En Desmotivaciones desde:
12.05.2013

 Última sesión:

 Votos recibidos:
bueno 34332 | malo 803
CampeonSuperDesmotivadorGeekPrincipalero Nivel 3VIPComentador Nivel 3Clasificación Nivel 3Veterano Nivel 3Usuario del mes

puntos 30 | votos: 34
Todos los puentes están enamorados - de un suicida.
puntos 13 | votos: 13
Despertando - Desperté.

Está brillante aquí. Demasiado brillante. ¿Qué es este lugar?,
¿un hospital?, ¿una prisión? Tiene 4 paredes, un rígido catre y un
respiradero. ¿No hay una puerta?

Piensa… ¿Qué pasó? Algo pasó, ¿dónde estaba anoche?, ¿dónde
quedé dormido? Maldición… no puedo pensar. No puedo pensar en
nada. ¿Es esto alguna clase de experimento? No puedo pensar. ¡No
puedo tan siquiera  recordar mi maldito nombre!

Mira a tu alrededor, tarado. Paredes sólidas; encerrado en una
habitación. Estoy en un psiquiátrico. ¡Eso es! ¡Soy un
desquiciado! O lo era, al menos. Estoy en paz con ello ahora. ¿Estoy
curado? ¿Me puedo ir?

Me levanto. Me reviso; estoy desnudo. Aunque bastante limpio, como el
resto del cuarto. Todo cuanto me rodea es blanco y pulcro. Está
demasiado brillante aquí.

—¿Hola?… ¿Hay alguien aquí?… ¡Necesito ayuda! —grito. No
hay respuesta—. ¡Alguien, por favor, ayuda!

Camino alrededor palpando las paredes. ¿Dónde está la puerta? Tiene
que haber una. ¿Qué demonios? ¡Tiene que haber una puerta!

No la hay, simples paredes. Miro bajo el catre en busca de algo, lo
que fuese. Nada, tampoco.

¿Sí estoy en un psiquiátrico? Esto parece tan irreal. ¿Por qué no
puedo recordar mi nombre?

—Hey, al fin te levantaste. —Escucho la voz de un hombre venir por
el respiradero. Corro hacia él emocionado.

—¡Sí! ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —le grito
entusiasmado.

—¿No recuerdas nada, cierto? —me pregunta.

—No. No recuerdo nada antes de despertarme, hace un momento.

—No te preocupes —dijo con un tono divertido en su voz—, creo
que te irá bien.

¿Me irá bien?

—Por favor —ruego—, ¿qué está sucediendo?

Sólo escucho silencio.

—¡Dime! —grito. Se hace eco por el respiradero, y nunca llega una
respuesta.

Horas pasan.

Se me ha dejado a solas con mis pensamientos. Intento llegar a los
rincones de mi mente, descubrir quién rayos soy. Esto es todo tan
ajeno para mí.

Camino por las paredes, sintiendo cada centímetro, buscando una
salida. Tiene que haber algo. ¡No es como si este lugar se
construyera a mi alrededor! ¿Por qué no puedo encontrar nada? Grito
por ayuda hasta que mi garganta se seca. Si alguien está escuchando,
si ese hombre sigue allí afuera, no va a responder.

Exhausto, me recuesto.

Al despertar encuentro comida. Una bandeja con pan, arroz y un filete
puestos al otro extremo del cuarto. Hay un vaso con agua junto. Estoy
muy hambriento; sin vacilar, camino para comer el platillo. Está
delicioso. Cuando me lo acabo, recobro conciencia de dónde estoy.

Me muevo hacia el respiradero y grito. —¿Hola?

—¡Hola! —Escucho de vuelta, en un tono alegre.

—¿Quién eres? —pregunto.

—¿Disfrutaste tu comida? —me da de respuesta.

—¡¿Dónde estoy?! ¡Déjame salir!

—Saldrás pronto. ¡Tenemos que asegurarnos de que estés saludable!

¿Qué? ¿En serio soy un jodido experimento? Estoy suficientemente
saludable. Quiero respuestas. Quiero saber dónde estoy.

—¡Déjame salir ahora, desgraciado!

La voz se fue de nuevo. Por más que le grito no me responde, estoy
solo.

Repaso mi rutina de buscar por una salida, y claro, no la encuentro.
Siento que necesito usar el baño, pero no hay nada parecido aquí.
Tengo demasiada dignidad como para hacerlo en una esquina. No dejaré
que me vean hacer eso.

Eventualmente me recuesto y lloro. Grito y grito y lloro hasta estar
completamente agotado. No tardo en quedar dormido de nuevo.

Algo extraño pasa entonces, sueño.

En mi mente estoy volando. Veo tres árboles, ríos; todo iluminado
por rayos de sol. Puedo sentir una incómoda sensación en mi
estómago y boca. Me duelen un poco. Despierto de nuevo en la
prisión. Todavía siento un poco de dolor en mi estómago. Lo sobo
con mi mano y palpo algo rugoso. Cuando miro abajo, veo una
protuberante cicatriz allí. La misma cosa está en mi mejía. Estoy
asustado, pero más que todo, enojado. Están jugando conmigo. Esperan
a que me duerma y comienzan con sus malditos juegos. Miro a las
paredes y grito. Quiero salir de esto.

—¿Estás bien? —Escucho esa familiar voz de nuevo.

—¡Me heriste desgraciado!, ¡me abriste! ¡¿Qué demonios me
hiciste?! —Golpeo el respiradero tan fuerte como puedo. Lo voy a
romper. Voy a hacer a golpes mi camino hasta ese hombre y obligarlo a
que me de respuestas. Lo golpeo y golpeo una y otra vez. Mi mano duele
demasiado. Creo que la rompí. No me importa. Continúo golpeando y
gritando.

—Por favor, cálmate. Siento haberte hecho daño. Lo haré todo
mejor pronto. ¿Te sientes sólo?

Me rehúso a contestar. Lo ignoro, justo como él me ignora a mí. Al
diablo con él. No parece importarle si respondo o no. No le importo.
A nadie, de hecho. Soy un animal, un jodido experimento.

—Por favor, no te preocupes. Las cosas mejorarán, ¡lo prometo!
—Y con eso se fue.

Me siento en mi rígida y pequeña cama, viendo a mi mano. No puedo
mover mis dedos sin que un punzante dolor asalte mi brazo. Es ahora
que me doy cuenta de cuán jodido está esto. ¿Qué me hice? Ese
respiradero no se va a mover ni romper, sin importar lo que haga. Nada
se va a mover o romper. Estoy atascado. Eso es todo lo que hay. Estoy
atascado y no me iré a ningún lado.

Mi mente divaga, y el tiempo pasa.

Despierto. Me han dejado más comida. La voz habla de vez en cuando,
diciéndome tonterías encriptadas que ni me importa tratar de
entender. Luego duermo. Sueño a veces, no siempre. Algunos son
pesadillas. Que las paredes se achican y achican hasta que no queda
más espacio para mí y soy aplastado. Mis huesos se quiebran y mis
pulmones colapsan. Estoy aterrado. Quiero salir.

Me despierto de nuevo para ser abordado por más dolor en mi cuerpo.
Hay una nueva cicatriz en mi pecho a lo largo de mi costilla, y otra
en mi cabeza. Éstas se ven un poco más grandes que las usuales, y
también duelen más. Pero esto no es, en lo absoluto, lo más inusual
del día.

Miro a lo largo de la habitación y no puedo creer lo que veo. Hay una
mujer aquí. Una mujer, de unos 17, recostada en el suelo,
completamente desnuda. Es hermosa. Estoy lleno de alegría. No sé
qué tienen en mente, pero no me importa. ¡Hay otra persona aquí!
Alguien a quien puedo tocar, ¡y mirar! Alguien que sé que es real.
Que quizá pueda ayudarme a salir de aquí.

Me levanto y camino hacia ella. Toco su hombro y comienzo a hablarle.

—Hey, ¿hola?… Despierta. —Sus ojos parpadean y dirige su mirada
a mí. Está asustada. No sé por lo que ha pasado, pero no comparte
mi entusiasmo por estar con otro ser humano. Grita y se arrincona en
el extremo de la habitación. Intento calmarla, en vano.

—¡Por favor, no! ¡No voy a lastimarte! —digo lo más sosegado
que puedo—. ¡Estoy de tu lado! Por favor, cálmate. Confía en mí
—Ella sólo queda encogida en el rincón—. Escucha, he estado
aquí por tanto tiempo. ¿Sabes algo acerca de todo esto?, o ¿quién
nos retiene aquí? —Sólo responde con un callado sollozo—. Bueno,
 no tienes que preocuparte, ya veremos qué hacer. Saldremos de aquí,
¿sí? Saldremos de aquí. —Me doy cuenta de que puede necesitar
algún tiempo para volver a la realidad. Voy al respiradero, dándole
su espacio.

—Estará bien —escucho desde dentro del respiradero—, sólo
necesita un momento para acostumbrarse. —Y tengo que darle la
razón.

Eventualmente, después de horas de llorar, se calma. Me siento con
ella e intento hacerle algunas preguntas. Nunca responde; de hecho, no
creo que pueda comprender lo que le digo. Pero siento que el sonido de
mi voz la calma un poco, así que sigo hablando. Le cuento de mis
experiencias de estar aquí comenzando desde que desperté. Intento
repasar cada detalle en el que puedo pensar de mi tiempo en esta
prisión. Entonces me abraza y me siento increíble. La cálida, suave
piel de su desnudo cuerpo contra mí es diferente que cualquier cosa
que haya experimentado en esta dura y fría habitación. Corro mis
dedos por su cabello y gime ligeramente. Nos sentamos allí en el piso
por horas. Ahora veo que sí comprende. A pesar de esta jodida
situación, me siento mucho mejor ahora.

Los días continúan pasando. Las cicatrices se desvanecen y ninguna
nueva aparece. La comida viene y ahora se nos ha dado el “lujo” de
tener un lugar para ir al baño. La chica y yo nos hemos intimado
mucho. Incluso hicimos el amor unas cuantas veces.

Estamos sentados en el suelo besándonos. Acabamos de hacer el amor y
fue hermoso. Ella confía en mí, y yo en ella. Nunca le haría daño,
y nunca dejaría que nadie más lo hiciese.

—Te amo. —le digo, y beso su cabello. Me sonríe y lo repite. Sé
que entiende su significado; puedo oírlo en su voz. En lo que se
prepara para dormir me prometo que saldré de esta habitación, y la
llevaré conmigo.

Entonces pasa. Despierto y no está. Desesperado corro al respiradero.

—¡¿Qué has hecho con ella?! ¡Devuélvemela! —grito.

—¡No te preocupes! —dice la voz a la que estoy acostumbrado—,
ella está bien. ¡Sólo fue a un nuevo lugar! Es algo en lo que hemos
estado trabajando por un tiempo, ¿te gustaría verlo?

Estoy confundido, molesto y asustado. No tiene punto luchar. Él tiene
el control. Tiene mi voluntad. Me seco las lágrimas y le digo que
sí. Le ruego, de hecho. Le prometo que seré bueno, que haré
cualquier cosa que desee. Que no trataré de huir ni golpear las
paredes ni nada malo.

—Sólo por favor, déjame estar con ella. Por favor.

—Pronto. —me responde, casi burlándose con sus palabras.

—¡Por favor! —No puedo hacer esto sin ella. La voz se va y me
deja solo de nuevo y me quiero morir. Haría lo que fuese para matarme
y terminar con todo esto. Pero no puedo dejarla. Me necesita, y le
prometí que nunca la dejaría. Lloro y grito en el rincón hasta que
toso sangre. Finalmente vomito y me desmayo del cansancio.

Despierto en un lugar extraño. ¿Es un sueño? Veo que tiene
árboles, pasto. El hermoso cielo por sobre mío. ¡No estoy en la
prisión! ¡Esto no puede ser real!, pero lo es. ¡Lo es! Un momento,
¿qué significa esto?

Corro. Corro por todos lados buscándola. Me lo prometió. Ella tiene
que estar aquí. Comienzo a encariñarme realmente de este lugar. Miro
a mi alrededor y veo que todavía estoy confinado. Grandes muros
blancos rodean el área extendiéndose por al menos 20 pies sobre el
suelo. Me preocuparé por eso cuando esté con ella de nuevo. Por
ahora sólo tengo que encontrarla. Los árboles son tan bellos. Todo
lo es, sólo falta ella.

La escucho. Grita de alegría y corre hacia mí. Nos abrazamos y
lloramos así como nos besamos apasionadamente. Estoy feliz. Estoy tan
feliz por que me dejaron estar con ella de nuevo. Luego de que ambos
nos calmamos, decidimos dar un recorrido por el lugar.

Por horas vagamos el área. Quien sea que es nuestro captor, en serio
se esforzó en este lugar. Hay un río que fluye a través de la
entera instalación. Una inmensa máquina que se alza más allá de
los muros y hasta el cielo. Cuando nos acercamos a ella se nos ofrece
comida. Toda la comida que podríamos desear. Y toda es deliciosa.
Esto es increíble. Nos servimos todo cuanto podemos hasta estar
completamente saciados. El hombre del respiradero nunca nos habla
aquí, pero sé que nos observa.

Pero nos topamos con algo. Ella sonríe emocionada al notarlo.
“¡Mira, mira!”, me susurra. Lo que vemos es un árbol, justo como
los otros. Aunque está peligrosamente cerca del muro y alto
suficiente como para poder subirlo y saltarlo. Sería una tremenda
caída, y valdría la pena sólo para llegar al fondo de todo esto.
Esta es nuestra forma de escapar; pero tenemos que ser cuidadosos. Le
digo que tenemos que esperar, calmarnos. Si nos apuramos podríamos
arruinarlo todo. Ella entiende. Sé que no le gusta. Le digo que
espere un día o dos para ingeniar la mejor manera de hacer esto.

Esa noche escucho de nuevo la voz de mi viejo amigo. Está fuera de mi
vista, como siempre.

—Olvídalo —me dice—. Sólo disfruta de tu nuevo hogar.

  —Prisión —le corrijo—. Esta es una jodida prisión. Y todo lo
que he esperado desde que desperté ha sido la maldita verdad, y no he
recibido nada de ti. Estás enfermo. He estado aquí, como rehén, por
meses, ¡años! ¡Sólo dime quién soy! —Silencio.

Está decidido, saldremos de aquí.

  El sol se levanta y hago mi trayecto hasta mi amada. Supongo que
estará en el árbol. Cuando por fin llego veo que ya ha escalado la
mitad del camino.

—¡Espera! —le grito. Me mira y sonríe. Hace un ademán para que
vaya hacia ella. Todavía estoy asustado, pero me doy cuenta de que no
me puedo permitir tal cosa. Tengo que darle la cara a estas personas,
estos bastardos. Voy con todo lo que tengo.

Juntos rápidamente nos hacemos hasta la cima del árbol. Ella alcanza
la rama más alta y se apoya por el lado del muro. Miro a su rostro y
veo una expresión de total y desenfrenado éxtasis. Ha ganado. Lo
sabe. Lo que sea que ve al otro lado, sabe que es la libertad. Me
sonríe y veo la curiosidad infantil en sus ojos. Sin ser capaz de
esperar más, se inclina hacia mí, me besa y sube sobre el muro.

¡Demonios! La escucho llegar abajo con una caída. Ella grita y oigo
su cuerpo golpear el suelo del otro lado. Por favor que esté bien.
¡Que nada le haya pasado! Sin pensar me movilizo a la cima del muro y
salto de allí.

La caída resulta fuerte para mí también. Cuando caigo sobre el
suelo siento un dolor como ningún otro que he sentido de mis
cicatrices. Aunque no creo que nada esté roto. Ella está llorando
sobándose la pierna. La reviso, pero parece estar bien. Veo algo
diferente en ella. Quizá es por la luz; su piel se mira más áspera.
Está sucia por la caída, yo también. Finalmente me pongo en pie y
reviso en dónde estamos ahora.

Miro arriba en la pared que acabamos de escalar, orgulloso de nuestro
logro. Luego escucho algo. Un tanto cerca de nosotros veo otro
edificio. Uno grande en forma de platillo con una puerta mecánica que
acaba de abrirse.

Caminamos hacia él lentamente, teniendo cuidado de no lastimarnos
más. Mis piernas todavía me están matando. Así como nos acercamos,
el edificio hace un increíble sonido que nos detiene en seco. Fuera
de la puerta caminan… otros. Las únicas otras personas que he
visto.

No son como nosotros. Son más altos. Son más delgados. Visten con
prendas y el tono de su piel es mucho más claro que el nuestro.
Tienen que haber al menos dos docenas de ellos. Uno de ellos se nos
acerca. Camina hasta unos 15 ó 20 pies de distancia de nosotros y se
detiene. Nos mira intensamente. Todo lo que podemos hacer es
devolverle la mirada. Cuando por fin habla me golpea con fuerza. Este
hombre, este hombre que estoy viendo de cara a cara, es el hombre del
respiradero. Él es la voz que me ha enjaulado y atormentado por tanto
tiempo.

—¿Pero qué han hecho? —nos dice. No puedo definir por sus
grandes y negros ojos si está molesto o triste—. Han arruinado todo
lo que hemos hecho por ustedes.

—¡Jódete! —le grito—, ¡no estamos para ser tus malditos
esclavos!

Congela su mirada en nosotros por minutos. Voltea a sus compañeros,
todavía dentro del edificio. Deja salir un fuerte suspiro y nos mira
de vuelta.

—Sabíamos que era sólo cuestión de tiempo. Tendrán que hacer las
cosas por su cuenta ahora. Ésta es, me temo, la única forma en que
pueden aprender.

No sé qué decir. No estoy seguro de a qué se refiere. No sé
tampoco si me interesa. Sólo lo quedo viendo, abrazando a mi amada.

Camina de vuelta al edificio y la puerta se cierra. La construcción
entera se desplaza al aire. En medio de un intenso destello, las
paredes y todo dentro de nuestra antigua prisión, desaparece, sin
dejar rastro. El edifico volador se eleva más y más hasta que lo
perdemos de vista. Finalmente, estamos solos.

Juntos vagamos por el área, buscando respuestas. Estoy comenzando a
sentirme intranquilo ahora. Tengo hambre, y por la primera vez que
puedo recordar, no tengo comida. No hay ningún dispensador, no hay
ninguna máquina, ninguna mágica bandeja esperándome.

Ha sido muy diferente este último par de años. Estábamos tan
perdidos cuando se fueron. Me odio por admitirlo, pero quiero volver
con ellos. Quiero volver a escuchar su voz y tener mi comida, que me
limpien y se encarguen de mí. Lo que comemos ahora sabe terrible. La
forma en que vivimos es terrible. Nos ensuciamos. Nos lastimamos.
Cuando dormimos ya no somos limpiados ni curados como antes. Nos
despertamos de la misma forma en que nos fuimos a dormir.

No fue sino hasta que se fueron que nos dimos cuenta de cuánto los
necesitábamos.

Es helado aquí afuera. Tenemos que matar animales que merodean y usar
sus pieles para mantenernos calientes. Nos sentimos estúpidos, sucios
y sin esperanza. Odiamos en lo que nos hemos convertido. A veces me
despierto por la noche y trato de regresar su voz a mi cabeza. Intento
hablar con él y seguir esperando y esperando por una respuesta. Pero
no la hay. Quien sea que fuesen, se han ido para siempre. Sólo somos
Eva y yo ahora.

Hemos trabajado fuerte para construir un refugio estable que albergue
a nuestra familia. Estamos esperando nuestro primer hijo. Es difícil,
pero sé que podemos hacerlo. En la cansada noche ella se recuesta, yo
tomo su mano y acaricio su cabello.

—¿Dónde crees que hayan ido, Adán?, ¿crees que alguna vez
volverán por nosotros?

Intento ser valiente por ella. —No lo sé, quizá lo hagan. Nos
aman, sé que todavía lo hacen.

Beso su cabello como lo he hecho tantas veces antes. Y espero, más
que nada, que lo que acabo de decirle sea verdad.
puntos 21 | votos: 25
Ponernos a pensar en todos los ojos - cansados que pasamos desapercibidos día a día, pero ya se ha vuelto
tan normal verlos, incluso a la hora de mirar al espejo.
puntos 6 | votos: 6
Lluvia de castigo (parte 2) - 6

 

Ya apenas podía salirse a la calle, era poco menos que un suicidio.
El ejército había intentado mantener las vías abiertas con sus
vehículos blindados, dotados de palas similares a los quitanieves,
pero era imposible. La lluvia seguía cayendo con fuerza, inagotable.
Poco a poco se fueron replegando hacia los pabellones de protección,
donde éramos instados a acudir por nuestra seguridad. Allí se
estaban concentrando las fuerzas, los recursos a la espera de que el
infierno cesase. Muchos acudieron, aterrados. Otros muchos
aguantábamos semi-atrincherados en nuestras casas, igual de
aterrados.

En algunos lugares habían empezado a caer cuerpos enteros,
momificados, también con signos de violencia. Eso dijeron por la
radio oficial, aunque nosotros aún no habíamos visto caer ninguno.
Las emisiones de televisión habían cesado su actividad, no podíamos
sino imaginar qué estaba ocurriendo en el exterior, pero sin ninguna
certeza.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Esther, demacrada.

—Creo que lo mejor es que resistamos aquí, hasta que todo pase.
Algún día tiene que terminar, por fuerza; aquí tenemos comida y
agua para meses. Porque ahí fuera… ya no sabemos ni lo que está en
verdad pasando, Esther.

Se acarició la barbilla, inquieta.

—¿Y si nos fuésemos de la ciudad, Juan? A lo mejor lejos de ellas
no caen tantos, como era al principio, ¿recuerdas? Unirnos a alguna
comuna, o meternos en alguna caverna bien alta. O ir a los
pabellones…

Sonreí con tristeza. Aunque odiase ser tratada como una niña, a
veces era justo eso lo que parecía. Una niña fantasiosa,
imaginativa… casi podía ver la niña que fue con diez años justo
delante de mí, ahora. Imaginando cómo es el mundo desde su
creatividad, sin los límites de la razón.

—Nuestro coche debe estar ya destrozado, cariño, bajo un montículo
de huesos malolientes; y aunque no fuera así, piensa en el peligro…
si allí están cayendo igual que aquí… Y de los pabellones,
¿recuerdas lo que te dije de los campos de concentración? Míralo,
ahí los tienes…

—¿Por qué has de pensar siempre mal? A mí me parecen lógicos, un
servicio para la población. Si nos quisieran muertos, ¿para qué
tomarse tantas molestias?

—No sé, no lo sé… llámalo intuición, pero siento algo muy
oscuro en torno a eso. Apenas se ha dicho nada de ellos, cómo viven
los que han ido allí, ni una imagen de cómo son por dentro, sólo
por fuera…

—Las televisiones han caído, no habrían podido dar más
información. Todo se precipita rápido, demasiado rápido… bastante
se está haciendo por intentar salvarnos.

Vi un cuerpo entero caer, creo que desnudo, amarillento. Esther estaba
de espaldas a la ventana, así que no pudo verlo, por fortuna. No dije
nada, pero el sobresalto me produjo un profundo escalofrío. Creo que
ella no lo notó. Cerré los ojos y me apoyé sobre una mano,
intentando serenarme. Ella pensaría que estaba reflexionando en sus
palabras. Había captado algo de su expresión. Con la boca
descolgada. Horrible…

Respiré hondo.

—Tal vez sea justo eso lo que quieren. Que vayamos, no sé para
qué, prefiero ni pensarlo, pero que vayamos. Desde el principio.
Puede que ése sea el objetivo final, por lo que todo esto está
ocurriendo…

—¿Aún piensas que esto puede ser un teatro artificial? —Me
miró, escéptica.

Demasiado grande, para cualquiera, me temo.

—Francamente, Esther, no sé qué pensar. Ya no sé qué pensar.

Ella suspiró, mirándose las manos.

—Dios proveerá —dijo, con la voz cargada de duda.

—Ojalá tengas razón, cariño. Pero de momento, nos quedamos aquí
—sentencié, antes de levantarme y salir del salón.

Aquella boca abierta…

 

7

 

Siempre me llenó de horror la idea de una muerte lenta. Día tras
día, semana tras semana, era justo lo que nos estaba ocurriendo. Se
dice que la esperanza es lo último que se pierde, pero no es cierto:
nosotros ya hacía mucho tiempo que la habíamos perdido. La lluvia de
restos humanos no se iba a detener, ya lo sabíamos. Íbamos a morir
enterrados vivos bajo toneladas de carroña formada por nuestros
ancestros, familiares, amigos… Sí, la cuenta regresiva del demonio
que creó este infierno había alcanzado el presente. Ya estaban
cayendo los cuerpos de personas fallecidas pocos años atrás. Es
difícil describir con palabras el profundo horror que satura la
mente, que dispara los nervios en una corriente eléctrica continua,
que destruye la capacidad de pensar con claridad, de comer, de
dormir… como muñecos rotos, destensados… Ver los cuerpos caer
desde el cielo lenta, desmayadamente, como en una grotesca burla sin
fin de la mínima dignidad inherente al ser humano. Ah… el espantoso
estampido al reventar contra los tejados, cornisas, barandillas de
balcones… las amputaciones, las manchas de sangre y vísceras… La
calle se había convertido en un cementerio abierto, sin tierra,
revuelto varias veces sobre sí mismo. Los cuerpos amontonándose los
unos sobre los otros, entremezclados en posturas imposibles. Y cuando
otro caía, fracturándose de horrendas maneras contra los yacentes,
parecía transmitir a estos una onda de movimiento, una momentánea
vida innatural hasta que se recolocaban en nuevas posiciones inertes.

Soñé con estar muerto.

La radio hablaba y hablaba, sin parar. Decía que los caídos eran
fallecidos de los últimos treinta años. Se había investigado,
reconocido y localizado a personas concretas. Habían ido a sus tumbas
a exhumar sus cadáveres… y allí no había nada.

Pero yo ya no me creía nada. Ni una sola palabra. De algún modo,
ellos estaban detrás de todo esto.

O tal vez no, y Esther había tenido siempre razón. Tal vez debí
hacerle caso desde el principio. Tener un hijo, rezar a Dios,
alejarnos de la ciudad…

Ahora ya nada de eso era posible.

Mi querida Esther, quebrada, hundida por completo. Ya no se levantaba
de la cama. No podía, no quería… cómo saberlo. Ya no comía nada,
y lo poco que conseguía meterle en la boca, a la fuerza, lo echaba al
poco rato. Intentaba hidratarla, pero la mayor parte del líquido se
le derramaba por las comisuras de los labios. Su rendición era
absoluta. Lo había intentado todo. Todo, por insuflarle vida, una
minúscula luz de porvenir… todo en vano. Sólo decía que la
despertara cuando el mal hubiese pasado. No podía soportar verla
así, ni saber cuántas fuerzas me restaban, ni cuánto tiempo
resistiría en pie, antes de perder la cabeza sin remedio.

Siempre fui una persona capaz de ponerse en lo peor, de calcular los
más nefastos escenarios que el futuro pudiese traer consigo. Durante
los primeros días pensé en esta posibilidad… que se ha cumplido. Y
preparé también una solución: me informé a conciencia, compré los
medicamentos, las jeringuillas, apunté las mezclas, las dosis…
deseando, rezando al Dios de Esther por no tener que emplearla jamás,
pero guardándola en un lugar seguro. Temblaba de sólo pensar que ese
momento pudiese alcanzarnos… ese momento que ya casi estaba aquí.

Imaginé cuáles debieron ser sus pensamientos justo antes de caer en
este pozo. Imaginé su frustración ante la indiferencia, el desprecio
que Dios hacía de sus oraciones, sus sentimientos, su fe. Imaginé
cómo éste desaparecía de su mundo interior, persuadida de que
siempre había estado equivocada, quedando en su lugar la devastación
del vacío, de la existencia materialista, absurda, sin sentido… o
tal vez fuese justo lo contrario: su fe era tan fuerte que su
cerrazón significaba la entrega absoluta a Dios, el deseo imparable
de unirse a Él. Jamás podría saberlo porque Esther ya no estaba
conmigo. Sólo sé que sufría, sufría, sufría sin pausa… No, el
momento había llegado. Habíamos chocado contra el límite
incompatible con la vida, y la lluvia seguía cayendo.

Me levanté de su lado y me dirigí a preparar las dosis, las de
ambos, que detendrían nuestros corazones, nuestro sufrimiento, para
siempre. Y mientras mezclaba aquellas sustancias en la cocina, recé
con todas mis fuerzas a Dios para que dirigiese mi mano con firmeza.

Para que nos liberase a los dos del Infierno en la Tierra.

 

8

 

Ya no sufre.
Ella ya no sufre.

El martillo golpeaba sobre la cabeza del clavo.

Esther ya descansa en paz, libre del dolor.
Libre de toda esta mierda, para siempre.

Con el dorso de la mano me secaba las lágrimas. Y seguía golpeando.

Es lo que ella hubiese querido. Para mí también.
Ahora está con su Dios.

Otro más. La segunda balda quedó clavada al marco de la puerta de
nuestro dormitorio.

Que ya nunca más lo sería.
Que ahora era el mausoleo para el cuerpo de Esther.

Descargué con fuerza, rabioso; que la intensidad de los golpes
igualase a la de los que llegaban de fuera.

Pronto estaremos juntos de nuevo, Esther. 
Como siempre, para siempre.

Las cuatro baldas quedaron firmemente sujetas, bloqueando la puerta.
Ya no podría abrirla por más que quisiera, por más que la
tentación me volviese loco por completo.

Todas las noches, hasta que me alcanzase el final, vendría aquí, a
arrodillarme frente a las baldas para rezar al Dios de Esther. A
suplicar con todo mi ser para que su voluntad protegiese su alma del
infierno que nos engullía.

Para que su cuerpo no formara parte de la lluvia de castigo.

Ya no podía comer nada sin vomitar. Mi estómago se había cerrado. A
duras penas podía beber y respirar el aire infecto, e intentaba
moverme lo menos posible para no agotarme aún más. Estaba entrando
en agonía, lo notaba en la propia sangre, cómo el fin corría hacia
mí, un animal salvaje e impío.

En la mesa del salón, la jeringuilla vacía de Esther descansaba
junto a la mía, llena del líquido incoloro hasta arriba. Estaba
apurando mis últimas horas de vida, lo sabía con rotundidad,
resistiéndome con vano sufrimiento al abrazo de la muerte, como
queriendo ser el orgulloso último testigo del Apocalipsis contra la
humanidad. La radio seguía hablando y hablando sin parar; cambiaban
los locutores, pero no la aberración, la locura inherente en sus
mensajes. Era tan increíble, dislocador e inhumano lo que decían,
que mi mente no lo podía asimilar de ninguna manera, como si se
tratase de un idioma extranjero. No podía creer que seres humanos
estuviesen diciendo todo aquello sin desmayarse o vomitar. Así que la
rabia me dio las fuerzas que me faltaban para agarrar la pequeña
radio y dirigirme con ella hacia la puerta del balcón. A través del
cristal vi la llanura sinuosa de cuerpos, que pronto alcanzaría
nuestra altura; los negros hilachos de moscas que los sobrevolaban sin
poder parar, como un humo furioso y vivo. Respiré profundamente dos
veces antes de contener la respiración y abrir de golpe la puerta. A
pesar de ello noté el hedor insufrible, intentando penetrar en mis
fosas nasales al tiempo que en mis oídos estallaba el colosal zumbido
de las moscas, como una gigantesca radial orgánica, y el chocar
húmedo de los cráneos, las quebraduras, los impactos secos… Lancé
con todas mis fuerzas el aparato de radio que fue engullido por la
lluvia en un instante. Rápidamente, me apresuré a cerrar la puerta,
pero por el rabillo del ojo algo en el balcón me llamó la atención.
Miré y vi el cuerpo de un chico, de unos siete años, sentado en una
postura rota, apoyadando la cabeza contra uno de los muretes del
balcón. No sé por qué, las cuencas aparecían como horadadas en la
carne. Sé que no podía verme, pero me miraba, eso lo sabía, como en
una iluminación de certeza. Del cráneo abierto colgaba masa
encefálica como un parche carnoso de pirata, al que se le hubiese
cortado la goma. Me sonreía. El niño, con sus labios muertos,
destensados, me sonreía…

 

*

 

Aquellos cuerpos maltratados, a los que se había negado el descanso
de la tumba; aquellas caras lívidas, torturadas tras la muerte,
empezaban a amontonarse tras la ventana del salón. Yo me sentía ya
como ellos, desfallecido, con el organismo a punto de colapsar. Sabía
que, en cuanto me tumbase, no podría volver a levantarme jamás. Pero
estaba contento. Contento, sí. Porque de entre mis delirios y
alucinaciones conseguí arrancar una solución para Esther y para mí.
La forma de que nuestros cuerpos no fueran dos gotas más en la lluvia
de castigo. Recé para que mis últimas fuerzas resultasen suficientes
para culminar mi labor.

Tomé una pila, un pequeño montón de los cientos de libros
desperdigados por el suelo, acumulados durante décadas por todas las
estanterías de la casa, y me dirigí hacia la puerta de nuestra
habitación, donde el fuego debía arder más voraz.

Ojalá todavía sigas allí, Esther.
Perdóname por ser incapaz de comprobarlo.
Perdóname por haber tardado tanto en encontrar una solución.
Espero que aún no sea demasiado tarde.

Empecé a arrancar las páginas a puñados y a meterlas bajo la
puerta, acumulándolas contra ella cuando ya no pude meter más.
Apenas terminé con los libros fui a por más. Y más, y más… miles
de páginas leídas, compartidas y comentadas con Esther, ahora nos
brindaban un último servicio, un acto de amor, como el abrazo de un
viejo amigo antes de despedirse para siempre. Cuando amontoné un buen
cúmulo de ellas frente a la puerta, que estimé suficiente, comencé
a retroceder por el pasillo, agotado, dejándolo alfombrado de
páginas y más páginas. Así seguí, cada vez más despacio; pero
seguí, durante horas, esparciendo el alma de los árboles vestida con
las ideas de los hombres, por toda la casa. Y mientras lo hacía
tenía que enjugarme las lágrimas, que en otro tiempo hubiesen sido
de dolor, pero que ahora eran de puro agradecimiento. Después fui a
por el bote de alcohol del cuarto de baño. Comencé a mojar el
montón de hojas frente a la puerta de Esther. Se terminó pronto,
así que me dirigí a la cocina a por una de las garrafas de aceite
que nos quedaban, y proseguí empapándolo todo, en zig-zag por los
pasillos y habitaciones. El piso debía convertirse en un inmenso
horno y, tal como lo había dejado, no dudé en que así sería. Al
final, reservé algo de aceite para embadurnarme la ropa con ella.
Calculé que me daría tiempo, que cuando el fuego alcanzase el
salón, la dosis ya me habría matado. Eso esperaba.

Ahora, mi momento había llegado. Siempre imaginé que no podría dar
ese paso en el instante de la verdad, que la emoción se impondría a
la sangre fría, que mi mano flaquearía al ir a empujar el émbolo,
rindiéndose. Pero no fue así cuando inyecté a Esther; nada de eso
ocurrió. Porque lo que no podía imaginar entonces es que la vida
pudiese quedar reducida a un sufrimiento tan atroz, tanto como para
convertir a la muerte en la solución más deseable. Sonreí al pensar
que, en unos minutos, terminaría todo… Me agaché a coger una
página aceitosa y saqué mi mechero del bolsillo. Hice una bola con
ella y le prendí fuego, lanzándola lejos de mí. La llamarada brotó
como un surtidor del suelo, y se expandió en una sábana de gas
anaranjado. Entré en el salón y cerré la puerta. Daría tiempo a la
dosis.

Al girarme, me sobresalté ante la visión; la mano se me aferró al
pecho, como si el corazón hubiese querido devorarse a sí mismo.
Porque la masa de cuerpos que se comprimía fuera contra los cristales
se movía. Los ojos muertos miraban, las manos, las caras se
arrastraban por la superficie transparente con sus muecas grotescas.
¿Se estaban riendo algunas, sufriendo bajo el peso otras? Vi
abdómenes, piernas, brazos retorciéndose, cambiando de posición
dentro de la aplastada ola de carroña. Habían cobrado vida, o algo
colosal estaba buceando por el mar de carne, generando estas ondas que
transmitían la apariencia de vida a los muertos.

El olor a humo me sacó del trance.

Concentré mi pensamiento en los pequeños pasos a seguir, tal y como
los había memorizado y ensayado mentalmente docenas de veces. Tal
como los practiqué con Esther. Me senté en el sofá y me arremangué
el brazo izquierdo. Intenté no escuchar el rumor amortiguado que
llegaba de fuera; era el de siempre, pero traía algo más. Palabras
sueltas, frases cortas… estaban hablando. Estaban tratando de
decirme algo. Pero no los miré. No me importaba lo que fuera. Pasos,
los pasos. Cogí la jeringuilla, estaba vacía. Me había equivocado,
cogiendo la de Esther. Entendí. Una de las palabras, ¿había sido
una palabra? ¿o interpreté un ruido? Da igual, fuera de mi mente.
Con mano temblorosa agarré mi jeringuilla, le quité el capuchón.
¿Alguien ha gritado en el pasillo? Compruebo el líquido cristalino.
Dejo la jeringuilla sobre la mesa y me busco la vena con los dedos.
Otra palabra. ¿Ésa sí lo era, verdad? Ahora no puedo fallar. Recojo
la jeringuilla y acerco la aguja a la vena. La punta tiembla. Respiro
hondo. Huele a humo, a putrefacción. Clavo la aguja. Aprieto el
émbolo con el pulgar. Siento el fino, agudísimo dolor del líquido
entrando. Ya está Esther, cariño, ya está. Escucho un extraño
sonido. Aprieto fuerte los párpados. El émbolo sigue bajando, hasta
el final. Cesa el dolor agudo y retiro la aguja. Espérame Esther, ya
llego contigo. El brazo me arde por dentro. Me reclino en el sofá,
replegando mi brazo izquierdo contra el pecho. Quiero mantener los
ojos cerrados, pero algo me obliga a abrirlos. Veo las caras y en
ellas las desdentadas bocas como pozos. Hablan. Todo se nubla,
lentamente. Escucho ruido como de agua dentro de los oídos, pero a
través del ruido, entrando como una lanza llega esa larga frase que
sale de sus bocas. Y comprendo sin quererlo comprender. No puede ser
que hayan dicho eso… Qué débil me siento. ¿Por qué no puedo
moverme? Esto es morir, entonces… no es agradable, no es como…
dormir, no. Ardo por dentro. Me hundo en mí mismo. El mundo se aleja,
se disuelve en negro; pero sus voces se acercan, como en una lenta
avalancha, más y más próximas sus palabras, cucarachas que entran
en mi cabeza con su mensaje incontestable…

Revelador.
Nítido.
Cercano…

 

*

 

Todo es oscuridad. Mi cerebro debe estar muriendo, ¿o estoy muerto
ya? Siento mi mente fragmentada, confusa, ilógica. Sus ideas y las
mías se entremezclan, no puedo distinguir entre ellas. Hablo con sus
voces, y ellos hablan con la mía. Me han mostrado cómo se siente el
mundo sin ser dirigido por un ego encerrado en una persona. La carne
es una prisión pero la mente procede de la actividad de la carne.
Qué odiosas, indescriptibles sensaciones. Me gustaría pensar que
vuelo en el torbellino de una inmensa pesadilla; pero no, sé que esto
es algo bien distinto, crudo… ¿Estoy muriendo, verdad? Atisbo entre
la confusión lo que la realidad es sin mí, la verdad objetiva que
tanto busqué. ¿Por qué hacen eso? ¿Estuvieron siempre aquí,
ocultos? Siento que morir es mucho más angustioso de lo que jamás
imaginé. Frío. Absurdo. Tanta soledad… Me estoy disolviendo y no
hay nada ni nadie humano conmigo en este último segundo tan
importante; tan, tan importante… suplico porque Dios esté también
ahí y me esté escuchando. ¿Por qué les sacan… eso del cuerpo?
¿O se lo están introduciendo? ¿Qué… qué es todo aquello, Dios
santo? ¡Dejadlo en paz! ¡Dejadlos en paz ahora! Oh Dios, si estás
ahí por favor… apiádate de mí. No les permitas eso… eso no es
posible en tu Reino. Dios, los escucho a ellos pero a ti no. Acoge mi
alma, por lo que más quieras, no les permitas acercarse…

Dios mío por favor, tienes que ayudarme…
Están aquí.
Están aquí dentro…
Dios… no lo permitas…
¡Ayúdame!
¡Ayúdame!

 

*

 

Las olas de cuerpos rompían contra los edificios silenciosos y
después retrocedían, en una infinita resaca de corrupción
orgánica. La brisa que acompañaba era una nube de moscas negras.
Millones de brazos, de manos sin fuerza, millones de pechos sin aire,
millones de abdómenes blancuzcos, amarillentos, millones de piernas
que ya nunca andarían, millones de caras privadas del sueño eterno,
con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, entremezclándose en las
mareas de un mar creciente que desbordó los límites de los
suburbios, expandiéndose en una lenta avalancha de cadáveres que fue
tomando los campos, en busca de la unión con otros mares para
conformar el océano que cubriría el mundo y sus viejos pecados;
mientras, la lluvia seguía cayendo…

Cayendo sobre el océano de carne de la humanidad.
puntos 7 | votos: 7
Lluvia de castigo (parte 1) - Recuerdo perfectamente el día en el que todo comenzó, como si fuese
ayer: volvía del trabajo a casa, a la hora de comer, conduciendo con
la cabeza cargada de pensamientos. Ideas acerca de mi tambaleante
relación con Esther. En las últimas semanas la tensión entre
nosotros había ido creciendo hasta llevarnos casi a un punto de
ruptura. ¿Y por qué? Por mi negativa a ser padre. Desde siempre,
desde el primer momento de la relación, le dejé claro que jamás
traería un hijo, mi ser más querido, a este mundo de mierda. Y ella
estuvo de acuerdo, pensaba igual que yo; pero han pasado muchos años
desde entonces y todos hemos cambiado, madurado en un sentido u otro.
Ahora, activado repentinamente como un resorte, su instinto maternal
lo impregna todo. Ser madre es su mayor deseo y yo no soy quién para
arrebatarle ese derecho; de igual forma que ella no puede negarme el
mío a no serlo. Así estaban las cosas.

Estacioné el coche junto al parque donde solía hacerlo todos los
días y salí para dirigirme a casa. Envuelto en mi asumido fatalismo,
caminaba con desgana por la acera cuando escuché un fuerte golpe a
mis espaldas. Sobresaltado, me giré de inmediato, y no tardé en
descubrir que había sido el capó de mi coche el que lo había
recibido. Presentaba una abolladura notable en su centro, se había
saltado la pintura. La sorpresa fue cediendo el paso a la rabia; miré
frenético por todos lados buscando culpables. En unos segundos me
percaté de lo que había golpeado mi coche: era un fémur humano,
tirado junto a la puerta del conductor.

Pestañeé varias veces sin poder creerlo. ¿De verdad era un fémur?

Me agaché para poder verlo más de cerca y, cuanto más aproximaba la
cara, más evidente resultaba que, en efecto, así era. Amarillento,
de aspecto rancio y como corroído… sólo podía ser lo que
parecía. De nuevo miré frenético alrededor, esta vez temiendo por
mi propia vida —¿quién podría haberme lanzado un hueso
humano?—. Pero no vi ni escuché a nadie. Tampoco había ningún
edificio, ningún sitio de donde lanzar el hueso y esconderse con
facilidad; el espacio era demasiado abierto en torno a mí… y eso me
asustó aún más.

Marqué atropelladamente el número de la policía y les conté como
pude lo que acababa de ocurrirme. Temí que no me creyesen, que se
riesen o mosqueasen conmigo. Pero no; tras tomarme los datos el agente
al otro lado me dijo que estarían ahí en minutos. Así fue. Del
coche patrulla se bajaron cuatro agentes, dos de ellos vestían trajes
blancos de esterilización y pronto comenzaron a sacar fotografías,
tomar muestras de la pintura, de alrededor del hueso… mientras los
otros dos me tomaban una declaración rápida. Todo me resultó
extremadamente fugaz, casi irreal, supongo que a causa de mi enorme
confusión. Cuando terminaron conmigo volvieron a su coche, deprisa,
tanto… que apenas sí tuve tiempo de preguntarles qué podía
significar todo esto. El conductor me dirigió una mirada comprensiva
antes de despedirse con una frase que explicaba en parte su urgencia
pero que me dejó aún peor de lo que ya me encontraba: «Están
cayendo por todas partes».

Iba subiendo por las escaleras, pensando en lo que iba a decirle a
Esther para explicar mi tardanza. Mis palabras sonarían como una
excusa pueril, estúpida, ridícula. ¿Sabes qué, Esther? Me acaba de
caer un fémur humano en el coche y me lo ha abollado. He tenido que
llamar a la policía y… ya me imaginaba la cara que me iba a poner.
Pensaría que me estaba burlando de ella y de todo su árbol
genealógico, intentando ocultar quién sabe qué cosa imbécil,
impropia de un hombre adulto y maduro.

Entré en el piso tragando saliva, dirigiéndome hacia el salón por
el pasillo como si éste se hubiese transformado en mi corredor de la
muerte particular.

—Buenas —dije. Ella estaba viendo la televisión.

—Hola —susurró, sin mirarme.

—No te vas a creer lo que me… —comencé, pero ella me mandó
callar con un rápido gesto del índice sobre los labios. Estaba
absorta con lo que decían en las noticias. Así que guardé silencio
y, curioso por saber qué le causaba tanto interés, yo también
presté atención a la pantalla.

Lo que estaban diciendo era que por todos los países del mundo, por
zonas rurales y urbanas, dispersos pero no escasos, estaban lloviendo
huesos humanos. Cráneos, húmeros, costillas, fémures, tibias…
Lloviendo huesos humanos. Eso fue justo lo que dijeron.

Las imágenes mostraban a personas junto a los huesos caídos
explicando lo que habían vivido, videos de baja calidad tomados con
móviles siguiendo el descenso desde los cielos de un hueso girando
sobre sí mismo. Los destrozos causados por algunos en distintos
elementos de la ciudad. Escenas de ataques de pánico. Niños llorando
al ver a sus madres llorar.

Sin darme cuenta, yo también estaba temblando.

 

2

 

Me envolvió la sensación, la absoluta certeza, de estar viviendo un
hecho extraordinario; algo que ocurría por primera vez en la historia
del mundo. Como el rumor de la Tierra que precede y anuncia la llegada
de un terremoto devastador, una profunda zozobra comenzó a crecer en
mi interior, intuyendo que esto era solamente el macabro preludio del
terror inimaginable que se cernía sobre nosotros. A mi lado, Esther
susurraba frases de incredulidad ante lo que escuchaba y veía en la
pantalla.

—Esto tiene toda la pinta de ser un acto terrorista, algo de guerra
psicológica como en la antigüedad, cuando se catapultaban cabezas y
cadáveres por encima de las murallas de los asediados. —Empecé
también a pensar en voz alta, creo que para evitar que la tensión me
reventase por dentro. Dar una explicación lógica a algo que no
aparentaba visos de tenerla en modo alguno.

—Pues yo creo que esto tiene que ser obra de Dios… o del Diablo
—dijo ella, casi en un lamento.

Esther siempre ha sido una fiel creyente, circunstancia que motivó
durante años interesantes conversaciones y alguna que otra discusión
al ir pendulando yo entre un humilde agnosticismo y el ateísmo más
radical, según la época y mi necesidad de apoyo espiritual para
poder sobrellevar la vida. Desde hace tiempo creo que Dios ya no
cuenta conmigo para su lista de elegidos.

—No. Existen muchas otras razones más sencillas y verosímiles que
habría que descartar antes de que pudiésemos hablar de la mano de
Dios —dije, y ella me miró alzando una ceja—. Podría ser una
manipulación más, orquestada por los gobiernos y sus medios de
comunicación —en este momento recordé la abolladura de mi coche,
pero proseguí—, o algún extraño fenómeno dentro de las leyes de
la naturaleza. Incluso veo más factible que esto sea la primera fase
de una invasión por civilizaciones alienígenas que estén usando
nuestras estúpidas y arcaicas creencias contra nuestra estabilidad
mental.

—Lo de estúpidas creencias no lo dirás por las mías, ¿verdad?

—No lo digo por ti. Lo digo en general. —Se estaba enfadando.

—Ya, pero yo entro en ese general —bufó—. De momento, tus
causas tienen tanta validez como las mías —Sacudió la cabeza en
incrédula negación—. ¿Realmente crees que esto está organizado
por el hombre?

—Peores cosas se han visto.

—¿Como cuáles?

—Como las Guerras Mundiales, como los auto-atentados para justificar
lo injustificable… entre otros muchos horrores caníbales. Siempre
nos hemos organizado estupendamente para acabar los unos con los
otros.

—Esto… es diferente —Apoyó su pequeña cara sobre una mano,
mirando de soslayo al televisor—. Dios está intentando decirnos
algo.

Los creyentes no suelen usar la lógica ni el empirismo; niegan de
forma natural las evidencias en contra de sus creencias y te culpan
cada vez que entras con una luz en la oscuridad, su amada oscuridad.
Un creyente es, en esencia, un adorador del misterio, de lo oculto, y
lo necesitan como el adicto necesita la sustancia que lo mantiene
flotando. Es tan sencillo como eso.

—Pues yo creo —dije suavemente— que referirse a lo sobrenatural
es poner de manifiesto que se niega, que no se puede asimilar nuestra
naturaleza humana, su faceta perversa, orientada a la maldad. Si Dios
quiere decirnos algo… ¿por qué no lo dice claramente y punto?,
¿por qué hay que estar siempre intentando clarificar si el mensaje
es X o es Z y, encima, indagar si es Él o no quien lo expresa?

Esther me clavó la mirada, obviamente molesta.

—Muy bien. Imaginemos que vosotros, los escépticos, los
incrédulos, estáis en lo cierto. Imaginemos que Dios no existe, que
todo es una mierda mecanicista y que el hombre es un gusano hijo de
puta capaz de todo con tal de engordar, sobre todo si es a costa de
los demás. Supongamos que tenéis razón en todo, pero… ¿por qué
os alegráis de que las cosas sean así?, ¿por qué os consideráis
más inteligentes, evolucionados, que los creyentes?, ¿de dónde os
viene ese aire de superioridad, ese regodeo en la crudeza, esos deseos
de destruir las equivocadas creencias de los demás?

—Yo no me considero más inteligente que tú, ni estoy especialmente
contento porque las cosas sean así. Pero en la vida pocas cosas hay
que causen más daño que una creencia equivocada. Además, sois
vosotros los que os sentís moralmente superiores a nosotros, por no
hablar de ese paranoico complejo de persecución que ostentáis a la
mínima ocasión. Y luego somos nosotros los malos, los diabólicos;
pero las religiones han causado más guerras de las que se pueden
contar, y la Inquisición se hinchó a quemar a gente viva. Me
pregunto qué pensará Dios de todo eso —concluí.

Ella se levantó del sillón con un bufido de cansancio.

—Mira, por lo que a mí respecta, puedes seguir creyendo lo que
quieras. Está claro que no nos vamos a persuadir mutuamente ni vamos
a sacar nada de esto. Sólo déjame decirte que os veo francamente
limitados para aprehender el universo en su grandeza, ciegos a las
razones más allá de la Razón, encerrados y orgullosos de estarlo en
vuestras trampas lógicas que poco tienen que ver con lo que ocurre
ahí fuera.

—Muy bien, Esther, pues peor para mí entonces. Me alegro de que os
sintáis queridos por Dios y siendo Uno con el universo. Ojalá yo
pudiese también.

Durante unos minutos quedamos en silencio, mirando lo que nos ofrecía
el televisor.

—¿Qué crees que debemos hacer? —dijo al fin, ladeando la cabeza
para referirse al suceso probablemente más extraño acontecido en la
Tierra.

Llevaba un rato pensándolo, así que las palabras fluyeron solas:

—Después de comer, voy a hacer lo que se suele hacer siempre en
caso de incertidumbre extrema.

—¿A qué te refieres? —Sus ojos negros me miraron con interés.

—Voy a comprar y traer tanta comida y agua como sea capaz de cargar.

 

3

 

En los días siguientes el mundo estaba en plena ebullición de
noticias. Yo iba a mi trabajo y volvía, por todas partes no se
hablaba de otra cosa. Los gobiernos al unísono se apresuraron a
emitir comunicados tranquilizadores, intentado evitar que el pánico
se extendiese en una deriva hacia el terror. Decían básicamente que
se trataba de un extrañísimo fenómeno meteorológico en estudio,
similar a esas lluvias de piedras o pequeños animales que han quedado
recogidas en la historia. Pero por la red numerosos grupos de
investigadores independientes ya lo estaban desmintiendo. Y en
diferentes partes del mundo, llegaban a dos conclusiones idénticas:
los huesos caían desde una altura de cuatro kilómetros, sin importar
el punto geográfico donde se recogiese el dato. Estos no caían sólo
desde las nubes —como parecían afirmar los gobiernos—, sino que
aparecían de la nada, a pleno cielo descubierto, como vomitados por
bocas invisibles, pero siempre desde esa línea de los cuatro
kilómetros. La segunda conclusión es que las pruebas revelaban que
la antigüedad de los huesos en ningún caso era inferior al millón
de años.

Por todo el globo se estaban produciendo grandes movimientos sociales,
de carácter religioso en especial. Las epifanías y mensajes
apocalípticos se sucedían. Las comunas beatíficas vieron crecer el
número de sus integrantes de forma espectacular: lo dejaban todo y se
iban a los campos a orar, a cantar la Buena Nueva, la segunda llegada
del Mesías. Otros grupúsculos sectarios se conformaron de la noche a
la mañana, como setas venenosas tras una lluvia tóxica; y ya
comenzaban a crear disturbios e incluso casos de suicidio ritual
colectivo. Además, la frecuencia de caída de los huesos, lejos de
disminuir, estaba aumentando. Era evidente hasta a simple vista;
Esther y yo pudimos ver desde la ventana de nuestro salón —que daba
al parque y, por lo tanto, permitía una amplia vista sin edificios—
caer no menos de tres o cuatro. Nos envolvía una terrible, macabra
fascinación: ¿era esto el preludio de nuestra muerte?, ¿el fin de
la humanidad?

—Tengo… tengo miedo, Juan —tartamudeó, mientras miraba al
exterior—. Toda esta situación me tiene… descolocada. No sé qué
pensar, no sé si el mundo se ha trastornado por completo. No sé qué
será de nosotros…

—Yo también estoy asustado, cariño —Le cogí la mano—. Todos
estamos igual; nadie sabe por qué está ocurriendo esto ni entendemos
qué puede significar. Debemos tener paciencia y esperar a que se
resuelva, sea lo que sea.

Esther negaba con la cabeza, como resistiéndose a mis
bienintencionados pero evidentes intentos de transmitirle
tranquilidad. Yo la conocía bien, no era una de esas personas que se
dejan persuadir con facilidad, que incluso parecen estar deseándolo.
Y nunca le gustó que la tratasen como a una niña pequeña.

—Creo que Dios nos está castigando.

Cuando las cosas pierden sentido, o son duras de asimilar, Dios
aparece por la puerta.

—¡Venga ya, Esther! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que tú y yo nos
merecemos que nos bombardee con huesos humanos? ¿Qué hemos hecho tan
terrible, que no puedo recordar? Aparte de trabajar como cabrones,
pagar impuestos y no saltarnos las leyes… ¿tan malos somos? Y los
niños, los enfermos, la gente normal que sólo cometen el pecado de
querer vivir en paz un día más… ¿también se lo merecen? —Me
crucé de brazos, esperando alguna respuesta racional.

—No nos castiga como individuos, sino como especie… Tal vez sólo
quiera abrirnos los ojos, que despertemos de una vez.

—Ah, vale… entonces es que es indiscriminado; lo sabe todo de
todos pero no diferencia a nadie. Vaya, Esther, pues siento decir que
tu Dios no se aleja demasiado de cualquier terrorista, según parece.

Me lanzó una mirada de hierro antes de responderme.

—Juan, haz el favor de no blasfemar con tanta facilidad. Tú sabes
perfectamente lo que quiero decir; no tergiverses para atacar
gratuitamente.

—No ataco por atacar, Esther, sólo intento desmontar una idea sin
base de ninguna clase, bastante ridícula.

—Será ridícula para ti —replicó, como un disparo.

—Además, he notado un cierto respeto en tu voz cuando decías
«blasfemar»… No temas su ira; pongamos que tienes razón y que Él
existe, ¡ya nos está castigando! ¿Qué más has de temer?

Esther me miró como un niño travieso pillado in fraganti.

—Reconócelo, Juan: tú no creerías en Dios ni aunque lo vieses
aparecer entre las nubes. Te gusta demasiado sentirte intelectualmente
superior, blandiendo tu lógica como una espada de palabras. Él está
por encima de eso. Él lo creó todo, incluyendo tu obcecado cerebro.
Y sus designios son inescrutables, por definición.

—De acuerdo, cariño. Yo soy un chulo y un pedante, lo acepto. La
mayor dificultad para conversar con alguien de creencias muy
arraigadas, como tú, es la poca receptividad a escuchar otras
teorías alternativas. Por eso, me gustaría que al menos tomases en
consideración esas otras ideas. Seguro que te enriquecen, incluso
aunque no fuesen ciertas.

—Yo no soy ninguna fanática, sólo te digo lo que sinceramente creo
—Se recogió parte de su melena negra tras la oreja—. Muy bien,
imaginémoslo al contrario: tú tienes razón y la mano de Dios no
está tras lo que está ocurriendo… dime, ¿qué explicación le
encuentras a que lluevan huesos del cielo?

Me gustó que quisiera escucharme.

—Pues verás —comencé—, pienso que debemos partir de dos
hipótesis para explicar las causas: la primera, Interna: esto está
siendo obra del hombre, de los gobiernos. Una manipulación más para
dirigirnos como el inmenso rebaño que somos hacia donde les convenga,
como con los ataques de falsa bandera y el fenómeno O.V.N.I. en el
pasado. Seguro que pronto nos meten a todos en campos de
concentración blindados, dirán que para nuestra «protección», por
«seguridad»… eliminando tantos derechos adquiridos… En el fondo,
lo que quieren es sacrificar gran parte de sus cabezas de ganado, pues
el rebaño se ha vuelto demasiado grande, e incontrolable.

—Eso suena muy conspiranoico, ¿no? —Se sonrió, un tanto
burlona—. Muy Nuevo Orden Mundial, Illuminatis… pensaba que tú no
creías en esas cosas. —Me guiñó un ojo, devolviéndome la pelota
de la «puerilidad de las creencias».

—Y realmente no creo en ello a pies juntillas, pero es una
probabilidad que está ahí; ¿por qué habríamos de descartarla?
Muchas pruebas son incontestables, y eso no tiene nada que ver con lo
que uno cree.

—Habría que ver también quién presenta esas pruebas, cómo y si
no es otra manipulación más, a su vez —añadió Esther.

—No te diré que no —le reconocí—; pero que los gobiernos nos
engañan y manipulan desde que existen es una obviedad fuera de toda
discusión. La segunda hipótesis es Externa, menos probable para mí
que la primera, pero tampoco descartable. La lluvia de huesos puede
estar causada por entidades no humanas, de fuera de la Tierra o
incluso de otras dimensiones…

—¡Ésa sí que es buena! —Esther se carcajeó con ganas, como no
lo había hecho desde que empezó la pesadilla—. ¿De otras
dimensiones dices? Un poco alucinante, ¿no te parece?

—Sí, claro, pero es otra opción no desdeñable. Los huesos
«aparecen» de la nada, a cuatro kilómetros de altura, ¿recuerdas?
¿Eso te parece normal, natural, explicable?

—Suponiendo que lo que dicen sea cierto, no lo olvides.

—De acuerdo, suponiendo que sea así. Fíjate, Esther, ¿te das
cuenta de tu resistencia a aceptar esa mera posibilidad? ¿Ves cómo
te parece una infantilada propia de las pelis para críos? Tal vez es
justo lo que pretenden que creamos, y llevan trabajando en ello muchos
años, con buenos resultados, evidentemente. Tu reacción es un claro
ejemplo, y seguro que es mayoritaria en la sociedad.

Esther bufó, mordiéndose el labio inferior y negando con los ojos
mirando hacia los cielos, como pidiendo fuerzas a su Dios para
soportar tantas tonterías.

—Bien, sigamos con tu hipótesis —Parecía divertida—. ¿Y por
qué esos seres del espacio exterior no llegan y directamente nos
destruyen, nos esclavizan, nos devoran o lo que diablos se suponga que
quieren hacer con nosotros? ¿Para qué tantos rodeos? Parece que no
es sólo mi Dios el que actúa con claves —Me miró con sorna,
ladeando la cabeza, sabedora de su gancho a la barbilla dialéctico.

—Ni tan siquiera te estoy diciendo que yo piense que ésa sea la
causa —me defendí—, sólo te pido que valores la hipótesis, la
idea… Cuantas más aportemos, más cerca estaremos de…

Esther gritó de repente.

—¡Mira, mira! ¡Ven rápido! —Con los ojos como platos, estaba
señalando a través de la ventana.

—¿Qué pasa? —Me alarmé, mientras corrí hacia ella.

Se escuchó un fuerte impacto seco de algo rompiéndose en la calle.
El sonido llegó perfectamente hasta nuestro segundo piso.

—¡Lo he visto! ¡Lo he visto caer! —Estaba acelerada—. ¡Era
como un costillar, Juan! ¡Mira! ¿No lo ves allí, junto a la señal
de prohibido?, ¿aquello blanco?

En efecto, había unos fragmentos blanquecinos junto a la señal, como
un arpa de hueso rota. Los huesos de un costillar, desperdigados.

—¡Qué horror, Juan! —gimió, girándose para abrazarse a mí.

La estreché contra mi cuerpo, apoyando la mejilla sobre su cabeza.

Mientras observaba cómo algunos curiosos se acercaban hasta aquellas
costillas rotas, sentí que la inmensa boca del Infierno se abría
ante nosotros.

 

4

 

Durante la semana, los hechos se precipitaron día a día, con
creciente velocidad, como una bola de nieve echada a rodar ladera
abajo. El mundo se convulsionaba con noticias extraordinarias que se
habían vuelto cotidianas. Ahora lo normal era asomarse a la ventana y
ver caer, cada pocos minutos, algunos huesos aquí y allá; su
frecuencia seguía aumentando progresivamente, sin diferencias
significativas en ningún lugar del mundo. Aunque sí se había
detectado un incremento considerable en las grandes zonas urbanas
respecto a las más despobladas.

Los gobiernos se unieron a la corriente de los investigadores de la
red, a su línea de información —como si nunca antes la hubiesen
desprestigiado con mil artimañas—. Afirmaron que los huesos eran
humanos, y que el más reciente de los estudiados databa de unos cien
mil años atrás. Se habían creado unidades especiales del ejército
dedicadas a la recogida de estos restos. En los primeros momentos
pudimos verlos clasificándolos en bolsas, escribiendo datos en ellas;
pero ante la magnitud de la tarea y la creciente intensidad de la
lluvia, pronto se limitaron a limpiar las calles con la mayor
celeridad posible, como si de un cuerpo de barrenderos forenses se
tratase. Ya se contaban por centenares los muertos debido a impactos
de hueso a lo largo y ancho del planeta. Desde los medios se
recomendaban medidas de protección para salir a la calle, y pronto
los cascos y paraguas reforzados fueron una prenda de vestir más. El
mundo vibraba, aguantaba la respiración, sobrecogido en un
estupefacto estado de shock.

Esther lo llevaba cada vez peor, no podía asimilar la deriva que los
acontecimientos estaban tomando. Se estaba desquiciando, y sería
injusto culpabilizarla por ello. Desde mi opresión, yo intentaba
mantener un mínimo de equilibrio y cordura, una pequeña luz de
esperanza en que la lluvia cesase de una vez y que el mundo volviese a
ser el horror que ya conocíamos, no esta aberrante, nueva pesadilla.
Aunque lo cierto es que mis ideas no podían ser más negras y
depresivas.

Tras la cena, que apenas tocó, Esther volvió a su verborrea
neurótica. Se estaba desesperando en la búsqueda de un sentido, en
descifrar el mensaje que Dios nos enviaba desde el cielo. Yo empezaba
a pensar que, tal vez, no hubiese ningún sentido tras el fenómeno.

—¿Te das cuenta? —comenzó Esther, mientras recolocaba la
mesa—. Nos está arrojando huesos desde el pasado más remoto para
acercarse poco a poco a nuestro tiempo. ¿Qué quiere decir eso? ¿Nos
está reprochando el que hayamos olvidado a nuestros muertos, a todos
los que sufrieron para que hoy estemos aquí? ¿O será un castigo por
enterrar tantos crímenes en el olvido, y seguir cometiéndolos de la
misma manera, como si no aprendiésemos nada de ellos?

—¿Qué importa, Esther? —le contesté—. ¿Qué importa que sea
por una u otra razón por la que nos castiga así? Ya ha matado a
cientos, y no parece que le sean suficientes.

—Pero, tal vez si descubrimos justo lo que quiere de nosotros y
comenzamos a actuar así, detenga esta lluvia de muerte. Cuando le
demostremos que hemos aprendido la lección al fin.

—¿Cómo actuará Él si no descubrimos la respuesta a su retorcida
adivinanza? ¿Pretende convertir el mundo en un cementerio silencioso,
cubierto de huesos? Vaya un Dios vengativo que tienes, no sé ni cómo
puedes creer en Él.

Esther obvió mi envenenado reproche.

—No, yo no lo veo así, Juan. Él es nuestro Padre, y actúa como
tal, siendo incluso duro cuando es preciso serlo. Nos dio la libertad
y mira lo que hemos hecho con ella… Tal vez haya llegado el momento
de recibir nuestro correctivo, sin el cual es seguro que acabaríamos
cayendo en el abismo de nuestra autodestrucción.

—No existe locura que no encuentre su justificación —casi
suspiré.

—¿Me estás llamando loca? —preguntó, con los brazos en jarras.

Me pasé la mano por la cara, como si me la quisiera borrar, antes de
contestar.

—No, cariño. Sólo digo que hasta la más disparatada creencia
tiende a revestirse de una justificación pseudo-lógica que la
permita presentarse en público con aspecto racional, aunque en
esencia sea un completo sin sentido.

—Puedes pensar lo que quieras… —Desvió la mirada hacia la
lluvia intermitente del exterior.

—O sea… que tú verías normal, por ejemplo, que yo castigase a mi
hijo golpeándole hasta matarlo, aunque supiese desde sus primeras
lágrimas que él no entendía por qué lo castigaba, ¿no? ¿Así
piensas?

—Una vez más, tergiversas, atacas, sin querer comprender
—suspiró, alisándose la blusa—… Está bien, Juan. Ha sido un
día duro, me voy a la cama. Buenas noches —dijo, sin mirarme,
cruzando la puerta.

—Buenas noches, pronto iré yo también —solté, casi como una
frase hecha.

Sé lo que a ella le hubiese gustado, lo que esperaba de mí, como
casi todas las mujeres: que me anticipase a sus deseos y actuase
conforme a ellos, sin una sola palabra, sin preguntas, como prueba
definitiva del conocimiento de su alma y mi amor por ella. ¿Cómo no
conocer este viejo juego teatral y sus reglas? Ella esperaba mi
comprensión, un mayor acercamiento a su credo, que rezásemos juntos
por el fin de la pesadilla. Dios sería una mujer si existiese, estoy
seguro. Lo siento, Esther, nunca tuve vocación de actor, de
interpretar un papel en las antípodas de mis ideas y sentimientos.
Siento haberte defraudado. A mí también me hubiese gustado que
comprendieses la absoluta desolación de quien no tiene dónde
agarrarse.

Me quedé a oscuras en el salón observando por la ventana el caer de
los huesos, recortándose contra las estrellas.

 

5

 

La lluvia no cedía. Más al contrario, parecía que cada día llovía
con más fuerza que el anterior. Los huesos se iban amontonando a los
lados de las calles, sin que el tiempo diese abasto para su retirada.
Algunos grupos de voluntarios —los «limpiamuertes», se les dio en
llamar— intentaban facilitar la labor del ejército acumulando las
osamentas en determinados puntos, como impíos altares levantados en
honor a algún dios del averno. El trauma se extendía como una
fiebre, imposible de parar. Estábamos perdiendo lentamente la cabeza,
los referentes, los nervios… sometidos a esta incertidumbre
sobrenatural de visos apocalípticos. El colapso, buscado o no por
quien estuviese detrás de todo esto, se veía venir. Para colmo,
estaban diciendo que los últimos huesos recogidos y estudiados
databan de hace unos dos mil años. Y muchos presentaban huellas de
violencia, signos de tortura… esos detalles morbosos vomitaban las
pantallas, como si no tuviésemos suficiente mierda encima con todo lo
que nos caía sobre las cabezas.

—¿Lo ves? —dijo Esther, con sus ojeras cada vez más oscuras,
profundas—. Dios nos castiga con los restos de nuestros crímenes,
para que no olvidemos tanto mal causado… ¿Te das cuenta, Juan?,
¿de todos los millones de inocentes muertos por nuestra propia mano,
por nuestra locura?

La escuchaba, una vez más su beatífica perorata, a la que se
agarraba su mente como si allí fuera a encontrar la salvación; y
escuchaba el golpear de los huesos en la calle, ahora constante, sobre
los coches, los tejados, sobre cada objeto a la intemperie, como mazas
orgánicas de lo que una vez fueron personas… Deseé estar muerto,
como ellos. Lo confieso.

—Esther… eso no puede ser —dije, realmente cansado—. Aunque
nos arroje a todas las víctimas inocentes de la historia encima,
simplemente, no puede ser…

—Tal vez, no sean sólo los asesinados de forma premeditada y
violenta, sino todas las personas que han muerto en el mundo desde que
el hombre existe. Tal vez esté vaciando los cementerios, las fosas
comunes, sacando fuera todo lo que está bajo tierra… mostrando lo
que somos en realidad una vez despojados del regalo de la vida, sin
parar hasta que nosotros cambiemos. Hasta que creamos en Él.

—Ni siquiera así, Esther… ¿cuántos miles de millones han muerto
desde el origen? Yo no lo sé pero, sean los que sean, es imposible
que sean tantos como para cubrir no sólo las ciudades del mundo, sino
la inmensidad de la Tierra, como parece estar ocurriendo.

Dio unos pasos por el salón, nerviosa, como buscando los asideros
para que su teoría no se hundiese por completo, junto a ella.

—A lo mejor los está multiplicando, como los panes y los peces, con
tal de que comprendamos, al fin…

Guardé silencio, agotado de pensar en vano. Me pulsaban las sienes.
Notaba cómo el estrés recorría también mi cuerpo. La sensación de
impotencia, de no poder hacer nada significativo por cambiar nuestra
suerte era total. ¿Qué pueden hacer dos personas para detener el
Apocalipsis?

Esther miraba a través de los cristales, llorosa.

—Puede que nos esté castigando a ti y a mí, por no haber tenido un
hijo. Creced y multiplicaos… —dijo, casi para sí misma.

El reproche, siempre ahí clavado, como un oxidado cuchillo ritual de
los Incas.

—No me vengas otra vez con eso, Esther —rogué, hastiado—.
Pensar que lo que sucede en el planeta depende de lo que tú y yo
hagamos… es de un egocentrismo solipsista extremo…

Ella callaba.

—¿Te imaginas lo que hubiese sido tener un hijo? —proseguí—.
¿Te gustaría que nuestro hijo estuviese por aquí ahora, siendo
víctima junto a nosotros de esta locura? A veces pienso que, no
trayéndole a este mundo de mierda, lo he querido y respetado mucho
más que tú.

Esther se giró hacia mí, con ojos sorprendidos, furibundos…

—¿Qué coño estás diciendo? —explotó—. ¿Cómo me puedes
decir eso? Yo le hubiese dado una vida llena de afecto, digna de ser
vivida… Y si esto es el final, al menos hubiese tenido la ocasión
de estar vivo, de poder respirar y conocer qué significa esta
experiencia. Ahora, ahora ya… —se le crisparon los labios— nunca
podré… ver su cara…

Se acercó a mí, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—Eres un cobarde… ¡Un egoísta de mierda!

Y en lugar de golpearme a mí, dio un manotazo al plato de cristal
sobre la mesa, que voló hasta hacerse añicos contra el suelo, justo
antes de salir corriendo hacia nuestro cuarto. Escuché el portazo al
final del pasillo, a galaxias de distancia.

Vaya asco…

Me levanté al rato con pesadumbre, a por la escoba y el recogedor
para barrer los pedazos de cristal por todo el salón. Lamenté todas
y cada una de mis palabras, la forma de expresarlas. Lamenté mi
estúpida soberbia, mi falta de sensibilidad hacia su estado
emocional. Lamenté estar junto a ella, no haberla dejado libre, que
encontrase a cualquier otro que le transmitiese la felicidad que yo
jamás sería capaz de brindarle. Mientras arrastraba con la escoba
los brillantes fragmentos hacia el recogedor, sentí unas inmensas
ganas de llorar, como ya ni recordaba. Ella tenía razón. Soy un
cobarde, por no querer un hijo y cuidarlo junto a ella, por no
alejarme, por no atreverme a vivir sin verla cada día. Y soy un
egoísta de mierda, porque he unido su destino al mío.

Porque es la única persona en el mundo a la que he amado con toda mi
alma.

puntos 14 | votos: 16
Y en esta foto estoy yo - con la perra de mi ex.
puntos 13 | votos: 13
La felicidad puede ser causada - por cosas materiales, o no.
puntos 18 | votos: 18
Un huevo - Fue un accidente de auto. Nada particularmente destacable, pero fatal
sin duda. Dejaste a una esposa y dos hijos. Los paramédicos hicieron
su mejor esfuerzo por traerte de vuelta, pero no había nada que
hacer. Tu cuerpo estaba completamente destrozado, fue mejor así,
créeme.

Y entonces me viste.

—¿Qué… qué ocurrió? —me preguntaste—, ¿dónde estoy?

—Moriste —te dije de una vez. No hay por qué andar con rodeos.

—Había un… un camión, y se estaba saliendo del camino…

—Un choque.

—¿Morí?

—Pero no te sientas mal por eso. Todos mueren.

Miraste alrededor. No había nada, sólo tú y yo. —¿Qué es este
lugar? —me preguntaste—. ¿Es lo que hay después de la vida?

—Más o menos —te respondí.

—¿Eres Dios?

—Sí, lo soy —te dije, para tu estupefacción.

—Mis hijos… mi esposa…

—¿Qué con ellos?

—¿Estarán bien?

—Me gusta eso. Apenas moriste y tu mayor preocupación es tu
familia. Eso es bueno.

Me miraste fascinado. Para ti no me veía como Dios, me veía como
cualquier hombre. Alguna vaga figura de autoridad. Más un profesor de
gramática que el Todopoderoso.

—No te preocupes —te dije—, estarán bien. Tus hijos te
recordarán como alguien perfecto en todos los sentidos. No tuvieron
tiempo para guardarte algún rencor. Tu esposa se lamentará en
público, pero secretamente sintiéndose aliviada. Para ser sincero,
tu matrimonio estaba desmoronándose. Si te sirve de consuelo, se
sentirá muy culpable por sentirse aliviada.

—Ah… Entonces, ¿qué pasa ahora?, ¿podré ir al Cielo o al
Infierno o algo así?

—A ninguno. Reencarnarás.

—Vaya —murmuraste—, los hindúes tenían razón.

—Todas las religiones tienen razón a su manera. Ven conmigo.

Seguiste preguntando mientras paseábamos por el vacío. —¿Dónde
vamos?

—A ningún lugar en particular. Es agradable caminar mientras
hablamos.

—¿Cuál sería el punto de esto? —no demoraste en preguntarme—.
Cuando renazca, seré como un pizarrón en blanco, ¿no? Un bebé. Y
así toda mi experiencia y lo que hice en esta vida no importará.

—Te equivocas, tienes contigo el conocimiento y experiencias de
todas tus vidas pasadas, sólo que no lo recuerdas ahora mismo
—paré de caminar y te tomé por los hombros—. Tu alma es más
hermosa, magnífica y gigante de lo que puedas imaginar. Una mente
humana puede contener apenas una fracción de lo que eres. Es como
meter tu dedo en un vaso de agua para ver si está caliente o frío.
Pones una pequeña parte de ti en el vidrio, y cuando lo quitas,
consigues toda la experiencia que tenía.

»Has sido un humano por los últimos 34 años, en estos instantes no
puedes sentir el resto de tu inmensa conciencia. Pero si nos
quedáramos aquí por más tiempo, comenzarías a recordar todo. Claro
que no tendría sentido hacer eso entre cada vida.

—Supongo que habré reencarnado infinidad de veces…

—Oh sí, muchas veces, y en muchas vidas distintas. Esta vez
reencarnarás en una campesina china del año 540 d. C.

—No, ¿qué? —tartamudeaste—, ¿me enviarás al pasado?

—Pues, técnicamente. El tiempo, como lo conoces, sólo existe en tu
universo. Las cosas son diferentes de donde vengo.

—¿De dónde vienes? —curioseaste.

—¡Oh claro! —te empecé a explicar—. Vengo de algún lugar…
un lugar distinto a éste. Donde hay otros como yo. Sé que querrás
saber cómo es ahí, pero sinceramente no entenderías.

Estabas algo decepcionado. —Pero en tal caso, si reencarno en otros
lugares y épocas, ¿podría interactuar conmigo mismo en algún
momento?

—Seguro. Ocurre todo el tiempo. Con ambas vidas sólo preocupadas de
su propia existencia, nunca te percatas de ello.

—¿Cuál sería el punto? —reiteraste.

—¿Lo dices en serio?, ¿me preguntas por el sentido de la vida?…
¿No te parece muy trillado?

—Es una pregunta razonable —insististe.

Te miré a los ojos. —El sentido de la vida, la razón por la que
hice este gran universo, es para que madures.

—¿Te refieres a la raza humana?, ¿quieres que maduremos?

—No, sólo tú. Hice este universo para ti. Con cada nueva vida
creces y maduras, y aumentas tu intelecto.

—¿Qué hay de los demás?

—No hay nadie más —te dije—. En este universo, no existe nada
más que tú y yo.

Palideciste. —Pero toda la gente en la Tierra…

—Todos son tú. Diferentes encarnaciones de ti.

—Espera, ¡¿soy todos?!

—Ahora lo vas entendiendo —te dije, con una palmadita de
felicitación en la espalda.

—¿Soy cada humano que ha vivido?

—O que vivirá, sí.

—¿Soy Abraham Lincoln?

—Y eres John Wilkes Booth, también —agregué.

—¿Soy Hitler? —me preguntaste, cohibido.

—Y eres los millones que mató.

—¿Soy Jesús?

—Y eres cada uno que cree en él. —Quedaste en silencio.

Cada vez que victimizaste a alguien —empecé—, te victimizaste a
ti. Cada acto de bondad que has hecho, te lo hiciste a ti. Cada
momento feliz y triste que ha sido experimentado por cualquier ser
humano, fue, o será, experimentado por ti.

—¿Por qué?

—Porque algún día serás como yo. Porque eso es lo que eres, uno
de mi clase. Eres mi hijo.

—Vaya… —me dijiste incrédulo—. ¿Quieres decir que soy un
dios?

—No, aún no. Eres un feto. Seguirás creciendo. Una vez que hayas
vivido cada vida humana en todos los tiempos posibles, habrás crecido
lo suficiente para nacer.

—Entonces todo el universo —me dijiste— es…

—Una especie de huevo —te respondí—. Ahora es tiempo de irte a
tu próxima vida.

Y con eso, te envié hacia tu destino.
puntos 8 | votos: 10
Día del Botón - Laura fue despertada por su padre, algo que no había ocurrido desde
que era pequeña. A medida que sus pensamientos adquirían prominencia
en su mente, se sintió segura de que había dormido sin ropa, y que
su padre la había visto; pero para su alivio traía puesta su pijama
celeste. Dios, ¿qué estaba haciendo aquí?

—Vamos —dijo él alegremente, abriendo las cortinas y dejando que
la luz solar entrase—. Es el Día del Botón, ¿lo recuerdas?
Vístete, ponte algo bonito. Nos vamos en una hora.

—Papá, ¿qué demonios? ¿No pudiste simplemente tocar? ¿Y si
dormía desnuda?

No la volteó a ver, estaba muy ocupado admirando su jardín desde la
ventana.

—Créeme, no es nada que no haya visto antes. Soy tu bendito padre,
te he limpiado el culo demasiadas veces ya.

—No es el punto, papá —Laura se incorporó, refregándose los
ojos, y recordó lo que su padre acababa de decir—. Papá, ¿acaso
dijiste «Día del Botón»?

—Eh, sí. Qué, ¿se te olvidó? —Rió mientras se dirigía hacia
la puerta—. No parabas de hablar sobre ello anoche.

Laura frunció el ceño, sin entender.

—¿De qué estás hablando?

Él negó con la cabeza, todavía sonriente mientras salía de la
habitación.

—Vístete. El desayuno está listo.

La dejó sentada en la cama, con la sábana hasta sus pechos, y una
mirada de confusión en su rostro. Eventualmente se levantó de la
cama y empezó a probarse ropa que tenía a mano. Sonidos familiares
le llegaban desde abajo: el traqueteo de ollas y sartenes, la
televisión por lo bajo, las voces de su familia hablando entre sí,
una breve y estridente risa —su hermano, sin dudas riéndose de la
televisión—.

Subió la cremallera de sus pantalones y esperó pensativa un momento,
antes de finalmente decir, «¿Día del Botón?».

En la planta baja, su madre estaba lavando los platos, tarareando para
sí misma. Su padre y su hermano estaban sentados en la mesa, comiendo
tostadas; su hermano vestía con una camisa blanca, y él nunca usaba
camisas. Dudaba de que incluso tuviese una. Era una de su papá, la
reconoció.

—¿Qué con la camisa? —preguntó, tomando una tostada, y los ojos
de su hermano no se alejaron del televisor, lo que era típico de él.

—Es el Día del Botón, ¿no? —murmuró con la boca llena de
tostada, y su madre se volvió para regañarlo.

—Mark, no hables con la boca llena —Vio a Laura y suspiró—.
Laura, podrías haberte puesto algo mejor que eso. Al menos haber
hecho el esfuerzo.

—¿Para qué? —dijo Laura; luego miró al techo, irritada—. Oh,
espera, déjame adivinar. Día del Botón. ¿Me estoy perdiendo de
algo?

Su madre negó con la cabeza, retomando su quehacer.

—No seas tan infantil, Laura. No te luce. Por favor, asegúrate de
cambiarte antes de irnos.

—Quería ver a Michael hoy. No iré con ustedes, lo siento.

El silencio cayó sobre la cocina en lo que todos abandonaron lo que
estaban haciendo, y la miraron sorprendidos. Con cautela, Laura dijo:

—¿Qué tiene?

—¿Estás loca? —la cuestionó su hermano—. No puedes salir hoy,
¡vendrás con nosotros!

—Laura, ¿has hecho planes? ¿Hoy, de entre todos los días?
—preguntó su padre, cansándola.

—¡Sí, hice planes! ¿Qué demonios está sucediendo esta mañana?

Nadie le respondió. La miraban como si hubiese perdido la cabeza.

—¿Saben qué? Olvídenlo.

—Laura, detén esto, ahora mismo —le reclamó su madre—. Sabías
perfectamente lo que íbamos a hacer hoy. Fue planeado desde hace
mucho tiempo. Puedes simplemente llamar a Michael y explicarle por
qué no puedes ir a verlo.

—¡De eso se trata! —gritó Laura—. ¿Qué le digo? ¡No sé por
qué no puedo ir!

—Es el Día del Botón —dijo su hermano—. Ésa es la razón.

—¿Día del Botón? —voceó ella—. ¿De qué diablos están
hablando? ¡Nunca oí sobre el Día del Botón! Todos están actuando
como si… —Se detuvo de repente, comprendiendo. Su familia le
estaba jugando una broma. Era un chiste. Sosegándose, le pareció
como si un gran peso hubiese sido removido de sus hombros.

—Muy divertido, chicos —dijo ella, con su voz tranquila y
serena—. En serio caí. —Se giró y salió del cuarto,
dirigiéndose hacia la puerta principal. Mientras iba, escuchó la voz
de su madre llamándola.

—¡Laura! Por favor regresa en una hora, no podemos irnos sin ti,
¿está bien?

—Claro, claro —respondió yéndose—. No querría perderme el
Día del Botón, ¿verdad?

Podía ver la casa de Michael desde aquí, con la cerca blanca y el
amplio jardín de la entrada. Empezó a trotar, ansiosa por verlo. Al
cruzar la calle la puerta principal se abrió y Michael salió con una
expresión de sorpresa en su rostro. La había visto venir desde su
casa.

—Hey, ¿qué ocurre? —preguntó Laura, y para su aflicción, él
se veía ligeramente enojado.

—No deberías estar aquí —le dijo.

—¿Qué, nos peleamos, y lo olvidé?

—Me dijiste que hoy era el Día del Botón de tu familia —dijo, y
hubo un movimiento detrás de él.

Laura parpadeó, con la boca entreabierta por la impresión. Una chica
rubia fue hacia la puerta y escabulló su brazo alrededor de Michael.
Estaba usando una camisa para dormir y nada más, y su cabello estaba
despeinado.

—Vete a casa —dijo la rubia, y Laura retrocedió, parpadeando para
contener las lágrimas. Michael no le devolvió la mirada, así que se
dio la vuelta y corrió.

Se topó con su madre justo cuando iba a entrar a su cuarto. Ella
atrajo a Laura a su cuerpo, sosteniéndola mientras sollozaba.

—Lo sé, lo sé. Déjalo salir —le acarició el cabello,
meciéndola un poco.

—Los hombres son unos bastardos, ¿no es así? —Laura retrocedió
para mirar a su madre, sobándose las lágrimas—. ¿Te enteraste…?

—Acabas de volver de su casa en un mar de lágrimas. No hace falta
un genio para entender lo que pasó.

—Se consiguió una rubia. ¡Una rubia! ¡Apuesto que por eso quería
que me tiñera el cabello!

Lloró un rato más, y su madre la sostuvo.

—Ya está, ya está. Vamos. Empecemos a cambiarte para nuestro
viaje.

—¿Así que vamos a salir?

—¡Por supuesto que sí! Aquí tienes, ésta es una blusa linda. La
mejor que tienes, me parece. Pruébatela, quiero que nos veamos como
nunca para nuestro Día del Botón.

De inmediato recordó a Michael mencionando también el Día del
Botón. Esto no era una broma. Era real. Todo era real, y no tenía
idea de lo que estaba pasando.

—Mamá, escúchame un momento. Algo está mal.

—Lo sé. En serio te gustaba, sé que sí. Es terrible que te haya
molestado en este día justamente.

—Eso es, Mamá: no sé nada sobre el Día del Botón. Nunca lo oí,
¡y desde esta mañana pienso que soy la única persona que no tiene
ni la más remota idea de qué está sucediendo!

—Bueno, siendo honesta, yo tampoco soy una experta. Sé que fue una
idea del Gobierno para combatir la…

—No, no. Me refiero, a que no sé de él. En lo absoluto.

Transcurrió un silencio incómodo, en el cual su madre la miró por
un largo tiempo. Su boca formaba una línea rígida. Cuando finalmente
habló, su voz estaba calmada.

—Sé que estás triste, así que no le haré caso a tu pequeña
broma, ¿está bien? Sólo cámbiate; aquí está tu blusa, te veré
en el auto en cinco minutos. Te estamos esperando.

Su madre se marchó, dejando a Laura sola y asustada, con su mejor
blusa entre sus manos temblorosas.

Lo siguiente que recuerda es que estaba en el coche. Todo acontecía
de una manera tan fluida y despreocupada que cada vez se sentía más
incómoda. Podía ver su entorno con extremo detalle, a cámara lenta:
la pelusa en la manga de su madre, un poco de barba que la máquina de
afeitar de su padre había dejado, una grieta en el pavimento mientras
andaban. De pronto se sintió más lúcida de lo que jamás se había
sentido en toda su vida; pero era incapaz de hablar, siendo impedida
por su propio cuerpo.

En alguna parte de lo más profundo de su ser, aún creía que todo
era una broma, un enorme y elaborado engaño. A medida que se
estacionaban frente a un edificio blanco con forma de caja, esa
esperanza se desvaneció.

—Aquí estamos —dijo su padre con alegría, y actuando como si
estuviesen en la playa, su familia salió del coche, charlando
animadamente. Se dirigieron hacia la puerta principal y les siguió el
paso. Un letrero se alzaba frente a ellos: «PROPIEDAD DEL GOBIERNO.
MANTÉNGASE ALEJADO». Vio las cámaras de seguridad filmándolos, y
se apresuró a la entrada.

—Hola, somos los Krandalls. Estamos aquí para nuestro Día del
Botón —dijo su papá, y la recepcionista le sonrió.

—Siga, señor. Sólo continúe caminando hacia allí.

Su padre le agradeció, y se fueron por un largo pasillo iluminado,
decorado con placas de bronce que brillaban. Había algo grabado en
todas ellos, bloques y bloques de texto, y Laura se acercó mientras
caminaba para ver de qué iban —vio su reflejo mirándola de vuelta,
y bajo las intensas luces fluorescentes, se veía demacrada—.
Nombres. Cientos, miles de nombres, uno después de otro. Hogg.
Wilson. Carpenter. Buxton. Bell. Palmer. Rowe. Brown. La lista
seguía, aparentemente sin fin.

El pasillo los condujo a un salón blanco con cuatro pequeños
pilares, cada uno con un botón rojo encima, y más allá había un
largo y pulido escritorio negro, con tres funcionarios del gobierno
esperando. La insignia del Gobierno colgada en una enorme pancarta en
la pared. El cuarto permanecía en silencio, y estéril.

Laura vio a su familia caminar todos hacia un pilar, mirando
expectantes a los funcionarios, guardando un pilar para ella. Con su
propio botón. Temerosa, caminó hacia él, notando al llegar que el
suelo estaba ligeramente inclinado en dirección a un desagüe del que
no se había percatado antes. Uno de los funcionarios habló y su voz
resonó en el espacioso cuarto.

—Familia Krandall. El Gobierno ha decidido que éste sería su Día
del Botón. Les agradecemos por el sacrificio que hacen por su país,
y por su gente. Sus nombres se unirán a aquellos en el largo pasillo
dedicado a su honor.

—Nos enorgullece —dijo su padre, y su madre asintió, con
sinceridad. Su hermano se veía como si estuviese a punto de llorar
por la emoción.

El funcionario continuó.

—Entonces por favor, a su debido tiempo, presionen los botones. Que
Dios esté con ustedes.

Su padre se volvió para mirar a su esposa, su hijo, su hija, y
sonrió.

—Iré primero, para mostrarles lo fácil que es. —Presionó el
botón de su pilar, y éste se hundió con un ruidoso y satisfactorio
clic.

Mientras Laura observaba, la cara de su padre se tornó roja, como si
hubiese estado corriendo. Recordó con qué rapidez él se ruboriza al
hacer ejercicio, y supuso que simplemente había caminado muy deprisa
en el pasillo, o algo así. Fue entonces cuando una lágrima carmesí
se deslizó por su mejilla, y cayó en el duro suelo blanco.

Laura miró, petrificada, cómo empezó a derramarse sangre de los
ojos, nariz, orejas y boca de su padre. Corría por su camisa, por el
cinturón que le había regalado para su cumpleaños y por sus
pantalones. Salpicaba el suelo. A un mismo tiempo, sus ojos reventaron
como ciruelas pasadas y colgaron de sus mejillas, aún conectados a su
cuerpo por filamentos rojos.

En lo que él se desplomaba, su madre y su hermano se miraron
sonriendo, y presionaron sus botones. Se giraron hacia Laura,
sosteniendo sus manos, mientras sangre caía de sus ojos y nariz, y
manaba de su boca. Asumieron que ella había apretado el suyo,
también.

Laura tomó aire para gritar, pero el suave «pop» de los globos
oculares de su hermano y su madre le hicieron un nudo en la garganta.
Cayeron de espaldas, aterrizando uno sobre el otro. La sangre se
canalizaba en el drenaje, que bebía tranquilamente.

Todo fue silencio.

—¿Señorita Krandall?

Paralizaba, vio a los funcionarios observándola con atención.

—Señorita Krandall, la sobrepoblación está destruyendo nuestras
ciudades y pueblos. Su país necesita de su acción hoy.

Los miró con los ojos completamente abiertos. A su lado, la mano de
su hermano tembló, el último de los impulsos nerviosos se
desvaneció. La sangre ya estaba empezando a coagularse en las cuencas
de sus ojos.

El funcionario se paró lentamente, y ella notó que era un hombre
alto. Más alto que la mayoría, sin duda.

—La humanidad ha llamado —dijo, con un tono de voz que descendió
a casi un susurro. El mundo se había reducido al botón bajo sus
dedos. Era suave y rojo. Presionable.

—¿Va a responder?
puntos 7 | votos: 11
Candle Cove - Skyshale033
Subject: Candle Cove, show infantil local?
¿Alguien recuerda este programa infantil? Se llamaba Candle Cove, y
tenía 6 o 7 años cuando salía. No he podido encontrar ninguna
referencia sobre este programa, pero creo que salía en los canales
nacionales por ahí de 1971 o 1972. Vivía en Iroton en ese entonces.
No me acuerdo del canal, pero me acuerdo que salía por ahí de las
16:00.

mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Me parece muy familiar… crecí en las afueras de Ashland y tenía 9
años en el 72. Candle cove… ¿era de piratas? Me acuerdo de una
marioneta pirata en la entrada de una cueva, hablando con una niñita.

Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

¡Sí, de pelos, no estoy loca! Me acuerdo del pirata Percy. Me daba
como que miedo. Lucia como que estaba construido de partes de otros
muñecos, como de muy bajo presupuesto. Su cabeza era una muñeca bebe
de porcelana, que se veía muy antigua y no combinaba con el cuerpo.
¡No me acuerdo del canal! no creo que fuera en WTSF.

Jaren_2005
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local??

Siento revivir este viejo tema, pero se exactamente de qué programa
hablas, Skyshale. Creo que Candel Cove salió solo por un par de meses
en el 71, no en el 72. Tenía 12, y lo vi algunas veces con mi
hermano. Era en el canal 58. Mi mamá me dejaba ponerlo después de
las noticias. Deja me ver lo que me acuerdo:

El lugar era en Candle Cove, y era de una niñita que se imaginaba a
si misma siendo amiga de piratas. El barco pirata se llamaba
Laughingstock, y el pirata Percy no era un muy buen pirata, porque se
asustaba fácilmente. Y había música constantemente. No me acuerdo
del nombre de la niña. Janice o jade o algo así. Creo que era
Janice.

Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local??

Gracias Jaren!!! Me llegaron memorias cuando mencionaste Laughinstock
y el canal 58. Me acuerdo de la proa del barco, tenía una cara
sonriente, con la quijada de abajo sumergida. Me acuerdo en especial
de cómo era raro cuando cambiaban el modelo de plástico/madero, a la
versión de marioneta para que la cara hablara.

mike_painter65
Subject: Candle Cove, show infantil local?

ha ha ya me acorde también. te acuerdas de esto skyshle: “tienes
que… ir… ADENTRO.”

Skyshale033
Subject: Re Candle Cove, show infantil local?

Ugh mike, me dieron escalofríos al leer eso. Si me acuerdo. Era lo
que el barco le decía siempre a Percy cuando tenía que ir a algún
lugar tétrico, como a una cueva o un cuarto obscuro donde estuviera
un tesoro. Y luego la cámara hacia acercamientos a la cara de
Laughinstock pausadamente. TIENES QUE… IR… ADENTRO. Con sus ojos
viscos y su quijada que como que se caía. Ugh. Se veía tan altivo y
horrible.

Alguien se acuerda del villano? Tenía una cara que era solamente un
bigote hecho con un manubrio sobre un montón de dientes delgados?

kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Yo honestamente, creía que el villano era el pirata Percy. Tenía
como 5 años cuando salía este programa. Combustible de pesadillas.

Jaren_2005
Subject: Re Candle Cove, show infantil local?

Ese no era el villano, la marioneta del bigote. Ese era su compinche,
Horacio Horrible. También tenía un monóculo, pero estaba sobre el
bigote. Me acuerdo que creía que solo tenía un ojo.

Pero si, el villano era otra marioneta. El roba-pieles. No puedo creer
las cosas que nos dejaban ver antes!

kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Jesucristo, el roba-pieles. ¿Qué clase de show infantil veíamos?
Realmente no podía ver la pantalla cada vez que el roba-pieles
aparecía. Simplemente decencia de la nada con sus hilos, era un
esqueleto sucio que vestía ese sombrero alto café y una capa. Y sus
ojos de vidrio eran demasiado grandes para su cráneo. Dios
poderosísimo!

Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

No estaban su sombrero y capa, cocidos locamente? No se suponía que
era piel de niños?

mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Sí, eso creo. Me acuerdo que su boca no se abría ni cerraba, su
mandibular solo se movía de un lado a otro. Me acuerdo que la niñita
dijo “porque tu boca se mueve así” y el roba-piel no miró a la
niñita, si no a la cámara y dijo “PARA TOMAR TU PIEL”.

Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Me siento tan aliviada de que la gente se acuerde de este horrible
show!

Solía tener este horrible recuerdo, como un mal sueño donde al
terminar la canción del inicio del show, el show aparecía de una
pantalla negra, y todos los personajes estaban ahí, pero la cámara
como que cortaba a cada una de sus caras, y todos estaban gritando, y
las marionetas se movían de manera extraña, y solo había gritos,
gritos. La niña solo se quejaba y lloraba como si llevara horas
soportando todo esto. Me desperté muchas veces con esta pesadilla.
Solía mojar mi cama cada vez que la tenía.

kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

No creo que fuera un sueño. Me acuerdo de eso. Me acuerdo que era un
episodio.

Skyshale033
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

No, no, no, no es posible. No había historia ni nada, digo,
literalmente estaba yo estaba parada llorando y gritando durante todo
el show.

kevin_hart
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Quizá estoy fabricándome memorias porque dijiste eso, pero juro por
dios que me acuerdo ver lo que tu describiste. Ellos solo gritaban.

Jaren_2005
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Oh Dios. Si la niñita, Janice, me acuerdo haberla visto temblar. Y el
roba-pieles gritaba a través de sus delgados dientes, su quijada se
movía tan agresivamente que creía que se iba a desprender de los
hilos de metal que la sostenían. Me acuerdo que le apague y fue la
última vez que vi el programa. Corrí para decirle a mi hermano y no
tuvimos el valor para encenderla tele otra vez.

mike_painter65
Subject: Re: Candle Cove, show infantil local?

Visité a mi mamá hoy en el asilo. Le pregunte sobre cuando era
pequeño a principios de los 70 cuando tenía 8 o 9 y le pregunte si
se acordaba de un programa infantil, candle cove. Ella se sorprendió
que me acordara yo de eso y le pregunte porque, y ella me dijo
“porque se me hacía rarísimo que me dijeras voy a ver candle cove
mamá y luego ponías la tele en un canal estático y vieras pura
estática por 30 minutos. Tenías una enorme imaginación con tu
programilla de piratas hijo.”

puntos 12 | votos: 14
Querida Abby - Querida Abby,

Nunca antes nos habíamos conocido, así que tal vez esto te parezca
un poco raro, pero siento que es necesario. Mi nombre es Jay, para
empezar. Trabajo en la caja cinco del supermercado de la Calle 67
—¿conoces el que tiene un estacionamiento demasiado grande para la
tienda en sí? Ése mismo—. Tengo veinticuatro años, bastante alto
y con un aspecto un poco desaliñado. Probablemente no me
reconocerías si te hablase, no tengo una cara muy memorable. Je,
realmente no sé por qué te estoy diciendo esto si te soy sincero…
pero esta no es la razón por la cual te escribo.

Estaba trabajando hasta tarde ayer, fue un día normal la mayor parte
del tiempo, pero estarías impresionada de saber lo interesante que
este empleo puede ser a veces. Había estado leyendo un libro que mi
compañero de la caja siguiente dejó olvidado. Una muy mala novela de
misterio llena de clichés. Realmente aburrido si me preguntas. Pero,
algo es algo supongo. Cuando te presentaste, sin embargo, mi noche
entera cambió. No sé exactamente qué fue lo que llamó mi atención
de ti, pero cuando te vi sentí una extraña sensación. Una mezcla
entre la excitación y el terror, que sería la mejor manera en la que
puedo describirla. Te vi entrar en mi línea y rápidamente me
incorporé. Fue sólo en lo que te acercabas cuando me di cuenta de
eso que me llamó la atención… eras totalmente hermosa. Te me
pusiste en frente, dijiste «Hola» y me diste tu carrito. Pude notar
por la forma en que hablabas y caminabas que no habías dormido muy
bien, aunque no era extraño teniendo en cuenta la hora. Después de
un segundo o dos de silencio incómodo, me percaté de que me habías
saludado, y forcé un casual «H-Hola» para responderte. Me maldije
mentalmente por eso.

Me quedé en mi lugar por un segundo, tratando de concentrarme.
«¿Cuál es tu nombre?», dije. Un poco más tarde me di cuenta de lo
raro que eso te podría haber sonado… Me alegro de haberlo hecho, de
todos modos. Recuerdo que dijiste que te llamabas Abigail Marrot, pero
que podía decirte Abby, ya que era tu nombre de pila. Abby, parecía
encajar tan perfectamente. El nombre pareció rodar fuera de mi lengua
mientras lo repetía en silencio. Era como miel dulce, se sentía bien
con tan sólo decirlo. Parecías perpleja cuando te volví a ver, y me
pregunté si había hecho algo que te hubiese molestado. «¿No
deberías estar empacándolos?», dijiste, y apuntaste hacia los
productos que pensabas comprar. De inmediato, sorprendido y
avergonzado, me volteé en tu dirección y me disculpé, para luego
empezar a guardar torpemente los productos en las bolsas lo más
rápido que podía. No lo creía, ¿que tan estúpido era? Pero cuando
vi arriba, me di cuenta de que estabas riéndote.

«Eres muy lindo», dijiste. Traté de mantener la compostura, pero
estaba obviamente emocionado. «Tú también lo eres», dije, mientras
acababa de llenar las bolsas con los alimentos que sobraban. A medida
que te ibas, te diste la vuelta cuando abrías la puerta y dijiste
«Buenas noches». Me imagino que parezco muy estúpido escribiendo
todas estas cosas, probablemente lo recuerdas, quiero decir, pasó
ayer. Pero me fui a casa estático esa noche y con toda la confianza
del mundo. Siento que es casi irreal, escribiéndolo aquí.

De cualquier forma, quería escribir esta carta Abby, para decirte que
te amo. No sé qué fue lo que sentí esa noche, fue una mezcla rara
de emociones. Pero de lo que estoy seguro es que en esa pequeña
interacción que tuvimos, sentí que había algo entre nosotros.

Te haré llegar esta carta en breve.

Atentamente, Jay.

 

Querida Abby,

Ha pasado una semana desde que te mandé mi carta y todavía no he
recibido ninguna respuesta, pero eso no importa. ¿Cómo has estado?
Mi vida ha estado igual de normal que siempre, levantarse, ir a
trabajar, ir a la cama. Vivo en un departamento de mierda, pero
supongo que eso es lo que consigues cuando trabajas de cajero en un
supermercado. Pensé en ti demasiado últimamente, y a veces me
pregunto si sigues recordándome.

Te vi de nuevo hoy en el trabajo, esta vez a una hora más razonable,
por suerte. Viniste a mi línea de nuevo, lo que me hizo quedar
totalmente encantado. Ahora estaba menos nervioso, iba a actuar
normalmente, no importa qué dijeses o hicieses. Mientras caminabas
hacia mí murmuraste algo tan silenciosamente que no pude entenderlo,
y esperaste en el final de la barra a que guardase tus productos…
Esto evidentemente no era lo que esperaba, pero tampoco era tan malo.
De hecho, no parecías sentir nada en absoluto. Estaba esperando que
me hablases o evitases como si tuviese la peste, pero seguiste tu
camino como si yo fuese cualquier extraño. Esto me hace dudar de si
recibiste mi carta, quizá deberías chequear tu buzón más a menudo.

Poco después de que terminase de empacar tus cosas, pagaste y
caminaste hacia la salida. Claro, éste es un proceso muy normal para
mí ya que lo hago 50 veces al día, pero me había determinado desde
la noche que te escribí mi primera carta a socializar más contigo la
próxima vez que te viese. No estaba satisfecho, tenía que lograr un
progreso. Hay un pequeño cuarto en el extremo izquierdo opuesto a la
entrada del supermercado, designado para el personal. Allí guardan
todo el contenido tomado por las cámaras de seguridad, acerca del
cual el personal hemos sido instruidos en nuestra inducción. Para mi
suerte, hay una cámara situada justo al lado de mi línea.

Esperé a que el supermercado cerrase, y después entré. Tras
inspeccionar algunas pantallas de televisión encontré la que daba
vista de mi línea. Y luego de unos minutos de escanear, te encontré.
Di pausa en el mejor ángulo que pude captar. Verte por tanto tiempo
me hizo darme cuenta de lo perfecta que eras; cada rasgo de tu cuerpo,
tu pelo, tu cara, tus piernas… Tu pecho, era simplemente
perfección. Puse en reversa la toma de cuando pasaste por mi línea
un par de veces, no podía evitarlo. Mis ojos estaban perdidos en la
pantalla.

Después de algunos minutos de consideración, saqué la cinta, la
puse en mi bolsillo, y volví a mi casa. Sabía que no estaba
permitido, bien podía ser despedido por tales acciones, pero no
podía evitarlo, Abby, te amo. Amo todo sobre ti. Pienso
constantemente en ti. ¿Sientes lo mismo por mí, Abby?

Por favor, escríbeme de vuelta pronto.

Sinceramente, Jay.

 

Querida Abby,

Ya pasaron tres días y todavía no obtengo una respuesta. ¿Por qué
no quieres hablarme? Sigo dudando de si te llegaron mis otras dos
cartas, por favor dime si te llegaron.

Así que me han despedido, encontraron la cinta que faltaba. Recibí
una llamada del jefe de la tienda a las seis de la mañana del lunes y
me dijo que debía ir inmediatamente. Me convocó a una junta
obligatoria para todo el personal. Cuando llegué, la mayoría se
hallaban reunidos alrededor de una mesa con mi jefe a la cabeza de
ésta. Una vez que no faltaba nadie nos dijo que se había producido
un robo ayer, nos habían robado cerca de dos mil dólares en
mercancías y las pruebas estaban en la cinta que había tomado…
Sólo mi suerte. Nos dijo que nadie iba a salir de la habitación
hasta que alguien confesase. Después de algunos minutos, finalmente
cedí. Le conté todo, cómo me sentía sobre que tú y yo tuviésemos
una conexión. Luego de contar mi historia, todos en la sala me veían
asombrados. Esperé. De pronto, mi jefe rompió la tensión. «Jay,
estás despedido. Vete y no vuelvas jamás», dijo.

Ese maldito idiota, siempre me trató como mierda. Ha estado sobre mis
talones desde el día que me dieron el trabajo, juro que estaba
esperando que cometiese algún descuido para poder justificar
despedirme. Y la única vez que tengo un desliz se entera. ¿Por qué
no me comprende? ¿Acaso no entiende que estamos hechos el uno para el
otro? Cualquier hombre hubiese entendido, cualquiera en mi puesto
hubiese hecho lo mismo, ¿verdad?

Te he estado buscando mucho últimamente, sin trabajo tengo todo el
tiempo del mundo para aprender cosas sobre ti. Hoy conduje hacía tu
departamento, se ve muy bien, mucho mejor que el mío. ¿Sabías que
vives a sólo kilómetro y medio de mi edificio? Pregunté para verte
muchas veces, pero me dijeron que no pasabas ahí todo el tiempo. Me
sentía más y más desanimado, pero estaba decidido a verte de nuevo.

Después de unas horas de preguntar, opté por quedarme en el
estacionamiento esperando a que vinieses, y después de varias horas
esperando lo hiciste. Era tarde por la noche, creo que alrededor de
las nueve. Te vi parquear tu coche y salir. Sentí una oleada de calor
al ver tu cara de nuevo, sé que tengo la cinta para verte pero no se
compara con verte en vida real. Me aseguré de grabarlo para más
tarde cuando esté en mi casa, esta vez con una cámara de muy buena
calidad. Quería capturar tantos detalles como fuesen posibles, no
tenía idea de cuándo sería la próxima vez en que te vería y la
cinta ya no era suficiente para mí.

No puedo sacarte de mi cabeza nunca más, nunca. Todo lo que hago es
ver ese video que grabé de ti una y otra vez. Abby, quiero que estés
conmigo siempre. Quiero despertarme en las mañanas y tenerte a mi
lado.

No puedo esperar a verte de nuevo.

Con amor, Jay.

 

Querida Abby,

Tengo noticias muy emocionantes Abby, ¡me estoy mudando a tu
departamento! ¿No estás emocionada? Podremos pasar horas y horas
juntos, va a ser simplemente perfecto.

Déjame explicar, mi trabajo pagaba sólo lo suficiente como para que
pudiese cancelar la mensualidad del alquiler y comprar alimentos cada
semana. Debido a esto, he tenido poco o ningún dinero en mis ahorros,
no estaba en condiciones de durar mucho más. Fui capaz de postergarlo
algunos días, pero hoy fui desahuciado. Aunque me aseguré de traer
conmigo mis cintas de ti y fotografías, y mi cámara por supuesto.

Realmente deberías decirle a tu casero que mejore su personal, pude
pasar a los de seguridad fácilmente. Subí a tu habitación y toqué
la puerta, pero nadie contestó, así que decidí entrar por otros
medios. Me di cuenta de que hay un conducto de ventilación en la
esquina inferior de tu habitación; no es raro teniendo en cuenta el
calor que puede hacer aquí en verano. Supuse que tenía que haber
algún tipo de escotilla por la que pudiese meterme. Después de
algunos minutos de buscar, encontré una puerta al final de tu pasillo
que se veía como un cuarto para el personal, y por suerte había una
forma de entrar a los conductos desde ahí.

Me arrastré a lo largo de ellos hasta llegar a tu cuarto, era muy
estrecho y era también muy difícil moverse por ahí, pero me las
arreglé. Cuando llegué, sentí una oleada de éxito. Como las luces
estaban apagadas y no alcancé a verte comprobé que no estabas en
casa, pero soy paciente. Recorrí con la mirada todos los rincones de
tu habitación, tratando de memorizar cada detalle. Tu olor me abrumó
cada instante que pasé ahí, el cual había percibido las dos veces
que viniste a mi línea en la tienda, pero nunca tan intensamente. Fue
fascinante, no pude poner mi dedo en ello, pero me recordaba a algo,
era casi como melocotones. Me he condicionado a ser extremadamente
paciente, así que te esperé por horas. Puedo permanecer inmóvil por
varias horas consecutivas, sin mover un músculo; nadie iba a fijarse
en mí.

Entonces, finalmente llegaste a casa. Sentí una amplia sonrisa
formarse en mi cara al segundo en el que oí la puerta abrirse. Allí
estabas, mi amor. En ningún momento advertiste mi presencia, la luz
en tu habitación parecía estar en el ángulo indicado para que no
vieses nada en la rendija de la ventilación más allá de los
primeros centímetros. Traté de contener mi excitación, pero empecé
a respirar muy pesadamente. Traté de ocultarlo lo mejor que pude pero
me fue difícil… De repente miraste directo a la rendija. Me
silencié completamente. Después de unos segundos parecía que
habías perdido el interés, eso me hizo sonreír. Este era el lugar
perfecto.

Pude notar que te había incomodado sin embargo, durante toda la noche
te levantabas para dar una mirada a la rendija. Las personas parecen
tener un sentido que les hace saber si alguien está observándolas,
puede llevarlas a tener un ataque de pánico. No trates de fingirlo
Abby, puedo darme cuenta de cuando alguien está despierto, de cuando
está tan asustado que se le hace imposible dormir. ¿Por qué estás
tan asustada, en todo caso? Soy yo, ¿por qué te asustaría? Sabes
que te amo. Lo sabes, ¿cierto?

Estoy ansioso por pasar todos los días contigo de ahora en adelante
Abby; escribe de vuelta si puedes.

Con amor, Jay.

 

Querida Abby,

Te he visto despertar esta mañana, yo no pegué un ojo en toda la
noche. Eres demasiado apasionante, me pasé la noche entera
mirándote. No pude evitarlo… cada vez que intentaba apartar la
mirada, mis ojos se dirigían de vuelta hacia ti en unos segundos.
Tuve la tentación de salir para tener una mejor vista de ti varias
veces en la noche, pero me resistí. No podía dejar que me
descubrieses, no por ahora al menos.

Me pareció que te pasaste demasiado tiempo en el baño por la
mañana, asumí que dándote una ducha o poniéndote maquillaje. No,
¿por qué harías eso Abby? Cualquier cosa que pueda cambiar tu
aspecto natural sólo ocultaría tu verdadera belleza. ¿No quieres
que todos vean lo que yo veo de ti?

Te marchaste poco después a trabajar, o eso creo. Tras reflexionarlo
un momento, decidí salir del conducto. Deslicé mi mano por una de
las rendijas y saqué los tornillos. La superficie de la rendija era
muy lisa, así que fue fácil encontrarlos. Agarré uno y lo retorcí
tanto como pude, y finalmente lo pude sacar. Hice esto con los otros y
retiré la rendija.

La primera cosa que hice fue ir al baño. Me deshice de todo lo que
pudieses usar para cubrir tu cara, esas cosas me repugnan. De esta
forma todos verían cómo eres realmente. También encontré algo más
ahí, tu cepillo para el cabello. Lo agarré y lo atraje a mi cara
para examinarlo; era de un azul apagado, con un mango redondo de mucho
espesor. Pero eso no me interesaba, los cabellos… eso era lo que me
interesaba. Me tomé unos minutos sacando todos los que podía ver, y
los alineé en tu repisa. Los conté, obtuve 59. Esto me satisfizo
enormemente; los recogí y los guardé en mi bolsillo.

Pasé el resto del día revisando tus cosas para aprender más sobre
ti, tus intereses y tal. Veo que eres una gran fanática de las
películas. Encontré tu colección detrás de tu armario, tengo que
admitir que es muy impresionante. Pero he encontrado algo allí que me
hizo enfadar, una foto tuya con otro hombre. Me desgradó tan sólo
mirarlo, abrazándote cómo si le pertenecieses. No te hará falta.

A eso de las ocho de la noche me pareció que lo mejor sería regresar
al conducto de la ventilación, siempre sueles llegar a esa hora…
Luego tuve otra idea. Miré hacia tu cama, las mantas estaban colgando
por lo bajo, lo suficiente como para rozar el suelo. Así no podrías
ver bajo la cama, a menos que las acomodases. Primero puse la rendija
en su lugar, y luego me deslicé por debajo de tu cama con una sonrisa
en mi cara. Cuando volviste estabas completamente pálida, y me di
cuenta de que venías con alguien más. Te decía que escuchó ruidos
venir de tu apartamento mientras no estabas. Me grité a mí mismo
mentalmente, debía de ser más cuidadoso. Ir bajo la cama había sido
una buena idea después de todo, ya que, obviamente, tu primer idea
fue ir a ver por la rendija. Agradeciste a la persona y se fue. Por
fin, estábamos a solas.

Aguardé en silencio hasta que te fuiste a la cama, me pareció una
eternidad hasta que lo hiciste. Esa noche sería mi oportunidad de
tenerte más cerca; pero fui cauteloso, esperé hasta que estuvieses
profundamente dormida, y sólo entonces me deslicé fuera de la cama.
Y te vi ahí postrada, te veías increíble. Cada curva de tu cuerpo
era perfecta, cada pequeño detalle era hermoso. Te acerqué mi mano y
empecé a acariciarte la cara, era tan suave como la seda. Estaba muy
excitado, tu belleza era abrumadora. Poco a poco me bajé el pantalón
y empecé a tocarme, traté de controlarme para no despertarte, pero
me fue imposible. Sentía el más puro éxtasis, todo sobre ti era
perfecto.

Regresé a mi lugar poco antes de que amaneciera. Me aseguré de
prestar atención estos días, no viste mi carta más reciente Abby,
simplemente no debes de chequear tu buzón. Haré un cambio, voy a
dejar ésta en tu repisa.

Ah, me olvidé, estoy preparándote una sorpresa. Fíjate en tu
armario después de leer esto.

Tuyo siempre, Jay.

 

Querida Abby,

Hoy pasé mi tiempo dándole los toques finales a tu sorpresa mientras
estabas en el trabajo, realmente vas a amarlo. He puesto todo mi
esfuerzo en ello, ¿sabes? Llegaste a casa a las ocho treinta de
nuevo, y viste mi carta casi inmediatamente. Empecé a sonreír
mientras la abrías, esperando a ver tu reacción. Te veías
confundida al principio, después alarmada, y finalmente horrorizada.
Empezaste a temblar violentamente y vi que empezabas a llorar… ¿No
te gusto, Abby? ¿Por qué llorabas? ¿No me amas? ¿NO ME AMAS ABBY?

Todo lo que pasó después de eso fue un borrón. Volteaste al armario
sin dejar de sollozar, como contemplando la opción de abrirlo o no.
En su lugar, pasaste corriendo entre el armario y la puerta. Cuando
volviste tenías todas mis cartas, que no tardaste en leer… bueno.
En algún momento parecía que ibas a romperte y a hacerte un ovillo
en el suelo. Estabas desesperada por decir algo, pero totalmente
paralizada por el miedo. Después de unos diez minutos, te vi mirar
bajo la cama, en el conducto de la ventilación, en cualquier lugar en
el que pudiese estar. Verás, Abby, soy más inteligente que eso.
Sabía que ibas a buscarme en esos lugares, así que encontré un
mejor lugar después de terminar tu sorpresa. Nunca me encontrarás
aquí, nadie lo hará. ¿No es genial? Puedo observarte para siempre y
no hay nada que tú u otros puedan hacer.

Aunque, todavía no viste tu sorpresa Abby. Sé que aún seguías
pensando en ello, te vi mirar al armario repetidamente. ¿Qué podría
haber ahí? ¿Qué ibas a encontrar? Esto no podía durar para
siempre, tú y yo lo sabíamos. Vi que caminabas lentamente hacia el
armario buscando a tientas el mango para abrirlo. De súbito, lo
agarraste firmemente y lo abriste.

Era un libro de recuerdos, de ti y de mí. Te vi pasar las páginas,
parecías sorprendida. Nos saqué fotos juntos cuando no estabas
mirando, fotos de ti durmiendo, fotos de ti en la computadora;
esparcí los cabellos que coleccioné en él. También pegué
fotografías de parejas juntos, con nuestros rostros, por supuesto. Y
la fotografía de ti y ese estúpido al fondo, con su cabeza
desgarrada. ¿No terminas de entenderlo, verdad, Abby? Nadie, NADIE
puede tenerte excepto yo. Estamos hechos el uno para el otro, y para
nadie más.

Te vi llorar por otros treinta minutos, y luego te paraste y corriste
fuera de tu departamento. Volviste con muchos policías. Eso me
desconcertó. ¿Por qué traerías a esas personas a nuestro cuarto?
Ellos nunca me encontrarán, pero si lo hiciesen podrían arruinar
todo. Todo mi trabajo en las últimas semanas sería en vano. Tú no
quieres eso, Abby.

Estoy exhausto por el trabajo de hoy, y por más que te ame, necesito
dormir.

Buenas noches Abby.

Con amor, Jay.

 

Querida Abby,

¿Ves lo que has hecho Abby? ¿VES LO QUE HAS HECHO? Me desperté a
las ocho de la mañana y te vi haciendo tus maletas frenéticamente;
estaba confundido al principio, pero luego entendí. Me estabas
dejando. Ya no me amabas. ¿Cómo pudiste hacerme esto, Abby? Fuiste
la única persona a quien quise en toda mi vida. No tenía una razón
para vivir, pero cuando te conocí tuve un último deje de esperanza.
Pensé que al fin tenía un propósito para continuar con mi vida de
mierda. Y fuiste y tiraste todo eso por la borda. ¡¿Cómo pudiste
Abby?!

Unos segundos después saliste de tu habitación. Yo salí de mi
escondite y te seguí. Vi que arrojaste tus maletas en el baúl y te
disponías a entrar a tu coche. ¿En serio creías que podrías
librarte de mí Abby? No iba a dejar que te alejases, nunca dejaría
que eso pasase. Tuve que golpear tu cabeza y noquearte para que
detuvieras tu escándalo.

Estaba preparado en caso de que reaccionaras así. Reservé uno de los
depósitos en las afueras de la ciudad el día en que decidí mudarme
contigo. Nos llevé con tu auto hasta allí, te agarré y te traje
dentro conmigo. Me tomó poco tiempo así que seguías inconsciente,
me aseguré de revisar en tus bolsillos que no tuvieses tu celular. Te
senté en la parte de atrás del pequeño cuarto y cerré la puerta.
Llamé al propietario y le dije que había visitado mi depósito la
otra vez y me había olvidado de cerrarlo, y le pregunté si no le
molestaría cerrarlo por mí. Por supuesto, él dijo que sí y
colgué. Luego tiré el celular en el suelo y lo pisoteé, para
asegurarme de que nunca más funcionase. Poco después lo escuché
venir y cerrar la puerta.

Alrededor de una hora más tarde, vi que empezabas a despertarte. La
primera vez escuché un quejido muy débil, luego tu pierna empezó a
moverse. Un poco después estabas completamente despierta. Cuando
viste mi cara, empezaste a gritar, lo que luego disminuiste a un
gemido, y luego a un murmullo. Ahí fue cuando lo viste, la otra cosa
en el cuarto. Mi cuchillo. Era obvio qué hacía aquí, y después de
un segundo de entendimiento te precipitaste a recogerlo.

Vi la muerte en tus ojos y dije «Abby, te amo»… y luego sentí el
dolor punzante del cuchillo siendo introducido en mi cuerpo. Creo que
lo sacaste y lo clavaste de nuevo con mucha fuerza. Pude sentirlo en
cada momento, como un fuego ardiente en mi pecho. Caí en el suelo,
riendo mientras tosía sangre. Te vi retroceder, temblando, y sentarte
de nuevo en tu rincón.

Y ahora, mientras me siento sobre un charco de mi propia sangre
escribiendo esto, me pregunto cómo saldrás. ¿Usarás el cuchillo
para tomar tu propia vida? ¿O vas a dejar que el hambre te mate? De
cualquier manera, estaremos juntos en la muerte Abby. Juntos desde el
día en que te vi, hasta el día que ambos morimos. Y mientras estás
sentada ahí, llorando, puedo decirte que llegué a una conclusión.
Abby, esto es todo lo que quería, y por eso quiero decirte gracias.

Con amor, Jay.
puntos 18 | votos: 18
El viaje en metro - vo en el Reino Unido. Una compañera de trabajo se enteró de esto por
su novio. Él trabaja con alguien que le contó que la amiga de su
hermana se subió al metro para ir a su casa hace algunas semanas.
Cuando entró notó que había cinco filas de asientos vacíos,
excepto por la última fila, que tenía a tres personas. Como le dio
un poco de miedo, se sentó en el lado opuesto a estas personas, a
varias filas de distancia. Se acomodó y dirigió su mirada a la mujer
que venía con los hombres, que la veía fijamente.

Sacó su libro y comenzó a leerlo, pero cada vez que volteaba a la
mujer ésta parecía seguirla viendo. El metro se detuvo en la
siguiente estación y se subió un hombre: observó detenidamente el
interior del metro, la vio a ella y a las personas en el lado opuesto
y se fue a sentar con ella. En tanto el metro partía a la siguiente
estación, el hombre se inclinó hacia ella y le susurró en el oído,
«si sabes lo que es bueno, te bajarán en la siguiente estación
conmigo». Ella estaba helada, pero supuso que lo mejor sería hacerle
caso, pues en la siguiente estación habría bastante gente.

Llegaron a la estación y ella se bajó con el hombre, quien empezó a
decirle, «gracias a Dios. Lo siento, no quise asustarte, pero tenía
que sacarte de ahí. Soy doctor, y la mujer sentada en los últimos
asientos estaba muerta y los dos hombres a su lado la habían
arreglado». De acuerdo al tipo que contó la historia, la chica y el
doctor llamaron a la policía, quienes detuvieron el metro en la
siguiente estación.
puntos 8 | votos: 8
El curioso caso del Sr. Thompson - Noches atrás el viejo hombre yacía ebrio y destrozado en el sillón
de su casa por la muerte de su querida Abigail; él no lo podía
creer, hace sólo unas semanas habían celebrado su duodécimo
cumpleaños y ella reía y saltaba como si su vida sería próspera
por muchos años más. Pero por hechos del destino, y caprichos que
muchos aún no pueden digerir, ella se fue, dejando un hoyo gigantesco
en Richard Donovan Thompson.

La muerte de la única hija de Rick fue realmente espeluznante para
nuestro pequeño pueblo de Bigtown, en Colorado. La noticia rodeó no
sólo el lugar, sino que revoloteó por todo el país como un terrible
caso de asesinato y violación, pues según los forenses la pequeña
sufrió de múltiples ataques de violación y tortura; su pequeño
cuerpo fue hallado maltrecho y destrozado en las afueras del pueblo,
en un paraje desolado del bosque. Las descripciones de los
profesionales indicaron que fue torturada con varios instrumentos
quirúrgicos básicos de un cirujano, como bisturíes, dilatadores y
lancetas, para rasgar su delicada piel, y su inocencia. Lo más
desagradable y horripilante del caso fue que hallaron el cuerpo de
Abigail decapitado y bañado en sangre, y una marca sucia y de
protagonismo estaba dibujada en su espalda con carboncillo, el bastón
de Esculapio.

Yo estuve en la escena del crimen al llevar a Rick preocupado por lo
de su hija, sin saber lo que le esperaba ahí. Según me contaba en el
trayecto, su hija había salido a las nueve de la noche a la casa de
una amiga a una fiesta que ésta ofrecería con sus padres. Le
pregunté por qué no la había acompañado hasta la casa de la
cumpleañera, y ahí fue cuando el hombre se puso nervioso y comenzó
a sentirse terrible y culpable por el caso. Tartamudeando y pegando la
mirada a varios lados a la vez, me contó algo que no le creí al
principio, me dijo que «ella ya estaba lo suficiente grandecita como
para poder ir sola a la calle, que confiaba mucho en su suerte, y que
la zona a donde iba no era para nada peligrosa». Yo lo vi con una
mirada de asombro, y pensé, «eres una mierda de padre, Rick».

Sabía cómo se portaba el hombre, fue mi vecino por más de quince
años y conocía sus actividades, hasta la más minúscula. Trabajaba
en obras de construcción y casi todos los días llegaba a casa ebrio
a altas horas de la noche sólo a golpear a su esposa Margaret, por
distintas razones estúpidas. Escuchaba los gemidos de su esposa y sus
llantos, y a veces había noches en que no podía conciliar el sueño
porque Margaret me buscaba y me pedía ayuda con los maltratos de su
esposo. Me molestaba el caso, pero… no era algo en lo que me
correspondía meterme.

Después del nacimiento de su única hija, pasaron seis años para que
Margaret se hartara del viejo Rick y lo dejara con la pequeña. Hizo
muy mal al hacer eso, y era raro en ella, ya que amaba tanto a su hija
que era difícil verlas separadas. Que de la noche a la mañana se
esfumara del pueblo sin dejar rastro alguno le pareció raro a los
vecinos, y en especial a Rick; todos esos hechos dejaron consternado
al viejo y lo endurecieron en un odio total contra el género
femenino, blasfemando y diciendo que eran de lo peor. Comenzó a
hundirse más en el alcohol y yo veía con frecuencia las prostitutas
baratas que llevaba a casa. Según entendía, la preocupación por
Abigail era mínima y la que siempre velaba por ella era la vieja
señora Smicht, una anciana bonachona y gentil que vivía al frente de
los Thompson.

Cuando llegamos al paraje desolado del bosque vimos una multitud de
gente rodeando la escena y a varias patrullas en la zona. Al pasearse
por el lugar del macabro hecho, Rick reconoció los pequeños zapatos
de charol que estrenaría la niña en la fiesta de su amiga bañados
en su sangre, ya seca. El hombre quedó anonadado y se puso en blanco;
yo intenté pararlo, pero me consternó su actitud, pues se puso
furioso y comenzó a decir estupideces. Maldición, fue una escena
sacada de un maldito cuento: en vez de llorar por su hija, sacaba en
cara lo estúpida que fue en vida; y la gente no lo creía, el padre
no lloraba por la muerte de su hija.

El entierro de Abigail fue algo desconcertante, del viejo Rick no
brotaba ni una sola lágrima y la única que lloraba desconsoladamente
enfrente del ataúd era la señora Smicth, mientras que los presentes
le daban el pésame al viejo hombre y él sólo asentía sin decir
palabra alguna. La escena me dio tanta pena y coraje a la vez que
partí del cementerio del pueblo y fui a mi hogar a tomar unas
bocanadas de humo de cigarro, pensando en el curioso caso. Pasadas las
once de la noche, Rick llegó totalmente alcoholizado con una vieja
rubia mal maquillada con ropas de ramera de quinta; ese tipo era de lo
peor, ni siquiera en el día del funeral de su hija dejaría el
alcohol y el sexo comprado por luto.

Esto lo cuento en forma de pasado, ya que hace un par de días fue
hallado el cuerpo de Rick, frío y tieso en la parte trasera de su
casa; tal vez fue justicia divina. El cadáver fue hallado desnudo y
con quemaduras en varias partes de su obeso cuerpo, con los genitales
mutilados, faltándole uno de sus brazos y su rostro era irreconocible
por los horrendos martillazos que el homicida le propinó. Lo que les
pareció más curioso del caso a los forenses, y los dejó
consternados, fue que hallaron la misma marca que encontraron en su
difunta hija; pero esta vez con una frase escrita, también con
carboncillo, en su calva y regordeta cabeza: «Así mueren los
cerdos».

Nadie asistió a su funeral, al parecer todos en el pueblo lo odiaban
por cómo era él y por su actitud con todo lo que rodeó la muerte de
su hija. Los policías buscaron pistas para hallar al «Asesino
Médico»; sí, así lo apodaron por la escabrosa imagen que
impregnaba en sus víctimas. Por mi parte, tampoco podía creer lo
sucedido; padre e hija muertos. Escribí unas notas sobre el caso y
las actividades que había percibido en la casa de los Thompson y se
los mandé a la policía por si les era útil. Lamentablemente, yo
estaba en una de mis conferencias en la universidad en el momento del
asesinato de Richard, y no pude escuchar ni ver nada.

Por otro lado, después de tantos años aún no puedo creer que
Margaret me abandonara por ese perdedor. Pensándolo más a
profundidad, el viejo Rick tal vez sí merecía la muerte; fue por
eso, tal vez, que en una de esas noches en las cuales Margaret me fue
a buscar le destrocé el cráneo con la base de una lámpara, e hizo
que aún conserve el cuerpo embalsamado en el viejo baúl de mi
sótano desde hace más de seis años, y aún tiene esa apariencia que
me enamoró en mi juventud. Fue por eso tal vez que me crucé con la
pequeña Abigail aquella noche, cuando ella salió desacompañada e
indefensa a la casa de su amiga, y la secuestré y disfruté
torturándola y violándola constantemente, mientras ella lloraba y
clamaba por su tan pequeña vida; y por capricho mío me quedé con su
cabeza como trofeo de guerra, ahora apilada con los restos de su
querida madre. Pero honestamente, lo que me parece más gracioso e
irónico de todo este caso, es que no fui yo quien llevó a la muerte
al viejo Richard Thompson.
puntos 5 | votos: 7
El sr bocón - Durante mi niñez, mi familia era como una gota de agua en un gran
rio; Nunca permanecíamos en un solo lugar por mucho tiempo. Nos
mudamos a Rhode Island cuando tenía 8 años, y permanecimos ahí
hasta que fui a la Universidad en Colorado Springs. La mayoría de mis
memorias son de cuando vivía en Rhode Island, pero hay fragmentos en
mi mente de los muchos hogares en los que habite, cuando era mucho
más joven.

La mayoría de estas memorias son poco claras y sin sentido – Como
el perseguir a otro niño en el patio de una casa en Carolina del
Norte, intentar construir una balsa detrás de un departamento en el
que viví en Pennsylvania, y cosas como esas. Pero hay un puñado de
memorias que permanecen tan claras como el vidrio, como si hubiesen
ocurrido ayer.

Vivíamos en una casa en las afueras de la bulliciosa ciudad de New
Vineyard, Maine. Era una casa grande, en especial para una familia de
tres. Había una serie de cuartos que estaban totalmente desocupados,
a los cuales no entre durante el tiempo en el que viví en esa casa.
Supongo que era un desperdicio de espacio, pero era lo único que pudo
rentar mi papa que le quedar cerca de su trabajo. Recuerdo que, en el
día después de mi cumple años, tuve una fiebre tremenda. El doctor
dijo que tenía Mononucleosis lo que, para mí, significaba mas fiebre
y no poder salir a jugar por al menos, tres semanas. Era un momento
terrible para estar atado a la cama; Estábamos empacando para
mudarnos a Pennsylvania, y la mayoría de mis cosas ya estaban dentro
de cajas, dejando mi cuarto casi vacío. Mi mama me traía agua
mineral y libros varias veces al día, los cuales servían como único
entretenimiento durante estas semanas.

No recuerdo exactamente como conocí al Sr. Bocón. Creo que fue una
semana después de que diagnosticaron la Mono. Mi primera memoria de
la pequeña creatura fue de cuando le pregunte su nombre. Me dijo que
lo llamara Sr. Bocón, porque tenía una boca enorme. De hecho, ahora
que lo pienso, todo en su cara era enorme en comparación a su cuerpo-
Su cabeza, sus ojos, sus arrugadas orejas-. Pero su boca, sin duda era
lo mas grande. Te pareces a un Furby”, le dije mientras miraba uno
de mis libros.

El Sr. Bocón se detuvo y me miro extrañado. “Furby? Que es un
Furby?” – Me pregunto.

“Tu sabes… El juguete peludo con orejas enormes, lo puedes
acariciar y alimentar, casi como una mascota real.”

“Oh!.. Tu no necesitas uno de esos. No es lo mismo que tener un
amigo real”.

Recuerdo que el Sr. Bocón se desaparecía cada vez que mi mama iba a
mi cuarto a revisarme. Se ocultaba bajo mi cama y me decía: “No
quiero que tus papas me vean, tengo miedo de que ya no nos dejen jugar
juntos”.

No hicimos mucho durante los primeros días. El Sr. Bocón, solo veía
mis libros, fascinado con las imágenes e historias. Por ahí del
tercer o cuarta noches desde que lo conocí, me despertó con una gran
sonrisa en su rostro. “Vamos a jugar un nuevo juego”, me dijo.
“Pero tenemos que esperar hasta después de que tu mama venga,
porque es un juego secreto”.

Después de que mi mama me trajera mas libros y refresco, a la hora de
siempre, el Sr. Bocón se deslizo desde debajo de la cama y tomo mi
mano. “Tenemos que ir al cuarto que esta al final del pasillo”, me
dijo. Me negué al principio, pero el Sr. Bocón, insistió hasta que
cedí.

El cuarto en cuestión, no tenía ni muebles ni tapiz. Lo único que
lo distinguía era una ventana del lado opuesto a la puerta. El Sr.
Bocón corrió a través del cuarto, y le dio un firme empujón a la
ventana, dejándola un poco abierta. Entonces, el, me insistió en que
mirara hacia el piso, afuera.

Aunque estábamos en el segundo piso de la casa, la caída era más
alta debido a que estábamos en una colina. “Me gusta jugar a fingir
aquí”, me explico el Sr. Bocón. “Finjo que hay un suave y enorme
trampolín allá abajo, y brinco. Si lo crees con todas tus fuerzas,
vas a ver qué rebotas hasta acá arriba, como una pelota. Quiero que
lo intentes!”

“Es muy alto”, le dije.

“Pero eso es lo divertido! No sería tan divertido si fuera una
caída corta. De ser así, mejor si rebotaras en un trampolín
real!”

Recuerdo haber jugado con la idea; Dejarme caer en el fresco aire, y
rebotar en algo que mis ojos no podían ver. Pero el realista en mi,
prevaleció. “Quizas en otra ocasion”, le dije. “No se si tenga
tanta imaginacion. Podria lastimarme”.

La cara del Sr. Bocón se contorsiono con un gruñido, pero solo por
un momento. Decepcionado, se metió debajo de mi cama, donde estuvo
quieto el resto del día.

La mañana siguiente el Sr. Bocón llego con una pequeña caja.
“Quiero enseñarte malabares”, me dijo. “Aquí hay algunas cosas
que puedes usar como practica, antes de que te de tu primera
lección”.

Mire la caja; Estaba llena de cuchillos. “Mis papas me mataran!”,
le grite horrificado de que el Sr. Bocón había traído cuchillos a
mi cuarto- Objetos que mis papas no me dejarían tocar nunca!

El Sr. Bocon gruño. “Es divertido jugar con esto. Quiero que lo
intentes”.

Aleje la caja de mi. “No puedo. Me regeñaran. Los cuchillos no son
seguros para aventarse”.

Las cejas del Sr. Bocón se cerraron, molesto. Tomo la caja con los
cuchillos, y se metió debajo de la cama, otra vez durante todo el
día. Me empezaba a preguntar que tan seguido se la pasaba debajo de
mi.

Desde ese entonces, empecé a tener problemas para dormir. El Sr.
Bocón, me despertaba en la noche diciéndome que había puesto un
trampolín real debajo la ventana, uno enorme que no podía ver en la
obscuridad. Siempre me negué y trataba de volver a dormir, pero el
Sr. Bocón persistía. Algunas veces, se quedaba a mi lado hasta el
amanecer, animándome a saltar.

Ya no era tan divertido jugar con él.

Una mañana, mi mama fue hacia mi cuarto, y me dijo que tenía permiso
de ir a caminar afuera. Pensaba que el aire fresco sería bueno para
mí, especialmente después de estar confinado a mi cuarto por tanto
tiempo. Con emoción, corrí hacia el patio, esperando poder sentir el
sol en mi cara.

El Sr. Bocón me estaba esperando. “Hay algo que quiero que veas”,
me dijo. Debí darle una mirada fea, porque entonces me dijo: “Es
seguro, no pasa nada, te lo prometo”.

Lo seguí hasta un viejo camino que corría a través de los bosques
detrás de mi casa. “Este es un camino importante”, me explico.
“Tengo muchísimos amiguitos de tu edad. Cuando estubieron listos,
lo lleve por este camino. A un lugar especial. Todavía no estás
listo, pero algún día, espero, lo estarás”.

Regrese a mi casa preguntándome, que tipo de lugar existía más
allá de aquel camino.

Aproximadamente dos semanas después de conocer al Sr. Bocón,
empacaron la última carga de cajas en el camión de mudanzas. Me fui
adelante con mi papa, en un largo recorrido hacia Pennsylvania. Había
considerado en decirle al Sr. Bocón que me iba, pero aun teniendo 5
años, sospechaba mucho de las intenciones de la creatura, a pesar de
lo que me decía. Fue por esta razón que decidí no mencionar nada de
mi mudanza.

Eran la 4:00 am cuando mi papa y yo estábamos en el camión. Mi papa
esperaba llegar a Pennsylvania para la hora de la comida al día
siguiente, con ayuda de una larga dotación de café y bebidas
energéticas. Recuerdo que se parecía mas a un tipo que estaba a
punto de correr una maratón, que un tipo que se la pasaría sentado
por un par de días.

“Muy temprano para ti, verdad?”

Afirme con mi cabeza, mientras la ponía en la ventana, esperando
dormir un poco antes de que saliera el sol. Sentí la mano de mi papa
en mi hombro. “Esta será la última mudanza, lo prometo. Sé que es
difícil para ti, especialmente estando con esa enfermedad. Una vez
que obtenga mi promoción, podremos quedarnos en un solo lugar, y
hacer amigos”.

Cuando el camión comenzó a moverse, vi la silueta del Sr. Bocón en
la ventana de mi cuarto. Parado, inmóvil, se despidió lastimosamente
con su mano. No me despedí. Años después, regrese a New Vineyard.
El terreno donde se encontraba mi casa estaba vacío, a excepción de
los cimientos. Resulta que la casa se quemo algunos años después de
que yo y mi familia nos fuimos. Por curiosidad, busque el camino que
el Sr. Bocón me enseño, y al encontrarlo, decidí seguirlo. Una
parte de mi esperaba que el Sr. Bocón saltara sobre mí de repente, y
me espantara dándome un infarto, pero tenía la sensación de que el
Sr. Bocón, ya no se encontraba en ese lugar, como si de alguna manera
el estuviese atado a la casa que ya no existe,

El camino llevaba a uno de los cementerios de New Vineyard.
puntos 21 | votos: 21
Ojos rojos - Un hombre fue a un hotel y se dirigió a la recepción para
registrarse. La señora que atendía le dio su llave y le comentó que
en el camino a su habitación, había una puerta sin número, que
estaba cerrada y que a nadie le estaba permitido entrar. En especial
que tampoco debían mirar adentro del cuarto, bajo ninguna
circunstancia. El sujeto siguió las ordenes de la recepcionista y se
fue directo a su habitación.

La siguiente noche, su curiosidad no lo dejaba en paz, así que el
hombre decidió ir a revisar esa puerta sin número. Cruzó el pasillo
y legó al cuarto; trató de abrir la perilla, desde luego estaba
cerrada. Se agachó y miro por el cerrojo. Sintió una brisa fría en
su ojo. Lo que vio fue simplemente una habitación común y corriente
como la de él, pero en la esquina de esta, había una mujer cuya piel
estaba completamente blanca. Estaba recargada con su cabeza contra la
pared. El tipo se confundió un poco. Estuvo a punto de tocar, pero
decidió no hacerlo.

Esta decisión salvó su vida. Se retiro y volvió a su cuarto. Al
día siguiente, volvió a la puerta sin número y volvió a mirar por
la rendija de la perilla. Esta vez solo veía rojo. No podía hacer
nada más que ver solo un color rojo que no se movía. Pensó que tal
vez la gente del cuarto lo habían descubierto y que probablemente
habían tapado la mirilla del otro lado con algo rojo.
Para este punto, el sujeto fue con la señora a preguntarle y calmar
su curiosidad. Ella suspiró y preguntó: “¿Miraste por la mirilla
de la puerta?” El le contestó que sí, a lo que ella le comentó:
“Supongo que puedo contarte la historia: Hace tiempo un hombre
asesinó a su esposa en esa habitación y desde entonces el espíritu
de esa mujer merodea ese lugar. Pero esta gente no era ordinaria,
tenían la particularidad de que su piel era completamente blanca, lo
único que les resaltaba era que sus ojos eran rojos“

puntos 14 | votos: 14
Ciudad sin luz - ¿Hay alguien en tu vida que odies? ¿Alguien por quien darías
cualquier cosa para hacerle daño, por quien pagarías cualquier
precio a cambio de venganza? Si es así, quizá deberías considerar
ir a la Ciudad Sin Luz.

Para ir ahí, ve a cualquier ciudad relativamente grande y busca un
callejón abandonado por la noche. Entra en él, y cierra tus ojos lo
más fuerte que puedas. Di en voz baja «Ciudad Sin Luz» y
concéntrate en la oscuridad. Probablemente has notado que ves colores
difuminados y figuras abstractas si enfocas tu vista cuando tienes los
ojos cerrados; observa esas imágenes. Luego de unos minutos,
deberían empezar a volverse más claras y brillantes.

Cuando esto ocurra, irán tomando formas concretas: imágenes de
asesinatos violentos, animales deformados y semejantes. No importa lo
que veas, mantén tus ojos cerrados. Comenzarás a perder la noción
del tiempo, pero eventualmente las imágenes se detendrán y sólo
verás oscuridad absoluta, nada más que un tono negro profundo, sin
otros colores ni formas. Cuando estés seguro de que has alcanzado
este punto, abre tus ojos.

Ahora te encontrarás en una ciudad bastante oscura, no habrá una
sola luz o estrella en el cielo. Deberías poder ver las siluetas azul
oscuro de los edificios a tu alrededor. Sal del callejón y camina tan
silenciosamente como te sea posible por la acera, sin ir en ninguna
dirección en particular.

Si escuchas algún movimiento, aléjate tan rápido como puedas del
ruido. En la Ciudad Sin Luz habitan animales. Estará muy oscuro como
para distinguir bien sus rasgos, pero son del tamaño de los grandes
felinos y matarán a cualquier humano que atrapen. Sigue caminando
hasta que llegues a un área con edificios más pequeños; el límite
de la ciudad.

Te encontrarás con un niño, cuyo rostro emitirá un débil brillo,
permitiéndote ver que no tiene ojos.

Te preguntará, «¿Compartirás tu luz conmigo?».

Di que sí, y el niño acercará sus manos a tu rostro y te sacará tu
ojo derecho. Será doloroso, pero esto no te dejará ningún tipo de
herida ni sangrarás. Luego te dará las gracias y se irá. Sigue
caminando, y un hombre alto aparecerá frente a ti.

«¿La luz de quién deseas tomar?».

Di el nombre de la persona que odias, y tan pronto lo hagas esa
persona quedará completa y permanentemente ciega.

«¿Tu odio ha sido satisfecho?», te preguntará el hombre. Si es el
caso, di que sí, y despertarás en el callejón. Si la respuesta es
negativa, di que no, y el hombre desaparecerá. Sigue caminando. Te
encontrarás con otro niño sin ojos.

«¿Compartirás tu luz conmigo?».

Di que sí y te sacará tu ojo izquierdo, dejándote ciego. Sigue
caminando y el hombre alto se te aparecerá de nuevo, aunque por
supuesto ahora tendrás que depender del sonido de su voz.

«¿La vida de quién deseas que la oscuridad reclame?».

Di el nombre de la persona que odias, y esa persona morirá. No se te
preguntará si tu odio ha sido satisfecho esta vez, y no serás capaz
de volver al callejón. Te advertí que te aseguraras de que realmente
odiabas a alguien antes de hacer esto, porque pasarás el resto de tu
vida vagando por la Ciudad Sin Luz, ciego, con sólo tu odio para
reconfortarte.

Para algunas personas, eso es suficiente.
puntos 14 | votos: 14
Oscuridad - Todo comenzó cuando me mudé a mi nueva casa. Sí, es un poco
trillado. Créanme, lo sé, pero es lo que pasó. Nunca había
experimentado nada sobrenatural antes y, aunque tenía interés por
ello, nunca esperé que realmente me sucediera algo.

Conseguí rentar la casa a un muy bajo precio. No le di importancia
porque era una casa vieja, ni tampoco estaba ubicada en el mejor de
los vecindarios, así que supuse que era un buen trato. Luego de
trasladar mis cosas, todo marchó bien por un tiempo.

No recuerdo cuándo fue exactamente que comenzó porque para ese
tiempo no era nada grave. A veces dejaba la luz de la cocina o del
baño encendida y al volver la encontraba apagada. Sinceramente,
pensaba que tan sólo me había olvidado de que la había apagado
antes de irme. Luego de un tiempo comenzó a intrigarme, y empecé a
dejar una que otra luz encendida deliberadamente. A veces, nada
sucedía. A veces, encontraba las luces apagadas cuando regresaba.

Para ese momento ya pensaba que algo andaba mal. No estaba asustado,
sino confundido. Pensaba que quizás le pasaba algo a la corriente
eléctrica. Comencé a dejar luces encendidas con mayor frecuencia
porque creí que me ayudaría a identificar el motivo por el que se
apagaban aleatoriamente. Entonces la situación tomó un curso
distinto.

La primera vez que recuerdo que pasó algo extraño fue cuando dejé
encendidas la luz de la cocina y de la sala antes de ir a dormir. Esa
noche fui despertado por un gruñido profundo y estrepitoso que
provenía de la cocina. Recuerdo que desperté creyendo que había
algún animal en la casa. Desde mi cuarto se puede ver al final del
pasillo la sala que está al lado de la cocina; noté que la luz en la
sala se había atenuado, como si alguien hubiese apagado el
interruptor de la cocina. Se escuchó otro gruñido, esta vez desde la
sala, y casi grito al creer ver algo al final del pasillo antes de que
la luz de la sala se apagase; aunque no pude distinguir lo que era.
Simplemente se veía como algo parecido a una sombra, en realidad no
me importaba, era presa del pánico. Me tiré de la cama hacia el
interruptor de la luz, creyendo que alguien estaba en mi cuarto y se
estaba preparando para hacerme daño.

Nada. No había nadie en mi cuarto. Dejé escapar un leve suspiro y
luego caminé lentamente hacia la sala. Una vez que llegué al final
del pasillo, prácticamente me abalancé contra el interruptor para
encender la luz. De nuevo, nada. La cocina seguía, y, de nuevo,
¡nada!

Estaba comenzando a creer que lo había soñado todo cuando iba a
apagar el interruptor de la luz de la cocina, pero me detuve. Soy un
adulto, pero tenía miedo de apagar el interruptor. Y lo voy a
admitir, esa noche dormí con todas las luces de la casa encendidas.

Ése fue un error.

Cuando desperté a la mañana siguiente, todas las luces estaban
apagadas de nuevo. Quise levantarme de la cama, y di un quejido porque
me sentía adolorido. Aparté las sábanas para descubrir largas
marcas rojas a lo largo de mis piernas y brazos. Parecía como que si
algo me hubiese aruñado mientras dormía. Eso me horrorizó, pero no
tanto como cuando vi lo que había pasado.

Cada luz que dejé encendida estaba rota. Cada bombilla que estaba
encendida la noche anterior estaba hecha añicos, cada lámpara estaba
caída y destrozada. Se me cortó la respiración en tanto miraba
alrededor. Algo terrible estaba sucediendo ahí, y alguien intentó…
bueno, me hizo algo mientras dormía. Pedí el día libre en el
trabajo e inmediatamente fui a reemplazar las bombillas.

No sabía qué hacer luego de eso. Consideré irme de la casa, pero
—y sé que probablemente sonará estúpido— ésa era mi casa. Era
la primera vez que vivía separado de mi familia y ésa era mi casa.
No me podía dar por vencido. Así que… me quedé.

Incluso cuando se puso peor.

Aunque estaba comenzando a tenerle pánico a la oscuridad, no podía
dormir con la luz de mi cuarto encendida. Dejaba otras luces
encendidas, como la del pasillo o la de la sala, que iluminaban lo
suficiente como para que pudiera ver bien en mi cuarto. Y, casi todas
los días, despertaba a la mitad de la noche por un gruñido o el
sonido de algo merodeando la sala, y luego las luces se apagaban. No
quería ir a ver. Me aterrorizaba la idea de compartir el mismo
espacio con lo que fuese que estuviera ahí. Así que me acurrucaba en
mi cama y rezaba para que nunca se acercara.

Una noche, luego de que esto estuviera pasando por un tiempo, me
harté. Compré una pistola y encendí cada luz de la casa. Luego me
senté en el medio de la sala con el arma en mi regazo y un bate de
béisbol a mi lado. Esperé. No pasó nada por mucho tiempo, pero
alrededor de las dos de la madrugada comencé a escucharlo.
Curiosamente, estaba detrás de mí. Me giré y eché un vistazo hacia
mi habitación, y pude escuchar ese familiar gruñido. Tragué saliva
y tomé la pistola con una mano y el bate con la otra, y lentamente
empecé a caminar para poder visualizar mejor mi cuarto. Cuando
empezaba a ver la cama, escuché un ruido sordo seguido de un rugido
inhumano. Yo, siendo el hombre valiente que era, di un salto hacia
atrás y me alejé del pasillo. Quería terminar con eso de una vez
por todas, ¡pero por Dios que no quería confrontar a esa cosa!
Podía escuchar el sonido de mis pertenencias siendo rasgadas y
apaleadas, y no sé cómo fue que lo capté, pero pude escuchar un
leve clic. Y luego nada. Lentamente, volví a echar un vistazo a mi
cuarto desde el pasillo y la luz estaba apagada de nuevo. Tomé aire y
seguí caminando, con mis armas listas.

Al llegar a mi cuarto y encender el interruptor de la luz, di un grito
ahogado. Mi cama estaba completamente arruinada, partida por la mitad.
Fue como si un animal hubiera saltado en ella y simplemente la hubiera
hecho pedazos. Me acerqué para ver la condición del resto de mi
cuarto y sólo me quedé ahí pasmado por quién sabe cuánto. No fue
hasta que escuché el sonido del familiar gruñido que me di la
vuelta. Parado a un lado de mi puerta, junto al interruptor de la luz,
fue cuando finalmente lo vi.

Era un hombre, un hombre caucásico y mugriento con un cuerpo
sumamente lacerado, parecía que había sido el juguete de un oso.
Estaba demasiado sorprendido como para alzar mis armas. Me miró
fijamente sólo por un momento, y luego… apagó la luz. Grité. Ni
siquiera siento pena de admitirlo. Grité y salí corriendo, no me
importó que hubiera un… hombre… ahí parado. Pasé corriendo por
donde lo había visto, sacudiendo mi bate como un maniático. Casi
rompo el marco de la puerta en lo que corría hacia la seguridad de la
luz del pasillo. Luego de un momento me di la vuelta, a tiempo para
verlo parado de nuevo al lado del interruptor de la luz. Apagó la del
pasillo también. Para entonces, ya no quería enfrentarlo; quería
estar a salvo. Irrumpí en la sala y no me detuve hasta llegar a la
claridad de la cocina.

Escuché el ruido de gruñidos y rasguños desde todas las direcciones
y entonces supe que iba a regresar. Me giré, para ver de nuevo el
pútrido y magullado cadáver de un hombre bajar el interruptor de la
luz con su dedo roto, dejándome entre la terrorífica oscuridad. Me
precipité a la sala.

Ésa sería mi última parada. Tenía que enfrentarlo ahí. Me fui
acercando a la lámpara de la mesita que era mi última línea de
defensa. Esperé a que viniera a apagarla, pero… nunca lo hizo.
Miré alrededor y… silencio. Nada más que silencio. Entonces me
volteé a ver el brillo esperanzador de la lámpara que se rehusaba a
ceder. De un momento a otro me encontraba riendo, una risa frenética
pero vivaz, y pensaba que todo había terminado. Me acerqué todavía
más y juro que casi abrazo a esa lámpara.

Hasta que lo oí. Primero escuché el gruñido provenir no desde
detrás de mí, sino desde enfrente. De la lámpara. Mis ojos se
agrandaron y me le quedé viendo mientras la luz se intensificaba.
Retrocedí y, no sé lo que pasó, pero creo que tropecé con algo. Lo
siguiente que recuerdo es que estaba de espaldas sobre el suelo viendo
esa luz brillante e intensa. Ya no era reconfortante; sólo caliente y
pesada y brillante… pensé que me iba a calcinar. Y entonces
sucedió.

No tengo palabras para describir lo que surgió de la luz de esa
lámpara. Era horrible, retorcido y lleno de ira. Pero sé que nunca
olvidaré sus ojos: brillantes, calientes, blancos… dos círculos
resplandecientes de malicia pura. Me odiaba. Odiaba todo sobre mí; y
no sólo a mí, nos odiaba a todos, a cada ser humano. E iba a atacar
a lo que tuviera enfrente. A mí. No sé cómo es que supe esto,
pero… lo supe. Se abalanzó contra mí y me preparé para una muerte
dolorosa.

CLIC.

La luz se apagó. Una vez más, oscuridad. Me quedé en el suelo por
varios minutos, permitiéndole a mis ojos acostumbrarse sin despegar
la mirada de donde estaba mi lámpara. Conforme pasaban los segundos,
empecé a distinguirlo. Ese cuerpo magullado parado junto a la
lámpara, con una mano en el interruptor mientras me miraba.

Entonces lo comprendí. Comprendí lo que significaba todo lo que
había pasado. El hombre retiró su mano de la lámpara y apuntó su
dedo roto hacia ella, moviendo su cabeza de un lado a otro. Sólo pude
responder asintiendo.

No era él quien trataba de hacerme daño. Todo ese tiempo, todas esas
veces, él estaba tratando de protegerme. La criatura sólo podía
aparecer en la luz, y ese hombre había estado tratando de mantenerme
a salvo. No quería que nadie más repitiese sus errores.

Me mudé ese mismo día y nunca miré atrás. Lo que sea que fuese,
estaba confinado a esa casa, y, hasta el día de hoy, nada ha vuelto a
surgir de ninguna fuente de luz. Sin embargo, esa cosa siempre
permanecerá grabada en mi mente. Cada noche en mi nuevo apartamento
tengo el hábito de recorrer los cuartos, cerciorándome de que cada
luz esté apagada, cada cortina cerrada, y me cubro de silenciosa,
reconfortante y absoluta oscuridad.
puntos 10 | votos: 10
El juego de la ventana - Es extremadamente fácil de iniciar, aunque requiere un poco de tiempo
y, como muchas cosas, es aleatorio.

Solo hay que hacer una cosa para jugar, con una condición al hacerlo:

Tienes que cerrar la ventana y las cortinas de tu cuarto, antes de
acostarte, de la manera más cuidadosa y sospechosa posible.
Con la condición de que sea a fin de mes. Eso es lo que atrae al
otro participante, pero es debido de informar que esto va a
necesitar varios intentos, ya que no siempre se presenta a la primera,
normalmente se presenta entre el intervalo de los 6 a 12 intentos...
¿Pero, cómo sabes si funcionó…y lo más importante, en qué
consiste el juego? Sabrás si funciono cuando el juego comience, y
eso, amigos míos, será cuando te despiertes. Y no despertarás de
forma natural, sino que te despertarás algo mareado o intranquilo y,
de repente, oirás un golpecito en la ventana. Vas a empezar a
escuchar golpecitos en la ventana, al principio serán lentos y
suaves, pero poco a poco serán más fuertes y constantes.

Tú, como la otra parte del juego, tienes que jugar, y lo que tienes
que hacer es muy simple, tienes que fingir que estás dormido. Aquí
es donde las cosas se ponen interesantes, porque hay varias cosas que
delatan a alguien que no esta dormido: se mueve mucho, no se tapan
totalmente la cabeza con las sabanas, y lo más importante de todo,
uno no duerme con los ojos abiertos. Tienes que fingir estar dormido
sin, en ningún momento, abrir los ojos. Mientras tanto, lo que hay al
otro lado, va a seguir golpeando la ventana, hasta que: habrá un
punto en donde dejará de golpearla. ¡POR NADA DEL MUNDO TE DUERMAS!
¡Ni pienses que se ha acabado, es una trampa! Siempre lo hace, ¡te
hace creer que ya se acabó, pero en realidad te quiere sorprender
para que abras los ojos!

El ente va a seguir tocando y golpeando la ventana, a cada instante,
durante toda la noche. Habrá momentos en los que va a golpear tan
fuerte que creerás que va a despertar a alguien, o va a romper la
ventana. No sientas temor, estás protegido siempre que parezcas
dormido. No pidas ayuda, nadie te podrá ayudar, estáis tu y esa
cosa. El juego dura toda la noche, hasta que amanezca, sabrás si has
ganado cuando veas la luz del sol salir por tu ventana. Esto, mis
queridos amigos, es un juego que lo hacen los más osados buscadores
de experiencias, es un juego que se ha hecho tan popular, que se
comenta constantemente. Yo tengo un amigo, que encontró un foro donde
hablaban de esto y decían haber participado en el juego.

En lo que todos concuerdan nadie sabe que es lo que hay detrás de la
ventana. Nadie sabe que le pasa a los que pierden el juego.

Si deja de golpear la ventana durante la noche es una trampa.
puntos 6 | votos: 8
El Violinista en el tejado - Solía tener un amigo, lo más cercano a un hermano, pero casi no
conocía sus vivencias personales, lo que hacía en casa, sus
hábitos, sus costumbres… era muy reservado en esos aspectos, no se
los contaba ni a su novia con la que ya tenía más de diez años de
estar con ella. Eran una pareja feliz, con sus peleas normales; de vez
en cuando acudía a mí para que le aconsejara, a pesar de que se
conocieron cuando comenzaron la primaria y la conocía bastante mejor
que yo. Se amaban, pasaban mucho tiempo juntos y se reían de todo,
Dante era bastante amable y risueño, despreocupado hasta cierto
punto, siempre tenía mil maneras de solucionar las cosas… pero
bueno, ese no es el tema, la razón por la que publico esto, es por si
acaso, Dante, estas leyendo esto en algún lado, quiero decirte que tu
desaparición causo mucho pesar. Tu madre se encuentra en el hospital
psiquiátrico debido a tu diario que a continuación transcribiré del
papel a la computadora, no quiero que algún otro Dante se identifique
contigo y acuda rápidamente a tu llamada; tu padre está encerrado en
su casa, sólo sale para ganar algo de dinero y no morir de hambre, ya
no contesta llamadas ni abre el correo y tu bien sabes que era algo
por lo cual tu padre tenía una extraña obsesión; tu mujer sigue
yendo a “su parque” y te espera hasta ya bien entrada la noche,
tiene unas ojeras que ni tú lo imaginarías. Hago esto porque no veo
que alguien de tus seres cercanos esté haciendo algo por encontrarte
después de cuatro años de extravío ya que te toman por hombre
muerto, sin embargo, estoy seguro que sigues en algún lado del mundo
ya que, como sabrás, hace unos días recibí una carta tuya con una
página de tu diario fechando el 4 de Septiembre del 2012. Antes de
poner el diario, quiero añadir algo para los lectores que creen que
no tienen nada que ver con esto o que realmente no tienen
absolutamente nada que ver con esto: Dante es un hombre, en la
actualidad de veinticuatro años, alto (1.87), complexión normal
(deberá pesar unos 75KG), castaño rojizo claro, sonará raro, pero
tienen los ojos café claro con tonos muy tenues violetas y estoy
seguro, aunque esa haya sido la causa de su desaparición, que sigue
tocando violín. Si lo han visto o saben algo de él mándenme un
correo a esta dirección lamp_0991@hotmail.com. Una última cosa antes
del diario: toda la familia de Dante tenía bien inculcada la afición
por llevar un diario, por lo tanto, aquí van algunas páginas del
diario de la señora madre de Dante, del padre y de el mismísimo
Dante, ahora puedo proseguir con el “aviso”, o “historia de
terror”, o “carta para encontrar a alguien”, o como sea que se
tome esto, que bien se podría tomar como las tres al mismo tiempo.

 

Nota: sólo pondré las páginas o las partes importantes de los
diarios, tampoco voy a transcribir los cincuenta tomos de diarios que
tengo. También, muchas páginas de los diarios de Dante les hice unos
arreglos, no serán textuales. No creo que quieran intentar descifrar
la ortografía y la gramática de un niño de seis años.

 

“7 de Enero de 1988

                Estoy emocionada, por fin nació mi hijo, es tan
diminuto que podría decir que su cuna es toda una casa para él. Se
llamará “Dante”, sus ojos tienen un brillo violeta y a pesar de
que se ve muy lindo con esos ojos poco comunes que tiene dan hasta un
poco de miedo. Creo que “Dante” es un nombre perfecto para él, ya
lo comentaré con mi esposo, por ahora me siento muy cansada y aunque
emocionada por haber sostenido a mi hijo entre mis brazos por primera
vez, mis ojos se cierran solos, ¡gracias a Dios estoy viva y todo
salió bien en el parto! Buenas noches.”

 

“13 de Marzo de 1991

                ¡Ya balbuceas frases completas! Tu frase favorita es
“tengo hambre”. Te emocionas mucho con la música clásica,
especialmente Bach, Handel y Paganini, aún no te pongo a Brhams, y
¡espera a que escuches las cuatro estaciones de Vivaldi! Sé que te
gustarán mucho (…)”

 

“29 de Mayo de 1991

                Comienzo a notar que sólo te emociona la música que
tiene como voz principal un chelo, una viola o un violín, ¿por qué
será? (…)”

 

“7 de Febrero de 1994

                Hoy vuelve a ser mi primer día de clases después de
algo llamado vacaciones, ¿qué se hace en las vacaciones? No lo
entiendo, no tiene chiste, estoy todo el día en mi casa como cuando
no iba a la escuela, a veces salimos al mercado o me llevan a tomar
nieve ¿no se supone que en vacaciones tienes que cazar vacas? Sólo
quiero que sea de noche, me gusta escuchar música (…) estoy
emocionado, por primera vez en este tiempo de escuela se acercó una
niña a hablarme, se llama Arleth, es nueva, recién entró después
de vacaciones, es bastante linda me ayudó en matemáticas, me
explicó que hacer una operación no es una operación para curar una
enfermedad, sino que es resolver un problema matemático, o algo así
(…)”

 

“15 de Junio de 1994

                Hoy fue un día horrible, Arleth no fue a la escuela,
no tengo ganas de escribir, sólo espero que den las 10:00 de la noche
para volver a escuchar música… ¡ADIÓS!”

 

“10 de Agosto de 1994

                Pasé a segundo de primaria, ya soy niño grande, no
puedo esperar a entrar a clases la semana que entra para ver a Arleth,
me gusta mucho jugar con ella en los columpios del patio a la hora del
recreo, me gusta mucho ver como se mueve su cabello largo al ritmo del
columpio (…) la música de anoche estuvo genial, espero que hoy sea
aún mejor.”

 

“30 de Agosto de 1995

                Hoy llevo cuatro días de novio con Arleth, le cargo
su mochila todos los días a la salida y la acompaño hasta su carro,
mi mamá me felicitó por tener novia aunque me da pena. A Arleth
sólo le pidieron que no descuidara sus estudios por mí. Estoy
pensando en invitarla a casa para que escuche la música conmigo en la
noche, es genial como suena el violín (…)”

 

“2 de Noviembre de 1995

                Hoy dejaron que Arleth se quedara en casa a dormir por
el día de muertos* y mañana que mi padre nos llevara a la escuela.
Estoy enojado porque Arleth dijo que no escuchó nada cuando comenzó
la música, siento que lo hace por jugar, me dijo que no escuchaba
nada de música pero que se sentía intranquila y se fue al cuarto de
visitas que está hasta el otro lado de la casa, yo creo que más bien
le dio miedo que descubrieran que se había pasado su hora de dormir,
ella se acuesta más temprano que yo. Siento que ignoró mis gustos
por completo, jamás la traeré de nuevo a la casa en la noche. Me
siento triste porque me ignoró, pero a pesar de eso la música estuvo
genial. Buenas noches.”

*el día de muertos es una celebridad que se festeja el 2 de Noviembre
en México para honrar a los muertos con un altar.

 

Pasemos más delante en las páginas de los diarios, realmente lo
único importante en los siguientes años es que Dante sigue
mencionando la famosa música nocturna.

 

“24 de Octubre de 1999

                Sólo tengo una cosa que decir: estoy muy enojado y
confundido. Hoy le dije a mi mamá que todas las noches desde que
tengo memoria escucho a alguien que toca muy bien el violín afuera de
mi cuarto y ella me dijo que no era cierto eso, que en caso de ser
así ella también lo escucharía ya que vivimos en la misma casa,
pero yo sé que lo que escucho es igual de real que yo, ahora siento
que lo que Arleth decía de que no escuchaba nada era cierto… pero
no sé, ¿y si soy yo el único que lo puede oír? ¿o si me están
jugando una mala broma? ¿o si realmente me lo estoy imaginando? No
sé que pasa. En fin, ya quiero que sea mañana, tengo que ver a
Arleth, la extraño mucho, se fue de viaje y volvió hoy, mañana ya
irá a la escuela (…)”

 

“24 de Octubre de 1999”

                Hoy Dante me comentó que todas las noches desde hace
mucho escucha a alguien que toca violín afuera de su cuarto, hoy me
dispongo a esperar a ese alguien afuera de la ventana del cuarto de
Dante, dudo que sea cierto, pero si mi hijo lo dice es que puede
existir la posibilidad, sino tal vez sólo sea que tiene muchas ganas
de aprender a tocar violín, pienso en meterlo a clases como regalo de
cumpleaños en unos meses y obviamente, también regalarle un violín
(…) Volví de la ventana del cuarto de Dante, no sé, pero a la hora
que él dice que hay alguien tocando violín fuera sólo siento una
especie de inseguridad y miedo estando fuera ahí sola, mañana le
diré a mi esposo que me acompañe. Mi día (…)”

 

“25 de Octubre de 1999

                Mi esposa me pidió salir afuera del cuarto de Dante
ya que mi hijo dice que alguien toca violín afuera de su cuarto todos
los días a las 10.00PM, hacía mucho tiempo que no tenía tanto
miedo. Miedo es lo único que se escucha estando ahí afuera a pesar
de estar con Lidia, algo me hace tener miedo, no sé que, es un miedo
irracional, estoy seguro que sólo es la mentalización y sugestión
de la mente humana, como el violín es un instrumento que transmite
misticismo, o por lo menos en muchas culturas antiguas se veía así y
se le conoce así en la actualidad, el pensar que hay alguien que
consigue entrar a la casa y llegar hasta afuera de la ventana de mi
hijo y tocar violín ahí sin que nadie lo escuche puede causar
horror. A pesar de ser psicólogo, no soy inmune a los trucos que la
mente pueda jugar, sin embargo puedo encontrar una explicación
lógica para ello y las únicas opciones que me quedan son dos: o
Dante sufre de alucinaciones auditivas desde hace mucho lo cual es
poco probable porque sus exámenes mentales resultan sanos, o
simplemente tiene tantas ganas de tocar violín que escucha lo que
quiere. Mañana mandaré a hacerle un análisis mental a mi hijo.”

 

“27 de octubre de 1999

                Mi hijo salió bien en el examen mental, no tiene
ningún fallo en la corteza auditiva y tampoco alguna evolución
exagerada de la corteza cerebral para imaginar cosas sin sentido, mi
conclusión es que sólo “sueña despierto” el poder tocar violín
(…)

 

“7 de Enero del 2000

                ¡Estoy muy contento! Me regalaron un violín de
cumpleaños y el lunes mismo comienzo a ir a clases de violín y
música, cuando sea suficientemente bueno, saldré con quien sea que
se ponga fuera de mi ventana a tocar junto con él o ella, le echaré
todas las ganas del mundo, también me gustaría mucho tocar para
Arleth (…)”

 

“24 de Julio del 2000

                Hoy salgo de primaria para entrar a secundaria en
Agosto, es emocionante, escuela nueva y compañeros nuevos y más
emocionante aún porque Arleth se meterá a la misma secundaria que
yo. Ya tengo seis meses tocando violín y ya puedo tocar un poco de
Bach, mi maestra dice que estoy avanzando muy rápido y muy bien. En
unos días dejo México para ir de viaje a Europa, espero poder tocar
mucho allá y tener un maestro de allá, he escuchado de mi mamá que
allá los maestros son muy buenos. Espero mejorar más.

 

“30 de Julio del 2000

                Escribo en el avión, estoy triste, hoy no pude
escuchar al violinista que toca fuera de mi cuarto, es una tristeza
muy grande, es casi como si me quisiera aventar del avión y correr
hasta mi casa para poder escucharlo, sé que no es posible eso, pero
enserio tengo muchas ganas de poder hacerlo. No tengo ánimos de
escribir.”

 

“31 de Julio del 2000

                Me duele la cabeza, tengo nauseas, tengo la extraña
necesidad de escuchar a ese violinista. Quiero regresar a México
YA.”

 

“1 de Agosto del 2000

                Vomité, quiero ir a casa.”

 

“2 de Agosto del 2000

                No he dormido para nada, quiero ir a casa.”

 

“3 de Agosto del 2000

                Dormí dos horas, me siento mal, quiero ir a casa”

 

“4 de Agosto del 2000

                “quiero ir a casa…”

 

A partir de aquí todos los días son iguales, sólo dice “quiero ir
a casa” y la letra cada vez se torna más ilegible hasta el 20 de
Agosto que sólo son líneas y garabatos. No hay notas de Dante hasta
el 3 de Septiembre, sólo son líneas curvas abarcando hojas enteras.

 

“20 de Agosto del 2000

                Mi hijo está en estado de shock, algo lo debió de
traumatizar en Europa, de nuevo hice estudios pero su cerebro está
perfecto, tendré que hacer pruebas médicas generales.”

 

“24 de Agosto del 2000

                Las pruebas médicas salieron impecables, está sano
en todo. Estoy preocupado.”

 

“3 de Septiembre del 2000

                Por fin pude escucharlo tocar, el violinista castigó
mi ausencia dejando de tocar desde que volví hasta hoy, regresé el
15 de Agosto, a penas mañana asistiré a la secundaría. Viví un
infierno. No recuerdo nada. Quiero ver a Arleth”

 

“19 de Septiembre del 2000

                Hoy conocí a un buen amigo llamado Pablo, nos
llevamos bastante bien, nos gustan los mismos juegos, ambos jugamos
ajedrez, tiene un perro que se llama Tocino y un gato que se llama
Jabón, es bastante divertido. Arleth y yo tuvimos una discusión pero
ya se arregló, curiosamente Pablo me ayudó a arreglarlo. (…)

 

Después de que me conoció a mí, no hay nada interesante, sólo la
vida cotidiana de un adolecente (salir con los amigos, con la novia,
ir al cine, reírse, comer, dormir, etc), salvo por escuchar música
en vivo en la ventana de su cuarto y tocar violín 9 horas diarías 5
veces a la semana y 4 los otros dos días. Las siguientes páginas no
están cambiadas para nada, son totalmente textuales.

 

“24 de Noviembre del 2007

                Ya puedo tocar conciertos completos, ya tengo una
técnica impecable, hoy hice el examen para entrar a la orquesta
sinfónica de Jalisco y me aceptaron, en unos dos o tres años haré
la solicitud para la orquesta sinfónica de México y en cuanto
termine prepa estudiaré música y viviré de ello, pero no puedo
tocar igual de bien, ni siquiera acercarme a mi rival: la persona que
ha tocado desde mi infancia hasta ahorita afuera de mi ventana.
Mañana mismo voy a ir a tocar con él y a pedirle clases, creo que
tengo el nivel para poder siquiera hablar con él. Arleth, Pablo y su
novia, Victoria, fuimos a un café hoy, estuvo genial, aunque me tuve
que ir temprano para poder tocar mis cuatro horas diarias, para poder
estudiar para el examen del lunes de física y para escuchar a mi
rival, mi inspiración y mi maestro. Me retiro a la cama, buenas
noches.”

 

“25 de Noviembre del 2007

                Recién terminé mi primer clase con mi nuevo maestro
Kryzstoph (no sé si esté bien escrito pero sé que es polaco, sin
embargo habla español muy bien), son las 4 de la mañana pero tengo
que escribir esto antes que lo olvide. Su violín es de una madera
roja, según dice, que ya no se encuentra, es un árbol extinto así
que el violín vale millones y millones, dijo que la madera más
parecida que podré encontrar es la Sequoia roja, es un hombre alto,
mide casi los dos metros, su cabello es negro azabache y su piel, nada
fuera de lo común, es blanco caucásico sin embargo sus ojos son
azules, pero brillan de una manera muy extraña, son aún más raros
que mis ojos con tonos violetas, vestía un traje con saco de cola de
pingüino bastante fino, dudo que su traje baje de los $70,000*, es
bien parecido y es flaco, debe pesar, para su altura, unos 80KG, le
pregunté que por qué había estado tocando en mi techo todo este
tiempo y sólo me dijo que no hiciera preguntas que no van, y la misma
respuesta me dio cuando le pregunté cómo había entrado a mi casa,
fue genial este encuentro, de verdad toca magnífico y su violín
suena genial, a Arleth le gustaría escucharlo, yo lo sé. (…)

*$70,000 es más o menos igual a 7,000 dólares estadounidenses.

 

“26 de Noviembre del 2007

                Seguiré tomando clases con el misterioso Kryzstoph,
es muy bueno, sin embargo algo me hace desconfiar de él… enserio
¿cómo entro a mi casa desde que yo era nada más que una larva
humana?”

 

Nada interesante, sólo las misteriosas clases con el misterioso
Kryzstoph.

 

“1 de Mayo del 2008

                Pronto se acerca mi último día, tengo que seguir
practicando…”

 

Esta última nota sale en todas las anotaciones de su diario, hay
veces, como el 1 de Mayo, que solo pone eso.

 

“26 de Agosto del 2008

                Hoy es mi último día, Kryzstoph me enseñará la
última lección, que por supuesto, en cuanto termine la anotaré en
mi diario. Hoy estuve con Arleth todo el día, hoy cumplimos trece
años de estar juntos, es impresionante, desde segundo de primaria
hasta universidad juntos, ahorita doy clases de violín en la
universidad al mismo tiempo que tomo clases de dirección, me cuesta
trabajo dirigir a toda una orquesta, pero una orquesta de cámara
pequeña y cosas así son fáciles, soy el mejor de la clase.
Kryzstoph dice que mi “don” para la música es gracias a que
estuve escuchándolo durante toda mi vida, es creible, porque es el
mejor violinista que he conocido. Le apodé “El Violinista en el
Tejado”, igual que la película, aunque hacemos la broma de que
debería ser “El Polaco en el Tejado”. Ya está aquí, me voy, en
cuanto termine la lección escribiré de nuevo.”

 

Como podrán ver, no volvió, exactamente, fue su última lección.
Cuando desapareció sólo se encontró su violín. Al día siguiente
que nos llamaron a Arleth y a mí para ir a ver, justo cuando llegamos
venía llegando un hombre con la misma descripción física de
Kryzstoph diciendo llamarse Horacio, ser laudero y que venía por un
encargo que le había hecho un tal Dante acerca de arreglar su
violín. La madre aún no tan preocupada le entregó el violín y
Horacio se fue. Nos quedamos platicando en la casa de Dante con la
señora, intentamos llamar a Dante pero dejó el celular en casa.
Después de unas horas nos preocupamos bastante. La madre y el padre
de Dante decidieron llamar a la policía y Arleth y yo nos fuimos a
buscarlo por la ciudad. Ni rastro. A las 10:00PM en punto llegó de
nuevo Horacio a la casa de Dante diciendo que ya había terminado la
orden de Dante y que ya estaba pagado el servicio por el mantenimiento
del violín. A la hora de abrir el estuche del violín, era un violín
de madera roja. La madre de Dante entró con todo y el violín y dice
que a las 2:00AM escuchó ruidos en el cuarto de Dante, cuando llegó
vio que ya no estaba el violín y sólo dos frases más agregadas a la
misma hoja del diario de Dante:

“26 de Agosto del 2008

                Hoy es mi último día, Kryzstoph me enseñará la
última lección, que por supuesto, en cuanto termine la anotaré en
mi diario. Hoy estuve con Arleth todo el día, hoy cumplimos trece
años de estar juntos, es impresionante, desde segundo de primaria
hasta universidad juntos, ahorita doy clases de violín en la
universidad al mismo tiempo que tomo clases de dirección, me cuesta
trabajo dirigir a toda una orquesta, pero una orquesta de cámara
pequeña y cosas así son fáciles, soy el mejor de la clase.
Kryzstoph dice que mi “don” para la música es gracias a que
estuve escuchándolo durante toda mi vida, es creible, porque es el
mejor violinista que he conocido. Le apodé “El Violinista en el
Tejado”, igual que la película, aunque hacemos la broma de que
debería ser “El Polaco en el Tejado”. Ya está aquí, me voy, en
cuanto termine la lección escribiré de nuevo.

Te odio Kryzstoph. Tengo hambre.”

 

Acto seguido la madre rompió el taboo más grande de esa familia y
comenzó a leer el diario, nadie nos habíamos dado cuenta, pero la
letra de Dante se había hecho más refinada y elegante con el paso
del tiempo.

 

La última hoja del diario de Dante que me llegó hace unos días, hoy
estoy a 24 de Septiembre del 2012 dice así:

 

“4 de Septiembre del 2012

                En algún momento de la vida, uno muere. Todo se
termina. Sin embargo no conoceré ése término hasta no encontrar un
aprendiz digno, el violín no sólo es música, no sólo un
instrumento, es un alma. Es un alma que llora, que canta, que ríe,
que siente… que desgarra. Yo sólo quiero desgarrar, quiero
desgarrar todo lo que el mundo ya hace querido y ama. Y eso mismo
haré, uno por uno, irán cayendo a donde yo caí pero no por
completo, me alimentaré del sufrimiento de las familias nuevas al ver
a sus hijos caer en la locura, tocaré mi melodía para hacer que
mueran, no sólo las nuevas vidas, sino las viejas y las que vienen.
No me oigan, no escuchen el desgarrar de mi violín, por su propio
bien. Estaré en el tejado, por si gustan visitarme, haré ruido con
mis pasos para que suene por toda la casa. Espero les de curiosidad
subir, o siquiera salir. Los ahogaré en locura. Ricos, pobres, clase
media, ciudad, pueblo, condado, ahí estaré, observando… Tengo
hambre.”
puntos 7 | votos: 9
Ahora la sabe - Solo soy una persona con conocimientos en sistemas. Realmente trabajo
para una empresa de tecnología y no soy especialmente creyente en
nada paranormal, de hecho soy poco religioso.

La razón por la que paso por aquí es precisamente porque me ha
entrado cierta curiosidad en estos asuntos desde que un familiar que
vive en el campo vino a mi a contarme una historia bastante
particular, por supuesto es la primera vez que veo un sitio en el cual
esta historia podría ser contada.

Javier y María son prácticamente dos campesinos, criados a la vieja
usanza en una pequeña choza situada a unos 30 minutos a paso de
caballo del pueblo más cercano. Javier es un primo lejano del lado de
la familia de mi padre. Mi padre, a pesar de actualmente ser médico,
viene de una familia muy humilde en el campo y él logró completar
sus estudios de medicina con su propio esfuerzo, por esta misma razón
aún tenemos bastantes familiares en zonas rurales que nunca han
salido del campo.

La historia me la contó mi primo una temporada que hicimos el viaje
hasta ese pueblo y decidimos de paso ir hasta donde el buen primo ya
que le vemos prácticamente una vez al año en temporada de
vacaciones. Usualmente nos genera pereza ir hasta donde el vive porque
a pesar de ser muy bonito el campo y muy acogedora la choza, la vía
para llegar no es precisamente apta para un vehículo moderno, aunque
sea una camioneta como en la que vamos. De hecho, no es un carretera
como tal, es solo un camino que se ha formado por el pasar de los
animales y carretas o algunas motos y que en invierno es inaccesible a
menos que sea en vehículo de tracción animal de 4 patas. También es
posible que si dos carros se encuentran, alguno de los dos tenga que
regresarse en reversa, por supuesto nunca ha pasado porque es muy poco
transitado.

La última vez que lo visitamos, el buen primo tenía la espalda llena
de cicatrices, por supuesto nuestra primera reacción fue preguntarle
que había pasado. Su respuesta me ha dejado atónito ya que no es la
primera vez que escucho algo similar.

“No se si en el pueblo les contaron que me caí del caballo, todo el
mundo dice eso pero María sabe lo que realmente paso, no quisiera
contarles porque están de visita y no quiero que vayan a pasar una
mala noche”.

Más que la razón por la cual nos lo decía, yo podía notar que
tenía miedo de contar la historia, sus ojos trataban de apartar la
mirada y buscar otro tema de conversación, sin embargo yo insistí
diciéndole que solo era una historia y que no me podía dejar con la
intriga.

“Bueno siéntate aquí” – me dijo al rato cuando los demás
estaban haciendo otras cosas. – “No quiero que tu pae se ponga
nervioso manejando cuando estén de regreso.”

“Hace dos meses, como era de costumbre, yo tenía que ir al pueblo a
comprar algunas cosas de la casa, yo nunca lo hago muy entrada la
tarde para que no me agarre la noche en el camino. Nunca le he tenido
miedo a la noche, hasta ese día le tenía más miedo a los vivos que
a los muertos y ya me habían robado antes por andar por el camino tan
tarde. Parece que los ladrones no duermen” -Eso es cierto afirmé,
mientras en mi cabeza quedo el eco de la frase: Hasta esa noche.

“Sin embargo tenía varios animales enfermos” -continúo. “Ya
eran 2 vacas que estaban bastante mal y no podía darme el lujo de que
se murieran, así que tomé el caballo y comencé a ensillarlo. María
inmediatamente de dijo: Javier, para donde vas que no ves que ya es
tarde y me da miedo que vayas solo, te va a coger la noche, tengo un
mal presentimiento, espera hasta mañana.”

“Yo la ignoré por la misma razón que ya te comenté, no podía
darme el lujo de un animal muerto, así que tomé una linterna para
alumbrar, aunque yo sabía que era noche de luna llena por lo tanto
sería una noche bastante iluminada y posiblemente no la usaría para
no mostrarle mi posición a nadie.”

“Fui al pueblo lo más rápido que pude, compré en el mercado lo
necesario, en el camino me encontré con un par de amigos que me
ofrecieron 2 tragos de Ron, y luego, seguí, y tal como estaba
previsto, una cortina negra cayó sobre el campo. Apenas había
comenzado la vía.”

“Por supuesto, el caballo ve mejor que yo así que yo solo me
incline  y traté de ir lo más rápido posible con la luz apagada
para no mostrarle mi posición a ningún bandido. Llevaba muy buen
ritmo, estimo que debía ir al menos ya por la mitad del camino y me
iba sintiendo más tranquilo en cuanto más avanzaba, sin embargo
cuando llegue a la curvita por donde se llega al arroyo, algo extraño
llamo mi atención” -hizo una pausa, como tomando fuerzas para poder
explicarme lo que seguía, mientras hacía eso su miedo me invadía a
mi también.

“Cuando pase por la curva vi una silueta, estaba casi seguro de que
era una niña. Para este punto ya mi vista se había adaptado un poco
a la oscuridad por tanto podía distinguir cosas, pero como pasé tan
rápido por aquel punto no podía estar seguro si era correcto lo que
vi o no.”

“Por supuesto la duda me estaba matando, ¿Y si era una niña que se
había perdido? ¿Qué tal si la muerde una víbora?… Tal vez la
pobre no se atrevía a caminar del miedo. En estas tierras tan
alejadas es posible que hasta sea violada y nadie escucharía
nada…”

“Tantos pensamientos invadieron mi mente que decidí dar la vuelta y
asegurarme. Pare en seco el caballo y di la vuelta, encendí mi
linterna y comencé a buscar. En menos de un minuto ya la podía ver,
a pesar que estaba seguro que había andado bastante mientras decidía
si regresar o no. En ese momento no le di gran importancia pues pensé
que tal vez ella había caminado un poco o habría intentado
perseguirme y por eso había avanzado.”

“Era una pequeña niña, tendrá a lo mucho unos 7 años, pensé.
Estaba vestida completamente de blanco, su rostro parecía angelical
aunque tenía una parte tapada por el cabello y la verdad aún no
recuerdo si podía ver sus pies, tal vez estaban confundidos con el
pasto, y además, al encender la linterna perdí nuevamente la poca
visibilidad que ya tenía y solo podía ver lo que alumbraba
directamente.” – ¿y que pasó? pregunte, aunque el corazón me
palpitaba rápidamente no podía dejar de escuchar.

“Le pregunte ¿Estas perdida?. Ella solo asintió con la cabeza sin
mencionar una palabra. ¿Vives cerca?. Nuevamente solo movió su
cabeza hacía los lados.”

“Le dije, si quieres te llevo a mi casa y mañana buscamos a tus
papas porque no te quiero dejar sola aquí. Ella asintió, de igual
forma solo moviendo su cabeza.”

“Gire el caballo y le dije que si sabía como subirse, no había
terminado de hablar cuando ya la sentí detrás mío. Me agarró
fuerte de la cintura, por supuesto pensé que debía estar aterrada
así que no le dije nada más y reanude mi carrera hacía mi hogar que
anhelaba ver mucho más en este momento. Sentía como si de repente la
temperatura hubiera descendido y pensé: Creo que ya ha entrado mucho
la noche, debe ser muy tarde.”

“Acelere nuevamente hasta lo que el pobre animal era capaz, me daba
aún más miedo encontrar algún bandido llevando esta acompañante,
ya no era solo mi seguridad, también la de esta niña.” – El
pauso nuevamente, sus manos comenzaron a temblar y su mirada estaba
perdida en el recuerdo, como si lo estuviera viviendo de nuevo.

“Yo noté que algo no estaba bien, el caballo empezaba a bajar la
velocidad y por más que yo intentaba no conseguía hacerlo regresar
al ritmo que traía. Le dije a la niña: no te asustes ya casi
llegamos”. Ese fue el primer momento en que la escuche hablar, aún
esa voz resuena en mis sueños y en mis pesadillas, no sonaba como
ninguna persona, niño, adulto o anciano que hubiese escuchado antes,
y me dijo: Tu no vas para ninguna parte, tu te vas conmigo.”

“Impactado por sus palabras, mire hacía atrás, no podía ver su
rostro ya que estaba apoyado sobre mi espalda, pero sus piernas… sus
piernas eran tan largas que arrastraban contra el suelo, era eso lo
que no dejaba avanzar al caballo, lo estaba frenando.”

“Enseguida me di cuenta de que el frío que sentía no era normal,
estaba temblando, mis manos estaban moradas, sin embargo mi espalda
estaba muy caliente, sentía un olor a azufre que no desaparecía
aunque estaba avanzando aunque fuera lento. De pronto… me habló de
nuevo.”

“Reza lo que te sepas si quieres, pero tu te vas conmigo”

“A mi mente vinieron muchas oraciones, las que había escuchado en
la iglesia, las decía así no creyera en nada de eso. Las que había
escuchado cuando enterraban a la gente, las que había escuchado rara
vez de algún religioso o en el colegio, el caballo cada vez iba más
lento, casi que se detenía, y cada vez que terminaba alguna oración
ella reía y solo decía: Esa ya me la se, tu te vas conmigo.”

El hizo una última pausa… esta vez el tono de su voz cambio, parece
que había más tranquilidad en su rostro…

“En ese momento me recordé a la bisabuela, ella siempre hacía una
oración cuando alguien se sentía triste o estaba enfermo, no se como
la recordé en ese momento puesto que yo estaba aún pequeño cuando
ella falleció. Tampoco recuerdo que sea algo que yo haya escuchado en
una iglesia convencional, era algo como un pedazo de una canción o
algo muy muy viejo.”

“Espere que ella se riera aún más, pero solo había silencio. En
un tono de disgusto me dijo: Te salvas, porque esa no me la se.”

“De inmediato desapareció la presión del caballo y comenzó a
andar un poco más rápido aunque se escuchaba en su respiración que
estaba muy agotado, la presión en mi espalda desapareció aunque aún
me dolía un poco, estoy seguro que por el miedo sentía menos el
dolor. Cuando llegue a la casa dejé el caballo afuera sin pensarlo y
entre donde María. Le di un beso y le conté lo que me había pasado,
ambos estábamos petrificados. Ella miró mi espalda y me dijo que
estaba quemado pero parecía como si me hubiera quemado hace tiempo,
solo eran cicatrices.”

“Habremos dormido un par de horas esa noche, en la mañana cuando
salí de la puerta, ahí yacía mi caballo muerto, sus patas traseras
estaban calcinadas y el olor a azufre permanecía aún fresco.”

Allí terminó la historia, solo se levanto y me dejo allí, yo no
sabía que decir ni que pensar.

Por supuesto también nos agarró la noche cuando íbamos de regreso,
por supuesto que no sentía tanto miedo porque íbamos en carro, la
radio estaba encendida e iba con toda mi familia, aún así, no me
atrevía a mirar por la ventana, hacía afuera solo se veía
oscuridad, las luces solo alumbraban por donde estábamos andando. Yo
pensaba: ¿Serían solo inventos? ¿Alguna historia colorida que
inventó por había tomado algunos tragos esa noche?

Mire hacia el cielo nocturno, en el campo puedes ver muchas estrellas,
era noche de luna llena de esas en la que la luna por alguna razón
luce un poco roja. Cuando volví la mirada hacía abajo, no pude
evitarlo, eche un vistazo por la ventana y vi una silueta en la
oscuridad… íbamos bastante rápido y evidentemente no había razón
para regresar aunque sentí el horrible escalofrío al recordar la
historia. En ese momento recordé lo que le había preguntado al buen
primo antes de marcharnos: ¿Y cual era la oración?

El respondió “De nada sirve que te la diga… Esa ya se la sabe”.

puntos 9 | votos: 9
¿No es genial - que odiemos las mismas cosas?
puntos 6 | votos: 6
No quiero una vida, - sólo te quiero a ti.
puntos 8 | votos: 8
El problema de representar - papeles vacíos es que estos sólo atraen a un público vacío.
puntos 11 | votos: 11
Te dejé entrar en mi mundo, - luego te convertiste en el.
puntos 17 | votos: 17
-¿Por qué eres tan callado? - -Yo sí hablo, pero no contigo.

puntos 10 | votos: 10
Nunca digas nunca, - y nunca digas por siempre.
puntos 5 | votos: 5
AFRICA -
puntos 17 | votos: 17
Nadie lo entiende, - pero todos lo siguen al pie de la letra.
puntos 11 | votos: 11
Me dijeron que para enamorarte - debía hacerte reír, pero cada vez que ríes yo soy el que se enamora.
puntos 12 | votos: 12
Atrapados en el mundo moderno - en donde todos viven, pero nadie está viviendo.

puntos 14 | votos: 14
Gracias a que la esperanza - es lo último que se pierde tanta gente cree en un dios.
puntos 12 | votos: 12
Te sientes vacío en el fondo - porque todo este tiempo sólo te has preocupado por como se veía que
te sentías por fuera.
puntos 10 | votos: 10
Sabes que te encuentras - en el paraíso cuando no lo estás esperando.
puntos 15 | votos: 15
Es hora de deshacerse - de los miedos, y fingir que es de papel lo que en realidad es fuego.
puntos 12 | votos: 12
Yendo en contra del viento, - para luego aprender a volar.

puntos 11 | votos: 11
Todos mienten, - pero no importa porque nadie escucha.
puntos 31 | votos: 31
Las fotografías son verdaderas - máquinas del tiempo, que pueden ser una maravilla, o una tortura.
puntos 12 | votos: 12
No hay necesidad de timidez, - se puede confundir con orgullo.
puntos 8 | votos: 8
El dinero no arruina a la gente, - la gente arruina el dinero.
puntos 10 | votos: 10
¿Y yo para qué quiero ir al paraíso - si tú estarás en el infierno?

puntos 8 | votos: 8
Perfecta - Me pregunto cómo habrá sido. Es decir, morir sin darte cuenta.
¿Qué se sentirá? ¿Pacífico, porque no imaginas qué sucede?, o en
el último suspiro de vida, ¿Da pánico saber que ya no hay tiempo?
Estoy viendo a las personas que caminan en la calle. Todos tan
tranquilos, tan ajenos a la triste realidad; demasiado inmersos en sus
cosas como para darse cuenta de que en un segundo puede terminar su
conciencia, el sentido, sus metas aún no realizadas.
Ya quiero pulsar el botón. Quiero saber cómo actuarán con la
detonación. Que pudieran escuchar el clic del control en mi mano, que
se incendie todo. Eso sí, que reaccionen rápido para verlos a
tiempo; ¿Cómo conoceré sus emociones, tan claras en sus caras, si
no estoy viva para verlo? Deseo saberlo, escucharlo, sentirlo de
primera mano; pero yo no lo viviré de esa forma. Yo sé lo que
pasará. Por eso no podré experimentar lo que se siente.
No soy mala.
Sólo soy perfecta para el trabajo.
-“Hey, mira ésta, Tony. Es la adecuada para la Capital” -le dijo
Dante a Tony en una mirada interesada, luego de que me reclutaran de
mi destruido y olvidado pueblo. Después de que los soldados acabaran
con mi familia, cuando ya no hubo nada que me retuviera ahí.
Recuerdo bien ese día, se me quedó grabado. Yo había salido a
buscar setas, bayas, algo, lo que sea que fuera comestible para mi
pequeño hermano hambriento. Sólo después escuché la granada y me
converti en huerfana…
Mis salvadores me apartaron del resto y me cuidaron muy bien. Me
hicieron sentir segura, a salvo. Les debía la vida y ahora
necesitaban cobrar el favor.
Soy perfecta, porque, ¿De qué otra manera un terrorista entraría a
la ciudad con una bomba poderosa oculta en un oso de peluche? No, no
lo lograría. Cualquiera (excepto yo) tendría mala pinta, sería
claro que provenía del campo de guerra. Pero a mí no se me nota; no
si oculto una vieja cicatriz de bala en mi espalda.
Todo había ido de maravilla; el aeropuerto fue un juego de niños. No
se dieron cuenta de que el relleno felposo ocultaba un dispositivo muy
distinto al sistema de habla mecánica de un juguete. Pero claro, como
YO soy perfecta, no sospecharían ni siquiera si les pusiera un
letrero en sus frentes. Mi vestido azul fue de gran ayuda. 
Confeccionado en telas suaves y de colores claros e inocentes, lleno
de holanes y uno que otro moño, a juego con las mallas blancas y
contrastante con los zapatos negros. Quedaba bien con mi piel oscura,
mi cabello marrón y mis ojos color miel.
Me dejaron hace media hora. Las indicaciones fueron claras:
-“Camina hasta el otro lado del parque, enfrente del Edificio
Presidencial. Y a las once horas tendrás tu oportunidad de lucirte”
–me sonrió Alma, la señora que me ayudó desde que llegué al
estado.
No hubo necesidad de despedidas; nadie me iba a extrañar al igual que
yo extrañaría a nadie. Lo que quería era irme con mis padres,
hermanos y amigos, que esos soldados como los que custodian la entrada
me arrebataron sin vacilación.
Pero se les olvidó acabar conmigo, y dudo que mi corta edad de ocho
años fuera impedimento para ellos si estuviera en mi hogar.
No me preocupo. No corro peligro, no aquí, donde guardan apariencias
de “héroes” y no se les permite asesinar sin permiso.
La gente sigue igual. Caminan de un lado a otro, chismorreando,
riendo, hablando de la buena vida que llevan. Hasta ahora.
El alto reloj del edificio de pilares color marfil, tan nuevo y bien
cuidado, sin manchas de sangre o dolor, marca las diez cincuenta y
nueve. Estoy parada viendo directamente a los guardias que están
afuera (los demás deben estar dentro, los oigo como un enjambre),
descargando la furia que no puedo hablar por mis ojos. Un defecto de
nacimiento, una ventaja para Tony y Dante. No confesaría nada aunque
pudiera, no hablaría con esos monstruos aunque quisiera. A ellos no
les debía nada.
Me devuelven la mirada, como sopesando entre llevarme a “Objetos
perdidos” o con mi madre. Sin embargo, no necesitaré su ayuda;
basta con presionar el pequeño botón casi invisible depositado en un
cuadrado de plástico, éste que tengo en mi mano. Al final, no se
mueven de sus lugares; son sólo dos y no se permiten el lujo de
abandonar la puerta principal. Deciden ignorarme como sus colegas del
aeropuerto.
Tic, tac, tic, tac. Se mueren los segundos. Veo el reloj que está
cruzando la calle, avanzando las manecillas al final.
Giro el rostro para ver el sol resplandeciente y feliz  en el cielo, a
salvo. Bueno, tal vez sí extrañe sus rayos dorados y calientes.
Los niños ricos con sus trajes costosos se me quedan mirando, y me
distraen paseando sus cochecitos caros por la acera, al lado de
árboles y césped verdes. Se ven tan pulcros, tan bien alimentados y
sin temor; no como yo cuando vivía en el pueblo.
No obstante, sigo siendo perfecta, ¿No? Aún no me han eliminado,
sigo siendo una amenaza.
Pero… ser perfecto ya no importa. Lo que importa ahora es el botón
en mi mano.
Cuando las campanadas suenan, inundando el hueco amorfo de ruidos en
la plaza, anunciando el fin de la hora diez del día, descubro a una
familia en una banca cercana; juegan con un bebé pequeño. Está muy
sano, tiene la piel clara y cabello rubio; ni rastros de guerra en su
sonrisa a diferencia de mi hermano. Su carita se ilumina cuando sus
padres le hablan.
“Y así debe ser la expresión de morir sin saberlo”, pienso
cuando oprimo el detonador, y ya no soy capaz de ver nada.


http://creepypastas.com/perfecta.html#ixzz3AVG24Lnj
puntos 7 | votos: 7
No es enojo. - Simplemente me canse de dar segundas oportunidades, no porque no
quiera dártelas, sino porque no las mereces.
puntos 9 | votos: 9
Es feo pensar lo mucho que tu vida - entera depende en lo bien que te vaya como un adolescente.
puntos 8 | votos: 8
¿Día duro? - finge una sonrisa y vete a dormir.
puntos 5 | votos: 5
Me hablaban, pero no escuchaba. - Me impresionaba la facilidad que tenían sus bocas para repetir sin
parar cosas tan vacías. Fingí una sonrisa e inmediatamente comencé
a imaginar que más allá de mi destino conocería a alguien como yo,
necesitaba creerlo. Entre millones de personas, preciso me toco a mí
ser un existencialista radical, ¿desgracia o bendición? eso sólo 
lo dirá el futuro, ya no sé qué más improvisar.

puntos 8 | votos: 8
Quítate la máscara - cuando me estes hablando.
puntos 14 | votos: 16
Son piernas demasiado frágiles - para atravesar un camino tan rocoso.
puntos 13 | votos: 13
Cada año me doy cuenta de - lo estúpido que era el año anterior.
puntos 6 | votos: 8
La vida es tan corta, - por eso mejor siempre elige la felicidad.
puntos 6 | votos: 8
Deja los zapatos del pasado - en el pasado, que si hoy tienes otros es porque ya haz evolucionado.





LOS MEJORES CARTELES DE

Número de visitas: 12146112327 | Usuarios registrados: 2076082 | Clasificación de usuarios
Carteles en la página: 8021169, hoy: 11, ayer: 17
blog.desmotivaciones.es
Contacto | Reglas
▲▲▲

Valid HTML 5 Valid CSS!