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Reconocelo... - Tú también has pensado en hacerte una cuenta nueva para visitarte
montón de veces y sumar las visitas a tú perfil.
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Que pena con lo bine que le  - iba a cuatro .
Desde que se junto con telecinco se están yendo programas
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¿Quién canta? - ¿Es un Ángel?, ¿ una diosa?, No, es 
DEMI LOVATOO!!!
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Forever alone - en su maximo explendor
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- Esa es una zorra... - Vivimos en una sociedad machista donde el mayor daño es infringido
por nosotras mismas

puntos -1 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x155 - Carretera interurbana S-56
3 de octubre de 2008

Por una razón que ninguno de ellos alcanzó a comprender más
adelante, recogieron todo lo que habían utilizado para comer en aquel
merendero abandonado a la sombra de los altos pinos. Bárbara sacó
una bolsa de plástico, una de las que había cogido en la tienda en
la que conociera a Zoe en un tiempo que parecía ya muy lejano, y
guardó las latas vacías de refresco y los envases de las conservas,
ayudada de sus compañeros. Mirándola de nuevo, la mochila parecía
bastante vacía; no era tan pesada como en un principio, y aún con lo
que llevaba Morgan, habiendo cuatro bocas que alimentar no tardarían
mucho en agotar las existencias. Sobre todo era el agua lo que más
rápido había desaparecido.
	Abandonaron el merendero de piedra bien entrada la tarde, pero aún
con bastantes horas de luz por delante. Enseguida llegarían a Midbar,
y una vez ahí, pasarían la noche en algún refugio improvisado. Si
tenían suerte, saquearían un supermercado con el fin de restaurar
sus existencias. Ahora que tenían toda la parte trasera del furgón
por llenar, podrían acumular comida para varios meses sin ningún
tipo de problemas, en gran medida por el espacio del que disponían,
pero sobre todo por el hecho que era gratis. Además, el depósito del
furgón empezaba a flaquear, aún cuando Morgan había vaciado el
contenido de la garrafa de repuesto que había traído consigo.
	Con la lista de buenos propósitos en la cabeza, Morgan se puso de
nuevo tras el volante, y prosiguieron la marcha. Todos sabían que en
un núcleo de población era más probable tener compañía, sin
embargo necesitaban acercarse ni que fuera a las afueras, donde se
concentraban los grandes supermercados y estaciones de servicio. En
cuanto consiguieran todo cuanto pretendían tomar prestado, ya no
habría necesidad alguna de acercarse a un pueblo o ciudad en mucho
tiempo. Debían correr ese riesgo. De todos modos, siempre que no
anduvieran por las calles de noche y no armaran mucho jaleo, no
tendrían por qué tener problemas. Y si eso ocurría, con tal de
acelerar debería haber suficiente.
	Vieron pasar de largo el indicador que les decía que ya se
encontraban dentro del municipio. Morgan era el único que había
estado en Midbar anteriormente; el resto solo habían oído hablar de
él. El conductor tuvo que aminorar la marcha al acercarse a un paso
de peatones, por culpa de uno de aquellos dichosos resaltos. En
tiempos, él había sido un gran defensor de esa medida, pues las
estadísticas decían que disminuían considerablemente las muertes
por atropello en los pasos que disponían de ellos. Ahora, no solo
eran inútiles, sino que en una huída a toda velocidad, podrían
llegar a resultar un verdadero problema. Pasaron junto al imponente
edificio nuevo de la estación, con aquella fachada tan moderna, que
tantas críticas había cosechado los últimos meses. Ahora la gran
cúpula resultaba igual de imponente, pero algo más tétrica, ya que
solo iluminaba el espacio vacío, muerto, seguramente refugio de
infectados.
	Morgan se acercó a la primera estación de servicio que encontró en
las afueras, y aparcó el furgón junto a las puertas acristaladas de
la tienda contigua. Los surtidores parecían no funcionar. Le dijo a
Bárbara que esperase, y pisó tierra firme. Se acercó al cristal
para ver el interior. Estaba todo en silencio, tranquilo. Demasiado.
Trató de forzar la puerta, y al ver que no cedía, la golpeó con la
culata de la escopeta. Se apartó para no recibir la lluvia de
cristales que precedieron al golpe, y acto seguido entró por la
abertura que había hecho.
	Ahí dentro todo estaba tranquilo. Incluso una capa de polvo cubría
los estantes. Era realmente pequeña, con espacio para poco más que
la caja, unas pocas garrafas con gasoil, diesel, líquido refrigerante
y demás. Había también una pequeña nevera que aún contenía
algunos refrescos, e incluso algunos estantes con comida basura, pero
prefirió no aventurarse a coger nada de ahí; no era a eso a lo que
había venido. Cruzó el mostrador y abrió la puerta de la
trastienda, siempre con la escopeta por delante.
	La pequeña habitación tenía una ventana enrejada por la que
entraba suficiente luz para poder ver los repuestos de prácticamente
todo cuanto había en la diminuta tienda. Al menos habría dos docenas
de garrafas de 25 litros de gasolina. Mucho más de lo que
necesitaban. Sin pensárselo dos veces, agarró una de ellas y no sin
dificultad la llevó hacia la entrada. Bárbara y los chicos estaban
esperándole ahí. Christian se empeñó en ayudarle a subirla al
furgón, y aunque Morgan se negó en un principio, alegando que el
chico no debería estar del todo recuperado, acabó cediendo ante su
insistencia. Entre ellos dos y Bárbara subieron al furgón más de
doscientos litros de gasolina.
	Sin mayor demora, pues ya habían hecho todo cuanto habían venido a
hacer, ocuparon de nuevo sus asientos, y Morgan les sacó de la
gasolinera. Al hacerlo recordó a los chicos con los que se había
encontrado aquella mañana, los que habían acabado con la gasolinera
Amoco, arrasando la casa de Christian y llevándose por delante medio
Sheol. Durante un momento pensó que tal vez hubiera sido más
prudente quedarse en las proximidades de la zona del incendio. Si
todos los infectados habían huido en desbandada, lo más seguro
sería pensar que esa parte estaría vacía a esas alturas. Pero ya
era tarde para eso. Su objetivo era otro, aún no sabía cual, aunque
creía intuirlo, pero de lo que estaba seguro, es que estaba muy lejos
de Sheol.
	Siguió conduciendo por la carretera desierta, ahora encontrando
algún que otro coche todavía bien aparcado en su plaza. En un primer
momento tuvo la intención de pararse en algún supermercado para
acabar de recoger todos los suministros que habían acordado, pero
prefirió no tentar a la suerte. Aunque todavía no se había puesto
el sol, también era cierto que había infectados madrugadores, de
modo que fijó el destino en un lugar donde pasar la noche. Habían
discutido la posibilidad de hacerlo en la parte trasera del furgón,
como hicieran la jornada anterior, pero Morgan se negó. Decía que
había tenido mucha suerte de poder arrancar sin atraer a ninguno de
esos indeseables, y que no tenía intención de tentar de nuevo a la
suerte.
	No muy lejos de donde habían robado la gasolina, encontraron un
pequeño hostal de carretera. Aún no se podía decir que hubieran
entrado en Midbar. Morgan guió el furgón hacia el aparcamiento del
hostal. Parecía bastante humilde, pero resultaba suficientemente
acogedor para decidirse por él. Sobre todo teniendo en cuenta que el
tiempo jugaba en su contra. El aparcamiento estaba vacío, al igual
que todo cuanto habían encontrado desde que abandonaran el
campamento. 
Tanto Morgan como Bárbara, que eran los únicos que habían visto
todo desde la cabina de la furgoneta, se sorprendieron de ese hecho, y
se lo hicieron saber al otro. Ambos estaban inquietos por no haber
visto ni un solo infectado por el camino. Aunque sus vidas fueran
nocturnas, siempre había alguno que paseaba sin rumbo por las calles,
ajeno a todo. O alguno durmiendo bajo un puente, junto a un muro o a
la sombra de un árbol. Pero a medida que se acercaban a Midbar, su
omnipresencia parecía quedar en entredicho. Ahí no había ni un
alma; al parecer, estaba todo desierto.
puntos 24 | votos: 26
desmotiva - que se rían de mi por que no fumo ni  bebo :(
puntos 9 | votos: 9
cambio - 10 libros recomendados por 10 positivos
puntos 2 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x154 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

De vuelta a la carpa de las mesas, Bárbara se tranquilizó bastante.
No quería hablar con nadie de lo ocurrido, y aunque sabía que era
una estupidez, recogió la pajarita de papel. Los demás actuaron como
si no hubiera pasado nada; no querían meter el dedo en la herida, y
como cada cual tenía sus propias tribulaciones con las que lidiar,
prefirieron dejarlo estar. Bárbara observó de nuevo la pajarita, y
trató de convencerse que había sido su subconsciente el que la
había engañado. La mancha parecía azul, y dejaba un surco similar
al de la tinta. De cualquier modo, nada podía verificarle ni negarle
que se tratase de la obra de su hermano mayor, y la posibilidad de que
así fuera era tan ínfima que lo dejó correr.
El café ya estaba prácticamente frío cuando se lo acabaron;
rondaría el mediodía.
OLGA – ¿No os queréis quedar, ni que sea unos días?
MORGAN – Todavía tenemos mucho camino por recorrer.
OLGA – Pero… todos los sitios estarán por un igual. No creo que
importe donde vayáis. A no ser que tengáis un barco o un
helicóptero con el que ir… no se, a una isla desierta o algo.
	Morgan la miró desafiante. Podía o no tener razón, pero le
molestaba que lo dijera tan abiertamente. Entonces cayó en la cuenta
de algo, y frunció el entrecejo. Se le había encendido una lucecita
en la cabeza, guiada por las descabelladas palabras de la muchacha, y
necesitaría tiempo para digerirlo. Ella parecía la mar de tranquila.
Del mismo modo que no le importaba que se quedaran, tampoco lo hacía
el que se fuesen. Ella lo único que quería era cuidar de su hermano,
y mezclarse con extraños, por amables que aparentasen ser, no formaba
parte de sus objetivos. Además, tampoco quería alejarse de la tumba
de su padre, del último nexo que les quedaba con el mundo previo a la
hecatombe.
OLGA – ¿Queréis quedaros a comer, por lo menos?
	Morgan miró a Bárbara. Como ellos eran los adultos, en cierto modo
los padres postizos de los dos chicos, se veía en la obligación de
contar con su aprobación para cierto tipo de cosas, al menos para las
menos relevantes. Ella estaba todavía demasiado embelesada mirando la
pajarita; ni tan siquiera había escuchado el ofrecimiento de Olga.
Christian, que tenía todavía algo de hambre, sin duda herencia de su
largo período de ayuno, tampoco dijo nada. Por alguna razón a él
tampoco le agradaba ese lugar; se sentía incómodo, inseguro. Tenía
la sensación que de un momento a otro aparecería un infectado tras
una lona y le pegaría un mordisco a cualquiera de los presentes.
Después de la historia que les había contado Olga, y con la colina
de los muertos tan cercana, prefería alejarse de ahí cuanto antes.
MORGAN – Creo que será mejor que partamos de nuevo. Las horas de
sol valen su precio en oro, y ya hemos perdido mucho tiempo.
OLGA – Aquí hay electricidad para mucho rato, y comida de sobra,
otra cosa no, pero comida y agua…
MORGAN – No insistas.
OLGA – Bueno, como queráis. Si en algún momento necesitáis
volver, lo más seguro es que nos encontréis aquí.
MORGAN – Bueno está.
	Morgan se levantó de su asiento. Bárbara se guardó la pajarita en
el bolsillo del pantalón y se levantó también, al tiempo que
Christian le daba dos besos de despedida a Olga. La chica les
agradeció nuevamente que la hubieran ayudado. Zoe levantó la mirada
y se acercó de nuevo a los mayores, al igual que hizo Gustavo. La
despedida fue corta y algo incómoda. Bárbara luchaba por quitarse de
la cabeza la idea que había nacido en ella al ver aquella maldita
pajarita, pero todavía se encontraba algo desubicada. Tal como
habían llegado, subieron de nuevo al furgón y bajo la atenta mirada
de aquellos muchachos huérfanos, retomaron el camino que habían
dejado un par de horas antes.
	Bárbara ocupó nuevamente el asiento del copiloto. Zoe y Christian
estaban en la parte trasera. Enseguida dejaron atrás el campamento.
El camino estaba totalmente despejado de coches y de infectados.
Morgan se preguntó a dónde habrían ido a parar los que habían
arrasado con el campamento. Confió que no hubieran ido a Midbar, pues
con toda seguridad tendrían que pasar ahí la noche. El silencio se
hizo más latente cuanto más tiempo pasaba. Bárbara se limitaba a
mirar por la ventana, con la mente ocupada en sus cosas. Morgan le
echó un vistazo, para volver la vista de nuevo a la carretera.
MORGAN – ¿Me vas a contar ahora a que vino todo lo de antes?
	Bárbara le miró por un momento; acto seguido miró el salpicadero.
Ocultaba con la mano derecha la pajarita de papel.
BÁRBARA – Un verano, cuando era pequeña, mi hermano aprendió a
hacer pajaritas de papel. Tenía la costumbre de dibujarles una
sonrisa y unos ojos. Yo nunca llegué a aprender, aunque él trató de
enseñarme. Lo que hacía era regalarme las que él hacía. Una tarde,
volviendo del parque con mi madre, me encontré más de dos docenas de
pajaritas en mi cuarto. Estaban por todas partes; en el suelo, sobre
la cama, en la mesa, las estanterías… Todas tenían la misma
sonrisa y los mismos ojos.
	Bárbara abrió la mano en la que tenía la pajarita, y la miró.
BÁRBARA – Vi esto en una de las mesas, y creí que la había hecho
él…
Morgan la miró un momento.
MORGAN – Pero esa no tiene nada dibujado.
BÁRBARA – Me dio la impresión que tenía una mancha de tinta. Con
lo que llovió podría haberse corrido.
MORGAN – ¿Pero tú sabes dónde está tu hermano?
	Bárbara cerró de nuevo la mano, y centró la vista de nuevo en el
salpicadero. Respiró hondo.
BÁRBARA – Está muerto. Igual que todos.
	El silencio se apoderó de nuevo del furgón. Morgan prefirió no
insistir más en el tema, pues veía que le afectaba, y por su parte
no tenía ni necesidad ni curiosidad por indagar más. De modo que
continuaron su camino. Parecían seguir al sol, que tenían en frente,
por la carretera desierta. El cielo estaba totalmente despejado, de un
azul intenso; no se había percatado de la tragedia que había azotado
al planeta, y lucía bello y esplendoroso, ajeno a todo.
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x153 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

OLGA – Tenemos todo lo que necesitamos, y este sitio… al menos es
más seguro que la ciudad… Por lo menos ya lo conocemos.
	Morgan dedujo que también tendría algo que ver el que no se
quisieran alejar de su padre. Tenía pensado pedirles que les
acompañaran, más por compromiso que por voluntad, pero eso le acabó
de convencer que no hacía falta.
MORGAN – Entonces supongo que está de más que os pregunte si
queréis venir con nosotros.
OLGA – ¿Dónde vais?
MORGAN – Nos dirigimos al sur, en busca de un lugar seguro.
OLGA – ¿Pero a donde? ¿A un lugar concreto o… más a la
aventura?
	Morgan miró sus penetrantes ojos marrones. El silencio le
respondió.
OLGA – Entonces no. No, pero no me malinterpretes. De verdad que
agradezco que me lo propongas, de verdad, pero no me quiero arriesgar
a nada, teniendo que cuidar de éste.
	Gustavo ya se había distraído otra vez, y jugaba con Zoe cerca del
centro de comunicaciones. Bárbara les miraba, maravillada al ver a
Zoe como una niña, por primera vez desde que la conoció. Ahí veía
a dos críos despreocupados jugando, dos niños a los que el recuerdo
de la muerte trágica de sus padres no les atormentaba, al menos no en
ese preciso momento. Esa imagen le trajo a la mente memorias que
todavía eran muy duras de recordar. Su mirada se dirigía de vuelta a
donde estaba la conversación, pero no pudo evitar ver algo sobre otra
de las mesas que había en el comedero. Frunció el entrecejo y el
corazón empezó a latirle a toda velocidad.
	Olvidó todo lo demás, dejando a Morgan y Olga hablando solos, y
ante la mirada curiosa de Christian, se dirigió a toda prisa a la
otra mesa. Al llegar, sus suposiciones tomaron forma de una manera
demasiado dolorosa. Tragó saliva, todavía sin poder creerse lo que
estaba viendo, y posó su mano derecha sobre la pajarita de papel. El
agua de la lluvia había echado buena cuenta de ella, pero todavía
podía intuirse un borrón de tinta en la parte de arriba. Lo que
rondaba por su cabeza era estúpido, estúpido e ingenuo, ingenuo e
imposible. No obstante, no pudo evitar llorar.
	La repentina excitación de la profesora había llamado la atención
de los demás, y había hecho cortar repentinamente la conversación
de sobremesa. Todos vieron cómo se daba media vuelta, con los ojos
bañados en lágrimas, sin comprender qué era lo que pasaba por su
cabeza. Vieron como corría entre sollozos y desaparecía tras una de
las grandes lonas verdes, en dirección a la misma colina que había
conseguido ponerle los pelos de punta poco antes. Olga preguntó a
Morgan si comprendía a qué venía eso; Morgan negó con la cabeza.
Christian mostró su igual desconcierto. Hasta los niños dejaron de
jugar, para quedarse expectantes.
	Bárbara corrió hacia la colina que hacía las veces de cementerio.
La alcanzó enseguida, y comenzó a mirar los cuerpos muertos,
agujereados y mutilados, que ahí había. Se hizo paso entre la
muchedumbre, observando una a una las caras desencajadas y frías de
los que habían perdido la batalla. A cada segundo que pasaba, la
ansiedad que notaba se volvía más y más latente, pues entre esas
caras no se encontraba la que ella estaba buscando, por bien que lo
último que hubiera deseado en la vida fuera encontrarla.
	Desde ahí el montón parecía más pequeño de lo que había pensado
al verlo desde la parte baja; enseguida lo cubrió, zigzagueando de un
lado al otro. No tardó mucho en llegar a lo más alto, después de
haber mirado concienzudamente más de siete docenas de rostros
extintos, todos absolutamente desconocidos y anónimos para ella. Ahí
arriba se veía un montículo de tierra que había sido movida
recientemente. El montículo tenía el tamaño y la forma de una
persona, y sobre él había u na rudimentaria cruz hecha con dos
tablas de madera. En una de ellas se podía leer el nombre del padre
de aquellos muchachos.
	Ahora se sentía aún más estúpida e idiota que antes. Se había
prometido no volver a pensar en eso. Creía que tenía asumido ese
capítulo de su vida, pero al parecer los cimientos en los que se
basaba su aparente fortaleza se encontraban en arenas movedizas. Echó
un rápido vistazo alrededor, registrando de nuevo las facciones de
personas a las que ya había mirado, sin saber apenas cómo había
llegado ahí. Entonces vio como Olga y Morgan se acercaban donde ella.
Morgan parecía enfadado, pero ella sabía que en el fondo estaba algo
preocupado.
MORGAN – ¿Se puede saber qué bicho te ha picado a ti?
	Bárbara le miró, con los ojos ya secos; las mejillas refrescadas
por las lágrimas que hacía tan poco las habían surcado. Bárbara se
volcó hacia Olga.
BÁRBARA – ¿Aquí no están todos, verdad?
OLGA – ¿Eh?
	Bárbara respiró hondo.
BÁRBARA – Los refugiados. Habrá algunos que consiguieran escapar,
¿no?
OLGA – Bueno… Si, los soldados. Se fueron enseguida, con los
jeeps, y tampoco te creas que todos. Muchos de ellos están aquí.
BÁRBARA – ¿Y ciudadanos, gente normal?
OLGA – Uy, lo dudo mucho. Nosotros nos salvamos por los pelos.
Había demasiados infectados, y salían por todas partes. 
BÁRBARA – Pero alguno pudo haber escapado, ¿no?
	La respuesta era un no contundente. Para cualquiera que hubiera
presenciado aquella masacre, la sola idea de que alguien pudiera
escapar de ahí sin recibir un mordisco era poco menos que un
disparate. Sin embargo Olga miró en los ojos de Bárbara, y le
ofreció lo que parecía estar pidiendo a gritos.
OLGA – Si, supongo que si.
	Un escalofrío recorrió la espalda de Bárbara.
MORGAN – ¿Bárbara, hay algo que nos quieras contar?
	La profesora ignoró a Morgan; Olga le resultaba más útil en esos
momentos. Christian, seguido de cerca por los niños, subía la colina
para reunirse con ellos. 
BÁRBARA – ¿Recuerdas a un hombre de unos cincuenta años, alto
como yo, con el pelo corto, moreno, con muchas entradas, y con bigote?
	Olga se sentía incómoda. Creía saber lo que rondaba por la cabeza
de Bárbara, al menos a grandes rasgos, pero no podía ofrecerle la
respuesta que ella deseaba oír.
OLGA – Aquí había mucha gente.
	Bárbara se enfadó consigo misma por no haber cogido la foto que
había encontrado en la escuela. Si la tuviera ahora entre las manos,
se la podría enseñar a Olga, y tal vez ella pudiera darle alguna
respuesta. Entonces cayó en la cuenta que estaba haciendo el
estúpido. Su hermano estaba muerto, ella lo sabía de buena fuente.
Negarse a eso no haría más que empeorar las cosas; lo acababa de
comprobar. Esa pajarita la podría haber hecho cualquiera. Como bien
decía Olga, ahí había mucha gente. Lo que ella creyó era la tinta
corrida de lo que en tiempos fuera un ojo y una tonta sonrisa en la
cabeza de papel, con toda seguridad no fuera más que parte de la
suciedad que había esparcida por la mesa. Esa explicación tenía
mucho más sentido que la rocambolesca falacia que su corazón le
había obligado a creer durante unos minutos.

puntos 6 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x152 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

De vuelta al campamento Olga les invitó a sentarse en las sillas que
había en el comedor, y se dirigió a otra de las carpas pequeñas que
no habían llegado a revisar. Zoe y Gustavo se habían alejado un poco
y jugaban con una pelota de fútbol a la sombra de un pino. Bárbara,
Morgan y Christian se habían sentado en uno de los bancos que había
al lado de la gran mesa central, y esperaban pacientes la vuelta de su
anfitriona, siempre con un ojo oteando el perímetro, y el arma
preparada para cualquier imprevisto. De todos modos, ese paraje
parecía muy tranquilo, más desde ahí que no podían ver la colina
de los cadáveres.
	En cuestión de cinco minutos, Olga apareció tras una lona,
sosteniendo una cafetera humeante con una mano, y una bandeja con
pastas y unos vasos de plástico con la otra. Al parecer había tenido
tiempo de asearse un poco y lucía el pelo recogido en una coleta, las
manos limpias y una muda nueva, seguramente procedente del mismo lugar
que el vestido que se había apropiado Zoe, cuya dueña descansaba en
aquella espeluznante colina. Se acercó a ellos sin perder la sonrisa
de la cara, y de un grito hizo acercarse a su hermano, pues creía que
se encontraba demasiado lejos. El chico acató la orden en seguida, y
Zoe le siguió. 
A la sombra de los pinos y resguardados del viento por una de las
lonas, que se mecía con suavidad en ocho de sus soportes, Olga
repartió los vasos y los llenó de café, dejando la bandeja a mano
de todos. Zoe y Gustavo tomaron buena cuenta de ella. En seguida se
sentó con los visitantes, y dejaron pasar unos segundos más para
saborear la paz que se vivía ahí, lejos de la ciudad, aunque por
motivos muy diferentes a los que se podrían alegar en los buenos
tiempos. Morgan agarró una palmerita y le pegó un mordisco.
MORGAN – Estoy esperando.
OLGA – Si… ¿Te refieres a lo de la colina? Aunque será mejor que
empiece por el principio, ¿No?
MORGAN – Como prefieras.
OLGA – No os contaré gran cosa que no sepáis ya. En Midbar las
cosas se pusieron imposibles a mitades del mes pasado. Porque ya es
octubre, ¿no?
	Se miraron los unos a los otros, sin atreverse a responder. A esas
alturas, todos habían perdido la noción del tiempo, pues éste
carecía ya de importancia. Lo único que importaba era si era de día
o de noche, y para saber eso, no necesitaban relojes ni calendarios.
OLGA – Supongo que eso ya no importa. Fueron los soldados, no la
policía. Iban en grandes jeeps, casa por casa, recogiendo a los
supervivientes, y trayéndolos aquí. Decían que Midbar ya no era un
lugar seguro, y cualquiera podría haberlo jurado al asomarse por las
ventanas, sobre todo por las noches. El caso es que desalojaron a
media ciudad y nos trajeron aquí. La otra media estaba tirada por los
suelos de las calles, o andando por ellas…
	Olga tuvo un escalofrío, se llevó el vaso de café a los labios y
dio un sorbo corto.
OLGA – Esto parecía la salvación, desde luego. Teníamos donde
dormir, comida y agua a discreción y centinelas en todos lados
preparados para cualquier imprevisto. Estábamos aquí con nuestro
padre…
	Gustavo miró a Olga, ella le devolvió la mirada; había perdido la
sonrisa. No obstante, era una mujer fuerte.
OLGA – Todo fue bien, hasta anteayer. Habían aparecido antes, sobre
todo por la noche, pero los soldados se habían encargado de ellos sin
problemas. Escuchábamos disparos, y eso en vez de asustarnos nos
hacía sentirnos más seguros. Pero anteayer… Todavía no era de
noche. Estábamos acabando de comer, y algunos estaban echando la
siesta en los dormitorios. Fue horrible. Venían en estampida, al
menos habría… me atrevería a decir que había por lo menos mil.
Vinieron sin avisar, nadie se lo esperaba y echaron abajo las vallas
por varios puntos. Reinó el más absoluto caos; la gente corría para
salvar sus vidas, y los soldados no daban abasto. Empezaron a disparar
a discreción, sin mirar a quien. Nosotros nos refugiamos en la copa
de ese roble.
	Todos miraron el mismo roble del que ahora pendía la cuerda que
había sacado a Olga de aquel agujero. Tanto Bárbara como Morgan
asociaban la estampida de la que hablaba Olga a la que ellos mismos
habían tenido que esquivar después de la explosión de la gasolinera
Amoco. Les extrañaba que hubieran podido llegar tan lejos en tan poco
tiempo, pero tratándose de quienes se trataba, ya nada les
sorprendía.
OLGA – Estábamos juntos, pero habíamos perdido a nuestro padre.
Desde ahí vimos como los infectados se hacían con todo, como mataban
a la mitad de la gente. Los soldados acabaron cogiendo sus jeeps y
huyeron, los muy… cobardes, dejando tirados a los civiles. Tal como
vinieron, lo barrieron todo, llevándose por delante todo lo que se
encontraron, y desaparecieron. Nosotros pasamos la noche en el árbol,
por si acaso, y no bajamos hasta ayer por la mañana. En el campamento
ya no quedaba nadie, estábamos nosotros solos… y los muertos que
habéis visto en aquella colina.
	Gustavo se acercó a su hermana, y ésta le sostuvo la mano con
ternura.
OLGA – Uno de ellos era nuestro padre. No lo habían matado los
infectados, lo habían hecho las balas de esos… hijos de puta. Lo
mataron como a un perro. Aunque entre eso y acabar infectado, me quedo
con eso.
	Morgan miró a Christian. Christian le devolvió la mirada
entrecerrando los ojos y arrugando la frente. Acto seguido todos la
miraron en silencio, elogiando su entereza. El hermano parecía algo
más abatido, ahora.
OLGA – Le llevamos arriba de la colina y lo enterramos como Dios
manda. Luego vimos al resto de los que habían caído, y decidimos
llevarles ahí también. No pudimos enterrarlos a todos, pero si nos
queremos quedar en el campamento, no nos apetecía estar rodeados de
ellos. Así que nos pasamos toda la tarde llevándolos ahí. Creo que
ya no nos queda ninguno.
MORGAN – ¿Hacia donde fueron?
	Olga señaló en una dirección. Coincidía con la que llevaban los
infectados que huyeron del incendio de Sheol, y por fortuna no era el
sur, de modo que sus planes no se veían truncados.
MORGAN – ¿Y qué tenéis pensado hacer ahora?
OLGA – Seguir juntos, aquí, el tiempo que haga falta.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x151 - Colina junto al campamento de refugiados, afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

Pasaron junto al macabro lienzo de cadáveres con la impresión que
más de uno les estaba mirando. Pero no era así; todos y cada uno de
ellos estaban más que muertos, y buena fe de ello daban las moscas
que había por doquier, muchas de las cuales habían puesto sus huevos
en la carne magullada, ahora festín de robustos gusanitos que
retozaban felizmente en la abundancia, surgiendo de las heridas, las
narices y las bocas abiertas de muchos de ellos. El olor resultaba
cada vez más insoportable, pero el chico les guió más allá de los
muertos, hasta alcanzar un viejo roble.
	¡Gus! Una voz femenina sonó en el desolador paraje, para sorpresa
de los presentes. Gustavo se paró frente a una zona en la que se
había desprendido la tierra, todavía bastante llena de barro, a la
sombra del gran árbol, y los que le seguían no tardaron en
alcanzarle. 
GUSTAVO – ¡Estoy aquí, Olga! ¡Traigo ayuda!
	Cuando finalmente llegaron al lugar de los hechos, Gustavo ya les
miraba con impaciencia. Vieron a una chica de unos veinte años, tal
vez incluso menos, igual de sucia que el muchacho. Christian se
esforzó por eliminar de su cabeza la imagen que había visto por
internet de una lucha femenina en el barro; ella parecía una de las
contrincantes. La chica les miró desde su posición, con una amplia
sonrisa en la boca. Se encontraba en medio de un gran socavón cuyas
paredes eran tan empinadas y estaban tan embarradas que resultaba
imposible de escalar. Daban fe de ello las marcas que había por
muchas de las paredes, que demostraban como se había escurrido una y
otra vez al intentar subir.
OLGA – ¡Hola! ¡Siento no poder darles la mano!
BÁRBARA – ¿¡Qué te ha pasado!?
OLGA – ¡Me caí, y ahora no puedo subir!
MORGAN – ¡¿Cuánto tiempo llevas ahí?!
OLGA – ¡Poco! ¡Apenas un par de horas!
MORGAN – ¡No te muevas que iremos a buscar algo con lo que sacarte!
OLGA – ¡Tranquilo, no voy a ir a ninguna parte!
	Morgan se sintió estúpido, pero no pudo evitar esbozar una leve
sonrisa. Le gustaba sentirse útil, y ver a alguien en problemas al
que poder ayudar siempre le subía el ego. Se acercó a Christian y al
joven salvaje y les dijo que le acompañaran a buscar alguna cuerda
con la que pudieran ayudar a subir a Olga de ahí. Bárbara y Zoe se
quedaron con la chica, a una distancia prudencial de la pendiente,
para no sumarse a ella, mientras los varones volvían al campamento.
OLGA – ¡¿Por qué habéis vuelto?!
BÁRBARA – ¡¿Cómo que vuelto?!
OLGA – ¡¿No erais refugiados de aquí?!
BÁRBARA – ¡Que va! ¡Nosotros venimos de Sheol!
OLGA – ¡¿Y qué tal está Sheol?!
BÁRBARA – ¡Digamos que… no es lo que era!
OLGA – ¡Pues entonces igual que Midbar!
BÁRBARA – ¡Yo soy Bárbara, ella es Zoe!
OLGA – ¡Encantada! ¡Yo me llamo Olga! ¡A mi hermano Gus ya le
conocéis!
BÁRBARA – ¡Si… algo así!
	Para cuando quisieron darse cuenta, Morgan y compañía ya estaban de
vuelta. El policía sostenía una gran cuerda verde, del mismo verde
de las lonas que cubrían las carpas del campamento. Los dos chicos le
seguían, en sendos costados, como guardaespaldas. Sin mediar palabra
Morgan agarró un extremo de la cuerda y lo ató fuertemente al tronco
del roble, preguntándose por qué motivo no había hecho Gustavo eso
antes. Cuando estuvo satisfecho del nudo, agarró el otro extremo de
la cuerda y lo arrojó a aquella gran zanja, dejándolo cerca de la
chica, que enseguida lo agarró. Morgan le dijo algo a Christian y a
Bárbara, y los tres sostuvieron con fuerza la cuerda.
MORGAN – ¡¿Dale un par de vueltas a la cuerda en una de las manos
y agárrate con fuerza, vale?!
OLGA – ¡Vale!
	Olga acató la orden del policía y se acercó al principio de la
cuesta. Por arriba la cuerda ya estaba tensa y empezaron a elevarla.
Al principio resultó muy fácil e incluso divertido, pero Olga no
tardó mucho en resbalarse con el lodo y darse de bruces contra el
barro. Quedó suspendida un momento pero enseguida soltó la cuerda,
que empezaba a hacerle daño en la mano. Lo intentaron un par de veces
más antes de darse por vencidos.
OLGA – ¡Lo siento! ¡Es más difícil de lo que parece!
MORGAN – ¡Tranquila! ¡Hagamos otra cosa, átate la cuerda al
torso, por debajo de las axilas, y te arrastramos hacia arriba, ya no
te vendrá de mancharte un poco más!
OLGA – ¡Si que es verdad que me hace falta una ducha!
	La muchacha se ató la cuerda tal como se lo había dicho Morgan, y
se sentó en el suelo, de espaldas a la pendiente embarrada. La fuerza
de quienes tiraban de la cuerda fue más que suficiente para hacerla
llegar arriba en un abrir y cerrar de ojos. Una vez se encontró en lo
más alto, siempre después de alejarse del borde, Olga comenzó a
desatarse la cuerda, cuando su hermano la placó con un gran abrazo
que casi la tira al suelo. Ambos muchachos estuvieron hablando a solas
unos momentos, en voz baja, Dios sabe de qué, y enseguida se
reunieron con los visitantes. Olga se acercó a Morgan con una amplia
sonrisa en la boca, impropia de los tiempos que corrían.
OLGA – Muchísimas gracias, de verdad. Sin vuestra ayuda todavía
estaría ahí abajo. Y gracias por cuidar del enano.
	Olga trató de acariciar la cabeza del chico, pero solo consiguió
mancharla aún más de barro. Éste se apartó, y le dio un codazo
amistoso.
MORGAN – ¿Alguien me puede contar qué es todo eso?
	Morgan señaló la plantación de cadáveres que había a su lado.
OLGA – Esos… esos son los demás refugiados que había con
nosotros en el campamento. Al menos una parte de ellos.
MORGAN – ¿Qué fue lo que pasó con el resto?
OLGA – Es una larga historia. Si queréis vamos al campamento y os
la cuento. Tenemos café. ¡Café caliente!
MORGAN – Esa es una oferta que no puedo rechazar.
puntos 8 | votos: 8
ni siendo el ultimo cartel lo leo - era inevitable hacerlo...
puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x150 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

Zoe se refugió detrás de Christian, sin llegar a rozarle, pero
utilizándole de escudo ante la visita hostil que acababan de recibir.
Christian la miró, arrugó un poco la frente y volvió la cara al
muchacho que había tras la puerta. Parecía sacado del libro de la
selva. Apenas tendría catorce años, pero su aspecto asalvajado le
hacía parecer aún más joven. Su corta melena negra alborotada y
sucia, sus pantalones cortos tan manchados de barro que no dejaban
averiguar cual era su color, la camiseta rasgada e igualmente llena de
lodo fresco y el hecho que le faltara un zapato, daban aún más
credibilidad a su amenaza. Sin embargo, Morgan parecía bastante
tranquilo, pese a ser encañonado a menos de tres metros.
MORGAN – Si quieres intimidarnos, sería mejor que las cargases
antes.
El chico miró las pistolas, sin comprender a qué se refería. 
MORGAN – ¿No ves que no tienen cargador ninguna de las dos?
Volvió a mirarlas, y entonces comprobó que el policía estaba en lo
cierto. Acto seguido las bajó, más asustado que nunca, y salió
corriendo en dirección contraria, dejando caer las inútiles armas en
su frenética huída. Los cuatro se quedaron mirando al cazador
cazado, sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.
GUSTAVO – ¡No dispares, por favor!
	Morgan y Bárbara cruzaron las miradas por un momento, antes de salir
en su busca. El chico corría como las balas, y enseguida desapareció
tras otra de las carpas, una que estaba vacía por dentro. Sus
perseguidores insistían en que no huyese, alegando que no había nada
de lo que preocuparse, que no le harían daño. Él hizo caso omiso.
Bárbara llegó antes que Morgan al otro lado. Cuando el policía la
alcanzó, ambos se quedaron parados. El muchacho había desaparecido.
	El policía y la profesora dieron un rodeo por la zona, tratando de
averiguar por donde se había metido el chico. Pasaron varios minutos,
hasta el punto que concluyeron en que sería inútil seguir buscando,
pues ya había tenido tiempo para llegar muy lejos al paso que iba.
Entonces, escucharon un estornudo. Desde ahí podían ver a Zoe y a
Christian en la puerta del inservible centro de comunicaciones. No
habían llegado a salir en ningún momento, y no era ninguno de ellos
quien había estornudado. Morgan aguzó el oído y miró en la
dirección en la que creía que había venido.
	Ahí no había más que una de las robustas barras metálicas que
sostenían la carpa, junto a una gran lona de plástico verde, y una
especie de baúl de mimbre bastante ajado por la intemperie. Morgan
señaló con la cabeza el baúl; Bárbara asintió con la cabeza.
Ambos se dirigieron hacia ahí, tratando de hacer el menor ruido
posible, y cuando lo alcanzaron, fue Morgan quien agarró la tapa, y
la abrió de un tirón.
	El chico soltó un grito de sorpresa y pánico que quedó grabado en
los tímpanos de quienes le habían encontrado. Se levantó de un
salto, pues estaba hecho un ovillo ahí dentro, y trató de huir
nuevamente. Esta vez Morgan fue más rápido y le agarró de la
muñeca, impidiendo que fuese a ninguna parte. El chico trató de
zafarse dando un par de tirones, pero Morgan era mucho más fuerte.
Trató de levantarse sin conseguirlo, e incluso optó por morder el
brazo del policía, pero éste le apartó la cara sosteniéndole la
frente. Para entonces ya había empezado a llorar, y no paraba de
agitarse, totalmente fuera de sí.
MORGAN – Tranquilízate, por el amor de Dios.
GUSTAVO – No me hagas daño, por favor.
BÁRBARA – Nadie te va a hacer daño.
	El chico se les quedó mirando, con los ojos vidriosos, y se
tranquilizó un poco. Se limpió las lágrimas con el dorso del brazo
que le quedaba libre.
MORGAN – Ahora te voy a soltar.
	Gustavo asintió, tragando saliva. Morgan le soltó y el chico se
quedó quieto. Ante la mirada de sus captores, salió del baúl de
mimbre, y se les quedó mirando, asustado a la par que avergonzado.
Zoe y Christian aparecieron tras la lona verde, igualmente curiosos y
extrañados. Unos segundos de silencio hicieron aún más incómoda la
situación para el morador del devastado campamento.
BÁRBARA – ¿Nos puedes contar lo que ha pasado aquí?
	El muchacho se puso a llorar de nuevo. Bárbara trató de
tranquilizarle, pero al acercarle la mano al hombro, éste la apartó
con rapidez.
BÁRBARA – Si no nos dices qué te pasa no podremos ayudarte.
GUSTAVO – ¡Es mi hermana!
	Bárbara le miró sorprendida. Por su cabeza circularon docenas de
ideas. Sin saber cómo, todas acababan con la imagen de una muchacha
semejante a ese pequeño salvaje, pero infectada, corriendo tras él
para matarle. Eso explicaría muchas cosas.
BÁRBARA – ¿Qué le ocurre a tu hermana?
GUSTAVO – ¡Está atrapada! Yo no…
	Sorbió los mocos y volvió a limpiarse las lágrimas con el
antebrazo, que con lo sucio que estaba de barro, no hizo más que
mancharle aún más la cara. 
BÁRBARA – ¿Dónde está tu hermana?
	El muchacho señaló en dirección a la carpa del dormitorio; sin
embargo se refería a un lugar al otro lado de la misma. Un extraño
brillo se apoderó de sus ojos. Bárbara miró a Morgan y éste
asintió con la cabeza. 
MORGAN – Vayamos a ver…
	El chico se alejó de ellos nuevamente, pero esta vez no huía, sino
que les guiaba hacia el lugar donde al parecer se encontraba su
hermana. Le siguieron al trote y al pasar al otro lado de la carpa de
las camas, pudieron ver el dantesco espectáculo que las enormes lonas
verde oliva les habían impedido ver la primera vez que pasaron por
ahí. Al otro lado de una valla metálica que tenía más de cinco
metros caídos sobre el suelo, a unos cien metros del refugio, se
erguía una pequeña colina. 
Sobre la colina había un manto uniforme de cadáveres, que cubrían
todo el terreno en más de quinientos metros cuadrados, ocupando todo
el suelo. La imagen resultaba aún más espeluznante al ver cómo
todos y cada uno de ellos estaban en la misma posición, mirando al
cielo, hombro contra hombro, boca arriba en el suelo, como en una
extraña formación casi perfecta. El chico les instó a continuar,
pues quienes le seguían se habían quedado horrorizados y habían
detenido su marcha. Aún atónitos por el desagradable espectáculo,
siguieron al muchacho, sin dejar de mirar la sábana de muerte a la
que se dirigían.
puntos 2 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x149 - Campamento de refugiados a las afueras de Midbar
3 de octubre de 2008

El lugar parecía tranquilo. Morgan guió el vehículo hacia la
entrada del campamento, pasando por encima de una de las dos puertas,
que yacía volcada en el suelo. Él y Bárbara miraron a su alrededor
algo desconfiados, con el coche en marcha a muy poca velocidad. Aquel
lugar se veía aún más muerto y abandonado que Sheol y Etzel.
Parecía más bien la instantánea del momento del más absoluto caos,
a la que únicamente faltaban los refugiados. Estaba todo silencioso,
vacío y desordenado. Morgan guió el furgón al extremo de la gran
explanada alrededor de la cual se organizaban todas aquellas
improvisadas estancias y paró el motor.
BÁRBARA – ¿Qué crees que haya podido pasar?
MORGAN – No lo sé. Me extraña mucho que no haya nadie. Por esta
zona no creo que haya apenas infectados, estamos todavía muy lejos de
Midbar.
BÁRBARA – ¿Salimos?
MORGAN – Salgamos, ni que sea para asegurarnos que no hay nadie.
¿Tienes la pistola?
	Bárbara mostró su automática a Morgan, mientras éste agarraba su
escopeta.
MORGAN – En marcha.
	Salieron del furgón, mirando las grandes carpas que había por
doquier, todas acompañadas de enormes focos de luz, todos apagados.
Fueron hacia la parte trasera del furgón. Zoe y Christian se les
unieron. Todos juntos, caminaron hacia la primera de las carpas. Cada
cual sostenía con fuerza su arma, incluso Christian, que se había
adueñado de una robusta rama de madera que encontró en el suelo nada
más salir del furgón. Se trataba de un enorme dormitorio. Tenía
más de dos docenas de literas de metal, y alrededor de cien juegos de
colchones y colchonetas con sábanas, repartidos irregularmente por el
suelo. Todos vacíos; todos sin hacer. Al acercarse un poco más
pudieron comprobar que había manchas de sangre por el suelo y por
varias de las sábanas.
	Christian y Morgan se separaron del grupo y comenzaron a investigar
por su cuenta en la gran carpa. Había objetos personales por doquier;
docenas de maletas y ropa junto a las improvisadas camas. Gafas,
relojes, mochilas, paraguas, zapatos, e incluso  paquetes de pañales
y biberones. De lo único que no había rastro era de los dueños de
todo eso. Zoe no se separaba de Bárbara. Llevaba su arma guardada en
el compartimiento de su ya ajado vestido rosa, y miraba a su alrededor
con desconfianza y miedo. El aspecto caótico del lugar, sumado al
hecho que había señales de violencia e incluso sangre en muchos
sitios, denotaba que habían sido sorprendidos en plena noche.
ZOE – No me gusta este sitio. ¿Por qué no nos vamos?
BÁRBARA – Miremos a ver si queda alguien, y si no, nos iremos.
Aquí no hacemos nada.
	Zoe no respondió, se limitó a mirarla. No las tenía todas consigo.
Bárbara se acercó a una de las maletas abiertas, y comenzó a hurgar
en su interior. Zoe seguía a su lado, agarrándose el codo con la
mano contraria, sin dejar de mirar en todas direcciones. Del otro lado
de la carpa, junto a la entrada, Morgan les llamó la atención.
Christian se le había unido. Desde ahí Bárbara y Zoe pudieron ver
las siluetas de los dos varones a contraluz.
MORGAN – ¡Vamos a echar un vistazo por ahí fuera, nos vemos en la
furgoneta en cinco minutos!
BÁRBARA – ¡Vale!
	Las chicas se quedaron en la carpa dormitorio, mientras los chicos
salieron de la misma, y se dirigieron a otra, algo más pequeña. Esa
todavía estaba a medio construir, y la mitad de las lonas pendían
sujetas solo por un lado o directamente habían volado. Parecía el
comedero de un camping; tres larguísimas mesas de más de quince
metros, con platos y cubiertos desperdigados por encima, aunque
también había por el suelo. La mayoría estaban llenos de agua; al
parecer ahí también había llegado la tormenta. Desde ahí Christian
creyó oír algo, y llamó la atención de Morgan, que enseguida
coincidió con el chico.
	Al alejarse de la zona de las mesas, oyeron con mayor claridad lo que
parecía el ronroneo de un motor. Se disponían a dar media vuelta
para avisar a las chicas, cuando las vieron acercarse a donde estaban
ellos, al otro extremo de la explanada central donde descansaba el
furgón. Zoe se había mudado. Lucía otro vestido prácticamente
idéntico al que llevaba puesto hasta entonces, solo que de un color
verde pálido. Lo único que no había cambiado era la cinta de su
muñeca y el vendaje de su rodilla. Se la veía algo más animada que
antes de abandonar el furgón.
	De nuevo el grupo al completo se dirigió hacia la fuente del sonido.
Provenía de otra carpa, una que pese a ser mucho más pequeña,
parecía más segura. Tenía una puerta metálica entreabierta, y al
abrirla del todo pudieron comprobar de dónde venía el sonido. Esa
sala parecía un pequeño centro de comunicaciones. El ruido lo hacía
un generador portátil a gasolina que había junto a la puerta. Una
estación de radio y unos cuantos monitores, todos apagados, sobre
frías mesas metálicas, amén de varias estanterías prácticamente
vacías o con utensilios ya inútiles era todo cuanto había ahí
dentro.
	Morgan se acercó sin perder un momento a la estación de radio y
trató de encenderla. Ese modelo tenía una cobertura muy extensa, y
tal vez pudieran comunicarse con algún otro grupo de supervivientes.
Se puso unos cascos y dejó la escopeta sobre una de las mesas. Se
pasó un rato toqueteando botones y comprobando la fuente de
alimentación, pero no hubo manera. Esa radio había pasado a mejor
vida, como al parecer todo en ese campamento. No se molestó en
comprobar el resto de equipamiento, pues no hubiera servido de nada,
de modo que invitó a sus compañeros a abandonar el centro de
comunicaciones.
	Zoe y Christian estaban mirando el contenido de las estanterías en
busca de algo interesante. Bárbara se disponía a salir por la
puerta, cuando algo le hizo detenerse. No dijo nada, y se limitó a
dar un par de pasos atrás con las manos levemente levantadas y los
ojos desorbitados. Morgan levantó la escopeta y corrió a reunirse
con ella, esperándose lo peor. Al llegar a la puerta se quedó igual
de sorprendido que su compañera. Sin soltar la escopeta frunció el
ceño, y se quedó mirando a ese muchacho. Llevaba una pistola en cada
mano; con una apuntaba a Bárbara y con la otra le apuntaba a él.
GUSTAVO – ¡No se muevan!

puntos 10 | votos: 10
Lo va a leer - su puta madre
puntos 25 | votos: 25
Demos un fuerte aplauso, - al usuario 12177 de Desmotivaciones.es, está escribiendo
una novela en carteles, eso si que es motivador :)
puntos 2 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x148 - Carretera interurbana S-56
3 de octubre de 2008

Esa mañana parecía especialmente tranquila. En la parte trasera del
furgón los chicos veían pasar las nubes y alguna que otra farola
apagada por los pequeños ventanucos, mientras notaban en sus traseros
el traqueteo de las ruedas contra la calzada. Zoe y Christian
compartían asiento en el mismo banco, al igual que compartían el
más absoluto silencio. La niña detestaba tener que estar junto a ese
chico raquítico, y el chico detestaba tener que compartir el espacio
con la personificación de su mayor error. Había pasado un día desde
que la conociera, pero no podía sacarse de la cabeza la imagen de
Jéssica al ver a Zoe, por mucho que no se pareciesen en absoluto. Por
ello se mostraba hostil con ella, y no facilitaba en absoluto ningún
acercamiento. 
Desde la carretera, alejados de cualquier núcleo de población, las
cosas se veían desde otro ángulo. Bárbara pudo vislumbrar por un
momento cual sería la vida que tendría ocasión de vivir en el mundo
que le había tocado. Hasta entonces no había tenido ocasión ni
necesidad de planteárselo, pues estaba demasiado asustada y dolida
para ello, pero ahora, desde ese asiento, viendo pasar los campos de
cultivo y las ya inútiles señales de tráfico, vio una vida muy
diferente a la que tenía planeada antes de la catástrofe.
Radicalmente diferente, pues todo lo que tenía hasta el momento se lo
había llevado el viento. No obstante, todavía miraba al futuro con
optimismo, y era la compañía la que le ayudaba a seguir adelante. Se
miró de nuevo el brazo derecho; no fue capaz de encontrar lo que
buscaba.
	Morgan también tuvo ocasión de reflexionar. Jamás lo admitiría,
pero se encontraba bien con sus compañeros de viaje. Tal vez fuera
porque estaba demasiado acostumbrado a cuidar de gente y ahora que se
había quedado sin trabajo, la nueva situación le acercaba un poco a
lo que fuera su vida en tiempos. Estaba seguro que le sacarían de
quicio una y otra vez, y que tendría que estar pendiente de ellos
prácticamente todo el tiempo, pero al igual que Bárbara, la
compañía le hacía más fuerte. Había podido saborear lo que era la
soledad, y al compararla con lo que ahora tenía, se sintió
afortunado.
	Hacía ya un rato que habían abandonado el límite municipal de
Etzel, cuando se cruzaron con un coche que iba a toda velocidad.
Apenas tuvieron ocasión de ver que se trataba de un coche deportivo
carísimo, seguramente saqueado de un concesionario. Morgan calculó
que iría a unos 230 kilómetros por hora. Pasó junto a ellos visto y
no visto, al otro lado de la mediana, pero Morgan estaba seguro de que
les había visto. Al parecer eso no fue motivo suficiente para parar,
pues no frenó ni un ápice. Morgan sí aminoró un poco la marcha,
algo descolocado, ya que no se esperaba ver a nadie más en el camino.
Bárbara le miró, mostrando su idéntico desconcierto, y sin mediar
palabra, continuaron su camino.
	Vieron algún que otro coche abandonado en la cuneta, pero ninguna
señal de vida, de ningún tipo. Bárbara comenzó a mirar el
salpicadero, hasta que encontró lo que buscaba. Compartió con Morgan
su hallazgo y apretó el botón. Aparentemente no pasó nada, pero
cuando preguntó a los chicos si las luces estaban encendidas, ambos
respondieron con un sonoro si. Ante la nueva perspectiva, Zoe empezó
a leer uno de los libros que había cogido de la escuela. Christian,
por su parte, sacó una lata de refresco de la mochila de Bárbara y
se la fue bebiendo con tranquilidad. Todavía notaba los estragos que
le habían dejado el tiempo que permaneció en ayunas, y por bien que
empezaba a recuperarse, sentía la necesidad de beber y comer más de
lo habitual.
	Bárbara encendió la radio, y comenzó a girar el dial en busca de
algo. Cruzó la FM de un extremo a otro sin encontrar más que
estática. Idéntico resultado con la AM; ni una triste sintonía con
música clásica, que aunque detestaba, hubiera dejado puesta de buen
gusto. La apagó. Al levantar la vista del salpicadero, vio frente a
sí un enorme cartel que pendía atado por tres de sus cuatro esquinas
a una señal indicativa ahora ilegible. La cuarta esquina ondeaba al
viento, pero eso no impidió que leyese lo que decía: CAMPAMENTO DE
REFUGIADOS MIDBAR OESTE: 10 Km. Abajo, en letras algo más pequeñas,
ponía: El ministerio de defensa vela por su seguridad. Todo ello
aderezado con el escudo real. Bárbara y Morgan cruzaron las miradas
un momento.
BÁRBARA – ¿Crees que siga en pie?
MORGAN – No sé que decirte. No lo creo, la verdad. Nosotros éramos
un grupo muy grande y muy preparado, y acabamos… No lo sé,
Bárbara.
BÁRBARA – ¿Te parece que…?
MORGAN – Si, si claro. Estamos buscando un lugar seguro en el que
quedarnos, si ese es uno, no hay más que hablar.
BÁRBARA – Ojalá siga en pie y podamos acabar de una vez por todas
de huir.
MORGAN – Yo no me haría muchas ilusiones.
BÁRBARA – No, no me las hago, créeme. Yo ya no espero nada. Si
viene, bienvenido sea, pero no te preocupes que no me ilusionaré.
MORGAN – La ilusión es para los ilusos.
BÁRBARA – Me gustaría que todo esto acabase cuanto antes, pero por
Zoe. Y el chico. Son demasiado jóvenes para pasar por todo esto.
MORGAN – Nadie está preparado para esto, da igual la edad que
tengan.
BÁRBARA – Si pero… Como que sabe peor, si son jóvenes. Nosotros
hemos tenido una vida… mejor. Ellos apenas han tenido oportunidad de
saborear la suya.
MORGAN – No sé la tuya, pero mi vida tampoco era un cuento de
hadas.
BÁRBARA – Ni la mía, créeme, pero…
MORGAN – Si te entiendo, pero es lo que nos ha tocado. Nosotros por
lo menos estamos entre los buenos, ¿verdad?
	Morgan miró a Bárbara, la entonación lo decía todo.
BÁRBARA – No traté de engañarte, te lo juro.
MORGAN – Yo no he dicho eso.
BÁRBARA – Ya, pero…
MORGAN – Pero ahora estás bien, ¿verdad?
BÁRBARA – Si… Supongo que solo fue el susto.
MORGAN – Pues me alegro. No me gustaría tener que encargarme de la
niña.
	Bárbara miró al policía. Sabía que no sentía lo que decía, que
sólo lo hacía por mantener la imagen que se había forjado.
BÁRBARA – ¿Cuánto calculas que tardaremos en llegar?
MORGAN – Cinco o diez minutos, si no encontramos sorpresas en la
carretera.
BÁRBARA – Dios no lo quiera.
MORGAN – Si Dios no lo hubiera querido, no estaríamos donde
estamos.
	Morgan cambió de marcha. Bárbara miró por el retrovisor.
BÁRBARA – ¿Tú crees?
	Morgan la miró, pero ella no se giró.
MORGAN – Lo hacía, hasta hace un mes. Si Dios existiera realmente,
no permitiría tal cantidad de sufrimiento.
BÁRBARA – Quizá se vengara por todo el mal que habíamos hecho.
MORGAN – No, este no es su estilo. Y tú, ¿eres creyente?
BÁRBARA – No.
	De nuevo la cabina quedó en silencio, y siguió así hasta que
recorrieron los diez kilómetros que les separaban de la porción de
terreno donde se había asentado el campamento de refugiados que
anunciaba la señal que habían visto hacía tan poco. De nuevo se
miraron el uno al otro, y después de respirar hondo y cruzar los
dedos metafóricamente, se dirigieron hacia la entrada del campamento.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x147 - Cerca del límite municipal de Etzel
3 de octubre de 2008

La noche anterior les había costado mucho conciliar el sueño. En
parte porque el suelo era muy duro y empezaba a hacer algo de frío.
También tuvo su parte de culpa la horda de asesinos caníbales dando
voces y golpes al otro lado del portón. Bárbara y Zoe fueron las
primeras en dormirse; estaban muy cansadas. Morgan fue el tercero en
caer en los brazos de Morfeo, con los suyos rodeando la escopeta. Para
entonces los ruidos eran menos frecuentes, ya que muchos de los
infectados se habían distraído. Christian fue el que más tardó en
dormirse. En su cabeza no paraba de rondar la imagen de su madre, y
tuvo que luchar fuertemente por no volver a derrumbarse. Estuvo
sollozando durante cerca de una hora, recordando los buenos tiempos,
sintiendo lo irónico que resultaba que su primera noche en libertad
la pasara encerrado en un lugar del que no podía salir. 
Morgan fue el primero en despertar aquella fría mañana de otoño.
Después de un gran bostezo, vio a sus tres compañeros de viaje
tumbados a su alrededor. Ninguno de ellos roncaba. Según decía
Sofía, él si lo hacía, la mayoría de las noches. Cerró los ojos
con fuerza y agitó la cabeza para alejar de ella los recuerdos que no
podían hacerle más que daño. Agarró la escopeta que yacía a su
lado, y comprobó por enésima vez que estaba cargada. Desde fuera tan
solo llegaba el sonido del trinar de los pájaros. Se asomó por el
pequeño ventanuco enrejado que había en la parte alta del lateral de
esa pequeña estancia. Desde ahí solo se veía el sol emergiendo del
horizonte, parte de la barricada de coches de policía y el cuerpo de
la mujer sin cabeza; todo indicaba que el peligro había pasado.
No tenía prisa alguna, pero también carecía de paciencia, de modo
que no se lo pensó dos veces. Si no compartía con nadie su
intención de abandonar ese improvisado refugio, nadie discutiría con
él si era o no buena idea. Fue hacia el otro extremo, sorteando los
cuerpos de Zoe y Christian, y llegó a la puerta en medio de otro gran
bostezo. Le quitó el seguro, y sujetó la palanca que abriría la
puerta. Miró de nuevo a sus compañeros y respiró hondo antes de
girar la palanca de metal que hacía las veces de pomo.
El intenso color rojo del amanecer le golpeó los ojos, obligándole a
entrecerrarlos. Le costó unos segundos amoldarse a la luz del
exterior, segundos en los que comprobó que todo estaba en regla; ahí
fuera ya no había nadie. De todos modos no quiso confiarse. Saltó a
tierra firme y cerró el portón tras él, tan silenciosamente que
ninguno de los que había dentro se despertó. Desde ahí sólo se
veían el cuerpo de la mujer chamuscada, y el del policía, retorcido
en el suelo, muerto definitivamente. Al verle no supo si era su
imaginación jugándole una mala pasada, pero recordaba haberle visto
algo más lejos que donde estaba ahora.
Caminó hacia el lateral del furgón, viendo las marcas de sangre que
habían dejado los infectados al golpear la carrocería, y al girar la
esquina vio a tres de ellos a la sombra del vehículo. Le costó
evitar un grito de exclamación, pero supo contenerse. Al igual que
Christian y las chicas, esos infectados estaban durmiendo. Dormían
plácidamente a la sombra del furgón. Al notar la pestilente
fragancia que manaba de sus cuerpos se culpó por no haberse dado
cuenta antes. Armándose de valor, y siempre apuntándoles con la
escopeta, pasó entre ellos, tratando de hacer el menor ruido posible,
hasta que alcanzó la cabina que él mismo había dejado abierta.
Las llaves estaban puestas, y nada podía salir mal. Ocupó su
asiento, y cerró tras de sí tan lentamente que la puerta quedó
encajada, pero sin llegar a cerrarse del todo; sería suficiente.
Tragó saliva y giró la llave en el contacto, haciendo que el motor
rugiese, atentando contra el sueño de quienes le rodeaban. El
vehículo estaba frío y durante un momento hizo el amago de no
arrancar, pero acabó optando por no hacerle esa jugarreta. No podía
tener tanta mala suerte seguida con los coches. Mirando por el
retrovisor vio menguar a los infectados a medida que se alejaba, y
cuando estuvo a una distancia prudencial, apretó el claxon con la
palma de la mano abierta y una leve sonrisa en la cara.
Desde la rejilla que le unía al dormitorio escuchó las exclamaciones
de sorpresa de sus compañeros. Desde el retrovisor vio levantarse a
los infectados y correr tras él; jamás podrían alcanzarle. Cuando
llegó a una zona suficientemente aislada y segura, paró el furgón,
lo dejó en punto muerto y se dirigió de vuelta a la parte trasera.
Ahí le estaban esperando los tres, con cara de dormidos, con una
mezcla de sorpresa y el malestar propio del que le ha tocado madrugar,
pues aunque ninguno de ellos lo sabía ni le importaba, eran las siete
y media de la mañana.
CHRISTIAN – ¿Cuándo has salido?
MORGAN – Ahora mismo. Estabais todos durmiendo.
CHRISTIAN – ¡Que tío!
BÁRBARA – ¿Ya se habían ido todos?
MORGAN – Aún quedaban unos pocos alrededor.
BÁRBARA – ¿Entonces? ¿Qué has hecho?
MORGAN – Estaban dormidos, igual que vosotros.
ZOE – ¿Puedo ir delante?
	Morgan miró a Bárbara. Para él, ella era la madre de la niña,
aunque sabía que no era así. Bárbara miró a Zoe, y se agachó un
poco para estar a su nivel.
BÁRBARA – Será mejor que te quedes detrás. Delante iré yo con
Morgan, si no te…
	Se refería a Christian. Éste salió enseguida de su ensimismamiento
y negó con la cabeza, mostrando su conformidad.
ZOE – Podemos ir los tres.
BÁRBARA – No hay sitio para tres ahí delante.
ZOE – Pero yo quiero ir delante.
BÁRBARA – Zoe, cariño, detrás estarás segura. Aquí delante es
más peligroso.
ZOE – Ya pero…
BÁRBARA – Además no estarás sola, Chris estará contigo,
tendréis muchas cosas de las que hablar.
	Zoe sintió la necesidad de decir que quería ir delante precisamente
para no estar con Christian, pero se mordió la lengua.
ZOE – Vale.
	Su cara decía todo lo contrario que su boca. Bárbara tenía ya
mucha experiencia lidiando con niños, y sabía que Zoe estaba
resentida. No había obtenido lo que quería y ahora le estaba
haciendo chantaje, de modo que jugó la carta que le tocaba.
BÁRBARA – No te enfades. Va, que luego iremos a una heladería, y
te dejaré que pidas el cucurucho más grande que haya.
	Zoe la miraba, seria, con los carrillos hinchados. Bárbara posó sus
dos índices en los carrillos de la niña, obligándola a soltar todo
el aire haciendo un ruido cómico. La niña no pudo evitar reírse, y
Bárbara le besó en la frente mientras le mesaba con suavidad el
pelo. Esa niña había llenado el hueco que tenía en su interior
mucho antes de que empezase toda esa pesadilla, y de qué manera.
Ahora más que nunca estaba segura que si la perdía, ella iría
detrás. Sin perder mucho más tiempo, cada cual se dirigió a su
lugar, los jóvenes atrás y los adultos delante, y el furgón
prosiguió su marcha, como si nada hubiera pasado.
puntos 11 | votos: 11
ESTE EDIFICIO..... - ME RECUERDA A ALGO DE MI INFANCIA................ ¿QUE ES?

puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x146 - Cerca del límite municipal de Etzel
2 de octubre de 2008

Morgan aceleró tanto como se lo permitió el furgón, y alcanzó
rozando los cien kilómetros por hora el lugar que escasos segundos
antes había abandonado. El cuerpo del policía que perseguía a
Bárbara se quedó empotrado en el parachoques cuando Morgan le
arrolló; acompañó al vehículo unos metros y tras el frenazo y el
volantazo que dio el conductor, acabó por salir despedido hacia la
cuneta, rodando por el suelo embarrado por la lluvia que había cesado
hacía tan poco. Le partió la espalda, ambas piernas y un brazo,
amén de la parte trasera del cráneo y numerosos órganos internos.
No obstante, todavía tuvo agallas para arrastrarse unos metros,
vomitando sangre y balbuceando una especie de maldición antes de
quedar inmóvil en el suelo.
	Bárbara se quedó petrificada en el sitio, viendo cómo Morgan
acercaba el furgón hacia donde ella estaba. Fue entonces cuando se
dio cuenta que tenía más compañía. A los tres que ya la seguían,
se sumaron otros dos que parecían haber aparecido de la nada.
Aparentemente, la única vía libre era la que Morgan había recorrido
para volver a por ella. En cuanto el coche se paró, Christian salió
de él a toda velocidad, desoyendo los gritos de Morgan. Si le
hubieran preguntado más adelante por qué lo hizo, no hubiera sabido
responder. El caso es que Bárbara parecía necesitar ayuda, y él se
limitó a ir dónde ella, sin tener muy claro qué iba a hacer cuando
se encontrasen.
	Morgan, totalmente ofuscado, viendo cada vez más cerca un desenlace
muy poco optimista, no tuvo otra alternativa que salir también del
coche, dejando las llaves puestas y la puerta abierta. Ahora era él
el único que tenía un arma cargada; no podía abandonarles a su
suerte, por mucho que lo merecieran. Vio al chico corriendo hacia
Bárbara, que venía en su dirección. Pensó que debería haber
parado más cerca de ella, haberla ido a buscar; ya era tarde para
eso. Para cuando la mujer alcanzó el furgón, estaban ya demasiado
cerca.
	Morgan se aseguró que tenía la escopeta cargada, y disparó contra
el primero de los infectados que se acercó más de la cuenta. Lo
hacía mientras gritaba a viva voz a sus compañeros que se dirigieran
a la cabina del furgón, prometiéndoles que enseguida estaría con
ellos. Acataron enseguida su orden, pero otro infectado había sido
más rápido que ellos. No era más que un niño, apenas le sacaría
un par de años a Zoe, pero les intimidó lo suficiente como para
volver donde Morgan. Tras el primer disparo, que erró, tres
infectados más aparecieron al otro lado de la barricada de coches
patrulla; al parecer se habían congregado bastantes al otro lado.
	Morgan consiguió disparar a la pierna del chico que había detrás
del furgón, haciéndole caer al suelo. Se dio media vuelta y disparó
a un banquero que todavía lucía el traje de los negocios, ya algo
deteriorado. Podría conseguir mantenerlos a raya un poco más, hasta
que se le acabasen los cartuchos, pero entonces… La cabina ya no
parecía segura, pues otros tantos se acercaban peligrosamente por esa
parte, y tanto Bárbara como Christian se encontraban a su vera,
sintiéndose estúpidos e impotentes. De repente se abrieron las
puertas traseras del furgón, y el cansado rostro de Zoe, con los ojos
enrojecidos por el llanto, se les antojó el de un ángel.
ZOE – ¡Rápido, dentro!
	Christian fue el primero en hacerlo, de un salto, sin pensárselo dos
veces. Bárbara le acompañó, ayudándose del brazo amigo del joven.
Morgan se acercó de espaldas, sosteniendo la escopeta. Sabía que no
tenía alternativa; había demasiados y estaban demasiado cerca como
para acabar con todos. Volver a la cabina, por ahora, era casi tan
temerario como liarse a golpes con ellos, de modo que acabó entrando,
todavía resistiéndose a asumir ese final. Cerró de un portazo nada
más entrar, y solo un par de segundos de calma les separaron de la
locura que les acompañaría durante las siguientes horas.
	Golpes y gritos, exigiendo que salieran cuanto antes, para poder
acabar lo que habían empezado. Parecían más nerviosos y furiosos
que nunca, a tenor de la verborrea que salía de sus bocas. Todos los
sonidos carecían de coherencia, no obstante se podía leer la rabia y
la frustración en esos delirantes vocablos. Llegaron a congregarse
más de una docena, todos por la parte trasera y los laterales,
dejando de lado la cabina; sabían muy bien qué hacían ahí.
	Christian se sentó en el suelo, tratando de acomodar sus ojos a la
escasez de luz. Creía recordar que durante su viaje hacia la prisión
había unas luces encendidas ahí dentro. Supuso que el interruptor
estaría al otro lado de la robusta capa de metal que les separaba de
la muerte. La falta de iluminación era ahora lo último que le
preocupaba. Volvió a pensar en su madre, pero de otro modo. Recordó
las palabras de Zoe, y durante un instante se preguntó si tenía
razón. Si su madre no había tenido que vivir todo eso, tal vez
hubiera sido afortunada.
	Zoe por su parte, no podía parar de llorar. Sorbía los mocos y
notaba las lágrimas caer por sus mejillas. Bárbara vio la herida en
la rodilla de la niña, y enseguida comprendió el motivo de su
llanto. Esa niña había demostrado poder cargarse a un hombre sin
pestañear, pero si veía su propia sangre, no podía evitar llorar
como un bebé. Bárbara se preguntó si era el olor de la sangre lo
que les hacía seguir golpeando la carrocería del vehículo. No
estaba segura de ello, pero no creía estar muy desencaminada. Morgan
estaba furioso. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, estaba
realmente enfadado.
MORGAN – ¿¡En qué demonios pensabas!?
BÁRBARA – ¿Eh?
MORGAN – ¡Casi haces que nos maten a todos! ¿¡Por qué saliste!?
BÁRBARA – Pensé que necesitabais ayuda, salí a…
MORGAN – Cuando necesite tu ayuda te lo haré saber. Mientras tanto,
haz el favor de preocuparte de ti misma.
	Bárbara le miró. Estaba demasiado cansada para discutir.
MORGAN – Y tú igual.
	Christian trató de mirarle entre la penumbra, pero ese hombre era
demasiado oscuro.
CHRISTIAN – Yo…
MORGAN – Tú nada. Dios mío, esto no es un juego. Os podrían haber
matado, ¿es que no os dais cuenta?
	El chico iba a decir algo, cuando notó la mano de Bárbara
posándose sobre su antebrazo; no valía la pena. Tuvieron que
escuchar simultáneamente la retahíla de Morgan culpándoles por su
imprudencia y los alocados golpes y gritos de los infectados que les
esperaban fuera. Al cabo de los minutos Morgan se cansó, y se sentó
al otro extremo de esa pequeña sala, dándoles la espalda. 
Acompañados por la tenue luz que se filtraba casi horizontal por los
barrotes, pasaron ahí el resto de la tarde, hasta que ésta dio paso
a la noche, que alteró aún más a los infectados que les
acompañaban incondicionalmente. Cenaron a la luz de las velas y
Bárbara se encargó de limpiar y vendar la herida de Zoe. Aunque
tenían suficiente comida y agua para pasar bien los próximos días,
todos estaban tensos y nerviosos. Ahí estarían seguros; nadie
podría alcanzarles, ni siquiera una persona sana, ya que habían
cerrado desde dentro. Si bien era cierto que nadie podría entrar, si
las cosas seguían así, tampoco nadie se atrevería a salir…
puntos 11 | votos: 13
Al otro lado de la vida 1x145 - Cerca del límite municipal de Etzel
2 de octubre de 2008

CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
MORGAN – Está infectado.
	Christian miró al policía infectado. Acababa de darse cuenta que
tenía visita y se acercaba a ellos, sin prisa.
CHRISTIAN – ¿Cómo lo sabes?
MORGAN – Lo sé, simplemente lo sé.
CHRISTIAN – ¿Qué vamos a hacer?
	Morgan miró al chico, y volvió a mirar al policía; cada vez estaba
más cerca. No tardó en reconocerle. Trabajaban en la misma
comisaría, y lo habría visto docenas de veces por los pasillos.
Desconocía su nombre y dudaba que lo hubiese podido reconocer si no
hubiera lucido el uniforme. Durante un momento tuvo que reprimir el
impulso de salir del coche, para ir a por él, para acabar con su
infame existencia y permitir descansar a la persona que fue en vida.
Afortunadamente supo contener el instinto. En los últimos tiempos
había conseguido aprender a sopesar los pros y los contras, y ahí
solo había contras.
MORGAN – Nos vamos.
	Morgan se disponía a poner de nuevo en marcha el furgón, escuchando
como un lejano eco dos voces femeninas que no paraban de increparles,
igualmente desconcertadas. En ese momento un fuerte golpe sacudió el
vehículo por su parte derecha. Una figura sacada de la más macabra
pesadilla golpeó el cristal de la puerta derecha de la cabina.
Christian saltó a un lado como activado por un resorte al ver a
aquella mujer negruzca manchar con sus manos sanguinolentas y sucias
el cristal. Había aparecido de la nada.
	Se trataba de una mujer, una mujer entrada en años, aunque resultaba
difícil concretarlo, dado su lamentable aspecto. Estaba literalmente
quemada de pies a cabeza. Tenía quemaduras en la totalidad de su
cuerpo desnudo, llagas sangrantes por doquier que aún le hacían
parecer más aterradora. A cada golpe que daba en el cristal, que por
otra parte parecía que no fuese a durar mucho, dejaba en la fría
superficie restos de sangrante piel quemada. Christian, presa del
pánico, se apartó tanto como pudo, clavando su espalda en el cambio
de marchas, impidiendo a Morgan poner en marcha el vehículo.
	El policía infectado se acercaba cada vez más, y los gritos tanto
de la mujer chamuscada como de Christian acabaron por desconcertar a
las chicas, que desde ahí atrás no alcanzaban a comprender qué
estaba pasando. Morgan trató de apartar al chico de ahí para salir
cuanto antes de esa pesadilla, pero el muchacho no atendía a
palabras, y cada vez se metía más encima de Morgan, impidiéndole a
duras penas alcanzar el volante. Nada de lo que gritó ni los codazos
que le propinó sirvieron para mucho. Morgan respiró hondo, y tras el
último golpe de la mujer en el cristal, tomó una decisión. De lo
contrario lo rompería y aún acabarían peor las cosas.
	Cuando Christian vio bajarse el cristal de la ventanilla de su puerta
creyó que Morgan había perdido el juicio. La mujer se sorprendió en
un primer momento, y quedó algo aturdida, pero cuando la ventanilla
se encajó en la puerta, dejando abierto por completo ese agujero
rectangular, volvió de nuevo a la carga y trató de meterse en el
interior a pegarse el festín de su vida. Tristemente para ella, el
disparo que Morgan le propinó entre ceja y ceja con su incondicional
escopeta hizo fracasar su plan.
	La mujer cayó de espaldas al suelo, derramando sangre y masa
cerebral por doquier, lejos del coche que afortunadamente se libró de
la salpicadura. Tal como bajó, la ventanilla volvió a elevarse hasta
encajarse de nuevo en su lugar, aunque un poco más sucia. Christian
miró a Morgan. Lo tenía a un palmo de su cara. Jamás hubiera podido
imaginarse algo así, y al verlo tan de cerca, casi se mea en los
pantalones. La boca le temblaba y se le habían escapado un par de
lágrimas de puro pánico. Al ver la expresión furiosa en la cara del
policía, se asustó aún más.
MORGAN – ¡Ahora haz el puto favor de volver a tu sitio!
¿¡Estamos!?
	Ninguno de los dos se había dado cuenta que los gritos de la parte
trasera del furgón habían cesado. Christian ocupó de nuevo su
asiento, tembloroso y asustado. Miró cabizbajo y avergonzado a Morgan
mientras éste ponía en marcha el coche, todavía a tiempo de evitar
que el policía infectado les alcanzase. Al parecer todo se había
quedado en poco más que un susto. Ahora tan solo tenían que dar
media vuelta y alejarse de ahí tanto como pudiesen. Ya habría tiempo
de buscar una vía alternativa; las había a patadas. Christian había
conseguido olvidar lo de su madre por completo; esa nueva sensación
le había copado y ahora solo podía pensar en cuanto tiempo pasaría
antes que volviera a ocurrir, una y otra vez, hasta que en una de
ellas ellos fueran los vencidos. Morgan, por su parte, estaba más
tranquilo, orgulloso del trabajo bien hecho. Además había aprendido
la lección: no era buena idea parar el coche. No habrían recorrido
ni cien metros cuando Christian reparó en algo al mirar por el
retrovisor.
CHRISTIAN – ¡Vuelve!
MORGAN – ¿Eh? ¡¿Pero tú estás loco?!
CHRISTIAN – ¡Es Bárbara, la has dejado atrás!
	Morgan miró por el retrovisor y también la vio. Había salido con
su pistola al escuchar los gritos de Chris, dispuesta a echar una
mano. Había cerrado el portón dejando a Zoe a salvo, y para cuando
quiso darse cuenta éste ya se había ido, abandonándola a su suerte.
Estaba junto al cadáver de la mujer abrasada. Sostenía con las dos
manos la pistola, y en ese momento disparó al pecho del policía, que
se encontraba a escasos diez metros de ella. Uno de los balazos
impactó en su torso, pero no fue suficiente para pararle. Morgan fue
capaz de comprobar como otros tres infectados aparecían tras la
pequeña colina que había al otro lado de la barricada, alertados por
el ruido de los gritos y los disparos, dispuestos a ser comensales en
el banquete en el que se había convertido la mujer rubia.
El hombre negro no tuvo alternativa. Un rápido volantazo, que hizo
que Zoe se cayera de su asiento y se golpeara la rodilla contra un
duro trozo de metal, hizo que el furgón diese media vuelta en la
carretera. Acto seguido aceleró de vuelta al lugar del siniestro,
donde Bárbara había agotado inútilmente el cargador de su arma,
atinando tan solo tres balas, dos en el pecho y una en el omóplato
del agente. Ahora corría en dirección contraria, ignorando que no
eran una sino cuatro personas las que le seguían.
puntos 5 | votos: 5
Al otro lado de la vida 1x144 - Entrada de la escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

Cuando salieron los cuatro de nuevo por la puerta del vestíbulo,
pudieron ver cómo las últimas gotas de lluvia caían sobre el suelo
mojado del paseo que les separaba del portón de acceso. Se les había
hecho un poco tarde y no dispondrían más que de unas pocas horas
para proseguir su camino. Bárbara se sentía algo rara al dejar de
nuevo la escuela. Todavía recordaba cómo lo había hecho la vez
anterior, después que uno de esos perturbados se metiera y sembrase
el caos entre las aulas. No había sido más que un susto, pues los
policías vinieron enseguida y le echaron, pero fue suficiente para
clausurar la escuela, al parecer para siempre.
	Brillante por la lluvia, el furgón les invitaba a entrar,
mostrándose impenetrable, asegurándoles la protección que tanto
necesitaban en los días que corrían. Morgan abrió de nuevo el
portón, no sin antes asegurarse que el perímetro era seguro.
Christian ya había ocupado su asiento de copiloto en la cabina del
vehículo. Bárbara y Zoe hacían lo propio en la parte trasera del
mismo, en la que habían metido todas las provisiones que tenían, una
caja llena de material de oficina bajo el pretexto del nunca se sabe,
y unos cuantos libros infantiles que Bárbara le había mostrado a Zoe
y la niña había aceptado de buen grado.
	Las damas ocuparon sus asientos después de asegurar la puerta. De
nuevo en penumbra tuvieron ocasión de reflexionar sobre todo lo que
había pasado en tan poco tiempo. Bárbara se sentía extraña. Ya no
temía estar infectada, había llegado a asumir que no lo estaba.
Había visto en varias ocasiones cómo era la vida previa a la
metamorfosis de una persona infectada, y ella… simplemente no lo
estaba. Existía otra posibilidad, era consciente de ello desde el
primer momento, pero su cabeza se esforzaba por eludirla; resultaba
demasiado dolorosa. De todos modos, cada vez ganaba más fuerza la
idea que para su gran fortuna, aquel simio jamás había llegado a
infectarla, que aquel episodio no había sido más que un susto, un
toque de atención que, por otra parte, le permitió ver la vida desde
otra óptica.
	Zoe, por su parte, acariciaba la cinta de su muñeca, escudándose en
la penumbra para que su compañera en la oscuridad no leyese la
expresión triste de su cara. Morgan y Bárbara  se estaban portando
muy bien con ella; eran buenas personas, y no permitirían que nada le
pasara. Pero esos no eran sus padres. Al ver el terror en la cara del
chico nuevo al conocer la noticia de la muerte de su madre, habían
revivido en ella los recuerdos funestos de la muerte de los suyos. Por
ello había actuado de ese modo con él, sorprendiéndose a si misma.
Los últimos días había conseguido sobreponerse bastante, pero
todavía les echaba de menos demasiado como para decir que estaba
curada. Dios, era demasiado pequeña para asimilar todo eso,
suficiente estaba haciendo ya. Al otro lado del metal Morgan ocupó su
asiento y finalmente abandonaron el recinto.
	Christian observaba aún sin creerlo todo lo que había a su
alrededor. Ni en la peor de sus pesadillas hubiera podido prever que
la ciudad en la que había pasado tantas horas de su vida tuviera ese
final tan triste. Las calles estaban desiertas, increíblemente
descuidadas y vacías. De vez en cuando se veía algún que otro
cuerpo inerte en el suelo, al que ni la fuerza de la lluvia había
conseguido quitar la marca roja de la muerte a su alrededor. Se le
erizó el vello de los brazos y sintió un escalofrío. No quería ni
imaginarse cómo lucirían esas calles cuando dejasen de estar
vacías. Después de unos minutos, se animó a hablar con Morgan, ni
que fuera para apartar de su mente la recurrente imagen de la
fotografía en la que salían él y su madre el día de su
cumpleaños.
CHRISTIAN – ¿Por qué al sur, exactamente?
	Morgan miró al chico. Estaba cansado y no le apetecía hablar. Sin
embargo la pregunta le hizo reflexionar, básicamente porque
desconocía la respuesta. Remontándose al pasado recordó el momento
en el que decidió partir de Sheol, y el motivo por el que lo hizo.
Quería alejarse todo lo que pudiera del lugar que tantos malos
recuerdos le traía; alejar de su mente la imagen de su esposa muerta
en la bañera que le atormentaba noche y día. No podía seguir
viviendo ahí, y aquel coche caído del cielo fue la señal definitiva
que le impulsó a dar el paso. Pero… ¿por qué el sur? Tal vez
porque el sur era el lugar donde secretamente había decidido pasar
sus últimos días con Sofía cuando se jubilase, tal vez porque su
padre había sido pescador toda la vida y quería estar cerca del
mismo mar que se lo había tragado. Pero la respuesta más fácil era
que necesitaba algo en que ocupar la cabeza. Necesitaba dejar de
pensar en cómo habría sido todo si no hubiese cometido tantos
errores, algo que le distrajese y le permitiera seguir siendo él
mismo, algo que le obligase a seguir adelante, a no rendirse.
MORGAN – ¿Tienes una idea mejor?
	Christian miró al policía.
CHRISTIAN – El sur está bien.
	Durante unos minutos reinó el silencio en la cabina del furgón.
Finalmente salieron de Etzel, para no volver.
CHRISTIAN – ¿Y ellas?
	Morgan miró de nuevo al chico, algo hastiado.
MORGAN – ¿Qué pasa con ellas?
CHRISTIAN – ¿Por qué quieren ir ellas al sur?
MORGAN – A ellas les da igual donde vayamos. Simplemente… no
quieren estar solas. Bárbara no quiere quedarse a solas con la niña.
Teme que le pueda pasar algo y que la niña se quede… eso, sola.
CHRISTIAN – ¿Y tú? 
MORGAN – ¿Qué?
CHRISTIAN – ¿Tú tampoco quieres estar solo?
	Morgan dejó pasar unos segundos. 
MORGAN – Al principio si… Pero cuando me encontré con ellas…
Supongo que nadie quiere estar solo en los tiempos que corren.
	Christian miró por la ventanilla cómo se alejaban de Etzel. Dejaban
atrás sus vidas y sus sueños, en busca de un grial que ni siquiera
sabían si existía. No había rastro alguno de infectados; Morgan no
acababa de creérselo. Al incorporarse a la carretera todo pareció
normalizarse aún más. Ahí resultaba más difícil ver los estragos
que había hecho la infección en el país. Incluso en ocasiones daba
la impresión que nada hubiera cambiado, al ver la carretera limpia y
los pájaros volando por el cielo decorado de un precioso arco iris,
contentos por el fin de la lluvia.	
CHRISTIAN – Morgan… Quería darte las gracias por…
MORGAN – Calla.
	Christian enseguida supo el motivo por el que el policía le había
mandado callar. Una barricada hecha por coches de policía barría el
paso en ambos sentidos. Morgan tuvo que parar contra su voluntad,
molesto por el inesperado contratiempo. Si bien era ingenuo pensar que
no encontrarían ninguna traba en el camino, también era cierto que
no contaba con eso. De nuevo se sintió estúpido. Recordaba lo que
había pasado cuando encontraron aquel arrecife de coches a la salida
de Etzel, y pidió a Dios que no se repitiera la macabra escena que
había tenido que vivir ahí. Christian le distrajo de sus
pensamientos.
CHRISTIAN – Hay un policía ahí.
	Morgan miró hacia donde señalaba el chico. Cuando vio a su
compañero de cuerpo, se llevó una mano a la frente, al tiempo que
chasqueaba la lengua.
MORGAN – Oh, oh…
puntos 40 | votos: 40
Dale a alguien triste - una minúscula cosa con todo tu cariño, para que llene su corazón y
vuelva a ser feliz.
puntos 5 | votos: 5
Al otro lado de la vida 1x143 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

Cuando Christian recuperó la conciencia, se dio cuenta que no estaba
en la misma habitación. Se encontraba tumbado boca arriba en un sofá
de dos plazas; una pesada manta lo tapaba hasta el cuello. Todavía
podía oírse la lluvia fuera, pero todo indicaba que estaba
amainando. Tampoco se oían ya truenos. Desde ahí vio a la niña, la
mujer y el policía. Estaban sentados alrededor de una mesa cuadrada,
en unas sillas verdes idénticas a las de su instituto. Sobre la mesa
había unas latas y dos botellas de agua, una con una marca negra que
describía una B de perfecta caligrafía, y la otra tan solo con la
etiqueta. Todos menos la niña le daban la espalda, y ésta, al verla,
llamó la atención de los mayores.
	Christian se incorporó. Notaba una fuerte presión en la cabeza, y
aún estaba algo mareado. Pero ahora ya todo parecía carecer de
importancia. No había nada por lo que luchar. Su madre había muerto,
al igual que sus demás familiares dondequiera que estuviesen, y los
que en tiempos fueron sus amigos, también habrían perecido. Habían
muerto sus esperanzas y sus sueños; ahora ya no había ningún motivo
para seguir adelante. Al ver a sus acompañantes, que al parecer
también lo habían perdido todo, se sorprendió por la tranquilidad y
paz que desprendían. Lo que le diferenciaba de ellos, es que ellos
habían tenido tiempo de asumirlo, y de seguir adelante. Se preguntó
si él también podría dejar atrás el pesar que sentía por la
muerte de su madre algún día. Bárbara se acercó a él sosteniendo
una lata abierta de melocotones en almíbar y un tenedor de plástico.
Morgan y la niña siguieron comiendo en la mesa. Tan solo se limitaron
a girarse un momento antes de seguir con sus quehaceres.
BÁRBARA – ¿Cómo te encuentras?
	Christian la miró, enfurecido con el mundo. Sus ojos rezumaban
bondad y pesar por su desdicha, de modo que no pudo revelarse contra
ella.
CHRISTIAN – Todavía estoy un poco mareado, pero me recuperaré.
	La mujer se sentó a su lado, y colocó la comida en su regazo.
BÁRBARA – Siento mucho lo de tu madre.
	El chico la miró. Acto seguido clavó la mirada en sus rodillas.
BÁRBARA – Sé que estás pasando por unos momentos muy duros, y no
quiero comparar lo que tú estás pasando con lo que hemos pasado
ninguno de nosotros, eso sólo lo sabes tú. Estás enfurecido y
triste, y nadie te va a juzgar por ello, es comprensible y natural.
Pero es importante que sepas una cosa. En los tiempos que corren no
nos podemos permitir ningún descuido. La gente contra la que nos
enfrentamos es mucho más fuerte y numerosa que nosotros, pero
nosotros tenemos algo que ellos no tienen, y no me refiero a las
armas. Nosotros podemos razonar, y podemos trabajar en equipo. Por eso
es importante que estemos juntos, que seamos una piña. Creo que has
tenido suerte encontrándonos. No puedo hablar por mí, pero ellos
dos… son gente de palabra. Me siento muy afortunada de tenerles
conmigo, y me gustaría que tú te sintieses igual de cómodo con
nosotros. A lo que voy, es que tienes que ser fuerte. Aunque suene
duro, mientras antes lo asumas será mejor. Eso no significa que la
olvides ni dejes de quererla ni recordarla, simplemente que su
recuerdo no te duela ni te haga flaquear, sino todo lo contrario, que
te ayude a seguir adelante con más fuerzas, porque eso es lo que ella
hubiera querido. No sé si me explico…
	Christian se había emocionado con las palabras de la profesora.
Entre esas cuatro paredes volvió a sentirse un niño, y la vio como
tal, ejerciendo su profesión, acallando las penas de un chiquillo que
se había hecho daño en el patio. Ella estaba ahora curándole la
herida de su rodilla, mientras le distraía con palabras bonitas para
que no mirase la sangre y volviese a llorar por el daño sufrido. Si
bien no consiguió quitarse a su madre de la cabeza, las palabras de
Bárbara le tranquilizaron un poco. Esa mujer le había abierto los
ojos y había conseguido que se sintiese a gusto, aunque solo fuera
por un instante.
CHRISTIAN – Te explicas muy bien. Supongo que con el tiempo…
BÁRBARA – El tiempo todo lo cura. Pero nunca hay que olvidar el
pasado.
	Bárbara cogió la lata y se la acercó al chico.
BÁRBARA – Toma, nosotros ya estábamos acabando de comer. Esto te
hará bien, porque tiene mucho azúcar.
	Christian negó con la cabeza. Necesitaba esa comida, pero no sentía
hambre alguna. El disgusto le había dejado desganado.
BÁRBARA – Deberías comer algo más, tienes mala cara.
CHRISTIAN – No, gracias, de verdad. Ahora no tengo cuerpo…
	Bárbara frunció el entrecejo. 
BÁRBARA – Déjame.
Colocó de nuevo la lata en su regazo, y le llevó una mano a la
frente sudorosa, para tomarle la temperatura y saber si tenía fiebre.
Ese mismo gesto lo había hecho su madre cientos de veces, y ella
también tenía la mano helada, como Bárbara. Christian combatió
como pudo el nuevo arrebato de nostalgia. Bárbara apartó su mano de
la frente del chico y la colocó en la suya propia, con la mirada
perdida en el techo. De nuevo volvió a mirar al chico, que la
observaba con curiosidad.
BÁRBARA – Fiebre no tienes. Anda, hazme el favor de comer, aunque
sean solo un par de trozos.
	Bárbara le hizo morritos, y el chico no pudo resistirse y le cogió
la lata del regazo.
CHRISTIAN – Pero porque eres tú, eh.
	Bárbara sonrió y le acercó una mano a la cabeza, tratando de
alborotar su escaso pelo. Christian se llevó una porción de
melocotón a la boca y le pegó un mordisco. Pese a estar tibio, al
notar el dulce almíbar recorrer su garganta, se sintió revivir de
nuevo. Aunque era cierto que todavía tardaría mucho en reponerse del
duro golpe que le había propinado el destino, al menos tendría
ocasión de hacerlo con una grata compañía.

puntos 3 | votos: 3
Yo tambien he pensado  -  Menos mal que mi madre no tiene tuenti  después de ver las fotos
en tuenti del ultimo sábado.
puntos 14 | votos: 14
Dicen que el amor... - siempre llega, pero, ¿por qué duele tanto esperar?
puntos 13 | votos: 13
Motiva - Que solo quede un programa para que acabe
puntos -7 | votos: 9
pasa algo ?¿ - que  me decías ?¿jaa
puntos 8 | votos: 14
Cuando llegues a tu casa - pegale a tu mujer, tu no sabes porque, pero ella si.
Proverbio árabe

puntos 7 | votos: 7
Duracell - Definición Grafica
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x142 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

CHRISTIAN – ¿Está o no está?
MORGAN – Lo siento, chico pero…
CHRISTIAN – ¡Trae aquí!
	Christian arrebató el informe de las manos del policía, y miró
nervioso la lista. Se limpió la lágrima con el dorso de una mano
mientras con la otra sostenía el papel de las malas nuevas. Pese a
que no estaban ordenados alfabéticamente, no tardó ni un segundo en
encontrarlo. Era una fotocopia sin mucha calidad, pero los trazos
resultaban inconfundibles. Ese era el nombre de su madre. A la derecha
de los nombres había varias columnas en las que se indicaba el
número de DNI, la edad en el momento de la muerte, el domicilio y el
estado civil. Resiguió con la mirada la línea en la que estaba el
nombre de la que había sido su única familia. Todo coincidía, hasta
el último nombre, hasta el último número.
CHRISTIAN – ¿No puede ser un error?
MORGAN – Podría serlo si se hubieran olvidado de escribirlo. Murió
mucha gente esos días. Pero si su nombre está ahí… no hay más
vuelta de tuerca.
	Christian respiró hondo, la mandíbula le temblaba. Lo que había
temido durante tan largo tiempo, la pesadilla que había ocupado sus
sueños y le había impedido dormir la mayoría de las noches las
últimas semanas, se acababa de materializar frente a sus ojos,
escrita a tinta también en su retina. No olvidaría ese momento
mientras viviese. Sorbió los mocos y luchó por no derrumbarse, no
quería parecer débil frente a sus nuevos compañeros. Aunque los
acabase de conocer, al parecer ellos eran lo único que le quedaba ya
en la vida. Volvió a mirar ese maldito folio y cayó en algo que
había pasado por alto la primera vez. Junto a la mayoría de nombres
había una cruz, al final de todo. Algunos de los nombres carecían de
ella, apenas uno de cada treinta. Su madre era uno de ellos.
CHRISTIAN – ¿Qué significa esta marca?
	El chico devolvió el informe a Morgan, y éste lo revisó de nuevo.
Bárbara y Zoe se habían acercado a los varones, sin decir una
palabra, compartiendo el dolor del preso. Ellas ya habían vivido eso
en sus carnes; ambas habían tenido que lidiar con la noticia de la
muerte de sus seres queridos, cada cual a su manera. Bárbara
coincidió que verlo desde la perspectiva de una tercera persona,
resultaba igualmente triste y trágico. En esos momentos la
sensibilidad estaba a flor de piel, y aunque apenas recordaba su
nombre, sus ojos empezaban a humedecerse por una extraña razón.
Morgan rompió el silencio.
MORGAN – Eso significa que no estaba infectada. Murió sana.
Deberías estar contento.
	Christian no pudo más y estalló.
CHRISTIAN – ¿¡Contento!? ¡Qué más da que muriese sana o
infectada! Está muerta, por el amor de Dios.
	Estalló en lágrimas y se giró hacia la puerta, apoyándose en
ella, mirando al suelo. Un par de lágrimas chocaron contra el
polvoriento suelo. Morgan y Bárbara hicieron ademán de acercarse,
para consolarle, pero acabaron quedándose quietos. Sabían que nada
de lo que hiciesen o dijesen cambiaría lo que el chico sentía. Era
mejor que lo soltase todo, que se desahogase tanto como su cuerpo le
pidiera. Debía asumirlo para poder dar el siguiente paso, para poder
seguir adelante. Zoe, sin embargo, no pensaba lo mismo. Lo había
observado todo desde la distancia, y en su fuero interno se sentía
ofendida.
ZOE – Morgan tiene razón. Deberías estar contento.
	Christian se giró, limpiándose las lágrimas. Estaba furioso y esa
niña maleducada parecía pedir a gritos convertirse en la diana de
todas sus frustraciones y su ira.
CHRISTIAN – ¿Qué coño dices?
	Bárbara quiso meterse en medio, pero estaba demasiado desconcertada
para atinar a abrir la boca.
ZOE – Es verdad. Deberías agradecer que haya muerto sin estar
infectada. Los míos no tuvieron tanta suerte. Se infectaron, los dos,
y trataron de matarme. Tú no tienes ni idea de lo que es eso, así
que no te quejes tanto. ¿Vale?
	Bárbara y Morgan se habían quedado boquiabiertos. La niña nunca
les había contado la historia que le había llevado al encuentro con
ellos, y ellos nunca se habían atrevido a preguntárselo, por no
meter el dedo aún más en la llaga, más ahora que la pequeña
parecía estar empezando a reponerse de todo eso. Una vez más
elogiaron en silencio la entereza y la fuerza de esa chiquilla, que en
tan poco tiempo había demostrado tener más fuerza y valor que ellos
dos en muchos aspectos. Christian sin embargo no compartía ese
pensamiento. Empezaba a detestar a la niña con todas sus fuerzas.
Estaba quitándole importancia a la muerte de su madre, y eso no
podía permitírselo a nadie. Se encontraba acorralado y malherido,
sentía náuseas y notaba cómo la cabeza le empezaba a dar vueltas.
CHRISTIAN – ¡No te voy a permitir...!
	La intensa presión a la que estaba siendo sometido pudo más que
él, y sin previo aviso cayó desplomado al suelo. Zoe se asustó por
un momento, creyéndose la culpable, pero no borró de su cara la
expresión de desagrado. Bárbara y Morgan se apresuraron a levantar
al chico del suelo, asustados por el cauce que habían tomado los
acontecimientos. Enseguida comprendieron el motivo de ese
desvanecimiento. El chico estaba claramente desnutrido. Había hecho
el esfuerzo de llegar hasta ahí, sacando fuerzas de donde no las
tenía, con la fuerte decisión de saber la verdad como alimento para
seguir adelante. Pero llegados a ese punto, esa verdad había podido
más que él.
	Entre los dos trataron de devolverle la conciencia, pero no sirvió
de nada. Estaba demasiado débil, buena fe de ello daban las marcas de
los huesos en su rostro, sus brazos y las de sus costillas en sus
costados. Era prácticamente un milagro que hubiera aguantado tanto
tiempo con vida en las pésimas condiciones a las que se había
afrontado, de modo que pensaron que lo mejor sería dejarle descansar
un rato más. Tampoco tenían prisa por partir, pues nadie les
echaría en falta.
puntos 9 | votos: 9
¿Cuál de las dos elegirías? - ¿Quién te parece más bella, la chica A o la chica B?
Sólo me interesa tu opinión, independientemente de si eres chico o chica.
puntos 3 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x141 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
2 de octubre de 2008

BÁRBARA – ¿Por qué hemos venido aquí?
MORGAN – Ya te lo dije antes. A mirar los informes de las
defunciones que dejé cuando esto era un centro de supervivientes.
¿Se puede saber qué bicho te ha picado?
BÁRBARA – Yo trabajaba aquí.
	Morgan la miró, algo sorprendido, pero sin darle mayor importancia.
MORGAN – Felicidades. ¿A mi qué me cuentas?
BÁRBARA – Es que… No sé. Es el último sitio al que hubiera
pensado que volvería.
MORGAN – Déjate de tonterías y entremos, que aquí fuera hace
frío.
BÁRBARA – Espera.
	Bárbara entró de nuevo en la parte trasera del furgón, y en un
instante volvió a salir, pero en esta ocasión con la enorme mochila
a las espaldas. A todo lo que ya llevaba había añadido algunas mudas
limpias de las que había en la prisión, y ahora parecía que fuera a
estallar. Morgan se sorprendió de la fuerza de esa mujer, pues esa
mochila parecía pesar como un muerto. 
MORGAN – ¿Por qué vas siempre con esa mochila?
	Bárbara le miró, con la boca entreabierta, y se acomodó una de las
asas al hombro.
MORGAN – Con lo pesada que es, sólo te puede retrasar.
BÁRBARA – Más vale prevenir que curar. Piensa que si nos quedamos
aquí encerrados, acabarás por agradecer que la lleve siempre de un
lado a otro. Porque aquí dentro no creo que haya comida.
MORGAN – Bueno, tú verás.
Morgan hizo un gesto con la cabeza al nuevo compañero para que les
siguiera. Zoe se había alejado un poco y ahora se encontraba en el
hall de entrada de la escuela, contemplando la macabra decoración con
cartulinas de colores, papel pinocho y el gran mural con los dibujos
de alumnos de primer año, que a esas alturas deberían haber sido
sustituidos por los del nuevo curso. 
Entraron al vestíbulo y cerraron la puerta tras de ellos. Ahí el
ruido de la lluvia sonaba distorsionado y con eco, y a Christian le
recordó a la prisión. Morgan y Bárbara seguían discutiendo.
Bárbara parecía haberle encontrado el punto al policía, y éste se
alegraba de tener alguien con quien volver a discutir. Parecían una
pareja que llevaba muchos años casada, a la que todo ese tiempo ya
empezaba a hacer mella en la convivencia. 
Mientras seguían hablando para no decir nada, Christian tuvo ocasión
de reflexionar en silencio. Le daba la impresión que todo eso no
fuera con él, que él no era más que un invitado pasajero en ese
grupo ya consolidado. La realidad era distinta, pues no solo estaban
ahí por su culpa, sino que ese grupo de desconocidos acabaría siendo
como la familia que temía haber perdido. Estaba nervioso al pensar
que el nombre de su madre se pudiera encontrar en la lista de la que
le había hablado Morgan. Si bien era cierto que hacía mucho que no
sabía de ella, más tiempo del que hubiera sido deseable, todavía
guardaba la esperanza de que siguiera con vida.
Bárbara lo miraba todo con admiración, sintiéndose volver al
pasado, embriagada por la nostalgia de los buenos tiempos. Todo estaba
algo más sucio y desordenado que de costumbre, pero seguía
reconocible, como una macabra representación del holocausto. Recordó
a los niños correr por los pasillos, bajar a toda prisa las escaleras
después de escuchar la campana que indicaba que se habían acabado
las clases. Ahora eso estaba desierto, esos niños estarían muertos.
Eso si habían tenido suerte. Miró a Zoe y trató de convencerse que
todavía quedaba algo por lo que luchar.
El ex policía les guió hacia la sala de profesores, aunque Bárbara
sabía muy bien dónde estaba. Al entrar a la sala vio cómo la
habían dejado los refugiados durante el tiempo que habían pasado
ahí. Al menos su escritorio parecía estar intacto, junto a la
ventana que tenía la persiana veneciana echada, de modo que solo
permitía entrar estrechos rayos horizontales de luz. Afortunadamente
no le costaba ver con tan poca iluminación. Fue directa hacia su
silla y se sentó en ella, como había hecho tantas veces meses
atrás, para tomarse un café antes de empezar las clases de la
mañana. Se preguntó si todavía funcionaría la cafetera, y al
girarse para mirarla, vio que alguien se había llevado el depósito
de agua. De todos modos, tampoco había electricidad.
Morgan se dirigió hacia el fondo, y echó un vistazo a las
estanterías, en busca de los informes prometidos. No era capaz de dar
con ellos. Zoe se acercó donde estaba Bárbara, al tiempo que ésta
abría el cajón de su escritorio. Lo tenía todo desordenado, pero no
tardó mucho en encontrar lo que buscaba entre la marabunta de
fotocopias, bolígrafos sin tinta y demás objetos inútiles. Zoe
llegó a tiempo de ver como sacaba una fotografía enmarcada y la
colocaba sobre el escritorio, antes de girar un poco el regulador de
la persiana para ver mejor.
En la foto se la veía a ella, años atrás, con el pelo mucho más
corto y teñido de moreno. Estaba sobre una gran extensión de césped
con enormes árboles a los lados; la torre Eiffel se erguía
majestuosa tras ella y sus dos acompañantes. El mayor era un hombre
canoso con marcadas arrugas en el rostro. El otro era un hombre joven,
unos años mayor que ella. Bárbara suspiró. Ya no le quedaban más
lágrimas.
ZOE – ¿Son tu familia?
BÁRBARA – Mi padre y mi hermano.
	Bárbara le acercó la fotografía a la niña, y ésta la miró
detenidamente, sorprendida al ver lo que había cambiado Bárbara. 
ZOE – ¿Ellos están…?
BÁRBARA – Los dos.
	Zoe se quedó callada un momento.
ZOE – Lo siento.
BÁRBARA – Tranquila.
	Bárbara se sorprendió de la madurez de la chiquilla; la pobre
había tenido que crecer a marchas forzadas los últimos tiempos para
no quedarse atrás. Zoe le devolvió la foto a su dueña, y ésta la
volvió a dejar sobre el montón de papeles, y acto seguido cerró el
cajón.
ZOE – ¿No te la llevas?
BÁRBARA – Los llevo aquí dentro. La foto no haría más que
entristecerme.
	Zoe se acarició nerviosa la cinta de su muñeca. Al otro lado de la
sala se encontraban los chicos, junto a la puerta por la que habían
entrado. A su lado había una caja de cartón de la que Morgan sacó
un puñado de folios grapados. Christian estaba a su lado; tragó
saliva. Tenía las puntas de los dedos heladas, y el corazón le
latía a mil por hora.
MORGAN – ¿Cuál es el nombre de tu madre?
	Christian respiró hondo, ya no había marcha atrás.
CHRISTIAN – Azucena. Azucena Alemán Escribano.
	Morgan echó un vistazo al primer folio, siguiendo la lista de
nombres con el dedo. Pasó hoja. Christian deseó arrebatarle el
informe para mirarlo él, al ver lo lento que era, pero supo
contenerse. Morgan pasó media docena más de páginas antes de
pararse. Su dedo  oscuro señalaba un nombre en la lista, y Christian
era consciente de ello. Morgan miró al chico, con una expresión
seria y grave en la cara. Christian no pudo evitar que se le escapara
una lágrima.
puntos 17 | votos: 19
¿ Sabías que... - era actriz porno?

puntos 11 | votos: 13
Ojala - fuera asi de facil.
puntos 9 | votos: 9
Porque - No hay otra cosa que me moleste mas que tener que esperar X horas para
subir otro cartel
puntos 3 | votos: 3
Me autofelaciono - y no me arrepiento
puntos 8 | votos: 12
Existen dos tipos de persona: - Las que echan el colacao antes de la leche y las que lo echan después.
puntos 7 | votos: 7
Nunca pierdes lo que quieres, - solo lo que te sobra.

puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x140 - De camino a Etzel
2 de octubre de 2008

El furgón siguió su camino. Pasaron junto a los cadáveres de al
menos media docena de personas, teniendo que aminorar la marcha para
poder esquivarlos. Uno de ellos llevaba un uniforme naranja. Christian
no pudo reconocerle, por bien que se esforzó; podría ser cualquiera
de sus compañeros. De todos modos, ese toque de atención le hizo
tomárselo todo más en serio. Hasta ahora había oído hablar de
ello, pero no había tenido tiempo de comprobarlo con sus propios
ojos. El ver esos cadáveres en la calle, y sobre todo el ver que
Morgan no se inmutó lo más mínimo, le encogió el corazón. 
No podía dejar de pensar en su madre, y la impotencia que sentía
aún aumentaba más su impaciencia, hasta el punto de preguntarse si
no había cometido un error al acceder a ir con esos desconocidos en
dirección contraria a dónde podría encontrarse ella. Miró a su
lado, y vio la escopeta del policía. Al menos se sentía seguro con
ellos, y eso ya era algo. Morgan le llamó la atención, y el chico se
giró para mirar lo que él señalaba. Junto a una pareja de
cadáveres que había en el arcén de la derecha, resguardados de la
lluvia bajo un enorme pino había un par de infectados en pie. A uno
de ellos le faltaba la camiseta, y al otro los pantalones. Se les
quedaron mirando al pasar, pero no osaron alejarse de su lugar al
resguardo de la lluvia. Un trueno resonó en el ambiente, y los
infectados se cubrieron la cabeza con las manos. Morgan frunció el
ceño al verles.
MORGAN – Están como atontados. Nunca les había visto así.
CHRISTIAN – ¿Así cómo?
MORGAN – Así... Parece que estén drogados. Normalmente se
abalanzan contra los coches, aunque vayas a toda pastilla.
CHRISTIAN – Tal vez estén saciados. ¿No has visto que había un
par de cuerpos junto a ellos? Comen… gente, ¿no?
MORGAN – Eso no tiene nada que ver. No es el hambre lo que les
mueve. Es… como un instinto, que les vuelve violentos. No son
depredadores que maten para alimentarse. Matan por deporte… por
ocio.
	Esos datos le ponían la piel de gallina, pero agradecía hasta la
última palabra. Si quería sobrevivir en ese nuevo mundo que se
había forjado a sus espaldas, debería al menos saber a qué se
enfrentaba. Christian se quedó mirando al policía; éste no apartaba
los ojos de la carretera desierta. Se sorprendió al ver que no se
cruzaban con ningún coche. Era lógico, pero aún así le llamó la
atención. En su fuero interno todavía guardaba la imagen del mundo
tal cómo lo conoció antes de ingresar en prisión, y todavía
tardaría mucho en acostumbrarse a ese nuevo mundo.
CHRISTIAN – Quizá no les guste la lluvia.
	Morgan apartó la mirada de la carretera para mirar al chico. En un
primer momento sintió la necesidad de burlarse de él por la aparente
estupidez que acababa de decir. Un instante después, reflexionó, y
se preguntó si realmente no sería tan mala idea.
MORGAN – Había escuchado que temían al fuego, pero a la lluvia…
Ahora que lo dices. No hemos visto apenas ninguno desde que empezó a
llover.
CHRISTIAN – Lo mismo es eso.
MORGAN – No, no. Aunque son nocturnos, siempre hay algún despistado
por la calle de día. Pero hoy… Están todos…
	Morgan dejó la frase incompleta. Pasaron bajo un puente sobre el que
cruzaban al menos seis carriles de la autopista. Por un momento
dejaron de oír el ruido del agua al chocar contra el furgón. Ahí
abajo había cuatro infectados más; al parecer les había pillado la
lluvia sin un lugar mejor en el que resguardarse. Esos tampoco
parecían tener ganas de marcha. Morgan frenó lentamente la
furgoneta, dispuesto a pegar un acelerón cuando hiciese falta. Los
infectados se les quedaron mirando, inmóviles desde su posición.
Estaban los cuatro de pie, uno junto al otro. Morgan llegó a parar
por completo el vehículo, a menos de cinco metros de ellos, y se les
quedó mirando con curiosidad. 
MORGAN – A que vas a tener razón…
	Christian chasqueó la lengua, mostrando su impaciencia y su miedo.
La tuviera o no, pararse junto a ellos era una estupidez se mirara
como se mirase. Morgan les hizo señales con las luces largas,
esperando una reacción que no se llegó a producir. 
BÁRBARA – ¡¿Por qué nos paramos?!
ZOE – ¡¿Ya hemos llegado?!
MORGAN – ¡No, aún falta un poco!
Con una cara más de desconcierto que otra cosa, pisó de nuevo el
acelerador y se alejó de los infectados, que siguieron el vehículo
con la mirada, apenas moviendo un poco el cuello para no perderles de
vista. De nuevo notaron la furia de la lluvia contra el metal y los
cristales. El resto del trayecto prosiguió sin mayores problemas, sin
ningún indeseable encuentro más. Un kilómetro antes de llegar a su
destino, tuvieron que sortear un trailer que había volcado en la
carretera. Al parecer transportaba material de construcción, a juzgar
por las toneladas de barras de metal que había por doquier. Morgan
tuvo que meterse en el carril de la izquierda, y conducir unos metros
contra dirección para sortear todo el desaguisado. Sabía que era
estúpido, pero se sintió raro al hacerlo.
La escuela estaba en las afueras, de modo que se ahorraron tener que
entrar al centro. Cruzaron una pequeña zona industrial y una de naves
comerciales, y finalmente alcanzaron la avenida que les dirigió a su
destino. Al llegar a la verja, Morgan vio que las puertas estaban tal
cual él las había dejado. Su única traba era un candado acompañado
de la misma llave que lo abría. Así se aseguraba que no podría
entrar ningún infectado, pero permitiría a cualquier persona sana
entrar si lo necesitaba. Al parecer nadie lo había necesitado en todo
ese tiempo. Morgan todavía guardaba la esperanza que alguno de los
que estaban con él el día que abandonaron la escuela hubiera
decidido volver. El ver que nadie lo había hecho le hizo revivir ese
amargo recuerdo.
Estacionó el furgón frente al portón, y salió a toda prisa a abrir
el candado. Abrió las puertas de par en par, y Christian se encargó
de meter el vehículo dentro. Una vez lo hizo, Morgan cerró de nuevo
las puertas, y en esta ocasión se guardó la llave del candado en el
bolsillo. No quería ningún tipo de sorpresa mientras estuvieran
dentro; menos al saber que el recinto estaba totalmente libre de
infectados. Recuperó su asiento al volante y dirigió el vehículo
hacia la entrada principal de la escuela, subiendo una pequeña
cuesta. Sin mediar palabra los hombres salieron de la cabina, y fueron
hacia la parte trasera del furgón. No tenía la llave echada, de modo
que tan solo tuvieron que abrir las puertas para dejar salir a las
chicas.
Estaban las dos sentadas en el mismo banco, el de la derecha. Cuando
el portón se abrió, ambas se levantaron. Bárbara fue la primera en
salir, y al ver dónde se encontraba, quedó boquiabierta. Todos
miraban su expresión sorprendida, sin comprender de qué iba todo
eso. Dio un par de pasos hacia las puertas de entrada, pintadas de un
verde chillón. Se acercó al cristal y miró hacia dentro,
haciéndose visera con las manos para ver mejor. Acto seguido se giró
hacia Morgan.
BÁRBARA – ¿Esto es una broma?
puntos 12 | votos: 14
Desmotiva que... - Cuando una mujer está con varios hombres se le llame puta, pero
cuando un hombre está con varias mujeres sea un macho
puntos 10 | votos: 10
¿De que cilindrada es la moto? -
puntos 4 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x139 - De camino a Etzel
2 de octubre de 2008

Antes de salir del edificio en el que se ducharon, sus nuevos
compañeros habían expuesto el problema que tenían con el vehículo
que les había llevado hasta ahí. Lo que aún no le habían dicho era
qué diablos les incitó a visitar la prisión, estando como estaban
las cosas. El hecho fue que ese coche no era fiable. Al parecer tenía
un problema en el depósito, y perdía demasiada gasolina como para
hacer un trayecto largo sin ir rellenándolo cada poco tiempo. Se
habían sorprendido al saber que el chico estaba aprendiendo
mecánica, pero tristemente, las menos de tres semanas que estuvo como
pupilo no fueron suficientes para saber arreglar ese problema.
	No obstante y viendo las circunstancias, Christian les ofreció una
posible alternativa. El camino hacia el taller estaba despejado. Del
cajetín en el que él mismo vio que los agentes guardaban las llaves
de los furgones su primer día en el taller todavía pendía una, con
su correspondiente llavero. Le siguieron en silencio hacia la puerta
que llevaba a la zona de aparcamiento, y vieron un furgón policial,
uno de los que llevaban a los presos de un lado a otro. Todos
coincidieron en que un vehículo blindado de esa envergadura, con los
cristales enrejados, un cierre impenetrable y bancos en la parte
trasera para al menos una docena de personas, fácilmente convertible
en un dormitorio improvisado, sería sin duda el vehículo más
adecuado para los tiempos que corrían.
	Las chicas les esperaron bajo la marquesina que había tras la
puerta. Ellos comprobaron que las llaves encajaban, e incluso pusieron
el vehículo en marcha. Funcionaba a la perfección, y además tenía
el depósito lleno. Morgan tenía bastante mejor ánimo que al llegar,
e invitó al chico a volver con él al coche que habían dejado en la
entrada. De camino se encontraron al alcaide. Tenía bastante peor
aspecto que cuando Christian le conoció. Se preguntó por qué se
habría suicidado, y quiso convencerse que fue por el remordimiento de
haberles dejado abandonados a su suerte, aunque no se lo acabó de
creer. El caso era que no había cumplido su palabra, y ahora estaba
muerto. Christian confiaba que Cobra también lo estuviera, pero algo
le decía que en ese caso no sería tan fácil.
	Llegaron al todoterreno y comprobaron que el depósito estaba
prácticamente a cero, aún cuando Morgan recordaba haberlo dejado
algo más lleno. Eso les convenció que estaban en el buen camino.
Recogieron una maleta que según contaba el policía contenía algo de
ropa y bastante comida en conserva. También cogieron una garrafa de
gasolina a la que apenas le faltaba una cuarta parte, y volvieron
donde les esperaban las chicas. Sin perder más tiempo, subieron
rápidamente al furgón, y cerraron tras ellos, apresurados para que
no les mojase la intensa lluvia que se negaba a abandonar Etzel.
	Bárbara y Zoe ocuparon la parte trasera, pues en la cabina frontal
tan solo había sitio para dos ocupantes, y Morgan insistió en que
quería hablar con el nuevo hallado. Ahí dentro, iluminadas tan solo
por una pareja de ventanas altas, pequeñas y enrejadas, las chicas
notaron cómo el vehículo se ponía en marcha. 
Zoe se encontró de nuevo fuera de lugar. Desde que conociese a
Bárbara y luego a Morgan, se había sentido protegida e incluso
cómoda. El recuerdo de sus padres se había ido desvaneciendo,
ofreciéndole tranquilidad por una parte al olvidar su trágico final,
y tristeza por otra al darse cuenta que no los volvería a ver. Ahora
sin embargo se veía retrocediendo. La inclusión de ese extraño en
el grupo la había trastocado, y se encontró pensando de nuevo en sus
padres, acariciando con nerviosismo la cinta de su muñeca, luchando
por no derrumbarse y llorar de nuevo. 
Temía que Bárbara se diera cuenta de ello, pero la mujer estaba
demasiado metida en su propio mundo como para percatarse de otra cosa.
Ese pequeño descanso le había venido bien para despejar la mente,
pero ahora solo podía pensar en una cosa: la herida de su brazo. A
medida que pasaban las horas, no notaba ningún tipo de empeoramiento,
si un caso todo lo contrario; se notaba más saludable que nunca.
Quería convencerse que jamás había llegado a infectarse, que no
había sido más que un susto pasajero, pero sabía que todavía era
pronto para eso. Estaba inquieta y temerosa, pero otra parte dentro de
sí le invitaba a fantasear con otra posibilidad mucho más
improbable. Y esa parte ganaba fuerza a medida que pasaban las horas
sin novedades.
Sentado en el asiento del copiloto del mismo furgón en el que le
habían llevado ahí dentro, Christian notó un cosquilleo en el
estómago al cruzar el umbral del portón que le permitió abandonar
definitivamente el lugar en el que hubiera tenido que cumplir su
siguiente aniversario. La lluvia golpeaba con fuerza la luna
delantera, mientras el limpiaparabrisas se afanaba en apartarla, para
que Morgan pudiese seguir conduciendo. Bajaron por el camino
zigzagueante. Christian veía empequeñecer la prisión por el
retrovisor.
MORGAN – ¿Cuánto tiempo llevabas ahí dentro?
CHRISTIAN – Casi dos meses.
MORGAN – Qué poco… Y… ¿Cuánto tiempo te cayó?
CHRISTIAN – Quince meses.
MORGAN – ¿Quince meses por robar una tienda?
	Christian tragó saliva. Le había mentido y ahora temía que le
descubriera. No era que creyese que al descubrir su verdadero delito
le volviese a dejar encerrado, eso seria estúpido. Sin embargo, no
quería que nadie supiera lo que había hecho en realidad; se
avergonzaba mucho de ello, y más cuando en el grupo había una niña,
una niña igual a la que él mató. En ese momento Morgan se desvió
de la carretera por la que circulaban, y se incorporó a una autovía
que les alejaba considerablemente de su destino.
CHRISTIAN – ¿Qué haces?
MORGAN – Vamos a Etzel, ya te lo dije.
CHRISTIAN – Pero por aquí darás un rodeo muy grande. Te hubiera
salido más a cuenta seguir recto. Después del túnel llegas a Etzel
en menos de tres kilómetros.
MORGAN – Ese camino está cortado. Además, si de mi depende, no
pienso meterme en un túnel. Esos… les gusta la oscuridad, y estoy
seguro que tienen montada una fiesta dentro de cada uno.
CHRISTIAN – Tú sabrás lo que haces.
MORGAN – Cuenta con ello, chaval.
puntos 10 | votos: 10
SOLO EL QUE FUMA - Puede entender este momento...

puntos 4 | votos: 4
Desmotiva - Dormir con mas personas y que los mosquitos solo te piquen a ti
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x138 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Un trueno resonó en el ambiente, rebotando su sonido por las paredes
de la gran estancia.
MORGAN – No es nada personal, de verdad. Todo el mundo ha muerto,
¿vale? Mi mujer ha muerto, sus padres han muerto.
Zoe miraba al policía sin pestañear.
MORGAN – Ella también se ha quedado sola.
Bárbara asentía ligeramente con la cabeza, sin pestañear.
MORGAN – Ahora bien, puedes arriesgar también tu vida para ir a
buscar su cadáver, o asimilar que ya nada es como era. Puedes dejarte
matar o tratar de sobrevivir. Tú decides.
	Christian seguía sin dar crédito a lo que Morgan le contaba. Si
ellos habían conseguido sobrevivir a ese holocausto, su madre no
tenía porque ser menos. Ella era una mujer inteligente y sabría
mejor que nadie a lo que se enfrentaba, trabajando dónde trabajaba.
Aunque por otra parte, al trabajar donde trabajaba seria el blanco
más fácil para ellos. De cualquier manera, no estaba dispuesto a
rendirse. Se había propuesto encontrarla, y nada ni nadie le
impediría hacerlo.
MORGAN – Dios sabe que te estoy haciendo un favor ofreciéndote
venir con nosotros. A ella le costó mucho convencerme.
	Bárbara volvió a asentir, atenta a la conversación. Christian no
sabía cómo responderle. En realidad tampoco sabía a lo que se
enfrentaba. Se había formado cierta idea durante todo el tiempo que
tuvo para reflexionar, aunando las imágenes que había visto en la
televisión de la garita de Andrés, el reportaje del periódico y la
visita del propio Andrés dos semanas atrás. Si tal y como decía
Morgan las calles estaban llenas de gente como él, de personas
desmemoriadas, agresivas y violentas, debía asumir en parte la razón
del policía. Tal vez no fuera tan mala idea aliarse con un grupo de
personas armadas, personas armadas que al menos sabían a lo que se
enfrentaban.
MORGAN – Mira, hagamos una cosa. Antes de venir a Sheol yo estaba
aquí en Etzel, y dejé olvidados unos documentos sobre las bajas de
las primeras… dos semanas de la epidemia. Vente con nosotros a Etzel
y miremos si el nombre de tu madre está en la lista. A nosotros nos
viene de camino.
CHRISTIAN – ¿Y eso se supone que…?
MORGAN – Si no está, te prometo que no insistiré más y te dejaré
ir. Podemos llegar esta misma tarde. ¿Qué me dices?
	Christian miró a Bárbara.
CHRISTIAN – Digamos que acepto. Tendré que defenderme… ¿Tenéis
alguna pistola para mí?
MORGAN – No. Solo tenemos...
CHRISTIAN – La niña tiene una.
	Morgan miró a Zoe. Ella sacó la mano del bolsillo de su vestido.
MORGAN – Esa es suya. Yo se la di.
	Christian miró al policía, juzgándole por ello. Él ni se inmutó.
CHRISTIAN – Pero si no es más que una niña.
	Morgan esbozó una sonrisa.
MORGAN – Anda, como si tú no fueras un niño, también. Además,
ella ha demostrado merecérsela, créeme. La oferta sigue en pie, pero
no te puedo dejar ningún arma, tendrás que fiarte de nosotros.
	Zoe le miraba seria, enfadada por lo que había dicho. Christian
sopesó fríamente las posibilidades. Deseaba volver a Sheol cuanto
antes, pero si tal y como decían la gasolinera había explotado y su
casa se había venido abajo, no sabría por donde empezar a buscar.
Eso, y el hecho que estaría desarmado en unas calles llenas de
fanáticos dispuestos a hincarle el diente, acabaron por convencerle
que debía hacer caso a esa voz que insistía en ayudarle, aunque de
un modo algo rudo. Morgan notó en sus ojos cómo cedía, y le
ofreció su mano.
MORGAN – ¿Hay trato?
CHRISTIAN – Hay trato.
	Morgan estrechó la mano del muchacho, y acto seguido se la puso en
el hombro, invitándole a abandonar la celda en la que llevaba
encerrado casi un mes. Bárbara no se lo acababa de creer, pero no le
molestó demasiado que se les uniera. Si su mayor delito era el haber
robado en una tienda y su mayor preocupación la de encontrar a su
madre, no había motivos para desconfiar del chico. Zoe sin embargo no
le quería con ellos. Había conseguido caerle mal desde el primer
momento, y aunque sabía que su opinión no contaba, deseaba que no
les acompañase.
	Bárbara se quedó mirando el vaso turquesa que había sobre el
esqueleto de la cama inferior de la litera. Estaba lleno, lo que
respondía a la cuestión de cómo había podido aguantar tanto con
vida ahí encerrado. Llevaba ya mucho tiempo deseando ducharse,
deseando quitarse de encima la mugrienta ropa que llevaba. Notaba que
olía a demonios, y eso la disgustaba, por mucho que los demás
también lo hicieran, hasta el punto de acostumbrarse a ello e
ignorarlo. Morgan ayudaba a Christian a salir de la celda, pues al
chico le costaba caminar.
BÁRBARA – ¿Tenéis duchas?
	Christian se la quedó mirando.
CHRISTIAN – Buena idea. Seguidme.
	Los cuatro caminaron por el desierto y muerto pasillo, bajaron las
escaleras, y lucharon por evitar mirar la cabeza destrozada de
Andrés, sin conseguirlo. Al salir, la lluvia volvió a hacerse notar.
Christian miró el cielo como si jamás lo hubiera visto. No era el
precioso cielo azul con el que había soñado en su tiempo de
reclusión, pero para él era más que suficiente. El chico les guió
hacia el edificio en el que estaban las duchas, sorprendiéndose al no
encontrar ningún tipo de traba en el camino. Al parecer Cobra y
compañía habían hecho un buen uso de las llaves de Andrés antes de
partir.
	Tras cruzar unas cuantas puertas acabaron llegando a los vestuarios.
Ahí daba la impresión que nadie hubiera pasado en mucho tiempo. Todo
estaba limpio y recogido. Los hombres del grupo cedieron su turno a
las chicas, que se dirigieron hacia los baños sin demora. Se ducharon
juntas, abusando del champú y del gel, sintiéndose por un momento de
nuevo en la civilización. Cuando volvieron dónde los varones,
ataviadas con sendas toallas rodeándoles el cuerpo, les encontraron
afeitándose. Morgan se afeitaba la cabeza mientras Christian hacía
lo propio con la barba. 
El chico les enseñó un armario en el que había mudas limpias. Zoe
sólo se cambió la ropa interior, pues no había ropa de su talla.
Bárbara hizo lo propio, amén de apropiarse de unos pantalones
tejanos y una camisa blanca de su talla. Las chicas se quedaron
lavándose los dientes mientras los hombres, ya afeitados, tomaban sus
propias duchas. Al volver, vieron a Bárbara haciéndole una coleta a
Zoe. La niña se veía risueña, al fin había conseguido dejar a un
lado los fantasmas del pasado. Morgan siguió fiel a su traje de
policía. Christian, sin embargo, se vistió igual que Bárbara,
complaciéndose al poder quitarse de encima el uniforme de preso,
empezando a sentirse de nuevo libre. Después de llenar de agua las
botellas vacías que Bárbara había ido guardando en la mochila a
medida que las bebían, se dispusieron a abandonar la prisión, para
no volver jamás.
puntos 10 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x137 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Bárbara miró al policía, todavía más sorprendida que antes.
Había tenido que mover cielo y tierra para que les aceptase a ella y
a Zoe, y ahora estaba proponiéndole a un total desconocido, que
además sabían de buena tinta que era un delincuente, que se uniera
al grupo. Christian se acariciaba con suavidad la muñeca ya libre,
que mostraba las marcas de las esposas que le habían esclavizado
tanto tiempo. La tenía enrojecida y le escocía, pero eso ya no le
importaba. Tardó un momento en procesarlo.
CHRISTIAN – ¿Dónde vais?
MORGAN – Al sur. No tenemos un destino concreto, pero teníamos
pensado ir a la costa.
CHRISTIAN – No. Entonces no. 
MORGAN – ¿Por qué no?
CHRISTIAN – Porque tengo que ir a encontrarme con mi madre, y ella
está en Sheol.
	Christian desconocía el paradero de su madre. No obstante, estaba
dispuesto a llegar al fin del mundo si era necesario con tal de
averiguar qué había sido de ella. Morgan por su parte creía saber
perfectamente cual había sido su destino, aunque que no la conociera.
CHRISTIAN – De verdad que os agradezco todo lo que habéis hecho por
mí, pero… tengo que hacerlo. Y no os voy a pedir que me
acompañéis.
MORGAN – Tampoco lo haríamos.
CHRISTIAN – ¿Cómo?
	Bárbara sonrió levemente. De nuevo vio a Morgan tal y como lo
conocía.
MORGAN – Venimos de Sheol.
CHRISTIAN – ¿Y cómo está? Quiero decir…
	Zoe miró al policía, con una expresión compungida. Él bajó un
poco la cabeza, ladeándola. Christian arrugó la frente. Miraba
alternativamente a todos, sentado en el viejo colchón.
CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
MORGAN – No queda nada ahí fuera.
CHRISTIAN – ¿Cómo...?
MORGAN – No sé cómo piensas que están las cosas, pero… están
muy jodidas.
CHRISTIAN – ¿Por los asesinos aquellos, los del bosque?
	En esta ocasión fue Morgan quién arrugó la frente. No podía creer
que a esas alturas todavía quedase alguien que ignorase lo que se
había cernido sobre la ciudad, sobre medio mundo.
MORGAN – Es un virus que... trastorna a la gente. Lo ha arrasado
todo.
CHRISTIAN – Pero... ¿Tan mal está la cosa?
MORGAN – Peor. La mitad de la gente huyó, el resto… han acabado
infectados de ese virus.
CHRISTIAN – Me da igual. Yo voy a ir a buscar a mi madre.
	Morgan chasqueó la lengua, negando ligeramente con la cabeza.
Respiró hondo. No quería resultarle demasiado violento, pero le
estaba costando.
MORGAN – ¿Desde cuando no sabes de ella?
CHRISTIAN – Desde el seis.
	Christian estaba realmente nervioso. La punta de los dedos se le
había quedado helada y el corazón le latía a mil por hora. Hubiera
deseado salir corriendo de ahí en ese mismo instante, pero en el
fondo quería saber el final de esa conversación.
MORGAN – Los teléfonos dejaron de funcionar el catorce. Yo… no me
haría muchas ilusiones. Vente con nosotros, no seas idiota.
CHRISTIAN – Tú no sabes nada, no eres nadie para venir aquí a
decirme lo que tengo que hacer…
MORGAN – No es eso...
Christian acabó enfadándose del todo. Bárbara recordó cómo ella
misma lo había hecho al conocerle. Morgan trató de mantener la
calma, pues sabía que si seguía apretando al chico, éste acabaría
por explotar. Christian se levantó, ofuscado por las poco alentadoras
palabras del policía. A duras penas consiguió ponerse en pie, las
piernas le flaquearon y se inclinó hacia un lado, a punto de caer.
Morgan le agarró con fuerza del antebrazo, impidiendo que el chico se
desplomase en el suelo. Estaba muy débil, había pasado demasiado
tiempo en ayunas y todavía le costaría algo de tiempo recuperarse.
Se zafó rápidamente de la mano amiga del policía, y se agarró para
no perder el equilibro al lavamanos que tanto tiempo le había
retenido. Los dos varones se aguantaron la mirada unos instantes.
Morgan empezó a desencantarse. Seguía deseando hacerse cargo de él,
en gran medida porque era obvio que lo necesitaba, pero también
porque la imagen de Marcelino todavía estaba suspendida en su retina.
No obstante, esa imagen se diluía a pasos agigantados, devolviéndole
a la realidad.
MORGAN – No tienes ni idea de cómo están las calles, si sales solo
te van a…
CHRISTIAN – Correré el riesgo.
MORGAN – ¿Dónde vivía tu madre?
CHRISTIAN – Mi madre vive en unos apartamentos, en Sheol.
MORGAN – ¿Pero dónde, en qué parte?
CHRISTIAN – ¿Me vas a acompañar?
MORGAN – No.
CHRISTIAN – Entonces déjame en paz, ¿quieres?
MORGAN – Dime dónde está, no más.
CHRISTIAN – En la calle Habal, a dos manzanas del Hospital Shalom.
	Morgan negó de nuevo con la cabeza, poniendo a prueba la paciencia
del chico. Bárbara y Zoe miraron al policía, sin entender gran cosa.
MORGAN – No vayas.
CHRISTIAN – ¡No tengo nada más que hablar contigo! Ya te he dicho
que voy a ir, así que no me rayes más, 
MORGAN – Si vas... No servirá de nada.
CHRISTIAN – ¿Cómo estás tan seguro?
MORGAN – Porque ese edificio ya no existe.
	Christian se quedó boquiabierto, luchando por restar credibilidad a
las palabras del policía. Se sostenía fuertemente a la pica,
aguantando como podía el calambre que tenía en la pierna derecha.
Bárbara y Zoe lo miraban todo desde la barrera, agradeciendo el no
tener que involucrarse.
CHRISTIAN – ¿Qué tonterías dices?
MORGAN – ¿Está cerca de la gasolinera Amoco?
CHRISTIAN – Justo enfrente.
	Fue entonces cuando Bárbara lo comprendió todo.
MORGAN – Hubo una explosión… Todo quedó arrasado por el fuego
varias manzanas a la redonda.
Christian buscó refugio en la mirada de las chicas, para librarse del
yugo de las duras palabras de Morgan. La mirada de Bárbara corroboró
la versión del policía. Sus ojos marrones no daban lugar a
equívoco; ella también creía que su madre había muerto, aunque
dudaba que fuera por la explosión o por el incendio. Christian se
sintió débil y acorralado. Les odiaba a todos y no quería saber
nada más de ellos. Le habían puesto la miel en los labios y ahora se
la estaban quitando a fuerza de golpes. 
MORGAN – Chris, tu madre está muerta.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x136 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Bárbara titubeó un momento, pero enseguida reaccionó. Se quitó la
mochila, medio empapada por toda la lluvia que le había caído
encima, y sacó unas latas de conserva, una bolsa de patatas fritas y
un par de refrescos tibios. Se sorprendió al ver una lágrima brotar
de los ojos del chico, que miraba esa comida como si se le hubiera
abierto el cielo. Sin mediar palabra, agarró la bolsa y la abrió
rápidamente, llevándose las patatas a la boca con ansia, como un
animal hambriento, tragando apenas sin masticar. Prácticamente la
vació antes de abrir una lata de berenjenas en vinagre y comerse un
par de ellas en menos de cinco mordiscos, ignorando por completo la
bebida. Con la boca todavía llena, y la barbilla sucia de todo lo que
le había chorreado, pero con la expresión del más puro éxtasis en
la cara, miró a quienes le observaban sin atreverse a decir nada,
sorprendidos por su voracidad, y les dio las gracias en algo parecido
a un murmullo.
ZOE – ¿Cómo te llamas?
	Christian levantó la cara de la comida, y tragó lo que tenía en la
boca.
CHRISTIAN – Chris.
	El chico levantó su mano, se la miró, se la pasó por la pernera
del pantalón para limpiarla, y se la ofreció a la niña, con una
leve sonrisa en la cara. Estaba acostumbrado a apretar bastante, y Zoe
se la quitó enseguida, exclamando un leve Au, y frunciendo el
entrecejo. Christian se llevó un champiñón goteante a la boca, y se
lo tragó en un par de mordiscos.
BÁRBARA – ¿Cuánto tiempo llevabas sin comer?
	Christian se quedó dubitativo, miró a un lado con la mirada
perdida, se rascó la cabeza unos centímetros por encima de la
cicatriz, bostezó, y volvió a mirar a Bárbara.
CHRISTIAN – Dos semanas y media.
	En esta ocasión hasta Morgan hizo una exclamación.
BÁRBARA – ¿Y cómo acabaste esposado aquí?
	El chico se llevó otro champiñón a la boca, y le respondió
mientras lo masticaba.
CHRISTIAN – Esa es una historia muy larga, no os quiero aburrir.
BÁRBARA – Insisto.
	Christian la miró, tragó, respiró hondo, y dejó la comida quieta
por primera vez.
CHRISTIAN – Uno de los presos de aquí, me la tenía jurada, y…
que te voy a contar que no sepas. Me esposó aquí, para que me
muriera de hambre. Y de poco no lo consigue. Oye, gracias por la
comida, de verdad.
BÁRBARA – De nada. Que… Yo soy Bárbara. Ella es Zoe…
	Zoe miró a Bárbara, estaba recelosa del chico. No le daba buena
espina.
BÁRBARA – Y él es Morgan.
	Morgan asintió, y le ofreció la mano al chico. En esta ocasión fue
Christian quien tuvo que soportar el fuerte apretón del policía.
Morgan miraba al chico, todavía sin creérselo. Su decisión
precipitada y totalmente arbitraria de ir a la cárcel había tenido
un éxito inesperado. Al mirar a ese chico, veía a Marcelino; veía
en él la oportunidad de redimirse por el mal que había hecho, y eso
le hacía sentirse algo mejor, después del bajón que le había dado
al descubrir el cadáver del chico en el calabozo de la comisaría. 
CHRISTIAN – Yo soy Chris… un muerto de hambre.
	Bárbara y Morgan se rieron. Zoe seguía seria, mirándole con sus
ojos verdes casi sin pestañear. Christian siguió comiendo.
ZOE – ¿Por qué te metieron aquí?
	Bárbara miró a la niña. Ella misma tenía curiosidad por conocer
la respuesta, pero no se hubiera atrevido a formular la pregunta. A
veces venía bien tener un niño en el grupo. Christian perdió
enseguida la sonrisa de la boca. Miró a Zoe. Al hacerlo, recordó
vívidamente la escena del carro del supermercado, a Jéssica, que
tenía su misma edad. Respiró hondo.
CHRISTIAN – Robé... una tienda. Una tienda de barrio. Y me
pillaron.
	Morgan le observaba con atención. Si fuera cualquier otra persona
hubiera aflorado en él la vena despectiva hacia su delito que le
imponía su oficio, pero a él no lo veía así. Se sorprendió a si
mismo al notar en su interior esa sensación de tranquilidad.
MORGAN – Hoy día, dudo mucho que de los que quedamos, haya alguno
que no haya robado una tienda.
	Bárbara se quedó de piedra. Zoe estaba distraída mirando por la
barandilla todos los destrozos que habían hecho los demás presos al
escaparse de la prisión. Morgan se quedó mirando a la mujer, con una
sonrisa en la cara que ella jamás le había visto.
MORGAN – Dime que esa comida la compraste.
	Bárbara se quedó sin palabras. Morgan se rió a viva voz.
MORGAN – ¿No sabrás dónde están las llaves de las esposas,
verdad?
	Christian dejó de masticar en ese mismo instante. Miró al policía
con los ojos brillantes.
CHRISTIAN – ¿Visteis un guarda…
	Iba a decir muerto, pero se cortó, por la presencia de Zoe. No lo
hubiera hecho si conociera la historia que acarreaba la niña a sus
espaldas.
CHRISTIAN – ... abajo?
MORGAN – Si.
CHRISTIAN – Debe tenerlas él.
MORGAN – Ahora vengo.
	Morgan se fue a paso ligero por el pasillo, pisando toda la basura
que había por ahí tirada. Bajó las escaleras, y se dirigió hacia
el cadáver de Andrés. Le dio media vuelta, sin mancharse de aquella
sangre corrupta, y tanteó la parte trasera de su cinturón, donde
enseguida encontró las pequeñas llaves de las esposas. Estaban en el
mismo lugar dónde él solía guardarse las suyas. Bárbara y Zoe le
miraban desde arriba, asomadas a la barandilla. Incluso la niña notó
que Morgan estaba actuando de un modo que no era el habitual. Lo
hacía nervioso e inquieto, como un niño la víspera del seis de
enero. Tan rápido como se fue, volvió al primer piso con sus
compañeros.
	A Christian le dio un vuelco el corazón al ver las llaves que
pendían de esos robustos dedos marrones. Su vida había dado un
vuelco de 180º en cuestión de minutos, y todo se lo debía a esos
desconocidos, de los que apenas podía recordar sus nombres. Morgan le
tiró las llaves al chico, y éste las pilló al vuelo, con la mano
libre. Sin perder ni un momento metió la llave en la cerradura de la
manilla que apresaba su muñeca izquierda, y notó una explosión de
placer en su interior al ver que cedía sin ofrecer resistencia. Dejó
las esposas cogidas a la bajante del lavamanos, y tiró las ya
inútiles llaves al suelo, sin poder evitar que le cayera otra
lágrima de felicidad. Entonces Morgan dijo algo que ninguno de los
presentes se hubiera esperado.
MORGAN – ¿Quieres venirte con nosotros?
puntos 13 | votos: 13
Seguro que no sabias - Que había un ANHQV en colombia





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