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Veterano Nivel 3

puntos 3 | votos: 9
La tierra - es redonda pero hay idiotas en cada esquina
puntos 7 | votos: 9
Al otro lado de la vida - 1x46 - En la casa de Marcial
30 de septiembre de 2008

Ahora que Zoe había salido al balcón, Bárbara podía hablar
libremente con Marcial. Su respiración era cada vez más irregular,
y por momentos parecía que iba a perder la conciencia, de modo que
Bárbara se esforzó por darle conversación en todo momento,
evitando de ese modo que se desmayase, por miedo a que no pudiera
volver a despertar si eso ocurría. En su cabeza no paraba de rondar
la idea de que debía hacer algo para menguar su dolor o curar su
herida, pero por mucho que le daba vueltas, no era capaz de dar con
una solución.
BÁRBARA – ¿Te duele mucho?
MARCIAL – Es… como una palpitación en el pecho. Si no me muevo
apenas se nota.
	La mueca de su cara decía todo lo contrario.
BÁRBARA – Dime donde guardas las medicinas y te traigo algo…
MARCIAL – No hace falta, de verdad. Ya se me pasará…
BÁRBARA – ¿Te llevo al baño y limpiamos la herida entre los dos,
para… para que no se infecte?
MARCIAL – No hay agua.
BÁRBARA – Es verdad…
MARCIAL – Ya me la limpié en el cobertizo del parque, esto de
ahora no es nada comparado con lo que sangraba al principio.
	Bárbara vio como la sábana blanca bajo la que estaba Marcial
comenzaba a mancharse de sangre a la altura de su pecho.
BÁRBARA – ¿Quieres…? ¿Quieres que lo vende o algo?
MARCIAL – De verdad que no, además ahora ya apenas sangra.
BÁRBARA – Que no me importa. Hemos venido aquí a ayudarte. No
te…
MARCIAL – Tranquila. Además, si me vuelves a dar otro meneo como
el de antes, entonces si que no lo cuento.
BÁRBARA – Lo siento… Yo solo…
MARCIAL – ¡No! Todo lo contrario, te lo agradezco mucho. Pero
ahora solo quiero descansar.
BÁRBARA – Bueno… como quieras.
	Se quedaron un momento en silencio, y los ojos de Marcial comenzaron
a cerrarse lentamente. Bárbara no paraba de mirarle. Aunque le sabía
mal no dejarle descansar, no quería que se durmiese, no en las
condiciones en las que estaba, le daba miedo. 
BÁRBARA –  Y dime… ¿Cómo ocurrió todo?
	Marcial entreabrió los ojos y la miró de nuevo. Parecía estar
bastante fuera de sí.
MARCIAL – Fue ayer al mediodía, en el zoológico.
BÁRBARA – De ahí se escaparon todos los animales, ¿No?
MARCIAL – Déjame que te cuente… Después… de perder a Miguel,
y viendo como estaba el panorama en la ciudad, decidí refugiarme en
un lugar seguro. Tuve miedo de quedarme aquí, porque por las noches
se juntaban un montón de infectados en la calle y se liaban a armar
jaleo, porque sabían que yo estaba aquí, de modo que opté por ir
al único sitio donde sabía que no se podría colar ninguno.
BÁRBARA – Al zoo Ziz.
MARCIAL – No está a más de diez minutos de aquí, y nadie más
tenía las llaves. Yo era el guarda, yo mismo fui quien lo cerró a
principios de mes, cuando lo del toque de queda. De modo que me armé
de valor y salí, hará una semana, a primeras horas de la tarde. No
me encontré a nadie por el camino, y pude refugiarme ahí hasta
ayer.
BÁRBARA – ¿Fuiste tú quien liberó a los animales?
MARCIAL – No, hombre, no. Bueno, a ver, solté a los pájaros, a
los roedores… a los animales que no pudieran hacer daño a nadie,
para que se buscasen la vida como pudieran, vamos. Pero los animales
peligrosos quedaron encerrados, y a buen recaudo.
BÁRBARA – ¿Entonces que pasó?
MARCIAL – Lo que te digo. Ayer por la mañana, estaba yo todavía
durmiendo y me despierto con un golpe fuerte. Temía que fueran los
infectados, de manera que me atrincheré en el cobertizo, y me quedé
ahí esperando que pasara algo… pero no pasaba nada. Lo tenía todo
tapiado con maderas y hermético, de manera que solo podía ver lo
que pasaba si abría la puerta, cosa que no hice hasta pasadas varias
horas. Salí, y todo parecía igual, parecía estar todo tranquilo,
pero a la que me acerqué al portón de entrada de material, vi que
alguien lo había roto. Lo habían echado abajo con un todoterreno
enorme, que todavía estaba aparcado en medio de la entrada. El
todoterreno estaba vacío, con las llaves puestas, y todo seguía en
silencio. Pero ahora, con la puerta rota, que no había manera de
cerrarla, el parque había dejado de ser un lugar seguro, si es que
no había entrado algún infectado para entonces, de manera que me
dirigí de vuelta al cobertizo a buscar mis cosas. La idea era
pillarlo todo en un momento, y utilizar el coche ese para huir. Pero
no fue tan fácil... Los bollaos que habían tirado la puerta abajo
no habían vuelto a por su coche, y ya hacía muchas horas que
habían entrado, de modo que pensé que habrían soltado a alguno de
los grandes, y que no habían podido salir corriendo antes de que les
pillase. Ni tiempo tuve de llegar al cobertizo cuando me encontré con
la leona. Esa no había nacido en cautividad, como sus crías, a esa
la habían traído del África salvaje no haría ni dos meses,
preñada, y no estaba domesticada. Además, debería de tener mucha
hambre, porque hacía ya mucho tiempo que no… El caso es que traté
de librarme, pero el primer zarpazo no me lo quitó nadie. Malherido
como estaba en el suelo, se dirigía de nuevo hacia mí para darme el
golpe de gracia, supongo, cuando algo la distrajo y salió corriendo
hacia la donde estaba el todoterreno. Y digo estaba, porque a par de
horas, al ver que no volvía, salí otra vez del cobertizo dispuesto
a irme de ahí, para volver a casa, y el coche ya no estaba.
Conseguí llegar aquí arrastrándome, sin importarme ya si me
encontraba alguien por el camino. Lo único que quería era alejarme
de ahí. Me había quedado medio traspuesto hasta que os vi caminando
por la vía del tren esta mañana. El resto… ya lo sabes.
	Cuando Marcial acabó de contar su historia, su respiración se
había vuelto ya muy agitada. Había conseguido acabar, pero ahora se
le veía muy afectado. La respiración agitada dio paso a una tos muy
fea y fuerte. Bárbara le agarró de una mano sin saber qué hacer,
mientras Marcial no dejaba de toser, con la cara cada vez más
enrojecida. Zoe apareció de nuevo en la habitación alertada por el
ruido, y miró a Bárbara, que respondió a su mirada sin saber muy
bien qué decirle.
puntos 25 | votos: 29
Queridas mujeres del mundo: - Es hora de que los hombres os digamos un par de cosas:
Nos gustáis mil veces más sólo peinadas y con la cara lavada que
con dos horas de peluquería y maquillaje. La belleza natural JAMÁS
podrá hacer frente a una máscara.
Recién levantadas, con cara de sueño y despeinadas, vestidas con
una simple camiseta de dormir y unas braguitas, es cuando más
bonitas nos parecéis, con diferencia.
Las mechas sólo quedan bien la primera semana, al igual que
cualquier tinte de un tono más claro que vuestro pelo natural. 
Hay mil maneras de sacarle partido a vuestro pelo sin necesidad de
artificios, y si no nos damos cuenta de vuestros cambios de look, es
porque nada dentro de nuestra cabeza nos dice que hayáis mejorado.
La depilación sí es necesaria, lo siento. Es herencia de la cultura
popular, pero a día de hoy se ha extendido tanto que su ausencia
resulta grotesca. Ahí asumo nuestra parte de culpa.
Si tenéis demasiada autoestima, eso se nota, y por lo general, suele
ser un motivo de disgusto y rechazo. Me refiero a dárselas de, la
autoestima es importante.
Si tenéis demasiada poca autoestima, en la mayor parte de los casos,
es inmerecida, porque soléis valer mucho más de lo que vosotras
creéis.
El contacto físico, aunque sólo sea una caricia en el brazo, está
totalmente prohibido si no sientes algo por él.
Fumar no os hace interesantes, os hace vulgares.
El oro no vale como complemento, jamás. Probad la plata.
El feminismo mal entendido, es igual de malo que el machismo.
puntos 0 | votos: 10
Al otro lado de la vida - 1x45 - En el balcón de la casa de Marcial
30 de septiembre de 2008

Ahí fuera se estaba mucho mejor; corría una suave brisa y no daba
el sol, que aún seguía oculto tras las nubes. La calle estaba
vacía y silenciosa, y no había rastro alguno de aquel animal. Zoe
se asomó por encima de la barandilla tal y como pudo, dada su corta
estatura, y contempló el bello panorama. Desde ahí se veía la vía
por la que caminaran ella y Bárbara minutos antes, cuando Marcial les
sorprendió; el andén estaba tras otro edificio y no se podía ver.
Un pequeño parque transcurría debajo de las vías; todos los bancos
vacíos, las papeleras volcadas. Incluso pudo intuir lo que creyó era
un cuerpo sin vida detrás de un viejo coche gris al que le faltaban
un par de ruedas.
	Por mucho que lo detestase, estaba acostumbrándose a marchas
forzadas a ese nuevo mundo, y con el paso de los minutos y las horas,
el mundo en el que ella se había criado se iba difuminando, los
recuerdos iban tornándose cada vez más borrosos. Incluso se
sorprendió de haber olvidado durante los últimos minutos a sus
padres, que ocupaban sus pensamientos prácticamente todo el tiempo.
Ahora le costaba apartar de su mente la imagen de ellos dos corriendo
hacia ella tratando de alcanzarla, y sustituirla por cualquier otro
recuerdo bonito del pasado. Todo resultaba demasiado complicado, pero
por fortuna, se había encontrado a Bárbara, y eso consolaba un poco
su atribulada cabeza. De no ser por ella, ahora estaría mucho más
hundida.
	Un cambio en la quietud del paisaje que estaba mirando la abstrajo
de sus amargos pensamientos. Fue un destello lo que le hizo fijarse
en esa porción de suelo en la distancia. Pese a que estaba muy
lejos, pudo distinguir con claridad lo que le pareció un coche. Un
coche grande y negro o de un color muy oscuro, en movimiento, a unas
cinco o seis manzanas de ahí. Se sorprendió mucho, pues no esperaba
ver algo así, y se quedó mirando cómo se acercaba. No podía
significar otra cosa; había un superviviente más por los
alrededores, o  tal vez más de uno. Si seguía en esa dirección lo
más seguro es que acabase por llegar a una zona suficientemente
cercana como para llamar su atención desde ahí arriba. Pero pasó
algo que impidió que ocurriese.
	La leona que minutos antes había arremetido contra ellos, ahora se
dirigía hacia ese coche. Zoe vio como su esbelta silueta emergía
tras la esquina de una manzana cercana, y se acercaba peligrosamente
al vehículo. Todavía estaba demasiado lejos para distinguir con
claridad quien estaba al volante, pero lo que si pudo ver fue como el
coche no solo no aminoró la marcha, sino que aceleró al encuentro
con el felino. Cuando ambos se cruzaron, la leona dio un ágil salto
evitando de ese modo la embestida del coche. Entonces éste frenó
bruscamente y con un ágil movimiento de volante se encaró de nuevo
al animal.
	Ahora ambos estaban quietos, uno frente al otro, con no más de diez
metros de separación. Para sorpresa de Zoe, la puerta del conductor
del coche se abrió de sopetón, y de ahí emergió una figura
oscura. Estaba tan lejos que no pudo distinguir si se trataba de un
hombre o una mujer, un joven o un adulto, pero si intuyó que llevaba
algo grande agarrado de las manos. El felino dio un paso al frente y
esa temerosa persona hizo un rápido movimiento con los brazos,
agitando ese extraño objeto. Parecían estar retándose el uno al
otro, en una lucha en la que solo el vencedor saldría con vida.
La leona corrió a su encuentro y entonces una detonación rompió de
repente el silencio y asustó a los pájaros que descansaban en las
ramas de los árboles cercanos, que enseguida salieron volando en
desbandada, para sorpresa de Zoe. Ese enorme gato siguió adelante
como si nada, y fue la segunda detonación la que consiguió hacerle
caer abatido al suelo, a escasos dos metros de su asesino. Éste se
acercó al cuerpo del animal, y le propinó un tercer disparo a
quemarropa en la cabeza, para luego dar media vuelta y entrar de
nuevo en el coche, como si nada hubiera pasado.
Del mismo modo que había salido de la nada, arrancó el coche y
desapareció tras un gran bloque de edificios, para no volver a
ponerse a la vista de Zoe. La visión de ese macabro espectáculo la
había excitado, y ahora tenía una mezcla de sorpresa, tristeza y
alegría. Por una parte le sabía mal la manera como había perdido
la vida, pero por otra, se alegraba de que hubiera muerto, puesto que
solo así se aseguraba de no ser ella su próxima víctima. Ahora, con
la ausencia del depredador máximo, y con los infectados todavía
cohibidos por su anterior presencia, dispondrían de mayor facilidad
para volver a las vías del tren y continuar su camino sin más. Eso
siempre y cuando abandonaran la casa próximamente.
	Entonces un ruido, en esta ocasión proveniente del interior de la
casa, la abstrajo de nuevo de sus cavilaciones. Por un momento Zoe se
montó su propia película; Marcial había muerto, estaba infectado y
al volver a la vida había atacado a Bárbara, acabando con su vida,
y ahora ambos en coalición se encargarían de acabar con la suya. Y
como no tenía a donde escapar, solo le quedaría la opción de
dejarse matar o tirarse por el balcón y partirse una pierna, para
acabar sirviendo de comida a cualquier caminante que pasara por ahí.
	Por fortuna para ella, la realidad distaba bastante de sus oscuras
cábalas. Ese ruido parecía más una tos fuerte y ahogada que un
grito de socorro, y fue al asomarse de nuevo adentro cuando
comprendió lo que pasaba, cosa que no la tranquilizó tampoco en
absoluto.
puntos 9 | votos: 17
Al otro lado de la vida - 1x44 - En la casa de Marcial
30 de septiembre de 2008

Bárbara recostó a Marcial contra una pared frente a la escalera y
poco a poco recuperó el aliento. Zoe se había quedado de espaldas a
la puerta, con los ojos muy abiertos, respirando agitadamente, y
Marcial se aguantaba el pecho, como si así fuera a menguar el dolor
que ahí sentía. Los signos de violencia y rabia del animal se
fueron apaciguando poco a poco, y enseguida se cansó y abandonó el
portal para seguir su ronda por el barrio. Afortunadamente era mucho
menos insistente que los resucitados, que sin duda hubieran seguido
horas aporreando la puerta esperando que se abriese.
BÁRBARA – Por los pelos. 
MARCIAL – Sabía que estaba aquí…
BÁRBARA – Si, parece que nos hubiera estado esperando.
MARCIAL – Me ha utilizado de cebo para atraeros. Que...
BÁRBARA – ¿Quieres decir?
MARCIAL – He pasado la noche ahí tirado y no se me ha acercado. No
puede ser otra cosa.
BÁRBARA – ¿Y no tuviste miedo de que vinieran infectados a por
ti?
MARCIAL – No. Tenía más miedo de que volviese a rematarme. Este
es ahora su territorio, y ellos lo saben, y mantienen las distancias.
¿No os disteis cuenta que no había ningún de ellos por los
alrededores?
BÁRBARA – Si… Ahora que lo dices, si.
MARCIAL – Es por eso. Ellos no son más que animales, y ahora han
encontrado un depredador más fuerte. Aunque lo parezcan, no son tan
tontos, y lo respetan.
BÁRBARA – Pues vamos a tener que ir con mil ojos cuando decidamos
salir. Bueno, ya habrá tiempo de pensar en eso más adelante.
¿Dónde está el dormitorio?
MARCIAL – En el primer piso.
BÁRBARA – Pues te ayudaré a subir. Necesitas descansar.
MARCIAL – Muchas gracias, de verdad. De no ser por vosotras yo,
ahora…
BÁRBARA – Va, no digas nada.
MARCIAL – Pero…
	Al decirlo, Marcial comenzó a toser fuertemente, y siguió así
unos segundos, hasta que se puso rojo. Poco a poco se fue calmando y
consiguió respirar normalmente de nuevo. Bárbara lo vio muy débil,
y no estaba muy segura de si conseguiría salir de esa. Al parecer
había perdido mucha sangre y el cuerpo se estaba resintiendo mucho
de eso y de la gran herida de su pecho. No obstante, debía seguir
haciendo caso a la voz de su conciencia. Con bastante dificultad
consiguió subirlo al primer piso y tumbarlo en la gran cama de
matrimonio del dormitorio principal.
	Zoe se sentó en un baúl y se puso a mirar la ciudad vacía por la
puerta corredera de un pequeño balcón, abstraída totalmente de la
realidad, mientras Bárbara arropaba a Marcial y continuaban
hablando. La habitación no era muy grande, pero estaba decorada con
un gusto romántico exquisito. La casa entera no era gran cosa, pero
se notaba que el dueño la había transformado en su hogar con el
paso de los años. Bárbara recordó su propia casa, todavía vacía
y desnuda cuando tuvo que abandonarla, y eso le trajo tristes
recuerdos, que se apresuró a apartar de su mente. 
	Su mirada barrió la sala, y se acabó centrando en una fotografía
que había sobre la mesilla de noche. En ella se veía al propio
Marcial, junto a una bella mujer que sostenía en brazos a un
muchacho de unos tres o cuatro años, que sonreía a la cámara. La
tranquilidad y la felicidad que mostraban los que salían ahí
retratados distaba mucho de las caras de los supervivientes de la
masacre. Ahora encontrar una sonrisa o un gesto desenfadado era
prácticamente imposible. Marcial se dio cuenta de lo que Bárbara
estaba mirando y le habló.
MARCIAL – Me alegro por ti, Bárbara. No lo has perdido todo, aún
tienes a tu hija…
	Zoe se giró y miró a Bárbara, pero no dijo nada. La propia
Bárbara prefirió callar, al ver que Marcial seguía hablando.
MARCIAL – Concha nos abandonó hace dos años. Enfermó de uno de
los pocos cánceres que no curaba esa maldita vacuna, y nos dejó
solos a Miguel y a mí. Él…
	Ahora, a la mueca de dolor que le acompañaba permanentemente, se le
sumó la tristeza del recuerdo y los ojos se le humedecieron. A
Bárbara no le gustaba oír las miserias ajenas, lo detestaba, pero
se mantuvo en silencio, escuchando lo que Marcial tenía que decirle.
MARCIAL – Fue de los primeros días, cuando aún no se sabía muy
bien lo que estaba pasando. No había habido ningún altercado
realmente importante en la ciudad, todo había pasado en un pueblo
alejado de la mano de Dios y parecía que ya estaba controlado.
Ninguno pensábamos que podía pasar algo así… Fue en el propio
colegio. Se coló uno de esos… indeseables. Tuvo tiempo de morder a
media docena de niños y matar a… tuvo tiempo de hacer todo eso
antes de que ningún adulto se enterase. Lo encontraron…
comiéndoselo, en el patio del colegio, pero ya era tarde. Al parecer
había muerto de un golpe en la cabeza. Espero que no se enterase de
nada, pobrecillo… Por suerte… Bueno, suerte… Él no llegó a…
a levantarse. Los otros niños enfermaron y… bueno… ya sabes. Si
hubiéramos sabido desde el principio como ocurría todo, ahora no
estaríamos como estamos… Pero me alegro de que todavía haya
esperanza para algunos. ¿Qué hacíais vosotras caminando al aire
libre? Eso es una temeridad.
BÁRBARA – Nos dirigíamos a las afueras. Teníamos pensado acabar
parando en algún pueblo pequeño y tranquilo, y quedarnos ahí…
MARCIAL – No serviría de nada. Os acabarían encontrando, no hay
ningún lugar seguro.
	Bárbara echó una mirada furtiva a Marcial, y éste frunció el
ceño. Si bien el plan había sido improvisado, no muy premeditado,
hasta ahora les había ido bastante bien, y no tenía por que ser
diferente en un futuro. Si perdían la esperanza y el optimismo, que
era lo único que les quedaba, entonces si que acabarían siendo
derrotadas. Bárbara se enfadó con Marcial por decir eso frente a
Zoe, y él acabó dándose por aludido y negó con la cabeza, seguro
de que tenía razón. De todos modos, aunque así fuese, no había
estado bien decirlo frente a una niña tan pequeña, puesto que ya
estaba suficientemente asustada.
BÁRBARA – Zoe, cariño. Si quieres puedes salir al balcón mirar
si hay alguien por la calle y luego me lo cuentas. ¿Quieres?
ZOE – Si…
Zoe hizo caso a Bárbara si salió al balcón, lejos de oírles, pero
suficientemente cerca para que Bárbara viese donde se encontraba.

puntos 13 | votos: 13
Esta chica - es la única persona capaz de decirte con la misma expresión facial:
-Huy qué miedo eres un vampiro
-Ay qué bien estoy enamorada de ti
-Huy qué miedo eres un hombre lobo
-Anda si mi novio va a suicidarse
-Qué ilusión,estoy en la principal
¬¬
puntos 66 | votos: 66
Desmotivaciones - ya posee su propia Biblia y todo.
puntos 18 | votos: 18
Gente - Que de verdad se aburre mucho...
puntos 4 | votos: 6
Androginia - Definición gráfica.
puntos 9 | votos: 13
Al otro lado de la vida - 1x43 - Sobre las vías del tren elevado de Sheol
30 de septiembre de 2008

Zoe no dijo nada, y pese a que tenía miedo de bajar de nuevo a la
calle, el deber de ayudar a ese pobre hombre le acabó de convencer
de que eso era lo que había que hacer. Eso, y el hecho de que en la
última hora no vieran ni un alma caminando por los alrededores.
Bárbara le hizo señas desde ahí arriba de que se dirigían a donde
él estaba, y entonces el hombre bajó la mano y descansó de nuevo,
agotado y dolorido. Se encontraban a menos de ciento cincuenta metros
del siguiente andén, de modo que no les costaría mucho llegar ahí.
	Caminaron en esa dirección, ahora mucho más atentas a la calle,
mirando hasta el último rincón, aún temerosas de encontrarse a
algún indeseable, pero no fue así. El andén, al igual que las
calles de los alrededores, estaba vacío y silencioso, y para cuando
quisieron darse cuenta, se encontraban de nuevo en tierra firme.
Corrieron sin demora hacia ese portal. Poco antes de llegar vieron un
reguero de sangre que se prolongaba por la calle en la que ellas se
encontraban, y se acababa perdiendo al girar una esquina la siguiente
manzana. Siguieron esa irregular línea roja, que les acabó llevando
hacia su destino.
	Ahí el camino de sangre se transformaba en un charco, encima del
cual estaba ese hombre. Zoe se colocó detrás de Bárbara,
mirándole, asustada y tímida. Ambas pudieron contemplar que la
magnitud de la herida, aún sangrante, era mucho mayor de lo que les
había parecido desde las vías del tren. Llevaba puesto un uniforme
verde caqui con una etiqueta que rezaba “MARCIAL”. La camiseta,
desgarrada, estaba abierta y mostraba el pecho sangrante decorado con
un enorme zarpazo de bastante profundidad. Marcial leyó la
preocupación en la cara de Bárbara y trató de calmarla, pues su
vida sin duda dependía de esa ayuda caída del cielo.
MARCIAL – Tranquila, estoy sano. Esto no me lo ha hecho uno de esos
malditos… podridos.
BÁRBARA – Disculpa, es que una ya no sabe… Pero… ¿Qué es lo
que te ha pasado?
MARCIAL – Te sonará a chiste, pero me lo hizo un león.
BÁRBARA – No te creas, anoche vimos a una jirafa paseando por la
calle. Por cierto. Yo soy Bárbara, y ella es Zoe.
MARCIAL – Marcial.
	Zoe emergió un momento de detrás de Bárbara y Marcial le guiñó
el ojo. Luego hizo una nueva mueca de dolor.
MARCIAL – No querría resultar grosero, pero no deberíamos hablar
aquí fuera…
BÁRBARA – Nosotras nos dirigíamos a las afueras, por las vías
del tren elevado. Es un lugar bastante seguro. ¿Crees que
podrías…?
MARCIAL – Más quisiera… Me conformaría con que me ayudarais a
entrar en casa, es lo único que te pido.
BÁRBARA – ¿Es aquí donde vives tú?
MARCIAL – Si. Pero ya no me quedaban fuerzas para abrir la puerta,
he perdido demasiada sangre. A duras penas he podido llegar aquí
arrastrándome.
BÁRBARA – ¿Tienes las llaves encima?
MARCIAL – Si, están en… Espera un momento.
	Mostrando una nueva mueca de dolor, que hasta le supo mal a Bárbara
al ver sufrir tanto a ese pobre hombre, Marcial se sacó un llavero
con el logotipo del zoológico de la zona con media docena de llaves
del bolsillo del uniforme, y se las entregó. Estaban algo manchadas
de sangre, pero Bárbara hizo lo posible por no mostrar su desagrado.
Si decía la verdad y no estaba infectado, no tenía motivos para
temer. Bárbara se quitó la mochila, con el bate aún sobresaliente
por la parte de arriba, y la dejó en el suelo. Se disponía a
preguntarle a Marcial cual era la llave que abría el portal, cuando
Zoe le dio un tirón de la camisa, mientras señalaba algo con cara
de espanto.
Bárbara miró hacia donde se refería Zoe, y la vio. Al otro lado de
la calle se acercaba a paso ligero una enorme leona africana, que sin
duda alguna se dirigía hacia donde ellos se encontraban. Incluso
Marcial la vio, y eso le llevó a la memoria la trágica escena del
día anterior, cuando ese mismo animal casi acaba con su vida. Él
sabía que debían darse toda la prisa posible, pues con seguridad
esta vez no correría la misma suerte, y si además debía acarrear
en sus espaldas la muerte de quien trató de ayudarle, no se lo
podría permitir.
MARCIAL – ¡Es la que está más oxidada!
	Bárbara miró las llaves y miró de nuevo a la leona, cada vez más
cerca, caminando cada vez a paso más ligero, segura de su victoria.
Se daba toda la prisa que podía, pero el nerviosismo la paralizaba,
al tiempo que sus manos no paraban de temblar, sin saber que hacer.
Vio una llave con algo de óxido y se apresuró a meterla en el
cerrojo, pero no consiguió que entrara, pues era demasiado grande.
Eso le hizo ponerse aún más nerviosa.
BÁRBARA – ¡No encaja!
MARCIAL – ¡Esa no, la otra, es más pequeña!
	Vio como otra de las llaves estaba mucho más oxidada que la que
había utilizado por vez primera. La metió, y para sorpresa de
todos, la llave giró y la puerta se abrió sin ofrecer resistencia
alguna. Con las llaves aún puestas bajo el pomo de la puerta,
Bárbara le dio una patada y la abrió de par en par. Le gritó a Zoe
que entrase y la niña acató la orden en un abrir y cerrar de ojos.
Bárbara agarró a Marcial de las axilas y lo arrastró hacia dentro
tan rápido como pudo, pues era un hombre bastante corpulento.
	Zoe aprovechó para cerrar la puerta con un fuerte y rápido
empujón en cuanto los pies de Marcial se lo permitieron, y unos
segundos después del portazo escucharon los golpes, los arañazos y
los gruñidos de esa bestia, que se lamentaba por no haber llegado a
tiempo.

puntos 4 | votos: 10
Al otro lado de la vida - 1x42 - Un piso cualquiera del barrio de Gamoneda
30 de septiembre de 2008

Cuando Bárbara despertó, Zoe ya hacía un buen rato que estaba en
pie, pero había preferido mantenerse en silencio y no molestarla. Se
incorporó, todavía algo desubicada, y miró hacia abajo. Ahí estaba
su compañera, mirando tranquilamente por la ventana. Cuando ésta la
escuchó incorporarse, se giró y sus miradas se cruzaron. Se dieron
los buenos días y Bárbara bajó de la litera. Entre bostezos,
Bárbara acompañó un rato a Zoe mirando por la ventana. La calle
estaba vacía y quieta; no se veía un alma. Afortunadamente se
trataba de un día nublado, y con algo de suerte no pasarían tanto
calor en su travesía.
	Abrieron de nuevo la puerta del dormitorio y desayunaron en el
salón, sin mucho apetito. Bárbara se empezó a preocupar, porque de
nuevo afloró en ella el sentimiento de estar acostumbrándose a este
nuevo estilo de vida. La idea de que el mundo había cambiado y que
jamás volvería a ser lo que fue, era cada vez más latente, y por
mucho que quisiera convencerse de que eso no era más que un duro
traspiés de la humanidad, la realidad era mucho más cruda. La raza
humana no se podría reponer de un golpe tan duro, y si ningún
milagro lo remediaba, acabaría extinguiéndose tal y como era
conocida.
	Acabaron de desayunar, e incluso llevaron los platos sucios al
fregadero de la cocina. Todavía era pronto, y con algo de suerte
llegarían ese mismo día a su destino, de modo que partieron
enseguida. Bárbara abrió la puerta de entrada, bate en mano, y
después de comprobar que no había moros en la costa, indicó a Zoe
que podía salir con ella. Bajaron las escaleras con algo de prisa, y
llegaron de nuevo a la calle desierta. Sin demorarse ni un segundo
más de la cuenta, subieron de nuevo las escaleras que les llevaron
al andén del tren elevado, y reanudaron la marcha que habían
iniciado 24 horas antes.
	Una jornada igual de exhaustiva que la del día anterior les
permitiría alcanzar el más cercano de los pueblecitos. Bárbara se
lo recordó a Zoe, para animarla a seguir adelante. Pero la niña
seguía con la misma expresión de decaimiento de cuando la
conociera. Se dejaba llevar sin quejarse, apenas hablaba, y siempre
parecía triste y asustada. Bárbara trataba de darle conversación
para abstraerla de sus pensamientos pesimistas, para distraerla, pero
la niña apenas respondía con monosílabos y no parecía estar mucho
por la labor. Bárbara no quería preguntarle que le había pasado
antes de que se encontraran, para no hacerla revivir los que sin duda
serían unos muy malos recuerdos, y de igual modo no quería aburrirle
con la odisea personal que la llevó a ese supermercado. Pensó que 
tal vez con el tiempo la niña podría volver a ser la que fue, y
recuperar la infancia que ahora se le escapaba de las manos a marchas
forzadas.
	Caminaron y caminaron hasta que las agujetas del palizón que se
habían pegado el día anterior se hicieron muy molestas, y entonces
decidieron tomar un descanso. Al menos, el cielo seguía encapotado,
y una agradable brisa les hacia el camino más agradable. Desde donde
estaban cuando pararon pudieron ver como una familia de monos titi
jugueteaba en la copa de un árbol cercano. Zoe se limitaba a
mirarlos con curiosidad y entusiasmo, mientras Bárbara tenía su
propia teoría sobre el porqué de que esos animales hubieran llegado
ahí. Los pequeños simios gruñían y saltaban, felices en libertad.
Al parecer, el cambio radical al que se había sometido la tierra el
último mes no había sido malo para todos.
	Continuaron adelante después de un corto descanso, y siguieron
sorprendiéndose de ver las calles vacías. Bárbara sabía que
cuando era de día la mayoría de los resucitados solían esconderse
en lugares oscuros, donde pasaban el día durmiendo. Luego, por la
noche, despertaban y salían a cazar. Sin embargo, esta zona de la
ciudad le resultó demasiado tranquila. Del mismo modo que el día
anterior no pasaban ni diez minutos sin que viesen alguno, aunque
fuese de refilón o muy lejos, ahora no se veía a nadie,
literalmente, y eso la inquietó, pues no sabía si alegrarse o
comenzar a temblar.
	No llegó a pasar ni media hora, cuando de repente Zoe se paró en
seco, y se quedó mirando al vacío, la cabeza ligeramente girada
hacia un lado. Bárbara dio un par de pasos más antes de darse
cuenta de que la niña no la seguía. Entonces dio media vuelta y se
la quedó mirando, extrañada. Iba a preguntarle qué pasaba cuando
la niña se llevó el dedo índice a la boca, indicándole que se
mantuviera en silencio. Bárbara no dijo nada, pero se acercó a la
niña. Pasaron unos segundos más, en silencio, hasta que Zoe cambió
la expresión de su cara, ligeramente contrariada.
BÁRBARA – ¿Qué pasa?
ZOE – ¿No has oído?
BÁRBARA – ¿El que?
ZOE – Creo… Me ha parecido oír a alguien…
BÁRBARA – A un…
ZOE – No. Era…
	En esta ocasión lo oyeron las dos. La voz venía de lejos, y sonaba
bastante apagada y débil, pero resultó lo suficientemente
contundente como para convencer a Bárbara de que Zoe estaba en lo
cierto. A juzgar por lo que había oído, parecía la voz de un
hombre, la voz de un hombre adulto, pidiendo ayuda. No fue hasta que
ellas hablaron de nuevo que ese hombre respondió, pidiendo auxilio,
luego seguramente les habría oído. 
BÁRBARA – ¿Quién dijo eso?
	La voz respondió, y Bárbara pudo localizar el origen de la misma.
Las dos chicas se acercaron al extremo de la vía, y contemplaron
desde ahí a ese hombre, malherido, que agitaba su mano desde un
portal. El portal estaba elevado del nivel de la calle cuatro
escalones, permitiendo de ese modo la existencia de unas pequeñas
ventanas que iluminasen el sótano de las casas que había encima.
Ese hombre estaba apoyado en la puerta cerrada, con una mano
agarrándose el pecho sangrante, y la otra tratando de llamarles la
atención.
	Ahora a Bárbara se le presentaba un dilema, pues se veía en la
obligación de ayudar a esa persona, pero temía que al hacerlo
podía ponerse en peligro a ella misma, o mucho peor, a la propia
Zoe. La llamada de auxilio se repitió por tercera vez, y eso
resultó suficiente para convencerla de lo que debía hacer. Respiró
hondo.
BÁRBARA – Zoe, vamos a ayudar a ese hombre.
puntos 20 | votos: 28
siempre  - tepreguntaste como ivan al baño
puntos 3 | votos: 19
Al otro lado de la vida - 1x41 - Andén de la estación de tren elevado del barrio de Gamoneda, Sheol
29 de septiembre de 2008

Bárbara se quedó ahí, en silencio, mirando el cadáver de ese
hombre que había tratado de acabar con ella. Su cara había perdido
toda expresión, y todo indicaba que estaba muerto. Sin embargo,
Bárbara no las tenía todas consigo. Había visto a muchos
levantarse con heridas peores incluso que esa, y seguir adelante como
si nada hubiera pasado, pero al menos éste se vería negro para salir
de ahí, si es que volvía a despertarse. Estaba todavía muy
impresionada, pero enseguida cayó en que se olvidaba de algo.
Después de recoger el bate del suelo, corrió de vuelta hacia los
baños.
	El débil gemido de Zoe se escuchaba tras la puerta que el infectado
había tratado de echar abajo. Bárbara caminó hacia ahí.
BÁRBARA – Puedes salir, cariño. Ya ha pasado todo.
ZOE – ¿Seguro?
BÁRBARA – Si. Ese hombre malo ya no nos volverá a molestar.
	Se oyó un ligero chasquido, y acto seguido, la puerta del baño se
abrió. Zoe salió del baño, con los ojos enrojecidos por el llanto
y aún sollozando un poco. Le temblaban las manos, y la expresión de
su cara hizo palidecer a Bárbara. Se la veía tan pequeña, tan
asustada, que de nuevo se volvió a arrepentir de haberla traído
consigo. Solo Dios sabría si no volverían a tener otro
encontronazo, y nada hacía pensar que la siguiente vez tendrían la
misma suerte. No obstante, ya no había marcha atrás.
BÁRBARA – Ha sido culpa mía, que me he descuidado un momento.
Gracias a Dios no hay nada que lamentar. Mira… se está haciendo
tarde, y estamos las dos muy cansadas, será mejor que bajemos a
tierra firme y busquemos un sitio seguro donde pasar la noche. En
este barrio hay muchos pisos, y con que encontremos alguno en el que
meternos y cerrar bien la puerta, podremos pasar la noche sin
problemas. ¿Qué te parece?
ZOE – Si… tengo sueño.
BÁRBARA – Pues no se hable más. Vamos a recoger la mochila y nos
metemos en el primer portal que encontremos.
	Salieron las dos del baño, ahora mucho más alerta que al entrar
por vez primera. Bárbara se calzó de nuevo la mochila, y bajaron
las dos por la misma escalera por la que el resucitado había subido
para ponerlas a prueba. Ahí las calles eran estrechas, a excepción
de la calle sobre la que transcurría el tren elevado.
Afortunadamente había muchos bloques de pisos con muchas viviendas y
muchos portales en los que probar suerte. Bajaron sin hacer ruido, y
anduvieron a paso ligero hacia el bloque más cercano, para lo cual
tan solo tuvieron que cruzar la calle. 
Bárbara se esforzó por alejar a Zoe de la zona donde estaba la
farola en la que se había ensartado aquel hombre. Si había podido
evitar que lo viese en vida, confiaba poder conseguir que eso no
cambiase ahora que parecía muerto. El sol teñía de un color rojizo
el cielo a su paso, y proyectaba una larga y esbelta sombra que
partía de las dos chicas. El primer portal al que llegaron tenía la
puerta abierta, de modo que entraron. Visto lo que le había pasado en
el bloque de los señores Soto, lo primero que hizo Bárbara fue
gritar bajo el hueco de la escalera, preguntando si había alguien
ahí.
Al no obtener respuesta alguna, repitió la operación. De nuevo no
obtuvo más que el silencio. Si había alguien en el bloque, estaría
dentro de una de las viviendas, y con algo de suerte, no tendrían que
vérselas con él. De nuevo el suelo lleno de papeles, los buzones
llenos de cartas, una planta marchita junto a la entrada. Todo
parecía desierto, olvidado, muerto. Como la planta baja estaba
ocupada por tiendas, tuvieron que subir a la primera planta en busca
de un piso que ocupar. De nuevo la primera puerta que se encontraron
estaba entreabierta. Parecía que alguien lo hubiera dejado todo
preparado para su llegada.
La otra puerta del primer piso estaba cerrada, de modo que entraron.
Bárbara volvió a preguntar si había alguien dentro después de
cerrar la puerta, pero tampoco obtuvo respuesta. Se trataba de un
piso muy pequeño. El salón tan solo tenía dos puertas, una que
daba a la humilde cocina, y otra a un pequeño distribuidor desde el
que se podía llegar a un baño y dos habitaciones. Bárbara le
indicó a Zoe que se quedase donde estaba, e inspeccionó a
conciencia el piso. 
	Escrutó hasta el último armario, detrás de las puertas, tras la
cortina del baño, pero no encontró nada. La casa estaba en perfecto
estado; no parecía que hubiera sufrido ningún desperfecto. Mucha
gente, al comienzo de las primeras oleadas de violencia se había ido
a otras ciudades, a casas de familiares o a hoteles, por miedo a
sufrir el mismo destino que sus semejantes. Todo apuntaba que esta
familia era una de esas. No obstante, cuando Bárbara entró en las
habitaciones, lo primero que hizo fue mirar debajo de las camas. No
volvería a caer en la misma trampa.
	Cenaron ahí mismo, en la mesa del salón, y aprovecharon para
reponer parte de lo que se habían comido durante el viaje,
recogiendo algo más de comida que los habitantes de la casa habían
olvidado en la cocina. Pronto la luz del sol fue insuficiente para
seguir en pie y decidieron que había llegado el momento de irse a
dormir. El dormitorio de los padres tenía tan solo una cama
individual, donde no cabían las dos; Bárbara pensó que se
trataría de un padre divorciado o viudo. En la habitación de los
niños había una litera; fue ahí donde decidieron pasar la noche. 
	Bárbara cerró la puerta a conciencia, trabándola para asegurarse
de que nadie podría entrar por la noche, y cada una se tumbó en su
cama, ella en la de arriba y Zoe en la de abajo. La tenue luz de la
luna se filtraba por la ventana que Zoe tenía en frente. Pese a que
tenía sueño, no podía dejar de mirar las estrellas, eso le
mantenía la cabeza despejada. Se estaba empezando a quedar algo
traspuesta, cuando vio algo que le sorprendió sobremanera. Cerró
los ojos fuertemente y los volvió a abrir, y ahí seguía. Era una
jirafa, que le miró, y luego siguió adelante.
ZOE – Bra… Ba.. Bárbara.
BÁRBARA – ¿Si?
ZOE – He visto una jirafa por la ventana.
BÁRBARA – ¿No sería un sueño?
ZOE – No.
	Bárbara se incorporó y miró por la ventana desde ahí arriba,
pero ahí no había nada.
BÁRBARA – ¿Estás segura?
ZOE – Que si, te lo juro.
	Bárbara se armó de paciencia y bajó las escaleritas de la litera
hasta pisar nuevamente el frío suelo con los calcetines. Zoe ya se
había levantado, y las dos se asomaron a la ventana. Efectivamente,
ahí estaba. Era una jirafa adulta, que caminaba tranquilamente por
la calle, como si lo hubiese hecho toda la vida. Bárbara miró a la
jirafa, y luego miró a Zoe, todavía incrédula.
ZOE – ¿Ves?
BÁRBARA – Porque lo estoy viendo, que si no…
	Se quedaron un rato más mirándola, hasta que cruzó una esquina y
la perdieron de vista.
ZOE – ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí?
BÁRBARA – No tengo ni idea, chica, me has dejado a cuadros.
Bueno… da igual, vamos a dormir, que ya es hora.
	Cada una ocupó de nuevo su lugar.
ZOE – Buenas noches, Bárbara.
BÁRBARA – Buenas noches, Zoe.
	Ahí todo parecía en regla, se oía el canto de los grillos de
lejos, y la noche era fresca, en comparación al caluroso día que
habían sufrido. No pasó mucho tiempo antes de que Bárbara se
durmiese, pero al cabo de un par de horas, algo le despertó. Era
Zoe. Estaba lloriqueando. Había estado pensando en todo lo que
dejaba atrás, en sus padres, sus abuelos, sus amigos, y las
lágrimas habían aflorado irremediablemente. Por fortuna el sueño
que tenía era muy acusado, y poco más tarde cayó en los brazos de
Morfeo. Bárbara quiso bajar a consolarla, pero la niña poco a poco
se calmó y acabó durmiéndose, igual que ella.
puntos 10 | votos: 10
Lo que estás pensando - está tipificado como delito en el artículo 209 del Código Penal.
puntos 8 | votos: 10
Master Carde - Cita en una hamburgueseria: 20 euros.
Gasoil para el trailer-limusina+grúa: 200 euros.
Completo: 50 euros.
Darse cuenta del pedo que llevas y salir por patas: gratis. 
 Para esto y todo lo demas. Master Carde.

puntos 4 | votos: 12
Al otro lado de la vida - 1x40 - Sobre las vías del tren elevado de Sheol
29 de septiembre de 2008

Siguieron su camino sin mirar atrás, escuchando los golpes cada vez
más lejanos y débiles de ese pobre hombre, que seguía tratando de
encontrar la manera de salir del vagón donde había ido a morir
escasos dos días antes. La agradable sensación de que ahí arriba
eran inmunes a todo y que nada les podría hacer daño, se vio algo
mermada. Sin embargo, a medida que se alejaron, consiguieron
recuperar un poco la tranquilidad que se habían forjado hasta ese
desafortunado encuentro. Era la calle la que les asustaba realmente,
mas cuando cruzaron una zona en la que había congregada media docena
de resucitados, que las estuvieron siguiendo durante media tarde.
	Se trataba de un grupo extravagante, que con pocos integrantes
abarcaba todo el estrato de edades y sexos. Lo único que tenían en
común era su ansia instintiva por alimentarse de carne fresca. Al
principio se limitaban a mirar como caminaban, sin moverse, pero en
cuanto se alejaron un poco comenzaron a seguirlas por la calle que
transcurría paralela a la vía del tren. Probaron aligerando el paso
e incluso agachándose y quedando fuera de su campo de visión, pero
cada vez que volvían a mirar, ahí seguían ellos, dispuestos a
seguirlas hasta el fin del mundo. 
De nada serviría tratar de hacerles entrar en razón, y dadas las
circunstancias, no se les ocurría otra manera de quitárselos de
encima, de modo que continuaron su camino. No fue hasta pasadas un
par de horas más, que la vía del tren dio un giro, pasando sobre un
terraplén vallado a la altura de la calle, que las dejaron en paz.
Siguieron alejándose, viendo como se habían agolpado todos en la
valla metálica y como la agitaban con rabia, al ver como habían
fracasado y como tendrían que pasar esa noche sin llevarse nada a la
boca.
El día se les había pasado volando, no obstante estaban exhaustas
de tanto caminar. Llegaron a una nueva estación, y a juzgar por el
reloj de agujas de un hotel cercano, cuyo mecanismo aún se resistía
a asumir el declive de la humanidad, se acercaban las ocho de la
tarde. Hicieron un alto más en el camino, y Bárbara sacó una de
las botellas de agua medio vacías que guardaba en su abultada
mochila, mientras se planteaba si sería oportuno seguir un rato más
o por el contrario debían buscar ya un lugar donde pasar la noche.
Estuvieron bebiendo al tiempo que contemplaban como el sol volvía al
horizonte a marchas forzadas desde su posición bajo una marquesina en
el andén. 
Zoe pidió permiso para ir al lavabo, y Bárbara la acompañó. Por
suerte para ambas, los pequeños servicios de la estación estaban
abiertos, y por mucho que no hubiese agua corriente, siempre era
mejor recurrir a ellos que hacerlo en cualquier sitio como los
animales o como los propios infectados. Bárbara sacó el bate de la
mochila, y con Zoe a la retaguardia, entraron en los baños sin hacer
ruido. Comprobaron puerta por puerta todos los lavabos, tantos los
masculinos como los femeninos, pero por fortuna no encontraron señal
alguna de hostilidad. Zoe se quedó dentro de uno de los baños
femeninos, y Bárbara salió de nuevo al exterior, a hacer guardia.
Se acercó a la garita del jefe de estación, y se puso a mirar un
plano del entramado de vías y estaciones que había en uno de los
muros junto a la ventanilla bajada. A juzgar por el plano, ya habían
llegado a la mitad de su recorrido. Apenas tardó unos segundos en
seguir con la mirada la línea de color azul que correspondía a la
vía por la que iban, pero eso resultó suficiente para que un
resucitado subiera las escaleras que llevaban al andén, y caminara
sigilosamente hacia los baños. Bárbara se dio la vuelta, esperando
encontrar a Zoe saliendo del baño, pero lo que vio distó mucho de
lo que hubiera deseado.
Unos segundos de distracción habían bastado para que ese hombre
subiera las escaleras al oírlas hablar desde abajo, y se dirigiera
hacia los baños sin pensárselo dos veces. Bárbara tan solo tuvo
tiempo de ver como se metía en el baño. Agarró de nuevo el bate y
corrió hacia ahí sin importarle nada más.
BÁRBARA – ¡Zoe, enciérrate en el lavabo, rápido!
	Entró en los baños como una bala, al tiempo de oír un portazo y
ver como ese hombre se abalanzaba contra la puerta tras la que se
encontraba Zoe, que ya había empezado a gritar de pánico. Estaba
desnudo de pies a cabeza a excepción de unos calcetines muy sucios.
Se trataba de un hombre de mediana edad, bajo, con una tripa
prominente. Era bastante calvo, no obstante lucía un espeso bigote
negro acompañado de una barba de tres días. Sus ojos inexpresivos y
su cuerpo pálido y flácido le resultaron extremadamente repulsivos.
Los gritos de Bárbara le hicieron volverse, y entonces fue ella la
que no supo como reaccionar. Ese hombre soltó un gruñido y Bárbara
salió de ahí por piernas.
	Salió del baño tan rápido como pudo y corrió sin mirar atrás
hasta llegar a una de las barandillas que hacían de frontera a la
estación con la calle que discurría varios metros por debajo. Se
dio la vuelta esperando encontrarse con él, pero al volverse no vio
a nadie. No la había seguido, sino que seguía dentro del baño,
tratando de alcanzar a Zoe, que gritaba y lloraba. Se la oía desde
ahí fuera. Bárbara comenzó a gritarle, insultándole, exigiéndole
que fuera ahí con ella, diciéndole que se enfrentase a alguien de su
tamaño, y poco más tarde asomó por la puerta, en parte atraído por
los gritos, en parte cansado por ver que la puerta no se abriría.
	Bárbara tragó saliva y agarró con fuerza el bate, mientras veía
como ese hombre corría hacia ella tan rápido como se lo permitían
sus rechonchas piernas. Preparada para batear, esperó hasta el
último momento. Entonces bateó con todas sus fuerzas, cerrando los
ojos a medida que el bate cortaba el aire a su paso. Pero hubo
strike, porque no llegó a golpear la bola. El bate se le escapó de
las manos, y con el impulso, Bárbara cayó de lado al suelo,
evitando de ese modo la embestida del resucitado, que se estampó
contra la barandilla, profiriendo un agudo grito de dolor.
	Desde su posición privilegiada, con una rodilla en el suelo, oyó
como el bate se golpeaba contra el suelo de cemento, y vio como ese
hombre tenía medio cuerpo fuera de la barandilla. No se lo pensó
dos veces y aprovechó para agarrarlo de los pies, y no sin un enorme
esfuerzo, estiró hacia arriba y lo empujó con todas sus fuerzas para
que cayera al vacío. Y así lo hizo, acompañado de un tremendo grito
de pánico que retumbó varias manzanas a la redonda. 
Cuatro metros le separaban del suelo, pero él se quedó a mitad de
camino, empalado en una gran lanza de acero que coronaba una farola
de dos grandes lámparas que quedaron a lado y lado de su cuerpo. La
lanza atravesó su espalda, partiendo sus vértebras y salió por su
tórax, dejándolo todo perdido de sangre a su paso. Se tambaleó un
poco, antes de que un hilo de sangre asomara de su boca, y poco
después quedó nuevamente inmóvil, con sus ojos clavados en los de
Bárbara, que le miraba aún muy excitada, sin poder creerse lo que
acababa de hacer.
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida - 1x39 - Andén de la estación de tren elevado del barrio de Montalbán, Sheol
29 de septiembre de 2008

BÁRBARA – Ahora lo peor ya lo hemos pasado. Tan solo tenemos que
seguir por la vía hasta el otro extremo. No te separes de mí, ¿De
acuerdo?
ZOE – Si.
BÁRBARA – Aunque parezca que estemos seguras, no tenemos que
levantar la guardia ni un momento. Bueno… Pues venga, que tenemos
mucho camino por delante.
	Emprendieron de nuevo la marcha. Al alejarse del andén tuvieron que
ir por las vías, pues ahí no había más sitio para caminar. Al
principio les acompañó la sensación que de un momento a otro
vendría un tren y se las llevaría por delante, pero hacía ya más
de dos semanas que los trenes habían dejado de circular por ahí. A
lado y lado de la larga vía discurría un pequeño muro de seguridad
de un metro de altura, del mismo hormigón que la base y los enormes
pilares que pronto abandonaron el río para colocarse entre los dos
carriles de una de las avenidas de la ciudad.
	Las vistas desde ahí arriba eran envidiables, pues disponían de
una panorámica de gran parte de la ciudad, en uno de los lugares
más seguros de la misma. Desde ahí podían ver cientos de bloques
de pisos carentes de vida, docenas de calles vacías y descuidadas.
Tan solo las farolas y los árboles más altos les acompañaban en su
larga marcha, y el camino se hizo incluso agradable. No obstante,
caminaban bajo el sol, que con el paso de las horas se fue haciendo
más intenso y caluroso, lo cual las obligó a hacer más de un alto
en el camino para echar un trago.
	De vez en cuando cruzaban alguna calle en la que había uno o dos
infectados. Muchos de ellos no llegaban a percatarse de sus
presencias, de modo que pasaban de largo. Pero de vez en cuando
alguno las veía, y corría hacia ahí, tratando de alcanzarlas,
gritando inútilmente. Ellas se limitaban a seguir adelante, haciendo
caso omiso al resucitado, y al cabo de los minutos, o se cansaba, o
las perdía de vista y daba media vuelta. Con el paso del tiempo,
Bárbara se fue concienciando más de que la idea que había tenido
era mejor de lo que creyese al principio, y eso le permitió
relajarse un poco.
	Tras las primeras dos horas de viaje, llegaron a una zona menos
densa de la ciudad, desde donde se podía ver un gran lago que hizo
de frontera al crecimiento en los primeros años. Les llamó la
atención un hombre que caminaba por la pasarela de un pequeño
muelle. Al principio creyeron que se trataba de un superviviente como
ellas, y se quedaron mirándole, pero luego vieron que era un muerto
más. Caminó con paso dudoso hasta el final de la pasarela, y una
vez ahí, se agachó y volcó medio cuerpo fuera, tratando de
acercarse al agua para beber de ella.
	Entonces perdió el equilibrio y cayó al agua con un tremendo
chapuzón. Bárbara y Zoe contemplaron atentamente como ese hombre
luchaba por salir a la superficie. Sus intentos resultaron
infructuosos y a cada nueva embestida tan solo conseguía hundirse
más. Poco a poco se fue cansando, los movimientos fueron siendo
menos frecuentes, y cuando ese pobre infeliz había bebido mucha más
agua de la que su cuerpo le hubiera permitido, acabó ahogándose.
Quedó nuevamente inmóvil, doblemente muerto, y su cadáver subió a
la superficie del agua, bocabajo, y ahí se quedó flotando a la
deriva. Esa extraña escena les hizo reflexionar, y les dio nuevas
esperanzas, al ver lo estúpidos que podían llegar a ser esos seres.
	Continuaron dos horas más, caminando apenas sin decir nada, cada
vez más cansadas y más hartas del calor, hasta que encontraron un
tren en mitad de la vía. Como ya se había hecho algo tarde, y
aprovechando la sombra que el tren les ofrecería, decidieron
sentarse junto a un vagón y comer algo para reponer fuerzas.
Bárbara dejó la mochila en el suelo, apoyada en el último vagón,
y sintió un gran alivio al quitarse ese gran peso de encima. El bate
lo había metido en la mochila horas antes, al ver que no lo
utilizaría. Se sentaron las dos en el suelo y sacaron algo de comida
de la mochila y un par de botellas pequeñas de agua.
	A la sombra como estaban, y con un poco de viento que se había
levantado, ambas se sintieron muy cómodas, con la estupenda
panorámica de la ciudad vacía como paisaje y algo que llevarse a la
boca. Zoe fue la primera que acabó y se levantó, inquieta. Bárbara
le echaba un ojo mientras la niña danzaba por las cercanías,
observando con curiosidad el interior del tren por las ventanillas.
Llegado un momento Bárbara la perdió de vista, y poco más tarde
escuchó un grito. Soltó todo cuanto tenía en la mano y corrió
hacia ahí como alma que lleva el diablo, temiéndose ya lo peor.
	Llegó donde se encontraba Zoe y la vio a un par de metros de la
ventana que había estado mirando cuando gritó. Todo parecía en
regla aparentemente, a no ser por la expresión de disgusto que
mostraba la niña en su cara. Bárbara miró el vagón y enseguida
comprendió el porqué de ese susto. Ahí dentro había un hombre,
era uno de ellos, sus ojos inyectados en sangre daban buena fe de
ello. Parecía un vagabundo a juzgar por sus ropas y lo dejado de su
aspecto. Estaba contra la ventana, con las manos sucias apoyadas en
ella, mirándolas sin comprender por qué no podía alcanzarlas. 
	Bárbara pensó que seguramente habría ido ahí a pasar la noche
después de que alguien le mordiese, y habría acabado
transformándose Dios sabía hace cuanto tiempo. Afortunadamente por
ahora no podía salir de ahí, y ellas no se iban a quedar a esperar
que lo hiciese.
BÁRBARA – Cojamos las cosas y vayámonos. Todavía nos queda un
buen trecho antes de que se nos haga de noche. Venga.
	Zoe asintió y después de recoger la mochila, reemprendieron de
nuevo su camino, con algo más de peor cuerpo.
puntos 3 | votos: 11
Al otro lado de la vida - 1x38 - Frente al almacén del supermercado
29 de septiembre de 2008

La extraña pareja se alejó del que había sido su refugio hasta el
momento, y sin más compañía que ellas mismas, caminaron en busca
de un destino mejor. Zoe iba cogida de la mano con Bárbara y ésta
sostenía en la otra mano el bate de béisbol. El sol matutino les
bañaba con su cálido manto, y el silencio, tan poco habitual de esa
ciudad y mucho menos a esas horas, les hacía sentirse raramente
incómodas. Ese silencio era roto tan solo por el canto de los
pájaros y una suave brisa que calmaba un poco el calor. A cada calle
que cruzaban Bárbara se adelantaba y comprobaba no sin cierta
incredulidad, que había vía libre para seguir adelante, y acto
seguido, continuaban. 
Zoe tenía en su interior una extraña mezcla de sentimientos
contradictorios. Por una parte estaba animada ahora que ya no estaba
sola, y se alegraba mucho de tener alguien que le pudiera ayudar si
las cosas se ponían muy feas. Estaba segura de que Bárbara estaría
con ella pasara lo que pasara, y eso le hacía sentirse más tranquila
y menos asustada. Pero por otra parte, estaba algo desilusionada por
perder la sensación de superioridad e independencia que había
adquirido mientras estaba sola. Se había sentido adulta y
responsable por unos días, y ahora veía que volvía a ser quien era
antes.
Bárbara, por su parte, ahora estaba demasiado preocupada por que
todo saliera bien. Tenía todos los sentidos alerta, esperando que en
cualquier momento pasase algo que le hiciera arrepentirse de la
decisión que había tomado. A cada paso que daba, se preguntaba una
y otra vez si había hecho bien arrastrando a esa niña pequeña en
su estúpido plan. No hacía más que pensar lo mal que se sentiría
si por su culpa le pasara algo a Zoe, o si era ella la que salía mal
parada, que haría la chiquilla sola en mitad de la calle. Todo tenía
que salir bien, y ella se encargaría de que así fuera.
	Se alejaron de las afueras, adentrándose con paso dudoso en las
entrañas de la gran ciudad, ocultándose tras los pocos coches que
aún quedaban por ahí, caminando por las zonas que les permitirían
salir corriendo con mayor facilidad. Las calles se veían sucias y
descuidadas, con papeles de periódico tirados por todos lados,
bolsas de basura y su contenido desperdigadas por doquier. Los
portales de los bloques de pisos, cada vez más altos, estaban todos
cerrados; las ventanas y los balcones de las fachadas, cerradas,
vacías, muertas. No obstante, se sentían observadas, como si tras
los cristales de las ventanas hubiera alguien dispuesto a contemplar
como fracasaban.
	A mitad de camino de la estación llegaron a un parque que tenían
que cruzar para llegar a su destino sin desviarse más de la cuenta.
Al entrar en el parque, ambas sintieron como si volviesen atrás en
el tiempo. Ahí todo parecía seguir como antes, nada daba la
impresión de haber cambiado en el último mes. Ahí tan solo los
árboles y los pequeños animales salvajes daban fe del momento en el
que se encontraban, y para ellos, nada había cambiado. Fue al llegar
al centro del parque cuando la realidad se cernió de nuevo sobre
ellas.
	En el centro de un claro se erguía un gran muro que en tiempos
conmemoraba las hazañas de los fundadores de la ciudad. Ahora el
muro estaba empapelado de arriba a abajo. Se acercaron a él, por
curiosidad, y lo contemplaron durante un rato. Cientos sino miles de
papeles, de todos los colores y tamaños imaginables, estaban pegados
sobre la superficie lisa del muro. La mayoría eran gritos
desesperados para encontrar a familiares o amigos desaparecidos.
Buena muestra de ello eran las fotografías de esos cientos de
personas que a día de hoy ya no estaban entre los vivos. Otros
muchos de los cartelitos se limitaban a recordar a los perdidos, a
darles un último adiós. El suelo frente al muro era un amasijo de
flores marchitas y velas a medio consumir..
	No tardaron en irse, pues no les agradó lo que vieron. Ahí se
materializaba en pocos metros cuadrados gran parte del sufrimiento de
los antiguos moradores de la ciudad. Continuaron adelante, aún
sorprendidas por no encontrar nadie en el camino. Cruzaron una calle
estrecha, totalmente vacía si no fuera por un carro de supermercado
que había en el centro. El carro tenía en su interior el cadáver
en avanzado estado de putrefacción de lo que parecía una mujer de
mediana edad. Al menos, por lo que vieron al pasar junto a él, nadie
se había entretenido en alimentarse con el cuerpo.
	A los veinte minutos de la partida, llegaron finalmente a su
destino. Cruzaron la última esquina, y pudieron contemplar la
estación de tren, que se encontraba suspendida unos metros por
encima de un río poco caudaloso que cruzaba la ciudad de punta a
punta. Una pareja de escaleras se unía en la parte superior que daba
paso al andén, tras una barrera para validar los billetes. En la
parte inferior había una amplia zona de aparcamiento de motos,
vacía, y otra para bicicletas, en el que descansaba una azul, con el
candado puesto.
	Se miraron la una a la otra, y tras echar un último vistazo a los
alrededores, y al ver que seguían solas, sin mediar palabra,
caminaron hacia las escaleras. Ahí la calle estaba más limpia, y el
ruido de un motor no muy lejos de ahí, les hizo sentirse más
tranquilas; cualquier resquicio de humanidad era de agradecer a esas
alturas. Comenzaron a subir las escaleras metálicas, bañadas por el
caluroso sol, y se arrepintieron de no haber llevado algo para
protegerse de él. Llegaron arriba y caminaron hacia las máquinas
validadoras de billetes. Bárbara pasó de largo por encima de una de
las barras, y Zoe hizo lo propio por debajo. Unos pasos más les
llevaron a las vías ya inútiles. Ahora tan solo tenían que seguir
en línea recta, sin mayor preocupación, en busca de su destino.
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida - 1x37 - En el supermercado
29 de septiembre de 2008

Devoraron la comida con ansia, sin apenas saborearla. Bárbara
trataba de resultar amigable y luchaba por sacarle una palabra o una
sonrisa a Zoe, pero no había manera. Esa chica estaba demasiado
cerrada en si misma, y tenía traumas demasiado recientes para
comportarse como una niña de su edad. Y eso a Bárbara le sentaba
mal, aunque ella misma temía tener una recaída en cualquier
momento, puesto que tenía tantas o más razones que Zoe para estar
así. No obstante, supo asumir su rol de adulto y se obligó a
parecer tranquila y optimista, con la intención de contagiar a Zoe
de ese mismo espíritu. No podía permitirse ninguna debilidad.
	 No mucho más tarde acabaron de comer, empachadas, y se quedaron un
rato sentadas en el suelo, rodeadas por las bolsas y las latas que
habían abierto para almorzar. Bárbara había seguido formando en su
mente el plan maestro que las llevaría a la salvación, al menos a
corto plazo. Calculó que tardarían un par de días en llegar al
otro extremo de la ciudad por la ruta que había previsto, de modo
que al menos deberían pasar una noche en un refugio improvisado.
Quiso convencerse de que no tenía porque salir mal, pero no las
tenía todas consigo. El siguiente paso sería el de aprovisionarse
de comida y de bebida para el camino. Necesitarían al menos
provisiones para tres o cuatro días, y una buena mochila donde
meterlas. 
BÁRBARA – Mira, no te voy a mentir. El camino será largo, al
menos un par de días, a pie todo el rato, y tendremos que buscar un
sitio donde pasar una noche a mitad de camino, pero yo,
personalmente, creo que sería más peligroso quedarse aquí. Por
supuesto que no te voy a obligar a hacer nada que no quieras, pero me
gustaría que vinieras conmigo. ¿Qué me dices?
	  Zoe se quedó mirándola, respirando aún algo agitadamente
después del atracón. El corazón le latía muy rápido, pues sabía
que de la decisión que tomase ahora, dependería su futuro. No
desconfiaba de Bárbara, le había caído bien desde el principio. Le
parecía amable y hasta le caía bien, pero lo que le estaba
proponiendo era muy poco apetecible.
BÁRBARA – Prometo que no permitiré que te pase nada malo, y no me
separaré de ti pase lo que pase.
ZOE – Tengo miedo.
BÁRBARA – Yo también, cariño. Todos lo tenemos, y eso es normal.
Pero hemos que aprender a ser más fuertes que ese miedo, tenemos que
aprender a estar por encima de todos los que quieren hacernos daño.
Solo así conseguiremos vencerles.
	Zoe miró un momento al suelo, y volvió a mirar a Bárbara.
ZOE – Vale. 
	En la cara de Bárbara se dibujó una amplia sonrisa, que contagió
a Zoe, haciendo que su habitual cara de espanto pareciese más
natural.
BÁRBARA – ¡Estupendo! Ya verás como no te arrepientes. Ahora
tenemos trabajo que hacer, antes de que se nos haga tarde. Tenemos
que coger comida y bebida, y una mochila donde meterlo todo.
Acompáñame, venga.
	Zoe, algo más animada por tener de nuevo algo en lo que ocupar la
mente, acompañó a Bárbara. Cogieron una gran mochila negra de
montañero, y comenzaron a meter toda la comida en conserva que
consideraron necesaria, siempre que estuviera al gusto de las dos.
Cuando llevaban media mochila, agarraron unas cuantas botellas de
agua y acabaron de llenarla. Una vez acabaron, y después de meter un
par de linternas con sus pilas, un par de mecheros, velas y un
pequeño botiquín improvisado, Bárbara trató de levantar la
mochila, pero no pudo. Se habían pasado de peso, y tuvieron que
vaciar la mitad, con lo cual perdieron la mitad de las provisiones.
	Bárbara volvió a levantar la mochila, y ésta vez pudo con ella.
Pesaba todavía bastante, pero podría llevarla, aunque no le
permitiría correr. Tan solo quedaba una última cosa que hacer. Con
la mochila a la espalda, y seguida de cerca por Zoe, se dirigió a la
zona de equipamiento deportivo y echó un vistazo al material.
Necesitaría un arma para defenderse si fuera necesario. Un arma
blanca le parecía demasiado violenta, además de que ella misma
podría hacerse daño, de modo que acabó escogiendo lo que en ese
momento le pareció lo más adecuado; un bate de béisbol.
BÁRBARA – Ahora ya estamos preparadas para salir. Tendremos comida
al menos para cuatro o cinco días, si la racionamos bien, y con las
linternas no estaremos a oscuras por la noche. Creo que ya está
todo… ¿Que te parece, nos vamos?
	Zoe levantó los hombros, y eso fue suficiente para Bárbara. Ambas
se dirigieron de vuelta al almacén por el que habían entrado, y
miraron le dejos la rendija del gran portón. Seguía igual, y
parecía que nadie se había acercado desde que Bárbara entrase.
Dejó la mochila en el suelo, y se dirigió a Zoe.
BÁRBARA – Voy a comprobar que no haya nadie fuera, tu quédate
aquí. ¿Entendido?
	Zoe asintió con la cabeza. Bárbara se dirigió al portón,
decidida aunque lógicamente asustada, y se arrodilló. Tragó saliva
y metió la cabeza por el agujero. Miró a un lado y al otro. Todo
estaba igual que recordaba haberlo visto una escasa hora antes. No
había nadie por los alrededores, y la bicicleta de Zoe seguía en el
mismo sitio. Pero ahora todo era diferente, ella misma era diferente.
Ahora veía las cosas con otros ojos, ahora el escenario de su vida
era otro, aunque mantuviese la misma escena.
	Se metió de nuevo e hizo un gesto con la mano para que Zoe se
acercase. Bárbara pasó primera, y Zoe empujó la mochila y el bate
afuera. Luego salió ella y Bárbara se puso la mochila a la espalda.
Zoe caminó hacia la bicicleta y Bárbara temió que quisiera
utilizarla para el camino, pero la niña se limitó a coger la cinta
violeta del manillar, y se la anudó a la muñeca, ayudándose de los
dientes, antes de volver con Bárbara. Desde que cayese con la
bicicleta el día anterior le había cogido miedo, y ahora prefería
ir a pie, cosa que Bárbara agradeció.
ZOE – ¿Vamos?
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Al otro lado de la vida - 1x36 - En el supermercado
29 de septiembre de 2008

Continuaron así un minuto largo, simplemente haciéndose compañía
la una a la otra, notándose de nuevo acompañadas después de un
largo período de soledad, notando que todavía había algo por lo
que seguir luchando. Poco a poco Zoe se fue calmando, dejando atrás
el llanto que le había provocado Bárbara. Ésta acabó separándose
de la pequeña niña que acababa de conocer, y la miró a los ojos,
rojizos, mientras ella emitía los últimos sollozos. De repente le
pareció que la conocía desde mucho tiempo antes, como si no fuera
la primera vez que la veía; no tardó mucho en darse cuenta a que
era debida esa sensación.
BÁRBARA – Antes… Antes de todo esto, yo era profesora de un
colegio. Daba clase a niños de tu edad... Pero no quiero aburrirte
contándote mi vida, ahora. Dime, ¿Cómo te hiciste eso?
	Bárbara apuntó con el dedo la rodilla de Zoe, y ésta se la miró.
Ya se le había olvidado por completo.
ZOE – Me caí de la bici.
BÁRBARA – ¿Me acompañas y que te lo cure bien y te lo vende?
	Zoe asintió con la cabeza lentamente y Bárbara se dirigió hacia
la zona del supermercado donde sabía que había el material
necesario para limpiarle la herida y colocarle una pequeña venda.
Zoe la siguió de cerca. Le gustó sentirse de nuevo útil para
alguien más que para si misma, y lo que ahora hacía le recordaba
mucho a su vida real, la de antes del holocausto. Ahora mismo se
sentía como un día cualquiera de trabajo, a la hora del recreo,
curando a un niño que se había hecho daño jugando en el patio del
colegio. Llegaron a su destino y Bárbara le pidió a su nueva amiga
que se sentara y comenzó a buscar el material que necesitaba y a
curarle la herida, mientras Zoe la observaba en silencio.
BÁRBARA – No es más que un rasguño, esto te lo curo yo en un
santiamén… Pues te he encontrado de pura casualidad, porque yo no
soy de aquí, de Sheol, pero vine aquí hace unos días y… Que te
voy a contar que tú no sepas ya, a la altura que estamos de la
película. No te ha mordido ni te ha arañado ninguno de esos hombres
malos, ¿Verdad?
	Zoe negó con la cabeza.
BÁRBARA – Así me gusta. No tienes que dejar que se te acerque
ninguno, jamás, aunque sea alguien que conozcas de antes y te
pienses que no te va a hacer daño. Cualquiera que veas que tenga los
ojos rojos, es alguien que busca hacerte daño. ¿Entendido?
	Zoe seguía mirándola, limitándose a escucharla, sin intervenir
para nada. 
BÁRBARA – Bueno, creo que esto ya está. Te he puesto una venda
pero tal como lo tienes casi no haría ni falta. Mañana mismo te la
puedes quitar.
ZOE – Gracias.
BÁRBARA – Ahora… Creo que deberíamos irnos de aquí.
ZOE – No. Yo no quiero irme.
BÁRBARA – Por mucho que pueda parecerlo, este no es un lugar
seguro. Estamos en medio de la ciudad, y aquí es donde más gente
hay, porque están todos los pisos, y es donde más gente vivía
antes de... Yo misma acabo de despistar a unos cuantos antes de venir
aquí. Había por lo menos… una docena. Si nos quedamos aquí dentro
seguramente no podrán entrar, parece un sitio bastante seguro y si
tapamos el portón por donde hemos entrado no creo que pueda entrar
ninguno. Pero nos acabarán viendo a través de las rejas porque esto
está todo al descubierto y se agolparán ahí detrás, y el ruido
atraerá a más y más gente y luego no tendremos por donde salir.
¿Me entiendes?
	Zoe la miraba ahora con el ceño fruncido, no le gustaba lo que
estaba oyendo. Por su parte, la propia Bárbara no estaba muy segura
de que lo que decía tuviera mucho sentido, mas cuando la alternativa
era salir a la calle y exponerse a que se las comiera cualquiera que
pasara por ahí. Pero sabía que tenía razón, no podían quedarse
ahí eternamente, y mientras más pospusieran la partida, peor
sería.
BÁRBARA – El problema es quedarse en un mismo sitio mucho tiempo,
porque antes o después acaban encontrándote. Creo que nos huelen.
Así que creo que lo mejor será que nos vayamos ahora, aprovechando
que es de día. De día están más atontados y la mayoría están
durmiendo en lugares a la sombra. Si fuera de noche te diría de
quedarnos, pero ahora que es por la mañana…
ZOE – ¿Y a donde vamos a ir?
	Bárbara se quedó un momento pensando. Desde que despertase en
aquel ataúd, todo cuanto le había preocupado era que no se la
comieran ese mismo día, pues ya no quedaba nada por lo que seguir
adelante. Si seguía viviendo era porque su instinto de supervivencia
le arrastraba a continuar luchando cuando ya todo parecía perdido.
Pero ahora, al encontrarse con Zoe, sus prioridades habían cambiado
por completo. Ahora veía el futuro con otros ojos, y comenzaba a
planear un destino deseable para ambas, un destino en el que esa
joven chiquilla no tuviera que seguir recibiendo más reveses del
destino.
BÁRBARA – En el otro extremo de la ciudad comienza un bosque
enorme, con algunos pueblos pequeños. Si conseguimos llegar al otro
lado, nos podemos refugiar en alguno de esos pueblos y como ahí no
vivía casi nadie, no creo que tengamos muchos problemas. Con algo de
suerte hasta encontraremos a alguien ahí que nos eche una mano…
Podríamos ir por las vías del tren elevado. Hay una parada no muy
lejos de aquí. Si llegamos y subimos al andén, podemos cruzar la
ciudad de una punta a la otra sin pisar la calle, y aunque nos
encontremos con alguno, no podrá cogernos porque no estaremos a su
alcance.
	Zoe seguía mirándola con bastante recelo, la idea de salir de ahí
le seguía resultando muy poco apetecible. Bárbara, a medida que
hablaba, se iba convenciendo más de que su idea podría resultar
exitosa, y poco a poco consiguió contagiar a Zoe de su optimismo,
pues el objetivo final del plan resultaba bastante deseable para
ambas.
BÁRBARA – Hagamos una cosa, ¿Qué te parece si desayunamos algo?
Yo estoy hambrienta, y aquí es todo gratis ¿No? Luego seguimos
hablando y me dices que te parece la idea.
	Zoe asintió con la cabeza, y las dos se fueron a la zona donde
guardaban el chocolate y las galletas, a darse un buen atracón.

puntos 44 | votos: 50
 Ves a esa mujer de ahí, ¿Randy?  - - sí, la veo Earl
- te lleva mirando mucho rato
-oh,oh, ¿en serio? ¿ crees que algún día me hablará?
-No lo sé Randy, no lo sé

tú también lo has leído con sus voces...
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida - 1x35 - En el supermercado
29 de septiembre de 2008

Zoe estaba sentada en el césped, junto a un gran roble que filtraba
entre sus hojas la luz del sol de esa apacible tarde de verano. Las
briznas de hierba le hacían cosquillas en la palma de las manos
mientras la suave brisa mecía su melena escarlata. Una extensa
llanura verde se extendía hasta donde le alcanzaba la visa,
salpicada de vez en cuando por algún árbol despistado. A lo lejos
se podía ver una familia de caballos trotando alegremente en
dirección al horizonte. Una figura se acercaba en la distancia, con
paso ligero hacia ella. Se levantó y la miró con una amplia sonrisa
en la boca, antes de correr hacia ella. A medida que se acercaban, la
sensación de satisfacción se iba haciendo más acusada, y cuando
estaba a punto de encontrarse con su madre, despertó.
ZOE – ¿Mamá?
	Al abrir los ojos vio a una extraña mujer erguida frente a ella,
mirándola con una expresión vacía en el rostro. Una mujer que la
estudiaba con la mirada, que trataba de leer a través de sus ojos
verdes. En un principio estaba desubicada y aún adormilada, pero
enseguida recordó donde se encontraba y como había llegado hasta
ahí. De nuevo sobrevino el pánico. Trató de levantarse
trastabillando con las cajas de cartón y las latas que había
dispersas por el suelo, asustada, segura de que no tendría tiempo de
huir y esa abominable mujer acabaría matándola. Pero para su
sorpresa, la que ella confundiese con uno de los infectados, le
habló.
BÁRBARA – Tranquila, no…
ZOE – No me hagas daño, por favor.
BÁRBARA – Nadie va a hacerte daño, estamos solas.
Bárbara se acercó a Zoe, y le ofreció su mano para que la niña se
levantase. Zoe la miró, todavía algo asustada, con el ceño fruncido
y muy recelosa. Pero finalmente extendió su mano, y Bárbara le
ayudó a incorporarse. Zoe se levantó, sin apartar la vista de
Bárbara y se quedó ahí, quieta, callada, agarrándose el codo con
una mano y con la cabeza gacha. Bárbara había previsto que se
podía encontrar con la chica que creyera ver al salir del
cementerio, pero ahora estaba superada por los acontecimientos y no
sabía que era lo que debía hacer. Finalmente tomó la iniciativa.
BÁRBARA – Dime... ¿Cómo te llamas?
ZOE – Zoe.
	Al oírla hablar de nuevo, a Bárbara se le erizó el vello de los
brazos. No comprendía como una persona de tan corta edad había
conseguido sobrevivir sola, y eso le ofrecía una extraña mezcla de
curiosidad y admiración. Se la veía tan pequeña, tan frágil y tan
inocente, que ahora más que nunca sintió que todo lo que estaba
ocurriendo en el mundo era una tremenda injusticia, un castigo
desproporcionado para la raza humana. Zoe seguía desconfiada,
incómoda, y dio un paso atrás.
BÁRBARA – No tienes nada que temer, solo quiero ayudarte.
	Zoe la miró, temblándole la mandíbula.
BÁRBARA – Yo me llamo Bárbara.
	Le ofreció la mano. Zoe la miró, le volvió a mirar a los ojos, y
acto seguido la acercó lentamente y se la estrechó sin fuerza.
Bárbara la agitó amistosamente, mientras trataba de sostener una
sonrisa forzada en la boca.
BÁRBARA – Dime una cosa, la bicicleta que hay ahí fuera es tuya,
¿No es cierto?
	Zoe asintió lentamente con la cabeza.
BÁRBARA – Me lo temía… ¿Has venido sola?
	Solo el silencio le respondió.
BÁRBARA – Debes de ser una chica muy fuerte, tal y como está el
patio ahí fuera… Veo que no eres muy habladora…
	Zoe seguía callada. Se limitaba a mirarla, sin mover un músculo.
Bárbara miró a su alrededor y continuó su monólogo.
BÁRBARA – Veo que has escogido un buen sitio donde pasar la noche.
Aquí hay de todo… ¿Sabes? Yo he ido a parar aquí porque te vi
ayer por la calle con la bicicleta, y al verla de nuevo junto al
portón del supermercado, pensé que estarías dentro... y acerté.
Creo que es cosa del destino. Que nos hayamos encontrado, digo.
	Por mucho que se esforzaba, no conseguía sacarle una palabra.
BÁRBARA – Yo hasta ahora también estaba sola. De la manera que
están las cosas hasta tendríamos que dar gracias de eso. De todos
modos, creo que es una suerte que nos hayamos encontrado ¿No crees?
Así no hará falta que sigamos estando solas… ¿No te parece?
	Zoe seguía mirándola, cada vez se sentía más incómoda.
BÁRBARA – Entiendo que me tengas miedo, yo misma pensé que tu…
Bueno… Pero… te prometo que lo único que quiero es ayudarte. Las
dos estamos solas, no se me ocurre mejor idea que juntarnos y tratar
de continuar nuestro camino juntas. ¿Qué me dices, te apetece venir
conmigo?
	Zoe subió los hombros, respondiendo sin decir nada. Bárbara ya no
sabía que hacer.
 BÁRBARA – A ver… Dime una cosa… ¿Dónde están tus padres?
Si sabes donde están te puedo llevar con ellos.
	Zoe no pudo aguantar más y comenzó a sollozar. Pronto sobrevino el
llanto. No es que antes lo hubiera superado, pero tener que asumir la
muerte de sus padres ante una tercera persona, le dio la impresión
que lo convertía en algo más real. Bárbara comprendió que había
hablado más de la cuenta, y le supo mal. Se sintió estúpida,
porque tenía que haberlo previsto. ¿Por qué si no estaría ella
sola ahí, si no es que había perdido a todos los suyos? Al ver
llorar de esa manera a Zoe, supo que no podría dejarla sola jamás,
que a partir de ahora se haría responsable de ella, pues visto lo
visto, era todo cuanto tenía en la vida, y eso que se acababan de
conocer.
BÁRBARA – Per… Perdona. Tranquila, pequeña. Ahora ya no tienes
nada que temer, no permitiré que te pase nada. Todo saldrá bien.
	Bárbara se acercó a la niña, se arrodilló frente a ella y la
abrazó, al tiempo que a ella misma se le humedecían los ojos. Zoe
no tardó en devolverle el abrazo. Aunque era una extraña y
desconocía cuales podía ser sus intenciones, se sintió
comprendida, segura y tranquila. Tener de nuevo un adulto en el que
confiar, una persona que cuidase de ella, le hizo sentir de nuevo
alguien especial.
puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida - 1x34 - Afueras de Sheol
28 de septiembre de 2008

Pasó de largo el cementerio y las calles que lo precedían,
pedaleando a una velocidad moderada, teniendo ahora más miedo de
volver a caerse que de encontrarse con algún indeseado más por el
camino. La densidad de la niebla que todo lo cubría no ayudó en
absoluto a calmarla, y cuando finalmente llegó al supermercado, la
mandíbula inferior le temblaba de miedo, al igual que lo hubiera
hecho de frío el peor día de invierno. Ahora lo que tenía era
prisa por refugiarse de nuevo en un lugar cerrado, un lugar que al
igual que lo hiciese su casa, le confiriese cierta seguridad.
	Al llegar a la que fuera la puerta de entrada, se le vino el alma al
suelo. Debería haberlo pensado, pues era evidente, pero su cabeza se
negó a asumir esa posibilidad tan totunda, porque era mayor la
necesidad que tenía de alcanzar su meta. Los portones automáticos
de cristal de la entrada estaban hechos añicos, lo que demostraba
que la tienda había sido saqueada. Sin embargo, una enorme reja
metálica impedía el paso a todo cuanto fuese mayor en tamaño que
un gato. Sentada como estaba en la bicicleta, los pies apoyados en el
suelo, comenzó a respirar más rápidamente, notando como una oleada
de miedo le fluía por las venas.
	Se levantó de la bici, y miró a su alrededor, tanto como la niebla
se lo permitía. Parecía no haber nadie cerca, cosa que era muy de
agradecer. Zoe comenzó a caminar junto al escaparate de la tienda,
con la bicicleta agarrada por el manillar. Desde ahí podía ver
parte del género que había podido sobrevivir al saqueo. Había
prácticamente de todo lo que hubiese podido desear, pese a que se
habían llevado prácticamente todas las existencias. Pero todo
estaba enrejado a conciencia, no dejando ni el más mínimo resquicio
para colarse, lo que también era una garantía para estar más
segura, si finalmente conseguía entrar.
	Rodeando la fachada de ese gran edificio, acabó llegando a la parte
trasera, donde se erguía el gran portón, igualmente cerrado, por
donde entraban los suministros al supermercado. Algo le hizo
acercarse, hasta llegar a la puerta que había junto al portón.
Dejó la bicicleta apoyada en la fachada y respiró hondo. Al tratar
de girar el pomo de la puerta, se dio cuenta de que estaba cerrado
con llave. Estaba a punto de dar media vuelta y buscar otro lugar
donde pasar la noche, puesto que la tarde expiraba a marchas
forzadas, cuando vio que la parte inferior del portón estaba algo
levantada. Al parecer se había trabado antes de encajarse, lo cual
le vino como anillo al dedo.
	Ella cabría de sobras, pero la bici tendría que pasar la noche
fuera, aunque eso no le importaba ya lo más mínimo, no después de
haber recibido esa nueva bocanada de aire fresco. Sus esperanzas, que
hasta segundos antes estaban hechas pedazos, parecían recomponerse.
Dejó la bici donde estaba, y sin mirar siquiera atrás se apresuró
a colarse por la rendija del portón, alejándose al fin de esa
atmósfera de falsa tranquilidad y visiones borrosas. Al levantarse
de nuevo y mientras se afanaba por quitar la suciedad del suelo de su
ya ajado vestido, vio que se encontraba en el almacén.
	Aunque lo más probable era que el dueño del supermercado hubiera
pasado ya a mejor vida o anduviese muy lejos en esos momentos, eso no
le quitó para sentirse ajena ahí dentro. Esa era una zona privada
donde la gente de a pie como ella no debía estar, de modo que se
dirigió a la puerta corrediza que llevaba al interior del
supermercado. Pese a que no disponía de luz artificial alguna, todo
el edificio estaba muy bien abastecido de iluminación por grandes
claraboyas en la cubierta, que le permitirían ver por donde andaba
mientras quedase luz solar de la que aprovecharse.
	Al cruzar el umbral de la puerta, creyó entrar en el paraíso. Ni
el mal olor de los congelados que habían perecido ante la falta de
refrigeración pudo empañar su sensación de bienestar. Por primera
vez desde que había comenzado el éxodo, se sintió en cierto modo
satisfecha. No obstante, el recuerdo de sus padres ya muertos, el de
sus abuelos y el de prácticamente toda la gente que conocía, si no
es que habían conseguido escapar del país, seguía atormentándola
a cada nuevo minuto. Pero se esforzó por concentrarse en hacer lo
que había venido a hacer.
	Las próximas horas las pasó danzando de un lado al otro del
supermercado, después de un concienzudo y afortunadamente
infructuoso barrido en busca de hostilidad. Lo primero que hizo fue
beberse medio litro de té helado, que ahora era más bien té a
secas. Al notar el líquido corriendo de nuevo por su garganta,
sintió un placer indecible, tras tanto tiempo con la boca seca.
Después de saciar su sed, se dirigió a la zona donde siempre
acababa arrastrando a su madre cuando venían, y con ese dulce
recuerdo en la cabeza, se sentó en el suelo rodeada de cientos de
golosinas, e hizo la cena más a su gusto que se le podía haber
ocurrido; ositos de goma, nubes, bolitas de chocolate, ganchitos...
todo cuanto hubiera podido desear una niña de su edad, y además
gratis.
	Después de un empacho de golosinas, siguió caminando de un lugar a
otro del supermercado, abriendo alguna bolsa o lata y picando algo al
azar, como si se encontrase en un gran buffet libre en liquidación.
Poco a poco la luz fue desapareciendo, y el lugar volviéndose cada
vez más sombrío. En el pasillo en el que se encontraba había unos
cartones tirados en el suelo, que parecían indicarle que ahí es
donde debía pasar la noche. Se sentó sobre los cartones,
sintiéndose extraña, como una vagabunda, y se tumbó de espaldas al
suelo, contemplando los últimos rayos de sol que se filtraban por las
claraboyas. Poco más tarde, el agotamiento de un día tan ajetreado
acabó haciéndole mella y se durmió.
puntos 10 | votos: 10
Al otro lado de la vida - 1x33 - Sobre un árbol, junto al cementerio de Sheol
28 de septiembre de 2008

Sentada como estaba en una gruesa rama, tuvo ocasión de comprobar el
daño que se había hecho. Si de algo disponía ahora, era de tiempo.
Los brazos, ambos, no tenían más que unos leves rasguños donde se
había levantado un poco la piel, pero no sangraban y apenas dolían;
era la rodilla la que se había llevado la peor parte. Al ver la
sangre fue cuando empezó a dolerle, pues fue entonces cuando se dio
cuenta del daño que se había hecho. No era más que una
magulladura, como la de los brazos, pero ésta sangraba bastante, y
ella siempre había sido muy miedica con las heridas. Comenzó a
llorar.
	Aquel engendro salido del averno seguía exigiendo su parte del
banquete, aullando y gruñendo ahí abajo, arañando inútilmente el
tronco del árbol que si nada cambiaba, acabaría siendo el ataúd de
Zoe. La niña se llevó una mano a la rodilla, viendo como su pálida
piel se teñía de rojo al brotar una gota de sangre de la herida. La
gota se deslizó por su pierna, hasta acabar desprendiéndose de ella
y caer al vacío, sorteando varias ramas, hasta caer sobre la mejilla
del resucitado. Éste cesó por un momento de gritar, acercó los
dedos de una mano a la mejilla, llevándose la sangre con ellos, los
observó un momento frente a sus ojos, y luego se chupó la mano,
saboreando ese dulce néctar. Zoe hizo un gesto de asco al verle
hacer eso.
	La chica se quitó una de las bambas, que colocó con sumo cuidado
en su regazo, pendiente de que no se cayera, y acto seguido se quitó
el calcetín. Sin dejar de mirar a quien le había obligado a subir
ahí arriba, estiró el calcetín tanto como pudo, se arremangó un
poco la falda del vestido, y lo ató a modo de venda en su rodilla,
soltando una exclamación de dolor al notar la tela contra la herida.
Ahora al menos no la veía, y así parecía que dolía menos. Además
dejaría de sangrar, o al menos esa sangre no serviría de aperitivo
a la bestia.
	Se acomodó tanto como pudo, a horcajadas sobre la más gruesa de
las ramas, y apoyada la espalda contra el robusto tronco, y se quedó
ahí, quieta y callada, mirando a su alrededor. El panorama, a pesar
de la desafortunada compañía, era bastante agradable, rodeada como
estaba de árboles en esa tranquila tarde de otoño. Pasaron varias
horas, en las que Zoe tuvo ocasión de tranquilizarse y hasta de
tomarse a broma la situación. Comenzó a hablar con ese hombre,
insultándole e incluso imitándole, con lo que él se callaba por
momentos, mirándola extrañado, para luego continuar con su habitual
retahíla de berridos. 
	Con el paso del tiempo, el cielo se fue encapotando, hasta el punto
de ocultarse por completo la bóveda celeste y el propio sol, y la
temperatura bajó considerablemente. A la llegada de la cuarta hora
de reclusión aérea ya había empezado a formarse una ligera capa de
niebla, que se fue volviendo más densa a medida que pasaba el tiempo.
La apacible estampa de una tarde de otoño pronto se le asemejó más
a la escena macabra de una de esas películas de miedo en la escena
que transcurría en el cementerio, en una noche sumida en la niebla
de la que podía surgir cualquier monstruo a su acecho, como era su
caso.
	No fue hasta bien entrada la tarde, cuando ocurrió algo que la hizo
abandonar el estado soporífero en el que se había sumido las
últimas horas. Al principio no fue más que un leve ruido de fondo,
que parecía provenir más de su cabeza que del mundo real. Poco a
poco el ruido se fue haciendo cada vez más evidente, e incluso su
enemigo se quedó quieto por unos momentos para comprobar si había
oído bien. No le hizo falta esperar mucho para comprobar que así
era. De entre la niebla apareció un perro, un pastor alemán adulto,
que comenzó a ladrar a ese hombre, para sorpresa de Zoe.
	El resucitado se giró hacia el perro, perdiendo en un instante la
atención de aquello que le había ocupado toda la tarde. Ahora
habían cambiado sus prioridades, pues tenía otra presa de la que
alimentarse, una que estaba a su entero alcance. El perro ladró otra
vez, y acto seguido, ambos comenzaron a gruñirse el uno al otro,
mostrándose los dientes, como tratando de demostrar cual era más
fuerte de los dos. No tardaron mucho en enzarzarse en una pelea, que
a Zoe le pareció poco menos que surrealista. Un perro peleándose
con un hombre hecho y derecho. Se quedó mirándoles desde su fuerte,
preguntándose cual sería el desenlace de tan particular trifulca.
	Ahora el perro mordía al hombre, ahora el hombre al perro. Ambos
gruñían y llegó un momento que Zoe no supo distinguir a quien
pertenecían los ladridos que oía. En pocos segundos ese hombre
consiguió darle la vuelta a la tortilla. El perro salió corriendo,
seguido de cerca por él. Pero no llegó muy lejos, ese hombre se
tiró en plancha, lo agarró de las patas traseras, y le dio un
mordisco fatal en el cuello, que tras el último ladrido agónico,
acabó para siempre con la vida del can. Zoe vio como ese hombre
desgarraba la carne del perro y se la tragaba apenas sin masticarla,
y sintió una enorme repugnancia.
	Una vez más notó como si las fuerzas de la naturaleza se aliasen
con ella para ayudarla a escapar. Antes había sido aquel cuervo, y
ahora parecía que el pastor alemán había ofrecido su vida para
darle una nueva oportunidad de sobrevivir. No se lo pensó dos veces,
y se armó de valor. Aprovechando que su amigo estaba de espaldas y
bien entretenido comiendo, bajó del árbol tan rápido como pudo, ya
habiendo olvidado por completo la herida de su rodilla, y una vez
abajo, caminó sigilosamente hacia la bicicleta, se subió a ella y
emprendió de nuevo su camino envuelta de una densa capa de niebla
por todos lados. Al hacerlo pasó frente a la entrada del cementerio,
de donde salió una mujer que la miró con incredulidad, antes de
disiparse en la bruma.
puntos 5 | votos: 5
Porque - las adolescentes tenemos tan mala
fama?? >.

puntos 1 | votos: 11
Al otro lado de la vida - 1x32 - Comienzo de la avenida Astoria
28 de septiembre de 2008

Al llegar a la calle y verla vacía, empezó a sentirse viva, a notar
de nuevo que ella era en realidad una niña, y no la diana de una
mente enfermiza que se regocijaba viéndola sufrir indecibles
dolores. Desde que se la comprasen por su cumpleaños meses atrás,
siempre había buscado cualquier excusa para salir a la calle a dar
una vuelta. Le encantaba ir en bici, pese a que no hacía mucho que
había aprendido y todavía no la controlaba del todo. Siguió por la
calle que le llevaría a las afueras del pueblo, lejos de la enorme
zona residencial donde vivía. Conducía en dirección al
supermercado al que tantas veces había ido acompañando a su madre a
comprar.
	No se olvidaba que las calles eran altamente inseguras, y que de un
momento a otro podría aparecer algún resucitado, pero todo parecía
estar tan tranquilo que se confió. Pedaleaba con tranquilidad,
mirando a un lado y a otro, cada vez menos preocupada por lo que
pudiera encontrarse, obligándose a mantener la mente en blanco,
imaginándose que ese era uno de los muchos paseos en bici que había
hecho por el vecindario ese verano, que de un momento a otro se
encontraría con Maribel o con Josete y se pondrían a jugar a la
sombra de un árbol, dejando pasar las horas riendo sin parar.
	Al abandonar la zona residencial de la ciudad y llegar a las
afueras, el panorama varió considerablemente, devolviéndola a la
realidad. La total dejadez de todo cuanto requiriese mantenimiento le
advirtió que debía estar alerta; contenedores volcados, coches con
los cristales rotos, uno de ellos estrellado contra una farola que
parecía pender de un hilo, e incluso un par de cuerpos medio
devorados. Se sintió de nuevo en una pesadilla, y comenzó a sentir
miedo, a sentirse nuevamente frágil y desprotegida. Poco a poco se
fue convenciendo de que abandonar su casa había sido una muy mala
idea, una locura, la mayor estupidez que jamás hubiera podido idear
su joven intelecto. Ni la enorme sed que todavía sentía le quitó
esa sensación del cuerpo. No obstante, continuó adelante, sin dar
media vuelta, puesto que ya no había a donde volver.
	Se encontró pedaleando lentamente, observando todo a su alrededor,
cada vez más asustada, pendiente de cualquier movimiento para salir
a toda velocidad de ahí. Al pasar junto a uno de los cuerpos que
yacían tendidos en la calzada, se quedó un momento mirándolo,
tratando absurdamente de reconocerle, apiadándose de su pobre alma.
Entonces vio como el que ella había confundido con un hombre muerto,
despertaba, y clavaba sus ojos escarlata en ella. Zoe casi perdió el
equilibrio con el susto, y de hecho dio un par de tumbos que de poco
le hacen caer al suelo.
	Quiso concentrarse en la conducción de su bicicleta, pero no podía
parar de mirar atrás, viendo como ese hombre se levantaba con una
facilidad y una velocidad asombrosas, como no dejaba de mirarla, y
como emprendía la carrera en su búsqueda. La carretera discurría
entre la última hilera de bloques de pisos, y un cinturón verde que
precedía al enorme recinto del cementerio. El lugar no le agradaba en
absoluto, pero era el camino más corto para llegar a su destino. Zoe
se esforzó tanto como pudo en huir, pero ese desgraciado le iba
ganando terreno por momentos, corriendo como si la vida le dependiese
de ello. 
	Zoe había visto una noche de verano en casa de Josete y Maribel,
una vieja película en blanco y negro en la que los muertos volvían
a la vida y trataban de comerse a los vivos. Esa noche había tenido
pesadillas, y había prometido no volver a ver una película de miedo
jamás. Ahí los resucitados eran torpes, lentos y estúpidos. Muchos
habían dicho con mejor o peor tino que lo que había sobrevenido en
el mundo el último mes era algo similar a lo que sugería la mente
macabra que había ideado esas películas de serie B. Pero ahora,
viendo la manera como ese hombre corría, asemejándose a una persona
en plena forma física o a un animal depredador ávido de carne
fresca, envidió a los personajes de la película.
	En su frenético intento por eludir la muerte, forzó la máquina
más de lo que su destreza se lo permitía, y acabó perdiendo el
equilibrio. Le dolió menos el golpe en la rodilla, y el raspón en
los brazos, que el hecho de ver como ese error podía resultarle
fatal. La bicicleta fue por un lado, y ella por otro, golpeándose
las piernas y los brazos en la caída. Pero ahora el dolor era lo de
menos, pese a que había gritado y habían comenzado a brotarle
enormes lagrimones de los ojos. Sabía que el tiempo, ahora más que
nunca, era oro, de modo que se levantó tan rápido como pudo, y
miró a su alrededor. 
	La bicicleta estaba tras ella, y para alcanzarla, debía correr en
dirección a su persecutor, cosa que no se le antojaba nada
apetecible, de modo que debía de buscar otra alternativa. Los
portales y los locales los edificios más cercanos estaban todos
cerrados a cal y canto, y parecía no haber ningún lugar en el que
resguardarse, de modo que corrió hacia la pequeña zona de bosque
que había a su izquierda. Ese ser comenzaba a babear y a gritar en
su extraña jerga, al ver cada vez más cerca su desayuno, y Zoe le
acompañó, gritando a su vez, pidiéndole clemencia, exigiéndole
vanamente que la dejase en paz.	Se vio inmersa en una zona boscosa, a
escasos metros de la alta valla del cementerio, y entonces dio con la
solución. Corrió con todas sus fuerzas hacia el árbol más alto, y
se tiró a su tronco de un salto. Su gran habilidad para escalar, las
bambas que había escogido para la salida y la seguridad de que si no
lo hacía bien no lo contaría, contribuyeron en gran medida en
ayudarla a subir. En cuanto alcanzó la rama más baja, el resto fue
pan comido. Fue escalando de rama en rama, al igual que lo hubiese
hecho el más experto de los chimpancés, y para cuando quiso darse
cuenta, se encontraba en la copa del árbol. Quien la perseguía
había llegado al mismo lugar que ella, pero él no sabía escalar,
aunque lo intentaba. Zoe se sintió enormemente satisfecha por un
momento, hasta que se dio cuenta de que no podría bajar. Estaba
acorralada.
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Me encuentro eso en mi casa - Y la bombardeo entera
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida - 1x31 - Jardín de la residencia de la familia Peña
28 de septiembre de 2008

Los ojos de Zoe comenzaron a humedecerse rápidamente, una lágrima
brotó de ellos y la niña se apresuró a limpiarla con la muñeca.
No se podía permitir flaquear. Ahora era el momento de ser fuerte, y
no debía dejarse llevar por las emociones. Así lo había hecho su
padre y el resultado le servía de ejemplo para no cometer el mismo
error. No quería volver a entrar en la casa, quería alejarse de
ahí cuanto antes. La niña miró a un lado y a otro
alternativamente, ahora asustada por haber podido atraer a alguien
mientas espantaba a esa alimaña. Respiró hondo, y tras un último
vistazo en el que no vio señal alguna de hostilidad, caminó hacia
el cobertizo donde le esperaba su bicicleta.
	Andaba lentamente por el descuidado jardín, obligándose a no
volver la mirada, concentrada en lo que debía hacer. No obstante esa
imagen seguía grabada en su retina, y cada vez le costaba más
refrenar los accesos de llanto. El miedo se volvió a apoderar de
ella, y tendió al infinito cuando a un par de pasos de la entrada
del cobertizo, escuchó un ruido en su interior; no pudo evitar un
corto y agudo chillido. Se llevó las manos a la boca, pero ya era
tarde. Quedó congelada en el sitio, a medio camino de ninguna parte,
viendo que estaba demasiado lejos de la puerta de entrada a la casa si
algún indeseable decidía salir del cobertizo en ese momento.
Entonces hizo lo primero que se le ocurrió.
	Paola salió del cobertizo en el que se había resguardado del sol
de la tarde, alertada por el ruido de fuera, el mismo ruido que un
minuto antes le había despertado de su siesta. Anduvo con
tranquilidad, arrastrando ligeramente un pie, hasta que se encontró
de nuevo en el jardín. No había más que un par de cuerpos ahí
tirados, nada se movía, luego no tendría ocasión de cazar hoy
tampoco. Eso la desanimó, aunque no tenía hambre. Caminó hacia el
más pequeño de los dos cuerpos y comenzó a olisquear el aire, pues
creía haber notado un olor familiar.
	Antes de que tuviera tiempo de discernir nada, un ruido le hizo
girarse velozmente, perdiendo de ese modo toda la atención en lo que
estaba haciendo, para suerte de su joven hija. Se trataba de un
graznido, que enseguida vino acompañado por otro y uno más. Ahora
todos los cuervos habían posado en ella su mirada. Se alejó de Zoe
caminando en dirección a los pájaros, molesta por el jaleo que
estaban armando. Cuando no llevaba ni media docena de pasos, uno de
los cuervos se dejó caer del cable y planeó hacia la puerta de la
casa, adentrándose en ella como si nada. Paola se dejó llevar y
caminó a paso ligero hacia el ave, que ahora revoloteaba por el
salón.
	Zoe había mantenido los ojos fuertemente cerrados hasta ese
momento, escuchando cada vez más cerca los pasos de su madre, los
pasos de quien seguramente hubiera acabado con ella de no haberse
distraído. Los abrió justo a tiempo de ver a Paola entrando de
nuevo en casa. No sabía como había podido aguantar tal presión sin
derrumbarse y gritar o tratar de salir corriendo. Tampoco sabía de
dónde había surgido la idea de hacerse la muerta, pero era evidente
que le había salvado la vida. Aunque en cierto modo había sido ese
maldito cuervo el que lo había hecho. Pero ahora no había tiempo
para pensar en eso. Se le había puesto en bandeja una nueva
oportunidad, y no tenía intención alguna de dejarla escapar.
	Se levantó del suelo, observada en todo momento por aquella
extraña bandada de cuervos, y caminó rápidamente hacia la puerta
de la casa. Paola se había adentrado bastante en busca del cuervo, y
ni se dio cuenta de como su hija cerraba la puerta, dejándola
encerrada. La puerta no tenía en qué asirse, pero como se abría
hacia dentro, le daría el tiempo suficiente para salir corriendo si
su madre decidía salir antes de tiempo, cosa que afortunadamente no
llegó a pasar. Una vez hecho eso, Zoe caminó a paso ligero de
vuelta al cobertizo, sabiendo que disponía del tiempo contado, con
el corazón latiéndole a mil por hora en su joven pecho.
	Al entrar le costó unos segundos amoldarse a la escasa luz de la
estancia, pero enseguida sus pupilas se dilataron y vio el regalo que
Paola le había dejado en el suelo. Se trataba de una mano; tenía
varios dedos mordisqueados, asomando en más de un punto parte del
hueso, y parecía que la habían separado de su dueño recientemente
a juzgar por el buen estado en el que se encontraba. Por un instante
le vino a la mente una vieja serie de dibujos animados, pero esa
imagen enseguida se difuminó al ver la bici. Zoe no quiso saber a
quien pertenecía ni como había llegado ahí, y paso de largo,
dirigiéndose hacia su bicicleta. Colocó el lazo violeta en el
manillar, y se subió.
	A lomos de su bici se sentía de nuevo libre y con algo de mejor
humor dentro de las posibilidades. Cuando empezó a pedalear y a
notar el viento en su cara pecosa, brotó esa agradable sensación
familiar, que luchaba por alejar de su mente todo lo malo que desde
tanto tiempo se esforzaba por atormentarla. Salió del cobertizo a
toda pastilla y pasó por el jardín como alma que lleva el diablo,
congratulada al ver como se alejaba de ese lugar que tan malos
recuerdos le traía. Sabía que no volvería a ver a su padre ni a su
madre, y ese sentimiento de congoja le acompañaría siempre. No
obstante, el alejarse de ahí enfatizaría el recuerdo de ellos en
vida, cuando eran unas personas adorables que le amaban y querían
con todas sus fuerzas. Poco a poco el recuerdo de esos seres
caníbales ávidos de carne fresca se iría diluyendo, y tan solo le
acompañaría la nostalgia y los buenos recuerdos.
puntos 16 | votos: 16
Me gustaría vivir - lejos de la civilización
sólo por poder ver cielos como éste
puntos 5 | votos: 9
esta bien ser fan de un juego - pero esto es ridiculo

puntos 19 | votos: 19
DESMOTIVA - Que nos estemos cargando el planeta tierra
puntos 5 | votos: 7
No manches.... - me metieron gol por tu culpa!
puntos 14 | votos: 14
¡¡MOTHER OF GOD!! - nivel: Peter Griffing
puntos 7 | votos: 9
La muerte es solo el principio. -
puntos 2 | votos: 2
Desmotiva y duele - CUANDO VES KOMO ESAS UNIKAS PERSONAS K AMAS TE RECHAZAN Y PASAS POR
DELANTE SUYA KOMO UN SOPLIDO DE VENTO

puntos 3 | votos: 3
Para ser choni hay que... - Enseñar cacho -  inventar palabras.
Challenge acepted.
puntos 9 | votos: 9
No hay nada peor que... - tener un amigo en un curso superior y saber que el terminará los estudios antes.
puntos 32 | votos: 34
Taylor Swift + Jack = Ke$ha -
puntos 16 | votos: 16
No sigas la moda, - se la moda
puntos 5 | votos: 9
Esa gran putada - De pedirle salir a ella/el y que te diga que tiene novio/novia

puntos 15 | votos: 23
Guardia Civil - Ojalá se pudieran denunciar a ellos mismos
puntos 13 | votos: 13
Cuales son las Probabilidades♥  - De Que en este universo tan grande : 
Le Gustes a la persona que te Gusta ? 
Son Casi Minimas , asi que si encuentras  a tu media naranja 
no la dejes ir y lucha por el/la :) ♥
puntos 30 | votos: 30
¿Hasta donde vamos a llegar, - con los fallos de las películas
puntos 4 | votos: 6
Porque - Una de ellas no necesita una talla S para ser una mujer de verdad,
 la rubia está mas buena pero es una muñeca 
la morena esta gorda ella es real
simplemente digo eso
puntos 8 | votos: 14
Al otro lado de la vida - 1x30 - Residencia de la familia Peña
28 de septiembre de 2008

Los cuatro días que precedieron a la salida definitiva de Zoe de su
casa fueron los cuatro días más largos que ella recordaba haber
pasado jamás. La casa se le hacía más pequeña a cada nuevo día,
recordándole en todo momento que sus padres habían fallecido, y que
no volverían jamás. O mucho peor, porque si volvían no traerían
buenas intenciones. Andaba de un lado para otro como un alma en pena,
ahora sentada pensando en esto o en aquello, ahora acurrucada en una
esquina llorando desconsoladamente. Todos los rincones de la casa
tenían la huella imborrable de lo que ahí había sucedido, y Zoe
deseaba con todas sus fuerzas abandonar su morada.
	Pasó la mayor parte del tiempo en el mismo desván del que tanto
ansiase salir anteriormente, pues de alguna extraña manera ahí se
sentía especialmente a salvo de todo, escondida en un micromundo que
al igual que el onírico, no permitiría que nadie le hiciese daño.
Lo que más quería era irse de ahí, dejar ese episodio de su vida
atrás, pero las calles no eran seguras. Aunque últimamente apenas
se veía nadie rondando por los alrededores, eso no era razón para
exponerse a ser perseguida por uno de esos indeseables. Sin embargo
no fueron las ganas de abandonar ese lugar que tan malos recuerdos le
traía lo que le hizo decidirse. 
	Durante las últimas semanas, desde los primeros días del mes,
cuando empezasen los primeros alborotos por la ciudad, nadie en esa
casa había salido a comprar ni alimentos ni bebida. No obstante,
desde entonces todos habían estado comiendo y bebiendo como de
costumbre, y las existencias de la casa habían llegado a un punto
crítico cuando Paola había enfermado. Adolfo tan solo se preocupaba
de su esposa, y el problema del alimento lo relegó a un segundo
plano, hasta el punto que cuando él y su esposa pasaron a mejor
vida, en la casa tan solo había una botella y media de agua, una
lata de cerveza y las últimas existencias del minibar. Incluso el
agua que habían almacenado antes de que cortasen el suministro
había expirado para entonces, y para colmo, no había llovido ni una
gota desde la tormenta del 31 de agosto.
	La comida no suponía un gran problema, pues todavía quedaba algo
que echarse a la boca, no mucho, pero lo suficiente. Lo peor había
sido la sed. El segundo día de soledad Zoe había acabado con las
existencias de agua, el tercer día se había bebido el líquido de
un par de latas de berberechos y una de berenjenas que encontró en
la cocina, medio vaso de aceite de girasol y un poco de vinagre, que
enseguida se apresuró a escupir en el fregadero. Pasó el resto del
día buscando algo que beber, pero tan solo pudo acumular un pequeño
arsenal de bebidas alcohólicas, pues eso era el único líquido no
venenoso que quedaba en casa.
	Esa noche cenó acompañada con la lata de cerveza, que de entre
todo lo que tenía para escoger, era lo que menor graduación
alcohólica tenía. Se acabó la lata tan solo notando el
desagradable sabor amargo de ese líquido calenturiento, y todo
parecía estar en regla. Incluso había decidido beberse poco a poco,
día a día, el resto de licores que quedaban, visto el buen resultado
que había dado su primera experiencia alcohólica. Fue por la noche,
cuando trataba de dormirse sobre el colchón que había subido al
desván, cuando se le subió a al cabeza el poco alcohol que había
ingerido y le sobrevino una fuerte jaqueca. No tardando mucho, acabó
echando tanto la cena como la comida y la propia cerveza, en el suelo
del desván, sintiéndose a la par enferma y estúpida.
	Esa fue una muy mala noche para ella, donde le dolió tanto la
cabeza como la barriga, impidiéndole de ese modo pegar ojo. A la
mañana siguiente amaneció algo mejor, pero rechazó terminantemente
beber ninguna más de las bebidas que había en casa, previendo el
resultado que éstas podían ejercer en su joven cuerpo. Pero no
obstante seguía teniendo sed, mucha más después de todo lo que
había arrojado al suelo del desván la noche anterior. Anduvo todo
el día de arriba para abajo rebuscando en todos lados, buscando algo
que beber, sin encontrar nada útil, y al llegar la tarde acabó por
tomar una decisión drástica.
	Sabía que era una locura, y que al primer indicio de problemas se
arrepentiría con todas sus fuerzas de haber salido, pero la
sensación de vacío en su estómago era también muy fuerte. De
todos modos, antes o después tendría que salir, pues tampoco
disponía de comida para más de tres o cuatro días, y eso si la
racionaba muy bien, de modo que la decisión parecía inevitable. Era
media tarde cuando reunió las agallas suficientes para hacerlo.
Tenía miedo de meterse en casa de un vecino, más que nada por si el
vecino estaba dentro y le apetecía comérsela, de modo que pensó en
ir al único sitio donde sabía que jamás podría pasar ni hambre ni
sed. Si cogía la bici, en menos de cinco minutos estaría ahí.
	Y ahí estaba ella, frente a la puerta nuevamente desnuda, tras
quitar de en medio no sin gran esfuerzo la estantería, ataviada con
su vestido rosa de las ocasiones especiales,  tal vez el más cómodo
para pedalear o salir corriendo en un momento dado, sosteniendo el
lazo violeta del regalo que le habían hecho los abuelos en su
último cumpleaños, y con muchas ganas de comerse el mundo. La
búsqueda frenética de algo que beber le había abstraído bastante
últimamente del mundo que la rodeaba, dándole por fortuna otra cosa
en la que ocupar la mente. Y ahora estaba hasta ilusionada por salir,
asustada pero ansiosa por dar ese gran paso. Fue al abrir la puerta,
cuando todo el pasado volvió a caer encima de ella como una losa.
	El cadáver de su padre seguía en el mismo sitio donde había sido
abatido a tiros cuatro días antes, junto a un montón de casquillos
de bala. Tenía bastante peor aspecto. Miró al exterior,
sintiéndose extrañamente superada por el espacio abierto después
de tanto tiempo de reclusión, y vio una bandada de pájaros negros
posada en el ya inútil cable de alta tensión que pasaba frente a la
casa. Parecían mirarla, juzgarla, reírse de ella. Uno de esos
pájaros se dejó caer, y con un ágil y certero vuelo, aterrizó en
el césped, a menos de un metro del cuerpo de Adolfo. Graznó
mirándola, como retándola, y se dirigió dando saltitos hacia el
cadáver de su padre.
	Subió hasta la cabeza, y como si hubiera estado esperando que Zoe
viniese para poder presenciarlo, comenzó a picotearle los ojos, a
comerse la masa blanda y viscosa de la que estaban hechos sus ya
extintos globos oculares. La niña no lo pudo soportar más y corrió
hacia el pájaro, gritando para espantarle, consiguiéndolo enseguida.
El cuervo salió volando, graznando en motivo de queja por haberle
estropeado el banquete. Zoe se quedó ahí quieta, en medio del
jardín, observando ese lamentable espectáculo. El cuervo volvió
con sus compañeros, y todos juntos se quedaron observándola desde
ahí arriba.

puntos 8 | votos: 10
Al otro lado de la vida - 1x29 - Residencia de la familia Peña
24 de septiembre de 2008

Dio media vuelta y se quedó sentada en el sucio suelo de madera,
apoyada contra la pared. Tenía la mirada perdida, y no alcanzaba a
asumir tal cantidad de malas noticias en tan poco tiempo. Había
vuelto a presenciar la muerte de su padre, pero en esta ocasión
había sido mucho más dura y cruenta que la anterior. Le habían
acribillado a sangre fría, como un animal. Al fin y al cabo, eso era
en lo que se había convertido, y no merecía otro final más digno.
No obstante, Zoe odió a esos soldados con todas sus fuerzas,
mientras trataba de aguantarse las lágrimas.
	Luchó por no derrumbarse nuevamente, y se levantó, tratando de
despejarse. Anduvo por el desván, de un lado al otro, sin rumbo
fijo, mirando de vez en cuado la trampilla que le llevaría al
pasillo del primer piso, a sabiendas de que no podría salir por
ahí. Entonces comenzó a darle vueltas a la cabeza. Tenía hambre, y
no tardaría mucho en tener sed. Si no salía de ahí en breve, la
necesidad le obligaría a bajar de todos modos y entonces su final
estaría escrito con letras rojas. Debía de pensar en algo, pues
tenía el tiempo contado. Por mucho que se devanó los sesos, no
encontró una solución, debía salir por ahí si o si, antes o
después.
	Se acercó nuevamente a la ventana y al mirar por ella, la respuesta
que había estado buscando se le mostró con total claridad. Había
prometido no volver a mirar por ahí para no ver a su padre muerto,
abatido en el suelo, pero un movimiento por la zona le llamó la
atención. Al fijarse más, vio como su madre se encontraba junto a
Adolfo, arrodillada junto a su cuerpo muerto, olisqueándole. Zoe los
miró, pero en ellos ya no veía a sus padres; algo había cambiado en
su interior. En vez de sentir compasión por ellos, una extraña
mezcla de prisa y júbilo se gestó en su interior, y ellos habían
sido los responsables.
	Con los dos fuera de casa, ahora tenía vía libre para bajar y
encerrarse ahí dentro, antes de que nadie más tuviera tiempo de
entrar. La extraña sucesión de acontecimientos había jugado en
cierto modo en su favor, al menos en lo que a la supervivencia
respectaba. Vio como su madre se levantaba de nuevo y caminaba sin
prisa hacia el portón de entrada del jardín, saliendo a la calle y
perdiéndose en ella, andando sin rumbo fijo. Ésa era la señal;
ahora había llegado el momento decisivo en el que los astros se
habían alineado para permitirle prolongar su hasta ahora corta vida
unos días más.
	Sin pensárselo dos veces, tras echar un último vistazo por la
ventana, viendo alejarse más y más a su madre por la calle, dio
media vuelta y se dirigió de nuevo a la trampilla. La levantó,
tratando de hacer el menor ruido posible, y acompañó su caída para
que el golpe no invitase a nadie a venir donde no eran bienvenidos.
Hizo bajar la escalera con delicadeza y bajó por ella, peldaño a
peldaño, oyendo tan solo su respiración, y notando los latidos de
su corazón en el pecho. Una vez abajo, pudo ver los estragos que
habían hecho sus padres mientras trataban de alcanzarla a ella ahí
arriba.
	El largo pasillo, iluminado por una ventana al fondo, parecía haber
sido arrasado por una muchedumbre enfurecida. Por el suelo podían
verse docenas de cosas desparramadas, un par de mesitas, tres
jarrones e incluso un par de cuadros descansaban hechos añicos en el
suelo. Incluso se podía aventurar a decir donde habían entrado o
donde habían pasado la noche, a juzgar por los demás destrozos que
se veían a través de las puertas entreabiertas. Pero ahora eso
carecía totalmente de importancia, ahora ella tenía una misión que
cumplir. Bastante más asustada que antes, bajó las escaleras y
llegó de nuevo a la planta baja.
	Desde ahí no pudo evitar ver la puerta abierta del baño del cuarto
de sus padres. La bañera seguía teñida de sangre, y las docenas de
pisadas rojas por todo el suelo del dormitorio le hicieron revivir la
pesadilla del día anterior. Antes de dirigirse a la entrada, se
molestó en cerrar la puerta del dormitorio, para no volverla a abrir
jamás; le traía demasiados malos recuerdos. A medida que caminaba
hacia la puerta, se iba preguntando con mayor fuerza si sería capaz
de vivir ahí sola, encerrada entre esas cuatro paredes que no
harían más que recordarle cuan desdichada era.
	Al llegar a la puerta, respiró hondo, y se dijo que no había otra
alternativa. Debía permanecer ahí dentro, por mucho que no se le
antojase lugar menos apetecible. Al menos ahí estaría segura,
segura de esos seres abominables, segura de su propia madre que
podía volver en cualquier momento. La puerta parecía en bastante
buen estado, pero el pomo había pasado a mejor vida. Empujó
suavemente la puerta, sufriendo al oír el gruñido que ésta dio al
cerrarse y llegó a encajarla. Pero eso no sería suficiente. La
puerta no tenía ya ningún punto que le permitiese seguir cerrada si
alguien la empujaba desde fuera, como ella bien sabía que acabaría
pasando antes o después.
	 Miró a un lado y a otro, y se fijó en una gran estantería llena
de libros y figuritas. Se dijo que no tenía otra alternativa, y
comenzó a tirar de ella, alejándola de la pared a cada nuevo
tirón. Su corta edad y su poca fuerza no ayudaron en absoluto, pero
acabó consiguiendo dejarla con uno de sus costados contra la pared
donde anteriormente se apoyaba por completo, haciendo, eso si, más
ruido del que hubiera querido hacer. Ahora solo quedaba darle el
golpe de gracia, y esa casa volvería a ser impenetrable. Comenzó a
empujar la estantería, desde el punto más alto que su corta
estatura le permitió, haciéndola ceder hasta que acabó
derrumbándose con un sonoro estruendo.
	Las figuritas se rompieron en mil pedazos por el suelo y los libros
se desparramaron por doquier, pero ella ya había conseguido lo que
se proponía. Ahora la puerta estaba trabada por la estantería, y si
nadie la apartaba desde dentro, resultaría imposible entrar. De nuevo
volvió a sentirse segura, que no satisfecha. Miró el destrozo que
había ocasionado, pero no sintió remordimiento alguno; a nadie
podría ya importarle. Respirando agitadamente por el esfuerzo,
anduvo hacia el sofá y se dejó caer sobre él. Lo último que vio
antes de dormirse de nuevo, fue la luz del mediodía filtrarse por
las ventanas clavadas por maderos, en un absoluto silencio, solo roto
por los graznidos de algunos pájaros.
puntos 6 | votos: 14
Al otro lado de la vida - 1x28 - Residencia de la familia Peña
24 de septiembre de 2008

Zoe despertó a la mañana siguiente, alertada por el ruido de una
extraña sirena que creía provenía del interior de su cabeza. Le
costó un poco recordar donde se encontraba, pues era la primera vez
que dormía en el desván. Poco a poco le fue viniendo a la memoria
todo cuanto había pasado el día anterior, y la angustia que le
había acompañado durante el tiempo que tratase de dormirse no
tardó en apoderarse nuevamente de ella. Pero ahora había algo que
le distraía totalmente; esa extraña sirena. Se levantó, notándose
oxidada y entumecida, y anduvo con paso inseguro hacia la ventana.
	Al llegar a la misma, la imagen que ésta le mostró no se
correspondía con nada de lo que ella hubiese podido llegar a prever.
En mitad de la calzada había un enorme vehículo militar, del que
salían varios hombres vestidos de soldado y armados hasta los
dientes. En un primer momento se asustó, y quiso retroceder al
pensar que ellos también podrían querer hacerle daño, pero desde
donde estaba no podían verla, y hubiera podido gritar hasta
desgañitarse antes de que la oyesen. Se dividieron en grupos a toda
velocidad y entraron en las casas más cercanas, echando las puertas
abajo sin miramiento alguno.
	De un gran megáfono que descansaba suspendido sobre el capó de ese
enorme vehículo al instante de apagarse la sirena sonó un chirrido
de estática, acompañado de la voz de uno de los soldados que
todavía permanecía dentro. Dijo lo siguiente; Somos el pelotón de
salvamento civil 45, si hay algún superviviente, que venga
inmediatamente a reunirse con nosotros. Estamos de paso por la ciudad
y una vez la abandonemos no volveremos, repito, no volveremos. Zoe
escuchaba esa voz como hipnotizada, sabiéndose necesitada de la
ayuda que ellos decían ofrecer, pero movida por una extraña fuerza
que le impedía pedir auxilio. 
	Por una parte, para poder hacerse notar debía de bajar y salir por
la puerta principal; esa era la única vía de entrada y salida. Pero
eso no podía hacerlo, pues sabía a ciencia cierta que sus padres, o
lo que quedaba de ellos, todavía rondaban por la casa y no dudarían
ni un momento en utilizarla de desayuno. Por otra parte, algo en su
interior le impedía llamar la atención, pues sabía o al menos
preveía lo que harían con sus padres si así lo hiciese, y no se le
antojaba imagen más desconsoladora, y mucho menos provocada por su
propia voluntad. De modo que permaneció junto a la ventana,
limitándose a mirar.
	El aviso se repitió un par de veces más, y luego el silencio se
volvió a apoderar de la calle. Poco más tarde, los hombres que
habían entrado en las casas de los que antaño fueran sus vecinos
salían de ellas charlando amistosamente, mostrándose unos a otros
lo que ahí dentro habían robado. Unos llevaban joyas, otros
paquetes de latas de cerveza, uno llevaba incluso un jamón al
hombro. Todo parecía indicar que más que ayudar a la gente lo que
hacían era entretenerse saqueando las casas de la zona adinerada de
la ciudad, de camino a dondequiera que se dirigiesen.
	Uno de ellos dejó el botín dentro del vehículo, y salió
nuevamente de él, agarrando con fuerza su fusil, con una sonrisa en
la boca; se dirigía a su casa. A Zoe se le heló la sangre, y se
limitó a mirar como ese hombre cruzaba su jardín, y se perdía de
su vista al acercarse a la puerta principal. No vio como la echaba
abajo, pero lo escuchó. El corazón le latía a mil por hora, mitad
asustada, y mitad esperanzada al ver tan cerca la posibilidad de
salvación. No obstante siguió ahí arriba, arrodillada en el suelo,
sin apartar la vista de la parcela de suelo donde había visto a ese
soldad por última vez.
	Después del último golpe, que acabó por derribar definitivamente
la puerta, sobrevino un tiempo de calma aparente, seguido no mucho
más tarde por los habituales gritos de histeria que tan frecuentes
habían sido los primeros días del éxodo. Zoe vio salir corriendo
al soldado, que ya no llevaba encima el fusil que había traído
cuando entrase instantes antes. Tras él, no tardó nada en aparecer
su padre. Ahora tenía un aspecto mucho menos humano. Su piel se
había empalidecido, y la herida de su brazo había adquirido un
extraño color violeta rojizo. El soldado tropezó con una de las
piedras de pizarra que marcaban el camino de salida del jardín, y
cayó de bruces al suelo.
	Más rápido que el propio Adolfo, se dio media vuelta en el suelo
justo a tiempo de ver como éste se abalanzaba contra él, en un
claro intento por arrebatarle la vida. Entonces sobrevino la primera
ráfaga de disparos. El cuerpo de su padre se frenó, mientras las
balas atravesaban su cuerpo, dejando estelas de sangre a su paso. Sin
embargo, Adolfo parecía no inmutarse, y siguió su camino como si
nada. Entonces, una bala atravesó su frente, y fue entonces cuando
desistió. Tal y como estaba levantado, hincó las rodillas en el
suelo, y su cuerpo inerte cayó hacia alante, sobre el del soldado,
que no tardó nada en quitárselo de encima dándole media vuelta,
gritando histéricamente.
	Zoe lo miraba todo desde su posición privilegiada, sin siquiera
parpadear, con la boca entreabierta, seca. Ahora no estaba asustada,
tan solo extasiada, rebasada con creces por los acontecimientos. Uno
de los soldados que habían ayudado a acabar de nuevo con la vida de
su padre, ofreció su mano a su compañero novato y le acompañó al
interior de la casa, en busca del fusil que se le había caído de
las manos al ver a Adolfo bajar las escaleras a toda velocidad. No
tardaron mucho en salir, de nuevo con el arma, y hablando a gritos
unos a otros, volvieron todos al interior del enorme furgón,
cerraron los portones y abandonaron de nuevo el vecindario,
esfumándose del mismo modo que habían aparecido.
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Al otro lado de la vida - 1x27 - Residencia de la familia Peña
23 de septiembre de 2008

Vaciló un poco antes de emprender la huida. No podía creerse lo que
veían sus ojos, pero lo que sí sabía era que no podía seguir
cerrándose en si misma y negando lo que ocurría a su alrededor, no
si quería conservar la vida. Por mucho que esos ansiosos seres
salidos de la más macabra de sus pesadillas se pareciesen a sus
padres, algo dentro de ella le decía que no eran ellos, ya no. Eran
unos totales desconocidos a los que sus propios padres hubieran
rechazado y despreciado. Consiguió levantarse de nuevo, mientras sus
padres derribaban la puerta, y comenzó a subir las escaleras
atropelladamente, evitando por los pelos que le alcanzasen.
	Si hubiera escogido cualquier otra vía de escape la hubieran cogido
enseguida, pues eran mucho más rápidos y fuertes que ella. La
elección de la escalera le salvó la vida. Zoe subió los peldaños
a toda prisa, de dos en dos, todo lo rápido que pudo y sin mirar
atrás en ningún momento. Ellos enseguida tropezaron por las prisas
y no supieron subirlas correctamente. Al final acabaron subiéndolas
a cuatro patas, torpemente, dando tiempo a la niña a llegar a lo
más alto, cruzar el pasillo a la carrera y comenzar a bajar la
escalera colgante que daba acceso al desván donde había pasado la
mayor parte del tiempo los últimos días.
	Consiguió bajar del todo la escalera y comenzar a trepar por ella
al tiempo que veía como asomaba su madre de entre las escaleras, y
se la quedaba mirando con un rápido movimiento de cabeza que le
heló la sangre. Enseguida se le sumó Adolfo y ambos corrieron hacia
donde se encontraba Zoe. Ella ya había conseguido subir al desván, y
ahora tiraba de la cuerda que levantaría de nuevo la escalera de
madera, impidiendo de ese modo que nadie más pudiera subir ahí
arriba. La escalera volvió a su posición original cuando marido y
mujer llegaron bajo la escotilla del desván y comenzaron a gritar,
con unos aullidos incomprensibles, a medida que levantaban las manos
tratando de atrapar a su hija, enfadados y humillados por no haberla
podido coger a tiempo.
	Zoe contemplaba a sus padres desde ahí arriba con la tapa de la
escotilla abierta, la respiración agitada y las mejillas frescas por
las lágrimas que se habían secado ahí durante la huida. Los miraba
y trataba de reconocerlos, pero se trataba de una tarea inútil. La
habían abandonado y no volverían jamás. Unos ligeros sollozos
vinieron acompañados nuevamente del llanto, mientras ellos seguían
profiriendo gritos y aullidos exigiendo su parte del banquete. Una de
las lágrimas se deslizó por su nariz hasta desprenderse totalmente,
e impactó en la mejilla de su padre, que no se inmutó lo más
mínimo. 
	Asió la tapa de la escotilla de madera, y la dejó caer
sonoramente, alejando de ese modo la horripilante visión que le
había hipnotizado hasta entonces. Sin parar de llorar, gimiendo como
una niña pequeña, sin saber qué hacer encerrada ahí arriba como
estaba, sin nada que llevarse a la boca ni un sitio donde dormir
caliente, y viendo que sus padres no se alejarían de ahí tan
fácilmente, anduvo unos pasos hacia la ventana más cercana. El
techo era muy bajo en esa zona, pero también ella era muy baja y no
se tuvo que agachar para mirar por ella. La visión que la ventana le
mostró, no ayudó en absoluto a apaciguarla.
	La calle estaba vacía, a excepción de un personaje que andaba por
mitad de la calzada. Al principio le costó reconocerle, pues ya se
estaba haciendo de noche y la luz del ocaso no ayudaba mucho, pero en
cuanto se dio la vuelta lo vio más claramente. Se trataba de su
vecino Rafael, al menos esa era la impresión que daba. Él también
había caído en la misma tela de araña que sus padres, él también
era uno de ellos. Zoe se preguntó cuanto tardaría ella misma en
acabar formando parte de esa misma red, y eso aún la desanimó más.
	Se alejó nuevamente de la ventana, oyendo sin cesar el ruido de
fondo de sus padres gruñendo en el piso de abajo, todavía tratando
de llegar ahí arriba. Pasó junto a la escotilla por la que había
entrado. Esa era la única vía de entrada, y al mismo tiempo la
única vía de salida, pues las ventanas, aparte de que eran fijas,
estaban a más de seis metros del suelo en caída libre, y la bajada
se le antojaba poco menos que imposible. Cuando tuviera que salir de
ahí, debería hacerlo por el mismo sitio que había entrado, y
teniendo en cuenta que la casa estaba cerrada a cal y canto, el
reencuentro con sus padres parecía inevitable. 
	Anduvo hasta el otro extremo del desván, haciendo crujir el suelo
de madera a su paso, y se colocó entre dos grandes cajas de cartón
que contenían la herencia de años de convivencia y buenos momentos
de lo que antaño fuera una familia feliz. Se sentó en el suelo,
apoyando la espalda contra la pared, y abrazó sus piernas, colocando
sus rodillas junto a la cara. Ahí permaneció durante varias horas,
llorando desconsoladamente, sin nadie que le pusiera una mano en el
hombro, sintiéndose sola en el mundo, indefensa y frágil. La luz de
la tarde, que se filtraba rojiza por las ventanas, fue apagándose
poco a poco, al igual que los gruñidos de sus padres se fueron
disipando con el paso del tiempo.
	Cuando la oscuridad y el silencio se apoderaron por completo de la
estancia, Zoe ya había conseguido calmarse bastante. El llanto dio
pie a un leve gimoteo, y poco a poco fue perdiendo la noción de
donde se encontraba, alejando de su mente todo lo malo que la había
estado amartillando durante horas anteriormente, hasta que finalmente
acabó durmiéndose. Ese fue el único momento del día durante el que
fue realmente feliz, pues en ese mundo onírico nada podía hacerle
realmente daño.
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¿Porque los chicos -  siempre ven la hermosura de las chicas por fuera y no por dentro?
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Aburrimiento -  Y sus terribles consecuencias





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