En Desmotivaciones desde:
12.05.2013

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puntos 27 | votos: 27
Nos concedieron cofres - para llenar en cada espacio del reloj, con la condición de que, una
vez enterrados por el minutero, jamás podamos volver a abrirlos.
puntos 11 | votos: 11
Porque cuando las ideas - se encuentran, será imposible detenerlas.
puntos 9 | votos: 9
De lo poco de vida que me queda - daría gustosamente los mejores años por saber lo que a otros
de mí has hablado.
puntos 63 | votos: 67
A veces viene bien - que te subestimen.
puntos 75 | votos: 77
Hay gente que no - está hecha para hacer ejercicio.

puntos 78 | votos: 82
No existen los malos hábitos, - existen las malas decisiones.
puntos 15 | votos: 15
Realidades - que duelen
puntos 19 | votos: 21
En casa de un amigo - simplemente le sigues porque no sabes que hacer
puntos 95 | votos: 99
Tienes el mundo delante tuyo, - sin embargo prefieres admirarlo que palparlo con tus propias manos.
puntos 30 | votos: 34
Todos los puentes están enamorados - de un suicida.

puntos 13 | votos: 13
Despertando - Desperté.

Está brillante aquí. Demasiado brillante. ¿Qué es este lugar?,
¿un hospital?, ¿una prisión? Tiene 4 paredes, un rígido catre y un
respiradero. ¿No hay una puerta?

Piensa… ¿Qué pasó? Algo pasó, ¿dónde estaba anoche?, ¿dónde
quedé dormido? Maldición… no puedo pensar. No puedo pensar en
nada. ¿Es esto alguna clase de experimento? No puedo pensar. ¡No
puedo tan siquiera  recordar mi maldito nombre!

Mira a tu alrededor, tarado. Paredes sólidas; encerrado en una
habitación. Estoy en un psiquiátrico. ¡Eso es! ¡Soy un
desquiciado! O lo era, al menos. Estoy en paz con ello ahora. ¿Estoy
curado? ¿Me puedo ir?

Me levanto. Me reviso; estoy desnudo. Aunque bastante limpio, como el
resto del cuarto. Todo cuanto me rodea es blanco y pulcro. Está
demasiado brillante aquí.

—¿Hola?… ¿Hay alguien aquí?… ¡Necesito ayuda! —grito. No
hay respuesta—. ¡Alguien, por favor, ayuda!

Camino alrededor palpando las paredes. ¿Dónde está la puerta? Tiene
que haber una. ¿Qué demonios? ¡Tiene que haber una puerta!

No la hay, simples paredes. Miro bajo el catre en busca de algo, lo
que fuese. Nada, tampoco.

¿Sí estoy en un psiquiátrico? Esto parece tan irreal. ¿Por qué no
puedo recordar mi nombre?

—Hey, al fin te levantaste. —Escucho la voz de un hombre venir por
el respiradero. Corro hacia él emocionado.

—¡Sí! ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —le grito
entusiasmado.

—¿No recuerdas nada, cierto? —me pregunta.

—No. No recuerdo nada antes de despertarme, hace un momento.

—No te preocupes —dijo con un tono divertido en su voz—, creo
que te irá bien.

¿Me irá bien?

—Por favor —ruego—, ¿qué está sucediendo?

Sólo escucho silencio.

—¡Dime! —grito. Se hace eco por el respiradero, y nunca llega una
respuesta.

Horas pasan.

Se me ha dejado a solas con mis pensamientos. Intento llegar a los
rincones de mi mente, descubrir quién rayos soy. Esto es todo tan
ajeno para mí.

Camino por las paredes, sintiendo cada centímetro, buscando una
salida. Tiene que haber algo. ¡No es como si este lugar se
construyera a mi alrededor! ¿Por qué no puedo encontrar nada? Grito
por ayuda hasta que mi garganta se seca. Si alguien está escuchando,
si ese hombre sigue allí afuera, no va a responder.

Exhausto, me recuesto.

Al despertar encuentro comida. Una bandeja con pan, arroz y un filete
puestos al otro extremo del cuarto. Hay un vaso con agua junto. Estoy
muy hambriento; sin vacilar, camino para comer el platillo. Está
delicioso. Cuando me lo acabo, recobro conciencia de dónde estoy.

Me muevo hacia el respiradero y grito. —¿Hola?

—¡Hola! —Escucho de vuelta, en un tono alegre.

—¿Quién eres? —pregunto.

—¿Disfrutaste tu comida? —me da de respuesta.

—¡¿Dónde estoy?! ¡Déjame salir!

—Saldrás pronto. ¡Tenemos que asegurarnos de que estés saludable!

¿Qué? ¿En serio soy un jodido experimento? Estoy suficientemente
saludable. Quiero respuestas. Quiero saber dónde estoy.

—¡Déjame salir ahora, desgraciado!

La voz se fue de nuevo. Por más que le grito no me responde, estoy
solo.

Repaso mi rutina de buscar por una salida, y claro, no la encuentro.
Siento que necesito usar el baño, pero no hay nada parecido aquí.
Tengo demasiada dignidad como para hacerlo en una esquina. No dejaré
que me vean hacer eso.

Eventualmente me recuesto y lloro. Grito y grito y lloro hasta estar
completamente agotado. No tardo en quedar dormido de nuevo.

Algo extraño pasa entonces, sueño.

En mi mente estoy volando. Veo tres árboles, ríos; todo iluminado
por rayos de sol. Puedo sentir una incómoda sensación en mi
estómago y boca. Me duelen un poco. Despierto de nuevo en la
prisión. Todavía siento un poco de dolor en mi estómago. Lo sobo
con mi mano y palpo algo rugoso. Cuando miro abajo, veo una
protuberante cicatriz allí. La misma cosa está en mi mejía. Estoy
asustado, pero más que todo, enojado. Están jugando conmigo. Esperan
a que me duerma y comienzan con sus malditos juegos. Miro a las
paredes y grito. Quiero salir de esto.

—¿Estás bien? —Escucho esa familiar voz de nuevo.

—¡Me heriste desgraciado!, ¡me abriste! ¡¿Qué demonios me
hiciste?! —Golpeo el respiradero tan fuerte como puedo. Lo voy a
romper. Voy a hacer a golpes mi camino hasta ese hombre y obligarlo a
que me de respuestas. Lo golpeo y golpeo una y otra vez. Mi mano duele
demasiado. Creo que la rompí. No me importa. Continúo golpeando y
gritando.

—Por favor, cálmate. Siento haberte hecho daño. Lo haré todo
mejor pronto. ¿Te sientes sólo?

Me rehúso a contestar. Lo ignoro, justo como él me ignora a mí. Al
diablo con él. No parece importarle si respondo o no. No le importo.
A nadie, de hecho. Soy un animal, un jodido experimento.

—Por favor, no te preocupes. Las cosas mejorarán, ¡lo prometo!
—Y con eso se fue.

Me siento en mi rígida y pequeña cama, viendo a mi mano. No puedo
mover mis dedos sin que un punzante dolor asalte mi brazo. Es ahora
que me doy cuenta de cuán jodido está esto. ¿Qué me hice? Ese
respiradero no se va a mover ni romper, sin importar lo que haga. Nada
se va a mover o romper. Estoy atascado. Eso es todo lo que hay. Estoy
atascado y no me iré a ningún lado.

Mi mente divaga, y el tiempo pasa.

Despierto. Me han dejado más comida. La voz habla de vez en cuando,
diciéndome tonterías encriptadas que ni me importa tratar de
entender. Luego duermo. Sueño a veces, no siempre. Algunos son
pesadillas. Que las paredes se achican y achican hasta que no queda
más espacio para mí y soy aplastado. Mis huesos se quiebran y mis
pulmones colapsan. Estoy aterrado. Quiero salir.

Me despierto de nuevo para ser abordado por más dolor en mi cuerpo.
Hay una nueva cicatriz en mi pecho a lo largo de mi costilla, y otra
en mi cabeza. Éstas se ven un poco más grandes que las usuales, y
también duelen más. Pero esto no es, en lo absoluto, lo más inusual
del día.

Miro a lo largo de la habitación y no puedo creer lo que veo. Hay una
mujer aquí. Una mujer, de unos 17, recostada en el suelo,
completamente desnuda. Es hermosa. Estoy lleno de alegría. No sé
qué tienen en mente, pero no me importa. ¡Hay otra persona aquí!
Alguien a quien puedo tocar, ¡y mirar! Alguien que sé que es real.
Que quizá pueda ayudarme a salir de aquí.

Me levanto y camino hacia ella. Toco su hombro y comienzo a hablarle.

—Hey, ¿hola?… Despierta. —Sus ojos parpadean y dirige su mirada
a mí. Está asustada. No sé por lo que ha pasado, pero no comparte
mi entusiasmo por estar con otro ser humano. Grita y se arrincona en
el extremo de la habitación. Intento calmarla, en vano.

—¡Por favor, no! ¡No voy a lastimarte! —digo lo más sosegado
que puedo—. ¡Estoy de tu lado! Por favor, cálmate. Confía en mí
—Ella sólo queda encogida en el rincón—. Escucha, he estado
aquí por tanto tiempo. ¿Sabes algo acerca de todo esto?, o ¿quién
nos retiene aquí? —Sólo responde con un callado sollozo—. Bueno,
 no tienes que preocuparte, ya veremos qué hacer. Saldremos de aquí,
¿sí? Saldremos de aquí. —Me doy cuenta de que puede necesitar
algún tiempo para volver a la realidad. Voy al respiradero, dándole
su espacio.

—Estará bien —escucho desde dentro del respiradero—, sólo
necesita un momento para acostumbrarse. —Y tengo que darle la
razón.

Eventualmente, después de horas de llorar, se calma. Me siento con
ella e intento hacerle algunas preguntas. Nunca responde; de hecho, no
creo que pueda comprender lo que le digo. Pero siento que el sonido de
mi voz la calma un poco, así que sigo hablando. Le cuento de mis
experiencias de estar aquí comenzando desde que desperté. Intento
repasar cada detalle en el que puedo pensar de mi tiempo en esta
prisión. Entonces me abraza y me siento increíble. La cálida, suave
piel de su desnudo cuerpo contra mí es diferente que cualquier cosa
que haya experimentado en esta dura y fría habitación. Corro mis
dedos por su cabello y gime ligeramente. Nos sentamos allí en el piso
por horas. Ahora veo que sí comprende. A pesar de esta jodida
situación, me siento mucho mejor ahora.

Los días continúan pasando. Las cicatrices se desvanecen y ninguna
nueva aparece. La comida viene y ahora se nos ha dado el “lujo” de
tener un lugar para ir al baño. La chica y yo nos hemos intimado
mucho. Incluso hicimos el amor unas cuantas veces.

Estamos sentados en el suelo besándonos. Acabamos de hacer el amor y
fue hermoso. Ella confía en mí, y yo en ella. Nunca le haría daño,
y nunca dejaría que nadie más lo hiciese.

—Te amo. —le digo, y beso su cabello. Me sonríe y lo repite. Sé
que entiende su significado; puedo oírlo en su voz. En lo que se
prepara para dormir me prometo que saldré de esta habitación, y la
llevaré conmigo.

Entonces pasa. Despierto y no está. Desesperado corro al respiradero.

—¡¿Qué has hecho con ella?! ¡Devuélvemela! —grito.

—¡No te preocupes! —dice la voz a la que estoy acostumbrado—,
ella está bien. ¡Sólo fue a un nuevo lugar! Es algo en lo que hemos
estado trabajando por un tiempo, ¿te gustaría verlo?

Estoy confundido, molesto y asustado. No tiene punto luchar. Él tiene
el control. Tiene mi voluntad. Me seco las lágrimas y le digo que
sí. Le ruego, de hecho. Le prometo que seré bueno, que haré
cualquier cosa que desee. Que no trataré de huir ni golpear las
paredes ni nada malo.

—Sólo por favor, déjame estar con ella. Por favor.

—Pronto. —me responde, casi burlándose con sus palabras.

—¡Por favor! —No puedo hacer esto sin ella. La voz se va y me
deja solo de nuevo y me quiero morir. Haría lo que fuese para matarme
y terminar con todo esto. Pero no puedo dejarla. Me necesita, y le
prometí que nunca la dejaría. Lloro y grito en el rincón hasta que
toso sangre. Finalmente vomito y me desmayo del cansancio.

Despierto en un lugar extraño. ¿Es un sueño? Veo que tiene
árboles, pasto. El hermoso cielo por sobre mío. ¡No estoy en la
prisión! ¡Esto no puede ser real!, pero lo es. ¡Lo es! Un momento,
¿qué significa esto?

Corro. Corro por todos lados buscándola. Me lo prometió. Ella tiene
que estar aquí. Comienzo a encariñarme realmente de este lugar. Miro
a mi alrededor y veo que todavía estoy confinado. Grandes muros
blancos rodean el área extendiéndose por al menos 20 pies sobre el
suelo. Me preocuparé por eso cuando esté con ella de nuevo. Por
ahora sólo tengo que encontrarla. Los árboles son tan bellos. Todo
lo es, sólo falta ella.

La escucho. Grita de alegría y corre hacia mí. Nos abrazamos y
lloramos así como nos besamos apasionadamente. Estoy feliz. Estoy tan
feliz por que me dejaron estar con ella de nuevo. Luego de que ambos
nos calmamos, decidimos dar un recorrido por el lugar.

Por horas vagamos el área. Quien sea que es nuestro captor, en serio
se esforzó en este lugar. Hay un río que fluye a través de la
entera instalación. Una inmensa máquina que se alza más allá de
los muros y hasta el cielo. Cuando nos acercamos a ella se nos ofrece
comida. Toda la comida que podríamos desear. Y toda es deliciosa.
Esto es increíble. Nos servimos todo cuanto podemos hasta estar
completamente saciados. El hombre del respiradero nunca nos habla
aquí, pero sé que nos observa.

Pero nos topamos con algo. Ella sonríe emocionada al notarlo.
“¡Mira, mira!”, me susurra. Lo que vemos es un árbol, justo como
los otros. Aunque está peligrosamente cerca del muro y alto
suficiente como para poder subirlo y saltarlo. Sería una tremenda
caída, y valdría la pena sólo para llegar al fondo de todo esto.
Esta es nuestra forma de escapar; pero tenemos que ser cuidadosos. Le
digo que tenemos que esperar, calmarnos. Si nos apuramos podríamos
arruinarlo todo. Ella entiende. Sé que no le gusta. Le digo que
espere un día o dos para ingeniar la mejor manera de hacer esto.

Esa noche escucho de nuevo la voz de mi viejo amigo. Está fuera de mi
vista, como siempre.

—Olvídalo —me dice—. Sólo disfruta de tu nuevo hogar.

  —Prisión —le corrijo—. Esta es una jodida prisión. Y todo lo
que he esperado desde que desperté ha sido la maldita verdad, y no he
recibido nada de ti. Estás enfermo. He estado aquí, como rehén, por
meses, ¡años! ¡Sólo dime quién soy! —Silencio.

Está decidido, saldremos de aquí.

  El sol se levanta y hago mi trayecto hasta mi amada. Supongo que
estará en el árbol. Cuando por fin llego veo que ya ha escalado la
mitad del camino.

—¡Espera! —le grito. Me mira y sonríe. Hace un ademán para que
vaya hacia ella. Todavía estoy asustado, pero me doy cuenta de que no
me puedo permitir tal cosa. Tengo que darle la cara a estas personas,
estos bastardos. Voy con todo lo que tengo.

Juntos rápidamente nos hacemos hasta la cima del árbol. Ella alcanza
la rama más alta y se apoya por el lado del muro. Miro a su rostro y
veo una expresión de total y desenfrenado éxtasis. Ha ganado. Lo
sabe. Lo que sea que ve al otro lado, sabe que es la libertad. Me
sonríe y veo la curiosidad infantil en sus ojos. Sin ser capaz de
esperar más, se inclina hacia mí, me besa y sube sobre el muro.

¡Demonios! La escucho llegar abajo con una caída. Ella grita y oigo
su cuerpo golpear el suelo del otro lado. Por favor que esté bien.
¡Que nada le haya pasado! Sin pensar me movilizo a la cima del muro y
salto de allí.

La caída resulta fuerte para mí también. Cuando caigo sobre el
suelo siento un dolor como ningún otro que he sentido de mis
cicatrices. Aunque no creo que nada esté roto. Ella está llorando
sobándose la pierna. La reviso, pero parece estar bien. Veo algo
diferente en ella. Quizá es por la luz; su piel se mira más áspera.
Está sucia por la caída, yo también. Finalmente me pongo en pie y
reviso en dónde estamos ahora.

Miro arriba en la pared que acabamos de escalar, orgulloso de nuestro
logro. Luego escucho algo. Un tanto cerca de nosotros veo otro
edificio. Uno grande en forma de platillo con una puerta mecánica que
acaba de abrirse.

Caminamos hacia él lentamente, teniendo cuidado de no lastimarnos
más. Mis piernas todavía me están matando. Así como nos acercamos,
el edificio hace un increíble sonido que nos detiene en seco. Fuera
de la puerta caminan… otros. Las únicas otras personas que he
visto.

No son como nosotros. Son más altos. Son más delgados. Visten con
prendas y el tono de su piel es mucho más claro que el nuestro.
Tienen que haber al menos dos docenas de ellos. Uno de ellos se nos
acerca. Camina hasta unos 15 ó 20 pies de distancia de nosotros y se
detiene. Nos mira intensamente. Todo lo que podemos hacer es
devolverle la mirada. Cuando por fin habla me golpea con fuerza. Este
hombre, este hombre que estoy viendo de cara a cara, es el hombre del
respiradero. Él es la voz que me ha enjaulado y atormentado por tanto
tiempo.

—¿Pero qué han hecho? —nos dice. No puedo definir por sus
grandes y negros ojos si está molesto o triste—. Han arruinado todo
lo que hemos hecho por ustedes.

—¡Jódete! —le grito—, ¡no estamos para ser tus malditos
esclavos!

Congela su mirada en nosotros por minutos. Voltea a sus compañeros,
todavía dentro del edificio. Deja salir un fuerte suspiro y nos mira
de vuelta.

—Sabíamos que era sólo cuestión de tiempo. Tendrán que hacer las
cosas por su cuenta ahora. Ésta es, me temo, la única forma en que
pueden aprender.

No sé qué decir. No estoy seguro de a qué se refiere. No sé
tampoco si me interesa. Sólo lo quedo viendo, abrazando a mi amada.

Camina de vuelta al edificio y la puerta se cierra. La construcción
entera se desplaza al aire. En medio de un intenso destello, las
paredes y todo dentro de nuestra antigua prisión, desaparece, sin
dejar rastro. El edifico volador se eleva más y más hasta que lo
perdemos de vista. Finalmente, estamos solos.

Juntos vagamos por el área, buscando respuestas. Estoy comenzando a
sentirme intranquilo ahora. Tengo hambre, y por la primera vez que
puedo recordar, no tengo comida. No hay ningún dispensador, no hay
ninguna máquina, ninguna mágica bandeja esperándome.

Ha sido muy diferente este último par de años. Estábamos tan
perdidos cuando se fueron. Me odio por admitirlo, pero quiero volver
con ellos. Quiero volver a escuchar su voz y tener mi comida, que me
limpien y se encarguen de mí. Lo que comemos ahora sabe terrible. La
forma en que vivimos es terrible. Nos ensuciamos. Nos lastimamos.
Cuando dormimos ya no somos limpiados ni curados como antes. Nos
despertamos de la misma forma en que nos fuimos a dormir.

No fue sino hasta que se fueron que nos dimos cuenta de cuánto los
necesitábamos.

Es helado aquí afuera. Tenemos que matar animales que merodean y usar
sus pieles para mantenernos calientes. Nos sentimos estúpidos, sucios
y sin esperanza. Odiamos en lo que nos hemos convertido. A veces me
despierto por la noche y trato de regresar su voz a mi cabeza. Intento
hablar con él y seguir esperando y esperando por una respuesta. Pero
no la hay. Quien sea que fuesen, se han ido para siempre. Sólo somos
Eva y yo ahora.

Hemos trabajado fuerte para construir un refugio estable que albergue
a nuestra familia. Estamos esperando nuestro primer hijo. Es difícil,
pero sé que podemos hacerlo. En la cansada noche ella se recuesta, yo
tomo su mano y acaricio su cabello.

—¿Dónde crees que hayan ido, Adán?, ¿crees que alguna vez
volverán por nosotros?

Intento ser valiente por ella. —No lo sé, quizá lo hagan. Nos
aman, sé que todavía lo hacen.

Beso su cabello como lo he hecho tantas veces antes. Y espero, más
que nada, que lo que acabo de decirle sea verdad.
puntos 65 | votos: 67
Hay personas que - solo se presentan en nuestra vida para enseñarnos en lo que nunca nos
gustaría convertirnos.
puntos 42 | votos: 58
Me parece que alguien - está siendo secuestrado por un platillo volante de alienígenas.
puntos 95 | votos: 95
Hay personas - que son como el pasado; no perdonan nada.
puntos 134 | votos: 136
Las grandes obras - dependen más de grandes mentes que de buenos medios.

puntos 12 | votos: 12
¿Se imaginan enamorarse de alguien - y que esa persona también se enamore de ti? Debe ser una locura.
puntos 10 | votos: 18
Querida Ángela - como se que te encanta desmotivaciones y que ves todos los dias ves
todos los carteles,quiero pedirte que seas mi pareja de por vida
porque en 9 meses me as demostrado que quieres hacerlo de por vida
pero no estoy del todo seguro,por eso mediante tu pagina preferida
quiero pedirte que seas mi pareja de por vida, muchas gracias por tu
atencion te amo ermosa
puntos 11 | votos: 13
Por tentaciones como tú, - hay pecadores como yo.
puntos 3 | votos: 5
Spiderman se moja - al ver a Ironman..XD
puntos 6 | votos: 6
Para alimentarse - se vale de cualquier forma

puntos 18 | votos: 22
¿Y tú qué miras? -
puntos 15 | votos: 15
No tengo nada, pero a veces - la nada lo es todo.
puntos 9 | votos: 9
soy guapa? - puntuen
puntos 5 | votos: 7
Todo es oscuridad. - Mi cerebro debe estar muriendo, ¿o estoy muerto ya? Siento mi mente
fragmentada, confusa, ilógica. Sus ideas y las mías se entremezclan,
no puedo distinguir entre ellas. Hablo con sus voces, y ellos hablan
con la mía. No puedo describir las imágenes que me golpean, no
entiendo ni reconozco lo que veo, en retazos de fugaz e inaprensible
conciencia. ¿Eres tú, Esther? ¿Estás aquí? Esther, Esther… ese
nombre que tanto me suena. ¿Quién es Esther?
puntos 80 | votos: 80
Hay personas que un día - se ganan lo que a otras les costaría toda una vida conociéndote.

puntos 5 | votos: 5
Miré a mi al rededor, - notaba una presencia detrás de mi, oí pasos, fui más rápida.
Notaba la presencia cada vez más cerca, y más cerca... Eché a
correr con todas mis fuerzas, no sabía a donde iba, pero yo seguía
corriendo. Llegué a un callejón sin salida, en el cual me giré para
plantarle cara a mi perseguidor. Sabía quien era y sabía lo que
tenía que hacer. Había soñado con esto una y otra vez, pero siempre
conseguía atraparme en su mirada, y esta vez no fue diferente.
puntos 8 | votos: 8
Me desperté de golpe, - había tenido una pesadilla. Mire a mi al rededor, estaba en mi tienda
a salvo. Note que me costaría volver a dormirme, así que me
incorpore, vi una luz a lo lejos. Mire la hora, los socuters no
podían ser, ademas, la luz estaba demasiado cerca para ser ellos. No
pude resistirlo, me levanté, abrí la tienda y salí. Fui hacia la
luz, no había nadie cerca.
Me senté al calor del lumogas, y, mientras veía como revoloteaban
ciegas las polillas, note que alguien ponía una mano temblorosa en mi
hombro. Me giré para ver quien era, pero me taparon la cabeza con
algo. Intenté gritar, no pude. De repente había recuperado el
sueño. Me desperté, supongo que horas después, ya no me encontraba
en la tienda, ya no estaba a salvo.
No tenía ni idea de donde estaba, había demasiada oscuridad para
saberlo. No se si pasaron horas o minutos cuando vino alguien. Él
no, otra vez no pensé. Abrí los ojos, volvía a estar en mi tienda
a salvo, y en realidad siempre lo había estado. Todo había sido un
sueño y como siempre ÉL estaba presente en el sueño.
puntos 5 | votos: 5
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puntos 10 | votos: 10
Y otra vez - quiero desaparecer.
puntos 21 | votos: 25
Ponernos a pensar en todos los ojos - cansados que pasamos desapercibidos día a día, pero ya se ha vuelto
tan normal verlos, incluso a la hora de mirar al espejo.

puntos 6 | votos: 6
Lluvia de castigo (parte 2) - 6

 

Ya apenas podía salirse a la calle, era poco menos que un suicidio.
El ejército había intentado mantener las vías abiertas con sus
vehículos blindados, dotados de palas similares a los quitanieves,
pero era imposible. La lluvia seguía cayendo con fuerza, inagotable.
Poco a poco se fueron replegando hacia los pabellones de protección,
donde éramos instados a acudir por nuestra seguridad. Allí se
estaban concentrando las fuerzas, los recursos a la espera de que el
infierno cesase. Muchos acudieron, aterrados. Otros muchos
aguantábamos semi-atrincherados en nuestras casas, igual de
aterrados.

En algunos lugares habían empezado a caer cuerpos enteros,
momificados, también con signos de violencia. Eso dijeron por la
radio oficial, aunque nosotros aún no habíamos visto caer ninguno.
Las emisiones de televisión habían cesado su actividad, no podíamos
sino imaginar qué estaba ocurriendo en el exterior, pero sin ninguna
certeza.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Esther, demacrada.

—Creo que lo mejor es que resistamos aquí, hasta que todo pase.
Algún día tiene que terminar, por fuerza; aquí tenemos comida y
agua para meses. Porque ahí fuera… ya no sabemos ni lo que está en
verdad pasando, Esther.

Se acarició la barbilla, inquieta.

—¿Y si nos fuésemos de la ciudad, Juan? A lo mejor lejos de ellas
no caen tantos, como era al principio, ¿recuerdas? Unirnos a alguna
comuna, o meternos en alguna caverna bien alta. O ir a los
pabellones…

Sonreí con tristeza. Aunque odiase ser tratada como una niña, a
veces era justo eso lo que parecía. Una niña fantasiosa,
imaginativa… casi podía ver la niña que fue con diez años justo
delante de mí, ahora. Imaginando cómo es el mundo desde su
creatividad, sin los límites de la razón.

—Nuestro coche debe estar ya destrozado, cariño, bajo un montículo
de huesos malolientes; y aunque no fuera así, piensa en el peligro…
si allí están cayendo igual que aquí… Y de los pabellones,
¿recuerdas lo que te dije de los campos de concentración? Míralo,
ahí los tienes…

—¿Por qué has de pensar siempre mal? A mí me parecen lógicos, un
servicio para la población. Si nos quisieran muertos, ¿para qué
tomarse tantas molestias?

—No sé, no lo sé… llámalo intuición, pero siento algo muy
oscuro en torno a eso. Apenas se ha dicho nada de ellos, cómo viven
los que han ido allí, ni una imagen de cómo son por dentro, sólo
por fuera…

—Las televisiones han caído, no habrían podido dar más
información. Todo se precipita rápido, demasiado rápido… bastante
se está haciendo por intentar salvarnos.

Vi un cuerpo entero caer, creo que desnudo, amarillento. Esther estaba
de espaldas a la ventana, así que no pudo verlo, por fortuna. No dije
nada, pero el sobresalto me produjo un profundo escalofrío. Creo que
ella no lo notó. Cerré los ojos y me apoyé sobre una mano,
intentando serenarme. Ella pensaría que estaba reflexionando en sus
palabras. Había captado algo de su expresión. Con la boca
descolgada. Horrible…

Respiré hondo.

—Tal vez sea justo eso lo que quieren. Que vayamos, no sé para
qué, prefiero ni pensarlo, pero que vayamos. Desde el principio.
Puede que ése sea el objetivo final, por lo que todo esto está
ocurriendo…

—¿Aún piensas que esto puede ser un teatro artificial? —Me
miró, escéptica.

Demasiado grande, para cualquiera, me temo.

—Francamente, Esther, no sé qué pensar. Ya no sé qué pensar.

Ella suspiró, mirándose las manos.

—Dios proveerá —dijo, con la voz cargada de duda.

—Ojalá tengas razón, cariño. Pero de momento, nos quedamos aquí
—sentencié, antes de levantarme y salir del salón.

Aquella boca abierta…

 

7

 

Siempre me llenó de horror la idea de una muerte lenta. Día tras
día, semana tras semana, era justo lo que nos estaba ocurriendo. Se
dice que la esperanza es lo último que se pierde, pero no es cierto:
nosotros ya hacía mucho tiempo que la habíamos perdido. La lluvia de
restos humanos no se iba a detener, ya lo sabíamos. Íbamos a morir
enterrados vivos bajo toneladas de carroña formada por nuestros
ancestros, familiares, amigos… Sí, la cuenta regresiva del demonio
que creó este infierno había alcanzado el presente. Ya estaban
cayendo los cuerpos de personas fallecidas pocos años atrás. Es
difícil describir con palabras el profundo horror que satura la
mente, que dispara los nervios en una corriente eléctrica continua,
que destruye la capacidad de pensar con claridad, de comer, de
dormir… como muñecos rotos, destensados… Ver los cuerpos caer
desde el cielo lenta, desmayadamente, como en una grotesca burla sin
fin de la mínima dignidad inherente al ser humano. Ah… el espantoso
estampido al reventar contra los tejados, cornisas, barandillas de
balcones… las amputaciones, las manchas de sangre y vísceras… La
calle se había convertido en un cementerio abierto, sin tierra,
revuelto varias veces sobre sí mismo. Los cuerpos amontonándose los
unos sobre los otros, entremezclados en posturas imposibles. Y cuando
otro caía, fracturándose de horrendas maneras contra los yacentes,
parecía transmitir a estos una onda de movimiento, una momentánea
vida innatural hasta que se recolocaban en nuevas posiciones inertes.

Soñé con estar muerto.

La radio hablaba y hablaba, sin parar. Decía que los caídos eran
fallecidos de los últimos treinta años. Se había investigado,
reconocido y localizado a personas concretas. Habían ido a sus tumbas
a exhumar sus cadáveres… y allí no había nada.

Pero yo ya no me creía nada. Ni una sola palabra. De algún modo,
ellos estaban detrás de todo esto.

O tal vez no, y Esther había tenido siempre razón. Tal vez debí
hacerle caso desde el principio. Tener un hijo, rezar a Dios,
alejarnos de la ciudad…

Ahora ya nada de eso era posible.

Mi querida Esther, quebrada, hundida por completo. Ya no se levantaba
de la cama. No podía, no quería… cómo saberlo. Ya no comía nada,
y lo poco que conseguía meterle en la boca, a la fuerza, lo echaba al
poco rato. Intentaba hidratarla, pero la mayor parte del líquido se
le derramaba por las comisuras de los labios. Su rendición era
absoluta. Lo había intentado todo. Todo, por insuflarle vida, una
minúscula luz de porvenir… todo en vano. Sólo decía que la
despertara cuando el mal hubiese pasado. No podía soportar verla
así, ni saber cuántas fuerzas me restaban, ni cuánto tiempo
resistiría en pie, antes de perder la cabeza sin remedio.

Siempre fui una persona capaz de ponerse en lo peor, de calcular los
más nefastos escenarios que el futuro pudiese traer consigo. Durante
los primeros días pensé en esta posibilidad… que se ha cumplido. Y
preparé también una solución: me informé a conciencia, compré los
medicamentos, las jeringuillas, apunté las mezclas, las dosis…
deseando, rezando al Dios de Esther por no tener que emplearla jamás,
pero guardándola en un lugar seguro. Temblaba de sólo pensar que ese
momento pudiese alcanzarnos… ese momento que ya casi estaba aquí.

Imaginé cuáles debieron ser sus pensamientos justo antes de caer en
este pozo. Imaginé su frustración ante la indiferencia, el desprecio
que Dios hacía de sus oraciones, sus sentimientos, su fe. Imaginé
cómo éste desaparecía de su mundo interior, persuadida de que
siempre había estado equivocada, quedando en su lugar la devastación
del vacío, de la existencia materialista, absurda, sin sentido… o
tal vez fuese justo lo contrario: su fe era tan fuerte que su
cerrazón significaba la entrega absoluta a Dios, el deseo imparable
de unirse a Él. Jamás podría saberlo porque Esther ya no estaba
conmigo. Sólo sé que sufría, sufría, sufría sin pausa… No, el
momento había llegado. Habíamos chocado contra el límite
incompatible con la vida, y la lluvia seguía cayendo.

Me levanté de su lado y me dirigí a preparar las dosis, las de
ambos, que detendrían nuestros corazones, nuestro sufrimiento, para
siempre. Y mientras mezclaba aquellas sustancias en la cocina, recé
con todas mis fuerzas a Dios para que dirigiese mi mano con firmeza.

Para que nos liberase a los dos del Infierno en la Tierra.

 

8

 

Ya no sufre.
Ella ya no sufre.

El martillo golpeaba sobre la cabeza del clavo.

Esther ya descansa en paz, libre del dolor.
Libre de toda esta mierda, para siempre.

Con el dorso de la mano me secaba las lágrimas. Y seguía golpeando.

Es lo que ella hubiese querido. Para mí también.
Ahora está con su Dios.

Otro más. La segunda balda quedó clavada al marco de la puerta de
nuestro dormitorio.

Que ya nunca más lo sería.
Que ahora era el mausoleo para el cuerpo de Esther.

Descargué con fuerza, rabioso; que la intensidad de los golpes
igualase a la de los que llegaban de fuera.

Pronto estaremos juntos de nuevo, Esther. 
Como siempre, para siempre.

Las cuatro baldas quedaron firmemente sujetas, bloqueando la puerta.
Ya no podría abrirla por más que quisiera, por más que la
tentación me volviese loco por completo.

Todas las noches, hasta que me alcanzase el final, vendría aquí, a
arrodillarme frente a las baldas para rezar al Dios de Esther. A
suplicar con todo mi ser para que su voluntad protegiese su alma del
infierno que nos engullía.

Para que su cuerpo no formara parte de la lluvia de castigo.

Ya no podía comer nada sin vomitar. Mi estómago se había cerrado. A
duras penas podía beber y respirar el aire infecto, e intentaba
moverme lo menos posible para no agotarme aún más. Estaba entrando
en agonía, lo notaba en la propia sangre, cómo el fin corría hacia
mí, un animal salvaje e impío.

En la mesa del salón, la jeringuilla vacía de Esther descansaba
junto a la mía, llena del líquido incoloro hasta arriba. Estaba
apurando mis últimas horas de vida, lo sabía con rotundidad,
resistiéndome con vano sufrimiento al abrazo de la muerte, como
queriendo ser el orgulloso último testigo del Apocalipsis contra la
humanidad. La radio seguía hablando y hablando sin parar; cambiaban
los locutores, pero no la aberración, la locura inherente en sus
mensajes. Era tan increíble, dislocador e inhumano lo que decían,
que mi mente no lo podía asimilar de ninguna manera, como si se
tratase de un idioma extranjero. No podía creer que seres humanos
estuviesen diciendo todo aquello sin desmayarse o vomitar. Así que la
rabia me dio las fuerzas que me faltaban para agarrar la pequeña
radio y dirigirme con ella hacia la puerta del balcón. A través del
cristal vi la llanura sinuosa de cuerpos, que pronto alcanzaría
nuestra altura; los negros hilachos de moscas que los sobrevolaban sin
poder parar, como un humo furioso y vivo. Respiré profundamente dos
veces antes de contener la respiración y abrir de golpe la puerta. A
pesar de ello noté el hedor insufrible, intentando penetrar en mis
fosas nasales al tiempo que en mis oídos estallaba el colosal zumbido
de las moscas, como una gigantesca radial orgánica, y el chocar
húmedo de los cráneos, las quebraduras, los impactos secos… Lancé
con todas mis fuerzas el aparato de radio que fue engullido por la
lluvia en un instante. Rápidamente, me apresuré a cerrar la puerta,
pero por el rabillo del ojo algo en el balcón me llamó la atención.
Miré y vi el cuerpo de un chico, de unos siete años, sentado en una
postura rota, apoyadando la cabeza contra uno de los muretes del
balcón. No sé por qué, las cuencas aparecían como horadadas en la
carne. Sé que no podía verme, pero me miraba, eso lo sabía, como en
una iluminación de certeza. Del cráneo abierto colgaba masa
encefálica como un parche carnoso de pirata, al que se le hubiese
cortado la goma. Me sonreía. El niño, con sus labios muertos,
destensados, me sonreía…

 

*

 

Aquellos cuerpos maltratados, a los que se había negado el descanso
de la tumba; aquellas caras lívidas, torturadas tras la muerte,
empezaban a amontonarse tras la ventana del salón. Yo me sentía ya
como ellos, desfallecido, con el organismo a punto de colapsar. Sabía
que, en cuanto me tumbase, no podría volver a levantarme jamás. Pero
estaba contento. Contento, sí. Porque de entre mis delirios y
alucinaciones conseguí arrancar una solución para Esther y para mí.
La forma de que nuestros cuerpos no fueran dos gotas más en la lluvia
de castigo. Recé para que mis últimas fuerzas resultasen suficientes
para culminar mi labor.

Tomé una pila, un pequeño montón de los cientos de libros
desperdigados por el suelo, acumulados durante décadas por todas las
estanterías de la casa, y me dirigí hacia la puerta de nuestra
habitación, donde el fuego debía arder más voraz.

Ojalá todavía sigas allí, Esther.
Perdóname por ser incapaz de comprobarlo.
Perdóname por haber tardado tanto en encontrar una solución.
Espero que aún no sea demasiado tarde.

Empecé a arrancar las páginas a puñados y a meterlas bajo la
puerta, acumulándolas contra ella cuando ya no pude meter más.
Apenas terminé con los libros fui a por más. Y más, y más… miles
de páginas leídas, compartidas y comentadas con Esther, ahora nos
brindaban un último servicio, un acto de amor, como el abrazo de un
viejo amigo antes de despedirse para siempre. Cuando amontoné un buen
cúmulo de ellas frente a la puerta, que estimé suficiente, comencé
a retroceder por el pasillo, agotado, dejándolo alfombrado de
páginas y más páginas. Así seguí, cada vez más despacio; pero
seguí, durante horas, esparciendo el alma de los árboles vestida con
las ideas de los hombres, por toda la casa. Y mientras lo hacía
tenía que enjugarme las lágrimas, que en otro tiempo hubiesen sido
de dolor, pero que ahora eran de puro agradecimiento. Después fui a
por el bote de alcohol del cuarto de baño. Comencé a mojar el
montón de hojas frente a la puerta de Esther. Se terminó pronto,
así que me dirigí a la cocina a por una de las garrafas de aceite
que nos quedaban, y proseguí empapándolo todo, en zig-zag por los
pasillos y habitaciones. El piso debía convertirse en un inmenso
horno y, tal como lo había dejado, no dudé en que así sería. Al
final, reservé algo de aceite para embadurnarme la ropa con ella.
Calculé que me daría tiempo, que cuando el fuego alcanzase el
salón, la dosis ya me habría matado. Eso esperaba.

Ahora, mi momento había llegado. Siempre imaginé que no podría dar
ese paso en el instante de la verdad, que la emoción se impondría a
la sangre fría, que mi mano flaquearía al ir a empujar el émbolo,
rindiéndose. Pero no fue así cuando inyecté a Esther; nada de eso
ocurrió. Porque lo que no podía imaginar entonces es que la vida
pudiese quedar reducida a un sufrimiento tan atroz, tanto como para
convertir a la muerte en la solución más deseable. Sonreí al pensar
que, en unos minutos, terminaría todo… Me agaché a coger una
página aceitosa y saqué mi mechero del bolsillo. Hice una bola con
ella y le prendí fuego, lanzándola lejos de mí. La llamarada brotó
como un surtidor del suelo, y se expandió en una sábana de gas
anaranjado. Entré en el salón y cerré la puerta. Daría tiempo a la
dosis.

Al girarme, me sobresalté ante la visión; la mano se me aferró al
pecho, como si el corazón hubiese querido devorarse a sí mismo.
Porque la masa de cuerpos que se comprimía fuera contra los cristales
se movía. Los ojos muertos miraban, las manos, las caras se
arrastraban por la superficie transparente con sus muecas grotescas.
¿Se estaban riendo algunas, sufriendo bajo el peso otras? Vi
abdómenes, piernas, brazos retorciéndose, cambiando de posición
dentro de la aplastada ola de carroña. Habían cobrado vida, o algo
colosal estaba buceando por el mar de carne, generando estas ondas que
transmitían la apariencia de vida a los muertos.

El olor a humo me sacó del trance.

Concentré mi pensamiento en los pequeños pasos a seguir, tal y como
los había memorizado y ensayado mentalmente docenas de veces. Tal
como los practiqué con Esther. Me senté en el sofá y me arremangué
el brazo izquierdo. Intenté no escuchar el rumor amortiguado que
llegaba de fuera; era el de siempre, pero traía algo más. Palabras
sueltas, frases cortas… estaban hablando. Estaban tratando de
decirme algo. Pero no los miré. No me importaba lo que fuera. Pasos,
los pasos. Cogí la jeringuilla, estaba vacía. Me había equivocado,
cogiendo la de Esther. Entendí. Una de las palabras, ¿había sido
una palabra? ¿o interpreté un ruido? Da igual, fuera de mi mente.
Con mano temblorosa agarré mi jeringuilla, le quité el capuchón.
¿Alguien ha gritado en el pasillo? Compruebo el líquido cristalino.
Dejo la jeringuilla sobre la mesa y me busco la vena con los dedos.
Otra palabra. ¿Ésa sí lo era, verdad? Ahora no puedo fallar. Recojo
la jeringuilla y acerco la aguja a la vena. La punta tiembla. Respiro
hondo. Huele a humo, a putrefacción. Clavo la aguja. Aprieto el
émbolo con el pulgar. Siento el fino, agudísimo dolor del líquido
entrando. Ya está Esther, cariño, ya está. Escucho un extraño
sonido. Aprieto fuerte los párpados. El émbolo sigue bajando, hasta
el final. Cesa el dolor agudo y retiro la aguja. Espérame Esther, ya
llego contigo. El brazo me arde por dentro. Me reclino en el sofá,
replegando mi brazo izquierdo contra el pecho. Quiero mantener los
ojos cerrados, pero algo me obliga a abrirlos. Veo las caras y en
ellas las desdentadas bocas como pozos. Hablan. Todo se nubla,
lentamente. Escucho ruido como de agua dentro de los oídos, pero a
través del ruido, entrando como una lanza llega esa larga frase que
sale de sus bocas. Y comprendo sin quererlo comprender. No puede ser
que hayan dicho eso… Qué débil me siento. ¿Por qué no puedo
moverme? Esto es morir, entonces… no es agradable, no es como…
dormir, no. Ardo por dentro. Me hundo en mí mismo. El mundo se aleja,
se disuelve en negro; pero sus voces se acercan, como en una lenta
avalancha, más y más próximas sus palabras, cucarachas que entran
en mi cabeza con su mensaje incontestable…

Revelador.
Nítido.
Cercano…

 

*

 

Todo es oscuridad. Mi cerebro debe estar muriendo, ¿o estoy muerto
ya? Siento mi mente fragmentada, confusa, ilógica. Sus ideas y las
mías se entremezclan, no puedo distinguir entre ellas. Hablo con sus
voces, y ellos hablan con la mía. Me han mostrado cómo se siente el
mundo sin ser dirigido por un ego encerrado en una persona. La carne
es una prisión pero la mente procede de la actividad de la carne.
Qué odiosas, indescriptibles sensaciones. Me gustaría pensar que
vuelo en el torbellino de una inmensa pesadilla; pero no, sé que esto
es algo bien distinto, crudo… ¿Estoy muriendo, verdad? Atisbo entre
la confusión lo que la realidad es sin mí, la verdad objetiva que
tanto busqué. ¿Por qué hacen eso? ¿Estuvieron siempre aquí,
ocultos? Siento que morir es mucho más angustioso de lo que jamás
imaginé. Frío. Absurdo. Tanta soledad… Me estoy disolviendo y no
hay nada ni nadie humano conmigo en este último segundo tan
importante; tan, tan importante… suplico porque Dios esté también
ahí y me esté escuchando. ¿Por qué les sacan… eso del cuerpo?
¿O se lo están introduciendo? ¿Qué… qué es todo aquello, Dios
santo? ¡Dejadlo en paz! ¡Dejadlos en paz ahora! Oh Dios, si estás
ahí por favor… apiádate de mí. No les permitas eso… eso no es
posible en tu Reino. Dios, los escucho a ellos pero a ti no. Acoge mi
alma, por lo que más quieras, no les permitas acercarse…

Dios mío por favor, tienes que ayudarme…
Están aquí.
Están aquí dentro…
Dios… no lo permitas…
¡Ayúdame!
¡Ayúdame!

 

*

 

Las olas de cuerpos rompían contra los edificios silenciosos y
después retrocedían, en una infinita resaca de corrupción
orgánica. La brisa que acompañaba era una nube de moscas negras.
Millones de brazos, de manos sin fuerza, millones de pechos sin aire,
millones de abdómenes blancuzcos, amarillentos, millones de piernas
que ya nunca andarían, millones de caras privadas del sueño eterno,
con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, entremezclándose en las
mareas de un mar creciente que desbordó los límites de los
suburbios, expandiéndose en una lenta avalancha de cadáveres que fue
tomando los campos, en busca de la unión con otros mares para
conformar el océano que cubriría el mundo y sus viejos pecados;
mientras, la lluvia seguía cayendo…

Cayendo sobre el océano de carne de la humanidad.
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Lluvia de castigo (parte 1) - Recuerdo perfectamente el día en el que todo comenzó, como si fuese
ayer: volvía del trabajo a casa, a la hora de comer, conduciendo con
la cabeza cargada de pensamientos. Ideas acerca de mi tambaleante
relación con Esther. En las últimas semanas la tensión entre
nosotros había ido creciendo hasta llevarnos casi a un punto de
ruptura. ¿Y por qué? Por mi negativa a ser padre. Desde siempre,
desde el primer momento de la relación, le dejé claro que jamás
traería un hijo, mi ser más querido, a este mundo de mierda. Y ella
estuvo de acuerdo, pensaba igual que yo; pero han pasado muchos años
desde entonces y todos hemos cambiado, madurado en un sentido u otro.
Ahora, activado repentinamente como un resorte, su instinto maternal
lo impregna todo. Ser madre es su mayor deseo y yo no soy quién para
arrebatarle ese derecho; de igual forma que ella no puede negarme el
mío a no serlo. Así estaban las cosas.

Estacioné el coche junto al parque donde solía hacerlo todos los
días y salí para dirigirme a casa. Envuelto en mi asumido fatalismo,
caminaba con desgana por la acera cuando escuché un fuerte golpe a
mis espaldas. Sobresaltado, me giré de inmediato, y no tardé en
descubrir que había sido el capó de mi coche el que lo había
recibido. Presentaba una abolladura notable en su centro, se había
saltado la pintura. La sorpresa fue cediendo el paso a la rabia; miré
frenético por todos lados buscando culpables. En unos segundos me
percaté de lo que había golpeado mi coche: era un fémur humano,
tirado junto a la puerta del conductor.

Pestañeé varias veces sin poder creerlo. ¿De verdad era un fémur?

Me agaché para poder verlo más de cerca y, cuanto más aproximaba la
cara, más evidente resultaba que, en efecto, así era. Amarillento,
de aspecto rancio y como corroído… sólo podía ser lo que
parecía. De nuevo miré frenético alrededor, esta vez temiendo por
mi propia vida —¿quién podría haberme lanzado un hueso
humano?—. Pero no vi ni escuché a nadie. Tampoco había ningún
edificio, ningún sitio de donde lanzar el hueso y esconderse con
facilidad; el espacio era demasiado abierto en torno a mí… y eso me
asustó aún más.

Marqué atropelladamente el número de la policía y les conté como
pude lo que acababa de ocurrirme. Temí que no me creyesen, que se
riesen o mosqueasen conmigo. Pero no; tras tomarme los datos el agente
al otro lado me dijo que estarían ahí en minutos. Así fue. Del
coche patrulla se bajaron cuatro agentes, dos de ellos vestían trajes
blancos de esterilización y pronto comenzaron a sacar fotografías,
tomar muestras de la pintura, de alrededor del hueso… mientras los
otros dos me tomaban una declaración rápida. Todo me resultó
extremadamente fugaz, casi irreal, supongo que a causa de mi enorme
confusión. Cuando terminaron conmigo volvieron a su coche, deprisa,
tanto… que apenas sí tuve tiempo de preguntarles qué podía
significar todo esto. El conductor me dirigió una mirada comprensiva
antes de despedirse con una frase que explicaba en parte su urgencia
pero que me dejó aún peor de lo que ya me encontraba: «Están
cayendo por todas partes».

Iba subiendo por las escaleras, pensando en lo que iba a decirle a
Esther para explicar mi tardanza. Mis palabras sonarían como una
excusa pueril, estúpida, ridícula. ¿Sabes qué, Esther? Me acaba de
caer un fémur humano en el coche y me lo ha abollado. He tenido que
llamar a la policía y… ya me imaginaba la cara que me iba a poner.
Pensaría que me estaba burlando de ella y de todo su árbol
genealógico, intentando ocultar quién sabe qué cosa imbécil,
impropia de un hombre adulto y maduro.

Entré en el piso tragando saliva, dirigiéndome hacia el salón por
el pasillo como si éste se hubiese transformado en mi corredor de la
muerte particular.

—Buenas —dije. Ella estaba viendo la televisión.

—Hola —susurró, sin mirarme.

—No te vas a creer lo que me… —comencé, pero ella me mandó
callar con un rápido gesto del índice sobre los labios. Estaba
absorta con lo que decían en las noticias. Así que guardé silencio
y, curioso por saber qué le causaba tanto interés, yo también
presté atención a la pantalla.

Lo que estaban diciendo era que por todos los países del mundo, por
zonas rurales y urbanas, dispersos pero no escasos, estaban lloviendo
huesos humanos. Cráneos, húmeros, costillas, fémures, tibias…
Lloviendo huesos humanos. Eso fue justo lo que dijeron.

Las imágenes mostraban a personas junto a los huesos caídos
explicando lo que habían vivido, videos de baja calidad tomados con
móviles siguiendo el descenso desde los cielos de un hueso girando
sobre sí mismo. Los destrozos causados por algunos en distintos
elementos de la ciudad. Escenas de ataques de pánico. Niños llorando
al ver a sus madres llorar.

Sin darme cuenta, yo también estaba temblando.

 

2

 

Me envolvió la sensación, la absoluta certeza, de estar viviendo un
hecho extraordinario; algo que ocurría por primera vez en la historia
del mundo. Como el rumor de la Tierra que precede y anuncia la llegada
de un terremoto devastador, una profunda zozobra comenzó a crecer en
mi interior, intuyendo que esto era solamente el macabro preludio del
terror inimaginable que se cernía sobre nosotros. A mi lado, Esther
susurraba frases de incredulidad ante lo que escuchaba y veía en la
pantalla.

—Esto tiene toda la pinta de ser un acto terrorista, algo de guerra
psicológica como en la antigüedad, cuando se catapultaban cabezas y
cadáveres por encima de las murallas de los asediados. —Empecé
también a pensar en voz alta, creo que para evitar que la tensión me
reventase por dentro. Dar una explicación lógica a algo que no
aparentaba visos de tenerla en modo alguno.

—Pues yo creo que esto tiene que ser obra de Dios… o del Diablo
—dijo ella, casi en un lamento.

Esther siempre ha sido una fiel creyente, circunstancia que motivó
durante años interesantes conversaciones y alguna que otra discusión
al ir pendulando yo entre un humilde agnosticismo y el ateísmo más
radical, según la época y mi necesidad de apoyo espiritual para
poder sobrellevar la vida. Desde hace tiempo creo que Dios ya no
cuenta conmigo para su lista de elegidos.

—No. Existen muchas otras razones más sencillas y verosímiles que
habría que descartar antes de que pudiésemos hablar de la mano de
Dios —dije, y ella me miró alzando una ceja—. Podría ser una
manipulación más, orquestada por los gobiernos y sus medios de
comunicación —en este momento recordé la abolladura de mi coche,
pero proseguí—, o algún extraño fenómeno dentro de las leyes de
la naturaleza. Incluso veo más factible que esto sea la primera fase
de una invasión por civilizaciones alienígenas que estén usando
nuestras estúpidas y arcaicas creencias contra nuestra estabilidad
mental.

—Lo de estúpidas creencias no lo dirás por las mías, ¿verdad?

—No lo digo por ti. Lo digo en general. —Se estaba enfadando.

—Ya, pero yo entro en ese general —bufó—. De momento, tus
causas tienen tanta validez como las mías —Sacudió la cabeza en
incrédula negación—. ¿Realmente crees que esto está organizado
por el hombre?

—Peores cosas se han visto.

—¿Como cuáles?

—Como las Guerras Mundiales, como los auto-atentados para justificar
lo injustificable… entre otros muchos horrores caníbales. Siempre
nos hemos organizado estupendamente para acabar los unos con los
otros.

—Esto… es diferente —Apoyó su pequeña cara sobre una mano,
mirando de soslayo al televisor—. Dios está intentando decirnos
algo.

Los creyentes no suelen usar la lógica ni el empirismo; niegan de
forma natural las evidencias en contra de sus creencias y te culpan
cada vez que entras con una luz en la oscuridad, su amada oscuridad.
Un creyente es, en esencia, un adorador del misterio, de lo oculto, y
lo necesitan como el adicto necesita la sustancia que lo mantiene
flotando. Es tan sencillo como eso.

—Pues yo creo —dije suavemente— que referirse a lo sobrenatural
es poner de manifiesto que se niega, que no se puede asimilar nuestra
naturaleza humana, su faceta perversa, orientada a la maldad. Si Dios
quiere decirnos algo… ¿por qué no lo dice claramente y punto?,
¿por qué hay que estar siempre intentando clarificar si el mensaje
es X o es Z y, encima, indagar si es Él o no quien lo expresa?

Esther me clavó la mirada, obviamente molesta.

—Muy bien. Imaginemos que vosotros, los escépticos, los
incrédulos, estáis en lo cierto. Imaginemos que Dios no existe, que
todo es una mierda mecanicista y que el hombre es un gusano hijo de
puta capaz de todo con tal de engordar, sobre todo si es a costa de
los demás. Supongamos que tenéis razón en todo, pero… ¿por qué
os alegráis de que las cosas sean así?, ¿por qué os consideráis
más inteligentes, evolucionados, que los creyentes?, ¿de dónde os
viene ese aire de superioridad, ese regodeo en la crudeza, esos deseos
de destruir las equivocadas creencias de los demás?

—Yo no me considero más inteligente que tú, ni estoy especialmente
contento porque las cosas sean así. Pero en la vida pocas cosas hay
que causen más daño que una creencia equivocada. Además, sois
vosotros los que os sentís moralmente superiores a nosotros, por no
hablar de ese paranoico complejo de persecución que ostentáis a la
mínima ocasión. Y luego somos nosotros los malos, los diabólicos;
pero las religiones han causado más guerras de las que se pueden
contar, y la Inquisición se hinchó a quemar a gente viva. Me
pregunto qué pensará Dios de todo eso —concluí.

Ella se levantó del sillón con un bufido de cansancio.

—Mira, por lo que a mí respecta, puedes seguir creyendo lo que
quieras. Está claro que no nos vamos a persuadir mutuamente ni vamos
a sacar nada de esto. Sólo déjame decirte que os veo francamente
limitados para aprehender el universo en su grandeza, ciegos a las
razones más allá de la Razón, encerrados y orgullosos de estarlo en
vuestras trampas lógicas que poco tienen que ver con lo que ocurre
ahí fuera.

—Muy bien, Esther, pues peor para mí entonces. Me alegro de que os
sintáis queridos por Dios y siendo Uno con el universo. Ojalá yo
pudiese también.

Durante unos minutos quedamos en silencio, mirando lo que nos ofrecía
el televisor.

—¿Qué crees que debemos hacer? —dijo al fin, ladeando la cabeza
para referirse al suceso probablemente más extraño acontecido en la
Tierra.

Llevaba un rato pensándolo, así que las palabras fluyeron solas:

—Después de comer, voy a hacer lo que se suele hacer siempre en
caso de incertidumbre extrema.

—¿A qué te refieres? —Sus ojos negros me miraron con interés.

—Voy a comprar y traer tanta comida y agua como sea capaz de cargar.

 

3

 

En los días siguientes el mundo estaba en plena ebullición de
noticias. Yo iba a mi trabajo y volvía, por todas partes no se
hablaba de otra cosa. Los gobiernos al unísono se apresuraron a
emitir comunicados tranquilizadores, intentado evitar que el pánico
se extendiese en una deriva hacia el terror. Decían básicamente que
se trataba de un extrañísimo fenómeno meteorológico en estudio,
similar a esas lluvias de piedras o pequeños animales que han quedado
recogidas en la historia. Pero por la red numerosos grupos de
investigadores independientes ya lo estaban desmintiendo. Y en
diferentes partes del mundo, llegaban a dos conclusiones idénticas:
los huesos caían desde una altura de cuatro kilómetros, sin importar
el punto geográfico donde se recogiese el dato. Estos no caían sólo
desde las nubes —como parecían afirmar los gobiernos—, sino que
aparecían de la nada, a pleno cielo descubierto, como vomitados por
bocas invisibles, pero siempre desde esa línea de los cuatro
kilómetros. La segunda conclusión es que las pruebas revelaban que
la antigüedad de los huesos en ningún caso era inferior al millón
de años.

Por todo el globo se estaban produciendo grandes movimientos sociales,
de carácter religioso en especial. Las epifanías y mensajes
apocalípticos se sucedían. Las comunas beatíficas vieron crecer el
número de sus integrantes de forma espectacular: lo dejaban todo y se
iban a los campos a orar, a cantar la Buena Nueva, la segunda llegada
del Mesías. Otros grupúsculos sectarios se conformaron de la noche a
la mañana, como setas venenosas tras una lluvia tóxica; y ya
comenzaban a crear disturbios e incluso casos de suicidio ritual
colectivo. Además, la frecuencia de caída de los huesos, lejos de
disminuir, estaba aumentando. Era evidente hasta a simple vista;
Esther y yo pudimos ver desde la ventana de nuestro salón —que daba
al parque y, por lo tanto, permitía una amplia vista sin edificios—
caer no menos de tres o cuatro. Nos envolvía una terrible, macabra
fascinación: ¿era esto el preludio de nuestra muerte?, ¿el fin de
la humanidad?

—Tengo… tengo miedo, Juan —tartamudeó, mientras miraba al
exterior—. Toda esta situación me tiene… descolocada. No sé qué
pensar, no sé si el mundo se ha trastornado por completo. No sé qué
será de nosotros…

—Yo también estoy asustado, cariño —Le cogí la mano—. Todos
estamos igual; nadie sabe por qué está ocurriendo esto ni entendemos
qué puede significar. Debemos tener paciencia y esperar a que se
resuelva, sea lo que sea.

Esther negaba con la cabeza, como resistiéndose a mis
bienintencionados pero evidentes intentos de transmitirle
tranquilidad. Yo la conocía bien, no era una de esas personas que se
dejan persuadir con facilidad, que incluso parecen estar deseándolo.
Y nunca le gustó que la tratasen como a una niña pequeña.

—Creo que Dios nos está castigando.

Cuando las cosas pierden sentido, o son duras de asimilar, Dios
aparece por la puerta.

—¡Venga ya, Esther! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Es que tú y yo nos
merecemos que nos bombardee con huesos humanos? ¿Qué hemos hecho tan
terrible, que no puedo recordar? Aparte de trabajar como cabrones,
pagar impuestos y no saltarnos las leyes… ¿tan malos somos? Y los
niños, los enfermos, la gente normal que sólo cometen el pecado de
querer vivir en paz un día más… ¿también se lo merecen? —Me
crucé de brazos, esperando alguna respuesta racional.

—No nos castiga como individuos, sino como especie… Tal vez sólo
quiera abrirnos los ojos, que despertemos de una vez.

—Ah, vale… entonces es que es indiscriminado; lo sabe todo de
todos pero no diferencia a nadie. Vaya, Esther, pues siento decir que
tu Dios no se aleja demasiado de cualquier terrorista, según parece.

Me lanzó una mirada de hierro antes de responderme.

—Juan, haz el favor de no blasfemar con tanta facilidad. Tú sabes
perfectamente lo que quiero decir; no tergiverses para atacar
gratuitamente.

—No ataco por atacar, Esther, sólo intento desmontar una idea sin
base de ninguna clase, bastante ridícula.

—Será ridícula para ti —replicó, como un disparo.

—Además, he notado un cierto respeto en tu voz cuando decías
«blasfemar»… No temas su ira; pongamos que tienes razón y que Él
existe, ¡ya nos está castigando! ¿Qué más has de temer?

Esther me miró como un niño travieso pillado in fraganti.

—Reconócelo, Juan: tú no creerías en Dios ni aunque lo vieses
aparecer entre las nubes. Te gusta demasiado sentirte intelectualmente
superior, blandiendo tu lógica como una espada de palabras. Él está
por encima de eso. Él lo creó todo, incluyendo tu obcecado cerebro.
Y sus designios son inescrutables, por definición.

—De acuerdo, cariño. Yo soy un chulo y un pedante, lo acepto. La
mayor dificultad para conversar con alguien de creencias muy
arraigadas, como tú, es la poca receptividad a escuchar otras
teorías alternativas. Por eso, me gustaría que al menos tomases en
consideración esas otras ideas. Seguro que te enriquecen, incluso
aunque no fuesen ciertas.

—Yo no soy ninguna fanática, sólo te digo lo que sinceramente creo
—Se recogió parte de su melena negra tras la oreja—. Muy bien,
imaginémoslo al contrario: tú tienes razón y la mano de Dios no
está tras lo que está ocurriendo… dime, ¿qué explicación le
encuentras a que lluevan huesos del cielo?

Me gustó que quisiera escucharme.

—Pues verás —comencé—, pienso que debemos partir de dos
hipótesis para explicar las causas: la primera, Interna: esto está
siendo obra del hombre, de los gobiernos. Una manipulación más para
dirigirnos como el inmenso rebaño que somos hacia donde les convenga,
como con los ataques de falsa bandera y el fenómeno O.V.N.I. en el
pasado. Seguro que pronto nos meten a todos en campos de
concentración blindados, dirán que para nuestra «protección», por
«seguridad»… eliminando tantos derechos adquiridos… En el fondo,
lo que quieren es sacrificar gran parte de sus cabezas de ganado, pues
el rebaño se ha vuelto demasiado grande, e incontrolable.

—Eso suena muy conspiranoico, ¿no? —Se sonrió, un tanto
burlona—. Muy Nuevo Orden Mundial, Illuminatis… pensaba que tú no
creías en esas cosas. —Me guiñó un ojo, devolviéndome la pelota
de la «puerilidad de las creencias».

—Y realmente no creo en ello a pies juntillas, pero es una
probabilidad que está ahí; ¿por qué habríamos de descartarla?
Muchas pruebas son incontestables, y eso no tiene nada que ver con lo
que uno cree.

—Habría que ver también quién presenta esas pruebas, cómo y si
no es otra manipulación más, a su vez —añadió Esther.

—No te diré que no —le reconocí—; pero que los gobiernos nos
engañan y manipulan desde que existen es una obviedad fuera de toda
discusión. La segunda hipótesis es Externa, menos probable para mí
que la primera, pero tampoco descartable. La lluvia de huesos puede
estar causada por entidades no humanas, de fuera de la Tierra o
incluso de otras dimensiones…

—¡Ésa sí que es buena! —Esther se carcajeó con ganas, como no
lo había hecho desde que empezó la pesadilla—. ¿De otras
dimensiones dices? Un poco alucinante, ¿no te parece?

—Sí, claro, pero es otra opción no desdeñable. Los huesos
«aparecen» de la nada, a cuatro kilómetros de altura, ¿recuerdas?
¿Eso te parece normal, natural, explicable?

—Suponiendo que lo que dicen sea cierto, no lo olvides.

—De acuerdo, suponiendo que sea así. Fíjate, Esther, ¿te das
cuenta de tu resistencia a aceptar esa mera posibilidad? ¿Ves cómo
te parece una infantilada propia de las pelis para críos? Tal vez es
justo lo que pretenden que creamos, y llevan trabajando en ello muchos
años, con buenos resultados, evidentemente. Tu reacción es un claro
ejemplo, y seguro que es mayoritaria en la sociedad.

Esther bufó, mordiéndose el labio inferior y negando con los ojos
mirando hacia los cielos, como pidiendo fuerzas a su Dios para
soportar tantas tonterías.

—Bien, sigamos con tu hipótesis —Parecía divertida—. ¿Y por
qué esos seres del espacio exterior no llegan y directamente nos
destruyen, nos esclavizan, nos devoran o lo que diablos se suponga que
quieren hacer con nosotros? ¿Para qué tantos rodeos? Parece que no
es sólo mi Dios el que actúa con claves —Me miró con sorna,
ladeando la cabeza, sabedora de su gancho a la barbilla dialéctico.

—Ni tan siquiera te estoy diciendo que yo piense que ésa sea la
causa —me defendí—, sólo te pido que valores la hipótesis, la
idea… Cuantas más aportemos, más cerca estaremos de…

Esther gritó de repente.

—¡Mira, mira! ¡Ven rápido! —Con los ojos como platos, estaba
señalando a través de la ventana.

—¿Qué pasa? —Me alarmé, mientras corrí hacia ella.

Se escuchó un fuerte impacto seco de algo rompiéndose en la calle.
El sonido llegó perfectamente hasta nuestro segundo piso.

—¡Lo he visto! ¡Lo he visto caer! —Estaba acelerada—. ¡Era
como un costillar, Juan! ¡Mira! ¿No lo ves allí, junto a la señal
de prohibido?, ¿aquello blanco?

En efecto, había unos fragmentos blanquecinos junto a la señal, como
un arpa de hueso rota. Los huesos de un costillar, desperdigados.

—¡Qué horror, Juan! —gimió, girándose para abrazarse a mí.

La estreché contra mi cuerpo, apoyando la mejilla sobre su cabeza.

Mientras observaba cómo algunos curiosos se acercaban hasta aquellas
costillas rotas, sentí que la inmensa boca del Infierno se abría
ante nosotros.

 

4

 

Durante la semana, los hechos se precipitaron día a día, con
creciente velocidad, como una bola de nieve echada a rodar ladera
abajo. El mundo se convulsionaba con noticias extraordinarias que se
habían vuelto cotidianas. Ahora lo normal era asomarse a la ventana y
ver caer, cada pocos minutos, algunos huesos aquí y allá; su
frecuencia seguía aumentando progresivamente, sin diferencias
significativas en ningún lugar del mundo. Aunque sí se había
detectado un incremento considerable en las grandes zonas urbanas
respecto a las más despobladas.

Los gobiernos se unieron a la corriente de los investigadores de la
red, a su línea de información —como si nunca antes la hubiesen
desprestigiado con mil artimañas—. Afirmaron que los huesos eran
humanos, y que el más reciente de los estudiados databa de unos cien
mil años atrás. Se habían creado unidades especiales del ejército
dedicadas a la recogida de estos restos. En los primeros momentos
pudimos verlos clasificándolos en bolsas, escribiendo datos en ellas;
pero ante la magnitud de la tarea y la creciente intensidad de la
lluvia, pronto se limitaron a limpiar las calles con la mayor
celeridad posible, como si de un cuerpo de barrenderos forenses se
tratase. Ya se contaban por centenares los muertos debido a impactos
de hueso a lo largo y ancho del planeta. Desde los medios se
recomendaban medidas de protección para salir a la calle, y pronto
los cascos y paraguas reforzados fueron una prenda de vestir más. El
mundo vibraba, aguantaba la respiración, sobrecogido en un
estupefacto estado de shock.

Esther lo llevaba cada vez peor, no podía asimilar la deriva que los
acontecimientos estaban tomando. Se estaba desquiciando, y sería
injusto culpabilizarla por ello. Desde mi opresión, yo intentaba
mantener un mínimo de equilibrio y cordura, una pequeña luz de
esperanza en que la lluvia cesase de una vez y que el mundo volviese a
ser el horror que ya conocíamos, no esta aberrante, nueva pesadilla.
Aunque lo cierto es que mis ideas no podían ser más negras y
depresivas.

Tras la cena, que apenas tocó, Esther volvió a su verborrea
neurótica. Se estaba desesperando en la búsqueda de un sentido, en
descifrar el mensaje que Dios nos enviaba desde el cielo. Yo empezaba
a pensar que, tal vez, no hubiese ningún sentido tras el fenómeno.

—¿Te das cuenta? —comenzó Esther, mientras recolocaba la
mesa—. Nos está arrojando huesos desde el pasado más remoto para
acercarse poco a poco a nuestro tiempo. ¿Qué quiere decir eso? ¿Nos
está reprochando el que hayamos olvidado a nuestros muertos, a todos
los que sufrieron para que hoy estemos aquí? ¿O será un castigo por
enterrar tantos crímenes en el olvido, y seguir cometiéndolos de la
misma manera, como si no aprendiésemos nada de ellos?

—¿Qué importa, Esther? —le contesté—. ¿Qué importa que sea
por una u otra razón por la que nos castiga así? Ya ha matado a
cientos, y no parece que le sean suficientes.

—Pero, tal vez si descubrimos justo lo que quiere de nosotros y
comenzamos a actuar así, detenga esta lluvia de muerte. Cuando le
demostremos que hemos aprendido la lección al fin.

—¿Cómo actuará Él si no descubrimos la respuesta a su retorcida
adivinanza? ¿Pretende convertir el mundo en un cementerio silencioso,
cubierto de huesos? Vaya un Dios vengativo que tienes, no sé ni cómo
puedes creer en Él.

Esther obvió mi envenenado reproche.

—No, yo no lo veo así, Juan. Él es nuestro Padre, y actúa como
tal, siendo incluso duro cuando es preciso serlo. Nos dio la libertad
y mira lo que hemos hecho con ella… Tal vez haya llegado el momento
de recibir nuestro correctivo, sin el cual es seguro que acabaríamos
cayendo en el abismo de nuestra autodestrucción.

—No existe locura que no encuentre su justificación —casi
suspiré.

—¿Me estás llamando loca? —preguntó, con los brazos en jarras.

Me pasé la mano por la cara, como si me la quisiera borrar, antes de
contestar.

—No, cariño. Sólo digo que hasta la más disparatada creencia
tiende a revestirse de una justificación pseudo-lógica que la
permita presentarse en público con aspecto racional, aunque en
esencia sea un completo sin sentido.

—Puedes pensar lo que quieras… —Desvió la mirada hacia la
lluvia intermitente del exterior.

—O sea… que tú verías normal, por ejemplo, que yo castigase a mi
hijo golpeándole hasta matarlo, aunque supiese desde sus primeras
lágrimas que él no entendía por qué lo castigaba, ¿no? ¿Así
piensas?

—Una vez más, tergiversas, atacas, sin querer comprender
—suspiró, alisándose la blusa—… Está bien, Juan. Ha sido un
día duro, me voy a la cama. Buenas noches —dijo, sin mirarme,
cruzando la puerta.

—Buenas noches, pronto iré yo también —solté, casi como una
frase hecha.

Sé lo que a ella le hubiese gustado, lo que esperaba de mí, como
casi todas las mujeres: que me anticipase a sus deseos y actuase
conforme a ellos, sin una sola palabra, sin preguntas, como prueba
definitiva del conocimiento de su alma y mi amor por ella. ¿Cómo no
conocer este viejo juego teatral y sus reglas? Ella esperaba mi
comprensión, un mayor acercamiento a su credo, que rezásemos juntos
por el fin de la pesadilla. Dios sería una mujer si existiese, estoy
seguro. Lo siento, Esther, nunca tuve vocación de actor, de
interpretar un papel en las antípodas de mis ideas y sentimientos.
Siento haberte defraudado. A mí también me hubiese gustado que
comprendieses la absoluta desolación de quien no tiene dónde
agarrarse.

Me quedé a oscuras en el salón observando por la ventana el caer de
los huesos, recortándose contra las estrellas.

 

5

 

La lluvia no cedía. Más al contrario, parecía que cada día llovía
con más fuerza que el anterior. Los huesos se iban amontonando a los
lados de las calles, sin que el tiempo diese abasto para su retirada.
Algunos grupos de voluntarios —los «limpiamuertes», se les dio en
llamar— intentaban facilitar la labor del ejército acumulando las
osamentas en determinados puntos, como impíos altares levantados en
honor a algún dios del averno. El trauma se extendía como una
fiebre, imposible de parar. Estábamos perdiendo lentamente la cabeza,
los referentes, los nervios… sometidos a esta incertidumbre
sobrenatural de visos apocalípticos. El colapso, buscado o no por
quien estuviese detrás de todo esto, se veía venir. Para colmo,
estaban diciendo que los últimos huesos recogidos y estudiados
databan de hace unos dos mil años. Y muchos presentaban huellas de
violencia, signos de tortura… esos detalles morbosos vomitaban las
pantallas, como si no tuviésemos suficiente mierda encima con todo lo
que nos caía sobre las cabezas.

—¿Lo ves? —dijo Esther, con sus ojeras cada vez más oscuras,
profundas—. Dios nos castiga con los restos de nuestros crímenes,
para que no olvidemos tanto mal causado… ¿Te das cuenta, Juan?,
¿de todos los millones de inocentes muertos por nuestra propia mano,
por nuestra locura?

La escuchaba, una vez más su beatífica perorata, a la que se
agarraba su mente como si allí fuera a encontrar la salvación; y
escuchaba el golpear de los huesos en la calle, ahora constante, sobre
los coches, los tejados, sobre cada objeto a la intemperie, como mazas
orgánicas de lo que una vez fueron personas… Deseé estar muerto,
como ellos. Lo confieso.

—Esther… eso no puede ser —dije, realmente cansado—. Aunque
nos arroje a todas las víctimas inocentes de la historia encima,
simplemente, no puede ser…

—Tal vez, no sean sólo los asesinados de forma premeditada y
violenta, sino todas las personas que han muerto en el mundo desde que
el hombre existe. Tal vez esté vaciando los cementerios, las fosas
comunes, sacando fuera todo lo que está bajo tierra… mostrando lo
que somos en realidad una vez despojados del regalo de la vida, sin
parar hasta que nosotros cambiemos. Hasta que creamos en Él.

—Ni siquiera así, Esther… ¿cuántos miles de millones han muerto
desde el origen? Yo no lo sé pero, sean los que sean, es imposible
que sean tantos como para cubrir no sólo las ciudades del mundo, sino
la inmensidad de la Tierra, como parece estar ocurriendo.

Dio unos pasos por el salón, nerviosa, como buscando los asideros
para que su teoría no se hundiese por completo, junto a ella.

—A lo mejor los está multiplicando, como los panes y los peces, con
tal de que comprendamos, al fin…

Guardé silencio, agotado de pensar en vano. Me pulsaban las sienes.
Notaba cómo el estrés recorría también mi cuerpo. La sensación de
impotencia, de no poder hacer nada significativo por cambiar nuestra
suerte era total. ¿Qué pueden hacer dos personas para detener el
Apocalipsis?

Esther miraba a través de los cristales, llorosa.

—Puede que nos esté castigando a ti y a mí, por no haber tenido un
hijo. Creced y multiplicaos… —dijo, casi para sí misma.

El reproche, siempre ahí clavado, como un oxidado cuchillo ritual de
los Incas.

—No me vengas otra vez con eso, Esther —rogué, hastiado—.
Pensar que lo que sucede en el planeta depende de lo que tú y yo
hagamos… es de un egocentrismo solipsista extremo…

Ella callaba.

—¿Te imaginas lo que hubiese sido tener un hijo? —proseguí—.
¿Te gustaría que nuestro hijo estuviese por aquí ahora, siendo
víctima junto a nosotros de esta locura? A veces pienso que, no
trayéndole a este mundo de mierda, lo he querido y respetado mucho
más que tú.

Esther se giró hacia mí, con ojos sorprendidos, furibundos…

—¿Qué coño estás diciendo? —explotó—. ¿Cómo me puedes
decir eso? Yo le hubiese dado una vida llena de afecto, digna de ser
vivida… Y si esto es el final, al menos hubiese tenido la ocasión
de estar vivo, de poder respirar y conocer qué significa esta
experiencia. Ahora, ahora ya… —se le crisparon los labios— nunca
podré… ver su cara…

Se acercó a mí, con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—Eres un cobarde… ¡Un egoísta de mierda!

Y en lugar de golpearme a mí, dio un manotazo al plato de cristal
sobre la mesa, que voló hasta hacerse añicos contra el suelo, justo
antes de salir corriendo hacia nuestro cuarto. Escuché el portazo al
final del pasillo, a galaxias de distancia.

Vaya asco…

Me levanté al rato con pesadumbre, a por la escoba y el recogedor
para barrer los pedazos de cristal por todo el salón. Lamenté todas
y cada una de mis palabras, la forma de expresarlas. Lamenté mi
estúpida soberbia, mi falta de sensibilidad hacia su estado
emocional. Lamenté estar junto a ella, no haberla dejado libre, que
encontrase a cualquier otro que le transmitiese la felicidad que yo
jamás sería capaz de brindarle. Mientras arrastraba con la escoba
los brillantes fragmentos hacia el recogedor, sentí unas inmensas
ganas de llorar, como ya ni recordaba. Ella tenía razón. Soy un
cobarde, por no querer un hijo y cuidarlo junto a ella, por no
alejarme, por no atreverme a vivir sin verla cada día. Y soy un
egoísta de mierda, porque he unido su destino al mío.

Porque es la única persona en el mundo a la que he amado con toda mi
alma.
puntos 83 | votos: 87
Pero mañana será otra oportunidad - para volver a sonreír de nuevo.
puntos 72 | votos: 72
El dolor tiene la capacidad - de volvernos ciegos al sufrimiento de los demás.
puntos 90 | votos: 90
Algunos no te quieren perder - pero no saben para qué te guardan

puntos 12 | votos: 12
Causo sensaciones. -
puntos 6 | votos: 12
¿Qué tal si intentas desaparecer? - Digo, es una grandiosa idea, no hay mejor que esa.
puntos 10 | votos: 10
Sólo respondan algo. - ¿Cómo fuerzan al corazón a sentir algo que no siente?

¿Cómo fuerzas a tu mente a que olvide a aquel, 
que una vez de saco una sonrisa?

¿Cómo te fuerzas a ti mismo a estar bien,
 siendo que lo único que quieres es encerrarte, estar solo y llorar?
puntos 94 | votos: 100
La risa genera amnesia - que te hace olvidar que estas pasando un mal momento.
puntos 81 | votos: 85
Ciertas personas tienden a confundir - el amor con una oportunidad más para escapar de la soledad.

puntos 66 | votos: 72
Las inseguridades - son sólo demonios que te quieren arrebatar la esperanza.
puntos 73 | votos: 83
Tu vida es tan importante - que hasta la muerte la desea.
puntos 57 | votos: 69
Algunos días - simplemente comienzan mejor que otros.
puntos 67 | votos: 93
Las personas - más insoportables son los hombres que se creen geniales y
 las mujeres que se creen irresistibles.
puntos 14 | votos: 16
Y en esta foto estoy yo - con la perra de mi ex.

puntos 13 | votos: 13
La felicidad puede ser causada - por cosas materiales, o no.
puntos 18 | votos: 18
Un huevo - Fue un accidente de auto. Nada particularmente destacable, pero fatal
sin duda. Dejaste a una esposa y dos hijos. Los paramédicos hicieron
su mejor esfuerzo por traerte de vuelta, pero no había nada que
hacer. Tu cuerpo estaba completamente destrozado, fue mejor así,
créeme.

Y entonces me viste.

—¿Qué… qué ocurrió? —me preguntaste—, ¿dónde estoy?

—Moriste —te dije de una vez. No hay por qué andar con rodeos.

—Había un… un camión, y se estaba saliendo del camino…

—Un choque.

—¿Morí?

—Pero no te sientas mal por eso. Todos mueren.

Miraste alrededor. No había nada, sólo tú y yo. —¿Qué es este
lugar? —me preguntaste—. ¿Es lo que hay después de la vida?

—Más o menos —te respondí.

—¿Eres Dios?

—Sí, lo soy —te dije, para tu estupefacción.

—Mis hijos… mi esposa…

—¿Qué con ellos?

—¿Estarán bien?

—Me gusta eso. Apenas moriste y tu mayor preocupación es tu
familia. Eso es bueno.

Me miraste fascinado. Para ti no me veía como Dios, me veía como
cualquier hombre. Alguna vaga figura de autoridad. Más un profesor de
gramática que el Todopoderoso.

—No te preocupes —te dije—, estarán bien. Tus hijos te
recordarán como alguien perfecto en todos los sentidos. No tuvieron
tiempo para guardarte algún rencor. Tu esposa se lamentará en
público, pero secretamente sintiéndose aliviada. Para ser sincero,
tu matrimonio estaba desmoronándose. Si te sirve de consuelo, se
sentirá muy culpable por sentirse aliviada.

—Ah… Entonces, ¿qué pasa ahora?, ¿podré ir al Cielo o al
Infierno o algo así?

—A ninguno. Reencarnarás.

—Vaya —murmuraste—, los hindúes tenían razón.

—Todas las religiones tienen razón a su manera. Ven conmigo.

Seguiste preguntando mientras paseábamos por el vacío. —¿Dónde
vamos?

—A ningún lugar en particular. Es agradable caminar mientras
hablamos.

—¿Cuál sería el punto de esto? —no demoraste en preguntarme—.
Cuando renazca, seré como un pizarrón en blanco, ¿no? Un bebé. Y
así toda mi experiencia y lo que hice en esta vida no importará.

—Te equivocas, tienes contigo el conocimiento y experiencias de
todas tus vidas pasadas, sólo que no lo recuerdas ahora mismo
—paré de caminar y te tomé por los hombros—. Tu alma es más
hermosa, magnífica y gigante de lo que puedas imaginar. Una mente
humana puede contener apenas una fracción de lo que eres. Es como
meter tu dedo en un vaso de agua para ver si está caliente o frío.
Pones una pequeña parte de ti en el vidrio, y cuando lo quitas,
consigues toda la experiencia que tenía.

»Has sido un humano por los últimos 34 años, en estos instantes no
puedes sentir el resto de tu inmensa conciencia. Pero si nos
quedáramos aquí por más tiempo, comenzarías a recordar todo. Claro
que no tendría sentido hacer eso entre cada vida.

—Supongo que habré reencarnado infinidad de veces…

—Oh sí, muchas veces, y en muchas vidas distintas. Esta vez
reencarnarás en una campesina china del año 540 d. C.

—No, ¿qué? —tartamudeaste—, ¿me enviarás al pasado?

—Pues, técnicamente. El tiempo, como lo conoces, sólo existe en tu
universo. Las cosas son diferentes de donde vengo.

—¿De dónde vienes? —curioseaste.

—¡Oh claro! —te empecé a explicar—. Vengo de algún lugar…
un lugar distinto a éste. Donde hay otros como yo. Sé que querrás
saber cómo es ahí, pero sinceramente no entenderías.

Estabas algo decepcionado. —Pero en tal caso, si reencarno en otros
lugares y épocas, ¿podría interactuar conmigo mismo en algún
momento?

—Seguro. Ocurre todo el tiempo. Con ambas vidas sólo preocupadas de
su propia existencia, nunca te percatas de ello.

—¿Cuál sería el punto? —reiteraste.

—¿Lo dices en serio?, ¿me preguntas por el sentido de la vida?…
¿No te parece muy trillado?

—Es una pregunta razonable —insististe.

Te miré a los ojos. —El sentido de la vida, la razón por la que
hice este gran universo, es para que madures.

—¿Te refieres a la raza humana?, ¿quieres que maduremos?

—No, sólo tú. Hice este universo para ti. Con cada nueva vida
creces y maduras, y aumentas tu intelecto.

—¿Qué hay de los demás?

—No hay nadie más —te dije—. En este universo, no existe nada
más que tú y yo.

Palideciste. —Pero toda la gente en la Tierra…

—Todos son tú. Diferentes encarnaciones de ti.

—Espera, ¡¿soy todos?!

—Ahora lo vas entendiendo —te dije, con una palmadita de
felicitación en la espalda.

—¿Soy cada humano que ha vivido?

—O que vivirá, sí.

—¿Soy Abraham Lincoln?

—Y eres John Wilkes Booth, también —agregué.

—¿Soy Hitler? —me preguntaste, cohibido.

—Y eres los millones que mató.

—¿Soy Jesús?

—Y eres cada uno que cree en él. —Quedaste en silencio.

Cada vez que victimizaste a alguien —empecé—, te victimizaste a
ti. Cada acto de bondad que has hecho, te lo hiciste a ti. Cada
momento feliz y triste que ha sido experimentado por cualquier ser
humano, fue, o será, experimentado por ti.

—¿Por qué?

—Porque algún día serás como yo. Porque eso es lo que eres, uno
de mi clase. Eres mi hijo.

—Vaya… —me dijiste incrédulo—. ¿Quieres decir que soy un
dios?

—No, aún no. Eres un feto. Seguirás creciendo. Una vez que hayas
vivido cada vida humana en todos los tiempos posibles, habrás crecido
lo suficiente para nacer.

—Entonces todo el universo —me dijiste— es…

—Una especie de huevo —te respondí—. Ahora es tiempo de irte a
tu próxima vida.

Y con eso, te envié hacia tu destino.
puntos 65 | votos: 65
No se trata de que el otro se dé - cuenta de lo que pierde al no valorarte, tú te tienes que dar cuenta
de lo que desperdicias.
puntos 56 | votos: 60
Busca la verdad en vez de - buscar que ésta te favorezca.
puntos 63 | votos: 67
La vida es un dulce - que no saben disfrutar las personas amargadas





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