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12.05.2013

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puntos 61 | votos: 65
Es tan gratificante darse cuenta - de que el tiempo pasa y sigamos con los mismos sentimientos.
puntos 79 | votos: 85
Está claro, - que los que dicen que el amor no existe, son los que no están
dispuestos a amar.
puntos 14 | votos: 14
Todo el mundo esta en una relación, - y yo ni siquiera puedo encontrar mi otro calcetín.
puntos 8 | votos: 8
El piso de arriba - Cuando era niño mi familia se mudó a una casa vieja y enorme de dos
pisos, con espaciosos cuartos vacíos y tablones que rechinaban. Mis
padres trabajaban, así que usualmente me quedaba solo al venir de la
escuela. Un día que llegaba un poco tarde, la casa todavía estaba
oscura. «¿Mamá?», llamé, y la escuché decir con voz cantarina
«¿Siiiiiií?» desde el piso de arriba. La llamé de nuevo mientras
subía las escaleras para ver en qué habitación se encontraba, y de
nuevo me respondió con un «¿Siiiiiií?».

Estábamos redecorando para ese tiempo, y no sabía ubicarme entre ese
laberinto de habitaciones, pero ella estaba en una de las más
alejadas, al final del pasillo. Me sentí intranquilo, pero supuse que
era normal y me dirigí a ver a mi madre, sabiendo que su cercanía
apaciguaría mis miedos. Justo cuando tomé la perilla para entrar en
la habitación, escuché la puerta principal abrirse y a mi mamá
decir, «Cariño, ¿estás en casa?» con una voz alegre. Di un salto
hacia atrás, sobresaltado, y corrí hacia las escaleras para ir con
ella; pero cuando volteé desde los primeros escalones, la puerta de
esa habitación se abrió lentamente haciendo un quejido. Por un breve
instante, pude ver algo ahí adentro. No sé lo que era, pero me
estaba mirando.
puntos 10 | votos: 10
Levitación - Morris Hobster fue mi mejor amigo por aquellos años en los que la
sociedad condenaba estoicamente la actitud tan impetuosa y dinámica
de la juventud. No puedo decir que éramos rebeldes, porque no era
así: simplemente, teníamos otras ideologías más profundas y el
bello don de la curiosidad.

Es que así éramos Morris y yo: nos encantaba experimentar cosas
nuevas como a cualquier joven de nuestra etapa. Era normal que todos
se comportasen así, ¿no? La verdad es que nunca pude comprender por
qué nuestros padres y demás familiares se escandalizaban ante
nuestras filosofías, actos y cuestiones. En realidad nos daba igual
lo que creyeran acerca de nuestra mentalidad tan abierta e ilimitada,
siempre dispuesta a conocer más cosas sobre la realidad que nos
rodeaba. Y es que mi amigo y yo éramos de aquellos que gustaban de
buscar nuevas expectativas y definiciones de la existencia que
llevábamos, leyendo por aquí, tomando fotos por acá, y luego
compartiéndolas entre los dos; sacábamos conclusiones desde nuestro
punto de vista y más tarde buscábamos información sobre los
resultados a los que habíamos llegado. Definitivamente, no me puedo
quejar de mi juventud, pues disfruté tanto como jamás lo he hecho.

Si existía una palabra para definir la ideología de Hobster, ésa
era extraordinaria. Ni yo poseía tal habilidad para concebir las
costumbres cotidianas como un mero escudo ante lo desconocido, ante
aquello que el ser humano siempre temió. Él mencionaba
constantemente en sus pláticas que el hombre no tenía la más
mínima idea de lo que había más allá de sus actos, y que siempre
estaba buscando la forma de evadir su decadente e inevitable destino.
Sencillamente, Morris era de aquellos jóvenes que, si se lo hubiera
propuesto, habría llegado a la cima más encumbrada entre los sabios
del mundo. Debo admitir que me sentía muy bien a su lado, pues era el
único que lograba comprender mi concepción de la vida e incluso
compartíamos puntos de vista iguales que, de no haber sido porque no
compartíamos ningún parentesco familiar, podría haber jurado que
ese chico era mi «gemelo ideológico», por así decirlo.

Sin embargo, el tiempo, maldito verdugo que inevitablemente te obliga
a enlazarte con tu inverosímil destino, quiso que ambos nos
separásemos y mi amigo se mudó junto con su familia a otra ciudad.
Cuando él fue a comunicarme la desagradable noticia, no pude contener
la agonía que estaba experimentando en mis adentros, y juntos nos
despedimos con muchas lágrimas; lo que más me dolió de aquel aviso
fue que claramente sentí cómo se desgarraba una parte de mi ser y
era extraída por algún ser desconocido que deseaba ver mi
sufrimiento. No puedo describir con otras palabras lo que padecí en
aquel instante en el que mi destino estaba por cambiar, quizá para
siempre, o tal vez era sólo una prueba de valor para ambos; pero
todavía hoy me pregunto qué había que comprobar con esa
separación. Actualmente, mi ilimitada imaginación me permite hacer
una especulación sobre aquella circunstancia que decidió todo por
nosotros. Tal vez la vida nos vio como una amenaza, algo que podía
romper su cuidadosa y bien estructurada coreografía de falsedad y
egoísmo. Siendo así, no había lugar para nosotros en este mundo.

Aún recuerdo bien esa sombría tarde en que lo vi irse: su cara
transmitía una serenidad impresionante, aunque yo sabía
perfectamente que aquello era una máscara que estaba usando para
evitar mostrar su dolor ante su familia, la cual era muy severa y
conservadora. Su caso familiar no era la excepción por aquellos
tiempos: muchos jóvenes de nuestra edad pasaban por la misma
experiencia, incluso yo lo vivía; aquel que no tuviera unos padres
así podía considerarse afortunado, muy afortunado. Tengo bien
plasmada en mi memoria su cara al momento en que el carro encendió
con todo aquel maletero encima, casi marcada a fuego su expresión: me
estaba comunicando con la mirada que ni la misma distancia nos
separaría, y que algún día, en un futuro no muy lejano,
volveríamos a vernos. Yo entendí su silencioso lenguaje, y con el
mismo idioma le dije que así sería, y que tarde o temprano,
estaríamos juntos de nuevo para descubrir más cosas.

Las cosas continuaron su marcha normal, desde el punto de vista de la
sociedad que me rodeaba, claro. Pero desde que Hobster se fue, supe
que mi vida, a pesar de su creciente monotonía, ya no sería la
misma. Me resultaba imposible el concordar con los adultos, quienes
aseguraban que las amistades de juventud eran fácilmente olvidadas, y
los jóvenes de mi ciudad me daban los ánimos que necesitaba para
afrontar a esa terrible ideología a la que llamaban madurez adulta.

¡Qué grande fue mi alegría cuando recibí una carta de Morris!
Recuerdo que mi padre acababa de llegar de su trabajo, y siempre
tenía por costumbre revisar el buzón antes de llegar a casa.
Escuché sus pasos subiendo las escaleras y supuse que pasaría de
largo por mi cuarto sin saludarme, como siempre lo hacía; me
sorprendió sobremanera que tocara la puerta de mi habitación, pero
después comprendí que sólo lo había hecho porque entre las cartas
que llegaron, había una para mí. Tengo que admitir que me extrañó
demasiado que me enviaran algo, pero así era, mi padre me entregó el
sobre y salió de mi cuarto. Me quedé observando la carta por un
tiempo: ¡quien me la había escrito era Morris! Imaginen mi emoción
cuando la comencé a abrir y descubrí, con total alegría, la
pequeña pero fina letra de mi mejor amigo. Sin más tiempo que
perder, comencé a leerla:

«Mi muy apreciable e incomparable amigo Randolph Gordon:

No puedo concebir la emoción de este momento en el cual estoy
redactando estas líneas, me siento feliz de poder escribirte por
primera vez luego de que fuese forzado por mi familia a abandonar el
lugar donde pasé los mejores momentos de mi vida, con el amigo que
jamás podré olvidar. Te parecerá increíble, pero desde que estoy
acá, no logro adaptarme a mi nueva forma de vida: la ciudad en la que
vivo ahora es mucho más caótica que la tuya, los jóvenes se apegan
ciegamente a las enseñanzas de los adultos y, por desgracia, no
ejercen su libre albedrío como debería ser; si los adultos de mi
anterior pueblo eran severos y conservadores, estos van más allá de
esas erróneas y estúpidas ideologías. No puedes imaginarte la
felicidad de mis padres al saber que sus vecinos tienen un hijo
“bien educado” que nunca pone en duda la autoridad de sus mayores
y que es obediente. Sólo puedo pensar en la debilidad de pensamiento
que posee ese pobre muchacho, y no lo culpo, la verdad no puedo
hacerlo porque el ambiente en que ha crecido lo moldeó así y así se
quedará para su eterna desgracia. Por otro lado, mi familia a cada
momento menciona que cuánto hubieran dado porque yo creciera desde un
principio en esta maldita ciudad, y están diciéndomelo a cada
momento del día. En la escuela soy visto como el “rebelde sin
causa” y he tenido choques de personalidad con todos los profesores,
incluso con la directora; me han llamado varias veces la atención por
defender mis justos derechos y cada vez que me pongo en contra de los
pensamientos tan cerrados de mis maestros, mis padres son citados para
conversar con ellos, y los exhortan a que me pongan en mi lugar o
alguien más lo hará un día. Ellos, como siempre lo has sabido y es
costumbre del lugar donde estás, dicen que se avergüenzan de mí;
que debería aprender a comportarme como el hombre que soy y que
definitivamente tendrán que enseñarme a levitar. No entiendo a qué
se refieren con eso, pero sospecho que no es nada bueno. Randolph, sé
que te sonará ridículo, porque jamás me escuchaste mencionar algo
similar cuando estábamos juntos, pero por primera vez en mi vida
tengo miedo, miedo hacia el destino que me depara con esta putrefacta
sociedad. ¿De qué tengo pavor? Del modo de ver las cosas de los
adultos: son tan ambiguos que se puede esperar cualquier cosa de
ellos. Me decidí a escribirte esta carta a escondidas de mis padres,
bien sabes que ellos nunca te vieron con buenos ojos porque eres igual
a mí en pensamiento, del mismo modo en que tus padres me veían mal a
mí. Supongo que algunos patrones de conducta siempre permanecen, y
ése es el caso de nuestras familias, ¿no lo crees? Tengo deseos de
que vengas a visitarme, quiero verte: no sabes el terror que vivo día
con día al saber que la juventud de este lugar en realidad no existe,
sólo son adultos en proceso de madurez; me aterra ver que nadie
piensa por sí mismo y se apegan como un perro a su dueño a las ideas
de los mayores, es simplemente macabro. ¿Hacia dónde va este
decadente sistema? No tengo la menor idea, pero he decidido que en
cuanto tenga mayoría de edad, me iré de este enfermizo lugar que no
hace otra cosa más que reprimirme demasiado. Sé que te veré pronto
porque responderás a mi llamado, sabiendo que tú tienes más
posibilidades de venir a verme, y tienes conciencia de ello.

Junto con esta carta he anexado un mapa de mi ciudad actual, en él
realicé unas señalizaciones para que encuentres mi casa; en el dorso
se encuentra mi dirección completa, junto con instrucciones precisas
para que no te equivoques de domicilio. Si hago todo esto es porque me
urge verte, necesito hablar con una persona que me entienda y me ayude
a soportar esta situación. Creo que empiezas a comprender cómo me
siento, después de todo, admiro tu habilidad para ser empático, cosa
que aquí nadie posee. Amigo mío, quisiera comunicarte más cosas por
este medio, pero entiendo que las palabras que deseo compartir contigo
no podrían ser escritas. Espero tu próxima venida y recuerda que
siempre contarás con un amigo leal en la distancia y en la eternidad,
así como yo sé que siempre estarás conmigo en las buenas y en las
malas.

Tu mejor e incondicional amigo,

Morris Hobster».

Confieso que en un principio, la carta me llenó de mucha motivación
y alegría, pero conforme me fui acercando a su desenlace, me sentí
frustrado y a la vez preocupado: no sabía la difícil situación que
estaba viviendo Morris, ¡y yo que pensaba que mi vida era terrible!
Sin pensármelo dos veces, empecé a idear un plan para que mis padres
me llevaran a visitar a mi amigo; les diría que en la carta que me
envió me comunicaba que estaba enfermo y que el médico le había
recomendado absoluto reposo, por lo cual me escribió y me solicitaba
que le llevase algunos libros para su entretenimiento mientras
permanecía en cama. Con aquella estrategia en mente, me dirigí al
cuarto de mis padres y les dije sobre la supuesta enfermedad que
tenía mi amigo, les rogué que fuéramos a verlo y, sorpresivamente,
ellos accedieron sin que les insistiera demasiado. Me comentaron que
primero tendrían que pedir permiso en el trabajo de mi padre y en mi
escuela para ausentarnos, asunto que resolverían al día siguiente.
Yo estaba que no cabía en mí de la emoción: ¡iría a ver a Morris
después de tanto tiempo!

Al tercer día nos encontrábamos empacando algunas maletas para
quedarnos unos días con la familia Hobster, pues mis padres
consideraban que resultaría interesante relacionarse más con los
progenitores de mi amigo. Salimos rumbo a la ciudad donde Morris se
había mudado junto con su familia, y con ayuda del mapa que me
envió, logramos dar con la casa sin equivocarnos de dirección.

Mi corazón saltaba de la indescriptible felicidad que sentía al
saber que de nuevo vería a mi gran amigo de toda la vida. Me bajé
del auto casi al mismo tiempo que mi padre se estacionaba, corrí
hacia la puerta de entrada mientras gritaba el nombre de Morris. La
puerta se abrió mientras la señora Hobster me dedicaba una sonrisa
que, hasta hoy, no dejo de considerar que poseía una pequeña sombra
de felonía. Pregunté por mi amigo, y con el tono más dulce e
hipócrita que había escuchado jamás, su madre me contestó que él
estaba en su habitación levitando. No sé por qué, pero en ese
momento sentí una terrible punzada en el pecho, sobre todo porque
Morris me había mencionado que esa palabra acrecentaba su temor con
respecto a sus padres y la forma en que ellos la concebían.

Le pregunté a la señora Hobster en dónde estaba el cuarto de mi
amigo. Ella seguía manteniendo su falsa sonrisa mientras señalaba
hacia las escaleras que conducían al segundo piso, al tiempo que
mencionaba que Morris había estado sumamente inquieto por mi llegada,
y que ahora se pondría feliz de verme. No había acabado de darme la
información cuando corrí con mucha rapidez mientras ascendía hacia
la segunda planta de la casa. Cuando llegué a la puerta que supuse
que sería la de mi amigo, noté que estaba cerrada, así que toqué
al mismo tiempo que le avisaba a Morris que ya había llegado.

Sólo escuché la voz del señor Hobster contestándome que pasara,
pues mi amigo estaba en esos momentos muy ocupado levitando; otra vez
escuché esa palabra que me retorcía las entrañas. Con mucha
lentitud abrí la puerta, pues pensé que Morris estaba quizá
reflexionando sobre algo o muy sumido en sus pensamientos para que no
me contestase, y además, ¿qué hacía su padre con él en su
habitación? Mis pensamientos fueron cortados de tajo mientras
observaba, boquiabierto, algo que jamás creí que vería en la vida
real: ahí, en medio del cuarto, estaba mi amigo ¡literalmente
levitando, tal y como lo habían mencionado sus padres! No lo podía
creer, no lo quería creer; empecé a entrar en un estado de shock
mientras seguía mirando a mi amigo, en su rostro se dibujaba esa
misma expresión que me había dedicado el día que se fue de mi
ciudad: serenidad, una tranquilidad infinita y esa particular sonrisa
suya que me dedicaba cuando decía que todo iba a salir bien.
Continué viéndolo, realmente levitaba, pues sus pies no tocaban el
suelo; era increíble, pero cierto.

Recuerdo que escuché decir a su padre que ahora Morris, gracias a la
levitación, aprendería a comportarse como un joven de buenos modales
y que sería un gran ejemplo para mí de ahora en adelante. La cara
del señor Hobster expresaba alegría y orgullo: no podría estar más
feliz de su hijo.

Desperté en el hospital general de la ciudad, rodeado de las
preocupantes miradas de mis padres. Me dijeron que me había desmayado
por la emoción de volver a ver a mi amigo, pero sabía que decían
eso para tranquilizarme. Como sólo había sido un desvanecimiento
temporal, el médico me dio de alta enseguida. En la sala de espera
estaban los padres de mi amigo, felices que mi desmayo no hubiese
pasado a mayores. Pregunté una y otra vez por Morris a sus
progenitores, y ellos, con una gran sonrisa de satisfacción, sólo se
limitaban a decirme que ahora él era un chico muy educado y
obediente, y que debería estar orgulloso por ser amigo de un muchacho
así. Yo simplemente no podía creerlo; me puse histérico y les
grité enfrente de todos los que se encontraban ahí y de mis padres
que estaban completamente locos, que su retorcida ideología no
conocía límites y que no había ningún motivo para estar feliz por
haberlo obligado a convertirse en lo que ahora era. Las personas del
hospital se quedaron mirando conmocionados aquella escena, jamás
habían visto a un joven alzarle la voz así a sus mayores. Mis padres
estaban avergonzados por mi supuesto escándalo y me sacaron a rastras
de aquel indiferente lugar; nadie hizo nada para defender mis ideas,
nadie, y sé que nadie jamás lo hará, no en esa maldita y putrefacta
ciudad.

Debido a mi «indecente» comportamiento, mis padres decidieron
regresar a casa esa misma tarde, comunicándome que los padres de
Morris no deseaban volver a verme, ya que me consideraban una mala
influencia para su hijo. Yo sólo quería despedirme de él por
última vez, y decirle que lamentaba no haber llegado antes para
salvarlo de su levitación, ¡sólo quería eso! Sentí un terrible
dolor en mi pecho mientras nos alejábamos de aquella fatídica y
repugnante ciudad. Mis padres, completamente decepcionados de mi forma
de expresarme ante los Hobster, me dijeron que también deberían
aplicar conmigo esa técnica de la levitación, pues así aprendería
a ser un chico correcto y bien portado. Recuerdo que en ese instante
comencé a odiar enfermizamente a mis padres, tanto como aborrecía a
los de mi mejor amigo.

El tiempo, en su marcha incansable, hizo que ya no le diera motivos a
mis padres para que cumplieran aquella terrible amenaza que tenía por
objetivo despojarme de mis ideales. En cuanto cumplí la mayoría de
edad, abandoné la casa porque no soportaba vivir con aquellos dos
seres tan aborrecibles. Me mudé a un pequeño poblado, lejos de mi
antiguo hogar. Puedo decir que ahora llevo una vida tranquila, pero no
feliz: el recuerdo de la sorprendente levitación de mi amigo me
persigue a todos lados. La última vez que lo vi, su cara me volvía a
decir que algún día estaríamos juntos para siempre, y jamás lo
dudé. Creo en su palabra y siempre seguiré creyendo en ella, a pesar
de que él ya no será nunca lo que alguna vez conocí. Pensándolo
bien, yo tampoco quiero seguir siendo lo que soy ahora. He leído su
carta muchas veces en mis tiempos de soledad para sentirme
acompañado, y siempre se ha quedado marcada en mí, tal y como si
fuese un tatuaje, aquella palabra que le dio un sentido nuevo a la
vida de mi amigo y estaba por formar parte de la mía. Seguramente, si
me vieran mis padres, estarían orgullosos de mí. Sin dilación,
termino de escribir estas líneas para decirles a todos ustedes que la
experiencia de la levitación me servirá para comprender por qué mi
amigo tenía esa expresión en su rostro aquél día: era muy
pacífica.

Sé que ninguno de ustedes comprenderá el motivo que me lleva a hacer
esto, pero sólo quiero saber qué sintió mi amigo cuando su padre lo
hizo levitar. Sin más demora, tomo una resistente soga y la amarro
bien en el techo de mi casa, me aseguro de que esté bien atada y
formo un nudo corredizo en su punta libre. Me colocaré ese lazo
alrededor de mi cuello y entonces al fin estaré con mi amigo, al fin
comprenderé a sus padres y al fin me sentiré libre para dejar este
maldito mundo. Creo que por eso Morris estaba tan relajado mientras
levitaba, ahora sentiré esa misma calidez que su familia le hizo
sentir al convertirlo en un hombre de bien.

Levitaré, sí, para que mis pies jamás vuelvan a tocar este inmundo
suelo…

puntos 15 | votos: 15
- Toma aquí tienes - + ¿Qué es?
- Un sonrisa. ¿Te gusta?
puntos 88 | votos: 94
Nunca falta - alguien que sobra.
puntos 83 | votos: 83
A veces el problema está en pensar - que algo es inalcanzable solo por requerir más esfuerzo de lo normal.
puntos 10 | votos: 10
EL SILENCIO - se escucha mas fuerte que mis gritos
puntos 8 | votos: 8
¡MENTIRA! - Las preferimos brutas porque tienen tetas más grandes

puntos 5 | votos: 11
El apoyo de una sola persona - que aprecias demasiado puede ser una gran ayuda para triunfar.
puntos 8 | votos: 8
si hubiese sabido - que las cosas serian así no me hubiese esforzado en conquistarte
puntos 16 | votos: 16
Y lo malo de tener razón - es que la tienes.
puntos 73 | votos: 73
Tantos han sufrido por obligarse - a creer que alguien era el amor de su vida, mientras el verdadero aún
aguarda por llegar.
puntos 16 | votos: 18
¿Por qué no puedo ser un gato? -

puntos 12 | votos: 14
¿Acaso debería matarme o mejor - los mato a todos ellos?
puntos 32 | votos: 34
El mundo necesita a personas - que en lugar de ¿cómo estás?, te digan en mitad de un abrazo:
vámonos de aquí, no merecemos esta mierda.
puntos 4 | votos: 6
Winnie - de Poohta madre!
puntos 77 | votos: 79
Dicen que el camino hacia los sueños - es largo, pero es que a veces no sabes ni qué dirección escoger.
puntos 10 | votos: 10
¡¡¿666?!! - Estoy maldito!!

puntos 24 | votos: 24
Nos venden ideas de felicidad - para mantenernos ciegos la vida entera.
puntos 1 | votos: 7
Tu Recuerdo - Ojos color arena, ojos color mar
son los ojos castaños que me hacen suspirar;
sus manos rozan mi cuerpo con abrazos y besos
aunque aveces siento un cosquilleo.
Tu sonrisa tan amplia ilumina mis días grises como un lucero en el
mar, eso me hace sentir que en ti puedo confiar.
Así que en resumen espero que esto refleje que te quiero decir TE AMO
puntos 5 | votos: 7
Ceguera - El despertador gritó, molesto e insistente. El hasta hacía medio
segundo durmiente sacudió la cabeza, con ese pequeño susto que
recibimos al despertarnos, y que se desvanece tan rápido que casi
nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la
mano y apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por
el maravilloso silencio.
Volvió a su posición de feto y pensó el diario “cinco minutitos
más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar
levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el
calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se
estiró hasta el hartazgo.
Abrió los ojos y se los restregó un poco, a la vez que bostezaba.
Con la oscuridad que reinaba en el cuarto, era prácticamente lo mismo
tener  los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente
lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo
exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre
dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo
la luz a la mañana.
Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos
mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas
horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta,
esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza
de la costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una
tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en
otra vida.
Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su
habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño
y hacer sus necesidades (a pesar de la incómoda y también diaria
erección que tenía). Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y
entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de
todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente.
Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el
silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando
sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que
aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese
los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la
claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo
de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta,
puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó
instintivamente, adonde sabía      - sin saber que sabía – que
estaba el interruptor.
Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la
luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como
no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos
segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual
resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foquito).
Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose
hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de
unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en
la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo
pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el
interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando
mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio
que le daban (puta madre, siempre pago en término, vos te atrasás y
ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está
todo bien, claro, manga de hijos de mil put…). Tanteando y con las
manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y
pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo
menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o
algo así.
Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la
batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé
anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole
el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni
siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado
cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero
literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus
ojos, y no podía verla. Nada, nada.
(Bueno, no pasa nada. Seguramente el despertador se adelantó y
todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular
seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo
un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué
hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado
oscura.)
Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante, pero sin ver nada
en realidad. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría
abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría
que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió
igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la
calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y
podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por
débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en
absoluto.
Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los
ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde
debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente
no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba
hasta la médula.
(¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada
bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que
entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que
dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser
todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy
hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero,
pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo
menos ver algo, por tenue que sea.)
Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las
velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos,
si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta
el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la
alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta
encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando.
Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un
mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un
gesto fluido.
Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no
se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos.
Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde
seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas
apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y
con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si
fuese un antebrazo.
Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para
atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de
arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia
adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo
levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su
cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una
silla, pero ni lo sintió.
Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la
decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared
hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta
encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y
apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo
que estaba adelante suyo – contra la puerta, a la vez que seguía
tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la
puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la
pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la
puerta era totalmente uniforme.
Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración,
rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas,
nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado,
moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la
desesperación de querer ver.
Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el
todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación.
Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita
oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin
querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era
un brazo. Nada más. Nada más.)
Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el
encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió
exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a
hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de
que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no,
la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido
para… ¿para hacer qué?
(Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la
habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver
nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi
imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es
imposible, ¡es imposible totalmente!)
Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había
quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que
no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de
repente, y siguió donde estaba, agazapado.
(No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien,
¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el
encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie
de cosas, de accidentes casi imposibles)
Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y
comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la
cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa  –
de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando
escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se
le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano.
Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que
acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin
moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que
lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado.
Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte.
Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo
eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se
movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de
visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se
alejaba en dirección al baño.
(¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo
quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy
ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay
alguien que está jugando conmigo?)
Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido
de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de
acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que
encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad.
Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el
“schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego
mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente,
y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó
el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el
gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor
agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se
iba y no volvería jamás.
Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba.
Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no
tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el
encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?).
Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba.
Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque
sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed
terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros
hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de
agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez
del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua
caliente, pero tampoco hubo respuesta.
(¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!)
Se sentía mal, muy mal.
———————–     ———————–   
———————–
                Se sentía peor. Estaba desesperado y,
definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida,
estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente
alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente,
haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué.
                Hacía quince minutos que había probado el teléfono.
Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero
Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que
podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó
metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se
escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el
número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a
hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le
volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador
contestándole.
- 911 ¿Cuál es su emergencia?
-Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero
todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa.
-Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda.
-¿Van a mandar una patrulla?
-Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y
no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución,
señor.
-Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en
serio.
-Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de
calmarse y cuénteme que está pasando –Kevin le contó una versión
minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no
veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le
respondió, extrañado -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera?
Pero si son las cuatro de la tarde, hombre…
                Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar
volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como
si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su
imaginación, esto lo confirmaba.
-Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador,
preocupada-. ¿Señor?
-Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me
volví ciego.
-Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de
saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca,
échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un
poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá
absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y
vuelva, no colgaré.
                Estaba desesperado, y el policía habló con total
seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y
sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió
probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra
cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró.
                El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La
cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete,
e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó
rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el
grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se
acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía
desde la parte de atrás: estaba arrancado.
-Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No
puedo creer que lo hayas hecho, en serio.
-¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí?
-Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el
encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que
desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás?
–Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado
anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin
escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos
pronto, Kevin –hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente.
Suerte con tu ojo.
                Ahora, estaba recostado en el suelo en posición
fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la
casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y
respiraciones agitadas, cada vez más cerca.
                Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por
lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa,
lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que
podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se
limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo.
                (¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios,
ayúdame por favor, ayúdame.)
                Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de
palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la
poquísima esperanza que aún tenía Kevin.
                
                Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil
desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar
a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en
diagonal pasando por la vena.
                
                Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como
su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y
comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por
su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre
y malvada.
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El teléfono público - Este chico si que es irresponsable- Me quejaba yo por las 2 horas que
se demoraba mi amigo Dayer, quien con su voz de ”niño bueno” nos
dijo ”a las 10 am estoy en el parque”,  y solo estabamos yo y mi
otro amigo Jose Luis.

A Jose Luis no parecia importarle mucho, el se distraia viendo a los
niños jugar futbol, ”que mal juegan” me decia. En un momento de
aburrimiento, decidimos echar una siesta en el parque mientras
esperabamos que Dayer llegara, después de todo, sin el no podiamos ir
a un lugar, que no especifico pero solo digo que el solo nos podia
dejar entrar. Antes de echarme a dormir, pude notar a una chica
hablando por el telefono publico, solo me fije, no le preste atención
y me heche a dormir.

Una rama que me cayó del arbol bajo el cual dormia me hizo saltar de
golpe. Lo primero que hize fue fijarme la hora.

-25 minutos y ese idiota no llama- dije yo volviendo a quejarme del
irresponsable de mi amigo.
-Dale mas tiempo, y no me hables que quiero dormir- me dijo Jose Luis,
quien fue el primero en llegar, y claro, el primero en cortar su
sueño.

En eso al voltearme para volver a mi siesta, veo que la chica seguia
hablando por el teléfono público, lo raro era que desde que la vi,
ella no hablaba, parecia más bien que estaba escuchando. Ya habian
pasado 25 minutos o mas desde que la vi, quien sabe desde que momento
haya estado ahi, y de por si no es normal que una persona este tanto
tiempo en un teléfono público.

-Cuantas monedas habrá gastado- me dije pensativo, y decidí en vez
de dormir, observarla.

Mis ojos se rendian ante el sueño, pero yo seguia mirandola. Habrían
pasado unos 15 minutos más pero ella seguia ahí, en el teléfono
público, sin hablar y sin depositar monedas.

-Oye Jose Luis, ¿te has fijado en esa chica de aya?- le dije a mi
amigo mientras lo sacudia para llamar su atención.

-Que tienes esa chica- me respondió.

-Esta parada ahi hace mas de 40 minutos sin decir nada.

-Tal vez esta hablando con su novio, dejala en paz ademas a ti que te
interesa lo que haga.

Poco despues de que Jose Luis dijera eso, pude notar que la chica
colgó el telefono, solo después que una sonrisa se marcara en su
rostro.

-Mierda, vamos a ver- le dije a Jose Luis, empujándolo para que
avanzara.
Pero grande fue mi sorpresa cuando nos dimos cuenta de que el
teléfono que ella estaba utilizando estaba descompuesto y al parecer,
hace mucho tiempo.

-Tal vez es una enferma mental- me dijo Jose Luis sin importarle
mucho.
Unos minutos después llego mi amigo Dayer y nos fuimos a ese lugar,
del cuál no les puedo dar información.

Al día siguiente, fui a llamar desde un teléfono público a mi papa
ya que necesitaba que me lleve a un lugar que no conocia para una
entrevista de trabajo. Como yo vivía cerca de la ubicación del
teléfono público desde donde llamaba esa misteriosa chica, pasé por
ahi solo ppor curiosidad.

Ahí estaba. La misma chica hablando o escuchando, o creyendo escuchar
desde el telefono. ”Esta loca” pensé, y busqué otro teléfono
público desde donde llamar a mi padre. Pero mi naturaleza desde
pequeño siempre había sido la de ser curioso, siempre me atrajo el
misterio, el terror y cosas que necesiten valor para demostrarse, esta
era una de ellas y yo lo sabía, como tambien sabía que ella no
estaba loca, o por lo menos no tanto. Al día siguiente decidi
sentarme en el parque y ver si llegaba. Llegé a las 9 am puesto a que
las dos veces que la vi fue poco después de las 10 am y a las 10:30
am, entonces creí que vendría más temprano. Hasta que a las 9 y 35
llegó. Tomó el telefono, y púso una moneda. Se quedo callada. Puse
a andar un cronometro para tomar el tiempo en que demoraba esa
llamada. Mis ojos eran seducidos una vez más por el sueño pero mi
convicción era mas grande y luche por mantenerme despierto hasta que
esa chica soltara el teléfono.

Exactamente a la hora volvió a sonreir y soltó en telefono. 1 hora.
1 hora que demoró la llamada y solo púso una moneda. La curiosidad
me mataba, entonces decidí esperar hasta que se fuera de mi vista,
para correr al teléfono y esta vez hacer yo una llamada. Hize lo
mismo, puse una moneda y espere. El telefono como siempre apagado
¿cual era el truco?, como tenia una hora decidi dejar el telefono de
tal manera que no se corte la llamada, despúes de todo como esta
alogrado nadie se preocuparia de devolverlo a su sitio. Minutos antes
de que llege la hora, volví y cojí el teléfono. Ya solo faltaban
segundos para cumplir la hora y descubrir si ciertamente esa chica era
una enferma mental, o si el teléfono, pues, no era inservible
despúes de todo. Fué grande mi sorpresa cuando al cumplirse la hora
escuché una voz gruesa que me hizo saltar.

-Pardos- dijo la voz que no volvió a repetir ruido alguno. Me quedé
con el telefono en la mano. Una voz. Una hora despúes una voz me dijo
”Pardos”, pero ¿que significaba lo que me dijo?

Al llegar a casa me llamaron los de mi entrevista de trabajo, y me
dijeron que me habían aceptado, que empezaria a trabajar la proxima
semana y que el día de mañana debia acercarme para firmar el
contrato. Estaba realmente contento por la nueva oportunidad que se me
daba cuando sono mi celular, pero esta vez eran de otra empresa, de
Pardos Chicken, y como tambien habia enviado mi curriculum a ellos, me
llamaron para una entrevista. Pero ya tenia trabajo asegurado, deberia
decirles ”no gracias” o simplemente colgarles. Cuando hiba a hacer
eso, me acorde de la voz del teléfono público. ”Pardos”. No
perdia nada en ir e intentar.

Fue lo mejor que pude hacer. Resultó que el puesto que me ofrecian
tenia mas beneficios que el trabajo al que ya me habían aceptado y
tenia mucha mejor paga. Así que decidi quedarme con Pardos. Estaba
realmente agradecido con la voz del teléfono público que decidi
volver a visitarlo. Ese mismo día se me habian perdido 5 soles, pero
no les di importancia, todavia tenia un sol para llamar desde ese
teléfono público. Hize lo mismo, deposite la moneda, deje el
teléfono, me fui a descansar, y volvi en una hora. Al llegar, volvi a
escuchar la voz, solo que esta vez me dijo con un tono entrecortado
”En-el-patio”.

Colgé. Rápidamente fui a casa y vi el patio. No había nada, excepto
algo brillante en medio del pasto, una moneda de 5 soles, seguro se me
debio haber caido mientras llegaba a casa y no lo escuche porque el
pasto no hizo sonar su caída. Estaba tan agradecido con ese telefono,
que comenze a utilizarlo para todo. Si se me perdia algo recurria a
el, si debia tomar una decision recurria a el, ya casi se había
convertido en un amigo intimo para mi, aunque claro, no le conté a
nadie lo del teléfono, ni si quiera a mi familia. Todo hiba bien, de
maravilla, hasta que llegó ese fatidico día. Bueno, yo hiba a
comprar tranquilamente a la tienda que estaba a la vuelta de mi casa
cuando me tope con ella. Era la chica que vi por primera vez usando
ese telefono público. Yo segui caminando pero ella se me puso en
medio y me dijo ”No vuelvas a usar mi telefono” y se fue. Bah! no
le hiba a hacer caso, es un teléfono público y todos tienen derecho
a usarlo. Además si lo volvia a usar que hiba a hacer ¿llamar a la
policia? por un momento vacilaba con esos pensamientos sin darme
cuenta en el lio que me había metido.

Ese mismo día, después de usar el telefono para saber que juego
descargar a mi computadora, vi a esa chica de lejos. Ella estaba
mirandome atenta desde una esquina, y wao, si que parecia fuera de
orbita. Estaba como drogada, tenia una mirada fuerte, y al ver que yo
la vi, corrio hacia mi. Rayos estaba sangrando, tenía cortes por
todos sus brazos y piernas. Ella corria de una manera alocada, a la
par gritaba desmesuradamente ”MI TELEFONO MI TELEFONO DEJA MI
TELEFONO TE LO ADVERTI” mientras corria como si no le importara que
un carro la atropellara al cruzar la pista, como si yo fuese su
objetivo, su prioridad para clavar esas tijeras que llevaba en su
mano. Sin pensarlo dos veces corri. No podia volver a casa, ella me
seguiria y sabria donde vivo, ¡seria peor!.

Eran aproximadamente las 6 de la tarde y no había casi ningún alma
en la calle a quien pedir ayuda. Pero como yo era muy rápido logre
perderla, fue en ese momento que una idea llego a mi mente. ¡Ya se!
me dije, utilizaria el telefono para saber como deshacerme de ella o
como calmarla, lo que sea que me diga el teléfono sera sobre ella y
me ayudará, después de todo, siempre me dice cosas que debo saber.
Deposite una moneda, lo deje colgando, rápidamente me escondí en el
parque, en una pequeña habitacion donde se hallaban las herramientas
del conserje de la municipalidad y cerré con llave.

Al pasar una hora decidí asomarme a ver si la chica estaba por ahi,
al ver que no estaba, corri rápidamente al teléfono público. Solo
faltaban dos minutos. ¡Rayos! debi salir cuando solo faltaran
segundos. Espere dos minutos con el corazon en mi mano, volteando y
girando a ver cada calle y cada extremo de la pista haber si se
acercaba esa extraña muchacha deseando escuchar esa gruesa y
entrecortada voz emergiendo del teléfono público. Llegó el momento
y pegue mi oido al teléfono, dandome cuenta lo mucho que había
llegado a depender de el ultimamente y que por culpa de ese teléfono
mi vida estaba colgando de un hilo.

Escuche su voz, esa voz que siempre me había ayudado, esa voz que me
tenía encadenado a su dependencia, voz sabia a la que recurria en
momentos de necesidad, me alegre al oirla una vez más, aunque al
terminar de escucharla me di cuenta de que todo era en vano, y que esa
voz me podia decir que camino tomar pero no alterar el camino,
mostrarme la manera de resolver el problema, pero no resolverlo. No
recuerdo nada más despúes de haber escuchado la voz salir de el
teléfono público, tal vez todo paso tan rápido que ni siquiera lo
sentí, solo recuerdo lo que la voz me dijo: ”Detras-de-ti”.
puntos 4 | votos: 6
Dialogo filosófico: - -Sócrates, ¿porqué adelgazó tanto tu novia? 
-Sólo sé que no cenaba.

puntos 106 | votos: 118
Ríe, y serás feliz por un instante. - Haz reír, y serás feliz por toda una vida.
puntos 10 | votos: 10
Hay mujeres en el mundo - y luego está ella.
puntos 10 | votos: 10
No importa - Si salio bien, solo si te alegro hacerlo
puntos 6 | votos: 6
El único veredicto es venganza, - vendetta, como voto y no en vano, pues la valía y veracidad de esta,
un día vindicará al vigilante, y al virtuoso.
puntos 5 | votos: 5
¿Nunca has deseado tener una - segunda oportunidad para conocer a alguien, por primera vez, otra vez?

puntos 4 | votos: 4
Como Quisiera - Que al llegar a la casa de mi novia, me residiera con esta mirada
puntos 8 | votos: 8
Delante de ti una chica sonríe. - La amas. Ella nunca lo sabrá. Ha sido un hermoso minuto.  
-Frédéric Beigbeder
puntos 5 | votos: 7
¿Cuántos suicidas - en Desmo se habrán quitado la vida sin que nos demos cuenta?
puntos 10 | votos: 10
Un perfume también trae recuerdos. -
puntos 61 | votos: 75
La cuestión está en mirar las cosas - con otra perspectiva, respetando la manera en que la miran los demás.

puntos 138 | votos: 142
Encuentra el lado bueno a lo malo - y vivirás mejor, encuentra el lado malo a lo bueno, y te evitarás sorpresas.
puntos 11 | votos: 13
Es triste saber que casi ya no - sorprenden los actos de estupidez humana, pero sí 
aquellos que suponen su superación.
puntos 9 | votos: 9
Si te dieran un libro - con  la historia de tu vida escrita, leerías el final?
puntos 10 | votos: 10
Sabía que la luna se volvería - negra aquella noche.
puntos 53 | votos: 67
Disculpe, señor - ¿Tendrá un momento para Jesús?

puntos 85 | votos: 87
A veces por no poder desaferrarnos - de un mal momento, se nos terminan escapando los buenos.
puntos 34 | votos: 36
Lo hemos dicho misiles de veces. -
puntos 13 | votos: 15
Primer beso - Soy una chica tranquila, siempre lo he sido, nunca he tenido problemas
con nadie-que yo recuerde- tengo algunas amigas, no me junto mucho con
los hombres, tal vez esa es una de las causas por la cual nunca he
tenido novio… ni tampoco he dado un beso.

En mis 15 años de vida no he salido a muchas fiestas… se puede
decir que nunca he hecho alguna locura, siempre que sentía ése
especie de impulso para hacer alguna maldad, por muy pequeña que
fuera me la reprimía “no, está mal, no debo hacerlo” me decía a
mí misma, así calmaba mi adrenalina la que sentía que poco a poco
se iba acumulando en mi interior, sabiendo que...SOY UNA PUTA. Siempre
a principio de año me empezaba a gustar un niño, lo miraba de lejos
pero él nunca se fijaba en mí, así pasaba todos los años y en
todos me gustaba alguien diferente esperando a que este sí se fijara
en mí. 

Cierto año comencé a fijarme en un chico, lo conocí a principio de
año, era el amigo de una amiga de otro curso, con el tiempo
comenzamos a hablar nos volvimos amigos-mi primer amigo hombre
cercano- lo empecé a conocer mejor y me comenzó a gustar. Me tenía
confianza, era muy simpático y muy tierno conmigo, incluso prefería
pasar recreos conmigo que con sus amigos, lo que me hizo pensar que yo
también le podía gustar -¡Por fin! ¡Por fin alguien que me gustaba
se fijaba en mí!- pero no había nada confirmado. Una vez me confesó
que nunca había tenido novia y que tampoco había dado un beso, me
conmovió por que el sentía lo mismo que yo.

A final de año pasábamos mucho tiempo juntos, me gustaba mucho pero
aun no me atrevía a decírselo, aunque la mayoría ya se había dado
cuenta… menos él. Una vez estábamos conversando por chat –era la
última semana de colegio y yo estaba desesperada pensando cómo
decírselo- y de la nada me escribió “eres linda”, entonces le
escribí de vuelta “gracias, tú también” y él me respondió
“en serio? xD” y entonces le conteste “sí, me gustas” era la
única forma de declararme, en persona no me hubiera atrevido, “tú
también me gustas” me contesto, mi corazón comenzó a latir muy
fuerte y sentí que una alegría desbordante se apoderaba de mí,
quería saltar de alegría, pero no, me calme me controle y solo me
digne a sonreír-aun estando sola en mi habitación- no imaginaba como
lo haría mañana, como podría verlo a la cara, como controlaría mi
impulso por correr abrazarlo y besarlo, sabía que si lo hacía me
verían raro, pero si no ¿Qué creería él?.

Al día siguiente lo mire de lejos y él se acercó a mi sonriendo-yo
tampoco pude evitar hacerlo- me llevo a un lado y dijo que le
confirmara en persona lo que el día anterior le había confesado por
internet. Lo hice y él también lo confirmo, lo mire, quería besarle
pero me daba miedo, no sé por qué, no por mi sino por él, era una
sensación extraña y no muy agradable pero la ignore.

  Durante los últimos días de clases pasábamos de la mano. Aun no
nos besábamos, decidimos juntarnos un día cuando saliéramos por fin
de clases. Ese día llegue, nos encontramos, caminamos un rato de la
mano hasta llegar a una plaza alejada donde casi no circulaba gente.
Nos sentamos en el pasto, nos abrazamos y conversamos un rato.

Hasta que en un momento ambos quedamos en silencio y nos miramos ¡Me
robo un beso! Un corto beso que me llevo a robarle yo uno, y otro, y
otro, y otro más, era la sensación más rica que había sentido en
toda mi vida, no quería parar de besarle de apretar sus labios con mi
boca, sus jugosos y carnosos labios. Sentí esa adrenalina, la que
siempre había sentido, que aparecía cada vez que quería hacer algo
malo, pero esta vez no pude reprimirla y se apodero de mí, todos
estos años guardándola en mi interior provocaron que explotara en
algo mortal.

No pude detenerme, él trato de alejarme, lo estaba dejando sin aire,
sin poder respirar, cada vez apretaba más sus labios, los mordía
fuerte, eran tan deliciosos, sentía que quería comerme sus boca,
mordí tan fuerte sus labios que llegaron a sangrar y él trato de
gritar y de empujarme pero no pudo, mi adrenalina era tal que lo
tenía atrapado entre mis brazos, abrazado entre mis garras, esa
sangre de sus labios me éxito más.

Lo mordí más fuerte, desgarre la carne de sus labios , esos
exquisitos labios, los mastique sabrosamente mientras él gemía
terriblemente de dolor, moviendo su lengua desesperadamente por lograr
un sonido, la mordí fuertemente y se la extirpe de su boca,
chorreando la sangre de su garganta a la vez que un último grito
desgarrados salía de ella, era tan deliciosa, húmeda y carnosa, su
sangre brotando de la carne colgante de su boca muerta, estaba tibia
aun, la bebí, la mordí para beber más de la sangre de quien por fin
se había fijado en mí, era tan delicioso sentir su sangre
desbordante en mi boca, boca chorreada de la sangre de quien tanto me
había gustado… ¡Por fin! ¡Por fin había dado mi primer beso!
puntos 10 | votos: 10
Muerto el perro... - Había pocas cosas en la vida de las que Elena estaba segura, sin
embargo de nada estaba más convencida que de su profundo odio por su
madre. Solo pensar en esa mujer, que supuestamente debía significar
el mundo para ella, le producía jaqueca y una sensación de cólera
que tardaba minutos, casi horas, en calmarse.

Quizás no era para menos. La madre de Elena era una persona
desagradable, de lengua hiriente y a quien le importaba poco otra
persona que no fuese ella misma… aunque clamara que su amor por su
hija era el más grande de todos. Pero además de esto la mujer tenía
un demonio propio que la convertía en un ser torpe y agresivo, que se
apoderaba de su cuerpo y de su mente en las situaciones más diversas
y que venía envasado en una botella de vidrio. Botella que, tras
treinta minutos de abierta, era reemplazada por otra y luego por otra.

Elena ya no podía llevar la cuenta de la cantidad de veces que tuvo
que correr al médico porque su madre había bebido unas botellas de
más que la llevaron a abrirse la cabeza contra algún mueble, la
cantidad de noches que durmió con un bate bajo la cama para
protegerse si era necesario, la cantidad de insultos que tuvo que
escuchar. Con diecisiete años recién cumplidos la chica había
vivido más de lo que a ella le hubiese gustado vivir. Su padre había
muerto en un accidente de transito hacía ya cinco años y Elena se
sentía completamente sola. Sentía como si el peso del mundo recayese
sobre sus débiles hombros.

Acostada sobre su colchón y mirando hacia el techo taciturnamente,
cada noche pensaba en encontrar una salida de aquel laberinto.
Fabulaba fantasías prohibidas de pequeñas dosis de cianuro que
accidentalmente se mezclaban con el champagne, pantuflas que se
enredaban en las escaleras, tuberías de gas que eventualmente
desarrollaban pérdidas y cigarrillos encendidos que las descubrían.
Pensamientos que nunca quedaban más que en su mente y eran borrados
por el sonido sordo de una silla que se golpeaba, un vaso que se
caía, o gritos incomprensibles que salían de esa lengua trabada y
pastosa que aparece después de la cuarta copa. Las lágrimas no
dejaban de caer de los ojos de Elena, dejando su blanco cutis ardido y
enrojecido, mientras las manos comenzaban a temblarle y un monstruo
violento y voraz golpeaba su pecho intentando salir. “Acá vamos de
nuevo” pensaba entre sollozos mientras echaba llave a su cuarto y se
ponía sus auriculares para acallar el sonido. Si había algo que
Elena odiaba además de a su madre, era su vida.

Luego de una hora, por lo general, el ruido cesaba y entonces ella
bajaba a ver los daños: un plato roto, un televisor tumbado, una
alfombra vomitada… eran los favoritos de su madre. Pero la
imprudente mujer nunca recibía heridas serias. “Años y años te
esperan de lo mismo” pensaba para sí misma la cansada adolescente,
cuyo rostro ya comenzaba a mostrar el castigo del estilo de vida que
su progenitora había escogido para ella.

Una fría noche de Julio, Elena hacía su habitual recorrido por los
pasillos de la casa en busca del saldo de destrozos de la noche.
Cuando llegó a la cocina su corazón dio un tumbo y comenzó a
galopar en su pecho. Allí estaba su madre, inerte en el suelo,
descansando en un charco de sangre. “Muerto el perro se acabó la
rabia” pensó y esbozó una pequeña sonrisa. Con una sensación que
le pareció eufórica, se acercó corriendo hacia la mujer y le tomó
el pulso. Normal. Solo tenía una herida superficial en la cabeza…
de esas que sangran demasiado para el tamaño que tienen. Sintió
desilusión. Sí, ese sentimiento era desilusión, no había la menor
duda sobre eso.

“Muerto el perro, se acabó la rabia”, volvió a pensar mientras
se retiraba. La solución ya era ineludible… su madre no moriría
sola y ella no quería vivir una vida donde tuviese que hacerse cargo
de ese pesado bulto que olía a whisky barato.

No se detuvo a pensarlo. Solo iba a esperar que su madre estuviese
despierta y sobria. Quería que tuviese el nivel de consciencia
suficiente como para entender qué ocurría y por qué era su culpa lo
que estaba pasando.

Esa noche no durmió. Su cuerpo se estremecía de gozo al pensar que
pronto todo su sufrimiento terminaría.

El sol salió, y ella se preparó para la acción. Tomó el bate
oxidado que guardaba bajo su cama y se sentó a esperar el sonido de
la cafetera poniéndose en marcha. Su estomago empezó a darle golpes
de excitación cuando por fin escuchó el crujir de los granos de
café que se molían… “Yo te quitaré la resaca, no te
preocupes”, pensó mientras sonreía.

Caminó lentamente, saboreando cada macabro instante. Llegó a la
cocina y entró. Su madre, que se dio vuelta a saludarla cuando
escuchó sus pasos, la miró asustada y ahogó un grito en cuanto su
hija alzó el bate por sobre su cabeza.

Elena descargó el bate contra la piel y sintió cómo los huesos
crujían y se rompían. Lo levantó y lo volvió a bajar con una
fuerza sobrehumana, una y otra vez, sobre cuanto lugar pudo. Las
piernas y los hombros eran los lugares a los que menos le costaba
atinarle. El placer era inmenso, sentía como si sus problemas se
enjuagaran en una catarata de sangre. Los gritos y plegarias de su
madre eran cada vez más fuertes. Golpeó la cabeza y la abrió, pudo
sentir los sesos derramándose en sus manos. La sangre le empapó el
rostro y ella se relamió con macabro regocijo. Siguió golpeando
brutalmente hasta que dejó de escuchar los gritos. Allí en el charco
de sangre, abatida por la emoción, se dejó caer, exhausta.

Cuando los oficiales de policía llegaron a la escena se llevaron una
desagradable sorpresa. Arrestaron inmediatamente a la mujer con
síntomas de ebriedad y largo historial clínico, negándose a creer
sus disparatadas excusas. Después de todo, ¿quién sería capaz de
apalearse a sí mismo hasta la muerte?
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En los momentos importantes, - los nervios se van si te das cuenta que eres el único al que tienes
que impresionar.

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El día que aprendas - a serte fiel a ti mismo antes que a los demás, serás un poco más feliz.
puntos 14 | votos: 14
Conoces de sobra este cuento - pero eso no significa que no puedas cambiarlo.
puntos 100 | votos: 100
No esperemos el final - para saber que vivir no es solo esperar.
puntos 75 | votos: 79
Un gran error que puede cometer - una persona es creer que por ser buena con las demás personas va a
ganarse su cariño.
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La timidez es la única sensación - que anula tu belleza, tu gracia, tu inteligencia y tu corazón.





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