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Veterano Nivel 3

puntos 7 | votos: 7
Orgullo y Prejuicio - No apto para amargados.
puntos 8 | votos: 8
Cómo algo tan pequeño - puede traer recuerdos tan grandes.
puntos 8 | votos: 8
¿Sigues creyendo en lo que ves? -
puntos 5 | votos: 5
Me pregunto - Si en este universo paralelo existirá Walk_t ....
puntos 9 | votos: 9
Al otro lado de la vida 1x100 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Alberto había sufrido mucho los últimos días. Tuvo que comprobar
poco a poco cómo su plan fracasaba estrepitosamente, segando la vida
de cientos si no miles de inocentes que se habían limitado a seguir a
rajatabla su ingenua idea. Había cometido uno de los errores más
básicos: había subestimado al enemigo, y eso le había pasado
factura. A medida que pasaban los días, iba perdiendo la
comunicación con todos los grupos que se habían desperdigado por la
ciudad y alrededores, viendo morir uno a uno a los que tenía más
cerca, hasta el punto que llegó a quedarse solo. Sus hombres habían
perecido, y él había perdido cualquier esperanza de éxito o
prosperidad. Habían ganado. Se habían hecho con el control de todo,
pese a ignorarlo.
	Derrotado y abatido decidió abandonar la comisaría donde había
vivido las últimas tres semanas, hastiado de encontrarse encerrado
entre sus cuatro paredes, por bien que sabía que lo que hacía era
una temeridad manifiesta. No le hizo falta siquiera salir a la calle
para encontrarse con uno de ellos. Estaba en el hall de entrada,
durmiendo en la recepción, y por eso no lo pudo ver hasta que fue
tarde. Aunque ya era viejo y sus reflejos daban mucho que desear,
consiguió quitárselo de encima con un rápido balazo del revólver
que jamás olvidaba llevar encima. Lo hizo con tan mala fortuna que el
infectado escupió un buen puñado de sangre a su cara instantes antes
de caer abatido al suelo, moviéndose convulsivamente cada pocos
segundos.
Temeroso de salir a la calle, habiendo aprendido la lección, decidió
asegurarse que el maleante no se volviera de nuevo contra él, pese a
que lucía un aspecto lamentable y parecía indefenso, esposándolo al
primer lugar que encontró. Asustado por la situación y cansado por
el esfuerzo, volvió al único sitio que reconocía como su hogar por
esos entonces, al lugar donde quería que acabasen sus días. Estaba
infectado, lo notaba en su ajado cuerpo. Sabía perfectamente cual
sería su destino, y por eso mismo quiso que sus últimos días
acabasen precisamente ahí, asemejándose a los capitanes que jamás
abandonan el barco que se está hundiendo.
Había sufrido indecible dolor durante las 30 horas que precedieron a
su muerte. Su cuerpo no estaba preparado para tanto, y tardó mucho
menos en morir por esa extraña enfermedad que la mayoría de gente.
Había llegado a fantasear con la posibilidad de quitarse la vida con
su vieja .45 mientras los dolores se empeñaban en ponérselo aún
más difícil, pero esa le pareció la solución más cobarde. La
muerte era sin duda lo que más le aterraba, y lo que le impidió
acelerar el proceso. En cierto modo, aún guardaba en su interior
cierta curiosidad por ver cómo sería la vida desde el otro lado de
la moneda. Si se unía al bando ganador, de alguna manera podría
decir que había ganado.
Llevaba durmiendo varias horas cuando esa explosión le despertó
sobresaltado. Salió de debajo del escritorio y miró por la ventana,
a tiempo de ver erguirse una nueva columna de humo al otro extremo de
la ciudad. Entonces la puerta se abrió de golpe y apareció tras ella
un hombretón negro, que de entrada no reparó en él, pues anduvo a
paso ligero hacia la ventana, desde donde intuyó los estragos que
había hecho la explosión en la sala de máquinas del hospital. Eso
no daba fe más de que el incendio se había propagado bastante en las
últimas horas, y que si seguía a ese ritmo, acabaría por devorar la
ciudad entera en cuestión de días, si nada lo impedía.
La frágil silueta de la ceniza de un puro consumido hasta el final en
un cenicero impoluto adornaba la mesa. A su lado descansaba el mismo
mapa que él había visto cuando Alberto les invitó a Rafael y a él
a abandonar Sheol. La diferencia era que ahora estaba salpicado de
tachones hechos con un grueso rotulador negro, eliminando la gran
mayoría de los cuadrantes. Morgan apenas tuvo tiempo de llevarse las
manos al pecho antes de recibir la embestida del que en tiempos había
sido su superior jerárquico.
Llegó a acariciarle el cuello con su espeso bigote antes de que
Morgan se lo quitase de encima con un certero rodillazo en el
estómago. Bárbara les observaba con atención y curiosidad, más que
miedo. Había visto a mucha gente en una situación similar; ella
misma se había visto involucrada en muchas más de las que hubiera
deseado. No obstante, Morgan le suscitaba mucha tranquilidad. Le veía
ahí, haciendo un pulso con la muerte, pero le sabía vencedor, y eso
le impedía involucrarse. Zoe se escondió detrás de ella, mirando
por un costado cómo pasaba todo, agarrada a la ropa de su cintura.
Ella no estaba tan segura que todo saldría bien.
Morgan consiguió levantarse en lo que Alberto golpeaba su espalda
contra la dura madera del escritorio, y mostraba la culata de su
revólver por dentro del chaleco abierto en el proceso. A Morgan le
faltó tiempo para abalanzarse contra él, con la mirada perdida de
ira y esperanza, imitando al modo como el jefe de policía le había
placado al entrar. Consiguió dejarle estirado boca arriba en el
suelo, luchando por librarse de sus fuertes brazos, e incluso le dio
un par de puntapiés en la entrepierna antes que Morgan consiguiera
hacerse con el arma. Se lo quitó de encima dándole una fuerte patada
en la mandíbula, que hizo que brotase un hilillo de sangre de la
comisura de sus labios.
El disparo resonó en el despacho, en la sala contigua, e incluso en
todo el doble espacio de la entrada, animando al infectado de las
esposas a zafarse de las mismas para vengarse de ellos por todo cuanto
había sufrido. Alberto cayó de culo al suelo, con media cara
desfigurada por el balazo que manchó de sangre los planos que le
habían hecho perder la razón, salpicando la pared con la fotografía
del rey, los diplomas y demás condecoraciones que tenía ahí
colgados, y haciendo que el débil esqueleto del puro que descansaba
encajado en el cenicero acabase cediendo al caerle una gota encima,
dejando caer la ceniza al fin en su superficie acristalada.

puntos -2 | votos: 8
Esa niña.. - Ella,Sara Sylvä es una de mis mejores amigas:) Esta conmigo siempre!
y aunque nos hemos peliado unas cuantas veces ella sabe que la amo! y
que JAMAS! la dejaria.y qe esta amistad seria para siempre,que NADIE
ni NADA nos separara, y asi sera :) ella es como una hermana para my.
le cuento TODO lo que me pasa, y me da su apoyo incondicional.
Sariis gracias por estar conmigo cuando mas lo necesito y a pesar de
todo tu sabes qe TE AMO♥
puntos -5 | votos: 13
desmotiva... - ...que españa haya ganado el mundial en azul, y todo el mundo diga la roja.
puntos 14 | votos: 20
¿Qué hacen 3 mujeres... - en una isla desierta...? Juntarse dos, y hablar mal de la otra.
puntos 1 | votos: 13
Siempre alzado - Canarias , luchara por la independencia
puntos 10 | votos: 12
Las ganas que tengas - de ir al baño,son inversamente proporcionales a la distancia de la
próxima estación de servicio

puntos 18 | votos: 20
Ser original - no es tratar de imitar a las personas que crees originales
es saber pensar por tu propia cuenta.
puntos 7 | votos: 7
Me jode la gente que tiene... - el ansia de que toda su compra este lo antes posible en la cinta transportadora
y se junte con la tuya, y luego tener que explicar cual es lo tuyo y cual no.
puntos 15 | votos: 15
Desmotiva - Que muchos hablen de verano mientras que en otros países seguimos en
el colegio  :c
puntos 2 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x99 - Comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

Morgan les guió hacia las escaleras, rodeando la recepción, mirando
en todas direcciones no muy convencido de que ese lugar fuera tan
seguro como aparentaba. El infectado de la entrada no paraba de
menearse tratando de zafarse de las esposas, ansioso y desesperado,
pues llevaba ya varios días en ayunas, y ahora que por fin había
encontrado algo que llevarse a la boca, todo indicaba que se quedaría
con las ganas. Cuando llegaron a las escaleras, pudieron ver la
inmensa oscuridad que manaba de ellas. Morgan estaba pensando en la
linterna que había olvidado en el todoterreno, sintiéndose estúpido
por ello, cuando vio que Bárbara le ofrecía una. La acababa de sacar
de la mochila. Morgan la cogió sin siquiera agradecérselo y la
encendió, girando la parte ancha, hasta que dos docenas de leds
volvieron a la vida vomitando un gran foco de luz blanca. 
MORGAN – ¡¿Hay alguien ahí?!
	Todos guardaron silencio, excepto el infectado de la entrada, que dio
fe de que seguía ahí. Al no recibir respuesta alguna, Morgan confió
en que no hubiese nadie ahí abajo, y comenzó a bajar las escaleras,
seguido de cerca de las chicas. Cuando dieron media vuelta al rellano
para bajar el segundo trecho de escaleras, estaban totalmente a merced
de la linterna, pues ahí en el sótano toda la luz de la que se
disponía era artificial, y hacía ya mucho tiempo que las centrales
eléctricas habían dejado de funcionar. Llegaron a la parte más baja
y vieron el vestíbulo que distribuía las diferentes zonas del
sótano, con su particular recepción vacía. Morgan miró la puerta
enrejada que les separaba de la zona del calabozo y algo se movió
dentro de sí.
	Sin perder más tiempo, Morgan fue abriendo una tras otra media
docena de puertas, haciéndoles cruzar pasillos tenebrosos aunque
suficientemente limpios y ordenados para no inspirar mayor
desconfianza. Finalmente llegaron frente a una gran puerta blindada
sobre la cual había un cartel con grandes letras negras que rezaba:
ARMERÍA. Morgan vio que la puerta estaba entreabierta, y por bien que
su mayor preocupación hasta el momento había sido encontrársela
cerrada y no tener cómo abrirla, al verla así sintió una nueva
ráfaga de pesimismo, que acabó materializándose cuando empujó la
pesada puerta y contempló el estado en el que se encontraba el
almacén.
	Docenas de taquillas abiertas, más de cien metros de estantes,
cajones y más cajones entreabiertos e incluso tirados por el suelo,
junto con docenas si no cientos de cajas de cartón vacías, cajas
antaño repletas de munición. Todo estaba a cero. Ni una triste arma
pendía de los ganchos que había en la pared del fondo, ni una caja
de balas ni de cartuchos olvidada por quienes lo saquearon todo sin
ningún tipo de miramiento. Morgan fue abriendo más y más taquillas,
docenas de cajones y puertecitas correderas de armarios, con la
ingenua esperanza de encontrar algo que los que habían pasado antes
que él por ahí hubieran olvidado, pero no encontró nada.
Absolutamente nada. 
Sintió ganas de gritar y golpear algo, pero se contuvo porque tenía
compañía. Bárbara podría haberle recriminado que les hubiera
llevado hasta ahí para nada, pero ahora había otra cosa que
eclipsaba su cabeza por completo, hasta el punto que no se dio cuenta
que la armería estaba vacía hasta que Morgan le pidió paso para
salir de ella, pues se había quedado absorta en sus pensamientos bajo
el umbral de la puerta, tocándose la herida con la mano contraria.
Miró a Morgan a los ojos, después de ver cómo estaba la armería, y
forzó una sonrisa que no sentía. Eran momentos muy difíciles para
ella, y por ello mismo se esforzó por tratar bien a sus semejantes,
demostrándose estar por encima de la situación al no pagarlo con
ellos.
BÁRBARA – No podías haberlo previsto.
MORGAN – Debí hacerlo.
BÁRBARA – Ahora ya es tarde para eso. ¿Hay algún otro sitio…?
MORGAN – Podría mirar en otro lado… pero si esto está vacío no
creo que…
BÁRBARA – Vayamos. Ya que hemos venido, agotemos todas las
posibilidades.
MORGAN – Tenemos que volver a subir.
	El policía notó un tirón en la tela de la camisa. Se giró a
tiempo de ver a Zoe levantar la mirada para cruzarse con la suya.
Tenía una mano cerrada y la abrió, mostrándole a Morgan una
brillante bala de nueve milímetros. Mientras él y Bárbara hablaban,
ella había entrado y había acabado encontrando ese pequeño tesoro
dentro de una de las cajas que había tiradas por el suelo. Morgan la
cogió.
MORGAN – Eso no vale para nada.
	Zoe le aguantaba la mirada sin parpadear.
MORGAN – Pero… gracias.
	La niña esbozó una leve sonrisa y volvió junto a Bárbara, que de
nuevo se había quedado pensativa, mirando al vacío. Morgan se
guardó la bala en el bolsillo de la pechera. Desanduvieron el camino
que habían hecho para llegar hasta ahí, y cuando llegaron de nuevo a
la planta baja, continuaron subiendo hasta el primer piso. Ahí ya no
hacía falta la linterna, de modo que Morgan la apagó, y se la
guardó en uno de los compartimentos vacíos de su cinturón. Cruzaron
un pasillo dejando a la derecha la baranda que daba al hall de
entrada, para entrar por unas grandes puertas dobles de madera pintada
de blanco. Al entrar vieron los escritorios vacíos con monitores
planos mostrando su ya tan habitual pantalla negra, docenas de
ceniceros repletos de colillas hasta rebosar, papeles y más papeles
por las mesas e incluso algunos tirados por el suelo. Lo que se veía
daba fe del caos que se debía haber vivido ahí los últimos días,
pero seguía sin haber ningún indicio que les hiciera sospechar de
hostilidad.
	Sin previo aviso una explosión sonó fuera. Fue considerablemente
más pequeña que la primera, pero les pilló tan de sorpresa que los
tres esbozaron un grito apagado, al no esperárselo. No le siguió
más que el silencio. Morgan caminó hacia el otro extremo de la
oficina y miró la puerta cerrada del jefe de policía. Su despacho
tenía una amplia cristalera que mostraba una bonita panorámica de
medio Sheol, de la cual tan solo se intuía la luz que se filtraba por
la persiana veneciana que por bien que no dejaba ver lo que había al
otro lado, dejaba pasar unos rayos de luz en franjas horizontales que
bañaban el suelo y los escritorios de la zona común. Abrió la
puerta y se adentró sin pensárselo dos veces. Apenas tuvo tiempo de
entrar, y Alberto se le echó encima.
puntos 15 | votos: 21
Me parece muy bien que le ames - Pero.....
Estoy hasta los cojones de tantisimo cartel cursi!!!!!!!!!!!!!


volvera algun dia la desmotivaciones de las fotos                     
                             ingeniosas y los comentarios
divaertidos/criticos??

puntos 3 | votos: 9
la gente  - dice que los goticos son unas personas que no saben amar pero eso es
mentira por que son personas increibles tengo una amiga mia que es
gotica y tiene mas sentimientos que personas normales y es una chica
estupenda que no cambiara por nada del mundo
puntos 12 | votos: 12
¿Que sirena prefieres? - ¿Te lo has pensado?
puntos 6 | votos: 6
Tengo - La mente sucia.
puntos 1 | votos: 3
Al otro lado de la vida 1x98 - De camino a la comisaría 102 de Sheol 
1 de octubre de 2008

A medida que se iban acercando a la comisaría la tensión iba
creciendo, pues les estaba pareciendo demasiado fácil. Las calles que
tan solo una hora antes estaban atestadas de resucitados ahora lucían
desiertas, sombrías por la nube que ocultaba el sol, húmedas y
frescas por el viento que se había levantado, que movía panfletos de
aviso del toque de queda y hojas de periódico de un extremo a otro de
las calles, haciéndolas girar y levantarse unos palmos del suelo para
luego volver a caer. A algo menos de un par de manzanas se encontraron
con tres coches de policía que cortaban el paso a cualquier vehículo
de cuatro ruedas. Tenían los cristales rotos, la mayoría de las
ruedas pinchadas, y mostraban manchas de salpicaduras de sangre que
daban fe de la carnicería que ahí se había llevado a término. Esa
barricada improvisada, además del hecho que el suelo alrededor estaba
sembrado por doquier de casquillos de bala, acabó de convencer a
Morgan que sería estúpido intentar llegar a la comisaría sobre
ruedas. El resto de calles que darían a la entrada estarían
igualmente cortadas, de modo que no les quedó otra opción que seguir
el camino a pie, dejando el todoterreno frente a la barricada, pues ya
había hecho suficiente por ellos.
	Morgan agarró su ya inútil escopeta, Bárbara se echó a la espalda
su pesada mochila negra, y abandonaron temporalmente el coche. Al
cruzar la barricada, se encontraron en el camino al menos media docena
de cadáveres desperdigados por la calle. Por bien que de entrada les
había dado la sensación que se trataba de infectados que habían
escogido esa calle para pasar la noche, enseguida se dieron cuenta que
no. Estaban realmente muertos, la mayoría de heridas de bala aunque
algunos tenían marcas de arma blanca, e incluso generosos mordiscos
de cuenta de los transeúntes caníbales. Pero lo que más llamaba la
atención, era el hecho que todos y cada uno de ellos tenían una gran
marca roja que les cruzaba de oreja a oreja, pasando frente a los ojos
ya muertos. Bárbara acercó hacia sí a Zoe, sin poder evitar que
viera ese desagradable espectáculo, y en un momento dado le dio una
patada a un bote de pintura en spray, con lo cual consiguió una
mirada asesina de Morgan, que se esforzaba por no hacer ruido, pero
que veía que sus acompañantes acabarían por hacer que los mataran a
todos con esa actitud tan imprudente.
	Enseguida se mostró ante ellos la majestuosa comisaría, con sus dos
plantas de fachada de obra vista, los altos y estrechos ventanales, y
el asta de una bandera, de la que ahora no pendía más que un trozo
de tela medio chamuscado. Morgan, al ver el estado tan penoso que
tenía, se imaginó en su mente esa misma imagen, pero cuando todavía
había cordura en el mundo. La calle estaba salpicada de mujeres que
iban a comprar acompañadas de ruidosos e impacientes niños, gatos
callejeros que pedían su ración de leche, los ancianos que solían
pasar las tardes sentados en el banco que había junto a la entrada,
fardando a sus semejantes de lo guapos que eran sus nietos y de todo
cuanto habían hecho cuando eran jóvenes. La imagen se desvaneció al
ver a esa mujer vestida con ropa desgastada y sucia, acompañada de la
niña despeinada y mal nutrida acercándose a las puertas automáticas
de cristal, que como por arte de magia, todavía permanecían en pie.
	Morgan se les adelantó. Ambas le miraron con curiosidad, viendo como
se agachaba para tocar una parte del mecanismo de la puerta que hizo
que sonara un ligero chasquido. Acto seguido posó ambas palmas de las
manos en la puerta corredera de cristal de la derecha y la corrió un
metro, lo necesario para dejar paso a los tres. Él fue el primero en
pasar, algo asustado al no saber lo que se encontraría ahí dentro.
En el interior nada parecía haber cambiado, excepto por el hecho que
todo estaba más sombrío, al no haber más luz que la que se filtraba
por las altas y estrechas ventanas de la fachada principal. Desde ahí
pudo ver la recepción en el centro de ese humilde pero acogedor doble
espacio, las escaleras al fondo, junto a los baños y el ascensor, las
barandillas de madera y metal que mostraban las puertas de las
oficinas y los despachos del primer piso, ocultas tras las sombras de
los barrotes. Un ruido a su derecha le hizo abstraerse de sus
pensamientos, e incluso llegó a levantar la escopeta en una pose
ofensiva, pese a saber que no serviría de nada.
	Había un infectado en el suelo, frente al banco que había junto a
la puerta. Al verle entrar había tratado de abalanzarse sobre él,
pero se había quedado a un par de metros de conseguirlo. Morgan vio
como uno de sus pies llevaba unas esposas que estaban sujetas a una de
las barras de metal que hacían las veces de patas del banco, que
afortunadamente estaban bien ancladas al suelo. Pese a que no podía
alcanzarle, trató con todas sus fuerzas de hacerlo, arrastrándose
por el suelo, con el pie apoyado contra la pata del banco, tratando
vanamente de darse impulso para soltarse. Morgan vio que resultaba
inofensivo tal y como estaba, y dio vía libre a las chicas para que
pasaran, para luego cerrar de nuevo la puerta forzando el mecanismo.
MORGAN – Se nos ha hecho un poco tarde, pero ya estamos aquí. La
armería está en el piso de abajo. ¿Queréis quedaros aquí y vuelvo
yo con la mercancía, o me acompañáis?
	Bárbara y Zoe se miraron por un momento, luego volvieron a mirar a
Morgan, siempre con el ruido de fondo del impaciente infectado que
ahora veía tres objetivos a los que hincarle el diente.
BÁRBARA – Mejor vamos contigo. Me da mal rollo este sitio.
MORGAN – Como queráis… Vamos tirando que no me gusta perder el
tiempo.
puntos 8 | votos: 8
Antes, mi meta era ser rico - Ahora, es que hagan carteles sobre mi en desmotivaciones

puntos 16 | votos: 16
Una pregunta... - ¿Desde cuando añadir una imagen a un cartel ajeno para crear uno
propio es plagio? Si es asi entonces la principal estará llena de
plagiadores...
puntos 17 | votos: 17
Desmotiva... - que en segundo de bachillerato te enseñen a usarlo.
puntos 11 | votos: 19
¡¡¡¡NO!!!! -
puntos -1 | votos: 19
Eres mas penoso y patético - Que los guionistas de Pokemon
puntos 6 | votos: 6
Porque - todos queremos apretarla para perder tiempo  de clase

puntos 5 | votos: 7
Al otro lado de la vida 1x97 - Bolera Sejoq, en las afueras de Sheol 
1 de octubre de 2008

Bárbara se pasó la mano por la herida, llevándose parte de la
sangre consigo y dejando una fea mancha roja en su carne tostada por
el sol. No era más que un rasguño, y tal vez no significaría nada,
pero en su cabeza comenzaron a formarse mil y una imágenes, a cada
cual más funesta. Lo primero que pensó fue que ya estaría
infectada, entonces se vio a si misma siendo uno de esos seres que
tanto detestaba, tratando de atacar a Zoe y a Morgan. Luego pensó en
la posibilidad que el arañazo no la hubiera infectado; no tenía
porqué. Las noticias decían que la infección se propagaba por la
sangre y la saliva, y ese maldito bicho no tenía por qué haberle
infectado… Quiso convencerse de ello, e incluso de la posibilidad de
que ella pudiese formar parte de ese pequeño porcentaje de la
población que resultaba inmune al virus. Pero por mucho que se
esforzase, todo remitía al mismo sitio: podía estar infectada.
	Lo primero que hizo acto seguido fue mirar a Zoe. Estaba aún más
conmocionada que ella, y eso le hizo esbozar una sonrisa, al ver que
le preocupaba, que aunque solo fuera un poco, había conseguido
importarle. Enseguida pensó en qué sería de ella si realmente lo
estaba, si Bárbara abandonase la escena en breve. Entonces se fijó
en Morgan. Él se haría cargo de ella por más que le pesara. Si no
había podido soportar dejarlas solas antes, no osaría abandonar a su
suerte a la niña, si quedase de nuevo sola en el mundo. No se habían
conocido en las mejores condiciones, pero Bárbara creía saber que se
trataba de un hombre de palabra, un hombre en el que se podía
confiar.
	La herida no era nada profunda, y apenas medía más de cinco
centímetros. Desde luego no tenía mala pinta, pero había conseguido
sembrar en su corazón la semilla de la desconfianza y el mal augurio.
Se limpió la sangre de la mano en el pantalón, y se levantó
decidida, al tiempo que tomaba aire. Zoe se levantó también, ayudada
del brazo de Morgan, que no había dejado de mirar hacia la zona de
juego donde se había escondido el chimpancé mientras ellas habían
bajado un poco la guardia con la desagradable sorpresa.
BÁRBARA – Alegra esa cara, Zoe.
	Zoe tragó saliva, con los ojos vidriosos, a punto de llorar.
BÁRBARA – Esto no significa nada. No me ha mordido… Seguramente
me he rascado con algo mientras me lo quitaba de encima. La sangre es
mía. No hay nada de lo que preocuparse.
	Morgan la miró a los ojos, juzgándola por mentir al tratar de
tranquilizar a la niña. Ella arqueó un poco las cejas, suplicándole
con la mirada que fuera algo más indulgente; él se limitó a girar
de nuevo la cara hacia la oscuridad. El mono parecía no tener ganas
de volver a las andadas, y su compañero no se volvería a levantar.
Morgan echó un vistazo al exterior y encontró la calle de nuevo
vacía. El peregrinaje de todos aquellos perturbados parecía haber
llegado a su fin.
MORGAN – Será mejor que nos vayamos. La calle vuelve a estar
tranquila, y no me apetece quedarme aquí dentro ni un segundo más.
BÁRBARA – Eso. Vayámonos de aquí. 
	Ambos se aliaron para dejar en segundo plano la herida de Bárbara,
quitándole importancia al evitar hablar de ello. Sin embargo la
mirada de Zoe decía todo lo contrario. Bárbara se agachó un poco
para estar a su nivel, y le habló mientras Morgan se acercaba de
vuelta a la puerta de entrada y la abría tratando de hacer el menor
ruido posible.
BÁRBARA – No te voy a dejar sola, ¿entendido? Todavía no ha
nacido persona… ni animal que pueda conmigo, así que quita esa
cara. ¡Es una orden!
	Zoe, que había tenido la mirada baja todo el rato, la miró a los
ojos un momento. Tragó saliva y no dijo nada. Bárbara temió que
volviera de nuevo a su estado autista si la perdía también a ella, y
que esta vez no le quedaran ya fuerzas para salir de nuevo a flote. De
todos modos, la suerte ya estaba echada, así que se limitó a cogerla
de la mano para acompañarla de nuevo hacia fuera, todavía muy
afectada por los últimos acontecimientos, luchando contracorriente
para no filtrar su miedo al exterior.
	Una vez fuera, Morgan volvió a bajar la reja de rombos, asegurando
de ese modo la muerte por inanición del simio, si es que esos seres
podían llegar a morir por ello, cosa que él aún desconocía. Los
tres miraron la calle desierta con algo de mejor humor. Después de la
exagerada cantidad de gente que la había cruzado, parecía mentira
volverla a ver tan muerta. Se subieron al todoterreno, ocupando de
nuevo sus asientos, y Morgan arrancó de nuevo el motor, algo
compungido por el nivel del tanque de gasolina. En lo que Morgan
tardó en sacar el coche del aparcamiento, Bárbara se apresuró a
limpiar la herida con agua oxigenada y alcohol que había sacado del
pequeño botiquín improvisado que llevaba en la mochila, para luego
añadir algo de yodo, creyendo innecesario vendarla.
	En su camino pasaron frente la fachada exterior del recinto de los
laboratorios ЯЭGENЄR. Los tres se quedaron sorprendidos al ver la
enorme pintada que lucía. Morgan fue capaz incluso de reconocer a los
autores de la misma, pues tenía el mismo color y el mismo trazo que
la del cartel de bienvenida al pueblo. Decía con contundentes letras
de más de medio metro: ASESINOS.
ZOE – Mi padre trabajaba ahí.
	Bárbara miró a Zoe con el ceño fruncido, para mirar de nuevo la
enorme pintada que poco a poco dejaban atrás, con algo de malestar en
el cuerpo. Por un momento se sintió más unida a ella que nunca.
Respiró hondo, tratando de quitar todos esos malos recuerdos de su
cabeza, mirando a un lado y a otro por si veía aparecer algún
infectado cruzando una esquina o saliendo de alguna puerta. Enseguida
llegarían a la comisaría, y esta vez no habría ningún tipo de
sorpresa por el camino.
puntos 2 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x96 - Bolera Sejoq, en las afueras de Sheol 
1 de octubre de 2008

Pasó más de media hora, de modo que acabaron por confiarse,
asimilando esa nueva ubicación como un lugar seguro al ver que los
pocos infectados que todavía merodeaban por las calles no llegaban a
reparar en ellos, pues tenían otro objetivo distinto. El coche les
observaba desde la proximidad en la plaza de minusválidos,
invitándoles a salir de ahí de un momento al otro para seguir su
camino como si nada hubiera pasado. Zoe había cogido el servilletero
y jugaba a apretar las servilletas, forzando el muelle para que luego
volviese a su posición original. Morgan y Bárbara estaban hablando
en un tono y con una tranquilidad que sólo podía ofrecer la
compenetración que les brindaba ese momento de adversidad. 
BÁRBARA – Nos ha venido de poco, ¿eh?
MORGAN – No sé en qué estaría pensando. No debí arrastraros
conmigo de vuelta a la ciudad…
BÁRBARA – No. Todo lo contrario. Piénsalo.
	Morgan levantó la mirada de la mesa metálica llena de circulitos
solapados entre ellos, similares a diminutos discos compactos que le
daban un toque psicodélico. La nueva situación le había recordado
la muerte de todos aquellos inocentes en el túnel, tras el atasco de
la carretera que salía de Etzel. Se había empeñado en que toda esa
gente le acompañase, siendo él el único responsable a todas luces,
pues él y no otro era quien había tomado la decisión. Ahora le daba
la sensación que se repetía la historia, a menor escala. Al menos
ellas no eran más que dos, y resultaría más difícil perderlas de
vista. 
MORGAN – No te entiendo.
BÁRBARA – Si no hubieras venido a buscarnos, antes o después nos
habríamos encontrado con los que huían del fuego, y serían tantos
que no hubiéramos tenido ninguna oportunidad, ahí en mitad de la
nada. Nos has salvado la vida por tercera vez…
MORGAN – ¿Tercera?
	Morgan frunció el entrecejo.
BÁRBARA – Ahora al recogernos, antes con lo de la serpiente y ayer
con la leona.
	Morgan se mostró sorprendido.
MORGAN – ¿Cómo sabes tú lo del león?
BÁRBARA – Zoe te vio. Ayer.
MORGAN – Eso no me lo esperaba, la verdad.
	Su ensimismamiento en la conversación, les había impedido darse
cuenta que Zoe se había levantado de su sitio y caminaba curiosa y
tranquila hacia la zona de juego. Había visto un par de bolas en el
suelo, y quería levantar una para ver cuánto pesaba. Bárbara se
sobresaltó al no verla sentada a su lado, pero enseguida reparó en
ella y le llamó la atención, más sorprendida que asustada o
enfadada. Era evidente que estaba mutando a marchas forzadas, pues un
par de días antes no hubiera tomado la iniciativa de alejarse de su
lado bajo ningún concepto. Sintió una mezcla de goce y miedo, al ver
que poco a poco, de nuevo volvía a poder disfrutar de ser una niña,
pero que eso la hacía irresponsable y despreocupada.
BÁRBARA – Zoe, no te alejes. Vuelve aquí.
	Zoe se giró tan solo a cinco pasos de la bola que pensaba coger, una
de un intenso color rosa chicle; lo siguiente fue tan rápido que no
tuvo ocasión más que de girarse de nuevo hacia la oscuridad al
escuchar el ruido de las pisadas del simio antes de que éste le
alcanzase. El chimpancé se abalanzó sobre ella, agarrándola del
pelo y estirando con fuerza para llevársela hacia la zona oscura,
jaleando la victoria a los cuatro vientos con sus gritos animales.
Bárbara y Morgan se levantaron al unísono, arrastrando y dejando
caer las sillas a su paso, corriendo hacia la niña como si les fuera
la vida en ello. Zoe cayó al suelo con la sorpresa y la embestida, y
gritó al notar el tirón en el cuero cabelludo. El mono pretendía
llevársela consigo, y llegó a arrastrarla un par de metros antes de
que Morgan se metiera por medio.
	El policía se enfrentó al mono, dándole vía libre a Zoe para
resguardarse del peligro. Salió corriendo, trastabillando en el
camino, a punto de caer un par de veces, para acabar resguardándose
tras la barra del bar, escuchando desde ahí los gritos de lo que
parecían al menos dos chimpancés enloquecidos y los forcejeos tanto
de Bárbara como de Morgan. Se sentó en el suelo, de espaldas a una
cámara frigorífica ya muerta, tapándose los oídos para no escuchar
lo que ahí ocurría, mientras se imaginaba lo peor. 
	Bárbara quiso ayudar, pero antes de darse cuenta se encontró de
frente contra otro chimpancé, con bastante peor aspecto que el
primero. Tenía algo de espuma en la boca, la mayoría ya reseca, que
había llegado a apelmazar el pelo cercano a la barbilla. Pero sin
lugar a dudas lo que más llamaba la atención era la horrible herida
que tenía en uno de sus brazos. La mayor parte de la carne del
antebrazo ya no existía, pues la noche anterior un infectado se
había alimentado de ella. Su brazo pendía inerte e inútil del
hombro manchado de sangre seca, mostrando una herida ya cicatrizada de
un color rojizo sonrosado, impensable para ser tan reciente.
	El mono saltó hacia su pecho, placándola y haciéndola caer de
espaldas al suelo del empujón, luchando por arañarla y morderla,
totalmente fuera de sí. Al tenerle tan cerca, pudo leer en sus ojos
la misma mirada de los infectados, con el iris de ese color rojo
oscuro tan familiar, inyectados en sangre. Agarró con una mano su
brazo útil, pues el otro parecía estar poco menos que de adorno, y
con la otra el cuello, evitando de ese modo que le mordiese, por bien
que lo intentaba. Bárbara le agarraba como podía, tratando de evitar
que le mordiese en la cara, como no paraba de intentar. El chimpancé
rodeó su cintura con las patas, aferrándose fuertemente a ella.
Tenía más fuerza de la que aparentaba, y la mujer no tardaría mucho
en cansarse de sostenerle, dándole de ese modo vía libre para llevar
a cabo sus macabras intenciones. Afortunadamente Morgan estaba ahí
para ayudarla.
Él mismo había estado forcejeando con el chimpancé que había
atacado a Zoe en un principio. Pero Morgan era más fuerte que el
mono, y no le costó mucho deshacerse de él. Le había agarrado del
cuello con una mano, mientras que con la otra luchaba por zafarse de
los cinco tentáculos que trataban de golpearle con furia desmedida.
Sin pensárselo dos veces lo plantó de cara al suelo, pisándole la
espalda, para luego partirle el cuello en un rápido y hábil
movimiento con el brazo. Una vez el simio estuvo medio muerto en el
suelo, escupiendo sangre por la boca sin alcanzar a levantarse, se
giró hacia Bárbara, que pedía ayuda a gritos.
Entre los dos trataron de reducirle pero no fue hasta que Morgan le
agarró con fuerza de la reciente herida, que el mono reaccionó.
Profirió un grito que resonó en todo el local, rebotando en las
paredes, el techo y el suelo, y disipándose al tiempo que soltaba a
Bárbara y salía corriendo de nuevo hacia la oscuridad, con su ego y
su brazo malheridos. Desapareció por el hueco de una de las pistas de
la bolera, escondiéndose en el lugar mágico por el que desaparecían
los bolos y las bolas. El otro mono había acabado pereciendo en el
suelo a escasos dos metros de ellos, ahogándose en su propia sangre,
de modo que no representaba amenaza alguna, no con el cuello partido,
de modo que ambos corrieron a reunirse con Zoe, siempre con un ojo a
la espalda por si el del brazo herido arremetía de nuevo contra
ellos.
La encontraron arrinconada junto al refrigerador, al otro lado de la
barra del bar, con una mano en la cabeza, dolorida por el tirón que
se había llevado un puñado de ese pelo escarlata. Ambos se
arrodillaron junto a ella, asegurándose una buena visión del campo
de juego, para preguntarle con la mayor delicadeza. Morgan miraba a la
niña, pero aunque se esforzó, no fue capaz de encontrar ni un
rasguño ni un mordisco en su lechosa piel, lo cual le tranquilizó,
por bien que no la conocía y apenas era capaz de recordar su nombre.
Él mismo estaba seguro de que no le había pasado nada, pues había
sabido sobrellevar la situación sin salir mal parado. Todo parecía
en regla.
BÁRBARA – ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
ZOE – Me duele el pelo, pero… sólo ha sido el susto.
	De repente la boca de la niña quedó entreabierta por la amarga
sorpresa al tiempo que los ojos se le abrían como platos. Ambos
adultos pensaron que se trataba del chimpancé que había huido, que
volvía a las andadas, pero la niña no miraba hacia ahí atrás, sino
a Bárbara, concretamente a su brazo derecho. Ella no se había dado
cuenta hasta entonces, y el corazón le dio un vuelco al verlo. Su
brazo estaba sangrando. En uno de los zarpazos, el simio le había
hecho una herida de la que ahora manaba un hilillo de sangre.
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Al otro lado de la vida 1x95 - Entrando a Sheol por su parte oriental
1 de octubre de 2008

Morgan viró a la derecha tan rápido como pudo y enfiló la primera
calle que encontró, alejándose de ese modo de su objetivo. De haber
seguido hacia la comisaría, se habría tenido que cruzar con todos
ellos, así que tuvo que encontrar otra alternativa. Bárbara y Zoe se
habían dado media vuelta, hincando las rodillas en su asiento, para
ver desde ahí como se acercaba esa masa ingente de personas. Morgan
giró de nuevo, dándoles esquinazo y dejando de nuevo al todoterreno
en una zona desde la que no se les veía, de momento. Miró
rápidamente a un lado y al otro, y finalmente tomó la decisión más
adecuada que fue capaz de encontrar. 
Estaban junto a la bolera Sejoq, recientemente inaugurada. El
aparcamiento, al igual que el del resto de locales de la zona estaba
desierto, tan solo salpicado por algunas hojas secas y algún que otro
papel de periódico que se hacía eco de la tragedia. Pero algo hacía
a esa bolera diferente al resto de locales con los que se habían
cruzado en su corta pero intensa huída de los infectados. Todos los
demás tenían grandes y pesadas persianas mecánicas y metálicas
bajadas, impidiendo el paso a propios y ajenos, como la situación lo
requería. La bolera tan solo disponía de una reja manual que
mostraba cientos de rombos y permitía ver lo que había tras ella;
una puerta entreabierta con el logotipo de la bolera impreso sobre el
cristal al otro lado. Estaba a medio bajar; era todo cuanto impedía
el paso. Al parecer el dueño había tenido tanta prisa al salir que
no había tenido tiempo de cerrar correctamente.
Si bien ello representaba que no tendrían dificultad alguna para
acceder, de igual modo no les daba la seguridad que alguien lo hubiese
hecho antes que ellos. De todos modos, no había tiempo para
pensárselo dos veces. Morgan dirigió el todoterreno hacia la entrada
del parking de la bolera y lo dejó aparcado con un sonoro frenazo en
la plaza de minusválidos que había junto a la entrada. No hizo falta
siquiera hablar para que todos se sincronizasen, abriendo sus puertas
al mismo tiempo, saliendo del coche a toda velocidad, y cerrándolas
acto seguido para que ningún indeseable pudiera entrar durante su
ausencia. 
Dos bolos gigantes ocultaban los pilares que aguantaban la marquesina
que mostraba por donde se debía entrar. Se sintieron empequeñecer al
pasar entre ellos. El metro que faltaba por bajar de la reja les
inquietó de nuevo, pero el sonido de las pisadas se acercaba
peligrosamente. Entraron los tres a toda prisa; Morgan y Bárbara
arrodillados, Zoe ligeramente agachada. Una vez dentro, en la tierra
de nadie entre la reja y la puerta de entrada, Morgan arrastró el
trecho de reja que quedaba hasta encajarla en su punto más bajo. Acto
seguido agarró la puerta del pomo metálico y entró sin hacer mucho
ruido.
Una vez dentro se sintieron más seguros. El techo era muy bajo en
comparación con el gran espacio que albergaba. La luz se filtraba por
la fachada este, que era la única que disponía de cristaleras, todas
ellas intactas e impolutas. El otro extremo del local, la zona donde
se encontraban las pistas por las que un mes antes cruzaban las bolas
a toda velocidad, era bastante sombrío, sobre todo a medida que se
alejaba del único foco de luz natural del que disponía. Se
dirigieron hacia una de las mesas del pequeño bar junto a la puerta
de entrada, y bajaron tres de las cuatro sillas que había dadas media
vuelta sobre la mesa, para sentarse sobre ellas acto seguido. No
tardaron mucho en hacer de nuevo acto de presencia, los infectados.
Emergieron del oeste, por las calles perpendiculares a por la que
ellos habían accedido a la bolera, obviándola en su frenética
huída al pasar de largo. Cuando los vieron en primera instancia les
habían parecido muchos, pero ahora que podían verlos desde la
barrera, resguardados del peligro, coincidieron que había muchísimos
más de los que jamás hubieran pensado. Pasaban los minutos y la
marea humana no menguaba, si un caso se hacía más intensa a cada
segundo. Los tres se sorprendieron mucho al ver tal cantidad de
infectados. Por bien que sabían que la población de Sheol era muy
extensa y que la enorme mayoría de ellos habían pasado al otro lado,
al ver a tantos juntos se les revolvió algo en el interior.
Se quedaron mirando todo el tiempo que duró ese macabro espectáculo,
hasta que poco a poco la marabunta comenzó a menguar, pero sin llegar
a cesar en ningún momento. Había muchos rezagados que todavía
corrían como si la vida les fuera en ello, con idéntico destino al
resto de sus compañeros, destino todavía desconocido para nuestros
protagonistas. Bárbara le daba vueltas al motivo por el que tal
cantidad de infectados podía haberse puesto de acuerdo para partir en
la misma dirección y en el mismo momento, sin llegar a alcanzar la
respuesta por bien que lo intentaba. Desde el principio había pensado
que ellos habían sido quienes les habían atraído, pero al verles
pasar de largo sin inmutarse, esa teoría caía por su propio peso.
Morgan la abstrajo de sus pensamientos. 
MORGAN – No venían a por nosotros.
	Se giró hacia él y le miró con el ceño fruncido, sin entender a
qué se refería. Zoe miraba por la ventana, algo asustada pero
cómoda al sentirse acompañada y protegida.
MORGAN – Huyen del fuego.
Bárbara miró durante un momento a Morgan asintiendo levemente con la
cabeza, para luego posar de nuevo los ojos a través de la ventana, en
la calle, más allá del parking. Todavía seguían apareciendo más y
más rezagados, en un goteo interminable. Todos parecían venir de la
misma dirección, la dirección en la que se había producido la
explosión, de modo que la explicación de Morgan tenía todo el
sentido del mundo. Se quedaron un rato más viéndoles escapar de
Sheol, sentados en la mesa del bar, dando la espalda a la zona de
juego, ignorantes de que dos parejas de pequeños ojos no humanos les
miraban desde la oscuridad.
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Al otro lado de la vida 1x94 - De camino a Sheol por su parte oriental
1 de octubre de 2008

BÁRBARA – ¿Hacia dónde te dirigías cuando nos encontraste?
Porque salías de Sheol, no entrabas.
MORGAN – Iba hacia el sur, en busca de algún sitio seguro.
BÁRBARA – Como nosotras.
MORGAN – Hombre…
	El todoterreno quedó en silencio, de nuevo con todas las ventanillas
subidas, como requería la situación. Circulaban por la derecha, por
una carretera desierta con viñas a ambos lados. Mirando al frente
nada les hacía pensar en el estado en el que se encontraba la ciudad.
Ahí nada parecía haber cambiado. Morgan echó un vistazo por el
retrovisor en un momento dado, dentro de ese silencio incómodo, y se
cruzó con los ojos de Zoe, que tenía la boca abierta. La niña
había sacado un paquete de galletas príncipe de la mochila y estaba
comiéndose una dejando caer las miguitas sobre la falda de su vestido
y sobre el asiento. Se miraron por un momento, y ella temió que le
riñera por mancharle la tapicería, pero enseguida Morgan miró de
nuevo al frente, sin inmutarse. Lo que había estado mirando era la
columna de humo que aún seguía vigente en el horizonte. A esas
alturas debería haberse sofocado por si mismo el fuego. Lo contrario
quería decir que se estaba extendiendo, y solo Dios sabía la
magnitud que podría adquirir.
BÁRBARA – Respecto a lo de antes…
	Morgan echó otro corto vistazo por el retrovisor. En esta ocasión
vio media cara de Bárbara de perfil, que pese a estar hablándole,
miraba por la ventanilla, distraída.
BÁRBARA – Creo que a los dos se nos fue bastante la cabeza. A
ver… Vivimos en un mundo en el que motivos no nos faltarán jamás
para tener asco de todo, gritar hasta desgañitarnos y hasta odiar la
vida, pero creo que nunca deberíamos perder el respeto por los
semejantes.
MORGAN – ¿No he vuelto a buscaros?
BÁRBARA – ¡Si! No te digo eso. Es por… la manera cómo… Todos
hemos perdido mucho por el camino. Yo he perdido a mi hermano, ella ha
perdido a sus padres, y estoy seguro que tú tendrás tu propia
historia para haber acabado aquí. Lo que te quiero decir, es que a
día de hoy, el que más o el que menos, es desgraciado a más no
poder, pero no podemos culpar de ello a los demás, ni… tratar de
desahogarnos con quién no lo merece, ¿me entiendes?
MORGAN – Si me dieran un euro cada vez que alguien me ha dicho eso,
sería hoy día el más rico del cementerio. Bárbara te llamabas,
¿no? 
BÁRBARA – Si.
MORGAN – Pues… Bárbara. El Morgan con el que te has topado antes
no es el Morgan amargado porque todo se ha ido a la mierda, sino que
es Morgan, a secas. No quiero que me malinterpretes, no tengo nada
contra ti, pero no retiro nada de lo dicho.
BÁRBARA – Bueno…
	Bárbara se quedó pensativa durante un rato. No sabía muy bien lo
que le había querido decir Morgan, más tampoco le apetecía ponerse
a averiguarlo, así que prefirió no seguir. Lo que era indiscutible
era que en cuestión de minutos se había convertido en su ángel de
la guarda. Las había salvado de un gran peligro y ahora las escoltaba
a un lugar seguro para darles una nueva oportunidad de sobrevivir. Al
fin y al cabo, ¿no era eso lo que realmente importaba?
MORGAN – ¿Qué edad tienes?
BÁRBARA – ¿Qué edad me echas?
	Morgan se quedó en silencio durante unos segundos. Acto seguido
respondió, con bastante desgana.
MORGAN – ¿Veinte?
BÁRBARA – ¿Tan bien me conservo?
MORGAN – ¿Me vas a responder hoy?
BÁRBARA – Veintiséis.
MORGAN – ¿Y la niña?
ZOE – ¿Qué edad me echas?
	Bárbara esbozó una sonrisa al ver a Zoe imitándola, haciéndose la
interesante. Se había comido media docena de galletas y había vuelto
a dejar el envoltorio en su lugar de la mochila, como era de menester.
Sintió ganas de estrujarla contra sí, pero lo que hizo fue removerle
el pelo, con lo que la niña también esbozó una leve sonrisa. El
día que la encontró era una niña gris; callada, triste y
asustadiza, tan traumatizada por los acontecimientos que había
olvidado incluso quién era. Ahora, poco a poco, se estaba abriendo de
nuevo al mundo, mostrando su verdadera cara, al tiempo que sus heridas
cicatrizaban. Bárbara lo estaba notando, y eso le hacía sentirse
bien. No sabía si era porque las circunstancias lo exigían, pero le
daba la impresión que era la hija que ella siempre había querido
tener, y eso le hacía sentirse más unida a ella todavía.
MORGAN – ¿Ocho?
ZOE – ¡No! Tengo diez años y cinco meses.
	Ofendida por Morgan, y para enfatizar sus palabras mostró los diez
dedos de ambas manos, con lo que Bárbara estalló en una carcajada.
Morgan las miraba por el retrovisor, y hasta tuvo que contenerse una
mueca de risa, sintiendo un extraño cosquilleo en la garganta. Lo que
hizo fue negar con la cabeza al tiempo que echaba algo de aire por la
boca y entrecerraba los ojos. Desde que se quedara solo, se había
prometido que no se aliaría con nadie. No quería compañía, pero
ahora que la tenía, debía asumir que el mal trago resultaba más
liviano si uno estaba acompañado.
Para entonces ya habían abandonado la variante y cruzaban a velocidad
moderada una zona salpicada de fábricas a un lado y supermercados,
grandes tiendas de bricolaje, ropa deportiva y demás deleites para el
consumista moderno al otro. Cuando apenas faltaban quinientos metros
para llegar a la comisaría, Bárbara rompió de nuevo el silencio.
BÁRBARA – ¿Tú eres de Sheol, no?
MORGAN – Si… Vine aquí con diez años. Vivía con mis padres en
Florida, pero vinimos aquí a finales de los setenta. ¿Vosotras sois
las dos de por aquí?
BÁRBARA – Zoe si. Yo vivía en Etzel.
MORGAN – ¿Y te pilló todo el meollo aquí?
BÁRBARA – No, yo estaba en Etzel a principios de mes. Es una
historia muy larga cómo llegué a parar aquí… Vine a Sheol a…
MORGAN – Shht.
	Morgan levantó un brazo indicándole a Bárbara que callase. Le
había parecido oír algo, pero no estaba seguro del todo. Bárbara
calló, y trató de escuchar también. Los tres aguzaron el oído, y
por bien que en un primer momento creyeron que no había sido más que
el siseo de la brisa al filtrarse por la rendija que había dejado la
ventana prácticamente cerrada de Morgan, enseguida concluyeron en que
era algo más grande. Morgan levantó el pie del acelerador, frenando
ligeramente el coche, para escuchar mejor. Era el rumor de pasos en la
lejanía, y a juzgar por el jaleo que formaban, debían de ser
cientos.
	Fue Zoe la que les sacó de su ensimismamiento. Gritó para
alertarles y señaló hacia la izquierda, a una de las avenidas que
cruzaba en perpendicular a la calle por la que ellos iban. Al menos
cien infectados emergieron de ahí, corriendo el silencio, como una
estampida muda. Todos iban en la misma dirección, corriendo
acompasados unos junto a los otros, ignorándose pero formando parte
de la misma melodía macabra. Enseguida vieron como por todas las
demás calles que había a su siniestra emergían más y más de
ellos. Si no hacían nada, en cuestión de segundos acabarían
rodeados, sin posibilidad alguna de escapatoria.
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Me da igual... - ...¡No tengo Facebook!

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Al otro lado de la vida 1x93 - Junto al río Máyin, en las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Bárbara se metió de nuevo en el río, algo más atenta al agua que
la primera vez. Llegó a la otra orilla sin dificultad; ya no había
rastro de la serpiente. Empapada de nuevo de cintura para abajo, se
calzó la mochila y volvió con Zoe, que parecía más distraída que
nunca, mirando el humo que brotaba de la gasolinera y de los
apartamentos que colindaban con ella, que también empezaban a
sucumbir al fuego. Juntas de nuevo y sin ningún peligro a la vista
que pudiera turbarlas, siguieron su camino en busca de un puente. Al
hacerlo, aprovecharon para alejarse más de Sheol, siguiendo el curso
del río.
	 Volvieron a la monotonía del largo y tedioso camino de destino
incierto. El cielo estaba encapotado y corría una agradable brisa;
todo en silencio y sin rastro alguno de la tragedia ocurrida a tan
poca distancia. Cuando ya pudieron vislumbrar un puente a algo menos
de un kilómetro, Zoe le llamó la atención a su tutora. Ambas
pararon y Bárbara se giró para ver a qué se refería la niña. No
era más que una pequeña nube de polvo y tierra que se acercaba desde
la distancia. Provenía de Sheol. No tardaron mucho en comprender que
se trataba de un coche, y poco más en ver que era el mismo que
llevaba aquel pintoresco policía con el que se acababan de encontrar.
Bárbara y Zoe se miraron durante un momento, para posar de nuevo los
ojos en el todoterreno, que a todas luces se dirigía hacia ellas.
Morgan frenó a un escaso metro de las chicas, y presionó el botón
que bajaba la ventanilla.
BÁRBARA – ¿Olvidaste algo?
	Morgan, todavía sin creerse lo que acababa de hacer, se tragó el
orgullo y lo soltó todo de una vez para sorpresa de Bárbara y suya
propia, pero no de Zoe.
MORGAN – Me gustaría… que me acompañaseis.
BÁRBARA – Nos ha costado mucho salir de ahí. Volver a entrar es lo
último que se me ocurriría. Muchas gracias pero… tenemos cosas que
hacer. Si me disculpas…
	Morgan se sintió estúpido, y se quedó sin palabras. Bárbara se
dirigió a Zoe, imitando la expresión seria de la cara de Morgan.
BÁRBARA – Vámonos, Zoe.
	Zoe no se movió, miraba al policía, incitándole a seguir adelante.
MORGAN – Esperad.
	Bárbara se giró de nuevo al coche. Respiró hondo.
MORGAN – Voy hacia la comisaría, para coger más munición, porque
después… de lo de antes me he quedado a cero. Está por las
afueras, por la parte oriental de Sheol, no muy lejos de aquí, diez
minutos a lo sumo. Conduciré por la variante hasta la entrada que
lleva directa a la calle en cuestión. Apenas hay que adentrarse media
docena de manzanas antes de llegar, y a estas horas la mayoría deben
estar durmiendo. 
BÁRBARA – ¿Y dónde entramos nosotras ahí?
	Morgan tragó saliva. La pesada voz que había dentro de su cabeza le
había estado machacando para que volviese a por ellas desde que las
dejó tiradas hacía escasos diez minutos. Él había tratado de
mostrarse inflexible y seguir adelante, pues no quería cargar ni con
ellas ni con nadie. No le apetecía tener más compañía que la
soledad, nadie más de quien preocuparse ni en quién apoyarse para
luego sufrir su pérdida por enésima vez. Pero como de costumbre, su
mitad empática ganó la batalla al ogro.
MORGAN – Mi conciencia no me permite dejaros solas caminando por
aquí sabiendo que estáis desarmadas. Si os pasara cualquier cosa…
me sentiría responsable, por no haber puesto nada de mi parte.
BÁRBARA – Hoy día impera la ley del sálvese quién pueda. Me
sorprende que sigas comportándote así.
MORGAN – Prefiero seguir creyendo que todavía queda algo de la
sociedad de hace un mes. Mira. Sólo quiero que me acompañéis hasta
la comisaría, que cojáis un arma con la que defenderos y luego…
que cada uno se vaya por su lado. Creo que todos salimos ganando, la
verdad.
BÁRBARA – ¿Y no te retrasaremos y resultaremos una carga, para ti?
	Bárbara le estaba buscando las cosquillas al verle flaquear de esa
manera, para demostrarse a sí misma que todavía podía lidiar con la
situación. Por bien que Morgan hubiera deseado soltarle cualquier
improperio y salir de ahí dejándolas atrás a ambas para siempre,
supo contenerse, y se tragó de nuevo el orgullo.
MORGAN – No me lo pongas más difícil.
	Bárbara se puso en la piel del policía por un momento, y acabó
abandonando su actitud defensiva; lo contrario hubiera sido estúpido.
Tan solo mirando la cara de Morgan se podía comprender a la legua que
estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por contenerse, y que lo
hacía por el bien de ambas. La opción que le ofrecía parecía
coherente y sensata, suficiente para tenerla en cuenta. Desde que
perdiese el bate, se había sentido enormemente indefensa, más por
estar al cargo de Zoe. Desde que se encontraron se había sentido
mediocre en su papel de madre, y era precisamente por eso por lo que
le habían dolido tanto las palabras de Morgan. Ahora era ese mismo
hombre quién le ofrecía la posibilidad de enmendar ese error.
BÁRBARA – Vale, digamos que aceptáramos. ¿De verdad crees que no
será peor para nosotras volver a la ciudad que quedarnos fuera?
MORGAN – No te puedo prometer nada, desde luego, pero si os quedáis
fuera no podréis defenderos si os ataca alguien. De lo contrario… 
BÁRBARA – Vale…
	Bárbara mostró una leve sonrisa a Morgan, que no fue correspondida.
Acto seguido se giró hacia Zoe, agachándose ligeramente para ponerse
a su nivel.
BÁRBARA – ¿Tú que dices, Zoe?
ZOE – Yo quiero ir.
	 Bárbara se giró de nuevo a Morgan. 
BÁRBARA – Bien. Iremos contigo.
	Morgan se limitó a responderla quitando el seguro a las puertas. Las
dos chicas se acercaron más al coche. 
BÁRBARA – No me has dicho cómo te llamas.
	El policía la miró de nuevo. Se la veía ridícula con media
camiseta seca y la otra aún húmeda mostrando la copa del sujetador,
con los pantalones empapados, la melena rubia despeinada y recogida
hacia atrás de mala manera, también a medio secar.
MORGAN – Morgan. Morgan Clark.
	Bárbara le ofreció su mano. Él la miró, apartó la suya del
volante y se la estrechó con fuerza, sin rencores. Enseguida se
separaron. Morgan se quedó mirando como aquella burda imitación de
una mujer y esa niña ojerosa y huesuda, que no pasaría de los
treinta kilos, entraban en su coche. Por un momento tuvo ganas de
reír por lo absurda que le parecía la situación. Bárbara y Zoe
entraron al todoterreno por las puertas traseras, y ocuparon dos de
los tres asientos. El tercero lo ocupó la gran mochila negra que
acarreaban desde hacía ya tanto tiempo. Desde ahí Morgan parecía un
taxista, más cuando arrancó y puso rumbo a la comisaría.
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Al otro lado de la vida 1x92 - Junto a un río en las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Una libélula se posó en la rodilla desnuda de Zoe. Era de un
precioso color celeste y por un momento la muchacha desconectó del
mundo real, donde aquellos dos estaban discutiendo, para sumergirse en
su propio mundo. Le gustaban los animales, sobre todo los insectos.
Antes de que todo eso empezase, se había llegado a pasar horas
muertas en el jardín de casa observando la colonia de hormigas que se
había apoderado de gran parte del césped de la entrada, dándoles
miguitas de pan y mirándolas con curiosidad y admiración. Al ver que
esa pequeña libélula la había elegido para posarse sobre ella, se
sintió especial. La miraba con atención, la boca entreabierta y los
ojos como platos, todavía excitada y jadeante por el enorme problema
que acababan de solucionar gracias a ese ángel negro, que parecía
seguir sus pasos para salvarlas de todos los peligros que surgiesen,
cuando de repente algo la espantó y salió volando al otro lado del
río.
	La explosión sonó en el aire y se notó en la tierra. Zoe miró a
Bárbara, se levantó habiéndose olvidado ya de su pierna, que por
otra parte no estaba más que un poco irritada por la fricción con la
piel del reptil, y se acercó a su vera. La mujer la asió del hombro
atrayéndola hacia sí, para tranquilizarla, y los tres se quedaron
mirando la deflagración y acto seguido la columna de humo que tiñó
gran parte del horizonte. Les había dejado perplejos, y por unos
momentos llegaron a olvidar qué estaban haciendo ahí o cómo habían
llegado. Todo volvió a quedar en silencio; una calma solo mancillada
por la humareda lejana que parecía crecer por momentos.
BÁRBARA – ¿Qué ha sido eso?
	Morgan la miró con su habitual cara de palo, en silencio,
sosteniendo su ya inútil escopeta por la culata. La explosión le
había chocado. No pensaba en lo que les podía haber pasado a esos
chicos, si es que habían sido ellos y sus pistolas los que lo habían
provocado, eso carecía de importancia, sino que hacía una lista
mental de los edificios más cercanos a la gasolinera, intentando
averiguar si la explosión podría generar un incendio que se
propagase a ellos, dado que los bomberos no irían a sofocar el fuego.
MORGAN – Juraría que ha sido la gasolinera Amoco.
BÁRBARA – ¿Y qué ha podido…?
MORGAN – ¿Dónde dijiste que íbais?
BÁRBARA – No… No lo sé, exactamente. Queríamos salir de la
ciudad, y meternos en algún pueblo pequeño, que estuviera tranquilo.
Tenemos comida en aquella mochila y con que encontremos una casa en…
MORGAN – ¿Tenéis algo con lo que defenderos si os encontráis
alguno por el camino?
BÁRBARA – Tenía un bate. Pero lo perdí esta mañana…
MORGAN – No serviría de nada.
BÁRBARA – ¿Por qué? Los infectados están en la ciudad, no creo
que tengamos…
MORGAN – Que no. No podéis meteros en el bosque sin ningún sitio
en el que poder refugiaros por el camino. Aunque encontrárais alguno,
antes o después os quedaríais sin comida y tendríais que volver.
BÁRBARA – Pues no se me ha ocurrido nada mejor, y la verdad, nos
las hemos arreglado bastante bien hasta ahora. La ciudad está
infestada, así que hemos salido con provisiones a cuestas a buscar un
lugar seguro… No creo que…
MORGAN – ¿Así que ese es tu plan? Cruzar a pie una zona donde
desconoces si hay infectados, sin ningún arma con la que defenderte y
arrastrando contigo a una niña que ni siquiera conoces…
BÁRBARA – Oye, ¿tienes algún problema conmigo?
MORGAN – ¿Yo? Ninguno. Aquí la única que parece tener un
problema, y bastante gordo eres tú. Y de rebote esa pobre cría, que
ha tenido la desgracia de cruzarse contigo.
	Bárbara respiró hondo, tratando de contener las ganas de darle una
patada en el estómago.
BÁRBARA – ¿Y dónde vas tú?
MORGAN – Voy a volver a Sheol.
	Bárbara se rió en su cara, nerviosa, tratando de ponerse a su
nivel. Las manos le temblaban, al igual que la mandíbula inferior. No
podía soportar la vergüenza y la rabia que le estaba haciendo pasar.
Ahora no pensaba en más que en alejarse de ese impresentable.
BÁRBARA – ¿Y las locas somos nosotras?
MORGAN – Yo al menos tengo un coche. Y un arma, cargada hasta que me
encontré con vosotras.
BÁRBARA – Perdón por existir.
MORGAN – Mira, haced lo que os de la gana, que ya tenéis suficiente
con lo vuestro. Yo ya he cumplido con mi parte.
BÁRBARA – Eso. Vete.
	Morgan les echó un último vistazo, y acabó cruzándose con la
mirada de Zoe, que había clavado sus ojos en los suyos. Durante unos
instantes se quedó hipnotizado por esos ojos verdes, que supuraban
inocencia y fragilidad, incitándole a ayudarla, a quedarse con ella
para ser su salvador en ese mundo de locos. Fue fuerte y apartó la
cara antes de que fuera tarde, antes de que su influjo acabase por
debilitar la dura armadura de su corazón. Entonces se dirigió de
vuelta a su coche, en silencio. Zoe y Bárbara le vieron subirse,
cerrar la puerta con un portazo después de tirar la escopeta de
vuelta al asiento del copiloto. Arrancó, giró 180 grados levantando
gravilla, y volvió por el mismo camino por el que había venido
escasos minutos antes. Daba la impresión que se dirigiese a la base
de la columna de humo.
ZOE – Qué señor más raro.
BÁRBARA – Ese lo que es, es un impresentable.
ZOE – Pues a mi me ha caído bien.
BÁRBARA – ¿Pero cómo…?
ZOE – Si. Mató al león y a la serpiente que querían matarnos a
nosotras. Nos ha salvado la vida dos veces. Es buena persona.
	Bárbara miró a la niña con el ceño fruncido. No había llegado a
relacionar ambos incidentes, pero oído de la voz de Zoe, tenía hasta
sentido. No obstante eso no quitaba la desagradable actitud que había
tenido con ella, le hizo pensar.
BÁRBARA – Quédate aquí un segundo, que yo cruzaré otra vez el
río para coger la mochila, y luego continuamos por la orilla hasta
que encontremos un puente para pasar al otro lado. ¿Te parece?
	Zoe miró un momento atrás, hacia el lugar donde había desaparecido
Morgan con su coche. Se giró de nuevo hacia Bárbara.
ZOE – Vale.
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x91 - Frente a la gasolinera Amoco
1 de octubre de 2008

RUBÉN – Tenía que haberle disparado, puto negro. Vienen aquí y
encima se creen con los mismos derechos que nosotros. Me dan…
MARÍA – Déjalo ya, ¿quieres?
RUBÉN – Sí es que es verdad. Al igual no ha robado él ese coche.
¿O creéis que era suyo?
MARÍA – A estas alturas las cosas son del primero que las coge,
deberías saberlo.
RUBÉN – Putos negros. Seguro que han sido ellos los que han traído
esta mierda a España. Vienen todos medio enfermos y por su culpa…
MIGUEL – ¿White power, no?
RUBÉN – Tú cállate que todavía no sé cómo me convenció mi
novia para que te dejase venir con nosotros. A ti te tendría que
meter otra bala, como al negro ese. Estoy por volver y…
MARÍA – ¿Quieres hacer el favor de callarte? Ya sabemos que eres
un racista de mierda, no hace falta que…
CAMILO – ¡Eh, mirad! Ahí hay un montón de coches.
	Las palabras de Camilo los abstrajeron de su absurda discusión.
Habían llegado a la gasolinera Amoco. En tiempos había sido la nueva
gasolinera de las afueras. Con el paso de los años la ciudad había
seguido creciendo y había quedado rodeada de edificios a un lado, un
bellísimo parque público con un lago artificial en el centro al
otro, y el hospital Shalom al frente. Actualmente daba la impresión
de llevar abandonada más de diez años. Una gran nube tapaba el sol y
el ambiente aún parecía más tétrico, dotándolo todo de un tono
grisáceo que invitaba a no salir de casa. Se acercaron, y llegaron a
contar hasta ocho coches de gente que había llegado ahí a repostar,
pero que luego habían tenido que irse a pie, no todos conservando la
vida con la que habían llegado.
	Camilo sostenía con miedo el bate de béisbol que había traído de
su casa. No lo había llegado a utilizar desde que lo comprase hacía
más de un año, y confiaba no tener que hacerlo en mucho tiempo, o al
menos, hacerlo contra una pelota. Los demás se quedaron mirando por
los alrededores, aún discutiendo entre ellos. Camilo había oído la
advertencia de Morgan, y temía que de un momento a otro algún
infectado hiciese su aparición estelar, dirigiéndose
específicamente hacia él, para hacerle pagar por haber perdido su
vida. Se acercó al coche más cercano, confiando ingenuamente que
tuviese las llaves puestas, pues ninguno en el grupo tenía ni la más
remota idea de hacerle el puente a un coche.
	Tenía la ventanilla bajada, de modo que metió medio cuerpo dentro
para acabar comprobando que no había rastro de la llave. Si tan solo
hubiera mirado en el coche que había al otro lado, que sí llevaba
las llaves puestas, podrían haberse ido de ahí sin ningún problema,
pero su destino ya estaba escrito. Solo tuvo tiempo de comprobar que
no había llave alguna antes de que el dueño del coche, que
descansaba hasta entonces estirado en los asientos traseros le
agarrase del brazo con tal fuerza que le dislocase el hombro. El bate
que tenía en la otra mano cayó al suelo, acompañando con el golpe
el crujir de sus huesos.
	El grito resonó varias manzanas a la redonda, alertando a sus tres
compañeros. El dueño del coche no lo pensó dos veces antes de
hundir su mandíbula en el cuello de Camilo, abriendo una vía que
manchó de sangre gran parte de la luna frontal del coche por la parte
de dentro. Rubén y Miguel corrieron hacia ahí, seguidos de cerca por
María, que no sabía dónde meterse del miedo que tenía. Camilo
consiguió zafarse de su agresor, a duras penas, y se llevó la mano
del brazo sano al cuello, tratando vanamente de cortar la hemorragia
de su yugular. En ese momento el dueño del coche salía por la
ventanilla. Rubén y Miguel comenzaron a dispararle sin miramientos.
	Por bien que estuvieran armados, uno con la pistola de su padre y el
otro con una que le quitó a un hombre muerto que había en la calle,
ninguno de ellos había disparado una bala en su vida, de modo que su
puntería dejaba mucho que desear. Tres balas llegaron a cruzar el
cuerpo de Camilo, aunque la segunda ya había segado su vida. De todos
modos ya estaba infectado, así que la tragedia no fue tal; al menos
se ahorró presenciar lo que estaba a punto de ocurrir. Una de las
balas llegó a cruzar de extremo a extremo la cabeza del infectado,
que quedó con medio cuerpo fuera del coche, mirando hacia abajo, con
la punta de los dedos prácticamente a tocar del suelo.
	Aunque el mal ya estaba subsanado, Rubén siguió disparando, lleno
de rabia al ver el cuerpo de su amigo inerte en el suelo. Lo hizo con
tan mala fortuna, que una de las balas chocó contra la boca de uno de
los surtidores de gasolina que había entre ellos y el coche fúnebre.
Alguien había dejado abierto el surtidor un par de días antes, para
llevarse un poco de gasolina con una bomba manual y poder seguir
adelante. Había olvidado cerrarlo. La chispa que produjo el disparo
incendió el gas que salía del depósito, que estaba prácticamente
lleno, pues la gasolinera hacía casi un mes que había cerrado sus
puertas. El fuego se propagó a enorme velocidad hacia las entrañas
de la tierra y al entrar en contacto con el líquido inflamable, la
explosión resultó inevitable.
	La onda expansiva empujó a los tres supervivientes hacia la fachada
del edificio más cercano, llevándose por delante toneladas de
cristal y levantando gran parte del suelo de la estación de servicio,
haciendo volar trozos de piedra en todas direcciones. A María se le
partió el cuello con el golpe, y cayó ya muerta al suelo. Miguel se
rompió una pierna y los dos brazos, quedando malherido junto a
Rubén, que tan solo recibió unos pocos rasguños. La llamarada
enseguida les alcanzó, incendiando su ropas, su pelo y sus carnes.
Miguel no pudo llegar a levantarse, y murió lentamente, notando como
se quemaba, sufriendo ese indecible dolor sin poder hacer nada por
evitarlo. Rubén, también prendido en llamas, corrió hacia el parque
que había junto a la gasolinera, con la intención de tirarse dentro
del lago para apagar el fuego que le consumía, pero a mitad de camino
cayó al suelo incapaz de dar un paso más. Se arrastró un par de
metros antes de quedar finalmente inmóvil en el suelo, mientras su
cuerpo se carbonizaba.
	El fuego acabó por hacer explotar a tantos coches como tenían aún
algo de gasolina en su interior, y se fue propagando sin prisa pero
sin pausa, hacia los edificios cercanos, más cercanos de lo que
permitía la actual normativa sobre gasolineras, haciendo inevitable
que el incendio se propagase más y más por toda esa zona de Sheol.
puntos 21 | votos: 25
Queridos chicos, - Las chicas somos demasiado complicadas. Nunca nos comprenderéis,
 aunque lo intentéis somos demasiado complejas, 
hasta el punto de que a veces no nos entendemos ni nosotras mismas.
Cuando decimos que no puede ser que sea sí o no, 
cuando decimos sí es que sí.
Necesitamos nuestros espacio pero también que nos miméis,
 tenemos los mismos derechos que vosotros y por eso nos esforzamos
tanto en superaos o chincharos.
Somos luchadoras y muy cabezonas y nos gusta tener el control.

No podéis entendernos aunque os esforcéis al máximo. ¿por qué?
Porque somos chicas.

puntos 1 | votos: 11
No tengo Facebook ^^ -
puntos 8 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x90 - Junto al río Máyin, en las afueras de Sheol
1 de octubre de 2008

Dirigió el coche tan rápido como pudo hacia la zona donde se
encontraban esas chicas, frenó de mala manera y salió corriendo en
su ayuda. Su vieja escopeta tenía todo cuanto le restaba para
sentirse seguro y sabía que si la utilizaba, su plan de abandonar la
ciudad para no volver se modificaría radicalmente. Por bien que fuera
tan escasa, la munición que tenía le daba la seguridad de hacer uso
de ella en un momento dado. Si la perdía, conociéndose, tendría que
ir a por más, porque de lo contrario no estaría tranquilo ni un
momento, y él solo conocía un sitio dónde poder hacerlo.
	Llegó a donde estaban las chicas, y desde la cercanía pudo
comprobar que lo que tanto les preocupaba era una serpiente enorme, la
mayor que había visto jamás. No tardó en determinar en que se
había escapado del zoológico, como lo habían hecho la leona, aquel
burro y el entrañable suricato. Sin pensárselo dos veces disparó un
primer y atronador escopetazo contra el cuerpo de la bestia, que se
empeñaba en romper la pierna de esa dulce y débil niñita pelirroja
que no paraba de llorar. El agua alrededor de la zona del disparo se
tiñó de rojo. Si bien no se podía discernir a quién pertenecía la
sangre, él sabía que no había errado.
	La mujer de la melena rubia se giró hacia él mientras Morgan
acertaba su segundo disparo en la serpiente, haciendo en esta ocasión
saltar trozos de su carne por los alrededores, asegurando de ese modo
que las dejaría tranquilas de una vez por todas. La niña de la cinta
violeta en la muñeca empujó con sus huesudos dedos el trozo de
serpiente, ya muerta, que aún rodeaba su pierna algo enrojecida.
Morgan quiso efectuar un tercer disparo para asegurarse que no
correrían peligro, pero como era de esperar, la escopeta se negó a
hacerlo, pues ya no le quedaban más cartuchos.
	Entonces asumió que se había quedado sin munición. Por culpa de
esas dos insensatas que solo Dios sabía a cuento de qué se habían
metido en el río, vestidas como iban, a estas horas empapadas de pies
a cabeza, había perdido uno de los pocos vínculos con la esperanza
que le quedaban. Ahora estaba desarmado y no osaría continuar su
camino. Sin la seguridad que le ofrecía su arma, no se veía con
cuerpo de seguir adelante. Y la culpa la tenían ellas, su absurda
temeridad le había obligado a deshacerse de su bien más preciado.
Lleno de ira, gritó un sonoro maldita sea y tiró la escopeta al
suelo mullido de hierba.
	Tratando de serenarse, pues el mal ya estaba hecho, se acercó a la
mujer rubia y le ofreció su mano para sacarla del agua, pues la niña
ya había salido por su propio pie y ahora estaba en la orilla del
río, empapada, tiritando y mirando con ojos vidriosos la pierna que
le había agarrado esa bestia, a la que se estaba llevando la
corriente. La mujer soltó la cabeza de la serpiente, y se ayudó de
la mano de Morgan para salir definitivamente del agua. Para su
sorpresa, le asió la mano con sus dos manos, en silencio, le miró a
los ojos, y acto seguido corrió hacia la niña, dejándole ahí
plantado. Morgan arrugó la frente mientras veía como las dos
féminas se aliaban, decían algo entre ellas y después de abrazarse
un rato, estallaban en carcajadas como si algo no rondase bien ahí
arriba.
	Cuando se hubieron calmado un poco, la mujer volvió junto a Morgan,
que sólo pensaba ya en el nuevo plan que debía efectuar para
rearmarse. Se quedó parada al ver la expresión enfadada de su cara,
pero luchó por mantener la sonrisa en la suya.
BÁRBARA – No… nunca podría agradecerle lo suficiente lo que
acaba de hacer por nosotras. Creí que… Dios mío, creí… Muchas,
muchísimas gracias. Yo… Disculpe mis modales, yo soy Bárbara.
	Bárbara le mostró su mano, ofreciéndola para estrecharla con la
suya, pero él ni se inmutó. Todavía les guardaba rencor por haberle
dejado de nuevo en bolas. Sabía que no era racional ni sensato, pero
estaba muy cabreado, y ahora ellas eran las únicas a las que podía
proyectar ese enfado. Bárbara acabó por bajar de nuevo su mano,
sintiéndose incómoda y extrañada ante la actitud de quien instantes
antes había salvado la vida de lo que ahora más le importaba en el
mundo. Miró un momento atrás,  pero la niña no se había dado
cuenta de nada, estaba demasiado interesada por su pierna.
BÁRBARA – Ella, es Zoe ¿Cómo…?
MORGAN – ¿Es su hija?
BÁRBARA – No… Ella… Nos encontramos hace un par de días, y
estamos juntas desde entonces.
MORGAN – Pues no debería hacerse cargo de ella, no hará más que
retrasarla.
	Era verdad. Una niña pequeña resultaba impredecible, podía meterte
en un problema a la primera de cambio. Su extremada juventud no le
permitía actuar con la misma sangre fría y sensatez que un adulto, y
hacerse cargo de ella, a la larga acabaría siendo un problema.
MORGAN – ¿Se puede saber que diablos hacían metidas en el río?
BÁRBARA – Intentábamos llegar al otro lado.
MORGAN – ¿Para qué?
BÁRBARA – Teníamos pensado ir a algún pueblo pequeño, donde
no…
	Morgan se rió, mientras giraba lentamente la cabeza de derecha a
izquierda. Bárbara se calló. Estaba intentando contenerse y no
decirle lo que pensaba, pero le estaba costando. Morgan conocía esa
actitud, la adoptaban todos cuantos le conocían de primeras. Tratar
con él no era tarea fácil, él bien lo sabía. El propio Rafael
tardó más de un año en pillarle el punto. Bárbara se repetía que
ese hombre había salvado la vida a Zoe, y que por mal carácter que
tuviera, seguirían debiéndole un favor, o al menos el beneficio de
la duda.
MORGAN – ¿Y donde dejaron el coche?
	Bárbara vio el todoterreno negro en el que había llegado Morgan,
unos pocos metros más allá.
BÁRBARA – Vinimos a pie.
	Morgan las miró con el ceño fruncido. No quería imaginarse desde
donde vendrían andando, ni qué pretendían hacer, ahora solo quería
ir a por munición y olvidarse de ellas. Entonces ocurrió algo. Una
enorme explosión, que incluso hizo temblar el suelo a sus pies,
zanjó por el momento la conversación. Los tres se giraron hacia el
lugar de donde venía el ruido, muy cerca del sitio donde Morgan
había pasado la noche, y vieron emerger entre los bloques de pisos
una gran lengua de fuego precedida por un humo más negro que el alma
de los infectados. Ninguno sabía qué lo había provocado, pero
Morgan no pudo evitar recordar a esos alocados jóvenes con los que se
había encontrado hacía tan poco tiempo. Recordó que se dirigían a
la gasolinera Amoco, y entonces todo encajó en su cabeza.
puntos 6 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x89 - En la escalera de incendios de un viejo edificio de Sheol
1 de octubre de 2008

Fueron unas voces juveniles las que despertaron a Morgan del sueño en
el que se había sumido bien entrada la medianoche. ¡Tío, si tiene
las llaves puestas!, fue lo último que escuchó antes de enderezarse
y mirar hacia abajo a ver qué diablos estaba pasando ahí. En total
eran cuatro; tres chicos y una chica. Ninguno de ellos había cumplido
la mayoría de edad. La única que iba desarmada era ella. Uno de los
muchachos tenía un bate de aluminio, los otros dos sendas pistolas
cargadas; sólo Dios sabía de dónde las habían sacado. Todos
parecían bastante excitados por el inesperado encuentro, pero Morgan
no iba a permitir que le privasen de su único método de transporte.
MORGAN – Eh, vosotros, los de ahí abajo.
	Al principio miraron en todas direcciones menos de donde venía la
voz, pero enseguida repararon en Morgan, que les observaba asomado a
la barandilla del rellano, con su habitual expresión malhumorada. Uno
de los chicos armados con una pistola, el que parecía el cabecilla,
no tardó en levantar la voz para darse a notar.
RUBÉN – ¿¡Qué pasa!?
MORGAN – ¿Quieres hacer el favor de bajar la voz? Conseguirás
despertarles.
RUBÉN – A mi no me das órdenes tú, ¿entendido?
MORGAN – ¿Qué demonios pretendéis, llevaros mi coche?
RUBÉN – Al igual. ¿¡Cómo que tu coche!? ¡Nosotros lo hemos
visto antes! No te…
La chica agarró al joven rebelde del hombro y trató de decirle que
se calmase, pero éste se apartó la mano de un manotazo y siguió
retando al policía.
MORGAN – Y yo he dormido encima por coincidencia… Mira, idos antes
de que me cabree, y aquí no ha pasado nada.
RUBÉN – ¿Qué te piensas, que por ser un maldito policía todo lo
que hay en el pueblo es tuyo?
MORGAN – No lo voy a repetir.
RUBÉN – Baja aquí si eres hombre, y ya veremos quién se queda con
el coche.
MORGAN – ¿Quieres comprobarlo?
RUBÉN – ¿Tú y cuántos más?
	Morgan echó un vistazo al rellano y agarró su escopeta, que
descansaba apoyada contra la barandilla. La encañonó hacia el 
chico, sin cargarla ni quitarle el seguro. 
MORGAN – Yo… y mi amiga. ¿Te parece suficiente? 
El chico se quedó de piedra, y se guardó su pistola en señal de
derrota.
RUBÉN – Eh, tranquilito. Quédate con tu puto coche. El pueblo
está lleno, ya encontraremos otro. Ojalá y te…
	Morgan bajó el arma.
MORGAN – ¿Habéis salido esta misma mañana del sitio donde
llevabais escondidos varias semanas, no es cierto? 
	El chico le miró con el ceño fruncido.
RUBÉN – ¿Cómo sabes tú eso?
	Morgan sonrió.
MORGAN – Déjame que te de un consejo. Volved al sitio donde
estabais y tirad la llave. Las calles no son seguras.
RUBÉN – Solo salen de noche, negro. Durante el día duermen. ¿O es
que no veías las noticias?
MORGAN – Si seguís de esa manera por la calle, dando voces, no
duraréis ni dos telediarios.
RUBÉN – Que ahora están todos durmiendo. ¿O es que no te enteras?
Además, tú no me tienes que decir lo que tengo que hacer, ya no
existe la ley. Tú no eres más que nadie.
MORGAN – Yo no seré más que tú, pero sé que mañana seguiré
vivo. De ti no puedo decir lo mismo.
RUBÉN – ¡¡Venga, venid, hijos de puta, si tenéis huevos!!
	Morgan se lo quedó mirando, con la expresión del más puro
desprecio en la cara. Al pasar los segundos el chico volvió a hablar.
RUBÉN – ¿Ves como no pasa nada? Anda y que te den por culo. Puto
negro de mierda... ¡Vámonos!
MORGAN – Quien avisa no es traidor. 
RUBÉN – ¡Que te den!
	El resto de chicos, que habían estado observando la disputa desde la
distancia, acataron la orden de su líder sin rechistar y prosiguieron
su peregrinaje, riéndose entre ellos comentando la jugada. Caminaron
por el centro de la calle, hablando y bromeando, como si no hubiera
pasado nada. Morgan les perdió de vista una manzana más lejos,
cuando cruzaron la esquina que les llevaría a la gasolinera Amoco.
Esperó a que todo volviese a quedar en silencio, y cuando estuvo
seguro que no correría ningún riesgo volviendo de nuevo a tierra
firme, bajó las escaleras con su incondicional al hombro.
	El coche estaba tal y como lo había dejado; no habían tenido tiempo
ni de coger la llave. Morgan se acomodó en el asiento del conductor,
cerró la puerta y puso de nuevo el coche en marcha. Se dirigiría a
las afueras de la ciudad y si conseguía pasar desapercibido por el
camino, con algo de suerte ya no tendría que lidiar con esos
indeseables en mucho tiempo. Encarriló la calle y se dirigió a su
destino por el camino más corto, conduciendo lentamente, evitando
cualquier obstáculo que pudiera hacer el más mínimo ruido. 
	En menos de cinco minutos los edificios dejaron de rodearle. Llegó a
ver la última estación del tren elevado antes de dejar Sheol atrás
definitivamente. Al fin lo había conseguido; había conseguido
abandonar la ciudad. Ahora ya no volvería a ser perseguido por
docenas de esas infames criaturas. Un nuevo mundo de posibilidades se
abría ante él, aunque tendría que afrontarlas solo, pues todos le
habían abandonado a su suerte. Pasó junto al cadáver medio
descuartizado de un burro, banquete para las moscas, y cogió una
carretera secundaria que no sabía hacia dónde iba. 
A medida que se alejaba de la urbe, una falsa sensación de seguridad
se fue apoderando de él. Llegó a alejarse unos tres kilómetros del
asno, cruzando cultivos que pronto se secarían, zonas llenas de
árboles bajos y matorrales, sin señal alguna de vida, hasta que algo
le hizo abstraerse del trance de placer que le estaba proporcionando
la idea del casi tangible éxito. Se acercó algo más hasta ver el
cauce de un río a unos cien metros. Desde el coche pudo ver a una
niña llorando y a una mujer adulta pidiendo socorro a gritos, ambas
chapoteando en el agua. Su instinto de policía no le dio otra
alternativa: debía ayudarlas.
puntos 5 | votos: 5
Al otro lado de la vida 1x88 - 
En la calle, entre la casa de Marcial y la de Morgan, Sheol
30 de septiembre de 2008

En esta ocasión tuvo la sangre fría de actuar de la manera más
sensata que se le ocurrió dadas las circunstancias. Tan solo un par
más de manzanas hicieron falta para cortar por lo sano con ese
problema que él mismo se había buscado. Sabía que si seguía con el
coche hasta abandonar la ciudad, como le dictaba el lado oscuro de su
conciencia, los gritos y los aullidos de los dos que le perseguían
acabarían por atraer a más de ellos, y para cuando se diese cuenta
estaría en las mismas condiciones que cuando casi le atrapan un par
de días antes, de modo que apretó el pedal del freno con fuerza al
acercarse al límite de una manzana y aparcó derrapando junto a la
escalera de incendios de uno de los edificios más viejos de Sheol.
	Salió del coche sin pensar más que en lo cerca que estaban ya de
él los dos cibernautas, y sin tiempo siquiera de cerrar la puerta o
llevarse las llaves, más sí de coger a toda prisa a su compañera
incondicional. Se plantó sobre el capó y de un salto agarró la
escalera que le llevaría de nuevo a un lugar seguro. Una vez arriba,
arrastró todo el trecho de escalera consigo evitando de ese modo que
le pudieran seguir hasta ahí arriba, si es que no eran tan tontos
como para no saber trepar por una escalera de mano. Llegaron. Se
pararon y le miraron desde abajo, con los habituales gruñidos con los
que le exigían que no fuera cobarde y que bajase a vérselas con
ellos.
	Morgan les miró y acto seguido echó un vistazo hacia arriba. La
mayor parte de la estructura estaba oxidada, y las balconeras que
daban a los pisos, impenetrables. Ese edificio tenía un tejado de
tejas, de modo que había quedado encerrado, no obstante estaba seguro
ahí arriba. Les miró y se sintió de nuevo estúpido. Había vuelto
a ser innecesariamente temerario, y esto es cuanto había conseguido.
Mientras esos chicos no se cansaban de mirarle enfurecidos,
subiéndose incluso sobre el capó del coche para tratar de
alcanzarle, Morgan tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que había
hecho y lo que tenía que hacer.
	La actitud que había adoptado tras la muerte de Sofía estaba
claramente condicionada por ese suceso traumático, pues no era
realmente él quien había hecho todo eso; no se reconocía en ese
papel. Ahora lo único a lo que se podía aferrar era a su propia
vida, pues eso era lo único que todavía no le habían arrebatado
esos tunantes. Había vuelto a tentar a la suerte, y pese a que
afortunadamente había conseguido volver a salir victorioso, se
preguntó cuántas veces podría seguir haciendo eso hasta que en una
de ellas acabase por cometer un error fatal que diera con todo al
traste. Al mirarles se hizo la misma pregunta que se había hecho
desde que comenzase todo eso: ¿Algún día seré yo uno de ellos?
	Como lo único de lo que disponía ahora era de tiempo, comenzó a
trazar con algo más de sangre fría el plan que llevaría a cabo el
día siguiente. Sabía que no podría seguir adelante si andaba entre
ellos, porque antes o después acabaría por despertarles y se
repetiría la misma historia por enésima vez. Incluso se planteó si
ir andando no sería una mejor solución, para ser más silencioso si
cabía que con el coche, pero enseguida rechazó esa posibilidad, por
resultar aún más temeraria, más cuando había sido ese coche quien
le había dado las fuerzas y los motivos necesarios para dar el primer
paso. De lo que sí estaba seguro es que no debía desaprovechar esa
nueva oportunidad que le brindaba el destino.
	Lo primero que haría sería dirigirse a las afueras, tratando de
resultar lo más silencioso que fuera posible en el trayecto. Una vez
fuera, no volvería a acercarse tanto como ahora a un núcleo de
población, quizá si para buscar provisiones en su larga marcha, pero
nada más, para eso se habían inventado las carreteras variantes. Si
algo había aprendido es que los lugares olvidados y despoblados, eran
más seguros. No es que ahí no habitasen esos seres, pero al menos su
número era considerablemente inferior. Eso sería lo que haría,
abandonaría la ciudad por el camino más corto, y una vez fuera
pondría rumbo al sur. Si bien ningún punto cardinal parecía más
adecuado que otro, al sur se encontraba la costa, y eso tenía un algo
del que carecían el resto de direcciones.
	Se recostó en el frío e incómodo suelo de metal del rellano del
primer piso, viendo la ciudad fantasma reflejada en el cristal de la
puerta balconera que le hubiera podido permitir entrar a ese piso, de
no estar tapiada por dentro, y escuchando de fondo los gritos de esos
perturbados, que en menos de dos horas acabaron aburriéndose y
abandonaron el lugar. No obstante supo ser paciente. Ahora ya era por
la tarde, y dispondría de muchas menos horas de sol para huir que si
lo hacía al día siguiente rayando el alba, de modo que se acomodó
como pudo, y se quedó el resto del tiempo mirando el cielo y las
calles, por las que de vez en cuando aparecía algún trasnochador.
	Un pajarito blanco se posó en la barandilla, a un metro de él. La
pequeña ave se puso a cantar alegremente, mostrando enseguida todo su
repertorio de silbidos. Morgan lo miraba en silencio y sin moverse,
pues no quería espantarlo, y entonces comprendió algo. Para ese
pájaro, nada había cambiado el último mes. Él tenía las mismas
dificultades para comer y criar a sus polluelos, la misma libertad de
volar desinhibido por donde quisiera sin rendirle cuentas a nadie. En
cierto modo lo envidió. Ellos, los humanos, y no otros, habían sido
quienes habían propiciado esa pesadilla, y ellos y no otros, serían
quienes debieran experimentar en sus carnes sus consecuencias.
puntos 2 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x87 - Piso de la familia Clark
30 de septiembre de 2008

Durmió más de diez horas del tirón, como no había ocurrido en
mucho tiempo. Al despertar le dolían los pies y los brazos, llevaba
la marca de los pliegues de tela de la almohada marcados en su piel
marrón, pero en cierto modo se sentía bien, pues tenía algo en lo
que distraerse. Disponer de nuevo de un objetivo le devolvió de nuevo
algo de interés por seguir adelante. Ese vehículo, que bien se
había merecido, suponía su tabla de salvación para comenzar de
cero. Sin perder más tiempo, se puso manos a la obra.
	Se dio un más que dudoso baño con parte del agua potable que había
en una de las cajas de madera, y se atavió con una muda que tenía
del uniforme de la policía, esa y no otra era la ropa con la que se
sentía realmente él. Agarró la maleta que había utilizado con
Sofía en su viaje a Marruecos, y comenzó a llenarla de todo cuanto
creyó necesario. Abandonaría Sheol sin mirar atrás, dolido con ella
por lo mal que le había tratado. Sofía le observaba en silencio
desde el portafotos que había sobre la mesilla de noche, dándole el
visto bueno. Algunas mudas más, cerillas, una potentísima linterna,
un buen puñado de agua y todas las latas de conserva que pudiera
imaginar acabaron por llenar la maleta, que por primera vez en su
larga vida, no ofreció resistencia al cerrarse.
	Antes de salir definitivamente, fue al balcón y echó un vistazo a
ver cómo estaba el panorama. Se sorprendió al comprobar que la calle
no estaba vacía, como el hubiera esperado. Ahí había un hombre al
que enseguida reconoció. Era el señor Guzmán, el zapatero de la
tienda de debajo de casa, solo que ya no era él. Resultaba curioso,
porque iba descalzo. Perseguía a una especie de rata que huía para
salvar su vida de manera torpe; al parecer estaba herida, y cojeaba.
Se trataba de un pequeño suricato, gentileza de su amigo el hippie
desmembrado que todavía yacía, con bastante peor aspecto, en la
acera junto al todoterreno. Guzmán acabó por alcanzar al pequeño
mamífero, pisándole la cola, con lo que éste soltó un agudo
chillido. El resto prefirió no verlo, más sí contempló como el
zapatero, ya con el estómago lleno, se metía en un portal de la
manzana de en frente, desapareciendo en la oscuridad. Ahora que las
calles volvían a estar tranquilas, era el momento de partir. 
	Agarró un pequeño pote de pegamento universal de la caja de
herramientas, y se lo metió en el bolsillo. Seguro de que no
volvería ahí bajo ningún concepto, colocó las llaves en un
pequeño cuenco que había en el recibidor, y salió del que fuera su
hogar sin siquiera mirar atrás. Al llegar a la planta baja, dejó la
maleta apoyada contra la fuerte barricada, y salió por la puerta
trasera. El sol bañaba el jardín particular, con los bancos vacíos
y las farolas apagadas. Caminó hacia el olivo y se despidió de
Sofía.
	Al entrar al coche pegó el retrovisor al cristal con el pegamento.
Acto seguido posó sus manos sobre el cuero del volante, recordando
entonces por qué estaba haciendo eso. Lo único que sabía era que
quería alejarse de ahí tanto como pudiese, llegar hasta el fin del
mundo si fuera posible. Sabía que no podría soportar vivir más
tiempo en un sitio que le recordaba a cada segundo cuán desgraciado
era, todo cuanto había perdido por no jugar bien sus cartas. Con la
ingenua idea de que yéndose de Sheol alejaría de su mente todos esos
malos recuerdos, metió la primera y comenzó su viaje hacia ninguna
parte, dejando una mancha negra en el asfalto debajo de donde había
pasado la noche el coche. Consiguió alejarse más de tres manzanas
del punto de partida antes de que su gran hermano particular moviese
ficha. De nuevo ese maldito animal entró en escena. Unos pequeños
ojos verdes le observaban desde la distancia.
	En esta ocasión no le perseguía, sino que venía de frente, sin
temer a nada, dispuesta a seguirle hasta dónde hiciera falta. Morgan
esbozó una sonrisa de loco y apretó con fuerza el acelerador,
dispuesto a saborear hasta el último paladeo de la muerte de ese
despreciable ser, preparado para el inminente golpe. Cuando estaba a
punto de embestirla, la ágil felina dio un oportuno salto hacia la
izquierda, evitando de ese modo el fatal golpe. Morgan se encolerizó
sobremanera, gritando y golpeando el volante a medida que su mente
comenzaba a divagar de nuevo. Miró la escopeta que le acompañaba en
el asiento del copiloto, desprotegida sin el cinturón, y tomó de
nuevo la decisión más estúpida entre cuantas podía haber escogido;
la que más placer le aportaría de salir bien.
	Apretó con fuerza el freno, escuchando patinar la goma contra el
asfalto y dio un volantazo, quedando de ese modo encarado al enorme
gato. Ella paró también, a menos de una docena de metros.
Obligándose a no pensarlo dos veces, agarró la escopeta y salió del
coche empujando la puerta de una patada. La leona dio un paso al
frente, él agitó el arma dejándola preparada para la acción. 
MORGAN – Gatito, gatito.
La encañonó a medida que se acercaba, y disparó. No se inmutó
cuando más de dos docenas de gorriones salieron volando de los
árboles cercanos; estaba saboreando la victoria. En el fondo
disfrutaba con eso. Pasar a un nuevo nivel en el que ya nada importaba
y no había tabúes ni restricciones para hacer cuanto le apeteciera,
pues nadie le juzgaría por sus actos, le estaba resultando realmente
divertido. No dejarse llevar por la voz de la conciencia y la sensatez
tenía su punto. Hizo falta un segundo disparo para abatir a la
bestia. De nuevo la tan necesaria adrenalina se apoderó de su sangre
y le hizo sentirse más vivo que nunca. La leona cayó al suelo
malherida a escasos metros de él, tratando de levantarse
inútilmente.
	Morgan se acercó para comprobar lo que había hecho. Aún a
sabiendas que apenas tenía munición, efectuó un tercer disparo a
bocajarro en la cabeza del agonizante animal, en parte para
demostrarle quién mandaba ahí, quién era el verdadero rey de la
selva, en parte para acabar de una vez por todas con su agonía. Antes
de que la sensación de culpa por la estupidez que acababa de cometer
se apoderase de él, se subió de nuevo en el coche.
	Apenas se había desplazado veinte metros cuando se dio cuenta que su
irreflexiva acción había traído consecuencias. Vio emerger un par
de ellos del escaparate hecho añicos de un cibercafé. Si había algo
que les despertase era el ruido, y tres escopetazos en plena noche
hubieran despertado al más pintado. Comenzó a asumir que ese nuevo
estilo de vida que había adoptado las últimas 24 horas no le
llevaría a ningún lado, a preguntarse si realmente todo valía o si
por el contrario debía obligarse a regirse de nuevo por las pautas de
la cordura. Aceleró para perderles de vista, hastiado de ellos hasta
límites insospechables.

puntos 20 | votos: 22
En vez de ayudarles - los gobiernos prefieren que se maten en fronteras y pateras
puntos 12 | votos: 14
SI LO ENTIENDES - estas enamorado
puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x86 - Frente al zoológico Ziz, Sheol
29 de septiembre de 2008

El animal dio un paso al frente y Morgan no pudo hacer más que
tirarse de cabeza hacia la puerta abierta del conductor del
todoterreno que Marcial tenía también pensado llevarse, cerrándola
tras él. Era demasiado grande y parecía demasiado hostil como para
plantarle cara, por bien que estuviera armado. Además, tan solo le
quedaban cinco miserables cartuchos a la escopeta, pues el sexto lo
había gastado contra la puerta del piso en cuya terraza había
dormido aquella noche en la que todavía tenía algo de esperanza, y
el séptimo para cumplir el último deseo del bueno de Rafael.
	La puerta se cerró con un certero portazo al tiempo que la leona se
abalanzaba contra él. De haber tenido las ventanillas abiertas como
el coche al que le falló el motor, eso hubiera resultado su
perdición. Afortunadamente estaban todas bien cerradas y las zarpas
solo llegaron a golpearlo sin romperlo. Morgan apretó con fuerza el
embrague y metió la marcha atrás. Al empezar a moverse quiso mirar
por el retrovisor para no llevarse nada por delante, pero ahí tan
solo había una marca sucia en el cristal; el retrovisor descansaba
sobre el salpicadero, de modo que giró la cabeza para echar un
vistazo hacia atrás, y se encontró con un hombre tumbado en el
asiento trasero. No entendía cómo no había podido verle antes. De
todos modos, ahora no había tiempo que perder, y ese hombre parecía
dormido.
	Un acelerón y un volantazo hicieron que el coche diese media vuelta
y desanduviese el camino que había hecho para llegar hasta ahí. La
leona había golpeado un par de veces más el cristal, haciendo temer
a Morgan que lo rompería, mientras el coche ganaba velocidad.
Aceleró tanto como pudo, hasta que la leona quedó bastante lejos y
le acabó perdiendo de vista. Entonces aminoró la marcha y pensó
fríamente en lo que estaba haciendo. Había conseguido el coche, si,
y por ahora no le perseguían, pero él bien sabía que eso podría
cambiar de un momento a otro si seguía tentando su suerte como hasta
ahora. No tenía un destino al que dirigirse, ni había cogido
provisiones con las que poder afrontar un posible viaje a otra parte,
de modo que tomó la decisión que creyó más sensata. Volvió a
casa. 
	Estacionó frente a la entrada del parking particular que había
junto a su portal, sabiendo que ningún vecino llamaría a la grúa, y
comprobó que nadie más le seguía, ni la leona ni ningún infectado.
No había sido tan difícil. Entonces se giró de nuevo para mirar a
su acompañante. Era un chico melenudo y barbudo, con una vestimenta
típica de su tribu urbana, y no estaba dormido, sino muerto. Al
parecer no había tenido la misma suerte al vérselas con la leona,
pues una gran herida en el cuello daba fe de que no utilizaría el
recurso fácil de levantarse como un muerto viviente más para tratar
de acabar con él. Al parecer había perdido la mayor parte de la
sangre en el encontronazo, pues no solo no sangraba, sino que apenas
había manchado la tapicería con el rojo líquido de sus venas.
	Morgan salió del coche, llaves en mano, y abrió una de las puertas
traseras. Sacó a ese pobre infeliz de ahí y mientras lo tenía
agarrado por las axilas, se preguntó qué diablos debía hacer con
él. Miró a un lado y a otro, como si todavía hubiera alguien
mirándole, y lo dejó caer en la acera. Nada podía hacerse ya por
él y quedarse más tiempo en la calle sería tentar a la suerte aún
más de lo que ya lo había hecho. Cerró todas las puertas del
todoterreno y se metió de nuevo en su portal, haciendo tintinear las
llaves en el camino. Cruzó la barricada, dejando los maderos sueltos
en su sitio, pues no quería sorpresas en la noche, y subió los seis
pisos, con algo de mejor ánimo.
	Al entrar de nuevo a casa notó como le subía la euforia. Ese chute
de adrenalina le había hecho sentirse vivo de nuevo, y había
conseguido distraerle de sus amargos pensamientos durante un rato, de
modo que no se arrepintió de haber arriesgado su vida para nada. Lo
primero que hizo fue salir al balcón, y se sentó en la silla de
mirar. Desde ahí contempló su nuevo coche y el hippie muerto que
descansaba bocabajo en el suelo, a pocos metros del vehículo.
Coincidió consigo mismo que la imagen de la calle vacía y
descuidada, con las claras señales de lo que había ocurrido, tenía
en el fondo su encanto, tétrico no obstante bello.
	Al acercarse la noche los primeros infectados salieron de sus
madrigueras nocturnas, y para su sorpresa se encontraron ese
tentempié preparado especialmente para ellos. Al primero se le
unieron tres más, y entre los cuatro destrozaron sus ropas y su
estómago, llevándose todo cuanto tenía dentro a la boca, masticando
con dificultad, pues por mucho que actuasen como grandes depredadores,
no eran más que personas, y sus dientes no estaban preparados para
ese tipo de tareas. Trataban de separar las extremidades del tronco
para llevárselas a otro lado, pero no podían más que con algunos
dedos. Desde arriba se quedó mirando como se lo merendaban,
gruñéndose unos a otros, incluso enzarzándose en alguna pelea por
querer llevarse a la boca el mismo bocado. 
Mientras más les miraba menos comprendía cómo podía estar pasando
eso, cómo una enfermedad podía extenderse tan rápidamente y cambiar
de una manera tan radical a las personas en tan poco tiempo. Por mucho
que quería comprenderlo, su cabeza no le permitía creérselo; era
demasiado. Se sintió estúpido por haberles dado de comer, y ya se le
estaba revolviendo el estómago al ver el de ese pobre amante de los
animales desperdigado por media acera, de modo que se metió de nuevo
en casa, pues para él ya había concluido la jornada. El día
siguiente no sería uno más en la lista de días para el olvido, pues
ahora tenía algo con lo que no despertó. Al tumbarse en la cama se
quedó frito enseguida, cosa que no le había pasado desde hacía casi
un mes.
puntos 2 | votos: 10
Al otro lado de la vida 1x85 - Piso de la familia Clark
29 de septiembre de 2008

Había pasado una semana desde que Morgan diese sepultura a su mujer,
aunque si le hubieran preguntado, no hubiera sabido decir si habían
pasado dos días o veinte. Para él ahora todas las jornadas eran
literalmente iguales, igual de vacías y de prescindibles, igual de
tristes, sin nada que le invitase a seguir adelante. No tenía nadie
con quien hablar y a quien proyectar su ira y su mal humor, cosa que
aún le enfurecía más, y se pasaba la mayor parte del tiempo
vegetando en el sofá, aburrido y decaído, limitándose a mirar aquel
viejo olivo por la ventana.
	Durante esos días de cautiverio obligado había tenido tiempo de
reflexionar, de dejar volar la cabeza y dar mil y una vueltas a todo
cuanto había pasado, para martirizarse todavía más por los errores
cometidos. Llegó a comprender a su esposa, a comprender cuánto
debería de haber sufrido al verse sola, más cuando ella desconocía
cómo estaría él y la incertidumbre también jugaría en su contra.
Al día siguiente de enterrarla había vuelto junto a su tumba, se
había sentado a hablar con ella, como si todavía estuviera ahí con
él, y después de disculparse él mismo por haberse ido de ese modo y
haberle obligado a hacer lo que hizo, había llegado a perdonarla por
dejarle solo, respondiendo de ese modo a la súplica de la nota que
había escrito ella minutos antes de quitarse la vida.
	Ahora estaba sentado en su sillón de mirar la tele, contemplando la
escopeta que descansaba sobre una de las cajas de madera que no había
llegado a abrir todavía. Era la única que había permanecido con él
en todo momento, no fallándole jamás, y demostrándole que podía
confiar en ella. Ahora, desde su posición, brillando a la luz del sol
matutino que se filtraba por la ventana, sensual e insinuadora, le
invitaba a utilizarla, diciéndole que ese y no otro sería su destino
antes o después, que alargar lo inevitable tan solo le llevaría a
más sufrimiento inútil. Se preguntó de nuevo si debía hacer caso a
ese canto de sirena o dejarlo correr una vez más, cuando algo le
sobresaltó e hizo que se girase hacia el balcón.
	Esa era la señal que había estado esperando tanto tiempo, ese algo
que le devolvió a la realidad como lo hubiera hecho una buena
bofetada en la mejilla. Se levantó del sillón y salió al balcón, a
tiempo de ver un todoterreno negro cruzar la vacía calle, alejándose
de ahí en dirección a las vías del tren elevado. Entonces giró la
esquina que llevaba al Zoológico Ziz y desapareció de su vista. Poco
después se oyó un leve estruendo, y todo volvió a quedar en
silencio. Se quedó mirando un rato más, esperando que el coche
saliera de esa calle sin más salida que por la que había entrado,
pero eso jamás llegó a ocurrir.
A los cinco minutos, viendo que nada cambiaba, acabó perdiendo el
interés. Se fue a la cocina y se preparó un reconfortante desayuno.
Pasaron las horas. Leyó un poco, hizo algo de ejercicio con las pesas
para distraer la atención, incluso trató de echarse un rato a
dormir, pero no podía quitarse de la cabeza lo que había pasado esa
mañana. A cada rato volvía la imagen del coche y se obligaba a mirar
por la ventana, iluso al pensar que lo volvería a ver en marcha.
Entonces, en un momento dado, pasado el mediodía, un momento
cualquiera que en nada se diferenciaba a cualquier otro de esa larga
mañana, sintió la necesidad de actuar. Como movido por un resorte se
echó la escopeta al hombro y corrió hacia la puerta, obligándose a
no pensar en lo que estaba haciendo, pues de lo contrario, sabía a
ciencia cierta que no abriría la puerta, bajaría las escaleras y
cruzaría la barricada para volver a la calle y caminar temerario por
las calles desiertas en dirección al zoo, como hizo.
Al cruzar la misma esquina que había cruzado ese coche horas antes,
se lo encontró de frente unos metros por delante de las puertas
hechas un amasijo de hierros del viejo zoológico. Ni siquiera
entonces comprendió la magnitud de su temeridad. Si bien era cierto
que las posibilidades de encontrar un coche que funcionase por los
alrededores era más que remotas, y disponer de él supusiera una gran
ventaja en su situación, eso no justificaba lo que había hecho, y
pese a saberlo, no le importaba. Ahora veía la vida de otra manera, y
estaba dispuesto a correr más riesgos que antaño, pues ya lo había
perdido todo. De todos modos, el mal ya estaba hecho, así que se
dirigió hacia el coche con su incondicional compañera bien agarrada.
Al acercarse un poco más vio la puerta abierta, y pudo escuchar como
el motor estaba encendido. Frunció el entrecejo al recordar aquel
coche que había encontrado en mitad de la carretera, aquel bastardo
que le había conseguido tentar a utilizarlo, para luego dejarle
abandonado a su suerte a la primera de cambio. La situación era
virtualmente idéntica, solo que ahora hasta el motor parecía
regalarle los oídos, invitándole a entrar. Se preguntaba si esa
sería una nueva prueba del destino, si algún gran hermano perverso
le estaba observando desde algún sitio, esperando con los dedos
cruzados que se dejase camelar por ese regalito, para luego
regocijarse viéndole morir por tomar la mala decisión. Entonces
ocurrió algo que le hizo dejarse de tonterías por un momento, y
levantar de nuevo la escopeta. Eso le dio fuerzas a la idea de que
realmente sí había alguien detrás de todo eso, alguien que lo
hubiera orquestado todo a su gusto para ponerle de nuevo las cosas
difíciles.
Una leona enorme salió del zoo a paso ligero, pero frenó al
percatarse de su presencia, hasta acabar parada a escasos cinco metros
del hombre oscuro. Dio un gran bostezo que a Morgan se le antojó una
muestra de poder al ver esos enormes colmillos. Tenía una de las
zarpas manchada de sangre; sus penetrantes ojos se clavaron en los
suyos. Morgan respiró hondo y gritó a los cuatro vientos: ¡No te
saldrás con la tuya!
puntos 2 | votos: 4
Al otro lado de la vida 1x84 - Piso de la familia Clark
22 de septiembre de 2008

Si hubiera llegado tan solo dos días antes, todo hubiera sido
radicalmente diferente, pero Sofía no había podido esperar tanto. Ya
había sido mucho más que paciente, esperando días y más días la
llegada de su marido que jamás se produjo, creyéndole muerto,
pensando mil y una situaciones dramáticas para su final, sabiéndose
a cada día que pasaba más lejos de él, convencida de que no
volvería a verle, perdiendo de ese modo cualquier motivo para seguir
luchando. Los días pasaban y cada vez más infectados rondaban por
las calles, pidiéndole que bajara a jugar, pidiéndole que se sumara
a ellos, diciéndole que querían ser sus amigos, que no fuera tonta,
que no le dolería. La presión la había hecho explotar, y había
acabado recurriendo a la solución más fácil. La más fácil y la
más cobarde.
	Su cuerpo frío y rígido, con una palidez impropia de su antiguo
color de piel café con leche, mostraron a Morgan que ya nada podía
hacerse por ella. Estaba desnuda dentro de la blanca bañera llena
hasta rebosar de agua limpia y cristalina, con la mirada perdida desde
hacía ya tan largo tiempo en el techo. Su brazo izquierdo pendía
fuera de la bañera, prácticamente a rozar del suelo, sobre una gran
mancha de sangre escarlata que había empapado por completo la
antiguamente blanca alfombrilla. Sus dedos todavía sostenían gracias
a la rigidez de la muerte la cuchilla que había utilizado para
cortarse las venas, una de las cuchillas con las que Morgan solía
afeitarse, pues ahora llevaba ya una barba de varias semanas. El rojo
intenso de la sangre chocaba a la vista en contraste con el blanco
nuclear que lo rodeaba todo. Morgan también reparó en un pequeño
pote plástico a medio vaciar de pastillas; al parecer no quería
dejar nada al azar.
	Morgan se sorprendió al notarse inflexible; podía más la rabia por
el haber llegado tarde que el hecho de haberla perdido, pero no
obstante se notaba tranquilo. De algún modo ya se había preparado
para ello los últimos días, asumiendo que algo así podría pasar.
Después de vivir tantas muertes a su alrededor, uno podía hasta
acabar acostumbrándose. No obstante, tuvo ganas de romperlo todo,
estallar él mismo en mil pedazos, hacerles pagar a esos desgraciados
lo que habían obligado a hacer a su querida chocolatina. Se contuvo.
Lo que hizo fue acercarse a quien había compartido con él más de
media vida, para cerrar por última vez sus ojos del color de la
avellana.
	Al hacerlo, vio una pequeña nota escrita con un bolígrafo rojo al
otro lado de la bañera. Resultaba lo suficientemente clara y concisa,
pues tan solo había un par de palabras; Lo siento. Las siguientes
horas las pasó a su lado, sosteniendo su mano fría, enlazando sus
dedos con los de ella, manchándose de sangre sin importarle lo más
mínimo, sentado en el suelo, a su lado, la mayor parte del tiempo con
los ojos cerrados, pensando en todo lo que había ocurrido. Ya era
tarde para arrepentirse de no haberse quedado con ella cuando se lo
pidió una y otra vez, tarde para volver atrás y cambiar lo ocurrido.
Se sabía el culpable de su muerte, al igual que la de Rafael y toda
aquella gente, y la presión acabaría por hacerle derrumbarse. Por
ahora lo llevaba bastante bien dadas las circunstancias.
	Ahora ya todo parecía carecer de sentido. Todo cuanto le había
motivado para seguir adelante se había desmoronado ante sus ojos a
una velocidad alarmante y Morgan se preguntó si él no debería hacer
lo mismo y acabar de ese modo con todo su sufrimiento. Se escudó en
que Sofía no lo hubiera querido ver así, para convencerse de lo
contrario, pese a que ella misma le había hecho a él esa mala
jugada. No obstante, agarró uno de los escasos cartuchos que le
quedaban en la bandolera y se lo guardó en el bolsillo del pantalón,
por lo que pudiera pasar en un futuro, por si le hiciera falta acabar
con todo de manera rápida e indolora.
	Ya había perdido la noción del tiempo cuando concluyó que debía
dar el siguiente paso. Con todo el pesar de su corazón sacó a su
esposa de la bañera que le había servido de ataúd y la envolvió en
una gran toalla blanca para llevarla en brazos al lugar donde
descansaría por el resto de los días. Agarró la pala del trastero y
con Sofía a cuestas, volvió a las escaleras y descendió de nuevo a
la planta baja. Desde ahí abrió la puerta trasera, la que daba al
patio de la comunidad, y caminó con paso firme, luchando por no
derrumbarse, hasta el punto más alto de la colina, a la sombra de
aquel viejo olivo. Cavó un agujero de un metro de profundidad con
ayuda de la pala, y después de despedirse de ella por última vez, la
colocó ahí y poco a poco, palada a palada, devolvió la tierra al
lugar donde la había sacado, dejando en el proceso un pequeño
montículo que daba fe de que algo había cambiado ahí abajo.
	 Con un par de ramas del olivo y un alambre que encontró en las
cercanías, practicó una rudimentaria cruz que colocó en la parte
superior del montículo, asumiendo de ese modo que ya todo había
acabado para ella. Se quedó junto a ella, en silencio, hasta que el
sol abandonó la cúpula celeste y el día dio paso lentamente a la
noche, con el habitual ruido de movimiento por las calles. Entonces
concluyó que era el momento de volver a casa, y así lo hizo,
cabizbajo, arrastrando la pala a su paso, ignorante de lo que debía
hacer en adelante. Subió de nuevo las escaleras, entró a su piso y
se tumbó boca arriba, solo, en la cama de matrimonio, sin haber
probado bocado en todo el día y sin importarle. Entonces, por primera
vez en muchos años, lloró.

puntos 7 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x83 - Sobre un tejado cerca de la casa de Morgan
22 de septiembre de 2008

Los primeros rayos de luz de la mañana le despertaron. Como siempre
desde que empezase esa pesadilla, le costó ubicarse y recordar dónde
había pasado la noche. Se irguió hasta sentarse en el duro suelo y
miró a su alrededor al tiempo que estiraba los brazos al aire
enlazando los dedos y daba un gran bostezo. Tenía algo de hambre,
pero no le dio la menor importancia; podía aguantar mucho más tiempo
sin comer, pero no sin reencontrarse con su chocolatina. Echó un
vistazo de nuevo a su hogar; todo estaba idéntico a como lo recordaba
de la noche anterior. Pero ahora las calles parecían de nuevo
vacías, invitándole a salir.
	Se levantó y miró al terrado, contemplando nuevamente esa enorme
mayúscula, y fue entonces cuando comprendió lo que significaba. Se
echó la escopeta a la espalda y bajó de la caja de escaleras de un
salto que le dejó los pies doloridos. Echó un último vistazo a la
calle, sin encontrar ni un solo infectado que la transitase, y se
dirigió a la puerta que le devolvería a las escaleras, con el arma
cargada en mano, por lo que pudiera pasar. Abrió la puerta tan
lentamente como pudo, sin conseguir evitar un ligero gruñido que
resonó por las escaleras, pero al parecer eso fue todo. La abrió lo
suficiente para cruzar al otro lado y dejó que los ojos se le
acostumbraran a la escasez de luz antes de bajar.
	Ese rellano, al igual que los del cuarto, del tercero y del segundo,
estaba totalmente vacío, lo que le hizo confiarse un poco. Andaba de
puntillas sin hacer ruido, puesto que no quería tener más problemas.
Al llegar al primer piso vio a uno de esos indeseables echado sobre la
alfombrilla del 1º B. Pasó a su lado viendo como su pecho subía y
bajaba indicándole que estaba vivo, mientras rezaba internamente por
que tuviera un sueño muy profundo. No se despertó. Consiguió bajar
a la planta baja, y ahí se encontró con más compañía. No
recordaba que ninguno de esos le hubiera perseguido, de modo que
supuso que serían otros que habrían entrado a pasar la noche al ver
la puerta abierta, como hacían siempre. Había media docena de ellos,
echados unos junto a los otros, durmiendo plácidamente. Algunos
incluso tenían uno o dos de sus brazos sobre otro, o su cabeza sobre
el regazo del de al lado, como formando una pequeña familia de
animalitos. Nadie hubiera podido afirmar lo violentos y sanguinarios
que eran viéndoles de esa guisa.
	La puerta estaba abierta de par en par, de modo que salió al
exterior, sintiéndose victorioso de haber andado entre los muertos
sin llamar sus atenciones. Ahora la calle se le antojaba harto
diferente a como la vio el día anterior. Respiró hondo y caminó a
buen ritmo, siempre pendiente de no pisar ningún cristal, papel o
lata que pudiera despertar a sus semejantes. Cuando llevaba no más de
dos manzanas cruzó frente a él a un par de metros un pequeño
murciélago que parecía perdido. Estuvo a punto de pisar unas gafas
que había en el suelo al despistarse, pero apartó el pie a tiempo de
no romper la única lente que quedaba. Siguió caminando con el
corazón latiéndole a mil por hora, asustado al pensar que de un
momento a otro se le echarían encima, y cada vez más ansioso por
llegar a su objetivo. 
	Al cruzar la última esquina, vio al fin el portal de su bloque de
pisos. El parking de bicicletas que había en la manzana de al lado
estaba lleno. Todas ellas intactas y con su candado, cosa que le
sorprendió, pues hubiera supuesto que las habrían robado ni que
fuera para huir más rápido de ellos. Se quitó esa tonta idea de la
cabeza y se dirigió hacia el portal, ahora algo más animado, pero
igual de alerta. Al acercarse notó un olor repugnante, y vio que a
escasos metros de la entrada, había un manchurrón negro con heces y
orines, no demasiado reciente, que parecía haber explotado en el
suelo y haberse esparcido varios metros a la redonda, manchando
incluso la fachada de la zapatería del señor Guzmán, que tenía la
persiana echada.
	Cruzó el umbral de la puerta y se encontró con la barricada en cuya
construcción él mismo había participado, junto con los pocos
vecinos que todavía no habían huido de la ciudad por esos entonces.
Seguía intacta y con el mismo aspecto que él recordaba, lo que le
hizo tranquilizarse un poco más. Desencajó estratégicamente un par
de maderos sueltos que habían dejado para permitir pasar de un lado
al otro a quienes fueran bienvenidos, y arrastrándose por el suelo
consiguió pasar al otro lado. Miró el ascensor, con la puerta
abierta, y tuvo que refrenar su instinto de subirse y tocar el botón
del sexto piso. Incluso se tomó la libertad de comprobar que no
había correo en el buzón antes de comenzar a subir las escaleras.
Abandonó la planta baja, iluminada por franjas horizontales de luz
que se filtraban por las pequeñas rendijas que dejaba la barricada, y
comenzó su ascenso.
	Las puertas de todos sus vecinos estaban cerradas, todo sumido en el
más absoluto de los silencios. Algo agotado por la caminata y la
ascensión, acabó llegando al su rellano y miró con expresión seria
la puerta de su casa, la más robusta e impenetrable de todas cuantas
había en el bloque. Seguía cerrada. Caminó con paso firme, cada vez
más excitado, asustado y ansioso hacia la puerta y se sacó las
llaves del bolsillo, sintiendo como viajaba atrás en el tiempo, como
si lo ocurrido las últimas tres semanas jamás hubiera pasado.
Introdujo la llave en el cerrojo y la giró suavemente, saboreando
hasta el último momento de su triunfo personal.
	Ni por un momento se le ocurrió quitar la escopeta de su lugar a la
espalda, puesto que no quería asustarla y confiaba con todas sus
fuerzas no necesitarla. La puerta cedió y se abrió frente a él,
permitiéndole entrar. Respiró hondo de nuevo y cerró la puerta tras
él, al tiempo que gritaba un sonoro ¡He vuelto!  Nadie respondió, y
eso le empezó a inquietar. El salón seguía lleno de cajas como él
lo había dejado, solo que algunas de ellas tenían la tapa quitada y
faltaban algunos artículos de su interior. Miró a las puertas
abiertas de la cocina y del estudio, pero todo estaba inquietantemente
vacío, tranquilo.
	Caminó hacia el pasillo que daba al dormitorio, los baños y el
trastero y después de comprobar que no había nada en ninguno de
ellos, entró en el dormitorio y se quedó con la mirada fija en la
puerta cerrada del baño. Echó un vistazo a la pequeña colina
arbolada que había dentro de la manzana, y se fijó por un momento en
el olivo centenario que había en lo más alto, como queriendo
posponer de ese modo mirar el último sitio que le quedaba. Inspiró
tanto como pudo y exhaló el aire lentamente mientras giraba el pomo
de la puerta. La abrió lentamente, con el familiar gruñido, y se
quedó de piedra al contemplar lo que le esperaba ahí dentro. Esbozó
un grito de desaprobación, que más pareció una inspiración rápida
de quien consigue llegar a la superficie del agua después de creerse
ahogado buceando, al tiempo que giraba la cara y cerraba los ojos,
llevándose una mano a la frente. Había llegado tarde.
puntos 6 | votos: 8
Al otro lado de la vida 1x82 - En las afueras de Sheol
21 de septiembre de 2008

El viaje de vuelta a casa estaba resultando mucho más tranquilo de lo
que había previsto al partir de la cabaña media hora antes, tal vez
incluso demasiado. No se encontró con nadie hasta que ya estaba bien
dentro de la ciudad. No sabía si era porque a esas horas de la tarde
todavía dormían en cualquier lugar con la puerta abierta, porque no
les gustaban las afueras y preferían adentrarse en la urbe en busca
de alimento, o porque estaban dándole falsas esperanzas para acabar
cargando contra él más adelante. El caso es que se encontraba a un
escaso kilómetro de su casa cuando los primeros infectados repararon
en él.
	Se trataba de una pandilla de niños de entre ocho y quince años, le
llamó la atención porque no había ningún adulto entre ellos.
Estaban durmiendo plácidamente a la sombra de un platanero en un gran
alcorque con césped de esa avenida. Fue cuando una de las ruedas
pasó por encima de una lata de refresco que el ruido alertó a uno de
ellos, el más pequeño. Ese se levantó y miró en todas direcciones
hasta reparar en el coche; lo único que se movía a su alrededor. Se
levantó de un salto y comenzó a correr mientras gritaba. El ruido
alertó al resto, cinco en total, y para cuando quiso darse cuenta
seis muchachos le perseguían a unos veinte metros, pues había pasado
de largo.
	Ahora se planteaban frente a él dos opciones. Acabar con ellos o
pisar el acelerador para dejarlos atrás. Contaba con escasísima
munición, y no le apetecía atropellar a niños por la calle, de modo
que apretó fuerte. De las puertas abiertas de algunos portales
salieron más de esos indeseables, avisados por sus compañeros,
sumándose a la persecución, hasta que llegó el punto que tuvo la
impresión que estaba reviviendo la misma situación que había vivido
escasos días antes. La otra vez se había salvado por los pelos, pero
esta vez no tenía porque tener tanta suerte. Luchaba por no hacerlo,
pero a cada nueva ocasión que miraba por el retrovisor, veía más y
más de ellos. Afortunadamente no había apenas coches por las calles,
y los pocos que había permitían el paso si bien en ocasiones tenía
que bajar la marcha con lo que dejaba que se acercasen un poco más.
Eran ya una docena cuando tuvo que dar un volantazo para evitar a uno
que venía de frente. Luego pensó que hubiera sido más fácil
llevárselo por delante, pero aunque ya no lo fueran, aparentaban ser
personas, y algo dentro de sí no le permitía hacerlo. 
	Al cruzar otra esquina, a no más de medio kilómetro de su meta, el
coche hizo un sonido muy extraño. Dio un par de tirones y pequeñas
embestidas, acompañadas de más ruidos, y finalmente el motor se
paró. Tenía gasolina de sobra, pero el motor se negó a seguir
trabajando. Todavía contaba con la inercia, y unos cincuenta metros
de ventaja, pero eso no duraría mucho. Puso el punto muerto y trató
de arrancarlo una, dos y tres veces. Miró otra vez por el retrovisor,
viendo cómo el coche se detenía, pero como ellos seguían adelante.
Trató de arrancarlo una vez más con idéntico resultado y acabó
gritando de rabia al tiempo que agarraba la escopeta, abría la puerta
y se tiraba del coche en marcha a unos veinte kilómetros por hora.
	Dio un par de vueltas rodando por el suelo y enseguida se puso en
pie, con el hombro algo dolorido, a tiempo de ver como el coche se
estampaba contra una farola, abollándose el metal de ambos, y como
paraba en seco y en silencio, riéndose de él. Miró a un lado y a
otro, preguntándose que podía hacer ahora. Vio el cuerpo de un
hombre estampado en el suelo, con el cráneo roto y un brazo en una
posición antinatural; enseguida dedujo que se había tirado por una
ventana. El resto de la calle estaba prácticamente vacía, con el
habitual aspecto sucio y descuidado, pero al menos no se veía a nadie
más.
	Eran demasiados para enfrentarse a ellos; seguramente no tendría
plomo para todos, y puesto que le pisaban los talones comenzó a
correr en la dirección contraria, sabiendo que estaba todavía muy
lejos de su casa como para llegar corriendo antes de que le cogiesen.
Por bien que él era rápido y estaba en forma, ellos contaban con
algo que él no tenía, pues parecían no cansarse jamás, y para
cuando él tuviera que parar a recuperar el aliento, le acabarían
alcanzando. Fuera como fuese, debía buscar algún sitio donde
esconderse. Corrió mirando todos y cada uno de los portales y las
tiendas, viendo todas las puertas cerradas con cadenas y candados o
con barricadas al otro lado, al igual que el de su esposa. Uno tras
otro los fue dejando atrás, sintiéndose cada vez más vulnerable.
	 Estaban tan cerca que casi podía oír sus respiraciones
entrecortadas cuando pasó frente a un portal que parecía distinto al
resto. Todos tenían una puerta metálica con cristalera, algunas de
ellas intactas, otras rotas, pero todos se veían impenetrables. Sin
embargo, ese era distinto. Esa puerta era antigua, de madera, y a
juzgar por lo que podía ver a través de los vidrios, nada la tapaba
por detrás. Trató de girar el pomo, pero resultó inútil. Ni diez
segundos le separaban del encuentro con esos más de quince
infectados, a los que ya se les hacía la boca agua al ver tan cercano
ese bocado de ébano, de modo que agarró la escopeta y disparó
contra el pomo de la puerta, apartando la cara ante el baño de
astillas que precedió a la detonación.
	Una fuerte patada fue suficiente para abrir la puerta. Entró a toda
velocidad al portal y una vez dentro se dio cuenta que no podría
cerrar la puerta, por mucho que trató de encajarla, pues había
inutilizado el pomo. No le quedaba otra opción que subir las
escaleras a toda prisa, rezando porque arriba no le estuvieran
esperando más de esos indeseables. Escuchó la puerta golpear contra
la pared cuando el primero de ellos, una mujer de la edad de Sofía,
la abría de un empujón. Subía las escaleras de dos en dos,
maldiciéndose una y otra vez al ver en cada rellano que todas las
puertas, incluida la del ascensor, estaban cerradas. Disparar para
abrirlas hubiera resultado absurdo, pues no hubiera conseguido más
que cerrarse el paso y llegar a un punto sin retorno, de modo que se
lo jugó todo a una carta. 
Subió hasta el cuarto piso y vio desde ahí que la puerta del tejado
estaba abierta. Eso le hizo sonreír. Subió a toda prisa, escuchando
el eco de los gritos de esos indeseables, que parecían haber tomado
un curso acelerado de subir escaleras. Llegó a lo más alto, salió a
toda prisa de nuevo al exterior y cerró tras de si con un sonoro
portazo metálico. Se alejó andando de espaldas a la puerta, rezando
porque fuera lo suficientemente fuerte como para soportar las
embestidas de esos locos, pero no pasó nada. Se quedó en silencio,
esperando algo que jamás llegó a ocurrir.
Lo que pasó fue que le siguieron hasta el cuarto piso, pero al subir
algunas escaleras más y ver que no había salida, perdieron el norte
y comenzaron a deambular de un lado al otro, más perdidos que
rabiosos por haber perdido la presa, pues ya se habían olvidado de
ella. Morgan respiró hondo y se dijo que por ese día no podría
salir de ahí. Se giró para contemplar el panorama y comprobó,
escopeta en mano, que estaba solo. Le llamó la atención una ese
gigante pintada con pintura blanca que ocupaba gran parte del suelo.
Una lata de pintura vacía, dentro de la cual había un rodillo
reseco, eran toda su compañía ahí arriba.
Asumió que pasaría la noche al raso, y se dirigió al otro extremo
del terrado, desde donde afortunadamente pudo ver su objetivo. Tan
cerca y a la vez tan lejos; media docena más de calles y ahora
estaría disfrutando el reencuentro con su esposa. Quiso convencerse
de que había sido afortunado, pues seguía vivo, pero la rabia pudo
con él y su grito resonó por todo el vecindario, despertando a más
de ellos. El sol, ya rojizo, se acercaba al horizonte a marchas
forzadas, y los primeros infectados despertaron y salieron de sus
madrigueras, dispuestos a llevarse algo a la boca. 
Desde ahí tan solo podía ver medio balcón y la ventana del estudio,
pero se empezó a preocupar al ver que pese a que pasaban los minutos,
ninguna luz se encendía. Se repitió una y otra vez que Sofía ya se
habría ido a dormir, o que estaría en la otra mitad de la casa, pero
algo dentro de sí le incitaba a pensar en la opción más pesimista.
La luz de la luna, cercana al cuarto menguante, acabó siendo su
única compañía, junto a las estrellas y el sonido de los pasos de
los infectados campando a sus anchas por las calles. Se subió a la
caja de las escaleras, ayudándose de la antena parabólica que ahí
había collada, y se tumbó bocabajo en ese pequeño cuadrado,
sintiéndose más seguro que al mismo nivel de la puerta que ahora
había bajo sus pies. No dejó de mirar la fachada del edificio donde
debía estar Sofía ni un momento, hasta que acabó cayendo en los
brazos de Morfeo, pasadas las cuatro de la madrugada.
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Al otro lado de la vida 1x81 - En un viejo camino de montaña, entre Etzel y Sheol
21 de septiembre de 2008

Morgan llevaba ya varios minutos sumido en sus pensamientos y con la
única compañía del piar de los pájaros y el agradable susurro de
la corriente de agua a su lado cuando alcanzó el pequeño puente del
que le había hablado Bartolomé. Tenía demasiadas cosas en la
cabeza, y una fuerte jaqueca luchaba por ponérselo aún peor. La
muerte de toda esa gente no le había afectado en absoluto, pues como
bien dijo Macarena ellos habían decidido salir de la escuela, por
mucho que él les hubiera incitado a hacerlo; él había delegado en
ellos la responsabilidad cuando les hizo votar. Sin embargo, la muerte
de Rafael era algo que no se perdonaría mientras viviese. Sabía que
su amigo no se había negado a seguirle porque para él era muy
importante reencontrarse con su mujer, y por mucho que había
accedido, en más de una ocasión le había dicho en privado que tal
vez sería muy arriesgado, y que tal vez fuera mejor hacer salidas
diurnas para buscar alimento. Ahora esos momentos tranquilos y
apacibles en los que hablaba con él le parecían muy lejanos. Pero ya
era tarde para martirizarse por eso; el mal ya estaba hecho. Se
arrepintió por no haberle pedido algo para el dolor de cabeza a aquel
viejo tan amable, y cruzó el puente de madera, preguntándose cómo
harían los coches para pasar al otro lado.
	Desde ahí vio a lo lejos la carretera secundaria hacia la que se
dirigiría, y no tardó en ubicarse. Desde que se perdieran
literalmente caminando sin rumbo por el bosque cuatro días antes,
había perdido totalmente la orientación, pero ahora ya sabía
exactamente hacia donde debía dirigirse. Algo más en guardia al ver
de nuevo salpicaduras de la civilización, caminó sin prisa pero sin
pausa hacia la estrecha carretera. Instintivamente miró a un lado y a
otro antes de continuar su camino. Se sintió absurdo al hacerlo, pues
la probabilidad de que pasara un coche por ahí era realmente escasa.
Pero al girar la cabeza hacia la derecha se llevó una sorpresa.
	Estaba tras una curva bastante cerrada, en el arcén, y desde ahí
apenas se podía intuir la parte trasera, pero no había duda alguna
de que se trataba de un coche. Más alerta que contento por el
hallazgo, se dirigió hacia el vehículo, pues de todos modos esa era
la dirección que debía coger. A medida que se acercaba todo le
parecía más surrealista. El coche tenía todas las ventanillas
bajadas y aparentemente estaba intacto. Al acercarse un poco más vio
que también tenía las llaves puestas. Frunció el entrecejo,
escudriñando hasta el último milímetro en busca de la pega, pero no
fue capaz de encontrarla. Tampoco el maletero tenía nada sospechoso,
más que un gato, una rueda de repuesto y algunas herramientas.
	En la guantera no había más que viejas cintas de cassette piratas,
los papeles del coche, un paquete de tabaco y un mechero. Pese a que
no solía hacerlo, determinó que la situación lo exigía y se
encendió un pitillo. Se quedó ahí, apoyado contra el frío capó,
mirando pasar el tiempo y luchando por dejar la mente en blanco los
minutos que tardó en consumirse ese preciado recuerdo del mundo real,
y acto seguido tiró la colilla al suelo y la pisó. Respiró de nuevo
aire fresco de la montaña, se guardó el tabaco en uno de los
bolsillos de la camisa hábilmente remendada por aquella joven tan
bella, y entró al coche. Todavía algo desconfiado se sentó en el
asiento del conductor, dejando la escopeta en el del copiloto, subió
todas las ventanillas y giró la llave al tiempo que apretaba con
fuerza el acelerador. El coche hizo un ruido que delataba que le
haría falta calentarse un poco para estar en plena forma, pero se
arrancó a la primera para sorpresa de su nuevo dueño.
	Morgan se incorporó a la carretera, viendo para su sorpresa subir el
indicador de gasolina más allá de medio depósito, y condujo algo
más animado hacia su destino. Estaba deseando reencontrarse con
Sofía de una vez por todas. Desde que la dejase atrás hacía ya
tanto tiempo, se había arrepentido cada día de esa decisión. Aunque
temía que le hubiera podido pasar algo, sabía que no la podría
haber dejado en mejores condiciones. Una casa prácticamente blindada,
con alimento y bebida más que de sobra para una persona… Debería
ser suficiente. No obstante, estaba ansioso por llegar.
	Condujo por debajo del límite permitido unos pocos kilómetros hasta
que pasó frente al camino zigzagueante que llevaba a la colina donde
la prisión Kéle se erguía majestuosa en el punto más alto, dejando
tras su tenebrosa silueta tan solo el azul del cielo salpicado de
nubes de algodón. Se preguntó que habría sido de esos pobres
infelices, si alguien les había concedido la amnistía dados los
tiempos que corrían, o si por lo contrario estarían todos muertos en
los suelos de sus pequeñas celdas, pagando con su vida los errores
cometidos. Al fin y al cabo, eso no era asunto suyo; ellos no eran
más que vulgares delincuentes y él tenía mejores cosas de las que
preocuparse.
	Aceleró para dejar atrás ése macabro aunque bello paisaje, y se
dirigió hacia las afueras de Sheol, desde ahí todavía le quedaría
algo más de media hora para llegar a casa, pero eso no era ya nada.
Condujo ahora sí, evitando algunos coches accidentados, otros
igualmente estacionados en el arcén, uno incluso dado media vuelta y
con el morro hecho un amasijo de hierros, hasta que finalmente llegó
al limite municipal de Sheol. Hasta entonces había estado en Etzel,
pero al cruzar esa línea imaginaria volvería al fin al pueblo donde
su mujer le esperaría con los brazos abiertos y una amplia sonrisa en
su boca. Pasó junto a un gran cartel que rezaba Bienvenido a Sheol.
Abajo ponía en letras más pequeñas Población de 2.056.942
habitantes, pero alguien lo había tachado con spray rojo, escribiendo
abajo un rotundo CERO.
puntos 22 | votos: 24
Control C + Control V - Lo estas haciendo de puta madre.
puntos 9 | votos: 11
Al otro lado de la vida 1x80 - 
En una vieja cabaña en la montaña, entre Etzel y Sheol
21 de septiembre de 2008

Un sonoro y certero disparo sonó tras la vieja puerta de madera.
Resonó por las paredes de la cabaña, impregnándolo todo de la mala
nueva. Macarena y el viejo Bartolomé esperaban al otro lado en
silencio y con el corazón en un puño. El anciano le puso una mano en
el hombro a la joven, tratando de tranquilizarla, se miraron un
momento y la chica hizo un amago de sonrisa, pero acto seguido
comenzó a sollozar en silencio y una lágrima brotó de sus preciosos
ojos verdes; miraron de nuevo a la puerta, como si eso pudiera hacer
cambiar lo que ya estaba escrito a fuego. Ambos sabían lo que eso
significaba; después de todo lo que habían luchado para evitarlo,
todo había resultado inútil. 
Habían pasado cuatro días en los que Rafael no había hecho más que
empeorar. Ya la primera noche la pasó con fuertes mareos, una fiebre
muy alta y una indigestión de campeonato. Luego pasó a un estado
casi comatoso con convulsiones cada pocos minutos, sudores fríos y un
fuerte dolor abdominal que no podía ocultar, pues les mantuvo en vela
con gritos y gemidos hasta esa mañana cuando todo se derrumbó por
completo. A cada uno le afectaba de un modo muy distinto ese extraño
virus, pero todos acababan del mismo modo.
Morgan se había encerrado con él bien pronto esa mañana; no podía
permitir que la joven Macarena presenciase ese macabro espectáculo, y
él quería estar con su amigo hasta el último momento, como Rafael
le había hecho prometer, pues ahora ese viejo negro cascarrabias era
su única familia. Todo quedó en silencio al fin, para regocijo de
los presentes. Rafael había pasado a mejor vida, eso era un hecho, y
era triste, pero al menos ya no seguiría sufriendo.
	La puerta se abrió y tras ella salió Morgan, cabizbajo. Negó
lentamente con la cabeza, escopeta en mano, manteniéndose fuerte y no
dejándose llevar por los sentimientos. Su expresión parecía más la
de un enfado pasajero o un berrinche infantil. Macarena hizo un amago
de acercarse, pero el viejo la frenó y la chica no insistió más.
Morgan anduvo por la pequeña sala humildemente amueblada en
dirección a la ventana que había junto a la puerta de entrada,
ignorando a los demás que había ahí dentro. Apartó la cortina de
encaje con la mano libre y miró al exterior, incapaz de maravillarse
ante el bello espectáculo que le ofrecía la naturaleza. Todo
parecía calmado.
MORGAN – Me voy.
MACARENA – ¿¡Qué!?
MORGAN – Me voy a Sheol. Ahora.
BARTOLOMÉ – ¿Estás seguro de lo que dices, joven?
MORGAN – No he estado más seguro de nada en la vida, abuelo.
MACARENA – Pero… Pero no te puedes ir… Ahí fuera están… No
te vayas, por favor… No nos dejes.
MORGAN – Ambos sabéis que aquí ya no tengo nada más que hacer.
MACARENA – ¿Y nosotros? ¿Quién cuidará de nosotros si vienen…?
MORGAN – No hemos visto ni uno solo en cuatro días. Están muy
lejos. Y si vinieran, Bartolomé podrá defenderte.
	La chica había entrado en un pequeño estado de ansiedad. La
mandíbula inferior le temblaba y la boca se le había quedado reseca.
Si bien había asumido la muerte de sus padres, hermanos, tíos,
abuelos, amigos, vecinos… Incluso era capaz de asumir que Rafael ya
no volvería a adular su joven belleza mientras contenía un gesto de
dolor. Pero Morgan era ahora como la personificación de todo cuanto
le quedaba en la vida, el clavo ardiendo al que aferrarse antes de
perder la cordura definitivamente, y le estaba diciendo que él
también la abandonaría, con lo cual volvería a quedarse sola en el
mundo.
MACARENA – Me voy contigo.
MORGAN – No.
MACARENA – Pero…
MORGAN – Ya os arrastré conmigo fuera de la escuela, donde
estábamos todos a salvo. Y créeme, no estoy orgulloso de cómo
acabó eso.
MACARENA – Nadie hubiera podido prever lo que pasó, lo hiciste con
la mejor intención.
MORGAN – No es verdad. Podríamos haber salido a buscar comida en
vez de meteros a todos en la caravana de la muerte. No fue una buena
elección. Lo hice porque quería ver a mi esposa. Fui egoísta. Os
arrastré conmigo y por mi culpa…
MACARENA – No te culpes de eso. Todos y cada uno de nosotros
aceptamos el riesgo, la responsabilidad es toda nuestra. Tú no…
MORGAN – Tengo demasiadas muertes en la conciencia ya.
MACARENA – Pero yo quiero acompañarte. Cuatro ojos son mejor que
dos, prometo que no te retrasaré…
MORGAN – Tengo que acabar con esto yo solo. No sigas insistiendo.
	Macarena respiró hondo y asintió con la cabeza. Se sorprendió a
sí misma por la facilidad con la que se había dado por vencida.
Sabía que Morgan estaba pasando por unos momentos muy difíciles,
después de la muerte de su mejor amigo y con la incertidumbre de
cómo estaría su esposa. Seguir insistiendo no solo hubiera sido
inútil, pues en los últimos días creía haber entendido la mente de
ese hombretón, y pensándolo mejor, tenía razón. Estaría mucho
más segura ahí con Bartolomé que caminando por las calles
infestadas de locos caníbales de la ciudad donde se originó todo.
MORGAN – Gracias.
	Morgan se acercó a la puerta y la abrió lentamente, dejando entrar
al interior la suave brisa húmeda de ese paraje de montaña.
Comprobó que llevaba la escopeta a la espalda, pues esa sería la
única compañía que se llevaría de ahí, y dio de nuevo media
vuelta, para despedirse de sus compañeros.
MORGAN – Le pido disculpas por haberlo dejado todo perdido en el
dormitorio.
BARTOLOMÉ – No diga eso ni en broma.
Se produjo un silencio incómodo, cuando, en el que Morgan se mantuvo
inflexible.
MACARENA – Lo entendemos, de verdad. Ve a por tu mujer. Te mereces
una alegría después de tanto sufrimiento.
MORGAN – ¿Cómo puedo llegar a Sheol desde aquí?
BARTOLOMÉ – Siguiendo el río contracorriente unos dos kilómetros
llegará a un pequeño puente que pasa sobre la carretera secundaria
que lleva a las afueras de la ciudad.
MORGAN – Gracias. 
BARTOLOMÉ – Vaya usted con Dios.
	Morgan les dio la espalda y comenzó a caminar en la dirección que
le había indicado el ermitaño. Macarena y él se quedaron mirándole
unos minutos viéndole empequeñecer a cada paso, conscientes de que
jamás le volverían a ver, hasta que acabaron perdiéndole de vista.
Se quedaron un rato más ahí, en silencio. Luego volvieron a entrar y
cerraron la puerta tras ellos.





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