería estar cerca del
mismo mar que se lo había tragado. Pero la respuesta más fácil era
que necesitaba algo en que ocupar la cabeza. Necesitaba dejar de
pensar en cómo habría sido todo si no hubiese cometido tantos
errores, algo que le distrajese y le permitiera seguir siendo él
mismo, algo que le obligase a seguir adelante, a no rendirse.
MORGAN – ¿Tienes una idea mejor?
	Christian miró al policía.
CHRISTIAN – El sur está bien.
	Durante unos minutos reinó el silencio en la cabina del furgón.
Finalmente salieron de Etzel, para no volver.
CHRISTIAN – ¿Y ellas?
	Morgan miró de nuevo al chico, algo hastiado.
MORGAN – ¿Qué pasa con ellas?
CHRISTIAN – ¿Por qué quieren ir ellas al sur?
MORGAN – A ellas les da igual donde vayamos. Simplemente… no
quieren estar solas. Bárbara no quiere quedarse a solas con la niña.
Teme que le pueda pasar algo y que la niña se quede… eso, sola.
CHRISTIAN – ¿Y tú? 
MORGAN – ¿Qué?
CHRISTIAN – ¿Tú tampoco quieres estar solo?
	Morgan dejó pasar unos segundos. 
MORGAN – Al principio si… Pero cuando me encontré con ellas…
Supongo que nadie quiere estar solo en los tiempos que corren.
	Christian miró por la ventanilla cómo se alejaban de Etzel. Dejaban
atrás sus vidas y sus sueños, en busca de un grial que ni siquiera
sabían si existía. No había rastro alguno de infectados; Morgan no
acababa de creérselo. Al incorporarse a la carretera todo pareció
normalizarse aún más. Ahí resultaba más difícil ver los estragos
que había hecho la infección en el país. Incluso en ocasiones daba
la impresión que nada hubiera cambiado, al ver la carretera limpia y
los pájaros volando por el cielo decorado de un precioso arco iris,
contentos por el fin de la lluvia.	
CHRISTIAN – Morgan… Quería darte las gracias por…
MORGAN – Calla.
	Christian enseguida supo el motivo por el que el policía le había
mandado callar. Una barricada hecha por coches de policía barría el
paso en ambos sentidos. Morgan tuvo que parar contra su voluntad,
molesto por el inesperado contratiempo. Si bien era ingenuo pensar que
no encontrarían ninguna traba en el camino, también era cierto que
no contaba con eso. De nuevo se sintió estúpido. Recordaba lo que
había pasado cuando encontraron aquel arrecife de coches a la salida
de Etzel, y pidió a Dios que no se repitiera la macabra escena que
había tenido que vivir ahí. Christian le distrajo de sus
pensamientos.
CHRISTIAN – Hay un policía ahí.
	Morgan miró hacia donde señalaba el chico. Cuando vio a su
compañero de cuerpo, se llevó una mano a la frente, al tiempo que
chasqueaba la lengua.
MORGAN – Oh, oh…
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Al otro lado de la vida 1x143 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

Cuando Christian recuperó la conciencia, se dio cuenta que no estaba
en la misma habitación. Se encontraba tumbado boca arriba en un sofá
de dos plazas; una pesada manta lo tapaba hasta el cuello. Todavía
podía oírse la lluvia fuera, pero todo indicaba que estaba
amainando. Tampoco se oían ya truenos. Desde ahí vio a la niña, la
mujer y el policía. Estaban sentados alrededor de una mesa cuadrada,
en unas sillas verdes idénticas a las de su instituto. Sobre la mesa
había unas latas y dos botellas de agua, una con una marca negra que
describía una B de perfecta caligrafía, y la otra tan solo con la
etiqueta. Todos menos la niña le daban la espalda, y ésta, al verla,
llamó la atención de los mayores.
	Christian se incorporó. Notaba una fuerte presión en la cabeza, y
aún estaba algo mareado. Pero ahora ya todo parecía carecer de
importancia. No había nada por lo que luchar. Su madre había muerto,
al igual que sus demás familiares dondequiera que estuviesen, y los
que en tiempos fueron sus amigos, también habrían perecido. Habían
muerto sus esperanzas y sus sueños; ahora ya no había ningún motivo
para seguir adelante. Al ver a sus acompañantes, que al parecer
también lo habían perdido todo, se sorprendió por la tranquilidad y
paz que desprendían. Lo que le diferenciaba de ellos, es que ellos
habían tenido tiempo de asumirlo, y de seguir adelante. Se preguntó
si él también podría dejar atrás el pesar que sentía por la
muerte de su madre algún día. Bárbara se acercó a él sosteniendo
una lata abierta de melocotones en almíbar y un tenedor de plástico.
Morgan y la niña siguieron comiendo en la mesa. Tan solo se limitaron
a girarse un momento antes de seguir con sus quehaceres.
BÁRBARA – ¿Cómo te encuentras?
	Christian la miró, enfurecido con el mundo. Sus ojos rezumaban
bondad y pesar por su desdicha, de modo que no pudo revelarse contra
ella.
CHRISTIAN – Todavía estoy un poco mareado, pero me recuperaré.
	La mujer se sentó a su lado, y colocó la comida en su regazo.
BÁRBARA – Siento mucho lo de tu madre.
	El chico la miró. Acto seguido clavó la mirada en sus rodillas.
BÁRBARA – Sé que estás pasando por unos momentos muy duros, y no
quiero comparar lo que tú estás pasando con lo que hemos pasado
ninguno de nosotros, eso sólo lo sabes tú. Estás enfurecido y
triste, y nadie te va a juzgar por ello, es comprensible y natural.
Pero es importante que sepas una cosa. En los tiempos que corren no
nos podemos permitir ningún descuido. La gente contra la que nos
enfrentamos es mucho más fuerte y numerosa que nosotros, pero
nosotros tenemos algo que ellos no tienen, y no me refiero a las
armas. Nosotros podemos razonar, y podemos trabajar en equipo. Por eso
es importante que estemos juntos, que seamos una piña. Creo que has
tenido suerte encontrándonos. No puedo hablar por mí, pero ellos
dos… son gente de palabra. Me siento muy afortunada de tenerles
conmigo, y me gustaría que tú te sintieses igual de cómodo con
nosotros. A lo que voy, es que tienes que ser fuerte. Aunque suene
duro, mientras antes lo asumas será mejor. Eso no significa que la
olvides ni dejes de quererla ni recordarla, simplemente que su
recuerdo no te duela ni te haga flaquear, sino todo lo contrario, que
te ayude a seguir adelante con más fuerzas, porque eso es lo que ella
hubiera querido. No sé si me explico…
	Christian se había emocionado con las palabras de la profesora.
Entre esas cuatro paredes volvió a sentirse un niño, y la vio como
tal, ejerciendo su profesión, acallando las penas de un chiquillo que
se había hecho daño en el patio. Ella estaba ahora curándole la
herida de su rodilla, mientras le distraía con palabras bonitas para
que no mirase la sangre y volviese a llorar por el daño sufrido. Si
bien no consiguió quitarse a su madre de la cabeza, las palabras de
Bárbara le tranquilizaron un poco. Esa mujer le había abierto los
ojos y había conseguido que se sintiese a gusto, aunque solo fuera
por un instante.
CHRISTIAN – Te explicas muy bien. Supongo que con el tiempo…
BÁRBARA – El tiempo todo lo cura. Pero nunca hay que olvidar el
pasado.
	Bárbara cogió la lata y se la acercó al chico.
BÁRBARA – Toma, nosotros ya estábamos acabando de comer. Esto te
hará bien, porque tiene mucho azúcar.
	Christian negó con la cabeza. Necesitaba esa comida, pero no sentía
hambre alguna. El disgusto le había dejado desganado.
BÁRBARA – Deberías comer algo más, tienes mala cara.
CHRISTIAN – No, gracias, de verdad. Ahora no tengo cuerpo…
	Bárbara frunció el entrecejo. 
BÁRBARA – Déjame.
Colocó de nuevo la lata en su regazo, y le llevó una mano a la
frente sudorosa, para tomarle la temperatura y saber si tenía fiebre.
Ese mismo gesto lo había hecho su madre cientos de veces, y ella
también tenía la mano helada, como Bárbara. Christian combatió
como pudo el nuevo arrebato de nostalgia. Bárbara apartó su mano de
la frente del chico y la colocó en la suya propia, con la mirada
perdida en el techo. De nuevo volvió a mirar al chico, que la
observaba con curiosidad.
BÁRBARA – Fiebre no tienes. Anda, hazme el favor de comer, aunque
sean solo un par de trozos.
	Bárbara le hizo morritos, y el chico no pudo resistirse y le cogió
la lata del regazo.
CHRISTIAN – Pero porque eres tú, eh.
	Bárbara sonrió y le acercó una mano a la cabeza, tratando de
alborotar su escaso pelo. Christian se llevó una porción de
melocotón a la boca y le pegó un mordisco. Pese a estar tibio, al
notar el dulce almíbar recorrer su garganta, se sintió revivir de
nuevo. Aunque era cierto que todavía tardaría mucho en reponerse del
duro golpe que le había propinado el destino, al menos tendría
ocasión de hacerlo con una grata compañía.
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x142 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

CHRISTIAN – ¿Está o no está?
MORGAN – Lo siento, chico pero…
CHRISTIAN – ¡Trae aquí!
	Christian arrebató el informe de las manos del policía, y miró
nervioso la lista. Se limpió la lágrima con el dorso de una mano
mientras con la otra sostenía el papel de las malas nuevas. Pese a
que no estaban ordenados alfabéticamente, no tardó ni un segundo en
encontrarlo. Era una fotocopia sin mucha calidad, pero los trazos
resultaban inconfundibles. Ese era el nombre de su madre. A la derecha
de los nombres había varias columnas en las que se indicaba el
número de DNI, la edad en el momento de la muerte, el domicilio y el
estado civil. Resiguió con la mirada la línea en la que estaba el
nombre de la que había sido su única familia. Todo coincidía, hasta
el último nombre, hasta el último número.
CHRISTIAN – ¿No puede ser un error?
MORGAN – Podría serlo si se hubieran olvidado de escribirlo. Murió
mucha gente esos días. Pero si su nombre está ahí… no hay más
vuelta de tuerca.
	Christian respiró hondo, la mandíbula le temblaba. Lo que había
temido durante tan largo tiempo, la pesadilla que había ocupado sus
sueños y le había impedido dormir la mayoría de las noches las
últimas semanas, se acababa de materializar frente a sus ojos,
escrita a tinta también en su retina. No olvidaría ese momento
mientras viviese. Sorbió los mocos y luchó por no derrumbarse, no
quería parecer débil frente a sus nuevos compañeros. Aunque los
acabase de conocer, al parecer ellos eran lo único que le quedaba ya
en la vida. Volvió a mirar ese maldito folio y cayó en algo que
había pasado por alto la primera vez. Junto a la mayoría de nombres
había una cruz, al final de todo. Algunos de los nombres carecían de
ella, apenas uno de cada treinta. Su madre era uno de ellos.
CHRISTIAN – ¿Qué significa esta marca?
	El chico devolvió el informe a Morgan, y éste lo revisó de nuevo.
Bárbara y Zoe se habían acercado a los varones, sin decir una
palabra, compartiendo el dolor del preso. Ellas ya habían vivido eso
en sus carnes; ambas habían tenido que lidiar con la noticia de la
muerte de sus seres queridos, cada cual a su manera. Bárbara
coincidió que verlo desde la perspectiva de una tercera persona,
resultaba igualmente triste y trágico. En esos momentos la
sensibilidad estaba a flor de piel, y aunque apenas recordaba su
nombre, sus ojos empezaban a humedecerse por una extraña razón.
Morgan rompió el silencio.
MORGAN – Eso significa que no estaba infectada. Murió sana.
Deberías estar contento.
	Christian no pudo más y estalló.
CHRISTIAN – ¿¡Contento!? ¡Qué más da que muriese sana o
infectada! Está muerta, por el amor de Dios.
	Estalló en lágrimas y se giró hacia la puerta, apoyándose en
ella, mirando al suelo. Un par de lágrimas chocaron contra el
polvoriento suelo. Morgan y Bárbara hicieron ademán de acercarse,
para consolarle, pero acabaron quedándose quietos. Sabían que nada
de lo que hiciesen o dijesen cambiaría lo que el chico sentía. Era
mejor que lo soltase todo, que se desahogase tanto como su cuerpo le
pidiera. Debía asumirlo para poder dar el siguiente paso, para poder
seguir adelante. Zoe, sin embargo, no pensaba lo mismo. Lo había
observado todo desde la distancia, y en su fuero interno se sentía
ofendida.
ZOE – Morgan tiene razón. Deberías estar contento.
	Christian se giró, limpiándose las lágrimas. Estaba furioso y esa
niña maleducada parecía pedir a gritos convertirse en la diana de
todas sus frustraciones y su ira.
CHRISTIAN – ¿Qué coño dices?
	Bárbara quiso meterse en medio, pero estaba demasiado desconcertada
para atinar a abrir la boca.
ZOE – Es verdad. Deberías agradecer que haya muerto sin estar
infectada. Los míos no tuvieron tanta suerte. Se infectaron, los dos,
y trataron de matarme. Tú no tienes ni idea de lo que es eso, así
que no te quejes tanto. ¿Vale?
	Bárbara y Morgan se habían quedado boquiabiertos. La niña nunca
les había contado la historia que le había llevado al encuentro con
ellos, y ellos nunca se habían atrevido a preguntárselo, por no
meter el dedo aún más en la llaga, más ahora que la pequeña
parecía estar empezando a reponerse de todo eso. Una vez más
elogiaron en silencio la entereza y la fuerza de esa chiquilla, que en
tan poco tiempo había demostrado tener más fuerza y valor que ellos
dos en muchos aspectos. Christian sin embargo no compartía ese
pensamiento. Empezaba a detestar a la niña con todas sus fuerzas.
Estaba quitándole importancia a la muerte de su madre, y eso no
podía permitírselo a nadie. Se encontraba acorralado y malherido,
sentía náuseas y notaba cómo la cabeza le empezaba a dar vueltas.
CHRISTIAN – ¡No te voy a permitir...!
	La intensa presión a la que estaba siendo sometido pudo más que
él, y sin previo aviso cayó desplomado al suelo. Zoe se asustó por
un momento, creyéndose la culpable, pero no borró de su cara la
expresión de desagrado. Bárbara y Morgan se apresuraron a levantar
al chico del suelo, asustados por el cauce que habían tomado los
acontecimientos. Enseguida comprendieron el motivo de ese
desvanecimiento. El chico estaba claramente desnutrido. Había hecho
el esfuerzo de llegar hasta ahí, sacando fuerzas de donde no las
tenía, con la fuerte decisión de saber la verdad como alimento para
seguir adelante. Pero llegados a ese punto, esa verdad había podido
más que él.
	Entre los dos trataron de devolverle la conciencia, pero no sirvió
de nada. Estaba demasiado débil, buena fe de ello daban las marcas de
los huesos en su rostro, sus brazos y las de sus costillas en sus
costados. Era prácticamente un milagro que hubiera aguantado tanto
tiempo con vida en las pésimas condiciones a las que se había
afrontado, de modo que pensaron que lo mejor sería dejarle descansar
un rato más. Tampoco tenían prisa por partir, pues nadie les
echaría en falta.

puntos 3 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x141 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

BÁRBARA – ¿Por qué hemos venido aquí?
MORGAN – Ya te lo dije antes. A mirar los informes de las
defunciones que dejé cuando esto era un centro de supervivientes.
¿Se puede saber qué bicho te ha picado?
BÁRBARA – Yo trabajaba aquí.
	Morgan la miró, algo sorprendido, pero sin darle mayor importancia.
MORGAN – Felicidades. ¿A mi qué me cuentas?
BÁRBARA – Es que… No sé. Es el último sitio al que hubiera
pensado que volvería.
MORGAN – Déjate de tonterías y entremos, que aquí fuera hace
frío.
BÁRBARA – Espera.
	Bárbara entró de nuevo en la parte trasera del furgón, y en un
instante volvió a salir, pero en esta ocasión con la enorme mochila
a las espaldas. A todo lo que ya llevaba había añadido algunas mudas
limpias de las que había en la prisión, y ahora parecía que fuera a
estallar. Morgan se sorprendió de la fuerza de esa mujer, pues esa
mochila parecía pesar como un muerto. 
MORGAN – ¿Por qué vas siempre con esa mochila?
	Bárbara le miró, con la boca entreabierta, y se acomodó una de las
asas al hombro.
MORGAN – Con lo pesada que es, sólo te puede retrasar.
BÁRBARA – Más vale prevenir que curar. Piensa que si nos quedamos
aquí encerrados, acabarás por agradecer que la lleve siempre de un
lado a otro. Porque aquí dentro no creo que haya comida.
MORGAN – Bueno, tú verás.
Morgan hizo un gesto con la cabeza al nuevo compañero para que les
siguiera. Zoe se había alejado un poco y ahora se encontraba en el
hall de entrada de la escuela, contemplando la macabra decoración con
cartulinas de colores, papel pinocho y el gran mural con los dibujos
de alumnos de primer año, que a esas alturas deberían haber sido
sustituidos por los del nuevo curso. 
Entraron al vestíbulo y cerraron la puerta tras de ellos. Ahí el
ruido de la lluvia sonaba distorsionado y con eco, y a Christian le
recordó a la prisión. Morgan y Bárbara seguían discutiendo.
Bárbara parecía haberle encontrado el punto al policía, y éste se
alegraba de tener alguien con quien volver a discutir. Parecían una
pareja que llevaba muchos años casada, a la que todo ese tiempo ya
empezaba a hacer mella en la convivencia. 
Mientras seguían hablando para no decir nada, Christian tuvo ocasión
de reflexionar en silencio. Le daba la impresión que todo eso no
fuera con él, que él no era más que un invitado pasajero en ese
grupo ya consolidado. La realidad era distinta, pues no solo estaban
ahí por su culpa, sino que ese grupo de desconocidos acabaría siendo
como la familia que temía haber perdido. Estaba nervioso al pensar
que el nombre de su madre se pudiera encontrar en la lista de la que
le había hablado Morgan. Si bien era cierto que hacía mucho que no
sabía de ella, más tiempo del que hubiera sido deseable, todavía
guardaba la esperanza de que siguiera con vida.
Bárbara lo miraba todo con admiración, sintiéndose volver al
pasado, embriagada por la nostalgia de los buenos tiempos. Todo estaba
algo más sucio y desordenado que de costumbre, pero seguía
reconocible, como una macabra representación del holocausto. Recordó
a los niños correr por los pasillos, bajar a toda prisa las escaleras
después de escuchar la campana que indicaba que se habían acabado
las clases. Ahora eso estaba desierto, esos niños estarían muertos.
Eso si habían tenido suerte. Miró a Zoe y trató de convencerse que
todavía quedaba algo por lo que luchar.
El ex policía les guió hacia la sala de profesores, aunque Bárbara
sabía muy bien dónde estaba. Al entrar a la sala vio cómo la
habían dejado los refugiados durante el tiempo que habían pasado
ahí. Al menos su escritorio parecía estar intacto, junto a la
ventana que tenía la persiana veneciana echada, de modo que solo
permitía entrar estrechos rayos horizontales de luz. Afortunadamente
no le costaba ver con tan poca iluminación. Fue directa hacia su
silla y se sentó en ella, como había hecho tantas veces meses
atrás, para tomarse un café antes de empezar las clases de la
mañana. Se preguntó si todavía funcionaría la cafetera, y al
girarse para mirarla, vio que alguien se había llevado el depósito
de agua. De todos modos, tampoco había electricidad.
Morgan se dirigió hacia el fondo, y echó un vistazo a las
estanterías, en busca de los informes prometidos. No era capaz de dar
con ellos. Zoe se acercó donde estaba Bárbara, al tiempo que ésta
abría el cajón de su escritorio. Lo tenía todo desordenado, pero no
tardó mucho en encontrar lo que buscaba entre la marabunta de
fotocopias, bolígrafos sin tinta y demás objetos inútiles. Zoe
llegó a tiempo de ver como sacaba una fotografía enmarcada y la
colocaba sobre el escritorio, antes de girar un poco el regulador de
la persiana para ver mejor.
En la foto se la veía a ella, años atrás, con el pelo mucho más
corto y teñido de moreno. Estaba sobre una gran extensión de césped
con enormes árboles a los lados; la torre Eiffel se erguía
majestuosa tras ella y sus dos acompañantes. El mayor era un hombre
canoso con marcadas arrugas en el rostro. El otro era un hombre joven,
unos años mayor que ella. Bárbara suspiró. Ya no le quedaban más
lágrimas.
ZOE – ¿Son tu familia?
BÁRBARA – Mi padre y mi hermano.
	Bárbara le acercó la fotografía a la niña, y ésta la miró
detenidamente, sorprendida al ver lo que había cambiado Bárbara. 
ZOE – ¿Ellos están…?
BÁRBARA – Los dos.
	Zoe se quedó callada un momento.
ZOE – Lo siento.
BÁRBARA – Tranquila.
	Bárbara se sorprendió de la madurez de la chiquilla; la pobre
había tenido que crecer a marchas forzadas los últimos tiempos para
no quedarse atrás. Zoe le devolvió la foto a su dueña, y ésta la
volvió a dejar sobre el montón de papeles, y acto seguido cerró el
cajón.
ZOE – ¿No te la llevas?
BÁRBARA – Los llevo aquí dentro. La foto no haría más que
entristecerme.
	Zoe se acarició nerviosa la cinta de su muñeca. Al otro lado de la
sala se encontraban los chicos, junto a la puerta por la que habían
entrado. A su lado había una caja de cartón de la que Morgan sacó
un puñado de folios grapados. Christian estaba a su lado; tragó
saliva. Tenía las puntas de los dedos heladas, y el corazón le
latía a mil por hora.
MORGAN – ¿Cuál es el nombre de tu madre?
	Christian respiró hondo, ya no había marcha atrás.
CHRISTIAN – Azucena. Azucena Alemán Escribano.
	Morgan echó un vistazo al primer folio, siguiendo la lista de
nombres con el dedo. Pasó hoja. Christian deseó arrebatarle el
informe para mirarlo él, al ver lo lento que era, pero supo
contenerse. Morgan pasó media docena más de páginas antes de
pararse. Su dedo  oscuro señalaba un nombre en la lista, y Christian
era consciente de ello. Morgan miró al chico, con una expresión
seria y grave en la cara. Christian no pudo evitar que se le escapara
una lágrima.
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x140 - De camino a Etzel
2 de octubre de 2008

El furgón siguió su camino. Pasaron junto a los cadáveres de al
menos media docena de personas, teniendo que aminorar la marcha para
poder esquivarlos. Uno de ellos llevaba un uniforme naranja. Christian
no pudo reconocerle, por bien que se esforzó; podría ser cualquiera
de sus compañeros. De todos modos, ese toque de atención le hizo
tomárselo todo más en serio. Hasta ahora había oído hablar de
ello, pero no había tenido tiempo de comprobarlo con sus propios
ojos. El ver esos cadáveres en la calle, y sobre todo el ver que
Morgan no se inmutó lo más mínimo, le encogió el corazón. 
No podía dejar de pensar en su madre, y la impotencia que sentía
aún aumentaba más su impaciencia, hasta el punto de preguntarse si
no había cometido un error al acceder a ir con esos desconocidos en
dirección contraria a dónde podría encontrarse ella. Miró a su
lado, y vio la escopeta del policía. Al menos se sentía seguro con
ellos, y eso ya era algo. Morgan le llamó la atención, y el chico se
giró para mirar lo que él señalaba. Junto a una pareja de
cadáveres que había en el arcén de la derecha, resguardados de la
lluvia bajo un enorme pino había un par de infectados en pie. A uno
de ellos le faltaba la camiseta, y al otro los pantalones. Se les
quedaron mirando al pasar, pero no osaron alejarse de su lugar al
resguardo de la lluvia. Un trueno resonó en el ambiente, y los
infectados se cubrieron la cabeza con las manos. Morgan frunció el
ceño al verles.
MORGAN – Están como atontados. Nunca les había visto así.
CHRISTIAN – ¿Así cómo?
MORGAN – Así... Parece que estén drogados. Normalmente se
abalanzan contra los coches, aunque vayas a toda pastilla.
CHRISTIAN – Tal vez estén saciados. ¿No has visto que había un
par de cuerpos junto a ellos? Comen… gente, ¿no?
MORGAN – Eso no tiene nada que ver. No es el hambre lo que les
mueve. Es… como un instinto, que les vuelve violentos. No son
depredadores que maten para alimentarse. Matan por deporte… por
ocio.
	Esos datos le ponían la piel de gallina, pero agradecía hasta la
última palabra. Si quería sobrevivir en ese nuevo mundo que se
había forjado a sus espaldas, debería al menos saber a qué se
enfrentaba. Christian se quedó mirando al policía; éste no apartaba
los ojos de la carretera desierta. Se sorprendió al ver que no se
cruzaban con ningún coche. Era lógico, pero aún así le llamó la
atención. En su fuero interno todavía guardaba la imagen del mundo
tal cómo lo conoció antes de ingresar en prisión, y todavía
tardaría mucho en acostumbrarse a ese nuevo mundo.
CHRISTIAN – Quizá no les guste la lluvia.
	Morgan apartó la mirada de la carretera para mirar al chico. En un
primer momento sintió la necesidad de burlarse de él por la aparente
estupidez que acababa de decir. Un instante después, reflexionó, y
se preguntó si realmente no sería tan mala idea.
MORGAN – Había escuchado que temían al fuego, pero a la lluvia…
Ahora que lo dices. No hemos visto apenas ninguno desde que empezó a
llover.
CHRISTIAN – Lo mismo es eso.
MORGAN – No, no. Aunque son nocturnos, siempre hay algún despistado
por la calle de día. Pero hoy… Están todos…
	Morgan dejó la frase incompleta. Pasaron bajo un puente sobre el que
cruzaban al menos seis carriles de la autopista. Por un momento
dejaron de oír el ruido del agua al chocar contra el furgón. Ahí
abajo había cuatro infectados más; al parecer les había pillado la
lluvia sin un lugar mejor en el que resguardarse. Esos tampoco
parecían tener ganas de marcha. Morgan frenó lentamente la
furgoneta, dispuesto a pegar un acelerón cuando hiciese falta. Los
infectados se les quedaron mirando, inmóviles desde su posición.
Estaban los cuatro de pie, uno junto al otro. Morgan llegó a parar
por completo el vehículo, a menos de cinco metros de ellos, y se les
quedó mirando con curiosidad. 
MORGAN – A que vas a tener razón…
	Christian chasqueó la lengua, mostrando su impaciencia y su miedo.
La tuviera o no, pararse junto a ellos era una estupidez se mirara
como se mirase. Morgan les hizo señales con las luces largas,
esperando una reacción que no se llegó a producir. 
BÁRBARA – ¡¿Por qué nos paramos?!
ZOE – ¡¿Ya hemos llegado?!
MORGAN – ¡No, aún falta un poco!
Con una cara más de desconcierto que otra cosa, pisó de nuevo el
acelerador y se alejó de los infectados, que siguieron el vehículo
con la mirada, apenas moviendo un poco el cuello para no perderles de
vista. De nuevo notaron la furia de la lluvia contra el metal y los
cristales. El resto del trayecto prosiguió sin mayores problemas, sin
ningún indeseable encuentro más. Un kilómetro antes de llegar a su
destino, tuvieron que sortear un trailer que había volcado en la
carretera. Al parecer transportaba material de construcción, a juzgar
por las toneladas de barras de metal que había por doquier. Morgan
tuvo que meterse en el carril de la izquierda, y conducir unos metros
contra dirección para sortear todo el desaguisado. Sabía que era
estúpido, pero se sintió raro al hacerlo.
La escuela estaba en las afueras, de modo que se ahorraron tener que
entrar al centro. Cruzaron una pequeña zona industrial y una de naves
comerciales, y finalmente alcanzaron la avenida que les dirigió a su
destino. Al llegar a la verja, Morgan vio que las puertas estaban tal
cual él las había dejado. Su única traba era un candado acompañado
de la misma llave que lo abría. Así se aseguraba que no podría
entrar ningún infectado, pero permitiría a cualquier persona sana
entrar si lo necesitaba. Al parecer nadie lo había necesitado en todo
ese tiempo. Morgan todavía guardaba la esperanza que alguno de los
que estaban con él el día que abandonaron la escuela hubiera
decidido volver. El ver que nadie lo había hecho le hizo revivir ese
amargo recuerdo.
Estacionó el furgón frente al portón, y salió a toda prisa a abrir
el candado. Abrió las puertas de par en par, y Christian se encargó
de meter el vehículo dentro. Una vez lo hizo, Morgan cerró de nuevo
las puertas, y en esta ocasión se guardó la llave del candado en el
bolsillo. No quería ningún tipo de sorpresa mientras estuvieran
dentro; menos al saber que el recinto estaba totalmente libre de
infectados. Recuperó su asiento al volante y dirigió el vehículo
hacia la entrada principal de la escuela, subiendo una pequeña
cuesta. Sin mediar palabra los hombres salieron de la cabina, y fueron
hacia la parte trasera del furgón. No tenía la llave echada, de modo
que tan solo tuvieron que abrir las puertas para dejar salir a las
chicas.
Estaban las dos sentadas en el mismo banco, el de la derecha. Cuando
el portón se abrió, ambas se levantaron. Bárbara fue la primera en
salir, y al ver dónde se encontraba, quedó boquiabierta. Todos
miraban su expresión sorprendida, sin comprender de qué iba todo
eso. Dio un par de pasos hacia las puertas de entrada, pintadas de un
verde chillón. Se acercó al cristal y miró hacia dentro,
haciéndose visera con las manos para ver mejor. Acto seguido se giró
hacia Morgan.
BÁRBARA – ¿Esto es una broma?
puntos 4 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x139 - De camino a Etzel
2 de octubre de 2008

Antes de salir del edificio en el que se ducharon, sus nuevos
compañeros habían expuesto el problema que tenían con el vehículo
que les había llevado hasta ahí. Lo que aún no le habían dicho era
qué diablos les incitó a visitar la prisión, estando como estaban
las cosas. El hecho fue que ese coche no era fiable. Al parecer tenía
un problema en el depósito, y perdía demasiada gasolina como para
hacer un trayecto largo sin ir rellenándolo cada poco tiempo. Se
habían sorprendido al saber que el chico estaba aprendiendo
mecánica, pero tristemente, las menos de tres semanas que estuvo como
pupilo no fueron suficientes para saber arreglar ese problema.
	No obstante y viendo las circunstancias, Christian les ofreció una
posible alternativa. El camino hacia el taller estaba despejado. Del
cajetín en el que él mismo vio que los agentes guardaban las llaves
de los furgones su primer día en el taller todavía pendía una, con
su correspondiente llavero. Le siguieron en silencio hacia la puerta
que llevaba a la zona de aparcamiento, y vieron un furgón policial,
uno de los que llevaban a los presos de un lado a otro. Todos
coincidieron en que un vehículo blindado de esa envergadura, con los
cristales enrejados, un cierre impenetrable y bancos en la parte
trasera para al menos una docena de personas, fácilmente convertible
en un dormitorio improvisado, sería sin duda el vehículo más
adecuado para los tiempos que corrían.
	Las chicas les esperaron bajo la marquesina que había tras la
puerta. Ellos comprobaron que las llaves encajaban, e incluso pusieron
el vehículo en marcha. Funcionaba a la perfección, y además tenía
el depósito lleno. Morgan tenía bastante mejor ánimo que al llegar,
e invitó al chico a volver con él al coche que habían dejado en la
entrada. De camino se encontraron al alcaide. Tenía bastante peor
aspecto que cuando Christian le conoció. Se preguntó por qué se
habría suicidado, y quiso convencerse que fue por el remordimiento de
haberles dejado abandonados a su suerte, aunque no se lo acabó de
creer. El caso era que no había cumplido su palabra, y ahora estaba
muerto. Christian confiaba que Cobra también lo estuviera, pero algo
le decía que en ese caso no sería tan fácil.
	Llegaron al todoterreno y comprobaron que el depósito estaba
prácticamente a cero, aún cuando Morgan recordaba haberlo dejado
algo más lleno. Eso les convenció que estaban en el buen camino.
Recogieron una maleta que según contaba el policía contenía algo de
ropa y bastante comida en conserva. También cogieron una garrafa de
gasolina a la que apenas le faltaba una cuarta parte, y volvieron
donde les esperaban las chicas. Sin perder más tiempo, subieron
rápidamente al furgón, y cerraron tras ellos, apresurados para que
no les mojase la intensa lluvia que se negaba a abandonar Etzel.
	Bárbara y Zoe ocuparon la parte trasera, pues en la cabina frontal
tan solo había sitio para dos ocupantes, y Morgan insistió en que
quería hablar con el nuevo hallado. Ahí dentro, iluminadas tan solo
por una pareja de ventanas altas, pequeñas y enrejadas, las chicas
notaron cómo el vehículo se ponía en marcha. 
Zoe se encontró de nuevo fuera de lugar. Desde que conociese a
Bárbara y luego a Morgan, se había sentido protegida e incluso
cómoda. El recuerdo de sus padres se había ido desvaneciendo,
ofreciéndole tranquilidad por una parte al olvidar su trágico final,
y tristeza por otra al darse cuenta que no los volvería a ver. Ahora
sin embargo se veía retrocediendo. La inclusión de ese extraño en
el grupo la había trastocado, y se encontró pensando de nuevo en sus
padres, acariciando con nerviosismo la cinta de su muñeca, luchando
por no derrumbarse y llorar de nuevo. 
Temía que Bárbara se diera cuenta de ello, pero la mujer estaba
demasiado metida en su propio mundo como para percatarse de otra cosa.
Ese pequeño descanso le había venido bien para despejar la mente,
pero ahora solo podía pensar en una cosa: la herida de su brazo. A
medida que pasaban las horas, no notaba ningún tipo de empeoramiento,
si un caso todo lo contrario; se notaba más saludable que nunca.
Quería convencerse que jamás había llegado a infectarse, que no
había sido más que un susto pasajero, pero sabía que todavía era
pronto para eso. Estaba inquieta y temerosa, pero otra parte dentro de
sí le invitaba a fantasear con otra posibilidad mucho más
improbable. Y esa parte ganaba fuerza a medida que pasaban las horas
sin novedades.
Sentado en el asiento del copiloto del mismo furgón en el que le
habían llevado ahí dentro, Christian notó un cosquilleo en el
estómago al cruzar el umbral del portón que le permitió abandonar
definitivamente el lugar en el que hubiera tenido que cumplir su
siguiente aniversario. La lluvia golpeaba con fuerza la luna
delantera, mientras el limpiaparabrisas se afanaba en apartarla, para
que Morgan pudiese seguir conduciendo. Bajaron por el camino
zigzagueante. Christian veía empequeñecer la prisión por el
retrovisor.
MORGAN – ¿Cuánto tiempo llevabas ahí dentro?
CHRISTIAN – Casi dos meses.
MORGAN – Qué poco… Y… ¿Cuánto tiempo te cayó?
CHRISTIAN – Quince meses.
MORGAN – ¿Quince meses por robar una tienda?
	Christian tragó saliva. Le había mentido y ahora temía que le
descubriera. No era que creyese que al descubrir su verdadero delito
le volviese a dejar encerrado, eso seria estúpido. Sin embargo, no
quería que nadie supiera lo que había hecho en realidad; se
avergonzaba mucho de ello, y más cuando en el grupo había una niña,
una niña igual a la que él mató. En ese momento Morgan se desvió
de la carretera por la que circulaban, y se incorporó a una autovía
que les alejaba considerablemente de su destino.
CHRISTIAN – ¿Qué haces?
MORGAN – Vamos a Etzel, ya te lo dije.
CHRISTIAN – Pero por aquí darás un rodeo muy grande. Te hubiera
salido más a cuenta seguir recto. Después del túnel llegas a Etzel
en menos de tres kilómetros.
MORGAN – Ese camino está cortado. Además, si de mi depende, no
pienso meterme en un túnel. Esos… les gusta la oscuridad, y estoy
seguro que tienen montada una fiesta dentro de cada uno.
CHRISTIAN – Tú sabrás lo que haces.
MORGAN – Cuenta con ello, chaval.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x138 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Un trueno resonó en el ambiente, rebotando su sonido por las paredes
de la gran estancia.
MORGAN – No es nada personal, de verdad. Todo el mundo ha muerto,
¿vale? Mi mujer ha muerto, sus padres han muerto.
Zoe miraba al policía sin pestañear.
MORGAN – Ella también se ha quedado sola.
Bárbara asentía ligeramente con la cabeza, sin pestañear.
MORGAN – Ahora bien, puedes arriesgar también tu vida para ir a
buscar su cadáver, o asimilar que ya nada es como era. Puedes dejarte
matar o tratar de sobrevivir. Tú decides.
	Christian seguía sin dar crédito a lo que Morgan le contaba. Si
ellos habían conseguido sobrevivir a ese holocausto, su madre no
tenía porque ser menos. Ella era una mujer inteligente y sabría
mejor que nadie a lo que se enfrentaba, trabajando dónde trabajaba.
Aunque por otra parte, al trabajar donde trabajaba seria el blanco
más fácil para ellos. De cualquier manera, no estaba dispuesto a
rendirse. Se había propuesto encontrarla, y nada ni nadie le
impediría hacerlo.
MORGAN – Dios sabe que te estoy haciendo un favor ofreciéndote
venir con nosotros. A ella le costó mucho convencerme.
	Bárbara volvió a asentir, atenta a la conversación. Christian no
sabía cómo responderle. En realidad tampoco sabía a lo que se
enfrentaba. Se había formado cierta idea durante todo el tiempo que
tuvo para reflexionar, aunando las imágenes que había visto en la
televisión de la garita de Andrés, el reportaje del periódico y la
visita del propio Andrés dos semanas atrás. Si tal y como decía
Morgan las calles estaban llenas de gente como él, de personas
desmemoriadas, agresivas y violentas, debía asumir en parte la razón
del policía. Tal vez no fuera tan mala idea aliarse con un grupo de
personas armadas, personas armadas que al menos sabían a lo que se
enfrentaban.
MORGAN – Mira, hagamos una cosa. Antes de venir a Sheol yo estaba
aquí en Etzel, y dejé olvidados unos documentos sobre las bajas de
las primeras… dos semanas de la epidemia. Vente con nosotros a Etzel
y miremos si el nombre de tu madre está en la lista. A nosotros nos
viene de camino.
CHRISTIAN – ¿Y eso se supone que…?
MORGAN – Si no está, te prometo que no insistiré más y te dejaré
ir. Podemos llegar esta misma tarde. ¿Qué me dices?
	Christian miró a Bárbara.
CHRISTIAN – Digamos que acepto. Tendré que defenderme… ¿Tenéis
alguna pistola para mí?
MORGAN – No. Solo tenemos...
CHRISTIAN – La niña tiene una.
	Morgan miró a Zoe. Ella sacó la mano del bolsillo de su vestido.
MORGAN – Esa es suya. Yo se la di.
	Christian miró al policía, juzgándole por ello. Él ni se inmutó.
CHRISTIAN – Pero si no es más que una niña.
	Morgan esbozó una sonrisa.
MORGAN – Anda, como si tú no fueras un niño, también. Además,
ella ha demostrado merecérsela, créeme. La oferta sigue en pie, pero
no te puedo dejar ningún arma, tendrás que fiarte de nosotros.
	Zoe le miraba seria, enfadada por lo que había dicho. Christian
sopesó fríamente las posibilidades. Deseaba volver a Sheol cuanto
antes, pero si tal y como decían la gasolinera había explotado y su
casa se había venido abajo, no sabría por donde empezar a buscar.
Eso, y el hecho que estaría desarmado en unas calles llenas de
fanáticos dispuestos a hincarle el diente, acabaron por convencerle
que debía hacer caso a esa voz que insistía en ayudarle, aunque de
un modo algo rudo. Morgan notó en sus ojos cómo cedía, y le
ofreció su mano.
MORGAN – ¿Hay trato?
CHRISTIAN – Hay trato.
	Morgan estrechó la mano del muchacho, y acto seguido se la puso en
el hombro, invitándole a abandonar la celda en la que llevaba
encerrado casi un mes. Bárbara no se lo acababa de creer, pero no le
molestó demasiado que se les uniera. Si su mayor delito era el haber
robado en una tienda y su mayor preocupación la de encontrar a su
madre, no había motivos para desconfiar del chico. Zoe sin embargo no
le quería con ellos. Había conseguido caerle mal desde el primer
momento, y aunque sabía que su opinión no contaba, deseaba que no
les acompañase.
	Bárbara se quedó mirando el vaso turquesa que había sobre el
esqueleto de la cama inferior de la litera. Estaba lleno, lo que
respondía a la cuestión de cómo había podido aguantar tanto con
vida ahí encerrado. Llevaba ya mucho tiempo deseando ducharse,
deseando quitarse de encima la mugrienta ropa que llevaba. Notaba que
olía a demonios, y eso la disgustaba, por mucho que los demás
también lo hicieran, hasta el punto de acostumbrarse a ello e
ignorarlo. Morgan ayudaba a Christian a salir de la celda, pues al
chico le costaba caminar.
BÁRBARA – ¿Tenéis duchas?
	Christian se la quedó mirando.
CHRISTIAN – Buena idea. Seguidme.
	Los cuatro caminaron por el desierto y muerto pasillo, bajaron las
escaleras, y lucharon por evitar mirar la cabeza destrozada de
Andrés, sin conseguirlo. Al salir, la lluvia volvió a hacerse notar.
Christian miró el cielo como si jamás lo hubiera visto. No era el
precioso cielo azul con el que había soñado en su tiempo de
reclusión, pero para él era más que suficiente. El chico les guió
hacia el edificio en el que estaban las duchas, sorprendiéndose al no
encontrar ningún tipo de traba en el camino. Al parecer Cobra y
compañía habían hecho un buen uso de las llaves de Andrés antes de
partir.
	Tras cruzar unas cuantas puertas acabaron llegando a los vestuarios.
Ahí daba la impresión que nadie hubiera pasado en mucho tiempo. Todo
estaba limpio y recogido. Los hombres del grupo cedieron su turno a
las chicas, que se dirigieron hacia los baños sin demora. Se ducharon
juntas, abusando del champú y del gel, sintiéndose por un momento de
nuevo en la civilización. Cuando volvieron dónde los varones,
ataviadas con sendas toallas rodeándoles el cuerpo, les encontraron
afeitándose. Morgan se afeitaba la cabeza mientras Christian hacía
lo propio con la barba. 
El chico les enseñó un armario en el que había mudas limpias. Zoe
sólo se cambió la ropa interior, pues no había ropa de su talla.
Bárbara hizo lo propio, amén de apropiarse de unos pantalones
tejanos y una camisa blanca de su talla. Las chicas se quedaron
lavándose los dientes mientras los hombres, ya afeitados, tomaban sus
propias duchas. Al volver, vieron a Bárbara haciéndole una coleta a
Zoe. La niña se veía risueña, al fin había conseguido dejar a un
lado los fantasmas del pasado. Morgan siguió fiel a su traje de
policía. Christian, sin embargo, se vistió igual que Bárbara,
complaciéndose al poder quitarse de encima el uniforme de preso,
empezando a sentirse de nuevo libre. Después de llenar de agua las
botellas vacías que Bárbara había ido guardando en la mochila a
medida que las bebían, se dispusieron a abandonar la prisión, para
no volver jamás.
puntos 10 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x137 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Bárbara miró al policía, todavía más sorprendida que antes.
Había tenido que mover cielo y tierra para que les aceptase a ella y
a Zoe, y ahora estaba proponiéndole a un total desconocido, que
además sabían de buena tinta que era un delincuente, que se uniera
al grupo. Christian se acariciaba con suavidad la muñeca ya libre,
que mostraba las marcas de las esposas que le habían esclavizado
tanto tiempo. La tenía enrojecida y le escocía, pero eso ya no le
importaba. Tardó un momento en procesarlo.
CHRISTIAN – ¿Dónde vais?
MORGAN – Al sur. No tenemos un destino concreto, pero teníamos
pensado ir a la costa.
CHRISTIAN – No. Entonces no. 
MORGAN – ¿Por qué no?
CHRISTIAN – Porque tengo que ir a encontrarme con mi madre, y ella
está en Sheol.
	Christian desconocía el paradero de su madre. No obstante, estaba
dispuesto a llegar al fin del mundo si era necesario con tal de
averiguar qué había sido de ella. Morgan por su parte creía saber
perfectamente cual había sido su destino, aunque que no la conociera.
CHRISTIAN – De verdad que os agradezco todo lo que habéis hecho por
mí, pero… tengo que hacerlo. Y no os voy a pedir que me
acompañéis.
MORGAN – Tampoco lo haríamos.
CHRISTIAN – ¿Cómo?
	Bárbara sonrió levemente. De nuevo vio a Morgan tal y como lo
conocía.
MORGAN – Venimos de Sheol.
CHRISTIAN – ¿Y cómo está? Quiero decir…
	Zoe miró al policía, con una expresión compungida. Él bajó un
poco la cabeza, ladeándola. Christian arrugó la frente. Miraba
alternativamente a todos, sentado en el viejo colchón.
CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
MORGAN – No queda nada ahí fuera.
CHRISTIAN – ¿Cómo...?
MORGAN – No sé cómo piensas que están las cosas, pero… están
muy jodidas.
CHRISTIAN – ¿Por los asesinos aquellos, los del bosque?
	En esta ocasión fue Morgan quién arrugó la frente. No podía creer
que a esas alturas todavía quedase alguien que ignorase lo que se
había cernido sobre la ciudad, sobre medio mundo.
MORGAN – Es un virus que... trastorna a la gente. Lo ha arrasado
todo.
CHRISTIAN – Pero... ¿Tan mal está la cosa?
MORGAN – Peor. La mitad de la gente huyó, el resto… han acabado
infectados de ese virus.
CHRISTIAN – Me da igual. Yo voy a ir a buscar a mi madre.
	Morgan chasqueó la lengua, negando ligeramente con la cabeza.
Respiró hondo. No quería resultarle demasiado violento, pero le
estaba costando.
MORGAN – ¿Desde cuando no sabes de ella?
CHRISTIAN – Desde el seis.
	Christian estaba realmente nervioso. La punta de los dedos se le
había quedado helada y el corazón le latía a mil por hora. Hubiera
deseado salir corriendo de ahí en ese mismo instante, pero en el
fondo quería saber el final de esa conversación.
MORGAN – Los teléfonos dejaron de funcionar el catorce. Yo… no me
haría muchas ilusiones. Vente con nosotros, no seas idiota.
CHRISTIAN – Tú no sabes nada, no eres nadie para venir aquí a
decirme lo que tengo que hacer…
MORGAN – No es eso...
Christian acabó enfadándose del todo. Bárbara recordó cómo ella
misma lo había hecho al conocerle. Morgan trató de mantener la
calma, pues sabía que si seguía apretando al chico, éste acabaría
por explotar. Christian se levantó, ofuscado por las poco alentadoras
palabras del policía. A duras penas consiguió ponerse en pie, las
piernas le flaquearon y se inclinó hacia un lado, a punto de caer.
Morgan le agarró con fuerza del antebrazo, impidiendo que el chico se
desplomase en el suelo. Estaba muy débil, había pasado demasiado
tiempo en ayunas y todavía le costaría algo de tiempo recuperarse.
Se zafó rápidamente de la mano amiga del policía, y se agarró para
no perder el equilibro al lavamanos que tanto tiempo le había
retenido. Los dos varones se aguantaron la mirada unos instantes.
Morgan empezó a desencantarse. Seguía deseando hacerse cargo de él,
en gran medida porque era obvio que lo necesitaba, pero también
porque la imagen de Marcelino todavía estaba suspendida en su retina.
No obstante, esa imagen se diluía a pasos agigantados, devolviéndole
a la realidad.
MORGAN – No tienes ni idea de cómo están las calles, si sales solo
te van a…
CHRISTIAN – Correré el riesgo.
MORGAN – ¿Dónde vivía tu madre?
CHRISTIAN – Mi madre vive en unos apartamentos, en Sheol.
MORGAN – ¿Pero dónde, en qué parte?
CHRISTIAN – ¿Me vas a acompañar?
MORGAN – No.
CHRISTIAN – Entonces déjame en paz, ¿quieres?
MORGAN – Dime dónde está, no más.
CHRISTIAN – En la calle Habal, a dos manzanas del Hospital Shalom.
	Morgan negó de nuevo con la cabeza, poniendo a prueba la paciencia
del chico. Bárbara y Zoe miraron al policía, sin entender gran cosa.
MORGAN – No vayas.
CHRISTIAN – ¡No tengo nada más que hablar contigo! Ya te he dicho
que voy a ir, así que no me rayes más, 
MORGAN – Si vas... No servirá de nada.
CHRISTIAN – ¿Cómo estás tan seguro?
MORGAN – Porque ese edificio ya no existe.
	Christian se quedó boquiabierto, luchando por restar credibilidad a
las palabras del policía. Se sostenía fuertemente a la pica,
aguantando como podía el calambre que tenía en la pierna derecha.
Bárbara y Zoe lo miraban todo desde la barrera, agradeciendo el no
tener que involucrarse.
CHRISTIAN – ¿Qué tonterías dices?
MORGAN – ¿Está cerca de la gasolinera Amoco?
CHRISTIAN – Justo enfrente.
	Fue entonces cuando Bárbara lo comprendió todo.
MORGAN – Hubo una explosión… Todo quedó arrasado por el fuego
varias manzanas a la redonda.
Christian buscó refugio en la mirada de las chicas, para librarse del
yugo de las duras palabras de Morgan. La mirada de Bárbara corroboró
la versión del policía. Sus ojos marrones no daban lugar a
equívoco; ella también creía que su madre había muerto, aunque
dudaba que fuera por la explosión o por el incendio. Christian se
sintió débil y acorralado. Les odiaba a todos y no quería saber
nada más de ellos. Le habían puesto la miel en los labios y ahora se
la estaban quitando a fuerza de golpes. 
MORGAN – Chris, tu madre está muerta.

puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x136 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Bárbara titubeó un momento, pero enseguida reaccionó. Se quitó la
mochila, medio empapada por toda la lluvia que le había caído
encima, y sacó unas latas de conserva, una bolsa de patatas fritas y
un par de refrescos tibios. Se sorprendió al ver una lágrima brotar
de los ojos del chico, que miraba esa comida como si se le hubiera
abierto el cielo. Sin mediar palabra, agarró la bolsa y la abrió
rápidamente, llevándose las patatas a la boca con ansia, como un
animal hambriento, tragando apenas sin masticar. Prácticamente la
vació antes de abrir una lata de berenjenas en vinagre y comerse un
par de ellas en menos de cinco mordiscos, ignorando por completo la
bebida. Con la boca todavía llena, y la barbilla sucia de todo lo que
le había chorreado, pero con la expresión del más puro éxtasis en
la cara, miró a quienes le observaban sin atreverse a decir nada,
sorprendidos por su voracidad, y les dio las gracias en algo parecido
a un murmullo.
ZOE – ¿Cómo te llamas?
	Christian levantó la cara de la comida, y tragó lo que tenía en la
boca.
CHRISTIAN – Chris.
	El chico levantó su mano, se la miró, se la pasó por la pernera
del pantalón para limpiarla, y se la ofreció a la niña, con una
leve sonrisa en la cara. Estaba acostumbrado a apretar bastante, y Zoe
se la quitó enseguida, exclamando un leve Au, y frunciendo el
entrecejo. Christian se llevó un champiñón goteante a la boca, y se
lo tragó en un par de mordiscos.
BÁRBARA – ¿Cuánto tiempo llevabas sin comer?
	Christian se quedó dubitativo, miró a un lado con la mirada
perdida, se rascó la cabeza unos centímetros por encima de la
cicatriz, bostezó, y volvió a mirar a Bárbara.
CHRISTIAN – Dos semanas y media.
	En esta ocasión hasta Morgan hizo una exclamación.
BÁRBARA – ¿Y cómo acabaste esposado aquí?
	El chico se llevó otro champiñón a la boca, y le respondió
mientras lo masticaba.
CHRISTIAN – Esa es una historia muy larga, no os quiero aburrir.
BÁRBARA – Insisto.
	Christian la miró, tragó, respiró hondo, y dejó la comida quieta
por primera vez.
CHRISTIAN – Uno de los presos de aquí, me la tenía jurada, y…
que te voy a contar que no sepas. Me esposó aquí, para que me
muriera de hambre. Y de poco no lo consigue. Oye, gracias por la
comida, de verdad.
BÁRBARA – De nada. Que… Yo soy Bárbara. Ella es Zoe…
	Zoe miró a Bárbara, estaba recelosa del chico. No le daba buena
espina.
BÁRBARA – Y él es Morgan.
	Morgan asintió, y le ofreció la mano al chico. En esta ocasión fue
Christian quien tuvo que soportar el fuerte apretón del policía.
Morgan miraba al chico, todavía sin creérselo. Su decisión
precipitada y totalmente arbitraria de ir a la cárcel había tenido
un éxito inesperado. Al mirar a ese chico, veía a Marcelino; veía
en él la oportunidad de redimirse por el mal que había hecho, y eso
le hacía sentirse algo mejor, después del bajón que le había dado
al descubrir el cadáver del chico en el calabozo de la comisaría. 
CHRISTIAN – Yo soy Chris… un muerto de hambre.
	Bárbara y Morgan se rieron. Zoe seguía seria, mirándole con sus
ojos verdes casi sin pestañear. Christian siguió comiendo.
ZOE – ¿Por qué te metieron aquí?
	Bárbara miró a la niña. Ella misma tenía curiosidad por conocer
la respuesta, pero no se hubiera atrevido a formular la pregunta. A
veces venía bien tener un niño en el grupo. Christian perdió
enseguida la sonrisa de la boca. Miró a Zoe. Al hacerlo, recordó
vívidamente la escena del carro del supermercado, a Jéssica, que
tenía su misma edad. Respiró hondo.
CHRISTIAN – Robé... una tienda. Una tienda de barrio. Y me
pillaron.
	Morgan le observaba con atención. Si fuera cualquier otra persona
hubiera aflorado en él la vena despectiva hacia su delito que le
imponía su oficio, pero a él no lo veía así. Se sorprendió a si
mismo al notar en su interior esa sensación de tranquilidad.
MORGAN – Hoy día, dudo mucho que de los que quedamos, haya alguno
que no haya robado una tienda.
	Bárbara se quedó de piedra. Zoe estaba distraída mirando por la
barandilla todos los destrozos que habían hecho los demás presos al
escaparse de la prisión. Morgan se quedó mirando a la mujer, con una
sonrisa en la cara que ella jamás le había visto.
MORGAN – Dime que esa comida la compraste.
	Bárbara se quedó sin palabras. Morgan se rió a viva voz.
MORGAN – ¿No sabrás dónde están las llaves de las esposas,
verdad?
	Christian dejó de masticar en ese mismo instante. Miró al policía
con los ojos brillantes.
CHRISTIAN – ¿Visteis un guarda…
	Iba a decir muerto, pero se cortó, por la presencia de Zoe. No lo
hubiera hecho si conociera la historia que acarreaba la niña a sus
espaldas.
CHRISTIAN – ... abajo?
MORGAN – Si.
CHRISTIAN – Debe tenerlas él.
MORGAN – Ahora vengo.
	Morgan se fue a paso ligero por el pasillo, pisando toda la basura
que había por ahí tirada. Bajó las escaleras, y se dirigió hacia
el cadáver de Andrés. Le dio media vuelta, sin mancharse de aquella
sangre corrupta, y tanteó la parte trasera de su cinturón, donde
enseguida encontró las pequeñas llaves de las esposas. Estaban en el
mismo lugar dónde él solía guardarse las suyas. Bárbara y Zoe le
miraban desde arriba, asomadas a la barandilla. Incluso la niña notó
que Morgan estaba actuando de un modo que no era el habitual. Lo
hacía nervioso e inquieto, como un niño la víspera del seis de
enero. Tan rápido como se fue, volvió al primer piso con sus
compañeros.
	A Christian le dio un vuelco el corazón al ver las llaves que
pendían de esos robustos dedos marrones. Su vida había dado un
vuelco de 180º en cuestión de minutos, y todo se lo debía a esos
desconocidos, de los que apenas podía recordar sus nombres. Morgan le
tiró las llaves al chico, y éste las pilló al vuelo, con la mano
libre. Sin perder ni un momento metió la llave en la cerradura de la
manilla que apresaba su muñeca izquierda, y notó una explosión de
placer en su interior al ver que cedía sin ofrecer resistencia. Dejó
las esposas cogidas a la bajante del lavamanos, y tiró las ya
inútiles llaves al suelo, sin poder evitar que le cayera otra
lágrima de felicidad. Entonces Morgan dijo algo que ninguno de los
presentes se hubiera esperado.
MORGAN – ¿Quieres venirte con nosotros?
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Al otro lado de la vida 1x135 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Christian recordó las siguientes dos semanas como las peores de su
vida, superando con creces a las anteriores y las anteriores a esas,
que en su momento habían ostentado ese dudoso honor. Desde que le
dejasen abandonado a su suerte, el tiempo parecía haberse
ralentizado, en gran medida por el hambre acuciante que le atosigaba
las 24 horas del día. Nadie se acercó a la prisión en todo ese
tiempo. Todos los que habían huido andaban ya muy lejos;  nada del
mundo les haría volver a ese infierno. Y evidentemente el resto del
mundo tendría cosas mucho mejores que hacer.
	El chico pensó en su madre, en cómo se las habría arreglado, si el
mundo se parecía a la imagen que se había formado durante todo el
tiempo que tuvo ocasión de dejar volar la imaginación, que no fue
poco. Se preguntó una y mil veces el motivo por el cual no había ido
a reunirse con él, si la prisión estaba abandonada; por qué no
había tratado de salvarle. Pero en su fuero interno, creía conocer
la respuesta, y por eso mismo siempre luchaba por alejar de su cabeza
esos malos pensamientos.
	Todo intento de librarse de las esposas había resultado inútil,
pues sólo consiguió herirse más las ya maltrechas muñecas. La
agonía se hacía más latente a cada nuevo día que pasaba, con la
única compañía del trinar de los pájaros y el ulular del viento
que entraba por la puerta que habían dejado abierta sus compañeros
al escapar. Llegó a comer el poco papel de váter que le quedaba, e
incluso probó suerte con la crema dentífrica, la espuma que había
dentro del colchón de la cama inferior y hasta con el periódico que
había comprado en un pasado que se le antojaba remoto. Tristemente no
consiguió más que un fuerte dolor de barriga, amén de arrojar al
suelo lo poco que le quedaba dentro. 
Si era cierto lo que decían que Dios aprieta pero no ahoga, al menos
disponía de tanta agua corriente como desease. El grifo funcionaba
como si nada hubiera pasado, y le permitió sobrevivir más de lo que
jamás hubiera llegado a pensar. El vaso turquesa de plástico que
había sobre el lavamanos apaciguaba su sed día a día, pero hubiera
vendido todo esa agua a incluso su alma al mismísimo diablo por comer
uno de aquellos platos de lentejas que hacía su madre, que tanto
detestaba cuando en el mundo su mayor preocupación era aprobar las
matemáticas. De ese modo, hambriento, agotado y abatido, el pobre
chico de las afueras acabó deseando que eso acabase de una vez por
todas. Si ese era el destino que se le había impuesto, que así
fuera. Al fin y al cabo era cuestión de tiempo, llevaba ya demasiado
en ayunas.
	La mañana de ese día no empezó como cualquier otra, hubo algo que
la hizo diferente, y Christian se preguntó de entrada si no era la
señal de que su vida ya había llegado al final. Se había querido
convencer que estaba cansado de vivir. No obstante no tenía el valor
para quitarse la vida. Se despertó tirado en el suelo de su celda, de
su celda con la puerta abierta pero de la que no podía escapar,
tremenda ironía. Le despertó un sonoro trueno que retumbó en la
nave y hasta le dio la impresión que hacía temblar los cimientos.
Fuera la lluvia golpeaba con fuerza los muros de hormigón y los
lucernarios del techo.
	Con la insoportable sensación del más absoluto hambre, respiró
hondo, y se dispuso a morir, preguntándose si ese sería finalmente
el día en el que acabaría su lenta agonía. Sus brazos y sus piernas
estaban en los huesos, su estómago delataba que no había recibido
visita en mucho tiempo. Llevaba una barba de varias semanas, ya que
había tirado la cuchilla de afeitar bien lejos, por miedo a que con
el paso del tiempo acabase siendo una tentación demasiado grande. Si
se hubiera visto la cara se hubiera asustado, al ver lo demacrado y
cansado que estaba.
	Con la hipnotizante melodía de la lluvia acompañándole, se dejó
caer de nuevo sobre el colchón que había bajado al suelo pocas horas
después que le abandonaran. Durmió un rato más antes que le
despertase el ruido de lo que creyó eran pasos. Todavía dudando si
había sido parte del sueño o simplemente una jugarreta de su mente
ya enferma por el hambre, titubeó un momento, tratando de volver a
escuchar lo que quiera que hubiese escuchado. Llegó a creer que no
había sido más que la lluvia, pero entonces lo volvió a escuchar.
Pasos, susurros; ecos.
	En un primer momento pensó en Fernando. Tal vez hubiera vuelto para
redimirse, después de la jugada que le había hecho. Llegó incluso a
pensar que podría ser su madre, que después de mucho esfuerzo había
conseguido llegar hasta él, y le salvaría de las garras de la muerte
en el último momento. Pero enseguida vino a él la recurrente imagen
de Cobra. Cobra habría vuelto, pistola en mano, para asegurarse que
estaba muerto. Subiría hasta el primer piso, y al verle todavía con
vida, acabaría lo que había dejado a medias hacía dos semanas. Eso
le hizo mantener el silencio en un primer momento.
	Prácticamente aguantando la respiración, siguió escuchando esos
susurros, esas voces, esos pasos. Parecía haber más de una persona,
pero no alcanzaba a discernir lo que decían; el eco que producía el
ruido de la lluvia se lo impedía. Enseguida se dio cuenta que estaba
haciendo el idiota. Si no decía nada, y quien quiera que fuese que
había entrado a la nave veía a primer golpe de vista todas las
celdas vacías, no tardaría mucho en irse. Si era Cobra subiría de
todas maneras, de modo que guardar silencio era la más absoluta
estupidez.
¿Hola? Christian escuchó su voz resonar en las viejas paredes del
edificio, tan agotada y maltrecha como su propio cuerpo. El eco la
repitió una o dos veces, hasta que acabó extinguiéndose. Christian
guardó silencio, esperando una respuesta que no llegó a producirse.
Empezó a impacientarse y a temer que ya era tarde, que había
esperado demasiado para darse a conocer, y que había dejado escapar
la última oportunidad de sobrevivir que se le había brindado. Pero
enseguida volvieron a escucharse pasos, uno de ellos pisó un cristal.
¿Hay alguien ahí? Entonces esos pasos se hicieron más audibles y
más rápidos. Por un momento temió que estuvieran yéndose; su mente
le dijo que había asustado a esa persona, a esas personas, que le
habían confundido con un fantasma, con un alma en pena que estaba
encerrada en la prisión, dispuesta a atemorizarles y atormentarles.
No te vayas. Sube, por favor. Los pasos se volvieron más cercanos,
hasta convertirse en unos golpeteos metálicos; alguien estaba
subiendo las escaleras, las escaleras que le llevarían al primer
piso, donde estaba él. Para bien o para mal, la suerte estaba echada.
	Instantes después les vio. Desde luego eran las últimas personas
que hubiera podido prever que irían en su ayuda. Un hombre negro,
alto y robusto, que sostenía una escopeta con las dos manos se le
quedó mirando. Iba vestido de policía. Hasta ahí todo tenía cierto
sentido; pero no estaba solo. Le acompañaban una mujer joven, con el
pelo muy largo, que giraba un anillo en su dedo corazón, y una niña
pequeña con una cinta violeta en la muñeca, una niña que hubiera
podido ser Jéssica si no fuera porque estaba muy delgada. Quiso
hacerles una y mil preguntas, pero sin siquiera pensarlo, su boca se
le adelantó.
CHRISTIAN – ¿Tenéis comida?
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Al otro lado de la vida 1x134 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
18 de septiembre de 2008

Cobra sintió la adrenalina apoderándose de su cuerpo. La cabeza
agujereada de Andrés cayó de lado, y del orificio de bala empezó a
brotar sangre de un color rojo muy oscuro. Los gritos y aplausos le
acompañaron mientras se agachaba para revisar el cuerpo, del que se
apropió un cargador para la pistola, una porra y unas esposas. Con
ese pequeño arsenal, se levantó y se dirigió hacia la puerta de
salida. En ese momento los gritos y vítores se fueron apaciguando,
dando pie a un momento de tensión, en el que muchos vieron cómo se
iba, para abandonarles a su suerte.
	La realidad fue distinta. Cobra se dirigió a la garita, y se limitó
a abrir la puerta, que no ofreció resistencia. Ahí el suministro
eléctrico seguía funcionando, gracias al mismo generador de
emergencia que había encendido aquellas débiles luces en los
pasillos de las celdas. Cobra observó con atención la sala. Abrió
un par de cajones sin encontrar nada interesante, y sacó del tercero
una tableta de chocolate que devoró con ansia. Al darse cuenta que
todo se había vuelto a sumir en el más absoluto silencio, se
preparó para llevar a cabo su objetivo ahí dentro.
	Si el mundo exterior se parecía al pequeño ejemplo que se les
había mostrado con la visita del carcelero, sin duda necesitaría
compañía para hacerse un lugar en él. Dio con el botón que
accionaba la sirena y lo apretó, haciendo estallar de nuevo en gritos
a los presos, al oír la sirena que indicaba que enseguida serían
libres. Acto seguido, se acercó al panel de mandos que controlaba los
cierres electrónicos de las puertas de las celdas, y tras media
docena de intentos infructuosos, dio con la llave adecuada. Al
girarla, todas las puertas se abrieron al unísono, de idéntico modo
a cuando las abría el ya difunto Andrés cuando tenían que ir al
patio o a la cantina.
	Sin perder ni un segundo salió de la garita. Vio a docenas de
compañeros arrodillados frente a sus celdas, cogiendo del suelo la
comida reseca que habían tirado hacía ya más de una semana a
quienes la trajeron. Muchos huyeron en estampida, otros se limitaban a
gritar de alegría, abrazándose unos a otros y estrechándose las
manos. Un pequeño grupo tiró varios colchones al espacio central
para luego prenderles fuego, entre risas y emoción desbordada. Cobra
se dirigió a las escaleras, esquivando el cadáver de Andrés,
ignorando a quienes se acercaron a él para mostrarle su
agradecimiento por la liberación. Muchos le siguieron, hasta la celda
202.
	Christian había estado observándolo todo desde su celda, superado
por los acontecimientos, con una mezcla de alegría e incredulidad. En
ese momento estaba encaramado a la escalera de la litera, recogiendo
la fotografía que tenía guardada debajo de la almohada. Estaba
hablando con Fernando, y al no oír respuesta, se giró y vio a Cobra
en el umbral de la puerta, seguido de un séquito de fieles
delincuentes. Su compañero estaba al otro extremo de la celda, le
miró y acto seguido miró a Cobra. Christian bajó hasta el suelo,
con la foto en la mano. Tragó saliva.
COBRA – ¿Dónde crees que vas?	
	Christian se esforzó por no mirar la pistola que Cobra sostenía con
su mano derecha. Se quedó callado, sin saber qué decir ni qué
hacer. Cobra notó el pánico en la mirada del chico, y esbozó una
sonrisa; iba a disfrutar con eso.
COBRA – ¿Qué llevas ahí?
	Christian levantó la mano en la que llevaba la foto. 
COBRA – ¿Me la das?
	No tuvo tiempo de responder. Cobra se acercó, y se la arrebató.
COBRA – Anda. ¿Es tu mamá?
	Christian le miró a los ojos, y asintió levemente con la cabeza.
COBRA – Creo que me la voy a quedar, para acordarme de cuando me la
tiraba.
	El novato no movió un músculo; sabía que su vida en esos momentos
pendía de un hilo, y no estaba dispuesto a hacer ninguna estupidez.
El asesino de Andrés se guardó la foto en el bolsillo, donde
encontró las esposas que había sustraído a su cadáver. Unos
segundos de silencio, en los que Cobra estuvo reflexionando sobre
cómo llevar a cabo su venganza, fueron suficientes para que su
macabra mente diera con una solución que creyó muy ingeniosa.
COBRA – Te podría matar ahora mismo, Dios lo sabe. Y no me
faltarían motivos, pero no lo haré. Hoy es tu día de suerte. Lo que
haré, será pagarte con la misma moneda.
	Christian frunció el entrecejo. Cobra se giró a Fernando, y le
tiró las esposas. Éste las cogió al vuelo, y miró al chico.
COBRA – Espósale una muñeca a la cañería del lavamanos.
	Fernando titubeó unos segundos. Observó alternativamente a Cobra y
a Christian, que le miraba con ojos de cordero degollado. Cobra
levantó la pistola, apremiándole.
COBRA – No tengo todo el día. Y luego te vendrás con nosotros. Nos
vendrá bien un mecánico. No quiero quedarme tirado en la carretera.
	Fernando se quedó quieto. No quería sentenciar la vida del chaval,
pero tampoco quería que Cobra le disparase.
COBRA – Es sencillo. O lo haces tú o lo hago yo. Y si lo hago yo,
créeme que envidiarás al mataniñas.
FERNANDO – Va… Vale.
	Fernando respiró hondo, y se acercó a la bajante del lavamanos,
dónde colocó una de las manillas de las esposas. Cobra empujó a
Christian hasta donde estaba Fernando, y éste cayó de rodillas
frente a su compañero de celda. Fernando le susurró un débil lo
siento mientras le sujetaba un brazo y le colocaba las esposas en la
muñeca izquierda. Christian, con los ojos húmedos, notó más cerca
su muerte a cada clic que hacían las esposas. Fernando se levantó,
dejando al chico sentado en el suelo. Cobra le miraba con desprecio.
COBRA – Aprétaselas más, no hagas que me enfade.
	Fernando se agachó ligeramente, y sostuvo la manilla que rodeaba la
muñeca de Christian, apretándola hasta que quedó bien sujeta.
Christian le miró; una lágrima brotó de sus ojos. Fernando se
levantó, evitando mirarle a la cara, y se reunió con Cobra,
cabizbajo.
COBRA – Así me gusta. Y tú, niñato, así aprenderás a no meterte
con Cobra.
	El reo comenzó a reír, y los lameculos que había tras él le
acompañaron a coro. Se hizo paso entre ellos, acompañado de cerca
por Fernando, y dejaron a Christian solo. El chico gritó pidiendo
clemencia, rogando piedad, pero sus gritos y llantos se perdieron en
el eco de la nave. En cuestión de cinco minutos el edificio quedó
nuevamente en silencio. Con la única compañía de un par de
colchones ardiendo, el cadáver de Andrés y un pájaro perdido que
revoloteaba sin encontrar la salida, se dejó caer en su desgracia y
se dispuso a morir. Al menos ya lo tenía asumido desde hacía varios
días.
	Cobra creía haber obrado su mayor y mejor venganza, sin saber que
con ello le estaba dando una nueva oportunidad de sobrevivir, pues de
todos los presos que escaparon ese día, apenas una cuarta parte de
ellos seguían con vida a la mañana siguiente.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x133 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
18 de septiembre de 2008

La mañana de ese jueves 18 de septiembre, aunque las fechas por esos
entonces ya carecían de sentido, comenzó como otra cualquiera, en la
rutina en la que se habían convertido sus vidas. Los presos
despertaron encerrados en sus celdas, con los primeros rayos de sol,
acompañados del trinar alegre de los pájaros que se reían de ellos
al hacer gala de su libertad. El silencio solo estaba roto por algún
que otro estornudo, una tos puntual y los susurros de los compañeros
de celda que hablaban entre ellos. A media mañana un ruido
sobresaltó a todos los presentes, que guardaron silencio. No habían
tenido noticias del exterior desde hacía días, y en sus corazones
brotó de nuevo la esperanza que muchos ya habían dado por perdida.
Acto seguido se escuchó otro golpe, y entonces pudieron ver emerger
un gran chorro de luz del muro que les ocultaba el portón de acceso,
al abrirse éste. La luz de la mañana entró por la puerta, y junto a
ella vieron en el muro que había enfrente, la silueta magnificada de
un hombre. Tenía los brazos caídos y andaba algo encorvado,
arrastrando un pie a medida que se acercaba al pasillo central entre
las dos alas de la nave, empequeñeciéndose cada vez más su sombra a
medida que se acercaba. Cuando cruzó al otro lado del muro, todos
pudieron verle. Era Andrés, el encargado de la garita de la nave, el
portero de la cárcel, y a juzgar por la manera cómo caminaba y las
pintas que llevaba, parecía acarrear una borrachera de campeonato.
La mayoría estaban muy lejos, y muchos tan solo distinguieron su
silueta, pero todos pudieron ver las relucientes llaves que colgaban
de su pantalón. Ese enorme manojo de llaves que representaba la
diferencia entre la vida y la muerte. Como transportados al pasado, en
la nave volvieron a sonar los gritos e insultos que de tan poco
habían servido los primeros días. Andrés miró a un lado y a otro,
exaltado y nervioso, y enseguida se sumó al alboroto, gritando a
pleno pulmón. Sin embargo lo que él decía parecía carecer de
sentido alguno, parecían más los gritos de un imitador barato de
hombre de las cavernas. 
Levantando los brazos y sin parar de gritar corrió hacia una de las
celdas del primer piso y se abalanzó contra uno de los presos que le
profería insultos a viva voz. Sin apenas solución de continuidad le
agarró de un brazo y empezó a forcejear con él, tratando de
llevárselo a su lado de los barrotes. Ese hombre comenzó a gritar, y
su compañero trató de ayudarle a zafarse del carcelero. Hizo falta
un fuerte puntapié en el estómago para conseguir que le soltase de
una vez por todas. Andrés dio un par de pasos atrás hasta acabar
perdiendo el equilibrio, y cayó de espaldas al suelo, sin parar de
mover los brazos, soltando saliva y sangre por la boca.
¡Este tío está loco! ¡El hijoputa me ha mordido! ¡Su puta madre!
Los atacados seguían gritando mientras el encargado de las llaves se
levantaba ágilmente. A esa distancia pudieron comprobar que lo que
tenía no era una borrachera, sino algo mucho peor. Lucía los ojos de
un color rojo enfermizo, la piel pálida y cuarteada, mostrando las
venas violetas a flor de piel. Sobre todo era su mirada perdida y
enloquecida lo que más les asustó. Los gritos se intensificaron y
Andrés miró en todas direcciones, superado por la situación,
haciéndosele la boca agua. Le vieron correr hacia las escaleras sobre
las que había algo de comida de la que habían tirado los presos.
Agarró una alita de pollo y se la metió en la boca con hueso y todo,
a medida que subía las escaleras, maravillado por el ruido que venía
del otro lado.
Una vez estuvo arriba, moviendo la mandíbula sin parar, saboreando el
pollo, se acercó a la primera celda que vio. Cobra se le quedó
mirando, se arremangó una de las mangas de su uniforme de preso y
llamó su atención como lo hubiera hecho con un perro callejero.
¡Ven aquí si eres hombre! Andrés se le quedó mirando, y al ver
cómo sacaba el brazo desnudo con el tatuaje de la Cobra por entre los
barrotes, escupió la alita de pollo a medio comer; tenía algo mejor
que llevarse a la boca.
Se agachó ligeramente y dio un par de largas zancadas hasta alcanzar
la celda en la que se encontraba Cobra, uno de los pocos presos que no
disponía de compañero, a tenor de lo que había pasado anteriormente
con los que tuvo. El infectado fue directo hacia el brazo, dispuesto a
arrancarle el tatuaje de un mordisco. Cobra, sin embargo, fue más
rápido y más inteligente. Agarró al carcelero del mugriento mechón
de pelo que ya no cubría su calva, más bien ocultaba una de sus
orejas, y dio un fuerte tirón hacia dentro, llevándose un buen
puñado de pelos en el proceso. Con la otra mano le agarró del
tobillo y estiró con fuerza, hasta hacerle perder el equilibrio.
Andrés cayó al suelo con un fuerte golpe en la cabeza, y Cobra lo
arrastró de los pies hacia él, hasta dar con lo que se había
dispuesto a quitarle. El manojo de llaves estaba sujeto con un
mosquetón a una costura en el pantalón, pero Cobra no se molestó en
desengancharlo, sino que se lo arrancó directamente. Con una sonrisa
del más puro éxtasis en la cara, y viendo como Andrés se alejaba
asustado arrastrándose por el suelo, metió la llave maestra de las
celdas en el agujero de la cerradura, y abrió su puerta en un
santiamén, ante los atónitos ojos de los presentes.
¡No huyas, cobarde! Cobra se guardó las llaves en el bolsillo
lateral del uniforme, e hizo estallar los huesos de todos los dedos de
las manos y los codos, preparándose para darle una paliza al que
representaba en ese momento el culpable de todo el tiempo que había
tenido que malvivir ahí encerrado. Andrés consiguió levantarse,
sangrando por el cuero cabelludo, y trató de plantarle cara,
gruñéndole y frunciendo el entrecejo. Cobra se rió en su cara, y
corrió hacia él. Le propinó una patada en el estómago y un
puñetazo en toda la cara, haciendo saltar un amasijo de sangre y
babas más allá de la barandilla, que acabó estampándose en el
suelo de la planta baja. El infectado trató de escapar, al verse
superado por otro depredador más fuerte, pero Cobra no se lo
permitió. Le golpeó una pierna y le hizo hincarse de rodillas en el
suelo. Acto seguido cargó contra él, y lo agarró del costado, hasta
levantarlo por encima de su cabeza, mostrando una fuerza increíble.
Con un fuerte grito, cogió algo de impulso y lo tiró por encima de
la barandilla, mientras éste se retorcía y vociferaba en el aire.
La caída fue muy aparatosa, hasta el punto que le partió la espalda
y el cuello, dejando la cabeza en una posición imposible. La nave,
que se había quedado en silencio durante la corta pero intensa
batalla, estalló de nuevo en gritos, en este caso de elogio a Cobra;
aplausos que retumbaron con el eco y lo sumieron todo en un ambiente
de jolgorio y alegría como no habían vivido en semanas. Andrés tan
solo consiguió mover uno de sus brazos, aún cuando su intención era
la de levantarse y seguir luchando. Si hubiera tenido la capacidad de
sentir dolor, hubiera preferido morir en ese mismo momento.
Cobra bajó las escaleras, sonriente y orgulloso de lo que había
hecho. Docenas de rollos de papel de váter volaron por los aires,
sumiéndolo todo aún más en un ambiente festivo y de celebración.
Se acercó al cuerpo malherido del guarda y tanteó su costado hasta
que dio con lo que había ido a buscar. Agarró la pistola con ambas
manos, y en un ágil movimiento la cargó. Miró a su alrededor, a
todos los presos que decían maravillas del que era su salvador, el
más grande de todos cuantos habían pisado ese lugar. Apuntó a la
cabeza de Andrés, que le miró atento con sus ojos rojos, más
asustado que irritado, y disparó, haciendo penetrar en su cerebro el
proyectil que acabó definitivamente con su vida.
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Al otro lado de la vida 1x132 - Los días que siguieron, tal y como había anticipado sabiamente el
alcaide, fueron realmente atípicos, radicalmente diferentes. Las
primeras horas lo notaron en la ausencia de guardas en la nave de las
celdas, estaban todos reunidos con el alcaide y el resto de
trabajadores de la prisión, esbozando lo que sería el trabajo y la
vida ahí dentro a partir de entonces. Pasaron gran parte del día
solos, y no fue hasta pasada la media tarde que el portón de acceso
se abatió para dar paso a lo que sería a partir de entonces el
rancho. Los presos, que hacía largas horas que no comían, gritaban y
golpeaban los barrotes, impacientes y enfadados. Varios guardas,
algunos trabajadores de la cantina e incluso un par de limpiadoras,
repartieron la única comida del día entre los presos, dejando los
platos frente a las celdas. Fernando y Christian sólo comieron la
mitad, previendo lo que podría pasar a partir de entonces.
	Al día siguiente Christian no tuvo ocasión de ver a su madre,
cuando se suponía que permitirían la visita semanal de los
familiares. Dedujo que fue así porque no permitieron a nadie salir de
sus celdas, y en consecuencia, tampoco permitirían a los familiares
visitar a sus seres queridos, aunque la realidad era mucho más
amarga. A esas horas, Azucena descansaba a dos metros bajo tierra, en
una tumba particular del cementerio nuevo. Ella fue una de las
últimas personas que tuvieron un entierro digno en Sheol, aunque
nadie fuera a verlo, ya que a partir de entonces, los cadáveres se
amontonaban en fosas comunes, si corrían la suerte de no ser
incinerados en plena calle para evitar sorpresas.
	El tiempo siguió pasando. Ellos seguían dentro de sus celdas, día
tras día, cada vez más furiosos y exaltados. Ni que decir que las
tareas fueron historia, al igual que las visitas al patio y mucho
menos a la cantina, lo que sin duda hubiera acabado en un motín de
enormes proporciones. Los primeros días recibían un par de visitas
para darles la comida, que en gran medida acababa encima de los
propios camareros, ya que los presos se la echaban encima a modo de
protesta por el mal trato al que les estaban sometiendo. Les gritaban
y les decían que como no les sacaran de ahí se los iban a cargar a
golpes, que no descansarían hasta que acabasen todos con el cuello
rebanado y demás amenazas. Más adelante, el rancho se limitó a una
comida al día, hasta que una semana más tarde, se quedaron
totalmente solos. Nadie les controlaba, nadie les alimentaba, nadie
les tenía en cuenta. Habían sido abandonados a su suerte, encerrados
como ratas en un lugar en el que la muerte era tan solo cuestión de
tiempo.
Christian se sorprendió a si mismo al ver que había olvidado todo el
tema de Cobra, del asesinato de Pedro y prácticamente todo lo que
había ocurrido antes de que dejasen de permitirles salir de sus
celdas. Ahora la vida era distinta; las prioridades otras. Las horas
se hacían más y más lentas, tediosas, agobiantes al sentirse más
encerrados que nunca. Christian y Fernando se pasaban las horas
muertas hablando entre ellos, sin saber ya ni qué decir, echando una
y mil partidas al póquer, con la vieja baraja del veterano, que
había comprado hacía un par de años con el dinero de las tareas, y
que no había amortizado realmente hasta ese momento.
Poco después se fue la luz, de modo que cuando se hacía de noche tan
solo tenían la compañía de unas pequeñas luces de emergencia que
estaban colocadas en los pasillos, que apenas permitían distinguir
las siluetas de los presos de las otras celdas. Afortunadamente el
agua no les abandonó en ningún momento, pues el depósito rojo que
tanto había llamado la atención a Chris estaba hasta los topes, y la
bomba que lo accionaba y que suministraba el agua a todo el recinto
funcionaba con un novedoso sistema de electricidad por placas
fotovoltaicas. De lo contrario, todos hubieran muerto a los pocos
días.
Una mañana, la mañana de un día cualquiera, pues entonces todos los
días eran copias literales del anterior y el siguiente, Christian vio
a un hombre colgado del cuello en su celda, en la otra ala de la
prisión. Había utilizado un cinturón para rodear su cuello y lo
había colocado en el gancho que sobresalía de la pared, de dónde
había quitado la pequeña lámpara, ya inútil, que en tiempos había
iluminado la celda. Los presos de su ala de la nave no llegaron a
enterarse, pero los de la otra, los que no podían evitar verle hora
tras hora, tuvieron que lidiar con ello, preguntándose una y otra vez
si la solución a todo ese sufrimiento no era la misma que había
encontrado él.
La comida que prudentemente habían guardado Fernando y Christian, por
miedo a que pasara lo que finalmente acabó pasando, comenzó a
escasear, cuando cortaron el suministro de alimentos, y para el día
16 ya se habían quedado sin. Por esos entonces los ánimos entre la
muchedumbre habían decaído enormemente. Los primeros días no
paraban de gritar y golpear los barrotes exigiendo que se les hiciese
caso. Por esos entonces, se limitaban a descansar tumbados en sus
celdas, resignándose cada vez más, asumiendo que ese y no otro
sería su final en este mundo, que morirían de inanición, olvidados
por la sociedad con la que tan mal se habían portado.
	Los presos tenían un hambre descomunal, los ánimos por los suelos y
una cantidad de ira en su interior mucho mayor de la que jamás
habían tenido. Por las noches empezaron a escucharse llantos y rezos,
de hombres adultos que habían perdido ya toda esperanza, y que se
derrumbaban. Todo siguió igual día tras día, sin que nada cambiara;
todo exactamente igual, hasta el 18 de septiembre, cuando ya llevaban
doce largos días encerrados en sus celdas, doce días enclaustrados
en esos siete metros cuadrados. Ese fue el día que lo cambió todo,
al menos para casi todos.





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