En Desmotivaciones desde:
23.01.2011

 Última sesión:

 Votos recibidos:
bueno▲ 3737 | ▼malo 518
Veterano Nivel 3

puntos 9 | votos: 11
Al otro lado de la vida -
puntos 3 | votos: 5
¿Que hacemos ahora? -
puntos 12 | votos: 14
Al otro lado de la vida -
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida -
puntos 8 | votos: 10
Al otro lado de la vida -

puntos 3 | votos: 5
Al otro lado de la vida -
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida -
puntos 5 | votos: 5
Al otro lado de la vida -
puntos 9 | votos: 9
Megan Fox ... - Nadie hubiera Dicho Q La D Abajo A La Derecha Era Ella D Pekeña !
puntos 6 | votos: 6
Más alto, puede - Más claro, no

puntos 9 | votos: 9
Hablo de personalidad - No es igual ser uno mismo, que ser otro borrego más.
puntos 5 | votos: 9
A partir de ahora - Sólo hare carteles de aqui no hay quien viva
puntos 4 | votos: 4
¿Te queda claro? -
puntos 9 | votos: 9
POR ESA SENSACIÓN  - QUE TIENES CUANDO VES A TU EX
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x173 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
1 de octubre de 2008

Hacía mucho tiempo que había amanecido cuando Marion se levantó de
la bañera. Fue el gran rayo de luz que entraba por la pequeña
ventana enrejada el que le dio fuerzas y ánimo para hacerlo. Le
dolían todos los huesos por haber pasado tanto tiempo en una
posición tan incómoda sin moverse. No obstante, pese a no haber
dormido más que un par de horas antes que el niño se escapase de su
lado, no tenía sueño. Estiró los brazos tanto como pudo y soltó
todo el aire de los pulmones. Ahora no era miedo lo que tenía, sino
ansiedad. Ansiedad por no saber qué encontraría al salir del baño,
pues antes o después tenía que hacerlo. De nuevo se volvió a
repetir la pregunta que llevaba formulándose desde hacía horas.
¿Salgo?
	Se subió en la taza cerrada del váter y miró por la ventana,
apartando ligeramente la hortera cortina de encaje. Desde ahí se
veía parte del jardín lateral y la siempre antiestética medianera
del vecino de al lado. Tan solo utilizaba la casa un par de semanas en
verano, y para cuando empezó todo el movimiento en Olah, él ya
hacía cerca de un mes que se había ido. Todo lo demás parecía en
regla, tal cual recordaba haberlo visto la última vez. No había
rastro alguno de infectados, aunque ella sabía que eso no significaba
nada.
	Tragó saliva de nuevo, y después de cerca de una hora atreviéndose
para luego echarse atrás, cada vez más nerviosa y avergonzada, se
acabó armando de valor y quitó el seguro de la puerta. La abrió
lentamente, con el corazón en un puño. Apenas se había formado una
rendija de un centímetro que echó el primer vistazo. Desde ahí solo
veía una pared y otra puerta cerrada. Abrió un poco más la puerta,
lo justo para sacar medio cuerpo y mirar alrededor. Al otro lado del
pasillo parecían no haber ido, pues todo estaba intacto, incluso el
jarrón que compró su padre en la tienda de antigüedades del barrio
chino haría cerca de un año. Miró al otro lado; su ángulo de
visión no le permitía ver más que un trozo de chimenea y la mitad
del equipo de música, pero ahí sí se notaban los estragos de la
batalla. Desde donde estaba no podía ver el salón, de modo que
salió del baño.
	Una vez fuera pensó en coger algo para defenderse, pero enseguida
rechazó esa posibilidad, pues estaba más que segura que aún
teniéndolo no sabría que hacer con ello si acabase necesitándolo.
Al cruzar el arco que unía el pasillo con el salón, tuvo que
llevarse las manos a la boca para evitar una exclamación de miedo y
asco. No entendía cómo un niño tan pequeño había podido soltar
tantísima sangre. La había por todos lados, incluso vio salpicaduras
en el techo, que estaba a más de tres metros del suelo. Caminó
nerviosa, mirando a todos lados al mismo tiempo, evitando pisar con
los pies descalzos ni una sola gota de toda esa sangre. Si bien era
cierto que no había rastro alguno de infectados, eso no la
tranquilizó en absoluto. Pasó junto a la mesa del comedor sin
prestarle atención, alertada por lo que había al otro lado.
	Tuvo que aguantarse una arcada cuando vio el cuerpo despedazado del
muchacho repartido por todo el suelo. Estaba desnudo y tenía
múltiples heridas de mordiscos y desgarros por todo el cuerpo. Le
faltaba una pierna, ambas manos y gran parte del torso, pero lo que
más la sorprendió fue el hecho que también carecía de cabeza. Se
preguntó cómo diablos se las habrían ingeniado para separar la
cabeza del cuerpo, pero sobre todo, dónde había ido a parar ésta en
el proceso. Entonces cayó en algo que le hizo perder todo el interés
en lo que estaba mirando: la puerta.
	La puerta seguía abierta de par en par, igual que la dejase el niño
la noche anterior. Por ella entraba un enorme chorro de luz matutina.
Desde ahí se podía ver el cadáver calcinado del container que
había estado ardiendo hasta hacía pocas horas. Se acercó, sorteando
las salpicaduras de sangre, y la cerró a toda prisa. Una vez lo hizo,
se quedó unos segundos mirando la superficie de madera,
preguntándose si al cerrarla había acabado de una vez por todas con
el problema, o si por el contrario lo que había hecho era encerrarse
con algún infectado en un fortín del que era tan difícil salir como
entrar. De todas maneras, dio un par de vueltas a la llave y echó
todos los pestillos.
	Se iba a dar media vuelta cuando vio algo que había junto a la
puerta; se agachó para cogerlo. Era el osito de peluche. Se le había
caído de las manos con la primera embestida y había tenido la suerte
de librarse de la sangre. Era una de las pocas cosas del salón que no
estaba salpicada del rojo líquido. Lo sostuvo con una mano,
acariciándolo con la otra, y dio media vuelta. Estaba desandando el
camino que había hecho para seguir registrando la casa, cuando se
fijó en la mesa del comedor. Esta vez no pudo evitar una
exclamación.
	Se llevó las manos a la boca cuando le sobrevino otra arcada, esta
vez más intensa que la anterior. Era la cabeza del muchacho. Por un
motivo que no alcanzaba a comprender, la cabeza había llegado hasta
ahí arriba, y parecía mirarla. Estaba ladeada, apoyada en la única
oreja que le quedaba, pues la otra había servido de alimento a su
madre. Marion dejó caer el osito, que después de rebotar en el
suelo, acabó sobre una gran mancha de sangre, con el morro y las
patas empapadas. Salió corriendo de vuelta al baño, pisando la
sangre del suelo sin importarle, sin llegar a perder el equilibrio.
Volvió al baño en el que había pasado las últimas doce horas,
abrió la taza del váter y vomitó todo lo que había comido el día
anterior.

puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x172 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Iluminados a contraluz por el contenedor en llamas que se veía en
segundo plano, Marion no fue capaz de distinguir el color de sus ojos.
Sin embargo, su aspecto desaliñado, y la pose inclinada y dejada de
sus hombros, la inquietaron considerablemente. La madre del chico
enseguida se abalanzó hacia él, como pretendiendo abrazarle. Marion
dudaba mucho que esas fueran sus verdaderas intenciones. Los que la
acompañaban tampoco perdieron ocasión de entrar a la casa a toda
prisa. Marion se dio media vuelta, olvidándose por completo de la
criatura. Ahora la prioridad era salvar el cuello, el suyo propio. De
lo contrario les cogerían a los dos, para él ya era tarde.
Estaba demasiado lejos de la puerta de la cocina, de modo que si
trataba de volver al sótano, acabarían por cogerla a mitad de
camino. Eran demasiado rápidos. No le quedó otra alternativa que
correr hacia el otro extremo del salón, en dirección a la primera
puerta que había. Saltó por encima del sillón de cuero donde su
padre solía sentarse a fumar y leer la prensa todas las mañanas, y
abrió a toda prisa la puerta. Le pisaban los talones, al menos un par
de ellos. El resto se entretenían con el muchacho. Sin perder un
instante se metió dentro de esa habitación y trató de atraer la
puerta hacia sí, para impedir que ninguno de los infectados entrasen
con ella.
	El primer golpe en la puerta impidió que la cerrase del todo, cuando
ya prácticamente podía saborear el éxito. Marion dio un segundo
empujón, ayudándose del hombro, pero una mano enemiga quedó trabada
entre el marco y la hoja de la puerta, y no consiguió encajarla. La
asustada muchacha no veía prácticamente nada, y eso aún la ponía
más nerviosa. Nunca había temido a la oscuridad, pero esa noche
haría una excepción. La poca luz que recibía venía de la porción
de puerta que seguía abierta. Lo que sí notó fue el gélido tacto
de los dedos de ese indeseable acariciando la piel del dorso de su
mano. Asqueada hasta límites insospechables, sacó fuerzas de donde
no las tenía, y sin saber cómo consiguió empujar el brazo fuera,
librándose por los pelos de un mordisco que hubiera resultado fatal,
para cerrar definitivamente la puerta y echar el seguro en la más
absoluta oscuridad.
	Los golpes en la puerta se repitieron una y otra vez, cada vez más
fuertes, haciendo gruñir los goznes y crujir la madera, acompañados
de los incomprensibles gritos de los infectados en plena noche. Marion
estaba segura que todo ese jaleo acabaría por atraer a más y más
infectados, y que eso significaría su fin. Dio un par de pasos
atrás, presa del pánico, prácticamente segura que no tardarían ni
diez segundos en echar la puerta abajo al paso que iban. Dio con los
gemelos en algo duro, y paró en seco. Tanteó un poco con las manos y
al descubrir que era la taza cerrada del váter de la planta baja, se
sentó, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar y rezar en
voz baja, mientras le temblaba la mandíbula.
	No paraba de pedir que dejaran de dar golpes en la puerta, sin saber
siquiera a quién se lo pedía, y cuando eso ocurrió finalmente,
llegó hasta a dudar de la coincidencia. No lo entendía. Ellos
sabían que ella estaba dentro, y su fuerza era más que suficiente
para echar la puerta abajo, con algo de paciencia. Sin embargo los
golpes cesaron tan rápido como habían comenzado, y eso le permitió
escuchar más allá, algo más calmada dentro de las circunstancias.
Ahora podía escuchar los gruñidos y los gritos de los infectados,
pero también se oían los llantos y los gritos de pánico y dolor del
infante que su incompetencia como canguro había arrojado a una muerte
segura. No tardaron mucho en extinguirse, al igual que la vida del
niño.
	En la más absoluta oscuridad, tuvo que sufrir la condena de escuchar
como se repartían el banquete, cómo hundían sus dientes en la
tierna y jugosa carne de ese pobre infeliz, cómo desgarraban su carne
y se peleaban por la mejor parte, cómo extinguían la vida de ese
pobre inocente sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Los
escuchó gruñir con la boca llena, los escuchó golpearle contra el
suelo una y otra vez para desfogarse de Dios sabe qué. La agonía
duró cerca de media hora, mientras temblaba de pies a cabeza, tiempo
durante el cual ella no movió ni un músculo, por miedo a que
volviesen a emprenderla contra la puerta y ella acabase teniendo el
mismo destino que el del muchacho.
	Pasado ese tiempo, el revuelo que se había formado en el salón de
su casa se fue apaciguando, hasta que, poco a poco, la sala terminó
por quedar en silencio. No obstante, ella no se aventuró a salir.
Aunque no los oyera, ellos podían seguir ahí, y no sería ella quien
fuera a comprobarlo. Por la televisión se había oído hasta la
saciedad, incluso en boca de su propio padre, que los infectados
buscaban lugares resguardados donde pasar el día, y con la cantidad
de gente que había entrado ahí, raro sería si ninguno de ellos
estaba reposando la cena en el sofá. Lo que sí hizo, una vez el
silencio era absoluto, solo roto por el canto de algún que otro
pájaro nocturno, fue coger un par de toallas de las grandes, con gran
dificultad pues no veía absolutamente nada, temiendo en todo momento
tirar algo y alertar a algún infectado, y las colocó en la bañera.
Todavía con los ojos vidriosos y el corazón latiéndole a toda
velocidad en el pecho, se metió en la bañera y se tumbó sobre las
toallas. La improvisada cama le pareció hasta cómoda, dadas las
circunstancias. Llegó hasta a taparse, pese a que no hacía frío,
para pasar ahí la noche. No obstante, no consiguió dormir ni un solo
minuto.
puntos 3 | votos: 13
Al otro lado de la vida 1x171 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Lo primero que hizo nada más entrar fue darle un par de vueltas a la
llave en la cerradura desde dentro; no quería más sorpresas; no
podía permitirse más estupideces si quería seguir con vida. El
niño revisó el sótano de arriba abajo, primero bastante emocionado,
luego algo más inquieto y desanimado. Abrió incluso la puerta del
baño en la inútil búsqueda de su madre. Marion le miraba desde
detrás de la mesa de billar. Había llegado a convertirse en una
pequeña experta en ese juego, con la enorme cantidad de tiempo libre
de la que había dispuesto para practicar, pues era una de las pocas
cosas entretenidas que tenía en casa para las que no hacía falta
tener electricidad. Cogió una bola y la hizo rodar por el tapete de
terciopelo rojo.
	Miró al chico, sintiéndose algo mal por haberle mentido. No tardó
en convencerse que no había tenido otra opción, que esa era la
única manera de hacerle entrar en el sótano, el único sitio donde
estarían realmente seguros. El crío acabó dándose por vencido en
su infructuosa búsqueda, y acabó dirigiéndose a ella. ¿Y mami? La
miraba con los ojos tristes, de nuevo algo humedecidos, amenazadores
de un nuevo llanto. Pero en ellos no parecía haber rencor, tan solo
pesar y cansancio, y tal vez algo de impaciencia. Marion se acercó a
él, forzando una tonta sonrisa en la boca, y le ofreció la bolsa con
los ositos de goma, sin mediar palabra. Una vez la cogió, le dio la
espalda, avergonzada, sintiéndose impotente, repitiéndose una y otra
vez que ella no había pedido hacerse cargo de él, que ella no
debería haber asumido una responsabilidad tan grande.
Para sorpresa de Marion, la oscuridad que empezó a reinar en el
sótano a medida que el sol se escondía en el horizonte no solo no
puso más nervioso al chiquillo, sino que le hizo tranquilizarse
considerablemente. La siguiente media hora la pasó preguntando una y
otra vez por su madre, pero poco después acabó olvidándose de eso y
lloriqueó un poco más, tan solo gimoteando sin alzar mucho la voz,
para suerte de Marion, antes de caer rendido. Al parecer, su día
había sido realmente ajetreado, y el muchacho estaba demasiado
cansado para seguir dando guerra.
	Marion lo acostó en la cama que ella llevaba utilizando desde hacía
ya más de dos semanas, y acabó tumbándose a su lado, cuando el
niño finalmente cayó en los brazos de Morfeo. A esas alturas ya se
había puesto definitivamente el sol, y en la calle comenzó a oírse
el jaleo propio de todas las noches. Al igual que lo hicieran un grupo
de borrachos en el mundo previo a la catástrofe, de vez en cuando
aparecían grupos de infectados, por alguna razón desconocida no
solían ir solos, y se liaban a gruñir y pelearse entre ellos,
golpeando parte del mobiliario urbano, furiosos por no encontrar nadie
ni nada que echarse a la boca. Esa noche no fue distinta, pero por
fortuna los ruidos no fueron suficientes para despertar al muchacho,
que dormía profundamente a pierna suelta en la cama. Incluso ella no
tardó mucho en conciliar el sueño, acostada junto al niño; estaba
ya demasiado acostumbrada a hacerlo en esas condiciones.

Marion despertó rozando la medianoche. Tanteó a su lado, pero para
su sorpresa, comprobó que no había nadie a su lado. No tardó en
darse cuenta que veía, no demasiado, pero veía. Ella no recordaba
haber dejado nada encendido, principalmente porque ya no le quedaba
nada por encender, y los mecheros los tenía en los pantalones que
había tirado sobre la mesa de billar antes de irse a dormir. Sin
embargo, fue capaz de distinguir la silueta del muchacho en lo alto de
las escaleras. 
La luz entraba por los ventanucos que había a su espalda; al parecer
alguien había prendido fuego al contenedor que había en medio de la
calle, pues desde su posición se intuían las llamas rojizas
iluminando la negra noche. El chico ya había conseguido girar la
llave, no sin intentarlo durante largo rato antes que ella despertase,
y ahora abría la puerta del sótano, solo Dios sabría con qué
intenciones.
	Marion se levantó apresurada de la cama y corrió hacia él tanto
como pudo, vestida tan solo por la ropa interior y una cara camiseta
de tirantes que era tan corta que mostraba el piercing de su ombligo.
Para cuando llegó, el pequeño ya había cruzado la puerta y había
llegado al salón después de abrir también la de la cocina. Pensó
en gritar para alertarle, para exigirle que volviese con ella, pero no
podía permitirse el lujo de hacer todavía más ruido del que ya
había hecho él, no a esas horas de la noche. El corazón volvió a
amenazar con salírsele del pecho, y la congoja apunto estuvo de
hacerla estallar en mil pedazos cuando al cruzar el umbral de la
puerta de la cocina comprobó que el crío iba directo hacia la puerta
de entrada, puerta que Marion enseguida recordó haber dejado sin el
seguro puesto.
MARION – ¡No lo hagas!
	Ahora ya no había tiempo para andarse con cuidado, ya parecía ser
tarde para todo. El grito de Marion no hizo cambiar el parecer del
chaval, al que le faltó tiempo para girar el pomo de la puerta y
dejarla abierta de par en par después de empujarla apresuradamente.
Marion iba lanzada hacia él, pero dio un frenazo en seco que casi le
hace caer de bruces al suelo cuando vio la puerta abierta. Tras ella
había al menos seis personas. Parecían soldados en formación,
amenazantes pese a estar desarmados, quietos, expectantes. La más
cercana a la puerta era una mujer cinco o seis años mayor que ella. 
¡MAMI! Si no lo hubiera tenido de espaldas, Marion hubiera visto una
amplia sonrisa en la cara del muchacho. El niño finalmente había
encontrado a su madre.
puntos 9 | votos: 13
Cuando el más guay - era el que más colecciones completaba, no el que más fumaba
puntos 29 | votos: 31
¡¡¡Como osaste - cometer una falta de ortografía en tu cartel!!!
puntos 5 | votos: 5
gente de desmotivaciones - por favor decime un numero, del 1 al 3

puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x170 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Marion cerró la puerta de un empujón y se dirigió apresurada hacia
el crío, que corría dando voces por el salón hacia las escaleras,
sin parar de llamar a su madre. Al parecer, quien quiera que fuese el
que le había abandonado ahí, el mismo que había golpeado la puerta
instantes antes, le había asegurado al muchacho que ahí dentro se
encontraba su madre. Consiguió cogerle de la mano que tenía libre
cuando había subido los cinco primeros peldaños. Él la miró
boquiabierto; ella no fue capaz de reconocerle. Estaba segura que no
era el hijo de ninguno de sus vecinos. El niño, que a duras penas
tendría tres o cuatro años, trató de zafarse de la mano de Marion,
pero ésta se la apretó más fuerte, para evitar perderle de vista.
MARION – Tu madre no está aquí.
	¿¡Mami!? El niño trató nuevamente de librarse de las garras de
Marion. Ésta empezó a ponerse realmente nerviosa. Ella lo atrajo
consigo hasta el salón, y caminó con él hacia la cocina, donde se
encontraba la entrada al sótano. La luz que entraba por las ventanas
era ya muy escasa, y habiendo habido luna nueva la jornada anterior,
la noche se presentaba muy negra. El niño se ayudaba de la otra mano,
pero sin soltar el peluche, para tratar de conseguir que Marion le
soltase. Prácticamente lo llevaba a rastras. Gimoteaba y no paraba de
quejarse en voz alta. Marion estaba a punto de perder la paciencia. Si
no dejaba de hacer ruido acabaría por atraer a quien no era
bienvenido. Llegó un momento en el que desesperó. Nunca había
tratado con niños pequeños, y no era precisamente una ilustrada en
los tratos sociales. No era más que una niña bien, una niña mimada
a la que se lo habían dado todo masticado, y ahora que todo dependía
de ella, eso la sobrepasaba. 
MARION – ¡Tranquilízate, ¿quieres?!
	Marion le gritó, y eso fue lo único que consiguió serenarle. Se
quedó mirándola, con los ojos humedecidos y los mocos asomándole
por la nariz.
MARION – ¿Cómo te llamas?
	El niño no respondió. Se limitó a mirarla, ahora algo asustado.
Ella no le soltaba.
MARION – Yo soy Marion, y esta noche la vas a pasar aquí conmigo.
Así que hazte a la idea, y deja ya de…
	Marion dejó la frase incompleta. El crío no merecía ese trato.
Simplemente estaba asustado ¿Quién no lo estaba esos días? Él no
la entendió. A duras penas sabía decir media docena de palabras, era
demasiado joven. Sin embargo, la expresión enfadada de su cara, el
tono de su voz y lo fuerte que le estaba cogiendo del brazo, sin
contar la angustia por no haber encontrado a su madre ahí dentro,
fueron demasiado para su pequeña cabecita, y empezó a llorar.
Empezó a llorar, haciendo aún más ruido del que había hecho
gritando al tratar de encontrar a su madre ahí dentro, y Marion
empezó a desesperar.
	El muchacho, llorando con lagrimones y con una burbuja saliéndole de
la nariz, pegó una patada a Marion, y dio otro fuerte tirón para
desembarazarse de su mano. Esta vez la pilló desprevenida, pues
hacía un rato que no ofrecía resistencia, y lo consiguió. Corrió
lejos de ella, hacia la puerta por la que había entrado, y hubiera
podido abrirla con total facilidad si Marion no se le hubiera
adelantado.
MARION – ¿Qué haces, loco? ¡No puedes salir a la calle!
	Esta vez le costó algo más calmarse, a ella misma. Lo cogió en
brazos como pudo y mientras él pataleaba lo llevó a la cocina, y
cerró la puerta. La entrada trasera de la cocina, la que daba al
patio de la parte de atrás, estaba reforzada por el otro lado, de
modo que nadie podría abrirla, ni por dentro ni por fuera; la
ventana, fortificada con una reja que dejaba unos huecos de poco menos
de un centímetro. Marion dejó al muchacho en un extremo de la
cocina, junto a la entrada al sótano, y empezó a rebuscar por los
cajones. El niño trató de abrir la puerta trasera, pero al girar el
pomo, la puerta no se inmutó. No obstante, él no perdió la
esperanza y siguió tirando.
	Marion empezó a rebuscar por los cajones y los armarios, hasta que
encontró lo que buscaba. Recordaba haber guardado aquella bolsa llena
de ositos de goma la última vez que vio a su madre antes que partiese
para no volver. Pensó que ese sería el mejor chantaje para el niño,
que si le ofrecía ese dulce manjar, tal vez consiguiera
tranquilizarle un poco. Él la miraba de reojo, mientras seguía
luchando por abrir la puerta soldada al marco, con una expresión en
la cara idéntica a la que hubiera tenido si la persona que estuviera
con él fuera un infectado dispuesto a comérselo.
MARION – Esa puerta está rota. No va.
	El crío la miró, y se paró en seco. No eran sus palabras las que
habían conseguido ese efecto, sino los ositos de goma que ella
sostenía en la bolsa que tenía en la mano. El muchacho hacía más
de dos semanas que no probaba el dulce, y ese manjar se le antojó
como un cielo abierto.
MARION – Quieres, ¿verdad?
	El niño seguía mirándola, respiraba agitadamente por la boca. Los
mocos habían caído por sus fosas nasales ya ahora pendían de su
nariz. Al menos ahora ya no lloraba.
MARION – Me tienes que prometer que no volverás a gritar, ¿vale?
Tú no haces ruido y yo te doy las chucherías.
	El muchacho no movió un músculo, siquiera pestañeó. Pero como
estaba en silencio, ella se dio por satisfecha. Agarró una servilleta
de papel y se acercó a él. Le limpió los mocos y acto seguido le
ofreció la bolsa de los ositos de goma. Él comenzó a devorarlos con
pasión; ella se preguntó cómo podía masticarlos tan rápido con
esos dientes tan pequeños.
	Marion abrió la puerta del sótano y suspiró. Una vez ahí abajo
sólo recibirían la luz de dos diminutos ventanucos horizontales que
había en el muro que daba al sur, a lado y lado de la puerta de
entrada a la mansión. Eso hasta que el sol se pusiese
definitivamente, para lo que no faltaría ni media hora. Sin velas ni
linternas con las que alumbrar, sólo le quedaba la luz de un par de
mecheros que llevaba encima para poder ver algo, y estaba segura que
solo con eso no podría controlar a ese inquieto niño.
	Fuera como fuese, no tenía alternativa. Se acercó al niño y se
arrodilló para estar a su altura. Él no paraba de comer dulces, y la
miraba de reojo, incomodado por su presencia. Marion respiró hondo.
MARION – Ahora tenemos que bajar ahí.
	La mujer señaló la puerta del sótano. Desde donde estaban no se
podía ver más que una escalera que conducía a la más absoluta
oscuridad. En esta ocasión el niño pareció entenderla, y negó con
la cabeza, los carrillos hinchados llenos de ositos de goma.
MARION – Tenemos que entrar ahí. Porque fuera hay hombres malos, y
si estamos ahí abajo, no nos verán. Venga, acompáñame. Por favor.
	Marion trató de cogerle la mano para llevárselo ahí abajo, pero
él la apartó rápidamente. No estaba dispuesto a ir ahí abajo por
nada del mundo. La única heredera de la familia Cuesta pensó en
algo, en algo que resultaría efectivo para hacer bajar al niño. En
un primer momento le pareció muy cruel, pero al mirar otra vez por la
ventana, con el sol tan bajo, no vio otra alternativa. No había
tiempo que perder.
MARION – Tu mami está ahí dentro.
	¡Mami! Al crío le cambió la cara de un instante al otro. Llegó
hasta a dejar caer la bolsa de los dulces antes de salir corriendo
hacia la puerta del sótano, y bajó corriendo las escaleras, con una
inmensa sonrisa en la cara. Marion le miraba, consternada. Cogió la
bolsa de los ositos, por si las moscas, y le siguió.
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x169 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Marion estaba tumbada boca arriba en el sofá del salón. La luz
anaranjada del ocaso se filtraba casi horizontal por las cristaleras,
a través de las cortinas y de la reja metálica, dibujando en el
suelo una malla que siempre le recordaba a una cárcel. Eso era en lo
que se había convertido su casa las últimas semanas, y ella era la
única prisionera; los infectados del exterior, sus carceleros. Pronto
llegaría la noche, pronto tendría que volver a esconderse en el
sótano, a escuchar impotente los ruidos de los infectados en los
alrededores, rezando aún sin ser creyente porque no tratasen de
entrar en la casa.
	Habían pasado más de dos semanas desde la muerte de su padre. Ella
prefería creer que había muerto, pues lo contrario resultaría
demasiado doloroso y traumático. Aquella calurosa tarde de verano,
los instaladores que estaban en casa con ella cuando lo vio todo en
riguroso directo por televisión, fueron muy afables con ella,
tratando de tranquilizarla, pues la ansiedad casi le había hecho
perder el conocimiento. Estuvieron con ella hasta casi entrada la
noche, apoyándola por turnos mientras el otro acababa el trabajo.
Ella enfocó toda su impotencia y su ira contra ellos, pero aún así
estuvieron a su lado en ese momento tan difícil. Fue al acercarse la
noche cuando tuvieron que dejarla sola. No podían aventurarse a salir
caído el sol, ya no sólo por el toque de queda, sino por el peligro
que ello entrañaría, por mucho que los soldados siguieran haciendo
sus rondas.
	Pero de eso hacía ya mucho tiempo, ahora las cosas eran muy
distintas, peores en cualquier caso. Hacía más de cinco días que no
había visto pasar ninguna patrulla por las calles. Desconocía el
motivo, pero la respuesta se volvía más evidente cuando, algunas
noches, subía al desván del segundo piso y miraba la calle. Su
barrio solía ser un barrio muy poco concurrido. De hecho, seguía
siéndolo durante el día, donde rara vez se veía vagar algún
despistado, siempre buscando la sombra. Pero por las noches todo
cambiaba. Las calles se volvían ruidosas, llenas de perturbados que
aparecían por ráfagas intermitentes, como las olas en el mar,
sembrando el pánico, buscando carne fresca pero sin encontrarla, por
fortuna para ella.
	Había perdido la cuenta del tiempo que hacía que había dejado de
tener electricidad. Para esos entonces ya se le habían acabado todas
las velas, y las pilas de las linternas, y había acabado optando por
limitarse a dormir durante la noche, sobre la cama plegable que había
bajado al sótano, que era el lugar donde más segura se sentía, pese
a que Carlos y Mikhail habían convertido la casa en una fortaleza
impenetrable. El gas y el agua también habían quedado en el olvido,
pero afortunadamente su casa disponía de un pozo particular, con
acceso desde el sótano, con reserva suficiente para varios meses,
para una sola persona. También tenía más de una tonelada de comida
en la despensa, el último presente de su padre antes de abandonarla
para siempre.
	En definitiva, tenía todo cuanto necesitaba para subsistir ahí
dentro durante una larga temporada, sobre todo si racionaba los bienes
de los que disponía, cosa que no hacía. Pero aún así, no pasaba ni
un minuto sin fantasear con la idea de abandonar la casa. Se sentía
prisionera ahí dentro, más a cada hora que pasaba. Y esa
desagradable sensación luchaba por acabar con sus nervios. Se sentía
acorralada, encerrada entre esas cuatro paredes, pese a saber que
podía abrir la puerta cuando le viniese en gana. Pero no se atrevía,
ni en pleno mediodía cuando la probabilidad de encontrarse con
alguien no deseado era realmente baja. Era porque tenía miedo, y el
miedo era mucho más grande que todo lo demás. Temía acabar como
había acabado su padre, era lo que más temía en el mundo en ese
momento. Prefería quitarse la vida antes que acabar de ese modo, y
por ese motivo seguía ahí dentro.
	Estaba quedándose traspuesta en el sofá, pensando en qué habría
sido de sus amigos. Todos habían abandonado la ciudad a principios de
mes, cada cual a un extremo del globo, en busca de un lugar más
seguro. Se preguntaba si ellos habrían corrido más suerte que ella,
si la epidemia no se había extendido a esas alturas por todo el
mundo. Pero no tenía modo alguno de saberlo. Ella también hubiera
querido alejarse todo lo que hubiera podido de España, pero su padre
estaba casado con su trabajo, y se negó en redondo. Él decía,
apoyándose en los informes que recibía día a día en los estudios
donde trabajaba, que el problema estaba prácticamente solucionado,
que sería cuestión de tiempo que todo volviese a la normalidad. Nada
más lejos de la realidad.
	Había llegado a quedarse dormida, cuando unos golpes la despertaron.
En un primer momento no supo dónde estaba, y se asustó al ver que ya
era prácticamente de noche. Los ruidos persistieron unos segundos
más. Era el sonido de unos nudillos golpeando la puerta de entrada.
El timbre ya no funcionaba. Marion se levantó sobresaltada. El
corazón le latía a mil por hora en el pecho, incluso produciéndole
cierto malestar, por lo intenso de su nerviosismo. Los golpes cesaron.
Entonces escuchó un ruido de pasos apresurados alejándose de ahí.
	Agarró el atizador que había en una especie de paragüero junto a
la chimenea antes de acercarse temblorosa y asustada a la puerta de
entrada. Tragó saliva y echó un vistazo por la mirilla. Gran parte
de su congoja se disipó al comprobar que ahí no había nadie. Lo
único que se veía era una porción de su jardín, algo ajado por la
ausencia de cuidados, ya que el jardinero hacía mucho que no pasaba
por ahí, y al otro lado la calle vacía, muerta. Algo más relajada,
se dio media vuelta. Se disponía a encerrarse en el sótano, cuando
escuchó una voz infantil.
	¿Mami? Marion tragó saliva y aguzó el oído. ¿Mamiiiiii? No
llegó a pensárselo dos veces. Si lo hubiera hecho, jamás hubiera
abierto la puerta. Apoyó el atizador en la pared, y le quitó el
seguro a la puerta. Giró el pomo y la abrió lentamente, hacia sí.
Pese a que ya lo había deducido, su sorpresa fue mayúscula al ver en
el umbral de la puerta a un niño, un niño muy pequeño, aunque
suficientemente grande para tenerse en pie y preguntar por su madre,
ahí, mirándola fijamente con sus diminutos penetrantes ojos
marrones. El pequeñajo tenía los ojos enrojecidos por el llanto,
aunque ahora parecía bastante más relajado. Sostenía en su mano
izquierda un osito de peluche al que le faltaba un ojo. Sin que ella
tuviera ocasión de reaccionar, el muchacho entró en la casa a toda
prisa, gritando una y otra vez ¡Mamiiii, mamiiiiii!
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x168 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Cuando Marion volvió al salón, el programa de su padre ya había
vuelto de la publicidad. No llegaba a acostumbrarse a eso, pues hasta
esos días, rara era la vez que un corte publicitario en el canal
siete durase menos de diez minutos, y menos durante el programa de su
padre. Estaba acompañado de un hombre adulto de prominentes entradas,
junto a una camilla en la que había una mujer joven, atada. Aquél
hombre estaba hablando, y su padre le miraba interesado, pero sin
perder de vista a la mujer de la camilla. Decía algo sobre la visión
de los infectados cuando su padre le cortó. En ese momento volvió a
sonar de fondo el tedioso taladro, y Marion agarró de nuevo el mando
a distancia, y subió el volumen.
	Marion empezó a morderse las uñas. Acercó un poco más la cara a
la pantalla para ver cómo su padre se acercaba a la mujer de la
camilla y abría lentamente uno de sus ojos. La cámara mostró muy de
cerca un ojo de un intenso color bermellón. Se alejó un poco y
mostró como ese ojo, totalmente dilatado, se clavaba en el padre de
la joven. Marion lo miraba con la boca entreabierta, el corazón
latiéndole a mil por hora. Eusebio soltó el párpado, asustado, pero
el ojo se mantuvo abierto por si solo, al igual que ya lo estaba el
otro. Lo siguiente pasó muy rápido, pero el cámara no perdió
detalle.
	El invitado salió por piernas, cuando la infectada empezó a
agitarse violentamente en la camilla, deshaciéndose con excesiva
facilidad de una de las correas que hasta el momento parecían
irrompibles, mientras no paraba de gritar en un idioma incomprensible.
Su mano izquierda consiguió agarrar de la corbata a Eusebio antes que
éste tuviera ocasión de huir. Lo atrajo hacia sí con gran
virulencia y velocidad, y hundió sus dientes en la carne del
presentador, a la altura de la clavícula. La sangre no tardó en
hacerse la protagonista. La imagen hizo un primer plano a la cabeza y
el cuello del presentador, mostrando la zona de la garganta, de donde
no paraba de manar sangre, y a un Eusebio con los ojos perdidos, a
punto de perder también el conocimiento. El grito de Marion lo
inundó todo, incluso quitándole protagonismo al taladro de Carlos.
Un segundo después se hizo el silencio en la sala.
	Marion observaba horrorizada cómo su padre se conseguía zafar de
una vez por todas de la incansable infectada y caía al suelo,
retorciéndose de dolor, sujetándose la herida de la que no paraba de
salir sangre a borbotones. El cámara, lejos de ir en su ayuda, se
esforzó en coger un mejor plano, eso si, alejándose paso a paso del
peligro. Los ojos de Marion se nublaron por el llanto, y gritó de
nuevo al ver cómo dos de los hombres que esa misma mañana le habían
dado los buenos días antes de acompañar a su padre a los estudios
del canal siete, aparecían en escena para acribillar a balazos a la
mujer que ahora ya no gritaba, pues tenía la boca ocupada en masticar
con ansiedad el trozo de carne que le había sustraído a su víctima,
mientras seguía agitándose en la camilla.
	En ese momento Carlos y Mikhail llegaron al salón donde Marion
luchaba por sobrellevar tal cúmulo de emociones. Los disparos dejaron
el suelo y gran parte del decorado del programa salpicado de sangre,
pero consiguieron que la infectada perdiese la vida, así como gran
parte del cráneo y lo que éste contenía. Para esos entonces el
presentador ya había perdido demasiada sangre, y estaba inconsciente,
a las puertas de la muerte. Uno de ellos gritó al otro y señaló a
Eusebio, que yacía boca arriba en el suelo, para acto seguido agarrar
la camilla por uno de los extremos y llevársela fuera del encuadre de
la cámara. Después de intercambiar unas palabras con su compañero,
el otro guardaespaldas se arrodilló junto al ya cadáver de Eusebio,
y trató de encontrarle el pulso, sin conseguirlo. Superado por la
situación, miró al cámara y le gritó, levantando un brazo y con
las venas del cuello hinchadas, que dejase de grabar de una vez por
todas.
	Ese descuido, al perder de vista a Eusebio por un momento, le costó
la vida. Eusebio, que tan solo un instante antes había perdido el
pulso, tuvo un espasmo en todo el cuerpo, como un latigazo de
electricidad que le devolvió a la vida. Pese a la distancia, se pudo
ver el intenso color rojo del que se habían teñido sus ojos.
Todavía sin levantarse, se irguió ligeramente y vomitó gran
cantidad de sangre sobre la cara de quien había tratado de ayudarle.
Entonces se levantó a toda prisa, con una agilidad impropia de su
edad y su estado físico, para agarrarle de los hombros y comenzar a
zarandearle de un lado a otro, tratando de acabar con su vida. Eusebio
fue más rápido en su propósito que el guardaespaldas en el suyo de
desenfundar su pistola para deshacerse de quien no tardó en matarle a
fuerza de golpes. No se molestó en morderle.
	La cámara se cayó al suelo, y centró la imagen, algo desenfocada,
en la parte donde empezaban las gradas vacías. No pasó nada durante
un momento, pero tras unos pocos segundos se vio al cámara corriendo.
Era el guardaespaldas quien le perseguía, y por bien que llevaba
mucha ventaja y no le hubiera alcanzado, frenó en seco. Miró a un
lado y a otro a tiempo de verse rodeado por el guardaespaldas a un
lado y por Eusebio al otro. Se le tiraron los dos encima, le hicieron
caer al suelo con un fuerte golpe, y comenzaron a golpearle y a
morderle. La última imagen que se vio fue la de Eusebio, con las
manos bañadas en sangre, sacando un trozo de intestino del estómago
desgarrado del cámara, a la vez que gritaba con lo que parecía una
macabra sonrisa en la cara, demostrando que había salido victorioso.
	Entonces, la imagen de la pantalla se sustituyó por un texto blanco
en un fondo azul, que rezaba: “Estamos solucionando unos problemas
técnicos, enseguida retomaremos la programación habitual, gracias
por su atención”.
puntos 9 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x167 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Desde el salón se oían martillazos y un incansable taladro que
obligó a Marion a subir el volumen de la televisión por enésima
vez. Su padre le había dicho esa mañana, antes de partir en aquél
coche plagado de guardaespaldas armados hasta los dientes, que esa
tarde no podía perderse su programa, pues sería el mayor bombazo que
había hecho jamás. Por mucho que ella insistió, él se negó a
explicarle por qué, y ahora le picaba enormemente la curiosidad. Vio
a su padre en parte risueño y nervioso, en parte asustado, resultaba
intrigante cuanto menos. Pero de eso hacía ya muchas horas.
	El ruido del taladro paró por un momento, dándole a Marion una
falsa sensación de confort, y no fue hasta que se aventuró a bajar
de nuevo el volumen, que el taladro volvió a sonar, ahora hasta con
mayor contundencia. Aquel hombre, el único que parecía saber hablar
español de los dos, le había dicho que una vez acabasen, la única
manera de entrar y salir de la casa, al menos por la planta baja,
sería utilizando la puerta principal, aprovechando que era blindada.
Asegurarían la puerta trasera, la balconera del patio lateral y las
ocho ventanas que había en la planta baja. Hasta el momento no se
había tenido noticia de que un infectado hubiera escalado un
edificio.
	Marion vio a su padre dar paso a publicidad en aquella gigantesca
televisión LCD, y aprovechó para acercarse a sus invitados. Una
buena anfitriona les hubiera acercado unas latas de fría cerveza para
hacer más llevadero el trabajo aquella calurosa tarde de verano, pero
ella no era una buena anfitriona. Cruzó la cocina hasta llegar a la
puerta trasera de la casa, que había junto a una ventana que ahora
lucía un enrejado metálico por el que a duras penas cabía un dedo.
La puerta estaba abierta, y por ella salía un robusto cable que
estaba enchufado en una toma que había junto al microondas. Ellos
estaban fuera; Marion salió. 
Cuando Carlos la vio salir paró el taladro, y el ensordecedor ruido
cesó por un momento. La chica miró lo que estaban haciendo, y
empezó a dudar seriamente que su padre hubiese dado el visto bueno a
eso. Estaban perforando la obra vista con una enorme broca, para luego
colocar una fuerte malla metálica cuyo tamaño siquiera coincidía
con lo que había que tapar. Por un momento vio a su padre poniendo el
grito en el cielo al ver mancillada la mansión que tanto esfuerzo le
había costado conseguir. Se acercó a Carlos; éste se cambió el
pesado taladro de mano.
MARION – ¿Esto es lo que os ha dicho mi padre que hagáis?
	Carlos notó cierta tirantez en las palabras.
CARLOS – Tal y como te vamos a dejar esto, te puedo asegurar que
aquí no va a entrar ni Dios. A no ser que los infectados aprendan a
utilizar la dinamita, aquí dentro vas a estar completamente segura.
La sonrisa parecía perpetua en la cara de ese hombre. Marion no
acababa de estar convencida de lo que veía.
MARION – ¿Podéis hacer menos ruido? No me estoy enterando de nada.
CARLOS – Ostia, perdona. Ahora le pongo el silenciador al taladro.
	Carlos se acercó el taladro que llevaba en la mano a la cara, e hizo
ver que presionaba un botón. Ella le miraba con expresión seria en
la cara, y el ceño ligeramente fruncido. La camiseta se le había
ladeado y ahora mostraba un hombro desnudo, y el tirante de un
sujetador rojo. Él la miraba con una ligera sonrisa en la cara. Echó
todo el aire y prosiguió, sin perder el buen humor.
CARLOS – La verdad es que no podemos hacer menos ruido. Lo siento.
Pero ahora mismo acabaremos con esto, y nos iremos a las ventanas del
otro lado. Desde ahí seguramente lo escucharás todo más bajo.
MARION – Y… ¿Tenéis para mucho?
CARLOS – A este paso, en cuestión de una hora, hora y media lo
sumo, creo que podemos tenerlo. Lo único que hay que hacer es
asegurar todos los puntos flacos, y tampoco hay demasiados.
MARION – Bueno, pues… hasta… luego.
CARLOS – A tus órdenes.
	El hombre hizo una tonta reverencia. Marion se dio media vuelta y
volvió por donde había venido. Carlos admiró sus nalgas a medida
que se alejaba, y al darse cuenta que su compañero estaba haciendo lo
mismo, ambos rieron a carcajada limpia. De fondo se escuchó la sirena
de lo que parecía una ambulancia. Sus mentes consiguieron incluso
pasarla por alto; esos días era tan frecuente oír sirenas cada dos
por tres, que uno acababa por dejar de escucharlas. Carlos se miró el
taladro que llevaba en la mano, y respiró hondo. Se secó el sudor de
la frente con la manga del brazo contrario del uniforme, y colocó la
broca sobre otra de las marcas que Mikhail había hecho sobre el
ladrillo. Presionó el botón y sujetó con fuerza la herramienta,
notando vibrar sus músculos.
	Llevaría no más de diez segundos perforando la dura cerámica,
cuando creyó oír algo de fondo. Paró el taladro y aguzó el oído.
Mikhail también paró de hacer lo que estaba haciendo, para cruzar su
mirada con la suya; él también parecía haber oído algo. Quedaron
en silencio un instante, y ese algo no tardó en repetirse. Era un
grito horrorizado, a pleno pulmón; un grito femenino que provenía
del salón de aquella pequeña mansión. No se lo pensaron dos veces,
y corrieron hacia ahí. Carlos tuvo tiempo incluso de coger una llave
inglesa de la caja de herramientas antes de partir en socorro de
aquella jovenzuela.
	Cuando llegaron al salón, enseguida aminoraron el paso, extrañados.
Ambos la miraron. Estaba sentada en el sofá, igual que cuando la
habían dejado hacía ya más de media hora. Todo en el salón
parecía en regla, pero ella no paraba de llorar y gritar
desesperadamente, abrazada a un gran cojín de terciopelo negro.
Cuando Carlos miró a la pantalla de televisión, tuvo que alejar la
vista, asqueado por lo que mostraba. Fue entonces cuando comprendió
lo que le ocurría a Marion.
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x166 - V. CARLOS Y MARION

Extraña sucesión de coincidencias


Residencia de la familia Cuesta, Olah
13 de septiembre de 2008

Afuera en la calle, la testaruda alarma de un lujoso coche llevaba
sonando desde hacía más de diez minutos. Su dueño había abandonado
la ciudad hacía ya varios días, y los vecinos no se aventurarían a
salir a la calle por mucho que les molestase. A decir verdad, tampoco
había muchos vecinos escuchándola, pues la mayoría habían
abandonado el país en busca de un lugar más seguro. Marion estaba
tumbada en el sofá del salón, viendo la televisión. Acababa de
abrir una tarrina de helado de chocolate, y estaba rebañando la tapa
con la cuchara cuando escuchó el timbre de la puerta.	
	No esperaba visita alguna. Empezó a asustarse. Los últimos días
había habido varios saqueos y robos en las casas cercanas, en esa
urbanización de lujo, y desde entonces había temido que ella pudiese
ser la siguiente. Su padre estaba la mayor parte del tiempo fuera de
casa, por motivos de trabajo, y desde que su madre se separase de él,
cinco años atrás, para irse a vivir a Roma con su nuevo ligue,
pasaba la mayor parte del tiempo sola en casa. No tuvo tiempo de
seguir pensando, cuando el timbre volvió a sonar, esta vez con mayor
insistencia. Quienquiera que hubiese al otro lado de la puerta,
parecía tener algo de prisa.
	Tragó saliva y puso los pies, calzados tan solo por unos calcetines
rosas, en el suelo. Se acercó lentamente a la puerta, tratando de no
hacer ruido, sin darse cuenta que el sonido de la tele estaba tan alto
que cualquiera podría oírlo desde el patio frontal. Llegó a la
robusta puerta de madera y acercó el ojo a la mirilla. Echó a un
lado el pequeño círculo metálico y vio a dos hombres apostados en
el porche de entrada. El más joven, un hombre moreno de unos treinta
años, que llevaba un cigarro en la boca, acercó de nuevo el dedo al
timbre y volvió a hacerlo sonar, dejándolo presionado varios
segundos, ya algo impaciente. Ambos iban vestidos con un uniforme de
trabajo que tenía un símbolo idéntico al que se podía ver en el
lateral de la furgoneta que habían dejado aparcada en la entrada.
CARLOS – ¿¡Hay alguien ahí dentro!?
Estaba comentando algo con su compañero, que parecía provenir de
algún país del este de Europa, y entonces Marion abrió la puerta.
Carlos se quedó helado al verla. Esperaba ver a un hombre entrado en
edad, y para su sorpresa, tras la puerta lo que había era una
delgaducha mujercita, de poco más de veinticinco años, vestida tan
solo por una camiseta de su padre, que le iba enorme, y los
pantaloncitos cortos del pijama. Su negra y ligeramente ondulada
melena caía sobre los hombros, y sus ojos azules se cruzaron con los
de él. Por un momento ambos se quedaron sin palabras, pero Carlos
enseguida tomó la iniciativa.
CARLOS – ¿Es aquí la casa de…
	Sacó un papel del bolsillo de su uniforme de trabajo, y leyó algo
que tenía escrito.
CARLOS – …Eusebio Cuesta?
MARION – Aquí es. ¿Vosotros quienes sois?
CARLOS – Venimos a instalar el sistema de seguridad. Tu… ¿padre?
	Marion le miraba con el ceño fruncido, pero no decía nada. Ni
siquiera asintió.
CARLOS – ¿Tu padre no está en casa?
MARION – Está trabajando.
Por la calle cruzó un jeep del ejército lleno de soldados; estaba
haciendo la ronda por la zona, asegurándose que ningún infectado
rondase por la vía pública. Resultaba escalofriante ver con tanta
frecuencia personas armadas por todos lados, pero más valía que
fuese así. En esos días todavía existía cierta sensación de
seguridad. Claro que ésta desaparecía al llegar la noche. La noche
siempre resultaba aterradora. 
CARLOS – Hubiéramos llamado antes de venir, pero… No hay manera
de encontrar un maldito teléfono que funcione. Ni fijo, ni móvil…
MARION – Tendríais que haber venido hace cerca de una semana.
CARLOS – No te puedes hacer a la idea del trabajo que hemos
tenido… la última semana. Y todavía tenemos muchísimo por hacer.
¿Podemos pasar?
MARION – Bueno, va, entrad. Pero no hagáis mucho ruido.
CARLOS – Si… señora.
	Carlos le dijo algo a su compañero Mikhail, y éste se dirigió a la
furgoneta, para descargar el material que necesitaban. Tiró el
cigarro a medias al suelo, y lo pisó para apagarlo. Acompañó a
Marion a dentro de la casa, y se sorprendió enormemente al ver la
increíble opulencia que manaba por todos lados. Al parecer el dueño
de la casa había sido cazador, pues una de las paredes del enorme
salón, la de la chimenea de piedra, estaba salpicada por doquier de
cabezas disecadas de animales. Había un par de toros, un reno y un
alce entre otras, pero sin duda lo que más llamaba la atención era
un león africano adulto, que parecía seguirle con la mirada a medida
que se acercaba al centro, de donde emergía una gigantesca escalera
de mármol.
CARLOS – No hemos traído el sistema de cámaras y detectores de
movimiento.
En la cara de la joven mujer se podía leer un gran interrogante.
Carlos esperó de nuevo que ella le dijese algo, y al ver que eso no
ocurriría, continuó.
CARLOS – Dicen que en menos de una semana nos quedaremos sin
electricidad, de modo que resultaría inútil. Además, el sistema de
seguridad lo que hace es avisar a la comisaría, y la comisaría ya no
atiende a esos avisos…  
Marion le miraba con atención, pero parecía no estar enterándose de
nada.
CARLOS – Ya lo hablamos con tu padre. Lo que haremos será asegurar
las ventanas y las puertas de la planta baja, tenemos todo el material
aquí en la furgoneta.
MARION – ¿Yo tengo que hacer algo?
CARLOS – Mmm… no. En principio no.
MARION – Entonces me voy a ver la tele, está a punto de empezar el
programa de mi padre.
	Carlos subió los hombros en señal de indiferencia, y Marion se
dirigió de vuelta al sofá de donde se acababa de levantar. Cogió la
tarrina de helado, que ya había empezado a derretirse por los bordes,
metió un dedo y rebañó el lateral, llevándose consigo parte del
frío y dulce manjar, para acto seguido llevárselo a la boca. Él se
la quedó mirando un momento, con la boca ligeramente abierta, pero en
cuanto ella le devolvió la mirada, enseguida salió de su
ensimismamiento y se puso manos a la obra.

puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x165 - Programa especial del canal 7: Cara a cara con el enemigo
13 de septiembre de 2008

La imagen muestra el logotipo de una conocida marca de refrescos. Una
amable voz femenina incita al telespectador a adquirir su producto. De
nuevo aparece el símbolo de la cadena, acompañado de una pegadiza
musiquita. Acto seguido se puede ver de nuevo el plató del programa
del conocidísimo presentador Eusebio Cuesta. Durante más de seis
años ha sido líder de audiencia en su franja horaria, ofreciendo
tarde a tarde las noticias más impactantes, y el morbo más
desenfadado, al cargo del programa bautizado con su mismo nombre. El
cámara evita mostrar las gradas del público, pues están vacías. Un
plano muestra al conductor del programa sentado a la izquierda de su
mesa, y a un señor de unos cincuenta años a su lado, en un cómodo
sofá beige.
EUSEBIO – Bienvenidos de nuevo a este su programa. Esta tarde nos
acompañan dos invitados de excepción. A mi derecha se encuentra
Andrés Gordillo, jefe de medicina del hospital universitario de La
Paz. Muy buenas tardes, Andrés.
ANDRÉS – Buenas tardes.
EUSEBIO – Ante todo agradecerle su presencia en nuestro programa.
Más ahora con los días que corren…
ANDRÉS – A ustedes por haberme invitado. 
EUSEBIO – Nuestro segundo invitado es alguien más… ¿Cómo lo
diría?… Mejor véanlo ustedes mismos. Por favor, compañeros, haced
pasar a nuestro segundo invitado.
	La cámara muestra de nuevo un plano general del plató, y va
acercándose lentamente hacia su extremo izquierdo, donde se abren
unas grandes puertas semitransparentes. Tras las puertas aparecen dos
hombres fornidos, con unos auriculares provistos de micrófonos,
empujando una camilla. Sobre dicha camilla hay una gran sábana blanca
que oculta lo que parece una persona extendida cuan larga es. Cuando
la camilla se encuentra bien iluminada en la parte derecha del plató,
quienes la transportaban abandonan la escena.
EUSEBIO – Acompáñeme, si es tan amable.
ANDRÉS – Por supuesto.
Eusebio y Andrés se acercan a la camilla. El presentador mira de
reojo fuera del encuadre de la cámara, esperando que alguien que la
imagen no muestra le de el visto bueno. Acto seguido asiente con la
cabeza y agarra uno de los extremos de la sábana. Se nota que está
nervioso, y pese a que la temperatura del plató es la adecuada, se
pueden apreciar perlas de sudor en su frente. Le tiemblan las piernas
por primera vez desde que empezó a trabajar en televisión. Esta es
sin duda la experiencia más difícil con la que ha tenido que lidiar
en sus más de mil programas en directo.
EUSEBIO – Andrés ha venido a hablarnos de las conclusiones a las
que ha llegado el exhaustivo estudio que sus colegas del hospital de
La Paz y él han hecho a propósito del virus que ha afectado ya a
cerca del cinco por ciento de la población mundial, y de cómo éste
afecta al ser humano. Y como para nosotros, su información es lo más
importante, hemos traído al plató al invitado que mejor nos puede
hacer entender todos los entresijos de esta trágica epidemia. 
	Eusebio estira fuertemente de la sábana, y muestra al mundo la
macabra imagen de una mujer atada de pies y manos por robustas correas
a esa camilla. Está boca arriba, vestida con el atuendo propio de un
enfermo de hospital. De hecho eso es lo que había sido hasta la noche
anterior, cuando perdió la vida, aquejada de la misma rara enfermedad
que el resto de pacientes del hospital de La Paz, uno de los pocos que
todavía seguían abiertos en el país. 
Se trataba de una mujer rumana, a la que no se le conocían parientes
ni amigos que la pudiesen echar en falta. Nadie dispuesto a
denunciarles por exhibirla: el exponente perfecto para su exposición
en público. Cuando los compañeros del programa de Eusebio se
pusieron en contacto con el doctor Gordillo y le suplicaron que
trajese a un infectado a la televisión, con el fin de hacer más
entendible la exposición de su estudio, Andrés se negó en redondo.
Fueron muchas las discusiones al respecto, hasta que el doctor acabó
por ceder, pensando ingenuamente que la información era mucho más
importante que cualquier prejuicio moral.
Ahora se arrepentía de lo que había hecho. Viéndose junto a aquél
presentador sensacionalista, ávido de morbo, mostrando el lado más
oscuro del ser humano encarnado en aquella desgraciada mujer, sintió
ganas de echarse atrás. Pero ya era tarde para eso. Eusebio, por su
parte, había recobrado la calma al ver a la rumana. Parecía
totalmente inofensiva, ahí quietecita, perfectamente vestida y
aseada, con los ojos cerrados, y el pecho moviéndose lentamente al
ritmo de su respiración. Nada del mundo podía hacerle pensar quién
había detrás de esa dulce fachada.
EUSEBIO – Se trata de una mujer que tristemente ha sido contagiada
por el virus. Pero que nadie tema, porque está completamente sedada.
Y bien doctor, para empezar, me gustaría que explicase a nuestros
telespectadores cuales son los rasgos que nos permitirán diferenciar
a una persona contagiada por el virus, de una que no lo esté.
ANDRÉS – Aparentemente son iguales que nosotros, de hecho… lo
son. El rasgo principal que les diferencia de los sanos, es su actitud
abiertamente violenta y dañina. Por una razón que a día de hoy se
nos escapa de las manos, todos los infectados, sin excepción alguna,
adquieren una actitud totalmente violenta para con las personas que no
lo están. Aunque también es cierto que los últimos días se han
detectado casos de ataques entre infectados, principalmente en
disputas por… a… alimento, por una víctima que…
EUSEBIO – Yo más bien me refería a los aspectos físicos que
delatan a un contagiado, los rasgos característicos que puedan ayudar
a los espectadores para saber que realmente están frente a una
persona que ha pasado al otro lado.
ANDRÉS – En ese aspecto resulta mucho más difícil la
diferenciación, pues es prácticamente inexistente. Si bien es cierto
que los infectados más… antiguos muestran la piel más pálida, en
ocasiones reseca y cuarteada, y unas ojeras más marcadas, a primer
golpe de vista, lo único que les diferencia de alguien sano es su
mirada.
EUSEBIO – ¿A qué se refiere?
ANDRÉS – Son más bien sus ojos. En el momento en el que el
infectado aquejado de la enfermedad necesariamente mortal que provoca
el virus, hace su transición por la muerte durante unos minutos, o
segundos, según el caso, los ojos se le encharcan de sangre, y
adquieren un vivo color rojo, que les impide ver con total claridad
cuando la luz es muy intensa. Creemos que es por eso por lo que
prefieren dormir durante el día, para despertarse cuando cae el sol.
El resultado de los estudios que hemos hecho a más de dos docenas de
afectados, demuestran que además de lo mencionado, los infectados
adquieren una extraordinaria capacidad para ver en la oscuridad
prácticamente absoluta.
EUSEBIO – ¿Podemos verlo?
	Andrés mira a Eusebio, pero él no espera a su respuesta para
proceder. Sin que tenga ocasión de decir nada, uno de los cámaras se
acerca a la camilla, mientras Andrés, ahora algo más asustado,
acerca su dedo índice al ojo izquierdo de la mujer rumana. Traga
saliva, y se asegura que se esté cogiendo un buen primer plano del
ojo de la infectada, antes de abrirlo. En los hogares de cientos de
asustados ciudadanos se comprueba en directo cómo Eusebio abre el ojo
de la infectada, mostrando el enfermizo color de la sangre, y una
pupila totalmente dilatada que, sin previo aviso, se clava en la cara
de Eusebio. Éste,  con una aguda exclamación, suelta a toda prisa el
párpado, que se mantiene abierto.
puntos 1 | votos: 5
Acertijo - En un bar entra un personajillo y pide un vaso de agua al camarero.
Este abre un cajón, saca una pistola y le apunta a la cara al
cliente. El cliente primero se queda sorprendido pero enseguida
entiende lo que está pasando... ¡y se lo agradece al camarero!!
¿Qué está pasando?

PD: respuestas por privado
puntos 4 | votos: 4
Cuando lo veas - cagarás ladrillos.
puntos 28 | votos: 30
Niñas de hoy en día - que con catorce años ya se han morreado con medio pueblo y gracias al
maquillaje y la ropa se les dobla la la edad.
puntos 5 | votos: 7
complejos - Salen cuando menos te lo esperas..

puntos 4 | votos: 12
Urteetan aurrera egin ahala  - gero eta hobeto dakigu gustatzen zaiguna zergatik gustatzen zaigun,
eta tristea izaten da hori. Desilusio zama handia lotzen zaio
jakinduria horri.
puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x164 - Bucle de emisión del canal 5
12 de septiembre de 2008

El canal 5 hacía varias horas que había dejado de emitir con
reporteros en directo. Seguía emitiendo, y lo haría mientras hubiese
alguien dispuesto a verles, pero lo que emitían no era más que un
bucle de imágenes, acompañadas por música clásica. Debajo de las
imágenes, se podía leer una línea de texto que repetía incansable
los centros de refugiados habilitados en las ciudades más afectadas
por la epidemia. En ese momento sonaba de fondo el Canon de Pachelbel.
La imagen que se podía ver en la pantalla mostraba una formación de
aviones de guerra dejando caer bombas sobre una ciudad todavía
habitada. La grabación parecía estar tomada desde otro de los
aviones, y centró la imagen en el terreno devastado por los
proyectiles. Afortunadamente, lo único que se escuchaba era la
música de fondo, de modo que los espectadores no pudieron oír los
gritos de júbilo de quienes estaban perpetrando esa masacre. Con la
bella estampa del sol en el horizonte y las llamas y la nube de humo
presentes en pleno centro de Tzefiráh, la imagen hizo un fundido a
negro para dar paso a otra escena. En esta ocasión se pudo ver una
grabación casera, desde un balcón particular. Mostraba la calle de
un pueblo pequeño. Había al menos doce infectados caminando a sus
anchas por ella. La cámara estaba enfocando a los infectados cuando
algo le hizo girar bruscamente al otro extremo de la calle. Por ahí
se acercaba un todoterreno que iría al menos a cien kilómetros por
hora, en pleno centro. Se llevó por delante a cuatro de los
infectados, partiéndoles el espinazo y los órganos internos. Uno de
ellos quedó enganchado al parachoques y se alejó de la escena con el
todoterreno. Los demás infectados trataron de seguirle, pero iba
demasiado rápido; enseguida se perdió de nuevo al girar otra
esquina. El cámara enfocó a uno de los que había atropellado el
conductor. Se retorcía en el suelo. Tenía las dos piernas con las
rodillas giradas hacia atrás en una posición imposible, pero no
obstante trataba de levantarse, sin conseguirlo, mientras un borbotón
de sangre salía de entre sus labios. De nuevo hubo un fundido a negro
y la imagen se sustituyó por la de lo que parecía otro anónimo
amateur grabando, pero en esta ocasión desde dentro de un coche, con
la ventanilla subida. El vehículo estaba parado en mitad de la calle.
El cámara enfocó a un balcón, desde donde se veía a un hombre
agitando los brazos. Otro montón de curiosos por la calle y de
vecinos en los demás balcones observaban con igual desconcierto la
escena. De un momento a otro una lluvia de cristales azotó el cuerpo
de ese hombre, ataviado con una bata, todavía con las zapatillas de
andar por casa. Una mujer en camisón, presumiblemente su esposa, se
abalanzó contra él, y al perder el equilibrio en la embestida, ambos
se precipitaron al vacío. La mujer trató de agarrarse a la
barandilla del balcón para no caer, pero el peso del hombre, bastante
rollizo, la atrajo consigo en la caída. Los cuatro pisos fueron
suficientes para acabar con la vida del hombre, de un fuerte golpe en
la cabeza. Sin embargo la mujer se levantó desde donde había caído,
como si nada le hubiera pasado, e hincó los dientes en el cuello del
que fuera su esposo. Los curiosos de la calle corrieron despavoridos
en todas direcciones, alejándose de esa macabra escena. El cámara no
dejó de filmar cómo esa mujer bebía la sangre que manaba de la
yugular de ese pobre hombre, pero el coche enseguida se puso en marcha
y se alejó demasiado como para poder seguir filmando. De nuevo un
fundido a negro. El Canon de Pachelbel fue sustituido por la sonata de
Luz de Luna, de Beethoven. La imagen se sustituyó por la de otra
calle, de otra ciudad anónima. Había docenas de voluntarios
recogiendo cadáveres y arrastrándolos por las axilas hacia una gran
montaña de cuerpos sin vida que no tardaron en prender fuego. La
imagen de la pira humana se prolongó durante unos segundos, mientras
el cámara daba una vuelta de trescientos sesenta grados, para
conseguir una imagen de la misma desde todos los ángulos. Ahora se
podía ver un camión de bomberos. Había un par de ellos sosteniendo
una gran manguera, enfocándola hacia un grupo de rebeldes que se
dirigía desde el otro extremo de la calle hacia donde estaban ellos.
Se cortó mucho antes de mostrar el trágico desenlace. Un nuevo
fundido a negro sustituyó la imagen por la de otro coche de bomberos,
en esta ocasión en una zona más periférica de la ciudad. Estaba
trabajando en la extinción del incendio de una gran mansión de las
afueras, cuando una persona en llamas salió por la puerta principal.
Uno de los bomberos se acercó a toda velocidad al hombre de fuego, y
lo roció con un extintor que soltaba una especie de polvo blanco. No
había conseguido extinguir el fuego del todo, cuando el hombre,
todavía medio en llamas, se abalanzó contra él y le agarró del
cuello. Tuvo tiempo de reventarle el cráneo a base de golpes contra
el duro asfalto antes que uno de sus compañeros se acercase a
ayudarle. En ese momento, la imagen cambió de nuevo. Otra vez se
trataba de una grabación casera desde un balcón particular. Lo que
ahora se veía era un grupo de unas once personas sanas corriendo por
la calle, perseguidas por una niña de entre ocho y diez años. La
niña tenía los brazos elevados, y por la expresión de su cara,
parecía estar gritando a viva voz, exigiendo que dejasen de huir.
Solo fueron unos pocos segundos; enseguida cambió la imagen. En esta
nueva escena no había rastro alguno de infectados. Lo que se mostraba
era una tienda con los escaparates hechos trizas en el suelo, de la
que no paraban de entrar y salir personas. No era una tienda de
alimentos, ni de suministros necesarios, era una tienda de
electrodomésticos, y lo que más se veía, era a gente saliendo de la
tienda con enormes televisores de plasma, y una pícara sonrisa en la
boca. En ese momento sonaba el Bolero de Rabel. La escena del saqueo
se prolongó unos segundos más, para dar paso a una imagen con un
zoom excesivo, vibrante por la falta de pulso del cámara, que
mostraba a un hombre en un parque comiéndose lo que parecía una
paloma muerta. La misma grabación se movía rápidamente, mareando al
espectador y se centraba en lo que parecía la parte trasera de una
ambulancia. Los operarios de la ambulancia miraban sorprendidos a unos
metros de la misma, fumando un cigarro, como la bolsa negra de
cadáveres que habían dejado colocada sobre la camilla, a las puertas
del vehículo, se agitaba nerviosamente. Se retorcía una y otra vez,
hasta que finalmente cayó al suelo.
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x163 - Emisión en prime time de la noche, canal internacional
	11 de septiembre de 2008

Un presentador joven con una bonita corbata rosa, que sustituye al
habitual de la cadena, se dirige a los oyentes. Tiene la frente
salpicada de perlas de sudor, gira nerviosamente un bolígrafo en la
mano derecha, y no para de tragar saliva. Es la primera vez que habla
frente a una cámara en directo; la gran mayoría de los profesionales
del gremio han desertado al verse en peligro. Tal como puede, va
leyendo el telepronter, mientras le tiemblan las piernas.
PRESENTADOR – Nos siguen llegando noticias de disturbios en toda la
zona noreste y centro del país, así como focos cada vez más
generalizados en el centro del continente americano, el centro de
Asia, toda Australia y el norte y centro de África. Si en su zona no
detecta ninguna actividad, quédese en casa, cierre las puertas y
asegure las ventanas así como cualquier punto débil por el que
pudieran acceder los violentos. No traten de ponerse en contacto con
sus seres queridos, no abandonen sus casas, y bajo ningún concepto se
enfrenten a ellos. El virus ha dotado de una fuerza y una resistencia
sobrehumanas a los afectados, por lo que resultan prácticamente
invulnerables. Somos conscientes que lo que vamos a decir puede herir
los sentimientos de los telespectadores, pero es nuestro deber el de
informar, y mucho más ahora, cuando hay tanto en juego. Si tuvieran
que enfrentarse a ellos, recuerden que sus únicos puntos débiles son
la cabeza y el corazón; esa es la única manera de acabar con ellos.
Pero incluso cuando los den por muertos, la única manera de asegurar
que no volverán a atacarles es mediante la incineración del cadáver
o de la separación de la cabeza del resto del cuerpo. Su naturaleza
violenta les obliga a comer carne fresca con mucha frecuencia, si bien
es cierto que el ayuno no les debilita en absoluto. Los afectados por
el virus parecen tener muy poca o nula capacidad de razonamiento. Aún
conservan algunas habilidades básicas, como el uso de instrumentos
rudimentarios, pero no se dejen engañar. Reconocerán que no se trata
de una persona sana al ver sus ojos enfermizamente rojos, la manera
tan característica cómo se mueven, con lentitud y pasividad en
estado de calma, y con rapidez y nerviosismo en estado de alerta. Por
una razón aún desconocida, no se atacan entre ellos. Recientes
estudios afirman que eso es debido a que sus tejidos están
impregnados de un característico olor a corrupción de la carne, que
hace que no deseen alimentarse de sus semejantes, a diferencia de la
nuestra, saludable. Aún no está confirmado oficialmente, pero se
cree que la infección proviene del agua. Un estudio reciente
demuestra que la propagación cronológica del virus encuentra un
paralelismo increíble con el curso del río Máyin, que cruza a
Sheol, que es donde empezó todo. Por ese motivo les invitamos a que
sólo beban agua embotellada con fecha previa al 30 de agosto de este
año. Un reciente estudio del centro médico Ventromed asegura que el
virus es potencialmente peligroso para el 90% de la población, siendo
el 10% restante inmune al mismo. Se ruega encarecidamente a los
enfermos que permanezcan en sus casas, tanto por su propia seguridad
como por la de sus vecinos. De igual modo les diremos que los
familiares de los enfermos deben inmovilizarles de pies y manos para
evitar daños mayores. La mayoría de los hospitales del país han
cerrado sus puertas, y los que aún siguen abiertos están colapsados
y no pueden atender más enfermos. El número de desaparecidos
asciende a los cinco millones y medio, y el número de víctimas
resulta imposible de determinar…
El presentador queda en silencio un momento, mira a un rotulador
fluorescente que hay sobre la mesa, asiente ligeramente con la cabeza,
y mira de nuevo a cámara.
PRESENTADOR – Acabamos de recibir la noticia que en Estados Unidos
ha habido una explosión atómica en una de las zonas más afectadas
por el virus. El centro de la ciudad de Des Moines, Iowa, es ahora un
gran cráter humeante de cerca de un kilómetro de diámetro. ¿Si? Me
informan que el número de bajas asciende a los treinta mil
habitantes, muchos de los cuales eran civiles, y… La radiación
podría acabar con la vida de más del doble. Todavía se desconoce si
se trata de un ataque de radicales islamistas, lo que tendría cierto
sentido cuando hoy se cumple el séptimo aniversario de los atentados
de las torres gemelas, aunque todo apunta que se trata de un
desesperado intento del propio gobierno por contener la infección que
en la última semana se ha extendido docenas de kilómetros, afectando
a más de siete estados. Tenemos imágenes.
	El plano sustituye la imagen del presentador de la corbata por una
fotografía estática, a todo color, sacada de satélite, que muestra
un gran círculo entre marrón y negruzco, alrededor de lo que parece
una ciudad. Acto seguido la imagen se sustituye de nuevo por una
grabación amateur que muestra desde una azotea la imagen de las
calles de un pueblo aparentemente abandonado. Es de día. El cámara
enfoca a una mujer joven que camina por la calle. Acerca la imagen y
se puede comprobar que le falta el brazo derecho, y que va desnuda de
cintura para arriba, con el cuerpo lleno de heridas y manchado de
sangre. En la parte inferior derecha de la imagen se puede observar la
fecha y la hora en un amarillo chillón. De repente la imagen tiembla
considerablemente y la cámara enfoca alternativamente el cielo
nublado y el suelo de la terraza. Enseguida se estabiliza la imagen y
se centra en una gran nube de polvo y fuego que se observa en el
horizonte. Se oyen de fondo dos voces hablando en inglés, repitiendo
una y otra vez exclamaciones de sorpresa. El fuego de la explosión da
paso a una gran nube de humo que adquiere la forma de un hongo. El
zoom se encarga de acercar y pixelar la imagen, mostrando con mayor
claridad el desastre que se acaba de producir en la ciudad vecina.
puntos 12 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x162 - Emisión de sobremesa del canal 3, especial informativo
	9 de septiembre de 2008

PRESENTADOR – … que los hospitales están llenos hasta rebosar, y
es paradójicamente ahí donde se concentran últimamente la mayoría
de los actos violentos. Las salas de espera de cientos de hospitales,
como pueden observar en las imágenes, se han convertido en un
auténtico infierno. Efectivos del ejército, en coalición con el
resto de fuerzas de seguridad del estado, están trabajando
exhaustivamente para evitar nuevos actos de violencia, pero ésta se
ha extendido tanto, que resulta imposible para los servicios de
rescate responder con eficacia. Muchas personas, en vista de la
situación, han tomado la iniciativa de defenderse por sí mismas, al
ver que la policía local y las brigadas de bomberos están totalmente
colapsadas. Un numeroso grupo de civiles en Sheol ha tomado la ley por
su mano, y ha comenzado a suplantar el trabajo de quienes deberían
salvaguardar su seguridad. No obstante, sus métodos son bastante
menos ortodoxos, y están provocando verdaderas masacres, acabando con
las vidas de docenas de infectados por el virus, del que por ahora se
desconoce cura alguna. Los servicios sociales y civiles han sido
suspendidos de manera provisional en la mayor parte del país; existen
docenas de comunidades pequeñas que se han quedado sin teléfono,
muchas carecen hasta de electricidad, y algunas no tienen ni gas ni
agua. El restablecimiento de estos servicios, al igual que del
ferroviario y el de los aeropuertos, se ve muy lejano. Los
científicos no dan abasto tratando de hallar una explicación al
fenómeno. A día de hoy aún se desconoce el foco de la infección
del virus, pero las hipótesis que se barajan incluyen especulaciones
basadas en fluctuaciones de la capa de ozono, un ataque con armas
químicas por parte de países de oriente próximo, los efectos de
algún organismo venido del espacio, e incluso de una posible extraña
mutación del fármaco ЯЭGENЄR. Según altos mandos de la iglesia
católica, se trata del día del juicio final… ¿Si? Me comentan que
mi compañero Juan Macías se encuentra en uno de los depósitos de
recogida que hay a las afueras de Sheol. Como ya saben, desde que se
decretó el toque de queda, los ayuntamientos de la zona han tomado el
acuerdo de incinerar en plena calle a todos los cadáveres víctimas
de la oleada de violencia, para evitar la propagación del virus,
además de otras muchas infecciones que pudiera producir la
descomposición de los cuerpos ya sin vida. Como pueden observar, mi
compañero se encuentra en uno de esos puntos clave, donde en escasos
minutos se va a proceder a la eliminación de docenas de cadáveres.
Juan, ¿cual es el ambiente que se respira ahí donde te encuentras?
REPORTERO – Muy buenas tardes, Pablo. El ambiente está realmente
caldeado aquí. Los voluntarios están ultimando los preparativos para
la incineración de un total de ciento cuarenta y siete cadáveres, y
les puedo asegurar que el olor es insoportable. A mi lado se encuentra
Felipe Negrete, honorable alcalde de la ciudad de Sheol. Buenas
tardes, señor Alcalde.
ALCALDE – Buenas tardes.
REPORTERO – Cuéntenos ¿De qué modo se tomó la difícil decisión
de incinerar los cuerpos?
ALCALDE – Como todos sabéis, los últimos días la situación se ha
vuelto realmente difícil aquí. Las calles dejaron de ser seguras
hace más de una semana, y fruto del arduo trabajo de los cuerpos de
seguridad del estado, las calles empezaron a llenarse de los cuerpos
de muchos de los que fueron abatidos, así como muchas de las
víctimas de los violentos. En primera instancia se decidió llevar
los cadáveres al pabellón municipal, pero a medida que el número
crecía, esa alternativa resultó inviable, y altamente insalubre.
Además, como sabrán, muchos de los considerados muertos despertaron
entre los demás cadáveres y atacaron a varios agentes y voluntarios.
La solución que se tomó, además de decretar el toque de queda para
todos los ciudadanos, fue la de deshacernos de todos esos cadáveres,
después de identificarlos, evidentemente. El primer día se
habilitaron doce fosas comunes repartidas en la periferia de la
ciudad, así como en los terrenos adyacentes del viejo cementerio,
pero el trabajo era demasiado lento y peligroso para los trabajadores,
de modo que se optó por una solución mucho más rápida y efectiva.
Con la quema de los cadáveres, evitamos la propagación del virus y
demás enfermedades, y tenemos la certeza que ninguno de los
cadáveres que hayan sido procesados despertará de nuevo. Como usted
bien dice, fue una decisión muy difícil, pues todos los fallecidos
son vecinos del pueblo, padres, madres, hermanos… Ninguno de
nosotros hubiera deseado jamás tener que llegar a este extremo, pero
coincidirán conmigo en que es la manera óptima de sobrellevar este
problema, dadas las circunstancias.
REPORTERO – Estamos todos de acuerdo con usted, señor alcalde. Y
díganos… ¿cuánto tiempo cree que se prolongará esta situación?
ALCALDE – Solo Dios sabe la respuesta a esa pregunta, amigo. Lo que
sí le puedo decir es que en la actualidad los cuerpos de seguridad
del estado ya tienen totalmente controlada la situación, y cada vez
es menor la cantidad de afectados por el virus que rondan por las
calles, gracias a las periódicas barridas del territorio que llevan
haciendo desde la última semana. Desde aquí quiero agradecer el
enorme esfuerzo que están haciendo, arriesgando sus propias vidas, en
pro del final de esta amarga pesadilla.
REPORTERO – Muchas gracias, señor Alcalde.
ALCALDE – A usted.
REPORTERO – Como pueden observar… Me voy a alejar un poco. Ahora
mismo se está procediendo a encender la pila de cadáveres. Fíjense
que se han colocado en el centro de la glorieta para evitar la posible
propagación del fuego, y que hay un grupo de bomberos preparado por
si cualquier cosa saliera mal. Les puedo asegurar que aquí el calor
es espantoso. Bueno, con esta trágica imagen, que resume sin palabras
lo que está ocurriendo en riguroso directo, devuelvo la conexión a
los estudios centrales. 
PRESENTADOR – Muchas gracias, Juan. Bueno, pues como les contaba, un
reciente estudio del centro médico +Health de Iowa, afirma que…
puntos 4 | votos: 4
¡Tranquila mamá - Que yo no bebo.!

puntos 6 | votos: 6
Desmotiva que esta - Madre sujeta el cuerpo de su hijo, víctima del hambre, antes de ser
enterrado en Bardera, Somalia.
puntos 8 | votos: 10
Tener 18 - Para algunos, es lo mejor de la vida porque es el momento en el que
puedes fumar y beber sin que te digan nada, cuando ya te puedes sacar
el carnet de el coche, o puedes ver porno sin tener que mentir antes
de entrar en esas paginas.
Pero para mi cumplir los 18, sera mi mayor desgracia, es el momento en
el que todos y cada uno de tus amigos, es independiente, se va a la
universidad, se van a estudiar a otras ciudades o países, el momento
en el que tienes que empezar a independizarte, el momento en el que
tienes que trabajar y no te queda tiempo para estar todo el dia con
tus amigos.
Y sin amigos... poco
Pero ahora tengo 14... Tendré que aprovechar  los otros 4 que me
quedan.
puntos 1 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x161 - CRONOLOGÍA DEL ÉXODO: Parte cuarta

Epidemia


Emisión matutina del canal 6, especial informativo
	9 de septiembre de 2008

La tensión se mascaba en el ambiente. Por esos entonces la situación
estaba ya bastante descontrolada en las calles. Los trabajadores del
estudio deseaban estar en sus casas, con sus familias, más ahora que
se había decretado el toque de queda. Sin embargo, seguían ahí. En
parte porque les amenazaban con despedirles, cosa que ya habían hecho
con una cuarta parte del equipo, y en parte porque querían poder
seguir informando al mundo hasta el último momento. Todavía muchos
seguían al pie del cañón, pero con la cabeza muy lejos de ahí.
La presentadora Rosa Domingo se disponía a entrevistar a un
antropólogo de fama mundial, con el fin de tratar de entender algo
más sobre a qué se estaban enfrentando. El plató estaba preparado,
pero todavía rondaban de un lado a otro algunos de los trabajadores,
ultimando los detalles antes de empezar la grabación. Entrevistadora
y entrevistado estaban sentados en cómodos sillones de cuero blanco,
y tras ellos había una enorme pantalla, que no paraba de emitir
imágenes de los disturbios de los últimos días en varios puntos del
globo. 
Una maquilladora dio los últimos retoques a la frente del invitado;
alguien le llamó la atención y enseguida se puso al otro lado de las
cámaras. Esa grabación ocuparía el 13% de la programación de la
cadena los siguientes días, cuando los contenidos dejarían de
emitirse en directo, para pasar a emitir un bucle de los mismos, una y
otra vez durante cinco días, hasta que la cadena, ya abandonada a su
suerte, se quedase sin electricidad con la que seguir transmitiendo
imágenes que ya nadie vería. Alguien gritó “¡Estamos en el
aire!”, y entonces los murmullos cesaron de repente.
ROSA – Esta mañana nos acompaña Miguel Sastre, eminente
antropólogo, que nos hablará sobre sus impresiones al respecto de la
oleada de violencia que nos acompaña desde los últimos días. Buenos
días, Miguel.
MIGUEL  – Buenos días…
ROSA – Hace unos meses usted publicó un libro en el que hacía un
estudio exhaustivo sobre la violencia entre diferentes grupos
sociales, la violencia de género, y sobre determinadas enfermedades
mentales que volvían violentos a… los enfermos.
MIGUEL  – Si…
ROSA – Dígame, ¿Cómo interpreta usted los actos violentos que se
vienen produciendo los últimos días?
MIGUEL  – Bien… En este caso, yo no englobaría estos sucesos en
ningún caso de los que el hombre ha tenido constancia hasta el
momento. Lo que les ocurre a los afectados es algo mucho más…
visceral. 
ROSA – ¿Quiere decir que se trata de un caso totalmente… nuevo?
MIGUEL – Absolutamente. Ese tipo de violencia solo es comparable a
los efectos del veneno de unas extrañísimas setas tropicales de
Suramérica, pero incluso en esos casos, las reacciones no son tan
destructivas, ni hay accesos de canibalismo entre ellos. Los…
infectados, de ese extraño virus, pierden por completo el control de
sus actos, se vuelven extremadamente violentos. Parecen obtener algún
tipo de placer al hacer daño, puesto que pese a mostrar tendencias
caníbales, la mayoría de las veces se limitan a matar, por puro
placer, y una vez lo han hecho, abandonan a su víctima, dispuestos a
encontrar otra.
ROSA – Recientes estudios demuestran que esa actitud es un hecho
fisiológico provocado por el virus, y que por lo tanto, podría
encontrarse una cura.
MIGUEL – La doctora Lea Martín, como todos sabrán, asocia ese
comportamiento a los altísimos niveles de adrenalina que el virus
genera continuamente. Los centros Kusuri de Japón publicaron ayer un
estudio que demuestra que eliminando por completo la adrenalina del
organismo de una persona afectada, su naturaleza violenta se mantiene
intacta. Mi opinión, es que el virus corrompe la sangre, que es por
donde se propaga, y ésta a todo el cuerpo. Sea lo que sea que lleve
dentro, no creo que exista cura alguna.
ROSA – No parece muy optimista.
MIGUEL  – A día de hoy no creo que haya motivos para serlo.
ROSA – Bueno… En lo que respecta a la capacidad de razonamiento de
los afectados… Usted gusta de llamarlos infectados, aunque tal vez
sería mejor llamarles z…
MIGUEL  – ¡No!
ROSA – ¿Cómo dice?
MIGUEL  – No le tolero que utilice ese término. Se viene oyendo
demasiado por los medios últimamente, y de verdad, me enfurece.
ROSA – En cierto modo… los que los llaman así tienen parte de
razón, ¿no cree?
MIGUEL  – En absoluto. Por el amor de Dios, ellos son personas igual
que usted y que yo, y están vivos, igual que usted y que yo. Lo
único que les diferencia de nosotros es que han abandonado el
raciocinio, y se dejan llevar por el más puro instinto.
ROSA – Pero… ya no son personas.
MIGUEL  – ¿Usted no ha perdido a nadie los últimos días verdad?
ROSA – No estamos aquí para hablar de mi vida.
MIGUEL  – Es más. En el sentido estricto de la palabra, está de
más llamarles así porque en el virus no hay rastro alguno de
tetrodotoxina. Y alejándonos del sentido literal de la palabra,
todavía está más fuera de lugar llamarles de ese modo. Por el amor
de Dios, son… enfermos.
ROSA – Lo que resulta innegable es que son muertos vivientes, ¿no
es cierto?
MIGUEL  – Lo son, tanto como lo sería una persona a la que se ha
devuelto el latido del corazón mediante un masaje cardíaco. De
hecho, es algo muy parecido a eso, una fuerte descarga, lo que provoca
el virus en el cuerpo de los infectados, cuyos corazones dejan de
latir durante unos minutos. Según su teoría, mi madre, que ha
superado un infarto, es una muerta viviente.
ROSA – No saque las cosas de quicio.
MIGUEL  – No creo que un debate sobre cómo debemos o no llamarles
sea lo que nos deba ocupar esta mañana. Yo prefiero llamarles
infectados. O enfermos. Al fin y al cabo, es un virus, no muy
diferente al de la gripe, el que les afecta. Si usted es más feliz
llamándoles de ese modo tan… peliculero, allá usted, pero le
invitaría que no lo hiciera en lo que dure esta entrevista.
ROSA – Si… Bueno, volviendo al tema que nos ocupa... En lo que
respecta a la capacidad de razonamiento…
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x160 - Supermercado IFAI, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Zoe se quedó algo incómoda cuando dejó de ver a Morgan y a
Bárbara. Se alejó de la entrada y se acercó a Christian. Él
parecía bastante más tranquilo. Estaba empezando a asumir su nuevo
lugar en el mundo, y por bien que no le gustase, parecía amoldarse.
El recuerdo de su madre seguía atormentándole por momentos, pero
ahora se trataba de un dolor más profundo, un dolor asumido como
irreversible, que debería perdurar en su memoria, pero que no
debería hacerle flaquear en un futuro. Ahora había otra cosa que le
rondaba por la cabeza.
	Zoe vio el fardo de billetes que sostenía el chico. Los toqueteaba y
los contaba una y otra vez, maravillado por su color, por su textura,
pero sobre todo por el hecho que carecían de valor. Jamás antes en
su vida había visto tal cantidad de dinero junta. Había llegado a
recolectar dieciséis mil ochocientos euros de la habitación 14 de
aquel viejo motel de carretera. Lo había hecho en un descuido de sus
compañeros, mientras éstos acababan de desayunar, alegando que se
dirigía al baño. Se había colado en la habitación,
sorprendiéndose al ver el cadáver de aquel pobre infeliz. Había
agarrado unos cuantos billetes, sin saber porqué, de hecho todavía
no sabía el motivo, y había vuelto al comedor.
ZOE – ¿Qué harás con eso?
CHRISTIAN – No sé, comprarme algo caro... Si te portas bien, te
haré un regalo.
	Zoe arrugó el morro, y le sacó la lengua.
ZOE – Idiota. No creo que encontrases ninguna tienda abierta.
CHRISTIAN – Ya se me ocurrirá algo.
ZOE – Seguro.
	La niña le obsequió con una nueva mirada de burla, y se alejó unos
pasos del furgón. El parking estaba desierto, a excepción de
aquellos pocos coches abandonados, ninguno de los cuales ocupaba una
plaza de aparcamiento concreta. Miró a la carretera más allá, a
unos apartamentos que había al otro lado, a las naves que había
alrededor; no había ni un alma. Las hojas de los árboles se mecían
tranquilamente con la brisa matutina, iluminadas por el astro rey. 
Se quedó mirando una altísima chimenea que se veía desde el lateral
del supermercado, en el mismo lugar donde se encontraba aquel autobús
escolar abandonado. Se estaba preguntando para qué serviría esa
chimenea tan grande, cuando creyó ver algo moverse en la parte
trasera del autobús. Fijó los ojos en el cristal, del que pendía el
cartel de transporte escolar con aquellos dos curiosos personajes que
ella por un momento creyó inspirados en ella misma y en Bárbara.
Llevaba las cortinas echadas, pero de nuevo vio algo moverse en su
interior; una sombra.
ZOE – ¡Chris!
	Christian levantó la mirada de los billetes, y echó un vistazo a la
niña, aburrido por la espera. Zoe le instó a que se acercara
haciéndole gestos con las manos. Guardó los billetes en una cartera
que había robado a un muerto, y ésta en el pantalón. Saltó de la
parte trasera del furgón y se acercó a la niña, algo hastiado.
CHRISTIAN – ¿Qué pasa ahora?
ZOE – Mira ahí.
	Christian siguió la dirección que le indicaba el índice de Zoe y
clavó su mirada en la parte trasera del autobús. Dejó pasar unos
segundos antes de replicar.
CHRISTIAN – Yo no veo nada.
	Zoe se quedó mirando; en efecto, ahí no se veía nada más que una
cortina echada. Empezó a impacientarse. Estaba segura que había
visto algo, pero ahora estaba quedando como una paranoica a ojos de su
compañero de viaje, y eso le daba mucha rabia.
ZOE – He visto cómo se movía algo ahí dentro.
CHRISTIAN – Bah, te lo habrás imaginado.
	Zoe se enfadó y dio un pisotón en el suelo, con los carrillos
hinchados.
ZOE – Que no, en serio. Creo que hay uno ahí dentro.
	Ambos se quedaron mirando un momento más. Entonces vieron algo. La
cortina se movió, y por un segundo apareció la silueta de una mano
apoyada en el cristal. Acto seguido la mano se apartó de nuevo y la
cortina volvió a quedar quieta.
CHRISTIAN – Hostia es verdad.
ZOE – Hay que llamar a los… a Bárbara y Morgan.
	Zoe se dirigió corriendo hacia la entrada del supermercado y gritó
en silencio para llamar la atención de los mayores. Christian se
quedó en el mismo sitio donde estaba, tratando de volver a ver
moverse lo que quiera que hubiese ahí dentro. Sintió algo de miedo
al pensar que podía tratarse de un infectado. Antes de darse cuenta,
Morgan y Bárbara aparecieron tras las puertas de entrada; Zoe les
guiaba hacia donde estaba Christian. 
ZOE – Es ahí, en el autobús. Hay alguien ahí dentro.
Los cuatro se quedaron uno al lado del otro, mirando la parte trasera
del autobús. En esta ocasión los cuatro consiguieron ver un brazo
restregarse contra el cristal. Luego desapareció. No necesitaron
aguzar el oído para, acto seguido, escuchar un grito proveniente de
ese mismo lugar. Se miraron unos a otros. Un nuevo grito, más
parecido a un gemido lastimero, rompió de nuevo el silencio del
parking del supermercado. Ahora se veían al menos dos siluetas
moviéndose en los asientos traseros del autobús.
MORGAN – Quedaos aquí, voy a ver qué pasa ahí dentro.
	Morgan comprobó por enésima vez que llevaba la escopeta cargada, y
se dirigió al autobús. Los demás hicieron caso omiso de su
advertencia, y le siguieron de cerca. Pasaron de largo por la parte
trasera, sin dejar de mirar ni escuchar lo que parecía una pelea
entre infectados, o entre un infectado y uno que en breve pasaría al
otro lado. Fuera lo que fuese que estuviese ocurriendo ahí dentro, se
estaba volviendo más intenso por momentos.
	Al llegar a la puerta lateral reparó en algo que no había visto de
entrada. Una motocicleta descansaba junto a la puerta, que enseguida
destrabó haciendo uso del sistema de emergencia. Con la escopeta por
delante, subió las escaleras y se giró rápidamente hacia los
asientos traseros. De entrada no fue capaz de discernir lo que ahí
estaba aconteciendo, y una vez lo hizo, deseó no haber entrado. 
Los gritos y gemidos cesaron al instante. Carlos y Marion se giraron
hacia él, tan sorprendidos como él mismo. En ese momento entraron
los demás. Bárbara tapó los ojos a Zoe para que no viera lo que
hasta escasos momentos había sido una acalorada escena de sexo.
Marion, totalmente desnuda, se quitó de encima de Carlos y se tapó
como pudo con la ropa que habían desperdigado por los asientos.
Carlos mostró una amplia sonrisa en la boca. Agarró la ropa interior
y se la comenzó a poner, sin apartar la vista del policía.
CARLOS – Baja eso, amigo. Que las carga el diablo.
puntos 2 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x159 - Supermercado IFAI, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Morgan y Bárbara encendieron las linternas al mismo tiempo. Ella
echó un último vistazo a Zoe antes de sumergirse en la oscuridad del
supermercado. Pasaron a través de un par de puertas acristaladas
automáticas, que yacían hechas trocitos en el suelo, y comenzaron a
inspeccionar el lugar. Un extraño olor reinaba en el ambiente. Ambos
trataron de convencerse que se trataba simplemente de comida podrida,
pero no las tenían todas consigo. Morgan gritó para llamar la
atención de cualquiera que estuviese entre esas cuatro paredes. Ambos
se quedaron en silencio esperando una respuesta que jamás llegó. De
alguna manera, los dos sabían que pasaría, aunque no tuvieran
motivos para ello.
	Los primeros estantes que vieron estaban vacíos en su mayoría, al
menos de comida, parte de la cual descansaba sucia y reseca en el
suelo, junto a sus envases rotos y un buen puñado de cajas. Cruzaron
por varios pasillos, iluminando las baldas. En algunas todavía
quedaba algún que otro artículo olvidado, pero la mayoría estaban
totalmente vacías; de lo que si estaban seguros era de que con lo que
ahí había no podrían cumplir su objetivo. Continuaron el camino
junto a la línea de cajas, hasta llegar a otro pasillo que a
diferencia del resto, parecía intacto. Era el pasillo de los
productos higiénicos. Al parecer la lejía y el líquido
limpiacristales no habían acabado de convencer a los anteriores
saqueadores. 
Llegaron al otro extremo de la tienda, y Morgan apuntó con la
linterna a una puerta que había más allá de la línea de cajas.
Gritó de nuevo con idéntico resultado, y se dirigieron hacia ahí,
pasando de largo la primera caja. Era la zona de empleados. Entraron y
vieron la puerta abierta de un baño al frente, y una puerta metálica
cerrada a conciencia al lado; la oficina. Estaban en un pasillo con
otras dos puertas en las que pendía un rudimentario cartel de papel
que rezaba “solo empleados”. El policía no se molestó en ir más
allá. Esa parte del supermercado con toda seguridad no contendría
nada útil que llevarse, y si hubiera habido alguien ahí dentro, ya
habría dado señales de vida a esas alturas.
Desanduvieron sus pasos hasta volver al último pasillo. Morgan
reparó en un enorme portón de metal que había en el muro de la
derecha. Lo enfocó curioso con la linterna. El portón parecía pesar
más de una tonelada; se veía robusto e impenetrable. Enfocó de
nuevo el pasillo en el que se encontraba. Ahí también había volado
prácticamente todo. Las neveras y los congeladores ofrecían el mismo
aspecto. Sólo lo que no era comestible y las cosas inútiles como la
levadura y el vinagre habían conseguido salvarse del multitudinario
saqueo al que había sido sometido el establecimiento.
Bárbara se aventuraba a entrar en ese pasillo cuando Morgan le llamó
la atención. Le ofreció su linterna y le dijo que le iluminase
mientras él trataba de abrir aquel enorme portón metálico. Bárbara
pensó que sería una estupidez, que no serviría de nada, pero
conociéndole, se limitó a asentir. Morgan se arremangó las mangas
de la camisa y agarró la puerta por una hendidura que tenía en su
parte izquierda. Respiró hondo y tiró con toda su fuerza hacia el
lado. Se sorprendió de lo sencillo que había resultado. La puerta
corrió sobre sus rieles sin ofrecer resistencia alguna, y ambos
pudieron ver docenas de palés repletos de todo tipo de cosas,
iluminados por unos grandes lucernarios que había en el techo.
La profesora se acercó rápido, mientras Morgan trababa la puerta con
algo que encontró junto a la entrada. Tuvo que llevarse una mano a la
nariz al recibir la bofetada de hedor que manaba de ahí. Se giró
para ver que junto a la puerta había un par de enormes cajas de
patatas y demás verdura en otros palés a su lado. Estaban todas
completamente podridas. Morgan repitió el ritual del grito, pero en
esta ocasión con una tímida sonrisa en la boca. Habían conseguido
lo que se proponían. Recuperó su linterna y enfocó en todas
direcciones. 
Al parecer, los anteriores saqueadores se habían conformado con lo
que había en la tienda. Esa puerta cerrada había infundido
suficiente respeto para que no se molestaran en tratar de abrirla,
para fortuna de quienes venían a robar ahora. Había palés de todo
tipo, la mayoría ordenados por sus distintos géneros. No harían
gran cosa con los de papel de cocina, pero los de agua y comida en
conserva serían su salvación. Era como un paraíso y hasta llegaron
a fantasear con quedarse ahí a pasar un tiempo; esa puerta resultaba
más que suficiente para evitar que entrase nadie que no estuviera
invitado, y ahí había comida para los cuatro, para los próximos
meses, si no años. 
Morgan se acercó a un traspalé eléctrico que había junto a una
verja abierta que separaba en dos el almacén, y giró la llave del
contacto. Unas lucecitas se encendieron en el panel de mandos, y el
pesado aparato emitió un agradable zumbido. Morgan sabía utilizarlo,
y lo arrastró unos metros, hasta pinchar con maña un palé que
tenía al menos una tonelada de todo tipo de alimentos envasados, la
gran mayoría en conserva. Lo estaba elevando para llevárselo hacia
la entrada y comenzar a descargarlo en el furgón, cuando creyeron
oír una voz proveniente precisamente de ahí.
El policía soltó lo que llevaba entre manos en ese preciso instante.
Ambos guardaron silencio, y escucharon de nuevo la voz. Era Zoe, y
recitaba sus nombres, algo más bajo de lo que era de esperar, pero
suficientemente claro. No parecía especialmente asustada, pero sí
tener bastante prisa por que le prestaran atención. Morgan se dio
media vuelta como alma que lleva el diablo, y corrió hacia la
entrada, con la escopeta en alto. Bárbara le miró un instante,
sintiéndose orgullosa por su reacción, y corrió tras él,
balanceando la pistola en su mano. Vio a Zoe iluminada por la luz del
exterior, al final de la segunda puerta automática, agitando las
manos para que se acercaran, con una mueca de preocupación en la
cara.

puntos 0 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x158 - Hostal de carretera, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

El agudo timbre de un despertador hizo que Bárbara y Zoe se
despertaran sobresaltadas. A ambas les costó un momento reaccionar,
darse cuenta de dónde estaban, y acto seguido, parar ese ruido
infernal. Zoe se restregaba un ojo con la mano mientras bostezaba,
sentada en su cama, ataviada con aquella camiseta que le iba enorme.
Bárbara se vestía con la ropa que había dejado sobre la mesilla de
noche, donde también descansaba su automática. 
La luz del sol se filtraba por la cortina, y al otro lado, los
pájaros cantaban alegremente a la mañana. La profesora acabó de
vestirse y se asomó a la ventana, apartando ligeramente la cortina.
La calle seguía igual que la última vez que ella la viese: desierta.
Empezaba a dudar que en ese pueblo hubiera infectados. Dejó a Zoe en
la habitación y se dirigió a la de los varones. Al abrir la puerta
vio que ambos seguían durmiendo, y con un comentario amistoso les
despertó y les invitó a desayunar en el comedor que había en la
planta de abajo. Morgan gruñó algo que nadie alcanzó a descifrar, y
se tapó la cabeza con la almohada. Christian le dio los buenos días.
A los diez minutos, todos se encontraban en el humilde comedor. Aquél
lugar parecía tener más de cien años. Después de revisar la cocina
y la alacena, y encontrársela absolutamente vacía, optaron por echar
mano de lo que Bárbara había traído consigo en su inseparable pero
ya bastante vacía mochila; esa misma mañana irían a un supermercado
en busca de provisiones. Desayunaron bien fuerte, y esta vez no
recogieron nada de lo que habían ensuciado, antes de irse. Sin perder
más tiempo, volvieron al vestíbulo, y ahora con algo más de reparo,
abandonaron el motel.
El aparcamiento estaba ocupado tan solo por el furgón policial. Esta
vez dejaron a Morgan solo al frente. Los demás ocuparon sus asientos
en la parte trasera, y partieron de nuevo. Morgan guió despacio el
coche por las afueras, en busca de un supermercado que había visto
junto a una zona industrial cuando venían de la estación de
servicio. De camino vio a un hombre colgado del cuello a una farola.
Se había atado una soga al cuello y pendía un metro del asfalto, ya
sin vida. Le faltaban los pantalones y la ropa interior, y al parecer
los infectados habían dado buena cuenta de él, ya que le habían
comido los pies y las piernas hasta la altura de las rodillas. Incluso
algún desaprensivo le había arrancado los genitales. Bajo su cuerpo
había una gran mancha de sangre, ya reseca, pero ni rastro de las
extremidades que le faltaban. Morgan se alegró que nadie más tuviera
que presenciar eso, y enseguida llegó al supermercado.
Se trataba de una de las franquicias de la cadena IFAI. Morgan
recordaba haber visitado en numerosas ocasiones la tienda de Sheol con
su mujer, y dudaba mucho que los saqueadores hubieran arrasado con
todo. Guió el vehículo hacia dentro del parking particular, donde
también se encontraron con un autobús escolar y un par de coches
abandonados. Lo dejó encarado hacia la salida, con la parte trasera
mirando a una gran abertura que tenía la persiana metálica, y giró
de nuevo la llave del contacto, maravillado al no haber encontrado de
nuevo a absolutamente nadie por las calles. Esa falsa sensación de
seguridad iba acrecentándose en su interior, y pese a que sabía que
eso no era bueno, no podía evitar sentirse mejor. Le daba la
impresión que tratasen de ofrecerle una tregua.
Al parecer un coche se había estampado contra la persiana, varias
veces, hasta dejarla como estaba ahora. La abertura era bastante
grande. Eso les daría la seguridad de que podrían entrar sin
problemas, aún con la incertidumbre de si quien había hecho ese
destrozo no se lo había llevado todo consigo. Morgan enseguida
desechó esa posibilidad, pues harían falta más de cinco trailers
para acabar con las existencias. Echó un vistazo alrededor para
asegurarse que no tenían compañía, y acto seguido abrió el portón
para que los demás le ayudasen a subir al furgón todo cuanto
necesitarían.
Cuando Christian vio donde estaban, un escalofrío recorrió su
espalda. Se encontraban de cara a la zona de los carros, donde a duras
penas faltaría media docena de ellos. Desde ahí se veía el enorme
cartel que promocionaba el nombre del supermercado. Agitó la cabeza
para alejar esos fantasmas de su cabeza. En ese momento Morgan salía
del interior del furgón con las tres linternas que tenían. Se
acercó al chico, con una tímida sonrisa en su cara, y le puso una
mano en el hombro al tiempo que le entregaba una de las linternas.
MORGAN – Que ironía… ¿No?
	A Christian el corazón le dio un vuelco. No había tenido ocasión
de digerir esas palabras, y empezó a pensar que Morgan conocía su
pasado. Pero era imposible; él no le había contado a nadie el motivo
por el que le habían metido en prisión. Apenas tuvo tiempo de
responder; Morgan se le adelantó.
CHRISTIAN – ¿Eh?
MORGAN – Que de vueltas da la vida. Hace cuatro días estabas en
prisión por robar un supermercado, y hoy has venido a robar a otro,
con un policía que en vez de detenerte, te va a ayudar a llevarte
más cosas.
	Christian se tranquilizó sobremanera al escuchar al policía. Había
malinterpretado sus palabras. Forzó una tímida sonrisa.
CHRISTIAN – Si…	
	Morgan se apartó de él y se dirigió al resto.
MORGAN – A ver. Esto lleva abierto a saber cuanto tiempo, y dentro
está oscuro. Y todos sabemos a quienes les gustan los sitios oscuros
para pasar el día. ¿Estamos? Yo iré delante. Bárbara, tú
acompáñame, y vosotros dos quedaos aquí junto a la puerta del
furgón. Cualquier cosa, pegáis un grito para avisarnos y os
encerráis otra vez ahí detrás. ¿Entendido?
	Los tres asintieron al unísono. Christian se sentó en el suelo de
la parte trasera del furgón, y estiró los brazos. Zoe se quedó
junto a la puerta por la que habían entrado los adultos, algo
nerviosa y dubitativa. Les vio encender las linternas y escuchó unas
voces, para enseguida acabar perdiéndoles de vista entre la penumbra
del interior del supermercado.
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x157 - Hostal de carretera, Midbar Norte
4 de octubre de 2008

Zoe se despertó a medianoche. Bárbara estaba dormida en la cama que
había a su lado. De la habitación contigua venía el leve susurro
del ronquido de Morgan. Pero había algo más; un sonido que no fue
capaz de descifrar de entrada, que provenía de la puerta que daba al
pasillo. Aún algo adormilada, se levantó de la cama y se dirigió
descalza hacia la puerta. Tenía necesidad de ir al servicio a hacer
pipí, por bien que la noche anterior Bárbara le había insistido en
que fuera si lo creía necesario, a lo que ella se había negado,
alegando que no tenía ganas. Pero ahora si que las tenía.
	Al abrir la puerta un ruido la sobresaltó y dio un traspiés hacia
atrás, asustada. Christian le puso una mano en la boca, para que no
gritase. Cuando estuvo seguro que no lo haría, se la quitó, para
limpiarse las lágrimas con la manga de la camiseta. Sorbió los mocos
y miró a la muchacha, que le observaba con el ceño fruncido, entre
la penumbra. La luna parecía querer emerger de nuevo de entre las
tinieblas, y su luz daba algo de claridad a la noche estrellada,
permitiendo al chico ver a Zoe. Llevaba puesta una camiseta que le iba
prácticamente el doble de grande. Lucía la marca de la herida que se
había hecho en la rodilla, pero ya no llevaba la venda, y sus piernas
desnudas, al igual que sus pies, le daban aún más aspecto de niña
pequeña.
CHRISTIAN – ¿Qué haces despierta a estas horas?
ZOE – Tengo que ir al lavabo.
CHRISTIAN – ¿Y no puedes esperar a mañana por la mañana?
ZOE – No.
	Christian esbozó una sonrisa, en silencio. No había conseguido
dormirse. En gran medida porque no podía quitarse de la cabeza la
imagen de su madre, aunque los ronquidos de Morgan también tenían
parte de culpa. Durante el día resultaba más llevadero, pues siempre
había algo en lo que ocupar la cabeza, pero cuando su única
compañía era la soledad y el silencio, todos esos recuerdos brotaban
para hacerle revivir de nuevo todo el sufrimiento que había acumulado
en tan poco tiempo. Había salido de su habitación, unos minutos
antes que la niña, y se había quedado mirando por la ventana, viendo
pasar a más de un infectado errante que caminaba por la carretera
desierta en busca de algo que echarse a la boca. Sorbió de nuevo los
mocos. No quería parecer débil frente a Zoe. 
ZOE – No pienses en eso.
CHRISTIAN – ¿Eh?
ZOE – No sirve de nada. No harás que vuelva.
	Christian frunció el entrecejo. Lo último que necesitaba en ese
momento era un sermón, y mucho menos de alguien ocho años menor que
él.
CHRISTIAN – ¿No tenías que ir al baño?
ZOE – Si.
CHRISTIAN – Pues venga, que te acompaño.
ZOE – Puedo ir sola.
CHRISTIAN – Pero yo quiero acompañarte.
ZOE – Pero...
CHRISTIAN – Me quedaré fuera, junto a la puerta, no voy a entrar
contigo.
	Zoe dudó por un momento, pero acabó cediendo.
ZOE – Bueno, vale. Como quieras.
	Christian cogió la linterna que había dejado sobre el antepecho de
la ventana y se avanzó. Con Zoe a la retaguardia se dirigieron hacia
el otro extremo del pasillo. Cuando estuvieron a una distancia
prudencial, donde la oscuridad era casi absoluta, Christian encendió
la linterna y enfocó al suelo, tamizando la luz con las dos manos,
consiguiendo un extraño juego de luces y sombras. No era prudente que
les vieran desde fuera. Caminaron bien juntos hasta la puerta del
baño, y Christian la abrió, sorprendido al ver que no gruñía como
el resto. El baño carecía de ventana, de modo que después de cerrar
la puerta, apartó sus dedos de la linterna y el haz de luz iluminó
por completo el cuarto, rebotando por los espejos.
	Tan solo había un par de lavamanos y dos puertas, cada cual con un
rústico cartel indicando el sexo de quien debiera entrar. Cedió la
linterna a la muchacha, y se quedó en la zona común. Se miró en el
espejo, y comprobó cuan ajado lucía su rostro. Llegó a ver la fea
cicatriz que tenía sobre la oreja, sus ya enormes ojeras y el aspecto
demacrado y consumido que lucía. Pero enseguida se extinguió la luz
tras la puerta del baño femenino, y le envolvió la más absoluta
oscuridad.
	Escuchó los pasos de Zoe, y cómo se abría otra puerta. Enseguida
oyó la inconfundible tonadilla del choque del pipí en el agua.
Aunque sabía que no debía temer a nada ahí dentro, el encontrarse
con tal oscuridad le hizo tener miedo. Era verdad que estaba asustado
mucho antes, pero el no poder ver ni un metro alrededor de donde se
encontraba, le hacía sentirse aún más indefenso. Zoe estaba
tardando más de la cuenta, tiempo después de haber acabado, y
Christian empezó a impacientarse. Para cuando quiso darse cuenta
escuchó de nuevo el gruñido de la puerta. Un leve hilillo de luz se
filtró por debajo de la siguiente, que enseguida se abrió.
ZOE – No hay agua.
CHRISTIAN – No me extraña.
ZOE – Pero no he podido tirar de la cadena.
CHRISTIAN – ¿Que más da eso ahora? Vámonos a dormir ya.
	Zoe asintió, y le entregó la linterna a su compañero. Tal como
habían entrado, salieron, y apagaron la linterna al acercarse de
nuevo a la ventana. Zoe se encaramó a ella, de puntillas, y miró la
calle desierta. Se había levantado algo más de viento y el ruido se
filtraba por las rendijas donde la ventana cerraba mal, produciendo un
ruido incómodo. Morgan ya no roncaba. Christian se colocó junto a la
niña, y miró también por la ventana. 
En la calle, junto a un alcorque donde compartían espacio un pino, un
rosal y un puñado de malas hierbas, había un hombre en pijama.
Caminaba encorvado, mirando nervioso en derredor, como si escuchara
voces provenientes de todas las direcciones. Aunque a esa distancia
era prácticamente imposible determinarlo, ambos concluyeron que se
trataba de uno de ellos. Las noches eran suyas, y ninguno de los dos
tenía intención alguna de privarles de eso.
CHRISTIAN – ¿Y esto va a ser siempre así?
ZOE – ¿El que?
CHRISTIAN – Toda esta mierda.
	Zoe levantó la mirada para cruzarla con la de Christian, pero él
miraba al hombre que deambulaba por la calle, que ahora rebuscaba
entre la tierra que había bajo el rosal. Al parecer había encontrado
algo que llevarse a la boca.
ZOE – Espero que no…
	Se quedaron un rato más observándole, en silencio, hasta que se
cansó de rebuscar entre la tierra, y continuó su camino al otro lado
de la calle. Cruzó finalmente una esquina y le perdieron de vista.
Quedaron un rato más en silencio, en el que Morgan aprovechó para
volver a roncar, algo más fuerte que antes.
CHRISTIAN – Será mejor que nos vayamos a la cama.
ZOE – Si. Yo tengo sueño.
	Se apartaron de la ventana, y cada cual se dirigió a la puerta de su
dormitorio.
CHRISTIAN – Buenas noches.
ZOE – Buenas… noches.
	Zoe se adentró en su habitación, algo contrariada. Christian hizo
lo propio en la suya. En menos de diez minutos, ambos habían caído
rendidos.
puntos 3 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x156 - Hostal de carretera, Midbar Norte
3 de octubre de 2008

BÁRBARA – Al menos... habrá camas donde dormir.
MORGAN – Más que suficiente.
	Morgan giró la llave en el contacto, extinguiendo la vida del motor.
Bárbara y él salieron del furgón, y los chicos enseguida se
reunieron con ellos. Se había levantado algo de viento, y en el suelo
se arremolinaron unas cuantas hojas caídas de los árboles cercanos.
El lugar parecía llevar olvidado mucho tiempo, más incluso que
tiempo hacía que el virus había azotado al país. Al parecer
carecía de nombre, pues lo único que vieron antes de acercarse a la
entrada fueron unos grandes neones, apagados, que decían MOTEL, bajo
los cuales se indicaba que había plazas libres donde aparcar.
	La puerta estaba entreabierta, lo que no gustó a ninguno de los
presentes. Incluso Zoe sostenía el revólver por debajo de la tela de
su vestido nuevo. La puerta gruñó en sus goznes cuando Morgan la
empujó. La ausencia de luz eléctrica jugaba en su contra, pero la
que se filtraba por las ventanas, pese a las cortinas de encaje, era
suficiente para ver que el vestíbulo, con la diminuta recepción,
estaba también en regla. Fue la paz que manaba del lugar, más
acogedor que tétrico dadas las circunstancias, la que les hizo caer
en la cuenta que la entrada también estaba despejada. En los tiempos
que corrían, raro era ver una calle en la que los infectados no
hubieran dejado su huella, ya fuera por un cubo de basura volcado, una
mancha sospechosa en el suelo, o directamente un cadáver a medio
comer en mitad de la calle. Pero ahí fuera todo estaba en regla. 
	Morgan gritó a pleno pulmón para asegurarse que no hubiera nadie
ahí dentro, para bien o para mal. Al no recibir más que silencio
como respuesta, cerró la puerta. La recepción disponía de unos
folletos que invitaban a visitar los principales enclaves turísticos
de Midbar, además de una libreta en la que se podía leer el nombre
de los últimos huéspedes, y un teléfono que todos ignoraron. Al
otro lado del mostrador había una estantería en forma de colmena que
contenía las llaves de veinte de las veintiuna habitaciones de las
que disponía el motel. Morgan agarró un par de ellas e invitó a sus
compañeros a que le siguieran; él siempre iba a la avanzadilla.
	Cruzaron una puerta de madera que tenía la parte baja muy desgastada
y más clara que el resto, y se encontraron en un largo pasillo. Al
fondo había una ventana con una planta seca en su antepecho. A ambos
lados se disponían las habitaciones de la planta baja, todas
cerradas. Junto a la entrada, unas escaleras que les llevarían a la
planta piso, y a su lado la puerta del lavabo común de la planta
baja. Sin saber aún muy bien por qué, Morgan se dirigió a las
escaleras, y gritó de nuevo el recurrente “¿¡Hola!?”, con
idéntico resultado. Se había percatado que faltaba la llave de la
puerta número 14, y algo en su interior le decía que debía
dirigirse hacia ahí. 
	La vieja escalera también gruñó cuando la pisaron para acceder a
la primera planta. Una vez arriba, se encontraron con un pasillo
idéntico al de abajo, solo que éste tenía una de las puertas
entreabiertas. Morgan no necesitó acercarse para saber que se trataba
de la número 14. Antes de dirigirse hacia ahí, comprobó por
enésima vez que tenía la escopeta cargada. Desde que empezase esa
pesadilla, se había vuelto enfermizamente maniático con eso, y
aunque sabía que lo estaba, porque no hacía ni un minuto que lo
había mirado, tuvo que volver a comprobarlo. Se tocó el costado para
asegurarse que también tenía munición de reserva. Los demás se
limitaban a seguirle en fila india, en el más absoluto silencio.
	Empujó la puerta con el cañón de la escopeta, y tuvo que apartar
la cara ante la vaharada de hedor que manó del interior de la
habitación. Morgan se preguntó si jamás tendría la sangre fría
necesaria para hacer lo que había hecho ese hombre. Había optado por
el mismo destino que el de su mujer, y eso le devolvió todos esos
malos recuerdos, como una bofetada. Iluminado por la luz que entraba
por la ventana, tenía los ojos abiertos, mirando a una gran mancha de
humedad del techo. Su muñeca izquierda lucía un corte limpio, y la
moqueta del suelo tenía una gran mancha negruzca, ya reseca, que daba
fe de que se había desangrado. Era un hombre más joven que él,
bastante delgado y con barba de varios días. Estaba sentado en una
mecedora.
	Pero sin duda no era su cadáver lo que más llamaba la atención.
Por toda la habitación, como si de una explosión se hubiera tratado,
había cientos de billetes de quinientos, doscientos y cien euros. Los
había por todo el suelo. Los más cercanos al brazo del cadáver
manchados de sangre; los había también sobre la cama, dentro de las
estanterías, junto a la puerta… Morgan puso el brazo como barrera
para que nadie entrara; nadie más necesitaba ver eso. Todos vieron el
dinero desperdigado por el suelo, pero ninguno alcanzó a ver quien
fuera su dueño. 
	Antes de cerrar para irse de nuevo, Morgan reparó en un cenicero que
había sobre la mesa, junto a la cómoda. Tenía un puro a medio
consumir, un puro excepcionalmente caro. Al lado del cenicero se
encontraba la caja de madera de la que aquel hombre lo había sacado,
a la que tan solo le faltaba uno. También había un mechero de a
euro. Morgan anduvo sobre los billetes y agarró uno de los puros de
la caja. Se lo mostró al muerto, como pidiéndole permiso. Acto
seguido se agachó y cogió un billete de quinientos euros del suelo,
para luego prenderlo con el mechero, y utilizarlo de mecha para
encender el puro. Bárbara, desoyendo la orden de Morgan, se aventuró
a entrar, y le pilló agitando el billete a medio consumir, que
enseguida arrojó al suelo.
BÁRBARA – ¿Qué haces?
MORGAN – Siempre quise saber lo que se siente.
BÁRBARA – Anda, déjate de tonterías. Vámonos de aquí, este
sitio me da escalofríos.
	Morgan dio una larga calada, notando el humo entrar en sus pulmones,
y enseguida volvió donde los demás. Las llaves que había cogido
eran del último piso, y ahí fue donde fueron a parar. Las dos
últimas habitaciones del pasillo, junto a la recurrente ventana.
Cuatro camas en total. Morgan y Christian ocuparon la habitación de
la izquierda. Bárbara y Zoe, la de la derecha, la que había junto a
la ventana del pasillo. Después de comprobar que todo estaba en regla
ahí dentro, cenaron y charlaron un rato, antes de irse a dormir.
puntos 6 | votos: 6
En este mundo  - hay palabras prohibidas.
puntos 18 | votos: 18
Desgraciadamente lo primero  - que os habéis fijado en esa chica no son sus tetas

puntos 14 | votos: 14
Todo el mundo tiene derecho - a ser gilipollas, pero tú estas abusando del privilegio.
puntos 5 | votos: 5
Si en España - Se quejan de los canis y los regaytoneros
es porque no conocen a las wachiturros en Argentina
puntos 1 | votos: 3
Cuando en mi sueño, - me dijiste que me querías, no escuché una palabra, lo supe
con un beso, una dulce sonrisa y tu
infinita mirada.
puntos 3 | votos: 3
Quee toi mu loca ee! - Que persigo coches apargados!! xD
puntos 5 | votos: 5
Me gustaría saber - cuanta gente aun cree en el amor ♥





LOS MEJORES CARTELES DE

Número de visitas: 12868911570 | Usuarios registrados: 2089584 | Clasificación de usuarios
Carteles en la página: 8029955, hoy: 2, ayer: 21
blog.desmotivaciones.es
Contacto | Reglas
▲▲▲

Valid HTML 5 Valid CSS!