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Veterano Nivel 3

puntos 13 | votos: 13
Di lo que quieras sobre mi, - he aprendido que las personas como tú, que se ríen de otros por
cómo son, no duran mucho en este mundo.
puntos 3 | votos: 5
Aun asi - tienes facebook
puntos 4 | votos: 4
CHOCOLATE - es irresistible
puntos 7 | votos: 9
¡ SONRÍE! - Mañana puede ser peor...
puntos 10 | votos: 10
Con una probabilidad del 100% - Death Note es una de las mejores series que he visto nunca.

puntos 4 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x135 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

Christian recordó las siguientes dos semanas como las peores de su
vida, superando con creces a las anteriores y las anteriores a esas,
que en su momento habían ostentado ese dudoso honor. Desde que le
dejasen abandonado a su suerte, el tiempo parecía haberse
ralentizado, en gran medida por el hambre acuciante que le atosigaba
las 24 horas del día. Nadie se acercó a la prisión en todo ese
tiempo. Todos los que habían huido andaban ya muy lejos;  nada del
mundo les haría volver a ese infierno. Y evidentemente el resto del
mundo tendría cosas mucho mejores que hacer.
	El chico pensó en su madre, en cómo se las habría arreglado, si el
mundo se parecía a la imagen que se había formado durante todo el
tiempo que tuvo ocasión de dejar volar la imaginación, que no fue
poco. Se preguntó una y mil veces el motivo por el cual no había ido
a reunirse con él, si la prisión estaba abandonada; por qué no
había tratado de salvarle. Pero en su fuero interno, creía conocer
la respuesta, y por eso mismo siempre luchaba por alejar de su cabeza
esos malos pensamientos.
	Todo intento de librarse de las esposas había resultado inútil,
pues sólo consiguió herirse más las ya maltrechas muñecas. La
agonía se hacía más latente a cada nuevo día que pasaba, con la
única compañía del trinar de los pájaros y el ulular del viento
que entraba por la puerta que habían dejado abierta sus compañeros
al escapar. Llegó a comer el poco papel de váter que le quedaba, e
incluso probó suerte con la crema dentífrica, la espuma que había
dentro del colchón de la cama inferior y hasta con el periódico que
había comprado en un pasado que se le antojaba remoto. Tristemente no
consiguió más que un fuerte dolor de barriga, amén de arrojar al
suelo lo poco que le quedaba dentro. 
Si era cierto lo que decían que Dios aprieta pero no ahoga, al menos
disponía de tanta agua corriente como desease. El grifo funcionaba
como si nada hubiera pasado, y le permitió sobrevivir más de lo que
jamás hubiera llegado a pensar. El vaso turquesa de plástico que
había sobre el lavamanos apaciguaba su sed día a día, pero hubiera
vendido todo esa agua a incluso su alma al mismísimo diablo por comer
uno de aquellos platos de lentejas que hacía su madre, que tanto
detestaba cuando en el mundo su mayor preocupación era aprobar las
matemáticas. De ese modo, hambriento, agotado y abatido, el pobre
chico de las afueras acabó deseando que eso acabase de una vez por
todas. Si ese era el destino que se le había impuesto, que así
fuera. Al fin y al cabo era cuestión de tiempo, llevaba ya demasiado
en ayunas.
	La mañana de ese día no empezó como cualquier otra, hubo algo que
la hizo diferente, y Christian se preguntó de entrada si no era la
señal de que su vida ya había llegado al final. Se había querido
convencer que estaba cansado de vivir. No obstante no tenía el valor
para quitarse la vida. Se despertó tirado en el suelo de su celda, de
su celda con la puerta abierta pero de la que no podía escapar,
tremenda ironía. Le despertó un sonoro trueno que retumbó en la
nave y hasta le dio la impresión que hacía temblar los cimientos.
Fuera la lluvia golpeaba con fuerza los muros de hormigón y los
lucernarios del techo.
	Con la insoportable sensación del más absoluto hambre, respiró
hondo, y se dispuso a morir, preguntándose si ese sería finalmente
el día en el que acabaría su lenta agonía. Sus brazos y sus piernas
estaban en los huesos, su estómago delataba que no había recibido
visita en mucho tiempo. Llevaba una barba de varias semanas, ya que
había tirado la cuchilla de afeitar bien lejos, por miedo a que con
el paso del tiempo acabase siendo una tentación demasiado grande. Si
se hubiera visto la cara se hubiera asustado, al ver lo demacrado y
cansado que estaba.
	Con la hipnotizante melodía de la lluvia acompañándole, se dejó
caer de nuevo sobre el colchón que había bajado al suelo pocas horas
después que le abandonaran. Durmió un rato más antes que le
despertase el ruido de lo que creyó eran pasos. Todavía dudando si
había sido parte del sueño o simplemente una jugarreta de su mente
ya enferma por el hambre, titubeó un momento, tratando de volver a
escuchar lo que quiera que hubiese escuchado. Llegó a creer que no
había sido más que la lluvia, pero entonces lo volvió a escuchar.
Pasos, susurros; ecos.
	En un primer momento pensó en Fernando. Tal vez hubiera vuelto para
redimirse, después de la jugada que le había hecho. Llegó incluso a
pensar que podría ser su madre, que después de mucho esfuerzo había
conseguido llegar hasta él, y le salvaría de las garras de la muerte
en el último momento. Pero enseguida vino a él la recurrente imagen
de Cobra. Cobra habría vuelto, pistola en mano, para asegurarse que
estaba muerto. Subiría hasta el primer piso, y al verle todavía con
vida, acabaría lo que había dejado a medias hacía dos semanas. Eso
le hizo mantener el silencio en un primer momento.
	Prácticamente aguantando la respiración, siguió escuchando esos
susurros, esas voces, esos pasos. Parecía haber más de una persona,
pero no alcanzaba a discernir lo que decían; el eco que producía el
ruido de la lluvia se lo impedía. Enseguida se dio cuenta que estaba
haciendo el idiota. Si no decía nada, y quien quiera que fuese que
había entrado a la nave veía a primer golpe de vista todas las
celdas vacías, no tardaría mucho en irse. Si era Cobra subiría de
todas maneras, de modo que guardar silencio era la más absoluta
estupidez.
¿Hola? Christian escuchó su voz resonar en las viejas paredes del
edificio, tan agotada y maltrecha como su propio cuerpo. El eco la
repitió una o dos veces, hasta que acabó extinguiéndose. Christian
guardó silencio, esperando una respuesta que no llegó a producirse.
Empezó a impacientarse y a temer que ya era tarde, que había
esperado demasiado para darse a conocer, y que había dejado escapar
la última oportunidad de sobrevivir que se le había brindado. Pero
enseguida volvieron a escucharse pasos, uno de ellos pisó un cristal.
¿Hay alguien ahí? Entonces esos pasos se hicieron más audibles y
más rápidos. Por un momento temió que estuvieran yéndose; su mente
le dijo que había asustado a esa persona, a esas personas, que le
habían confundido con un fantasma, con un alma en pena que estaba
encerrada en la prisión, dispuesta a atemorizarles y atormentarles.
No te vayas. Sube, por favor. Los pasos se volvieron más cercanos,
hasta convertirse en unos golpeteos metálicos; alguien estaba
subiendo las escaleras, las escaleras que le llevarían al primer
piso, donde estaba él. Para bien o para mal, la suerte estaba echada.
	Instantes después les vio. Desde luego eran las últimas personas
que hubiera podido prever que irían en su ayuda. Un hombre negro,
alto y robusto, que sostenía una escopeta con las dos manos se le
quedó mirando. Iba vestido de policía. Hasta ahí todo tenía cierto
sentido; pero no estaba solo. Le acompañaban una mujer joven, con el
pelo muy largo, que giraba un anillo en su dedo corazón, y una niña
pequeña con una cinta violeta en la muñeca, una niña que hubiera
podido ser Jéssica si no fuera porque estaba muy delgada. Quiso
hacerles una y mil preguntas, pero sin siquiera pensarlo, su boca se
le adelantó.
CHRISTIAN – ¿Tenéis comida?
puntos 11 | votos: 11
Es de héroes - sonreír cuando el corazón  solo quiere llorar  .
puntos 27 | votos: 27
¡Buenos días, princesa! -
puntos 16 | votos: 16
Sólo quiero que vuelvas - a ser feliz.
puntos 14 | votos: 14
Al otro lado de la vida 1x134 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
18 de septiembre de 2008

Cobra sintió la adrenalina apoderándose de su cuerpo. La cabeza
agujereada de Andrés cayó de lado, y del orificio de bala empezó a
brotar sangre de un color rojo muy oscuro. Los gritos y aplausos le
acompañaron mientras se agachaba para revisar el cuerpo, del que se
apropió un cargador para la pistola, una porra y unas esposas. Con
ese pequeño arsenal, se levantó y se dirigió hacia la puerta de
salida. En ese momento los gritos y vítores se fueron apaciguando,
dando pie a un momento de tensión, en el que muchos vieron cómo se
iba, para abandonarles a su suerte.
	La realidad fue distinta. Cobra se dirigió a la garita, y se limitó
a abrir la puerta, que no ofreció resistencia. Ahí el suministro
eléctrico seguía funcionando, gracias al mismo generador de
emergencia que había encendido aquellas débiles luces en los
pasillos de las celdas. Cobra observó con atención la sala. Abrió
un par de cajones sin encontrar nada interesante, y sacó del tercero
una tableta de chocolate que devoró con ansia. Al darse cuenta que
todo se había vuelto a sumir en el más absoluto silencio, se
preparó para llevar a cabo su objetivo ahí dentro.
	Si el mundo exterior se parecía al pequeño ejemplo que se les
había mostrado con la visita del carcelero, sin duda necesitaría
compañía para hacerse un lugar en él. Dio con el botón que
accionaba la sirena y lo apretó, haciendo estallar de nuevo en gritos
a los presos, al oír la sirena que indicaba que enseguida serían
libres. Acto seguido, se acercó al panel de mandos que controlaba los
cierres electrónicos de las puertas de las celdas, y tras media
docena de intentos infructuosos, dio con la llave adecuada. Al
girarla, todas las puertas se abrieron al unísono, de idéntico modo
a cuando las abría el ya difunto Andrés cuando tenían que ir al
patio o a la cantina.
	Sin perder ni un segundo salió de la garita. Vio a docenas de
compañeros arrodillados frente a sus celdas, cogiendo del suelo la
comida reseca que habían tirado hacía ya más de una semana a
quienes la trajeron. Muchos huyeron en estampida, otros se limitaban a
gritar de alegría, abrazándose unos a otros y estrechándose las
manos. Un pequeño grupo tiró varios colchones al espacio central
para luego prenderles fuego, entre risas y emoción desbordada. Cobra
se dirigió a las escaleras, esquivando el cadáver de Andrés,
ignorando a quienes se acercaron a él para mostrarle su
agradecimiento por la liberación. Muchos le siguieron, hasta la celda
202.
	Christian había estado observándolo todo desde su celda, superado
por los acontecimientos, con una mezcla de alegría e incredulidad. En
ese momento estaba encaramado a la escalera de la litera, recogiendo
la fotografía que tenía guardada debajo de la almohada. Estaba
hablando con Fernando, y al no oír respuesta, se giró y vio a Cobra
en el umbral de la puerta, seguido de un séquito de fieles
delincuentes. Su compañero estaba al otro extremo de la celda, le
miró y acto seguido miró a Cobra. Christian bajó hasta el suelo,
con la foto en la mano. Tragó saliva.
COBRA – ¿Dónde crees que vas?	
	Christian se esforzó por no mirar la pistola que Cobra sostenía con
su mano derecha. Se quedó callado, sin saber qué decir ni qué
hacer. Cobra notó el pánico en la mirada del chico, y esbozó una
sonrisa; iba a disfrutar con eso.
COBRA – ¿Qué llevas ahí?
	Christian levantó la mano en la que llevaba la foto. 
COBRA – ¿Me la das?
	No tuvo tiempo de responder. Cobra se acercó, y se la arrebató.
COBRA – Anda. ¿Es tu mamá?
	Christian le miró a los ojos, y asintió levemente con la cabeza.
COBRA – Creo que me la voy a quedar, para acordarme de cuando me la
tiraba.
	El novato no movió un músculo; sabía que su vida en esos momentos
pendía de un hilo, y no estaba dispuesto a hacer ninguna estupidez.
El asesino de Andrés se guardó la foto en el bolsillo, donde
encontró las esposas que había sustraído a su cadáver. Unos
segundos de silencio, en los que Cobra estuvo reflexionando sobre
cómo llevar a cabo su venganza, fueron suficientes para que su
macabra mente diera con una solución que creyó muy ingeniosa.
COBRA – Te podría matar ahora mismo, Dios lo sabe. Y no me
faltarían motivos, pero no lo haré. Hoy es tu día de suerte. Lo que
haré, será pagarte con la misma moneda.
	Christian frunció el entrecejo. Cobra se giró a Fernando, y le
tiró las esposas. Éste las cogió al vuelo, y miró al chico.
COBRA – Espósale una muñeca a la cañería del lavamanos.
	Fernando titubeó unos segundos. Observó alternativamente a Cobra y
a Christian, que le miraba con ojos de cordero degollado. Cobra
levantó la pistola, apremiándole.
COBRA – No tengo todo el día. Y luego te vendrás con nosotros. Nos
vendrá bien un mecánico. No quiero quedarme tirado en la carretera.
	Fernando se quedó quieto. No quería sentenciar la vida del chaval,
pero tampoco quería que Cobra le disparase.
COBRA – Es sencillo. O lo haces tú o lo hago yo. Y si lo hago yo,
créeme que envidiarás al mataniñas.
FERNANDO – Va… Vale.
	Fernando respiró hondo, y se acercó a la bajante del lavamanos,
dónde colocó una de las manillas de las esposas. Cobra empujó a
Christian hasta donde estaba Fernando, y éste cayó de rodillas
frente a su compañero de celda. Fernando le susurró un débil lo
siento mientras le sujetaba un brazo y le colocaba las esposas en la
muñeca izquierda. Christian, con los ojos húmedos, notó más cerca
su muerte a cada clic que hacían las esposas. Fernando se levantó,
dejando al chico sentado en el suelo. Cobra le miraba con desprecio.
COBRA – Aprétaselas más, no hagas que me enfade.
	Fernando se agachó ligeramente, y sostuvo la manilla que rodeaba la
muñeca de Christian, apretándola hasta que quedó bien sujeta.
Christian le miró; una lágrima brotó de sus ojos. Fernando se
levantó, evitando mirarle a la cara, y se reunió con Cobra,
cabizbajo.
COBRA – Así me gusta. Y tú, niñato, así aprenderás a no meterte
con Cobra.
	El reo comenzó a reír, y los lameculos que había tras él le
acompañaron a coro. Se hizo paso entre ellos, acompañado de cerca
por Fernando, y dejaron a Christian solo. El chico gritó pidiendo
clemencia, rogando piedad, pero sus gritos y llantos se perdieron en
el eco de la nave. En cuestión de cinco minutos el edificio quedó
nuevamente en silencio. Con la única compañía de un par de
colchones ardiendo, el cadáver de Andrés y un pájaro perdido que
revoloteaba sin encontrar la salida, se dejó caer en su desgracia y
se dispuso a morir. Al menos ya lo tenía asumido desde hacía varios
días.
	Cobra creía haber obrado su mayor y mejor venganza, sin saber que
con ello le estaba dando una nueva oportunidad de sobrevivir, pues de
todos los presos que escaparon ese día, apenas una cuarta parte de
ellos seguían con vida a la mañana siguiente.

puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x133 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
18 de septiembre de 2008

La mañana de ese jueves 18 de septiembre, aunque las fechas por esos
entonces ya carecían de sentido, comenzó como otra cualquiera, en la
rutina en la que se habían convertido sus vidas. Los presos
despertaron encerrados en sus celdas, con los primeros rayos de sol,
acompañados del trinar alegre de los pájaros que se reían de ellos
al hacer gala de su libertad. El silencio solo estaba roto por algún
que otro estornudo, una tos puntual y los susurros de los compañeros
de celda que hablaban entre ellos. A media mañana un ruido
sobresaltó a todos los presentes, que guardaron silencio. No habían
tenido noticias del exterior desde hacía días, y en sus corazones
brotó de nuevo la esperanza que muchos ya habían dado por perdida.
Acto seguido se escuchó otro golpe, y entonces pudieron ver emerger
un gran chorro de luz del muro que les ocultaba el portón de acceso,
al abrirse éste. La luz de la mañana entró por la puerta, y junto a
ella vieron en el muro que había enfrente, la silueta magnificada de
un hombre. Tenía los brazos caídos y andaba algo encorvado,
arrastrando un pie a medida que se acercaba al pasillo central entre
las dos alas de la nave, empequeñeciéndose cada vez más su sombra a
medida que se acercaba. Cuando cruzó al otro lado del muro, todos
pudieron verle. Era Andrés, el encargado de la garita de la nave, el
portero de la cárcel, y a juzgar por la manera cómo caminaba y las
pintas que llevaba, parecía acarrear una borrachera de campeonato.
La mayoría estaban muy lejos, y muchos tan solo distinguieron su
silueta, pero todos pudieron ver las relucientes llaves que colgaban
de su pantalón. Ese enorme manojo de llaves que representaba la
diferencia entre la vida y la muerte. Como transportados al pasado, en
la nave volvieron a sonar los gritos e insultos que de tan poco
habían servido los primeros días. Andrés miró a un lado y a otro,
exaltado y nervioso, y enseguida se sumó al alboroto, gritando a
pleno pulmón. Sin embargo lo que él decía parecía carecer de
sentido alguno, parecían más los gritos de un imitador barato de
hombre de las cavernas. 
Levantando los brazos y sin parar de gritar corrió hacia una de las
celdas del primer piso y se abalanzó contra uno de los presos que le
profería insultos a viva voz. Sin apenas solución de continuidad le
agarró de un brazo y empezó a forcejear con él, tratando de
llevárselo a su lado de los barrotes. Ese hombre comenzó a gritar, y
su compañero trató de ayudarle a zafarse del carcelero. Hizo falta
un fuerte puntapié en el estómago para conseguir que le soltase de
una vez por todas. Andrés dio un par de pasos atrás hasta acabar
perdiendo el equilibrio, y cayó de espaldas al suelo, sin parar de
mover los brazos, soltando saliva y sangre por la boca.
¡Este tío está loco! ¡El hijoputa me ha mordido! ¡Su puta madre!
Los atacados seguían gritando mientras el encargado de las llaves se
levantaba ágilmente. A esa distancia pudieron comprobar que lo que
tenía no era una borrachera, sino algo mucho peor. Lucía los ojos de
un color rojo enfermizo, la piel pálida y cuarteada, mostrando las
venas violetas a flor de piel. Sobre todo era su mirada perdida y
enloquecida lo que más les asustó. Los gritos se intensificaron y
Andrés miró en todas direcciones, superado por la situación,
haciéndosele la boca agua. Le vieron correr hacia las escaleras sobre
las que había algo de comida de la que habían tirado los presos.
Agarró una alita de pollo y se la metió en la boca con hueso y todo,
a medida que subía las escaleras, maravillado por el ruido que venía
del otro lado.
Una vez estuvo arriba, moviendo la mandíbula sin parar, saboreando el
pollo, se acercó a la primera celda que vio. Cobra se le quedó
mirando, se arremangó una de las mangas de su uniforme de preso y
llamó su atención como lo hubiera hecho con un perro callejero.
¡Ven aquí si eres hombre! Andrés se le quedó mirando, y al ver
cómo sacaba el brazo desnudo con el tatuaje de la Cobra por entre los
barrotes, escupió la alita de pollo a medio comer; tenía algo mejor
que llevarse a la boca.
Se agachó ligeramente y dio un par de largas zancadas hasta alcanzar
la celda en la que se encontraba Cobra, uno de los pocos presos que no
disponía de compañero, a tenor de lo que había pasado anteriormente
con los que tuvo. El infectado fue directo hacia el brazo, dispuesto a
arrancarle el tatuaje de un mordisco. Cobra, sin embargo, fue más
rápido y más inteligente. Agarró al carcelero del mugriento mechón
de pelo que ya no cubría su calva, más bien ocultaba una de sus
orejas, y dio un fuerte tirón hacia dentro, llevándose un buen
puñado de pelos en el proceso. Con la otra mano le agarró del
tobillo y estiró con fuerza, hasta hacerle perder el equilibrio.
Andrés cayó al suelo con un fuerte golpe en la cabeza, y Cobra lo
arrastró de los pies hacia él, hasta dar con lo que se había
dispuesto a quitarle. El manojo de llaves estaba sujeto con un
mosquetón a una costura en el pantalón, pero Cobra no se molestó en
desengancharlo, sino que se lo arrancó directamente. Con una sonrisa
del más puro éxtasis en la cara, y viendo como Andrés se alejaba
asustado arrastrándose por el suelo, metió la llave maestra de las
celdas en el agujero de la cerradura, y abrió su puerta en un
santiamén, ante los atónitos ojos de los presentes.
¡No huyas, cobarde! Cobra se guardó las llaves en el bolsillo
lateral del uniforme, e hizo estallar los huesos de todos los dedos de
las manos y los codos, preparándose para darle una paliza al que
representaba en ese momento el culpable de todo el tiempo que había
tenido que malvivir ahí encerrado. Andrés consiguió levantarse,
sangrando por el cuero cabelludo, y trató de plantarle cara,
gruñéndole y frunciendo el entrecejo. Cobra se rió en su cara, y
corrió hacia él. Le propinó una patada en el estómago y un
puñetazo en toda la cara, haciendo saltar un amasijo de sangre y
babas más allá de la barandilla, que acabó estampándose en el
suelo de la planta baja. El infectado trató de escapar, al verse
superado por otro depredador más fuerte, pero Cobra no se lo
permitió. Le golpeó una pierna y le hizo hincarse de rodillas en el
suelo. Acto seguido cargó contra él, y lo agarró del costado, hasta
levantarlo por encima de su cabeza, mostrando una fuerza increíble.
Con un fuerte grito, cogió algo de impulso y lo tiró por encima de
la barandilla, mientras éste se retorcía y vociferaba en el aire.
La caída fue muy aparatosa, hasta el punto que le partió la espalda
y el cuello, dejando la cabeza en una posición imposible. La nave,
que se había quedado en silencio durante la corta pero intensa
batalla, estalló de nuevo en gritos, en este caso de elogio a Cobra;
aplausos que retumbaron con el eco y lo sumieron todo en un ambiente
de jolgorio y alegría como no habían vivido en semanas. Andrés tan
solo consiguió mover uno de sus brazos, aún cuando su intención era
la de levantarse y seguir luchando. Si hubiera tenido la capacidad de
sentir dolor, hubiera preferido morir en ese mismo momento.
Cobra bajó las escaleras, sonriente y orgulloso de lo que había
hecho. Docenas de rollos de papel de váter volaron por los aires,
sumiéndolo todo aún más en un ambiente festivo y de celebración.
Se acercó al cuerpo malherido del guarda y tanteó su costado hasta
que dio con lo que había ido a buscar. Agarró la pistola con ambas
manos, y en un ágil movimiento la cargó. Miró a su alrededor, a
todos los presos que decían maravillas del que era su salvador, el
más grande de todos cuantos habían pisado ese lugar. Apuntó a la
cabeza de Andrés, que le miró atento con sus ojos rojos, más
asustado que irritado, y disparó, haciendo penetrar en su cerebro el
proyectil que acabó definitivamente con su vida.
puntos 12 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x132 - Los días que siguieron, tal y como había anticipado sabiamente el
alcaide, fueron realmente atípicos, radicalmente diferentes. Las
primeras horas lo notaron en la ausencia de guardas en la nave de las
celdas, estaban todos reunidos con el alcaide y el resto de
trabajadores de la prisión, esbozando lo que sería el trabajo y la
vida ahí dentro a partir de entonces. Pasaron gran parte del día
solos, y no fue hasta pasada la media tarde que el portón de acceso
se abatió para dar paso a lo que sería a partir de entonces el
rancho. Los presos, que hacía largas horas que no comían, gritaban y
golpeaban los barrotes, impacientes y enfadados. Varios guardas,
algunos trabajadores de la cantina e incluso un par de limpiadoras,
repartieron la única comida del día entre los presos, dejando los
platos frente a las celdas. Fernando y Christian sólo comieron la
mitad, previendo lo que podría pasar a partir de entonces.
	Al día siguiente Christian no tuvo ocasión de ver a su madre,
cuando se suponía que permitirían la visita semanal de los
familiares. Dedujo que fue así porque no permitieron a nadie salir de
sus celdas, y en consecuencia, tampoco permitirían a los familiares
visitar a sus seres queridos, aunque la realidad era mucho más
amarga. A esas horas, Azucena descansaba a dos metros bajo tierra, en
una tumba particular del cementerio nuevo. Ella fue una de las
últimas personas que tuvieron un entierro digno en Sheol, aunque
nadie fuera a verlo, ya que a partir de entonces, los cadáveres se
amontonaban en fosas comunes, si corrían la suerte de no ser
incinerados en plena calle para evitar sorpresas.
	El tiempo siguió pasando. Ellos seguían dentro de sus celdas, día
tras día, cada vez más furiosos y exaltados. Ni que decir que las
tareas fueron historia, al igual que las visitas al patio y mucho
menos a la cantina, lo que sin duda hubiera acabado en un motín de
enormes proporciones. Los primeros días recibían un par de visitas
para darles la comida, que en gran medida acababa encima de los
propios camareros, ya que los presos se la echaban encima a modo de
protesta por el mal trato al que les estaban sometiendo. Les gritaban
y les decían que como no les sacaran de ahí se los iban a cargar a
golpes, que no descansarían hasta que acabasen todos con el cuello
rebanado y demás amenazas. Más adelante, el rancho se limitó a una
comida al día, hasta que una semana más tarde, se quedaron
totalmente solos. Nadie les controlaba, nadie les alimentaba, nadie
les tenía en cuenta. Habían sido abandonados a su suerte, encerrados
como ratas en un lugar en el que la muerte era tan solo cuestión de
tiempo.
Christian se sorprendió a si mismo al ver que había olvidado todo el
tema de Cobra, del asesinato de Pedro y prácticamente todo lo que
había ocurrido antes de que dejasen de permitirles salir de sus
celdas. Ahora la vida era distinta; las prioridades otras. Las horas
se hacían más y más lentas, tediosas, agobiantes al sentirse más
encerrados que nunca. Christian y Fernando se pasaban las horas
muertas hablando entre ellos, sin saber ya ni qué decir, echando una
y mil partidas al póquer, con la vieja baraja del veterano, que
había comprado hacía un par de años con el dinero de las tareas, y
que no había amortizado realmente hasta ese momento.
Poco después se fue la luz, de modo que cuando se hacía de noche tan
solo tenían la compañía de unas pequeñas luces de emergencia que
estaban colocadas en los pasillos, que apenas permitían distinguir
las siluetas de los presos de las otras celdas. Afortunadamente el
agua no les abandonó en ningún momento, pues el depósito rojo que
tanto había llamado la atención a Chris estaba hasta los topes, y la
bomba que lo accionaba y que suministraba el agua a todo el recinto
funcionaba con un novedoso sistema de electricidad por placas
fotovoltaicas. De lo contrario, todos hubieran muerto a los pocos
días.
Una mañana, la mañana de un día cualquiera, pues entonces todos los
días eran copias literales del anterior y el siguiente, Christian vio
a un hombre colgado del cuello en su celda, en la otra ala de la
prisión. Había utilizado un cinturón para rodear su cuello y lo
había colocado en el gancho que sobresalía de la pared, de dónde
había quitado la pequeña lámpara, ya inútil, que en tiempos había
iluminado la celda. Los presos de su ala de la nave no llegaron a
enterarse, pero los de la otra, los que no podían evitar verle hora
tras hora, tuvieron que lidiar con ello, preguntándose una y otra vez
si la solución a todo ese sufrimiento no era la misma que había
encontrado él.
La comida que prudentemente habían guardado Fernando y Christian, por
miedo a que pasara lo que finalmente acabó pasando, comenzó a
escasear, cuando cortaron el suministro de alimentos, y para el día
16 ya se habían quedado sin. Por esos entonces los ánimos entre la
muchedumbre habían decaído enormemente. Los primeros días no
paraban de gritar y golpear los barrotes exigiendo que se les hiciese
caso. Por esos entonces, se limitaban a descansar tumbados en sus
celdas, resignándose cada vez más, asumiendo que ese y no otro
sería su final en este mundo, que morirían de inanición, olvidados
por la sociedad con la que tan mal se habían portado.
	Los presos tenían un hambre descomunal, los ánimos por los suelos y
una cantidad de ira en su interior mucho mayor de la que jamás
habían tenido. Por las noches empezaron a escucharse llantos y rezos,
de hombres adultos que habían perdido ya toda esperanza, y que se
derrumbaban. Todo siguió igual día tras día, sin que nada cambiara;
todo exactamente igual, hasta el 18 de septiembre, cuando ya llevaban
doce largos días encerrados en sus celdas, doce días enclaustrados
en esos siete metros cuadrados. Ese fue el día que lo cambió todo,
al menos para casi todos.
puntos 11 | votos: 11
¿A esto - lo llaman belleza?
puntos 16 | votos: 16
Nunca me gusto tanto - BOB...
puntos 10 | votos: 10
No sabes - lo que tienes hasta que lo pierdes.

puntos 8 | votos: 10
Haber ... - ¿Cual es la capital de Italia? Rápido¡¡
-Badajoz
+Badajoz???
-Usted pidio rapidez no precisión.
puntos 9 | votos: 9
Modas? - No! es la propia
personalidad de cada uno.
puntos 38 | votos: 44
¡Cuidado! - ¡PETER GRIFFIN ES UN MIRÓN!
puntos -2 | votos: 6
Yo ya no me masturbo - me han puesto gafas
puntos 7 | votos: 7
¿Como es posible... - echar de menos a alguien que no conoces?

puntos 2 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x131 - 
Despacho del alcaide de la prisión Kéle de Etzel
6 de septiembre de 2008

CHRISTIAN – Le prometo que yo no... Dios, jamás se me ocurriría.
	El alcaide lo miraba, impasible. Tomó otra calada. Christian no
podía disimular su ansiedad y nerviosismo. Hubiera deseado llorar o
salir corriendo de ahí para no volver jamás, pero se vio en la
necesidad de limpiar su nombre; no toleraría que le acusaran de algo
que no había hecho. No comprendía qué era lo que podía haberle
pasado a Pedro, si era verdad que aún no habían soltado a Cobra,
pero no pararía hasta aclararlo.
CHRISTIAN – Fernando. Él estuvo conmigo todo el tiempo, él puede
corroborar mi coartada. La foto… seguro que la han puesto ahí para
incriminarme, pero… Piénselo, si hubiera sido yo… no podría ser
tan estúpido de dejar mi foto ahí, es que… es de sentido común,
no… 
	Christian se quedó sin palabras, cada vez más seguro que nada de lo
que dijera haría cambiar la opinión que el alcaide ya se había
formado. Imaginó en cual sería su castigo, e incluso pensó que si
su destino era pasar un tiempo en la misma celda de aislamiento de la
que sacarían a Cobra de un momento a otro, tal vez no fuera tan malo.
Ahí al menos estaría seguro.
ALCAIDE – Tranquilízate, chico. No te he traído para acusarte de
nada. 
	Christian frunció el entrecejo, sorprendido y contrariado.
CHRISTIAN – No entiendo nada, la verdad.
ALCAIDE – Es obvio que alguien te la ha jugado, no hace falta ser
muy listo para verlo. No sé si han sido tan ingenuos para creer que
te incriminaríamos al ver ahí tu foto, o eso no ha sido más que una
advertencia, una manera de demostrarle su lealtad a Héctor, a ese que
llamáis Cobra, pero lo que si sé es que ahora mismo estás en
peligro. En muy poco tiempo te has buscado muchos enemigos. Aquí
dentro la vida es muy distinta a la que tenías en la calle.
	Christian notó una presión en el pecho, y luchó por no llorar,
aunque los ojos ya se le habían humedecido.
ALCAIDE – A lo que voy, es que nosotros no somos niñeras de nadie,
y no tenemos mil ojos.
CHRISTIAN – Lo único que hice fue avisar a los guardas para que no
matasen a Pedro... Y para lo que ha servido.
ALCAIDE – Y me parece muy bien, eso me hace preguntarme de nuevo
qué diablos pintas tú aquí dentro, pero no es a lo que vamos. No te
voy a mentir; no te puedo asegurar seguridad, y menos con lo que está
pasando ahora ahí fuera. La mitad de los guardas han desertado para
irse con sus familias los últimos días, no sé si te has dado
cuenta. Ahora mismo estamos trabajando bajo mínimos, y todo apunta
que esto no es más que el principio. El mundo se está volviendo loco
ahí fuera, y no sé cuanto podremos aguantar aquí dentro. Las cosas
van a cambiar mucho a partir de nada, y la verdad, no me gustaría que
acabases con el cuello rebanado, igual que tu compañero.
	Christian escuchaba con atención a ese hombre. No sabía si
despreciarle o admirarle, pero poco a poco se decantaba por esto
último.
CHRISTIAN – Pero… todavía me queda más de un año, no… ¿Qué
pasará cuando devuelvan a Co… a Héctor con los demás?
ALCAIDE – Ya veremos qué hacemos, tú no te preocupes.
CHRISTIAN – Acaba de decirme que no puede prometerme seguridad. No
puedo evitarlo, prometió acabar conmigo antes que se lo llevasen, y
llevará dos semanas pensando cómo vengarse.
ALCAIDE – Yo me encargaré personalmente de eso.
	Christian lo miró seriamente. Una nube de humo salió de su boca.
Unos segundos de silencio acabaron por destrozar los nervios del
chico. Después de lo que le había pasado a Pedro, sólo Dios sabría
qué trágico desenlace tenía previsto el destino para él. El
nerviosismo se tornó en impaciencia.
CHRISTIAN – ¿Eso es todo?
ALCAIDE – Si. Puedes irte.
	Christian expiró todo el aire que había guardado en los pulmones.
Seguía nervioso, pero al menos se había quitado un peso de encima.
Miró la foto que todavía descansaba sobre el escritorio del alcaide.
CHRISTIAN – ¿Puedo quedármela?
	El alcaide miró la foto y le volvió a mirar a él.
ALCAIDE – Es tuya.
	El chico dio las gracias mientras el director de la prisión
presionaba el botón central de un extraño aparatejo que tenía sobre
la mesa. Tras unos instantes de estática, sonó una conocida voz al
otro lado.
ANDRÉS – ¿Si?
ALCAIDE – Ya os podéis llevar al chico.
ANDRÉS – Si, señor.
	Soltó el botón y apagó el puro en un pequeño cenicero de cristal.
A los pocos segundos la puerta volvió a abrirse. Los mismos agentes
que le habían traído a hablar con el director de la prisión
aparecieron tras ella. Tras mediar unas palabras con el alcaide, lo
escoltaron de vuelta a la nave de las celdas. Al salir al exterior
pudo comprobar cómo realmente no se había equivocado. Los presos
todavía se encontraban en el patio, aunque hacía ya largo rato que
deberían haber vuelto a sus celdas. Andrés le guió hacia el acceso
a la nave en cuestión, y a mitad de camino se escuchó resonar en el
ambiente el estrépito de la sirena que tanto había tardado en sonar.
	Christian ocupó su celda el primero de todos, y uno de los tres
guardas se quedó junto a su puerta, mientras el resto de presos
comenzaban a entrar en la nave y ocupaban sus respectivos asientos. En
cuestión de cinco minutos, cada cual había ocupado su posición, de
modo que las puertas se cerraron, al unísono, con el habitual
chasquido metálico. El chico se quedó con Fernando, contándole con
pelos y detalles lo que había pasado en su ausencia, mientras éste
asentía, interesado.
	Pasó algo más de media hora antes que el relativo silencio de la
nave se tornase de un segundo a otro en una locura de gritos y
silbidos frenéticos. Christian y Fernando se asomaron a los barrotes
para tratar de averiguar el motivo de ese alboroto. No tardaron mucho
en comprenderlo, al ver a dos guardas escoltando a un hombre emerger
de las escaleras. Llegaron a lo más alto y emprendieron su camino por
el pasillo de la primera planta. Al pasar frente a la celda 202, Cobra
se rezagó un momento, y miró a Christian. Con una amplia sonrisa en
la cara, le sopló un beso y le guiñó un ojo. El chico notó que un
escalofrío le recorría el cuerpo de extremo a extremo. Los agentes
que le custodiaban le dieron un empellón para que siguiese su camino,
hasta la última celda de ese pasillo. Christian miró a Fernando.
Éste le devolvió la mirada, dándole a entender que la suerte ya
estaba echada.
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Al otro lado de la vida 1x130 - Despacho del alcaide de la prisión Kéle de Etzel
6 de septiembre de 2008

Christian entró dubitativo al despacho del alcaide, en una zona del
edificio principal que estaba prohibidísima a los reclusos. Un
portazo tras de sí dio fe que ya no había marcha atrás. El alcaide
estaba de espaldas a él, tras el imponente escritorio romántico de
roble, mirando por el ventanal que daba al exterior de la prisión, a
las montañas que resplandecían de un verde imponente a la luz del
sol veraniego, una visión que acercó al propio Christian a la
libertad que prácticamente había olvidado en su tiempo de
reclusión. Unos segundos de silencio hicieron aún más incómoda la
estancia al chico.
ALCAIDE – Siéntate, por favor.
	Christian dio un paso al frente y tomó asiento en una mullida silla
forrada de terciopelo ámbar. Tragó saliva y entonces el alcaide se
dio media vuelta, para mirarle con una expresión pasiva y tranquila.
Christian frunció el entrecejo; no comprendía nada, y empezaba a
impacientarse. Se trataba de un hombre adulto, de unos cincuenta y
cinco o sesenta años, delgado y con un estrecho bigote que empezaba a
canear. Llevaba un traje gris y una camisa rosa pálido con una
corbata blanca, demostrando su estrato superior en la jerarquía de la
prisión, pues él era el director de la misma.
ALCAIDE – ¿No llevas mucho aquí, verdad?
CHRISTIAN – Tres semanas. Señor.
ALCAIDE – ¿Y qué tal te has amoldado a nuestra institución?
CHRISTIAN – Fue difícil los primeros días, pero acabas
acostumbrándote.
	El alcaide cerró los ojos y respiró hondo, durante unos segundos.
Christian se lo quedó mirando, inquieto.
ALCAIDE – ¿Qué fue lo que hiciste para que te condenaran a
prisión?
	Christian tragó saliva.
CHRISTIAN – Homicidio por negligencia.
ALCAIDE – Cuéntame cómo pasó.
CHRISTIAN – Fue una tontería... que acabó mal. Estaba subido en un
carro, uno de esos de supermercado, bajando por una calle en
pendiente, y me crucé con una niña… y con el golpe… se desnucó.
ALCAIDE – Qué tragedia.
CHRISTIAN – Una estupidez… Nunca volverá a pasar.
ALCAIDE – Más te vale ¿Y cuánto tiempo te han metido aquí?
CHRISTIAN – Quince meses.
	El alcaide parecía sorprendido, y Christian se relajó un poco. 
ALCAIDE – ¿Sabes por qué te he citado?
CHRISTIAN – No, señor.
El alcaide abrió el cajón superior del escritorio y sacó una
carpeta amarilla que llevaba dentro un expediente. La colocó sobre la
mesa y la abrió para mostrarle al chico el documento. Christian le
echó un vistazo y vio en el primer folio una fotografía en blanco y
negro del chico que Cobra había estado golpeando, al que había
pegado el navajazo en el costado. Christian tragó saliva, cada vez
más confuso. No entendía qué pintaba él ahí dentro, no
comprendía por qué le habían hecho ir con el alcaide, que
seguramente tendría cosas mucho mejores que hacer que perder el
tiempo con él.
ALCAIDE – ¿Conoces a este chico?
CHRISTIAN – Es uno de los que entraron el mismo día que yo.
ALCAIDE – ¿Cuando fue la última vez que le viste?
CHRISTIAN – No sé... Ayer, en la hora de patio, supongo. No le
conozco personalmente, sólo de vista.
	El alcaide observaba con detenimiento cada movimiento en las
facciones del chico, de un modo que hasta a él le daba la sensación
de ser culpable de algo. De nuevo un silencio aumentó la tensión en
el ambiente.
ALCAIDE – ¿No le has visto hoy?
CHRISTIAN – ¿Hoy…? Juraría que no. He salido tarde al patio,
y… no recuerdo haberle visto. Ahora que lo dice… no. No lo he
visto, hoy. ¿Pasa algo?
ALCAIDE – Las preguntas las hago yo, si no te importa.
CHRISTIAN – Si, si. Disculpe.
	El alcaide respiró hondo de nuevo. Abrió una cajita de madera que
había sobre el escritorio, y sacó un puro. Acto seguido cogió una
caja de cerillas, y encendió el habano con la llama de una de ellas,
impregnando a la estancia del aroma inconfundible del tabaco.
Christian deseaba salir de ahí cuanto antes, pero sabía que debía
ser paciente.
ALCAIDE – Este chico se llamaba Pedro Mora.
	¿Llamaba? La palabra resonó unos instantes en la cabeza de
Christian. Deseó preguntarle a qué se refería, pero supo callarse.
ALCAIDE – ¿Dónde has estado hoy, durante la hora de patio?
CHRISTIAN – Fuera, en el patio. Me he pasado casi todo el rato en
las gradas, ahí es dónde me han encontrado Andrés y los demás
guardas, antes de traerme aquí.
ALCAIDE – ¿Estuviste ahí todo el rato?
CHRISTIAN – Si...
ALCAIDE – ¿Todo?
CHRISTIAN – Bueno... Venía de recibir una llamada, de mi madre, y
me retrasé un momento viendo la tele de la garita de Andrés, que
estaban echando el noticiario. Luego enseguida salí.
ALCAIDE – ¿No volviste a entrar a la nave de las celdas luego?
CHRISTIAN – No... No entiendo qué tiene que ver todo esto conmigo,
la verdad.
ALCAIDE – ¿No?
	Christian arqueó las cejas. El alcaide seguía impasible. En esta
ocasión abrió el segundo cajón de su escritorio, y sacó algo
pequeño, envuelto en un pañuelo bordado. Estaba manchado de algo
rojo en una de sus esquinas. Dejó el pequeño objeto sobre el
expediente de Pedro, y miró fijamente al chico. Christian miró un
momento al reloj de agujas que pendía de la pared del lateral. A esas
horas ya debería haber sonado al menos la primera sirena, indicando a
los presos que volvieran a sus celdas. Christian estaba seguro que
desde ahí se oiría, y le extrañó no haberla escuchado todavía.
ALCAIDE – Ábrelo.
	Christian miró al alcaide que seguía fumando, y observó el
pañuelo manchado. Sin pensárselo dos veces agarró uno de sus
extremos y lo apartó para descubrir lo que ocultaba. Se quedó de
piedra al verlo, era la foto que le había traído su madre en su
primera visita, en la que salían él y ella, en la cocina, celebrando
la mayoría de edad del chaval.
ALCAIDE – ¿Reconoces esto?
CHRISTIAN – Si. Es mío.
	El alcaide dio una larga calada y le sopló el humo en la cara, sin
malicia pero sin cortarse un pelo.
ALCAIDE – La han encontrado sobre el cadáver de Pedro Mora, durante
la hora de patio. En su celda.
CHRISTIAN – No... No lo entiendo. Alguien ha tenido que cogerla, y
ponerla ahí. Yo la dejé en mi celda, bajo la almohada.
	Christian notó la boca seca. Si no tenía suficiente con lo de
Cobra, ahora le acusaban del asesinato de un recluso. Cobra…
enseguida ató cabos. Ahora todo concordaba.
CHRISTIAN – Ha tenido que ser Cobra. Me la tenía jurada por avisar
a los guardas cuando estaba golpeando a… Pedro. Ha sido Cobra, estoy
seguro.
ALCAIDE – Me temo que eso no es posible.
CHRISTIAN – ¿Cómo? ¿Por qué?
ALCAIDE – Porque Cobra todavía está en la celda de aislamiento.
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Al otro lado de la vida 1x129 - Nave de las celdas de la prisión Kéle de Etzel
6 de septiembre de 2008

Christian había puesto rumbo a las escaleras para volver a su celda,
cuando Andrés le dijo que no hacía falta, porque ya era la hora del
patio, que podía tirar directamente hacia fuera. Christian se quedó
frente a la garita del guarda mientras éste entraba y tras cerrar a
su paso, accionaba la sirena que alertó a todos los presos que
descansaban en sus celdas, para acto seguido abrirlas utilizando la
llave maestra que llevaba atada a su cinturón. Las puertas se
abrieron con un sonoro ruido metálico, todas al unísono, pero
Christian ni se enteró. 
	Se había quedado embobado, mirando la pequeña televisión que
pendía de la pared de la garita, encendida en el canal siete. Eusebio
Cuesta, el presentador de los informativos, perfectamente trajeado y
maquillado como de costumbre, relataba algo que Christian no fue capaz
de escuchar, en gran medida por el cristal que había entre ambos,
pero sobre todo por el ruido que se había formado con los presos
saliendo de sus celdas en dirección al patio. Pero el no escuchar no
le hizo perder el interés por lo que estaba emitiendo esa vieja
televisión. La mayoría de las imágenes parecían haber sido rodadas
por personas anónimas, amateurs con una cámara de video de
aficionado aprovechándose de las circunstancias para ganar algo de
dinero vendiéndolas a las televisiones ansiosas de morbo.
	Tras desaparecer de nuevo Eusebio de la ecuación, Christian pudo ver
la imagen de una calle en la que había un contenedor ardiendo. No
pudo reconocerla, como tampoco pudo leer el titular que había en la
parte inferior de la pantalla porque era demasiado pequeño. Era una
calle no muy ancha en lo que parecía la periferia de cualquier ciudad
grande. En primer plano se veían dos bomberos tratando de extinguir
el fuego del contenedor. Al fondo había tres personas que venían
corriendo hacia ellos. Les alcanzaron para cuando el contenedor no era
más que un esqueleto metálico mojado y humeante. Esos tres
personajes se abalanzaron contra el primero de los  bomberos, que
trató de zafarse de ellos perdiendo la manguera en el intento. Al
caer al suelo dio un par de latigazos descontrolados, mojando la
cámara, que no pudo más que mostrar la imagen borrosa de cómo
aquellos tres personajes le hacían caer al suelo y se le echaban
encima. El otro bombero también había desaparecido. Entonces la
cámara perdió ese encuadre y comenzó a agitarse de un lado a otro,
dando fe que el cámara había salido corriendo de ahí olvidando
apagarla.
	Fernando se acercó a dónde estaba, y tras aguantarse la mirada un
momento, ambos se quedaron observando con atención la televisión. Al
acabar esa escena apareció otra que mostraba a una madre asiática
con su bebé en brazos, gritando con los ojos bañados en lágrimas a
la reportera que le hacía preguntas, señalando a un balcón del
segundo piso de un bloque de apartamentos del centro. En la parte
inferior se veían en rojo unos símbolos japoneses que recorrían la
pantalla de un lugar a otro. La mujer iba descalza, vestida tan solo
con una camiseta que le iba muy grande y unas braguitas rosas. El
niño estaba envuelto en una manta y hacía coro con la madre,
llorando desconsoladamente. El cámara hizo un zoom rápido al
balcón, donde se vio a un hombre vestido con pijama, con la pechera
manchada de sangre, sosteniendo algo con ambas manos, algo que se
llevó a la boca y comenzó a morder. Fernando se recolocó las gafas
de montura metálica para asegurarse que había visto lo que creía
que había visto. Christian hubiera jurado que se trataba de una mano,
una mano humana arrancada a la altura de la muñeca, pero en ese
momento Andrés apagó la televisión, y se le quedó mirando. Hizo un
gesto con la barbilla para que se fueran de ahí.
FERNANDO – ¿Eso era el noticiario?
CHRISTIAN – Si…
FERNANDO – Joder, pues me alegro de estar aquí dentro.
CHRISTIAN – ¿Qué demonios está pasando ahí fuera?
FERNANDO – No lo sé, chico. El mundo está jodidamente loco.
¿Vamos fuera?
CHRISTIAN – Vamos.
	Acatando la orden de Andrés, ambos salieron de la nave de las celdas
en dirección al patio, dónde ya se encontraban la enorme mayoría de
los presos. Estuvieron un rato hablando sobre Cobra, sobre cómo y
cuando le sacarían de la celda de aislamiento. Fernando no pudo
responderle a todo lo que él ansiaba saber, pues desconocía el
protocolo, si es que lo había. La estancia en el patio esa soleada
mañana de septiembre fue realmente atípica. Todo parecía tranquilo,
más que de costumbre. Nadie jugaba a básquet, nadie hablaba a voces,
todos parecían estar como drogados, comportándose de un modo que no
era habitual.
	Pasada una hora, Fernando y Christian estaban sentados en las gradas,
aislados del resto, como apestados. Nadie más se había sentado junto
a ellos, y tampoco había nadie más al menos veinte metros a la
redonda. Sin embargo, Christian tuvo en todo el rato la sensación que
no paraban de mirarles, que no paraban de mirarle, comentando en voz
baja, riéndose entre dientes. El chico se puso bastante nervioso,
más cuando vio aparecer a un par de guardas encabezados por Andrés.
Al verles salir tras el portón, todos los presos se hicieron a un
lado, formando un pasadizo virtual por el que ellos caminaron al
trote, revisando con la mirada el patio de arriba abajo.
	Christian los miró con extrañeza, que se tornó en desconcierto al
ver que se dirigían hacia donde estaba él. Andrés se paró al pie
de las gradas y miró al chico con una cara que le heló la sangre. No
podía parar de pensar en Cobra, pero aquello le hizo olvidarlo
durante un buen rato.
ANDRÉS – Acompáñame.
CHRISTIAN – ¿Tengo otra llamada?
ANDRÉS – No me vengas con chistecitos, niñato.
FERNANDO – ¿Qué pasa?	
ANDRÉS – Esto no va contigo.
CHRISTIAN – Pero si conmigo. Dime a mí que es lo que pasa.
ANDRÉS – El alcaide quiere hablar contigo.
CHRISTIAN – ¿El alcaide?
ANDRÉS – ¿Bajas o te bajo?
CHRISTIAN – Si, si. Ya bajo.
	Christian miró un momento a Fernando, que le mostró su igual
desconcierto con la mirada, y se unió a los guardas, que se lo
llevaron agarrándole de un brazo, como las madres cuando sus hijos
traviesos se portan mal. Ahora resultaba mucho más descarado y
evidente que los presos le estaban mirando. Le miraban y cuchicheaban.
Christian desapareció del patio, donde enseguida volvió el alboroto
y el ruido acostumbrado. Los presos comenzaron a hablar a voces,
jugaron a básquet, y ocuparon sus asientos en las gradas, como si
nada hubiera pasado.
puntos 8 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x128 - Celda 202 de la prisión Kéle de Etzel
6 de septiembre de 2008

El día había llegado, y Christian se sorprendió a si mismo mucho
más tranquilo de lo que esperaba. La cuenta atrás había sido un
suplicio insoportable, pero ahora que había llegado el momento de la
verdad, había acabado resignándose. Estaba tumbado boca arriba en la
cama superior de la litera. Sostenía con la mano derecha la foto que
le había traído su madre hacía ya dos largas semanas. Tenía las
esquinas algo maltrechas por todo el trajín que le había dado de un
lugar a otro. Unos golpes metálicos le hicieron incorporarse.
	Era Andrés, el guarda encargado de abrir y cerrar las puertas de las
celdas; el San Pedro particular de la prisión. Tenía la frente
perlada de sudor y la cara bastante pálida, amén de unas ojeras
imponentes. Golpeaba los barrotes con una porra y cuando el chico le
miró le hizo un gesto para que bajara. Christian dejó la fotografía
debajo de su almohada, como había aprendido a hacer la última
semana, al ver que ahí estaba segura y nadie se la quitaría, y bajó
los cuatro escalones que le separaban del suelo. Fernando estaba
tumbado en la cama inferior. 
Al acercarse a la reja, Andrés soltó un sonoro estornudo que
sobresaltó a Fernando e hizo que se les quedara mirando. La
cortinilla de pelo que tenía el carcelero sobre la calva se le vino
hacia adelante en la convulsión, y después de sorber los mocos y
pasarse el dorso de la mano por la nariz, se los colocó de nuevo en
su sitio, dejando una gran zona calva en medio. Hizo un amago de
volver a estornudar, entrecerrando los ojos y abriendo la boca, pero
enseguida se le fue, y entonces metió la llave que ya tenía
preparada en la cerradura de la puerta y la abrió, ante la mirada
incómoda de Christian.
CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
ANDRÉS – Tienes una llamada.
CHRISTIAN – ¿Una llamada, ahora?
ANDRÉS – Si, una llamada.
CHRISTIAN – ¿Una llamada de quién?
ANDRÉS – Yo que sé de quién. No me hagas perder el tiempo, niño.
Acompáñame.
	Christian miró a Fernando, y éste levantó los hombros, mostrando
su idéntico desconcierto. Christian salió de la celda, escuchó
susurros y notó docenas de ojos mirándole, provenientes de todas las
celdas de la otra ala de la prisión. Christian se fijó en el brazo
de Andrés. Tenía un uniforme de manga corta, y debajo de la manga
derecha se intuía un vendaje. El carcelero volvió a cerrar la celda,
dejando a Fernando solo en su interior, y guió al chico fuera de la
nave dormitorio, más allá del patio central, hacia el edificio de la
enfermería, donde uno de los cinco teléfonos que había colocados en
serie en el hall le esperaba descolgado. Andrés le hizo un gesto con
la cabeza para que atendiese al teléfono, y el chico se acercó,
dubitativo.
CHRISTIAN – ¿Si?
AZUCENA – ¿Chris?
	El chico escuchó la voz de su madre, distorsionada por el teléfono,
y acompañada del eco de voces a su alrededor. Al parecer le llamaba
desde el hospital.
CHRISTIAN – ¿Mama?
AZUCENA – ¡Hijo!
CHRISTIAN – ¿Qué pasa?
AZUCENA – Nada, hombre. Hacía un par de días que no hablaba
contigo y me dije… ¡Llámalo! ¿No puede una madre preocuparse por
su hijo? 
CHRISTIAN – Si pero no a estas horas.
AZUCENA – ¿No es ahora cuando tienes la hora libre?
CHRISTIAN – Falta…
	Christian se miró el reloj de la muñeca.
CHRISTIAN – Diez minutos.
AZUCENA – Ah… Bueno… ¿cómo estás?
CHRISTIAN – Bien mama.
AZUCENA – ¿Y de ánimo, qué tal te encuentras?
CHRISTIAN – Bien… Paciencia más que nada es lo que hace falta.
AZUCENA – ¿No te estarás metiendo en líos, verdad?
CHRISTIAN – Que no…
	Christian vio en su mente la imagen de Cobra atizándole con la porra
que había utilizado Andrés para llamar su atención en la celda. Se
esforzó por eliminarla cerrando fuertemente los ojos. A su lado
Andrés volvió a estornudar.
CHRISTIAN – ¿Estás en el hospital?
AZUCENA – Si.
CHRISTIAN – ¿Qué te dije el otro día?
AZUCENA – No puedo dejar de ir a trabajar, Chris.
CHRISTIAN – No puedes, debes.
AZUCENA – ¿Y quién va a pagar la hipoteca?
CHRISTIAN – Que le den por culo a la hipoteca. Vale más tu vida que
eso. Cuando se calmen las cosas… pues vuelves, pero ahora deja de
ir. Por favor.
AZUCENA – Aquí estamos protegidos, hay centinelas en la puerta y
policías y soldados en todos los pisos. Además que… no es tan
fácil.
CHRISTIAN – Si lo es. Compras comida para un tiempo y te quedas en
casa, donde estarás segura.
AZUCENA – Ya… lo pensaré.
	Christian chasqueó la lengua, mirando hacia otro lado.
CHRISTIAN – No. No lo harás.
AZUCENA – No, en serio. Muchas de mis compañeras ya han dejado de
venir.
CHRISTIAN – ¿Ves? Si es que te lo estoy diciendo.
AZUCENA – Pero piensa también en la gente que viene aquí, si nos
vamos todos, nadie podrá ayudarles.
CHRISTIAN – Que les den por culo a ellos también.
AZUCENA – No hables así, Chris.
CHRISTIAN – Es que es verdad, no vale la pena arriesgarse por unos
desconocidos.
Christian siguió hablando con Azucena un rato más, notando como ella
trataba de alejar la conversación de sí misma para preguntarle sobre
su vida entre rejas. Al hacerlo, el chico empezó a pensar en Cobra,
preguntándose a qué hora le sacarían de la celda de aislamiento
dónde llevaba más de dos semanas. De nuevo nació en su interior el
miedo que había luchado por evitar durante toda la mañana. En un
momento dado, unos minutos después, Andrés se miró el reloj y le
hizo una señal con los dedos, imitando una tijera, indicándole que
cortase ya. Christian le miró y asintió con la cabeza.
CHRISTIAN – Oye mama, te tengo que dejar, que me dicen que corte ya.
¿Vendrás mañana?
AZUCENA – Claro. Llevo esperando desde el domingo pasado. ¿Cómo no
voy a ir?
CHRISTIAN – Bueno… Pues… Piénsate lo que te he dicho, ¿vale?
AZUCENA – Si, Chris, te prometo que lo pensaré.
CHRISTIAN – Más te vale.
AZUCENA – Cuídate, ¿vale? Te quiero.
CHRISTIAN – Adiós mama.
	Christian colgó el teléfono, ignorando que acababa de darle el
último adiós a su madre.
puntos 4 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x127 - 
La sensación de agobio y soledad fue acrecentándose a medida que
pasaban los días. Christian se recluyó en su propia desgracia,
dejándose llevar de un lado a otro como un autómata, asumiendo como
absurdo cualquier intento de escape. Se repetía una y otra vez que
él no pertenecía a ese lugar. Eso estaba lleno de delincuentes que
habían cometido crímenes atroces, crímenes viles y despreciables,
meditados y voluntarios. Su único delito fue estar en el peor lugar
imaginable en el momento más inoportuno. Pero al mismo tiempo sabía
que eso no le llevaría a ninguna parte, pues no saldría de ahí
hasta el año siguiente, y eso si no lo hacía con los pies por
delante los próximos días.
	A diferencia de lo que creyó en un primer momento, los demás presos
no se ensañaron con él; al parecer sin la presencia del último
escalón en su jerarquía interna, ellos no resultaban tan peligrosos.
El día siguiente era festivo, y Fernando consiguió convencerle para
que saliera al patio, pues estaba dispuesto a quedarse encerrado en la
celda todo el día. Le prometió que estaría a su lado en todo
momento y aún con algo de reparo, acabó accediendo. Al salir, ambos
se sorprendieron al ver que nada de lo que habían podido prever
ocurría tal y como resultaba previsible. Salieron al patio y aunque
si que fue verdad que muchos se le quedaron mirando, nadie le dijo
nada. Todos le ignoraron para seguir con lo que estaban haciendo.
Viéndoles actuar de ese modo, parecía mentira la manera en cómo
gritaban y golpeaban sus celdas tan pocas horas antes.
Hacían como si no le conocieran, como si nada de lo que había pasado
aquel viernes hubiera ocurrido jamás. Al principio le agradó y se
confió, tratando de convencerse que al fin y al cabo no había nada
que temer, que él mismo había dramatizado más de la cuenta, pero
luego empezó a desconfiar. Comentándolo con Fernando, él mismo le
dijo que le olía a chamusquina, porque había visto trifulcas
similares otras veces, y jamás antes habían actuado de ese modo. La
mayoría de los reclusos prácticamente rendían culto a Cobra, y si
bien no actuaban con el ímpetu y la violencia de éste, no sabían
perdonar ni olvidar a quien se metía con él. 
Lo único que rompió en parte esa monotonía los primeros días fue
la visita de su madre, puntual los dos siguientes domingos, pero
también sirvió para percatarse que ninguno de los que él había
reconocido como amigos en otros tiempos, en otra vida, seguían
siéndolo, pues desde el desafortunado incidente del carro, no había
vuelto a tener noticias de ellos. Recordaba con nostalgia sus rostros,
sus risas, su forma de hablar. Pero ahora les detestaba; les odiaba
por haberle hecho el vacío de ese modo, más sabiendo que era en esos
momentos cuando más necesitaba de su compañía.
Por supuesto no le contó a su madre lo que había pasado aquel
viernes lluvioso, pues suficientes tribulaciones estaba pasando ya la
pobre mujer como para añadir esa a la lista. Charlaron amistosamente
como si nada de eso estuviera ocurriendo, fingiendo ser fuertes frente
al otro para que no se sintiera tan mal, aunque sabían a ciencia
cierta que era inútil. Ella le contaba qué tal le había ido en el
hospital, y él se limitaba a asentir involucrándose puntualmente
para cambiar de tema, igual que hacían muchas noches cuando ella
volvía de trabajar y él aparecía por casa para cenar.
Tras la tercera visita de su madre, algo rompió la monotonía dentro
de la prisión. Y fuera. De boca en boca pasó la noticia de unos
extraños asesinatos en el bosque a las afueras de la ciudad. Empezó
como un simple rumor, deformado de manera atroz incluyendo perros
asesinos y hasta personajes inhumanos, inmunes a las balas como
vampiros o muertos vivientes. Pero poco a poco se fue haciendo más
consistente, hasta acabar convirtiéndose en el más recurrente tema
de conversación tanto para los presos como para los carceleros. Se lo
tomaban a broma y no le dieron la importancia que requería,
ignorantes de la que se avecinaba.
Con el dinero de la primera paga, Christian se hizo con un ejemplar de
El diario de Sheol, en el que había un amplio reportaje con cerca de
una docena de fotografías en blanco y negro que hablaba del incidente
del bosque de Pardez, amén de otros tantos sucesos aislados a las
afueras de Sheol, de Etzel y de un pequeño pueblo en la desembocadura
del río Máyin, a cuarenta kilómetros de ahí. El chico leyó una y
otra vez esas líneas hasta prácticamente memorizarlas, observando
con detenimiento las escalofriantes fotografías. 
Habló con su madre por teléfono al menos una vez al día después de
eso, preocupado por ella, viéndola frágil e indefensa a merced de
esos desalmados. Durante la hora de patio les permitían acercarse a
unas cabinas que había junto a la fachada del edificio de la
enfermería, siempre acompañados por un guarda que escuchaba con
atención la conversación. En otras ocasiones era su madre quien le
llamaba, conociendo la rutina de horas libres del muchacho. Esos
extraños asesinatos se habían producido a escasos cinco kilómetros
de su casa, y según le contaba ella, el hospital tampoco era un lugar
seguro, pues acababa de llegar al pueblo un extraño virus que era a
todas luces un problema igual o mayor que el de los homicidios.
A medida que se acercaba el día 6 de septiembre, Christian se ponía
cada vez más nervioso. Por un lado tenía el peso de los sucesos de
los que hablaban las noticias, que le hacían temer por la integridad
de su madre, que se negaba a hacerle caso por mucho que él le dijera
que dejase de ir a trabajar y se quedara en casa donde estaría
segura. Por el otro lado, le temblaban las piernas al pensar que
enseguida sacarían a Cobra de la celda de aislamiento, temiendo por
su propia integridad. Pero ese día acabó llegando, como era
inevitable, y el joven chico lidió con él lo mejor que pudo,
ignorante de una tragedia mucho peor que estaba ocurriendo a sus
espaldas.

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Al otro lado de la vida 1x126 - Salida del patio central de la prisión Kéle de Etzel
22 de agosto de 2008

Christian se quedó en el mismo sitio, a un escaso metro del segundo
agente, que no pudo impedir que los demás presos que seguían al
cabecilla le empujaran, insultaran e incluso escupieran en su camino
de vuelta a las celdas. De un momento a otro todo volvió a quedar en
silencio, y poco después, aparecieron los dos guardas que habían ido
a buscar al chico malherido, con él a cuestas. Tenía un moratón que
le impedía abrir el ojo, el labio roto y lo que parecía un navajazo
en el costado, que había teñido de rojo el naranja del traje
manchado también por el barro que había en el suelo, más ahora que
la lluvia se había intensificado. El chico miró a Christian, con una
expresión vacua en la cara, y enseguida desapareció tras el portón
metálico. Se lo llevaron a la enfermería, donde la doctora Ruiz se
encargaría de darle algunos puntos y recetarle antibióticos antes de
quitárselo de en medio.
Christian se quedó inmóvil, tratando de digerir lo que acababa de
pasar. Notó de nuevo la presión en el pecho y la angustia que había
padecido durante el tiempo que estuvo esperando el veredicto del
juicio. Todo había pasado demasiado rápido, y ya era tarde para
cambiarlo. No sabía aún muy bien cómo, pero había vuelto a meterse
en un buen lío, en uno muy gordo. Ahora todo lo demás parecía una
tontería; no podía quitarse de la cabeza la imagen de Cobra
prometiendo venganza. Le preguntó al guarda que había a su lado, en
el camino de vuelta a la nave de las celdas, que qué sería de Cobra,
si pagaría por lo que había hecho. Éste le dijo que lo normal en
esos casos era que lo encerrasen en una celda de aislamiento unos
quince días, pero que no harían nada más; no podían ampliar su
condena.
Él era el último que quedaba por entrar en las celdas. Cuando cruzó
el muro el mundo se le vino encima. Parecían estar esperándole, y
cuando le vieron comenzaron a gritarle. Al parecer la noticia se
había propagado como la pólvora, y casi la mitad de presos
vitoreaban su nombre, acompañándolo de insultos comunes aderezados
con algún que otro mataniñas; alguien parecía haberse hecho eco del
motivo por el que estaba ahí, aunque él no se lo había llegado a
contar ni a Fernando. Otros decían no me gustaría ser tú, te va a
matar o estás muerto. Fernando estaba sentado en la cama inferior de
la litera, y se le quedó mirando mientras que negaba con la cabeza.
Una sirena sonó y enseguida se cerraron automáticamente las puertas
de las celdas. No obstante, los gritos seguían con igual o mayor
intensidad.
FERNANDO – ¿Qué has hecho, chico?
CHRISTIAN – Había… Cobra estaba dando una paliza a un tío en el
patio y…
FERNANDO – Te chivaste.
CHRISTIAN – Tuve que hacerlo. Si no, lo hubiera matado, tenía una
navaja, y…
FERNANDO – ¿No has aprendido nada de lo que te he contado?
CHRISTIAN – ¿Tú también estás de su parte?
FERNANDO – Yo no estoy de parte de nadie, lo único que sé es que
no sería tan estúpido para hacer lo que tú has hecho.
CHRISTIAN – ¿Le hubieras dejado morir, callándote?
FERNANDO – Mas vale él que tú, ¿no crees?
	Christian se quedó mirando a su compañero de celda, y sorbió los
mocos, luchando por que no le cayera una lágrima de sus ya vidriosos
ojos. Temblaba de pies a cabeza y por algún extraño motivo recurría
a su cabeza la imagen de su madre diciéndole que todo saldría bien.
Estaba seguro de que había hecho lo correcto, pero no se creía con
fuerzas para lidiar con lo que vendría en adelante. No podría
ignorarle ni esconderse de él durante más de un año, y había
tenido la ocasión de comprobar cómo se las gastaba. Tragó saliva y
se sentó en la cama, junto a Fernando, escuchando de fondo todavía
los gritos que se referían a él, acompañados de golpes en los
barrotes y de la voz del guarda de la garita, que exigía silencio por
la megafonía.
FERNANDO – Chico…
CHRISTIAN – ¿Si?
FERNANDO – Los tienes bien puestos. Si yo fuera tú, me hubiera
callado como una puta. Y ahora ese chico estaría muerto.
	Chris levantó la mirada. Fernando estaba tranquilo, sereno al saber
que nada de eso iba con él.
FERNANDO – Ahora todo es diferente, Chris. Aquí no nos regimos por
las mismas normas que afuera. Lo mismo que has hecho, fuera, te lo
hubiera aplaudido, pero aquí dentro… te acabas de cavar tu propia
tumba. Aquí dentro cada uno mira por sí mismo, y lo más importante
es no enemistarse con nadie, pasar desapercibido, como te conté. Y es
que has ido a dar con el peor de todos. Ese Cobra…
CHRISTIAN – ¿Y qué hago?
FERNANDO – Esconderte en un agujero, uno muy profundo y oscuro.
	Christian bajó de nuevo la cabeza. Las voces empezaban a
apaciguarse, pero él seguía igual de nervioso. Tenía la boca seca y
la punta de los dedos helada. Cruzaban por su cabeza a gran velocidad
imágenes de cómo Cobra podía vengarse de su chivatazo, a cada cual
más desagradable. Sorbió mocos de nuevo.
FERNANDO – Después de una pelea con sangre suelen encerrar un par
de semanas a los que han estado involucrados, en una celda de
aislamiento en la nave de los enfermos mentales.
CHRISTIAN – Bueno, entonces me quedan dos semanas.
FERNANDO – No sé que es peor, porque cuando salga…
CHRISTIAN – No me ayudas, la verdad.
FERNANDO – Te digo las cosas cómo son. Tú solito te has metido en
esto.
CHRISTIAN – ¿Han matado a alguien aquí dentro desde que estás tú
aquí?
FERNANDO – Más de los que me gustaría haber visto. El problema es
que la mayoría de la gente que está aquí dentro, no tienen ya nada
que perder.
CHRISTIAN – ¿Entonces qué crees que…?
FERNANDO – No lo sé, la verdad. Tendrás suerte si no acabas igual
que tu amigo.
CHRISTIAN – Si ni siquiera sé cómo se llama.
FERNANDO – Te queda tanto por aprender…
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No hay cosa que más - miedo le de a un hombre que una mujer inteligente
puntos 1 | votos: 11
Desmotiva - que Desmotivaciones se haya vuelto una ñoñeria
puntos 11 | votos: 13
 SI... - soy orgullosa,cabrona,borde,celos,bipolar y cabezota y si,
me ENCANTA serlo.
puntos 3 | votos: 3
ABRE LA BOCA... - HABER SI TE MEA ENCIMA

puntos 9 | votos: 11
Vas a dejar que te afecte - lo que los demás puedan pensar de ti?¿
puntos 3 | votos: 7
Y cuanto más aceleroooooo - mas calentito me pongoooo
puntos 14 | votos: 16
Creía que eras única... - pero me acabo de dar cuenta de que hay un puticlub en la esquina.
puntos 10 | votos: 10
Estar estudiando - y que te hable todo el mundo por tuenti
y que cuando no tienes nada que hacer 
nadie te hable por tuenti 
a quien no le a pasado?
puntos 4 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x125 - Patio central de la prisión Kéle de Etzel
22 de agosto de 2008

Chispeaba un poco y corría una brisa fresca ahí fuera. Ya había
sonado la primera sirena y en menos de cinco minutos sonaría el
segundo aviso. Entonces el patio debería quedar de nuevo vacío, para
pasar así toda la noche y gran parte de la mañana. La mayoría de
los reclusos se habían ido al escuchar la primera señal, aprestados
por el mal tiempo. Christian estaba refugiado bajo las gradas que
había frente a la cancha, protegido de la lluvia y en gran medida del
viento. Ahí se sentía seguro y hasta el momento nadie le había
molestado; eso ya era mucho para él. Fernando tenía sus propios
quehaceres y durante la hora y media que les ofrecían todas las
tardes ahí fuera, el chico se limitaba a ver pasar el tiempo y a
pensar en sus cosas.
Descansaba recostado contra uno de los soportes metálicos,
sosteniendo con una mano la foto que le había traído su madre, que
siempre llevaba consigo por temor a que se la pudiesen quitar en
alguno de los frecuentes registros que hacían de las celdas. La
guardó de nuevo en el bolsillo del uniforme. Hastiado al pensar que
ya no volvería a salir de la celda hasta media mañana del día
siguiente, respiró hondo y se dejó escurrir mientras estiraba los
brazos y las piernas, cansado por el trabajo físico que le había
tocado ese día en el taller. Entonces escuchó algo que le obligó a
girarse. Echó un vistazo entre las filas de asientos que había a la
altura de sus ojos y vio de dónde venía todo ese revuelo.
Habría del orden de diez personas formando un corrillo alrededor de
algo que no alcanzaba a ver, bajo una de las canastas sin red de la
cancha del patio. Parecían estar vitoreando algo y cuando se movieron
un poco a un lado, Christian pudo ver con claridad lo que estaba
ocurriendo. Era Cobra, aquel hombre que le había quitado el postre su
primer día, al que había evitado a toda costa desde entonces,
siguiendo los sabios consejos de Fernando. Llevaba algo en la mano y
frente a él había otro preso, tirado en el suelo, diciendo entre
sollozos algo que Christian no alcanzó a comprender.
Los que les acompañaban eran los perritos falderos de esa especie de
cabecilla, que según contaba Fernando, era el que se encargaba de la
mayoría de asuntos turbios ahí dentro, distribuyendo droga y demás
material de dudosa procedencia. Era el más poderoso y el más temido
tanto por los presos como por los propios guardas, que siempre que
podían mantenían las distancias. Contaba la leyenda que había
matado con sus propias manos a una docena de hombres antes de que le
pillasen y le encerrasen ahí, de por vida. Christian dudaba que esa
fuera toda la verdad, pero estaba seguro que no sería él quien lo
comprobase. Ese y no otro era su mayor temor ahí dentro.
No tardó mucho en darse cuenta que el que había en el suelo era uno
de los chicos que habían entrado el mismo día que él, uno de esos
delincuentes anónimos que hicieron el camino de la entrada al
edificio principal con la cabeza gacha. Apenas tendría un par de
años más que él, y parecía igual o más desubicado y asustado que
él mismo. Tal vez fuera por el viento que levantaba el polvo del
patio que todavía no había mojado la lluvia, pero creyó verle la
cara ensangrentada, al igual que el costado, y la improvisada arma
blanca que tenía Cobra en la mano. Se vio a si mismo avasallado por
esa fuerza bruta, a merced del depredador sin nadie que le pudiera
ayudar.
Sin saber muy bien cómo, cosa que se preguntó una y mil veces los
siguientes días, se levantó y salió de debajo de las gradas, todo
convencido de lo que estaba haciendo. Cobra le daba patadas en el
estómago al pobre chico, vitoreado por sus seguidores que gritaban y
reían a pleno pulmón, disfrutando de la paliza. Eso le recordó a
las peleas que de vez en cuando se formaban en el patio del instituto,
sólo que en esas peleas nadie salía malherido, y mucho menos,
muerto. Christian miró a la torre de vigilancia y entonces
comprendió por qué estaba ocurriendo eso. Miró a su alrededor, pero
no fue capaz de encontrar ningún agente que pudiera parar esa locura.
Parecía que los astros se habían alineado en contra del chico, que
había descartado el defenderse. Cobra tenía un arma blanca; si no
hacía nada, y sabiendo que sus congéneres no lo iban a delatar,
podía matarlo.
Tratando de pasar desapercibido corrió hacia la valla por dónde
habían entrado ya la enorme mayoría de los presos, y entonces
encontró a un guarda custodiando la puerta. Apresuradamente le dijo
que fuera al patio a parar la pelea, y el guarda se dirigió hacia
ahí, sin mucha prisa y con algo de desgana, sobre todo al oír quién
era el que estaba armando ese jaleo. Un segundo guarda apareció
curioso tras la verja y le preguntó que qué era lo que estaba
pasando, y el chico le contó tal y cómo pudo lo poco que sabía. Al
escuchar su historia, chasqueó la lengua y movió lentamente la
cabeza de lado a lado mientras entrecerraba los ojos. Christian
frunció el entrecejo y enseguida lo comprendió.
El revuelo se acercó a dónde estaban ellos, y un par de guardas
más, avisados por el primero, corrieron al patio a buscar al
malherido. Cobra fue el primero en cruzar la esquina, custodiado por
el agente al que Chris había avisado en primer término. Estaba
esposado, pero eso no le impidió subir una de sus manos, parcialmente
ensangrentada pero ya sin el arma, y mostrarle al chico la
inconfundible marca del estás muerto, pasando su dedo índice por el
cuello, siempre sin perder la amplia sonrisa de la cara.

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Al otro lado de la vida 1x124 - Taller mecánico de la prisión Kéle de Etzel
18 de agosto de 2008

FERNANDO – Ahora junta los dos cables.
CHRISTIAN – ¿Sólo que se toquen o los junto?
FERNANDO – Coño, júntalos. Si no, no hacemos nada.
CHRISTIAN – ¿Y no pica?
FERNANDO – ¡Qué va a picar!
CHRISTIAN – Bueno… que sea lo que Dios quiera.
	Christian tragó saliva y juntó los dos cables, apartando y girando
un poco la cara, como si le fuera a salpicar. El viejo ibiza se
arrancó con un sonido de motor viejo. Christian mostró una sonrisa
de oreja a oreja, demostrando a su compañero que aunque sólo fuera
por un momento, había conseguido olvidar dónde estaba, y que además
se lo estaba pasando bien con el trabajo que le había sido
encomendado. Fernando le dio un trozo de cinta aislante y el chico
unió los cables, y salió de debajo del volante, con la frente
bañada en sudor y el mono azul manchado de grasa. Sentía bien
cambiar de color de vez en cuando.
CHRISTIAN – ¡Qué caña!
FERNANDO – Que no se entere nadie de lo que te he enseñado, que si
no nos empapelarán a los dos.
	Otro de los trabajadores que había en el taller levantó la mirada
del motor en el que estaba trabajando, pero enseguida volvió a sus
asuntos. Todos cuantos había ahí sabían hacerlo, y a la mayoría de
ellos se lo había enseñado el propio Fernando; tan solo bromeaba.
CHRISTIAN – Madre mía, no creí que fuera tan fácil.
FERNANDO – No te creas. Con los coches modernos es imposible. Pero
con los de la vieja escuela es pan comido.
	Nunca pensó que en su primera experiencia en un taller mecánico
aprendería a hacerle un puente a un coche. Christian agarró la cinta
aislante y acompañó a Fernando debajo de un coche que estaba
suspendido a más de un metro de altura, mientras se limpiaba las
manos con un paño que en tiempos fue blanco. En ese momento la puerta
que daba al garaje se abrió, y entró uno de los guardas, que saludó
a Fernando levantando levemente la barbilla y las cejas. Fernando le
devolvió el saludo. El guarda caminó hacia el otro extremo del
taller y abrió la puertecita de una especie de botiquín que había
colgado a la pared. Christian vio media docena de llaves, cada una con
su correspondiente llavero plástico con la indicación de qué era lo
que abría. El guarda cogió una de ellas, comprobó la etiqueta del
llavero, y volvió por dónde había entrado.
CHRISTIAN – ¿Y esas llaves?
FERNANDO – Son las de los furgones que hay aparcados ahí fuera.
CHRISTIAN – Ah.
	Fernando miró el reloj de agujas que descansaba sobre la puerta y le
hizo un gesto a Christian con la cabeza indicándole que ya era hora
de plegar. Estaba lleno de polvo y grasa, pero aún se podía ver la
hora. Eran las dos menos cinco. Ambos se dirigieron a los servicios,
dónde se lavaron las manos y la cara, comentando cómo había pasado
la jornada de trabajo. Desde ahí se veía el patio lleno de los
reclusos que no tenían un oficio, a un lado la nave de las celdas y
al otro extremo el imponente depósito de agua del color del fuego.
Christian pensó que habría agua suficiente para abastecer a su
barrio un mes, a tenor de su tamaño.
	Llevaba ahí ya un par de días, y poco a poco empezaba a
acostumbrarse a ese tipo de vida, lo cual no sabía si era bueno o
malo. La noche anterior también le había costado conciliar el
sueño, pero esta vez había conseguido dormir más de cinco horas del
tirón. Los días estaban controlados por unas rutinas horarias que
les llevaban de las celdas al patio o al comedor un par de veces al
día, para pasar de nuevo la noche encerrados. Excluyendo los
domingos, al menos para el que tenía visita, y el trabajo, la fecha
del calendario no era relevante para nadie, a no ser que hubiese
comenzado la cuenta atrás para su liberación, pero ese no era su
caso, o al menos él no lo sabía todavía.
	Christian notaba cómo poco a poco se integraba en ese complejo
engranaje, y era precisamente eso lo que le impedía dormir por las
noches, eso y la cara de sorpresa de la pequeña Jéssica, instantes
antes de colisionar con su rechoncho cuerpo, que volvía una y otra
vez a su memoria, impidiéndole olvidar el motivo por el que estaba
recibiendo ese castigo. Incluso había perdido el miedo al resto de
los presos, limitándose a pasar desapercibido e ignorarles; había
aprendido que si no se buscaba problemas, no tendría por qué pasarle
nada malo. No necesitaba más compañía que la de Fernando y en
muchas ocasiones, sobre todo durante las largas horas que pasaban
encerrados en la celda, hasta su compañía estaba de más, ya que el
hombre parecía detestar los silencios.
	Los días que precedieron a ese fueron prácticamente copias del
mismo. Hacía las mismas cosas a las mismas horas, con la misma gente,
durante el mismo tiempo; tiempo que se le hacía más y más largo con
el paso de los días, a medida que la monotonía se hacía más
latente. Comprobó incluso cómo el rancho que les daban en el comedor
seguía su propia rutina, al igual que la iluminación de la nave
dormitorio y los turnos de los guardas, hasta el punto en el que
empezó a sentir verdadera angustia al comprender dónde se había
metido, y al pensar el tiempo que todavía tenía por delante. Se
sentía cómo un animal encerrado contra su voluntad, un animal que
había perdido su anterior vida de libertad, y que temía que al
recuperarla ya nada sería cómo antes.
Así pasaron los interminables días de esa primera semana entre
rejas, hasta que llegó el viernes, dónde esa monotonía dio un
vuelco radical, hasta el punto en el que Christian llegó a envidiar
la vida que había tenido minutos antes del incidente en el patio, la
misma vida que había llegado a odiar.
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Al otro lado de la vida 1x123 - Sala de visitas de la prisión Kéle de Etzel
17 de agosto de 2008


Azucena llevaba ya un rato esperándole, cuando Christian apareció
tras la reja, cruzando el portón metálico que hizo un sonoro
chirrido al abrirse. Llevaba las manos esposadas y un guardia a su
cargo, que le guiaba hacia la zona de reunión. La sala tenía más de
una docena de pequeñas mesas con sillas alrededor. En la mayoría
había una o dos personas hablando con uno de los presos,
inconfundible con el traje naranja, el mismo que lucía su hijo. Le
miró luchando por ser fuerte, por demostrar entereza y poderle
contagiar de ese sentimiento, pero notándose flaquear a cada paso que
daba. Tenía el pelo rapado, mostrando la fea cicatriz de encima de su
oreja, unas ojeras de campeonato y una expresión triste en la cara
que le rompió el alma. Sonrío al verla, pero sin perder la tristeza
de la cara. Le indicó al guarda dónde se encontraba su visita y
éste le llevó hasta la silla, y le dijo un par de cosas al oído
antes de dejarles solos, apartándose un par de metros, sin perderles
de vista.
	Los domingos eran los días en los que la prisión permitía visitas,
de las diez a las doce de la mañana. Los presos más veteranos ya no
recibían visitas, pero los recientes tenían a sus parejas, sus
hijos, sus padres o sus amigos en el mejor de los casos, al pie del
cañón, dispuestos a darles el ánimo que tanto necesitaban en esos
momentos tan duros. Christian era afortunado y se alegró de ver a su
madre, pero al mismo tiempo sabía que nadie más le iría a ver,
jamás.
AZUCENA – ¿Cómo…? ¿Cómo estás?
CHRISTIAN – Bien, mama.
	Christian miró a la mesa. Se sentía avergonzado; no quería que su
madre le viese así.
AZUCENA – Tienes mala cara. ¿Comes bien?
CHRISTIAN – Si, mama.
AZUCENA – ¿Y has dormido?
CHRISTIAN – No… no he podido.
AZUCENA – Ay, mi niño.
	Azucena asió la mano de su hijo, mirándole a los ojos. El guarda se
incorporó un poco más, desconfiado.
AZUCENA – ¿Cómo has pasado… el día de ayer? 
CHRISTIAN – Pues mal… Este sitio me da escalofríos.
	Su madre le apretó un poco la mano, haciéndole saber que estaba con
él, sintiéndose totalmente impotente.
CHRISTIAN – Comparto la celda con un hombre… Se llama Fernando, es
buena gente.
AZUCENA – No te fíes de nadie, Chris.
CHRISTIAN – No, en serio. Él es un buen tío, se está portando muy
bien conmigo, hasta me ha conseguido un trabajo.
AZUCENA – Hazme caso, hijo, no te fíes de nadie. Si está aquí
dentro será por algo, no puede ser buena gente.
CHRISTIAN – También lo estoy yo.
AZUCENA – Lo tuyo fue un accidente, y lo sabes.
	Christian miró a su madre; acto seguido miró al lado, incómodo.
CHRISTIAN – Si, mama.
AZUCENA – ¿Y de qué se trata ese trabajo?
CHRISTIAN – De mecánico. Empezaré mañana. Dicen que puedo salir
de aquí con un empleo. 
AZUCENA – Eso… eso está muy bien, pero cuando salgas seguirás
con los estudios, ¿no? Sólo te queda un año.
	Christian miró a su madre, no tenía ganas de discutir, estaba
cansado.
CHRISTIAN – ¿Podemos hablar de otra cosa?
AZUCENA – ¡Ah, casi lo olvido!
	Chris frunció el entrecejo al ver a su madre hurgar en el bolso. El
guarda también la miraba, y dio un paso al frente para tener mejor
ángulo y ver lo que se proponía sacar de ahí. Apartó la cartera y
las llaves de casa; pintalabios, chichles y paquetitos de pañuelos,
hasta que dio con lo que buscaba. La sacó del bolso y la colocó en
la mesa, encarada a su hijo. Éste la cogió, y al verla, un carrusel
de recuerdos y emociones se apoderó de su mente.
	Era su cumpleaños, el 5 de agosto de ese mismo mes. Quién lo
diría, pues ahora parecía distar años luz. Su vida anterior, su
vida real ahora parecía poco más que un bonito recuerdo. Recordaba
hasta el último detalle. Después de la comida su madre había sacado
la tarta helada de la nevera. Vainilla y chocolate; su preferida.
Había colocado diez velas rojas y ocho verdes, encendiéndolas todas
antes de presentársela. Cuando estaba a punto de soplarlas ella le
había hecho parar. Fue hacia el armario de la entrada y sacó la
cámara de fotos del primer cajón. Después de un rato peleándose
con ella consiguió ponerle el temporizador, la dejó sobre el borde
del cajón abierto, enfocada hacia la mesa y le dijo que soplara las
velas cuando la cámara fuese a dispararse.
	Ahora tenía la foto en sus manos. Estaba descuadrada, mostrándoles
a ellos a un extremo y media cocina vacía al otro. Él aparecía con
los ojos achinados y los carrillos hinchados. El fuego de las velas
estaba extinguiéndose y la mitad de ellas mostraban ya algo de humo.
En la foto aparecía su madre a su lado, vestida con el uniforme de
enfermera, pues hacía menos de una hora que había vuelto a casa. No
miraba a la cámara; lo miraba a él. Sus ojos mostraban lo feliz y
orgullosa que estaba de su chico, emocionada al ver que se estaba
convirtiendo en un hombre a pasos agigantados.
CHRISTIAN – ¿Puedo quedármela?
AZUCENA – La he traído para ti. Pensé que… te gustaría tenerla.
CHRISTIAN – Gracias.
	El chico enseñó la foto al guarda, preguntándole sin decir una
palabra si podía quedársela. El guarda se incorporó un poco más
para ver que se trataba de una simple e inocente fotografía, y
asintió con la cabeza, mostrando una ligera sonrisa. Christian
sonrió abiertamente y su madre respiró hondo, todavía asustada pero
algo más aliviada al ver que su hijo no lo llevaba tan mal como ella
pensaba.
	Siguieron hablando cinco minutos más, que fue todo cuanto les
permitieron hasta dejar el lugar libre para que otro preso recibiera
su visita. A ambos se les hizo muy corto, más sabiendo que no
volverían a verse hasta una semana más tarde. Christian presintió
que el tiempo se le haría eterno ahí dentro.
puntos 11 | votos: 11
¿Que peor, que estar - viendo como dos de tus mejores amigas discuten por un tío?
puntos 9 | votos: 11
Ahora - a por el puesto 5000
puntos 16 | votos: 18
Tú no lo sabes - pero SIEMPRE estás en mi cabeza.

puntos 1 | votos: 7
proximamente - en tus peores pesadillas
puntos 19 | votos: 23
12177 - un usuario de pocas palabras
puntos 7 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x122 - Celda 202 de la prisión Kéle de Etzel
16 de agosto de 2008

FERNANDO – Después de comer hablamos con el guarda que se encarga
de todo esto, y te vienes conmigo, ya verás cómo se te dará bien.
CHRISTIAN – Si…
Una fuerte sirena sonó de nuevo en la nave; la misma sirena que
había sonado poco antes de que se cerrasen todas las puertas de las
celdas. Christian y Fernando llevaban un par de horas hablando, tiempo
suficiente para que el chico se tranquilizase un poco y le cogiera
confianza a quien a todas luces sería su sombra los próximos meses.
A su juicio, ese hombre parecía legal. Era cierto que había cometido
errores en el pasado, seguramente mucho más graves que robar una
simple cartera, pero en su interior creyó que disponía de un buen
fondo. Aunque sólo lo conociese por unas horas, sintió al estar con
él la presencia del padre comprensivo y protector que jamás tuvo, ya
que el suyo había abandonado a su madre antes incluso de saber que
estaba embarazada.
FERNANDO – Antes lo digo… Es la hora de cenar. 
	Las puertas se abrieron como por arte de magia, y Fernando le invitó
a salir. Al encontrarse rodeado de nuevo de todos esos criminales,
Christian notó una punzada de miedo, que se disipó un poco al sentir
cerca a su compañero de celda. Le daba la impresión que mientras se
mantuviese a su lado, no correría ningún tipo de peligro. Siempre
observados por varios agentes y alguna que otra cámara de seguridad,
bajaron las escaleras hasta la planta baja, mezclándose con el
gentío que formaba una curiosa corriente naranja, y se dirigieron en
una estampida bastante ordenada hacia la zona de acceso. 
Al pasar junto al gran muro de hormigón, Christian reparó en algo
que había pasado por alto al entrar. Había una habitación que más
bien parecía una jaula, a juzgar por las rejas que cubrían los
ventanales. La puerta metálica estaba cerrada pero a través de la
enorme ventana enrejada que cubría medio tabique pudo ver a un
hombre, ataviado con el mismo traje que el resto de agentes. Andrés
era bastante gordo y trataba de disimular su calvicie peinando el pelo
que crecía sobre su oreja de modo que ocultase su incipiente
alopecia. Estaba sentado en una cómoda silla de cuero negro, como la
de la oficina del director de su instituto. Comía patatas fritas de
una bolsa y miraba una telenovela en una pequeña televisión que
colgaba de la pared al otro extremo de la habitación. Christian
supuso que sería el encargado de abrir y cerrar las puertas, al ver
el panel de mandos que había en una de las paredes, lleno de
cerraduras y bombillas de colores, y el gran manojo de llaves que
pendía del lateral de su pantalón. Desde ahí también se veía el
micrófono que comunicaba con los altavoces que había repartidos por
la nave, y el botón de la sirena.
Caminaron hacia el comedor por un camino cubierto, con un muro de
ladrillo a un lado y una reja doble al otro, como conducidos por un
tubo de un extremo al otro, con lo que crecía la sensación que él
no fuera más que una simple gota en esa marea anaranjada. Una vez
llegaron al comedor, sobre la puerta del cual había un letrero que
rezaba CANTINA, Fernando le guió hacia el final de la cola que ya se
estaba formando. Pasaron varios minutos en los que su compañero se
entretuvo charlando con otros hombres, olvidando prácticamente la
presencia del chico, mientras su posición en la cola se iba acercando
más al destino. Cogieron una bandeja que deslizaron por una pasarela
metálica y las dos cocineras, mujeres envejecidas por el tiempo con
una ridícula rejilla en el pelo largo y aún negro, colocaron el
dudoso rancho dándoles prisa para acabar antes. Al llegar al final,
se presentaron frente a ellos los postres; frutas, yogures y helados.
Fernando cogió un par de tarrinas de helado y ofreció una de
vainilla a su nuevo compañero.
FERNANDO – Hoy invito yo.
	Acto seguido se sacó un par de monedas del bolsillo y se las
entregó al encargado. Al parecer sólo podían disponer de postre los
que tuvieran dinero para pagárselo. Para entonces la mayoría de las
mesas estaban ocupadas por pequeños grupos, muchos de ellos separados
por razas y edades. Christian agradeció la generosidad de su
compañero, y le siguió como una sombra hasta una mesa que había al
fondo, junto a un ventanal desde el que se veía el enorme depósito
cilíndrico de agua, de un intenso color rojo, con sus cuatro patas
metálicas hundidas en la tierra, unidas por demás barras que
formaban triángulos en todas direcciones. Un par más de presos les
siguieron y se sentaron con ellos, tolerando la presencia del chico en
la mesa, pero sin darle conversación. El propio Fernando no llegó a
presentarles, aunque de vez en cuando mediaba alguna palabra con él.
	Se estaba acabando las acelgas con patatas bañadas en un líquido
amarilloso que prefirió no juzgar, cuando algo le abstrajo de sus
quehaceres. Una risa claramente forzada, hecha expresa para llamar su
atención, le hizo levantar la cabeza del plato. Al hacerlo vio a un
hombre que realmente tenía toda la pinta de necesitar estar ahí
dentro. Se le veía fuerte y musculado; tendría unos treinta años;
el pelo rapado al cero y una fea cicatriz que le cruzaba de extremo a
extremo la mejilla izquierda, como los típicos malos de las
películas de dibujos animados. Había arrancado torpemente las mangas
del uniforme y mostraba un curioso tatuaje que se enroscaba en su
brazo, desde el hombro hasta el dorso de la mano. Vio que se trataba
de una serpiente, y no tardó mucho en comprender el por qué de su
apodo.
COBRA – ¿Qué tenemos por aquí? Carne fresca.
	Christian miró a Fernando, éste miró al que se hacía llamar
Cobra, con una expresión seria en la cara.
COBRA – ¿No te vas a presentar? Yo soy el Cobra, ¿con quién tengo
el placer de hablar?
CHRISTIAN – Me llamo Chris.
El hombre de la sonrisa perpetua hizo una tonta reverencia y le
ofreció la mano. El chico estaba a punto de estrechársela, algo
enrarecido, cuando Cobra la apartó de repente, creyéndose el más
gracioso del mundo, al igual que hacía el con sus compañeros de la
EGB cuando estudiaba en el colegio. Comenzó a reír y de repente un
coro de risas emergió tras él. En un principio no se había fijado,
pero tras él había un séquito de hombres, más de media docena, a
cada cual con más pinta de delincuente que el anterior. Si no estaba
bien juzgar a las personas por su aspecto, Christian lo estaba
haciendo muy mal esa tarde. Sin solución de continuidad, Cobra
agarró la tarrina de helado del chico y la miró con curiosidad. 
COBRA – ¿Verdad que invitarás a tu amigo Cobra al postre?
Chris arrugó la frente y miró a Fernando. Éste entrecerró los ojos
y negó con la cabeza, dándole a entender que no era buena idea
encararse con él.
CHRISTIAN – Todo suyo, jefe.
	La sonrisa del delincuente se borró al instante. A Christian se le
formó un nudo en el estómago, y su corazón comenzó a bombear a
toda velocidad.
COBRA – A mi no me vaciles, niñato.
CHRISTIAN – No, no, de verdad. Puede quedárselo.
	Cobra respiró hondo, y de repente la sonrisa volvió a su rostro. A
Christian se le quitó el nudo del estómago al mismo tiempo.
COBRA – Porque me has pillado de buenas. Venga, vayámonos, chicas.
	Tal y cómo habían aparecido, se esfumaron. Cobra a la cabeza, y el
resto siguiéndole como perritos falderos.
FERNANDO – A esto me refería antes. Con tipos como éste, sobre
todo con éste tío, más te vale no enemistarte. Tú síguele la
corriente y no te pasará nada. No quieras saber cómo acabó el
último que le llevó la contraria.
CHRISTIAN – Entendido.
Fernando le ofreció su helado, y cuando el chico le dijo que no
podía aceptarlo, él insistió, hasta que acabó por ceder. Se lo
comió sin mucha gana, notándose caer de nuevo en el abismo de la
tristeza, el miedo y el pesimismo, sintiéndose totalmente fuera de
lugar. Fernando le abandonó un momento, dejándole solo junto a los
demás compañeros de mesa, que no se molestaron ni en mirarle. Fue a
hablar con uno de los guardas que había junto a la puerta de acceso.
Christian les miró desde la distancia y vio cómo Fernando le
señalaba a él; el agente asentía y después de cruzar un par de
frases más, Fernando volvía con él, observado en todo momento por
el guarda.
FERNANDO – Ya está todo arreglado. El lunes empiezas con nosotros
en el taller.
	Una tímida sonrisa brotó de nuevo de sus labios, más de compromiso
que de corazón. Recogieron sus cosas y volvieron a la nave
dormitorio, a su celda, donde Christian pasaría la noche más larga
de su vida, sin poder pegar ojo ni un minuto.
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Al otro lado de la vida 1x121 - Enfermería de la prisión Kéle de Etzel
16 de agosto de 2008

La doctora sacó la jeringa y colocó en su lugar una porción de
algodón, mientras le decía que apretase. El chico acató la orden y
se la quedó mirando mientras tiraba la jeringa vacía a un contenedor
de aluminio. Se quitó los guantes y suspiró largamente. 
DOCTORA RUIZ – Si notas mareos o dolor de cabeza en las próximas
veinticuatro horas, no te asustes. Si prosiguen después de un día,
vuelve aquí.
	Christian asintió con la cabeza.
DOCTORA RUIZ – Puerta.
	Christian caminó hacia la salida, y abandonó la enfermería, con
peor cara de la que había entrado. Ahí le estaban esperando los
otros dos chicos, ya vestidos, y los guardas que les escoltarían a su
destino. Uno de ellos le tiró el uniforme al pecho, haciéndole caer
el algodón manchado de sangre al suelo. El chico lo cogió y se lo
puso, mientras el guarda le metía prisa. Una vez hubo acabado,
prosiguieron su camino, cruzando el edificio de extremo a extremo para
salir de nuevo al exterior. El sol apretaba con fuerza, pero todo
estaba mucho más silencioso; ahora ya no había nadie en el patio de
tierra. Les guiaron por otro conducto de rejas hasta la última
compuerta que comunicaba con el acceso a la nave dormitorio; una caja
rectangular de hormigón y acero, con una altura de tres pisos.
	Al entrar se encontraron de frente un alto muro, y al sortearlo
recibieron el eco de cientos de voces hablando en voz alta. La
mayoría de los presos ya ocupaban sus celdas, pero todavía había
algunos rezagados charlando o discutiendo frente a las puertas. Había
docenas de celdas a ambos lados, en tres niveles, todas ellas
rebosantes de vida, ocupadas por pequeñas hormiguitas naranjas que
hacía ya largo tiempo que habían perdido la dirección del
hormiguero. Los tres guardas se repartieron los tres reclusos. Él se
quedó con un hombre delgado con la piel tostada por el sol y una
incipiente calva, que le guió hacia las escaleras. Subieron hasta el
primer piso, escuchando la voz de megafonía que repetía una y otra
vez que ocuparan sus celdas.
	La suya tenía el número 202 dibujado con letras negras en una placa
metálica que cruzaba la puerta abierta. Al ver los barrotes que le
retendrían durante tantas horas al día, tuvo que luchar por no
derrumbarse de nuevo. El guarda le indicó con la cabeza que se
metiese dentro, y él asintió y lo hizo, algo cabizbajo.
Afortunadamente nadie había reparado en él, pues no le apetecía en
absoluto lidiar con ninguno de los presos. Al entrar, notó
empequeñecer la celda. Una sirena sonó estridente en la nave, y se
formó algo de silencio. Christian se asustó. Un agente en cada piso
dio el visto bueno con un sonoro grito y acto seguido las puertas se
cerraron automáticamente con un ligero chasquido.
	Por fin le habían dejado solo. Ahora no se podía escudar en ningún
guarda, y se sentía más vulnerable por ello. Se quedó mirando al
exterior unos segundos, viendo a través de la fina barandilla los
tres pisos de celdas que había en la otra ala de la nave. Estaban muy
lejos, aquellos presos que no paraban de hablar a voces, pero
suficientemente cerca para distinguir sus caras. Los miró y de nuevo
emergió en su interior la certidumbre que él no pertenecía a ese
lugar. Él no era como ellos…
	Se giró y casi se cae el suelo del sobresalto. Frente a él, a no
más de dos metros junto a la vieja litera, había un hombre de unos
cuarenta años. Tenía el pelo suelto, muy largo, y una barba de tres
días. Unas gafas de montura metálica, pasadas de moda hacía más de
una década, no conseguían que su aspecto resultase menos amenazador.
No obstante, Christian tuvo que luchar para sobrellevar la situación.
A sus ojos, todos eran peligrosos delincuentes, y él no era más que
un niño, y tenía miedo. Temía estar encerrado en la misma celda con
un asesino o un violador.
FERNANDO – ¿Eres nuevo, verdad?
	Christian asintió con la cabeza, tímido y superado por la
situación.
FERNANDO – Tranquilo, muchacho, que no muerdo. Yo soy Fernando.
	El preso le ofreció su mano, bastante grande, llena de callos y con
las uñas amarillentas, pese a estar limpia. Christian titubeó
durante unos segundos, y acto seguido le estrechó la mano, con fuerza
y seguridad, cómo le habían enseñado. El hombre esbozó una sonrisa
y se sentó en la cama inferior de la litera. Le miraba con
curiosidad, y eso no conseguía más que ponerle aún más nervioso.
FERNANDO – ¿Qué edad tienes?
CHRISTIAN – Di… Dieciocho.
FERNANDO – Hay que joderse, si no eres más que un crío.
	Christian miró de nuevo al suelo. Deseaba estar en cualquier otro
sitio, pero no había por donde escapar.
FERNANDO – Y bueno… ¿Cómo te llamas?
CHRISTIAN – Chris… Christian.
FERNANDO – Pues bienvenido a la cloaca. Ven aquí y siéntate,
tenemos mucho que hablar tú y yo.
	Christian respiró hondo y se sentó junto a su compañero de celda.
FERNANDO – ¿Y por qué te han metido aquí?
CHRISTIAN – No… No quiero hablar de eso.
	Fernando le miró con seriedad, Christian le aguantó la mirada unos
segundos, hasta que tragó saliva de nuevo y volvió a mirar al suelo.
Fernando rió y Christian tuvo un espasmo fruto de la tensión.
FERNANDO – Estás acojonado, chico. Aquí no tienes nada que temer,
yo soy legal. Me metieron aquí por robar una puta cartera, para dar
de comer a mi familia. Lo que yo no sabía era que el tío al que se
la quité era juez… Qué te voy a contar. Has tenido suerte, porque
esto está lleno de escoria. Toda la basura que no quieren en la
sociedad la meten aquí; tenemos desde violadores de niños hasta
asesinos, sin contar los enfermos mentales. Pero esos les tienen en
otro sitio, por suerte.
	Christian comenzó a castañear los dientes, notando como las palmas
de las manos se le enfriaban y cómo su corazón latía a mayor
velocidad de lo normal. Fernando le miraba y temía que se cayera
redondo en cualquier momento.	
FERNANDO – No, no te quiero asustar. Sólo te aviso. Yo llevo aquí
ocho años, y sé quién es de fiar y quién no. Por cierto, ¿cuánto
tiempo te ha caído?
CHRISTIAN – Un año y tres meses.
FERNANDO – ¡El tío! Si vas a salir antes que yo, a mi me quedan
todavía un par de años. ¿Te han hablado de las tareas?
Christian negó con la cabeza. Ahora le miraba, y se sentía algo más
tranquilo. En un principio le había asustado, pero poco a poco
aprendía a confiar en él. No sabía si era una buena idea, pero
tampoco tenía otra opción.
FERNANDO – No todos lo hacen, sólo quién quiere. Es para ganarse
algo de dinero, para poder llamar por teléfono, comprarte tabaco o
algo más de comida de la que viene con el rancho, la prensa,
libros… tampoco hay mucho dónde escoger, pero ayuda a pasar mejor
el rato.
	Christian le observaba con atención.
FERNANDO – Yo estoy en la sección de mecánica, arreglando coches y
demás. Se cobra una mierda, pero sales de aquí con una profesión
y… bueno… nunca está de más. Hace un par de semanas dejaron
libre a uno de mis trabajadores, y tenemos una vacante. Prefiero
decírtelo a ti que a cualquiera de los que hay aquí dentro. De la
mayoría no me fío un pelo, y el resto ya tienen sus propios
trabajos. ¿Qué me dices, te apuntas?
	Christian subió los hombros y asintió con la cabeza, luchando por
evitar mostrar una sonrisa. Desde muy pequeño había deseado ser
mecánico; adoraba los coches y las motos y estaba esperando acabar el
bachillerato, en gran medida por satisfacer a su madre, para ponerse a
estudiar para trabajar de eso. Ahora que todo se había torcido, los
azares del destino parecían querer recompensarle por su paciencia.
Algo en su estómago le decía que no estaría tan mal dentro de la
tragedia. Lástima que esa sensación no le acompañaría mucho
tiempo.
puntos 10 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x120 - 120

Prisión Kéle de Etzel
16 de agosto de 2008

Christian descansaba sentado en el banco que había en la parte
trasera del furgón en el que le transportaban a él y a un par más
de delincuentes. Un pequeño ventanuco fuertemente enrejado era todo
cuanto tenía como nexo con el mundo real. Ahí dentro reinaba el
silencio; cada cual tenía sus propias tribulaciones por sobrellevar.
El chico miraba por el ventanuco, notando las sacudidas del vehículo
en contacto con el irregular terreno. De vez en cuando intuía la
silueta de la prisión en la que pasaría un año y tres meses; la
sola idea le producía escalofríos.
	El vehículo se paró y algo más de un minuto después el portón
trasero se abrió, dejando entrar al interior un fogonazo de luz que
hizo taparse los ojos a todos cuantos había dentro. De malas maneras,
tal y como si fueran ganado, un guarda fornido les hizo salir y les
guió hacia el portón de entrada. No tardó mucho en darse cuenta que
esa no era la zona que él conocía de haber visto en alguna ocasión
al cruzar la carretera que unía Sheol con Etzel. Estaban entrando por
la parte de atrás; la de delante era tan solo para las visitas y los
trabajadores. Desde ahí se veía bajar la pendiente de la colina, y
Christian saboreó hasta el último segundo de esa visión, desde el
otro lado de los barrotes.
	Les hicieron entrar y tras cruzar un par de compuertas, pasaron por
un pasadizo vallado a ambos lados, escoltados por dos policías
delante y otro detrás. El camino que les separaba del edificio al que
se dirigían transcurría junto al patio de tierra donde más de
doscientos hombres, todos ataviados con el mismo atuendo color naranja
chillón, imposible de pasar por alto. Tres altas torres formaban un
triángulo que abarcaba un par de edificios y el patio. En lo más
alto, había más policías armados, oteando el panorama. En el patio,
algunos de los presos jugaban a básquet en una rudimentaria cancha
con suelo de hormigón, otros descansaban sentados en las gradas,
viendo pasar el tiempo. Un pequeño grupo se acercó a la valla y
comenzó a gritarles obscenidades. Los que le acompañaban, los demás
novatos, agacharon la cabeza y siguieron su camino. Él les miró,
curioso más que asustado, y fue cuando uno de ellos le sopló un beso
y le llamó guapa, cuando también agachó la cabeza y trató de
ignorarles. No pararon de gritar hasta que todos habían cruzado el
umbral del edificio anexo al principal.
	Les hicieron caminar hasta una sala muy alta, donde les esperaba un
hombre con una espesa barba que comenzaba a canear. Había una silla
en el centro por la que pasaron todos, escuchando el ruido de la
maquinilla mientras les rapaban el pelo. Cuando llegó el turno de
Christian, éste luchó por no derrumbarse, pero al ver caer los
mechones de su pelo castaño al suelo, no pudo evitar soltar una
lágrima. Lo único que consiguió fue que el barbero le llamara
nenaza. Mientras el hombre barbudo barría el pelo del suelo, les
dirigieron a otra sala, igual de grande pero más baja, donde les
hicieron desnudarse para luego ducharse juntos en unas duchas que
carecían de un grifo que regulase la temperatura. Empapado de pies a
cabeza y tiritando por culpa del agua gélida que todavía mojaba su
cuerpo, se secó con una toalla que llevaba bordado el nombre de la
prisión en letras azules, y se vistió con unos calzoncillos que le
entregó uno de los guardas armados.
	Semidesnudos se dirigieron hacia una puerta con ventanuco, dónde uno
a uno iban pasando, saliendo a los pocos minutos con peor cara de la
que entraron. Cuando llegó su turno, Christian entró a la
enfermería y se presentó a la vieja médico que estaba ahí
esperándole. Casi desnudo, ataviado sólo con los calzoncillos
blancos, se agarraba el codo con la palma de la mano contraria,
mientras la vieja doctora de la prisión preparaba el instrumental
para hacerle el chequeo rutinario.
DOCTORA RUIZ – ¿Ya tienes edad para estar aquí?
CHRISTIAN – Cumplí los dieciocho a principios de mes.
DOCTORA RUIZ – Te ha faltado tiempo para liarla, muchacho. ¿Qué
hiciste?
CHRISTIAN – Prefiero no hablar de eso.
DOCTORA RUIZ – Bueno, como quieras. Abre la boca.
	Después de unas pocas pruebas que el chico pasó con nota, pues
quitando la cicatriz de su cabeza el resto estaba estupendamente, la
doctora se dirigió hacia uno de los cajones que tenía en el mueble
que había tras su escritorio, y sacó un potecito con un extraño
líquido violeta en su interior. Abrió otro cajón y sacó una
jeringuilla esterilizada que pinchó en la tapa plástica del pote
hasta vaciarlo por completo. Christian no tardó en reconocer el
logotipo de la compañía farmacéutica que fabricaba esas vacunas, la
misma que las había inventado, impreso sobre el recipiente de
plástico. La doctora presionó el extremo de la jeringa hasta que
salió un pequeño chorro de ese líquido lila. Al ver la expresión
en la cara del chico, la doctora esbozó una sonrisa.
CHRISTIAN – ¿De verdad es necesario?
DOCTORA RUIZ – Que no te va a doler. Y además es por tu bien, no
sé como no estás vacunado todavía.
CHRISTIAN – Esto no… ¿no es voluntario? ¿No…?
DOCTORA RUIZ – ¿A qué tienes miedo?
CHRISTIAN – No tengo miedo, sólo que no quiero que me metas esa
mierda en el cuerpo.
DOCTORA RUIZ – ¿Tú sabes cuántas muertes ha evitado esta mierda?
CHRISTIAN – No me importa eso. Yo no quiero que me… 
DOCTORA RUIZ – Pues no vas a salir de aquí hasta que te vacune.
Aquí no hay nadie que no esté vacunado. 
	Christian la miraba con el ceño fruncido. No quería hacerlo; su
madre siempre había impedido que le vacunaran en el colegio y en el
instituto. Pese a trabajar en un hospital, era mucho el escepticismo
que tenía, y las habladurías que surgían en torno al tema habían
acabado por convencerla de que su hijo, al igual que ella, no se
vacunaría si de ella dependía. Él había adoptado su misma
opinión, pero ahora parecía carecer de relevancia.
DOCTORA RUIZ – ¿Quieres que avise a un guarda, o cooperarás por
las buenas?
	El chico la miró al los ojos, respiró hondo, y le ofreció su
brazo. Se esforzó por no mirar, pero al notar la aguja perforando su
piel y su vena, echó un vistazo, a tiempo de ver cómo el líquido
violeta se introducía en su cuerpo. Lo notó fundirse con su
organismo, percibiendo un extraño calor que no respondía a la
lógica. Negó con la cabeza, irritado por haberse dejado hacer de ese
modo. Pero ya no había marcha atrás; llevaría ese estigma el resto
de su vida. Tal vez no fuera tan malo, al fin y al cabo…

puntos 1 | votos: 1
Los demás te respetarán - tanto como tu te respetes a ti mism@
puntos 7 | votos: 9
¿Quién seriáis ? - El niño que van a ejecutar o 
los soldados que lo van a matar
puntos 1 | votos: 3
Yo prefiero las series dobladas - si estan bien hechas y no me importa que les quiten los insultos, por
que no necesito oir en el pc las mismas barbaridades que oigo en la
calle
puntos 3 | votos: 11
y el dijo : - -no soy gay , le he tocado el pene a muchas chicas (are you fuking kindin me?)
puntos 7 | votos: 7
Es parte de Desmotivaciones? -





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