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Al otro lado de la vida 1x172 - Residencia de la familia Cuesta, Olah
30 de septiembre de 2008

Iluminados a contraluz por el contenedor en llamas que se veía en
segundo plano, Marion no fue capaz de distinguir el color de sus ojos.
Sin embargo, su aspecto desaliñado, y la pose inclinada y dejada de
sus hombros, la inquietaron considerablemente. La madre del chico
enseguida se abalanzó hacia él, como pretendiendo abrazarle. Marion
dudaba mucho que esas fueran sus verdaderas intenciones. Los que la
acompañaban tampoco perdieron ocasión de entrar a la casa a toda
prisa. Marion se dio media vuelta, olvidándose por completo de la
criatura. Ahora la prioridad era salvar el cuello, el suyo propio. De
lo contrario les cogerían a los dos, para él ya era tarde.
Estaba demasiado lejos de la puerta de la cocina, de modo que si
trataba de volver al sótano, acabarían por cogerla a mitad de
camino. Eran demasiado rápidos. No le quedó otra alternativa que
correr hacia el otro extremo del salón, en dirección a la primera
puerta que había. Saltó por encima del sillón de cuero donde su
padre solía sentarse a fumar y leer la prensa todas las mañanas, y
abrió a toda prisa la puerta. Le pisaban los talones, al menos un par
de ellos. El resto se entretenían con el muchacho. Sin perder un
instante se metió dentro de esa habitación y trató de atraer la
puerta hacia sí, para impedir que ninguno de los infectados entrasen
con ella.
	El primer golpe en la puerta impidió que la cerrase del todo, cuando
ya prácticamente podía saborear el éxito. Marion dio un segundo
empujón, ayudándose del hombro, pero una mano enemiga quedó trabada
entre el marco y la hoja de la puerta, y no consiguió encajarla. La
asustada muchacha no veía prácticamente nada, y eso aún la ponía
más nerviosa. Nunca había temido a la oscuridad, pero esa noche
haría una excepción. La poca luz que recibía venía de la porción
de puerta que seguía abierta. Lo que sí notó fue el gélido tacto
de los dedos de ese indeseable acariciando la piel del dorso de su
mano. Asqueada hasta límites insospechables, sacó fuerzas de donde
no las tenía, y sin saber cómo consiguió empujar el brazo fuera,
librándose por los pelos de un mordisco que hubiera resultado fatal,
para cerrar definitivamente la puerta y echar el seguro en la más
absoluta oscuridad.
	Los golpes en la puerta se repitieron una y otra vez, cada vez más
fuertes, haciendo gruñir los goznes y crujir la madera, acompañados
de los incomprensibles gritos de los infectados en plena noche. Marion
estaba segura que todo ese jaleo acabaría por atraer a más y más
infectados, y que eso significaría su fin. Dio un par de pasos
atrás, presa del pánico, prácticamente segura que no tardarían ni
diez segundos en echar la puerta abajo al paso que iban. Dio con los
gemelos en algo duro, y paró en seco. Tanteó un poco con las manos y
al descubrir que era la taza cerrada del váter de la planta baja, se
sentó, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar y rezar en
voz baja, mientras le temblaba la mandíbula.
	No paraba de pedir que dejaran de dar golpes en la puerta, sin saber
siquiera a quién se lo pedía, y cuando eso ocurrió finalmente,
llegó hasta a dudar de la coincidencia. No lo entendía. Ellos
sabían que ella estaba dentro, y su fuerza era más que suficiente
para echar la puerta abajo, con algo de paciencia. Sin embargo los
golpes cesaron tan rápido como habían comenzado, y eso le permitió
escuchar más allá, algo más calmada dentro de las circunstancias.
Ahora podía escuchar los gruñidos y los gritos de los infectados,
pero también se oían los llantos y los gritos de pánico y dolor del
infante que su incompetencia como canguro había arrojado a una muerte
segura. No tardaron mucho en extinguirse, al igual que la vida del
niño.
	En la más absoluta oscuridad, tuvo que sufrir la condena de escuchar
como se repartían el banquete, cómo hundían sus dientes en la
tierna y jugosa carne de ese pobre infeliz, cómo desgarraban su carne
y se peleaban por la mejor parte, cómo extinguían la vida de ese
pobre inocente sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Los
escuchó gruñir con la boca llena, los escuchó golpearle contra el
suelo una y otra vez para desfogarse de Dios sabe qué. La agonía
duró cerca de media hora, mientras temblaba de pies a cabeza, tiempo
durante el cual ella no movió ni un músculo, por miedo a que
volviesen a emprenderla contra la puerta y ella acabase teniendo el
mismo destino que el del muchacho.
	Pasado ese tiempo, el revuelo que se había formado en el salón de
su casa se fue apaciguando, hasta que, poco a poco, la sala terminó
por quedar en silencio. No obstante, ella no se aventuró a salir.
Aunque no los oyera, ellos podían seguir ahí, y no sería ella quien
fuera a comprobarlo. Por la televisión se había oído hasta la
saciedad, incluso en boca de su propio padre, que los infectados
buscaban lugares resguardados donde pasar el día, y con la cantidad
de gente que había entrado ahí, raro sería si ninguno de ellos
estaba reposando la cena en el sofá. Lo que sí hizo, una vez el
silencio era absoluto, solo roto por el canto de algún que otro
pájaro nocturno, fue coger un par de toallas de las grandes, con gran
dificultad pues no veía absolutamente nada, temiendo en todo momento
tirar algo y alertar a algún infectado, y las colocó en la bañera.
Todavía con los ojos vidriosos y el corazón latiéndole a toda
velocidad en el pecho, se metió en la bañera y se tumbó sobre las
toallas. La improvisada cama le pareció hasta cómoda, dadas las
circunstancias. Llegó hasta a taparse, pese a que no hacía frío,
para pasar ahí la noche. No obstante, no consiguió dormir ni un solo
minuto.
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Cazafantasmas - ...siempre haciendo su trabajo
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DO YOU WANT ME? - Aquí estoy



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