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Hombres y mujeres - Jamás nos pondremos de acuerdo.
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Al otro lado de la vida 1x79 - Sobre la boca de un túnel, entre Etzel y Sheol
17 de septiembre de 2008

No esperó siquiera a llegar abajo para comenzar la ofensiva contra
los que se empeñaban con acabar con la vida de su amigo. Consiguió
abatir a dos de los que le estaban mordiendo en ese momento para
cuando pisó de nuevo el duro hormigón junto a su amigo. Uno de ellos
perdió gran parte de la cabeza y medio cuello, quedando inmóvil de
espaldas sobre la baranda de hormigón. La otra recibió su ración de
plomo en los pechos, pero aún así pareció suficiente porque se
quedó en el suelo con unos extraños espasmos; al menos parecía
haber dejado de ser hostil. Todavía había seis más para los que él
mismo era el objetivo principal, que habían estado tratando de
alcanzarle escalando desde que se dejase caer, y otro más, un
adolescente que bien podría haber sido uno de los que acompañaban al
duendecillo de la voz dulce, que se ensañaba con Rafael.
	Al pisar el suelo apuntó al adolescente que acababa de hundir su
mandíbula en la carne del brazo de Rafael, que luchaba cada vez con
menos fuerzas por quitárselo de encima. El sonido vacío que hizo su
arma no le sorprendió en absoluto, pues sabía que contaba con muy
poca munición ahí dentro. Un segundo clic le acabó de convencer de
que no serviría de nada seguir insistiendo con eso. Ahora no había
tiempo para abrir la bandolera y recargar la escopeta, pues para
cuando lo hubiera hecho ya se lo habrían merendado varias veces. Fue
entonces cuando se dio cuenta que su decisión había sido demasiado a
la ligera. Se había expuesto a si mismo para salvar a alguien que a
todas luces no tenía apenas posibilidades de sobrevivir. Pero ya era
tarde para arrepentirse; debía pasar a la acción.
	Agarró la escopeta del cañón, todavía algo caliente, y utilizó
la culata para batear la cabeza de ese adolescente. Ni una bayoneta
hubiera hecho mejor el trabajo. El chico cayó redondo al suelo, con
una gran brecha en la cabeza de la que empezó a brotar una sangre
negruzca que tiñó el gris hormigón a su paso. Se movía tratando de
levantarse pero no lo conseguía, estaba como aturdido. Entonces,
mientras ofrecía su mano a Rafael para que éste se levantase de una
vez por todas, notó como una cara se hundía en su costado, tratando
de morderle. Afortunadamente llevaba mucha ropa y bien ajustada, para
evitar precisamente ese tipo de problemas. Apenas consiguió babear un
poco la camisa antes que Morgan le agarrase por los hombros y le
tirase por la borda, partiéndole la nuca al caer al suelo de la
calzada ahí abajo.
	Ahora eran dos contra al menos seis o siete de ellos, sin contar los
que seguían subiendo por las escaleras. Rafael hizo una llave a uno
de ellos haciéndole perder la estabilidad con una patada en la
espinilla y cayó al suelo. Al que había detrás lo derribó de un
cabezazo, todavía sangrando bastante por las heridas que le habían
hecho quienes ahora ya habían recibido su merecido. Morgan tuvo que
deshacerse de cuatro más, aprovechando lo fácil que resultaba
tirarles por el antepecho mientras trataban de morderle sin éxito.
Incluso comenzó a sentir algo de placer al ver lo fácil que le
resultaba. Fue al tirar al último de cuantos tenía a su lado de la
pasarela cuando esa sensación le abandonó.
	Era un hombre de su edad, pero caucásico. No le había costado mucho
tirarle por la borda puesto que no pesaría ni sesenta kilos. El
problema surgió cuando éste, al caer, le agarró de la camisa.
Desgarró un trozo de la tela azul marino, se llevó unos cuantos
botones por delante, y a punto estuvo de llevárselo consigo abajo.
Pero Morgan se agarró al antepecho de hormigón como si la vida le
viniera en ello, aunque de hecho le venía la vida en ello, y ese
hombre no pudo soportar su propio peso con la mano con la que tenía
agarrada la tela y acabó cayendo sobre un montón de sus compañeros,
que pronto le dejaron caer al suelo. Morgan se sintió desnudo y
vulnerable, con parte del pecho al aire, y eso aún le dio más
fuerzas para acabar con el último de los que quedaban ahí arriba en
su parte de la pasarela. Prefirió no mirar atrás para ver como lo
llevaba Rafael. Asió la escopeta de la culata y le hundió el cañón
en el cuello al último. Éste cayó arrodillado al suelo y se llevó
la mano a la garganta, notando la falta de respiración.
	Se giró y vio que Rafael se giraba al mismo tiempo hacia él. Por un
momento dio la impresión que estaban solos ahí arriba, que lo
habían conseguido. Sin contar los cuerpos de los cadáveres a los que
habían disparado y los infectados que todavía se retorcían por el
suelo, podrían haber jurado que estaban a salvo. Pero entonces
aparecieron cuatro más, dos a cada lado, subiendo por las escaleras.
No podían seguir tentando a la suerte más tiempo, de modo que se
agarraron de nuevo al saliente más cercano y comenzaron a escalar al
tiempo que esos desalmados les alcanzaban, trataban de agarrarles y se
escurrían una vez más hacia abajo, llevándose tierra y piedrecillas
en el proceso.
	Subieron hombro contra hombro una distancia prudencial y entonces
pararon a retomar el aliento, agarrados al mismo árbol del que se
soltó Morgan minutos antes para ayudar a su amigo. Al mirar atrás de
nuevo, ésta vez sin perder de vista a Rafael, pudo ver el gran charco
de sangre que había dejado ahí abajo, y el caminito rojo que
todavía se intuía entre la maleza delatando por donde había pasado.
Ahora más de una docena de ellos se había congregado ahí abajo,
gritando y gruñendo, conocedores de que habían dejado pasar su
oportunidad. Al mirarle a él vio la cara cansada y pálida de alguien
que instantes antes había tirado la toalla y para el que ahora se
abría frente a sí un nuevo mundo de posibilidades, aunque con
ciertas reticencias. Sonrió.
RAFAEL – No tenías que haberlo hecho.
MORGAN – No podía dejarte ahí solo, carajo.
RAFAEL – Podrían habernos matado a los dos.
MORGAN – Pero no lo han hecho, ¿verdad? Así que más vale que te
calles, patoso.
RAFAEL – Que hijo de perra.
	Ambos rieron a carcajada limpia, tratando de alejar de sus interiores
el agobio que habían acumulado en tan poco tiempo. Entonces Morgan
reparó en las múltiples heridas que tenía su compañero por gran
parte del cuerpo. Le habían conseguido sacar la camisa del pantalón
y en su carne blanca se dibujaba un óvalo rojo sanguinolento, un
agujero donde faltaba parte de la carne, al igual que en un par de
heridas en los brazos y en una de sus orejas donde faltaba más de la
mitad. Rafael miró un poco abajo y hacia un lado avergonzado al
asumir lo que le pasaría, sabedor de que Morgan había arriesgado su
vida para nada. Aunque todavía no había tenido ocasión de asumirlo.
MORGAN – No tiene porqué, y lo sabes.
RAFAEL – Todo el mundo al que muerden…
MORGAN – No todos. Lo dijeron en las noticias. Hay mucha gente que
es inmune…
RAFAEL – Si, el 5%.
MORGAN – Pero… Recuerda que tú fuiste de los primeros en
vacunarse con la vacuna ЯЭGENЄR en cuanto entró en el mercado. Si
alguien tiene posibilidades de salvarse, ese eres tú.
RAFAEL – Tú estás bien, ¿verdad?
	Morgan se echó un vistazo a si mismo. Quitando el desgarro de la
camisa, todo lo demás parecía en regla.
RAFAEL – Gracias a Dios. Nunca me podría perdonar que por mi
culpa…
MORGAN – Cállate, ¿quieres? Sigamos subiendo a ver si encontramos
algún lugar seguro donde refugiarnos. Y olvídate de eso ya.
RAFAEL – Si bwana.
Al mirar de nuevo arriba vieron a la chica que les había dado la idea
que sin duda les había salvado la vida a ambos. Seguía en el mismo
sitio, pese a que hacía un buen rato que se había quedado callada,
contemplando acuclillada el espectáculo que había resultado la lucha
en tal inferioridad de condiciones entre el bien y el mal. Se
reunieron con ella y charlaron un rato antes de proseguir su camino.
Al parecer ella se había enemistado con el resto de los chicos, por
querer esperarles. Pero ahora se la veía risueña y tranquila de ver
que ambos habían conseguido sobrevivir. Que las soldados y aquel
niño hubieran muerto, y que Rafael estuviese malherido y seguramente
infectado, parecía carecer de relevancia para ella. Esos cuatro
chicos llegarían en dos horas más a una carretera secundaria en un
lugar a mitad de camino de ninguna parte donde serían sorprendidos
por seis niños que habían ido de colonias a un lugar no muy lejos de
ahí. No fueron capaces de correr más que ellos.
Morgan, Rafael y Macarena, pues ese era su nombre, continuaron
haciéndose paso entre la maleza, desviándose a propósito del lugar
donde sabían que emergía la otra boca del túnel. Tras algo más de
una hora llegaron a una zona más plana, igualmente arbolada y
tranquila, y vieron un viejo camino de trashumancia que decidieron
seguir. No tardaron mucho en llegar a cruzarse con el río, y al
seguir la corriente, llegaron a una vieja cabaña de madera que
parecía que alguien había colocado ahí expresamente para ellos. Al
acercarse un poco más a la cabaña, la puerta de la misma se abrió
rápidamente, llegando a chocar contra la fachada al girar ciento
ochenta grados, y de ahí salió un lo que parecía un viejo ermitaño
que sostenía una escopeta parecida a la que Morgan se apresuró en
levantar, cargada desde hacía ya largo tiempo.
	La chica pidió por favor que no disparase, alegando que eran
personas normales y que no querían hacer daño a nadie, que solo
venían de paso. Al viejo le faltó tiempo para bajar el arma y una
amplia sonrisa se dibujó en su cara. Enseguida les invitó a entrar
con un buen humor impropio de los tiempos que corrían, ofreciéndoles
un reparador café caliente y un lugar donde pasar la noche.
puntos 2 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x78 - Sobre la boca de un túnel, entre Etzel y Sheol
17 de septiembre de 2008

El chico había visto a un infectado, uno con la piel verdosa y
agrietada, llena de cortes y de sangre seca y húmeda, que bien
podría haber salido de la más tétrica de sus pesadillas nocturnas
de los últimos días. Había escalado por las otras escaleras, sin
saber lo que se iba a encontrar, y al asomar la cabeza vio al muchacho
a menos de un metro y sin pensárselo dos veces lo agarró del
tobillo. Eso hizo que el niño gritase mientras el infectado lo
atraía hacia sí con tal fuerza que perdió el equilibrio y cayeron
los dos al arcén. Más de treinta infectados se pelearon por ese
dulce y joven bocado caído del cielo. Lo rodearon por todos los
flancos y no le dejaron levantarse, pues ya estaban mordiéndole por
doquier y desmembrando sus jóvenes extremidades para llevarse el
bocado a otra parte. Los gritos del muchacho suplicando que no le
hicieran daño no se prolongaron mucho, para descanso de quienes lo
oían desde arriba, que sabían a ciencia cierta que ya nada se podía
hacer por él.
	La cosa pintaba realmente mal, pues los infectados ya sabían que
ahí arriba había más gente, y no tardaron en subir por ambas
escaleras, poniendo nuevamente en guardia a los nueve supervivientes.
Morgan y Rafael se colocaron en uno de los lados, las dos mujeres
soldado en el otro, y comenzaron a disparar a todo aquél que tratase
de subir para reunirse con ellos. Los cinco chicos se quedaron entre
ambos fuegos amigos, mirándose unos a otros, sintiéndose inútiles y
enormemente asustados. La tarea era muy fácil, pues un simple disparo
en el pecho o la cabeza bastaba para tirarle a él y a todos los que
estaban subiendo con él al mismo tiempo. No obstante, acabaron por
asumir que esa situación no podía alargarse mucho más, pues había
demasiados infectados ahí abajo, y no paraban de venir más del
pueblo. Además, el ruido de fuera había alertado a los que habían
entrado al túnel, que ahora estaban saliendo y sumándose a la
fiesta.
	Los cadáveres de los infectados que caían a los pies de las
escaleras no hacían más que facilitar la subida a los que venían
detrás, y llegó un momento en el que la situación se descontroló.
Al ir por parejas podían disparar y cargar el arma alternándose uno
con el otro, pero no tenían suficiente munición para tantos
infectados como había ahí abajo, y llegaría un momento en el que se
quedarían en bolas ante ellos y si no ocurría ningún milagro,
deberían sucumbir a su voluntad.
	Morgan comprobó como los cartuchos de escopeta que guardaba en su
bandolera eran cada vez más escasos, y comenzó a ponerse más y más
nervioso. El sudor le corría por la frente y las mejillas, pese a que
no hacía más que quitárselo con el dorso de la mano. Rafael no
parecía estar pasándolo mucho mejor, y en un momento dado, mientras
Morgan cargaba su escopeta confiando en que su compañero le cubriese,
puesto que él acababa de hacer lo propio con su pistola, quedó
inmóvil, sosteniéndola pero sin dispararla, dejando que esos seres
se acercasen peligrosamente. Morgan se giró un momento a ver qué
pasaba, mientras metía más cartuchos en su arma, y se cruzó con la
mirada asustada de Rafael.
RAFAEL – ¡Se ha encasquillado!	
	Morgan vio como una mujer de mediana edad a la que le faltaba una
oreja se ponía a su mismo nivel y corría hacia Rafael, hablando en
su particular idioma. Morgan dejó al instante lo que estaba haciendo
y corrió hacia ella con toda su rabia y su fuerza. Le dio un golpe
tan fuerte con el hombro que la mujer perdió el equilibrio y cayo
hacia atrás, despeñándose por las escaleras, llevándose a tres de
sus compañeros en la caída. Viendo la situación algo más
controlada, Morgan se giró para ver como lo llevaba Rafael y se
quedó de piedra al ver lo que había a su espalda. 
	Estaban solos ahí arriba, aunque eso no se prolongaría por mucho
tiempo, a juzgar por la mano que emergió de las otras escaleras. No
se habían dado cuenta que habían dejado de sonar disparos; estaban
demasiado preocupados por lo que traían ellos mismos entre manos en
esos momentos como para preocuparse del trabajo de las soldados. Ellas
no habían podido con los infectados que subían por su lado. Morgan
contuvo un gesto de alivio al ver que la mano que emergía de entre
las escaleras pertenecía en realidad a una de las soldados. No se
podía explicar como había podido pasar tan rápido, pero ella era
ahora uno de ellos. Sus ojos y la expresión de su cara la delataban.
	Sin previo aviso, una voz sonó por encima de sus cabezas. Una voz
joven y dulce que hizo que tanto Morgan como Rafael dejasen de mirar a
la soldado muerta que ya se estaba incorporando y comenzasen a
registrar la maleza del monte que subía y subía por ahí arriba.
Llegaron a ver de donde venía esa voz, y se sorprendieron de lo lejos
que estaba. Era una de las muchachas que había subido con ellos; sus
cuatro compañeros la habían dejado atrás, huyendo entre los
árboles, pero ella se sentía en deuda con quienes les habían
salvado la vida en un par de ocasiones, y prefirió esperarles. Les
gritaba que subieran, que dejasen de luchar porque era inútil, que
eran demasiados. 
Morgan miró la pendiente que debían subir, que hasta entonces había
creído imposible de escalar, pero al ver a esa joven mujer ahí
arriba, se acabó de convencer de que no todo estaba perdido. Se
agachó para recoger su escopeta, mientras la chica no paraba de
gritarles, advirtiéndoles que los infectados se acercaban por ambos
flancos. El policía negro le exigió a su camarada que comenzase a
subir mientras él se encargaba de los que se acercaban a ellos. No se
lo pensó dos veces y se agarró a unas raíces para comenzar el
ascenso. 
Morgan pisó un par de cartuchos que no había llegado a meter en su
escopeta mientras se dirigía hacia la soldado, que ya corría hacia
él con sus dos manos alzadas, preparadas para agarrarle del cuello y
estrangularle. Tan solo hizo falta un certero disparo en la frente
para acabar con el problema. No sintió remordimiento alguno, pese a
haber compartido tanto tiempo con ella, pues sabía que de haber
podido hacerlo, se lo hubiera agradecido. Él mismo había repetido en
más de una ocasión que si en algún momento se transformaba en uno
de ellos, que no dudasen ni un momento en acabar con su infame vida,
pues él ya estaría muerto.
	Evitó mirar lo que quedaba de la cabeza de la soldado, y al dar
media vuelta se encontró de frente con una mujer canosa y delgaducha
que le agarró del antebrazo con más fuerza de la que aparentaba y le
mordió en la muñeca de la otra mano. Morgan no tuvo tiempo de
reaccionar y trató de quitársela de encima, asustado al pensar que
le habría infectado con el mordisco; lo había visto cientos de
veces. No había sentido dolor alguno en el mordisco, y al apartarle
la cara empujándole la frente, comprendió por qué. Los dientes se
desprendieron de la boca de la anciana, en dos hileras perfectas y
blancas. La mitad de la dentadura postiza cayó al suelo, y la otra
mitad se le quedo colgando de la boca bañada en saliva.
	Morgan disparó un tiro al estómago de la vieja, esparciendo por
encima del que estaba subiendo detrás de ella gran parte de sus
entrañas y un buen chorreón de sangre. La vieja cayó al suelo y él
se miró la muñeca, asustado. Tan solo tenía algo de saliva, que se
apuró en limpiar con la manga de la camisa. Afortunadamente no había
tenido ocasión ni de marcarle los dientes en la oscura carne. Sin
perder más tiempo se colocó la escopeta a la espalda y cogió
impulso para comenzar a subir la pendiente. Nada más hacerlo se
encontró con una mano amiga tendida frente a sí que le ayudó a
coger el impulso necesario para separarse los primeros metros de lo
que parecía una muerte segura.
	Rafael se quedó a su lado y ambos comenzaron a escalar torpemente,
alentados por la dulce voz de aquel duendecillo, agarrándose a los
troncos de los árboles, los matojos más densos y las raíces que
emergían con frecuencia de la tierra seca, raspándose la piel de las
manos al tocar los troncos y las zarzas, inmunes ya al dolor. Subieron
varios metros sin mirar atrás, temiendo lo que podían encontrarse si
lo hacían. El primero que lo hizo fue Morgan. Se agarró al fuerte
tronco de un abedul y echó un vistazo atrás. Vio como ahí abajo se
habían congregado ya al menos diez infectados, y que no paraban de
subir más y más. La carretera ahora estaba infestada de ellos.
Había tantos que apenas se podían mover, aunque todos luchaban por
acercarse a la boca del túnel. Morgan se volvió a sorprender al ver
a tantos juntos, preguntándose una vez más porque no se atacaban
entre ellos. 
Los que había ahí arriba y trataban de seguirles escalando como
ellos, no hacían más que resbalar a los pocos metros y caer por su
propio peso de nuevo al punto de partida, que para entonces ya había
sido ocupado por otro infectado, y eso parecía más una orgía de
carne a cada segundo que pasaba. Morgan esbozó una sonrisa al ver que
eran demasiado torpes y ansiosos para darles caza, y que si nada más
se volvía a torcer, podrían escapar de una pieza. Fue al girarse de
nuevo que la sonrisa abandonó su cara al instante.
Rafael había perdido el equilibrio y comenzó a rodar cuesta abajo en
silencio. Al pasar junto a Morgan, éste trató de agarrarle para
frenar su caída, pero se le resbaló en el último momento y casi se
suma él a la caída, pues a punto estuvo de perder también el
equilibrio. Vio impotente como Rafael caía sin poder agarrarse a nada
en el camino y volvía al mismo sitio del que había huido un escaso
minuto antes. Morgan vio como los infectados no perdían ni un momento
y se abalanzaban sobre él, mientras éste gritaba como una niña.
Respiró hondo, agarró de nuevo la escopeta y se dejó caer de nuevo
por el terraplén, desoyendo los consejos de la dulce voz que les
hacía de apuntador desde hacía largo rato.
puntos -2 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x77 - Carretera interurbana K-56, entre Etzel y Sheol
17 de septiembre de 2008

Morgan se giró para ver como varios de los refugiados corrían entre
los coches accidentados sin saber hacia donde, movidos tan solo por el
pánico. Otros habían saltado los quitamiedos y se habían tirado por
la pendiente sin calcular bien, y ahora rodaban sin fortuna
golpeándose contra matorrales y piedras e hiriéndose codos y
rodillas. Los que estaban armados seguían en primera línea, viendo
como esos seres se acercaban más y más. Pese a tener todavía más
de cien metros de ventaja sabían que no serviría de nada quedarse
esperando que llegasen para acabar con ellos, porque eran demasiados y
no tenían tanta munición. Hacer una barricada aún mayor con los
coches que traían tampoco serviría de nada. Eran tontos, pero no
tanto como para no saber escalar un coche para pasar al otro lado; les
faltaba inteligencia, no instinto asesino. Morgan fue el que
materializó lo que todos estaban pensando.
MORGAN – ¡Retirada!
	Con las armas en mano, y sabiéndose poseedores de hasta la última
bala y el último cartucho del que disponían, dieron media vuelta y
corrieron hacia los coches accidentados, pasando entre ellos no sin
cierta dificultad, intentando evitar mirar los cadáveres chamuscados
que había dentro de la mitad de ellos y tratando de no pisar el
cuerpo negruzco tirado bocabajo en el suelo que había al llegar al
otro lado. Desde ahí vieron muchos de los refugiados que corrían sin
freno por la carretera, hablándose a gritos unos a otros. Ya era
tarde para preocuparse de los que habían optado por el terraplén.
Algunos de ellos caminaban cojeando en una zona más plana, docenas de
metros más abajo. Otros, yacían inmóviles, malheridos y sangrantes
junto a alguna piedra o matojo. No obstante, no serían los más
desafortunados.
	Morgan comprobó que Rafael seguía a su lado y ambos corrieron sin
saber hacia donde, escuchando cada vez más cercanos los gritos de
quienes les perseguían. No solo eran más rápidos y hábiles, sino
que a juzgar por lo que habían tratado con ellos, no se cansaban
nunca, y estaban dispuestos a seguirte al fin del mundo con tal de
saciar su instinto asesino. Tal vez era porque estaban cansados, tal
vez porque les dieron un poco de margen para alcanzarlos, pero se
acabaron reuniendo todos en un mismo pelotón. Para esos entonces los
infectados estaban superando con éxito la barrera de coches,
acercándose a ellos cada vez más. Si seguían a ese ritmo quizá
llegasen a una zona más plana y se pudieran desperdigar en todas
direcciones, dándose así más posibilidades de salir intactos.
	Morgan echó un vistazo a su alrededor, con el corazón ya en el
estómago, pues no estaba habituado a correr tanto, y llegó a contar
veintidós personas. Se preguntaba donde estarían el resto cuando su
cabeza giró instintivamente hacia atrás a tiempo de ver a un chico
de unos siete años arrodillado en el suelo, con las manos en el
asfalto, llorando y sin intenciones de levantarse. Morgan respiró
hondo, calculó que todavía tendría tiempo de ir a por él antes de
que los otros llegaran y frenó en seco. Corrió hacia el crío de las
rodillas peladas y sin darle tiempo a explicarse, lo agarró de la
cintura, se lo colocó en el hombro con un golpe que casi deja sin
respiración al pequeño, y corrió de nuevo hacia sus compañeros,
enormemente sorprendido por lo poco que pesaba.
	El corazón le dio un vuelco al ver que se habían parado todos.
Parte del alto muro de tierra le impedía ver lo que había más
allá, pero al acercarse unos metros, vio la negra boca del túnel.
Ahí la pendiente era aún más escarpada y nacía una gran colina que
obligaba a la carretera a adentrarse en la roca durante unos
doscientos metros. Por lo visto su mente había luchado por eliminar
esa información de su cabeza. Tal vez quiso convencerse que el túnel
estaba mucho más lejos, alejando de ese modo la asunción de lo que
se avecinaba. Fuera como fuese, ahora ya parecía tarde para ellos.
	A ninguno se le había ocurrido coger una linterna, de lo contrario
hubiera tenido algo de sentido entrar ahí dentro. Pero… ¿Por qué
iban a hacerlo a esas horas cuando el sol lo bañaba todo con su
caluroso manto? No obstante muchos de ellos entraron a ciegas
ignorantes de que ese túnel, como único lugar a la sombra en varios
kilómetros a la redonda, servía de cobijo diurno para docenas de
infectados que habían quedado vagando por las afueras, la mayoría de
ellos de los que habían tenido aquel accidente que les había
obligado a seguir a pie el camino. Jamás llegaron a salir de ahí con
vida, al menos no con la misma con la que habían entrado. 
El resto siguieron a Morgan y al pequeño muchacho que no paraba de
llorar y golpeaba la espalda de su ángel de la guarda, exigiendo que
le dejase en el suelo. Él conocía bien ese túnel, había pasado por
ahí cientos de veces, y sabía que era muy largo y describía un arco
bastante grande, de modo que a mitad de camino estarían totalmente a
oscuras. No podían disparar a lo que no veían, por lo cual esa no
era una opción viable. Tirarse por el terraplén y confiar llegar
abajo de una pieza tampoco era una alternativa. Entonces recordó
algo, y al mirar un poco más atentamente la boca del túnel lo vio
clarísimo. Una extraña estructura de hormigón en forma de U
invertida con los brazos ensanchándose a medida que llegaban al
suelo. Morgan les gritó para que le acompañaran, pues estaban los
diez parados mirando como los muertos se acercaban.
Les guió hacia una de las piernas de hormigón de esa estructura, y
al acercarse pudieron comprobar que detrás de la apariencia de un
pilar enorme, se escondía una escalera increíblemente
desproporcionada, que llevaba a la parte horizontal de la estructura,
donde había una estrecha pasarela con un antepecho de un metro.
Servía originalmente para cruzar la carretera de un lado al otro sin
pisar la calzada. No muchos túneles lo tenían, pero ese,
afortunadamente, si. Morgan dejó al crío en el suelo frente a la
escalera, siempre con un ojo en los infectados que llegarían ahí en
cuestión de medio minuto, y le dijo que subiera. El muchacho no se lo
pensó dos veces y subió hasta lo más alto con la agilidad propia de
su edad.
Morgan, Rafael, un par de mujeres soldado y cinco refugiados más,
todos ellos adolescentes, subieron hasta lo más alto y ante la señal
de Morgan se agacharon, de manera que no asomaban por encima del
antepecho y resultaban invisibles a los infectados, que por otra
parte, ya les habían visto subir desde lejos. Ahora todo dependía de
que fueran tan estúpidos como para olvidarlo para cuando llegasen
ahí finalmente.
Los segundos que precedieron a la llegada fueron muy tensos.
Escuchando cada vez más cerca las pisadas y los gritos de lo que
parecía la miniatura de una maratón, hasta que finalmente les
alcanzaron. Todos aguantaron la respiración, tan solo escuchando con
atención todo lo que les rodeaba. Llegaron a creer que todos habían
seguido adelante, adentrándose en el túnel para ponérselo aún más
difícil a quienes habían decidido entrar antes que ellos. Poco a
poco las pisadas y los gritos se fueron apaciguando, sin llegar a
desaparecer en ningún momento, tornándose más un zumbido uniforme.
Tuvieron tiempo incluso de creerse a salvo antes de que ese joven
chiquillo diese aquel fuerte grito de pánico.
puntos 10 | votos: 10
ya ha terminado... - R.I.P.
tonterias las justas

puntos 13 | votos: 15
¿Que ves? - Yo veo a John Lennon
puntos 6 | votos: 12
Homero - de verdad existe
puntos 4 | votos: 4
Hampster adicto.! -
puntos 3 | votos: 3
Sarah Carmen - Tiene 24 años y asegura que no para de tener orgasmos TODOS LOS
DÍAS. Ella sufre de una extravagante condición clínica llamada
Síndrome de Excitación Permanente (PSAS, Permanent Sexual Arousal
Syndrome).  

Esto hace que aumente el flujo sanguíneo a los órganos sexuales,
permitiendo disfrutar de hasta 200 orgasmos en un sólo día. Dicen
que este síndrome no tiene cura, y tampoco se conoce exactamente
qué es lo que lo provoca.
puntos 12 | votos: 12
No es que quiera destacar - por ser diferente, es que tengo personalidad propia.

puntos 10 | votos: 10
Canis.. - No es que escriban mal, ¡es que escriben en indonesio!
puntos 11 | votos: 13
Si me follas tu, - por mi encantado
puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x76 - Frente a la escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
17 de septiembre de 2008

Al salir al aire libre esa calurosa mañana de verano, se
sorprendieron muy gratamente al ver que no tenían compañía alguna.
Las calles estaban vacías, como preparadas para darles vía libre
para irse de ahí. Subieron en los cinco vehículos todo cuanto
necesitaban de lo que tenían a su alcance, repartiendo los alimentos
en cinco partes, por si tenían que separarse. Aún tras esas vallas
que tanta seguridad les habían ofrecido el tiempo que habían estado
ahí dentro, se subieron y cerraron las puertas tras ellos, confiando
que cuando volvieran a abrirlas estarían de nuevo a salvo en un
lugar mejor.
	Morgan se acercó al portón de entrada y quitó el candado. Abrió
las puertas de par en par y ese pequeño convoy comenzó a desfilar
sin mirar atrás. Cuando los cuatro primeros vehículos hubieron
salido, el quinto, un viejo coche conducido por Rafael, se paró para
permitir a Morgan sentarse en el asiento del copiloto. Después de
cerrar de nuevo el portón con el mismo candado, dejando junto a él
su llave, se dirigió al coche. El portazo dio fe de que ya no
tenían nada más que hacer ahí, y acto seguido se pusieron en
marcha, en fila india, nerviosos pero entusiasmados y optimistas por
el cambio.
	Al cruzar la primera esquina, se encontraron con el primero de
muchos que querían sumarse a la fiesta. Una mujer salió de detrás
de la cristalera rota de una frutería en cuya puerta había un
cartel que rezaba “Cerrado indefinidamente, disculpen las
molestias.”. Llevaba un moño y un delantal, y era con diferencia
la más limpia de cuantos resucitados habían visto. De no ser por la
manera de correr y los extraños gritos que surgían de su garganta,
la hubieran podido confundir con alguien sano.
	Pero ellos eran más listos, pues eran más rápidos, y no tardaron
mucho en dejarla atrás, incluso a perderla de vista detrás de otra
esquina. Tristemente, ella no era la única que les esperaba, pues al
pasar junto a un aparcamiento público, vacío en su totalidad de
coches, más de veinte hombres y mujeres que habían estado
descansando a la sombra bajo la marquesina se levantaron a toda prisa
y comenzaron a perseguirles corriendo tanto como se lo permitieron sus
piernas.
	Siguieron adelante tratando de ignorarles, acelerando más de la
cuenta, pues tenían que sortear un montón de coches abandonados o
accidentados que había por la calle, amén de cadáveres y demás
desperdicios que les dificultaban el paso. No llevaban ni dos minutos
de camino cuando el grupo de gente que les seguía a toda prisa
superó las tres cifras. Parecían estar llamándose unos a otros,
anunciándoles que había venido el furgón de los helados y que
podrían servirse ellos mismos tantos cucuruchos como quisieran, de
todos los sabores, y gratis.
	Algunos les pillaron de sorpresa por delante, y tuvieron que
atropellarlos para asegurarse que no les molestarían más de la
cuenta. El furgón policial, que era quien iba a la cabeza, tuvo que
accionar el limpiaparabrisas para quitar de en medio la sangre que
habían dejado todos aquellos a quienes se habían llevado por
delante. Lo hacían como venganza por todo cuanto les habían hecho
sufrir, pero estaban disfrutando, estaban disfrutando mucho
atropellando a toda esa gente por la calle, y lo que más les
sorprendió es que no surgió en sus interiores el menor
remordimiento por ello. Niños, adultos o ancianos, tanto daba, todos
sucumbirían al parachoques, partiéndose los huesos y gritando de
rabia, que no de dolor.
	Cuado alcanzaron las afueras, ya no se podía mirar atrás. De lo
contrario, se hubieran meado encima del pánico. Parecía que todo el
pueblo se hubiese puesto de acuerdo para darles caza. Se podían
contar por docenas, y daba la impresión que a cada momento el
número subía y subía. En realidad no eran ni una centésima parte
de los infectados que había en las calles cercanas, pero les
quintuplicaban, y eso ya era suficiente motivo de temor. Ellos
llevaban un ritmo mucho más rápido y se encontraban a una distancia
más que suficiente para estar tranquilos. Sin embargo, los gritos y
el sonido irregular pero unísono de sus zapatos y sus pies descalzos
al chocar contra la calzada parecían indicar lo contrario.
	Por mucho que tuvieron que atropellar a unos cuantos y quitarse de
encima a base de balazos a un par de ellos que se habían conseguido
subir al capó y luchaban por entrar como fuese dentro del vehículo,
todo fue relativamente bien hasta que cruzaron el límite municipal
del pueblo. A esas alturas ya habían dejado muy lejos a los
infectados que les perseguían, ahora la mayoría ni se veían y el
resto eran como hormiguitas en el horizonte. Al parecer no había
ninguno merodeando por ahí; preferían quedarse en los núcleos
urbanos. Sin bajar la guardia siguieron adelante medio kilómetro
más hasta que algo les hizo frenar contra su voluntad.
	Esa maldita carretera transcurría por una zona de un terreno muy
escarpado e irregular, llegando incluso a ser excavada en la roca. El
lugar donde se vieron obligados a parar, tenía un muro de piedra de
más de tres metros a un lado, y una pendiente del cien por cien en
el otro. Al parecer había habido un accidente, presumiblemente
propiciado por algún infectado, a juzgar por las pisadas de sangre
seca que había por doquier por ahí cerca. Más de diez coches
barrían el paso, algunos de ellos tan solo el esqueleto negruzco de
lo que fue en vida. No podían seguir adelante ni bajar la pendiente
con el coche. No solo por los quitamiedos sino porque la pendiente
era tan grande que lo más seguro es que hubieran acabado volcando.
Tampoco podían dar marcha atrás, pues con la que se les venía
encima hubiera sido correr en dirección a la boca del lobo. Eran
demasiados para atropellarles y hacerse paso. Los cadáveres de los
primeros hubieran frenado el coche y para los demás, hubiera sido
pan comido acabar con ellos.
	Morgan se sintió estúpido, pues al pasar por esa misma carretera
cuando vinieron pensó que podría resultar una trampa mortal. Ahora
ya era tarde para arrepentirse, y todo pintaba muy pero que muy mal.
Se giró y se cruzó con la mirada de Rafael que tenía una
expresión asustada en la cara, mientras una gota de sudor cruzaba su
sien. Sin mediar palabra Rafael apagó el motor del coche y los cuatro
salieron del vehículo, viendo como el resto de los que les
acompañaban también lo habían hecho. Se quedaron quietos y en
silencio durante un momento, mirando al horizonte. Ahí no había
nada. Todo estaba tranquilo y silencioso. Demasiado.
	Durante unos instantes llegaron a pensar que les habían despistado,
que se habían cansado de perseguirles y habían vuelto a la ciudad, a
dormir tranquilos sin que nadie más les molestase. Pero nada más
lejos de la realidad. No tardaron mucho en ver a los primeros
infectados asomar tras el tramo de montaña que les había invitado a
soñar. Eran pocos, pero venían acompañados. Pronto vieron a lo
lejos como se acercaban todos cuantos les habían perseguido desde
que salieran de la escuela, si no más.
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Al otro lado de la vida 1x75 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
17 de septiembre de 2008

Los últimos días habían sido un suplicio. Había tratado de llamar
a Sofía innumerables veces, mas sabía que las líneas telefónicas,
al igual que la electricidad y el agua corriente eran no más que un
bello recuerdo del pasado. Su nivel de ansiedad y estrés había
subido considerablemente, mas cuando sobre sus hombros recaía toda
la presión de la situación. Le habían proclamado líder sin
proponérselo y pese a que siempre había soñado con ser un
personaje relevante con voz y autoridad, un personaje por encima del
resto de los mortales, ahora se estaba dando cuenta que el precio que
había que pagar era demasiado alto. Después de muchos dolores de
cabeza, había tomado una decisión. 
Morgan presidía la reunión, de pie en su atril frente a esas más
de dos docenas de personas que, sentadas desde sus pupitres, le
observaban atentamente, chismorreando entre ellos, sumiendo a la sala
de actos de la vieja escuela en un rumor que recordaba la vida que
había tenido antaño. Todos sus compañeros, excepto Rafael que
seguía a su lado, estaban repartidos entre los refugiados,
demostrando una vez más que bien poco les diferenciaba de ellos. Los
primeros rayos de sol se filtraban por las cristaleras que había en
la parte superior del muro este, pues estaban parcialmente
enterrados. Las linternas se apagaron y poco a poco el rumor dio paso
al silencio, invitando a Morgan a comenzar. Carraspeó un poco y alzó
la voz, puesto que los micrófonos no funcionaban.
MORGAN – Buenos días a todos. Os hemos reunido aquí porque
tenemos problemas.
	La gente comenzó a murmurar de nuevo. Morgan esperó a que se
calmasen un poco para continuar.
MORGAN – Tenemos problemas porque nos hemos quedado incomunicados.
Tenemos problemas porque ya casi no nos queda comida y tenemos
problemas porque se ha roto la bomba de agua y algunos de nosotros
estamos heridos. No os voy a mentir, estamos jodidos y lo que hay
ahí fuera es mucho peor. Todos nosotros hemos perdido a alguien en
estas últimas semanas. Muchos de los que nos acompañaban al
principio ya no están con nosotros, y puedo apostar mi negro culo a
que muchos de nosotros acabaremos haciéndoles compañía. 
	Nuevamente se había vuelto a formar algo de revuelo. Morgan no
atinaba con las palabras y estaba demasiado malhumorado para ser más
suave. No obstante respiró hondo y trató de serenarse. Era su
responsabilidad motivar a esa gente y darles ánimos para seguir
adelante. Pero viendo sus caras, con expresiones serias y asustadas,
la de los niños pegados a sus padres y el incesante llanto del
único bebé del grupo, se hacía más difícil continuar exponiendo
ese plan suicida.
MORGAN – Ahora bien, solo depende de nosotros que eso no ocurra.
Aquí dentro no duraremos más de uno o dos días más con la comida
que hay, y después de hablarlo un tiempo hemos llegado a la
conclusión que salir para ir a buscar comida periódicamente no es
una buena idea, porque este maldito pueblo está infestado por ellos,
y la mitad de las veces que saliéramos perderíamos a alguien, hay
precedentes que lo avalan. Tenemos que jugárnoslo todo a una carta,
poniéndolo todo de nuestra parte. Si conseguimos salir de aquí e ir
a parar a un lugar más seguro, un lugar en el que no haya tal
cantidad de infectados, un lugar en el que tengamos asegurada una
fuente de alimentación y de agua, tal vez tengamos alguna
posibilidad de salvarnos.
	El tono se había vuelto a desmadrar y Morgan debía desgañitarse
para hacerse oír por quienes todavía le prestaban atención. La
vena de su cuello estaba ya muy hinchada; el sudor le corría por las
sienes.
MORGAN – ¡Silencio! ¡Callaos ya! Dejadme acabar y luego si un
caso haremos una ronda de preguntas. Pero haced el favor.
	Nuevamente el ruido se tornó en un pequeño murmullo.
MORGAN – Bien. Disponemos de varios vehículos que hemos requisado
o que habéis traído vosotros mismos cuando os trasladamos aquí. En
total son dos furgonetas, un furgón policial y un par de turismos.
Hemos hecho cálculos y, aunque algo apretados, cabemos todos, y con
toda la gasolina que había en el almacén de material deportivo
tenemos para más de cien kilómetros. Ahora está amaneciendo y la
mayoría de ellos volverán a sus casas a descansar. Es la mejor hora
del día para partir. Y creedme, ésta es la mejor alternativa que
hemos visto después de darle muchas vueltas.
	Una voz anónima desde el público preguntó que a donde se
dirigirían. Morgan no pudo discernir de quien se trataba; estaba
todavía demasiado oscuro.
MORGAN – Esa es una buena pregunta. El plan es dirigirse al sur,
hacia la costa, pasando antes por Sheol para comprobar como están
nuestros compañeros y rearmarnos. No…
	Los gritos hicieron de nuevo imposible continuar hablando. Unos
decían que eso era una temeridad, porque habían oído noticias de
que Sheol estaba mucho peor que Etzel, otros daban su propia opinión
diciendo que deberían ir por carreteras secundarias lejos de los
núcleos de población, otros se limitaban a quejarse a gritos sin
mucho criterio. En realidad no era por encontrarse con el resto de
compañeros por lo que se había enfrentado a todos sus compañeros
exigiendo el paso por Sheol, ni por eso ni por la munición, que fue
lo que consiguió acabar de convencerles a todos. Morgan tenía sus
propias intenciones, egoístas y personales, para querer pasar por
Sheol antes de dirigirse a ningún otro sitio. Afortunadamente nadie
excepto Rafael conocía tales motivaciones, por lo cual nadie se lo
echó en cara, y él no abrió la boca.
MORGAN – ¿¡Queréis hacer el favor de callaros?! Así esta mejor.
No estamos obligando a nadie a que venga. El que no quiera venir se
puede quedar aquí con su parte proporcional de agua y comida, pero
os puedo asegurar que no volveremos a por ellos. Para bien o para mal
estaremos ya muy lejos para cuando se queden sin comida y tengan que
arriesgar sus vidas por un miserable trozo de pan seco o una lata de
conservas. Tal y como estamos ahora, no tenemos garantías de
sobrevivir a un enfrentamiento medianamente grande. Hemos gastado
casi todo cuanto teníamos por salvaros a vosotros, y creo que es de
sentido común que nuestra prioridad sea rearmarnos de nuevo si
queremos salir de esto con éxito.
	Ahora todos le miraban sin articular palabra. Estaban confusos, con
una mezcla contradictoria de sentimientos en su interior. Por una
parte no querían salir de ahí por nada del mundo. Ahora esa escuela
representaba la seguridad y la tranquilidad que tanto habían ansiado
mientras estaban encerrados en sus casas, viendo pasar a los muertos
por las calles. Pero por otra parte, sabían que ahí no tendrían
ningún futuro, y que sería cuestión de tiempo que tuvieran que
salir. Podían hacerlo solos y desarmados de aquí cuatro días, o
escoltados por un grupo de profesionales armados esa misma mañana.
Aunque la respuesta parecía obvia, no resultaba tan fácil tomar una
decisión.
MORGAN – Vamos a partir en cuanto se acabe esta reunión, os guste
o no. Lo único que desconocemos por ahora es quien nos acompañará.
Que levanten el brazo quienes estén dispuestos a correr el riesgo.
	De arrancada se alzaron media docena de brazos. Ellos eran los que
estaban solos en el mundo, quienes lo habían perdido todo y para los
cuales ya todo parecía carecer de importancia. Para ellos esa era la
solución más sensata, y por ello no le dieron más vueltas. Del
resto, la mayoría eran familias, muchas de ellas desmembradas, otras
todavía íntegras, para los que una decisión de ese calibre
implicaba mucha más responsabilidad, y no se podía tomar tan a la
ligera. Sopesar los pros y los contras les llevaba siempre a la misma
decisión, más habiendo niños en juego, niños a los que expondrían
a una muerte trágica si aceptaban, y complicaba mucho las cosas.
	Poco a poco se fueron levantando más y más manos, hasta el momento
en el que la única que quedó por levantar fue la del propio Morgan,
que esbozó una pequeña sonrisa, al verse un poco más cerca de su
chocolatina particular. Quedaron así, con la mano en alto, durante
unos segundos, antes de que Morgan dijese la frase que cerró la
sesión, después de la cual comenzaron los preparativos para esa
pequeña evacuación.
MORGAN – Pues que así sea… Dios nos asista.

puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x74 - Escuela primaria Sagrado Corazón, Etzel
14 de septiembre de 2008

Morgan colgó el teléfono, ignorante de que esa sería la última
vez que hablaría con su esposa. Había pasado una semana que
parecía haberlo cambiado todo. Ahora cualquier alusión al mundo
real de antaño era tan solo un bonito recuerdo que aún hacía más
triste la situación actual. Todo esfuerzo parecía inútil, pues a
cada día que pasaba el número de infectados crecía y crecía, sin
darles la menor tregua. La gente no podía soportar quedarse en casa
y salía en busca de un destino mejor. La mayoría de ellos no
conseguían llegar muy lejos, y eso no hacía más que aumentar el
censo de homicidas, que ya habían tenido ocasión de asumir la
victoria.
	Se les había ido de las manos. El plan del capitán Guillén había
sido un rotundo fracaso, mas cuando estaban en tal inferioridad
numérica, y cualquier intento de ofensiva a mayor o menor escala
hacía diezmar aún más el ya escaso grupo de hombres y mujeres que
lo habían dejado todo para ir a echar una mano donde más falta
hacía. Según las noticias de Sofía, Sheol no andaba mucho mejor
que Etzel. Narraba su esposa que hacía ya tres días que no veía
pasar a nadie haciendo la habitual ronda por las calles, y eso no
podía significar más que malas noticias. Ellos les habían
sustituido, y rondaban a sus anchas por doquier, sobre todo por las
noches, aunque muchos todavía se resistían a asumir su nueva
naturaleza nocturna.
	Ahora todo esfuerzo resultaba inútil y la última decisión que
tomaron fue la de atrincherarse en el recinto de la escuela, que
estaba hábilmente vallado y hacía que resultase imposible que
ningún indeseable entrase si el que hacía de portero no decidía
abrirle la puerta. En total quedaban quince de los veintitrés
integrantes del grupo de salvación original. Sin embargo, a ellos se
les habían sumado cuarenta refugiados que habían conseguido sacar de
sus casas a rastras prometiéndoles la salvación en las hasta
entonces frecuentes rondas por el pueblo en busca de supervivientes.
El resto de casas estaban vacías o eran habitadas por quienes no
eran bienvenidos.
	A esas alturas resultaba muy peligroso seguir tentando a la suerte
saliendo de la escuela, donde estaban seguros y protegidos. Además,
la esperanza de encontrar a alguien más con vida era muy pequeña
después de los últimos tres intentos fracasados que habían tenido
el día anterior. Habían perdido tres hombres ese día. Tres hombres
que dieron su vida noblemente tratando de ayudar a alguien que
resultó no existir. Habían muerto para nada, y no se podían
permitir seguir así. No obstante, esa no era una situación que
pudiera prolongarse eternamente, pues los víveres de los que
disponían se agotaban a una velocidad alarmante, dada la enorme
cantidad de gente a la que había que dar algo que llevarse a la
boca. Había que hacer algo, y rápido. Lo que no sabían era qué.
	Los refugiados hacían su vida repartidos por las clases en las que
antaño los niños aprendían esas lecciones de la vida que de tan
poco servían hoy día. Una pequeña sociedad se estaba fraguando
entre esas paredes, con personas hasta entonces anónimas estrechando
lazos y aprendiendo a convivir en armonía, a pesar de algunas
discusiones esporádicas. A ese lado de la verja habían conseguido
encontrarse cómodos, sentirse protegidos y olvidar aunque fuese por
un momento la realidad que había al otro lado, para abandonarse a la
vida y tratar de sobrellevar las múltiples pérdidas con la mayor
entereza posible.
	Se alejó del teléfono y anduvo unos pasos hasta sentarse en una de
las sillas de la sala de profesores, la misma silla en la que Bárbara
había trabajado como un día cualquiera un mes atrás. El resto de
las provisiones estaban al fondo de la habitación. Habían apartado
un par de escritorios y vaciado una estantería para colocarlo todo.
Los informes de las bajas civiles de los primeros días del
holocausto descansaban en una caja de cartón junto a la puerta de
entrada. Cada refugiado había traído consigo todo cuanto tenía, y
todo ello lo habían relegado a ese fondo común, pero ahora que
Morgan lo veía, dudaba que pudiese durarles más de dos o tres días
a lo sumo, y eso le ponía aún más nervioso. Pareciera que la
responsabilidad fuese suya, pues todos acudían a él en busca de
respuestas. La presión le estaba haciendo mella.
	Al mirar por la ventana vio la verja que daba a una de las
principales avenidas de ese pueblo en el que ahora se sentía un
extraño. Pese a que eran las diez de la mañana, aún había dos de
ellos pegados a la verja, dando gritos y agitando las rejas,
enfadados por no poder entrar, sabedores que ahí dentro estaba lo
que ellos más querían en este mundo pero ignorantes de cómo
alcanzarlo. Por la noche se habían llegado a juntar más de cien,
atraídos por las luces y los sonidos del interior. Pese a que se
esforzaba por verlos a todos iguales, como si no fueran más que
soldados anónimos del maligno, no podía evitar sentirse mal al ver
a un niño en esa situación. Uno de esos dos chiflados era un niño
gordito. Aún mantenía el repeinado con gomina que le había hecho
su madre la mañana del día anterior, pocas horas antes de que su
hijo acabase con ella.
	Como sabía que Rafael y una soldado estaban haciendo guardia por
todo el perímetro, no les dio mayor importancia y cerró la persiana
veneciana para dejar de verles; no lo soportaba más. Se acercó a las
últimas provisiones y dio un largo trago de una botella de medio
litro de agua. Al menos tenían agua para todos, con el depósito del
terrado, con el que llenaban las botellas cada dos por tres. Pero no
solo de agua vive el hombre, y sabía a ciencia cierta que cuando se
acabase la comida, las cosas se pondrían mucho más tensas. Debía
encontrar una solución para todo eso, pero no podía permitirse
salir a la calle con un grupo de hombres a buscar alimentos cada vez
que se quedasen sin. Esa opción acabaría con todos ellos en menos
de un mes. Debía encontrar algo mejor, algo más grande…

	Esa misma tarde un trágico incidente a escasos kilómetros de ahí
les dejó incomunicados. Los teléfonos ya no daban tono y no había
manera de comunicarse con el resto del mundo, pues los walkie talkies
no tenían suficiente cobertura y los demás estaban o bien muy lejos
o bien muertos… o mucho peor. Eso hizo que Morgan no pudiese seguir
llamando a su mujer como lo llevaba haciendo con mucha frecuencia los
últimos días. Se habían llegado a pasar horas hablando sin decirse
nada, aferrándose a ese último resquicio de cordura. Pero ahora
hasta eso les había abandonado. Cada cual se lo tomó de un modo muy
distinto, mas el reencuentro hablaría por si mismo.
puntos 2 | votos: 2
Al otro lado de la vida 1x73 - Piso de la familia Clark
7 de septiembre de 2008

Sofía miraba al vacío apoyando los codos y los brazos en la fría
barandilla metálica del balcón. La calle tenía con diferencia el
peor aspecto que jamás había tenido. Pese a estar vacía, no
invitaba a bajar, pues el peligro podía acechar detrás de cualquier
esquina. Donde antes aparcaban coches y más coches, algunos de ellos
incluso en doble fila gran parte del día, ahora tan solo habían
papeles tirados por el suelo, latas de refresco y cerca del buzón de
correos una mancha oscura en el suelo que no podía dejar de mirar.
Unas horas antes había visto en ese mismo sitio el cadáver de un
anciano; no sabía cómo había llegado ahí. Nadie se había
molestado en acercarse a socorrerle, hasta ahora, aparentemente.
Porque de lo contrario…
	No quiso pensar en eso y miró hacia otro lado. Persianas y más
persianas cerradas hasta abajo en pleno verano, como si esos
monstruos pudiesen escalar varios metros o volar para entrar por ahí
a acabar con ellos. Montones de basura debajo de las ventanas y el
ruido de fondo de disparos muy muy lejanos. Se encontraba
terriblemente sola, sola en la ciudad, sola en el bloque de pisos,
pues el resto de vecinos había abandonado la ciudad días antes, la
mayoría de ellos con funestos resultados. Tenía los nervios
destrozados y no paraba de pensar que Morgan podía cometer un error
en cualquier momento y sucumbir ante esos descerebrados. Le odiaba
por anteponer su trabajo a su familia y no había manera de quitarse
ese nudo del estómago. 
Los últimos días tan solo había pasado en casa unas horas para
asearse y dormir un poco, lo justo para salir de nuevo a la madrugada
el día siguiente y dejarla sola una vez más. Cada vez que se iba
tenía la sensación que sería la última vez que le vería con
vida. Le seguía con la mirada desde el balcón, esperando que se
girase para despedirse como era debido, pero él giraba la esquina a
toda prisa y se perdía de nuevo en la incertidumbre. Las horas de
espera se le hacían eternas, esperando recibir una llamada o mirando
por el balcón a ver si le veía aparecer de nuevo sano y salvo. Pese
a que después de la última discusión la llamaba al menos dos veces
al día, para ella resultaba ampliamente insuficiente, y no sabía
cuanto tiempo podría aguantar esa tensión en el cuerpo antes de
explotar. No temía por ella misma, pues sabía que estaba en un
lugar seguro al que esos desalmados jamás podrían acceder, pero no
podía soportar la idea de perder a Morgan. Si lo perdiera… ya no
habría motivos para seguir viviendo en ese extraño nuevo mundo. 
	De repente sonó el teléfono dentro de casa, y eso la abstrajo de
sus pesimistas pensamientos. Había dejado la puerta corredera
abierta precisamente por si llamaban, y ahora una leve sonrisa
emergió de sus labios carnosos. Acompañada por la leve música de
fondo de la única emisora de radio que aún se resistía a asumir lo
que estaba pasando, entró en el salón, sorteando el marco de la
puerta corredera. De nuevo se mostraron ante ella todas esas cajas de
cartón y de madera que llenaban el espacio allí dondequiera que
mirase, amontonadas unas sobre otras. Más de dos docenas de cajas
con comida en conserva y garrafas de agua mineral, la particular
aportación de Morgan para con ella, cuando ella hubiera preferido
mil veces morir de hambre siempre que él estuviese a su lado en esos
momentos tan difíciles.
	Pasó junto a la tele, antes de alcanzar el teléfono. Le había
desenchufado la antena porque no podía sufrir ni un minuto más de
ese acribillamiento de noticias funestas que daban fe a cada minuto
de la expansión de esa pesadilla en cientos de nuevos focos
alrededor del mundo. Más de la mitad de las cadenas mostraban un
simple y austero cartel que rezaba “Estamos subsanando unos
problemas técnicos y durante las próximas horas no podremos emitir
con normalidad, disculpen las molestias”, mientras el resto
adquiría a cada nuevo minuto imágenes y más imágenes en las que
la sangre y las armas eran las protagonistas, imágenes con una
intención tranquilizadora que tan solo conseguían asustar más a
los televidentes. Levantó el auricular.
SOFÍA – ¿Si? Morgan, ¿eres tú?
MORGAN – Ay, chocolatina…
SOFÍA – ¿Estás bien? Llamas pronto…
MORGAN – Encima te vas a quejar de que te llamo.
SOFÍA – No por Dios, solo…
MORGAN – Tengo…
SOFÍA – ¿Si?
MORGAN – Acabo de salir de una reunión con el capitán Alberto.
SOFÍA – ¿Aquél vejete tan majo?
MORGAN – Si…
SOFÍA – ¿Y?
MORGAN – El caso es que…
SOFÍA – ¿Qué pasa?
MORGAN – Ha trazado un plan muy bueno para arreglar todo esto,
aliando fuerzas entre los soldados, los bomberos, los voluntarios, la
policía de Etzel y todos nosotros.
SOFÍA – ¿A dónde quieres ir a parar?
MORGAN – Nos ha elegido a Rafael y a mí para capitanear a un grupo
al norte de Etzel.
	Sofía se mantuvo en silencio. Hubiera deseado no levantar el
auricular, pero ya era tarde para eso. Morgan esperó unos segundos
una réplica que jamás se llegó a efectuar, y acto seguido siguió
con su repertorio. Sabía o al menos preveía cual sería la
reacción de su esposa ante esa noticia, y por ello se alegraba de no
tener que dársela en persona. En el fondo no era tan valiente.
MORGAN – El caso es que tendremos que pasar ahí una semana, dos a
lo sumo si se complica la cosa. Es un… es un plan muy bueno, y
seguro que enseguida lo tenemos controlado y podré volver contigo…
Tú estás segura ahí dentro, con la barricada del portal y todas las
cajas que trajimos Gucho y yo el otro día. No salgas por nada del
mundo, aunque alguien te pida ayuda desde la calle; sobretodo si
alguien te pide ayuda desde la calle. Ahí estás más segura que en
ningún otro sitio, sólo te pido que seas paciente. Cuando vuelva te
prometo que ya no volveré a irme de tu lado… Es un gran honor que
Alberto haya confiado en nosotros para esa misión. Entiéndelo, no
podemos negarnos, ahora cuando más nos necesitan.
	Ante la ironía que rezumaba de las palabras de su esposo, éste de
nuevo solo obtuvo el silencio como respuesta.
MORGAN – Sofía, dime algo.
SOFÍA – Haz lo que te de la gana.
MORGAN – No me digas eso, mujer… 
SOFÍA – Nada de lo que diga va a hacer que cambies de opinión,
¿de qué serviría? 
MORGAN – Lo siento pero me tengo que ir. Tengo… ¿No te enfadas,
verdad?
	Morgan sabía contra quien estaba jugando, y fue paciente al no
obtener respuesta por tercera vez consecutiva.
MORGAN – Te quiero, bomboncito.
	El teléfono comenzó a comunicar tras esas palabras. Sofía colgó
el teléfono lentamente, con la mirada fija en la foto que había
junto a él en la cómoda, en la que se podía ver a ella y a Morgan
el día de su boda, veinte largos años atrás. Esos eran tiempos
felices, en los que jamás discutían y en los que para él, ella era
siempre la prioridad absoluta. Se preguntó una vez más qué había
cambiado, si era culpa suya, e irremediablemente los ojos se le
llenaron de lágrimas.
puntos 4 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x72 - Sótano de la comisaría 102 de Sheol
7 de septiembre de 2008

Morgan cerró de un portazo la puerta de barrotes del calabozo
mientras se colocaba de nuevo las esposas en el hueco del cinturón.
Marcelino ya hacía un buen rato que se había puesto a llorar,
después de pedirle perdón varias veces entre sollozos y con un
fuerte tembleque en el cuerpo. Morgan se había mantenido inflexible
y le había vuelto a dejar las cosas claras. Al menos esa noche la
pasaría entre rejas. Morgan pensaba que esa era la única manera de
asegurarse que la próxima vez se lo pensaría dos veces antes de
saltarse las leyes a la torera.
	En un principio no había pensado en llevarle a la comisaría, de
hecho solo había sido el calentón del momento lo que le hizo
esposarle de entrada. Eso y la necesidad de hacer valer su autoridad
ante un semejante. Fue la inesperada llamada del jefe de policía,
que les puso rumbo a la comisaría, la que acabó por sentenciar su
destino. De lo contrario tal vez se hubiera contentado con amenazarle
e intimidarle un poco más para luego dejarle libre. Pero ahora ya era
tarde para arrepentirse. Marcelino miraba con ojos cristalinos a
Morgan, esperando vanamente que se arrepintiera. Entonces Rafael
pegó un grito desde el otro lado de la puerta, llamando a Morgan, y
el chico acabó quedándose solo.
	El calabozo estaba totalmente vacío. Por lo visto nadie más se
había preocupado por apresar a los bándalos en esos días de caos y
anarquía; habían demasiadas cosas por hacer para preocuparse de eso.
Tan solo iluminado por media docena de bombillas peladas pendientes de
un cable que emergía de un tubo plástico empotrado al techo, se
sentó en el catre y se llevó las manos a la cabeza, reflexionando
sobre cuánto había cambiado su vida en tan poco tiempo. Hasta
entonces todo cuanto le preocupaba era que ninguno de esos desalmados
le pegase un mordisco, pero ahora todo era distinto. El nuevo problema
al que se afrontaba quitaba de en medio todas las preocupaciones
anteriores. Ahora incluso se sentía más seguro, y eso hizo que le
doliese la cabeza.
	Morgan se reunió con Rafael al final de las escaleras y ambos se
dirigieron al despacho personal del jefe de policía, Alberto
Guillén. Cuando llegaron, él ya les estaba esperando, con el
uniforme lleno de galones y su espeso bigote cano. Sobre el
escritorio había un enorme y extenso mapa que abarcaba varios
kilómetros a la redonda, con Sheol en el centro. Desde ahí se veía
el centro urbano, las afueras, el bosque de Pardez, los pueblos más
próximos y los pequeños asentamientos rurales que había en las
proximidades. De haber sido el doble de grande, seguramente hubiera
incluido una pequeña porción de costa. 
	Lo que más llamaba la atención era el hecho que todo el mapa
estaba dividido en cuadrantes irregulares, señalados con rotuladores
de diferentes colores y nombrados con las letras del abecedario de la
A a la W. Alberto tenía el teléfono descolgado con el micrófono y
el auricular mirando al falso techo. Su frente arrugada estaba
bañada en sudor, aunque un pequeño ventilador de mesa le soplaba en
la calva. Dejó el puro en el cenicero y miró a sus hombres,
orgulloso de ellos, ansiando poder darles aquella noticia. 
	Desde que falleciera su mujer un año atrás, atropellada en frente
mismo de casa mientras iba a buscar el pan, se había sentido
totalmente abandonado y abatido; había perdido las ganas de vivir.
Su trabajo en la comisaría era pura rutina, más bien una
formalidad, pues ya estaba bastante viejo y nadie confiaba en él
para los trabajos administrativos y ya no tenía edad para salir a la
calle. Los días pasaban sin pena ni gloria, y todo cuanto le quedaba
por hacer era decidir el día en el que se jubilaría definitivamente
para quedarse vegetando en casa hasta que un día se lo encontrasen
muerto en la cama o en el suelo del salón.
	Sin embargo, en los últimos días, con el enorme revuelo que se
había formado en la comisaría y en todo el pueblo, sintió el
cosquilleo en el estómago que siempre notaba en los primeros años
en el cuerpo. Se sintió de nuevo útil y lejos de sentir miedo, pues
siempre iba armado con su viejo revólver y no le temía a nada, en
cierto modo se alegró interiormente por lo que estaba ocurriendo. Ya
no tenía nada que perder, y ahora todos recurrían a él para pedirle
consejo, pues la situación se les escapaba de las manos tanto a los
novatos como a los veteranos. Aunque por supuesto, él jamás
asumiría públicamente que estaba disfrutando con esa matanza.
	Había sido esa noche cuando tuvo la idea que ahora quería mostrar
a dos de sus mejores agentes. Pese a que había habido varias bajas,
contó con suficientes efectivos para llevar a cabo su plan. El
principal problema con el que habían tenido que lidiar los últimos
días era el de la falta de coordinación y la nula organización por
parte tanto de la policía como del ejército. Tan solo habían hecho
falta media docena de llamadas para dejarlo todo atado. El truco era
trabajar en equipo: aunar fuerzas. Solo de ese modo podrían acabar
con el problema que crecía a cada minuto. 
	La mayoría de agentes ya se habían puesto en marcha, muchos de
ellos en las afueras, creando un perímetro de seguridad invisible
que permitiera controlar quien salía y quien entraba a Sheol. Ahora
debían hacerse fuertes ahí dentro, pero sin olvidar los demás a su
suerte. Los pueblos más cercanos habían sido avisados y ya se
estaban desplegando en diferentes batallones, cada uno de ellos
protegiendo un perímetro diferente, todos ellos encabezados por un
hombre de confianza. Si ese plan fallaba, todo se iría al garete,
pues ya contaban con la ayuda del ejército y con docenas de
voluntarios civiles. Disimulando una sonrisa, se dirigió a Morgan y
a Rafael, con su pestilente aliento a puro.
ALBERTO – Tengo un trabajo para vosotros.
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Al otro lado de la vida 1x71 - Otra calle cualquiera, Sheol
7 de septiembre de 2008

Morgan se acercó con paso decidido a ese pequeño bándalo. Estaba
quemadísimo por todo cuanto había tenido que soportar la última
semana, y esa escena acabó del todo con su paciencia. Para él, el
cumplimiento de las leyes y el respeto por los demás,  sus
propiedades y su libertad estaban por encima de todo, y ese chico se
había mofado de todo cuanto él creía. Había tenido noticias de
los saqueos de varias tiendas, intentos de robo por las calles y
muchas sustracciones de vehículos de gente tan ingenua como para
pensar que fuera de la ciudad estarían más seguros. 
Al parecer, ante la tesitura de ese nuevo problema la gente no solo
no se ayudaba a salir adelante sino que se pisaban unos a otros como
si de ese modo se fuesen a salvar. Ahora era cuando se demostraba
realmente lo que había dentro de sus almas, y eso le horrorizaba.
Aún a sabiendas que la situación era excepcional y que su castigo
sería desproporcionado, no pudo dejar a un lado su instinto y
arremetió contra él. No era más que un chico asustado y más que
arrepentido, pero sin duda alguna se llevaría la culpa de todos
cuantos habían delinquido esos días.
MORGAN – Las manos donde pueda verlas.
MARCELINO – Si, si tranquilo. Pero baje el arma, por favor.
	El chico ya había levantado las manos al ver el arma, pero las
alzó un poco más, luchando por evitar mearse encima. Esa estúpida
idea se le había ocurrido en el acto, mientras caminaba de su casa a
la de su novia, que vivía un par de manzanas más lejos. Había
esperado que la calle estuviera totalmente tranquila para salir a
verla y al pasar junto al coche, pensó que si la sorprendía
ofreciéndole un transporte para huir para siempre de esa pesadilla,
ella se lo agradecería eternamente y tal vez… Pero el caso es que
le había salido el tiro por la culata, y ahora estaba metido hasta
el cuello en algo que pintaba realmente mal. Había tratado de
hacerse el héroe y ahora se le venía el mundo encima.
	Morgan cacheó al chico después de guardarse el arma en su funda,
siempre con un ojo en el horizonte oteándolo todo en busca de
cualquier señal de hostilidad. Estaba desarmado; tan solo tenía un
cuchillo de cocina ridículamente pequeño y un par de preservativos.
Morgan no se arredró y siguió con su habitual mal humor, que había
aumentado considerablemente los últimos días. Se llevó una mano a
la espalda, mientras la otra sujetaba con fuerza el hombro del chico,
que hacía una mueca de dolor pues le estaba apretando más de la
cuenta. Rafael vio lo que se proponía y le llamó la atención
mientras su compañero se sacaba las esposas.
RAFAEL – Vamos, no seas tan duro con él…
MORGAN – ¿Pero tú te estás oyendo? Si lo dejamos correr como si
no pasara nada estaremos admitiendo que hemos perdido la batalla, que
la han ganado esos malditos hijos de puta. No se trata de él, sino de
que debemos cumplir la ley, de lo contrario… ¿Porque no volvemos a
casa ahora mismo? Mi mujer estaría encantada. 
RAFAEL – No es tan así… no son condiciones normales. Pero si no
es más que un crío, y se le ve arrepentido…
MARCELINO – Lo estoy.
MORGAN – Tú no hables si no te doy la palabra, ¿Entendido?
	Una pizca de saliva salió disparada de la boca de Morgan tras el
grito, y cayó sobre el pecho de Marcelino, que se la miró y luego
miró de nuevo a Morgan. Bajó la cabeza y no dijo nada más.
MORGAN – He dicho que no y es que no. Pasará la noche en el
calabozo, y luego ya veremos. Tenemos que mantenernos firmes, por
Dios, Rafael.
RAFAEL – No voy a ser yo quien te lleve la contraria.
MORGAN – Más te vale.
	Morgan destensó un poco los músculos de la frente y del cuello,
mientras Rafael negaba ligeramente con la cabeza. Miró al chico y
esbozó una sonrisa. Sus ojos pedían a gritos que le ayudase, pero
Rafael sabía que en el fondo Morgan tenía toda la razón. No
podían sucumbir al caos, debían al menos aparentar que todavía
quedaba algo del mundo de una semana atrás. Sintiéndolo mucho por
él, cosa que jamás hubiera hecho en unas condiciones diferentes,
miró como Morgan le esposaba dejándole las manos a la espalda y le
pegaba un empujón para que se pusiera en marcha, de vuelta al coche
patrulla que habían dejado aparcado tras la barricada cuatro
manzanas más lejos. 
	Dejaron el coche con la ventana rota tal y como estaba. No tardaron
ni una hora en llevárselo, un grupo de chicos que fue hacia la
costa. Al cruzar la esquina, vieron el coche rojo en el que se había
refugiado aquel niño. A medida que se alejaron el ruido de la alarma
se fue atenuando hasta hacerse inaudible. El cadáver de quien trató
de darle muerte ya no estaba ahí. Sin embargo ni Morgan ni Rafael le
dieron la menor importancia y siguieron su camino, siempre observados
desde las alturas. Al principio les había molestado sobremanera, pero
ahora ya se habían acostumbrado. Siguieron adelante y encontraron de
nuevo al infectado del coche rojo. Ahora coronaba una montaña de
cadáveres en el centro de una pequeña glorieta, a unos cien metros
de la barricada. Un soldado estaba echando fuel sobre los cadáveres
mientras otro jugueteaba con una caja de cerillas, sentado en una
silla plegable. Se saludaron con un gesto de cabeza y siguieron
adelante como si nada.
	De repente un conocido ruido brotó de los pantalones de Rafael.
Morgan le miró y éste asintió, mientras se apartaba un poco hacia
un portal para llevarse el walkie talkie a la oreja, pues los
soldados estaban hablando a voces y no le dejaban oír bien. Estuvo
menos de un minuto al habla, asintiendo con la cabeza y repitiendo
una y otra vez un ahá que de siempre había molestado a Morgan.
Cuando la comunicación estuvo cerrada, se acercó de nuevo a ellos y
se dirigió a Morgan con una expresión seria en la cara; tenía
noticias frescas.
RAFAEL – Tenemos que volver a la comisaría.
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Al otro lado de la vida 1x70 - Una calle cualquiera, Sheol
7 de septiembre de 2008

Rafael y Morgan se guiaron por los graves aullidos que venían del
otro lado de la manzana para saber cual sería su siguiente objetivo.
Viajaban a pie haciendo una ronda por las calles vacías y ya
descuidadas y sucias a esas alturas. Los barrenderos habían dejado
de hacer su trabajo por miedo a resultar atacados el mismo día que
la infección había llegado a la ciudad. El resto de cuerpos del
estado estaban demasiado ocupados tratando de evitar lo que ya
parecía algo irremediable como para preocuparse por esas nimiedades.
En consecuencia, las calles estaban llenas de periódicos que jamás
llegarían a ser leídos, bolsas de basura rotas y despanzurradas por
el suelo que se amontonaba en las aceras, curiosamente bajo los
balcones y las ventanas de los bloques de pisos y todo tipo de
desperdicios que se iban acumulando por doquier. Los bloques estaban
llenos de gente asustada que no se atrevía a salir, de modo que los
no muertos habían heredado las calles; habían heredado la ciudad, y
no tardarían mucho en apoderarse del mundo.
	Cuatro días antes habían dado una pequeña tregua, pues no
resultó muy difícil reducir a los infectados que había por las
calles dado su reducido número. Pero cuando los heridos se pasaron
al otro lado, trayéndose consigo un ejército cada vez mayor, la
situación se descontroló por completo. Las noticias no hacían más
que dar datos de nuevos focos de infección; la mayoría de ellos se
encontraban en un círculo cada vez mayor con el centro en el extremo
oriental de Sheol, donde la ciudad lindaba con el bosque de Pardez.
Sin embargo, se estaban dando nuevos brotes en distintas zonas del
país, muy distantes a Sheol, incluso más allá de las fronteras y
en otros continentes. A todas luces ese problema parecía querer
abarcarlo todo, y la mayoría de quienes trataban de evitarlo
acababan formando parte de él.
	Eran las seis de la tarde, una calurosa tarde más, donde no corría
ni una gota de viento. El sudor les corría por la frente y las
mejillas, transformado en centenares de perlitas que conseguían
refrescarles un poco a medida que avanzaban. Al girar la esquina
vieron a uno de ellos zarandeando un coche rojo, demasiado absorto en
sus quehaceres como para prestarles atención. Pistola en mano se
acercaron, siempre a una distancia prudencial, y repitieron el mismo
ritual que llevaban haciendo tanto tiempo que ya ni recordaban como
era el trabajo previo a la catástrofe. En esta ocasión fue Rafael
quien puso en marcha el primer paso del protocolo: abrir una vía de
comunicación.
	Se presentó ante el cadáver viviente y le exigió que se diera
media vuelta y pusiera las manos en alto. Se sentía estúpido
haciéndolo, pues sabía que sus palabras resonarían fútiles en su
cabeza como lo haría el ladrido de un perro en la suya, pero no
podían correr el riesgo de llevarse por delante a ningún civil
sano. El hombre, vestido tan solo con unos tejanos y una camiseta
desgarrada, se giró un momento, dejando el coche en paz, y dio un
corto bufido al verles. Ni respondió ni levantó las manos, lo que
les daba vía libre para llevar a cabo el segundo y último paso del
protocolo: la eliminación del sujeto.
	Se acercaron unos pasos más al hombre, que seguía golpeando el
costado del coche, como tratando de abrirlo pero sin saber cómo, y
entonces se puso nervioso. Dio media vuelta, y les miró a uno y a
otro alternativamente. Ambos le estaban apuntando con la pistola,
hacía ya un rato que habían quitado el seguro. Empezó a moverse de
un lado a otro, sin mover los pies del suelo, como si estuviese
protagonizando una danza macabra con una música que solo él oía.
Entonces dio un paso al frente, y profirió un grito de advertencia,
al tiempo que subía un brazo y daba un segundo paso, cogiendo
inercia para salir corriendo hacia ellos.
	Tan solo consiguió dar media docena más de pasos antes de caer
fulminado al suelo. Afortunadamente habían tenido ocasión de
aprender cuales eran los puntos débiles de esos monstruos. Eran
prácticamente invulnerables; no obstante, un balazo en la cabeza o
directo al corazón resultaban suficientes para acabar para siempre
con su infame vida. Pero en un blanco en movimiento resultaba muy
difícil atinar, de modo que el objetivo principal eran las piernas,
y cuando conseguían que cayese al suelo, un certero balazo en la
nuca acababa con el problema de raíz. Morgan hizo los honores,
asegurándose de no mancharse de sangre en el proceso. Después de
ver lo que ocurría con los que se infectaban, era mucho más
precavido.
	Ahora la calle volvía a estar en silencio. Tan solo les
acompañaban docenas de ojos curiosos que miraban desde las ventanas,
detrás de las cortinas, asustados y cobardes, rezando a todo lo
habido y por haber para que esa pesadilla acabase cuanto antes. Al
acercarse al coche no tardaron en averiguar el motivo por el que el
infame ser cuya sangre ahora se filtraba por la rejilla del desagüe
se había interesado por él. Un niño, de no más de seis años,
estaba agazapado en el suelo de la parte trasera, hecho un ovillo,
temblando de mala manera.
	Después de varios intentos, consiguieron convencer al crío que
solo querían ayudarle y fue entonces cuando quitó el seguro de la
puerta y salió junto a ellos a la calle. Había vomitado ahí dentro
y tenía los ojos rojizos de tanto que había llorado. Ahora tan solo
le temblaba la mandíbula mientras miraba al suelo, con un extraño
movimiento de atrás a alante. No consiguieron sacarle una palabra.
No podían preocuparse de él ahora, tenían todavía muchísimo
trabajo por hacer, de modo que exigieron a los cotillas vecinos que
había en los alrededores que se hicieran cargo de él. En cuestión
de medio minuto se abrió uno de los portales, después del
característico ruido de movimiento de muebles pesados, y una mujer
que perfectamente hubiera podido ser su madre, pero que no lo era, se
lo llevó adentro sin mediar palabra alguna con los policías.
	De nuevo se quedaron a solas en esa calle anónima, que en poco o
nada podía ya diferenciarse de cualquier otra de la ciudad. Se
disponían a seguir la ronda, cuando oyeron no muy lejos el
característico ruido de cristales rompiéndose, tan frecuente
últimamente, y acto seguido la indiscutible melodía de la alarma de
un coche. No hizo falta que se dijesen nada, pues ambos se dirigieron
prestos hacia ahí, dejando olvidado el cadáver del hombre que quiso
merendarse a ese pobre niño huérfano. Cruzaron la esquina a tiempo
de ver a un chico joven, de no más de veinte años, metiendo la mano
por dentro del agujero que había hecho en el cristal, y quitando el
seguro, dispuesto a llevarse el coche plateado.
	Morgan le llamó la atención, exacerbado por la situación,
apuntándole con su arma. Rafael se limitaba a mirarlo sin mucho
interés, comprobando si la suya tenía todavía munición. El chico
se giró asustado al oírle, y sacó la mano del coche, temblando de
pies a cabeza. Llevó ambas manos arriba y gritó lo siguiente
mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y el corazón le latía
a mil por hora.
MARCELINO – ¡No disparen!

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Al otro lado de la vida 1x69 - Piso de la familia Clark
3 de septiembre de 2008

Ahora Morgan estaba de nuevo en casa, quitándose la muda sudada y
llena de salpicaduras de sangre que había traído. La ropa fue
directamente a la basura. Se preparó una muda limpia y un uniforme
viejo que colocó sobre el váter blanco del baño del dormitorio.
Sofía le acompañaba con la mirada de un lado al otro, sin abrir la
boca. El propio Morgan estaba sorprendido de todo cuanto estaba
aguantando, conociéndola como la conocía. Se metió desnudo en la
bañera que tan solo tenía el tapón y abrió el grifo del agua
caliente, notando como el agua le mojaba las piernas. Se giró hacia
el umbral de la puerta del baño, y ahí estaba ella.
SOFÍA – ¿No pensabas llamarme?
MORGAN – No me vengas con esas, por favor. No sabes el día que he
tenido hoy. ¿Que pasa, que no has visto las noticias?
SOFÍA – Precisamente por eso. Creí… Dios mío, creí…
MORGAN – Por el amor de Dios, no me…
SOFÍA – ¡Si! Toda la tarde. No he hecho más que llamar a la
comisaría y a los hospitales. Y no… no me respondía nadie.
Llegué a pensar lo peor… No me vuelvas a hacer esto, ¿Entendido?
MORGAN – La comisaría y el hospital están ahora mismo a tope, es
normal que no te atendieran.
SOFÍA – No me dijiste a lo que ibas cuando te fuiste.
MORGAN – No sabía a lo qué iba cuando me fui.
	Un corto silencio destensó un poco el ambiente. Sofía estaba muy
excitada, pero en el fondo sabía que no tenía mucho que
reprocharle, pues él se había limitado a hacer su trabajo, por poco
que a ella le gustase, mas viendo como estaba el panorama. Morgan
cogió el gel de baño y echó un buen puñado sobre el lugar donde
caía el chorro de agua, provocando una explosión de espuma.
SOFÍA – ¿Sabes…? ¿Qué es lo que está pasando ahí fuera?
MORGAN – Solo Dios sabe la respuesta a esa pregunta, chocolatina.
SOFÍA – Pero por qué… ¿Por qué actúan así? En las noticias
dijeron que podía tratarse de una fuga del manicomio de Zúa…
MORGAN – Ya te digo yo que no. Sea lo que sea, es algo… de la
carne. Algo biológico. Afecta a todo el mundo por igual. Es como…
Cuando alguno de esos locos consigue matar a alguien… lo… Es como
si él se volviera también loco, le traspasa su locura. Pero no
tienes de qué preocuparte, porque ya está todo bajo control. Entre
nosotros, los bomberos, la policía de Etzel y el ejército les hemos
reducido. Y si queda alguno suelto por ahí, no tardarán en dar con
él. 
SOFÍA – Un rato antes de que vinieras dijeron en las noticias que
el brote de locura se había extendido a varios pueblos por aquí
cerca…
MORGAN – No le des más vueltas, cariño. Ha sido una tragedia para
los que han… muerto, pero ya pasó, está todo controlado. Ahora tan
solo queda esperar que los heridos se curen y olvidarlo para siempre.
SOFÍA – ¿Estás seguro?
MORGAN – No se puede estar seguro de nada en esta vida. 
	Morgan siguió quitándose la sensación de suciedad del cuerpo, y
Sofía quedó pensativa desde su posición a la retaguardia, a medio
camino entre el dormitorio y el baño. En parte estaba alegre porque
había vuelto, pero por otra parte sabía que se tendría que volver
a ir, y que tendría que revivir el mismo miedo y la misma congoja un
día tras otro hasta que algún día no volviese a casa. Esa pesadilla
no había acabado, por mucho que él se empeñase en convencerla de lo
contrario.
SOFÍA – No te volverás a ir…
MORGAN – ¿Qué?
SOFÍA – No me puedes dejar aquí sola, sin saber que es de ti…
Es demasiado peligroso. En la tele dijeron que podía ser contagioso,
tal vez puedan infectarte…
MORGAN – Ya me cuidaré yo de que no me contagie ninguno.
SOFÍA – No te puedes ir y dejarme sola…
MORGAN – Tengo las horas contadas para descansar un poco y volver a
la calle, no hagas las cosas más difíciles.
SOFÍA – Pero…
MORGAN – Tengo que proteger a toda esa gente. Si no, no lo hará
nadie.
SOFÍA – ¿Y yo que? ¿Quién me protege a mí?
	Sofía empezó a llorar. Morgan salió de la bañera y se atavió
con un albornoz blanco, a juego con el resto del baño. Todo era de
un blanco impoluto, hasta el punto en el que daba hasta miedo entrar.
Sofía se había empeñado en ello cuando hicieron las reformas del
piso, y él no había encontrado entonces motivos para negarse. Sin
embargo, ahora se sentía incómodo ahí dentro. Todo parecía
demasiado nuevo, demasiado limpio. Estaba cansado y le dolía la
cabeza. Lo último que le apetecía ahora era ponerse a discutir con
Sofía, pero ella parecía no querer darle una tregua. Se acercó a
su esposa y le acarició el pelo con su mano húmeda.
MORGAN – Sabes que no puedo hacer lo que me pides. Es en momentos
como este que debo demostrar que valgo, y que puedo ayudar a la
gente. Tú quédate en casa mientras yo esté fuera, aquí no te
pasará nada. Estamos en un quinto piso sin ascensor, aquí no se
atreverá a venir nadie. Además la puerta es blindada y siempre
puedes acudir a casa de Dolores si pasa cualquier cosa. Aquí
estarás segura.
SOFÍA – Si, pero y tú…
MORGAN – Yo sé cuidarme de mi mismo, y Rafael no permitiría que
me pasara nada. Vamos a ir por parejas hasta que toda esta mierda
esté controlada al cien por cien, de modo que te aseguro que tengo
las espaldas cubiertas.
	Sofía miraba al suelo, al tiempo que respiraba hondo, ya sin
llorar, pero todavía bastante asustada.
MORGAN – Ahora déjame descansar un poco, que he tenido un día muy
largo.
Morgan se vistió para la ocasión y se metió en la cama. El sol
todavía se resistía a cruzar el horizonte y sus rayos se filtraban
por los agujeritos de la persiana del dormitorio, llenando la
habitación de cientos de puntitos de luz, cuando Morgan cayó
rendido finalmente sobre la cama y en menos de un minuto entró en un
profundo sueño. Sofía no paraba de mirarle, con una expresión
ceñuda y preocupada en la cara.
puntos 6 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x68 - Frente al piso de la familia Clark
3 de septiembre de 2008

No fue hasta casi 24 horas más tarde que Morgan y Rafael dieron por
finalizada la interminable jornada de trabajo. Después del primer
encuentro, las reglas del juego parecieron tomar forma, y al ver que
esas mismas situaciones se repetían por doquier, acabaron adoptando
la actitud que la situación requería, por mucho que eso les
rompiese el corazón y atentase contra todo en lo que creían. No se
podían andar con contemplaciones ni con remilgos, pues se trataba de
una cuestión que a todas luces parecía descontrolada y si no hacían
nada por evitarlo se llevaría por delante a medio pueblo.
	Tras el desagradable encuentro con la señorita de la cabina,
decidieron dar credibilidad a todo cuanto habían oído de boca de
quienes habían estado con los chicos en aquella vieja cabaña.
Abandonaron el cuerpo a su suerte, pues ya no había motivos para
pensar que la ambulancia llegaría. Se dirigieron hacia donde les
habían contado que había huido el agresor de Cristina, y tras algo
más de una hora, le encontraron. Pero antes tuvieron que lidiar con
quienes él había encontrado previamente. Los amables ciudadanos se
prestaron a llevar a los que habían resultado heridos al ya más que
saturado hospital, después de asumir que no llegaría ninguna
ambulancia a por ellos. Afortunadamente no había matado a nadie
más, al menos no a nadie que ellos encontrasen.
	Ese pobre hombre, uno de los pocos que Sara había conseguido
infectar antes que acabasen con ella los mismos policías que ellos
se habían cruzado de camino a la cabina, se había metido en un
supermercado creando el caos a su paso, y uno de los trabajadores le
había encerrado en el almacén. Desde fuera se oían sus gritos
desesperados e infrahumanos. Por ser la segunda vez, fueron
nuevamente temerosos y humanos, y eso casi les cuesta la vida, pues
al abrir la puerta de poco no se merienda a una cajera. Consiguieron
reducirle y tuvieron que acabar con su infame vida, llenándolo todo
de sangre, para asegurarse que no seguiría sembrando el mal.
	El resto del día resultó igualmente caótico, fueran a donde
fuesen se encontraron señales y más señales de cómo se había
extendido esa pesadilla por medio pueblo. Tuvieron que acabar con
más de uno y mirar hacia otro lado al ver a los heridos que habían
dejado a su paso. Ahora no podían preocuparse de eso, pues debían
acabar con el problema de raíz y no andarse por las ramas; no había
otro modo de asegurar que no acabase descontrolándoseles. El día dio
paso a la noche y entonces todo pareció adquirir un nuevo aspecto,
mucho más trágico. 
Ahora la gente estaba encerrada en sus casas, ya nadie caminaba por
las calles más que ellos. Todos los que se encontraron eran hostiles
y parecían crecer en número por momentos. Todos exigieron su ración
de plomo, hasta dejarles prácticamente a cero al llegar de nuevo el
amanecer. Para entonces ya no podían contar con los dedos de ambas
manos cuántos habían abatido. Ahora las calles lucían tétricas e
irregulares manchas de sangre, pues se había organizado un grupo de
civiles que llevó los cadáveres al pabellón municipal más
cercano. Lo que ahí pasó al día siguiente ocuparía docenas de
páginas de este humilde relato de lo ocurrido.
Afortunadamente el alumbrado de las calles funcionaba como cualquier
otro día, cosa que les ayudó en gran medida a llevar a buen
término su trabajo. No muchos días más tarde el suministro de
electricidad abandonaría la ciudad para no volver, después de un
trágico incidente en la central. Entonces las calles pasaron a ser
mucho más peligrosas por la noche, mas cuando los infectados
preferían la oscuridad para dar rienda suelta a sus más macabros
instintos. Pero por entonces todavía se podía caminar por la
mayoría de las calles sin miedo a que te pegasen un mordisco. La
policía estaba haciendo un buen trabajo, y recibía la ayuda
desinteresada de todos cuanto se cruzasen en el camino.
Se encontraron con un pelotón de soldados hacia el amanecer. Por lo
visto alguien había hecho bien su trabajo, y con esa inestimable
ayuda todo apuntaba a que se solucionaría en un abrir y cerrar de
ojos. Estuvieron poniendo en común todo cuanto sabían sobre lo
ocurrido hasta llegar a la sana conclusión de que eso no podía
estar pasando, simplemente. Los soldados reabastecieron de munición
y armas a ambos policías, y se despidieron de ellos para seguir
haciendo la ronda por las calles en busca de hostilidad, avisando por
megafonía una y otra vez a los ciudadanos que se mantuvieran en sus
casas y no saliesen bajo ningún concepto.
Se les hizo de nuevo de día y la cosa parecía haber cambiado
considerablemente. El número de heridos se podía contar por
centenares, sin embargo la mayoría de los hostiles habían perecido
bajo el fuego justiciero de las fuerzas del orden. Hacia el mediodía
recibieron el aviso que todo estaba prácticamente controlado,
exceptuando algunos pequeños incidentes aislados en las afueras, de
los que ya se ocupaba el ejército, que se había movilizado en una
campaña sin precedentes a esa ciudad hasta entonces desconocida,
ahora expuesta en los noticiaros de todo el mundo como el brote de
violencia ciudadana más grande jamás visto en el país.   
	De pie en la acera frente al viejo edificio donde llevaba viviendo
desde hacía más de quince años, Morgan vio a su esposa en la
ventana, sujetando la cortina con una mano. Sus miradas se cruzaron y
él supo lo que le esperaba ahí arriba. La cortina cayó y la ventana
quedó teñida por un manto violeta. Morgan se armó de paciencia,
respiró hondo y se dirigió al portal, donde había sentado un niño
pequeño, llorando a moco tendido. Su madre le había abandonado para
siempre, y ahora estaba solo en el mundo, aunque su tiempo estaba ya
contado. Morgan hizo de tripas corazón para ignorarle y cerró la
puerta a su paso, para subir al quinto piso por las escaleras.
puntos 4 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x67 - Cruce de la avenida San Cristóbal con la calle Ebro, Sheol
2 de septiembre de 2008

Rafael conducía el coche patrulla. Los dos permanecieron en silencio
durante el trayecto, sintiéndose extraños al no llevar el uniforme
estando de servicio. La sirena no sonaba, pero su luz hacía
apartarse a los coches que se cruzaban por el camino. Uno de esos
coches era de la policía de Etzel, a unos pocos kilómetros en
dirección a la costa. Parecía tener bastante prisa, y ellos si
llevaban la sirena encendida, ululando  por las calles, asustando a
propios y ajenos. Poco a poco se fueron concienciando de que algo
andaba realmente mal, mas cuando llegaron a su destino y vieron el
espantoso panorama que ahí se había formado.
	Docenas de personas estaban congregadas en un círculo rodeando la
cabina en la que tan solo veinte minutos antes se había refugiado
aquella asustada mujer. Otras muchas miraban curiosas desde los
balcones. Morgan y Rafael dejaron el coche en doble fila y corrieron
hacia ahí a ver qué diablos estaba pasando. Hicieron apartarse al
gentío, y fue entonces cuando vieron la magnitud del problema. La
gente les miraba como esperando una respuesta o una solución
inmediata, pero ya nada se podía hacer por ella. Uno de ellos había
utilizado el móvil para llamar a una ambulancia que jamás llegaría;
el resto lo habían intentado pero la línea estaba colapsada.
	La puerta de la cabina estaba rota. Grandes trozos de cristal
amenazante, con sus afilados bordes pendían de los soportes; el
resto descansaban en el suelo. La mancha de sangre en otro de los
cristales, de una mano cuyo autor ya había desaparecido de escena
daba fe de que no se conformaría con eso. El teléfono estaba
descolgado, y si alguien se hubiera molestado en escucharlo, hubiera
podido hablar con el viudo, que había oído atento e impotente como
su mujer lloriqueaba con los golpes de fondo del enajenado que tras
romper el cristal, acabó con su vida.
Cristina, que ese era su nombre a juzgar por el carné de identidad
que había en una pequeña cartera de cuero dentro de su bolso,
yacía inerte en el suelo sobre su propia sangre, que había llegado
a encharcar el pequeño recinto cuadrado un par de dedos. Ya nada
podía hacerse por ella. Una desagradable herida tras su oreja
izquierda y otra en su abdomen habían acabado con su vida. Sin
embargo, de su atacante no había rastro alguno. Los presentes
parecían tener su versión de lo ocurrido y comenzaron a hablar
todos a la vez mientras pedían explicaciones a los agentes y les
criticaban por la tardanza.
	Morgan enseguida perdió la paciencia y exigió que todos los que no
tuvieran nada que decir, que todos los que no pudieran ayudar a
esclarecer lo que ahí había ocurrido, volvieran a sus casas.
Tardaron un poco en darse por vencidos, pero finalmente abandonaron
la escena del crimen y tan solo se quedaron un par de cajeras del
supermercado que había frente a la cabina, un chaval con un
monopatín y los pantalones tan bajos que enseñaba los calzoncillos,
y un par de vecinas cotillas que habían bajado al portal después de
todo el revuelo. El resto seguían mirando desde los balcones,
ignorando las miradas de odio de Morgan.
	Les tomaron declaración a pie de calle y todos coincidieron en la
misma versión. Un hombre adulto, de unos treinta y cinco años,
caucásico, moreno y de complexión normal había aparecido en la
calle asustando a todo el mundo. Muchos se refugiaron en los portales
y las tiendas, pero Cristina tenía más a mano la cabina cuando le
sorprendió. Se metió dentro y esa fue su perdición. Se ensañó
con ella y comenzó a golpear los cristales con los nudillos
desnudos, haciéndolos sangrar, totalmente fuera de sus cabales.
Cuando consiguió romper el cristal, el resto fue muy rápido. 
Se le echó encima sin que ella pudiera evitarlo, y después de
zarandearla durante un rato los gritos de auxilio cesaron, el hombre
se levantó de nuevo, ahora con la boca manchada de sangre, y se puso
a perseguir un coche calle abajo. Para entonces la calle estaba
vacía, todos habían sido demasiado cobardes como para echarle una
mano a Cristina. Todos habían sentido un gran miedo al ver la
expresión de ese hombre y habían preferido mantenerse al margen,
aun cuando después se arrepintieron de no haber actuado para evitar
esa catástrofe.
Ahora ya poco se podía hacer por ella, y a juzgar por lo que habían
oído, ese hombre podía estar en cualquier sitio cinco kilómetros a
la redonda, pues todos afirmaban que corría como un galgo. Tomaron
los datos de los testigos por si necesitaran llamarles para reconocer
al agresor cuando le capturasen, pero eso jamás llegó a ocurrir. La
ambulancia no llegaba y por mucho que llamaron a la comisaría para
pedir refuerzos, Alba no llegó a contestarles; había demasiada
gente llamándola, pidiendo que alguien viniese a ayudarles.
Algunos de los que llamaron fueron los que recibieron la visita del
verdugo de Cristina, que se habían encontrado con él seis manzanas
más lejos, junto a la nueva iglesia. Morgan y Rafael cortaron la
calle y acordonaron la zona del asesinato, esperando inútilmente la
llegada de la ambulancia que se llevase el cuerpo de ahí de una vez
por todas. Pero no hizo falta que llegase la ambulancia para que
Cristina saliese de la cabina. Cientos de ojos desde sus casas y
desde los portales y las tiendas cercanas avisaron con tiempo a los
agentes de que algo estaba pasando ahí dentro.
Ambos se giraron para ver como Cristina, que a todas luces llevaba
más de media hora muerta, se levantaba dificultosamente de su lecho
sangriento y les clavaba la mirada. Entonces se miraron el uno al
otro, y ambos coincidieron en que las fantásticas historias que
habían oído de boca de Paloma y de Daniel, tal vez no eran tan
fantásticas como ellos creyeron en un primer momento. Se llevaron
las manos al cinturón y agarraron sus pistolas. Cristina no se lo
pensó dos veces antes de ir hacia ellos. Le dieron más de una
oportunidad de redimirse, mucho más de lo que habían aguantado la
mayoría de sus compañeros, pero acabaron acribillándola ante el
asombrado gentío, llenándolo todo aún más de sangre. Tristemente,
esa no era más que la punta del iceberg.
puntos 6 | votos: 6
Qué vergüenza... - ¿Cuánto más tenemos que aguantar?
puntos 13 | votos: 15
Megan Fox - que se pone camisetas que le quedan mejor a un niño de 9 años

puntos 3 | votos: 5
Al otro lado de la vida 1x66 - Cruce de la calle Sicilia con Valdepeñas, Sheol
2 de septiembre de 2008

La segunda comisaría de Sheol estaba manga por hombro. En las
últimas horas habían recibido el aviso de varios altercados en las
afueras de la ciudad, y la mayoría de los agentes estaban de
servicio. Desde el incidente del bosque de Pardez apenas habían
tenido problemas, y daba la impresión que ese tiempo no hubiera sido
más que un período de calma chicha previo a todo lo que se
avecinaba. La mayoría de los problemas se habían concentrado en una
pequeña zona en el barrio donde se encontraba la piscina municipal,
donde los que llamaron aseguraban ser perseguidos por unos personajes
desequilibrados y altamente violentos.
	Morgan Clark y Rafael Maeda se encontraron a un par de manzanas de
la comisaría. Les habían hecho venir pese a ser su día libre,
puesto que la plantilla escaseaba y necesitaban a más agentes para
controlar el repentino aumento de violencia en la ciudad. Maeda y
Clark eran compañeros desde hacía ya cinco largos años, y se
saludaron con un fuerte apretón de manos al pasar frente a la
lavandería de la señora Sánchez. No era la primera vez que les
sacaban de casa para trabajar, puesto que últimamente había escasez
de personal con las últimas jubilaciones. Sin embargo, ambos
presintieron que esta vez sería distinto.
RAFAEL – ¿Qué te cuentas, compañero?
MORGAN – Nada… Otra vez bronca con la mujer. Como si fuera culpa
nuestra salir a patrullar en un día libre.
RAFAEL – La mujer… Yo cuando tenga mujer le dejaré las cosas
claras.
MORGAN – ¡La mujer es el animal más peligroso de la tierra!
RAFAEL – ¡Razón no te falta!
MORGAN – Oye, ¿Se sabe algo del agente Crevillente?
RAFAEL – ¿De quien?
MORGAN – De Gonzalo.
	Rafael frunció el ceño con cara pensativa, mientras ambos
esperaban que el semáforo de la calle Colón se pusiera verde. Un
par de coches frenaron en ámbar y los policías de paisano siguieron
su camino sin prestarles apenas atención. Todo estaba tranquilo en
esa parte de la ciudad. La gente paseaba al perro por la calle, los
restaurantes estaban llenos de hombres de negocios que venían a
firmar grandes acuerdos, el sol brillaba con fuerza y los pájaros
piaban alegres en las copas de los árboles. Nada les hubiera hecho
pensar que el aspecto de esa calle tan solo un par de semanas
después sería el de una ciudad abandonada, con coches estrellados
en mitad de la calzada, manchas de sangre seca por las aceras y todos
los bajos tapiados para evitar que entrasen intrusos.
MORGAN – Goyo.
RAFAEL – Ah, Goyo. Si… Sigue de baja. Ayer Daniel me dijo que
había ido a verlo al hospital.
MORGAN – Y bien, ¿que tal está?
RAFAEL – Está todavía en observación, no se sabe lo que ha
pillado, pero parece chungo, porque llevan un par de días
haciéndole pruebas y no son capaces de encontrar el motivo por el
que está así.
MORGAN – Se lo pegaría el hombre aquél que le mordió el domingo.
A saber la de mierda que…
RAFAEL – Ostia, ¿tú no lo sabes, verdad?
MORGAN – ¿El que?
RAFAEL – Ese hombre, el que mordió a Goyo y a aquellos chicos en
el bosque.
MORGAN – ¿Qué pasa?
RAFAEL – Lo han identificado, ya.
MORGAN – Tiene que estar contenta la familia.
RAFAEL – No te lo vas a creer. Era José Vidal.
	Morgan escuchó el nombre y por un momento no lo asoció a nada. Sin
embargo, instantes después, cuando cruzaban la última manzana antes
de llegar finalmente a la comisaría, le vino a la memoria. Se
trataba del celebérrimo investigador que había inventado la vacuna
milagrosa que había evitado tantísimas muertes en los últimos
años. Él mismo estaba vacunado, al igual que toda su familia, y
prácticamente todos cuanto él conocía. Le habían vacunado al
entrar en el cuerpo años atrás; todos los policías estaban
vacunados, era uno de los protocolos a seguir en la primera
inspección médica.
MORGAN – No puede ser.
RAFAEL – Que si, no te miento.
MORGAN – Es imposible, ese hombre murió la semana pasada en un
accidente doméstico. Lo leí en las noticias. ¿Estás seguro que no
se referirían al hijo o a algún hermano?
RAFAEL – En serio que no. Era él, por lo visto no había muerto.
MORGAN – No creo que se pueda filtrar la información de la muerte
de un hombre tan importante siendo incierta. Me cuesta creerlo, la
verdad.
RAFAEL – Yo te digo lo que sé. El forense contrastó todos los
datos, e incluso vinieron los hijos a corroborar que era él
realmente. Alguien se colaría al dar la información sobre su
muerte…
MORGAN – No… No me encaja esto.
	Llegaron a la comisaría y las puertas automáticas se abrieron para
darles paso. Estaba todo prácticamente vacío, radicalmente distinto
a como recordaban los pasillos, siempre con gente danzando de un lado
para otro. Entraron y las puertas se cerraron tras ellos con un leve
siseo. Se dirigían hacia el vestuario, cuando la recepcionista les
llamó la atención con un burdo Eh, vosotros. Se giraron y se
dirigieron hacia el mostrador de recepción, donde un teléfono
comenzó a sonar.
MORGAN – ¿Qué pasa?
ALBA – Gracias a Dios que os encuentro. Estoy sola en la
comisaría.
RAFAEL – ¿No hay…?
ALBA – Nadie, están todos fuera. Hoy no damos abasto y el
teléfono no hace más que sonar y sonar. Estoy agobiadísima.
MORGAN – ¿Y bien?
ALBA – Tenéis que ir…
	La joven recepcionista agarró un pequeño papel cuadrado de un
intenso color rosa, y le echó un vistazo mientras Morgan miraba su
escritorio, que estaba plagado de esos papeles, cada uno con una
inscripción diferente. El teléfono no paraba de sonar, pero Alba no
lo cogía. Había estado llamando a los bomberos para pedir refuerzos,
puesto que todos los agentes estaban de servicio, pero no se lo cogía
nadie, y estaba ya empezando a preocuparse a base de bien, al recibir
más y más llamadas de gente que no podría ser atendida.
ALBA – En la avenida San Cristóbal, en el cruce con la calle Ebro.
Una señora… dice que se ha tenido que refugiar en una cabina de
teléfono, porque un hombre la perseguía. Sonaban golpes y parecía
muy nerviosa.
MORGAN – Pues enseguida vamos.
ALBA – ¡Suerte!
	Clark y Maeda se dirigieron hacia el parking de la comisaría,
pasando antes por la armería para coger sendas pistolas. Antes de
darse cuenta ya estaban sobre el coche en dirección a la zona del
altercado.
puntos 11 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x65 - Bosque de Pardez
31 de agosto de 2008

Gonzalo y Paloma vieron caer el cuerpo al agua, manando sangre por
tantos agujeros como ellos le habían hecho en ese costoso traje.
Parecía sacado de una pesadilla. Paloma volvió a sentir esa
desagradable sensación del trabajo mal hecho, de haberse sobrepasado
con creces a su deber, pero el agradecimiento de Goyo con un fuerte
abrazo, por haberle salvado la vida, le hizo reflexionar. Dieron
enseguida la voz de alarma y no tardaron mucho en recibir la visita
de los demás agentes que rondaban por los alrededores, amén de otra
ambulancia que tan solo pudo corroborar que había muerto. Cuando lo
sacaron del río, estaba prácticamente seco, pese a estar calado
hasta los huesos. La mayor parte de su sangre infecta había corrido
río abajo, con destino incierto. Guardaron el cadáver en una bolsa
virtualmente idéntica a la que habían utilizado con Nerea, y se lo
llevaron a la oficina del forense. El resto de policías se volvieron
a separar para buscar a Sara, pero abandonaron la búsqueda cuando la
noche les cayó encima. Al día siguiente repitieron la operación,
pero no fue hasta un día más tarde que la encontraron muy lejos de
su origen.
	Igual que todas, al principio, la herida de Gonzalo no parecía más
que un simple mordisco de un pobre hombre que había perdido la
razón. Asustado por el efecto que había tenido en los otros chicos
según el relato de Paloma, no tardó en ir al hospital, temiéndose
lo peor. Llegó a cruzarse con Nicolás y Yu en un pasillo; ambos
tuvieron el mismo pronóstico: la herida afortunadamente había sido
superficial, y ese demente antropófago no les había contagiado
ninguna enfermedad que pudiera atentar contra su salud. Cierto era
también que ese extraño virus solo era conocido por un grupo muy
reducido de personas en el mundo, y la mayoría de ellos ya habían
muerto. Su efecto en el organismo de ese tipo de personas era
devastador, pero incluso cuando empezaron a enfermar, ningún médico
en todo el hospital fue capaz de comprender a qué era debido. Si
hubieran traído al mejor médico de cuantos había en el mundo, la
ignorancia y la incapacidad de saber que estaba pasando en su cuerpo,
hubiera sido idéntica.  
	Llevaron el cadáver del viejo al forense. El motivo de la muerte
era más que evidente y el caso parecía carecer de interés alguno,
mas cuando las pruebas a la que le sometieron resultaron no ser
concluyentes en ningún aspecto. Su cuerpo no soltaba prenda sobre el
motivo que le había llevado a actuar de ese modo. Acabaron
determinando que debía de ser causado por un gran desequilibrio
psicológico, lo que echaba por tierra la idea de que hubiera podido
infectar de esa supuesta locura homicida a otras personas por el
simple hecho de poner sus flujos en contacto con los de ellos. Había
demasiadas lagunas. La noche de ese trágico día, minutos antes de
las doce, el trabajador del turno de noche de la morgue vio el
cadáver, y lo reconoció.
	Con el infectado original fuera de combate, no se acabaron los
problemas. A modo de maquiavélico plan maestro, había dejado su
semilla plantada y solo era cuestión de tiempo que germinase y
arrasara con todo. La sangre llegó al río, y continuó su curso
varios kilómetros hasta mimetizarse tanto con el agua que resultaba
imperceptible. En su trayecto hacia el mar se encontró con un
camping llamado La nutria salada. Un viejo molino de agua, restaurado
no hacía mucho, deleitaba la vista de los campistas. Una vieja bomba
de agua con un filtro demasiado barato, abastecía de agua del río
los baños y los grifos de la cocina común del complejo. Ya era
temporada baja y tan solo había un par de grupos de adolescentes,
una pareja de jubilados alemanes y la típica familia americana.
Todos y cada uno de ellos bebieron de esa agua, aparentemente inocua
y decididamente refrescante. La infección lo tuvo fácil para
expandirse más allá de las fronteras españolas esos primeros
días, para crear nuevos focos de infección en las antípodas.
Barcelona, Iowa, Bonn, Osaka. No fueron más que el principio de algo
mucho más grande, algo que se expandió como la pólvora a velocidad
alarmante.
	No muy lejos del camping, el agua infectada pasó junto a la zona de
paseo del viejo Tomás Crevillente. Pobre de él, llenó su
cantimplora de agua, como hacía todas las tardes, y pegó un par de
tragos antes de volver a casa con su esposa. Su ya ajada salud no se
resintió en absoluto; todo lo contrario, pues se sintió mucho mejor
los días siguientes. Sin embargo, su esposa enfermó y a los pocos
días le abandonó. El virus en su organismo no pudo acabar con él,
sin embargo su esposa si lo hizo, de la manera más inhumana
imaginable. Sin embargo, Tomás siguió resistiéndose a convertirse
en lo que se había convertido su esposa; era demasiado obstinado. 
	El agua del río siguió su curso y llegó al mar, donde el virus
aún seguía vivo y llegó a infectar más de una docena de peces
antes de extinguirse para siempre. Esos peces sirvieron de alimento
tanto a los pescadores como a los que los compraron en la pescadería
la mañana siguiente. La gente enfermaba en diferentes lugares, nadie
comprendía a qué era debido, y jamás llegaron a relacionar esos
incidentes aparentemente aislados hasta que la evidencia habló por
si misma.
Pero ese último día de agosto, el último agosto que verían la
mayoría de los mortales, con la muerte de Nerea, de Mario y del
viejo, con Sara dada también por muerta, todo parecía haber vuelto
a la normalidad. Ese incidente persistiría en las memorias de
quienes lo habían vivido en sus carnes y habían sobrevivido para
contarlo, y todos se afanaban en convencerse de que eso pasaría de
largo, que no había sido más que un incidente aislado. No hizo
falta mucho tiempo para que la evidencia hablase por si misma negando
cualquier atisbo de esperanza.
puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x64 - Bosque de Pardez
31 de agosto de 2008

La ambulancia no tardó mucho más en llegar, aunque ya poco podía
hacer para ayudar a nadie. Los trabajadores de la ambulancia
recogieron con sumo cuidado el cadáver desfigurado de Nerea y lo
metieron en una bolsa para cadáveres. Cerraron la cremallera mirando
a otro lado y enseguida escondieron la bolsa negra en el vehículo.
Después de un exhaustivo interrogatorio a los dos únicos
supervivientes de la masacre por parte de la agente Ponce y el agente
Delgado, los dejaron ir; ya habían pasado por suficientes
tribulaciones. Nicolás les contó todo lo que había pasado ese
fatídico día; lo que Sara y Nerea le habían contado sobre el
viejo, lo que había sucedido con Mario y Sara, y donde podría
encontrarles. Durante toda la explicación Yu se limitaba a asentir.
Ahora lo único que tenía en la cabeza era volver a casa y no volver
a pisar ese país de locos jamás.
Los llevaron al hospital Shalom y les hicieron varias pruebas, para
acabar considerando que estaban sanos y que podrían volver a casa.
Yu abandonó el hospital esa misma tarde, despidiéndose de Nicolás
muy fríamente. Se dirigió al aeropuerto y cogió el primer vuelo de
vuelta a Japón, donde llegó al día siguiente, con fuertes dolores
de cabeza. A los pocos días comenzó a enfermar, pues Nerea le
había infectado de lo mismo que ella había muerto. Pasaron cinco
días antes de que perdiese la vida en la misma cama en la que había
sido engendrado, para transformarse acto seguido en uno de ellos,
llevándose por delante tanto a sus padres como a sus tres hermanas
al despertar. Nicolás se quedó en el hospital esa tarde, pues el
mordisco que le había dado Sara se le había infectado y prefirieron
tenerle en observación algo más de tiempo para hacerle algunas
pruebas más, dada la naturaleza del incidente. Desde entonces no
hizo más que empeorar, hasta que su cuerpo no pudo lidiar más con
ese virus tan potente, y perdió la vida, para disgusto de los
trabajadores del turno de noche.
	Pero ese trágico día aún no había acabado. Los refuerzos que
había mandado venir el agente Delgado no tardaron en llegar, de
hecho se cruzaron con la ambulancia al alcanzar la cabaña. Dos
agentes por vehículo en un total de cuatro coches patrulla. Iban
armados y estaban preparados para cortar el problema de raíz, pese a
que no tenían ni idea de a qué se estaban enfrentando. Se separaron
después de escuchar las recomendaciones y las instrucciones de
quienes habían lidiado con Nerea, y peinaron la zona en busca de
hostilidad.
	No tardaron mucho en encontrar el cadáver de Mario, que aún tenía
la rama clavada en la cabeza. Seguía en el mismo sitio, en la misma
posición que recordaba Nicolás, solo que algo más empapado por la
lluvia que todavía caía con fuerza. Pero a su lado no había nadie,
no había rastro alguno de Sara, más que un poco de sangre a unos
metros del cadáver de su novio, prácticamente invisible después
del barrido de agua. Había huido después de morder a Nicolás, y
para cuando empezaron a peinar la zona, ella estaba ya muy lejos. Fue
la primera en llegar a las afueras de Sheol, un par de días después,
cuando ya se la daba por desaparecida. Consiguió infectar a una
docena de personas y matar a un par de niños pequeños antes de que
la policía nacional le abatiese a tiros en plena plaza pública.
	No fue hasta media tarde ese día, cuando la lluvia empezó a
amainar, que dieron con el verdadero culpable de todo lo que se
avecinaba. Estaba junto al río, agazapado entre unos matojos,
ayudándose de las manos para beber la cristalina agua que por ahí
fluía. Llevaba el mismo traje que había lucido en su funeral un par
de días antes, solo que ahora estaba empapado y algo sucio de barro y
de sangre, que se resistían a abandonarlo pese a la insistencia de la
lluvia de las últimas horas.
	El agente Lorente, Goyo para los amigos, llevaba ya largas horas
deambulando por el bosque sintiéndose cada vez más estúpido. Todos
habían oído con atención la historia de Paloma y Daniel, pero
ninguno de ellos le había dado mucho crédito; esas majaderías solo
pasaban en las películas de serie B, de modo que no podía tratarse
más que de un trágico malentendido. No obstante aún le quedaban un
par de horas para el relevo, y decidió tomarse un descanso en ese
paraje idílico. Nadie le podría echar nada en cara, pues el más
cercano de sus compañeros no debería andar a menos de un kilómetro
a la redonda. Sacó un cigarro del paquete de tabaco, aprovechando que
acababa de parar de llover, y se lo llevó a la boca para luego
encenderlo con su viejo mechero.
	No había saboreado ni la primera calada cuando el viejo, el
infectado original, le agarró de los hombros y lo tiró al suelo,
llenándolo de barro y haciéndole tragar medio cigarro. Gonzalo se
levantó como pudo. El viejo no paraba de tantearle y él luchaba por
zafarse, al tiempo que trataba de encontrar el arma en sus pantalones
manchados de lodo. Se llevó un buen mordisco en el bíceps del brazo
izquierdo antes de que la primera bala agujerease el caro traje negro
del señor cano. Gonzalo se giró a tiempo de ver a Paloma empuñando
su arma unos pasos por detrás. 
Se apartó para darle mejor ángulo de tiro y su compañera siguió
disparando al cuerpo del viejo, que aguantaba algo mal los embates
dada su avanzada edad. No le dieron tiempo a justificarse, aunque
tampoco lo hubiera hecho. Entre los dos le acribillaron a balazos,
haciéndole sangrar por doquier, hasta que uno de ellos le acertó en
la frente. El viejo cayó de espaldas al río en el que había saciado
su sed minutos antes, y tiñó de rojo el agua que por ahí corría,
para acabar encallado entre dos rocas y media docena de troncos y
ramas.
puntos 0 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x63 - En una cabaña en el bosque de Pardez
31 de agosto de 2008

AGENTE PONCE – ¿Quién hay ahí dentro?
NICOLÁS – Es Nerea, una de nuestras compañeras.
AGENTE PONCE – La han encerrado.
NICOLÁS – Si, pero porque está como… Está como loca, ha
intentado mordernos. Igual que el hombre que la mordió a ella. Está
enferma y se ha vuelto violenta, no…
AGENTE DELGADO – ¿Qué diablos está pasando aquí? ¿De quién es
toda esa sangre?
NICOLÁS – Es suya. Aquel hombre la mordió. Toda esa sangre es
suya. Creíamos que había muerto, y luego se despertó… y trató
de… de hacernos daño. Por eso la encerramos.
AGENTE PONCE – ¿Está ese hombre aquí?
NICOLÁS – No, se fue hace bastante.
AGENTE PONCE – De modo que está por los alrededores.
NICOLÁS – Si… Supongo.
	La agente miró a Nicolás con el ceño algo fruncido, y se dirigió
hacia el dormitorio donde estaba Nerea. Tras la puerta no paraban de
sonar golpes y más golpes. Nicolás actuó instintivamente y la
cogió del brazo, impidiéndole que continuase. La policía se zafó
de su brazo golpeándole la mano a Nicolás, y le acribilló con la
mirada. Nicolás estaba ahora más nervioso que antes, incluso Yu
había levantado la mirada y observaba la escena con la boca
entreabierta y el ceño fruncido.
AGENTE PONCE – ¿Se puede saber que haces?
NICOLÁS – No entren ahí.
AGENTE PONCE – Tú no te muevas de aquí, ¿entendido?
NICOLÁS – ¿No lo entienden? Intentará morderos, nosotros nos
hemos escapado por los pelos. Está fuera de sí. Por lo que más
quieran, no abran esa puerta.
AGENTE PONCE – Ya he escuchado suficiente. Y como continúes con
esa actitud te llevaré detenido a la comisaría. ¿Entendido?
NICOLÁS – Pero…
La agente llegó hasta la puerta del dormitorio, sorteando la sangre
que había en el suelo. Nicolás hizo un gesto con la cabeza a Yu,
indicándole que se acercase con él a la puerta, que todavía
seguía abierta. Tan sólo tuvieron ocasión de acercarse a un par de
metros, pues el otro policía les barrió el paso, haciendo de
centinela en la puerta por la que entraba tanto el viento húmedo del
mediodía como parte de la lluvia que todavía caía con fuerza fuera.
AGENTE DELGADO – ¿Dónde creéis que vais?
	No tuvieron ocasión de darle la réplica, pues para entonces Paloma
Ponce ya había abierto la puerta, y Nerea no había dudado ni un
momento en tirársele encima. Los tres observaron desde su posición
a la retaguardia como Paloma se apresuraba a sacar su arma de la
funda, al tiempo que le hacía una llave a Nerea que acabó con la
chica en el suelo antes incluso de que tuviera tiempo de morderle.
Sacó la pistola de la funda y le quitó el seguro al tiempo que daba
un par de pasos atrás y apuntaba a Nerea, que ya se estaba
levantando.
NICOLÁS – ¡No dispare, solo está enferma, ella no…! 
AGENTE PONCE – No de ni un solo paso más. ¡Es una orden! 
	Pero Nerea no acataba órdenes de nadie. Tardó un poco más en
levantarse porque se resbaló con su propia sangre, que ahora cubría
sus manos y sus rodillas. Llevaba tan solo el albornoz encima, ese
albornoz que en tiempos se veía rosa y limpio, ahora manchado de
sangre por doquier. Estaba abierto, y además de su cuerpo desnudo,
que había adquirido un color ligeramente pálido, se veía la herida
del mordisco que había acabado con su vida, ahora ya seca y de un
color rojizo incluso saludable. Finalmente acabó por levantarse, con
sus ojos rojos clavados en la agente de policía, que se había
alejado media docena de pasos de ella, con el arma temblándole en
las manos.
	Nicolás se llevó la mano a la boca mientras veía como Nerea
corría hacia Paloma, y como ésta disparaba en su pierna, algo más
de un palmo por debajo de la herida. Yu profirió un agudo grito
cuando escuchó el disparo, y Daniel Delgado se acercó a su
compañera, empuñando su propia arma. Nerea frenó por un momento,
sin dejar de mirar a Paloma, observó por un segundo la herida de
bala y siguió su camino como si nada hubiera pasado. Los dos
policías le exigieron que frenase su marcha, que no diese un solo
paso más, pero lo hizo.
	Dos disparos más, uno que impactó en la otra pierna y otro en el
hombro, no consiguieron más que manchar de sangre las paredes, el
suelo y las cortinas de la cabaña. Nerea no solo parecía no sentir
el dolor, sino que daba la impresión que disfrutase con eso. Acabó
alcanzando a Paloma y la agarró de la cara, al tiempo que se
disponía a morderla mientras el gorro plastificado caía al suelo
manchándose así de sangre. Nicolás miró a otro lado mientras los
dos policías la acribillaban a balazos dejándola tendida en el
suelo, escupiendo sangre por la boca.
	Le habían hecho entre los dos una docena de agujeros en el cuerpo,
la mayoría de ellos en el pecho, y no contenta con eso todavía se
arrastraba vomitando sangre, tratando aún de alcanzarles para darles
muerte. Un último disparo en la cabeza acabó de nuevo con la vida de
Nerea. Se les había ido totalmente de las manos, se habían saltado
todos los protocolos habidos y por haber, habían infringido
bastantes leyes y de bien seguro perderían las placas si no acababan
dando con los huesos en la cárcel. No obstante, habían salvado la
vida y eso era cuanto les preocupaba, aunque ahora, viendo el cuerpo
de esa joven, desnudo y vulnerable, lo que habían hecho se les
antojaba dantesco y desproporcionado.
	Con el cadáver de Nerea aún caliente en el suelo, sobre una mancha
de espesa sangre que se hacía cada vez más grande, Paloma corrió al
baño y comenzó a vomitar sobre el lavamanos, mientras Daniel
agarraba una especie de walkie talkie y presionaba unos botones
aparentemente al azar. Volvió hacia los chicos que aún estaban
junto a la puerta, paralizados de horror y les habló mientras
esperaba la señal del aparatejo.
AGENTE DELGADO – ¿El hombre que atacó a vuestra amiga actuó como
ella ahora?
	Nicolás, pálido y en estado de shock, sin dejar de mirar a Nerea
postrada bocabajo en el suelo, aún soltando algo de sangre por la
boca, asintió con la cabeza. Yu salió fuera y se quedó bajo la
lluvia, mirando el cielo sin entender nada, mientras el agente
Delgado contactaba con sus compañeros de cuerpo para pedir refuerzos
que vinieran a barrer la zona en busca del viejo.
puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x62 - En una cabaña en el bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Nerea clavó sus uñas en el brazo de su amigo asiático y éste
profirió un alarido al tiempo que la tiraba de nuevo contra la cama
ensangrentada. La toalla que cubría la herida había caído al suelo
cuando se levantó de la cama, y Nicolás pudo comprobar como la
herida ya no sangraba. En cierto modo daba la impresión que
estuviese cicatrizando a marchas forzadas, pero claro, eso carecía
absolutamente de sentido. Yu echó un vistazo a su brazo y vio nacer
unos hilillos de sangre en los surcos que habían dejado las uñas de
Nerea.
	Nicolás corrió hacia donde estaban sus compañeros y agarró a
Nerea de los hombros, mientras ella trataba de levantarse de nuevo.
Estaba totalmente fuera de sí, y Nicolás quiso convencerse de que
ya no era ella quien ocupaba ese cuerpo. Se resistió como pudo y
casi le pega otro mordisco en la muñeca malherida, cuando Yu la
empujó de nuevo contra la cama, sosteniendo la almohada en su
cuello. Nicolás se apartó, aturdido, y le sujetó los brazos, que
no dejaba de agitar frenéticamente. Daba patadas a la cama con los
pies y trataba de quitárselos de encima, sin dejar de escupir saliva
y gritar en un lenguaje ilógico.
NICOLÁS – Creo que tengo una idea, ¿puedes aguantarla tú solo un
momento?
	Yu le miró y asintió con la cabeza mientras agarraba los brazos de
Nerea y se colocaba encima para impedir que se moviese. Nicolás
corrió hacia el armario y sacó un par de sábanas, con las que
enseguida hizo una cuerda improvisada enrollándolas en si mismas.
Agarró la primera y no sin mucho esfuerzo consiguió juntar los pies
desnudos de Nerea y atarlos fuertemente con la tela. Luego amarró la
tela a los barrotes que sobresalían a los pies de la cama. Acto
seguido, y con la ayuda de Yu, que sostenía la almohada contra el
cuello y uno de los brazos de la chica, consiguieron atar un extremo
de la otra sábana a una de sus muñecas, el otro extremo en la otra,
y el resto de la sábana en el cabecero de la cama.
	Exhaustos, sudorosos y pálidos por el horror que estaban viviendo
se alejaron de la cama, viendo como Nerea no paraba de agitarse de un
lado al otro y de arriba abajo, gritando y escupiendo sin perderles ni
un momento de vista. Ninguno de los dos quería pasar ahí dentro ni
un segundo más, de modo que abrieron la puerta, y se dispusieron a
salir de ahí.  Yu fue el primero en hacerlo, y estaba tan ansioso
por escapar, que no recordó como estaba el pasillo, y resbaló con
la sangre que había en el suelo. Llegó a caer, aunque Nicolás le
agarró para evitarlo. El brazo donde Nerea le había arañado se
empapó de sangre.
	Fuera la tormenta había enloquecido totalmente y ahora la lluvia
parecía golpear el tejado de la cabaña como si quisiera echarla
abajo. Incluso se había oscurecido bastante el cielo y de vez en
cuando los relámpagos lo iluminaban todo con una luz cegadora.
Nicolás echó un último vistazo a la habitación, a Nerea. En su
cabeza se mezclaba el estupor y la incredulidad. ¿Que maldita
enfermedad podría acabar tan rápido con el sentido común de una
persona, para transformarla en el horrible monstruo en el que Mario,
Sara y Nerea se habían convertido?
	Hastiado de esa horrible imagen, Nicolás cerró la puerta con un
portazo y miró hacia el baño, donde se encontraba Yu. Estaba
limpiándose la sangre con la que se había manchado, con una toalla
mojada. Se le veía muy nervioso y crispado, cosa que no se le podía
criticar. Se limpió como pudo, escuchando todavía de fondo los
gritos y aullidos de Nerea, muy por encima de la tormenta, y cuando
acabó, ambos volvieron al salón y se sentaron en sendas sillas, sin
dirigirse la palabra ni la mirada. Pasaron así varios minutos, hasta
que algo rompió esa desagradable e incómoda rutina.
	Unas luces azules y rojas barrieron la zona e iluminaron la cabaña
a través de la ventana. Ambos se levantaron de la silla al mismo
tiempo y miraron por la ventana, para ver salir de un coche de
policía a dos agentes, hablando entre ellos tranquilamente,
ignorantes de lo que había significado su demora. Se apresuraron en
abrir la puerta, dejando de ese modo paso a la fuerte cortina de
lluvia que lo barría todo. Los agentes les vieron y no tardaron en
dirigirse hacia la puerta de la cabaña, sin prisa, y con una
expresión seria en la cara.
	Se trataba de un hombre y una mujer, ambos rondaban los treinta
años. Llevaban unas ridículas fundas plásticas en los gorros. Sin
embargo, el resto del traje se les empapó en el viaje del coche a la
cabaña. La luz de la sirena seguía encendida cuando entraron, no
obstante, no había rastro alguno de la ambulancia. Aunque
seguramente ya no haría falta que viniese, pues lo que quiera que
había pillado Nerea no tenía pinta de poder curarse con una simple
medicación. La agente Ponce y el agente Delgado entraron en la
cabaña, dejándolo todo perdido de agua y de lodo a su paso. 
NICOLÁS – ¡Pensábamos que ya no vendrían!	
	Los policías miraron a Nicolás con cierto aire de superioridad,
como sintiéndose ofendidos por lo que acababa de decir. Nicolás
mantuvo su expresión desafiante. Yu se desentendió de todo, no
paraba de mirarse el arañazo que tenía en el brazo, ajeno a lo que
ahí se decía.
AGENTE PONCE – Con la que está cayendo aún den gracias que
hayamos podido llegar, el camino hacia aquí es un maldito barrizal.
AGENTE DELGADO – Han llamado por…
	Los golpes y gritos del dormitorio, que habían cesado por un
momento sin que ni Yu ni Nicolás se diesen cuenta, volvieron a
adueñarse de la cabaña, ahora más fuertes y más cercanos que
antes. Los dos policías no tardaron en mirar hacia ahí y entonces
vieron la sangre y fruncieron el ceño, para mirar de nuevo a los dos
chicos, que pasaban a ser sospechosos de todo lo que ahí ocurría.
Los golpes ahora sonaban como si Nerea estuviera aporreando la puerta
desde el otro lado. Yu y Nicolás miraron a la puerta y acto seguido
cruzaron las miradas.

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Al otro lado de la vida 1x61 - En una cabaña en el bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

El primer trueno de la tormenta resonó en el aire durante unos
segundos, y Nicolás titubeó antes de coger el teléfono. Fuera, la
lluvia empezaba a hacerse algo más intensa, y su agradable melodía
daba algo de paz a ese macabro escenario. El olor a tierra mojada
entraba entre los barrotes de la ventana y las cortinas se mecían
tranquilamente por el viento, ajenas a lo que ocurría dentro.
NEREA –	No te molestes. Ya hemos llamado.
NICOLÁS – ¿A la poli…?
NEREA –	Policía y ambulancia. Están en camino, de aquí menos de
cinco minutos estarán aquí.
NICOLÁS – Nerea, ¿te encuentras bien?	
NEREA –	Tranquilo. Lo peor ya pasó.
NICOLÁS – ¿Quieres que te traiga algo? ¿Quieres…?
NEREA –	Está bien, está bien…
NICOLÁS – Sara y Mario…	
NEREA –	Ya me lo contó Yu. Temía que tu también…
NICOLÁS – No, no, yo… estoy bien. Pero… tú… Dime, ¿qué es
lo que te ha pasado?
NEREA – Cuando os fuisteis, me fui a duchar como te dije. Me estaba
duchando y oí la puerta de la entrada, como alguien la abría. Creí
que erais alguno de vosotros y no le di importancia. Entonces
apareció ese…
NICOLÁS – ¿Un hombre anciano, trajeado?
NEREA –	Si, ¿lo has visto?
NICOLÁS – No, pero sigue. Perdona.
NEREA –	Entró hasta el baño, yo estaba duchándome y vi a alguien
ahí y me mosqueé. Al principio pensé que erais uno de vosotros, y
le pregunté, pero no dijo nada. Me puse nerviosa, pensando que
sería un pervertido o un violador o algo. Se quedó ahí quieto y
callado, y aún me puse más nerviosa… Abrí un poco la puerta de
la ducha para ver quien era, y el tío ese me cogió del brazo y
tiró hacia él, tratando de morderme. Gracias a que estaba mojada se
le resbaló mi brazo pero yo también me resbalé con el susto y caí
al suelo de la ducha. Entonces… se me tiró encima, estuvimos
forcejeando un rato, pero no me podía zafar de él. Era muy
fuerte… Entonces me mordió la entrepierna y empecé a sangrar como
un gorrino.
	Nicolás lo estaba escuchando todo, pero era tan absurdo y
surrealista que lo confundía con una de esas tontas historias que
él mismo contaba la noche anterior. Nerea estaba muy pálida y le
costaba continuar con la historia. Paraba frecuentemente de hablar
para recuperar la respiración. Nicolás hubiera deseado decirle que
no se esforzase tanto, que ahora lo que necesitaba era descansar,
pero quería saber todo lo que había pasado y sabía que no tendría
paciencia para escucharlo de boca de Yu, de manera que le dejó
seguir.
NEREA –	Me arrancó un cacho de carne y mientras se entretenía
masticándolo yo salí de la ducha y me encontré de frente con Yu,
que acababa de entrar. Me llevó hacia el dormitorio y cerró la
puerta. Le escuché forcejear con el viejo, Yu no paraba de gritarle
cosas en japonés. Estuvieron un rato peleándose. Luego de un
portazo todo volvió a quedar en silencio y me asusté. Se abrió la
puerta del dormitorio y apareció Yu con este albornoz y una toalla.
Me dijo que descansara y que apretase la toalla contra la herida para
que dejase de sangrar. Llamamos a la policía y a una ambulancia. El
viejo todavía estaba fuera gritando y aporreando la puerta, pero
enseguida se cansó y se fue… aunque no debe andar muy lejos. Me
extraña que no te lo hayas encontrado al volver. Yu lleva ahí con
el cuchillo en la mano junto a la puerta desde entonces.
	Nicolás escuchó el relato y al oírlo acabar se le erizó el vello
de los brazos. No se podía creer la naturalidad con la que lo estaba
sobrellevando, y la envidió, mas cuando se la veía en tan mal
estado. Ahora que tenía tiempo de reflexionar, le supo mal haber
llamado cobarde a Yu. Al fin y al cabo él había sido el más
sensato de los dos. Para Sara ya era tarde, y si además había
ayudado a Nerea exponiéndose a si mismo de ese modo, había
demostrado que no era cobarde en absoluto.
NICOLÁS – A ver si viene la ambulancia pronto. Ahora tienes que
descansar, has perdido mucha sangre. 
NEREA –	Tranquilo…
	Nicolás asió suavemente la mano de Nerea, sentado como estaba
junto a la cama donde ella descansaba, y con la otra mano le ayudó a
hacer presión en la toalla que había sobre la herida, para cortar
definitivamente la hemorragia. A Nerea se le cerraban los ojos por
momentos, y no tardó mucho en caer inconsciente. Nicolás trató de
despertarla, pero no sirvió de nada. Miró desde ahí a Yu, pero
éste negó con la cabeza; parecía que los refuerzos todavía
tardarían algo más en venir.
	Con Nerea fuera de combate, soltó su mano suavemente y se afanó en
apretar la toalla, que por esos entonces estaba tan empapada como la
propia sábana. Yu le trajo otra toalla del baño y las cambió, pero
la herida parecía demasiado profunda y no había manera de cortar la
hemorragia. Tampoco podían hacer un torniquete, pues no había lugar
donde atar nada, porque la herida estaba al final del tronco. Nicolás
no la abandonó ni un momento, pero no habrían pasado ni diez
minutos, cuando Nerea murió.
	Nicolás, desesperado y asusado, gritó a Yu que viniese. Entre los
dos le tomaron el pulso, ya inexistente, y comprobaron que tampoco
respiraba. Nicolás maldijo una y otra vez a la ambulancia por no
haber llegado a tiempo, y comenzó a llorar desconsoladamente,
mientras trataba en vano de revivirla imitando sin mucha fortuna el
método que tantas veces había visto en diferentes películas y
series de televisión. Pero llegó un momento en el que él mismo se
dio por vencido y se alejó del cadáver hasta el otro extremo de la
habitación, gritando y llorando, acompañado por los truenos cada
vez más fuertes y frecuentes, y del ruido de la lluvia que caía
fuera.
	Yu le llamó la atención y Nicolás se giró a toda prisa. Nerea se
había incorporado en la cama. Parecía que no había muerto, al fin y
al cabo. Nicolás dio un paso al frente, con las lágrimas surcándole
las mejillas, pero la sonrisa que llevaba en la cara enseguida se
desvaneció. Había algo raro en los ojos de Nerea, lo mismo que
había visto en los ojos de Mario instantes antes de acabar con su
infame vida. Entonces Nerea se dirigió hacia Yu, y Nicolás tan solo
tuvo tiempo de gritarle que se apartase, pero ya era tarde.
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Una mierda - Denominada tonterías las justas
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Al otro lado de la vida 1x60 - Bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Se alejó tanto como pudo y tan rápido como se lo permitieron sus
temblorosas piernas, sin poder quitarse de la cabeza la imagen de
Sara con el cuello medio destrozado y la cabeza sangrando. Aún no
daba crédito a lo que acababa de ocurrir; había pasado demasiado
rápido. Mario había tratado de matar a Sara, pero él, él sí que
había matado a Mario. Se mezclaron en su cabeza el remordimiento por
lo que le había hecho a su amigo, la imagen de un policía
pidiéndole explicaciones y un millón de preguntas sobre por qué
diablos habían actuado así.
	Después de un buen rato de frenética carrera, se paró a recuperar
el aliento en una zona espesamente arbolada y giró la cabeza
tímidamente hacia atrás. Ahí no había absolutamente nadie. Ahora
tenía ocasión de pensar las cosas con más claridad. Lo primero que
debían hacer era llamar a la policía. Si las cosas se ponían feas
cogerían la furgoneta y saldrían por patas de ahí, de lo contrario
esperarían a que llegasen refuerzos en la seguridad que les ofrecía
la cabaña. Para Sara y Mario tal vez ya fuera tarde, pero ellos
podrían salir de ahí intactos; nada tenía porque salir mal.
Trató de mover la muñeca herida, y se sorprendió al ver que ya no
le dolía tanto, aunque todavía la tenía bastante inflamada.
Tampoco el mordisco de Sara parecía nada serio. Cuando llegase a la
cabaña lo limpiaría con alcohol o agua oxigenada del botiquín,
para desinfectarlo, y con una pequeña venda se olvidaría enseguida.
Siguió su camino, algo más animado imaginando en su cabeza el
desenlace feliz de esa pesadilla, pero a medida que se acercaba a su
destino, la sensación de pesimismo y miedo volvió a apoderarse de
él.
	Alcanzó finalmente la cabaña cuando las primeras gotas de lluvia
comenzaron a caer sobre la tierra. La puerta estaba cerrada, tan solo
se oía el trinar matutino de los pájaros. Sin embargo, había algo
que le intranquilizaba. Se acercó a la puerta lentamente y en
silencio, sin saber por qué, y la golpeó un par de veces con los
nudillos. No obtuvo respuesta alguna, y empezó a preocuparse,
repitió la operación, pero en esta ocasión con más fuerza, con
algo más de impaciencia y nerviosismo. El resultado fue idéntico.
NICOLÁS – ¿¡Nerea, estás ahí dentro!?
	De repente se oyó un chasquido tras la puerta; alguien había
quitado el cerrojo desde dentro. La puerta se abrió tan solo unos
dedos, con un gruñido oxidado, y Nicolás pudo ver a Yu tras la
puerta, sosteniendo en la mano trémula el cuchillo más grande de
cuantos habían en la cocina. Cuando Yu lo reconoció, abrió la
puerta de par en par y le hizo pasar rápidamente, para luego
cerrarla de nuevo con el cerrojo. Nicolás entró en la cabaña y se
sentó en una silla. Agarró la cafetera y se sirvió un café frío
en un vaso sucio. Se lo bebió de un trago y se giró enfurecido
hacia Yu, que miraba asustado por la ventana.
NICOLÁS – Eres un puto cobarde, ¿lo sabías? Me dejaste solo con
Mario y me he salvado de milagro.
YU – Yo siento…
NICOLÁS – Estaba… Estaba como loco y trató de… Forcejeamos en
el suelo y… le maté.
	Nicolás se giró tímido hacia Yu, esperando una dura reacción
después de lo que le había contado. Sentía la necesidad de
explicárselo a alguien, para quitarse ese peso de encima, y creyó
que Yu podría ayudarle a superarlo y tranquilizarle un poco. Sin
embargo, Yu pareció no inmutarse. Le miró un momento, para dirigir
la mirada de vuelta a la ventana, como si nada de eso fuera con él.
NICOLÁS – ¿Qué pasa, que no te importa, o que?
En esta ocasión, ni siquiera se giró.
NICOLÁS – ¡Te acabo de decir que he matado a nuestro amigo y te
quedas tan ancho!
YU – Calla, coño.
NICOLÁS – ¿¡Cómo que me…!?
	Nicolás trató de refrenar sus ganas de golpear a Yu. Tenía que
desfogarse y Yu le estaba pidiendo a gritos que le abofeteara.
Entonces cayó en la cuenta de algo que había olvidado, y un
escalofrío le recorrió la espalda de extremo a extremo.
NICOLÁS – ¿Dónde está Nerea?
	Ahora si que se giró. Se le quedó mirando fijamente con sus ojos
rasgados y acto seguido bajó la mirada. Nicolás notó que le
faltaba el aire y tuvo que controlar la respiración, mientras el
corazón le palpitaba a mil por hora. No se atrevía a seguir
preguntando, pero tenía la necesidad de saber si Nerea se encontraba
bien o no.
NICOLÁS – Dime donde está.
	Yu le indicó con la cabeza la puerta entreabierta del dormitorio
que había frente al baño donde poco antes se había duchado Nerea.
Cuando Nicolás se levantó de la silla, Yu volvió a sus quehaceres
como vigilante. Nicolás miró hacia ahí, entonces reparó en la
mancha de sangre que había en el suelo y cerró los ojos llevándose
una mano a la frente. Respiró hondo con los ojos cerrados y se
dirigió hacia el dormitorio con el corazón en un puño. 
A medida que se acercaba, lo primero que vio a través de la puerta
fue un pie desnudo manchado de la sangre que había pisado. Esa
sangre estaba desparramada por el suelo frente al baño; se
sorprendió de no haberla visto cuando entró. Luego vio una toalla
blanca apretada por un par de manos delgadas contra la ingle,
después un albornoz rosa también manchado de sangre y cuando llegó
al umbral vio a Nerea tumbada en la cama, con los ojos cerrados. En
cuanto le oyó acercarse, los abrió y esbozó una ligera sonrisa.
Nicolás estaba boquiabierto, no daba crédito a lo que estaba
viendo. Ahora lo único que le preocupaba era el estado de Nerea.
Estaba pálida y si toda la sangre que había por el suelo era suya,
no debería tardar mucho en desmayarse. Policía, ambulancia. Le
vinieron esas dos palabras a la cabeza, y se abalanzó hacia la
cómoda para recoger su teléfono móvil.
puntos 4 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x59 - Bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Nicolás miró la gruesa rama que aún sostenía y volvió a mirar a
Mario. Lo último que quería era golpearle con eso, no lo había
cogido con esa intención, pero si le obligaba no lo dudaría un
instante pues no quería acabar igual que Sara. Mario metió un par
de dedos en la hendidura que le había hecho a la chica en el cuello
y estiró con fuerza, llevándose un trozo de carne en el proceso. Se
estaba ensañando gratuitamente con ella, por una razón que Nicolás
jamás alcanzaría a entender. No pudo soportarlo y tuvo que girar la
cara para no verlo, sin embargo el ruido del desgarro se le grabó en
la cabeza. Entreabrió los ojos y vio como Mario agarraba a Sara del
cuello. Nicolás no pudo soportarlo más y saltó.
NICOLÁS – ¿¡Pero que cojones haces!? ¿Te has vuelto loco?
	Mario le miró, sin soltar el cuello de Sara. Al menos no siguió
haciendo lo que pretendía hacer con ella. Nicolás se arrepintió
enseguida de haber llamado su atención, y lo siguiente que hizo fue
agarrar la rama con las dos manos, respirando agitadamente. Ahora ya
no veía en él a su amigo, ahora lo veía como una amenaza, y eso le
hizo sentirse mejor, pues si le golpeaba no tendría tantos
remordimientos. Mario gruñó a Nicolás y golpeó fuertemente la
cabeza de Sara contra el suelo, como queriendo demostrarle algo a su
antiguo amigo. Lo repitió una y otra vez más hasta que la sangre
comenzó a brotar de su nuca.
NICOLÁS – ¡Que pares ya!
	Mario le miró de nuevo, parecía enfadado. Soltó el aire con un
bufido y dejó caer la cabeza de Sara, que hizo un ruido sordo al
golpear de nuevo contra el suelo. Mario, sin dejar de mirar a
Nicolás, se levantó con un rápido y ágil movimiento y dio un paso
al frente. Nicolás agarró la rama como si de un bate de béisbol se
tratase.
NICOLÁS – No te acerques. No te… no te acerques, por favor.
	Pero lo hizo. Se acercó sin prisa pero decidido. Nicolás le pidió
una y otra vez que no siguiera por ese camino, pero Mario no cejó en
su empeño. Tenía sus dos manos extendidas hacia él y cada vez
cogía mayor velocidad e impulso. Nicolás interpuso la rama entre
los dos y tan solo consiguió torcerse la muñeca y golpear a Mario
en el pecho descarnado. Sin embargo, pareció no hacerle daño, pues
no se inmutó lo más mínimo y siguió su camino. Se abalanzó
contra Nicolás, al tiempo que él profería un grito de dolor al
torcerse la muñeca, y le hizo caer al suelo del empujón.
	Nicolás trató de zafarse, pero Mario era más corpulento que él y
estaba demostrando estar muy en forma. No había manera de quitárselo
de encima. Ahora lo que más le preocupaba era que no le mordiera,
pues eso es lo que estaba intentando hacer desde que le cayese
encima. No había tiempo para preguntarse porqué actuaba así, ahora
lo que tenía que hacer era apartarlo de si cuanto antes, pues para
Sara ya era tarde. Lo agarró del mentón, cerrando de ese modo su
boca, que aún dejaba caer algunas gotas de sangre que Nicolás
consiguió evitar hábilmente. 
Pero no podría resistir mucho más, de modo que había que encontrar
una idea mejor. Miró hacia el lado, notando las uñas de Mario
clavarse en su antebrazo, y vio la rama que se le había caído de
las manos. Alargó la mano que le quedaba libre, todavía palpitante
de dolor, pero aún le faltaba un buen trecho para poder recogerla.
De repente tuvo otra idea. Cogió impulso y estrelló su rodilla
contra los huevos de Mario, aunque éste pareció no notarlo. Desde
ahí Nicolás pudo ver con mayor claridad los ojos del que fuera su
amigo. El iris estaba enfermizamente enrojecido, y el rojo se
oscurecía a marchas forzadas hasta el punto que no se podría
determinar donde comenzaba la pupila. Además, la zona que debería
estar blanca, estaba surcada por docenas de diminutas venitas
también rojas que aún le daban mayor imagen de perturbado.
Viendo que así no llegaría muy lejos, decidió jugárselo todo a
una carta. Cogió impulso balanceándose hacia un lado y acto seguido
rodó en sentido contrario y se llevó a Mario rodando hacia ahí,
sosteniéndolo fuertemente por el hombro y el mentón, aguantando el
dolor de su muñeca. Le pilló tan de sorpresa que pudo continuar con
la embestida y cuando volvió a tenerlo encima, le dio una fuerte
patada en el estómago levantándolo y haciéndole dar un par de
pasos hacia atrás. Pero enseguida se recuperó, más iracundo que
nunca, y se abalanzó de nuevo contra Nicolás. Entretanto, él
había agarrado la rama y la había encarado hacia Mario. La
embestida fue tal que la rama se le clavó por debajo de la
mandíbula y se le incrustó varios centímetros en la cabeza.
Nicolás se apartó y se levantó tan rápido como pudo, atusándose
la ropa y gritando de asco al oír los tétricos gorgoteos que
salían de la sangrante garganta de Mario, mientras éste se agarraba
del cuello y trataba vanamente de quitarse la rama de ahí. Vio como
perdía fuerza hasta quedar tirado en el suelo, mirándole con esos
ojos perdidos y alzando una mano en dirección a él, como si
todavía tratase de alcanzarle. Poco después todo volvió a quedar
en silencio, aunque bastante más manchado de sangre. Nicolás notó
una arcada y no pudo evitar echar fuera todo lo que había
desayunado, apoyándose en un árbol cercano.
Tan solo quedaba una cosa por hacer antes de volver de vuelta a la
cabaña y avisar a las autoridades sobre lo que estaba pasando ahí,
así que se armó de valor y caminó hacia Sara, evitando acercarse
al cuerpo de Mario. Se arrodilló frente a su cadáver, y la miró
con tristeza. Una lágrima brotó de sus ojos al tiempo que acercaba
una mano a su cabeza, tratando de encontrar pulso en su cuello.
Entonces Sara abrió los ojos de repente, giró rápidamente la
cabeza y le pegó un fuerte mordisco unos centímetros por debajo de
la muñeca. Nicolás gritó, se levantó a toda prisa y le propinó
una fortísima patada en la cabeza, presa del pánico. Entonces
salió corriendo de ahí, mientras gritaba y comenzaba a llorar,
creyéndose ya totalmente desquiciado.
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x58 - 58

Bosque de Pardez
31 de agosto de 2008

El cielo se oscurecía a marchas forzadas. Nicolás dio un paso al
frente, y pisó sin darse cuenta parte del charco de la sangre de su
compañero. Miró a su alrededor, tratando de encontrar alguna señal
sobre donde podían encontrarse Mario o su agresor, pero lo único en
lo que reparó fue esa marca en el suelo salpicada de sangre, que se
alejaba hacia la izquierda, para perderse de vista enseguida tras la
vegetación. Yu y Sara estaban un par de pasos tras él, como
escudándose tras su amigo para no tener un final parecido al de
Mario. Nicolás dio un paso hacia el rastro de sangre, y Sara le
agarró del brazo, obligándole a girarse.
SARA – ¿Dónde vas?
NICOLÁS – A buscar a Mario, a eso hemos venido, ¿no?
	Sara se le quedó mirando, y tragó saliva.
SARA – Tal vez deberíamos volver y llamar a la policía.
NICOLÁS – Para eso siempre hay tiempo.
SARA – No si nos…
NICOLÁS – Idos, nadie os está reteniendo aquí. Yo no voy a dejar
a Mario tirado sabiendo que puede estar agonizando detrás de
cualquier matorral. Yu, lleva a Sara de vuelta a la cabaña, yo me
quedo.
	Yu miró a Nicolás, Nicolás miró a Sara, Sara miró a Yu. Nadie
se movió.
NICOLÁS – Bueno, ¿entonces que? O venís u os vais, pero no me
mareéis.
	Sara asintió con la cabeza y Nicolás prosiguió su camino
siguiendo las marcas del suelo. Sentía que estaba saliendo de sus
casillas y lo estaba pagando con quien menos lo merecía, pero estaba
demasiado nervioso y excitado para actuar con claridad. En esa
situación lo más sensato hubiera sido hacer caso de Sara y pedir
ayuda cuanto antes, mas cuando no sabían a lo que se exponían, pero
la incertidumbre sobre el destino de Mario era mala consejera, y se
dejaron llevar por el instinto. Siguieron las marcas irregulares,
cada vez más débiles y poco reconocibles, hasta llegar a un claro
del bosque donde desaparecían totalmente.
	Caminaron por los alrededores del claro, tratando de encontrar
algún indicio que les dijera hacia donde debían dirigirse, pero el
esfuerzo resultó inútil. No había ningún rastro de sangre que
seguir, y el claro estaba lleno de césped y malas hierbas, así que
tampoco podían ver ninguna marca en el suelo, de modo que de mutuo
acuerdo acabaron decidiendo volver a la cabaña para pedir ayuda con
el móvil. Estaban volviendo por otro camino que llevaba igualmente
hacia la cabaña, cuando a los cinco minutos de camino, todavía muy
lejos del nuevo destino, se encontraron con Mario. 
	Lo primero que sintieron al verle fue una enorme sensación de
desahogo. Se habían llegado a pensar lo peor, y ahora que veían que
estaba vivo, todo parecía distinto. Estaba de espaldas, tal y como lo
recordaba Sara. Tenía apelmazado el pelo por la sangre, no llevaba la
camiseta, y la pernera derecha de su tejano estaba oscurecida por el
rojo líquido, sin embargo todo lo demás parecía en regla. No
había muerto, de modo que tan solo tendrían que volver a la cabaña
y avisar a las autoridades de que había un loco suelto, coger la
furgoneta de Nicolás, volver a la ciudad y tratar de olvidarlo todo
cuanto antes.
	No obstante, notaron algo raro en él. Estaba quieto, cabizbajo, con
la espalda extrañamente arqueada. Era él, sin embargo había algo
diferente en él, algo que les hizo tardar unos segundos en decidirse
a llamarle la atención. Sara fue la que dio el primer paso, y nadie
la frenó, no había motivo para ello. Había creído ver morir a su
novio y ahora se reencontraba con él, ¿qué podría tener de malo?
Sara se acercó, al tiempo que le llamaba por su nombre. La reacción
de Mario fue instantánea; Sara estaba demasiado cerca para evitarlo.
	Se dio media vuelta en cuestión de décimas de segundo; su pecho y
parte de su estómago estaban repletos de marcas rojizas y negruzcas,
mezcla de la sangre que de ahí había brotado y de la tierra que se
le había enganchado mientras se arrastraba por el suelo. Lo que más
les sorprendió, lo que más les asustó, fue la expresión vacía y
tétrica de su cara. Sus ojos, antaño de un precioso azul salpicado
con motitas verdes, ahora eran del rojo más intenso, el mismo rojo
de la sangre que había servido de néctar a aquel viejo, que por
esos entonces ya andaba muy lejos de ahí.
Sara frenó el paso, asustada sin saber muy bien cómo ni por qué, y
Mario corrió hacia ella a una velocidad insensata. En un principio
todos creyeron que iría a abrazarla, besarla y regocijarse con ella
de haber sobrevivido a esa dura prueba, al menos quisieron
convencerse de ello. Sin embargo lo que ocurrió distó mucho de eso.
Sara no se inmutó lo más mínimo, se quedó quieta, esperando lo
inminente. Mario la agarró de un hombro y una axila, y junto su boca
con la de ella. Nicolás y Yu arrugaron la frente, sorprendidos de la
situación, confundiéndola con un beso apasionado. Fue el grito de
pavor de Sara lo que les hizo entrar en razón.
El grito de Sara vino acompañado de un gruñido de victoria de
Mario, apagado al tener la boca ocupada con un gran pedazo de carne.
Vieron girarse a Sara y tuvieron que reprimir un grito de asco al ver
como le faltaba todo el labio inferior, que ahora Mario se afanaba en
masticar. La sangre enseguida empapó la camiseta blanca de Nicolás,
y Sara cayó inconsciente al suelo, incapaz de asimilar lo que estaba
pasando. Mario tragó un poco de carne y el resto lo escupió al
suelo. Entonces saltó encima de Sara, se colocó a horcajadas sobre
su estómago y hundió su fuerte mandíbula en el cuello de su novia.
Nicolás no daba crédito a lo que estaba viendo. De la nueva herida
brotó un borbotón de sangre enorme, como un macabro surtidor, y
Mario colocó ahí la boca, para beberse la sangre, como si se
tratase de una fuente. Nicolás quiso hacer algo al respecto, pero ya
era tarde para su amiga, había ocurrido todo demasiado rápido. Miró
hacia su lado, pero Yu hacía ya un buen rato que había huido
despavorido, en su lugar tan solo había la piedra que había cogido.
Entonces Mario, ya contento por haber conseguido su primera víctima y
con la boca chorreando la sangre de Sara, posó los ojos en Nicolás,
e hizo una extraña mueca, que éste confundió con una sonrisa
macabra.

puntos 7 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x57 - Bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Estaba totalmente fuera de sí, parecía presa del pánico y no
paraba de tiritar, pese a que no hacía frío. Todo el rimel que
llevaba se había corrido creando dos macabros surcos negros debajo
de sus ojos enrojecidos por el llanto. En algunas zonas de su torso y
su costado en su piel tostada por el sol, se veían pequeñas heridas
fruto del roce con arbustos y demás vegetación. Nicolás se quitó
la camiseta y se la entregó. Ella la recogió entre sollozos y se la
puso, para fastidio de Yu, que les observaba desde la distancia sin
entender muy bien a qué venía todo eso.
NICOLÁS – Dios mío, Sara, ¿qué ha pasado?
SARA – Yo… Un…
NICOLÁS – Tranquilízate y dime lo que ha pasado. ¿Dónde está
Mario?
	Sara estalló en llantos de nuevo y Nicolás la atrajo hacia su
hombro y le acarició la espalda para tratar de tranquilizarla. Yu
frunció el entrecejo. Nicolás esperó de nuevo a que se
tranquilizase y la guió hacia un viejo tocón serrado por el hombre,
donde le obligó a sentarse, ahora ya algo más tranquila. No paraba
de sollozar y no podía mirarle a los ojos, no hacía más que
rehuirle la mirada, y Nicolás estaba cada vez más impaciente.
Cientos de ideas rondaban su cabeza; desde un oso hasta un lobo,
pasando por un violador o un loco homicida. Sin embargo, la realidad
era mucho peor.
NICOLÁS – Necesito que me digas lo que ha pasado, si no, no te
podremos ayudar.
SARA – Está… Estábamos anoche, donde… do… donde cenamos. Y
vino un hombre.
	Nicolás frunció el entrecejo.
SARA – Era un puto viejo. Ma… más viejo que mi abuelo. Iba
vestido como para ir a una boda, y se nos quedó mirando, y… y
luego se acercó y… atacó a Mario. Apareció de la nada y le
agarró y… y ahora Mario está muerto.
NICOLÁS – ¡¿Qué me estás contando?!
	Yu se quedó boquiabierto. Nicolás no daba crédito a lo que
acababa de oír, y su corazón comenzó a latir a gran velocidad.
Sara comenzó a llorar de nuevo.
NICOLÁS – ¿Pero qué coño…? ¿Que hizo ese hijo de puta?
SARA – Se le tiró encima, y… y le hizo caer al suelo. Se dio un
golpe en la cabeza y empezó a sangrar y entonces… Le mordió.
NICOLÁS – ¡¿Qué?!
SARA – Le arrancó un tro… un trozo de carne y se lo comió, como
un jodido caníbal.
NICOLÁS – ¿Qué coño…?
	Yu no entendía muy bien lo que estaba contando Sara, sin embargo
había comprendido lo suficiente para preocuparse. Ahora su única
idea era la de salir de ahí cuanto antes. Nicolás, por su parte,
empezaba a ponerse furioso, y ya estaba pensando que haría si se
encontraba con ese viejo enfermo.
NICOLÁS – ¿Y hace mucho de eso?	
SARA – A… Ayer, un rato después de que os fuerais. Llevo dando
vueltas por el bosque toda la noche buscando la puta cabaña.
NICOLÁS – Vale… ¿Cómo supiste que había muerto?	
SARA – Yo… Se dio un golpe en la cabeza y empezó a sangrar, y el
otro… Salí corriendo.
NICOLÁS – Entonces no sabes seguro si está muerto, ¿no?
	Sara le miró a los ojos, entre sollozos.
SARA – No lo sé… Yo…
NICOLÁS – Mira, ¿sabes lo que vamos a hacer? Vamos a ir, a ver si
Mario sigue ahí. Solo así sabremos…
SARA – No. Yo no quiero volver ahí. No me…
NICOLÁS – Hace ya demasiado tiempo que… Tenemos que darnos prisa
si queremos ayudarle.
SARA – ¿Y si ese hombre todavía está por ahí?
	Nicolás miró a su alrededor, y reparó en un grueso tronco que
había a escasos metros del tocón. Lo agarró con una mano y lo
golpeó contra la otra, comprobando que era fuerte y robusto. Yu lo
miraba con el ceño fruncido.
NICOLÁS – Él es uno, nosotros somos tres, y si como dices no es
más que un viejo no se atreverá con nosotros. A Mario le pilló
desprevenido, nosotros jugamos con ventaja. Si sigue por ahí y… 
SARA – Sería un viejo, pero tenía mucha fuerza.
NICOLÁS – ¿Estaba armado?
SARA – No…
NICOLÁS – No voy a dejar a Mario solo por ahí, sabiendo que… Si
no quieres venir, vuelve con Yu a la cabaña y pedid ayuda. Yo voy a
por Mario.
	Sara se lo pensó durante un momento, respiró hondo y le
respondió.
SARA – Vale… vayamos.
NICOLÁS – ¿Yu?
YU – Yu viene.
	Agarró una piedra y sin media palabra, los tres se dirigieron hacia
el lugar donde habían cenado tan tranquilamente la noche anterior.
Ahora todo parecía haber cambiado. Las cosas las veían desde otro
punto de vista, mucho más temeroso y pesimista. El cielo gris
ocultó aún más el sol, y dio una sensación aún más tétrica al
bosque, que ya no se parecía en nada al paraje idílico que
visitasen el día anterior. A medida que se acercaban a su destino,
el paso iba haciéndose cada vez más ligero; querían salir de dudas
cuanto antes, para bien o para mal. No estaban muy lejos, luego no
tardaron mucho en llegar. Lo que vieron aún les dejó más perplejos
de lo que esperaban encontrar.
	Ahí no había nadie. Tan solo quedaban los restos aún humeantes de
la hoguera que se había extinguido por si sola, el mantel sobre el
que habían cenado y la ropa interior de Sara. Todo ello aderezado
con unos cuantos litros de sangre que lo cubrían todo de manera
irregular. De repente se encontraron más desprotegidos que nunca,
notando con mayor cercanía el mal que manaba de ese sitio. La sangre
parecía colocada de manera gratuita, sin embargo no tardaron en
percatarse de un pequeño hilillo intermitente, que venía
acompañado de un ligero surco en la tierra, adentrándose en el
bosque para desvanecerse enseguida entre los arbustos cercanos. 
Ninguno de los tres supo como interpretarlo, sin embargo sabían que
debían hacer algo, pero el miedo les paralizaba y conseguía que les
costase mucho más pensar con claridad. Mario había desaparecido. Tal
vez había escapado después del ataque, tal vez su agresor se lo
había llevado ya cadáver a otro lugar para acabar de ensañarse con
él; ellos estaban ahí para averiguarlo.
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Al otro lado de la vida 1x56 - En una cabaña en el bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Yu fue el primero en despertar ese último día de agosto. Le llamó
la atención ver vacía la cama donde deberían haber dormido Sara y
Mario, pero no le dio mayor importancia. Caminó hacia la cocina de
la cabaña y encendió el fuego, alimentado por el gas de una gran
bombona de color naranja chillón, para luego colocar un cazo lleno
hasta los bordes de leche. Dejó el cazo sobre el fuego y se dirigió
al baño donde se aseó la cara mientras miraba por una pequeña
ventana con mosquitera. Estaba todo silencioso, no se oía ni el
cantar de los pájaros. Vació su vejiga y cuando volvió a la sala
principal, Nicolás y Nerea ya se habían despertado.
	Todo resultó tan tranquilo y tan normal, que horas más tarde
echarían de menos esa paz. Desayunaron sin prisas leche con cacao,
con unas galletas algo rancias que mejoraron al mojarse con la leche
chocolateada. La radio les acompañó gran parte de la mañana. El
boletín noticiario no dijo nada que les pudiera preocupar, y la
música les ayudó a desperezarse. Sin embargo, a medida que pasaba
el tiempo se iban mosqueando más y más. Si bien era evidente que
sus compañeros no habían dormido en la cabaña, ellos no eran nadie
para juzgarles, pero el mediodía se acercaba a marchas forzadas, y al
ver que no volvían empezaron a preocuparse.
NEREA –	Tal vez no hayan sabido encontrar el camino de vuelta.
YU – Ellos están dándose el lote.
NICOLÁS – El jodío chino, no sabe nada.
YU – No es chino, es japonés.
NICOLÁS – Bah, lo que sea.
NEREA –	¿Quieres decir que no se habrán perdido?
NICOLÁS – Me parece muy raro… Yo opto más por la  versión de
Yu.
NEREA –	No se… Es que… ya es muy tarde.
NICOLÁS – ¿Quieres que vayamos a buscarlos?
NEREA –	Me dejarías más tranquila, la verdad.
NICOLÁS – Pues no se hable más. Yu, ¿me acompañas?
	Yu frunció el entrecejo.
NICOLÁS – ¿Vienes conmigo a buscar a esos dos?
YU – ¡Ah! Si, si. Si, claro. Yu viene contigo.
NEREA –	Tened cuidado, ¿vale?
NICOLÁS – Esto es un parque natural protegido. Aquí lo más
grande que hay… es una ardilla voladora.
NEREA –	Lo que me preocupa no son los animales.
NICOLÁS – Quédate tranquila. Enseguida volveremos con ellos y
luego iremos a comer a un sitio que conozco no muy lejos, junto al
río, que tiene unas vistas impresionantes.
NEREA –	Vale, yo me ducharé de mientras.
NICOLÁS – No… no hay agua caliente.
NEREA –	No pasa nada. Así me despierto del todo.
NICOLÁS – Pues… eso, que… enseguida volvemos.
YU – Sayonara.
	Nicolás y Yu salieron de la cabaña y caminaron tranquilamente en
dirección a donde habían cenado la noche anterior al amparo de las
estrellas. Ahora el cielo estaba algo encapotado, y Nicolás temió
que se pusiera a llover y tuvieran que cancelar la comida al aire
libre para quedarse encerrados en la cabaña. El camino estaba algo
marcado en el suelo a razón de las reiteradas pisadas, pues era un
camino transitado con cierta frecuencia por cazadores y pescadores,
sin embargo Yu tuvo nuevamente la sensación que andaban sin rumbo
alguno, pues su sentido de la orientación era similar al de Sara.
	A mitad de camino de su destino encontraron una ardilla muerta. La
cantidad de sangre que había soltado no parecía corresponderse con
el tamaño que tenía. Estaba partida por la mitad y la parte de
abajo la vieron a unos metros de ahí. Tenía la cola empapada en su
propia sangre; había perdido todo el volumen y la belleza que había
tuvo en vida. No obstante faltaba un trozo de la pequeña rata de
bosque, como si algún animal se hubiera comido una parte y luego
hubiera continuado su camino. Nicolás empezó a barajar las
posibilidades de que un jabalí o un lobo rondasen por los
alrededores, pero sabía de sobras que eso no era posible. Eso aún
le puso más nervioso.
YU – ¿Qué ha hecho eso?
NICOLÁS – Otra ardilla no, eso seguro.
YU – ¿Entonces qué?
NICOLÁS – No lo sé, Yu. No sé que animal ha hecho esto. Tenía
entendido que aquí no había animales salvajes… peligrosos. Al
menos eso me dijo mi tío.
YU – Mintió.
NICOLÁS – Mira, no saquemos las cosas de quicio, ¿vale? Ha podido
ser un perro… Algún perro que se haya escapado de la ciudad y haya
venido a parar aquí. Los perros cazan presas pequeñas, no es tan
raro.
YU – Yo no digo nada.
NICOLÁS – Mejor será. Venga, sigamos el camino, que ya se me ha
revuelto el estómago.
YU – ¿Falta mucho?
NICOLÁS – En diez o quince minutos estamos ahí.
	Continuaron caminando, ahora con algo de peor cuerpo que al
principio, y a unos diez minutos de su destino escucharon algo
moverse entre la hojarasca. Yu se pegó a Nicolás, y ambos se
pararon en seco, mirando en todas direcciones, incluso aguantando la
respiración como si así pudieran oír mejor. Con el paso de los
segundos acabaron convenciéndose que todo había sido fruto de la
sugestión, y le restaron importancia. Pero cuando reemprendieron el
camino, no llevarían ni media docena de pasos y el ruido se
repitió, esta vez más claro y más cercano, resultando ya
indiscutible.
	De repente una figura conocida emergió de entre unos arbustos y
corrió en dirección a Nicolás. Yu se apartó y se quedó mirando
como Sara, totalmente desnuda de cintura para arriba, corría
entornando los ojos en dirección a Nicolás, con una extraña mueca
en la cara. Él no se apartó y aguanto la embestida como pudo. La
chica se abrazó fuertemente a su amigo y comenzó a llorar
desconsoladamente, para sorpresa de los chicos. Yu miraba la escena
con el ceño fruncido, aún sorprendido por haber visto los pechos a
su compañera; ni se acordó de Mario. Nicolás sin embargo se temió
lo peor, y cuando vio que Sara estuvo algo más tranquila, la asió de
los hombros y se dispuso a escuchar la mala noticia.
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Al otro lado de la vida 1x55 - Bosque de Pardez
	31 de agosto de 2008

Todo volvió a quedar tranquilo y en silencio después que Nicolás,
Nerea y Yu se fueran. Sara y Mario se quedaron solos bajo las
estrellas, iluminados por la intermitente luz del fuego, y notando
una suave brisa acariciarles la piel. Se tumbaron uno junto al otro,
contemplando las sombrías copas de los árboles y las estrellas más
allá. Se quedaron así un rato más, sabiéndose a solas, con la
intimidad que les ofrecía ese paraje arbolado alejado de la mano de
Dios. No dijeron nada hasta estar seguros que sus compañeros
estuvieran ya suficientemente lejos para poder escucharles.
SARA – ¿Tienes?
MARIO –	Tengo.
SARA – Que cabrón, lo tenías todo planeado.
MARIO –	¡Oh! ¿Por quien me tomas? Ahora me has ofendido.
SARA – Idiota.
MARIO –	Imbécil.
SARA – Gilipuertas.
	Rieron durante unos segundos, y acto seguido volvieron a quedar en
silencio, con una tonta sonrisilla en las caras.
SARA – Nunca lo había hecho…
MARIO –	Vamos.
SARA – No, tonto. Digo, en un sitio así, tan… 
MARIO –	Yo tampoco, pero siempre hay tiempo para una primera vez,
¿no?
SARA – ¿Quieres decir que no nos oirán?
MARIO –	Que va. La cabaña está muy lejos de aquí. Nos podría
descuartizar un oso y no se enterarían.
SARA – Mírale que gracioso.
MARIO –	Digo que está suficientemente lejos para que no sepan de
nosotros a no ser que vengan expresamente.
SARA – Demasiado lejos, no se si sabría volver.
MARIO –	Tranquila, que yo me acuerdo del camino.
Sara se arrimó un poco más a Mario y le comenzó a besar en el
cuello. Él se incorporó un poco y comenzaron a besarse. Una cosa
llevó a la otra y Sara acabó a horcajadas sobre Mario, quitándose
la camiseta y el sostén ante los lujuriosos y atentos ojos de su
pareja. Mario desnudó también su pecho y comenzó a besar a Sara
por todo el cuerpo, con lo cual la chica comenzó a jadear
felizmente. Cuando se disponían a dar el siguiente paso, Sara frenó
en seco y se quedó mirando a un punto indeterminado entre el follaje.
MARIO –	¿Qué pasa, cariño?
SARA – Me ha parecido ver algo moverse ahí, entre los matorrales.
MARIO –	No será nada, va.
	El ruido de un par de pasos sonó, inconfundible, desgarrando el
apacible silencio de esa noche de verano. Entonces, de entre los
matorrales que había señalado Sara emergió una silueta. Mario se
levantó presto, y se subió la cremallera de los tejanos. Sara se
tapó los pechos con la camiseta que había tirado al suelo minutos
antes, ahora llena de tierra, y ambos miraron a ese extraño
individuo, con una mezcla de incredulidad y miedo por lo que pudiera
tener intención de hacer. Quedaron un momento en silencio, y ese
hombre no se movió un ápice, hasta que Mario acabó cansándose de
la situación.
MARIO –	Ya no tienes edad para andar con estos jueguecitos. Haz el
favor de irte si no quieres que me cabree.
	Ese hombre no se inmutó lo más mínimo, de hecho a ambos les dio
la impresión que o bien no le había entendido o directamente no le
había oído.
MARIO –	Mira, estoy aquí con mi chica y no tengo ganas de
problemas, créeme. Tan solo vete por donde has venido y haré como
si no hubiera pasado nada.
	El mirón dio un paso al frente, saliendo de las tinieblas para
quedar iluminado por la luz del fuego. Al ver su rostro, Sara no pudo
evitar esbozar un grito de sorpresa. Tenía la piel enfermizamente
pálida y una enorme cicatriz de un extraño color violeta aún con
los puntos recientes le recorría el cuello y parte de la cara. Sus
ojos no parecían los de un ser humano, pues eran negros como el
carbón y pese a que no mostraban hacia donde dirigía la mirada,
ambos supieron que ellos eran su objetivo.
	Era un hombre de muy avanzada edad, cualquiera de los dos hubiera
jurado que no bajaba de los setenta años. Eso aún hacía que la
escena resultase mucho más surrealista. Su pelo, donde la alopecia
no había arrasado con él, era blanco como la nieve, y las arrugas
de su frente y su papada le daban un aspecto aún más lúgubre con
las sombras que proyectaba el fuego. Pero sin duda lo que más les
llamó la atención fue el hecho que estaba trajeado. Llevaba un
smoking negro, una camisa blanca de fina seda y una corbata
hábilmente anudada al cuello.
	No sabían si reír o gritar, pero en cuanto ese hombre comenzó a
caminar hacia ellos, Mario se puso realmente nervioso. Le gritó una
y otra vez que no se acercase, pero él hizo caso omiso a sus
exigencias. Mario empujó a Sara hacia un lado, dejándola fuera del
alcance del villano, y se encaró a él, hasta que ambos quedaron
cara a cara. Sara lo observaba todo desde detrás del tronco de un
árbol centenario, y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
	El anciano se abalanzó contra Mario sin previo aviso, pero cuando
éste quiso zafarse de él, se sorprendió porque no podía. La
fuerza de ese perturbado no se correspondía en absoluto ni con su
edad ni con su complexión. Sin saber como, se encontró al viejo
tratando de morderle el cuello. Mario lo agarró de la frente,
tratando de empujarlo, al tiempo que no paraba de gritarle e
insultarle, pero eso no cambió nada. El anciano le dio un empujón y
ambos cayeron al suelo. Con la caída, Mario se golpeó la cabeza con
una roca. Perdió la conciencia al instante, lo que le dio vía libre
a su agresor para ensañarse con él.
	Sara vio como la herida de la cabeza de su novio comenzaba a sangrar
al tiempo que ese maldito chiflado hundía su mandíbula en la carne
fresca del tórax del joven. Vio como arrancaba con los dientes un
trozo de carne sanguinolenta y la masticaba para luego tragarla con
placer. La chica lo creyó ya muerto, no pudo soportar seguir viendo
esa dantesca imagen y salió corriendo sin rumbo, adentrándose en el
bosque virgen, llorando y luchando por no derrumbarse.
puntos 5 | votos: 5
Al otro lado de la vida - 1x54 - Bosque de Pardez, a diez kilómetros de Sheol
	31 de agosto de 2008

Todo comenzó a finales de verano. Una desafortunada sucesión de
desgracias y trágicas coincidencias permitió que ocurriera, como si
todo hubiera sido escrupulosamente planeado por alguna mente
calenturienta y enferma de maldad. Más adelante tan solo fue
cuestión de tiempo que todo fuese empeorando más y más, hasta que
resultó tan incontrolable que la única ley vigente fuese la del
sálvese quien pueda. Pero en esa tranquila y apacible noche a la luz
de las estrellas, pues la luna no quiso presenciar ese dantesco
espectáculo, nada hubiera hecho pensar a los presentes lo que estaba
a punto de ocurrir.
	A falta de un par de semanas para el comienzo del nuevo curso en la
facultad de Ciencias Naturales, Nicolás había propuesto a sus
amigos y compañeros de clase pasar ese último fin de semana en la
vieja cabaña de su tío, en medio del bosque de Pardez. Podrían
disfrutar de la tranquilidad y la paz de la naturaleza, respirar
auténtico aire puro y por supuesto, pillar la última borrachera del
verano. Hacía poco más de una hora que habían dado las doce de
medianoche. A esas alturas estaban todos bastante bebidos, y tan solo
los mosquitos estropeaban esa tranquila cena alrededor del fuego. 
Sara y Mario no paraban de hacer manitas e iban bastante a lo suyo.
Sin embargo Nicolás pudo atraer la atención de Nerea y de Yu, que
escuchaban con atención la vieja historia que él contaba. Nerea
parecía bastante interesada, cosa que aún le dio más ganas a
Nicolás para hacerse el valiente y tratar de asustarla. Yu, el
estudiante japonés de intercambio, también le miraba con atención,
pero apenas entendía la mitad de las cosas que estaba contando, pues
aún estaba aprendiendo el idioma y siempre se había quejado de que
Nicolás hablaba raro.
NICOLÁS – El caso es que se le hizo de noche y empezó a llover
mucho, y para acabarlo de rematar, se le averió el coche a medio
camino, lejos de cualquier pueblo o ciudad. El móvil no tenía
cobertura y por mucho que lo intentó no pudo arrancar el coche. Tan
solo veía unas luces, a unos cuantos kilómetros de donde él
estaba, y viendo el panorama, acabó por decidir ir hacia ahí a
pedir ayuda. Llegó empapado después de más de media hora de camino
entre matojos y barrizales a la puerta de un viejo edificio. Llamó a
la puerta y salió un señor bastante viejo, que estaba de guardia
esa noche. Le contó todo lo que le había pasado y le preguntó si
podía usar un teléfono para avisar a una grúa, pero el guardia le
dijo que no había línea telefónica, cosa que siempre pasaba cuando
hacía mal tiempo. Le dijo que hasta la mañana siguiente no se
arreglaría, y que la única solución que veía era que pasara ahí
la noche, y al día siguiente probase suerte con el teléfono.
Aceptó, y el guardia incluso le ofreció una cena caliente y ropa
limpia que sacó de un enorme armario lleno de ella. Más tarde, el
guardia le acompañó a una habitación vacía donde se acostó y
durmió hasta que amaneció el día siguiente. Esa noche, el guardia
murió de un infarto. Por la mañana, cuando despertó, salió de la
habitación y pidió a otro guardia que le dejase llamar a la grúa.
No le hizo caso y le trató de forma extraña, pidiéndole que
hiciera el favor de volver a su habitación y repitiéndole una y
otra vez que no molestase. El guardia nocturno no había dejado
constancia alguna de que él había venido de fuera porque había
tenido un problema con el coche. Por mucho que trató de explicar lo
ocurrido, nadie le creyó, nadie le prestó la más mínima
atención, y acabaron por sedarle y encerrarle en la habitación
cuando se enfadó y se puso violento. Ese edificio era un manicomio,
pero él no se enteró hasta que fue demasiado tarde. Pasaron dos
semanas hasta que su familia consiguió dar con él, pero el golpe
psicológico que tuvo fue tan grande que jamás pudo recuperarse, y a
día de hoy está ingresado en una institución mental.
	Nicolás acabó su relato, que no era más que una tonta leyenda
urbana que le habían contado a él no hacía mucho tiempo. El fuego
crepitaba y unas pequeñas luciérnagas adornaban el bosque en todas
direcciones. Nerea quedó boquiabierta, sin acabar de creérselo. Yu
fruncía el ceño, lo que aún daba mayor sensación de que tuviera
los ojos cerrados.
NEREA –	¿Y eso pasó de verdad?
NICOLÁS – Te lo juro. Salió en las noticias, no hace mucho.
NEREA –	Me estás tomando el pelo.
	Nicolás sonrió y Nerea le dio un puñetazo en el hombro, sonriendo
también.
YU – ¿Cómo llamaba el hombre?
NICOLÁS – Que más da como se llamara. ¿No has entendido nada,
verdad?
YU – Yu no entendido.
	Nicolás y Nerea se rieron, y pronto Yu se les unió, sin saber muy
bien por qué se reía. Mario y Sara alzaron un momento la mirada,
pero enseguida dejaron de prestar atención, pues tenían cosas más
importantes en las que entretenerse.
NEREA –	Ya es muy tarde, será mejor que nos vayamos a dormir.
NICOLÁS – Si, porque si no los mosquitos van a acabar
acribillándonos.
YU – Yo tiene sueño.
NICOLÁS – Pues no se hable más. Chicos, nos vamos a ir a dormir,
¿venís?
	Mario y Sara se volvieron a girar.
MARIO –	No, nos quedaremos un rato más al fresco, luego iremos.
NICOLÁS – ¿Apagaréis el fuego?	
MARIO –	Descuida.
NICOLÁS – Pues bueno… Buenas noches.
SARA Y MARIO – ¡Buenas noches!
	Nicolás, Nerea y Yu recogieron lo que habían traído y pusieron
rumbo a la cabaña donde pasarían el resto de la noche. Ayudándose
de las linternas acabaron llegando, gracias a que Nicolás conocía
el camino, pues estaban bastante lejos. Entraron en la cabaña y
pasaron algo más de rato charlando sobre las camas hasta que el
agotamiento pudo con ellos y acabaron durmiéndose. Durmieron mucho,
muy cómodos y despreocupados, totalmente ignorantes de lo que
vivirían escasas horas después.
puntos 1 | votos: 13
Al otro lado de la vida - 1x53 - Junto al río Máyin, en las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Por mucho que ambas pusieron de su parte, esa enorme serpiente no se
inmutó lo más mínimo y siguió convencida de que esa sería su
presa. Lo peor es que comenzó a apretar con fuerza la pierna de la
niña, y Zoe soportaba muy mal el dolor. Comenzó a gritar y a
llorar, pidiendo socorro a Bárbara. Entonces la anaconda sacó la
cabeza del agua y se disponía a morder a Zoe cuando Bárbara la
agarró por debajo de la cabeza y apretó con fuerza, tratando de
evitar su fatal mordedura. Estuvieron forcejeando unos segundos que
parecieron horas antes de que nada decantase la balanza.
	Zoe estaba perdiendo sus fuerzas, y apenas podía mantenerse en pie.
De un momento a otro la presión del reptil acabaría por partirle los
huesos de la pierna, y entonces todo acabaría para ella, puesto que
así no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir en ese mundo, si
es que salía de esta. Bárbara por su parte luchaba por mantener a
raya la cabeza del animal, pero era mucho más fuerte de lo que
aparentaba y sus afilados colmillos amenazaban con clavarse en su
brazo. Podría mantenerlo a raya algo más de tiempo, pero no estaba
ayudando a Zoe, y si no ocurría un milagro, la acabaría ahogando y
moriría. Pero ocurrió. 
	Un atronador disparo acalló por un instante los gritos de pánico
del río. Con el susto, Bárbara casi soltó la cabeza del animal. No
tuvo ocasión de ver de donde procedía, ni se explicó a cuento de
qué era debido, pero al ver enrojecerse el agua alrededor de donde
estaba Zoe, temió lo peor. Se giró a tiempo de verle, empuñando su
escopeta. El segundo disparo también dio en la diana, y unos cuantos
trozos de serpiente volaron por los aires. Zoe notó como la presión
de su pierna simplemente desaparecía, y luchó por zafarse
definitivamente de ese horrible animal.
	Se trataba de un hombre de intenso color negro, con espesa barba y
bigotes igualmente negros, que contrastaban con el hecho que era
completamente calvo. Era un hombre fuerte y robusto, de penetrantes
ojos marrones, y no más de unos 40 años. Pero lo que más llamaba
la atención era el hecho que estaba ataviado con el uniforme de la
policía. Trató de dar un tercer disparo, pero la escopeta ni se
inmutó, lo cual pareció ponerle muy furioso, puesto que después de
un sonoro “maldita sea”, la tiró al suelo con violencia y se
acercó a Bárbara.
	Zoe ya había salido del agua y ahora descansaba en al orilla,
mojada y tiritando, mirando con atención su pierna enrojecida.
Bárbara soltó la cabeza ya sin vida del reptil, que cayó al agua
rojiza con un chapoteo. Ese hombre ofreció su musculado brazo a
Bárbara y la ayudó a salir de ahí. Estaba calada hasta los huesos
y todavía muy aturdida. Le miró a los ojos, le agarró la mano con
sus dos manos, pero no supo que decirle, así que le dio la espalda y
corrió hacia Zoe, dejándole ahí tirado. Él frunció el entrecejo
mientras veía como Bárbara se apresuraba a ver qué tal estaba la
niña.
BÁRBARA – ¿Dios mío, estás bien? 
ZOE – Me duele…
	La niña respondió entre sollozos, empapada, con los ojos vidriosos
amenazando volver a llorar. Bárbara comprobó que el daño no tenía
mayor importancia, y abrazó a Zoe con todas sus fuerzas, entonces
ella misma comenzó a llorar también. Creyó que la perdería, se
había convencido de ello mientras forcejeaba con la bestia. Pero el
destino le había ofrecido una nueva oportunidad, una vez más, y se
prometió que no volvería a malgastarla. Zoe, abrazada como estaba a
Bárbara, pudo ver de frente a ese hombre, que las miraba con una
expresión seria en la cara.
	Cualquiera hubiera esbozado una sonrisa al ver esa emotiva escena de
reencuentro después de un peligro de ese calibre, pero Morgan no era
así. Él era frío y distante, y ahora lo que más le preocupaba era
el haberse quedado sin munición. El abrazo se prolongó unos segundos
más, hasta que la propia Zoe le dijo a Bárbara que la estaba
ahogando, y ambas comenzaron a reírse de manera estúpida. Acababa
de salvarse de que un animal acabase con ella por apretarla, y ahora
era Bárbara la que parecía querer que se le saliese el hígado por
la boca.
	Bárbara respiró hondo, miró por última vez a Zoe, y se dio media
vuelta, con una amplia sonrisa en la cara llena de mechones mojados de
cabello. Se dirigió hacia Morgan, pero se frenó un poco al ver la
dura expresión de su cara.
BÁRBARA – No… nunca podría agradecerle lo suficiente lo que
acaba de hacer por nosotras. Creí que… Dios mío, creí… Muchas,
muchísimas gracias. Yo… Disculpe mis modales, yo soy Bárbara.
	Bárbara le ofreció su mano, pero Morgan se limitó a mirarla.
Pasaron unos segundos incómodos y Bárbara acabó apartando la mano.
Miró de reojo a Zoe, sin quitar de su cara una extraña expresión de
sorpresa e incredulidad, y se giró de nuevo hacia Morgan.
BÁRBARA – Ella, es Zoe ¿Cómo…?
MORGAN – ¿Es su hija?
BÁRBARA – No… Ella… Nos encontramos hace un par de días, y
estamos juntas desde entonces.
MORGAN – Pues no debería hacerse cargo de ella, no hará más que
retrasarla.
	Bárbara frunció el entrecejo, bastante más mosqueada.
MORGAN – ¿Se puede saber que diablos hacían metidas en el río?
BÁRBARA – Intentábamos llegar al otro lado.
MORGAN – ¿Para qué?
BÁRBARA – Teníamos pensado ir a algún pueblo pequeño, donde
no…
	Morgan esbozó una sonrisa, mientras negaba con la cabeza. Bárbara
dejó de hablar. No había podido tener peor comienzo con ella, pero
al fin y al cabo le debían la vida, así que trató de contenerse.
MORGAN – ¿Y donde dejaron el coche?
	Bárbara pudo ver un todoterreno negro unos metros más allá.
BÁRBARA – Vinimos a pie.
	Morgan las miró con la frente arrugada, y se disponía a seguir
hablando, cuando algo impidió que lo hiciera. Fue una explosión de
un tamaño descomunal, que incluso hizo vibrar el suelo bajo sus
pies. La conversación acabó ahí, y los tres se giraron hacia el
origen de la detonación. Afortunadamente estaba muy lejos, pero
pudieron ver erguirse una lengua de fuego seguida de una nube de humo
negro como el carbón. Los tres estaban igualmente sorprendidos,
aunque Morgan creía saber el motivo.

puntos 9 | votos: 9
La gran paradoja de las mujeres - Si no está buena y lo sabe, siempre será feliz. Tendrá pareja (de
idéntica condición).
Si está buena y lo sabe, será vulgar y perderá el norte. Tendrá
pareja (un imbécil que las tratará como a mercancía del que no
sabrán despegarse a tiempo antes de que le haga daño).
Si no está buena y no lo sabe, actuará como las que sí están
buenas, pero sin su éxito. (Alta probabilidad de ser mujeres
pañuelo, y eso es muy triste).
Si está buena y no lo sabe, corre hacia ella, porque será la única
que tenga el alma pura (son las más difíciles de encontrar).
puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida - 1x52 - En las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

La calle estaba vacía, aunque nadie lo hubiera dicho a juzgar por la
fiesta que se había montado en la colchonería. Caminaron con paso
presto hacia la zona de la última estación, junto a la cual habían
visto el inicio de aquella carretera secundaria. Todo estaba tranquilo
a esas horas de la mañana, cuando ya empezaban a notarse los primeros
efectos del sol que les acompañaría el resto del día. Algo había
cambiado desde que desaparecieran de ahí la noche anterior. El
inicio de la carretera que se disponían a tomar estaba decorado
macabramente con el cadáver a medio comer de un animal bastante
grande.
	Las moscas pululaban alegremente sobre el cadáver del burro que
Bárbara vio hacía escasas doce horas, posando sus huevos, que luego
acabarían eclosionando y apoderándose del cuerpo y dejándolo en los
huesos. Sintió lástima por él, pero en el mundo en el que vivían
tan solo era cuestión de tiempo que un animal de esa envergadura
acabase formando parte de la dieta de esos demonios. Y si ellas no
habían sucumbido ante sus garras, era porque aún había algo que
les diferenciaba de ellos; su intelecto. Pasaron a su lado tratando
de no mirarlo, sin conseguirlo, y comenzaron la travesía a pie por
la carretera secundaria.
	A medida que se alejaban de la ciudad iban recuperando la sensación
de seguridad que habían tenido mientras caminaban sobre las vías del
tren elevado. Al dejarla atrás, a ambas les dio la impresión que
también dejaban atrás todo lo malo que ella contenía, y que se
adentraban en un nuevo mundo, un mundo mejor, un mundo tranquilo en
el que esos engendros dejarían de perseguirlas, donde podrían
volver a sentirse vivas. La carretera desierta se les antojó
infinita a medida que avanzaban, pero eso no les restó entusiasmo.
Caminaban por el arcén aún a sabiendas que no se cruzarían con
nadie por el camino; era bueno saber que aún eran capaces de seguir
las leyes de ese mundo que tanto añoraban.
	Caminaron dos o tres kilómetros, cruzando campos de cultivo
desiertos, zonas escasamente arboladas, aparentemente abandonadas,
sin dar con ninguna señal de vida, hasta que hubo algo que les hizo
detenerse. El curso del río Máyin se interponía en sus caminos al
cruzarse con la carretera, que a esas alturas parecía poco más que
un camino. En tiempos había habido un puente, pero ahora no se veía
más que su esqueleto destrozado. Desconocían el motivo, pero si
querían seguir adelante deberían dar un gran rodeo para encontrar
otro. Estuvieron discutiendo unos minutos qué debían hacer, y
acabaron acordando cruzar el río caminando, después de comprobar
que no era muy caudaloso y que ambas podrían hacer pie.
	El recuerdo de aquél infectado ahogándose en el lago les hizo
acabar de convencerse de que debían hacerlo. Si no sabían nadar y
se ahogaban con tanta facilidad, seguramente no se atreverían a
cruzar un río, lo cual hizo más apetecible encontrarse al otro
lado. Como no habían desayudado, hicieron un alto en el camino y
decidieron hacer un extraño picnic bajo un árbol. Una cierta magia
manaba del lugar; ahí tan solo se escuchaba el cantar de los
pájaros y el ruido de fondo de la corriente de agua. 
	Todo estaba tranquilo, lejos del bullicio y el peligro de la urbe, y
Bárbara se acabó de convencer de que había hecho bien llevando a
Zoe consigo hasta ahí. El camino no había sido nada fácil, y tal
vez se había arriesgado mucho, pero en esos momentos todo parecía
tener sentido, pues el destino final de su plan se veía cada vez
más cercano. Por fin pudieron disfrutar de la comida, alimentándose
sin prisas y sin la presión de que algún infectado viniese a
estropearles la velada. Con fuerzas renovadas y algo más de
optimismo en el cuerpo se levantaron, recogieron, y se dispusieron a
seguir. 
	Bárbara fue la primera en cruzar. Se equipó con la pesada mochila
y metió los pies en la gélida agua del río, al tiempo que hacía
una extraña mueca. Zoe la miraba con atención, sin apartar la
mirada de sus pies, nerviosa al saber que ella sería la siguiente.
No tardó mucho en llegar a la otra orilla, y una vez lo hizo, dejó
la mochila en el suelo, dio media vuelta y le dijo a gritos a Zoe que
el agua estaba muy buena, y le preguntó si no le apetecía un baño.
Zoe negó con la cabeza, respiró hondo y metió un pie en el agua.
	Sintió el frío líquido filtrándose por sus deportivas y
empapándole los calcetines, pero eso no tenía importancia. Si
Bárbara estaba en lo cierto, ese sería el último obstáculo que
deberían cruzar y a partir de entonces la vida resultaría mucho
más fácil, tranquila y feliz. Se disponía a meter el otro pie en
el agua, bajo la atenta mirada de Bárbara, cuando creyó notar que
algo le rozaba la pierna. Miró extrañada al agua, pero no vio nada.
Quiso convencerse que no había sido más que su imaginación, pero no
acabó de tranquilizarse. Bárbara le dijo que se diera prisa, y Zoe
metió el otro pie en el agua.
	Entonces se convenció de que no habían sido imaginaciones suyas.
Algo frío se arremolinó en su pierna y comenzó a ejercer presión.
Zoe gritó y trató de zafarse, pero solo consiguió que se aferrase
más fuertemente a su delgada pierna. Bárbara se metió en el agua
tan rápido como pudo y alcanzo a Zoe, que había caído de espaldas
al agua y luchaba para que no se le hundiese la cabeza. Asustada y
sin saber que hacer la agarró de las axilas y trató de sacarla de
ahí. Notó en sus propias piernas el tacto con ese extraño animal,
pero no fue hasta que consiguió sacar la pierna de la niña del agua
que lo vio. Era una especie de tentáculo con escamas, que se
enrollaba en la pierna de Zoe y trataba de hundirla.
puntos 14 | votos: 14
Los muros están - para ser saltados, las leyes para no ser cumplidas...
puntos 3 | votos: 3
Al otro lado de la vida - 1x51 - En una tienda de colchones de las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Bárbara se apoyó contra la pared, dándole vueltas a su anillo
dorado, con el corazón latiéndole a mil por hora dentro del pecho.
Con la única iluminación de unas ventanas altas en el tabique de la
puerta, sintió flaquear las piernas y se dejó caer al suelo, con el
bate aún entre las manos. Cerró fuertemente los ojos, dio un gran
suspiro y miró a Zoe, que estaba encarada a la puerta, con una de
sus manos apoyada en la pared, oyendo los golpes que venían del otro
lado, con una expresión perdida en la cara. Bárbara se recuperó un
poco del shock y se levantó, entre gruñidos y gritos. Para entonces
el ruido ya había atraído a un tercer infectado, un hombre unos
años mayor que el primero.
BÁRBARA – Dios mío, creí que no lo contaba.
ZOE – Lo siento, estaba muy estrecho y oscuro…
BÁRBARA – Te debo la vida, chica.
ZOE – ¿Qué vamos a hacer?
BÁRBARA – No hay una triste ventana ni una triste puerta aquí
atrás… Solo podemos salir por donde hemos entrado.
	Zoe miraba a Bárbara como queriendo decirle; ahora dime algo que no
sepa.
BÁRBARA – Déjame pensar… ¿Ese conducto… tiene otra salida?
ZOE – No.
BÁRBARA – Bien… Pues… Mira, hagamos una cosa. Tú métete de
nuevo en el conducto, ahí no te podrán alcanzar, yo… creo que
tengo un plan.
ZOE – No quiero…
BÁRBARA – Zoe, en serio, no quiero que te pase nada. Si lo que he
pensado sale bien, no tendrás nada que temer.
ZOE – ¿Y si no…?
Bárbara se quedó en silencio, mirando a los ojos a Zoe, seria, sin
saber que decir. Acto seguido se acercó y le acarició el pelo.
BÁRBARA – Confía en mí, Zoe. Saldremos de ésta.
	Zoe tragó saliva, se subió a la mesa del despacho y se dirigió de
vuelta al otro extremo del conducto de ventilación por el que había
entrado minutos antes. Hasta que no vio asomar su cabeza asustada por
el agujero rectangular, Bárbara no dio el siguiente paso. Le mostró
el pulgar alzado de su mano derecha, con la mejor sonrisa que pudo
ofrecer, y se dirigió a la puerta que conducía al almacén, bate en
mano. La abrió y la cruzó sin dificultad, se adentró en esa amplia
sala, débilmente iluminada a través del tabique de pavés del otro
extremo. 
	Cruzó la sala, alejándose cada vez más de ruidos y golpes, y
llegó a la otra puerta que daba a la tienda, quitó el cerrojo desde
dentro y agarró el bate con fuerza, mientras abría la puerta
rápidamente. Se asomó y miró hacia donde estaban ellos. Para su
sorpresa, eran tres. Seguían dándole golpes a la puerta, tratando
de derribarla. No se habían dado cuenta de que ella estaba ahí.
Desde donde estaba hubiera podido salir de la tienda, escudándose en
las camas para que no la vieran, y huir de ahí para siempre, pero su
conciencia jamás se lo hubiera permitido. Entonces fue cuando
comenzó con su improvisado plan.
BÁRBARA – ¡Eh!
	El grito vino acompañado de un par de golpes del bate contra la
puerta metálica. Los gruñidos y puñetazos cesaron al instante, y
los tres se giraron para ver a Bárbara.
BÁRBARA – ¡Si, vosotros, hijos de puta! ¿¡No tenéis hambre!?
	Parecieron comprenderla, y estallaron en ira. No tuvo tiempo de
verles correr para perseguirla, porque ella misma salió escopeteada
de vuelta al despacho. Corrió todo lo que le permitieron sus
piernas, y tanto fue el ímpetu con el que lo hizo, que a mitad de
camino se golpeó la espinilla contra una cama y cayó de bruces al
suelo. El dolor le hacía palpitar la cabeza, pero eso no importaba.
Perdió el bate en la caída, pero tampoco había tiempo para
preocuparse de eso, estaban demasiado cerca. Se levantó como pudo y
llegó a la puerta. La cruzó y la cerró tras de si, escuchando
nuevamente los golpes y los gruñidos tras de ella enseguida.
	Hasta ahora la mitad del plan había sido un éxito, pero quedaba la
peor parte. Zoe la miraba desde el conducto de ventilación, y
Bárbara no se acordó de ella hasta que habló.
ZOE – ¿Quieres que…?
BÁRBARA – No, quédate ahí.
Fue muy brusca, pero estaba tan excitada y nerviosa que no tenía
tiempo para tonterías. Se sintió extrañamente desnuda y
desprotegida sin el bate, pero de todos modos no le hubiera servido
de nada, de modo que no le dio mayor importancia. Caminó hacia la
otra puerta, la que daba a la tienda, y la abrió muy lentamente,
mucho más asustada que al principio. Si su pronóstico se cumplía,
ahí no habría nadie, pero de lo contrario, ya no tendría
escapatoria. Sacó la cabeza y echó un rápido vistazo a la tienda.
Estaba todo un poco más desordenado, pero no había rastro de ellos.
Tal vez era cuestión de tiempo, de modo que no perdió ni un
instante y se dirigió hacia la puerta del almacén. Incluso tuvo
tiempo de verlos agolpados contra la puerta que daba al despacho
antes de encerrarles. Cerró la puerta suavemente, aunque su
intención hubiera sido la de dar un portazo y dejarles con dos
palmos de narices.
Todo había salido bien, mejor incluso de lo que había previsto. Sin
perder de vista la calle, ahora mucho más desconfiada que nunca,
anduvo hacia la puerta de entrada y sacó la llave. Volvió a la
puerta del almacén y la cerró con llave. Acto seguido entró al
despacho y vio como Zoe estaba ya saliendo del conducto de
ventilación. Bárbara le ofreció su mano para bajar del escritorio
y ambas salieron del despacho. Bárbara cerró también el despacho
con llave, por si las moscas.
BÁRBARA – Esta vez nos hemos salvado por los pelos.
ZOE – Has estado genial. 
BÁRBARA – ¿Si? Gracias. Aunque sin tu ayuda ahora…
	Prefirió callarse.
BÁRBARA – Somos un buen equipo, choca esas cinco.
	Zoe chocó su mano contra la de Bárbara y esbozó una ligera
sonrisa, que a Bárbara le supo a mucho. Por fin había conseguido
ese pequeño vínculo de complicidad que tanto había ansiado desde
que la conociese. Bárbara se sintió dichosa por ello, y nació en
ella una nueva sensación que creía haber perdido para siempre.
BÁRBARA – Ahora será mejor que nos vayamos de aquí cuanto antes.
Esta gente es demasiado escandalosa.
ZOE – Si.
Después de recoger la mochila y tras comprobar que la calle era
segura, salieron de la tienda y continuaron su peregrinaje en busca
de un lugar seguro.
puntos 3 | votos: 11
Wes Leonard - Un jugador de una escuela secundaria en Michigan murió poco después
de lograr una canasta que significaba la victoria de su equipo.
El médico forense del condado de Ottawa indicó que Wes Leonard, de
16 años, sufrió un paro cardíaco tras anotar el tiro en el tiempo
extra que le dio a su escuela un triunfo 57-55 sobre Bridgman
coronando una temporada perfecta de 20 victorias y 0 derrota.D.E.P.

puntos 3 | votos: 7
Al otro lado de la vida - 1x50 - En una tienda de colchones de las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Cientos de trocitos de cristal cayeron al suelo, bañándolo todo a
su paso de un mar de pequeños diamantes. Bárbara se sintió
estúpida por no haberlo previsto. Agarró el bate y respiró hondo,
mientras esa abominación de niña observaba con detenimiento la
situación y se le hacía la boca agua. Lo primero en lo que pensó
Bárbara fue en el almacén. El almacén o el despacho, tanto daba
ya, pero entonces recordó que los había cerrado con llave la noche
anterior, y la llave estaba ahora a la altura de la niña, de modo
que no habría manera de cogerla. 
Echó un rápido vistazo a su alrededor, obviando la cara de pánico
de Zoe, y vio la rejilla del conducto de ventilación. No era muy
grande, pero tal vez lo suficiente para permitir que Zoe se
escondiese ahí. Se sorprendió porque no temía por si misma, lo
único que ahora temía era que le pudiese pasar algo a Zoe. La
rejilla estaba sobre un archivador, que podría hacer las veces de
escalera improvisada. No tenía porque salir mal. Estaba armada y Zoe
podría esconderse mientras ella se encargaba del peligro, luego ambas
huirían a un lugar seguro y lo olvidarían todo.
BÁRBARA – ¡Zoe, rápido, métete en el conducto de ventilación!
	Zoe miró a Bárbara, paralizada, sin saber qué hacer. Entonces la
infectada comenzó a correr hacia ella.
BÁRBARA – ¡Ahora!
	Bárbara se interpuso, y la infectada frenó bruscamente su carrera,
dándole así tiempo a Zoe a subirse sobre el archivador y desencajar
la rejilla del conducto de ventilación, para luego dejarla caer al
suelo con un fuerte estrépito. Ahora la cosa estaba entre Bárbara y
la niña muerta. La niña hizo una extraña mueca que en otras
condiciones hubiera parecido una sonrisa, y corrió de nuevo hacia
Bárbara. Ella agarró el bate con las dos manos, una en cada extremo
y lo utilizó de escudo ante el impacto inminente. El golpe fue menos
fuerte de lo que se esperaba, y la chica dio un traspiés aturdida,
que Bárbara aprovechó para empujarla sobre la cama en la que había
dormido.
	Miró hacia donde debía estar Zoe, pero ahora ahí no se veía más
que el agujero rectangular forrado de metal por el que había escapado
hacia un lugar más seguro. Desde ahí se dio cuenta que ella no
podría entrar, era demasiado pequeño, demasiado estrecho. Sin saber
aún cómo, se tiró a la cama y quedó a horcajadas sobre el cuerpo
de esa niña, agarrándole el cuello, apretando con fuerza, volcando
toda su ira en ella. Agarró la almohada y la colocó sobre su cara,
evitando así ver sus tétricos ojos muertos, y su joven boca
mancillada, con dientes mellados y sangre seca.
	Al estar tan cerca de ella, su repulsivo olor se hizo más acusado,
y le sobrevino una arcada que tuvo que contener como pudo. Ahora más
que nunca se sorprendió del excelente olfato que tenían, teniendo en
cuenta el olor a podrido que manaba de la mayoría de ellos. Jamás se
aseaban, no tenían porqué, y como la mayoría llevaba la ropa puesta
y no sabían como quitársela, se hacían las necesidades encima y la
ropa se impregnaba del olor de sus heces y sus orines, dando más
sentido al hecho que no se atacaran entre ellos.
	Notó humedecerse sus pantalones al contacto con la carne viva del
estómago de esa muchacha, y eso le provoco otro escalofrío. Sin
embargo toda la herida parecía estar ya cicatrizada, curándose,
dejando ya una horrible cicatriz, aunque seguía pareciendo
increíblemente reciente. Le habían estado mordiendo la barriga,
llevándose trozos de carne bastante grandes. Se veían las marcas de
los mordiscos, los dientes aún marcados en su carne enrojecida por la
sangre que había brotado de ahí.  Bárbara confió en que ya
estuviera muerta para entonces, pero eso no la hizo flaquear. 
	La niña luchaba por zafarse, agitando piernas y brazos, babeando y
mordiendo la almohada bajo las manos fuertemente apretadas de
Bárbara. Pero ella prácticamente le doblaba en peso, y ahora estaba
demasiado excitada y desquiciada para parar. Se extrañó de la
actitud que estaba teniendo. Hubiera deseado parar, al verse ahogando
a una niña de doce años. La antigua Bárbara sin duda hubiera parado
enseguida, escandalizada por lo que estaba haciendo, aún que eso
significase volver a ponerse en peligro. Pero ahora todo parecía
carecer de importancia, ahora tan solo la supervivencia parecía
tenerla, y si esa niña estaba dispuesta a matar a Zoe, merecía
morir.
	La agonía se prolongó varios minutos. La niña cada vez ofrecía
menos resistencia, cada vez agitaba menos los brazos, hasta que
finalmente quedó inmóvil. Bárbara no quiso confiarse y mantuvo
apretada la almohada contra su cara un rato más. Luego la apartó
lentamente, dejando una mano apoyada en su pecho desnudo y frío. Vio
de nuevo la cara, ahora inexpresiva. Tenía los ojos de color de
fuego, abiertos, pero perdidos. Su pecho no se movía; había dejado
de respirar. Bárbara se sintió sucia, y se alejó del cadáver de
la niña, saltando fuera de la cama.
	Respiró hondo y dejó salir todo el aire de sus pulmones
lentamente. Todavía no se podía creer lo que acababa de hacer. No
sabía cual debía ser el siguiente paso a dar. Zoe, ahora debía
avisar a Zoe y tenían que salir de ahí cuanto antes. Se disponía a
llamarla cuando vio a uno de ellos cruzar la calle. Era un hombre
adulto, alto, fuerte. Bárbara se quedó quieta, pero él ya se
había girado, y la había visto. Agarró de nuevo el bate, aún a
sabiendas que no le serviría de nada. Dio un paso atrás, asustada,
a tiempo de ver como la niña se levantaba de la cama como si nada de
lo que había pasado los últimos minutos hubiera sido real. 
	Bárbara caminó de espaldas, asustada, hasta el otro extremo de la
tienda, con el bate tambaleante en las manos. La mandíbula le
temblaba, enseguida se le acabó la tienda. Ahora lo único que le
quedaba era esperar lo inevitable. Vio como la niña, todavía algo
mareada se dirigía hacia ella con paso inseguro, mientras el hombre
cruzaba la cristalera, rompiéndola aún más. Cuando todo parecía
perdido, la puerta que había a la espalda de Bárbara se abrió sin
previo aviso. Una pequeña mano la agarró del brazo y la estiró
hacia sí, haciéndola entrar en el despacho y cerrando la puerta a
su paso instantes antes de que los infectados pudieran alcanzarla.
puntos 3 | votos: 9
Al otro lado de la vida - 1x49 - En una tienda de colchones de las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Vagaban sin rumbo por las calles, simplemente dejándose llevar por
la calma de la noche, desmemoriados y aturdidos, esperando
inconscientemente encontrar algo vivo que llevarse a la boca.
Mientras estaban tranquilos caminaban lentamente, parecían torpes y
aún más estúpidos, parecían incluso inofensivos. Por ese motivo
los primeros días, cuando aún no se les conocía, murió más de un
hombre pensando que esos seres no serían capaces de alcanzarles. Pero
la realidad era muy distinta. Estaban llenos de ira, y en cuanto
encontraban un objetivo al que dirigirla, su instinto asesino les
llevaba a correr ansiosamente hacia éste, con mayor fuerza y
velocidad de la que habían tenido en vida, y no descansaban hasta
conseguir lo que se proponían.
	Pasaron varios infectados frente a la tienda esa noche mientras
ellas dormían. Afortunadamente estaba todo demasiado oscuro y
silencioso para que se diesen cuenta, y todos pasaron de largo. Ese
extraño virus había aguzado sus vistas y sus olfatos para hacerles
mejores depredadores, pero el cristal que las separaba del exterior
resultó suficiente para aturdir ambos sentidos. La noche dio paso al
día, y los primeros rayos de sol indicaron a los infectados que
debían volver a refugiarse en sus modernas madrigueras. Algunos de
ellos habían tenido suerte y lo harían con el estómago lleno.
Otros seguirían caminando por el pueblo unas horas más, confiando
tener más suerte, o volverían a esconderse guardándose el hambre
para el día siguiente.
	Bárbara se despertó a primeras horas de la mañana, aún con algo
de sueño. Se sentó en la cama y estiró los brazos hacia el cielo,
oyendo crujir sus huesos en el proceso, al tiempo que daba un gran
bostezo. Miró hacia el lado y vio a Zoe, todavía dormida boca
arriba sobre la cama. La tapaba una manta blanca de algodón; una de
sus piernas sobresalía fuera de la manta y de la cama. Su pelo, de
color rojo intenso, estaba suelto y desparramado por la almohada. Tal
y como estaba, a Bárbara le recordó a la imagen de un niño muerto.
Había visto muchos el último mes, y el solo hecho de pensar en que
Zoe pudiese ser uno de ellos le provocó un escalofrío.
	Llevaban dos días juntas, y apenas sabía nada más de ella que su
nombre. No habían tenido tiempo de intimar ni de coger mucha
confianza, y Bárbara se preguntó si estaba siendo demasiado fría
con ella. Siguió imaginándose cual habría sido su pasado, que
horrible conjunción de coincidencias macabras la habría hecho
acabar sola en el mundo. Sentía lástima por ella, y eso le dio que
pensar, porque por Marcial no había sentido lo mismo. No le había
sentado nada bien verle morir, pero en cuanto salieron de su casa,
también su recuerdo pareció escaparse de ahí para siempre.
	Tampoco conocía a Zoe desde hacía tanto tiempo ni había tenido
ocasión de cogerle demasiado cariño, sin embargo ya la sentía como
parte de ella, como una parte imprescindible en la vida sin la cual se
sentiría incompleta y aún más desdichada. Todo eso le hizo pensar
en su pasado, y poco a poco su mente fue divagando, recordando
retales de su historia previos a esa trágica tarde de agosto en la
que todo empezó a torcerse. No tardó mucho en darse cuenta de
porqué Zoe era diferente, en darse cuenta de porqué intimaría con
ella más que con ningún otro superviviente que pudiese encontrarse
por el camino. Zoe se movió un poco en la cama y tiró parte de la
sábana al suelo. Bárbara se levantó y la arropó.
	Entonces vio algo por el rabillo del ojo que le obligó a girarse
lentamente. Ella también estaba mirándola. No era más que una
niña, apenas un par o tres de años mayor que Zoe. Tenía el pelo
moreno recogido en una trenza que llegaba más allá de su espalda.
Tan solo llevaba unos pequeños pantalones rosas, y si no hubiera
sido por la espantosa herida de su estómago, jamás hubiera dicho
que se trataba de uno de ellos. La niña posó una de sus manos sobre
el cristal, y la apartó enseguida como si quemase, con cara
extrañada. Bárbara no podía dejar de mirarla, cada vez más
asustada.
	La niña repitió la operación. Pero ahora puso las dos manos,
imitando a un mimo macabro de cara estúpida, tratando de pasar a
través del cristal, sin comprender qué era. Entonces dio un
puñetazo al cristal con la mano, y el golpe despertó a Zoe. El
cristal ni se inmutó. Zoe se incorporó y vio a Bárbara junto a
ella. Miró hacia donde ella miraba e hizo una exclamación de miedo.
Bárbara la miró en silencio, y acto seguido volvió a mirar a la
niña muerta. Ésta le dio otro puñetazo al cristal, con idéntico
resultado. Zoe se incorporó y se calzó, al tiempo que Bárbara
acercaba la mochila a donde estaban.
BÁRBARA – Tranquila, no podrá pasar. No es tan fuerte como para
romper el cristal. Ya… ya se cansará. Tú tranquila.
	Zoe la miró a los ojos, y respiró hondo. La niña dio un par de
golpes más y luego dio un largo gruñido de protesta, antes de irse
por donde había venido, indignada. Bárbara miró a Zoe y le
sonrió. Ella no pudo responderle con otra sonrisa, pero Bárbara
notó en su cara que se relajaba un poco. Zoe se sentó de nuevo en
la cama, sin dejar de mirar la cristalera que daba a la calle, y
Bárbara comenzó a hurgar en la mochila, dándole la espalda,
tratando de parecer despreocupada.
BÁRBARA – ¿Ves? Te lo dije. Se ha acabado cansando. Son demasiado
estúpidos. Creo que deberíamos irnos, porque no me fío un pelo. Ya
desayunaremos más tarde, ahora deberíamos seguir la carretera que
vimos ayer, y con algo de suerte en dos o tres horas estaremos a
varios kilómetros del infectado más cercano, ¿te parece?
ZOE – Bárbara.
BÁRBARA – ¿Qué?
	Bárbara miró a Zoe. Estaba señalando la cristalera. Ahí estaba
ella de nuevo, pero algo había cambiado. Llevaba una gran piedra en
la mano. Bárbara frunció el entrecejo, extrañada. La niña miró
la piedra, y volvió a mirar a Bárbara y a Zoe. Acto seguido
estampó la piedra contra el cristal con fuerza y éste se reventó
en mil pedazos como por arte de magia. Zoe gritó y Bárbara quedó
paralizada, sin saber que hacer.
puntos 1 | votos: 7
Al otro lado de la vida - 1x48 - Sobre las vías del tren elevado de Sheol
30 de septiembre de 2008

La apacible y fresca tarde de otoño se transformó enseguida en una
calurosa tarde de verano, cuando las nubes abandonaron por completo
el cielo y el sol se volvió a ensañar con ellas. Tanto Bárbara
como Zoe habían perdido la cuenta del tiempo que hacía que no
llovía en esa zona del país, mas después del verano tan lluvioso
que habían pasado. No tardaron mucho en encontrarse de nuevo con
vida en su camino. Los infectados las vieron acercarse, incluso las
miraron y olisquearon el aire por un momento, pero enseguida les
dejaron de prestar atención, pues tenían mejores cosas en las que
entretenerse.
	Desde donde estaban no hubieran podido alcanzarlas, pero de todos
modos a ambas les dio la impresión que si hubieran estado a tiro
tampoco se hubieran molestado en perseguirlas. No fue hasta que se
acercaron un poco más que pudieron comprobar que era eso en lo que
trabajaban tan afanadamente. Al parecer llevaban ya mucho tiempo
comiendo, pues tan solo se podía intuir lo que había sido en vida
el animal que despedazaban. Había tres infectados compartiendo no
sin cierta hostilidad los cuerpos sin vida de cuatro cachorrillos. No
hizo falta que ninguna hablase para que ambas llegasen a la misma
conclusión, pues habían tenido el placer de conocer a la madre,
también difunta por esos entonces.
	Siguiendo por la línea azul del tren elevado, alejándose cada vez
más del centro, llegaron a los suburbios donde las casas eran más
bajas, los pisos más humildes y donde las calles aún exhalaban ese
ambiente de marginalidad. Ahí casi no había coches, a duras penas
veían alguna moto desguazada tirada por el suelo. El estado en el
que se encontraba el mobiliario urbano y las pintadas de grafiteros
por doquier hacían que todo pareciese más normal. Ese era uno de
los pocos sitios de la ciudad donde no se notaban tanto los estragos
que había dejado a su paso la epidemia y la devastación de ese
virus mortífero.
	Algo más de una hora más tarde, con no menos que media docena de
encuentros fortuitos con algún que otro infectado que enseguida
dejaron atrás, llegaron a la última estación, al destino final del
primer viaje que habían hecho por las vías del tren, sin tren. Ahí
las vías bajaban hasta tierra firme y el último andén ocultaba en
parte la zona trasera donde descansaban más de diez trenes
aparentemente vacíos, muertos, trenes que con toda seguridad no
volverían a moverse de ahí. Pisaron de nuevo tierra firme y se
quedaron contemplando el bello panorama que la urbe les mostraba.
Ahí era donde la ciudad acababa, y más allá de la última hilera
de viviendas no había más que el campo abierto y una humilde
carretera secundaria de destino incierto.
	Pese a que ese había sido su objetivo desde el principio, ahora ya
era demasiado tarde para adentrarse en algún camino que les llevase
a algún pueblecito o alguna casita abandonada en mitad del amplio
bosque que ahí nacía. Habían perdido demasiado tiempo en casa de
Marcial, y ahora debían encontrar algún otro lugar en el que dormir
antes de seguir adelante con su plan, pues ninguna de las dos quería
pasar la noche al raso en un sitio sin puertas tras las que
encerrarse si la cosa se ponía fea. Bárbara se armó de nuevo con
el bate y Zoe se colocó en su retaguardia. 
Caminaron hacia el primer bloque de pisos, pero las puertas de todos
los portales estaban atrancadas desde dentro. En el segundo y el
tercero que miraron tuvieron la misma suerte, y fue al pasar frente a
una tienda de colchones que Zoe llamó la atención de Bárbara. En un
principio no creyó que esa fuera una alternativa, pero Zoe le
señaló a la puerta, donde descansaba un juego de llaves con una de
ellas colgando de la cerradura. Oscurecía a marchas forzadas, y solo
era cuestión de tiempo que acabasen encontrándose con algún
indeseable al cruzar la siguiente manzana, de modo que Bárbara giró
la llave, y la puerta se abrió.
	Entraron y se alegraron de disponer de una amplia cristalera con
vistas al bosque, puesto que al no haber luz artificial, al menos
dispondrían de algo de luz natural, y así no tendrían que recurrir
a las linternas que de bien seguro acabarían atrayendo por la noche a
una manada de resucitados hambrientos. Bárbara se encargó de cerrar
la puerta con llave desde dentro. Acto seguido inspeccionaron la
tienda de arriba abajo. Estaba llena de camas, colchones, sábanas y
demás mobiliario de dormitorio. Todo parecía limpio, todo ordenado.
Había dos puertas al otro extremo de la tienda que llevaban a dos
habitaciones.
 Una de ellas ocultaba un despacho con un pequeño aseo y tras la
otra había un generoso almacén donde se encontraba la mercancía
que no estaba expuesta en la tienda. Las dos estancias se comunicaban
por una tercera puerta. Todo estaba en regla, de modo que ambas
concluyeron en que sería un buen lugar donde pasar la noche.
Bárbara comprobó que el manojo de llaves también servía para las
puertas del despacho y del almacén, y se apresuró a cerrarlas con
llave. No estaba dispuesta a correr ningún riesgo y no quería
vigilar más allá de donde le alcanzase la vista.
Encajó la llave en la cerradura por la parte de dentro de la puerta
de entrada, y ambas se dirigieron a una de las camas que había en
mitad de la tienda. Ahí fue donde cenaron. Apenas abrieron la boca
para decir nada, ninguna de las dos. El día que habían pasado
había sido muy extraño y largo, y ambas tenían ya muchas ganas de
irse a dormir. Acabaron enseguida, pues apenas tenían hambre, y cada
una ocupó una cama de matrimonio, la una junto a la otra. No tardando
mucho se hizo de noche y Zoe se durmió enseguida. A Bárbara le
costó un poco más conciliar el sueño, y no fue hasta un rato
después de ver pasar un burro caminando con calma frente a la
tienda, que ella también se quedó dormida, mientras se preguntaba
como habría llegado tan lejos ese animal.
puntos 22 | votos: 22
Queridas mujeres del mundo: - Es hora de que los hombres os digamos un par de cosas...
Insinuar, es mucho más efectivo para impresionar a un hombre que
mostrar directamente. Las faldas cortas y los escotes hacen que os
veamos vulgares y hacéis perder nuestro interés emocional a favor
del instinto. Y creo que, en la mayoría de los casos, no es eso lo
que buscáis. Y en cualquier caso, luego no os quejéis si adquirís
mala fama, si no hacéis más que alimentarla.
Si dedicas más tiempo a la semana en maquillarte y en estar
monísima que en luchar por tus aspiraciones en la vida, llegará un
momento en el que no tengas ni una cosa ni la otra. Jamás le des
más importancia al aspecto exterior que al interior. Si descuidas tu
alma, por más que brilles por fuera, nadie tendrá motivos para
valorarte como persona.
Siempre os quejáis de que si una mujer tiene mucho éxito con los
hombres, la llaman puta, y sin embargo a los hombres les llaman
triunfadores. Yo pienso que los dos son putas, siempre y cuando se
hayan pasado de la raya. Cada cual tiene su propio baremo de
moralidad. Tan solo os digo una cosa: no hagáis nada de lo que luego
sabéis perfectamente que os arrepentiréis y os avergonzaréis,
porque eso no lo vais a poder borrar jamás. No es tanto lo que
opinen de ti los demás, sino lo que opines de tú de ti misma. Nunca
dejes que tus pantalones dominen a tu cabeza, e insisto en lo mismo de
antes, si lo haces, luego no te quejes de que te tilden de.
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida - 1x47 - En la casa de Marcial
30 de septiembre de 2008

La tos fue calmándose poco a poco, pero no antes de hacerle brotar
algo de sangre por la boca, lo que demostró que estaba aún peor de
lo que aparentaba. Bárbara le limpió la sangre con un paño que
había sobre la mesilla de noche, mirándole fijamente con una mezcla
de lástima y temor. Marcial también la miraba, y no pudo evitar que
una lágrima brotase de sus ojos. El dolor iba intensificándose por
momentos, y cada vez estaba más convencido de que no saldría de
esa. No obstante, la visión de su muerte ya no se le antojaba tan
trágica. Había perdido cuanto había amado en su vida, y ahora, en
el mundo que le había quedado en herencia, no era más que cuestión
de tiempo que él mismo acabase muriendo en breve. Al menos de esta
manera podría morir tranquilo sabiendo que jamás se convertiría en
uno de ellos. Y eso, dadas las circunstancias, ya era bastante.
MARCIAL – Siento… siento mucho haberos hecho venir.
BÁRBARA – ¿Pero que dices?
MARCIAL – Os he puesto en peligro para nada, porque yo ya no…
BÁRBARA – No digas eso. Tienes que descansar, y recobrar fuerzas.
Ya verás como te recuperas y…
MARCIAL – Yo ya no puedo seguir adelante, lo siento. Tengo que
pediros que os vayáis. No quiero que os pase nada por mi culpa.
BÁRBARA – No te voy a dejar aquí solo.
MARCIAL – Pero…
BÁRBARA – Pero nada. Nos quedaremos contigo hasta que te pongas
bien y luego, si quieres, nos puedes acompañar.
MARCIAL – Es bonito que no hayas perdido todavía la esperanza. No
cambies.
BÁRBARA – No digas nada más. Ahora quédate ahí tumbado y
descansa.
	Marcial cerró los ojos lentamente, tratando de no mostrar en su
cara el palpitante dolor de su pecho y el resto de su cuerpo. Siguió
respirando con lentitud, cada vez más calmado y tranquilo,
abandonándose a su suerte. Bárbara sostenía una de sus manos con
suavidad y firmeza, y no pudo evitar recordar una situación
prácticamente idéntica a esa que había vivido hacía poco más de
un mes. Se había encontrado en esas mismas circunstancias, velando
al cuerpo ya casi extinto, en esa ocasión de un ser querido. El
encuentro con Marcial le había hecho brotar de nuevo esos
sentimientos y esos recuerdos que tanto se había obligado en
enterrar en lo más profundo de su subconsciente.
	Pasaron varias horas antes de que Marcial abandonase definitivamente
el mundo de los vivos. Su respiración se fue tornando cada vez más
débil, cada vez más apagada e imperceptible, hasta que acabó
sumido en un sueño del que jamás despertaría. Bárbara, aún con
los ojos humedecidos por la trágica situación en la que se
encontraba, comprobó para su pesar que realmente había muerto. Le
hizo un gesto de negación con la cara a Zoe, que lo observaba todo
con mucha atención desde el otro extremo del dormitorio. Entonces
llevó su mano libre a los ojos del cadáver de Marcial, y los cerró
para siempre.
	Todavía sostenía su otra mano, cada vez más fría, y la posó con
suavidad sobre la cama para luego tapar del todo su cuerpo con la
sábana que aún le cubría, con lo que Zoe se acercó algo más a la
puerta entreabierta y se quedó frente al umbral, expectante y algo
asustada. Bárbara se levantó y se atusó la ropa con los ojos
cerrados, ahora cada vez más ansiosa por salir de ahí. Respiró
hondo, se dirigió hacia donde estaba Zoe y la invitó a abandonar la
estancia, cerrando la puerta tras de sí, abandonando para siempre al
bueno de Marcial. Bajaron a la planta baja y se quedaron en el
salón. Bárbara miraba por la ventana mientras Zoe jugueteaba con su
pelo sentada en un sofá.
BÁRBARA – Tendríamos que irnos ahora que no se ve a nadie por los
alrededores. Pero tengo miedo que la leona esa esté esperando que
salgamos…  tal vez deberíamos quedarnos aquí unos días, hasta
que se calme todo un poco…
ZOE – No.
BÁRBARA – ¿Cómo dices?
	Bárbara se giró y se encontró con la mirada de Zoe.
ZOE – El león se ha muerto.
	Bárbara frunció el entrecejo.
ZOE – Lo vi cuando salí al balcón. Una persona que iba en coche
le disparó. 
BÁRBARA – ¿Estás segura de eso?
ZOE – Si.
BÁRBARA – ¿Y ese hombre sabes donde fue?
ZOE – No se… Se fue. Pero no vi a donde.
BÁRBARA – Bueno… pues entonces la cosa cambia… Ya se ha hecho
algo tarde, pero todavía podemos adelantar bastante si nos ponemos
en marcha. Mira, ¿qué te parece si comemos ahora y seguimos
adelante hasta donde lleguemos cuando empiece a hacerse de noche?
	Zoe asintió con la cabeza. Bárbara se apartó de la ventana, y
corrió de nuevo la cortina. Obligó a Zoe a subir al primer piso
cuando abrió la puerta para recuperar la mochila, pero
afortunadamente no ocurrió nada fuera de lo normal. Pasaron la
siguiente media hora en la cocina, comiendo parte de las reservas que
todavía guardaban en la mochila y saqueando un poco la raquítica
despensa de Marcial, puesto que él ya no podría volver a disfrutar
de ella. Con energías renovadas y bastante más descansadas que
cuando llegaron, salieron de nuevo a la calle, siempre con mil ojos,
a la expectativa de cualquier imprevisto.
	Afortunadamente la zona seguía desierta, y no se encontraron a
nadie de vuelta al andén del que habían bajado esa misma mañana.
Desde ahí arriba, nuevamente con la sensación de que ahí estaban
más seguras, Zoe le indicó a Bárbara donde se encontraba en cuerpo
de la leona. Pero ahí no vieron más que un reguero de sangre que
partía de donde Zoe recordaba que había caído el cadáver del
animal, y se prolongaba hasta más allá de la persiana metálica
abierta hasta arriba de una tienda de comestibles. Al parecer la
ciudad no estaba tan muerta como aparentaba. No le dieron mayor
importancia, y prosiguieron su camino, con un sabor agridulce en la
boca. Enseguida abandonaron el barrio de Marcial, y continuaron
adelante en busca de su sueño imposible.





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