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El Hombre de Negro - Escribe un Tweet de más de 140 caracteres.
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Reconoselo, - casi ninguno leemos las descripciones grandes.
puntos 8 | votos: 10
Naranjas - destinadas a ser destripadas
puntos 11 | votos: 11
Desmotivan - Los contrastes que hay en el mundo, 
la avaricia,
la despreocupación...
puntos 0 | votos: 8
Mal gusto... - Ella lo tiene

puntos 9 | votos: 15
¿Y James? -
puntos 16 | votos: 24
Oye, - que microfono mas chulo,¿me dejas tocarlo?
puntos 20 | votos: 20
Me cuesta expresar lo que siento - Te lo consigo decir, y tú, te ries
puntos 9 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x107 - Comisaría 102 de Sheol 
2 de octubre de 2008

Zoe despertó con el ruido del trueno que anunciaba la inminente
lluvia. Tardó unos segundos en ubicarse, y en cuanto se despejó un
poco, bajó las escaleras de la litera, tratando de amagar un bostezo.
No hizo falta siquiera que pisara el suelo para empezar a preocuparse.
La cama de Bárbara estaba vacía, daba fe de ello la tenue luz de las
velas que en breve se consumirían por completo. La niña pisó tierra
firme y dio media vuelta. La cama de Morgan estaba igualmente vacía.
No pudo evitar comenzar a gimotear y a ponerse nerviosa. Agarró su
linterna y palpó el revólver que descansaba en el bolsillo central
de su vestido rosa, deseando no necesitar utilizarlo.
ZOE – ¿Bárbara?
	Tan solo obtuvo el silencio como respuesta. Caminó de un extremo a
otro de la celda, iluminándolo todo a su paso, encontrándose cada
vez más sola y asustada. Mil y una posibilidades comenzaron a
formarse en su joven mente, cada una peor que la anterior. Todas
coincidían en lo mismo: no volverían. Salió de la celda, con una de
sus manos metida en el bolsillo, temblando de pies a cabeza. Iluminó
una a una todas las celdas, dejando para el final la única que estaba
ocupada. Marcelino seguía en el mismo sitio, con la misma expresión
en la cara. Entonces escuchó un ruido a lo lejos, un eco.
	Su corazón dio un vuelco y corrió a esconderse tras la esquina que
formaba el pequeño pasillo que comunicaba el calabozo con el
vestíbulo del sótano. El ruido de pisadas se fue acentuando, cada
vez más cercano, hasta que en un momento dado fue sustituido por el
tintineo de unas llaves en contacto con la puerta que la separaba de
la libertad. Trató de aguantar la respiración, deseando que fueran
ellos, pero convencida de lo contrario. La puerta gruñó al abrirse,
sus piernas temblaban amenazándola con perder el equilibrio. Entonces
Morgan cruzó al otro lado, la vio a su lado, y dio un salto,
sorprendido. 
MORGAN – ¡Ay, coño!
	No esperaba verla ahí y le asustó encontrársela tan de sopetón.
Dio gracias a Dios que no llevaba la escopeta cargada en las manos,
porque de lo contrario tal vez hubieran tenido que lamentarlo. Zoe vio
como ambos entraban al calabozo. Apenas había tenido ocasión de
preocuparse, pero ese toque de atención le había hecho revivir su
mayor temor; lo que más temía en el mundo era volver a quedarse
sola, y por un momento había llegado a convencerse que así era.
Ahora que se veía de nuevo arropada la tensión pudo más que ella, y
fruto del desahogo y el miedo que había pasado, no pudo evitar
estallar en lágrimas. Bárbara se acercó a ella, y se arrodilló
apartándole el pelo de la cara haciéndola que la mirase.
ZOE – Pe… pensé que os habíais ido sin mí.
BÁRBARA – Lo siento. Solo salimos un momento, y no queríamos
despertarte.
ZOE – Pero… Pero…
BÁRBARA – Ya pasó, cariño. Te prometo que no volveremos a dejarte
sola, nunca.
	Morgan las miró desde la distancia, y acabó de convencerse que
jamás podrían separarse ellas dos. Si la niña también la perdía a
ella, acabaría haciéndose matar, era demasiado joven y frágil para
asimilar su pérdida. Miró al techo, tratando de atisbar el cielo que
había tras el hormigón, y rezó para que Bárbara no estuviera
infectada, porque de lo contrario, él tendría que hacerse cargo de
la pequeña, y no se veía capacitado para una misión de ese calibre.
Se le antojaba mucho más difícil que cualquiera de las misiones que
había hecho en el cuerpo.
	Bárbara consiguió tranquilizarla, y poco a poco el llanto se tornó
en un ligero sollozo y sorbida de mocos. Algo más calmados recogieron
los pocos bártulos que llevaban consigo y salieron del calabozo para
no volver más, dejando como único inquilino a Marcelino. Morgan le
echó un último vistazo, que acabó de convencerle de que había
tomado la decisión correcta. Llegaron de nuevo a las escaleras, arma
en mano, cosa que ya se había convertido en una costumbre siempre que
no estaban del todo seguros, y volvieron al hall de entrada de la
comisaría.
	En el gran doble espacio el ruido de la intensa lluvia que estaba
cayendo fuera resonaba por todas las paredes, acompañado de los
truenos esporádicos, impregnándolo todo de un eco macabro que llegó
a erizar el vello de los brazos a más de uno. Caminaron hacia la
puerta de entrada, cada vez más convencidos que no tendrían
problemas para salir, cuando Morgan reparó en lo que había en los
bancos, o mejor dicho, lo que no había.
	Las esposas seguían en el mismo sitio en el que Alberto las había
dejado, pero el infectado que las llevaba el día anterior había
desaparecido de escena. En su lugar, había un gran charco de sangre y
lo que parecía un pie arrancado de la pierna, mordisqueado y olvidado
a un par de metros del gran charco que se había formado cuando el
infectado se lo había arrancado con sus propias manos y dientes la
noche anterior. Un reguero irregular de sangre emergía de ahí y se
dirigía hacia la recepción, justo hacia donde se encontraba Morgan
en ese momento, que apenas tuvo tiempo de seguirlo con la mirada,
cuando el infectado le agarró del tobillo y le hizo perder el
equilibrio y la escopeta, que rodó por el suelo hasta estamparse
contra la puerta de cristal.
	El infectado comenzó a reptar ayudándose de la ropa de Morgan, pues
no se podía tener en pie, luchando por pegarle un mordisco fatal,
mientras éste trataba de quitárselo de encima sin conseguirlo;
estaba muy bien agarrado a él. Entonces sonó un contundente disparo
que acalló por un instante el eco de la lluvia. La bala cruzó el
cráneo del infectado entrando por una oreja y saliendo por la otra,
salpicándolo todo hacia un lado, lejos de Morgan, que enseguida se
afanó en quitárselo de encima de un empujón y levantarse de nuevo,
asqueado por el tacto gélido y áspero de su piel.
puntos 9 | votos: 9
Desmotiva - que allan quitado Tonterias Las Justas y en su lugar allan puesto esta mierda...

puntos 8 | votos: 8
Siempre hay - alguna oportunidad, pero debes saber dónde buscar.
puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x106 - Comisaría 102 de Sheol 
2 de octubre de 2008

Se irguió sobresaltada y nerviosa, con el corazón latiéndole a mil
por hora, y la frente empapada en sudor frío. No le costó ni un
segundo recordar dónde estaba, pues era el mismo lugar dónde había
transcurrido esa aterradora pesadilla. Se sentó en la cama, notando
cómo la cabeza le daba vueltas, y vio las velas que ella misma había
colocado sobre la mesilla antes de ir a dormir. A juzgar por lo
consumidas que estaban, debería estar rayando el alba. Escuchó la
respiración de Zoe en la cama que había sobre ella. Tenía la nariz
un poco tapada y hacía algo de ruido al respirar.
	Se había ido a dormir dándole vueltas a si estaba infectada o no, y
ello había acabado pasándole factura. No recordaba haber tenido un
sueño tan vívido y tan real en mucho tiempo. Afortunadamente le
sirvió para acabar de convencerse que debía suplicar a Morgan que no
las abandonase. Se miró el brazo, en busca de la herida que le había
hecho ese maldito chimpancé infectado, pero no fue capaz de
encontrársela. Recordaba perfectamente dónde estaba, pero no era
capaz de verla. Recogió la linterna del suelo y se enfocó al brazo.
No había más que una pequeña línea algo más sonrosada que el
resto del brazo, apenas perceptible pero suficientemente contundente.
No era normal que hubiera cicatrizado tan rápido.
Frunció el entrecejo haciéndose mil preguntas más, cuando reparó
en Morgan. Estaba sentado en su cama, y se había quedado mirándola
en silencio cuando vio que despertaba. Le enfocó y éste se llevó la
mano a los ojos, mientras chasqueaba la lengua. Bárbara apartó la
linterna del policía y se levantó a su encuentro. Morgan hizo lo
propio y ambos se quedaron a medio camino de ambas literas. Hablaron
en susurros, para no despertar a Zoe.
BÁRBARA – ¿Te he despertado?
MORGAN – No… Apenas he dormido, me desperté hace un buen rato.
BÁRBARA – ¿Crees que habrá amanecido?
MORGAN – Supongo… Si no, poco faltará.
	Ambos se quedaron en silencio un momento. Sólo se oía la
respiración de la niña.
BÁRBARA – Morgan… Quiero… Tenemos que hablar.
MORGAN – Ya me lo imaginaba.
	Bárbara le miró, tímida y algo sorprendida por su actitud.
MORGAN – Vayamos arriba, al terrado. Quiero ver cómo está el
incendio.
BÁRBARA – ¿Y Zoe?
MORGAN – Que duerma un poco más.
BÁRBARA – Vale…
	Morgan agarró su escopeta y las llaves del calabozo. Ya estaba
calzado. Bárbara se puso las bambas y agarró su semiautomática.
Ambos se dirigieron a la puerta de salida, tratando de no hacer ruido
para no despertar a Zoe. Morgan abrió la puerta y una vez estuvieron
fuera, la cerró de nuevo, para asegurarse que la niña no corriese
ningún tipo de peligro. Con el mismo cuidado que antes, pero con algo
más de tensión, volvieron al vestíbulo del sótano y comenzaron a
subir las escaleras, acompañados tan solo por el eco de sus pisadas y
el ruido de sus respiraciones. Al llegar a la planta baja vieron
emerger unos tímidos rayos de luz por los ventanales verticales de la
fachada principal. Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
	Subieron sin ningún problema hasta el último piso, y se encontraron
frente a una gran puerta metálica con una palanca de emergencia.
Morgan la empujó con una mano y el cielo se cernió sobre ellos. La
puerta quedó abierta de par en par, y les mostró el cielo, aún
bastante oscuro, en parte por las nubes que lo cubrían todo, en parte
porque el sol tan solo rayaba el horizonte. Era una mañana bastante
fresca. Caminaron hasta un extremo, y vieron una preciosa panorámica
de Sheol. Sin duda lo que más llamaba la atención era el enorme
incendio, que todavía seguía creciendo, cubriendo con su manto negro
un edificio tras otro. Las llamaradas trataban de llegar al cielo,
pero se extinguían, dándoles el relevo a las densas nubes de humo
que se elevaban en busca de un lugar mejor. 
Un enorme relámpago iluminó el cielo por un segundo, dándoles la
impresión que por un momento se hubiera hecho el día. El trueno fue
casi inmediato. Morgan y Bárbara estaban recostados en la barandilla,
notando la fresca brisa acariciar sus caras, saboreando ese macabro
paisaje, que por otra parte, era increíblemente bello. Bárbara
respiró hondo, y decidió soltarlo todo del tirón.
BÁRBARA – No me andaré con rodeos. No sé si estoy infectada.
Desde ayer que le doy vueltas al mismo tema y acabaré por volverme
loca. Si he de estarlo y ese es mi destino, pues vale, qué le vamos a
hacer. Pero lo que no podría soportar es convertirme en uno de ellos
estando sola con Zoe. Ella no es más que una niña, y aunque no sea
su madre, yo soy lo único que tiene ahora en el mundo. Si yo me voy,
ella se volverá a quedar sola y… No quiero ni pensarlo. A lo que
voy es… Tengo que pedirte que…
MORGAN – … me quede con vosotras.
	Bárbara miró sus penetrantes ojos marrones.
BÁRBARA – Si. 
	De nuevo se hizo el silencio.
BÁRBARA – Ya sé que habíamos quedado en separarnos en cuanto
estuviéramos armadas, y de verdad te digo que no quiero fastidiarte,
ni quiero que seamos una carga para ti. No lo digo por mi, si estoy
infectada es mi problema y no el tuyo, no el vuestro, pero Zoe… No
quiero que se quede sola. No te pido que nos dejes ir contigo, pero al
menos… llévatela a ella. 
MORGAN – Ni hablar.
	Bárbara echó la mirada abajo. Sabía que esa sería su respuesta y
se sentía estúpida por haberle hecho la pregunta. De nuevo le vino
la imagen de ese maldito sueño. Ella misma mordiendo el cuello de la
pequeña, arrebatándole de ese modo tan vil su vida.
MORGAN – Entiendo de veras lo que me dices, y yo mismo no podría
permitir dejar a esa pobre niña sola, por eso os he traído aquí y
os he dado con qué defenderos.
BÁRBARA – Entonces… ¿te la llevarás?
MORGAN – No.
	Bárbara frunció el entrecejo, no entendía a ese hombre.
MORGAN – Tú eres lo más parecido que tiene ahora a una madre. No
creo que le hiciera ningún bien separaros, ahora.
BÁRBARA – ¿Entonces?
MORGAN – Entonces quedamos en que vosotras, venís conmigo. 
	A Bárbara se le humedecieron los ojos y tuvo que refrenar un amago
de abrazar al policía. 
MORGAN – No te emociones. Si venís conmigo tendréis que seguir mis
normas.
BÁRBARA – Haremos lo que tú digas.
MORGAN – Si te digo la verdad, no me apetece ir con nadie. He visto
morir a mucha gente, y no quiero acarrear más muertes a las espaldas.
Si os pasara algo sé que me culparía de ello… A lo que voy, es que
quiero que hagáis todo cuanto os diga, sin cuestionar mis órdenes. Y
sobre todo tú, que controles mucho a la niña. Los críos son
imprevisibles y no hacen más que molestar y dar problemas, y ahora
mismo un despiste puede suponer la diferencia entre la vida y la
muerte.
BÁRBARA – Zoe…
MORGAN – Zoe nada. Zoe no es más que  una niña. Si venís conmigo
tienes que prometerme que controlarás que no haga tonterías, y más
estando armada como está.
BÁRBARA – Pongo mi mano en el fuego por ella.
MORGAN – Pues entonces hay trato. Pero que conste que lo hago por la
niña, no por ti.
BÁRBARA – Un millón de gracias, de verdad. No sabes el peso que me
quitas de encima. Desde que viniste no has hecho más que ayudarnos
sin pedir nada a cambio. No sé como agradecértelo, si no fuera por
ti…
MORGAN – No me vengas con mariconadas. Será mejor que vayamos
tirando, que ya es de día.
BÁRBARA – Hacia… ¿Hacia dónde vas?
MORGAN – Voy al sur. A la costa.
BÁRBARA – ¿Por qué?
	Morgan se la quedó mirando un momento, pensativo.
MORGAN – Pues la verdad es que no lo sé. Supongo que por tener una
vía de escape si las cosas se ponen feas. Esos malditos no saben
nadar, y yo si.
BÁRBARA – No está mal pensado.
MORGAN – Otra cosa…
BÁRBARA – ¿Si?
	Ahora era Morgan el que se sentía cohibido y algo avergonzado por lo
que estaba a punto de decirle. No lo había reflexionado suficiente,
pero se veía en la necesidad de soltarlo ya, ni que fuera para
convencerse a sí mismo.
MORGAN – Quiero pasar por un sitio antes de seguir hacia el sur.
BÁRBARA – ¿Por dónde?
MORGAN – Por la prisión Kéle, en Etzel.
	Bárbara adoptó una expresión más sorprendida que disgustada. No
alcanzaba a comprender a qué venía eso.
BÁRBARA – ¿Para?
MORGAN – Son… Son cosas mías. O lo tomas o lo dejas.
	Le había estado dando vueltas desde que se había despertado, y por
bien que al principio le había parecido una idea totalmente absurda y
descabellada, poco a poco se había ido convenciendo de ello. El ver a
Marcelino muerto en el suelo de la celda le había trastornado
sobremanera, y eso le había hecho caer de nuevo en el pozo del que
apenas había conseguido salir unos días antes. Ahora se presentaba
ante él la posibilidad de salvar la vida a algunos pobres infelices
que, al igual que Marcelino, hubieran quedado olvidados en sus celdas,
abandonados a su suerte. Sabía a ciencia cierta que nadie pasaría a
por ellos, si no es que estaban ya todos muertos, de modo que
ayudándoles podría redimir en parte su propia negligencia, y hacerle
sentir algo mejor.
BÁRBARA – Vale. Iremos dónde tú digas.
	La mujer todavía no había tenido ocasión de asimilar muy bien lo
que significaba eso, pero estaba tan eufórica por haber conseguido
que Morgan las aceptase para ir con él, que ahora ya nada le
importaba. Entonces notó algo en su brazo, a la altura de donde
tenía la herida. Se sobresaltó y se miró detenidamente. Era agua.
Morgan la miró, y recibió también una gota en su mejilla. Ambos
miraron abajo y vieron como el suelo de hormigón se iba cubriendo de
pequeñas gotitas oscuras. 
MORGAN – Dios aprieta, pero no ahoga.
	La lluvia lo cubría todo, y a juzgar por el color del cielo,
duraría un rato largo. Morgan sonrió al notarla sobre sus hombros,
respiró hondo y miró de nuevo al incendio, que ahora se encontraba
con un duro competidor. Si la lluvia se prolongaba lo suficiente, el
incendio se extinguiría. Algo satisfecho por el trabajo bien hecho, y
con al ilusión de poder redimir sus pecados ayudando a quienes más
lo necesitaban, hizo un gesto a Bárbara para que volvieran de vuelta
a las escaleras, pues si no lo hacían, acabarían calados hasta los
huesos.
puntos 8 | votos: 8
Todo el mundo tiene su forma de - ver las cosas, no le puedes imponer a nadie la tuya a la fuerza y
pretender ser aceptado de buen grado.
puntos 4 | votos: 4
Desmotiva y mucho - que este sea el programa favorito de tus padres y que este siempre
puesto en tu casa y tambien que tu lo odies
puntos 9 | votos: 9
Tu me llamas loco.. - Por no pensar o hacer lo mismo que tú, entonces eso me daria derecho
de llamarte a ti loco por no hacer o pensar lo mismo que yo, pero si
tu eres loco entonces todo el mundo estaria loco, y como todo el mundo
esta loco y yo soy el único cuerdo, el mundo me llama loco a mi.

puntos 11 | votos: 13
Vota positivo - si a ti también te están jodiendo el verano las matemáticas
puntos 12 | votos: 14
No es que sea antipática -  se llama simpatía selectiva.
puntos 4 | votos: 4
Yo no creo que tenga mala pinta. - Se me vé agresivo, pero sin embargo tú hablas conmigo y soy más
dulce que una magdalena.
puntos 4 | votos: 6
MEGA-FAIL -
puntos 38 | votos: 42
Simplemente Desmotiva... - .

puntos 8 | votos: 8
Mac Tecnologia Alienigena - Apuesto a que nunca lo habias visto de esta manera.
puntos 8 | votos: 10
No votes - lo que no quieras que te voten a ti.
puntos 5 | votos: 5
Paloma Cuesta - El único personaje en morir en Aquí no hay quien viva
puntos 2 | votos: 2
THE NINE - Sorprendente serie de intriga y suspense y con un final inesperado de
los creadores de perdidos
puntos 20 | votos: 20
Yo me llamo Ralph -

puntos 3 | votos: 3
Para muchos - solo son letras, pero para mi esto significa un mundo, es mi vida entera
puntos 9 | votos: 9
Cuatro - tu antes molabas ...
puntos 7 | votos: 7
¿¡Dónde están mis Twinkies!? -
puntos 11 | votos: 11
Que te quiero - y eso no lo va a cambiar el tiempo
puntos 12 | votos: 16
Al otro lado de la vida 1x105 - Comisaría 102 de Sheol 
2 de octubre de 2008

Bárbara se incorporó en la cama, sobresaltada. Tragó saliva y notó
la garganta seca, y una necesidad de beber como jamás antes la había
tenido. También tenía bastante hambre. No recordaba dónde estaba,
pero nacía en su interior la necesidad de salir de ahí. Pese a la
mediocre luz que proporcionaban las velas, lo veía todo extrañamente
claro, nítido, mucho mejor de lo que debería. Se levantó de un
salto, sin poder controlar sus propias piernas, y cayó al suelo
descalza, mirando en todas direcciones algo ansiosa y muy excitada.
	Olisqueó el ambiente y notó el agradable olor de la carne fresca,
que le hizo rugir el estómago. Acto seguido escuchó un leve ronquido
que venía del otro lado de la celda; era Morgan. Pero eso parecía
carecer de importancia. Bárbara trató de refrenar su odio hacia él,
pero no pudo. Algo dentro de sí le hacía odiarle por encima de todo,
querer acabar con su vida, culpándole de todo cuanto había tenido
que sufrir ella en la suya propia. Corrió hacia él sin saber ni
cómo ni porqué, notándose poco más que una espectadora, pues ya no
era en absoluto dueña de sus actos. Se abalanzó sobre él, deseando
internamente no hacerlo, pero sin poder evitarlo, y le pegó un
mordisco en el brazo que le rasgó un buen trozo de carne.
	Notó la sangre brotar de la herida, y la bebió con gusto, al tiempo
que masticaba la carne cruda y aún palpitante, antes de arrancar el
trozo del todo, saboreando ese dulce néctar, el único que podría
apaciguar sus ansias de venganza. El grito que profirió Morgan
despertó a Zoe, que enseguida se asomó desde su posición elevada,
todavía algo adormecida, a tiempo de ver cómo los dos adultos se
peleaban entre ellos, uno tratando de salvar su vida, y la otra
tratando de arrebatársela. 
	Morgan empujó a Bárbara fuera de la cama, haciéndola caer de
espaldas al suelo en un aparatoso golpe en el que ella no notó el
más mínimo dolor. Morgan se levantó, chorreando la sangre que ya
había teñido gran parte de la ropa de cama, y se disponía a agarrar
la escopeta que había dejado en el suelo cuando Bárbara se le echó
de nuevo encima y le empujó con todas sus fuerzas, haciéndole perder
el equilibrio y golpeándose la nuca con el canto de la mesilla donde
descansaban las velas.
	Morgan perdió el conocimiento y Bárbara aprovechó para beber la
sangre que manaba de la herida que le había hecho, disfrutando al
notar el líquido templado al bajar por su garganta. Una de las velas
se había caído con el golpe, y amenazaba con prender fuego a la
mesilla, que ya tenía un circulito negro alrededor de la llama.
Bárbara pegó un par de mordiscos más a la negra piel del policía,
tragándose la carne casi sin masticarla, cuando escuchó un leve
gemido no muy lejos. Dejó de masticar y se quedó en silencio. Creyó
durante un momento que lo había imaginado, pero entonces lo escuchó
de nuevo.
	Era Zoe. Estaba lloriqueando en su cama. Lo había visto todo, y se
había escondido debajo de la sábana, confiando que así pasaría
desapercibida. Pero Bárbara tenía un excelente oído, cortesía de
la infección que se había propagado por todo su cuerpo mientras
dormía, y no le cupo la menor duda que ella sería su siguiente
víctima. Morgan ya no suponía ningún aliciente, pues estaba
inmóvil y no se podía defender, pero la niña se resistiría, y eso
aún le dio más ganas de ir a por ella.
	Se giró a toda prisa, y enseguida vio de donde venía el ruido. Lo
pudo ver mucho mejor gracias a la llamarada de fuego que brotaba de la
mesilla, que a esas alturas ya se había prendido fuego. Corrió hacia
la cama y se plantó frente a la estructura metálica. Se agarró a
uno de los barrotes que sujetaban el somier superior, y trató de
subir, consiguiendo tan solo ver la manta bajo la cual se encontraba
la pequeña Zoe, temblando de pies a cabeza y llorando
desconsoladamente. Alcanzó a rozar con uno de sus pies un escalón de
la escalera, y así fue como consiguió subir hasta lo más alto.
Levantó la sábana dispuesta a matarla, cuando vio cómo la niña
sostenía su revólver con ambas manos, y disparaba hacia ella con los
ojos bañados en lágrimas. El disparo le dio de lleno en el hombro,
que enseguida comenzó a sangrar. Bárbara lo único que notó fue el
ruido del disparo; no sintió dolor alguno cuando la bala se incrustó
en el hueso. La niña trató de disparar por segunda vez, pero su arma
se negó a practicar una segunda detonación. Debía bajar el
percutor, tal y como le había explicado Morgan, pero estaba demasiado
nerviosa para recordar esas lecciones. Bárbara aprovechó el momento
de incertidumbre para agarrar a la niña por el tobillo y atraerla
hacia sí, dispuesta a acabar con su vida.
La niña se tiró en plancha fuera de la cama, y acabó pendiente tan
solo de la pierna que sostenía Bárbara, con tan mala suerte que la
articulación de su rodilla se giró en sentido contrario,
partiéndole la pierna. El grito fue tal que Bárbara llegó incluso a
asustarse, y la soltó. La niña cayó al duro suelo con un aparatoso
golpe que le hirió la ceja e hizo que se mordiese la lengua,
partiéndosela hasta la mitad. Zoe se quedó en el suelo, brutalmente
herida, sangrando por la cara y con la pierna doblada en un ángulo
imposible, cuando Bárbara se tiró de la cama y se abalanzó hacia la
cría, hundiendo su mandíbula en su joven y dulce cuello. Entonces
alguien gritó detrás de ella y se vio obligada a girarse, a tiempo
de ver el cañón de la escopeta de Morgan a un palmo de su cara. 
MORGAN – ¡Dale saludos de mi parte a tu hermano cuando llegues al
infierno!
	Morgan apretó el gatillo y la cabeza de Bárbara estalló en mil
pedazos, salpicándolo todo de sangre, cerebro y astillas de hueso.
Entonces, Bárbara despertó.

puntos 1 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x104 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Morgan notó como esos ojos se clavaban en él, culpándole por su
muerte, llenos de ira. Pero sabía que no eran más que imaginaciones
suyas, acompañadas de la mediocre visibilidad que ofrecían las
linternas. Se acercó algo más para acabar de convencerse de que
había muerto, pero no cabía duda alguna. Estos últimos días había
conseguido apaciguar la molesta voz de su conciencia que le repetía
una y otra vez que él y no otro era el responsable de la muerte de
tanta gente, incluidos Rafael y Sofía. Ahora una muerte más se le
sumaba a al espalda, y notó como se derrumbaba en cuestión de
segundos todo cuanto había avanzado. 
	Alejó el haz de luz del cadáver, comprendiendo al iluminar el
inodoro rebosante de la celda que el mal olor provenía de él, y no
solo de Marcelino. Tragó saliva. Le temblaban las manos y se le
había resecado la boca. Caminó hacia la mesa del centro de la sala,
y tomó asiento en una de las rudimentarias sillas que había a su
lado, al tiempo que soltaba las llaves y la linterna con desgana sobre
la mesa. Apoyó el codo en la superficie de madera y se sostuvo la
cara con la mano, mirando a ninguna parte, pensando en todos los
errores que había cometido y en cuantos inocentes habían tenido que
pagar por su culpa. Bárbara se le acercó, al verle tan afectado. Zoe
iba por libre. Entró linterna en mano a una de las celdas grandes del
fondo de la sala, la única que estaba abierta, y comenzó a
observarlo todo con curiosidad. 
BÁRBARA – ¿Lo conocías?
MORGAN – Si…
	La miró y se preguntó si ellas no serían las siguientes en caer
por su culpa, si arrastrándolas consigo no acabaría haciéndolas
matar, como había pasado con todos cuantos había tratado de salvar
desde que empezó esa masacre. Ahora más que nunca tenía la clara
convicción que no había hecho una a derechas. Por mucho que se
esforzase, todo le salía mal y acababan pagando justos por pecadores.
De nuevo flotó ante él la misma pregunta que le había estado
rondando por la cabeza todo el tiempo que había permanecido en casa,
después de encontrar a su esposa muerta en el baño: ¿Para qué
seguir adelante?
MORGAN – Lo conocía.
BÁRBARA – ¿Se olvidaron que estaba aquí?
MORGAN – Eso es evidente.
BÁRBARA – Pobre… 
MORGAN – Le arrebaté la posibilidad de sobrevivir.
	Bárbara le miró, pero con la mirada ausente que le acompañaba
desde hacía horas.
BÁRBARA – Al menos no está infectado. Quizá el afortunado es él.
Ya no tiene nada de lo que preocuparse, y murió sabiendo que jamás
sería uno de ellos.
	Morgan la miró frunciendo el entrecejo. Le estaba empezando a poner
nervioso lo que decía y cómo lo decía, pero entonces recordó por
lo que estaba pasando ella, y prefirió no echar más leña al fuego.
Por lo visto esa noche todos tenían motivos para estar cabizbajos,
motivos para desear aislarse del mundo, para gritar hasta perder el
aliento y mandarlo todo a freír espárragos. Todos menos Zoe, que se
limitaba a vivir donde le había tocado, tratando de amoldarse como
podía, sabiéndose conocedora de que siempre habría alguien a su
lado dispuesto a cuidar de ella. Se había subido al colchón más
alto de la litera y miraba hacia abajo, jugueteando con el pelo ya
bastante sucio, notando como la sangre se le subía a la cabeza.
MORGAN – Mañana en cuanto amanezca nos vamos de aquí. Yo iré al
sur, vosotras haced lo que os de la gana. Tampoco es tan mala idea
buscar alguna casita a las afueras de un pueblo pequeño. Con tal que
no haya infectados por los alrededores será suficiente. Yo estuve
unos días en una casita en el bosque, a unos kilómetros de Etzel, y
no vimos pasar ninguno en días.
	Bárbara hubiera querido darle la réplica, pero no se sentía con
cuerpo de comenzar lo que de bien seguro acabaría en una discusión.
No le quedaban fuerzas para pedirle que no las dejara solas; ahora lo
que le apetecía era descansar y olvidarse de todo. Mañana sería
otro día.
MORGAN – Será mejor que nos acostemos ya. Necesitamos estar
descansados para mañana.
BÁRBARA – Si…
	El policía se levantó de la silla. Cogió su linterna y las llaves
y se dirigió a la puerta que habían necesitado abrir para entrar. La
cerró con llave, asegurándose que nadie pudiese llegar hasta ahí
mientras dormían, o que al menos no pudiera alcanzarles, y se
dirigió hacia la celda donde ya estaban las chicas. Vio cómo
Bárbara y la niña se decían algo. Ella estaba encorvada para
ponerse a su altura. Entonces Zoe le dio un beso en la mejilla y
Bárbara se lo devolvió. Ambas miraron a Morgan y cuando se acercó
hasta ahí, Bárbara le hizo un gesto con la cabeza y Zoe se dirigió
hacia él, plantándosele delante, impidiéndole entrar a la celda.
ZOE – Buenas noches.
	Morgan la miró, descolocado. Bárbara colocaba un par de grandes
velas sobre un pequeño mueble que había entre ambas literas,
encendiéndolas acto seguido.
MORGAN – Bu… Buenas noches.
	Zoe se acercó más a él y se puso de puntillas. Morgan arrugó un
poco la frente, pero se agachó, a tiempo de recibir su beso de buenas
noches. Él mismo le dio uno a ella, sintiéndose totalmente fuera de
lugar. Entonces la niña corrió de vuelta a la litera, y subió
ágilmente las escaleras para quedar tumbada boca arriba respirando
agitadamente. Bárbara le hizo un gesto con la cabeza al policía, y
se tumbó en la cama que había debajo. Morgan anduvo hacia la otra
litera y se sentó en la cama de abajo. Se quitó las botas y todos
los accesorios que llevaba en el uniforme, y se tumbó.
	Zoe se durmió enseguida, exhausta como estaba por el día tan largo
que había tenido. Morgan se quedó varias horas dándole vueltas al
mismo tema, preguntándose hasta qué punto era él responsable de
todas esas muertes, deseando encontrar alguna posibilidad de
redención que le permitiera volver a confiar en sí mismo. A Bárbara
le costó mucho dormirse. En su cabeza no hacía más que repetirse
una y otra vez la misma pregunta: ¿Estoy infectada?
puntos 8 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x103 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Morgan hizo ademán de mirarse la muñeca, pero hacía ya más de dos
semanas que no llevaba reloj. Se sorprendió al ver que ni Bárbara ni
Zoe llevaban, tampoco. Al parecer esa era una rutina en los
supervivientes, pues en ese nuevo mundo el tiempo ya carecía de
interés, inútil para poco más que determinar cuando empezaba la
noche; cuando volvía el peligro. Y más ahora cuando los días se
iban haciendo cada vez más cortos, ofreciéndoles a los infectados
mayor control del que ya tenían sobre ellos. La luz se filtraba ya
casi horizontal por los ventanales, lo que indicaba que no tardando
mucho se haría de noche. El sol sí era fiable para saber la hora;
las horas, los minutos y los segundos, formaban parte del pasado.
MORGAN – Ya es tarde para que nos vayamos. Tendremos que pasar la
noche aquí.
	Las chicas le miraron, expectantes. Ahora él se había convertido en
el líder, y ellas acatarían sus órdenes, pues sabían que todo
cuanto hiciera lo haría con cabeza, y pensando en su seguridad.
Morgan todavía trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir, y
estaba algo distraído.
BÁRBARA – Nos… Nos podemos encerrar en algún despacho y dormir
en el suelo, ni que sea.
MORGAN – No hará falta. Hay camas.
BÁRBARA – ¿Camas? ¿En una comisaría?
MORGAN – No son muy confortables, y el sitio tampoco es muy
agradecido, pero siempre será mejor que dormir en el suelo.
BÁRBARA – ¿Y dónde es eso?
MORGAN – En el calabozo.
	Por un momento se hizo el silencio. Zoe alternaba la mirada entre uno
y otro, no participando de la conversación pese a formar parte de
ella. Había llegado a asumir su nuevo rol en esa especie de familia
improvisada. Le gustaba la compañía que los azares del destino le
habían brindado, y lo que más temía en el mundo era volverse a
quedar sola. En los últimos días había conseguido serenarse
bastante; se había obligado a olvidar todo lo malo que había pasado,
y se sorprendía e incluso se sentía mal por la facilidad con la que
esos recuerdos la abandonaban, hasta el punto que le costaba recordar
la cara de sus padres, sus gestos, su forma de hablar. Pese a que
seguía muy asustada, estaba acostumbrándose a encontrarse en esa
situación de tensión continua, a convivir con la muerte y la sangre,
hasta el punto en el que de volver todo a la normalidad, incluso se
encontraría fuera de lugar.
MORGAN – Hay nueve, la mitad con literas. Hemos pasado por el lado
cuando fuimos a la armería.
BÁRBARA – ¿El portón aquel con barrotes?
MORGAN – El mismo.
BÁRBARA – Pero ahí no habrá ventanas. Vamos a estar a oscuras.
	Morgan se quedó pensativo por un momento.
MORGAN – ¿No tienes velas?
BÁRBARA – Si. Si que tengo.
MORGAN – Pues con eso y las linternas tenemos más que suficiente.
BÁRBARA – ¿Nos vamos ya?
MORGAN – Comamos algo antes, mejor. Yo tengo el estómago vacío.
BÁRBARA – Si, mejor será.
	Morgan caminó hacia la puerta del despacho de Alberto. El que fuera
su jefe se había ido escurriendo y ahora descansaba caído de lado en
el suelo, derramando aún parte de sí por el agujero de la cabeza. Se
alegró de que tuvieran ese punto débil, pues sólo de ese modo, y
con algo de suerte con un disparo en pleno corazón, se podía frenar
definitivamente su marcha. Vio a lo lejos el humo del incendio; las
llamas las ocultaban los edificios que había en medio. Cerró la
puerta lentamente. Caminó de vuelta hacia las chicas, y despejó uno
de los escritorios, acercando tres sillas para utilizar la mesa para
cenar. Reguló el asiento de una de ellas, para adecuarlo a la
estatura de Zoe, mientras Bárbara sacaba la comida y un par de
botellas de agua de la mochila.
	Los tres devoraron el festín sin decir una palabra, saboreando las
latas de atún en conserva, las de maíz dulce e incluso las
salchichas envasadas que estaban a punto de caducar. Tomaron pera en
almíbar como buen merecido postre y abandonaron las oficinas sin
recoger nada. Bárbara había tenido el impulso de coger las latas
vacías y tirarlas en alguna papelera, pero enseguida se dio cuenta
que eso carecía de sentido. Esa era otra más de las costumbres del
mundo real que hoy día habían quedado obsoletas.
	Al notar el eco de sus pisadas en el gran espacio del hall, el
infectado esposado junto a la puerta se levantó de nuevo, ansioso,
hasta tropezar con el pie encadenado y caer de bruces al suelo,
gritando más y más al sentirse impotente y hambriento. Ellos
trataron de ignorarle, pese al ruido que hacía, y bajaron las
escaleras hasta llegar de nuevo al sótano. Linterna en mano, y con
las armas preparadas para cualquier imprevisto, llegaron de nuevo al
vestíbulo. La puerta de los calabozos estaba cerrada con llave.
Morgan se limitó a entrar en la recepción y a abrir el armarito de
las llaves. Agarró el manojo de llaves del calabozo y volvió con las
chicas. Zoe lo escrutaba curiosamente todo con su propia linterna,
excitada por lo desconocido pero algo asustada al estar en un sitio
tan oscuro. Bárbara había retomado su actitud pensativa, mirándose
de vez en cuando la herida del brazo, cabizbaja y silenciosa.
	El sonido metálico del contacto entre la llave y la cerradura de la
puerta les adelantó que no se encontrarían sorpresas una vez
entraran, lo que tranquilizó un poco a Morgan, que se había montado
sus propias películas. La puerta gruñó al girar sobre sus goznes,
abriéndoles el paso. Morgan pasó, seguido de cerca por las chicas,
que enfocaban en todas direcciones. Cruzaron un estrecho y corto
pasillo hasta llegar a su destino. Una amplia mesa, vacía como no lo
había estado jamás, presidía el centro de la sala. Al frente había
tres celdas algo más grandes que el resto, con dos literas cada una;
todas vacías. A ambos lados había otras tres celdas, éstas
individuales, tan solo con un pequeño catre, un inodoro y un
lavamanos. 
	La mirada de Morgan se dirigió instintivamente a una de las celdas,
y al hacerlo se encontró con lo último que hubiera deseado ver en
ese momento. Un sonoro ¡Maldita sea! resonó en la sala, haciendo que
las chicas se giraran para ver lo que Morgan había descubierto. Se
trataba de Marcelino, el joven que Morgan había traído a la
comisaría hacía ya tres largas semanas. Por bien que estaba estirado
en la cama y a primer golpe de vista daba la impresión que dormía.
La posición de sus miembros ya rígidos, sus ojos abiertos mirando a
ninguna parte y sobre todo el olor a muerte que manaba de su cuerpo,
daban fe de que había perdido la vida hacía varios días,
presumiblemente de inanición.
puntos 19 | votos: 21
Tú - tratas peor al diccionario
puntos 14 | votos: 14
desmotiva que... - quieras salir de fiesta ,no te dejen y tu amigo al dia siguiente te 
restriegue que le entro una y vio a tu novia con otro...
puntos 8 | votos: 12
Al otro lado de la vida 1x102 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Ahora todo parecía haber cambiado radicalmente. El mundo seguiría
siendo una mierda, y la muerte acecharía detrás de cada esquina,
como de costumbre, pero ese nuevo rayo de esperanza le sirvió para
apaciguar un poco la sensación de fracaso de la anterior
encadenación de tragedias y malas noticias. Con la sensación del
trabajo bien hecho y la ilusión que le había hecho ese bonito
presente de su difunto amigo, agarró todo tal cómo pudo, dejó
abiertas ambas taquillas, y se dirigió de vuelta a la sala central de
las oficinas. Pasó junto a las chicas, que le miraban atentas y tan
sorprendidas como él por el hallazgo, y les llamó la atención.
MORGAN – ¿A qué esperáis? Seguidme.
	Morgan se acercó a la mesa más cercana, y con un rápido movimiento
con el brazo libre tiró todo su contenido al suelo, para substituirlo
acto seguido por el arsenal del que había conseguido apropiarse en
los últimos minutos. Una escopeta, un revólver y una pistola
semiautomática, amén de sus respectivas municiones. Una vez lo tuvo
todo bien organizado sobre la mesa, llamó la atención de Bárbara,
que enseguida se acercó. Zoe se sentó sobre otra de las mesas y se
puso a jugar con un extraño artilugio dónde cinco bolas de acero
pendían de un bastidor de metal, suspendidas a la misma altura
formando una línea. Agarró una de ellas, y la hizo chocar con el
resto, sorprendiéndose al ver que sólo una de las otras cuatro bolas
salía despedida en la dirección contraria. Estaría entretenida un
buen rato.
MORGAN – Esto es una pistola semiautomática.
	Morgan presionó un botón a la altura de su pulgar en la culata del
arma, dejando caer el cargador sobre su otra mano. Estaba vacío, pero
ya le venía bien.
MORGAN – Esto es el cargador. Se saca presionando éste botón. Las
balas se meten por aquí, caben hasta diez.
	Morgan entregó el cargador a Bárbara y sacó diez balas de una de
las cajas que le había proporcionado Rafael. Bárbara agarró una de
ellas, y trató de meterla, sin conseguirlo.
MORGAN – No, al revés.
	Bárbara lo hizo, y se sintió sonreír por un momento. Había
conseguido desinhibirse de ese gran ladrillo que tenía encima desde
hacía horas y que amenazaba con aplastarla en cualquier momento.
Metió las diez balas y le entregó de nuevo el cargador a su
instructor.
MORGAN – Cuando esté lleno, lo metes de nuevo por la culata, hasta
que oigas un clic. Ahora está cargada, pero si disparas no pasará
nada. Tienes que agarrarla con fuerza de aquí arriba, y estirar hacia
atrás hasta que notes que no cede más. Así sabrás que está
preparada para disparar. Eso sólo lo tendrás que hacer una vez cada
cargador. Y esto es el seguro. Ahora está puesto, si lo mueves hacia
abajo, lo quitas. Tenlo siempre puesto si no la vas a utilizar.
	Bárbara asintió con la cabeza. Morgan le entregó la
semiautomática y ella volvió a notar esa extraña sensación de
excitación en el estómago. Era la primera vez que cogía un arma de
fuego, y se sentía enormemente poderosa, invencible e incluso
importante. Morgan se giró hacia la niña, y le llamó la atención
con un corto Eh, al tiempo que chasqueaba los dedos para sacar a Zoe
de su ensimismamiento con la cuna de Newton. Le miró y el policía le
indicó con una mano que se acercase. Ella bajó de un salto de la
mesa, y se acercó hacia los adultos. Bárbara, pistola en mano,
frunció en entrecejo al ver esa escena, y se quedó de piedra al
advertir que Morgan cogía el revólver de la mesa.
BÁRBARA – ¿Qué haces?
MORGAN – Dándole un arma a la niña, para que se defienda. Para eso
habíamos venido, ¿no?
BÁRBARA – No crees que sea peligroso darle un arma a un niño.
MORGAN – ¿Tú crees que esos chiflados tendrán en cuenta que es
una niña y la dejarán irse, si la tienen a huevo? Más peligroso
será para ella estar desarmada, hoy día.
	Bárbara frunció en entrecejo y miró sus penetrantes ojos marrones.
Estaban esperando que le dijese cualquier cosa para saltar. Se limitó
a guardar silencio, sin saber muy bien qué decir.
MORGAN – ¿Algún problema?
	Bárbara negó lentamente con la cabeza. Aunque fuera una niña,
tenía el mismo derecho a defenderse que cualquiera de ellos, de modo
que no encontró objeción alguna para que ella fuera la poseedora de
la tercera arma en discordia, asumiendo que la escopeta se la
quedaría su legítimo dueño. Morgan le ofreció el arma a la niña y
casi se le cae al suelo, pues no esperaba que fuera tan pesada.
Durante un momento llegó a dudar que ofrecerle un revólver a un
niño de 10 años fuera sensato; hacía unos meses no lo habría sido,
él mismo hubiera puesto el grito en el cielo si se lo hubieran
planteado.
MORGAN – Esto es muy fácil. Aprieta aquí.
	Zoe acató la orden, y el tambor se separó del resto del arma,
mostrando cuatro de sus cinco orificios ocupados por balas. Morgan
agarró la quinta bala de la caja que había cogido del cajón de
Alberto y se la ofreció a la niña, que tenía los ojos abiertos como
platos, una leve sonrisilla pícara en la cara y algo de vergüenza al
ver cómo la miraba Bárbara, todavía algo superada por la
situación.
MORGAN – Mete esa bala en el hueco que queda.
ZOE – ¿Aquí?
MORGAN – Si.
	Zoe introdujo la bala bien a la primera. Acto seguido colocó de
nuevo el tambor en su lugar con un rápido movimiento de muñeca,
imitando lo que acababa de ver hacer al policía, sorprendiendo tanto
a Bárbara como a Morgan.
MORGAN – Muy bien.
Zoe se sonrojó al recibir ese elogio de boca de Morgan.
MORGAN – Cuando tengas que utilizarla, Dios no lo quiera, tienes que
tirar hacia atrás esto, el percutor, y… apretar el gatillo.
ZOE – ¿Y ya está?
MORGAN – Si. Es sencillo. En cada disparo tendrás que tirar hacia
atrás la palanquita ésta, pero no hay más misterio.
	Morgan se quedó mirando como la niña jugueteaba con la pistola.
Confiaba que no fuera tan inconsciente como para cometer una
estupidez, pero estaba dispuesto a correr el riesgo, pues era mucho lo
que ganaría en comparación, no dejándola a merced de los malos. 
MORGAN – Bueno, pues… Creo que ya hemos acabado.

puntos 2 | votos: 6
Al otro lado de la vida 1x101 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Bárbara apartó a Zoe de su lado, tapándole los ojos para evitar que
viera el dantesco espectáculo que se había formado en el despacho,
con los sesos de ese hombre derramándose por el agujero que Morgan le
había practicado junto al ojo, y las gotas de sangre escurriéndose
por las paredes. El propio Morgan se sorprendió por la potencia del
arma. Entonces el policía se giró hacia Bárbara, manteniendo la
misma mirada de odio que le había regalado a Alberto, con el
revólver todavía agarrado con ambas manos agarrotadas por la
tensión.
MORGAN – Ya podías haberme echado una mano, ¿no?
BÁRBARA – Yo…
MORGAN – Déjalo. No te esfuerces, niña.
	Más atontada por la situación que ofendida o avergonzada, Bárbara
vio como Morgan hacía un hábil movimiento con el arma, para
comprobar que el resto de huecos del tambor estaban ocupados por las
otras cuatro balas. Se la guardó en otro de los espacios de su
cinturón, que aunque preparado para una pistola lo acogió bien, y
por fin hizo lo que se había propuesto hacer al entrar, como si ese
intermedio no hubiera sido más que una pausa publicitaria en una
serie de televisión. Dio un par de pasos hacia la ventana, dando la
espalda al bueno de Alberto, y vio la columna de humo en el horizonte.
MORGAN – Como siga así va a arrasar la ciudad entera.
BÁRBARA – ¿Qué fue esa explosión?
MORGAN – Una caldera, un camión cisterna, una bombona de butano…
A saber. 
BÁRBARA – ¿Quieres decir que llegará aquí pronto?
MORGAN – No… No lo creo. Estamos muy lejos. Pero no creo que sea
prudente quedarse aquí mucho tiempo.
BÁRBARA – Si los infectados huyen del fuego, la ciudad será más
segura.
MORGAN – Si te apetece acabar prendida fuego, allá tú. Yo tengo
cosas mejores que hacer.
	Morgan pasó junto a Alberto, ignorándole, y dio media vuelta al
escritorio hasta acabar al otro lado del despacho, frente a la cómoda
silla de cuero negro salpicada de sangre. Abrió el primero de los
cajones: papeles y más papeles inútiles, y algo de material de
oficina. El segundo, más de lo mismo. Entonces vio que el tercero
tenía una cerradura. Su mente ya estaba desvariando, imaginándose a
si mismo tantear el cadáver de su jefe en busca de la maldita llave
que lo abriese. Pero para su sorpresa, al estirar no ofreció
resistencia alguna. Por primera vez en todo el día, se le iluminó el
rostro. Tan solo había un par de cajas, y una de ellas estaba
abierta, mostrando sólo la mitad de su contenido, pero era más que
suficiente para hacerle sentir de nuevo útil, para convencerse que
todo lo que habían hecho había servido para algo. Como ya tenía lo
que quería, se levantó y volvió por donde había venido. Le
entregó a Bárbara las dos cajas, para que las guardase; él no
tenía donde.
BÁRBARA – ¿Son balas?
MORGAN – Si, son balas.
	Se aguantaron la mirada un momento más, pero Morgan enseguida
prosiguió su camino. Bárbara y Zoe miraron cómo se dirigía a una
rudimentaria puerta de madera que había al otro extremo de la gran
sala. Como en la mayoría de ellas, un cartel blanco con grandes
letras negras delataba al inculto lo que había en su interior. En
este caso decía: TAQUILLAS. Morgan trató de abrir la puerta
estirándola, y al no conseguirlo la empujó. Miró un momento a las
chicas, que seguían plantadas en el mismo sitio desde hacía varios
minutos, y se llevó la mano a la espalda, a la altura de la cintura.
Ahí dentro estaba muy oscuro, de modo que encendió la linterna y
comprobó que no hubiese nadie ahí dentro; ya no se fiaba ni de su
sombra.
	Bárbara y Zoe le siguieron, sorprendiéndose al entrar en esa sala
donde las paredes habían sido sustituidas por taquillas de dos metros
de altura, y donde dos largos bancos eran todo el mobiliario que la
decoraba. La enorme mayoría estaban cerradas y con un candado
numérico; algunas de ellas estaban abiertas pero vacías. Morgan
sabía dónde iba, y se dirigió a uno de los extremos, para acabar
frente a la que había sido su taquilla desde el principio de los
tiempos. Agarró el candado con ambas manos, después de coger la
linterna con la boca, y mientras luchaba por evitar una arcada,
introdujo su número, con lo que la cerradura cedió y se quedo en sus
manos.
	Se encontró exactamente con lo que se esperaba, por mucho que había
fantaseado con otras posibilidades. Un uniforme limpio y planchado
pendía de la percha. Sobre el estante había unos guantes de cuero
negro, de los que se apropió, un bolígrafo que no funcionaba, y lo
que había venido a buscar. Su semiautomática, impecablemente limpia,
absolutamente vacía. Se giró para mirar a Zoe, y se palpó el
bolsillo de la pechera, donde descansaba la bala que tan inocentemente
le había regalado la niña. Se guardó la pistola en la cintura, por
la parte de atrás.
	Se disponía a dar media vuelta, cuando vio la taquilla de Rafael.
Estaba a un par de taquillas de la suya. Durante un segundo le
sobrevino un flash en el que le vio, bromeando mientras se ataviaba
con el uniforme de trabajo, charlando amistosamente con él, cuando no
existía mayor preocupación en el mundo que la de llegar a fin de
mes. Se acercó a la taquilla, iluminándola con la linterna, y
agarró el candado, dubitativo. Tenían el mismo número secreto, de
modo que no le costaría abrirla; el problema era que no se atrevía a
cruzar esa línea.
	Respiró hondo y se puso la linterna bajo la axila, para colocar los
cinco números en el candado, hasta que sonó el familiar clic. Lo
dejó abierto colgando de la argolla, y abrió la taquilla. Bárbara y
Zoe se acercaron al oír su exclamación de sorpresa. Ahora los
problemas parecían más pequeños. Cuatro cajas de cartuchos de
escopeta y tres de balas para la automática. Parecía que lo hubiera
hecho a propósito, y ese argumento ganó peso cuando levantó el
pequeño post-it rosa que había sobre una de las cajas, uno de los
que gastaba Alba en la recepción. 
	Contigo hasta el final, hermano. Morgan lo leyó y negó con la
cabeza al tiempo que se reía sin ningún tipo de tapujos y decía
hijo de puta. Bárbara y Zoe no comprendieron a qué venía todo eso,
pero pudieron leer en su cara que estaba de mucho mejor humor que
hasta hacía un momento. Morgan agradeció en silencio a Rafael su
gesta, allá dondequiera que estuviese.
puntos 24 | votos: 24
A mí me has enseñado - a querer y a olvidar.. a quererte a ti,  a olvidarme de él
puntos 11 | votos: 15
Querer dormir - y esa vos de adentro no te deje
puntos 22 | votos: 44
Porque nada motiva mas que - Ir al concierto de tu grupo favorito.
puntos 9 | votos: 11
¿Venganza? - Ya lo creo que si ...

puntos 19 | votos: 19
Subo este cartel - Por que no se me ocurre nada más.
puntos 9 | votos: 9
Mul-ti-pa-se - multipase, muuuuultipase
puntos 12 | votos: 12
Sabías que - se calcula que las hormigas de la tierra pesan lo mismo
 que la humanidad, si desaparecieran,
se produciria un fenomeno ligado a la extincion
 mucho mas dramatico que el meteorito 
que acabo con los dinosaurios,
en cambio si se extinguiera la especie humana,
en terminos ecologicos no pasaria absolutamente nada
puntos 13 | votos: 13
DESMOTIVA - poder subir solo un cartel por día
puntos 7 | votos: 7
Hoy hace un año... - que tocamos el cielo con las manos, a tal día como hoy, fuimos
campeones, HICIMOS HISTORIA.

puntos 4 | votos: 4
PORQUE SER BUENO - aveces es malo
puntos 8 | votos: 8
Que el Windows funcione - también es cosa de DOS
puntos 13 | votos: 13
Predigo que este cartel... - ... Se perderá en la cola.
puntos 5 | votos: 5
¿Sabías que - para que toda la humanidad viviese en el primer mundo
harían falta 4 planetas como la Tierra?
puntos 2 | votos: 2
Seran cabrones decian  - Que solo saldria a la venta para 3DS





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