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GeekVeterano Nivel 3

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Mejor me voy... -
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Agente, - ¿Sabe que si por esto, me quitan puntos...?
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¿que me ha tocado qué...? -
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¿Sabías que , - Esta imagen la eliminaron por dar epilepsia en niños?
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  Anuncios de Pepsi, - Cada vez mas sorprendentes...

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Tener la risa mas falsa - Que las madres del anuncio de sunny
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Pero... - tú ¿qué cojones buscas en internet?
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No te lo esperabas eh... -
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+ ¡Pervertido! - ¡ no se suba ahí para mirarme el escote !
puntos 2 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x85 - Piso de la familia Clark
29 de septiembre de 2008

Había pasado una semana desde que Morgan diese sepultura a su mujer,
aunque si le hubieran preguntado, no hubiera sabido decir si habían
pasado dos días o veinte. Para él ahora todas las jornadas eran
literalmente iguales, igual de vacías y de prescindibles, igual de
tristes, sin nada que le invitase a seguir adelante. No tenía nadie
con quien hablar y a quien proyectar su ira y su mal humor, cosa que
aún le enfurecía más, y se pasaba la mayor parte del tiempo
vegetando en el sofá, aburrido y decaído, limitándose a mirar aquel
viejo olivo por la ventana.
	Durante esos días de cautiverio obligado había tenido tiempo de
reflexionar, de dejar volar la cabeza y dar mil y una vueltas a todo
cuanto había pasado, para martirizarse todavía más por los errores
cometidos. Llegó a comprender a su esposa, a comprender cuánto
debería de haber sufrido al verse sola, más cuando ella desconocía
cómo estaría él y la incertidumbre también jugaría en su contra.
Al día siguiente de enterrarla había vuelto junto a su tumba, se
había sentado a hablar con ella, como si todavía estuviera ahí con
él, y después de disculparse él mismo por haberse ido de ese modo y
haberle obligado a hacer lo que hizo, había llegado a perdonarla por
dejarle solo, respondiendo de ese modo a la súplica de la nota que
había escrito ella minutos antes de quitarse la vida.
	Ahora estaba sentado en su sillón de mirar la tele, contemplando la
escopeta que descansaba sobre una de las cajas de madera que no había
llegado a abrir todavía. Era la única que había permanecido con él
en todo momento, no fallándole jamás, y demostrándole que podía
confiar en ella. Ahora, desde su posición, brillando a la luz del sol
matutino que se filtraba por la ventana, sensual e insinuadora, le
invitaba a utilizarla, diciéndole que ese y no otro sería su destino
antes o después, que alargar lo inevitable tan solo le llevaría a
más sufrimiento inútil. Se preguntó de nuevo si debía hacer caso a
ese canto de sirena o dejarlo correr una vez más, cuando algo le
sobresaltó e hizo que se girase hacia el balcón.
	Esa era la señal que había estado esperando tanto tiempo, ese algo
que le devolvió a la realidad como lo hubiera hecho una buena
bofetada en la mejilla. Se levantó del sillón y salió al balcón, a
tiempo de ver un todoterreno negro cruzar la vacía calle, alejándose
de ahí en dirección a las vías del tren elevado. Entonces giró la
esquina que llevaba al Zoológico Ziz y desapareció de su vista. Poco
después se oyó un leve estruendo, y todo volvió a quedar en
silencio. Se quedó mirando un rato más, esperando que el coche
saliera de esa calle sin más salida que por la que había entrado,
pero eso jamás llegó a ocurrir.
A los cinco minutos, viendo que nada cambiaba, acabó perdiendo el
interés. Se fue a la cocina y se preparó un reconfortante desayuno.
Pasaron las horas. Leyó un poco, hizo algo de ejercicio con las pesas
para distraer la atención, incluso trató de echarse un rato a
dormir, pero no podía quitarse de la cabeza lo que había pasado esa
mañana. A cada rato volvía la imagen del coche y se obligaba a mirar
por la ventana, iluso al pensar que lo volvería a ver en marcha.
Entonces, en un momento dado, pasado el mediodía, un momento
cualquiera que en nada se diferenciaba a cualquier otro de esa larga
mañana, sintió la necesidad de actuar. Como movido por un resorte se
echó la escopeta al hombro y corrió hacia la puerta, obligándose a
no pensar en lo que estaba haciendo, pues de lo contrario, sabía a
ciencia cierta que no abriría la puerta, bajaría las escaleras y
cruzaría la barricada para volver a la calle y caminar temerario por
las calles desiertas en dirección al zoo, como hizo.
Al cruzar la misma esquina que había cruzado ese coche horas antes,
se lo encontró de frente unos metros por delante de las puertas
hechas un amasijo de hierros del viejo zoológico. Ni siquiera
entonces comprendió la magnitud de su temeridad. Si bien era cierto
que las posibilidades de encontrar un coche que funcionase por los
alrededores era más que remotas, y disponer de él supusiera una gran
ventaja en su situación, eso no justificaba lo que había hecho, y
pese a saberlo, no le importaba. Ahora veía la vida de otra manera, y
estaba dispuesto a correr más riesgos que antaño, pues ya lo había
perdido todo. De todos modos, el mal ya estaba hecho, así que se
dirigió hacia el coche con su incondicional compañera bien agarrada.
Al acercarse un poco más vio la puerta abierta, y pudo escuchar como
el motor estaba encendido. Frunció el entrecejo al recordar aquel
coche que había encontrado en mitad de la carretera, aquel bastardo
que le había conseguido tentar a utilizarlo, para luego dejarle
abandonado a su suerte a la primera de cambio. La situación era
virtualmente idéntica, solo que ahora hasta el motor parecía
regalarle los oídos, invitándole a entrar. Se preguntaba si esa
sería una nueva prueba del destino, si algún gran hermano perverso
le estaba observando desde algún sitio, esperando con los dedos
cruzados que se dejase camelar por ese regalito, para luego
regocijarse viéndole morir por tomar la mala decisión. Entonces
ocurrió algo que le hizo dejarse de tonterías por un momento, y
levantar de nuevo la escopeta. Eso le dio fuerzas a la idea de que
realmente sí había alguien detrás de todo eso, alguien que lo
hubiera orquestado todo a su gusto para ponerle de nuevo las cosas
difíciles.
Una leona enorme salió del zoo a paso ligero, pero frenó al
percatarse de su presencia, hasta acabar parada a escasos cinco metros
del hombre oscuro. Dio un gran bostezo que a Morgan se le antojó una
muestra de poder al ver esos enormes colmillos. Tenía una de las
zarpas manchada de sangre; sus penetrantes ojos se clavaron en los
suyos. Morgan respiró hondo y gritó a los cuatro vientos: ¡No te
saldrás con la tuya!

puntos 14 | votos: 20
Phineas y Pherb - yo también creo que los niños que ahora lo siguen cuando crezcan se
convertirán en grandes ingenieros
puntos 25 | votos: 25
P.A.R.E.J.A - Para Abrazar Reir Emocionarse Jugar y Amar.
puntos 7 | votos: 9
Spiderman. - Ni Capa, Ni Espada.
puntos 13 | votos: 17
Hoy saldré al jardín. - A 14 avispas les gusta esto.
puntos 4 | votos: 16
Google... - ...siempre acierta

puntos 14 | votos: 14
Madres  - ¿Cómo coño quieren que me porte bien? Si de pequeña veía que
Tarzán andaba desnudo, Cenicienta llegaba a media noche, Pinocho
mentía, Batman conducía a 320 km/h, la Bella Durmiente era una vaga,
Blancanieves vivía con 7 tios, Caperucita no le hacía caso a su
madre, Betty Bop iba vestida como una puta, Pulgarcita tiraba migas
por todas partes y Popeye fumaba hierba... Por favor, ¡No me jodas!
puntos 7 | votos: 11
Hacer un supercartel. - Lo estás haciendo mal.
puntos 17 | votos: 17
hola microfono¡ - ¿quieres ser mi amigo?
puntos 1425 | votos: 1707
Pirateria - Hasta donde llega la imaginación humana
puntos 32 | votos: 32
¡Tú a callar, chorizo! -

puntos 55 | votos: 57
Si te aburres, - comenta este cartel.
puntos 43 | votos: 45
 Que se joda el mar - si prefiero bañarme en tus ojos y sumergirme en tu mirada.
puntos 22 | votos: 22
Desmotiva - que te insulten por ser chica y jugar al futbol
puntos 6 | votos: 6
¿A septiembre? - Pues a tomar por culo todo
puntos 19 | votos: 19
Hasta el oráculo - Me lo dice...

puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x82 - En las afueras de Sheol
21 de septiembre de 2008

El viaje de vuelta a casa estaba resultando mucho más tranquilo de lo
que había previsto al partir de la cabaña media hora antes, tal vez
incluso demasiado. No se encontró con nadie hasta que ya estaba bien
dentro de la ciudad. No sabía si era porque a esas horas de la tarde
todavía dormían en cualquier lugar con la puerta abierta, porque no
les gustaban las afueras y preferían adentrarse en la urbe en busca
de alimento, o porque estaban dándole falsas esperanzas para acabar
cargando contra él más adelante. El caso es que se encontraba a un
escaso kilómetro de su casa cuando los primeros infectados repararon
en él.
	Se trataba de una pandilla de niños de entre ocho y quince años, le
llamó la atención porque no había ningún adulto entre ellos.
Estaban durmiendo plácidamente a la sombra de un platanero en un gran
alcorque con césped de esa avenida. Fue cuando una de las ruedas
pasó por encima de una lata de refresco que el ruido alertó a uno de
ellos, el más pequeño. Ese se levantó y miró en todas direcciones
hasta reparar en el coche; lo único que se movía a su alrededor. Se
levantó de un salto y comenzó a correr mientras gritaba. El ruido
alertó al resto, cinco en total, y para cuando quiso darse cuenta
seis muchachos le perseguían a unos veinte metros, pues había pasado
de largo.
	Ahora se planteaban frente a él dos opciones. Acabar con ellos o
pisar el acelerador para dejarlos atrás. Contaba con escasísima
munición, y no le apetecía atropellar a niños por la calle, de modo
que apretó fuerte. De las puertas abiertas de algunos portales
salieron más de esos indeseables, avisados por sus compañeros,
sumándose a la persecución, hasta que llegó el punto que tuvo la
impresión que estaba reviviendo la misma situación que había vivido
escasos días antes. La otra vez se había salvado por los pelos, pero
esta vez no tenía porque tener tanta suerte. Luchaba por no hacerlo,
pero a cada nueva ocasión que miraba por el retrovisor, veía más y
más de ellos. Afortunadamente no había apenas coches por las calles,
y los pocos que había permitían el paso si bien en ocasiones tenía
que bajar la marcha con lo que dejaba que se acercasen un poco más.
Eran ya una docena cuando tuvo que dar un volantazo para evitar a uno
que venía de frente. Luego pensó que hubiera sido más fácil
llevárselo por delante, pero aunque ya no lo fueran, aparentaban ser
personas, y algo dentro de sí no le permitía hacerlo. 
	Al cruzar otra esquina, a no más de medio kilómetro de su meta, el
coche hizo un sonido muy extraño. Dio un par de tirones y pequeñas
embestidas, acompañadas de más ruidos, y finalmente el motor se
paró. Tenía gasolina de sobra, pero el motor se negó a seguir
trabajando. Todavía contaba con la inercia, y unos cincuenta metros
de ventaja, pero eso no duraría mucho. Puso el punto muerto y trató
de arrancarlo una, dos y tres veces. Miró otra vez por el retrovisor,
viendo cómo el coche se detenía, pero como ellos seguían adelante.
Trató de arrancarlo una vez más con idéntico resultado y acabó
gritando de rabia al tiempo que agarraba la escopeta, abría la puerta
y se tiraba del coche en marcha a unos veinte kilómetros por hora.
	Dio un par de vueltas rodando por el suelo y enseguida se puso en
pie, con el hombro algo dolorido, a tiempo de ver como el coche se
estampaba contra una farola, abollándose el metal de ambos, y como
paraba en seco y en silencio, riéndose de él. Miró a un lado y a
otro, preguntándose que podía hacer ahora. Vio el cuerpo de un
hombre estampado en el suelo, con el cráneo roto y un brazo en una
posición antinatural; enseguida dedujo que se había tirado por una
ventana. El resto de la calle estaba prácticamente vacía, con el
habitual aspecto sucio y descuidado, pero al menos no se veía a nadie
más.
	Eran demasiados para enfrentarse a ellos; seguramente no tendría
plomo para todos, y puesto que le pisaban los talones comenzó a
correr en la dirección contraria, sabiendo que estaba todavía muy
lejos de su casa como para llegar corriendo antes de que le cogiesen.
Por bien que él era rápido y estaba en forma, ellos contaban con
algo que él no tenía, pues parecían no cansarse jamás, y para
cuando él tuviera que parar a recuperar el aliento, le acabarían
alcanzando. Fuera como fuese, debía buscar algún sitio donde
esconderse. Corrió mirando todos y cada uno de los portales y las
tiendas, viendo todas las puertas cerradas con cadenas y candados o
con barricadas al otro lado, al igual que el de su esposa. Uno tras
otro los fue dejando atrás, sintiéndose cada vez más vulnerable.
	 Estaban tan cerca que casi podía oír sus respiraciones
entrecortadas cuando pasó frente a un portal que parecía distinto al
resto. Todos tenían una puerta metálica con cristalera, algunas de
ellas intactas, otras rotas, pero todos se veían impenetrables. Sin
embargo, ese era distinto. Esa puerta era antigua, de madera, y a
juzgar por lo que podía ver a través de los vidrios, nada la tapaba
por detrás. Trató de girar el pomo, pero resultó inútil. Ni diez
segundos le separaban del encuentro con esos más de quince
infectados, a los que ya se les hacía la boca agua al ver tan cercano
ese bocado de ébano, de modo que agarró la escopeta y disparó
contra el pomo de la puerta, apartando la cara ante el baño de
astillas que precedió a la detonación.
	Una fuerte patada fue suficiente para abrir la puerta. Entró a toda
velocidad al portal y una vez dentro se dio cuenta que no podría
cerrar la puerta, por mucho que trató de encajarla, pues había
inutilizado el pomo. No le quedaba otra opción que subir las
escaleras a toda prisa, rezando porque arriba no le estuvieran
esperando más de esos indeseables. Escuchó la puerta golpear contra
la pared cuando el primero de ellos, una mujer de la edad de Sofía,
la abría de un empujón. Subía las escaleras de dos en dos,
maldiciéndose una y otra vez al ver en cada rellano que todas las
puertas, incluida la del ascensor, estaban cerradas. Disparar para
abrirlas hubiera resultado absurdo, pues no hubiera conseguido más
que cerrarse el paso y llegar a un punto sin retorno, de modo que se
lo jugó todo a una carta. 
Subió hasta el cuarto piso y vio desde ahí que la puerta del tejado
estaba abierta. Eso le hizo sonreír. Subió a toda prisa, escuchando
el eco de los gritos de esos indeseables, que parecían haber tomado
un curso acelerado de subir escaleras. Llegó a lo más alto, salió a
toda prisa de nuevo al exterior y cerró tras de si con un sonoro
portazo metálico. Se alejó andando de espaldas a la puerta, rezando
porque fuera lo suficientemente fuerte como para soportar las
embestidas de esos locos, pero no pasó nada. Se quedó en silencio,
esperando algo que jamás llegó a ocurrir.
Lo que pasó fue que le siguieron hasta el cuarto piso, pero al subir
algunas escaleras más y ver que no había salida, perdieron el norte
y comenzaron a deambular de un lado al otro, más perdidos que
rabiosos por haber perdido la presa, pues ya se habían olvidado de
ella. Morgan respiró hondo y se dijo que por ese día no podría
salir de ahí. Se giró para contemplar el panorama y comprobó,
escopeta en mano, que estaba solo. Le llamó la atención una ese
gigante pintada con pintura blanca que ocupaba gran parte del suelo.
Una lata de pintura vacía, dentro de la cual había un rodillo
reseco, eran toda su compañía ahí arriba.
Asumió que pasaría la noche al raso, y se dirigió al otro extremo
del terrado, desde donde afortunadamente pudo ver su objetivo. Tan
cerca y a la vez tan lejos; media docena más de calles y ahora
estaría disfrutando el reencuentro con su esposa. Quiso convencerse
de que había sido afortunado, pues seguía vivo, pero la rabia pudo
con él y su grito resonó por todo el vecindario, despertando a más
de ellos. El sol, ya rojizo, se acercaba al horizonte a marchas
forzadas, y los primeros infectados despertaron y salieron de sus
madrigueras, dispuestos a llevarse algo a la boca. 
Desde ahí tan solo podía ver medio balcón y la ventana del estudio,
pero se empezó a preocupar al ver que pese a que pasaban los minutos,
ninguna luz se encendía. Se repitió una y otra vez que Sofía ya se
habría ido a dormir, o que estaría en la otra mitad de la casa, pero
algo dentro de sí le incitaba a pensar en la opción más pesimista.
La luz de la luna, cercana al cuarto menguante, acabó siendo su
única compañía, junto a las estrellas y el sonido de los pasos de
los infectados campando a sus anchas por las calles. Se subió a la
caja de las escaleras, ayudándose de la antena parabólica que ahí
había collada, y se tumbó bocabajo en ese pequeño cuadrado,
sintiéndose más seguro que al mismo nivel de la puerta que ahora
había bajo sus pies. No dejó de mirar la fachada del edificio donde
debía estar Sofía ni un momento, hasta que acabó cayendo en los
brazos de Morfeo, pasadas las cuatro de la madrugada.
puntos 23 | votos: 23
¿Sabías Que.. - Los bebés que viven con mascotas desarrollan menos alergias?
puntos 21 | votos: 21
Si ya lo sabía yo... -
puntos 42 | votos: 46
- ¿Va a la principal, señor? - + Todavía no
puntos 30 | votos: 32
EspejismomsijepsE - Descripción gráficacifàrg nòicpircseD

puntos 1504 | votos: 1530
Victor Castro - Fue uno de los 8 concursantes de Saber y Ganar que llegó al programa
100. En este úntimo programa, se le propuso 2 pruebas difíciles, de
los cuales los resolvió sin dudar. Es el concursante que más ganó
de todos. Licenciado en fiología Alemana y románica. Desmotiva que
ejemplo de este país, ESTÉ EN PARO.
puntos 31 | votos: 33
esto es... - ESPARTA!!!
puntos 30 | votos: 32
Esta foto ha sido subida mañana - Raro, raro...
puntos 57 | votos: 63
Picar ente horas - Definición gráfica
puntos 58 | votos: 60
Como darle un toque - de originalidad a tu casa

puntos 22 | votos: 22
¡Mira mamá! - ¡Yo me tiro de bomba!
puntos 20 | votos: 20
¡No fumes! - Luego te huele el aliento a tabaco.
puntos 20 | votos: 20
En 2013 - voy a ver la pelicula 2012 y me voy a partir el culo
puntos 1620 | votos: 1694
¿Qué miras? - Estoy limpiando el cartel.
puntos 3 | votos: 9
En mi casa - aparecen mas tazos que motas de polvo.

puntos 35 | votos: 35
Bajarse así de sofá - y creerte un gusano.
puntos 31 | votos: 31
¡ Nueva oferta ! - ¡ Llévese un kilo de cosas amarillas largas por solo 1,72 euros !
puntos 15 | votos: 17
Yo también - he deletrado el abecedario hasta que la anilla de la lata se soltase
puntos 1365 | votos: 1433
Feel like a Lady -
puntos 254 | votos: 278
Cuandlo quiegassss -

puntos 923 | votos: 1143
Te voy a dar lo tuyo - y lo de tu primo
puntos 13 | votos: 13
¡Joe!, - No lo sé, ¿Me podéis ayudar?
puntos 23 | votos: 23
Usuario de desmotivaciones.es - definición gráfica
puntos 9 | votos: 9
Quizás deberiamos besarnos - y acabar con esta tensión
puntos 10 | votos: 10
Suicidio - Nivel : Pez





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