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Veterano Nivel 3

puntos 13 | votos: 17
Hay dias tontos - y tontos todos los dias.
puntos 11 | votos: 13
La noche - en diferentes lugares
puntos 9 | votos: 13
Niñas...  - Locas por Justin Bieber...Pobrecitas, no saben que el es maricón...
puntos 18 | votos: 30
Desmotiva - que cada vez haya más chicas que prefieran a un niñato que a un tío bueno.
puntos 19 | votos: 19
Nosotros - somos los únicos que estropeamos la belleza de la naturaleza.

puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x119 - Juzgado civil nº 1 de Sheol
15 de agosto de 2008

Christian estaba de pie, sintiéndose observado por todos cuantos
ocupaban sus asientos en lo que parecía un circo romano, y él el
cristiano que echarían en breve a los leones para su goce y disfrute.
Supuso que se trataría de curiosos, pues a la única persona que
reconocía era a su madre, que descansaba sentada en la primera fila
sin quitarle ojo, con un pañuelo blanco de seda en la mano con el que
se limpiaba las pocas lágrimas que todavía le quedaban. A su madre y
a la de Jéssica, que también le miraba, pero con otros ojos, cinco
filas más a la izquierda. De lo que no había rastro era de quien él
pensó eran sus amigos; de hecho no habían dado señales de vida
desde el desafortunado incidente. Ni siquiera Marcos había aparecido
por ahí, pues había dado su testimonio a puerta cerrada para
evitarse el mal trago de verle de nuevo en el juzgado.
	La última semana había sido un suplicio indecible. Lo habían
tratado como a un vulgar delincuente, llevándole de un lado a otro.
Había pasado días enteros en la comisaría, yendo de su calabozo en
el sótano a la sala de interrogatorios y de vuelta a ese agujero
oscuro. Su abogado, que ahora se encontraba a su diestra, observando a
la jueza casi sin pestañear, le había acompañado en esos días tan
duros, repitiendo con él los pocos detalles que recordaba, tratando
de encontrar la manera de evitar que diera con sus huesos en la
cárcel. Pero no era más que un novato, un estudiante recién
licenciado que apenas había tenido un par de casos propios. No
tenían dinero para costearse un abogado mejor, de modo que tuvieron
que aceptar el que les ofrecía el mismo estado que ahora le juzgaba
por sus errores.
	Tuvo tiempo de descubrir lo que había pasado esa tarde, la de su
cumpleaños, después de que perdiera la conciencia. Al parecer,
según el testimonio de la madre de la niña y de Marcos, él se
había golpeado al caer al suelo, haciéndose una brecha sobre la
oreja izquierda. Todo estaba manchado de sangre y de entrada pensaban
que él era el muerto y que la niña tan solo había perdido el
conocimiento. Su caída fue igualmente aparatosa, pero ella no
sangraba en absoluto. Se había desnucado con el golpe, y ya no
volvería a abrir los ojos. Llamaron a una ambulancia con el teléfono
de su amigo, y la madre de la niña lo utilizó también para llamar a
la policía, que les acompañaría el resto del día, mientras unos
pocos curiosos se congregaban a su alrededor. La niña había llegado
cadáver al hospital; nada se podía hacer ya por ella. Christian, sin
embargo, recuperó la conciencia a las pocas horas, para enfrentarse a
la tragedia que se cernía sobre él.
	Se miró las manos, esposadas y unidas a un gancho que salía de la
extraña camisa que le habían puesto, y coincidió consigo mismo en
que se estaban magnificando las cosas. No las necesitaba, no iba a
salir corriendo y matar a todos cuantos encontrase; no era peligroso.
También estaba de más ese juicio, pues lo que había ocurrido, por
muy trágico que fuera el desenlace, no había sido más que una
desafortunada sucesión de coincidencias; él nunca había tenido la
intención de hacer daño a nadie, y creía firmemente en su
inocencia. No obstante, su ánimo había caído en picado hasta quedar
por los suelos los últimos días, al recibir malas nuevas de su
abogado un día tras otro. Si no ocurría un milagro, acabaría
encerrado. Lo único que todavía no sabía, era por cuánto tiempo
sería.
	El chico miró por la gran ventana que había al otro extremo de la
sala, desde la que se podía ver una ancha calle transitada por
docenas de coches, gente caminando apresurada por las calles, niños
jugando a la pelota en un parque al otro lado y varios bloques de
pisos radiantes de vida. Les envidió a todos y cada uno de ellos,
deseando formar parte del cuadro en movimiento que veía, triste y
cansado por el destino que le había tocado, arrepintiéndose una y
mil veces de no haber dejado ese maldito carro en su lugar, y
obsequiar a la gitana que trató de advertirle de la que se avecinaba,
con la reluciente moneda que le hubiera eximido de toda esa tortura,
permitiéndole seguir con su vida. 
La jueza levantó la voz y puso orden en la sala, que enseguida quedó
en el más absoluto de los silencios. Christian tragó saliva.
JUEZA ROBLES – Honorables miembros del jurado y demás presentes,
tengo en mi poder la resolución de este caso.
	Todos la miraban casi sin pestañear, ansiosos por saber cuál había
sido el veredicto.
JUEZA ROBLES – Por el delito de homicidio por negligencia, cometido
por Christian Rodríguez Alemán el pasado cinco del presente, se ha
declarado al acusado…
	Se produjo un silencio dramático que por poco no acaba por destrozar
el ya maltrecho corazón de Azucena.
JUEZA ROBLES – …culpable.
	Culpable… culpable… culpable… La palabra resonó en su cabeza
como si sus paredes estuvieran huecas y la palabra rebotase en ella.
Todavía no podía asimilar lo que eso significaba, pero algo había
cambiado drásticamente en su interior. La voz de su madre le llegó
desde atrás y se giró a tiempo de verla llorando, mientras un hombre
y una mujer que estaban a su lado trataban de tranquilizarla.
JUEZA ROBLES – Pido silencio, por favor, para poder acabar con el
veredicto.
	Cuando Azucena se calmó un poco, la implacable jueza prosiguió.
JUEZA ROBLES – El castigo impuesto por dicho delito es de quince
meses y un día de prisión, y una multa de cinco mil euros, abonados
a la familia de la víctima. La condena se llevará a término en la
prisión provincial Kéle de Etzel, y entrará en vigor a las doce del
día siguiente.
	El pequeño martillo de madera golpeó esa especie de posavasos, y en
ese momento Christian, el ingenuo y nervioso chico de la periferia
cuya mayor ilusión en el mundo era ser mecánico y disfrutar de la
vida, y cuyo mayor delito había sido el de la espontaneidad y la
inconsciencia juvenil, pasó de ser un hombre libre a un criminal
convicto. El alguacil le asió del brazo, asintiendo con la cabeza
para que le acompañase, y Christian lo hizo, escuchando de fondo los
llantos de su madre y el revuelo de la gente que abandonaba sus
asientos para salir de la sala. Sintiéndose acribillado por la mirada
despectiva de la madre de la pequeña Jéssica, abandonó la sala por
una puerta lateral, asustado al pensar qué sería de él en adelante.
puntos 14 | votos: 14
Al otro lado de la vida 1x118 - Habitación 205 del hospital Shalom de Sheol
6 de agosto de 2008

Rayaba la medianoche cuando Christian recuperó finalmente la
conciencia. El reloj de agujas que había colgado en la pared, con su
insoportable tic tac, marcaba las doce y cinco. Su cumpleaños había
expirado; ahora era oficialmente mayor de edad. Notaba pesada y
abultada la cabeza, y no tardó mucho en percatarse que la tenía
vendada, por una venda que le tapaba hasta las cejas. De entrada todo
parecía muy borroso y lejano; estaba desubicado y mareado, incapaz de
recordar cómo había llegado ahí, tratando de averiguar qué le
había pasado.
	Estaba en una habitación del hospital donde trabajaba su madre, la
misma donde en menos de un mes una jovencita sana como una manzana
recibiría su sentencia de muerte. Pero eso todavía distaba años luz
del mundo en el que vivían los habitantes de Sheol, y más para los
integrantes de la familia Rodríguez Alemán, que tenían otras muchas
preocupaciones en la cabeza. La reconoció por el color crema de las
paredes, la televisión que funcionaba con monedas y el Jesucristo en
acero inoxidable que pendía de la pared de enfrente. Estaba tumbado
en la cama de un blanco nuclear, tapado por una fina sábana de lino.
Dos pares de ojos de observaban desde la proximidad. 
Su madre llevaba el uniforme de enfermera manchado de café, los ojos
enrojecidos y la cara rasgada por dos vetas negras que emergían de
ellos en vertical hacia abajo, muestra que al llorar se le había
corrido el rimel, dándole una macabra expresión a su cara ya
deformada por el sufrimiento. Su amigo descansaba apoyado en la pared
del fondo, con los brazos cruzados y una expresión seria en la cara.
No se inmutó lo más mínimo al verle despertar, y hasta le dio la
impresión que no se alegrase de ello. Se le notaba en los ojos lo
incómodo y hastiado que estaba, que ese era el último lugar en el
que querría estar esa noche. 
CHRISTIAN – ¿Qué ha pasado?
	Su madre y su amigo le miraron, sin decir nada, como si no le
hubieran escuchado, y eso aún le puso más nervioso. Trató de
ordenar su cabeza, esforzándose por recordar y de repente todo
volvió en una rápida ráfaga que le devolvió al mundo real: El
despertar sobresaltado al ver a su madre admirándole desde el umbral
de su cuarto; la felicitación por parte de ella y las mejillas
manchadas de rojo carmín, que enseguida se limpió con la manga del
pijama; las llaves atadas a un lacito sobre la mesa de la cocina,
junto al desayuno; el primer encuentro con la moto; la tranquila y
armoniosa comida con su madre… A partir de ahí todo se aceleraba a
marchas forzadas, en busca del desenlace: Marcos; el supermercado; una
gitana; el carro; una niña gordita con un lazo rosa en el pelo…
CHRISTIAN – ¿Qué ha pasado con la niña?
	Su amigo se limitó a mirar a otro lado, evitándole descaradamente.
Su madre le miró a los ojos, y comenzó a llorar, llevándose las
manos a la cara. Christian notó que su mandíbula temblaba y tragó
saliva al tiempo que arrugaba el entrecejo con los ojos abiertos como
platos. Su corazón latía a toda velocidad, y su respiración se
volvió agitada por la excitación. Nadie le respondía; le evitaban,
limitándose a mirar a otro lado como si la cosa no fuera con ellos.
Se sintió explotar por dentro.
CHRISTIAN – ¡¿Alguien me va a contar qué diablos está pasando
aquí?!
	Trató de erguirse pero vio que algo se lo impedía. Lo volvió a
intentar y notó cómo algo que le aprisionaba la muñeca izquierda.
Se ayudó de la mano derecha para librarse de la sábana. Lo que vio
le dejó sin respiración por unos segundos, la boca entreabierta y
los ojos secándose por dejar de parpadear por culpa de la emoción.
El tiempo parecía haberse detenido al verse esposado a uno de los
barrotes de la cama. Volvió a mirar a su madre, y ella no pudo evitar
estallar de nuevo en llantos. Marcos no pudo más y se dio media
vuelta, abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo.
	Hipnotizado por los sollozos y moqueos de su madre, miró hacia la
puerta abierta y vio que había alguien más en el pasillo. Enmarcada
por el blanco marco vio a una mujer con la cara enrojecida hablando
con alguien a quien tan solo se le veían los brazos. Discutían
acaloradamente, hasta que vieron salir a Marcos de la habitación.
Entonces la mujer se giró y señaló a Christian con el dedo, con una
mueca de la más absoluta ira y desprecio hacia su ser, que le heló
la sangre. El hombre con el que hablaba esa mujer, que Christian
enseguida identificó como la madre de la niña que había golpeado
con el carro en su bajada por la cuesta, se asomó a la habitación y
cruzó su mirada durante un instante con la de él.
	El policía medió unas palabras más con la afectada madre, y le
hizo una señal con la mano para que se tranquilizase y esperase
fuera. Christian lo veía todo como desde la butaca de un cine, como
si todo eso no fuera con él. No podía ir con él; no tenía sentido.
Eso no le podía estar ocurriendo. Esperaba que de un momento a otro
apareciese un reportero, micrófono en mano, diciéndole que no era
más que una broma de cámara oculta. En su lugar, entró a la
habitación el policía y Christian pudo ver su uniforme, su placa, su
porra y su pistola; sólo le faltaban las esposas. Se dirigió con
paso firme y con una soberbia cara de palo hacia la cama y se plantó
frente a él, agujereándole con la mirada.
AGENTE DELGADO – Christian Rodríguez Alemán.
CHRISTIAN – S… ¿Si?
AGENTE DELGADO – Se le acusa del asesinato de Jéssica Cruz. Tiene
derecho a guardar silencio…
	Eso fue todo cuanto fue capaz de escuchar, antes de que su cabeza
abandonase el mundo…
puntos 6 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x117 - Frente al supermercado IFAI, Sheol
5 de agosto de 2008

Marcos, todavía no muy convencido de lo que estaban haciendo,
acompañó a su amigo. Ambos pasaron frente a la gitana que había
sentada en la última barra que alineaba los carros. Con su cara medio
oculta por un pañuelo negro que la protegía del sol, blandió su
temblorosa mano hacia los chicos, pidiendo en silencio la moneda que
había dentro del carro. Christian la miró un momento, e hizo un
comentario despectivo en voz baja, que hizo reír a su amigo. La
gitana se les quedó mirando mientras salían del parking del
supermercado, negando con la cabeza al tiempo que suspiraba.
	Siguieron con el carro la acera paralela al parking del supermercado,
y encararon la calle en pendiente que les llevaría al solar, donde al
final se intuía el terreno irregular lleno de matojos bajos. Desde
ahí sólo tendrían que caminar menos de cien metros hasta las mesas
y bancos de piedra que colindaban con el inicio del bosque, dónde
tenían pensada hacer la fiesta de cumpleaños del chico. La gente que
pasaba, caminando por la calle o desde dentro de sus coches, les
miraban con una mezcla de curiosidad y crítica. Marcos sentía
vergüenza y contenía sus ganas de decirle al chico que volvieran y
dejaran el carro donde pertenecía, pues conociéndole sabía que no
lo haría. Christian, por su parte, se sentía eufórico y radiante,
ansioso de pasárselo bien y disfrutar de su cumpleaños con sus
amigos, ajeno a la que estaba a punto de caerle encima.
	El cumpleañero llevaba el carro, su amigo se limitaba a seguirle
desde la distancia, como queriendo demostrar a alguien que no iban
juntos. Se paró al inicio de la cuesta y esperó a que su amigo se
reuniera con él. Desde ahí la calle era una pendiente continua que
se frenaba al inicio de la última manzana, y tenía como final un
buen puñado de matojos mullidos. Su cabeza comenzó a cavilar
probabilidades, y acabó convenciéndose que limitarse a empujarlo no
sería suficientemente divertido. El cielo estaba salpicado de nubes,
y ya comenzaba a oscurecerse, mostrando el famélico perfil de la luna
días antes de desaparecer por completo embebida en su propia sombra. 
CHRISTIAN – ¿Si me subo en el carro me empujarías hasta el
descampado?
MARCOS – ¿Pero qué dices? 
CHRISTIAN – Si tío. Tú te subes a la barra de abajo y yo voy
dentro, y vamos a toda pastilla, como con la moto.
MARCOS – Mira, no me vengas con tonterías, ¿vale?
CHRISTIAN – Pero si será muy divertido, va...
MARCOS – Estás loco. ¿Qué quieres, tirarlo todo por el suelo?
CHRISTIAN – No tienes sangre en las venas.
MARCOS – Yo lo que creo es que te has fumado algo raro antes de
salir.
CHRISTIAN – Sabes que te digo: Nos vemos abajo.
	Christian hizo hueco en la parte trasera del carro, y se metió
dentro de un salto, recordando la imagen de un niño pequeño que
habían visto en el supermercado, sentado dentro del carro cara a su
madre, que cotilleaba con una vecina que se había encontrado en el
pasillo de las patatas fritas. 
MARCOS – No hagas el loco.
CHRISTIAN – Que… me olvides. ¿Me vas a empujar?
MARCOS – Que no.
	Pero no hizo falta que lo hiciese, pues el carro empezó a moverse
por sí solo, al carecer de un punto de apoyo. Christian le soplo un
beso a su amigo y se colocó en posición, esperando el subidón de
adrenalina que le daría el corto trayecto. En esa parte de la ciudad,
las aceras estaban al mismo nivel que la calzada, de modo que no
había ningún peligro de salir despedido con un bache. La acera
estaba vacía, al igual que las calles; a esas horas de la tarde eso
parecía más un cementerio que el barrio periférico de una gran
ciudad. Tan solo había un par de manzanas en pendiente, luego el
terreno quedaba de nuevo plano y de ahí iría directo a los
matorrales que frenarían al carro enseguida, si se embalaba más de
la cuenta. Nada tenía por qué salir mal, y para entonces ya parecía
peligroso bajarse.
	Los primeros metros resultaron una delicia. El carro continuó su
camino, impecablemente recto, sin el mayor percance. Gritó de
entusiasmo, llamando marica a su amigo por no haber accedido a
acompañarle en el viaje. Continuó su camino descendiente, llegando
incluso a cruzar una calle por la que afortunadamente no pasaba
ningún coche. Pero el carro ganaba velocidad a cada nuevo metro,
hasta que llegó un punto en el que empezó a asustarse, al ver que se
torcía a la izquierda a media manzana. Ya no había manera de
pararlo, no desde dónde estaba, si no quería romperse algo en el
intento, de modo que se irguió un poco más para hacerle ganar
estabilidad, poniendo su peso a la derecha con la ingenua intención
de corregir así la dirección del carro. No lo consiguió, pero
tampoco llegó a tocar la fachada del edificio que había a su
izquierda, pues cruzó la esquina a unos cinco centímetros de la
misma, sintiéndose explotar de euforia por un instante.	
	Lo siguiente, tan solo pudo recordarlo de manera muy vaga después de
lo ocurrido. Vio aparecer de la nada, tras la esquina, a una mujer que
iba acompañada de una niña pequeña, de unos diez u once años, muy
gorda, con una diadema rosa en el pelo y el uniforme de la escuela.
Vio la expresión de pánico en la cara de la madre, y cómo la niña
se le cruzaba hasta quedar justo en medio de su trayectoria, en un
momento en el que frenar no era una opción. Llegó a ver cómo la
madre gritaba, sin saber si lo hacía a su hija diciéndole que se
apartase, o a él, insultándole. El caso es que la niña golpeó el
carro y salió despedida hacia la calle, volando más de tres metros
hasta acabar bocabajo en mitad de la calzada. Lo último que vio, como
si se tratara de un fotograma en su retina, fue a la madre llevándose
las manos a la boca al ver el golpe que se había dado su hija, y a
sí mismo saliendo despedido del carro, que se acabó volcando. Vio
acercarse el suelo, y no llegó a notar dolor alguno antes de perder
el conocimiento.
puntos 16 | votos: 16
Unos tanto..... - Y otros tan poco.........
puntos 19 | votos: 19
Pensaba que enamorarse de una  - voz era imposible hasta que oí su voz

puntos 11 | votos: 31
JUSTIN BIEBER - SERA OTRA MODA PASAJERA QUE DENTRO DE UN TIEMPO CUANDO SALGA
OTRO GRUPO O CANTANTE QUE SEA LA NOVEDAD TODAS SUS FANS 
LE DARAN DE LADO.
SOLO LOS GRANDES GRUPOS DE MÚSICA CONSIGUEN PERDURAR 
EN LA MÚSICA
puntos 9 | votos: 9
Lo que de verdad desmotiva - Es que la gente joven se prefiera irse de botellón que defender la
democracia, que la gente más adulta no se de cuenta de la censura
televisiva, las cuales solo cuentan lo que le interesa a las clases
políticas, callándose lo que más importa y sobre todo, añadiendo
a su programación programas donde Belén Esteban es la protagonista.
puntos 12 | votos: 12
No interpretes mal mis palabras - pero eres más tonta al no saber que te estas matando.
puntos 6 | votos: 8
Bankia - Una nueva forma de engañar al pueblo por parte del gobierno.
puntos 16 | votos: 18
No estoy seguro - ¿Está lloviendo o me han meado desde arriba?

puntos 7 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x116 - Frente al portal de la familia Rodríguez Alemán, Sheol
5 de agosto de 2008

AZUCENA – ¡Dice que ahora baja!
MARCOS – ¡Vale, gracias!
	Marcos se quedó mirando el interfono en el portal del bloque de
apartamentos donde vivía su amigo Christian. Había llegado algo más
pronto de la cuenta, como de costumbre, y como de costumbre sabía que
le tocaría esperar. Se sentó en el escalón que separaba la calle
del portal y miró adelante. La ciudad rebosaba vida; media docena de
coches repostando en la gasolinera Amoco que tenía delante de las
narices, todo tipo de gente paseando por las calles y por el gran
parque del lago, incluso se intuía a lo lejos la silueta del hospital
donde trabajaba la madre del chico. Un ruido tras de sí le abstrajo
de sus cavilaciones. Al girarse vio a Christian vestido para la
ocasión, con el pelo engominado y soltando un fuerte olor a colonia.
MARCOS – Nene, parece que vayas a una boda.
CHRISTIAN – No se cumplen dieciocho años todos los días. ¿No ha
venido Pedro?
MARCOS – No, dice que vendrá directamente al solar con las chicas,
que tenía faena en casa. 
CHRISTIAN – Bueno, pues él se lo pierde.
MARCOS – ¿El qué?
CHRISTIAN – Te voy a enseñar lo que me ha regalado mi madre.
	Marcos frunció el entrecejo. Su amigo le indicó que le acompañase,
haciendo girar en su dedo índice unas llaves con un llavero de metal,
propaganda de una marca de cervezas. Llegaron al otro extremo de la
manzana y Christian metió la llave en la cerradura de la puerta de un
pequeño local privado. Era donde uno de sus vecinos guardaba el
coche; y su madre se había molestado en pedirle que dejase al chico
guardar ahí su nueva adquisición. Él había accedido de buen grado,
pues eran amigos desde hacía ya muchos años. Christian subió el
portón a pulso y mostró a Marcos lo que había ahí dentro. Un viejo
ford negro, varias estanterías con material de bricolaje y demás
utensilios inútiles, hacían de marco a la flamante moto nueva del
cumpleañero.
MARCOS – ¡Qué caña, tío!
CHRISTIAN – ¿Verdad?
MARCOS – Cómo se estira tu vieja.
CHRISTIAN – Es que este año sólo me han quedado dos.
MARCOS – Ojalá tuviera yo una... pero mi madre es más estirada que
un chicle. ¿Puedo?
	Christian asintió con la cabeza y enseñó durante unos minutos su
moto a Marcos, orgulloso de haber subido un escalafón en el estrato
social al que pertenecía. Después de contarle con pelos y detalles
los pormenores de la misma y de incluso dar una vuelta a la manzana
para demostrarle que funcionaba a la perfección, la volvieron a
dejaron de nuevo en su sitio, pues todavía tenían cosas que hacer.
Charlaron amistosamente en el camino hacia el supermercado, que
hicieron a pie porque ambos coincidieron que no podrían llevar todo
lo que querían comprar encima de ella.
	Llegaron al supermercado, que distaba cuatro manzanas del punto de
partida, felices al carecer de obligaciones que cumplir y disponer de
todo el verano por delante. Cruzaron el parking del supermercado IFAI
y se dirigieron a la entrada. Estaban a punto de entrar cuando
Christian llamó la atención de su amigo y le hizo parar.
CHRISTIAN – ¿No será mejor que cojamos un carro?
MARCOS – No creo... con un par de cestos será suficiente, ¿no?
CHRISTIAN – Si pero es que aquí no tienen cestos, sólo hay carros.
MARCOS – Pues entonces coge uno.
	Christian se sacó la cartera del bolsillo, mostrando una cadena que
la unía a sus tejanos, y cogió un euro del monedero. Se acercó a la
zona de los carros, que se encontraba fuera de la tienda, bajo una
gran marquesina, y tuvo que mirar a otro lado al ver a una vieja
gitana que había ahí pidiendo limosna. Metió la moneda en el carro
tiró de él, hasta separarlo de sus homónimos. Acto seguido se
reunió de vuelta con su amigo. Ambos cruzaron las puertas
automáticas que les separaban del interior y comenzaron a recorrer
los pasillos en busca de todo lo que necesitaban para la fiesta a la
que se dirigían en el viejo solar abandonado que había a medio
kilómetro de ahí, lugar al que acudían sin falta cada noche de
sábado a demostrarse a si mismos que eran jóvenes y estaban
orgullosos de ello.
	Compraron ganchitos, patatas fritas, frutos secos, aceitunas e
incluso berenjenas en vinagre, sin olvidar los  platos y vasos de
plástico, óptimos para la ocasión. Pero en lo que más se
esforzaron fue en las bebidas. Se hicieron dueños de un pequeño
arsenal de bebidas alcohólicas de todo tipo y de refrescos que con
toda seguridad harían las delicias de los invitados, sobre todo de
Esther y Mónica, chicas que ambos tenían en el punto de mira desde
hacía varios meses.
Para su desilusión, no le pidieron el carnet que él hubiera mostrado
orgulloso cuando llegaron a la caja, y le dejaron comprar el alcohol
sin preocuparse por su edad. El chico pagó religiosamente,
relamiéndose al ver lo que se avecinaba. Metieron todos los bultos en
bolsas y abandonaron el establecimiento por una puerta distinta a por
la que habían entrado. Una vez fuera, en la zona de los carros, se
dieron cuenta que habían comprado demasiadas cosas como para
llevarlas a pulso hasta el solar. Ambos se quedaron mirando el carro.
Christian miró a Marcos con una sonrisa pícara que él detestaba,
pues indicaba indiscutiblemente que pretendía meterse en líos y
buscaba su aprobación.
MARCOS – No tío, nos van a llamar la atención. 
CHRISTIAN – Que va, si aquí no hay nadie de la tienda.
MARCOS – Pero no podemos…
CHRISTIAN – ¿Vas a llevar tú todo esto a pulso?
	Ambos se cruzaron las miradas de nuevo.
CHRISTIAN – Va, no me seas marica.
	Eso fue suficiente para que Marcos cediese.
MARCOS – Vale, pero luego lo devolvemos.
CHRISTIAN – Que si, coño, que si.
puntos 10 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x115 - En la morgue del hospital Shalom de Sheol
6 de septiembre de 2008

El suelo estaba lleno de cadáveres. Más de una docena, metidos en
bolsas cerradas por cremalleras. Al parecer los nichos refrigeradores
estaban todos llenos y no había sitio para almacenar el exceso de
difuntos de los últimos días. A partir de la jornada siguiente los
cadáveres se incinerarían sin autopsia, pero por ahora se acumulaban
en la Morgue. La gran sala estaba impregnada del olor tan
característico que manaba del séptimo piso del hospital y bajaba las
escaleras. Ahí era más intenso. Tras la puerta se oyeron gritos de
pánico amortiguados por el metal. El lugar parecía seguro, pero
Azucena no las tenía todas consigo.
EDGAR – ¿Qué pasa?
AZUCENA – Son los guardas de la entrada. Están… están
infectados.
EDGAR – ¿Y han entrado?
AZUCENA – Si.
	Los gritos se intensificaban por momentos, acompañados de súplicas
de socorro. Edgar hizo un amago de acercarse a la puerta, pero Azucena
negó con la cabeza. El chico de las gafas se quedó en su sitio,
mirando el suelo, pensativo. Entonces se escuchó otro ruido, como un
golpe contra algo metálico. Pero no provenía de fuera, sino de la
misma sala en la que se encontraban. Azucena se esforzó por encontrar
la fuente del ruido, pero lo único que podía ver era la pared
forrada por las puertas de los refrigeradores donde descansaban los
cadáveres. Era imposible que el ruido viniera de ahí. Pero volvió a
sonar, y a él se le sumó otro golpe que venía de un nicho
diferente. Azucena miró al chico y éste asintió con la cabeza.
EDGAR – Llevan así desde anoche. Al principio pensé en abrirles,
pero… no responden, les digas lo que les digas, no responden, más
que con golpes y gruñidos.
AZUCENA – Son…
EDGAR – Si.
	El chico afirmó con la cabeza. De nuevo algo atrajo la atención de
la enfermera. En esta ocasión fue una de las fundas plásticas que
había desperdigadas por el suelo. Uno de sus extremos se levantó un
momento, para volver a su posición original acto seguido. Un gruñido
resonó en la apestosa sala. Fuera los gritos se seguían produciendo,
cada vez menos frecuentes, pero con la misma intensidad. Otra de las
bolsas dio un respingo, de nuevo golpes por dentro de los nichos y
gruñidos rabiosos exigiendo que les dejasen salir de ahí.
AZUCENA – Esto me produce escalofríos.
EDGAR – Dímelo a mi.
AZUCENA – ¿Qué harán con ellos?
EDGAR – No sé… Deberían matarlos a todos, así se acabaría esta
locura.
	La enfermera miró sus ojos marrones a través de las gafas. Tenía
un par de años más que su hijo, pero sin saber cómo ni por qué, le
recordó a él y de nuevo su corazón se contrajo. Fuera los gritos
dieron paso a disparos de lo que parecían un par de metralletas a
juzgar por la cadencia de tiro. Ambos se quedaron expectantes y
pacientes tras la puerta, esperando que ocurriera algo. Los que les
acompañaban dentro seguían a la suya, tratando de liberarse. Una de
las bolsas de cadáveres dio media vuelta en el suelo hasta quedar
frenada por una de las paredes. Afortunadamente no podían abrir la
cremallera desde dentro, y sus dientes y uñas no podían perforar el
duro plástico.
	Con el paso de los minutos los disparos y los gritos se fueron
haciendo cada vez más infrecuentes. A Azucena le vino a la cabeza la
imagen de un microondas con una bolsa de palomitas dando vueltas en su
interior. Poco a poco las detonaciones iban menguando hasta que
después de un rato sin oírlas, era el momento de abrir la puerta.
Era el momento de abrir la puerta. Tan solo hizo falta que cruzaran
las miradas para que ambos coincidieran. Edgar agarró un bisturí que
había sobre la mesa de las autopsias, y se colocó tras Azucena, que
abría la puerta con toda la delicadeza que pudo.
	Dejaron tras de sí a los infectados, volviendo al pasillo. Estaba
vacío y desierto, parecía mentira recordando la agitación que ahí
se había vivido hacía tan poco tiempo. Azucena vio en el suelo los
casquillos de bala que daban fe de lo que ahí había pasado. Una de
las paredes tenía una pequeños agujeros y una salpicadura de sangre
cuyas gotas todavía se escurrían buscando el suelo. De su dueño no
había rastro alguno.
	Pegados hombro con hombro, con más miedo que otra cosa, se
dirigieron hacia el otro extremo del pasillo, esperando encontrarse
con cualquier sobresalto de un momento a otro. Llegaron al otro lado
sin ningún percance, escuchando de lejos los gruñidos y golpes de
los infectados del depósito de cadáveres, ya muy lejos. Al girar la
esquina llegaron a la recepción de la que venía Azucena. 
	Todas las camillas estaban vacías. Todo estaba desierto, como
desahuciado y olvidado, perteneciente a otro mundo. En el centro de la
gran sala, medio oculto por una de las camillas, se encontraba el
cadáver agujereado por balas de la mujer que Azucena había visto
entrar en una camilla poco después de hablar con su hijo por
teléfono. Tenía los ojos abiertos, rojos, mirando al vacío. Frente
a ella había un hombre vestido de soldado que sostenía una pesada
metralleta con las manos temblorosas. Les daba la espalda.
	Azucena, confiada al saberse a salvo junto ese hombre armado, se
encaminó hacia él con media sonrisa en la cara. Se había dado
cuenta que su seguridad era lo más importante, tal y como decía su
hijo. Había tomado la decisión de volver a casa, para quedarse. El
hospital se las debería arreglar sin ella; no estaba dispuesta a
seguir arriesgando su vida por nada del mundo, y mucho menos para
ayudar a quienes ya estaban desahuciados. 
	Al escuchar el ruido de sus pies al acercarse, el soldado se dio
media vuelta a toda prisa, mostrando su cara salpicada de sangre a
Azucena. Eso fue lo último que vio antes de notar las balas
atravesando su cuerpo de un extremo al otro. Edgar estaba algo
rezagado y se libró por los pelos. Le gritó que parase y el hombre
dejó de disparar y bajó el arma, con la cara totalmente pálida, sin
creerse lo que acababa de hacer. Edgar se acercó rápidamente a la
enfermera que yacía boca arriba en el suelo, exhalando su último
aliento. Le sostuvo la mano al tiempo que un hilillo de sangre brotaba
de la comisura de sus labios. Entonces su pecho dejó de moverse. Sus
ojos quedaron posados en el falso techo. Edgar trató de tomarle el
pulso, pero ya era tarde para ella.
EDGAR – ¡La has matado!
puntos 9 | votos: 9
¿Sabes esa sensación - que sientes cuando una película te entra en el corazón
realmente?Yo,La he descubierto gracias a películas como MOULIN
ROUGE,DIARIO DE NOA Y TITANIC,son películas que merecen más que un
cartel.
puntos 9 | votos: 9
INVITO A TODOS - a poner la canción que mas les a haga  a reflexionar
puntos 6 | votos: 8
Hay gente que se viste - conjuntando la ropa  aunque enseñe menos , otra gente que  se viste 
cómoda sin importarles nada mas y otra gente que se viste como putas.

puntos 4 | votos: 12
Virginidad - Algo tan importante para unos y tan insignificantes para otros
puntos 9 | votos: 9
Vale - es la última vez que me cepillo el pelo púbico
puntos 5 | votos: 5
Paz Padilla - Antes te apreciaba, te rebajaste demasiado metiendote
a esa porqueria de programa
puntos 13 | votos: 13
Bender feel like a sir -
puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x114 - Frente a la recepción del hospital Shalom de Sheol
	6 de septiembre de 2008

Días antes de que el hospital se clausurase definitivamente, la
actividad que se llevaba a término entre sus paredes era frenética.
Los pasillos eran un hervidero de personas yendo y viniendo de un lado
a otro, hablando a voces, nerviosos y asustados. Muchos increpaban al
cuerpo médico exigiéndoles una solución de la que no disponían,
haciendo recaer en ellos la responsabilidad del destino de sus
familiares y amigos enfermos. La tensión se palpaba en el ambiente;
la situación era prácticamente insostenible; cada vez llegaban más
y más heridos y no había personal para hacerse cargo de todos ellos,
de modo que los pasillos se saturaban de personas ansiosas y
desesperadas, deseosas de encontrar alguien en quien focalizar su
frustración.
	Azucena Alemán llevaba trabajando más de quince horas cuando
determinó que había llegado el momento de tomarse un descanso. Los
turnos se alargaban porque parte de la plantilla estaba aquejada de
esa extraña enfermedad, al contagiarse con alguno de los pacientes,
otros habían optado por no volver ahí, por miedo precisamente a
acabar como ellos. El caso era que la plantilla resultaba insuficiente
en comparación con la cantidad de trabajo, y aunque había muchos
voluntarios dispuestos a echar una mano, no era suficiente.
	Había decidido volver a casa y dormir toda la tarde, para regresar a
primera hora de la noche, después de comer algo, y seguir luchando
por poner algo de orden en todo ese caos. Antes de irse pasó por la
recepción del hospital y se dirigió hacia las cabinas telefónicas,
dispuesta a hablar con su hijo. Hacía un par de días que no podía
hacerlo, y estaba nerviosa por lo que pudiera pasarle ahí donde se
encontraba. Las noticias se hacían eco de brotes de violencia
provocados por los enfermos terminales que se habían vuelto
violentos, y ella temía que le pudiera pasar algo. 
AZUCENA – Cuídate, ¿vale? Te quiero.
	La enfermera colgó el teléfono, llevándose una mano a la frente.
No sabía cuánto tiempo podría soportar toda esa presión. Desde que
se había quedado sola le había costado mucho conciliar el sueño.
Siempre pensaba en su hijo, en cómo estaría, si comería bien... Le
asustaba que se metiera en líos y contaba los días que faltaban para
que volvieran a estar juntos. Había sido un trago muy amargo el que
había tenido que pasar, y cada vez se le hacía más cuesta arriba. Y
para acabarlo de estropear todo, había aparecido en escena esa
maldita epidemia de violencia callejera que le hacía temer incluso de
su propia integridad.
	Un ruido la abstrajo de sus pensamientos. La puerta principal se
abrió de par en par y entraron un par de médicos y una enfermera,
empujando una camilla sobre la que yacía una mujer de su misma edad.
Estaba prácticamente bañada en sangre, gritando de dolor, mostrando
una mueca macabra en su rostro. Tenía un brazo torcido y un desgarro
en el cuello, que la enfermera se afanaba en taponar con una gasa que
ya estaba empapada en sangre. Fue como un flash. Tan pronto
aparecieron, se quitaron de en medio tras unas puertas, llevándose el
problema a otra parte.
	Azucena negó con la cabeza, hastiada de ver pasar frente a sus ojos
tantas y tantas desgracias. Se disponía a salir del hospital, cuando
vio que tras las puertas no había nadie. Frunció el entrecejo. Desde
hacía más de tres días estaban custodiadas por un par de agentes
armados de la policía o el ejército. Pero ahora estaban vacías. Dio
la espalda a los teléfonos y se dirigió hacia la puerta principal,
teniendo que esquivar un par de camillas que había en su recorrido,
amén de los familiares que acompañaban a quienes las ocupaban. Eran
los enfermos que no habían encontrado plaza en ninguna de las siete
plantas del hospital, que esperaban más o menos pacientemente que
alguien les atendiese.
	A menos de tres metros de la puerta algo le hizo pararse en seco y
quedarse mirando con nerviosismo. Era uno de los soldados, Marcos, si
no recordaba mal. Corría hacia la puerta, hacia donde se encontraba
ella. Las puertas de cristal estaban cerradas, pero a él eso no
parecía importarle. Corría frenéticamente y a medida que se
acercaba, la enfermera pudo comprobar que poco o nada quedaba de ese
chico amable que siempre le abría la puerta para que pasara, con una
simpática sonrisa.
	Ahora tenía una mueca de ira en la cara, los ojos rojos y una herida
importante en uno de sus brazos. Acabó llegando a la puerta y la
atravesó de un extremo a otro, haciendo saltar miles de trozos de
cristal en todas direcciones, tapizando el suelo de pequeñas perlas
transparentes. Al hacerlo perdió el equilibrio y cayó al suelo,
rodando por él por la inercia que llevaba, obligándola a apartarse
para que no la hiciera caer a ella también. Tiró una camilla al
suelo y la recepción se sumió en el caos, con docenas de personas
gritando por doquier.
	No quiso esperar a que se levantara para comprobar que era uno de
esos asesinos en potencia, esos enfermos sedientos de sangre de los
que hablaban las noticias y que ella misma había visto atados a las
camas en la última planta, de la que llegaban incesantemente miles de
gritos desesperados de lo que parecían animales salvajes enjaulados,
amenazando de muerte con su macabro canto a quien los escuchara.
Hubiese deseado salir de ahí cuanto antes, pero al mirar de nuevo por
la puerta, que ahora carecía de cristal, vio al compañero de Marcos.
Parecía desubicado, caminando por el jardín que había frente a la
entrada. Tenía la boca manchada de sangre, y sin saber cómo, asoció
eso al desgarrador mordisco del brazo que lucía el soldado que ahora
luchaba por levantarse.
	Salir no era una buena idea, de modo que corrió hacia el primer
lugar que se mostró frente a sus ojos, al tiempo que muchos de los
familiares y enfermos hacían lo mismo que ella. Se metió por un
pasillo que estaba bastante despejado, tarde para ver como el soldado
arremetía contra un chico adolescente que descansaba malherido sobre
una camilla. Corrió desesperadamente por el pasillo, sintiéndose
observada por quienes lo transitaban antes que ella, y de repente, una
pesada puerta metálica se abrió frente a sus ojos. De ella emergió
un hombre joven con gafas de pasta, que había abierto la puerta para
ver qué pasaba fuera al oír el alboroto.
	Sin dar explicaciones, Azucena agarró del brazo al chico y lo
devolvió a la sala de la que había salido, para cerrar con un
portazo tras de sí. Se apoyó de espaldas a la fría puerta,
respirando agitadamente por lo que había corrido, notándose segura
ahí dentro. El chico de las gafas la miraba extrañado, ataviado con
un uniforme que la enfermera enseguida reconoció. Entonces miró a su
alrededor y comprendió dónde se había metido. Estaba en la morgue.

puntos 20 | votos: 26
Ver a una niña de 12 años - poner en el estado creo que ya sufrí demasiado por amor y pensar:
por quien, Winnie pooh?
puntos 13 | votos: 13
ELLA - ¡No es normal ! ¡no es  bonita!
DEFINE NORMAL DEFINE BONITA
puntos 0 | votos: 4
¿Quien es? -
puntos 9 | votos: 9
Tí@, - te comprendo.
puntos 8 | votos: 8
Todas - Aprobadas, con novia y encima ahora rojo, ¿qué mas se puede pedir?

puntos 16 | votos: 20
Me gustaría.. - ..Que los que votaran negativo aunque sea comentaran con su criterio para hacerlo..*
puntos 63 | votos: 65
Walt_k day - La rutina del señor desmotivaciones. ¡Cómo se las gasta el gato!
puntos 11 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x113 - Informe oral de la doctora Lea Martín,
jefa de medicina del hospital Shalom de Sheol

Es cuatro de septiembre del año 2008. Son las veintidós quince. Voy
a proceder a exponer las primeras conclusiones del informe en el que
estoy trabajando, a tenor del nuevo brote vírico que se está
expandiendo en las inmediaciones de la ciudad de Sheol. Para ello,
cuento con cinco especimenes vivos para los que la extraña infección
ha afectado totalmente a sus funciones mentales, y más de una docena
de enfermos con los síntomas claros de contagio que todavía no han
pasado a un estado crítico, pero para los que todo indica que
tendrán un destino idéntico al resto. Hasta el momento no se ha
encontrado ninguna cura, pues es un virus radicalmente moderno,
aparentemente creado por ingeniería genética, lo que dificulta mucho
más el trabajo a los investigadores. Los sujetos que han sido
infectados entran en un estado patológico en el que se vuelven
autoinmunes, de modo que su propio organismo se reconoce como un
cuerpo extraño y se defiende de si mismo con gran virulencia,
haciéndoles enfermar y sentir grandes dolores abdominales y de
cabeza, provocando mareos, vómitos, fiebres altísimas e
hipersensibilidad. Los enfermos entran en un cuadro de enfermedad que
en la gran mayoría de casos estudiados, acaba con la muerte del
paciente. En contadas ocasiones da la impresión que alguno de los
infectados resulta inmune a la enfermedad, pero a las pocas horas
acaba enfermando como el resto. La infección no se propaga por el
aire: hace falta el contacto con los fluidos corporales de un
infectado para contraerla. Lo que resulta más característico e
insólito es el hecho que el virus, después de que el corazón haya
dejado de bombear al morir el sujeto aquejado de inconsciencia e
incluso coma en algunos casos, reactiva las funciones motoras y
resucita literalmente al cuerpo que la medicina moderna con todos sus
medios no ha sido capaz de revivir. Para entonces el cerebro ha dejado
de recibir oxígeno durante cierto período de tiempo, y las funciones
mentales están gravemente trastornadas, pues el tejido cerebral ha
empezado a necrosar, hasta el punto que se les puede considerar como
deficientes mentales con una amnesia severa. (Se oyen gruñidos y
gritos de fondo, acompañados del eco de la gran sala en la que se
encuentran) Sus constantes se vuelven irregulares y los órganos
vuelven a funcionar con cierta atrofia, pero son plenamente
funcionales y adquieren la misma esperanza de vida que antes de…
dios mío, morir. Tienen muy poca o nula capacidad de raciocinio, poco
más que el más inteligente de los simios conocidos. A partir de
entonces sus cuerpos se regeneran hasta recuperar una salud total si
no tenemos en cuenta el daño cerebral, sorprendiendo sobremanera el
hecho que el cuerpo se vuelve capaz de autoregenerar los tejidos
heridos o atrofiados a una velocidad diez veces superior a las de
cualquier persona… normal. Se vuelven más fuertes y veloces de lo
que habían sido antes de la infección, gracias al efecto del virus.
(Se escucha de fondo un ruido agudo como el barritar de un elefante.
La doctora se queda en silencio unos segundos, para acto seguido
continuar con su monólogo) Sus cuerpos se vuelven fríos y pálidos,
su piel se cuartea y emiten un sudor denso y de un intenso olor
similar al azufre. El mismo virus que reactiva el cuerpo, lo sume en
un estado de excitación y ansiedad que parece irreversible, solo
tratable con fuertes sedantes que el organismo enseguida elimina. El
cuerpo comienza a generar unas cantidades de adrenalina que
prácticamente son tóxicas para sí mismo, lo que les lleva a un
estado de exaltación en la que se vuelven extremadamente violentos
por culpa del exceso de adrenalina, y tienen accesos de ira que les
hacen ser hostiles contra los demás humanos que les rodean, hasta el
punto en que se vuelven homicidas en potencia y caníbales. Por bien
que se alimentan de todo cuanto esté a su alcance, parecen tener
predisposición a alimentarse de carne humana, y se ha demostrado que
en condiciones normales, no se atacan entre ellos, suponemos porque se
entienden como iguales al notar el intenso y desagradable olor que
emiten. Otra característica de los infectados… irreversibles, es la
transformación que se lleva a cabo en su retina. En el cien por cien
de los infectados, prácticamente la totalidad del ojo se encharca de
sangre y adquiere un color rojo intenso que se extiende más allá del
iris. Las pupilas están continuamente dilatadas, por lo cual se
vuelven vulnerables al exceso de luz, que les ciega parcialmente y no
les permite ver bien el movimiento de día. (Se escucha el ruido de un
interruptor) Prefieren la oscuridad y es entonces cuando sus ojos se
vuelven totalmente funcionales, permitiéndoles una capacidad de
visión en la semipenumbra veinte veces superior a las de cualquier
persona… sana, haciendo que se conviertan en… animales nocturnos.
(El ruido de fondo se hace más acusado y comienzan a oírse gritos
intermitentes, como abucheos no verbalizados) Es en la oscuridad
cuando sus constantes vitales se vuelven más acusadas y cuando mayor
producción de adrenalina hace el cuerpo, volviéndoles aún más
violentos que de día. (Vuelve a sonar el ruido de interruptor, y el
alboroto se tranquiliza un tanto) La luz les atonta y se vuelven más
tranquilos, y la mayoría de ellos aprovechan ese exceso de
iluminación para dormir, que es el único momento en el que sus
constantes vitales se equiparan con las de una persona sana. La
conclusión provisional de este estudio es que se trata de un virus
potencialmente peligroso, para el que se deberían tomar las medidas
más severas para erradicarlo, pues de lo contrario podría extenderse
muy rápidamente y resultar insostenible. Por su condición de fácil
expansión se podría convertir en una epidemia catastrófica de
repercusiones a nivel mundial, comparable e incluso peor a las de
viruela y peste negra de antaño. Y como eso llegue a pasar… que
Dios nos pille confesados.
puntos 15 | votos: 15
UFFFF!!! - Es que estaba muy difícil! Otra oportunidad, otra oportunidad, ...!
puntos 2 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x112 - Ana llegó a morder a tres personas más antes que la pudieran reducir
entre los pocos presentes que no huyeron al verse peligrar en medio de
todo el alboroto. El único que hubiera podido acabar de un plumazo
con ella había huido al verla aparecer en escena. El guarda de
seguridad, todavía conmocionado por haber acabado con Nicolás,
había vuelto a su plaza de aparcamiento para salir a toda pastilla lo
más lejos de ahí que pudo con su vieja moto. Nicolás había
perecido, pero había propiciado seis nuevas infecciones antes de
irse, asegurándose la propagación de la que si nadie lo impedía,
acabaría por ser la nueva raza dominante en la tierra. Todos y cada
uno de los nuevos infectados fueron llevados a la séptima planta del
hospital, que se evacuó esa misma noche, transformándola
provisionalmente en la planta de cuarentena.
La enfermera fue sedada y llevada a un cuarto especial, al fondo del
pasillo de la última planta, que disponía de una cama con correas
que utilizaron para atarla de manos y pies, preparada para ser objeto
de estudio con la intención de tratar de averiguar qué diablos le
había ocurrido. No tardó mucho en sumársele el pobre anciano del
andador, que murió esa misma noche aquejado de un intenso dolor en el
pecho, que nadie pudo diagnosticar. Gracias a la rápida intervención
del doctor Gutiérrez, que movió cielo y tierra para que atasen al
cadáver, en contra de la voluntad de sus familiares, no hubo que
lamentar ninguna muerte más, al menos no esa primera noche.
	Al día siguiente, tres de los otros cuatro infectados comenzaron a
mostrar síntomas similares a los que habían abocado a Nicolás a la
muerte, apurando aún más el trabajo de los médicos, que habían
pedido refuerzos a la capital para tratar de esclarecer el que
parecía el mayor reto de la medicina en mucho tiempo, y tal vez la
mayor pandemia del mundo, a tenor de lo fácil que era su contagio y
de la actitud que adoptaban los que habían contraído la enfermedad,
dispuestos a propagarla por doquier. A ellos se les sumaron una docena
más de pacientes aquejados de síntomas similares. Todos afirmaban
haber sido mordidos por enajenados que habían encontrado en las
afueras de Sheol, en la linde con el bosque de Pardez.
	Superados por los acontecimientos y apurados por sus compañeros y
los familiares de quienes morirían de no encontrar una solución en
breve, tomaron la decisión de inyectar un recordatorio de la vacuna
ЯЭGENЄR a todos los nuevos infectados, confiando vanamente en que
eso sirviera de algo, pues prácticamente ya habían desistido.
Incluso vacunaron por primera vez a la chica adolescente que había
recibido la sangre mortal de Nicolás, la única que todavía no
había presentado síntomas de infección. Llegaron a creer que se
salvaría al ver su evolución las siguientes horas, pero no pasó ni
un día antes de que empeorase. 
	Los datos obtenidos del estudio que se les practicó eran extraños e
inconexos, nada concluyentes, incapaces de verter algo de luz para
esclarecer lo que ahí estaba ocurriendo. A medida que pasaban las
horas aumentaban los casos de gente infectada que acudía al hospital
en busca de una cura de la que parecía ya una seria epidemia. La
policía e incluso un grupo de soldados custodiaban las que con el
paso de los días acabaron siendo más de tres plantas con pacientes
en todas las habitaciones y en camillas en los pasillos. 
Muchos de ellos se dejaban esposar a las camas, como exigía el cuerpo
de policía dadas las circunstancias, pues sólo así podrían
salvarse las espaldas si morían y se volvían violentos al volver en
sí. Otros muchos se negaron en redondo a ello y volvieron a sus casas
a morir, con la consiguiente tragedia familiar. Los que sólo estaban
infectados podían recibir visitas en las plantas inferiores. Los que
habían cruzado la línea de la muerte para echarse atrás en el
último momento, eran relegados a la última planta, sedados
continuamente, pues en cuanto el efecto del sedante desaparecía se
volvían extremadamente violentos y amenazaban con escapar e infectar
a más gente sana.
	La situación se fue haciendo más y más insostenible a medida que
la epidemia se hizo más acusada en las calles, con repetidos
episodios de pánico y descontrol en el hospital, hasta el punto en el
que se acabó clausurando poco más de una semana más tarde. Los
médicos se acabaron negando a volver por miedo a acabar infectados
igual que les había ocurrido a muchos de sus compañeros. Las puertas
eran custodiadas por esos entonces de docenas de oficiales del
ejército armados hasta los dientes, dispuestos a repartir plomo al
primero que se pasara de la raya. A cada nueva hora se presentaban
más y más personas a las puertas del hospital. Eso, y el hecho que
no hubiese tratamiento alguno para la infección más que
administrarles morfina a los moribundos para que el trago fuera más
liviano, acabó por apresurar lo que ya era evidente. 
	Al día siguiente al abandono definitivo del centro médico, todavía
quedaban más de trescientos pacientes repartidos despreocupadamente
por todas las plantas. En una acción sin precedentes entre la
policía y el ejército se tomó la decisión de erradicar el problema
de raíz, acabando definitivamente con la vida de todas y cada una de
las personas que quedaban dentro del edificio. Fueron barriendo uno a
uno todos los pisos, matando a los infectados maniatados que luchaban
infructuosamente por zafarse de sus grilletes, a los moribundos que
pedían clemencia y a los que imploraban que acabasen de una vez con
su sufrimiento.
	Pero eso no sirvió de nada, pues la infección se propagó mucho
más lejos de esas paredes, extendiéndose por la piel de toro a una
velocidad impensable, demostrando que de nada servía tratar de
contenerla, transformando poco a poco a las personas sanas en meros
refugiados que trataban de librarse del manto de ese brote denominado
por algunos expertos como esquizofrenia caníbal.

puntos 4 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x111 - Habitación 206 del hospital Shalom de Sheol
	2 de septiembre de 2008
	
DOCTOR GUTIÉRREZ – ¡Está fibrilando, trae el carro de paradas!
	Nicolás descansaba en la mullida cama del hospital desde hacía un
par de días. No había parado de enfermar por culpa de un virus que
ningún médico en todo el hospital pudo reconocer. Todo a lo que se
podían remitir era una mordedura en su muñeca, que según su
versión le había hecho una compañera suya, aquejada de una extraña
enfermedad que obviamente él también había contraído. Desde que
llegase, no había hecho más que empeorar, hasta que esa fatídica
noche, después de varias horas con el cuerpo inconsciente, su
corazón se había rendido.
DOCTOR GUTIÉRREZ – ¡Veinte miligramos de epinefrina, rápido!
	La enfermera Azucena Alemán acató presta las órdenes del doctor
Gutiérrez, pues su compañera estaba de baja y su reemplazo todavía
no había venido. El ruido continuo que indicaba que el corazón del
chico había dejado de latir le hizo darse aún más prisa. Después
de inyectarle la dosis extra de adrenalina, lo último que hubiera
necesitado Nicolás en ese momento dadas las circunstancias, el doctor
agarró las palas del desfibrilador y aplicó la primera descarga en
su pecho, mientras la enfermera se afanaba en hacer entrar aire en sus
pulmones. Hicieron falta un par de minutos de intentos infructuosos
por devolverle la vida antes que se dieran por vencidos.
DOCTOR GUTIÉRREZ – Hora de la muerte: 23:45.
	Dándole por muerto y con la amarga imagen de él mismo contándoles
la mala nueva a los padres, el doctor cerró los ojos del chico,
dándole la espalda para ayudar a su compañera a recoger todo lo que
habían dejado por medio. La puerta se abrió y entró la enfermera
del turno de noche. A juzgar por cómo respiraba, venía corriendo.
DOCTOR GUTIÉRREZ – A buenas horas.
ENFERMERA SÁNCHEZ – Lo siento. Había un embotellamiento en la
carretera. Al parecer han atropellado a unos niños…
DOCTOR GUTIÉRREZ – Déjate de excusas.
	Ana Sánchez miró el cadáver del chico. El ruido plano de fondo
seguía indicando que su corazón estaba parado.
DOCTOR GUTIÉRREZ – Si. Está muerto.
	Se puso los guantes mientras el doctor devolvía el carro a su lugar.
DOCTOR GUTIÉRREZ – Alemán.
AZUCENA – ¿Si?
DOCTOR GUTIÉRREZ – Puede irse.
	Se quitó los guantes y los tiró en una papelera metálica que
había junto a la puerta, al tiempo que la abría.
AZUCENA – Buenas noches.
DOCTOR GUTIÉRREZ Y ENFERMERA SÁNCHEZ – Hasta mañana.
	Azucena escapó justo a tiempo. Cuando cruzaba el umbral de la puerta
principal del hospital, dispuesta a volver a casa, el medidor de
pulsaciones de la habitación 206 se puso de nuevo en funcionamiento.
El doctor había salido a decirles a los padres que su hijo había
fallecido. La enfermera, que seguía en la habitación, escuchó cómo
sonaba un latido irregular. Se giró y miró el cuerpo. La máquina
mostraba una línea verde completamente plana. Frunció el entrecejo y
volvió a sus quehaceres. 
De nuevo otro latido resonó en el aire, haciendo que se volviera a
girar. Esta vez se convenció que no eran imaginaciones suyas, pues al
primero le siguieron media docena más, en cuestión de un segundo. Se
acercó un poco al muchacho, más sorprendida que asustada, y oyó
como el latido se iba normalizando poco a poco, pese a tener un ritmo
mucho más rápido de lo normal, como si estuviera sobreexcitado.
Se colocó a su lado, mirando cómo su pecho subía y bajaba
lentamente, sin comprender del todo cómo era posible que hubiera
resistido después de tanto tiempo clínicamente muerto. Entonces
Nicolás abrió los ojos, y Ana saltó de su sitio, impresionada al no
esperárselo. Los ojos del chico, de un insano color rojo, se posaron
en ella. Se disponía a preguntarle si se encontraba bien, cuando el
joven saltó de la cama en un abrir y cerrar de ojos y se abalanzó
contra ella, perdiendo los electrodos y el gotero en el movimiento,
haciéndola caer de espaldas al suelo.
Él era mucho más fuerte y corpulento que ella; no tuvo ocasión
alguna de defenderse. La agarró por debajo del cuello de la bata y
comenzó a golpear su cabeza contra el frío y duro suelo de la
habitación, haciendo saltar sangre y mechones de pelo por doquier,
partiendo parcialmente su cráneo. Una vez hubo muerto, acercó su
cara a la suya, al tiempo que otra de las enfermeras que había por el
pasillo, alertada por el ruido, abría la puerta y se encontraba con
ese desagradable espectáculo.
Llegó a pensar que se estaban besando, pero enseguida vio la sangre
en el suelo, alrededor de la cabeza de la enfermera y lo descartó,
con una desagradable mueca. Entonces Nicolás subió su cabeza,
mordiendo el labio superior de Ana y arrancándolo en el proceso,
masticando y saboreando la carne rojiza entre sus fuertes mandíbulas.
Miró a la otra enfermera que enseguida comenzó a gritar enloquecida
y corrió lejos de la habitación, aguantándose las lágrimas.
Nicolás no perdió ni un momento y salió corriendo de la
habitación. Se encontró de cara en el pasillo a un hombre anciano
que caminaba lentamente con un andador. Se le echó encima y le
agarró de los antebrazos, para luego vomitarle un buen puñado de
sangre en la cara. El viejo perdió el equilibrio y cayó al suelo,
pidiendo ayuda. Nicolás vio más gente a su alrededor. La recepción
de las enfermeras estaba llena de ellas; de las habitaciones salían
pacientes curiosos que se habían despertado con el revuelo y se
asomaban a ver qué pasaba.
Nicolás no sabía por dónde empezar. Dejó al viejo dolorido en el
suelo, tratando de limpiarse la sangre que le había entrado por la
boca y los ojos, chillando como una niña pequeña, y se dirigió a la
habitación que había junto a la suya. Una muchacha de unos quince
años con una pierna escayolada corrió a esconderse cuando le vio
acercarse, pero apenas tuvo tiempo de dar un par de pasos con las
muletas cuando Nicolás la alcanzó y la hizo caer al suelo. Apoyó su
rodilla en la escayola, partiéndola y haciendo sentir un dolor
indecible a la chica, cuando un intenso ruido resonó en la
habitación, haciendo gritar a la niña al recibir en la cara un
salpicón de sangre y el cuerpo del chico sobre el suyo.
Un par de disparos fueron suficientes para dejar a Nicolás fuera de
combate. La adolescente, llorando con lagrimones, se lo quitó de
encima como pudo, a tiempo de ver al guarda de seguridad sosteniendo
su arma con las manos temblorosas. Le había avisado la enfermera que
había visto cómo mataba a su compañera Ana. Varios pacientes y
algunas enfermeras más se acercaron a la puerta para ver qué estaba
pasando. Nicolás todavía se movía en el suelo, con espasmos
esporádicos, soltando una saliva rojiza por la boca.
Una voz en el pasillo hizo apartar a toda la gente que ahí se había
congregado. El doctor Gutiérrez entró a la habitación y miró el
cuerpo del chico. Detrás de él aparecieron sus padres, que no
podían creer lo que veían. Vieron como Nicolás dejaba de luchar y
se quedaba completamente inmóvil, sobre un charco de su propia
sangre.
DOCTOR GUTIÉRREZ – Es imposible… Estaba muerto. No tenía
pulso…
	Los gritos en el pasillo le sacaron de su trance. Ana se había
levantado y había salido de la habitación, haciéndosele la boca
agua al ver a tanta gente en el pasillo…
puntos 25 | votos: 27
Ni - en broma.
puntos 5 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x110 - Frente a la prisión Kéle de Etzel
2 de octubre de 2008

El todoterreno siguió el camino hacia lo alto de la colina, haciendo
eses para salvar el gran desnivel, viendo cada vez más cerca el
objetivo. Zoe no entendía muy bien por qué iban ahí, al igual que
Bárbara, pero ella se limitó a asumirlo, sin darle más vueltas,
pues ellos eran adultos y sabrían lo que se hacían. Bárbara había
tenido ocasión durante el trayecto de pensar en lo que había hablado
con Morgan esa mañana. Si realmente no estaba infectada, quizá
Morgan acabaría dejándolas solas. Y a estas alturas le aterraba,
pues se había acostumbrado a su compañía protectora y prescindir de
ella relegaría de nuevo en ella toda la responsabilidad. Morgan, por
su parte, estaba demasiado concentrado en la carretera para pensar en
nada más.
	Llegaron al punto más alto, donde la colina se transformaba en un
terreno aplanado, para dar pie a un enorme parking en tres niveles,
que en sus buenos tiempos podría haber albergado más de cien coches,
pero que ahora estaba totalmente vacío. Morgan dirigió el coche
hacia la única parte del enorme muro de más de siete metros que
circundaba todo el recinto que tenía una abertura. Un par de puertas
enormes, ridículas en comparación al tamaño desproporcionado del
muro, se mostraba frente a ellos, abierta de par en par, invitándoles
a entrar. Morgan la encaró y metió el todoterreno en los terrenos de
la prisión.
	Un gran edificio se mostraba frente a ellos, con unos grandes y
frondosos jardines con rosales a lado y lado, impidiendo el paso a
cualquier vehículo. Se trataba de un gran edificio de duro hormigón,
oscurecido por la lluvia que lo había mojado todo. Debían entrar y
cruzarlo de extremo a extremo para llegar al otro lado, desde donde
tendrían acceso a la nave de los reclusos. El policía estacionó el
vehículo junto a la puerta de entrada, bajo una marquesina de
hormigón de más de tres metros, e indicó a las chicas que era el
momento de salir.
	Zoe y Morgan se dirigieron a la puerta de entrada, que estaba
entreabierta, maravillados por el agradable olor de la tierra mojada.
Morgan preguntó si había alguien, y al no recibir respuesta decidió
entrar. Bárbara los miró y esbozó una sonrisa. Eran los extremos
opuestos en sexo, estatura y color de piel, y resultaba muy
caricaturesco el verlos a ambos en la misma pose, con el arma en mano
esperando cualquier movimiento en falso para hacer fuego. Ahora que
veía a la niña con el revólver, no crecía en ella la sensación
que estaba haciendo algo mal, como había pensado en un primer
momento. No sabía si era porque había demostrado saber utilizarla en
un momento de necesidad, o el hecho que la había conocido ya como
superviviente y no la reconocía como quien fuera en su vida anterior,
pero eso le tranquilizó.
	Se miró en el espejo retrovisor del todoterreno, y comprobó que por
bien que tenía algo de ojeras, sus ojos tenían el blanco nuclear
acostumbrado, el mismo color marrón que le acompañaba desde que
naciera, veintiséis años atrás. Con la mochila a la espalda, y
ansiando una vez más convencerse que no tenía nada que temer, no
quiso hacer esperar más a sus compañeros y se adentró en el
edificio de la prisión, con la semiautomática preparada. Una vez
dentro notó cómo el ruido de la lluvia se apagaba y cómo sus
pupilas se dilataban al entrar en una zona más oscura.
Afortunadamente todavía permanecían en funcionamiento las humildes
luces de emergencia, y pudieron continuar su camino sin necesidad de
volver a buscar las linternas.
	El edificio era sombrío y tétrico, más por el ruido que formaba la
tormenta y la corriente de aire que ululaba por los pasillos. Se
notaba un cierto nivel de desorden, con parte del mobiliario tirado
por el suelo, algunos cristales rotos y demás, pero algo les decía
que eso no lo habían hecho los infectados; su firma era distinta.
Continuaron su camino, siguiendo una hilera de puertas abiertas o
entreabiertas que les guió al otro extremo del edificio, a una puerta
que les hizo volver a la lluvia.
	Al salir Zoe gritó, y sus guardianes se giraron para mirar lo que le
había asustado. Descansaba colgado del cuello al asta de metal de un
farol apagado que emergía de la fachada del edificio, pendiente un
metro del suelo. Estaba empapado de pies a cabeza y parecía llevar
muerto mucho tiempo, a juzgar por el aspecto de su cara, que miraba el
suelo. Sin embargo, no parecía haber resultado infectado en ningún
momento. Era un hombre delgado, con bigote, con apariencia de algo
más de sesenta años. Iba vestido con un traje sin chaqueta, una
camisa rosa y una corbata blanca que acompañaba en su cuello a la
soga que le había quitado la vida al dejarse caer de la escalerita de
tres peldaños que ahora restaba caída en el suelo.
	No era el primer muerto que veían ninguno de ellos, y estaban
convencidos que no sería el último, de modo que no le dieron mayor
importancia y decidieron continuar su camino, pues ya nada podía
hacerse por él. Desde ahí se veía una panorámica de todo el
recinto y de todos los edificios que lo conformaban, un total de
cinco, sin contar el que acababan de abandonar. Uno de ellos estaba
derrumbado, chamuscado hasta los cimientos por un incendio que no se
había propagado exclusivamente porque el edificio estaba aislado,
rodeado en más de veinte metros a la redonda de duro suelo de
cemento. Morgan enseguida supo que ese incendio hacía mucho que se
había extinguido por sí solo. Lo que no sabía era que se trataba de
la nave de los enfermos mentales, enfermos que habían muerto
chamuscados hacía ya dos largas semanas.
	El policía enseguida reconoció el edificio que había venido a
visitar. Era una nave rectangular de más de tres pisos de altura, una
simple caja de metal que albergaba las celdas dónde dormían y
pasaban la mayor parte del día los reclusos. Tuvieron que cruzar
media docena de puertas en verjas metálicas que separaban todo el
recinto en diferentes cuadrantes, pasando forzadamente por un gran
patio en el que en tiempos permitían salir a los reclusos a tomar el
aire, hacer algo de deporte o limitarse a sentarse en las gradas a ver
pasar las nubes. Lo que más le llamó la atención a Morgan fue el
hecho que había un camino, marcado por las puertas abiertas, que iba
de la nave de los reclusos a la salida de la prisión. Eso le hizo
pensar en lo que luego resultó una evidencia: los presos ya no
estaban ahí.
	Al entrar en la nave pudieron ver un alto muro de hormigón de más
de nueve metros que les llevó a una gran zona central desde la que se
veían las celdas, repartidas a derecha e izquierda, en tres pisos
comunicados por insignificantes escaleras metálicas. El lugar estaba
totalmente vacío y silencioso; silencio sólo mancillado por la
lluvia y los truenos que se repetían en el exterior, dando fe de que
el incendio que amenazaba con arrasar Sheol, ya había perecido a esas
alturas. Bárbara comenzó a girar su anillo, algo nerviosa. La zona
central estaba llena de papeles de váter que parecían tirados desde
los pisos superiores, algunos colchones chamuscados y demás enseres
rotos u olvidados por el suelo.
	Todas las celdas hasta dónde les alcanzaba la vista, estaban
abiertas. Abiertas y vacías. Creían haber llegado tarde hasta el
momento que oyeron una tenue voz que venía del segundo piso del ala
derecha. ¿Hola? Todos se giraron hacia el lugar de donde provenía
esa voz, repetida por el eco. Desde ahí no pudieron ver nada. ¿Hay
alguien ahí? Morgan no se lo pensó dos veces y se dirigió a las
escaleras, pasando junto al cadáver de uno de los guardas, seguido de
cerca por las chicas. Incluso estando en la segunda planta no pudieron
ver a esa persona que les increpaba desde su escondite. No te vayas.
Sube, por favor. El nuevo toque de atención les guió hacia donde se
encontraba el chico.
	Los tres se quedaron de piedra al verle a través de la puerta
abierta de su celda. Se trataba de un muchacho de unos dieciocho
años. Iba vestido con el uniforme de preso, de un intenso color
naranja. Se le veía desnutrido y cansado, con unas ojeras de
campeonato y una barba de al menos un mes. Tenía el pelo rapado,
mostrando una fea cicatriz en forma de ele sobre la oreja izquierda.
Pero lo que más les llamó la atención fue el hecho que tenía su
muñeca izquierda esposada al la bajante del agua de un humilde
lavamanos metálico. Los tres se quedaron mirándole, sin comprender
cómo podría haber llegado a esa situación. Entonces el chico
habló.
CHRISTIAN – ¿Tenéis comida?
puntos 7 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x109 - En un todoterreno, a seis manzanas de las afueras de Sheol 
2 de octubre de 2008

MORGAN – Es imposible, si tenía todavía bastante gasolina cuando
lo dejamos.
	Volvió a intentarlo, pero resultó inútil. Zoe estornudó,
llevándose una mano a la boca, recibiendo de nuevo varios mechones de
pelo mojado en la cara. Morgan miró el panel de mandos del coche, con
la luz anaranjada mostrando la falta de combustible en el depósito, y
golpeó el volante sintiéndose impotente. Le costaba creérselo, pues
recordaba que cuando lo dejaron todavía quedaba más de un cuarto del
depósito, pero debía rendirse a la evidencia. Estaban en un coche
inútil, y para llegar a pie a donde quiera que fuesen, tardarían
horas si no días. Había que encontrar una solución.
BÁRBARA – ¿La han robado por la noche?
MORGAN – No lo creo, la verdad. Ya sería coincidencia.
BÁRBARA – ¿Entonces? 
Comenzó a barajar posibilidades. La que más le convenció fue que el
depósito tuviera un escape, cosa que ahora no podía comprobar porque
el suelo estaba bañado del agua de la lluvia que se había llevado
por delante cualquier señal que pudiera verificar su teoría.
MORGAN – Tendrá un escape el depósito. Yo cuando me hice con él
no me fijé en cómo estaba de gasolina. Ayer tenía algo menos de
medio depósito, cuando lo cogí. Se habrá ido vaciando durante la
noche… 
	Bárbara se quedó pensativa unos segundos, hasta que algo se
iluminó dentro de su cabeza.
BÁRBARA – ¿Está muy lejos, el lugar donde vamos?
MORGAN – ¿Qué importa eso ahora? No vamos a ir a pie.
BÁRBARA – Sólo dime cómo de lejos está.
MORGAN – Un cuarto de hora en coche… Veinte minutos si el camino
no está muy despejado.
BÁRBARA – Mmm, vale. ¿Cuánta gasolina necesitaríamos para
llegar?
	Morgan se giró para mirarla mejor. Se la veía muy convencida de lo
que decía, y más animada que la tarde del día anterior.
MORGAN – No sé… con cinco litros debería ser más que
suficiente.
BÁRBARA – Vale.
	Abrió su puerta.
BÁRBARA – Esperadme un momento.
	Morgan y Zoe vieron cómo la mujer salía de nuevo a la calle,
recibiendo nuevamente el frío agua de la lluvia en la cara. La vieron
alejarse hasta más allá de la esquina más cercana, y comprobaron
como la cruzaba, confiada y tranquila. 
Morgan se disponía a salir del coche para ir a buscarla, pues hacía
casi un minuto que la había perdido de vista, cuando emergió de
nuevo de la esquina. Llevaba algo muy pesado agarrado con ambas manos.
El agente abrió su puerta, y antes de salir le dijo a Zoe que no se
moviera de ahí. La niña asintió y el policía fue a encontrarse con
Bárbara. Le quitó la garrafa de las manos, mientras la miraba
sorprendido, volviendo al todoterreno junto a ella. Debía tener más
de veinte litros a juzgar por lo que pesaba.
MORGAN – ¿De dónde has sacado esto?
BÁRBARA – Ayer, mientras veníamos, vi una de las… hogueras.
MORGAN – ¿Hogueras?
BÁRBARA – Si. Donde quemaban los cuerpos de los infectados.
MORGAN – Ah.
BÁRBARA – Recordaba haber visto una garrafa ahí al lado, de las
que utilizarían para… ya sabes. ¿Es esto lo que hace falta?
MORGAN – Espero que no sea diesel…
BÁRBARA – Tampoco somos tan gafes.
MORGAN – Anda, vuelve con Zoe, que te vas a resfriar.
	Bárbara asintió con la cabeza y se metió de vuelta al coche,
empapando más el forro de los asientos. Morgan abrió la tapa del
depósito y quitó el tapón ayudándose de la llave. Levantó la
pesada garrafa y vació un cuarto de su contenido, asegurándose un as
en la manga por si el coche volvía a dejarles en la estacada. Cuando
creyó conveniente, cerró de nuevo la garrafa, resbaladiza por el
agua que no cesaba de caer por doquier, y entró de nuevo al
todoterreno, dejándola a los pies del asiento del copiloto.
MORGAN – Deseadme suerte.
	Bárbara se limitó a mirar cómo volvía a intentar arrancar el
coche. Zoe, por el contrario, le deseó suerte, lo que hizo que ambos
rieran, al tiempo que el coche se ponía en marcha sin ningún
problema. Morgan comprobó cómo el indicador del depósito subía
hasta colocarse algo por encima de un quinto del total, lo que hizo
apagarse el indicador de reserva, y sin pensárselo dos veces, puso el
vehículo en movimiento. Saldrían de una vez por todas de Sheol, del
infierno dónde había empezado esa pesadilla, y si Dios lo quería,
sería para no volver jamás.
	Continuaron su camino, sorprendiéndose por lo vacías que estaban
las calles, asustándose a cada nuevo trueno que resonaba con fuerza
en el aire, hasta que abandonaron definitivamente la ciudad. Al pasar
junto a la bolera, Bárbara no pudo evitar recordar el desagradable
suceso que ahí se había producido. Sin embargo, ahora no le
provocaba rabia ni remordimientos, sino esperanza. Se sentía
estupendamente, más sabiendo cuales eran los efectos secundarios de
la infección, efectos que ella no estaba experimentando a algo menos
de 24 horas después del contacto. No sabía si era porque no le
había llegado a infectar o si era inmune, pese a que su subconsciente
le invitaba a decantarse por lo segundo. Lo que si sabía era que no
se notaba infectada, y por mucho que no las tenía todas consigo,
ahora pesaba más la esperanza que el pesimismo.
	Morgan se incorporó al mismo camino que había recorrido cuando
abandonó Etzel hacía ya varios días, y condujo bien atento a la
carretera, pues la visibilidad se veía bastante mermada por la
lluvia, pese a que los limpiaparabrisas trabajaban a pleno
rendimiento. Tardaron algo más de un cuarto de hora en llegar al
inicio del camino zigzagueante que les llevaría a la única prisión
en más de cien kilómetros a la redonda. Morgan encaró el acceso
perfectamente señalizado con un rotundo prohibido el paso y paró el
coche, dejando frente a ellos la imagen de la silueta de la cárcel en
lo alto de la colina, borrosa por el manto de lluvia que todo lo
cubría. Un relámpago de un intenso color violeta emergió de la
nada. Dio la impresión que quisiera acariciar la prisión. Lo que
consiguió fue que Morgan pusiera de nuevo en marcha el todoterreno,
más seguro que nunca de lo que hacía.
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Al otro lado de la vida 1x108 - Comisaría 102 de Sheol 
2 de octubre de 2008

Bárbara miró a su lado y vio a Zoe sosteniendo el revólver todavía
humeante. Ella misma no se creía lo que acababa de hacer, y lo dejó
caer al suelo como si quemase, asqueada por lo que había hecho.
Morgan le dio una patada al engendro, para asegurarse que no se
volvería a levantar, pero solo mirando el aspecto de su cabeza ya
podía hacerse a la idea que no lo haría; había sido un tiro
contundente y certero. Se giró hacia las chicas, y vio a Bárbara en
la misma actitud que cuando encontraron a la pequeña encerrada en el
calabozo. Trataba de tranquilizarla, porque se había vuelto a poner
muy nerviosa y amenazaba con volver a llorar. Morgan apartó a
Bárbara y se plantó frente a la cría, agarrándola de la barbilla.
MORGAN – Mírame. 
	Zoe levantó la cara, avergonzada y asustada, con los ojos húmedos.
MORGAN – A ninguno nos gusta tener que hacer esto. Es muy
desagradable y puede parecernos incluso que estamos haciendo algo
malo, pero no es así. Este hombre no era el que aparentaba ser, ese
hace ya varios días que había muerto. Has hecho bien, y te lo
agradezco, porque me has salvado el cuello, y a él le has dado la paz
que merecía. Ahora te puede parecer lo contrario, y entiendo que te
cueste entenderlo, pero veo que eres fuerte, y eso es lo que me gusta
de ti. Por eso he decidido que vengáis conmigo.
	A Zoe le cambió la cara por completo. Era la primera noticia que
tenía, y por un instante olvidó lo que acababa de pasar. Deseaba con
todas sus fuerzas que Morgan siguiera con ellas, y ahora que lo veía
tan tangible, no pudo evitar esbozar una sonrisa al tiempo que una
lágrima bajaba por su mejilla.
ZOE – ¿No te vas?
MORGAN – Me quedaré con vosotras un tiempo más. 
Miró de reojo a Bárbara, que le miraba, complacida. 
MORGAN – Así que quita esa cara y vamos de vuelta al coche, que
tenemos todavía mucho camino por recorrer.
	Zoe se limpió la lágrima con la manga de su vestido y asintió con
la cabeza. Morgan se agachó para recoger el revólver y se lo
devolvió a la niña, que enseguida lo guardó en su bolsillo.
Bárbara se había separado de ellos, para ver con mayor detenimiento
el cadáver del infectado cojo. Se quedó mirando su muñón. Ya lo
había visto en otros infectados, pero ahora le llamó mucho más la
atención. No podía hacer ni doce horas que se había amputado el
pie, seguramente mucho menos. Sin embargo, la carne estaba
cicatrizada, sana, limpia. Lo miró con el ceño fruncido, en parte
asustada en parte esperanzada, al tiempo que se acariciaba la parte
del brazo donde el día anterior le había arañado el chimpancé. 
MORGAN – ¿Vamos?
	Bárbara se giró. Morgan y Zoe le esperaban frente a las puertas
acristaladas, ya abiertas. Asintió con la cabeza y se unió a ellos.
Fuera la lluvia era increíble. Parecía haber estado preparándose
durante el mes de sequía que la precedía para soltarlo todo de
golpe, precisamente cuanto más falta hacía. Morgan acabó de
convencerse que sería más que suficiente para apagar el incendio, y
eso le reconfortó. Un riachuelo de agua bajaba por la calle en
pendiente, arrastrando consigo gran parte de la suciedad que se había
ido acumulando ahí las últimas semanas. Desde el umbral de la puerta
escucharon el enésimo trueno, ahora mucho más alto y claro al
encontrarse en el exterior, que les indicaba que debían partir.
	Salieron, notando en sus caras y en sus hombros la violencia de la
naturaleza, sin importarles en absoluto, pues a los tres les hacía
falta una buena ducha, y se dirigieron de vuelta al coche que les
había traído hasta ahí. Las calles estaban vacías y oscuras por la
nube que lo tapaba todo, sin embargo la lluvia dotaba al conjunto de
un toque de normalidad que consiguió tranquilizarles pese a saber que
podría aparecer un infectado detrás de cualquier esquina.
	Lo que ellos no sabían, todavía, era que los infectados temían al
agua igual que al fuego; la lluvia les infundía igual respeto que un
incendio. De modo que los que no habían huido durante la estampida
del día anterior estaban a buen recaudo y no saldrían hasta que
escampase, bien entrada la tarde. Por muy valientes que fueran,
ignorantes del dolor y dispuestos a enfrentarse a una cuadrilla de
hombres armados, la sola imagen de la lluvia salpicando sus cuerpos
les aterraba sobremanera, y corrían a esconderse debajo de cualquier
cosa que les protegiera del agua, olvidándose por completo de su
principal instinto: el de hacer daño.
	Caminaron sin prisa pero sin pausa hasta llegar a la barricada de
coches de policía. Los cuerpos que había desperdigados por la calle
habían sido arrastrados por el agua y formaban parte ya de ella,
amén de un buen puñado de basura, impidiéndoles parcialmente el
paso. Tuvieron que pasar por encima de ellos para poder llegar al otro
lado. Ahí les estaba esperando el todoterreno negro del difunto
amante de los animales. Morgan lo abrió con la llave que llevaba
encima, y las luces dieron fe de que seguía con vida.
	Los tres se apresuraron a entrar, calados hasta los huesos por ese
paseo de poco más de ciento cincuenta metros, y  cerraron las puertas
a su paso. Bárbara y Zoe se habían vuelto a sentar atrás, y ahora
se afanaban en quitarse el pelo mojado de la cara, mientras Morgan
metía la llave en el contacto. La giró y apretó el acelerador, pero
el motor no hizo más que un amago de encenderse, sin llegar a
conseguirlo. Respiró hondo, recordando la situación similar que
había vivido días antes en el otro coche que le había dejado
tirado. Ahora al menos no le perseguía una horda de infectados. Lo
volvió a intentar, con idéntico resultado. Las chicas lo miraban en
silencio. Empezó a pensar que la lluvia tenía algo que ver con todo
eso, pero enseguida reparó en una lucecita en el panel de mandos.
Estaba a cero de gasolina.

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por que le miras asi - si eres el primero en comprarle los dvd piratas
puntos 9 | votos: 9
La niña que llamas gorda -  pasa días sin comer para bajar de peso. Al niño que le acabas de
decir bruto, posiblemente tiene problemas de aprendizaje. La niña a
la que acabas de llamar fea, pasa horas arreglándose para que
personas como tú la acepten. Del niño que te burlas en la escuela,
posiblemente recibe abuso en su hogar como para que tú sigas
destruyendo su autoestima.
No al Acoso escolar.
No Mas Bullying.
puntos 7 | votos: 21
Este es mi último cartel - sino llega a la principal dejo Desmotivaciones.
puntos 5 | votos: 11
Mientras tu ves esto - tu madre te esta viendo desde la puerta de tu cuarto 







Reconocelo has mirado
puntos 17 | votos: 25
Niñas con collares de la paz - que no saben ni lo que realmente significa.

puntos -1 | votos: 7
FLIPAR - Lo estas aciendo aora mismo
puntos 3 | votos: 3
Tu envidia - alimenta mi ego
puntos 4 | votos: 4
Señores de Matutano, - se les han colado unas patatas en mi bolsa de aire.
puntos 9 | votos: 9
El Paco y yo - nunca más volverán juntos.
puntos 12 | votos: 12
Esta es tu cara - cuando ves que tu id es de color rojo





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