En Desmotivaciones desde:
12.05.2013

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puntos 9 | votos: 11
Y en el momento de la despedida - los recuerdos hacen que pase en unos minutos toda una vida.
puntos 6 | votos: 8
Las cosas superficiales - sólo pueden llenar vacíos superficiales.
puntos 10 | votos: 12
Lamentablemente para algunos - el dolor se calma con más dolor.
puntos 5 | votos: 5
Si vas a tener dos caras, - al menos intenta que una de ellas sea bonita.
puntos 6 | votos: 6
La música, - así es como suenan los sentimientos.

puntos 16 | votos: 16
Las personas buscarán qué criticar - y lo encontrarán.
puntos 13 | votos: 13
Disfruta de la vida, - no dejes que los demás discuten sin ti.
puntos 9 | votos: 9
Disfruta de la vida - no dejes que ésta disfrute sin ti.
puntos 9 | votos: 9
Se obsesionan con las apariencias - porque no entienden otro idioma.
puntos 11 | votos: 11
De sueños está hecha la vida - y la vida está llena de sueños.

puntos 10 | votos: 10
Algunas piezas no encajan - porque no pueden, sino porque no quieren.
puntos 18 | votos: 18
El papel esconde dibujos - que sólo el pintor es capaz de observar.
puntos 9 | votos: 9
Cada vez que ven una hoja rara - procuran que sea la primera en caerse del árbol.
puntos 12 | votos: 12
Por el coño el polvo de hada. -
puntos 15 | votos: 15
Las niñas pequeñas con sueños - se convierten en mujeres con visión.

puntos 19 | votos: 21
Una pequeña porción del mundo - está hecha para que tú te la comas.
puntos 20 | votos: 22
Y soltamos nuestros sueños - más grandes cuando miramos al cielo, porque al igual que éste, son
inalcanzables.
puntos 8 | votos: 10
Ante la desesperación - los seres humanos se vuelven animales.
puntos 10 | votos: 10
De errores superados está hecho - el éxito.
puntos 8 | votos: 10
Aceptamos el amor que creemos - merecer.

puntos 9 | votos: 9
La realidad se improvisa - entre delirios de papel.
puntos 4 | votos: 4
Las cartas de la vida - fueron repartidas con total azar, dando un verdadero destino a cada
uno de los jugadores.
puntos 7 | votos: 7
Me quedaron grandes las pruebas - de la vida, me quedaron chicos sus placeres.
puntos 30 | votos: 32
Por más hermoso que sea el camino - de la vida, todos llevan al mismo final.
puntos 28 | votos: 28
Y nuestra imaginación parece chica - comparada con todas las maravillas que ya existen.

puntos 7 | votos: 7
Mientras unos disfrutan de su vida, - otros se conforman con mirar al cielo y imaginarse que ese tipo de
vida les pertenece
puntos 8 | votos: 8
Porque podrías romper su corazón - en miles de pequeños pedazos, y ella volvería a recogerlos para
entregarlos de nuevo a tus manos.
puntos 15 | votos: 15
Cualquier persona mínimamente - interesante está loca de una forma u otra.
puntos 23 | votos: 23
Me gustaría poder ignorar - tanto la realidad como finjo hacerlo.
puntos 10 | votos: 14
Es imposible recordar con totalidad - el pasado, ya que en ese entonces éramos personas distintas, con
pensamientos y opiniones diferentes sobre la vida.

puntos 7 | votos: 7
No comprenden todo lo que va - en contra de sus egos.
puntos 10 | votos: 10
Las estrellas se cayeron de los cielos, - ya era hora de que alguien cumpliera sus deseos.
puntos 11 | votos: 11
Todas las puertas de la vida - está abiertas. Es tu responsabilidad abrir la indicada. Puede que si
te equivocas tu historia nunca llegue a comenzar verdaderamente.
puntos 6 | votos: 6
No te acerques mucho, - está oscuro adentro.
puntos 12 | votos: 12
AVISO IMPORTANTEEEEEEE - Lee la descripción si estás interesad@.

puntos 5 | votos: 5
My anaconda dont -
puntos 4 | votos: 6
Psicosis - Domingo

No estoy seguro de por qué escribo esto en papel y no en mi
computadora. No es que no confíe en mi computadora, sólo… necesito
organizar mis ideas. Poner todos los detalles en un lugar objetivo, un
lugar en donde sepa que lo que escribo no puede ser borrado o
alterado… no que eso haya pasado.

Estoy comenzando a sentirme agobiado en este diminuto apartamento.
Quizá ése es el problema. Sí, tenía que ir y comprar el
apartamento más barato, el único en el sótano. No he salido en
varios días porque he estado enfrascado en este proyecto de
programación; supongo que quería acabarlo de una buena vez. Estar
sentado frente a un monitor por horas puede hacer que cualquiera se
sienta extraño, lo entiendo, pero no creo que sea por eso.

No estoy seguro de cuándo comencé a sentir que algo andaba mal. Ni
siquiera puedo definir qué es. Probablemente por no haber hablado con
nadie en este tiempo; eso fue lo primero que me inquietó. Todos mis
contactos con los que chateo habitualmente por Messenger mientras
programo han estado ausentes, o simplemente desconectados. El último
mensaje que recibí fue de un amigo diciéndome que charlaría conmigo
cuando volviera de la tienda, y eso fue ayer. Lo llamaría desde mi
celular, pero aquí la señal es terrible.

Sí, eso es. Sólo necesito llamar a alguien. Voy a salir.

 

Bueno, eso no se dio tan bien. A medida que mi temor se desvanece, me
empiezo a sentir un poco ridículo por haberme asustado en primer
lugar.

Me miré en el espejo antes de salir, pero no me afeité la barba de
dos días que me ha crecido, después de todo saldría únicamente
para hacer una llamada. Pero sí me cambié de camisa, ya que era hora
de almorzar y supuse que me podría encontrar con algún conocido. O
al menos eso era lo que quería… ojalá lo hubiera hecho.

Cuando salía, abrí ligeramente la puerta de mi apartamento; una
sensación de ahogo evacuó mi cuerpo en ese instante, de alguna
forma. Me asomé por el deslucido corredor, tan deslucido como el
corredor de un sótano puede ser, apenas iluminado por un trío de
lámparas de neón que no dejan de chasquear. En el otro extremo, la
gran puerta metálica que lleva a la sala principal del edificio
—cerrada, por supuesto—, y dos oxidadas máquinas expendedoras a
su lado. Estoy bastante seguro de que nadie más en el edificio sabe
que esas máquinas están aquí abajo, que a mi tacaña casera
sencillamente no le interesa reabastecer.

Deslicé mi puerta con suavidad y seguí el camino procurando no
emitir sonido alguno. No tengo idea de por qué decidí hacer eso,
pero era divertido rendirse al absurdo impulso de no perturbar el
letárgico zumbido de las máquinas expendedoras, al menos por el
momento. Llegué al primer descanso de escaleras y subí hasta la
puerta principal del edificio. Miré por la cuadrada ventanilla de la
puerta y, para mi gran sorpresa, definitivamente no era hora de
almuerzo. La penumbra de la noche envolvía las calles de la ciudad, y
las luces de los automóviles que daban la vuelta en la intersección
alumbraban desde la distancia como faroles. Nubes púrpuras y negras
por el brillo de la ciudad colgaban inmóviles del firmamento. Nada se
movía a excepción de los pocos abedules de la acera mecidos por el
viento. Recuerdo haber temblado aunque no tenía frío, quizá por el
viento de afuera; podía oírlo vagamente a través de la puerta y
sabía que era ese particular tipo de viento de media noche, ése que
es constante, frío y callado, salvo por la dulce melodía que
provocaba cuando se abre paso entre las incalculables hojas de los
árboles.

Decidí no salir. En su lugar, levanté mi celular a la altura de la
ventanilla y revisé el medidor de señal. Las barritas llenaron el
medidor, y sonreí. «Tiempo de escuchar la voz de alguien más»,
recuerdo que pensé, aliviado. Era algo tan extraño, el tenerle miedo
a nada. Negué con la cabeza riéndome de mí mismo en silencio.
Marqué el número de mi mejor amiga, Amanda, y acerqué el teléfono
a mi oreja. Sonó una vez… y entonces se detuvo. Nada pasó.
Escuché el silencio por unos veinte segundos, y colgaron. Fruncí el
ceño y miré el medidor de señal; todavía lleno. Estaba marcando su
número de nuevo cuando el teléfono sonó en mi mano, sacándome un
buen susto. Lo pasé a mi oreja.

—¿Diga? —pregunté, reteniendo el leve shock de oír la primera
voz en días, aun si se trataba de la mía. Me había acostumbrado a
los sonidos regulares del edificio, de mi computadora y el de las
máquinas expendedoras en el corredor. No hubo ninguna respuesta a mi
saludo en un principio, pero luego, una voz se escuchó.

—¿Qué hay? —dijo claramente un joven desde el otro lado de la
línea—. ¿Quién habla?

—Juan —le respondí, confundido.

—Ah, perdón, número equivocado —contestó, y colgó.

Bajé el celular lentamente y recargué mi cuerpo contra la pared. Eso
fue extraño. Revisé mi registro de llamadas; el número era
desconocido. Antes de que pudiera reflexionar sobre ello, el celular
sonó de nuevo, asustándome una vez más. Esta vez miré el número
antes de contestar; también era desconocido. Coloqué el aparato
junto a mi oído, sin decir nada. Todo lo que escuché fue el usual
ruido de fondo de un celular. Entonces, una voz familiar acabó con mi
tensión.

—¿Juan? —Fue la única palabra, por la voz de Amanda.

Suspiré aliviado.

—Hey, eres tú —contesté.

—¿Quién más iba a…? Ah, el número. Estoy en una fiesta en la
Séptima Avenida y mi teléfono murió justo cuando me llamaste. Éste
es el teléfono de alguien más, naturalmente.

—Ah, bueno.

—¿Dónde estás? —me preguntó.

Paseé los ojos por los muros y su pintura descarapelada; la puerta
que tenía frente, con su pequeña ventanilla.

—En la entrada de mi departamento —Suspiré—. Me sentía un poco
sofocado. No sabía que era tan tarde.

—Deberías venir aquí —me dijo, riendo.

—No…, no estoy de humor para caminar solo a estas horas —dije,
mirando por la ventanilla a la tranquila y airosa calle que
secretamente me causaba un poco de temor—. Creo que voy a seguir
trabajando o me iré a dormir.

—¡Tonterías! —contestó—. ¡Puedo ir a traerte! Tu
departamento queda cerca de aquí, ¿cierto?

—¿Qué tan ebria estás? —le pregunté divertido—. Tú sabes en
dónde vivo.

—Ah, claro. Supongo que puedo llegar ahí caminando, ¿no?

—Puedes, si quieres desperdiciar media hora.

—Cierto —contestó—. Bueno, me tengo que ir, ¡suerte con tu
trabajo!

Bajé el teléfono de nuevo, viendo a los números parpadear mientras
la llamada finalizaba. El insistente zumbido de las máquinas se
reprodujo en mi mente. Las dos llamadas extrañas y la vista a esa
tétrica calle terminaron por encarrilarme de vuelta a mi soledad en
esta vacía sala. Tal vez por haber visto tantas películas de terror
tuve la súbita idea de que algo inexplicable podría asomarse por la
ventanilla de la puerta y verme, alguna clase de entidad horrible que
pasa orbitando los confines de la soledad, esperando el momento para
arrastrarse hasta algún ser humano que se ha alejado demasiado de los
de su clase. Sabía que era un miedo irracional, pero no había nadie
cerca, así que… bajé las escaleras corriendo por el pasillo hasta
mi cuarto, y cerré la puerta tras de mí lo más velozmente que pude,
procurando mantener el silencio.

 

Como dije, me siento un poco ridículo por haber estado asustado de
nada, y el temor ya se ha desvanecido. Escribir esto me ayuda mucho,
me hace darme cuenta de que nada anda mal. Filtra mis pensamientos
inconclusos y miedos, dejando sólo hechos concretos y objetivos: es
tarde, recibí una llamada de un número equivocado y al teléfono de
Amanda se le agotó la carga, por lo que me devolvió la llamada con
otro teléfono. Nada extraño está pasando.

Aun así, hubo algo… inusual en esa conversación. Sé que pudo
haber sido por el alcohol que había tomado… ¿o fue a ella a quien
sentí extraña? O… sí, ¡eso es! No me di cuenta hasta ahora,
hasta escribirlo. Sabía que hacer esto ayudaría. Ella dijo que
estaba en una fiesta, ¡pero lo único que escuché de trasfondo fue
silencio! Claro, eso no significa nada en particular, puesto que pudo
haber ido afuera a tomar la llamada. No… eso tampoco pudo ser: ¡no
escuché el rumor del viento! ¡Necesito ir a ver si el viento está
soplando!

 

Lunes

Olvidé terminar de escribir anoche. No sé qué esperaba encontrar
cuando crucé por el pasillo y asomé el rostro por la ventanilla. Me
siento ridículo. El miedo de anoche me parece vago e irrazonable
ahora. No puedo esperar para salir y ver la luz del día. Voy a
revisar mi correo, afeitarme, darme un baño ¡y finalmente salir de
aquí!

Un momento… creo que escuché algo.

 

Era un trueno. Todo eso sobre la luz del día y el aire fresco no
pasó. Subí por el tramo de escaleras, sólo para encontrar
decepción. El cristal de la puerta principal era azotado por la
corriente de lluvia torrencial que se desataba afuera. Quise quedarme
a esperar a que un relámpago iluminara la intemperie; pero la lluvia
era muy fuerte y no podía visualizar nada más que siluetas
indistinguibles paseándose por ángulos extraños de la corriente de
agua bañando la ventanilla. Decepcionado, me di la vuelta, pero no
quería volver a mi cuarto. En su lugar, deambulé por las escaleras,
al primer piso, al segundo. Llegué al tercer piso, el más alto del
edifico.

Caminé por el alfombrado del piso. Las diez o tantas puertas de
madera, pintadas de azul hace mucho tiempo, estaban todas cerradas.
Escuché atentamente mientras caminaba, pero era medio día, no me
sorprendió oír poco más que el sonido de la lluvia afuera. En lo
que permanecí ahí parado, en ese turbio lugar, tuve la extraña y
fugaz impresión de que las puertas eran como silenciosos monolitos de
granito, esculpidos por una antigua y olvidada civilización para un
insondable propósito de guardines. Cayó un relámpago que iluminó
el pasillo, y pude haber jurado que, sólo por un momento, las viejas
y deterioradas puertas azules se vieron como piedra áspera. Me reí
de mí mismo por dejar que mi imaginación jugara así conmigo, pero
entonces se me ocurrió que el resplandor de ese rayo debía de
significar que había ventanas cerca. Me llegó una memoria distante,
y de inmediato recordé que el tercer piso tenía una alcoba con una
puerta corrediza de cristal al final del pasillo en donde estaba.

Emocionado por ver la ciudad desde lo alto en medio de la lluvia y,
quizá, ver a otra persona, caminé velozmente hacia la alcoba,
encontrándome con la delgada y larga puerta corrediza. Era bañada
por la corriente como la ventanilla de la puerta principal. Acerqué
mi mano a la manija, pero dudé. Tuve la rarísima sensación de que
si la abría, vería algo completamente terrible del otro lado. El
último par de días había sido tan extraño… así que ideé un
plan, y volví aquí para traer lo que necesitaría. No pienso que
realmente lograré algo con esto… pero no tengo nada más que hacer,
llueve y me estoy volviendo loco de remate.

Regresé por mi cámara web. De ninguna forma el cable llegará hasta
el tercer piso, por lo que, en su lugar, voy a ocultarla entre las dos
máquinas expendedoras, pasar el cable por debajo de mi puerta y
ponerle cinta de aislar encima para camuflarlo en la tira de plástico
negra que se extiende por la base de las paredes del corredor. Sé que
es tonto, pero estoy muy aburrido…

 

Bueno, nada sucedió. Dejé abierta la puerta de mi apartamento, me
llené de valor, fui hasta la puerta metálica, la abrí y corrí como
alma que lleva el Diablo de vuelta a mi cuarto y azoté la puerta.
Miré atento por la cámara web de mi computadora, viendo en la
transmisión al pasillo y una parte de las escaleras. Sigo observando
en este momento, y no aparece nada interesante. Desearía que el
ángulo de la cámara fuera distinto, que pudiera ver al menos una
parte de mi puerta. ¡Hey, alguien se conectó!

 

Usé un modelo de cámara más antiguo que tenía en mi clóset para
charlar con mi amigo. No supe explicarle por qué quería que fuera
una llamada de video, pero se sintió bien ver la cara de otra
persona. No se quedó a hablar por mucho tiempo, y no hablamos de nada
importante, pero me siento mucho mejor. Mi absurdo temor casi se ha
ido. Ya lo habría dejado completamente de lado, de no ser por la
extraña manera en que se dio la conversación. Sé que he dicho que
todo me ha parecido extraño, pero sus respuestas fueron tan vagas…
no puedo recordar una sola cosa específica que me haya dicho; ningún
nombre, lugar o evento en particular. Aunque sí me pidió mi
dirección de correo, para mantenerse en contacto. Un momento, me
llegó un correo.

 

Estoy a punto de salir. Recibí un correo de Amanda para pedirme que
nos reuniéramos en «el lugar al que siempre vamos». Me encanta la
pizza, y he estado comiendo de las sobras que había en lo que una vez
fue una alacena decorosa, así que no puedo esperar. De nuevo, me
siento ridículo por mi conducta de estos últimos días. Debería
quemar este diario cuando regrese.

Otro correo.

 

Oh, por Dios. Casi ignoro el correo y abro la puerta. Estuve a punto
de abrir la puerta. Estuve a punto, pero leí el correo primero. Era
de un amigo que llevo un tiempo sin ver, y fue enviado a muchísimos
correos que deben de ser cada contacto que tiene registrado. Omitió
el título, y decía, únicamente: «ve con tus propios ojos no
confíes en ell».

¿Qué demonios puede significar eso? No me lo puedo sacar de la
cabeza. ¿Es un mensaje enviado para advertir de que algo ocurrió?
¡La frase claramente se mandó sin terminar! En cualquier otro día
lo hubiera tomado como spam, pero las palabras «ve con tus propios
ojos»… no puedo evitar releer este diario, repasar los últimos
días, y caer en cuenta de que no he visto a ninguna persona con mis
propios ojos o hablado con alguien cara a cara. La conversación en
línea con mi amigo fue tan extraña, tan vaga, tan… misteriosa,
ahora que lo pienso. ¿En serio fue misteriosa?, ¿o es el miedo que
está turbando mi memoria?

Mi mente juega con los sucesos que he organizado aquí, apuntando a
que no ha habido ni un tan solo dato que haya adicionado sin
sospechar. El «número equivocado» que obtuvo mi nombre y la
subsecuente llamada de Amanda, el amigo que pidió mi dirección de
correo… Yo lo saludé primero cuando vi que estaba conectado, y
luego recibí un correo apenas terminó la conversación… ¡Oh, por
Dios! ¡La llamada de Amanda! ¡Le dije por el teléfono, le dije que
estaba a media hora de la Séptima Avenida! ¡Ellos saben que estoy
cerca de ahí! ¿Qué si están tratando de encontrarme? ¡¿Dónde
está todo el mundo?! ¡¿Por qué no he visto o escuchado de nadie en
días?!

No, no, esto está mal. Es de locos. Necesito calmarme.

 

No sé qué pensar. Recorrí mi apartamento desesperado, sosteniendo
mi celular en cada rincón para ver si podía obtener algo de señal.
Finalmente, en el baño, cerca de una de las esquinas superiores: una
barrita. Sosteniéndolo a esa altura envié un mensaje de texto a cada
número de mi lista. Consideré la probabilidad, el peor escenario
posible, lo peor que podía imaginar. Envié: «¿Has visto a alguien
cara a cara últimamente?».

Para este punto, lo único que necesito es una respuesta. No me
importa cuál sea, de quién o si me dejé en ridículo al hacer eso.
Intenté hacer una llamada, pero no podía elevar mi cabeza lo
suficiente, y si bajaba el teléfono siquiera un centímetro perdía
la señal. Luego recordé mi computadora y fui directo por ella.
Envíe un mensaje a todos mis contactos conectados. La mayoría estaba
ausente u ocupado; nadie respondió. Se agotó mi paciencia. Empecé a
inventar pretextos para justificar que vinieran hasta aquí. No me
importa nada a estas alturas, ¡sólo necesito ver a otra persona!

Desbaraté mi apartamento tratando de encontrar algo que haya pasado
por alto, alguna forma de contactar a otro ser humano sin abrir la
puerta. Sé que es demente, sé que es irracional, pero es posible,
¡es posible!, y necesito estar seguro. Fijé mi celular al techo por
si acaso.

 

Martes

El celular timbró. Exhausto por el alboroto de anoche, debí de
haberme quedado dormido. Me despertó el tono de mi celular; corrí al
baño, me paré en el retrete y lo alcancé para contestar la llamada.
Era Amanda, y ahora me siento mucho mejor. Estaba muy preocupada por
mí y aparentemente ha intentado contactarme desde que la dejé
plantada. Viene para acá, sí, sabía en dónde estoy sin necesidad
de que se lo dijera. Estoy muerto de la vergüenza. Definitivamente
voy a tirar este diario antes de que alguien lo vea, ya ni sé por
qué sigo escribiendo en él. O bueno, quizá porque ha sido el único
tipo de comunicación que he tenido desde… Dios sabe cuándo.

Me veo terrible. Me di un vistazo en el espejo antes de volver aquí.
Mis ojos están hundidos, mi barba más grande y parece que estoy
enfermo. Mi apartamento también está hecho un desastre, pero no voy
a limpiarlo. Creo que necesito que alguien más vea por lo que he
pasado. Estos últimos días no han sido normales, por donde lo vea.
No soy de los que imaginan cosas. He sido víctima de la probabilidad.
Seguramente me faltó poco para ver a otra persona en varias
ocasiones, nada más fue que salí muy tarde por la noche, o al medio
día, cuando todo el mundo está trabajando. Ahora sé que no hay
problema. Además, encontré algo ayer que me ayudó tremendamente:
¡un televisor! Lo conecté justo antes de sentarme a escribir esto, y
lo escucho sonar de fondo. La televisión siempre ha sido un escape
para mí, y me recuerda que afuera de estos muros un mundo sigue
andando, crea lo que crea.

Me alegra que Amanda haya sido la única que me contactó luego de
haber mandado todos esos mensajes absurdos. Ha sido mi mejor amiga
durante años. Ella no lo sabe, pero cuento al día en que la conocí
como uno de los mejores que he tenido en toda mi vida. Fue un tibio
día de verano; pareciera como si el recuerdo estuviera arrancado de
un mundo distinto del que me encuentro ahora. Sentí que pasaron días
enteros en ese parque, al que ya estábamos demasiado grandes para ir,
hablando con ella solamente. Todavía puedo volver a ese momento en
veces, y me recuerda que este lugar no es lo único que existe… Al
fin, ¡llaman a la puerta!

 

Pensé que era raro que no la hubiera visto por la cámara que
escondí en el pasillo. Supuse que fue por la perspectiva, similar a
no poder ver mi puerta. Debí saber que eso sería un problema.
Después de que tocara, grité en tono de broma que tenía la cámara
entre las máquinas… vaya que había dejado a mi paranoia ir lejos.
Vi su imagen acercarse y bajar la vista hasta dar con ella. Sonrió y
saludó con una de sus manos.

—Qué hay —dijo alegremente, mirando curiosa.

—Lo sé, es raro —hablé por el micrófono conectado a mi
computadora—. He tenido una mala racha —agregué.

—Seguro —contestó—. Ábreme Juan.

Dudé. ¿Cómo podía estar seguro?

—Sígueme un poco la corriente, ¿sí? Dime algo sobre nosotros,
para probar que eres tú.

Miró a la cámara, se tocó la barbilla y volteó hacia arriba; sacó
un papel y un lápiz. Escribió en ellos. Enseñó el papel para que
pudiera verlo en la cámara:

«Ya estábamos muy grandes para ese parque».

Suspiré profundamente, la realidad volvía, el miedo se disipaba.
Joder, había sido tan ridículo. ¡Por supuesto que era Amanda! Ese
recuerdo no estaba en ningún otro lugar más que en mi memoria. Nunca
he hablado con nadie de ese día, y no por vergüenza, sino por
tenerlo como un nostálgico recuerdo. Si había alguna entidad
desconocida que trataba de engañarme, como temía, de ninguna forma
podría saber sobre ese día.

—Bueno, dame un segundo —le dije entre risas.

Corrí a mi pequeño baño y peiné mi cabello lo mejor que pude. Me
miraba terrible, pero ella entendería. Riendo por mi tonto
comportamiento, y el desorden en el que estaba, caminé hacia la
puerta. Puse mi mano sobre la perilla y di un último vistazo a mis
espaldas. Comida mordisqueada regada por el suelo, el bote de basura
caído y la cama que había volcado hacía unas horas buscando… Dios
sabrá qué estaba buscando. «Tan tonto», pensé.

Antes de girar la perilla, mis ojos notaron una cosa más: la cámara
que usé para charlar con mi amigo. La esfera negra estaba sobre su
costado y el lente apuntaba a la mesa en donde este diario se
encontraba. Un terror enorme se apoderó de mí en cuanto pensé que
si algo podía mirar a través de esa cámara, vería lo que había
escrito acerca de ese día. Le pedí una cosa, cualquier cosa acerca
de nosotros, y ella escogió la única en el mundo que creí que eso o
ellos no sabrían… pero lo hacen, lo saben, ¡hasta pudieron haberme
observado todo este tiempo!

No abrí la puerta. Grité. Grité sin parar. Arranqué la cámara y
la estampé contra el suelo. La puerta tembló y la perilla intentó
girar, pero no escuché la voz de Amanda al otro lado. ¿Sí era ella
quien estaba afuera? ¿Quién más pudo ser sino Amanda? ¿Quién
demonios estaba afuera? ¿Qué demonios estaba afuera?

La vi por la cámara, la escuché por mis parlantes, ¿pero fue real?
¡Cómo saberlo! Grité alarmado por ayuda. Aseguré la puerta con
todos mis muebles. Por ahora se ha ido.

 

Viernes

Al menos creo que es viernes. He roto todos mis aparatos
electrónicos. Destruí mi computadora. Cualquier cosa en ella podía,
a fin de cuentas, ser manipulada por medio de la red. Sé de eso, soy
un programador. No podía arriesgarme. Cada pequeño dato respecto a
mí, mi nombre, mi correo, mi ubicación, todos fueron cosas que he
dicho. He releído lo que he escrito una y otra vez. He intentado
juzgar lo que he escrito, bailando entre el miedo y el escepticismo. A
veces me consta que una entidad está decidida en el simple objetivo
de hacerme salir de aquí: desde el principio, Amanda no hizo más que
pedirme que abriera la puerta y saliera. Puedo leerlo, puedo leerlo
claramente ahora.

Trato de ver las cosas desde todos los ángulos. Por un lado, soy un
lunático que ha interpretado una convergencia de probabilidades
extremadamente improbables, pero factible: no asomarme en el momento
adecuado, no ver a otra persona por mero azar, recibir un correo
extraño como los miles que es posible recibir, pero en el momento
preciso. Por el otro, esa convergencia de probabilidades es la única
razón por la cual lo que sea que está afuera no me ha atrapado aún:
no abrí la puerta corrediza del tercer piso, y tal vez nunca debí
abrir la puerta metálica al final del corredor. No volví a abrir la
puerta de mi apartamento después de abrir la puerta metálica. Lo que
sea que esté allá afuera —si es que está allá afuera— nunca
«apareció» en el pasillo antes de que la abriera. Tal vez se había
dedicado a cazar a todas las personas que se encontraban al
descubierto y luego esperó, hasta que delaté mi existencia al tratar
de llamar a Amanda… una llamada que no se concretizó hasta que eso
me hablara y preguntara mi nombre.

Mi temor literalmente me abruma cada vez que intento acoplar todas las
piezas de esta pesadilla. Ese correo —corto, cortado— era de
alguien intentando decir algo. ¿Una advertencia aliada, intentando
llegar a mí antes de que fuera muy tarde? Ver con mis propios ojos,
no confiar. Puede que tenga dominadas a todas las cosas electrónicas,
que haya elaborado una enorme red para engañarme y hacerme salir.
¿Por qué no puede entrar? Tocó la puerta, así que al menos,
parcialmente, es sólido. La puerta. La idea de esas puertas como
monolitos guardianes en el tercer piso aparece cada vez que mis
pensamientos siguen este rumbo. Si hay alguna entidad etérea
intentando que salga a la intemperie, quizá esa entidad es incapaz de
cruzar las puertas.

No paro de pensar en todos los libros que he leído, en todas las
películas que he visto, tratando de encontrar la respuesta a esto.
Las puertas siempre han sido gatillos de la imaginación humana,
plasmadas en numerosas ocasiones como portales de singular importancia
¿O quizá la puerta es muy gruesa? Yo no podría derribar ninguna de
las puertas de este edificio, especialmente las del sótano. Dejando
eso a un lado, ¿por qué me quiere a mí? Incluso yo puedo imaginar
al menos una docena de formas de matarme, incluyendo dejar que me
pudra aquí abajo y muera de hambre. Quizás eso es precisamente lo
que está haciendo. Está llenándome de miedo; pero, ¿y si no quiere
matarme?, ¿y si puede hacer algo peor? Dios, ¡¿cómo salgo de esta
pesadilla?!

Llaman a la puerta…

 

Le dije a la gente del otro lado de la puerta que necesitaba unos
minutos más para pensar las cosas y saldría. Sólo estoy escribiendo
esto para decidir qué hacer. Al menos esta vez he escuchado sus
voces. Mi paranoia —sí, reconozco que estoy siendo paranoico— me
hace pensar en todas las formas que una voz humana podría fingirse
por algún medio electrónico. El pasillo podría estar lleno de
altavoces simulando voces humanas. ¿Realmente les tomó tres días
venir a hablar conmigo? Se supone que Amanda está ahí afuera, junto
con dos policías y un psiquiatra. Tal vez les tomó tres días pensar
en qué decirme. La explicación del psiquiatra sería muy
convincente, si decidiera pensar que todo esto no ha sido nada más
que un extraño mal entendido, y dejar fuera de la ecuación a la
entidad que intenta engañarme para abrir la puerta.

El psiquiatra tiene la voz de un viejo. Autoritaria pero sensible. Me
agrada, me recuerda a la de mi propio padre. Dice que sufro de algo
llamado «cyberpsicosis», y soy sólo uno más de una enorme epidemia
que se cuenta por miles, detonada por un correo sugestivo que «se
filtró de alguna forma». Juro que lo dijo así: «Se filtró de
alguna forma». Creo que intenta decir que se esparció por todo el
país inexplicablemente, pero sospecho demasiado que a la entidad se
le ha resbalado algo. Dijo que soy parte de una ola de
«comportamiento emergente»; que muchas personas más están
enfrentando mi mismo problema, y el mismo miedo, aunque nunca nos
hayamos comunicado.

Eso explica el correo que recibí sobre ver con mis propios ojos. No
recibí el correo detonante original, recibí un derivado. Mi amigo
pudo haber perdido la razón también, y ha intentado advertir a todo
el mundo sobre su paranoico miedo. Así es como el problema se
esparce, afirma el psiquiatra. Pude haberlo esparcido también con el
mensaje que envié por el celular y los que mandé por Messenger.
Alguno de todos esos contactos podría estar volviéndose tan loco
como yo después de haber leído uno de esos mensajes, y ahora estar
interpretando la realidad en la forma en la que yo lo estoy haciendo.

El psiquiatra me dijo que no quería «perder uno más». Que la
inteligencia de gente como yo es precisamente nuestra perdición.
Trazamos conexiones tan bien, que incluso las trazamos en donde no
deberían estar. Dice que es fácil comenzar a acumular paranoia en el
mundo en el que vivimos ahora, un lugar en constante cambio en donde
cada vez mayor parte de nuestra interacción es simulada…

Hay que admitirlo, es una explicación hermosa. Reúne y explica todo.
Lo explica perfectamente, de hecho. Tengo todas las razones del mundo
ahora para sacudirme este horror atávico de que algo se encuentra del
otro lado de la puerta lista para capturarme y llevarme a un destino
peor que la muerte. Sería tonto, tras oír esa explicación,
permanecer aquí hasta morir de hambre para evitar a esa entidad que
quizá ya haya atrapado a todos los demás. Sería tonto pensar, tras
oír esa explicación, que yo sería una de las pocas personas que
restan en un mundo vacío, escondiéndose en la seguridad de su
sótano, jodiendo a una impensable y engañosa entidad que juega a ser
omnipotente con tan sólo rehusarme a abrir una puerta. Es una
explicación perfecta para cada evento extraño que he escrito aquí;
tengo todas las razones del mundo para dejar ir mis miedos, y abrir
esa puerta.

Y es exactamente por eso que no lo haré.

¿Cómo puedo estar seguro? ¿Cómo puedo saber qué es real y qué un
engaño? Todas estas malditas cosas con sus cables y sus señales que
nacen de un origen imperceptible y llegan hasta ti, ¡no son reales,
no puedo estar seguro! ¡Señal de video, de celular, correos! Incluso
la televisión, ahora silenciosa, partida por la mitad, en el suelo.
¿Cómo podría saber qué es real? Todo mensaje no es más que
energía, ondas, luz… la puerta. ¡Está golpeando la puerta!
¡Intenta entrar! ¿Qué alimaña mecánica podría estar empleando
para simular a una persona golpeando una puerta tan perfectamente? Al
menos ahora podré verlo con mis propios ojos. No queda nada con lo
que pueda engañarme; no puede engañar a mis ojos, ¿o sí? Ve con
tus propios ojos, no confíes en ell… un momento, ¿ese mensaje
trataba de decirme que confiara en mis ojos, ¡o advertirme sobre mis
ojos también!? Oh, por Dios, ¿cuál es la diferencia entre una
cámara y mis ojos? Ambos transforman la luz en señales eléctricas,
son… ¡lo mismo! No puedo permitir que me engañe, Dios, ¡no puedo
permitir que me engañe! No voy a permitirlo, no puedo estar seguro.
¡Necesito estar seguro!

 

Fecha desconocida

He pedido tranquilamente una pluma y un papel, por el día, por la
noche, hasta que finalmente me los dio. No que importe, ¿qué voy a
hacer? ¿Sacarme los ojos de nuevo? Los vendajes se sienten como una
parte de mí ahora. El dolor se ha ido. Supuse que ésta sería una de
mis últimas oportunidades de escribir legiblemente, puesto que sin mi
vista que corrija errores, mis manos progresivamente olvidarán el
mecanismo involucrado. Es un capricho, escribir… un vestigio de otra
era, porque evidentemente ha asesinado al resto del mundo.

Me siento contra la pared día y noche. La entidad me trae comida y
agua. Se disfraza como una amable enfermera, como un antipático
doctor. Sabe que mi oído se ha agudizado considerablemente ahora que
estoy en oscuridad; finge conversaciones en el corredor, con la
intensión de que lo escuche. Una de las enfermeras habla sobre tener
un bebé pronto, uno de los doctores perdió a su esposa en un
accidente de auto. No que importe, nada de eso es real. Nada me llega,
no como ella lo hace.

Ésa es la peor parte, la parte que casi no puedo soportar. Esa cosa
viene a mí enmascarada como Amanda. Su recreación es perfecta. Suena
exactamente como Amanda, se siente exactamente como ella. Hasta
produce una simulación admirable de sus lágrimas, que me obligó a
sentir sobre sus tibias mejillas. En un inicio, cuando me trajo aquí,
me dijo todas las cosas que quería escuchar. Me dijo que me amaba,
que siempre lo había hecho, que no entendía el porqué de esto, que
todavía podíamos tener una vida juntos, ir al parque todos los
días, si quería.

Con la condición de que dejara de insistir sobre la farsa. Quería
que creyera. No, necesitaba que lo hiciera. Que era real, que era
ella. Jamás sabrás qué tan cerca estuve de ceder a ese acto tuyo.
Dudé de mí mismo por mucho tiempo; pero eres un perfeccionista, todo
era demasiado real o lo que entiendes por real, y, ¿sabes?, la
realidad tiene otras cosas que aún no alcanzas a captar, quizá
porque ni siquiera nosotros mismos logramos hacerlo del todo, ni
representarlo.

La falsa Amanda venía todos los días, luego cada semana, hasta que
por fin dejó de joderme con ella… pero no creo que la entidad se
rinda. El juego de esperar es otro de sus trucos. Lo resistiré por el
resto de mi vida, si es necesario. No sé qué fue lo que le ocurrió
al resto del mundo, pero sí sé que esta cosa necesita que caiga. Si
es así, entonces tal vez, sólo tal vez, soy una piedra en su camino.
Quizá Amanda sigue con vida en algún lado, mantenida con vida
únicamente por mi voluntad de resistir el engaño. Me sostengo a esa
esperanza, meciéndome hacia adelante y hacia atrás en mi celda para
pasar el tiempo. Nunca me rediré. Nunca caeré. Soy… ¡un héroe!

===

El doctor leyó el papel en el que el paciente había escrito. Apenas
podía entenderse, escrito con la temblorosa mano de un ciego. Quería
sonreír ante la firme determinación del joven, un recordatorio de la
voluntad humana de querer sobrevivir, pero sabía que el paciente
estaba completamente delirante.

Después de todo, una persona sana hubiera caído en el engaño hace
mucho tiempo.

El doctor quería sonreír. Quería susurrar palabras de ánimo al
delirante joven. Quería gritar, pero los delgados filamentos
conectados a los nervios de su cabeza y en sus ojos se lo impedían.
Su cuerpo caminaba a la celda como una marioneta, y le decía al
paciente, una vez más, que estaba equivocado, y que no había nadie
tratando de engañarlo.
puntos 9 | votos: 9
Yo triunfo diciendo lo que los demás - piensan.
puntos 8 | votos: 8
Si Dios hubiera querido - que me inclinara, habría puesto los diamantes en el suelo.
puntos 14 | votos: 14
Todo el mundo esta en una relación, - y yo ni siquiera puedo encontrar mi otro calcetín.

puntos 8 | votos: 8
El piso de arriba - Cuando era niño mi familia se mudó a una casa vieja y enorme de dos
pisos, con espaciosos cuartos vacíos y tablones que rechinaban. Mis
padres trabajaban, así que usualmente me quedaba solo al venir de la
escuela. Un día que llegaba un poco tarde, la casa todavía estaba
oscura. «¿Mamá?», llamé, y la escuché decir con voz cantarina
«¿Siiiiiií?» desde el piso de arriba. La llamé de nuevo mientras
subía las escaleras para ver en qué habitación se encontraba, y de
nuevo me respondió con un «¿Siiiiiií?».

Estábamos redecorando para ese tiempo, y no sabía ubicarme entre ese
laberinto de habitaciones, pero ella estaba en una de las más
alejadas, al final del pasillo. Me sentí intranquilo, pero supuse que
era normal y me dirigí a ver a mi madre, sabiendo que su cercanía
apaciguaría mis miedos. Justo cuando tomé la perilla para entrar en
la habitación, escuché la puerta principal abrirse y a mi mamá
decir, «Cariño, ¿estás en casa?» con una voz alegre. Di un salto
hacia atrás, sobresaltado, y corrí hacia las escaleras para ir con
ella; pero cuando volteé desde los primeros escalones, la puerta de
esa habitación se abrió lentamente haciendo un quejido. Por un breve
instante, pude ver algo ahí adentro. No sé lo que era, pero me
estaba mirando.
puntos 10 | votos: 10
Levitación - Morris Hobster fue mi mejor amigo por aquellos años en los que la
sociedad condenaba estoicamente la actitud tan impetuosa y dinámica
de la juventud. No puedo decir que éramos rebeldes, porque no era
así: simplemente, teníamos otras ideologías más profundas y el
bello don de la curiosidad.

Es que así éramos Morris y yo: nos encantaba experimentar cosas
nuevas como a cualquier joven de nuestra etapa. Era normal que todos
se comportasen así, ¿no? La verdad es que nunca pude comprender por
qué nuestros padres y demás familiares se escandalizaban ante
nuestras filosofías, actos y cuestiones. En realidad nos daba igual
lo que creyeran acerca de nuestra mentalidad tan abierta e ilimitada,
siempre dispuesta a conocer más cosas sobre la realidad que nos
rodeaba. Y es que mi amigo y yo éramos de aquellos que gustaban de
buscar nuevas expectativas y definiciones de la existencia que
llevábamos, leyendo por aquí, tomando fotos por acá, y luego
compartiéndolas entre los dos; sacábamos conclusiones desde nuestro
punto de vista y más tarde buscábamos información sobre los
resultados a los que habíamos llegado. Definitivamente, no me puedo
quejar de mi juventud, pues disfruté tanto como jamás lo he hecho.

Si existía una palabra para definir la ideología de Hobster, ésa
era extraordinaria. Ni yo poseía tal habilidad para concebir las
costumbres cotidianas como un mero escudo ante lo desconocido, ante
aquello que el ser humano siempre temió. Él mencionaba
constantemente en sus pláticas que el hombre no tenía la más
mínima idea de lo que había más allá de sus actos, y que siempre
estaba buscando la forma de evadir su decadente e inevitable destino.
Sencillamente, Morris era de aquellos jóvenes que, si se lo hubiera
propuesto, habría llegado a la cima más encumbrada entre los sabios
del mundo. Debo admitir que me sentía muy bien a su lado, pues era el
único que lograba comprender mi concepción de la vida e incluso
compartíamos puntos de vista iguales que, de no haber sido porque no
compartíamos ningún parentesco familiar, podría haber jurado que
ese chico era mi «gemelo ideológico», por así decirlo.

Sin embargo, el tiempo, maldito verdugo que inevitablemente te obliga
a enlazarte con tu inverosímil destino, quiso que ambos nos
separásemos y mi amigo se mudó junto con su familia a otra ciudad.
Cuando él fue a comunicarme la desagradable noticia, no pude contener
la agonía que estaba experimentando en mis adentros, y juntos nos
despedimos con muchas lágrimas; lo que más me dolió de aquel aviso
fue que claramente sentí cómo se desgarraba una parte de mi ser y
era extraída por algún ser desconocido que deseaba ver mi
sufrimiento. No puedo describir con otras palabras lo que padecí en
aquel instante en el que mi destino estaba por cambiar, quizá para
siempre, o tal vez era sólo una prueba de valor para ambos; pero
todavía hoy me pregunto qué había que comprobar con esa
separación. Actualmente, mi ilimitada imaginación me permite hacer
una especulación sobre aquella circunstancia que decidió todo por
nosotros. Tal vez la vida nos vio como una amenaza, algo que podía
romper su cuidadosa y bien estructurada coreografía de falsedad y
egoísmo. Siendo así, no había lugar para nosotros en este mundo.

Aún recuerdo bien esa sombría tarde en que lo vi irse: su cara
transmitía una serenidad impresionante, aunque yo sabía
perfectamente que aquello era una máscara que estaba usando para
evitar mostrar su dolor ante su familia, la cual era muy severa y
conservadora. Su caso familiar no era la excepción por aquellos
tiempos: muchos jóvenes de nuestra edad pasaban por la misma
experiencia, incluso yo lo vivía; aquel que no tuviera unos padres
así podía considerarse afortunado, muy afortunado. Tengo bien
plasmada en mi memoria su cara al momento en que el carro encendió
con todo aquel maletero encima, casi marcada a fuego su expresión: me
estaba comunicando con la mirada que ni la misma distancia nos
separaría, y que algún día, en un futuro no muy lejano,
volveríamos a vernos. Yo entendí su silencioso lenguaje, y con el
mismo idioma le dije que así sería, y que tarde o temprano,
estaríamos juntos de nuevo para descubrir más cosas.

Las cosas continuaron su marcha normal, desde el punto de vista de la
sociedad que me rodeaba, claro. Pero desde que Hobster se fue, supe
que mi vida, a pesar de su creciente monotonía, ya no sería la
misma. Me resultaba imposible el concordar con los adultos, quienes
aseguraban que las amistades de juventud eran fácilmente olvidadas, y
los jóvenes de mi ciudad me daban los ánimos que necesitaba para
afrontar a esa terrible ideología a la que llamaban madurez adulta.

¡Qué grande fue mi alegría cuando recibí una carta de Morris!
Recuerdo que mi padre acababa de llegar de su trabajo, y siempre
tenía por costumbre revisar el buzón antes de llegar a casa.
Escuché sus pasos subiendo las escaleras y supuse que pasaría de
largo por mi cuarto sin saludarme, como siempre lo hacía; me
sorprendió sobremanera que tocara la puerta de mi habitación, pero
después comprendí que sólo lo había hecho porque entre las cartas
que llegaron, había una para mí. Tengo que admitir que me extrañó
demasiado que me enviaran algo, pero así era, mi padre me entregó el
sobre y salió de mi cuarto. Me quedé observando la carta por un
tiempo: ¡quien me la había escrito era Morris! Imaginen mi emoción
cuando la comencé a abrir y descubrí, con total alegría, la
pequeña pero fina letra de mi mejor amigo. Sin más tiempo que
perder, comencé a leerla:

«Mi muy apreciable e incomparable amigo Randolph Gordon:

No puedo concebir la emoción de este momento en el cual estoy
redactando estas líneas, me siento feliz de poder escribirte por
primera vez luego de que fuese forzado por mi familia a abandonar el
lugar donde pasé los mejores momentos de mi vida, con el amigo que
jamás podré olvidar. Te parecerá increíble, pero desde que estoy
acá, no logro adaptarme a mi nueva forma de vida: la ciudad en la que
vivo ahora es mucho más caótica que la tuya, los jóvenes se apegan
ciegamente a las enseñanzas de los adultos y, por desgracia, no
ejercen su libre albedrío como debería ser; si los adultos de mi
anterior pueblo eran severos y conservadores, estos van más allá de
esas erróneas y estúpidas ideologías. No puedes imaginarte la
felicidad de mis padres al saber que sus vecinos tienen un hijo
“bien educado” que nunca pone en duda la autoridad de sus mayores
y que es obediente. Sólo puedo pensar en la debilidad de pensamiento
que posee ese pobre muchacho, y no lo culpo, la verdad no puedo
hacerlo porque el ambiente en que ha crecido lo moldeó así y así se
quedará para su eterna desgracia. Por otro lado, mi familia a cada
momento menciona que cuánto hubieran dado porque yo creciera desde un
principio en esta maldita ciudad, y están diciéndomelo a cada
momento del día. En la escuela soy visto como el “rebelde sin
causa” y he tenido choques de personalidad con todos los profesores,
incluso con la directora; me han llamado varias veces la atención por
defender mis justos derechos y cada vez que me pongo en contra de los
pensamientos tan cerrados de mis maestros, mis padres son citados para
conversar con ellos, y los exhortan a que me pongan en mi lugar o
alguien más lo hará un día. Ellos, como siempre lo has sabido y es
costumbre del lugar donde estás, dicen que se avergüenzan de mí;
que debería aprender a comportarme como el hombre que soy y que
definitivamente tendrán que enseñarme a levitar. No entiendo a qué
se refieren con eso, pero sospecho que no es nada bueno. Randolph, sé
que te sonará ridículo, porque jamás me escuchaste mencionar algo
similar cuando estábamos juntos, pero por primera vez en mi vida
tengo miedo, miedo hacia el destino que me depara con esta putrefacta
sociedad. ¿De qué tengo pavor? Del modo de ver las cosas de los
adultos: son tan ambiguos que se puede esperar cualquier cosa de
ellos. Me decidí a escribirte esta carta a escondidas de mis padres,
bien sabes que ellos nunca te vieron con buenos ojos porque eres igual
a mí en pensamiento, del mismo modo en que tus padres me veían mal a
mí. Supongo que algunos patrones de conducta siempre permanecen, y
ése es el caso de nuestras familias, ¿no lo crees? Tengo deseos de
que vengas a visitarme, quiero verte: no sabes el terror que vivo día
con día al saber que la juventud de este lugar en realidad no existe,
sólo son adultos en proceso de madurez; me aterra ver que nadie
piensa por sí mismo y se apegan como un perro a su dueño a las ideas
de los mayores, es simplemente macabro. ¿Hacia dónde va este
decadente sistema? No tengo la menor idea, pero he decidido que en
cuanto tenga mayoría de edad, me iré de este enfermizo lugar que no
hace otra cosa más que reprimirme demasiado. Sé que te veré pronto
porque responderás a mi llamado, sabiendo que tú tienes más
posibilidades de venir a verme, y tienes conciencia de ello.

Junto con esta carta he anexado un mapa de mi ciudad actual, en él
realicé unas señalizaciones para que encuentres mi casa; en el dorso
se encuentra mi dirección completa, junto con instrucciones precisas
para que no te equivoques de domicilio. Si hago todo esto es porque me
urge verte, necesito hablar con una persona que me entienda y me ayude
a soportar esta situación. Creo que empiezas a comprender cómo me
siento, después de todo, admiro tu habilidad para ser empático, cosa
que aquí nadie posee. Amigo mío, quisiera comunicarte más cosas por
este medio, pero entiendo que las palabras que deseo compartir contigo
no podrían ser escritas. Espero tu próxima venida y recuerda que
siempre contarás con un amigo leal en la distancia y en la eternidad,
así como yo sé que siempre estarás conmigo en las buenas y en las
malas.

Tu mejor e incondicional amigo,

Morris Hobster».

Confieso que en un principio, la carta me llenó de mucha motivación
y alegría, pero conforme me fui acercando a su desenlace, me sentí
frustrado y a la vez preocupado: no sabía la difícil situación que
estaba viviendo Morris, ¡y yo que pensaba que mi vida era terrible!
Sin pensármelo dos veces, empecé a idear un plan para que mis padres
me llevaran a visitar a mi amigo; les diría que en la carta que me
envió me comunicaba que estaba enfermo y que el médico le había
recomendado absoluto reposo, por lo cual me escribió y me solicitaba
que le llevase algunos libros para su entretenimiento mientras
permanecía en cama. Con aquella estrategia en mente, me dirigí al
cuarto de mis padres y les dije sobre la supuesta enfermedad que
tenía mi amigo, les rogué que fuéramos a verlo y, sorpresivamente,
ellos accedieron sin que les insistiera demasiado. Me comentaron que
primero tendrían que pedir permiso en el trabajo de mi padre y en mi
escuela para ausentarnos, asunto que resolverían al día siguiente.
Yo estaba que no cabía en mí de la emoción: ¡iría a ver a Morris
después de tanto tiempo!

Al tercer día nos encontrábamos empacando algunas maletas para
quedarnos unos días con la familia Hobster, pues mis padres
consideraban que resultaría interesante relacionarse más con los
progenitores de mi amigo. Salimos rumbo a la ciudad donde Morris se
había mudado junto con su familia, y con ayuda del mapa que me
envió, logramos dar con la casa sin equivocarnos de dirección.

Mi corazón saltaba de la indescriptible felicidad que sentía al
saber que de nuevo vería a mi gran amigo de toda la vida. Me bajé
del auto casi al mismo tiempo que mi padre se estacionaba, corrí
hacia la puerta de entrada mientras gritaba el nombre de Morris. La
puerta se abrió mientras la señora Hobster me dedicaba una sonrisa
que, hasta hoy, no dejo de considerar que poseía una pequeña sombra
de felonía. Pregunté por mi amigo, y con el tono más dulce e
hipócrita que había escuchado jamás, su madre me contestó que él
estaba en su habitación levitando. No sé por qué, pero en ese
momento sentí una terrible punzada en el pecho, sobre todo porque
Morris me había mencionado que esa palabra acrecentaba su temor con
respecto a sus padres y la forma en que ellos la concebían.

Le pregunté a la señora Hobster en dónde estaba el cuarto de mi
amigo. Ella seguía manteniendo su falsa sonrisa mientras señalaba
hacia las escaleras que conducían al segundo piso, al tiempo que
mencionaba que Morris había estado sumamente inquieto por mi llegada,
y que ahora se pondría feliz de verme. No había acabado de darme la
información cuando corrí con mucha rapidez mientras ascendía hacia
la segunda planta de la casa. Cuando llegué a la puerta que supuse
que sería la de mi amigo, noté que estaba cerrada, así que toqué
al mismo tiempo que le avisaba a Morris que ya había llegado.

Sólo escuché la voz del señor Hobster contestándome que pasara,
pues mi amigo estaba en esos momentos muy ocupado levitando; otra vez
escuché esa palabra que me retorcía las entrañas. Con mucha
lentitud abrí la puerta, pues pensé que Morris estaba quizá
reflexionando sobre algo o muy sumido en sus pensamientos para que no
me contestase, y además, ¿qué hacía su padre con él en su
habitación? Mis pensamientos fueron cortados de tajo mientras
observaba, boquiabierto, algo que jamás creí que vería en la vida
real: ahí, en medio del cuarto, estaba mi amigo ¡literalmente
levitando, tal y como lo habían mencionado sus padres! No lo podía
creer, no lo quería creer; empecé a entrar en un estado de shock
mientras seguía mirando a mi amigo, en su rostro se dibujaba esa
misma expresión que me había dedicado el día que se fue de mi
ciudad: serenidad, una tranquilidad infinita y esa particular sonrisa
suya que me dedicaba cuando decía que todo iba a salir bien.
Continué viéndolo, realmente levitaba, pues sus pies no tocaban el
suelo; era increíble, pero cierto.

Recuerdo que escuché decir a su padre que ahora Morris, gracias a la
levitación, aprendería a comportarse como un joven de buenos modales
y que sería un gran ejemplo para mí de ahora en adelante. La cara
del señor Hobster expresaba alegría y orgullo: no podría estar más
feliz de su hijo.

Desperté en el hospital general de la ciudad, rodeado de las
preocupantes miradas de mis padres. Me dijeron que me había desmayado
por la emoción de volver a ver a mi amigo, pero sabía que decían
eso para tranquilizarme. Como sólo había sido un desvanecimiento
temporal, el médico me dio de alta enseguida. En la sala de espera
estaban los padres de mi amigo, felices que mi desmayo no hubiese
pasado a mayores. Pregunté una y otra vez por Morris a sus
progenitores, y ellos, con una gran sonrisa de satisfacción, sólo se
limitaban a decirme que ahora él era un chico muy educado y
obediente, y que debería estar orgulloso por ser amigo de un muchacho
así. Yo simplemente no podía creerlo; me puse histérico y les
grité enfrente de todos los que se encontraban ahí y de mis padres
que estaban completamente locos, que su retorcida ideología no
conocía límites y que no había ningún motivo para estar feliz por
haberlo obligado a convertirse en lo que ahora era. Las personas del
hospital se quedaron mirando conmocionados aquella escena, jamás
habían visto a un joven alzarle la voz así a sus mayores. Mis padres
estaban avergonzados por mi supuesto escándalo y me sacaron a rastras
de aquel indiferente lugar; nadie hizo nada para defender mis ideas,
nadie, y sé que nadie jamás lo hará, no en esa maldita y putrefacta
ciudad.

Debido a mi «indecente» comportamiento, mis padres decidieron
regresar a casa esa misma tarde, comunicándome que los padres de
Morris no deseaban volver a verme, ya que me consideraban una mala
influencia para su hijo. Yo sólo quería despedirme de él por
última vez, y decirle que lamentaba no haber llegado antes para
salvarlo de su levitación, ¡sólo quería eso! Sentí un terrible
dolor en mi pecho mientras nos alejábamos de aquella fatídica y
repugnante ciudad. Mis padres, completamente decepcionados de mi forma
de expresarme ante los Hobster, me dijeron que también deberían
aplicar conmigo esa técnica de la levitación, pues así aprendería
a ser un chico correcto y bien portado. Recuerdo que en ese instante
comencé a odiar enfermizamente a mis padres, tanto como aborrecía a
los de mi mejor amigo.

El tiempo, en su marcha incansable, hizo que ya no le diera motivos a
mis padres para que cumplieran aquella terrible amenaza que tenía por
objetivo despojarme de mis ideales. En cuanto cumplí la mayoría de
edad, abandoné la casa porque no soportaba vivir con aquellos dos
seres tan aborrecibles. Me mudé a un pequeño poblado, lejos de mi
antiguo hogar. Puedo decir que ahora llevo una vida tranquila, pero no
feliz: el recuerdo de la sorprendente levitación de mi amigo me
persigue a todos lados. La última vez que lo vi, su cara me volvía a
decir que algún día estaríamos juntos para siempre, y jamás lo
dudé. Creo en su palabra y siempre seguiré creyendo en ella, a pesar
de que él ya no será nunca lo que alguna vez conocí. Pensándolo
bien, yo tampoco quiero seguir siendo lo que soy ahora. He leído su
carta muchas veces en mis tiempos de soledad para sentirme
acompañado, y siempre se ha quedado marcada en mí, tal y como si
fuese un tatuaje, aquella palabra que le dio un sentido nuevo a la
vida de mi amigo y estaba por formar parte de la mía. Seguramente, si
me vieran mis padres, estarían orgullosos de mí. Sin dilación,
termino de escribir estas líneas para decirles a todos ustedes que la
experiencia de la levitación me servirá para comprender por qué mi
amigo tenía esa expresión en su rostro aquél día: era muy
pacífica.

Sé que ninguno de ustedes comprenderá el motivo que me lleva a hacer
esto, pero sólo quiero saber qué sintió mi amigo cuando su padre lo
hizo levitar. Sin más demora, tomo una resistente soga y la amarro
bien en el techo de mi casa, me aseguro de que esté bien atada y
formo un nudo corredizo en su punta libre. Me colocaré ese lazo
alrededor de mi cuello y entonces al fin estaré con mi amigo, al fin
comprenderé a sus padres y al fin me sentiré libre para dejar este
maldito mundo. Creo que por eso Morris estaba tan relajado mientras
levitaba, ahora sentiré esa misma calidez que su familia le hizo
sentir al convertirlo en un hombre de bien.

Levitaré, sí, para que mis pies jamás vuelvan a tocar este inmundo
suelo…
puntos 16 | votos: 18
¿Por qué no puedo ser un gato? -
puntos 12 | votos: 14
¿Acaso debería matarme o mejor - los mato a todos ellos?
puntos 24 | votos: 24
Nos venden ideas de felicidad - para mantenernos ciegos la vida entera.

puntos 5 | votos: 7
Ceguera - El despertador gritó, molesto e insistente. El hasta hacía medio
segundo durmiente sacudió la cabeza, con ese pequeño susto que
recibimos al despertarnos, y que se desvanece tan rápido que casi
nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la
mano y apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por
el maravilloso silencio.
Volvió a su posición de feto y pensó el diario “cinco minutitos
más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar
levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el
calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se
estiró hasta el hartazgo.
Abrió los ojos y se los restregó un poco, a la vez que bostezaba.
Con la oscuridad que reinaba en el cuarto, era prácticamente lo mismo
tener  los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente
lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo
exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre
dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo
la luz a la mañana.
Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos
mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas
horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta,
esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza
de la costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una
tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en
otra vida.
Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su
habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño
y hacer sus necesidades (a pesar de la incómoda y también diaria
erección que tenía). Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y
entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de
todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente.
Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el
silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando
sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que
aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese
los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la
claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo
de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta,
puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó
instintivamente, adonde sabía      - sin saber que sabía – que
estaba el interruptor.
Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la
luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como
no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos
segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual
resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foquito).
Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose
hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de
unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en
la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo
pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el
interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando
mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio
que le daban (puta madre, siempre pago en término, vos te atrasás y
ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está
todo bien, claro, manga de hijos de mil put…). Tanteando y con las
manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y
pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo
menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o
algo así.
Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la
batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé
anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole
el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni
siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado
cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero
literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus
ojos, y no podía verla. Nada, nada.
(Bueno, no pasa nada. Seguramente el despertador se adelantó y
todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular
seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo
un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué
hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado
oscura.)
Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante, pero sin ver nada
en realidad. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría
abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría
que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió
igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la
calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y
podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por
débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en
absoluto.
Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los
ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde
debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente
no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba
hasta la médula.
(¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada
bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que
entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que
dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser
todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy
hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero,
pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo
menos ver algo, por tenue que sea.)
Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las
velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos,
si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta
el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la
alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta
encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando.
Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un
mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un
gesto fluido.
Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no
se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos.
Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde
seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas
apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y
con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si
fuese un antebrazo.
Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para
atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de
arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia
adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo
levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su
cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una
silla, pero ni lo sintió.
Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la
decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared
hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta
encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y
apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo
que estaba adelante suyo – contra la puerta, a la vez que seguía
tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la
puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la
pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la
puerta era totalmente uniforme.
Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración,
rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas,
nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado,
moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la
desesperación de querer ver.
Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el
todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación.
Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita
oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin
querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era
un brazo. Nada más. Nada más.)
Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el
encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió
exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a
hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de
que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no,
la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido
para… ¿para hacer qué?
(Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la
habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver
nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi
imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es
imposible, ¡es imposible totalmente!)
Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había
quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que
no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de
repente, y siguió donde estaba, agazapado.
(No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien,
¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el
encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie
de cosas, de accidentes casi imposibles)
Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y
comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la
cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa  –
de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando
escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se
le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano.
Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que
acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin
moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que
lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado.
Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte.
Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo
eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se
movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de
visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se
alejaba en dirección al baño.
(¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo
quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy
ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay
alguien que está jugando conmigo?)
Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido
de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de
acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que
encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad.
Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el
“schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego
mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente,
y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó
el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el
gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor
agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se
iba y no volvería jamás.
Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba.
Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no
tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el
encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?).
Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba.
Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque
sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed
terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros
hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de
agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez
del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua
caliente, pero tampoco hubo respuesta.
(¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!)
Se sentía mal, muy mal.
———————–     ———————–   
———————–
                Se sentía peor. Estaba desesperado y,
definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida,
estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente
alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente,
haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué.
                Hacía quince minutos que había probado el teléfono.
Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero
Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que
podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó
metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se
escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el
número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a
hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le
volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador
contestándole.
- 911 ¿Cuál es su emergencia?
-Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero
todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa.
-Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda.
-¿Van a mandar una patrulla?
-Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y
no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución,
señor.
-Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en
serio.
-Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de
calmarse y cuénteme que está pasando –Kevin le contó una versión
minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no
veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le
respondió, extrañado -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera?
Pero si son las cuatro de la tarde, hombre…
                Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar
volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como
si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su
imaginación, esto lo confirmaba.
-Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador,
preocupada-. ¿Señor?
-Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me
volví ciego.
-Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de
saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca,
échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un
poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá
absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y
vuelva, no colgaré.
                Estaba desesperado, y el policía habló con total
seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y
sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió
probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra
cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró.
                El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La
cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete,
e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó
rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el
grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se
acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía
desde la parte de atrás: estaba arrancado.
-Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No
puedo creer que lo hayas hecho, en serio.
-¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí?
-Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el
encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que
desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás?
–Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado
anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin
escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos
pronto, Kevin –hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente.
Suerte con tu ojo.
                Ahora, estaba recostado en el suelo en posición
fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la
casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y
respiraciones agitadas, cada vez más cerca.
                Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por
lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa,
lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que
podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se
limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo.
                (¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios,
ayúdame por favor, ayúdame.)
                Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de
palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la
poquísima esperanza que aún tenía Kevin.
                
                Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil
desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar
a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en
diagonal pasando por la vena.
                
                Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como
su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y
comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por
su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre
y malvada.
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El teléfono público - Este chico si que es irresponsable- Me quejaba yo por las 2 horas que
se demoraba mi amigo Dayer, quien con su voz de ”niño bueno” nos
dijo ”a las 10 am estoy en el parque”,  y solo estabamos yo y mi
otro amigo Jose Luis.

A Jose Luis no parecia importarle mucho, el se distraia viendo a los
niños jugar futbol, ”que mal juegan” me decia. En un momento de
aburrimiento, decidimos echar una siesta en el parque mientras
esperabamos que Dayer llegara, después de todo, sin el no podiamos ir
a un lugar, que no especifico pero solo digo que el solo nos podia
dejar entrar. Antes de echarme a dormir, pude notar a una chica
hablando por el telefono publico, solo me fije, no le preste atención
y me heche a dormir.

Una rama que me cayó del arbol bajo el cual dormia me hizo saltar de
golpe. Lo primero que hize fue fijarme la hora.

-25 minutos y ese idiota no llama- dije yo volviendo a quejarme del
irresponsable de mi amigo.
-Dale mas tiempo, y no me hables que quiero dormir- me dijo Jose Luis,
quien fue el primero en llegar, y claro, el primero en cortar su
sueño.

En eso al voltearme para volver a mi siesta, veo que la chica seguia
hablando por el teléfono público, lo raro era que desde que la vi,
ella no hablaba, parecia más bien que estaba escuchando. Ya habian
pasado 25 minutos o mas desde que la vi, quien sabe desde que momento
haya estado ahi, y de por si no es normal que una persona este tanto
tiempo en un teléfono público.

-Cuantas monedas habrá gastado- me dije pensativo, y decidí en vez
de dormir, observarla.

Mis ojos se rendian ante el sueño, pero yo seguia mirandola. Habrían
pasado unos 15 minutos más pero ella seguia ahí, en el teléfono
público, sin hablar y sin depositar monedas.

-Oye Jose Luis, ¿te has fijado en esa chica de aya?- le dije a mi
amigo mientras lo sacudia para llamar su atención.

-Que tienes esa chica- me respondió.

-Esta parada ahi hace mas de 40 minutos sin decir nada.

-Tal vez esta hablando con su novio, dejala en paz ademas a ti que te
interesa lo que haga.

Poco despues de que Jose Luis dijera eso, pude notar que la chica
colgó el telefono, solo después que una sonrisa se marcara en su
rostro.

-Mierda, vamos a ver- le dije a Jose Luis, empujándolo para que
avanzara.
Pero grande fue mi sorpresa cuando nos dimos cuenta de que el
teléfono que ella estaba utilizando estaba descompuesto y al parecer,
hace mucho tiempo.

-Tal vez es una enferma mental- me dijo Jose Luis sin importarle
mucho.
Unos minutos después llego mi amigo Dayer y nos fuimos a ese lugar,
del cuál no les puedo dar información.

Al día siguiente, fui a llamar desde un teléfono público a mi papa
ya que necesitaba que me lleve a un lugar que no conocia para una
entrevista de trabajo. Como yo vivía cerca de la ubicación del
teléfono público desde donde llamaba esa misteriosa chica, pasé por
ahi solo ppor curiosidad.

Ahí estaba. La misma chica hablando o escuchando, o creyendo escuchar
desde el telefono. ”Esta loca” pensé, y busqué otro teléfono
público desde donde llamar a mi padre. Pero mi naturaleza desde
pequeño siempre había sido la de ser curioso, siempre me atrajo el
misterio, el terror y cosas que necesiten valor para demostrarse, esta
era una de ellas y yo lo sabía, como tambien sabía que ella no
estaba loca, o por lo menos no tanto. Al día siguiente decidi
sentarme en el parque y ver si llegaba. Llegé a las 9 am puesto a que
las dos veces que la vi fue poco después de las 10 am y a las 10:30
am, entonces creí que vendría más temprano. Hasta que a las 9 y 35
llegó. Tomó el telefono, y púso una moneda. Se quedo callada. Puse
a andar un cronometro para tomar el tiempo en que demoraba esa
llamada. Mis ojos eran seducidos una vez más por el sueño pero mi
convicción era mas grande y luche por mantenerme despierto hasta que
esa chica soltara el teléfono.

Exactamente a la hora volvió a sonreir y soltó en telefono. 1 hora.
1 hora que demoró la llamada y solo púso una moneda. La curiosidad
me mataba, entonces decidí esperar hasta que se fuera de mi vista,
para correr al teléfono y esta vez hacer yo una llamada. Hize lo
mismo, puse una moneda y espere. El telefono como siempre apagado
¿cual era el truco?, como tenia una hora decidi dejar el telefono de
tal manera que no se corte la llamada, despúes de todo como esta
alogrado nadie se preocuparia de devolverlo a su sitio. Minutos antes
de que llege la hora, volví y cojí el teléfono. Ya solo faltaban
segundos para cumplir la hora y descubrir si ciertamente esa chica era
una enferma mental, o si el teléfono, pues, no era inservible
despúes de todo. Fué grande mi sorpresa cuando al cumplirse la hora
escuché una voz gruesa que me hizo saltar.

-Pardos- dijo la voz que no volvió a repetir ruido alguno. Me quedé
con el telefono en la mano. Una voz. Una hora despúes una voz me dijo
”Pardos”, pero ¿que significaba lo que me dijo?

Al llegar a casa me llamaron los de mi entrevista de trabajo, y me
dijeron que me habían aceptado, que empezaria a trabajar la proxima
semana y que el día de mañana debia acercarme para firmar el
contrato. Estaba realmente contento por la nueva oportunidad que se me
daba cuando sono mi celular, pero esta vez eran de otra empresa, de
Pardos Chicken, y como tambien habia enviado mi curriculum a ellos, me
llamaron para una entrevista. Pero ya tenia trabajo asegurado, deberia
decirles ”no gracias” o simplemente colgarles. Cuando hiba a hacer
eso, me acorde de la voz del teléfono público. ”Pardos”. No
perdia nada en ir e intentar.

Fue lo mejor que pude hacer. Resultó que el puesto que me ofrecian
tenia mas beneficios que el trabajo al que ya me habían aceptado y
tenia mucha mejor paga. Así que decidi quedarme con Pardos. Estaba
realmente agradecido con la voz del teléfono público que decidi
volver a visitarlo. Ese mismo día se me habian perdido 5 soles, pero
no les di importancia, todavia tenia un sol para llamar desde ese
teléfono público. Hize lo mismo, deposite la moneda, deje el
teléfono, me fui a descansar, y volvi en una hora. Al llegar, volvi a
escuchar la voz, solo que esta vez me dijo con un tono entrecortado
”En-el-patio”.

Colgé. Rápidamente fui a casa y vi el patio. No había nada, excepto
algo brillante en medio del pasto, una moneda de 5 soles, seguro se me
debio haber caido mientras llegaba a casa y no lo escuche porque el
pasto no hizo sonar su caída. Estaba tan agradecido con ese telefono,
que comenze a utilizarlo para todo. Si se me perdia algo recurria a
el, si debia tomar una decision recurria a el, ya casi se había
convertido en un amigo intimo para mi, aunque claro, no le conté a
nadie lo del teléfono, ni si quiera a mi familia. Todo hiba bien, de
maravilla, hasta que llegó ese fatidico día. Bueno, yo hiba a
comprar tranquilamente a la tienda que estaba a la vuelta de mi casa
cuando me tope con ella. Era la chica que vi por primera vez usando
ese telefono público. Yo segui caminando pero ella se me puso en
medio y me dijo ”No vuelvas a usar mi telefono” y se fue. Bah! no
le hiba a hacer caso, es un teléfono público y todos tienen derecho
a usarlo. Además si lo volvia a usar que hiba a hacer ¿llamar a la
policia? por un momento vacilaba con esos pensamientos sin darme
cuenta en el lio que me había metido.

Ese mismo día, después de usar el telefono para saber que juego
descargar a mi computadora, vi a esa chica de lejos. Ella estaba
mirandome atenta desde una esquina, y wao, si que parecia fuera de
orbita. Estaba como drogada, tenia una mirada fuerte, y al ver que yo
la vi, corrio hacia mi. Rayos estaba sangrando, tenía cortes por
todos sus brazos y piernas. Ella corria de una manera alocada, a la
par gritaba desmesuradamente ”MI TELEFONO MI TELEFONO DEJA MI
TELEFONO TE LO ADVERTI” mientras corria como si no le importara que
un carro la atropellara al cruzar la pista, como si yo fuese su
objetivo, su prioridad para clavar esas tijeras que llevaba en su
mano. Sin pensarlo dos veces corri. No podia volver a casa, ella me
seguiria y sabria donde vivo, ¡seria peor!.

Eran aproximadamente las 6 de la tarde y no había casi ningún alma
en la calle a quien pedir ayuda. Pero como yo era muy rápido logre
perderla, fue en ese momento que una idea llego a mi mente. ¡Ya se!
me dije, utilizaria el telefono para saber como deshacerme de ella o
como calmarla, lo que sea que me diga el teléfono sera sobre ella y
me ayudará, después de todo, siempre me dice cosas que debo saber.
Deposite una moneda, lo deje colgando, rápidamente me escondí en el
parque, en una pequeña habitacion donde se hallaban las herramientas
del conserje de la municipalidad y cerré con llave.

Al pasar una hora decidí asomarme a ver si la chica estaba por ahi,
al ver que no estaba, corri rápidamente al teléfono público. Solo
faltaban dos minutos. ¡Rayos! debi salir cuando solo faltaran
segundos. Espere dos minutos con el corazon en mi mano, volteando y
girando a ver cada calle y cada extremo de la pista haber si se
acercaba esa extraña muchacha deseando escuchar esa gruesa y
entrecortada voz emergiendo del teléfono público. Llegó el momento
y pegue mi oido al teléfono, dandome cuenta lo mucho que había
llegado a depender de el ultimamente y que por culpa de ese teléfono
mi vida estaba colgando de un hilo.

Escuche su voz, esa voz que siempre me había ayudado, esa voz que me
tenía encadenado a su dependencia, voz sabia a la que recurria en
momentos de necesidad, me alegre al oirla una vez más, aunque al
terminar de escucharla me di cuenta de que todo era en vano, y que esa
voz me podia decir que camino tomar pero no alterar el camino,
mostrarme la manera de resolver el problema, pero no resolverlo. No
recuerdo nada más despúes de haber escuchado la voz salir de el
teléfono público, tal vez todo paso tan rápido que ni siquiera lo
sentí, solo recuerdo lo que la voz me dijo: ”Detras-de-ti”.
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Lo hemos dicho misiles de veces. -
puntos 13 | votos: 15
Primer beso - Soy una chica tranquila, siempre lo he sido, nunca he tenido problemas
con nadie-que yo recuerde- tengo algunas amigas, no me junto mucho con
los hombres, tal vez esa es una de las causas por la cual nunca he
tenido novio… ni tampoco he dado un beso.

En mis 15 años de vida no he salido a muchas fiestas… se puede
decir que nunca he hecho alguna locura, siempre que sentía ése
especie de impulso para hacer alguna maldad, por muy pequeña que
fuera me la reprimía “no, está mal, no debo hacerlo” me decía a
mí misma, así calmaba mi adrenalina la que sentía que poco a poco
se iba acumulando en mi interior, sabiendo que...SOY UNA PUTA. Siempre
a principio de año me empezaba a gustar un niño, lo miraba de lejos
pero él nunca se fijaba en mí, así pasaba todos los años y en
todos me gustaba alguien diferente esperando a que este sí se fijara
en mí. 

Cierto año comencé a fijarme en un chico, lo conocí a principio de
año, era el amigo de una amiga de otro curso, con el tiempo
comenzamos a hablar nos volvimos amigos-mi primer amigo hombre
cercano- lo empecé a conocer mejor y me comenzó a gustar. Me tenía
confianza, era muy simpático y muy tierno conmigo, incluso prefería
pasar recreos conmigo que con sus amigos, lo que me hizo pensar que yo
también le podía gustar -¡Por fin! ¡Por fin alguien que me gustaba
se fijaba en mí!- pero no había nada confirmado. Una vez me confesó
que nunca había tenido novia y que tampoco había dado un beso, me
conmovió por que el sentía lo mismo que yo.

A final de año pasábamos mucho tiempo juntos, me gustaba mucho pero
aun no me atrevía a decírselo, aunque la mayoría ya se había dado
cuenta… menos él. Una vez estábamos conversando por chat –era la
última semana de colegio y yo estaba desesperada pensando cómo
decírselo- y de la nada me escribió “eres linda”, entonces le
escribí de vuelta “gracias, tú también” y él me respondió
“en serio? xD” y entonces le conteste “sí, me gustas” era la
única forma de declararme, en persona no me hubiera atrevido, “tú
también me gustas” me contesto, mi corazón comenzó a latir muy
fuerte y sentí que una alegría desbordante se apoderaba de mí,
quería saltar de alegría, pero no, me calme me controle y solo me
digne a sonreír-aun estando sola en mi habitación- no imaginaba como
lo haría mañana, como podría verlo a la cara, como controlaría mi
impulso por correr abrazarlo y besarlo, sabía que si lo hacía me
verían raro, pero si no ¿Qué creería él?.

Al día siguiente lo mire de lejos y él se acercó a mi sonriendo-yo
tampoco pude evitar hacerlo- me llevo a un lado y dijo que le
confirmara en persona lo que el día anterior le había confesado por
internet. Lo hice y él también lo confirmo, lo mire, quería besarle
pero me daba miedo, no sé por qué, no por mi sino por él, era una
sensación extraña y no muy agradable pero la ignore.

  Durante los últimos días de clases pasábamos de la mano. Aun no
nos besábamos, decidimos juntarnos un día cuando saliéramos por fin
de clases. Ese día llegue, nos encontramos, caminamos un rato de la
mano hasta llegar a una plaza alejada donde casi no circulaba gente.
Nos sentamos en el pasto, nos abrazamos y conversamos un rato.

Hasta que en un momento ambos quedamos en silencio y nos miramos ¡Me
robo un beso! Un corto beso que me llevo a robarle yo uno, y otro, y
otro, y otro más, era la sensación más rica que había sentido en
toda mi vida, no quería parar de besarle de apretar sus labios con mi
boca, sus jugosos y carnosos labios. Sentí esa adrenalina, la que
siempre había sentido, que aparecía cada vez que quería hacer algo
malo, pero esta vez no pude reprimirla y se apodero de mí, todos
estos años guardándola en mi interior provocaron que explotara en
algo mortal.

No pude detenerme, él trato de alejarme, lo estaba dejando sin aire,
sin poder respirar, cada vez apretaba más sus labios, los mordía
fuerte, eran tan deliciosos, sentía que quería comerme sus boca,
mordí tan fuerte sus labios que llegaron a sangrar y él trato de
gritar y de empujarme pero no pudo, mi adrenalina era tal que lo
tenía atrapado entre mis brazos, abrazado entre mis garras, esa
sangre de sus labios me éxito más.

Lo mordí más fuerte, desgarre la carne de sus labios , esos
exquisitos labios, los mastique sabrosamente mientras él gemía
terriblemente de dolor, moviendo su lengua desesperadamente por lograr
un sonido, la mordí fuertemente y se la extirpe de su boca,
chorreando la sangre de su garganta a la vez que un último grito
desgarrados salía de ella, era tan deliciosa, húmeda y carnosa, su
sangre brotando de la carne colgante de su boca muerta, estaba tibia
aun, la bebí, la mordí para beber más de la sangre de quien por fin
se había fijado en mí, era tan delicioso sentir su sangre
desbordante en mi boca, boca chorreada de la sangre de quien tanto me
había gustado… ¡Por fin! ¡Por fin había dado mi primer beso!
puntos 10 | votos: 10
Muerto el perro... - Había pocas cosas en la vida de las que Elena estaba segura, sin
embargo de nada estaba más convencida que de su profundo odio por su
madre. Solo pensar en esa mujer, que supuestamente debía significar
el mundo para ella, le producía jaqueca y una sensación de cólera
que tardaba minutos, casi horas, en calmarse.

Quizás no era para menos. La madre de Elena era una persona
desagradable, de lengua hiriente y a quien le importaba poco otra
persona que no fuese ella misma… aunque clamara que su amor por su
hija era el más grande de todos. Pero además de esto la mujer tenía
un demonio propio que la convertía en un ser torpe y agresivo, que se
apoderaba de su cuerpo y de su mente en las situaciones más diversas
y que venía envasado en una botella de vidrio. Botella que, tras
treinta minutos de abierta, era reemplazada por otra y luego por otra.

Elena ya no podía llevar la cuenta de la cantidad de veces que tuvo
que correr al médico porque su madre había bebido unas botellas de
más que la llevaron a abrirse la cabeza contra algún mueble, la
cantidad de noches que durmió con un bate bajo la cama para
protegerse si era necesario, la cantidad de insultos que tuvo que
escuchar. Con diecisiete años recién cumplidos la chica había
vivido más de lo que a ella le hubiese gustado vivir. Su padre había
muerto en un accidente de transito hacía ya cinco años y Elena se
sentía completamente sola. Sentía como si el peso del mundo recayese
sobre sus débiles hombros.

Acostada sobre su colchón y mirando hacia el techo taciturnamente,
cada noche pensaba en encontrar una salida de aquel laberinto.
Fabulaba fantasías prohibidas de pequeñas dosis de cianuro que
accidentalmente se mezclaban con el champagne, pantuflas que se
enredaban en las escaleras, tuberías de gas que eventualmente
desarrollaban pérdidas y cigarrillos encendidos que las descubrían.
Pensamientos que nunca quedaban más que en su mente y eran borrados
por el sonido sordo de una silla que se golpeaba, un vaso que se
caía, o gritos incomprensibles que salían de esa lengua trabada y
pastosa que aparece después de la cuarta copa. Las lágrimas no
dejaban de caer de los ojos de Elena, dejando su blanco cutis ardido y
enrojecido, mientras las manos comenzaban a temblarle y un monstruo
violento y voraz golpeaba su pecho intentando salir. “Acá vamos de
nuevo” pensaba entre sollozos mientras echaba llave a su cuarto y se
ponía sus auriculares para acallar el sonido. Si había algo que
Elena odiaba además de a su madre, era su vida.

Luego de una hora, por lo general, el ruido cesaba y entonces ella
bajaba a ver los daños: un plato roto, un televisor tumbado, una
alfombra vomitada… eran los favoritos de su madre. Pero la
imprudente mujer nunca recibía heridas serias. “Años y años te
esperan de lo mismo” pensaba para sí misma la cansada adolescente,
cuyo rostro ya comenzaba a mostrar el castigo del estilo de vida que
su progenitora había escogido para ella.

Una fría noche de Julio, Elena hacía su habitual recorrido por los
pasillos de la casa en busca del saldo de destrozos de la noche.
Cuando llegó a la cocina su corazón dio un tumbo y comenzó a
galopar en su pecho. Allí estaba su madre, inerte en el suelo,
descansando en un charco de sangre. “Muerto el perro se acabó la
rabia” pensó y esbozó una pequeña sonrisa. Con una sensación que
le pareció eufórica, se acercó corriendo hacia la mujer y le tomó
el pulso. Normal. Solo tenía una herida superficial en la cabeza…
de esas que sangran demasiado para el tamaño que tienen. Sintió
desilusión. Sí, ese sentimiento era desilusión, no había la menor
duda sobre eso.

“Muerto el perro, se acabó la rabia”, volvió a pensar mientras
se retiraba. La solución ya era ineludible… su madre no moriría
sola y ella no quería vivir una vida donde tuviese que hacerse cargo
de ese pesado bulto que olía a whisky barato.

No se detuvo a pensarlo. Solo iba a esperar que su madre estuviese
despierta y sobria. Quería que tuviese el nivel de consciencia
suficiente como para entender qué ocurría y por qué era su culpa lo
que estaba pasando.

Esa noche no durmió. Su cuerpo se estremecía de gozo al pensar que
pronto todo su sufrimiento terminaría.

El sol salió, y ella se preparó para la acción. Tomó el bate
oxidado que guardaba bajo su cama y se sentó a esperar el sonido de
la cafetera poniéndose en marcha. Su estomago empezó a darle golpes
de excitación cuando por fin escuchó el crujir de los granos de
café que se molían… “Yo te quitaré la resaca, no te
preocupes”, pensó mientras sonreía.

Caminó lentamente, saboreando cada macabro instante. Llegó a la
cocina y entró. Su madre, que se dio vuelta a saludarla cuando
escuchó sus pasos, la miró asustada y ahogó un grito en cuanto su
hija alzó el bate por sobre su cabeza.

Elena descargó el bate contra la piel y sintió cómo los huesos
crujían y se rompían. Lo levantó y lo volvió a bajar con una
fuerza sobrehumana, una y otra vez, sobre cuanto lugar pudo. Las
piernas y los hombros eran los lugares a los que menos le costaba
atinarle. El placer era inmenso, sentía como si sus problemas se
enjuagaran en una catarata de sangre. Los gritos y plegarias de su
madre eran cada vez más fuertes. Golpeó la cabeza y la abrió, pudo
sentir los sesos derramándose en sus manos. La sangre le empapó el
rostro y ella se relamió con macabro regocijo. Siguió golpeando
brutalmente hasta que dejó de escuchar los gritos. Allí en el charco
de sangre, abatida por la emoción, se dejó caer, exhausta.

Cuando los oficiales de policía llegaron a la escena se llevaron una
desagradable sorpresa. Arrestaron inmediatamente a la mujer con
síntomas de ebriedad y largo historial clínico, negándose a creer
sus disparatadas excusas. Después de todo, ¿quién sería capaz de
apalearse a sí mismo hasta la muerte?





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