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11.02.2011

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Desmotivaciones: - Coge a un millón de adolescentes sentimentales y ponlos a hablar, sin
verse las caras, de sus emociones, de forma anónima y sin coartarse
por sentirse…bueno, por no sentirse precisamente atractivos, en
cuanto al físico, por los complejos propios de sus edades. Se
acabarán conociendo por su interior. Y creedme, la gente
introvertida, la que ha dedicado el tiempo que da la soledad a
cultivar su interior, cuando encuentra una vía de escape para mostrar
su mente, su ideología, sus sentimientos, su verdadera, lejos de
[o]presiones sociales, personalidad, resulta, sencillamente,
cautivadora. Es “esa mirada que tenemos los desgraciados
sociales”, como diría una gran amiga, precisamente conocida aquí.
Por eso esta página ha tenido (pretérito(=pasado) perfecto simple de
subjuntivo, creo) tanto éxito. Y no sólo eso, el éxito de la
página es secundario, lo verdaderamente importante, es la inmensa
cantidad de lazos sentimentales que se han forjado entre los usuarios
de esta página. 
Pasados unos pocos años, la edad media de los usuarios iniciales,
entre los que considero un verdadero honor contarme, aumentará.
Dejarán de verse feos, en muchos casos de serlo, y su timidez
desaparecerá a medida que sus círculos se amplíen más allá de la
clase de instituto que los margina y se abren al mundo real. Por eso,
desmo, como la llamábamos, ha muerto.
Aquí he conocido a personas realmente importantes para mí,
incluyendo un par de amistades que espero conservar de por vida, y lo
mismo puedo decir del amor. Al fin y al cabo, la vida, o lo que
importa de ésta, se basa en las interacciones que tenemos con el
mundo, en especial con otras personas, así que es lógico, innegable,
que desmotivaciones.es ha sido una parte de mi vida. Como tal, me ha
traído momentos buenos, momentos no tan buenos, y otros sencillamente
malos. Pero también algunos de los que considero los mejores de mi
vida, si no en la página directamente, sí gracias a personas
conocidas en ella. Pero esa fase de mi vida, ha finalizado, por todo
lo anterior, y por otros motivos personales, igualmente significativos
pero que no vienen al caso. Y a pesar de que siempre he creído que
los vicios sólo están para recaer, es por lo que he decidido dejar
esta página, intentaré que de forma definitiva.
Mas no queda en mi recuerdo de esta
 página emoción más fuerte que la de 
un sincerísimo agradecimiento, a todos.
puntos 7 | votos: 7
Los bigotes molan. -
puntos 4 | votos: 4
Convertido en “un bicho”. - Así acaba el protagonista de La metamorfosis, de Kafka. Un joven
chupatintas que no hace más que trabajar por complacer a sus padres,
e implícitamente a sus jefes, desde que acabó de estudiar. No hay,
en esta obra, un claro antagonista, sino que el mundo lo es,
precisamente esa familia y esos jefes (tampoco hay más personajes),
son los que le han creado a Gregor, que así se llama el protagonista,
una sensación de agobio, de dependencia de él, que le hacen creer
que, sin él y su inmenso y continuado esfuerzo, nada funcionaría. Al
final de la obra, se descubre que esto no es así en absoluto, y creo
que ésa es la principal metáforas, aunque todo el libro sea pura
simbología y metáfora: nadie es el culpable de la vida que llevas,
salvo tú mismo.
Tal vez empieces a trabajar y a buscarte más responsabilidades de las
necesarias por el bien de los tuyos, y tal vez estas obligaciones
acaben contigo. Pero en el caso de que no sea así, que es el caso que
trata Kafka en esta obra, si todo te va bien, y prosperas, esas
obligaciones irán en aumento, y con ellas el agobio que provocan,
pero también los incentivos que te convencen de aumentarlas. Uno se
acostumbra (se dice explícitamente) a conseguir ese dinero, y deja de
ser algo excepcional, algo que celebrar, o siquiera agradecer. De
manera que hacen falta más incentivos, más dinero, que es lo único
que aporta el trabajo, para mantener la satisfacción, el bienestar
inicial. 
Tal vez sea una cuestión evolutiva, la misma e instintiva mentalidad
de la autosuperación que nos hace avanzar, pero que, a la larga,
genera cierta adicción, a la vez que vacío existencial, incluso
falta de tiempo para pensar en éste. Y acabas en la cama sin querer
despertar, cuando descubres que te has convertido en un monstruo. Pero
esa familia y esos jefes, ese mundo entero, vendrán a buscarte y te
obligarán a hacerlo.
Y una vez transformado en un monstruo, te acostumbras (se vuelve a
decir explícitamente) a serlo, a “no tener consideración con los
demás”, a pesar de que antes te sintieras especialmente orgulloso
de dicha consideración. Sólo queda indiferencia, pierdes toda
humanidad…y hasta los tuyos, por los que, en teoría, has acabado
así, te acaban repudiando. Porque realmente, no son los culpables de
tu desgracia, tú elegiste ser así. E incluso acabarás haciéndoles
infelices…hasta que se olviden de ti, hasta que maten el recuerdo de
quien un día fuiste, y hagan sus vidas sin ti.
Apuesto a que cualquier lector aleatorio que me dedique su tiempo
tienen en su familia, más lejana o menos, un pariente más o menos
rico, que en principio pareció prosperar en la vida, y que ha acabado
siendo el que peor relaciones tiene con el resto de su familia. Una
obra literaria, artística, ha de metaforizar y exagerar, no
repudiáis de él, no es un monstruo. Pero tampoco es agradable, ni es
deseable su vida.
puntos 4 | votos: 4
Los bigotes molan. -
puntos 4 | votos: 4
El gran pedante (2013): - A recomendación de alguien con más poder de persuasión que criterio
 cinematográfico, me decidí finalmente a ver las dos horas y media
que dura El gran Gatsby. Apréciese, por favor, el gran esfuerzo que
me está suponiendo no decir cosas como “las infumables horas y
media” o “El gran puto ascazo”, al menos, antes de argumentar
por qué me parece tan soberanamente mala.
La película podría resumirse como la historia de un idiota que
admira a un idiota que se enamora de una zorra. El idiota-dos se llama
–o más bien se hace llamar- Gatsby. El gran Gatsby. Y es un
megalómano y mentiroso compulsivo que reniega de sus orígenes para
inventarse un pasado que justifique su inmensa fortuna, ganada
ilegalmente y derrochada en la causa de su monomanía: acosar a su ex,
la zorra que en cuanto dejó de saber de él se casó con otro, mayor
y más feo, pero rico. 
Pero si en Cincuenta sombras de Grey no importa que seas un
maltratador mientras seas guapo y tengas dinero, ¿qué importa aquí
que seas un acosador monamaníaco, mientras seas Leonardo DiCaprio y
vivas en un castillo? Aunque sólo lo hayas comprado para vigilar
desde las torres la casa de una chica.
La historia de esta película se basa en una novela, que ni he leído
ni tengo intención de hacerlo, así que no criticaré. De hecho, tal
vez sea buena: enfermedades mentales, violencia de género, atropellos
mortales, asesinatos, suicidios… Quentin Tarantino podría haber
hecho una puñetera obra de arte.
Pero esta película, en la que no sale una gota de sangre, está muy
mal enfocada. Olvida toda esa parte para centrarse en lo divertido que
es ser rico, o mejor aún, que se enamore de ti un rico: fiestas,
derroche, mentiras, cuernos, exceso de velocidad, atropellos,
contrabando, allanamiento, acoso, evasión de impuestos (“todos se
preguntaban de dónde salían los millones”, dice una voz en off.
Supongo que eso excluye a Hacienda, alguien que soborna a los
policías, actuará de forma similar con los inspectores de ésta) no
hay leyes para ti si eres rico. Y si toda la maldita Nueva York te
encubre. 
Tal vez con otro reparto, se hubiera podido arreglar. Esfuerzo mental
para quien la haya visto: intercambiemos los actores que interpretan a
Gatsby y al marido de la que le mola a Gatsby (lo siento, no recuerdo
los nombres). En la escena en la que se descubren los cuernos, en el
hotel, el marido, mientras la rubia llora -porque es cruel recordarle
a una chica, si es guapa (a mí no me lo parece especialmente), que a
veces las personas sufren cuando juegas con sus sentimientos-, el
marido, como digo, cabreado, fuera de sí por haberlo descubierto
todo, le intenta recordar lo mucho que la ha querido, lo bien que la
ha tratado, y ella dice no haberle querido nunca. Sólo se casó con
él porque era rico, y porque el otro no estaba. Y llamándole
repugnante a la cara. Llorando, eso sí. La pobre chica desvalida es
la víctima. Soy una puta, qué quieres que le haga, parecen decir sus
lágrimas. Necesito parasitar a alguien. Siempre he querido a éste
perturbado mental. Mira qué carita (primer plano completamente
innecesario de su relamido y pedante careto).
Cuan distinto sería si rechazase así a DiCaprio, para decirle que
siempre ha querido al otro, más viejo y más feo. Y más malo, porque
en la película caracterizan de malo (es una peli, necesitan un malo)
al marido, pero analizando objetivamente las acciones, el único que
hace lo que se le antoja sin ética ni moral alguna, es Gatsby,
mientras que él, “lo único” que hace es ponérselos. Algo
medianamente normal si tu mujer no te quiere y si, tanto ella como
todos los demás personajes de la película, se lo hacen a sus
respectivas parejas.
Sinceramente, creo que Steve Buscemi pega más que DiCaprio en el
personaje de pirado inmoral y de acosador que no supera que su novia
se case con otro. Pero desde el principio lo rechazaría(-n todos) por
feo, y se acabaría la película. Y no es que me importe que una
película como ésta fuera un par de horas más corta. Es que si le
quitamos el factor de que sólo importa el físico, perdería el poco
realismo que tiene.
Y otro gran momento de la película, es en esa misma escena, cuando se
descubre delante de todos que Gatsby no es quien dice ser, y el
protagonita guión narrador guión idiota-uno, dice algo como “me
dieron ganas de darle a Gatsby una palmadita en la espalda”.
UN PUTA PATADA EN LA BOCA ES LO QUE DEBERÍAS DARLE, SO GILIPOLLAS.
Ese…individuo hace lo que quiere porque todos se lo permiten, y
todos se lo permiten por ser quién es, acaban de descubrir que en
realidad no es más que un mentiroso, un traficante corrupto y
chantajista –por no decir extorsionador- que abandonó a su familia
porque era pobre –luego se queja de sentirse sólo, dando a entender
implícitamente que ni sabe dónde están sus padres-, y un puto
perturbado que basa su vida alrededor de una chica que pasa de él,
acaban de pillarlo, y el muy hijo de su putísima y desconocida madre,
sigue sin mostrar un jodido ápice de humildad, sigue creyéndose
superior a cuantos le rodean por lo que tiene, a pesar de que acaban
de descubrir que no lo merece, y lo que es peor, sigue llamándolo
“compañero” a pesar de que le ha pedido explícitamente (la
única heroicidad de la película, el único momento en el que se hace
lo que todos esperábamos que alguien hiciera de una maldita vez) que
no vuelva a llamarle así. En serio, el martillazo que te dan con
“compañero” al principio es gracioso, el típico cliché de darle
un puntito malote al pijo snob y relamido para ayudarle a mojar bragas
entre las quinceañeras [mentales] del público, pero lo repite hasta
la saciedad tantas, tantísimas veces que el único sentido que se le
puede encontrar a que lo repita es la eugenesia, matar a comas
etílicos a aquellos incautos que se atrevan a hacer el juego de beber
un chupito cada vez que la diga.
¿Y TODAVÍA QUIERES DARLE UNA PALMADITA EN LA ESPALDA? DADLE UN PUTO
TIRO EN CADA RODILLA Y ABANDONADLO EN UNA CUNETA, COMO HACÉIS CON LA
POBRE CHICA A LA QUE ATROPEYÁIS. ¿O es que eso sólo se puede hacer
con alguien si es pobre y vive honradamente en un vertedero de escoria
para que tú puedas vivir en un puñetero palacio?
En conclusión, una buena película si eres muchimillonario, guapo y
no tienes cerebro ni personalid metas en la vida, pues te enseña que
teniendo un castillo, dos mil criados y una ciudad sobornada, no
importa el objetivo que te pongas ni los medios que uses, a todos les
parecerá bien. Para el resto de mortales, nos supone un esfuerzo
mental: buscar cómo definir, sin usar tacos, esta
“putísima mierda”.

puntos 4 | votos: 4
Los bigotes molan. -
puntos 2 | votos: 2
Mis videojuegos - son Valiant Hearts, las tres primeras entregas de Assassin’s Creed,
y el atemporal Imperivm III, lo tres empatado. Aunque respecto a
shooters, no tengo nada contra la serie de FarCry, especialmente el
tercero, y prefiero Batlefield a Call of duty, a pesar de haberlo
probado mucho menos. Y Modern Warfare y Hitman, la segunda entrega de
ambos, fueron de mis preferidos. En su momento. 
De literatura, prácticamente podría decir que leo sólo clásicos, y
entre ellos, destaco en narrativa a Hemingway, Jack London o
Dostoievski, y Bécquer o Neruda en cuanto a poetas (también
Bukowski, por supuesto), y me encanta Poe, al que no sé en qué
categoría caracterizar. Pero dado que no he leído tanto como me
gustaría, soy más de libros concretos que de autores, así que
citaré como mis preferidos, a El moderno Prometeo, de Mary Shelley,
Pobres gentes, de Dostoievski, El hombre lobo de París, de Guy
Endore, y el gran Conde Drácula, de Bram Stocker, todos ellos
epistolares, y también la colección de El capitán Alatriste, de
Arturo Pérez-Reverte, y Hacia rutas salvajes, de Jon Krakahuer,
aunque éste último, más por la historia que relata, que por su
estilo literario. Y Rebelión en la granja, de George Orwell, y El
abuelo, de Benito Pérez Galdós, aunque éstos sí más por su
calidad literaria que por la historia en sí, pero aún no he leído
más de sus autores para poderlos juzgar. Opino, además, sobre
escritores, que Federico García Lorca y Gabriel García Márquez
están sobrevalorados. Y, respetando a ambos, siempre fui más de
Quevedo que de Góngora.
Respecto a mis gustos cinematográficos, tampoco he visto (aún) tanto
cine como quisiese, así que como directores citaré a Tim Burton,
Quentin Tarantino y el insuperable Stanley Kubrick, y cuando vea si
tiene más obras maestras como la saga de El padrino o Apocalypse Now,
podré incluir a Francis Coppola. Como actores, mis preferidos son
Nicolas Cage, Edward Norton, Jhonny Depp y su inseparable Helena
Bonham Carter. Como películas, además de prácticamente cualquiera
de los directores anteriores, elegiría El club de la lucha,
Holocausto caníbal, El silencio de los corderos, Los santos
inocentes, La milla verde, Gladiator, Los soñadores, Master and
Comander y Stalingrado, por tocar todos los géneros, aunque mi
favorito siempre ha sido el de los dramas.
En cuanto a música, como cualquier mortal, depende del día y estado
anímico, pero los grupos de los que nunca parezco hartarme, los que
siempre apetecen, serían Pereza (o más bien Leiva, desde hace unos
años), Coeur de pirate, Rammstein y Paramore, sin hacer ascos a
Joaquín Sabina, Día sexto, Estopa, Nirvana, My Chemical Romance,
Green Day, Blink-182, Tierra Santa, RHCP o Gun n’Roses, aunque tengo
mis momentos de La oreja de Van Gogh o El sueño de Morfeo, como de
Sabaton o Slipknot. Prácticamente cualquier cosa, salvo reggeaton y,
con excepciones muy puntuales, dubstep.
puntos 2 | votos: 2
Los bigotes molan. -
puntos 6 | votos: 6
El bipartidismo - siendo simplista, se reduce a un sistema en el que actúan dos
partidos, conservador y progresista, izquierda y derecha,
respectivamente, partiendo de un centro equidistante que divida,
aproximadamente y considerando los posibles cambios de opinión y de
ideología, la población, el electorado, en dos mitades iguales,
según su conveniencia. Así pues, considerando al conjunto de
políticos como perteneciente a una clase de nivel socioeconómico
alto, es lógico, incluso razonable, imaginar que les convendría
desplazar el centro de estos dos partidos, y recalco el equidistante,
hacia la derecha, pues esto desplazaría a ambos partidos hacia la
ideología que quisiesen, y así, independientemente de la alternancia
en el poder, ambos gobiernos les favorecerían personalmente.
La forma de realizarlo es más simple de lo que pudiera parecer a
simple vista, sólo hay que basarse en el optimismo, el autoengaño,
de la población. Hacer que crean que están en un nivel
socioeconómico mayor de en el que están realmente. Y esto,
especialmente en la cultura de este país, en el que tanto se cuidan
las apariencias y la falsa superioridad que éstas parecen conllevar,
es especialmente sencillo. Uno quiere estar más lejos de su vecino al
que desalojan que del banco que se queda su piso, o del vagabundo
junto al que pasa para ir al trabajo, que del empresario que le
explota en éste. Y con meros anuncios publicitarios o personajes de
paródicas series de televisión, el elector medio llega a sentir que
así es.
Y la herramienta utilizada para ello, suele ser la creación de un
concepto: la clase media. La clase de la que se consideran todos los
que se niegan a aceptar que están en la mitad baja. Unas dos terceras
partes de la población total, así a ojímetro, como estimación
subjetiva y personal. Admitiendo como imposible considerarse clase
alta, y viviendo en la constante mentira de no querer ser clase baja,
uno acaba por tolerar ser clase media. Y lo que es peor,
creyéndoselo. Un apartamento para las vacaciones, un segundo coche,
un ascenso o un puto iPhone dorado bastan para considerarse “clase
media ALTA”. Con lo cual, ni siquiera es necesario plantearse si es
conveniente para sí votar al partido de derecha, basta con votar al
de centro DERECHA”. Basta situar, o fingir situar, la ideología de
un partido ahí para ganar unas elecciones.
Pero hay más. El partido de izquierda, para no ser considerado
“radical”, acabará por acercarse al centro (es decir, desde su
punto de vista, a la derecha), con lo cual, ambos partidos serán muy
similares. Incluso pueden apoyarse el uno al otro, al margen de los
intereses de sus votantes. Y, por supuesto, hay más aún: Los
problemas que vienen al definir estos términos. 
Al definir “centro DERECHA”, puesto que un partido que se
considere tal tiene una ideología neutra con un poco de
conservadurismo. Un poco muy indefinido que con el tiempo puede
variar, por no decir, directamente, aumentar. Y manteniendo constante
la distancia ideológica entre ambos partidos (si variase, sería para
disminuir, aumentarla sería considerado sinónimo de radicalizarse).
Con lo cual, la políticas se acaban volviendo, en ambos partidos y en
general, cada  vez más derechistas, favoreciendo a una clase alta
entre la que se incluyen los dirigentes políticos, pero no a la
inmensa mayoría del electorado.
Definiendo “clase media ALTA”, y partiendo de unas políticas que
acaban beneficiando sólo a las élites económicas, despreciable a
nivel estadístico en lo que a electorado se refiere, la economía de
éste tiende a disminuir en todos los niveles. Esto hace que los
intereses de todos los votantes (o su inmensa mayoría) varíen,
haciéndoseles favorable una política cada vez más de izquierdas.
Pero dado que esta reducción de la riqueza se produce, generalizando,
en todos los niveles, un votante concreto que se considerase, antes de
esta bajada en su poder adquisitivo, más rico que otro, seguirá
siéndolo. Las diferencias entre ambos seguirán siendo las mismas.
Con lo que la conciencia de estar todo en clase media, pero “yo soy
más que tú”, permanece inamovible. Y su percepción subjetiva, les
hará a ambos seguir considerándose “clase media ALTA”, con lo
cual, a pesar del cambio ideológico de los partidos y económico del
electorado, que debería distanciarlos, los votos permanecen. 
Cuando la necesidad obliga a rebelarse contra tal sistema, surgen
nuevos partidos que ocupan la posición a la izquierda, mientras los
viejos tienden a fundirse en uno que ocupa el de la derecha, y el
proceso, a repetirse en ciclos. Tan obvio es esto en política, como
lo es en economía que en un mercado basado en la especulación, en
comprar un mismo producto barato para venderlo caro, en devaluar la
moneda, en aumentar la inflación y en “inflar la burbuja” es
necesario que ésta estalle cada dos décadas en una crisis que
siempre pagarán los mismos.
Democracia y capitalismo. La globalización nos hace creer que nuestro
sistema no es sólo el mejor, sino también el último. E insuperable,
para que no surjan más. No por ahora, al menos. Ni de forma
pacífica.
Y éste fue el caldo de cultivo, por utilizar terminología
científica, en el que germinó el nacismo, y prácticamente todos los
terrorismos modernos.
puntos 7 | votos: 9
Los bigotes molan. -

puntos 5 | votos: 5
En un universo tan grande - que se duda de su finitud,
en un tiempo tan extenso
que se desconoce su inicio
y cuyo final no se espera,
en este basto y cambiante mundo,
cuya única ley es siempre creciente caos,
apenas por un instante,
coincidieron nuestras miradas.

Por Dios.
Por el Creador, por el regidor de nuestro destino, por el mismo Diablo.
Por tus ojos cansados y aun así cautivadoramente bonitos.

En qué pensaría.
Para no inmortalizarte en un puñado de versos.
puntos 6 | votos: 6
Los bigotes molan. -
puntos 10 | votos: 10
En un bosque. - Tras unos arbustos.
En un atasco.
Por teléfono.
En un tanque.
Entre hierba alta.
En la azotea.
En un río de mucha corriente.
En un parking.
Bajo una tormenta.
En la cima de una montaña.
En medio de un macrobotellón.
En una cabina telefónica.
En un submarino.
Durante un eclipse.
En un portal.
En la cocina.
En un baño público.
En un pajar.
Rascacielos.
En el metro.
En la playa.
Sobre un tren en marcha.
Saco de dormir individual.
En la ducha.
En el maletero.
En la biblioteca.
Bajo las estrellas.
Con un gato(en celo) cerca.
En el barro.
En un probador.
En un camión.
En una barca.
En un puente colgante.
En el parque.
En una fábrica abandonada.
En un bosque en otoño.
En una tienda de colchones.
En una rotonda.
En un lavacoches.
En el suelo.
En el cine.
En clase.
En el cementerio.
Bajo un puente.
En un sillón.
Junto a la chimenea.
En el autobús.
Subidos a un árbol.
En una mina.
En una juguetería.
Bajo la lluvia.
Bajo la cama.
En una obra.
En una hamaca.
En las escaleras.
Hablando con alguien por teléfono.
En el ascensor.
Bajo una cascada.
En una cueva.
En una gasolinera.
Entre dos contenedores/dentro de uno.
Viendo el atardecer.
Junto a la carretera.
En una noria.
En una tiny.
Viendo el amanecer.
En la Alhambra.
En el desierto.
En el hospital.
En una colchoneta.
En el fondo de un pozo.
Ante una cámara de seguridad.
En las alcantarillas.
En un montón de estiércol.
En el baño de un avión.
En un callejón oscuro.
En el césped.
En una manifestación.
Contra un árbol frutal/otoño.
Junto a un barranco.
En un concierto.
En la cama.
En el coche.
Sobre la mesa.
En un hotel.
Tras una pelea, con sangre.
En la piscina.
En el armario.
En el balcón.
En la nieve.
En el tejado.
En el calabozo de los civiles.
En un campo de flores.
Frente al espejo.
Contra una puerta que no cierre bien.
En una rotonda.
En tu cama.
En año nuevo.
En un avión sin gravedad.
En una cámara frigorífica.
En un faro.
En un andamio.
Sobre una mesa de billar.
Sobre un piano.
En un anillo de hadas.
Alta mar.
En una habitación de hospital.
Contra una cristalera.
En tu novela autobiográfica…
puntos 8 | votos: 10
Los bigotes molan. -
puntos 6 | votos: 6
El amor platónico, - amor tan perfecto como inalcanzable, a menudo no correspondido, ni tan
siquiera declarado, basado en la idealización de la persona objeto de
este sentimiento, no fue definido por el gran filósofo de la forma en
que se suele interpretar lo anterior en la actualidad. Hace más de
dos milenios de dicha definición. Cierto es que Grecia fue la cuna de
la cultura occidental y, por antonomasia, de Europa. Pero lo cierto es
que los romanos prácticamente plagiaron sus ideas, la impusieron a
los bárbaros conquistados, y éstos, tras la caída del Imperio,
aprovecharon como pudieron, y por pura conveniencia, las partes de
dicha cultura que le interesaban. Veinte siglos de contactos
interculturales, evolución y cambios de manos en el poder, hicieron
el resto: los conceptos cambian.
Lecciones de Historia aparte, la definición de términos como amor o
atracción también cambiaron. Partiendo de ahí, y tomando estos
hechos como ciertos (de no ser así, deje de leer y aproveche mejor su
tiempo), podemos decir, abreviando, que en la Grecia Clásica, los
ciudadanos griegos varones, y Platón jamás se refirió a otros, se
casaban con mujeres para perpetuar su nombre y por intereses
familiares, no por amor. Pero no estaba mal visto por aquella
sociedad, ni tampoco por aquellas mujeres, que tuviesen sus amantes.
En plural. Y…en masculino. “Las mujeres son útiles, pero
inferiores. Una pareja con las dos partes superiores es la pareja
perfecta”. Tales razonamientos eran habituales… 
Pero a pesar de que se aceptasen tales comportamientos, la vida
pública era de vital importancia en esa sociedad. Y recálquese el
vital, pues la ilegalidad de los comportamientos incívicos era tan
habitual como la pena de muerte. Por tanto, la vida “en pareja”
que podía mantenerse con la esposa, no estaba permitida con los
amantes, con los cuáles, a menudo, no se podían reunir los
ciudadanos salvo para los encuentros sexuales. De ahí que el amor
platónico, la idea del amor, se redujese al sexo. Con el deseo de
algo más, eso es innegable, pero el término “amor platónico”,
referido a una persona, hacía alusión al amante que sólo
satisfacía los deseos más primitivos del ser humano.
La unión perfecta entre dos seres superiores que sólo se unían para
seguir los instintos compartidos con dos seres inferiores como
animales.

puntos 5 | votos: 7
Los bigotes molan. -
puntos 6 | votos: 8
Hace calor. - No debería quejarme,
y lamentaré haberlo hecho,
pues el verano que empieza
que está a punto de empezar,
se presenta especialmente cruel
al menos para mí.
Pero hace calor, tengo calor
y en esta noche,
la última que pasaré este piso,
ésa es la única diferencia
con una noche cualquiera.
Estoy preparando una especie de
pseudo-ramen barato de súper-mercado.
Como una noche cualquiera,
pero hace calor.
Tal vez sea mi desayuno
y tal vez ésa no sea la palabra:
ya han pasado las doce
de la noche
-y hace calor-.
Pero no puedo evitar
acordarme de esas noches
esas noches cualesquiera,
tempranas, de invierno,
en que salía de clase,
llegaba a esta habitación,
y esperaba a que mi
por aquel entonces
novia
cayera dormida,
y entonces
sólo entonces
-y durante un rato-,
el mundo se apagaba.
Sacaba mis apuntes,
e intentaba leerlos,
de veras lo intentaba,
pero justo cuando lo empezaba
a conseguir
en el instante en que lograba
leer,
sucedía
y ponía este sucio cuaderno
sobre los impecables apuntes:
la idea perfecta para un poema.
Cierta princesita gótica,
mi bohemia preferida,
una rubia preciosa,
la sonrisa de mi novia
Marte frente a Escorpio,
el atardecer en la ventana de clase,
el colchón de los vecinos,
la última golondrina,
tu gusto con los chicos,
el déjà vu de un sueño,
el hedonismo de los borrachos,
la última ventana encendida
del edificio de enfrente,
una farola naranja
apagando las estrellas,
el asesinato,
el suicidio,
la muerte provocada,
la muerte,
la muerte de Bukowski,
o el maldito
factor integrante.
Hay milagros en todas partes,
dirías.
Y entonces, te llamaba.
Primero intentaba escribir, por supuesto,
pero no me inspiraba,
cogía un buen libro,
pero no me concentraba,
buscaba cine clásico,
pero no me decidía,
buscaba vídeo-juegos modernos,
pero no me distraían,
escogía, al fin, un vídeo-juego,
no clásico
sólo viejo,
y una película,
no buena,
sólo que me gustase,
y muy vista,
y el libro de poemas
de Bukowski
que me regalaste,
y entonces sí,
entonces,
con el cerebro un poco
-simultánea -o, al menos, intermitente-mente-
en todo
y un poco en nada,
te llamaba.
Y hablábamos de poesía,
de cine,
o del maldito
factor integrante,
-los vídeo-juegos no te gustaban-.
Horas después, me recordabas,
que comer es necesario
y discutíamos si llamarlo o no
desayuno.
“Primera comida del día”
decía la R.A.E.-, “generalmente
ligera,
que se toma
por la mañana”.
Incumpliendo esto último,
quedaba excluido de la definición,
pero yo jamás lo admitía,
y discutíamos
mientras preparaba mi desayuno:
pseudo-ramen barato de súper-mercado,
pero sin calor.
Joder.
Creo que han sido
las mejores noches
de mi vida.
puntos 6 | votos: 10
Los bigotes molan. -
puntos 3 | votos: 3
La evolución, - no es un aspecto meramente genético. Así pues, la selección
natural, tampoco. La conducta de un individuo no se forma sólo con su
genoma, el entorno, y, en especies intelectualmente superiores, la
educación o la cultura, también influyen. Podría extenderme, y tal
vez en el futuro lo haga, aclarando que la selección natural, como
motor de la evolución, no implica mejoría de la especia, y menos aun
cuando choca con una cultura hiperglobalizada y que no es capaz de
asumir la muerte como algo natural; tan sólo asegura el crecimiento
de la especie, a menudo, como se ha visto en la historia natural de
este planeta, conllevando masivas extinciones, y también involución
e incapacidad en los individuos de adaptarse a nuevos hábitats o
cambios en el propio, pero, como digo, no los trataré ahora. Aunque
el tema de la involución intelectual, en esta era tecnológica,
provocada por el mayor número de descendientes en las clases de menor
nivel cultural, y la dependencia de una tecnología que requiera
“genes inteligentes” manteniéndola en funcionamiento, todo ello
coincidiendo con las pesimistas previsiones de sobrepoblación y
agotamiento de recursos naturales, me resulte sumamente interesante. 
Me voy a centrar, como era mi intención inicial en “justificar”,
o más bien en explicar, el racismo, desde un punto de vista
evolutivo, y como ejemplo, y a la vez prueba, de que la selección
natural puede provocar fallos evolutivos y problemas a nivel de
especie, pues éste ha motivado guerras desde el origen de la historia
humana. Supónganse cuatro poblaciones. O tribus, para enfatizar la
idea de que me refiero a comunidades aisladas entre sí, con culturas
diferentes. Y también con características genéticas distintas entre
sí, dos de un tipo y dos de otro. Y de cada tipo, una tiene una
cultura racista y otra que no lo es. En las dos con una genética más
“fuerte”, no importa su comportamiento en este sentido. Las de
genes “débiles” son las que nos ocupan: sus genes se perderían,
a lo largo de las generaciones, si se mezclasen con individuos de
genes dominantes, mientras que sobrevivirían si se mantuviesen
aislados. 
Abreviando, pues es bastante simple, una etnia con muchas
características asociadas a alelos recesivos, como la aria, de no
haber tenido una cultura racista, se habría extinguido, en el sentido
de no perpetuarse, pues aunque sus individuos tuviesen descendencia,
ésta no habría heredado, y por tanto perpetuado, sus genes.
Independientemente de que dichas características fuesen buenas o
malas, por clasificarlas de modo simplista, para la supervivencia del
individuo.
Por otro lado, este comportamiento de aislamiento, racista, de haberse
referido a una comunidad más pequeña, habría degenerado en
endogamia, impidiendo la supervivencia, ésta vez sí, como
individuos, pues proliferarían las mutaciones más rápido de lo que
la especie pudiera soportar, y las enfermedades genéticas
terminarían por mermar la población, con lo cual, la tribu, se
extinguiría. Así funciona la selección natural, los errores se
eliminan y sólo queda “Lo correcto”.
Por tanto, la tendencia de ser racista, debería producirse a nivel de
gran especie, en muchos individuos simultáneamente, no sólo en la
descendencia de un individuo concreto, nacido con una mutación
puntual. Es decir, sería una herencia cultural, no genética, pero
como se dijo al principio, eso no le excluye de la selección natural.
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Los bigotes molan. -

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No entiendo nada - nada ni a nadie, ni consigo que nadie me entienda, pero me he hartado
de intentarlo, ya no me importa. Ya no me importa nada ni nadie, y a
nadie creo importar demasiado. Si en algo de esto me equivoco, no
sólo me disculpo con estas personas, también les agradezco su
comprensión y aprecio, que como acabo de demostrar con la última de
mis decisiones, no merecía”. Dejó la nota justo donde la
encontró. Junto al reciente cadáver, convenciéndose a sí de que,
en efecto, estaba equivocado. Pero realmente no era así. No llegó a
entender del todo su nota, y tampoco se esforzó demasiado por
hacerlo. Y ni siquiera a su familia más próxima le importó todo
aquello más allá de lo habitual en estos casos; unos meses más
tarde estaría prácticamente olvidado. Su único esfuerzo fue evitar
que aquella nota maldita fuese conocida por nadie más. “Prevención
contra el efecto Werther”, lo habría llamado. Mas ahí sí habría
errado, tan sólo era el deseo de ocultar su culpabilidad en todo
aquello, en la forma más miserable del egoísmo humano: robar su
memoria a un difunto.
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Sabía que era su última oportunidad, - pero sus caballerescos principios le impedían echarse atrás. Era lo
que había visto, eran sus creencias. Era su palabra de honor. Estaba
seguro de que ya nadie recordaba a quién pertenecía aquel erial
miserable, aquel pequeño y yermo feudo en el que ya había más
hombres enterrados que árboles vivos. Pero le costaba no dudar que
fuese de la familia de su señor, y mucho más que lo fuese por
intervención “divina”. Y aun así, habría dado la vida por él.
Como tantos otros, en ambos bandos, tal vez durante siglos. Pues la
reyerta era vieja, anterior incluso al pequeño fuerte sobre el que
reposaban los cimientos del castillo en el que en aquellos instantes,
previsiblemente los últimos de su vida, se encontraba.
No había viajado tanto como había soñado hacer en su niñez, ni
poseía más libros de los que cabían en las alforjas de su caballo.
Pero la educación que había recibido gracias a su padre, muerto en
aquella interminable guerra que a él mismo le habría costado la vida
de no ser por el  supuesto milagro, le impedía creer que había
acontecido tal. Sabía que no había milagro alguno en aquello. 
Cualquier metal atrae aquello que, según su padre, comenzaban a
llamar electricidad, que constituía los rayos y relámpagos, y por
tanto también atrae a éstos. Especialmente los más brillantes, pues
eran los más parecidos a ellos, al igual que los peces preferían los
arroyos más limpios y relucientes, los lagartos las matas más
oscuras y las mariposas las flores más coloridas. Y el caudillo de
los que, por juramento, debía considerar sus enemigos, siempre fue
conocido por ataviarse con las armaduras más ostentosas y refulgentes
armaduras, por portar las armas más largas y por hacerse rodear los
más decorados estandartes. “Pues la capacidad de observación”,
citó mentalmente, “es la que distingue al hombre sabio, al que
conoce y comprende el mundo, del que tan sólo pasa por él“. Así
finalizaba su libro preferido. Y casi sonrió al recordarlo.
Había perdido la noción del tiempo que llevaba en los sótanos de
los que acababan de sacarle, pero lo recordaba perfectamente. La tarde
de la batalla, una tormenta cayó sobre ambos ejércitos, y aunque el
viento y la lluvia impedía a sus contrincantes disparar sus arcos
contra ellos, y aprovechar así la principal ventaja de estar en una
posición más elevada, el barro les dificultaba indeciblemente su
ascenso colina arriba. Estaban prácticamente derrotados, cuando una
de las pocas flechas que hacían blanco, de todas las que volaban
sobre ellos, acertó en el corazón al sacristán que les acompañaba;
preciso instante en que un rayo hizo arder, literalmente, al hombre
que los lideraba, así como a su hijo y su guardia personal, que se
encontraban junto a él, además de a su inocente montura. Las tornas
cambiaron, el miedo, a lo sobrenatural hizo huir a los despavoridos
soldados que momentos antes estaban dispuestos a masacrarles, y se
llamó “milagro”.
Al menos, sus compañeros así lo hicieron. Pero él, en su inagotable
esfuerzo de transmitir sus conocimientos aplicándolos a ejemplos
prácticos, insistió en llamarlo casualidad, fenómeno natural y
demás blasfemias. Y era aquella obstinación por “corregir” sus
declaraciones, la que le habían llevado sobre la pira en la que se
encontraba, y a la acercaba lenta, casi majestuosamente, una antorcha
el encapuchado en el que se escondería, y no dudaba de ello, algún
antiguo compañero de batallas. El mismo que horas antes, y aún en
los húmedos sótanos de los que ambos provenían, le intentó obligar
a declarar en contra de lo que creía.
Y en el preciso instante en que reconoció los ojos que lo miraban con
odio, una voz conocida, y no desprovista del mismo odio, pronunció,
en un tono tan bajo que estaba seguro de que sólo él pudo oír, pero
aun así sentenciosa:
-Pues que la ciencia te salve.
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Era acostarse con ella - –tragó saliva-, o no volver a verla. No tenía otra opción. Estar
obligado a actuar no es sinónimo de actuar bien, no bastaba para
acallar su conciencia. ¿Pero qué otra cosa podía haber hecho? 
Repasó mentalmente el resumen de los acontecimientos de la noche
anterior. Todo empezó haría cerca de cuatro años. Sabía el número
exacto de días desde que la vio por primera vez, siete menos que el
número exacto de días desde que se enamoró de ella, podría haberlo
calculado, pero decidió, sacudiendo ligeramente la cabeza (tan
ligeramente que no estaba seguro de haber llegado a hacerlo),
centrarse en lo importante. En lo reciente. Durante todo ese tiempo,
hubo altibajos, como el primero de los tres últimos veranos, en el
que estuvo más de dos meses sin saber de ella. O cuando su mejor
amiga estrenó móvil y les hizo una foto, la única, juntos. O la vez
que le pidió en clase un simple bolígrafo, y él le dio el suyo, sin
tener otro y sabiendo que no lo necesitaba, porque también sabía que
era una excusa para volver a hablarle tras una semana sin hacerlo por
una discusión que, y lamentaba tener que admitirlo, no recordaba. Y
durante todo ese tiempo, no había hecho otra cosa que esperar la
oportunidad, el momento adecuado, de confesarle sus sentimientos. Pero
la situación idónea no se daba, y apurado por el último día de
clase, se vio obligado a forzarla. De modo que se plantó ante ella,
con un “tenemos que hablar” tan peliculero y misterioso como pudo,
obligándose a sí mismo a expresar lo que sentía. O eso esperaba. 
Se apartaron de la multitud de la fiesta de graduación, y volvió a
verse frente a ella, cara a cara. Pero esta vez no le salían las
palabras. Se esforzaba por disimular lo mucho que le estaba costando
impedir que sus rodillas temblasen. Ambos habían bebido, y le
atormentaba la idea de que alguien pudiera sospechar que había
pretendido emborracharla para aprovecharse de ella, cuando en realidad
él había bebido deliberdamente para armarse de valor y llamarla a
solas.
Pero ya lo había hecho, y seguía sin saber qué decirle, cómo
empezar. Sentía la mirada de la chica presionándole, inquisitiva,
impaciente, como si le obligase a hablar y dejarla ir. De modo que
decidió, de forma desesperada, besarla. No recordaba haber sentido
nunca su corazón tan acelerado. Ni siquiera durante las pruebas
finales de educación física del año anterior, cuando acabó una
carrera “al borde del infarto” porque sabía que ella lo estaba
mirando. También ahora lo miraba. Se acercó a ella lentamente.
Cerró los ojos.  Temía su reacción, de modo que los abrió
ligeramente, mirándola a través de las pestañas. Notaba la presión
sanguínea en sus párpados. Ahora le preocupaba que pudiera parecer
que los estaba moviendo. No sabía, ni quería saber, cómo se vería
con los párpados palpitando, el flequillo pegado a la frente por el
sudor y el gesto de quien no sabe si recibirá un beso o una bofetada,
con el significado implícito que ambas acciones conllevaban. 
Así que apretó sus ojos para lanzarse hacia ella cuando,
inesperadamente, ella se le adelantó. Trataba de autoengañarse,
fingiendo que no quería revivir, ni mentalmente, lo que hicieron a
continuación por respeto hacia su amada, decencia, caballerosidad y
esas cosas. Pero lo cierto es que apenas podía recordar los detalles
de lo que siguió, salvo nimiedades como que uno de los dos (no estaba
seguro de quién) pulsó todos los botones del ascensor para que el
corto trayecto no acabase nunca, consiguiendo así que parase en cada
piso y además se pasaran el suyo. O que le arañó accidentalmente el
muslo y ella se quejó con un gritito que pareció un maullido, y
ambos rieron. O el olor a frambuesa de su champú.
Aspiró lentamente para volver a apreciarlo, y el sentimiento que
aquel aroma le provocó casi dolía, pero era un dolor agradable.
Seguía dormida a su lado. Una punzada de culpabilidad le hizo volver
a la realidad cuando dudó, por un instante, si se habría vestido. Y
volvió a la duda que, inconscientemente, había evitado desde que
despertó: ¿Había sido por amor? ¿Habrían llegado a tanto si
hubiera sabido hasta qué punto la amaba? ¿Sería aquello el comienzo
de lo que tanto había deseado? ¿o la más cruel de las despedidas?
Y entonces, un “buenos días” volvió a sacarle de sus
pensamientos.

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¡Con la de hierro que tiene! -
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Una piedra suelta. - Y, de pronto, su pierna quedó paralizada, dejándole caer, mientras
una punzada de dolor en la rodilla paralizaba los reflejos del resto
de sus músculos, impidiéndole colocar sus manos ante ella para
amortiguar la caída. No tardó más que un instante en recuperar el
control de su cuerpo, pero ese instante bastó para que no pudiera
evitar golpearse el rostro con el suelo. Una nueva punzada de dolor y
algo de tierra en su ojo izquierdo bastaron para aturdirla el tiempo
necesario para sentir a sus perseguidores junto a ella, y su torpe
intento por levantarse precipitadamente, el último, no le sirvió
más que para comprobar la gravedad del daño en su pierna y volver
caer.
Con una decisión que rayaba la resignación y una entereza de la que
ella misma se sorprendió, buscó en el bolsillo interior de la
chaqueta su arma, dispuesta a enfrentarse a la muerte, pero no sin
luchar, no sin vender cara su vida. No la encontró. Y entonces, sus
escasas esperanzas, su valor e incluso su odio, se desvanecieron. Y la
firme decisión de la que un instante atrás hacía alarde, dejó paso
a la más amarga de la desolación. “Hasta aquí hemos llegado”,
se dijo. “Esto es todo”. Primero se sintió decepcionada. No
esperaba que ése fuera su final. No podía acabar así. No él.
Después, se sintió vacía. Y después, precisamente por esta
ausencia de sentimientos, aún más decepcionada.
No podía ver la cara de su perseguidor, que ahora sólo era uno, pero
no le hacía falta, sabía quién era. No podría haberlo dicho pero,
de alguna forma, sabía que lo sabía. Sacó éste un arma del
bolsillo interior de su chaqueta; era idéntica a la suya, un arma que
jamás se encasquillaba. Pero se encasquilló. No podía ver su cara,
a pesar de estar justo bajo él, pero imaginó el gesto de sorpresa en
su rostro. Debía de ser muy parecido al suyo. Aprovechó entonces
para alejarse arrastrándose, sin dejar de mirarle, mientras el que
habría de ser su verdugo desenfundaba de la parte trasera de su
cinturón un cuchillo, al parecer de cocina que, de no ser por las
circunstancias, resultaría ridículamente grande.
Mientras se afanaba por retirarse de él tan rápidamente como podía,
no reparó en que el dolor de su pierna había desaparecido, y tampoco
volvió a intentar levantarse. Sólo podía pensar en el parecido que
tenía tal arma con el cuchillo preferido que veía usar, de niña, a
su abuelo. Tampoco se preguntaba, mientras veía como el acero se
elevaba sobre su cabeza, el destino que habría seguido el alma de su
abuelo tras su muerte, si le volvería a ver antes del amanecer ni
todas esas cosas que, suponía, una dudaba al enfrentarse a la muerte:
su única duda en ese momento era si el cuchillo que recordaba de su
infancia sería de veras ridículamente grande, o si sus ojos de niña
lo distorsionaban.
Pero el azar le libró del que ya parecía su inevitable destino
cuando su agresor tropezó, y dejando a un lado el cuchillo, tampoco
él intentó levantarse. Arrastrándose, le comenzó a perseguir
durante unos segundos que le parecieron tan largos que lamentó no
estar huyendo en círculo para volver a su anterior situación y
recoger el cuchillo, de modo que miró hacia atrás para comprobar si
había perdido definitivamente la posibilidad de hacerlo. Y en ese
instante, sintió cómo una mano le agarraba el tobillo,
suficientemente fuerte como para despertarle.
…
Con el corazón aún acelerado, no pudo evitar levantarse, salir de
las sábanas empapadas en sudor frío y pegajoso, y dirigirse a la
cocina en busca de algo afilado. Jamás volvería a dormir sin un arma
bajo la almohada. Y metiéndose de nuevo en la cama, mientras se
decía, convencida de su buen juicio, que más vale no superar nunca
ciertos traumas, cerró los ojos.
puntos 8 | votos: 8
¡El amor es un rayo de luna! -
puntos 8 | votos: 8
Jack London, - La llamada de la selva.

puntos 8 | votos: 8
Pero, a veces, - aparece alguna que no nos cansamos de ver,
a pesar de tener partes que te lo hacen pasar mal, aun sabiendo cómo
acabará, incluso conociendo hasta sus más mínimos detalles, y tras
un tiempo sin verla, vuelves a necesitarla.
Una vez más.
puntos 48 | votos: 48
Una sociedad en la que - está peor visto buscar en la basura que tirar comida
no puede acabar bien
puntos 9 | votos: 11
Estamos al borde del precipicio. - Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer
impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos
quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se
confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más
imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de
donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube
nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho
más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin
embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan
hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es
simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la
veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante
aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y
la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes
de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra
imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y
porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos
acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de
una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de
un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante
cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable,
pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y
justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo
amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de
echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.
puntos 19 | votos: 21
Lo bueno de la muerte - es que sí es para siempre.
puntos 23 | votos: 27
Levantando los brazos, - cualquiera marca costillas...

puntos 8 | votos: 10
Cómo pasa el tiempo... -
puntos 4 | votos: 4
*Si estos inocentes - no fueran musulmanes, no los encontrarías en ninguna noticia,
pero no, son *musulmanes.
puntos 13 | votos: 15
Quedará hermosura en el mundo - mientras alguien sufra por amor.
puntos 24 | votos: 30
Un viaje no es mejor por el destino, - sino por el camino.
puntos 7 | votos: 9
Más valen huesos que tetas... -

puntos 13 | votos: 13
Dos mitades idénticas - no hacen un entero perfecto.
puntos 18 | votos: 20
Y en nada... - Han pasado diez años...
puntos 8 | votos: 10
¿Que dónde están...? - No sé, pero espero que fregando.
puntos 1 | votos: 5
Nunca agregues a tu padre. -
puntos 11 | votos: 11
Misit me diabolus. -

puntos 26 | votos: 26
Tú estás triste. - Y a mí me duele que lo estés.
puntos 8 | votos: 10
Lo triste - es bonito.
puntos 18 | votos: 18
Ser Zeus - y convertirse en cisne
para morder tetas.
puntos 9 | votos: 9
Me gustan las matemáticas - porque todo se va demostrando apoyándose en lo anterior, y cuando
llegues a lo último, puedes seguir apoyándote en eso para
descubrir...no sé, la forma de calcular un logaritmo a mano.
Newton(igual que otros muchos) intentó demostrar que no se podía,
supongo que tras intentar descubrir cómo se hacía. Falló en las dos
cosas xD pero bueno, quiero decir...me gusta saber que la cuenta c se
hace así, porque se apoya en b, y que b se apoya se a, y así de
sumar uno y uno a las ecuaciones diferenciales, que es lo máximo a lo
que he llegado. Y si un día no sabes cómo hacer b, sabiendo a y
sabiendo c, lo redescubres. Pero en estadística no es así. Una
cosa no se apoya lógicamente en otra, dan una aproximación con
infinitos decimales basándose en una fórmula inventada, que es así
porque el que la inventó dice que es así, y si se te olvida, no
puedes hacer nada, y de nada sirve que se te dé muy bien, que
recuerdes todas las demás, o que seas capaz de redescubrir formas de
hacer las cosas
puntos 14 | votos: 14
Te espero bajo tierra, preciosa. -





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